Kitabı oku: «Los secretos del Palacete Del Real»

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Los secretos del Palacete Del Real

Rafael Vallejo

Primera edición: enero de 2022

© Copyright de la obra: Rafael Vallejo

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions Código ISBN: 978-84-124649-4-8

Código ISBN digital: 978-84-124649-5-5

Depósito legal: B 20355-2021

Diseño de portada: Cristina Lamata

Corrección: Juan Carlos Martín Jiménez Maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

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Nobles son todas aquellas almas

que en la celosía de su tormenta

libran sus batallas en la más

absoluta soledad.

Rafael Vallejo Vela

NOTA DEL AUTOR

No hay nada más atrevido que enfrentarte a tus propios miedos, a cruzar una línea que revela inmisericorde las huellas de la soledad más absoluta, donde las señales del silencio se escuchan en lo más profundo de nuestro ser.

En cada uno de nosotros existe una luz que brilla con fuerza y desea ser descubierta por la persona que te acompañe por los senderos de lo inmortal. Alguien en quien confiar el secreto que será desvelado solo para él, para que guarde para siempre el momento más importante y sincero que haya existido jamás. Un momento de profundos sentimientos, que erizan la piel del enamorado hasta sucumbir bajo los hechizos del maravilloso mundo del deseo y la pasión. Tan solo hay que sentir el latido que será la huella ineludible donde fijar la mirada que siempre soñará tu corazón.

Cuando el tiempo del mundo se detenga, lo único que perdurará inalterable será el amor, y la sombra del miedo se extinguirá sin dejar rastro para toda la eternidad.

Para la creación de esta obra me inspiré en:

«Psicosis», película de Alfred Hitchcock.

«Asesinato en el Orient Express», de Agatha Christie.

Libro de Job 38:11 del Antiguo Testamento.

«Llegarás hasta aquí, no más allá»

Para la letra de la canción «The sound of silence», de Simón and Garfunkel, escribí 39 versos paralelos en relación con el argumento de esta historia.

1

Esa noche no podía dormir, como tantas otras desde hacía un tiempo. Eran las dos y veintidós minutos de la madrugada y algo misterioso mantenía su mente despierta con cosas sin sentido. Parecía como si una voz del más allá la quisiera mostrar la existencia de un lugar donde nunca había estado, un sitio desconocido para ella. Lo más ilógico de todo era la sensación plácida que tenía, como si en realidad lo conociera de toda la vida. ¿Algo tan extraño, pero a la vez tan familiar?: «Qué raro», pensó. Notaba como si una fuerza desconocida en su interior la estuviese empujando sin parar hacia ese lugar, un sitio donde su presencia se esperaba desde hacía tiempo, para continuar reescribiendo aquella vaga historia que se reproducía en la mente de Lucía y revelar un secreto que nunca se debió enterrar en los océanos de su entendimiento.

«Pero ¿qué tengo yo que ver en todo esto? No entiendo nada, este maldito desvelo me está volviendo loca. Estoy harta de dar vueltas en la cama, me levanto ya y me doy una ducha fría, a ver si estas voces de mi mente se callan de una vez y me dejan dormir. Menuda cara voy a llevar mañana a la oficina, como siempre, cuando más cansada estoy, hay más trabajo acumulado y me toca correr si quiero hacerlo todo».

Entró en el baño y abrió el grifo de la ducha, pero estaba tan cansada que no se dio cuenta y dejó correr el agua caliente mientras se miraba en el espejo. Las ojeras iban tomando forma en su ya demacrada cara, cuando de repente el cristal se empezó a empañar por los vapores provocados por la elevada temperatura del agua que ya salía ardiendo. Fue entonces cuando se dio cuenta de su torpeza al abrir equivocadamente el grifo y lo cerró rápidamente y abrió el de la fría, esperó un poco mientras se desnudaba y volvió de nuevo a mirarse en el espejo que aún se mantenía velado. De repente, en el cristal se dibujó, en la parte superior derecha, lo que parecía un corazón con unas letras que decían: «Tuyo es mi corazón». Aquello le asustó. No se lo podía creer, ¿cómo había aparecido ese mensaje en un instante? Cuando consiguió calmarse, y aunque no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, sutilmente, con su dedo índice, fue siguiendo las líneas del corazón muy despacio, recreándose en sus curvas y pensando cuándo encontraría ella el amor de su vida, ese amor que le diera la seguridad que tanto necesitaba encontrar y que deseaba tener, acariciar y abrazar. Un sueño que por ahora no se había hecho realidad, pero esperaba que aquel anhelo se llegase a cumplir algún día.

Tenía un escaso currículum en el arte de la seducción, tan solo dos noviazgos que habían durado muy poco.

El dibujo en el cristal, afortunadamente, lo había tomado como algo natural, sin ser consciente de que había sido escrito solo para ella. Tan solo llevaba ahí tres días viviendo, así que pensó que el anterior inquilino se lo escribió a su chica para darle una bonita sorpresa. «Se debían de querer mucho», pensó mientras se metía en la ducha, que ahora sí estaba a su gusto. El agua le caía por la cabeza y se sentía relajada, cada vez necesitaba más las duchas por la noche, se había convertido en una costumbre que no podía dejar, la necesitaba para relajarse y quedarse dormida lo antes posible. Pero mientras el agua mojaba su pelo largo que caía por sus pechos, recorría su piel y se deslizaba por la silueta de sus caderas, su mente volvió de nuevo al dibujo del baño. Pensó en cuánto se debía de querer aquella pareja, lo que uno es capaz de hacer por amor; esos pensamientos la estaban excitando, imaginando cómo él dibujaba sobre la piel de ella, con delicadeza, letras de amor. Su corazón iba a mil por hora, los pezones se le pusieron duros, muy duros, mientras se los acariciaba con maestría, ella conocía muy bien la forma de tocarlos para sentir mejor ese calor que la recorría todo su cuerpo. Todo su ser estaba ahora entregado totalmente a recibir el tacto experto y suave de sus manos. Se encontraba muy excitada pensando que seguramente habían echado un buen polvo en la ducha, después de que ella descubriera la nota del espejo. Pensó en sus jadeos y sus respiraciones, a veces entrecortadas y otras aceleradas y, poquito a poco, se fue excitando ella sola acariciando el clítoris con la mano derecha, mientras con la izquierda se tocaba el pezón con suavidad. Estaba tan excitada que un gemido se le escapó de su garganta, la lengua viajaba de un lado para otro entre sus labios, como buscando el dulce que tanto anhelaba, aquel que esperaba con intensidad tenerlo ahora en la boca para saborearlo, para recibirlo con placer y con toda la viveza del momento, algo que la ponía cada vez más caliente y más dispuesta a llegar al clímax. Sus dedos no dejaban de tocar cada vez más rápido su clítoris metiendo incluso dos de ellos dentro, muy dentro, hasta que ya no pudo aguantar más y estalló de gozo, con un grito de pura excitación al alcanzar el orgasmo. Todo su cuerpo tiritaba por la explosión de placer al llegar al éxtasis. Sus ojos se quedaron en blanco por unos instantes y se quedó sin fuerzas, las piernas ya no le respondían y no podía tenerse en pie, todo el cuerpo y la mente terminaron tan agotados, que tuvo que sentarse por unos momentos en el suelo de la ducha para reponerse. Pasados unos instantes su respiración volvía a la normalidad, al igual que sus pensamientos que, exhaustos por la intensidad, cerraron un capítulo de lo más erótico y sensual.

Había sido algo tan maravilloso y tan necesario que se echó a reír después por la situación: «Masturbándome por culpa de un dibujo en el espejo, no me lo puedo creer».

***

A las pocas horas sonó el despertador, eran las seis y seis horas de un martes que se mostraba muy madrugador, un día que no dejaba tiempo a la pereza, que invitaba a levantarse y respirar el aire fresco del amanecer. Un día lleno de principios, donde la aventura estaba asegurada y donde los finales serían la victoria a todo ese esfuerzo que día a día se perseguía con insistencia, en el alboroto de una larga y difícil carrera hacia la felicidad.

Como todas las mañanas, Lucía salía corriendo del apartamento para dirigirse a la oficina donde trabajaba de agente inmobiliario. Otro día que iba a la carrera. Últimamente se le pegaban las sábanas más de la cuenta, se estaba acostumbrando a no dormir y no le hacía ninguna gracia, pero no podía remediarlo. Desde que comenzó a vivir en aquel apartamento, las noches se estaban volviendo demasiado activas. Aunque terminaba agotada en el trabajo, siempre seguía desvelándose a altas horas de la madrugada y era algo que no podía controlar ni soportar por mucho tiempo. Pensó que debería ir de nuevo a su psicóloga, a ver qué la podía aconsejar para sus desvelos. Hace años, necesitó de la ayuda de un profesional, debido a la pérdida de su madre después de una larga enfermedad; le costó asimilarlo, ya que estaban muy unidas. Su padre falleció cuando ella era una niña y, al ser hija única, no tuvo ningún apoyo para aliviar todo ese dolor que la estaba atormentando día tras día. Se quedó sola en un mundo donde todo era angustia y oscuridad. Ya nada volvería a ser como antes. A partir de entonces, su vida cambiaría para siempre. «En cuanto llegue a la oficina le mando un correo y que me dé cita lo antes posible». Así era Lucía de decidida, cuando quería una cosa no paraba hasta conseguirla. Era muy tozuda y quería cortar de raíz el pasar más noches en vela, porque luego estaba como un zombi todo el día. Si no fuera por el maquillaje, le sería imposible trabajar cara al público, puesto que allí primaba y se exigía una buena presencia y formalidad. Lucía no era una mujer de bandera: era delgada, no muy alta y su pelo moreno con reflejos caoba le daba un aire de frescura y simpatía. Sus ojos verdes brillaban de tal manera, que al mirarte sabías que tenías delante a una mujer interesante.

—Buenos días Jorge. Casi llego tarde, se está poniendo el tráfico últimamente muy complicado, voy a tener que salir antes de casa para no pillar estas odiosas caravanas —seguramente no se lo había tragado, era la típica excusa que usaba todo el mundo en esas circunstancias, pero, por el momento, esperaba que colase.

—Hola Lucía. No te preocupes, yo no la he pillado de milagro —dijo entre risas—. Hoy tengo algo diferente para ti. Ayer a última hora nos pidieron que fuéramos a ver el palacete de una persona muy importante que quiere ponerlo a la venta, y nos exigieron al mejor agente que tuviéramos para que pueda personarse allí y gestionarlo de manera eficaz y, si es necesario, se podría llegar a un acuerdo por ambas partes para poner un precio acorde a su casa de recreo. Llevan más de dos años sin venderla y necesitan el dinero lo antes posible para marcharse a vivir a Londres, donde tienen su residencia. Les queda poco dinero para seguir manteniendo la mansión donde quieren vivir y necesitan liquidez lo más rápido posible. Lo hemos hablado en una reunión que hemos hecho de urgencia y hemos decidido que tienes que llevar tú la venta del palacete. Aquí tienes toda la información de la hacienda con el nombre y el teléfono del propietario, por lo visto es su hijo el que lleva toda la negociación, un rico empresario que se dedica a la compra y venta de antigüedades. Ten mucho cuidado con él, porque según dicen tiene una mirada que te atrapa y te envuelve hacia donde él quiere, es todo un seductor, ya sabes, rico y con dinero ya se creen que lo pueden poseer todo. Cuentan las malas lenguas, los que han tratado con él anteriormente, que lleva una vida solitaria, parece ser que vive como si estuviera en una época antigua, donde lo único que reina es la tristeza y la melancolía entre sus muros. Ahora que estás informada, no te digo más, esta tarde sobre las cinco hemos concertado una cita en el palacete para empezar a revisar todo otra vez y para que os conozcáis lo antes posible.

—Vaya, por lo que veo parece que no tengo elección —«Hoy precisamente que no he pegado ojo en toda la noche y necesitaba un día tranquilo, pues toma dos tazas, eso para que otra vez te quejes», pensó.

—Ya sabes que eres nuestro mejor agente y que confiamos mucho en ti, seguro que este trabajo te vendrá muy bien. Si lo vendes en un tiempo razonable tendrás una comisión bastante importante como para no dejarla escapar, probablemente tendrás que quedarte hoy el tiempo suficiente hasta verificar que todos los informes sobre la hacienda están en orden. Tranquila Lucía, verás como todo va a salir bien.

—Pues nada, allá vamos con alegría y dispuesta a todo —dijo con ironía—. Ya veremos la mirada que tiene ese ricachón si es como dicen, a mí me parece otro niñato caprichoso, que lo único que busca es un entretenimiento para su triste y anticuada vida. Ya te iré contando cómo van las negociaciones con el heredero —y diciendo esto cogió la documentación que le habían proporcionado y se marchó sin más dilación de la oficina.

Casi a la carrera, y sin decir adiós, puso rumbo a la cafetería que estaba enfrente de la oficina y a la que iba casi todos los días. Necesitaba urgentemente aguantar despierta todo el santo día, porque parecía que iba a ser largo de verdad.

—Hola Iván. Ponme un café doble, que hoy lo necesito más que nunca, ¡ah! y dale al botón de la máquina del tabaco, tengo que comprar varias cajetillas, porque se avecina un día de trabajo muy duro para mí —estaba de los nervios por la noticia que le acababan de dar y su ímpetu terminó de forma fulminante.

—Marchando ese café doble para la señorita, siéntate, ahora mismo te lo llevo guapa —dijo el camarero en tono de guasa.

—Gracias por lo de guapa, tú siempre tan simpático.

Una vez se hubo acomodado en su lugar de siempre, sacó de la carpeta los primeros folios para echarles un vistazo rápido, tenía ganas de saber el nombre del rico seductor del palacete; por lo que había visto en la documentación, debía de ser alguien muy importante para tener aquellas mansiones en la Sierra de Madrid y en Londres.

«Aquí te tengo amigo, a ver… Don Enrique del Real, vaya con el señorito, nombre importante, sí señor». Estaba tan absorta en los informes que ni se había dado cuenta de que el camarero le había traído el café.

La puerta se abrió y entró él. El que conocía desde sus tiempos de universitaria, una persona que estaba detrás de ella desde entonces, un hombre que le aportaba toda la tranquilidad que necesitaba, que la comprendía y la hacía sentir especial a su lado. Carlos, director de una sucursal bancaria en el barrio de Lavapiés, era una persona extrovertida, sin complejos y siempre con una sonrisa en la boca, que hacía de él su sello de identidad. De carácter fuerte, alto y un cuerpo musculado, su única debilidad era Lucía, que, sin querer, le manejaba a su antojo. Él se enamoró de ella cuando tuvieron que hacer el proyecto de fin de carrera. A Carlos le encantaba la forma que tenía Lucía de expresarse y a ella le gustaba el trato tan amable y correcto que recibía de él. Además, le encantaba que tuviera también el mismo color de ojos que ella, eso le daba un toque muy especial, que le hizo sentir mariposas en el estómago. Desde aquel día su confianza iba en aumento con el paso del tiempo, hasta que una tarde todo perdió su magia, ante aquel incidente que no quería ni recordar.

—Hola Lucía. Pensé que no llegaba —dijo apurado—. He venido para decirte que esta noche tenemos la fiesta de cumpleaños de Rafael, quiere que estemos todos los de la pandilla del barrio, ya sabes lo sentimental que es y lo mucho que le gusta que nos juntemos como antes, ¿qué, te animas? No puedes decirle que no, con lo bien que se ha portado con nosotros no podemos defraudarle y más en este día tan importante para él.

—Dirás que se habrá portado bien contigo, ¿o es que tengo que recordarte por qué tú y yo no estamos juntos? ¿Te refresco la memoria o ya empiezas a recordar? —dijo muy cabreada. El dolor por lo que había pasado todavía lo tenía muy presente y más. Eso le envenenaba la sangre cada vez que lo recordaba.

—Lo sé y lo siento mucho, de veras, ya te he pedido perdón un millón de veces, pero no puedo cambiarlo y eso me está matando, sabes que te quiero y que eres la persona más importante en mi vida, dame otra oportunidad, seguro que no te defraudaré, te lo aseguro, confía en mí y serás la mujer más feliz de la tierra, y yo el hombre más afortunado del mundo a tu lado. Sé que aún sigues pensando que esa tarde no estuve contigo, porque me fui con Rafael de fiesta y, según tú, te fui infiel con otra mujer.

—¡Ya!, pero me enteré por terceras personas, que os vieron tomando unas copas con unas chicas.

—¡Claro!, eran las amigas de la hermana de Rafael, que al vernos fueron a saludarnos y les comentamos lo sucedido. Eres la única mujer que hay en mi vida y nunca te haría algo así. Ya no sé cómo explicarte que todo fue por el atropello y muerte de Tango, la mascota a la que tanto cariño le tenía Rafael. Nunca te engañaría de una manera tan cobarde. En ese momento Rafael me necesitaba. Sé que me equivoqué al no avisarte y todavía me arrepiento de ello. Venga Lucía, vente a la fiesta de cumpleaños conmigo, de paso charlamos y te despejas un poquito de este trabajo tan estresante que tienes.

—Vaya, ahora te metes también con mi trabajo, pues lo estás arreglando hijo, dices palabras muy bonitas, pero para mí suenan vacías. Nunca te perdonaré lo que me hiciste y lo sabes muy bien, ya quedó lo suficientemente claro en su día y no quiero volver a repetírtelo. No puedo perder más el tiempo, tengo mucho trabajo, así que dile a tu amiguito que me disculpe, pero que me será imposible ir, no creo que os haga ninguna falta para celebrar su cumpleaños. Seguro que os emborracharéis, como la otra vez… no, déjalo Carlos, estaré muy bien solita en la mansión del señor Enrique —y diciendo esto se levantó de la silla para pagar el café y salir de allí lo más rápido posible, no quería seguir más con una conversación que le traía muy malos recuerdos y, aunque a ella siempre le gustó Carlos desde el principio, tenía que dejarle muy clarito quién mandaba ahora y hacerle ver que lo que hizo estuvo realmente muy mal, aunque le doliera en el alma, pero tenía que darle su merecido, ya no solo por lo que hizo antes, sino por si se le ocurría algún día repetirlo de nuevo.

La verdad es que Lucía se moría por él, era tan atento que nunca le faltaba un consejo o una segunda opinión, siempre estaba pendiente de sus cosas; que si no te olvides de llamar al casero para que te arregle la lavadora, que si mañana tienes que firmar el contrato con los del gas, que los jueves echan esa serie de misterio tan chula, que si… Y su voz, su voz grave y a veces ronca que le daba aquel aire de autoridad que siempre le había gustado. Se sentía tan segura con él, que daba igual lo que estuviera diciendo; a veces no prestaba atención a lo que decía y se quedaba absorta escuchándole hablar, la manera de expresarse y la forma de mirarla era como un terremoto en su interior que la ponía a cien por hora. La barba de tres días y su cuerpo musculado eran otra de sus virtudes, sin dejar a un lado sus ojos, verde esmeralda, una joya irresistiblemente bella que tanto la gustaba mirar. Y sus manos, tan grandes que cuando se las ponía encima de las suyas ni se veían, pero lo que más le gustaba era el tatuaje que tenía en su brazo derecho: un dragón echando fuego por la boca, era enorme y su cola enroscada terminaba en un corazón, toda una muestra de fuerza y vigor tatuada en la piel de un hombre al que quería con toda su alma.

Carlos le hizo una señal al camarero para que no la cobrase, quería tener un pequeño detalle con ella, ya que estaba todavía muy enfadada con él, y cuando el camarero le dijo que estaba todo pagado, Lucía se giró mirando a Carlos con cara de pocos amigos.

—Como siempre tan generoso, pero recuerda que no me gusta que me paguen lo que yo pido, tengo dinero de sobra y mi trabajo me lo permite, así que guárdate tu dinerito para la fiesta de esta noche, que seguro te hará falta.

Y dejando un billete de diez euros para pagar el café y las dos cajetillas de tabaco, salió del bar sin dar tiempo a una respuesta que, sin duda, la dejaría embelesada como siempre y terminaría cediendo a sus encantos.

De camino hacia el coche, iba pensando si había sido demasiado borde con él, no quería, por nada del mundo, que Carlos se enfadara con ella, no lo soportaría, solo imaginarlo con otra chica la volvía loca, no podría aguantarlo, esa idea no figuraba en sus pensamientos ni la quería siquiera en su vocabulario, Carlos era suyo y solo para ella, nadie podría entrar en una relación que, aunque no estuviera formalizada, se notaba que se querían y mucho. Entre ellos había ese código de mutuo respeto, que no se podía romper, se notaba cada vez que se veían y lo mejor de todo era que se querían de verdad, no como un «aquí te pillo y aquí te suelto», ni ahora nos pegamos el lote y ahora te olvido, no, su relación iba más allá de todo eso, era un amor verdadero, un amor que era para toda la vida, para estar juntos el resto de sus días y era cuestión de tiempo que al fin Carlos se diera cuenta de la mujer que tenía enfrente, una mujer luchadora, y que lo único que quería era demostrárselo, demostrarle que también era como él, no una muñeca de ojos verdes que no sabía de nada y que todo el mundo la podía dominar y mangonear como un trapo sin sentimientos ni corazón. No, ella no era así, era tierna y dura a la vez, cariñosa y arisca, educada y arrogante, soñadora y muy, muy sensible, algo que en muchas ocasiones la dejaba en una tesitura de debilidad que no podía controlar, pero sobre todo era fiel a sus ideas y a su forma de ser, aunque en algunas ocasiones le hubieran jugado una mala pasada. Ella siempre decía que el hombre que la quisiera tenía que quererla como realmente era, pura y transparente, con sus defectos y virtudes, sus locuras y sus devaneos, pero siempre fiel a ella, así tenía que ser ese hombre, alguien que desde hacía tiempo ya tenía grabado en su corazón, y su nombre no era otro que Carlos, al que quería con toda su alma y por el que daría su vida.

«Espero que no se haya cabreado por Dios, lo mismo he sido muy dura, siempre me pasa lo mismo últimamente, cualquier día me manda a la mierda y se olvida de mí, y eso no puede ser, tendré que hacer algo para arreglarlo, al final va a tener suerte y todo, tendré que ir a la fiesta de cumpleaños y arreglar un poquito esta situación, ya no puedo seguir así, tengo que demostrarle mi amor o al final se cansará y lo perderé para siempre. Esta misma tarde, cuando termine con el cliente, me acerco al cumpleaños, será lo mejor».

Carlos se quedó con cara de pena, de tristeza. Pena porque no valoraba todo lo que estaba haciendo por ella y tristeza porque veía que poco a poco la estaba perdiendo. Últimamente Lucía se mostraba distante, como un poco alejada de él, cada vez que la llamaba para quedar siempre ponía alguna excusa, decía que el trabajo le ocupaba demasiado tiempo y que estaba agotada, que quería irse a casa nada más terminar, darse una ducha y ponerse el pijama, que ya quedarían en otra ocasión, parecía todo muy raro, como si ya no le importara nada, antes siempre salían juntos casi todos los días, iban a tomarse unas copas a cualquier local del barrio o compraban entradas para ir al teatro, pero no dejaban pasar más de dos días seguidos sin verse, pero ahora, después de lo que pasó, se tiraban semanas enteras sin hablarse, en el teléfono ya no sonaba su melodía tanto como antes, esa que cada vez que la escuchaba le salía una sonrisa de oreja a oreja, le hacía tan feliz ver su nombre en la pantalla, que en ocasiones dejaba que terminasen de sonar los tonos para disfrutar cada segundo de ella, era la mujer más hermosa que podían mirar sus ojos, y aunque su carácter era difícil en ocasiones, siempre encontraba la manera de darle una explicación para no discutir, pero sin rebajarse. Los dos tenían que llevar siempre la razón y a veces era imposible no chocar, aunque al final todo quedaba en «agua de borrajas», se olvidaba y sin rencor alguno continuaban hablando de otra cosa para no tentar al diablo, que muchas veces presente, dejaba su carta de presentación en cada uno de sus pensamientos, cosa que el cariño y el amor que se tenían, terminaban por ahuyentar todos esos malos augurios que el diablo quería interponer entre los dos.

—Una mujer con carácter —dijo Iván, el camarero de la cafetería con el que de vez en cuando mantenía ciertas confesiones.

—Ya lo creo Iván, pero siento que no es la misma de antes, la noto más distante. Creo que hay alguien más en su vida —su cara de tristeza era todo un poema.

—Tranquilo Carlos, verás como todo se arregla, seguro que son imaginaciones tuyas. Dale tiempo para olvidar lo que pasó y volverá a ser la misma chica alegre y divertida de antes. Tú no tienes la culpa, además, a lo hecho pecho amigo —y con su mano derecha le apretó el hombro en señal de comprensión. Sabía por lo que estaba pasando, a él le ocurrió algo parecido y terminó con su relación, algo que nunca se perdonaría.

—Gracias amigo, tú siempre dando ánimos, eres una buena persona.

Se despidió de Iván y salió del bar, no como lo había hecho Lucía, con la cabeza alta y llena de orgullo, sino al contrario, con la cabeza baja, lleno de resignación y la moral hecha añicos, por encontrarse en un túnel del que no veía la salida por ningún lado, además, la luz que necesitaba encontrar estaba muy alejada. Por el momento era todo oscuridad. Cómo había podido ser tan tonto de cometer ese error. Lo que más le preocupaba era la sensación de soledad que le acompañaba a cada instante, un vacío al que no estaba acostumbrado, no quería seguir así ni un minuto más. Tenía que hablar con Lucía muy seriamente. Se lo diría esa misma noche en el cumpleaños de Rafael. Aunque había dicho que no iba a ir, la conocía de sobra para saber que lo estaba deseando. Le tenía mucho cariño a Rafael, seguro que no le hacía ese feo. Siempre había tenido problemas con las chicas por su timidez y Lucía era quien le animaba a ser valiente, a mostrar sus sentimientos a la chica que le gustaba. Lucía siempre le decía: «Rafael, si no le dices que estás enamorado, nunca lo va a saber y otro llegará y se irá con ella, tienes que ser audaz y decidido. A las chicas nos gusta que vayan detrás nuestra y que nos digan lo mucho que nos quieren, tenemos que saber si están enamorados para dar ese paso tan importante y nadie lo va a dar por ti, así que ve donde se encuentre ahora mismo y díselo, pero no dudes en ningún momento, que te vea seguro y atrevido, que sepa que vas en serio, venga, no tardes ni un segundo más…».

***

Ya en el coche Lucía puso el GPS con la dirección que le habían dado en el informe, quería llegar pronto y prepararlo todo lo antes posible, no quería pasar la noche en un sitio que no conocía y, aunque se encontraba relativamente cerca de donde vivía, a Lucía se le hacía un mundo y más sabiendo que Carlos no estaría ahí, porque, aunque últimamente no le hacía mucho caso, sabía que si lo necesitaba no tendría más que llamarlo y acudiría al instante, otra cosa no tendría, pero para momentos así él era el primero, cuando alguien precisaba su ayuda allí estaba para lo que hiciese falta, aunque le costara una bronca, no podía ver a nadie en apuros. Era todo corazón.

Nada más llegar a la sierra, se dirigió a la oficina, la esperaban para acompañarla al palacete donde el señor Enrique estaría para recibirla.

—Hola, soy Lucía, compañera vuestra de la oficina central. Me asignaron para llevar la venta del palacete —dijo con mucha cautela a la chica que estaba en recepción.

La verdad era que no conocía a nadie de allí, esa oficina llevaba abierta no mucho más de seis semanas y aún no se conocían, otras veces, cuando abrían una nueva filial, iban antes a la central para que tuvieran un primer contacto, pero en esta ocasión no fue así: «Con tanto trabajo seguro que lo habrían dejado para otro momento con menos actividad laboral», pensó.

—Hola Lucía, me llamo Tina, encantada de conocerte, ahora mismo te pongo en contacto con Alberto, es el gerente que lleva toda la zona norte y él te pondrá al corriente de tu trabajo —«¡vaya!, esta es la agente que va a llevar el caso, ya tenía ganas de conocerla, todos estos días hablando de ella, que si es muy simpática, que si tiene mucho talento, que ya verás lo guapa que es… Pues no es para tanto, está escuchimizada y tampoco tiene los pechos tan grandes, a saber cómo ha llegado tan arriba, me lo imagino, tiene que ser una pelota de aquí te espero, porque si no a mí que me lo expliquen»—, pensó Tina.

—Buenas Lucía —de repente la puerta se abrió y apareció Alberto—. Te estábamos esperando, supongo que ya conoces a Tina, es nuestra secretaria, una gran profesional, muy eficiente en su trabajo que nos ayuda muchísimo, acabamos de abrir y hasta que nos pongamos al día nos está costando un poquito, pero cuéntame, ¿qué tal el viaje, te ha costado encontrarnos?, está un poquito retirado del centro, pero se llega bien, la carretera es nueva y está muy bien señalizada, la verdad es que no nos podemos quejar, el ayuntamiento nos ha facilitado paneles informativos para llegar hasta aquí, algo que se lo agradecemos enormemente —explicó en tono simpático, Alberto buscaba el ascenso a toda costa y esa mujer llegaba a su oficina con muy buenas recomendaciones. Haría todo lo posible por conseguir que ella le ayudara a cumplir sus objetivos, algo que llevaría a cabo le costara lo que le costara.

—Hola Alberto, encantada de conocerte, para mí será todo un placer trabajar a tu lado, seguro que nos llevaremos de maravilla, estoy deseando empezar ya con los preparativos, me han dicho por activa y por pasiva que es una venta muy importante y que hay que tener mucho tacto con el señor Enrique, nos jugamos nuestro prestigio y no quisiera defraudar a mi jefe con esto, ha puesto todo su empeño y sus fuerzas en esta adquisición y tenemos que estar a la altura de las circunstancias, así que cuando puedas, comenzamos el trabajo.

No se lo podía creer, había dado la impresión de una mujer seria, distante y muy fría, y esa no era su idea principal, quería mostrarse amable y simpática, pero le había salido todo lo contrario, manifestando un tono un tanto altivo y prepotente: «¿Qué habrá pensado de mí, le habré caído bien? Seguro que me ha tomado por otra de esas chicas impertinentes, que lo único que se preocupan es por su trabajo pisando a la gente que se ponga en su camino, ¡oh! Por Dios, espero que no se haya llevado esa impresión de mí».

—Ahora mismo, no faltaba más, ven por aquí y te enseño mi oficina, que a partir de ahora será también la tuya. Siéntete como en tu casa, cualquier cosa que necesites y esté en mi mano cuenta con ello, aquí estamos para ayudarnos mutuamente, algo que intento inculcar a todos los trabajadores que han estado conmigo —«¡vaya!, qué mujer más interesante, parece que los tiene muy bien puestos, cualquiera le gasta una bromita, debe de ser una de esas que se creen que lo saben todo, tendré que tener cuidado, no sea que vaya a arruinar mi reputación de golpe y haga después un informe desfavorable sobre mí, no quiero cometer esa torpeza nada más empezar».

—Muchas gracias Alberto, créeme si te digo que ya me siento como en casa, ¿tratáis así de bien a todo el mundo? —«esto va a ser divertido, parece como si me estuviera haciendo la pelota, me encanta tener a los hombres a mis pies, aunque sea por mi trabajo», y al instante una sonrisa picarona se le escapó sin poder evitarlo.

—Bueno, al menos lo intentamos, aquí tenemos un lema que lo aplicamos a rajatabla y dice así: «Ayuda y ofrece para que al vender no te cueste» —«solo espero que le haya gustado, me lo acabo de inventar, aunque no sé yo si he metido la pata, pero, ¿por qué no me podré estar calladito?».

—Buen lema sí señor, así da gusto trabajar, buen ambiente y mucha complicidad entre compañeros, me encanta la atmósfera que se respira. Me hablaron muy bien de esta oficina, pero por lo que veo no se han equivocado en nada, tengo que darte la enhorabuena, es un ejemplo a seguir para todos, te aseguro que me encargaré de que llegue a oídos de la central, Alberto —«qué pesadilla de hombre, no le aguanto más, a ver si terminamos rapidito y me relajo, menuda tarde me espera».

«No me lo puedo creer, me ha dicho que va a hablar muy bien de mí en la central, creo que le he caído muy simpático y no me precipito al decir que hasta creo que le gusto, se lo noto en su mirada, para eso tengo un sexto sentido, ya me lo decía mi madre, hijo tú con las mujeres vas a triunfar», pensó Alberto.

—No se hable más del asunto, Alberto. Supongo que en la documentación que me habéis dado, está todo lo que necesito, ¿verdad? —«esto está siendo horrible, qué razón tenía mi madre cuando me decía que poseía un poder superior para atraer a personas insoportables; aunque ella los definía como “incómodas”, su prudencia y saber estar eran unas de sus virtudes, no como a mí, que el cabreo no lo puedo ocultar por más que lo intento».

—No te preocupes por nada Lucía, lo tienes todo muy bien organizado. De hecho, ha sido el propio Don Enrique quien ha pedido expresamente que fueras tú quien llevara la venta del palacete. Sus informes favorables hicieron que depositara toda su confianza en ti para llevar a cabo toda la operación. No quiere intermediarios. Dejó muy claro que quería a la mejor y puso el nombre de Lucía encima de la mesa —«esto va viento en popa, si es que lo bordo, creo que el ascenso está asegurado».

Y después de echar unos vistazos rápidos y ponerse al día de la negociación, por fin salieron de la oficina directos al palacete, previa llamada al señor Enrique del Real, para que los estuviera esperando en la entrada, más o menos en una media hora.

Semanas antes, Enrique se ocupó de investigar la vida de Lucía. Descubrió que era hija única y que sus padres fallecieron. Era el perfil perfecto que deseaba y reunía las condiciones idóneas para los planes que pretendía llevar a cabo.

2

Carlos caminaba despacio y sin rumbo fijo, no sabía muy bien qué hacer en esa mañana tan desafortunada. Lo ocurrido con Lucía en la cafetería le había dejado muy tocado. Aunque nunca perdía la esperanza de que todo volvería a ser como antes, en su interior no las tenía todas consigo, había algo que se le escapaba y eso no le gustaba nada, en realidad estaba furioso por esta situación tan absurda que estaban llevando, no podía creerse el monumental enfado por algo que, a su criterio, era lo correcto en ese momento, cualquiera hubiera hecho lo mismo en su lugar, incluso Lucía, ella también era de la misma manera de pensar que él. No sabía qué diablos la estaría pasando, pero tendría que averiguarlo aunque le costase la vida en el intento.

«Iré a comprar el regalo de Rafael y después me tomaré una cervecita por ahí, así hago tiempo hasta la hora de la comida, aunque se me ha quitado el hambre por el disgusto, no sé, luego veremos si como algo», pensó Carlos.

Después de caminar un rato y ver tiendas, no se decidía con el regalo, no sabía si comprarle una camiseta de su equipo de fútbol favorito o una armónica con su nombre grabado, pero mientras pensaba en el regalo pasó por una protectora y se decidió por adoptar un perro para regalárselo a Rafael. Esperó unos segundos y pensó: «Por qué no, aunque pasara lo que pasara ya lo había superado y no creo que le importe de nuevo tener compañía, aunque sea canina, si le regalo un perrito espero que no se moleste. Además, le vendrá muy bien distraerse en una casa tan grande y tan solo… Sí, decidido».

Tenía que pasar página, olvidar, estaba seguro de que su nuevo amigo peludo le ayudaría a superar la muerte de su perro Tango, causada por un desgraciado accidente.

Carlos empezó a recordar todo lo ocurrido: sucedió mientras Rafael lo paseaba por el barrio. Tango, en un descuido, y mientras corría tras un gato callejero que pasaba por allí, fue atropellado por un automóvil y murió en el acto. Rafael se quedó petrificado, no daba crédito a lo que había sucedido, sentía como si una parte de él hubiera muerto junto a su fiel amigo. Durante unos segundos se quedó sin habla, no reaccionaba ante nada. No se lo podía creer, ¿acaso era una broma del destino? Cuando por fin reaccionó llamó a Carlos. Sin poder contener el llanto, le contó cómo pudo lo sucedido.

Mientras se lo contaba, a Carlos le costó mucho tranquilizarlo, era una situación difícil de digerir, más sabiendo el cariño que le tenía y la compañía que le hacía, era siempre tan juguetón que no le dejaba solo ni un instante, hasta que Rafael no se levantaba Tango tampoco y, nada más despertar, se abalanzaba sobre él lamiéndole la cara y dando saltos de alegría, era toda una revolución. Le mordisqueaba los calcetines para que se los pusiera y le bajara al parque, la verdad es que se entendían de maravilla. Cuando Tango percibía que Rafael estaba triste, se quedaba a su lado en el sofá mirándole fijamente, hasta que una sonrisa se le escapaba, entonces Tango se subía rápidamente encima de él y le lamía la cara sin parar, demostrándole su agradecimiento por sonreír, y así seguía hasta que finalmente se le pasaba la tristeza y volvían de nuevo a jugar.

Después de todas las gestiones pertinentes le acompañó al veterinario para notificar la muerte y solicitar la incineración. Aún guardaba las cenizas de Tango en su casa. Aquella tarde había quedado en la cafetería con Lucía, pero con lo sucedido se le olvidó por completo, luego al día siguiente la llamó y le explicó lo ocurrido, pero ella le colgó el teléfono, estaba muy cabreada, no solo por haberla dejado plantada, sino por lo que ocurrió después, y no quiso saber nada de él.

Esa tarde se quedó acompañándolo en su dolor, su único amigo, el amigo que merecía la pena y por el que nunca le dejaría tirado y menos en una situación tan delicada.

Cuando ya pasó el mal trago de despedirse de su amigo canino, entendió que lo mejor sería tomar unas copas juntos y que se desahogaran antes de dejarle de nuevo en su casa. Quién se iba a imaginar que se les acercarían aquellas dos con ganas de guerra y que lo que el alcohol hizo llegara a oídos de Lucía.

Aun así, Rafael estuvo más de dos semanas llorando sin parar y sin salir con los amigos, se encerraba en su casa y no cogía ni las llamadas de teléfono, hasta perdió cerca de tres kilos de peso por lo sucedido.

Y decidido, entró a por ese perrito de compañía que un día le fue arrebatado de un plumazo a su querido amigo Rafael, un día que ninguno de los dos podría olvidar.

3

Al salir de la oficina para ir al palacete, Lucía quiso ir sola hacia allí sin la compañía de Alberto, temía que por el camino se viniera arriba y le tirara los tejos en el coche, una situación que sería de lo más desagradable y quería evitarlo a toda costa. Ya antes su mirada se había vuelto un poco picarona y le veía venir; este tipo de hombres que se comportaban de esa manera tan pesada le caían fatal, no soportaba que la tratasen como una reina para luego buscar sexo rápido, además, no aguantaba a los pelotas y menos a los que sin méritos propios los ascendían en la empresa, y Alberto parecía ser uno de esos tipos que se ganaban el puesto agasajando y halagando sin mesura ninguna.

Una vez dentro del coche, y sin el pesado de Alberto, un verdadero alivio que agradeció muchísimo, anotó en el GPS la dirección y puso rumbo hacia su destino, un destino que prometía mucho y que sentía como algo misterioso.

Una espesa niebla comenzó a invadir la carretera, soltó el pie del acelerador y redujo la marcha para ir un poquito más despacio, pues la carretera subía y subía dando curvas muy cerradas. Entre la espesa niebla que se había generado y las dichosas curvas ya se empezaba a poner un poco nerviosa, además, ya de por sí no le gustaba conducir, como para encima hacerlo en unas condiciones de visibilidad muy reducida. Por un momento pensó que, al final, no le habría venido mal que estuviera Alberto, por lo menos irían hablando y estaría más tranquila, aunque inmediatamente desechó la idea por completo, prefería estar sola y tener miedo, a estar junto a ese hombre tan estúpido.

«¡Por fin!, parece que ya he llegado, menudo viaje de mierda». A la entrada de la finca sorprendía una enorme rotonda que daba acceso al inmueble; en el centro había una fuente que mojaba una estatua de piedra que recreaba a un anciano con barba, con un cetro en la mano que miraba directamente a la puerta de entrada. Le produjo escalofríos, desconocía a quién representaba, pero el escultor había hecho un gran trabajo, pues se intuía el poder que debía haber tenido el hombre en el que se había inspirado. Su mirada lo decía todo, alguien al que se le debía tener mucho respeto, por las dimensiones de la estatua y por lo bien conservada que estaba, en comparación con la hacienda, que parecía una antigüedad llena de recuerdos y falta de mano de obra para restaurarla. Su imagen era penosa, daba una sensación de estar abandonada y, por el contrario, tenía un aspecto que impresionaba por la majestuosidad de su grandeza, se notaba el poderío nada más verlo, solo las torres de las esquinas mostraban un marco incomparable de señorío, que no dejaba lugar a las dudas, en sí era tétrico y misterioso, algo que ponía los pelos de punta al contemplar sus enormes dimensiones.

Con cierto nerviosismo bajó del coche para dirigirse a la puerta: «Qué raro, no sale nadie a recibirme, Alberto comunicó de mi llegada, no creo que se haya marchado sin avisar, dijo que nos recibiría en la entrada y aquí no está ni el gato, llamaré a la puerta a ver si se enteran, con esta niebla y con el frío que hace aquí, como me hagan esperar mucho rato me marcho por donde he venido, a mí no me toma el pelo nadie, por mucha mansión que tenga ni por todo el dinero del mundo, le mando donde pica el pollo a las primeras de cambio, no tengo ganas de aguantar tonterías de nadie y menos de un ricachón súper creído, malqueda y con muy poca seriedad», pensó Lucía.

—¿Lucía Palmer? Perdone mi tardanza, siento mucho haberla hecho esperar, pero el jardinero me entretuvo y le pido disculpas por ello —se excusó muy serio y educadamente.

—Hola señor… ¿Enrique del Real? No le había visto venir —«pero, ¿de dónde ha salido este hombre? Encima por la espalda y sin hacer ruido. ¡Por Dios, casi me da un infarto! A punto he estado de darle un puñetazo».

—¿Qué tal el viaje? Con esta niebla la carretera está muy peligrosa, aunque ya veo que es usted una mujer muy valiente. Sus compañeros siempre vienen de dos en dos —espetó sorprendido.

—Gracias por el cumplido, aunque no va mal encaminado, intento superar las dificultades según se presentan y no suelo asustarme con facilidad —mintió—. Aunque para serle sincera, el camino es un poco agobiante.

Hechas las primeras presentaciones, Enrique intentó conocer de primera mano lo que se decía sobre él fuera de sus dominios.

—Supongo que ya le habrán puesto al tanto de mi persona, diciéndola que soy arrogante y seductor.

—Hay pecados que por su naturaleza nunca se deben confesar si son propios, pero en asuntos que no me conciernen, no tengo el más mínimo interés en ocultárselo, al contrario, creo que le haría bien en decírselo, a todos nos gusta saber lo que se cuenta de nosotros y su reputación, en principio, no es una buena carta de presentación, al menos es lo que he notado y, por lo que intuyo, veo que no se sorprende, debe de estar acostumbrado a recibir vilezas de este tipo —alegó de inmediato.

—Nada más lejos de la realidad, la gente de por aquí tiende a exagerar las cosas sobre mí, no me conocen de nada y se creen que lo saben todo, una mala fama que no sé cómo quitármela —espetó con pena, a la vez que con resignación.

—Lo dice usted todo, pero no le voy a mentir sobre algún comentario que le concierne, algo se cuenta por ahí, aunque no tengo nada en contra de usted si así se queda más tranquilo, yo vengo a hacer mi trabajo y lo que yo piense es algo que me lo reservo para mi intimidad, no forma parte de mi trabajo examinar a los propietarios, sino los papeles de la venta, que es para lo que he venido. Si no tiene más que decir me gustaría comenzar lo antes posible, esta tarde tengo que bajar a Madrid sin falta y no me gustaría que se hiciera de noche, como bien ha dicho antes, la carretera está muy peligrosa y cuanto más tarde peor, por lo que le ruego encarecidamente ir directos al asunto que me ha traído aquí, si no es mucha molestia, porque según creo le corre mucha prisa la venta del palacete, al menos es lo que pone en el informe que me redactaron. «Menudo hombretón, fuerte, musculado y con pinta de chulo y engreído, es una lástima, la verdad es que tiene su qué. Aunque es extraño, su mirada da un poco de miedo y, sin embargo, sus ojos grises como el acero me vuelven loca, son tan fríos y a la vez tan atractivos que no me extraña que la gente de por aquí diga esas cosas de él, cualquier chica caería rendida a sus pies con tan solo una mirada suya, es tan apuesto y galán que se va a dar cuenta de que me gusta, intentaré mantenerme distante por si acaso, no sea que me deje atrapar y caiga en sus redes, luego me podría arrepentir toda la vida si llega a enterarse Carlos, no me lo perdonaría nunca, pobrecito, con lo que yo le quiero y lo mal que se lo estoy haciendo pasar y yo aquí, pensando en tirarme a un desconocido, suena a risa, pero joder con el ricachón el cuerpo que tiene, el traje le queda que ni pintado, ceñido y marcando glúteos, ahí si me perdía yo y no en esa maldita carretera».

—Ya veo que está muy bien informada de todo y que mis ruegos han surtido el efecto que yo esperaba y con creces, una mujer que no se anda por las ramas —dijo sorprendido—. Sin duda es lo que yo esperaba, si hace el favor de entrar, esta será su casa a partir de ahora, cualquier cosa que necesite por favor no tenga reparo en decírmela. Ahora, sin más dilación, vayámonos a la biblioteca donde tengo mi despacho y allí podemos empezar a mirar los papeles, como bien ha dicho antes nos urge muchísimo venderla lo antes posible, la otra residencia donde vive mi padre es muy costosa y no tenemos la liquidez suficiente para seguir pagando los adeudos que nos llegan, como comprenderá es una situación un poco delicada en la que nos encontramos y espero terminar con esto lo antes posible por el bien de la familia, han puesto todas sus esperanzas en mí y espero no defraudarles. Como ya le he comentado, tener propiedades no te otorga dinero, al contrario, te carga de facturas imposibles de pagar. Mi negocio por ahora está un poco parado y eso se nota también en la economía familiar, pero no la entretengo más con mis problemas, usted ha venido para ayudarnos a vender la casa y por ello le estamos muy agradecidos, parece ser que por el momento nadie está interesado en comprarla, si todo va bien, y llega a buen puerto, no tenga la menor duda de que será recompensada con creces. La palabra en mi familia es sagrada y siempre se cumple, por lo que no hay de qué preocuparse, un detalle que nos honra regalarle si sale como todos esperamos.

Y diciendo esto se quedó mirándola por unos segundos fijamente a los ojos: «No me esperaba a una mujer tan guapa, la verdad. Su piel está muy bien cuidada, se nota que se preocupa por estar atractiva. Sus labios pintados de rojo y el rímel en sus pestañas le dan un aire muy especial, por no hablar de su manera de vestir, una falda corta, sencilla pero sin provocar, la blusa con volantes medio transparente le sienta de maravilla, marcando sus senos y dejando entrever un sujetador que lo único que hace allí es molestar. Todo está preparado para hacerla mía. No puedo romper el círculo establecido por la orden, no me lo perdonarían. No puedo permitirme un error así, se vendría abajo todo y mi honor acabaría por los suelos y, lo que es peor, si no cumplo mi padre me dejará sin herencia y sin apellido, algo que no puedo consentir, sería mi ruina y mi condena de por vida».

—Aquí tiene toda la documentación de la casa, los metros cuadrados en total, el número de habitaciones, los aseos y la entrada principal que ya la conoce junto con la biblioteca, que como verá es una obra de arte, mis antepasados eran muy cultos y aquí pasaban la mayor parte del tiempo.

Lucía se acercó a la estantería y se interesó por los viejos libros que rezumaban la historia de nuestros ancestros. Con su dedo índice fue señalando algunos que llamaron de inmediato su atención.

—Debe de haber costado mucho esfuerzo juntar tanto conocimiento —dijo con admiración.

—Hay incunables que pagarían enormes cantidades de dinero por tenerlo en sus estanterías, pero mi padre por el momento no me permite vender nada de aquí, son libros viejos de un gran valor sentimental para él y debo acatar su voluntad, le defraudaría si por el motivo que fuera vendiera cualquiera de ellos, en sus páginas hay mucha sabiduría, algo que escasea últimamente.

—Al menos no se ha perdido del todo, el saber está al alcance de unos pocos privilegiados —respondió mirando la enorme colección.

—La ciencia y la tecnología se llevan bien, en cambio la religión desecha cualquier pensamiento que no provenga de las Sagradas Escrituras, mis antepasados lucharon para conservar todo este idilio de pensamientos diferentes, que por entonces estaba destinado a arder en la hoguera, claro está si no hubiera sido por los continuados esfuerzos que en su día tuvieron que rendir para preservar este auténtico museo de la palabra escrita.

—No lo dudo, sus esfuerzos dieron sus frutos —observó Lucía.

—Doctores en cualquiera de sus ramas puede hallarlos aquí en el estante de la derecha, libros de conjuros para toda clase de enfermedades y de posesiones de espíritus endemoniados, brujería y espiritismo, todo lo relacionado con la astrología y la nigromancia.

—Esas artes siempre me gustaron —apuntilló interesada.

—En el estante de la izquierda, manuscritos conservados de pensadores en medicina como Galeno o Hipócrates; filósofos como Tales de Mileto, Aristóteles o Platón, y pintores como Leonardo Da Vinci o Sandro Botticelli, además de un sinfín de mentes privilegiadas que ocupan un hueco en cada una de las estanterías que forman la colección más valiosa del mundo hasta el momento; museos, estancias presidenciales y personas de alto poder adquisitivo que se quieren mantener en el anonimato, están deseando hacerse con cualquier ejemplar de estos, pero ya ve, mi padre por ahora no permite negociación alguna, una fortuna que día a día se va desgastando por el paso de los años, a no ser que se conserve en un lugar preparado para ello, pero por el momento así están las cosas —ya no sabía más que decir, su mente se quedó en blanco por unos momentos observando la silueta de su cuello, su pelo suelto y juguetón le divertía y le ponía muy caliente, le daban ganas de besarla en el hombro, subir poquito a poco por su cuello arrastrando su lengua hasta llegar a sus labios, una pequeña erección se presentó sin avisar diciéndole que aquí estaba él para hacerse cargo de la situación, ya que su mente estaba fuera de control y no razonaba nada, estaba a tan solo unos centímetros, una situación de lo más natural, pero embarazosa para él. Ella sentada en su sillón y él detrás contándola la disposición de unos libros viejos que en este momento no le merecían ningún interés teniendo a su lado la joya más hermosa de la mansión, un tesoro de difícil adquisición, pero tenía que intentarlo, tenía que luchar por conseguir que Lucía cayera rendida a sus encantos. Era su máxima prioridad por ahora.

Tanto tiempo esperando este momento, necesitaba poseerla para calmar esas ansiedades que recorrían todo su cuerpo, tenía que sentir y sentirlo ahora, lo necesitaba, era el momento que tantas noches había soñado, en las amarguras de la indefensión buscaba su calor para dejar de tiritar un sufrimiento que le acompañaba siempre, una pesada tortura que ni su alma podía seguir aguantando por más tiempo.

Quería terminar con ese tormento de una vez por todas y sus esperanzas estaban a su lado, a unos centímetros de sus labios, sentada en aquella silla, distraída de todo el torbellino que envolvía su mente, un huracán que arrastraba todo lo que se encontrara en su camino hasta alcanzar su meta, un final que perseguía con insistencia y que ahora lo podía tocar con sus manos, acariciarlo y sentirlo hasta enloquecer.

—La verdad es que esta biblioteca debe de tener un valor incalculable, una joya que no se puede perder —«¡madre del amor hermoso!, pero qué me está pasando, no puedo concentrarme en nada teniendo detrás de mí a este hombre, noto su respiración y me está poniendo nerviosa, muy nerviosa diría yo, no deja de mirarme y para colmo su perfume me absorbe cada vez que respiro, es tan suave, ¿cuál será? No sé, pero me encanta, me lo imagino haciendo el amor desenfrenadamente, desabrochándose el nudo de la corbata, quitándose la camisa y besándome apasionadamente, mientras el olor de su perfume me entra por cada poro de la piel, mientras yo, abrazada a él, bajo mi mano y le desabrocho el botón del pantalón. Despacio, muy despacio voy tirando de su cremallera hasta dejarlos caer, la misma suerte corre su slip. Con mucha delicadeza le acaricio su sexo arriba y abajo, una y otra vez y eso empieza a crecer y crecer, mi mano no deja de subir y bajar, mientras él me toca los pechos que ahora están duros, muy duros.

Sin perder tiempo me quita la blusa y acto seguido el sujetador, ahí los tiene, todo para él, dispuestos a recibir su boca y su lengua, los acaricia con maestría, sabe lo que hace, parece un experto en la materia y poco a poco baja su mano hacia mi interior, explora cada centímetro de mi piel y deja caer mi tanga, que se queda suspendido en los zapatos que llevo puestos de tacón, pero eso no le importa, porque ya está centrado tocándome, hasta llegar a mi centro de excitación, un lugar prohibido para muchos y accesible para los elegidos. Lo acaricia con suavidad, sin prisa, un gemido se me escapa, como siga así llego al éxtasis ahora mismo, estoy empapada y no puedo moverme, me siento a su merced, a sus dedos expertos que no dejan de tocarme. Ahora sí, es el momento, se agacha y busca desesperadamente con su boca mi esencia, mi jugo más íntimo. Ahí lo tienes Enrique, todo para ti, cómemelo todo, sin dejar nada, su lengua se introduce y clavo mis uñas en su cabeza, no puedo más, ahora busca mi perla, esa joya que desea encontrar, la descubre y la mima hasta saciarse, pero yo no puedo más y grito de placer, después de un empujón retiro su cabeza y le miro de una forma picarona, ahora me toca disfrutar a mí. Le beso intensamente e introduzco mi lengua juguetona en su boca en busca de la suya, que me sale al encuentro rápidamente, sin hablar le indico que apoye su cuerpo en la mesa, ahora es mío y nadie me lo va a arrebatar, mi boca desciende muy despacio sobre su cuello, luego busca su pezón, me detengo un poquito para juguetear en uno y en otro, los muerdo y los beso a la vez, un gemido se deja oír y al escucharlo me pone más y más caliente, sigo bajando y encuentro su ombligo, lo recorro entero con mucha sensualidad, le miro a los ojos y eso me pone aún más, me encanta, pero solo es un aperitivo de lo que me espera, un poquito más abajo y está mi juguete, ese que tanto tiempo hace que no juego con él, ese que me hace ver el universo entero y llenar de gozo y placer mi vida.

Aquí está, un enorme y erecto pene me sale al encuentro, deslizo mi lengua hacia su glande, lo saboreo entero y me lo introduzco en la boca, es grande y me vuelve loca, no puedo más, el placer hace que me vaya tocando mis partes íntimas con mucha sensualidad para disfrutar aún más, estoy muy caliente y necesito estar preparada para la penetración, necesito estar muy húmeda, mucho más y sigo chupando su sexo con más intensidad y le vuelvo a mirar a los ojos, ¡dios!, estoy a punto de llegar al clímax, mis dedos no dejan de acariciarme, están empapados, ahora es el momento exacto para que la sienta en mi interior, lo deseaba más que nunca y no podía aguantar ni un minuto más. Dejo salir su pene de mi boca y le quito de la mesa para indicarle que ya es el momento, me gusta ser yo quien maneje los tiempos, eso me excita más, él lo nota y se deja llevar, me sube a la mesa y yo le indico el camino abriéndome de par en par, con las piernas le agarro de su cintura y le acerco para recibir como se merece a mi juguete, lo deseo tener dentro de mí y ese deseo se hace realidad, entra poquito a poco, muy despacio va metiéndose en un sitio desconocido para él, como un explorador busca abrirse camino primero con lentas sacudidas, hasta adaptarse a la forma y dimensiones de mi vagina, después más y más rápido, hasta coger un ritmo que nos excite a los dos, ya no puedo más, mis ojos se quedan en blanco a cada nueva embestida, él parece notarlo y empuja más y más, el placer es infinito, no puedo parar de gritar, ¡qué grande la tiene!, pude decir entre gemido y gemido, está siendo el polvo del siglo y eso se nota, él parece con su mirada pensar lo mismo que yo y en una embestida final los dos soltamos un grito que sale de lo más profundo de nuestro ser, en ese mágico instante me grita ¡no puedo más Lucía!, al escuchar mi nombre de su boca y ese empujón final, es suficiente para que él llegue al éxtasis y yo por segunda vez. Nuestros fluidos se fusionan en mi interior hasta acabar agotados.

Ha sido maravilloso, le susurró al oído, le tengo encima de mí, del esfuerzo se ha quedado sin palabras, está exhausto y yo no paro de sudar de la explosión final de placer, ha sido especial, me tiene enamorada hasta las trancas y no es para menos, con lo bien que lo hace es para hacerle un monumento tan grande como el que está en la rotonda de la entrada, ¡dios, qué animal, me ha dejado sin aliento, cualquiera sigue ahora con los papeles!» —y pensando esto fue cuando se dio cuenta de que estaba soñando despierta y volviendo de nuevo a la realidad notó el perfume de Enrique detrás de ella.

—¿Por dónde íbamos?, hace un poquito de calor, ¿no cree? —dijo toda acalorada, aunque un poquito mojada se dejaba sentir en sus partes más íntimas por lo sucedido en su traviesa y sensual imaginación, cosa que últimamente se le estaba acentuando de manera incontrolada, un deseo tan fuerte y tan real se apoderaba de ella sin poder evitarlo y lo que era peor, cada vez el deseo era más fuerte y duraba más tiempo, por lo que debía de poner remedio, si no quería terminar pensando todo el día en sexo, algo que no entraba en sus planes de presente ni mucho menos de futuro, qué sería de ella en una situación así, una ninfómana y perturbada, sin más ideas que el mero hecho de echar un polvo descontroladamente.

No, ella no quería terminar así, si las cosas seguían en esa dirección tenía que tratarse con un profesional e ir inmediatamente al psicólogo. Además, Elena era su mejor amiga y encima su psicóloga, qué mejor manera que contarle lo sucedido cuando llegase a Madrid. Pedirle una cita en su clínica privada era una buena decisión, la vería esa noche en el cumpleaños de Rafael y le contaría lo que por ahora creía que se estaba convirtiendo en un problema, pequeño, pero al fin y al cabo un problema.

—En esta época del año es normal que unas veces haga calor y otras frío, pero permítame que abra las ventanas para que entre un poquito de aire, ya verá como así se encontrará mucho mejor, de todas maneras voy a llamar al servicio para que le traigan un vaso de agua.

Enrique apretó un botón del teléfono fijo que estaba encima de la mesa y mandó traerlo. «A ver si con un poquito de suerte el calor me hace un favor y se desabrocha algún botón de la blusa, esa respiración tan agitada que tiene le hace subir y bajar los pechos de una manera muy sensual. Aunque no quiero mirarla para que no se dé cuenta, mis ojos me llevan la contraria y me están dejando en evidencia».

—Muchas gracias, me vendrá muy bien un poco de aire fresco, le agradezco su cortesía —contestó con una alegre sonrisa, aunque lo único que quería era salir de allí lo antes posible, no podía seguir ni un minuto más en la biblioteca, al final se dejaría llevar por sus impulsos y cometería una tontería, algo que no estaba dispuesta a hacer, ya que Enrique no dejaba de mirarla los pechos.

—Me gustaría ver los jardines y demás estancias del inmueble para hacerme una idea física de la casa, aquí en los planos está muy bien detallado, pero necesito verlo in situ, si no es mucha molestia —tenía ganas de tomar un poquito de aire fresco. «Lo mismo se cree que no me doy cuenta de que me está mirando todo el rato las tetas, pero míralo, si se le cae la baba, anda que no es descarado ni nada, estoy por sacarle un pañuelo y todo, aunque por otro lado le dejaría mirar y tocar todo lo que quisiera, como sea igual que como me lo he imaginado antes, me desnudo ahora mismo, con este calor y este hombre sobran las ropas y las palabras».

—¡Claro que sí!, sígame y bajemos al jardín, estaremos más fresquitos allí al lado de la fuente, ya verá qué bonito está, todo cubierto de rosas y bellos árboles que dan una sombra maravillosa —«vaya, parece que no está a gusto aquí, probaremos de nuevo en el jardín, allí no se podrá resistir a mis encantos con el aroma de las flores y el verde de la hierba, que le dan un colorido y un toque muy especial».

Mientras caminaban hacia los jardines, una simpática y elegante doncella le sirvió en una bandeja de plata una botella de agua mineral con un vaso, que anteriormente había mandado traer Enrique.

—Gracias Sofía, ya puede retirarse —usó un tono demasiado cordial, se notaba que había confianza entre ellos por su manera de mirarla.

—Gracias, me hacía mucha falta, tenía la boca seca y no podía casi ni hablar.

Se notaba que Sofía tenía mucha escuela en el arte de servir, sus movimientos delataban una minuciosa y estudiada forma de comportarse, nada descarada ni extravagante, al contrario, sencilla y muy discreta en el saludo y la presentación. Su manera de despedirse bajando ligeramente la cabeza denotaba una alta cuna en el servicio. Pasar desapercibida era lo que de niña la gustaba a Sofía, aunque no siempre era así.

—Pongámonos debajo de este árbol que da una sombra muy buena —indicó Enrique muy entusiasmado, cosa que Lucía agradeció, no por lo contento que se mostraba Enrique, sino por el calor que en ese momento hacía en el jardín—. Mire Lucía, aquí en este lugar cerca de la fuente, mis antepasados plantaron este álamo para mí, decían que es el árbol de la vida, el que evita la muerte para siempre. Ellos decían que yo tenía un don especial y que mi vida estaría unida al árbol hasta su muerte. Decían que en cada atardecer, con la brisa del aire, sus hojas se movían y se podían escuchar las canciones más hermosas de amor.

«Entre sus ramas vuelan ruiseñores juguetones, que hacen que sus hojas caigan como si fueran pétalos enamorados. Cuenta la leyenda, que si te caen encima serás la persona más feliz del mundo».

—Nunca había escuchado una historia así, parece muy romántica —Lucía quiso mostrar empatía.

—Nunca he llegado a saber el porqué de ese mito, me gusta pensar que es cierto. Pero dejémoslo ya, no quiero entretenerte con historias antiguas, estamos en el presente y eso es lo que importa ahora —dijo Enrique, que empezaba a tutearla—. Mira a este lado del tronco, aquí escribí mi nombre y un corazón con una flecha que lo atraviesa, solo falta poner el nombre de la mujer que me quiera y me acompañe el resto de mis días, cosa que aún no ha sucedido, pero que creo que la tengo más cerca de lo que nunca antes había estado —y diciendo esto se la quedó mirando fijamente, a unos centímetros de su boca, sabía que sus ojos atrapaban y que tenían el poder de enamorar con tan solo una mirada, había algo en ellos que penetraba en el interior del pensamiento y lo desnudaba sin más, dejando ver cada idea que paseaba por los jardines de la mente, era todo un experto en la seducción y más en espacios tan cortos y desprotegidos hasta ese momento para Lucía.

Pero ella no se dejó embaucar por ese encanto tan penetrante y directo, no, Lucía también tenía sus armas para defenderse ante esta clase de situaciones tan comprometidas. Su innata destreza hizo que aprendiera muy rápido a salir de ellas con éxito.

Gracias a su profesión, había tratado con todo tipo de personas, ayudándola a convertirse en una mujer muy segura de sí misma, podía controlar una situación que, aunque a primera vista estuviera un poco distraída por sus encantos, no tardaría en centrar toda su atención en su cometido, que para eso había ido allí y era por lo que la pagaban. No debía entrar en otro tipo de «trabajos», que podrían comprometer su puesto y su categoría como profesional.

—Una historia muy bonita Enrique, pero creo que esto no le importará nada al posible comprador de la casa, ¿no crees? Los recuerdos del pasado no se compran ni se venden, tan solo sirven para la melancolía y para olvidar el presente, que en ocasiones se pierden en sin sentidos ocasionados por la soledad que a uno le acompaña a lo largo de la vida, unos sentimientos que se mezclan entre el alboroto de la realidad y la placidez de los sueños, algo que no se puede controlar ni dominar, sino dejar que se paseen de vez en cuando para que nunca se pueda olvidar que no estamos hechos de hierro, sino de papel de fumar, sensibles y delicados, donde la herida más grande no duele en la carne, sino en el alma y el corazón.

Después de aquel pequeño formalismo, Lucía sacó de su bolso una de las cajetillas de tabaco que había comprado y encendió un pitillo, una calada que le supo a tristeza pensando en su amor, en el único hombre que echaba de menos cuando no estaba a su lado. Carlos era todo para ella y le necesitaba ahora más que nunca. Tenía que decirle lo mucho que le quería y no andaría tonteando más con él, ya no había tiempo para las chiquilladas, el juego se había terminado para siempre.

—Lo dices como si hubieras sufrido mucho, pero no te preocupes, todo irá bien a partir de ahora, si tú quieres puedes encontrar la felicidad aquí, en esta casa, conmigo, yo te daré todo lo que necesites. Mi padre siempre está diciendo que tengo el corazón sin venas, dormido en un largo sueño del que nunca podré despertar, sé que tú eres la mujer que necesito a mi lado, para dejar el sendero de la soledad y coger juntos el camino de la felicidad. ¿Qué te parece Lucía? Ahora mis pasos caminan hacia ti, déjalos entrar y te aseguro que no te arrepentirás jamás.

Ya se lo había dicho, ahora no podía dar marcha atrás, nunca antes se había abierto sentimentalmente así con nadie. En ocasiones anteriores tan solo se acostaba con alguna mujer para pasar el rato y aplacar sus necesidades, pero sin sentir el más mínimo interés por ellas, pero en esta ocasión era diferente. Lucía era la elegida, la mujer con la que había soñado infinidad de noches, la mujer que necesitaba para conseguir que sus planes siguieran por el camino deseado por su padre y por él. Las cartas estaban echadas y todo dispuesto para jugar.

—Aunque ha sido una declaración preciosa, no entiendo a qué vienen tus palabras. Estoy aquí para vender su palacete —contestó sorprendida—. Siento mucho Enrique no ser esa mujer que andas buscando para poner el nombre que falta en tu árbol, te agradezco tu sinceridad, pero ya tengo novio y le debo todo mi respeto. Además, aquí no he venido a encontrar el amor, te aconsejo salir de estos muros a buscar lo que pretendes, pues esta mujer ya tiene escrito en su corazón el amor de su vida.

Lucía no entendía lo que estaba ocurriendo. Tenía que salir de allí ahora mismo, si no caería rendida a sus palabras y a una total entrega hacia él. La había dejado descolocada sin apenas conocerla, poniendo en riesgo su reputación y apostándolo todo a una sola carta.

—Siento mucho haberte incomodado, no era mi intención, pero si me lo permites mantengo mi propuesta abierta a nuevas consideraciones. Mi padre me enseñó a no descartar nada, sin antes haberlo valorado detenidamente, las buenas decisiones se toman con tranquilidad, dejando que el tiempo disipe las dudas —el fervor y las ganas de revelar sus intenciones iban más allá de lo cortés, para ser la primera vez que se veían.

—No me lo pongas más difícil Enrique, no quiero hacerte daño, pero no soy para ti, ya te lo he dicho, mi amor me está esperando y se llama Carlos, no tiene una casa tan grande como esta ni tantos títulos como tú, pero tiene lo más importante para mí, su nobleza, cariño y amor, así que te pido encarecidamente que desistas de tan descabellada acción y no quiero volver a hablar más de algo que no sea puramente de trabajo, si no tendré que informar a mis superiores de lo ocurrido y que cambien de agente para el próximo día. Siento mucho esta equivocación por tu parte y si no hay nada más que se pueda hacer, por mí doy por terminada la visita de hoy. Te mantendré informado de cada nuevo avance que haya en la operación, así es que si no te importa te ruego que me indiques el camino hacia el coche, desde el jardín no sé cómo llegar y como ya te dije antes me esperan para cenar.

—Lamento mucho que no sientas lo mismo que he sentido yo. Te pido disculpas por mi atrevimiento, no volverá a ocurrir, quédate tranquila, por mi parte no habrá más intención de lo que nos une, he sido un estúpido y mi comportamiento ha sido deplorable, me avergüenzo de ello y te he comprometido en algo que aun así necesitaba decirte.

Estaba confundido, nadie le había rechazado antes, pero esa era una mujer con carácter y se lo había demostrado con creces, pero aun así no perdía la esperanza, aún le quedaba una bala escondida en la recámara y no la pensaba desaprovechar.

Y todo cambió cuando de repente, parecía que los astros habían tenido piedad de Enrique, el cielo se oscureció y unas finas gotas de lluvia comenzaron a caer. Una tormenta se avecinaba y se estaba acercando muy rápido, tanto que en unos segundos, una ligera lluvia dio paso a un aguacero tremendo, la cortina de agua impedía ver más allá de un metro de distancia y en el jardín ya se empezaban a formar charcos que dificultaban el paso hacia la entrada del palacete, algo que Enrique aprovechó de inmediato.

—¡Ven conmigo, rápido!, menuda tormenta tenemos encima, te llevaré dentro y te proporcionaré ropa seca, esto tiene pinta de estar así toda la tarde, sería una imprudencia que salieras ahora con el coche, la carretera se pone muy peligrosa y conducir así es muy complicado, puedes tener un accidente y eso es algo que no me lo perdonaría nunca. Mañana temprano podrás irte a tu oficina, te lo aseguro, ahora es muy peligroso salir, de verdad te lo digo Lucía, no te puedes jugar la vida en la carretera, al amanecer todo habrá pasado y te podrás ir más tranquila —a Enrique se le notaba muy preocupado por Lucía, el tiempo se había puesto imposible para llevar el coche y no podía dejarla marchar así.

Lucía, desoyendo las palabras de Enrique, quiso salir de allí lo antes posible.

—Por favor, te rogaría que me indicases el camino hacia el coche, como ya te dije antes, me están esperando para la cena —aseveró nerviosa.

—Está bien, no insistiré más —dijo Enrique, a sabiendas que la zona del aparcamiento estaría inundada por el tremendo aguacero que estaba cayendo, el barro cubriría parte de las ruedas, dejándolas hundidas sin poder salir de allí.

Después de que Lucía comprobase que era imposible sacar el coche, se resignó y accedió a la petición que Enrique le había propuesto.

—Está bien, si no queda más remedio me quedaré a pasar la noche, pero antes tengo que hacer una llamada, creo que me dejé el móvil en la biblioteca. Si eres tan amable de recogerlo te lo agradecería, esta noche tenía un cumpleaños, no quiero que se preocupen si no regreso.

Sabía que Enrique tenía razón, con lo poco que le gustaba conducir, y encima con esta tormenta que estaba cayendo, se hacía imposible regresar así, sobre todo por el estado de la carretera tan mala hacia el pueblo, tantas curvas cerradas y con el asfalto mojado, seguro que el coche se saldría en alguna de ellas. No le quedaba más remedio que quedarse a pasar la noche, no le hacía ninguna gracia perderse el cumpleaños de Rafael y menos no poder ver a Carlos para decirle lo mucho que le quería y acabar con esa situación tan ridícula que estaban llevando. Siempre en ambientes así de copas y risas favorecía mucho hablar y romper el hielo de una situación tan fría, que tenían anclada desde varias semanas atrás. Sí, lo arreglaría nada más verle, lo necesitaba y se lo merecía, no dejaría pasar ni un día más, era el amor de su vida y ya le estaba haciendo demasiado daño, se acabaron las tonterías: «Qué pena no poder verlo hoy, espero que no se enfade conmigo por no poder ir, mañana se lo explicaré todo y volveremos a ser la pareja perfecta, la que siempre soñamos y por la que nunca me debí enfadar, con lo bueno que es conmigo y yo haciéndole sufrir tanto, ya me vale».

Después de lo acontecido en los jardines sin mucho éxito para Enrique, parecía que el tiempo le acompañaba, el destino se mostraba juguetón y estaba haciendo de las suyas, por fin le sonreía la tormenta para aprovechar una noche que se avecinaba muy larga, donde los rayos darían esa luz que hasta el momento se le había privado en el jardín; esta sería su noche y su tormenta, pero también su ruina si no le salía como él esperaba, debía tener sumo cuidado y andar con mucho ojo, Lucía era muy enérgica y podría estropearse todo en cuestión de segundos. Necesitaba adivinar cuáles eran sus puntos débiles para atacar, y estaba seguro de que los encontraría, volvería a hacer uso del perfume que con tanto empeño logró conseguir, para que al olerlo Lucía sintiera una extraña sensación de placidez, que de seguro sería lo más conveniente para sus oscuras intenciones, costara lo que costara, pero acabaría besándola en los labios y haciendo el amor desenfrenadamente, de eso estaba muy seguro, y si el perfume no era suficiente, emplearía los trucos de sus antepasados con brebajes o haciendo uso de la ciencia de la hipnosis, algo que no fallaba nunca, pero que no quería usarlo con Lucía, aunque si tuviera que echar mano de ello no se lo pensaría dos veces para conseguir su propósito, y eso pasaba por seducirla primero con su arte y su talento y segundo porque en realidad la necesitaba, tenía que tener descendencia con una mujer de su carácter, los débiles no valían para llevar sus apellidos. Así lo educaron y así lo creía.

4

Después de hacer todas las gestiones para el regalo de Rafael, Carlos se sentía de nuevo feliz por su amigo del alma, seguro que la sorpresa iba a ser monumental; de primeras, le llamaría de todo, «que esto a un amigo no se le hace, que si no tengo sentimientos después de lo que pasó, que ya me vale la idea, que soy de lo peorcito que ha conocido, que si»… y así un largo etcétera de improperios y desvaríos emocionales, que no le servían nada más que para retrasar lo que en verdad era lo que estaba necesitando desde hacía tiempo, algo que no podía rechazar ni seguir fingiendo. Tenía nombre y se llamaba compañía, no podía seguir viviendo solo por más tiempo.

No era justa tanta soledad, tenía que volver a reanudar su vida lo antes posible y estaba dispuesto a echarle una mano en lo que fuera, aunque luego le dejase de hablar por una semana, pero tenía que acabar con su interminable tortura psicológica, en la que estaba sumido hasta la médula. Y en esta ardua tarea entraba en escena Elena, su querida y siempre observadora amiga, compañera de fatigas y guardaespaldas de todo aquello que atentara contra cualquier forma de violación de los derechos humanos, más concretamente de todo lo relacionado con enfermedades mentales, maltratos físicos y psicológicos derivados de relaciones tóxicas de parejas, pero sobre todo se desvivía por sus amigos, para ella eso era vital, no se le escapaba una, sabía cuándo estabas inquieto por algo y no sabía cómo se las apañaba para sonsacárselo, y después de darle unas cuantas vueltas al problema, siempre tenía unas palabras de aliento y algún que otro consejillo para aliviar ese nudo que poco a poco te iba apretando en las entrañas del pensamiento.

Así era Elena, a veces loca como una cabra y otras tranquila como una tortuga, sencilla y a la vez traviesa, pero con unas ganas de encontrar ese amor que tanto necesitaba y que deseaba con toda su alma y su corazón.

Después de hacer todas las gestiones oportunas del regalo de Rafael, Carlos se sentía emocionalmente un poco fatigado, primero por la discusión con Lucía en el bar, que ya le dejó muy marcado, después con la llamada desesperada del casero, donde vivía temporalmente hasta que le dieran las llaves de su nuevo apartamento, para que le pagara de una vez la letra del piso del mes pasado, cosa que el propietario quería solucionar lo antes posible bajo amenaza de echarle a la calle, algo que a Carlos le disgustaba mucho, no era de esa clase de personas que no le importara nada dejar de pagar y que le echaran en cara su morro, él no era así, su reputación en el barrio, así como con su familia, era sagrada. La cara siempre alta y el cuerpo erguido, se decía a sí mismo: «Por donde yo vaya nadie podrá decir nada malo de mí», era su lema, una persona sencilla y natural, pero sobre todo honesta, y nunca le había ido nada mal, hasta que pasó lo de Rafael con su perro Tango, porque eso provocó la discusión con Lucía, pero eso era pasado y quería evadirse un poco antes de ir al cumpleaños con una cara que le llegase hasta el suelo, su tristeza iba en aumento y decidió pararse en un parque y sentarse en uno de esos bancos solitarios que últimamente frecuentaba con demasiada asiduidad, no porque le gustara el sitio, sino porque las cosas de un tiempo atrás no le marchaban demasiado bien.

Por suerte para el casero, Carlos le dijo que pasado mañana iba a recibir un giro que tenía atrasado y que le permitiría ponerse al corriente de todos los pagos que debía hasta el momento e incluso que le pagaría dos letras por adelantado por el daño causado por el retraso, algo que lo dejó un poco más tranquilo… al menos de momento.

Y ahí estaba él, sentado en aquel banco viendo pasar de aquí para allá a la gente que con prisas cruzaba por allí, sin percatarse de su existencia; unos caminaban con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, otros hablando por el móvil alzando la voz sin importarles nada que los demás escucharan lo que estaban hablando, otros paseando a sus mascotas y otros como él, que necesitaban un respiro para continuar con su vida, esa que les había tocado vivir con el estrés, que poco a poco hacia mella en su ya delicada salud mental.

Pero Carlos era un chico valiente y decidido y no estaba dispuesto a hundirse por unas cuantas deudas de nada y una desafortunada discusión con Lucía. Tenía que levantarse y arreglar la situación lo antes posible, cuando la viera esa tarde pondría las cosas muy claritas y se desahogaría con ella, le pondría los puntos sobre las íes y después que fuese lo que Dios quiera: «Ya estaba bien de tanto pedir perdón y tanta ñoñería», sí, así lo pensaba y así lo haría, esto tenía que acabar ya, para bien o para mal, pero tenía que terminar de una vez por todas. Tendría que elegir entre seguir con él o separarse para siempre, un ultimátum que le ponía los pelos de punta. Si salía bien, perfecto, pero como saliese mal, no lo quería ni pensar, eso no podía pasar, sería como una puñalada directa al corazón, una estocada mortal de difícil curación.

Y mientras pensaba en su valentía sonó su teléfono móvil, lo miró con rapidez pensando que sería Lucía y que le llamaba para pedirle perdón por lo de esa mañana, pero su alegría se vino abajo cuando en la pantalla aparecía el número y el nombre de Elena. Se lamentó y maldijo mil veces su mala suerte, carraspeó un poco y apretó el botón de descolgar.

—Hola Elena, ¿qué tal? —quería comenzar la conversación en un tono animado.

—Hola Carlos, pues lo voy llevando, sobreviviendo en un mundo que cada día entiendo menos —se notaba que estaba un poco preocupada, algo andaba mal—. Oye mira cariño, quería preguntarte si sabes algo de Lucía, llevo toda la tarde llamándola a su móvil y me dice que está fuera de cobertura o apagado, y la verdad es que estoy un poquito preocupada, habíamos quedado a las siete para ir juntas al cumpleaños y ya son las ocho y media y no sé nada de ella, ni me llama ni me manda un mensaje, no sé Carlos, la verdad es que no entiendo nada, ¿no estará contigo por una casualidad?

—No, conmigo no está, yo estoy haciendo un poco de tiempo en la bolera con unos compañeros del trabajo, ya sabes, echándonos unas risas —«madre mía, vaya mentira que la estoy contando, menos mal que no me ve»—. Estuve con ella esta mañana, pero después me dijo que tenía que ir a ver una casa, ya sabes, cosas de su trabajo. La verdad es que no me enteré muy bien, porque, como de costumbre, volvimos a discutir, pero creo que me dijo que no tenía ganas de ir, lo mismo está en su casa durmiendo y con el móvil apagado, ya sabes, cuando se cabrea desconecta del mundo y deja de existir.

—Lo siento mucho por vosotros de verdad, hacéis una pareja tan buena que me da rabia que estéis así por una tontería, pero las cosas son así. Pues nada, no sé qué hacer, si no te queda mucho con la partida te voy a buscar a la bolera y si quieres nos vamos juntos para allá, yo estoy preparada desde hace una hora, ¿te parece bien?

—¡Eh!, ahora… no te preocupes Elena, no hace falta que vengas, te recojo ahora mismo, si ya hemos terminado, ¿estás en tu oficina?

—¡Ay! Gracias Carlos, eres un sol, recojo el bolso y te espero en el portal.

—Vale, dame cinco minutos y nos vemos.

De camino para recoger a Elena, Carlos se montó en su flamante Chevrolet Camaro, un deportivo descapotable de color rojo. Era uno de esos sueños que pudo permitirse en otros tiempos y que le ponía los pelos de punta cuando conducía en carretera y alcanzaba los doscientos kilómetros por hora, porque la velocidad era lo único que por ahora le quitaba las penas, era algo superior a él, era montarse en el coche y transformarse en otra persona.

Dentro se sentía seguro, con una confianza en sí mismo que en ocasiones le daba hasta miedo, al contrario que cuando se bajaba del coche, que la cobardía le oprimía a cada instante; pero era escuchar el ruido del motor y oler el cuero de la tapicería, y ponerse a acelerar como un loco hasta que sonase el tubo de escape a tope, la adrenalina se le disparaba por momentos y todo su ser se convertía en el amo y señor de la carretera.

Era, sin lugar a dudas, el único momento que le hacía disfrutar, donde su mente podía viajar incluso a más velocidad que el coche, era su pequeño sueño y no quería despertar de él.

Siempre había querido viajar sin rumbo fijo con Lucía en el asiento del copiloto, imaginaba cómo su pelo se movía de un lado hacia otro en perfecta sintonía con el aire, sus gafas de diseño de color rojo a juego con la pintura del coche le daban un atractivo inigualable en un marco incomparable. Eran su coche y su novia, tenía lo que más quería y eso era lo más importante, el resto era secundario, su trabajo, el nuevo apartamento…

Podía sentirse el hombre más feliz de la tierra a su lado, con una mano en el volante y la otra abrazando a la mujer de sus sueños, kilómetros y kilómetros sin parar, hasta alcanzar el universo que entre los dos estaban a punto de conquistar. Eso era lo único que merecía la pena y por lo que luchaba cada día, poder estar a su lado, juntos en la misma dirección hasta alcanzar la eternidad.

Inseparables el uno del otro, fundidos en el mismo amor, ese era su sueño, algo mágico que solo lo entendieran ellos, sin nadie de por medio ni al principio ni al final, solos los dos, con el cielo como único testigo y abrazados al amor, compartiendo cada pedacito de su enamorado corazón.

Pero de pronto un grito le sacó de su fantasía y le devolvió a la realidad, un presente que le volvía loco y que le sacaba de sus casillas solo con pensar en Lucía. No atravesaban por su mejor momento y eso se notaba a la legua, ella era todo para él y sin embargo él parecía no ser nada para ella.

—¡Carlos!, frena, frena —al verle llegar, Elena gritó con todas sus fuerzas, al percatarse de que conducía a una velocidad que no era la adecuada para ir por aquella calle tan estrecha, pero sabía que le gustaba ir así de rápido y eso a ella no le hacía demasiada gracia. Elena era más prudente y menos valiente al volante.

Carlos, al ver a Elena tan cerca, pegó un frenazo que se escuchó en toda la calle, cosa que a ella le molestaba muchísimo: dar la nota cerca de su lugar de trabajo.

—Hola Elena, perdona por mi forma de llegar, pero iba pensando en la partida de bolos que acabamos de echar y se me ha ido el santo al cielo —«qué mal miento, seguro que me lo ha notado».

—Sí, ya me he dado cuenta… tú échale la culpa a la partida, como si no nos conociéramos para saber que cuando te montas en el coche te cambia hasta el carácter, ¿qué te crees, que me la vas a pegar a mí o qué? A estas alturas, venga anda, arranca despacito y vámonos al cumpleaños, que no me gusta llegar la última y que me estén esperando.

Por el camino Carlos puso un poquito de música relajante para no correr en exceso, no quería otra regañina de Elena y mucho menos que terminara cabreada con él.

Aprovechando el momento, Carlos intentó sonsacarle algo a Elena en el terreno sentimental con Rafael, parecía que le gustaba, últimamente se mostraba muy atenta con él y no paraba de repetir su nombre para todo, «que si Rafael por aquí, que si Rafael por allá», algo había y tenía que saberlo sí o sí.

—Seguro que Rafael se pondrá muy contento al verte, ¿no crees? —dejó caer Carlos la pregunta en plan picarón para empezar la conversación.

—¿Por qué dices eso?, se pondrá contento al vernos llegar a los dos y a los demás invitados, no entiendo esa pregunta tan absurda, ¿no habrás bebido más de la cuenta verdad? Entre Rafael y yo no hay nada más que una bonita amistad, algo de lo que me siento muy orgullosa.

—Era una simple pregunta sin importancia mujer, por hablar de algo, pero ya veo que te ha molestado bastante y eso es por algo, ¿no será que te gusta y no quieres decírselo a nadie?, a mí me lo puedes contar, ya sabes que para los secretos soy una tumba, no me lo sacan ni aunque me dejen sin comer tortilla una semana entera, y eso para mí es el peor de los suplicios que me pueden hacer.

Se notaba que Elena estaba un poco incómoda por la conversación que adrede había sacado Carlos, pero la curiosidad en ese momento podía más que sus penas, un verdadero alivio que no podía dejar pasar así sin más, por lo que aflojó la velocidad un poquito para ganar tiempo antes de llegar, a ver si por fin se sinceraba con él y mostraba su lado más íntimo, ese al que casi nunca dejaba a nadie entrar sin cita previa, era muy suya y rara vez abría las puertas de su intimidad.

Ella no estaba acostumbrada a hablar de su vida privada, más bien era al revés, su trabajo de psicóloga lo llevaba en las venas y su mejor arma era analizar a los pacientes, escuchar sus problemas y después tomar soluciones, para eso Elena era una de las mejores, por lo que intentar descubrir algo tan íntimo como sus sentimientos en el terreno del amor era un trabajo arduo y de difícil solución, pero al menos lo intentaría, aunque no las tuviera todas consigo.

—Mis intimidades me las guardo para mí solita querido Carlos, no entraré al trapo de tus insinuaciones, porque sé perfectamente que en este momento te importan una mierda, deberías saber que yo nunca dejo de trabajar y ahora mismo lo único que quieres es llenar tu cabeza de cualquier historia para dejar de pensar en Lucía, algo que por una parte entiendo y por otra me repatea la sola idea de que me utilices como remedio de urgencia para tus penas. Mira Carlos, sinceramente, si me dices que si Rafael me gusta en estas circunstancias que te encuentras, jamás te lo revelaría, porque como te he dicho antes no me harías mucho caso, pero si me lo preguntas de manera que es porque realmente te quieres preocupar por mí, entonces intentaría al menos mantener una conversación un poco más íntima entre nosotros, aunque tampoco te aseguraría nada, pero al menos me dejaría llevar, porque vería en ti una preocupación sincera y de verdadera amistad. Así que por favor aprieta un poquito el acelerador que llegamos tarde.

—Perdóname Elena, llevas toda la razón, me he dejado llevar por la frustración que llevo dentro, pero te aseguro que me preocupo por ti tanto como por Lucía, ya sabes que eres mi amiga del alma y no permitiría que te hicieran daño en ningún sentido, aunque ahora no haya sido la mejor manera de demostrarlo. Es esta situación que me tiene de los nervios, no puedo aguantar que me desprecie así de esta manera tan cruel, no soy de hierro y tengo sentimientos, o al menos eso es lo que yo creo hasta ahora, mi dignidad está por los suelos y no veo manera de levantarla por ningún lado, estoy hundido y sin ganas de nada, todo me da igual y me importa un pepino si viene al cumpleaños o no, todo tiene un límite y el mío ya se ha agotado, no merezco este trato y lo siento muchísimo, pero creo que esto se ha acabado. Te mentí antes con lo de la bolera, en realidad estaba solo y sin ganas de nada, la rabia contenida era tan irritante que mi único deseo era hablar con Lucía lo antes posible y terminar con esto de una manera o de otra, y cuando sonó el teléfono pensé que era ella y…

—Te agradezco tu sinceridad Carlos, cuando hablé antes contigo te noté en el habla que estabas un poco nervioso, sabía que algo pasaba, pero no quise decirte nada, por eso te dije que si iba a buscarte, para que me contaras un poco lo que te pasaba, aunque ya me imaginaba por dónde iban los tiros. Pero no te preocupes, al final todo terminará arreglándose y acabaréis los dos ella vestida de blanco y tú con un traje de pingüino en un marco incomparable a orillas de un río, en plena naturaleza y respirando libertad. ¿Te imaginas? Tú cumpliendo tu sueño y yo esperando una oportunidad con Rafael —«al final he terminado confesando lo que no quería decir»—, algo que nunca intentaría, si no fuera porque mi intuición femenina me repite una y otra vez que este hombre es para mí, que merece la pena luchar por él, porque tiene algo que otros hombres no tienen. ¿Y sabes qué? Lo voy a conseguir aunque me lleve la vida en ello, ese será mi sueño también, ¿ves? Ahora los dos tenemos algo por lo que luchar y conquistar. Y sí, para serte sincera como lo has sido tú, te confieso que me tiene enamorada, por otro lado me da miedo dar un paso más allá, porque en poco tiempo tendré que marcharme fuera de España una larga temporada por motivos laborales, y no quisiera hacerme ilusiones sabiendo que luego tendría que abandonar el país, ¿pero tú has visto lo bueno que está? Si es que está para comérselo todo —y unas risas terminaron por dejar un ambiente mucho más alegre y prometedor que al principio, cosa que agradecieron como un bálsamo de esperanza, donde poder sentir juntos el abrazo sincero de la amistad.

Después de confesar cada uno todo lo que tenían guardado en su interior, llegaron a casa de Rafael. Un hombre alto, moreno y muy dicharachero, con un montón de inquietudes y desafíos por cumplir.

—Os estábamos esperando —dijo Rafael al ver a Carlos y Elena.

—¡Felicidades! —gritaron los dos al unísono.

—Pero no os quedéis ahí, pasad y tomaos lo que os apetezca, esta noche quiero que todo el mundo se divierta y lo pasemos genial, en el salón están los sándwiches y la bebida, esperaremos un ratito más por si viene Lucía y comenzamos enseguida.

Después de abrir todos los regalos de sus compañeros del bufete de abogados y amigos, y llorar como un niño pequeño cuando le trajeron la mascota, un gran danés macho de tres meses de edad, de color pardo claro y muy juguetón, algo que le provocó una mezcla de alegría y tristeza a la vez, pues le hizo remover un recuerdo doloroso que por más que quisiera olvidarlo no había manera, pero sabía que tarde o temprano tendría que terminar con esa condena que le traía por la calle de la amargura cada vez que pensaba en ello, algo que a partir de ahora cambiaría para siempre con su nuevo amigo.

Ya bien entrada la noche todo se veía diferente, el alcohol estaba haciendo sus efectos en la mayoría de los invitados y todo era motivo de alegría. La formalidad poco a poco se fue diluyendo con el paso de las horas y la timidez del principio dio paso al atrevimiento del final, pero aún más en Carlos, que no podía creerse que Lucía no hubiese ido al cumpleaños de su amigo y eso le ponía muy furioso, esperaba que tuviera un motivo de peso y, por supuesto, que no fuera por evitarle a él.

—¿Te traigo una copa? Aún queda un poquito de whisky, aunque sé que no bebes, pero te vendrá bien un trago, has estado toda la noche muy serio y eso no me gusta, no disfrutas del momento y tampoco participas en las conversaciones con los demás, ¿por qué no dejas de pensar por un momento en ella? Seguro que algo le ha pasado para no poder estar aquí. Lucía es mi amiga y si no se ha presentado no ha sido por no verte, sino porque tendrá algo más importante para no poder venir; venga anda, ahora vuelvo con esa copa, que tienes que brindar conmigo, no te creas que te vas a librar de mí, amigo —Rafael sabía que tenía que animarle como fuera, porque lo estaba pasando realmente mal, no podía verle sufrir así, era su amigo y en esa noche tan importante estaba totalmente prohibido estar triste, era una velada para disfrutar y pasarlo bien, contando historias de cuando eran niños y otras más cuando dejaron de serlo. Lo principal era la fiesta y sentirse a gusto, lo demás ya vendría solo después.

—¿Qué pasa chicos, va todo bien? Estáis muy serios, la gente está dentro pasándoselo bomba y vosotros aquí como dos muermos —pudo decir Elena, balanceando su copa medio vacía de lado a lado.

—Hola Elena, no has perdido el tiempo, parece que te lo estás pasando muy bien, te he visto en todos los saraos, te vendrá bien un poco de aire fresco, aquí en la terraza se está de lujo —quiso sutilmente decirla que estaba un poquito perjudicada, pero sin ofender la reputación de tan linda dama.

—No te preocupes Rafael —se anticipó Carlos—. Voy yo a por esas copas, me vendrá bien el paseo, así me distraigo un poco, vosotros quedaos aquí que ahora vuelvo.

Y sin más los dejó a los dos solos en la terraza, donde quizá empezaría a hacerse realidad el sueño de Elena y como testigo el cielo estrellado de una noche de verano, con un firmamento iluminando el corazón de dos enamorados.

—Está siendo un cumpleaños muy bonito y me lo estoy pasando genial, hacía tiempo que no me divertía tanto y todo gracias a ti Rafael, eres un encanto, nunca te lo había dicho, pero mereces a tu lado a una persona que te quiera de verdad y valore lo mucho que vales.

—Cuidado Elena, ponte aquí a mi lado, no te vayas a tropezar con el escalón, que más de una vez ya hemos tenido algún que otro sustillo —con la advertencia quiso tener la posibilidad de acercarse aún más a Elena.

—Ese cuento se lo dirás a todas, que te conozco —como pudo intentó ponerle el dedo índice en la punta de su nariz, sin mucho éxito al llevar alguna copa de más—. Porque tendrás muchas amigas, ¿no?

—Pues aunque parezca mentira, y me duela reconocerlo, llevo buscando a una chica que me vuelva loco mucho tiempo, una mujer que sepa comprender mis inquietudes, que podamos compartir sueños e ilusiones, que no tenga miedo a las adversidades, porque estaremos juntos para apoyarnos el uno en el otro, que al despertar lo primero que vea sean sus ojos enamorados, que nos demos los buenos días con un beso, con un «buenos días mi amor». ¿Sabes lo que es acostarse todos los días sabiendo que la persona que más amas es la que menos se fija en ti? Es algo que duele mucho y que tortura mi mente cada noche, cada día cuando me cruzo con ella y la saludo, esperando quizá un guiño del destino para que ese sueño se cumpla, pero hasta ahora parece que no quiere concederme este deseo, a lo mejor es que no es para mí o no ha llegado el momento, quién sabe, tal vez el día menos pensado la suerte esté de mi lado y pueda al fin hacerse realidad lo que tanto anhela mi corazón. Pero hasta que llegue ese día yo la estaré esperando como siempre, aquí en la terraza de los sueños, donde cada noche miro las estrellas pensando quizá que el nuevo día me traiga lo que más quiero, ese anhelo que alimenta de suspiros el alma de una congoja atormentada por la timidez y la melancolía de sentirla entre mis brazos y no separarme jamás de su lado, de verla a cada instante y mirar reflejado en sus ojos la sonrisa de mi corazón, pero como te he dicho antes, aquí sigo esperando el día y la hora para el comienzo de todo lo que más quiero.

—Qué bonito todo lo que dices Rafael, no sabía que ibas detrás de una chica, según lo cuentas tiene que ser una mujer maravillosa para tenerte así. A mí me pasa lo mismo, estoy coladita por un hombre que hace que me sienta súper bien, y además acabo de descubrir que sus sentimientos son verdaderos y que tiene un corazón que no le cabe en el pecho, pero parece que no se atreve a enamorarme, o al menos es lo que me parece a mí —y diciendo esto, Elena se acomodó en el sillón de mimbre dejando la copa en la mesa, a espaldas de Rafael, algo que él aprovechó para contarle sus sentimientos hacia ella.

Y mirando hacia el cielo de Madrid, se llenó de valentía y le soltó lo que tanto tiempo había soñado, lo que llevaba deseando que pasara desde hace años, un sentimiento que le hacía ser la persona más feliz de la tierra y gritarlo a los cuatro vientos.

Era ahora o nunca, otra oportunidad como la que tenía sería difícil que se presentara. Estaba sudando de la emoción y los nervios no le dejaban hablar. Por un momento pensó que se había quedado mudo y una presión en el pecho le impedía hablar y confesar su verdadero amor hacia ella, hacia la mujer que más quería y la tenía ahí, a su lado, para decirla todo lo que sentía y después besarla hasta quedar exhaustos en una noche que sería inolvidable, un beso con sabor a valor, esperanza y felicidad.

—Elena, te quiero con toda mi alma y mi corazón, no puedo fingir más este sentimiento que arde en mí y que quiere salir a abrazarte, que no para de palpitar ni me deja pensar en nada que no seas tú. Porque eres la mujer de mis sueños y estaría dispuesto a perder la vida por tu amor, te quiero ahora, mañana y siempre. Te necesito en mi vida y no quiero perder ni un segundo más sin estar a tu lado, sin mirarte a los ojos cuando hablas de mí, cuando expresan lo que tanto necesito oír, eso que me vuelve loco cuando tus labios pronuncian mi nombre al decir: Rafael, enamórame de ti.

Pero un ronquido de Elena dejó sin habla a Rafael, todo lo que le había salido del alma ella ni se había enterado de nada. Con las copas de más que llevaba se había dormido con los ojos abiertos y la boca de medio lado, hasta que un espasmo hizo que despertara, Rafael asustado por la reacción de Elena giró el sillón hacia él y le vomitó encima dejándole, además de una cara de circunstancias, la moral por los suelos y el traje hecho una pena, manchado de rabia y desazón.

No se lo podía creer, ahora que había perdido su timidez inicial, y por fin había podido decirle todo lo que sentía con enorme valentía, se fue todo al traste sin más y no entraba en sus planes: «Si lo cuento se van a reír de mí, esto no me puede estar pasando, qué he hecho para merecer algo así», se decía una y otra vez, pensando que la mala suerte se había colado por la escotilla de su ya hundida y maltrecha moral. Pero el destino le mostró su lado más solidario y quiso darle de nuevo lo que antes le había quitado, una oportunidad para desquitarse de esta tortura infinita…, aún por resolver.

***

«Qué arena más suave y qué playa más bonita, parece sacada de una foto que exponen en las cristaleras de las agencias de viajes. Todo es hermoso, las palmeras, el sol, las aves tropicales, hasta esas pequeñas barquitas encalladas en la arenilla y pintadas de blanco, que parecen darle un toque muy especial. Me siento realmente bien, como hacía años que no me sentía, es una sensación única, tan placentera que, si no fuera porque tengo un trabajo bastante bueno y una familia que me adora, me quedaba aquí toda la vida. Pero ahora que caigo, no sé cómo demonios he llegado hasta aquí ni quién me ha traído, tampoco hay gente por ningún sitio, con lo bonito que es este lugar y no hay ni un alma, ¿dónde estarán? Se habrán marchado por alguna razón que todavía desconozco, pero voy a averiguarlo enseguida.

Esto sí que no me lo esperaba, seguro que están celebrando alguna fiesta en el pueblo y por eso no hay nadie. Todo esto es demasiado raro, ahora mis pies no se hunden en la arena, ni dejan la huella, no sé qué me está pasando, la brisa ha dejado de moverse y ni siquiera las olas hacen ruido, los pájaros están quietos en el aire, como si se hubiera parado el tiempo en este preciso momento, todo esto es muy extraño, no entiendo nada, una sensación de agobio inunda todo mi ser, hasta el habla ha desaparecido y no puedo gritar, me falta el aire, caigo en la arena de rodillas y siento un profundo escalofrío en las piernas que me impide levantarme, mis manos ya no responden a mi cabeza y se agarran fuertemente a mi cuello, parecen las manos de un asesino que quiere acabar con mi vida aquí y ahora, no puedo escapar ni moverme, estoy aterrada y a merced de la voluntad de mis manos que no dejan de apretar. Me ahogo, me ahogo»…

—Elena, ¡despierta! —dijo Rafael asustado.

—¡Socorro, socorro! —respondió Elena lo más fuerte que podía gritar.

—Tranquila…, has tenido una pesadilla, ya pasó todo. Relájate y no te pongas nerviosa mi amor, yo estoy aquí para protegerte.

Ese «mi amor» sonó muy bien para él y muy extraño para ella.

La cara de Elena era todo un poema, otra vez la maldita pesadilla que la perseguía sin descanso, pero lo más raro de todo, aparte de este malvado sueño, era, ¿qué demonios estaba haciendo ella ahí metida en la cama, desnuda y con Rafael a su lado llamándola mi amor? Algo se le escapaba y no sabía qué era, quería pensar rápido, pero el maldito dolor de cabeza la estaba dejando bloqueada.

Eran momentos de mareo y de desconcierto que no estaba acostumbrada a pasar, toda una vida planificándolo todo al detalle. No dejaba nada a la improvisación y menos en el terreno sentimental, por lo que toda esta situación la estaba sobrepasando y no quería dar la sensación de debilidad delante de Rafael, seguro que todo tendría una explicación coherente que diera sentido a todo este enredo, como buena profesional en psicología, las cosas no pasan así porque sí, todo viene por algo y por supuesto que todo esto se iba a aclarar ahora mismo.

—¿Se puede saber dónde estamos? —se encontraba tan desorientada, que no sabía cómo demonios había llegado a esa situación tan comprometida.

—No te preocupes, ahora cuando te lo cuente todo te sentirás más tranquila —el tono de voz sonó muy tranquilizador para Elena.

—Eso espero, porque me estoy poniendo un poquito nerviosa y eso a mí me sienta fatal —su cara era todo un poema.

—Estás en mi apartamento, concretamente en mi dormitorio. Anoche te pasaste un poquito con la bebida y empezaste a encontrarte mal, después me vomitaste encima, pero no te preocupes, ya está todo arreglado, entre Carlos y yo te llevamos a la habitación, después él se marchó a su casa junto con el resto de invitados. Cuando regresé a la habitación vomitaste de nuevo y entonces, como pude, te llevé al lavabo, te limpié la cara y el cuerpo, me dijiste que todo te daba vueltas y que necesitabas dormir, después te acerqué a la cama y te acosté. Te quedaste dormida en un segundo.

—¡Qué vergüenza!, perdóname Rafael, menudo rato te haría pasar, y mi ropa… ¿me desnudaste tú? —no se lo podía creer, desnuda delante de él y sin ser consciente, que oportunidad más buena para haberla aprovechado.

—Sí, pero tranquila, lo hice todo con la luz apagada. No te vi nada, aunque debo confesarte que me hubiera encantado.

—¿Te refieres «encantado» a que te hubiera gustado que fuera al revés, que yo te desnudara y te acostara en la cama como me has hecho tú a mí?

—No, a eso no me refiero, sabes muy bien lo que quiero decir, me gustas más ahora, mirándote a los ojos y… —estaba tan cerca de ella que sentía su respiración entrecortada.

—¿Y qué? —no le dejó responder, su cuerpo desnudo y el contacto con su piel la estaban excitando por momentos, la ocasión lo merecía.

A escasos centímetros de sus labios no pudo resistirse ni un segundo más y le besó, él se dejó llevar y quiso que su lengua hiciera las presentaciones. Todo estaba muy caliente y las formalidades dejaron paso a las pasiones. Se besaron cada vez con más energía y la temperatura subió aún más, con el contacto de sus manos a Elena se le pusieron los pezones duros, a su máximo nivel, cosa que no pasó desapercibida para él, los acariciaba con la punta de los dedos muy despacito, sin prisa, tenía que hacerlo muy bien para no defraudarla, no quería perderla por nada del mundo.

Ella soltó un gemido que la hizo poner los ojos en blanco, estaba totalmente entregada a él y a sus caricias, notaba como su pene la rozaba las piernas e iba creciendo cada vez más.

Aunque era la primera vez que cogía la iniciativa se sentía cómoda, era un papel que normalmente no estaba acostumbrada a representar, pero no le importó, muy al contrario, le gustó marcar el ritmo de la situación, así se sentía más segura.

Bajó su mano y fue directamente a acariciar con mucho tacto su erecta verga, no podía aguantar más, la tenía enorme. Poco a poco iba subiendo y bajando la mano, ella notaba que a él le estaba poniendo muy caliente, un gemido salió de su boca, dejó de besarle para ir bajando poco a poco por su pecho, sin dejar ni un solo segundo de masturbarle, cada beso que iba dejando en su piel era una ebullición en su pene y eso la ponía muy ardiente, notaba como él acariciaba suavemente sus partes más íntimas, estaba empapada y eso le facilitó la entrada de su dedo, otro gemido la hizo estremecer de placer. Ahora sí que estaba preparada, introdujo su enorme miembro en la boca y lo saboreó, era su tesoro y nadie se lo iba a quitar, su lengua se deslizaba con enorme destreza, totalmente entregada no quiso dejar de saborear el glande, mientras le miraba a los ojos, a él eso le producía mucho placer y se retorcía de deseo, ella, juguetona, intentaba mostrarse atrevida y descarada, nunca lo había hecho así, no sabía por qué, pero algo en su interior le invitaba a ello.

Entonces fue él quien se dispuso a jugar, muy despacito fue besando sus pechos, primero uno y después el otro, recreándose en cada uno de sus pezones, mordisqueándolos y a la vez rozándolos con su lengua.

No se lo podía creer, estaba haciendo el amor con la mujer de su vida. Anoche le abrió su corazón y ni siquiera se enteró y ahora, sin decir casi nada, tenía todo a su voluntad. Nunca pensó que fuera de esta manera, pero el destino le abrió las puertas que en un primer momento se le habían cerrado.

Con toda la sensualidad que dejaba en cada movimiento, fue bajando por su ombligo, dejando en sus caderas el sabor de cada beso, hasta llegar a su destino, a ese lugar de placer inconfesable, donde cada caricia era recibida con todos los honores.

Elena se encontraba tumbada bocarriba y con las piernas abiertas y él en medio, bajando con su lengua hasta llegar donde deseaba, buscando desesperadamente encontrar el lugar exacto, el punto por el que tanto suspiraba sentirlo intensamente para llegar al clímax y gritar de placer.

Rafael ponía todo de su parte para que eso fuera así, para que ella se sintiera satisfecha, le hacía sentir cosas increíbles con lo que le estaba haciendo y con lo que tantas veces había soñado.

No podía dejar de pensar en él cada mañana y ahora le tenía ahí para ella, provocándole el mayor orgasmo que había tenido nunca. Entonces llegó el momento más deseado, la cumbre de la excitación, donde los dos alcanzarían la cima de un volcán en plena ebullición.

Todo era excitación, Rafael, con delicadeza, fue penetrándola suavemente, con movimientos lentos; ahora era al revés, el que mandaba era él. Elena se dejaba llevar y se estremecía de placer, sus manos rodeaban su espalda clavándole las uñas en la piel ya sudorosa, con cada envite se aferraba más a su espalda, era intenso, poco a poco fue aumentando el ritmo y se miraban a los ojos diciéndose todo y nada, pero ya no podían aguantar más, entonces, de su boca salió un grito que retumbó en la habitación —¡no pares, sigue más!—, alcanzó a decirle a Rafael, que estaba totalmente entregado. Hizo tres sacudidas más fuertes y los dos llegaron a la vez al orgasmo.

Exhaustos y fundidos el uno sobre el otro, se abrazaron con la respiración entrecortada por el esfuerzo y el corazón latiendo con fuerza. No podían nada más que mirarse y dejar que la calma volviera de nuevo a reinar en el ambiente, cargado de fantasía y sensualidad.

―Ha sido el mejor polvo que he echado en mucho tiempo —dijo Elena entre suspiros de satisfacción.

—Si tú quieres podemos mejorarlo, aún tenemos tiempo antes de que pueda despertar de este maravilloso sueño.

La voz de Rafael era de auténtica pasión, estaba en un estado de excitación incontrolada, nunca antes había sentido aquella sensación. Las otras veces que había estado con una mujer fueron encuentros fugaces y eran más bien para desahogarse que por el deseo de enamoramiento que tenía en ese momento. Antes ni las miraba a la cara y menos perder el tiempo en preguntarle su nombre, en los clubs de alterne se va a lo que se va y lo demás sobraba, ahora era distinto, sabía cómo se llamaba y no podía dejar de mirar en sus ojos el reflejo de la felicidad, esa imagen que tenía guardada en su retina para siempre y que no dejaba de brillar.

—¡Tiempo! —Elena se levantó de la cama como un resorte, buscando el teléfono móvil para mirar la hora. Se puso tan nerviosa que en décimas de segundo se apagó ese encanto que había reinado entre los dos, ahora todo era caos y velocidad y lo peor de todo, no entendía el porqué de tantas prisas.

—Lo siento mucho Rafael, pero tengo que irme, de verdad que lo siento, el trabajo para mí es lo primero y no debo llegar tarde a la consulta, hay personas que dependen de mí y no quiero dejarles plantados en la sala de espera sin antes haberles avisado, el deber es algo que puede más que mis sentimientos y debo hacerlo urgentemente, siento mucho dejarte así, pero te prometo que cuando termine te llamo y quedamos para comer. Nos vemos amor mío, no te preocupes que el postre te lo serviré yo misma.

Las prisas no son buenas consejeras y Elena era un manojo de nervios, su vida sentimental había dado un giro de ciento ochenta grados en menos de veinticuatro horas y no sabía cómo gestionar tantas emociones juntas. Terminó de vestirse y salió como un ciclón de la habitación, dejando tras de sí el revuelo de la confusión en la despedida, que, aunque fugaz, dejó pintadas en el aire letras de amor, que para Rafael fueron percibidas como una brisa enamorada que nunca dejaría de respirar.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
281 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412464955
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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