Kitabı oku: «Los secretos del Palacete Del Real»

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Los secretos del Palacete Del Real

Rafael Vallejo

Primera edición: enero de 2022

© Copyright de la obra: Rafael Vallejo

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions Código ISBN: 978-84-124649-4-8

Código ISBN digital: 978-84-124649-5-5

Depósito legal: B 20355-2021

Diseño de portada: Cristina Lamata

Corrección: Juan Carlos Martín Jiménez Maquetación: Cristina Lamata

Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez ©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

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Nobles son todas aquellas almas

que en la celosía de su tormenta

libran sus batallas en la más

absoluta soledad.

Rafael Vallejo Vela

NOTA DEL AUTOR

No hay nada más atrevido que enfrentarte a tus propios miedos, a cruzar una línea que revela inmisericorde las huellas de la soledad más absoluta, donde las señales del silencio se escuchan en lo más profundo de nuestro ser.

En cada uno de nosotros existe una luz que brilla con fuerza y desea ser descubierta por la persona que te acompañe por los senderos de lo inmortal. Alguien en quien confiar el secreto que será desvelado solo para él, para que guarde para siempre el momento más importante y sincero que haya existido jamás. Un momento de profundos sentimientos, que erizan la piel del enamorado hasta sucumbir bajo los hechizos del maravilloso mundo del deseo y la pasión. Tan solo hay que sentir el latido que será la huella ineludible donde fijar la mirada que siempre soñará tu corazón.

Cuando el tiempo del mundo se detenga, lo único que perdurará inalterable será el amor, y la sombra del miedo se extinguirá sin dejar rastro para toda la eternidad.

Para la creación de esta obra me inspiré en:

«Psicosis», película de Alfred Hitchcock.

«Asesinato en el Orient Express», de Agatha Christie.

Libro de Job 38:11 del Antiguo Testamento.

«Llegarás hasta aquí, no más allá»

Para la letra de la canción «The sound of silence», de Simón and Garfunkel, escribí 39 versos paralelos en relación con el argumento de esta historia.

1

Esa noche no podía dormir, como tantas otras desde hacía un tiempo. Eran las dos y veintidós minutos de la madrugada y algo misterioso mantenía su mente despierta con cosas sin sentido. Parecía como si una voz del más allá la quisiera mostrar la existencia de un lugar donde nunca había estado, un sitio desconocido para ella. Lo más ilógico de todo era la sensación plácida que tenía, como si en realidad lo conociera de toda la vida. ¿Algo tan extraño, pero a la vez tan familiar?: «Qué raro», pensó. Notaba como si una fuerza desconocida en su interior la estuviese empujando sin parar hacia ese lugar, un sitio donde su presencia se esperaba desde hacía tiempo, para continuar reescribiendo aquella vaga historia que se reproducía en la mente de Lucía y revelar un secreto que nunca se debió enterrar en los océanos de su entendimiento.

«Pero ¿qué tengo yo que ver en todo esto? No entiendo nada, este maldito desvelo me está volviendo loca. Estoy harta de dar vueltas en la cama, me levanto ya y me doy una ducha fría, a ver si estas voces de mi mente se callan de una vez y me dejan dormir. Menuda cara voy a llevar mañana a la oficina, como siempre, cuando más cansada estoy, hay más trabajo acumulado y me toca correr si quiero hacerlo todo».

Entró en el baño y abrió el grifo de la ducha, pero estaba tan cansada que no se dio cuenta y dejó correr el agua caliente mientras se miraba en el espejo. Las ojeras iban tomando forma en su ya demacrada cara, cuando de repente el cristal se empezó a empañar por los vapores provocados por la elevada temperatura del agua que ya salía ardiendo. Fue entonces cuando se dio cuenta de su torpeza al abrir equivocadamente el grifo y lo cerró rápidamente y abrió el de la fría, esperó un poco mientras se desnudaba y volvió de nuevo a mirarse en el espejo que aún se mantenía velado. De repente, en el cristal se dibujó, en la parte superior derecha, lo que parecía un corazón con unas letras que decían: «Tuyo es mi corazón». Aquello le asustó. No se lo podía creer, ¿cómo había aparecido ese mensaje en un instante? Cuando consiguió calmarse, y aunque no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, sutilmente, con su dedo índice, fue siguiendo las líneas del corazón muy despacio, recreándose en sus curvas y pensando cuándo encontraría ella el amor de su vida, ese amor que le diera la seguridad que tanto necesitaba encontrar y que deseaba tener, acariciar y abrazar. Un sueño que por ahora no se había hecho realidad, pero esperaba que aquel anhelo se llegase a cumplir algún día.

Tenía un escaso currículum en el arte de la seducción, tan solo dos noviazgos que habían durado muy poco.

El dibujo en el cristal, afortunadamente, lo había tomado como algo natural, sin ser consciente de que había sido escrito solo para ella. Tan solo llevaba ahí tres días viviendo, así que pensó que el anterior inquilino se lo escribió a su chica para darle una bonita sorpresa. «Se debían de querer mucho», pensó mientras se metía en la ducha, que ahora sí estaba a su gusto. El agua le caía por la cabeza y se sentía relajada, cada vez necesitaba más las duchas por la noche, se había convertido en una costumbre que no podía dejar, la necesitaba para relajarse y quedarse dormida lo antes posible. Pero mientras el agua mojaba su pelo largo que caía por sus pechos, recorría su piel y se deslizaba por la silueta de sus caderas, su mente volvió de nuevo al dibujo del baño. Pensó en cuánto se debía de querer aquella pareja, lo que uno es capaz de hacer por amor; esos pensamientos la estaban excitando, imaginando cómo él dibujaba sobre la piel de ella, con delicadeza, letras de amor. Su corazón iba a mil por hora, los pezones se le pusieron duros, muy duros, mientras se los acariciaba con maestría, ella conocía muy bien la forma de tocarlos para sentir mejor ese calor que la recorría todo su cuerpo. Todo su ser estaba ahora entregado totalmente a recibir el tacto experto y suave de sus manos. Se encontraba muy excitada pensando que seguramente habían echado un buen polvo en la ducha, después de que ella descubriera la nota del espejo. Pensó en sus jadeos y sus respiraciones, a veces entrecortadas y otras aceleradas y, poquito a poco, se fue excitando ella sola acariciando el clítoris con la mano derecha, mientras con la izquierda se tocaba el pezón con suavidad. Estaba tan excitada que un gemido se le escapó de su garganta, la lengua viajaba de un lado para otro entre sus labios, como buscando el dulce que tanto anhelaba, aquel que esperaba con intensidad tenerlo ahora en la boca para saborearlo, para recibirlo con placer y con toda la viveza del momento, algo que la ponía cada vez más caliente y más dispuesta a llegar al clímax. Sus dedos no dejaban de tocar cada vez más rápido su clítoris metiendo incluso dos de ellos dentro, muy dentro, hasta que ya no pudo aguantar más y estalló de gozo, con un grito de pura excitación al alcanzar el orgasmo. Todo su cuerpo tiritaba por la explosión de placer al llegar al éxtasis. Sus ojos se quedaron en blanco por unos instantes y se quedó sin fuerzas, las piernas ya no le respondían y no podía tenerse en pie, todo el cuerpo y la mente terminaron tan agotados, que tuvo que sentarse por unos momentos en el suelo de la ducha para reponerse. Pasados unos instantes su respiración volvía a la normalidad, al igual que sus pensamientos que, exhaustos por la intensidad, cerraron un capítulo de lo más erótico y sensual.

Había sido algo tan maravilloso y tan necesario que se echó a reír después por la situación: «Masturbándome por culpa de un dibujo en el espejo, no me lo puedo creer».

***

A las pocas horas sonó el despertador, eran las seis y seis horas de un martes que se mostraba muy madrugador, un día que no dejaba tiempo a la pereza, que invitaba a levantarse y respirar el aire fresco del amanecer. Un día lleno de principios, donde la aventura estaba asegurada y donde los finales serían la victoria a todo ese esfuerzo que día a día se perseguía con insistencia, en el alboroto de una larga y difícil carrera hacia la felicidad.

Como todas las mañanas, Lucía salía corriendo del apartamento para dirigirse a la oficina donde trabajaba de agente inmobiliario. Otro día que iba a la carrera. Últimamente se le pegaban las sábanas más de la cuenta, se estaba acostumbrando a no dormir y no le hacía ninguna gracia, pero no podía remediarlo. Desde que comenzó a vivir en aquel apartamento, las noches se estaban volviendo demasiado activas. Aunque terminaba agotada en el trabajo, siempre seguía desvelándose a altas horas de la madrugada y era algo que no podía controlar ni soportar por mucho tiempo. Pensó que debería ir de nuevo a su psicóloga, a ver qué la podía aconsejar para sus desvelos. Hace años, necesitó de la ayuda de un profesional, debido a la pérdida de su madre después de una larga enfermedad; le costó asimilarlo, ya que estaban muy unidas. Su padre falleció cuando ella era una niña y, al ser hija única, no tuvo ningún apoyo para aliviar todo ese dolor que la estaba atormentando día tras día. Se quedó sola en un mundo donde todo era angustia y oscuridad. Ya nada volvería a ser como antes. A partir de entonces, su vida cambiaría para siempre. «En cuanto llegue a la oficina le mando un correo y que me dé cita lo antes posible». Así era Lucía de decidida, cuando quería una cosa no paraba hasta conseguirla. Era muy tozuda y quería cortar de raíz el pasar más noches en vela, porque luego estaba como un zombi todo el día. Si no fuera por el maquillaje, le sería imposible trabajar cara al público, puesto que allí primaba y se exigía una buena presencia y formalidad. Lucía no era una mujer de bandera: era delgada, no muy alta y su pelo moreno con reflejos caoba le daba un aire de frescura y simpatía. Sus ojos verdes brillaban de tal manera, que al mirarte sabías que tenías delante a una mujer interesante.

—Buenos días Jorge. Casi llego tarde, se está poniendo el tráfico últimamente muy complicado, voy a tener que salir antes de casa para no pillar estas odiosas caravanas —seguramente no se lo había tragado, era la típica excusa que usaba todo el mundo en esas circunstancias, pero, por el momento, esperaba que colase.

—Hola Lucía. No te preocupes, yo no la he pillado de milagro —dijo entre risas—. Hoy tengo algo diferente para ti. Ayer a última hora nos pidieron que fuéramos a ver el palacete de una persona muy importante que quiere ponerlo a la venta, y nos exigieron al mejor agente que tuviéramos para que pueda personarse allí y gestionarlo de manera eficaz y, si es necesario, se podría llegar a un acuerdo por ambas partes para poner un precio acorde a su casa de recreo. Llevan más de dos años sin venderla y necesitan el dinero lo antes posible para marcharse a vivir a Londres, donde tienen su residencia. Les queda poco dinero para seguir manteniendo la mansión donde quieren vivir y necesitan liquidez lo más rápido posible. Lo hemos hablado en una reunión que hemos hecho de urgencia y hemos decidido que tienes que llevar tú la venta del palacete. Aquí tienes toda la información de la hacienda con el nombre y el teléfono del propietario, por lo visto es su hijo el que lleva toda la negociación, un rico empresario que se dedica a la compra y venta de antigüedades. Ten mucho cuidado con él, porque según dicen tiene una mirada que te atrapa y te envuelve hacia donde él quiere, es todo un seductor, ya sabes, rico y con dinero ya se creen que lo pueden poseer todo. Cuentan las malas lenguas, los que han tratado con él anteriormente, que lleva una vida solitaria, parece ser que vive como si estuviera en una época antigua, donde lo único que reina es la tristeza y la melancolía entre sus muros. Ahora que estás informada, no te digo más, esta tarde sobre las cinco hemos concertado una cita en el palacete para empezar a revisar todo otra vez y para que os conozcáis lo antes posible.

—Vaya, por lo que veo parece que no tengo elección —«Hoy precisamente que no he pegado ojo en toda la noche y necesitaba un día tranquilo, pues toma dos tazas, eso para que otra vez te quejes», pensó.

—Ya sabes que eres nuestro mejor agente y que confiamos mucho en ti, seguro que este trabajo te vendrá muy bien. Si lo vendes en un tiempo razonable tendrás una comisión bastante importante como para no dejarla escapar, probablemente tendrás que quedarte hoy el tiempo suficiente hasta verificar que todos los informes sobre la hacienda están en orden. Tranquila Lucía, verás como todo va a salir bien.

—Pues nada, allá vamos con alegría y dispuesta a todo —dijo con ironía—. Ya veremos la mirada que tiene ese ricachón si es como dicen, a mí me parece otro niñato caprichoso, que lo único que busca es un entretenimiento para su triste y anticuada vida. Ya te iré contando cómo van las negociaciones con el heredero —y diciendo esto cogió la documentación que le habían proporcionado y se marchó sin más dilación de la oficina.

Casi a la carrera, y sin decir adiós, puso rumbo a la cafetería que estaba enfrente de la oficina y a la que iba casi todos los días. Necesitaba urgentemente aguantar despierta todo el santo día, porque parecía que iba a ser largo de verdad.

—Hola Iván. Ponme un café doble, que hoy lo necesito más que nunca, ¡ah! y dale al botón de la máquina del tabaco, tengo que comprar varias cajetillas, porque se avecina un día de trabajo muy duro para mí —estaba de los nervios por la noticia que le acababan de dar y su ímpetu terminó de forma fulminante.

—Marchando ese café doble para la señorita, siéntate, ahora mismo te lo llevo guapa —dijo el camarero en tono de guasa.

—Gracias por lo de guapa, tú siempre tan simpático.

Una vez se hubo acomodado en su lugar de siempre, sacó de la carpeta los primeros folios para echarles un vistazo rápido, tenía ganas de saber el nombre del rico seductor del palacete; por lo que había visto en la documentación, debía de ser alguien muy importante para tener aquellas mansiones en la Sierra de Madrid y en Londres.

«Aquí te tengo amigo, a ver… Don Enrique del Real, vaya con el señorito, nombre importante, sí señor». Estaba tan absorta en los informes que ni se había dado cuenta de que el camarero le había traído el café.

La puerta se abrió y entró él. El que conocía desde sus tiempos de universitaria, una persona que estaba detrás de ella desde entonces, un hombre que le aportaba toda la tranquilidad que necesitaba, que la comprendía y la hacía sentir especial a su lado. Carlos, director de una sucursal bancaria en el barrio de Lavapiés, era una persona extrovertida, sin complejos y siempre con una sonrisa en la boca, que hacía de él su sello de identidad. De carácter fuerte, alto y un cuerpo musculado, su única debilidad era Lucía, que, sin querer, le manejaba a su antojo. Él se enamoró de ella cuando tuvieron que hacer el proyecto de fin de carrera. A Carlos le encantaba la forma que tenía Lucía de expresarse y a ella le gustaba el trato tan amable y correcto que recibía de él. Además, le encantaba que tuviera también el mismo color de ojos que ella, eso le daba un toque muy especial, que le hizo sentir mariposas en el estómago. Desde aquel día su confianza iba en aumento con el paso del tiempo, hasta que una tarde todo perdió su magia, ante aquel incidente que no quería ni recordar.

—Hola Lucía. Pensé que no llegaba —dijo apurado—. He venido para decirte que esta noche tenemos la fiesta de cumpleaños de Rafael, quiere que estemos todos los de la pandilla del barrio, ya sabes lo sentimental que es y lo mucho que le gusta que nos juntemos como antes, ¿qué, te animas? No puedes decirle que no, con lo bien que se ha portado con nosotros no podemos defraudarle y más en este día tan importante para él.

—Dirás que se habrá portado bien contigo, ¿o es que tengo que recordarte por qué tú y yo no estamos juntos? ¿Te refresco la memoria o ya empiezas a recordar? —dijo muy cabreada. El dolor por lo que había pasado todavía lo tenía muy presente y más. Eso le envenenaba la sangre cada vez que lo recordaba.

—Lo sé y lo siento mucho, de veras, ya te he pedido perdón un millón de veces, pero no puedo cambiarlo y eso me está matando, sabes que te quiero y que eres la persona más importante en mi vida, dame otra oportunidad, seguro que no te defraudaré, te lo aseguro, confía en mí y serás la mujer más feliz de la tierra, y yo el hombre más afortunado del mundo a tu lado. Sé que aún sigues pensando que esa tarde no estuve contigo, porque me fui con Rafael de fiesta y, según tú, te fui infiel con otra mujer.

—¡Ya!, pero me enteré por terceras personas, que os vieron tomando unas copas con unas chicas.

—¡Claro!, eran las amigas de la hermana de Rafael, que al vernos fueron a saludarnos y les comentamos lo sucedido. Eres la única mujer que hay en mi vida y nunca te haría algo así. Ya no sé cómo explicarte que todo fue por el atropello y muerte de Tango, la mascota a la que tanto cariño le tenía Rafael. Nunca te engañaría de una manera tan cobarde. En ese momento Rafael me necesitaba. Sé que me equivoqué al no avisarte y todavía me arrepiento de ello. Venga Lucía, vente a la fiesta de cumpleaños conmigo, de paso charlamos y te despejas un poquito de este trabajo tan estresante que tienes.

—Vaya, ahora te metes también con mi trabajo, pues lo estás arreglando hijo, dices palabras muy bonitas, pero para mí suenan vacías. Nunca te perdonaré lo que me hiciste y lo sabes muy bien, ya quedó lo suficientemente claro en su día y no quiero volver a repetírtelo. No puedo perder más el tiempo, tengo mucho trabajo, así que dile a tu amiguito que me disculpe, pero que me será imposible ir, no creo que os haga ninguna falta para celebrar su cumpleaños. Seguro que os emborracharéis, como la otra vez… no, déjalo Carlos, estaré muy bien solita en la mansión del señor Enrique —y diciendo esto se levantó de la silla para pagar el café y salir de allí lo más rápido posible, no quería seguir más con una conversación que le traía muy malos recuerdos y, aunque a ella siempre le gustó Carlos desde el principio, tenía que dejarle muy clarito quién mandaba ahora y hacerle ver que lo que hizo estuvo realmente muy mal, aunque le doliera en el alma, pero tenía que darle su merecido, ya no solo por lo que hizo antes, sino por si se le ocurría algún día repetirlo de nuevo.

La verdad es que Lucía se moría por él, era tan atento que nunca le faltaba un consejo o una segunda opinión, siempre estaba pendiente de sus cosas; que si no te olvides de llamar al casero para que te arregle la lavadora, que si mañana tienes que firmar el contrato con los del gas, que los jueves echan esa serie de misterio tan chula, que si… Y su voz, su voz grave y a veces ronca que le daba aquel aire de autoridad que siempre le había gustado. Se sentía tan segura con él, que daba igual lo que estuviera diciendo; a veces no prestaba atención a lo que decía y se quedaba absorta escuchándole hablar, la manera de expresarse y la forma de mirarla era como un terremoto en su interior que la ponía a cien por hora. La barba de tres días y su cuerpo musculado eran otra de sus virtudes, sin dejar a un lado sus ojos, verde esmeralda, una joya irresistiblemente bella que tanto la gustaba mirar. Y sus manos, tan grandes que cuando se las ponía encima de las suyas ni se veían, pero lo que más le gustaba era el tatuaje que tenía en su brazo derecho: un dragón echando fuego por la boca, era enorme y su cola enroscada terminaba en un corazón, toda una muestra de fuerza y vigor tatuada en la piel de un hombre al que quería con toda su alma.

Carlos le hizo una señal al camarero para que no la cobrase, quería tener un pequeño detalle con ella, ya que estaba todavía muy enfadada con él, y cuando el camarero le dijo que estaba todo pagado, Lucía se giró mirando a Carlos con cara de pocos amigos.

—Como siempre tan generoso, pero recuerda que no me gusta que me paguen lo que yo pido, tengo dinero de sobra y mi trabajo me lo permite, así que guárdate tu dinerito para la fiesta de esta noche, que seguro te hará falta.

Y dejando un billete de diez euros para pagar el café y las dos cajetillas de tabaco, salió del bar sin dar tiempo a una respuesta que, sin duda, la dejaría embelesada como siempre y terminaría cediendo a sus encantos.

De camino hacia el coche, iba pensando si había sido demasiado borde con él, no quería, por nada del mundo, que Carlos se enfadara con ella, no lo soportaría, solo imaginarlo con otra chica la volvía loca, no podría aguantarlo, esa idea no figuraba en sus pensamientos ni la quería siquiera en su vocabulario, Carlos era suyo y solo para ella, nadie podría entrar en una relación que, aunque no estuviera formalizada, se notaba que se querían y mucho. Entre ellos había ese código de mutuo respeto, que no se podía romper, se notaba cada vez que se veían y lo mejor de todo era que se querían de verdad, no como un «aquí te pillo y aquí te suelto», ni ahora nos pegamos el lote y ahora te olvido, no, su relación iba más allá de todo eso, era un amor verdadero, un amor que era para toda la vida, para estar juntos el resto de sus días y era cuestión de tiempo que al fin Carlos se diera cuenta de la mujer que tenía enfrente, una mujer luchadora, y que lo único que quería era demostrárselo, demostrarle que también era como él, no una muñeca de ojos verdes que no sabía de nada y que todo el mundo la podía dominar y mangonear como un trapo sin sentimientos ni corazón. No, ella no era así, era tierna y dura a la vez, cariñosa y arisca, educada y arrogante, soñadora y muy, muy sensible, algo que en muchas ocasiones la dejaba en una tesitura de debilidad que no podía controlar, pero sobre todo era fiel a sus ideas y a su forma de ser, aunque en algunas ocasiones le hubieran jugado una mala pasada. Ella siempre decía que el hombre que la quisiera tenía que quererla como realmente era, pura y transparente, con sus defectos y virtudes, sus locuras y sus devaneos, pero siempre fiel a ella, así tenía que ser ese hombre, alguien que desde hacía tiempo ya tenía grabado en su corazón, y su nombre no era otro que Carlos, al que quería con toda su alma y por el que daría su vida.

«Espero que no se haya cabreado por Dios, lo mismo he sido muy dura, siempre me pasa lo mismo últimamente, cualquier día me manda a la mierda y se olvida de mí, y eso no puede ser, tendré que hacer algo para arreglarlo, al final va a tener suerte y todo, tendré que ir a la fiesta de cumpleaños y arreglar un poquito esta situación, ya no puedo seguir así, tengo que demostrarle mi amor o al final se cansará y lo perderé para siempre. Esta misma tarde, cuando termine con el cliente, me acerco al cumpleaños, será lo mejor».

Carlos se quedó con cara de pena, de tristeza. Pena porque no valoraba todo lo que estaba haciendo por ella y tristeza porque veía que poco a poco la estaba perdiendo. Últimamente Lucía se mostraba distante, como un poco alejada de él, cada vez que la llamaba para quedar siempre ponía alguna excusa, decía que el trabajo le ocupaba demasiado tiempo y que estaba agotada, que quería irse a casa nada más terminar, darse una ducha y ponerse el pijama, que ya quedarían en otra ocasión, parecía todo muy raro, como si ya no le importara nada, antes siempre salían juntos casi todos los días, iban a tomarse unas copas a cualquier local del barrio o compraban entradas para ir al teatro, pero no dejaban pasar más de dos días seguidos sin verse, pero ahora, después de lo que pasó, se tiraban semanas enteras sin hablarse, en el teléfono ya no sonaba su melodía tanto como antes, esa que cada vez que la escuchaba le salía una sonrisa de oreja a oreja, le hacía tan feliz ver su nombre en la pantalla, que en ocasiones dejaba que terminasen de sonar los tonos para disfrutar cada segundo de ella, era la mujer más hermosa que podían mirar sus ojos, y aunque su carácter era difícil en ocasiones, siempre encontraba la manera de darle una explicación para no discutir, pero sin rebajarse. Los dos tenían que llevar siempre la razón y a veces era imposible no chocar, aunque al final todo quedaba en «agua de borrajas», se olvidaba y sin rencor alguno continuaban hablando de otra cosa para no tentar al diablo, que muchas veces presente, dejaba su carta de presentación en cada uno de sus pensamientos, cosa que el cariño y el amor que se tenían, terminaban por ahuyentar todos esos malos augurios que el diablo quería interponer entre los dos.

—Una mujer con carácter —dijo Iván, el camarero de la cafetería con el que de vez en cuando mantenía ciertas confesiones.

—Ya lo creo Iván, pero siento que no es la misma de antes, la noto más distante. Creo que hay alguien más en su vida —su cara de tristeza era todo un poema.

—Tranquilo Carlos, verás como todo se arregla, seguro que son imaginaciones tuyas. Dale tiempo para olvidar lo que pasó y volverá a ser la misma chica alegre y divertida de antes. Tú no tienes la culpa, además, a lo hecho pecho amigo —y con su mano derecha le apretó el hombro en señal de comprensión. Sabía por lo que estaba pasando, a él le ocurrió algo parecido y terminó con su relación, algo que nunca se perdonaría.

—Gracias amigo, tú siempre dando ánimos, eres una buena persona.

Se despidió de Iván y salió del bar, no como lo había hecho Lucía, con la cabeza alta y llena de orgullo, sino al contrario, con la cabeza baja, lleno de resignación y la moral hecha añicos, por encontrarse en un túnel del que no veía la salida por ningún lado, además, la luz que necesitaba encontrar estaba muy alejada. Por el momento era todo oscuridad. Cómo había podido ser tan tonto de cometer ese error. Lo que más le preocupaba era la sensación de soledad que le acompañaba a cada instante, un vacío al que no estaba acostumbrado, no quería seguir así ni un minuto más. Tenía que hablar con Lucía muy seriamente. Se lo diría esa misma noche en el cumpleaños de Rafael. Aunque había dicho que no iba a ir, la conocía de sobra para saber que lo estaba deseando. Le tenía mucho cariño a Rafael, seguro que no le hacía ese feo. Siempre había tenido problemas con las chicas por su timidez y Lucía era quien le animaba a ser valiente, a mostrar sus sentimientos a la chica que le gustaba. Lucía siempre le decía: «Rafael, si no le dices que estás enamorado, nunca lo va a saber y otro llegará y se irá con ella, tienes que ser audaz y decidido. A las chicas nos gusta que vayan detrás nuestra y que nos digan lo mucho que nos quieren, tenemos que saber si están enamorados para dar ese paso tan importante y nadie lo va a dar por ti, así que ve donde se encuentre ahora mismo y díselo, pero no dudes en ningún momento, que te vea seguro y atrevido, que sepa que vas en serio, venga, no tardes ni un segundo más…».

***

Ya en el coche Lucía puso el GPS con la dirección que le habían dado en el informe, quería llegar pronto y prepararlo todo lo antes posible, no quería pasar la noche en un sitio que no conocía y, aunque se encontraba relativamente cerca de donde vivía, a Lucía se le hacía un mundo y más sabiendo que Carlos no estaría ahí, porque, aunque últimamente no le hacía mucho caso, sabía que si lo necesitaba no tendría más que llamarlo y acudiría al instante, otra cosa no tendría, pero para momentos así él era el primero, cuando alguien precisaba su ayuda allí estaba para lo que hiciese falta, aunque le costara una bronca, no podía ver a nadie en apuros. Era todo corazón.

Nada más llegar a la sierra, se dirigió a la oficina, la esperaban para acompañarla al palacete donde el señor Enrique estaría para recibirla.

—Hola, soy Lucía, compañera vuestra de la oficina central. Me asignaron para llevar la venta del palacete —dijo con mucha cautela a la chica que estaba en recepción.

La verdad era que no conocía a nadie de allí, esa oficina llevaba abierta no mucho más de seis semanas y aún no se conocían, otras veces, cuando abrían una nueva filial, iban antes a la central para que tuvieran un primer contacto, pero en esta ocasión no fue así: «Con tanto trabajo seguro que lo habrían dejado para otro momento con menos actividad laboral», pensó.

—Hola Lucía, me llamo Tina, encantada de conocerte, ahora mismo te pongo en contacto con Alberto, es el gerente que lleva toda la zona norte y él te pondrá al corriente de tu trabajo —«¡vaya!, esta es la agente que va a llevar el caso, ya tenía ganas de conocerla, todos estos días hablando de ella, que si es muy simpática, que si tiene mucho talento, que ya verás lo guapa que es… Pues no es para tanto, está escuchimizada y tampoco tiene los pechos tan grandes, a saber cómo ha llegado tan arriba, me lo imagino, tiene que ser una pelota de aquí te espero, porque si no a mí que me lo expliquen»—, pensó Tina.

—Buenas Lucía —de repente la puerta se abrió y apareció Alberto—. Te estábamos esperando, supongo que ya conoces a Tina, es nuestra secretaria, una gran profesional, muy eficiente en su trabajo que nos ayuda muchísimo, acabamos de abrir y hasta que nos pongamos al día nos está costando un poquito, pero cuéntame, ¿qué tal el viaje, te ha costado encontrarnos?, está un poquito retirado del centro, pero se llega bien, la carretera es nueva y está muy bien señalizada, la verdad es que no nos podemos quejar, el ayuntamiento nos ha facilitado paneles informativos para llegar hasta aquí, algo que se lo agradecemos enormemente —explicó en tono simpático, Alberto buscaba el ascenso a toda costa y esa mujer llegaba a su oficina con muy buenas recomendaciones. Haría todo lo posible por conseguir que ella le ayudara a cumplir sus objetivos, algo que llevaría a cabo le costara lo que le costara.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
281 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788412464955
Editör:
Telif hakkı:
Bookwire
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