Kitabı oku: «Espacios en el interior»


Conferència impartida per
RAFAEL TABARÉS-SEISDEDOS,
Catedràtic de Psiquiatria de la Universitat de València,
en la Universitat d’Estiu de Gandia
a l’acte d’obertura de la XXXIena edició
de la Universitat d’Estiu de Gandia,
el 21 de juliol de 2014
© Rafael Tabarés-Seisdedos, 2015
© D’aquesta edició:
Publicacions de la Universitat de València, 2015
CEIC Alfons el Vell, 2015
Centre Internacional de Gandia de la Universitat de València, 2015
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Disseny i maquetació: Inmaculada Mesa
ISBN: 978-84-370-9851-7
Excelentísimos Rector de la Universitat de València y Alcalde de Gandia, señoras y señores, amigos que me acompañan esta noche,
Quiero dedicar esta conferencia inaugural titulada «Espacios en el interior. Lo visible y lo invisible» a Rosana, y a nuestros hijos Manuel y Rocío, sin los cuales habría podido acabar este ensayo dos meses antes porque no hubiera empezado.
Quiero también dirigirme a las personas que pensaron en mí para conceder este reconocimiento. No diré que me sobrepase. Únicamente, con emoción, muchas gracias, porque ha sido un maravilloso regalo que hoy comparto con vosotros.
Una conferencia construida con miles de palabras dictadas por mí y por miles de notas musicales interpretadas al piano por Jorge Tabarés-García ¿por qué? Porque hay una relación directa entre la emoción y la reflexión, entre eros y logos. Una conferencia llena de razones, aunque sean verdaderas, sin la pasión del piano sería pensamiento puro.
(Jorge Tabarés-García es un pianista de 18 años formado en la Escuela Suzuki de Valencia y que comenzará el próximo mes de agosto su carrera musical en la New School for Music de la University of Mannes en Nueva York.)
Ay, las palabras. Las palabras se inventaron para pagar el precio de existir, para mentir rumbo a la muerte. Las hermosas y también las deleznables, las que nos socorren cuando flaquea el ánimo, las que nos dan o nos quitan la honra, todas son agua clara, aire limpio que nos arropa desde el cielo materno hasta una tumba. No hay un solo ser humano que no sea un descubridor de palabras o del rojo-verde-azul. Empieza descubriendo las voces del hambre y del sosiego y del amor, las veintitantas letras del abecedario y las siete notas musicales, pasa por la pronunciación de un nombre, los rostros, los animales y los astros hasta producir milagros como la palabra escrita o la partitura. Ya nadie recuerda que en nuestro devenir las palabras pensadas, el lenguaje y la creación artística o científica, sirven en lo profundo para olvidarnos de nuestra condición corporal. Para aceptar que hay un principio y un final.
Les voy a contar algunas historias de la conquista del mundo psicológico, de la individualidad y subjetividad moderna, de las personas estropeadas por el miedo inmenso e insensato que causa vivir, porque aunque no me crean, yo también estoy ahí y me da derecho a decir, a opinar, pero no a pontificar como persona infalible. No vengo a hablar ex cathedra porque tengo yo muy claro que el águila tiene ojo de águila, pero cuando vuela alto se traiciona y no ve los rostros de la tierra. Aunque catedrático de Psiquiatría, no pretendo saber todo o ver todo cuanto pasa por la confusa cabeza de los humanos como si estuviera metido en ella o dispusiera de un lector de pensamientos, o como si fuera ubicuo y omnisciente como Dios Padre. No, no existe, ni existirá el lector de pensamientos. Y, sin ofender, ni el Todopoderoso, ni el Diablo tampoco. Los humanos sí, lo sé porque les veo, toco y huelo: les veo con estos ojos, les toco con estos dedos y huelo con esta nariz. No intentaré hipnotizarles o amedrentarles sino hablarles como personas inteligentes. Hay que partir de la premisa socrática de que todo el mundo se revela inteligente cuando se le trata como tal. Así que pueden hacerme caso o no, creerme o no, pero el pensamiento crítico exige un esfuerzo de atención, reflexión y convivencia con la duda, más allá de las emociones primarias de entusiasmo o revancha.
I.
Toda comunidad humana, unida por vínculos religiosos o nacionales, se ve obligada, para afirmarse, a manejar los impulsos egoístas y hostiles, a refrenar las tendencias sexuales del individuo, a contenerlas tras los diques que llamamos moral y ley. Desde las hordas primitivas hasta el siglo de la electricidad, cada comunidad se ha esforzado en dominar los instintos primitivos con normas y formas particulares de moral: las comunidades espartana, judaica, calvinista y puritana trataban de extirpar los instintos voluptuosos de la humanidad con el hierro candente. Son sociedades disciplinarias. Stefan Zweig nos apunta sabiamente que el Estado moderno en la Europa «más avanzada» ya no se esfuerza en imponer a los ciudadanos un código moral interior, sólo demanda una apariencia de moralidad: todos actuamos ante todos «como si». Hasta qué punto el individuo actúa de manera realmente moral, es algo que sólo le incumbe a él: su única obligación es no dejarse atrapar «coger, pillar» contraviniendo las convenciones. La moral moderna está dominada por la hipocresía. Pongámonos como ejemplo: en todos nosotros se cuecen cada día y cada noche la voluntad de poder y poseer, la infinita necesidad de ser queridos y admirados, los antojos sexuales, pasión y envidia. En el mejor de los casos, las aspiraciones insatisfechas, los miedos innecesarios, la rabia bajo la presión del fuego, es desahogada en actos imaginarios e inocentes en vez de hacerlo en actos socialmente delictivos. Pero en otras ocasiones, estos fenómenos psíquicos o instintos se estancan en el espacio interior y engendran desasosiego, síntomas como ansiedad o depresión, trastornos mentales. Con todo esto, al principio, el Estado decimonónico, en parte por la influencia de la Iglesia, que imponía su ley moral sobre la pasión por la carne, decidió administrar la ley del silencio, ocultar algo para que «no exista». Boicotear e ignorar. Ahora bien, si en la Europa más moderna la cuestión sexual o el rol de las mujeres es puesto en cuarentena, no se niega, ni se afirma sino que se arrincona en los armarios, en los lupanares, en el cuidado de los niños y ancianos; en la Europa más autoritaria y represiva, las cosas fueron peor porque la mayoría de los intelectuales y de los servidores de la cultura, de los maestros, de los sacerdotes, de los burócratas del ordeno y mando ponen en marcha una pedagogía malvada que estigmatiza al diferente, que encierra en los manicomios al raro, que criminaliza a conveniencia. Dentro de esta Europa, España ofrece algunos ejemplos dignos de aparecer en la Historia Universal de la Infamia (sección Psiquiatría) como el del profesor Antonio Vallejo-Nájera, primer catedrático numerario de Psiquiatría en la Universidad española. Durante la Guerra Civil el coronel Vallejo-Nájera dirigió los Servicios Psiquiátricos del Ejército franquista, «investigó» y escribió sobre la degeneración de la raza española, las raíces biopsíquicas del marxismo y la inferioridad de las mujeres:
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