Kitabı oku: «El Marqués de Bradomín: Coloquios Románticos»
Ramón del Valle-Inclán
El Marqués de Bradomín: Coloquios Románticos

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664147028
Índice
JORNADA PRIMERA
JORNADA SEGUNDA
JORNADA TERCERA
ELOGIO DE DON RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN
JORNADA PRIMERA
Índice


N jardín y en el fondo un palacio: El jardín y el palacio tienen esa vejez señorial y melancólica de los lugares por donde en otro tiempo pasó la vida amable de la galantería y del amor. Sentado en la escalinata, donde verdea el musgo, un zagal de pocos años amaestra con los sones de su flauta, una nidada de mirlos prisionera en rústica jaula de cañas. Aquel niño de fabla casi visigótica y ojos de cabra triscadora, con su sayo de estameña y sus guedejas trasquiladas sobre la frente por tonsura casi monacal, parece el hijo de un antiguo siervo de la gleba. La dama pálida y triste, que vive retirada en el palacio, le llama con lánguido capricho Florisel. Por la húmeda avenida de cipreses aparece una vieja de aldea: Tiene los cabellos blancos, los ojos conqueridores y la color bermeja. El manteo, de paño sedán, que sólo luce en las fiestas, lo trae doblado con primor y puesto como una birreta sobre la cofia blanca: Se llama Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
¿Estás adeprendiéndole la lección á los mirlos?
FLORISEL
Ya la tienen adeprendida.
LA MADRE CRUCES
¿Cuántos son?
FLORISEL
Agora son tres. La señora mi ama echó á volar el que mejor cantaba. Gusto que tiene de verlos libres por los aires.
LA MADRE CRUCES
¡Para eso es la señora! ¿Y cómo está de sus males?
FLORISEL
¡Siempre suspirando! ¡Agora la he visto pasar por aquella vereda cogiendo rosas!
LA MADRE CRUCES
Solamente por saludar á esa reina he venido al palacio. A encontrarla voy. ¿Por dónde dices que la has visto pasar?
FLORISEL
Por allí abajo.

A Madre Cruces se aleja en busca de la señora, y torna á requerir su flauta Florisel. El sol otoñal y matinal deja un reflejo dorado entre el verde sombrío, casi negro, de los árboles venerables. Los castaños y los cipreses que cuentan la edad del palacio. La Quemada y Minguiña, dos mujerucas mendigas, asoman en la puerta del jardín, una puerta de arco que tiene, labrados en la piedra sobre la cornisa, cuatro escudos con las armas de cuatro linajes diferentes. Los linajes del fundador, noble por todos sus abuelos. Las dos mendigas asoman medrosas.
LA QUEMADA
¡A la santa paz de Dios Nuestro Señor!
MINGUIÑA
¡Ave María Purísima!
LA QUEMADA
¡Todas las veces que vine á esta puerta, todas, me han socorrido!
MINGUIÑA
¡Dicen que es casa de mucha caridad!
LA QUEMADA
No se ve á nadie...
MINGUIÑA
¿Por qué no entramos?
LA QUEMADA
¡Y si están sueltos los perros!
MINGUIÑA
¿Tienen perros?
LA QUEMADA
Tienen dos, y un lobicán muy fiero...
FLORISEL
¡Santos y buenos días! ¿Qué deseaban?
LA QUEMADA
Venimos á la limosna. ¿Tú agora sirves aquí? Buena casa has encontrado. En los palacios del Rey no estarías mejor.
FLORISEL
¡Eso dícenme todos!
LA QUEMADA
Pues no te engañan.
FLORISEL
¡Por sabido que no!
MINGUIÑA
¡Tal acomodo quisiera yo para un nieto que tengo!
FLORISEL
No todos sirven para esta casa. Lo primero que hace falta es muy bien saludar.
MINGUIÑA
Mi nieto es pobre, pero como enseñado lo está.
FLORISEL
Y hace falta lavarse la cara casi que todos los días.
MINGUIÑA
En un caso también sabría dar gusto.
FLORISEL
Y dentro del palacio tener siempre la montera quitada, aun cuando la señora no se halle presente, y no meter ruido con las madreñas ni silbar por divertimiento, salvo que no sea á los mirlos.
LA QUEMADA
¿Tú aquí sirves por el vestido?
FLORISEL
Por el vestido y por la soldada. Gano media onza cada año, y á cuenta ya tengo recibido los dineros para mercar esta flauta. ¿Vostedes es la primera vez que vienen á la limosna?
LA QUEMADA
¡Yo hace muchos años!
MINGUIÑA
Yo es la primera vez. Nunca creí verme en tanta necesidad. Fuí criada con el regalo de una reina, y agora no me queda otro triste remedio que andar por las puertas. Un hijo tenía, luz de mi tristes ojos, amparo de mis años, y murió en el servicio del Rey, adonde fué por un rico.
FLORISEL
¿Y vienen de muy lejos?
MINGUIÑA
De San Clemente de Bradomín.
LA QUEMADA
¡Todo por monte!
FLORISEL
Ya sé dónde queda. Allí tiene un palacio el más grande caballero de estos contornos.
MINGUIÑA
¡También es puerta aquella de mucha caridad! Agora poco hace, llegó el señor mi Marqués, al cabo de muchos años. Dicen que viene para hacer una nueva guerra por el Rey Don Carlos, á quien le robaron la corona cuando los franceses.
LA QUEMADA
Aquél murió. El de agora es un hijo.
MINGUIÑA
Hijo ó nieto, es de aquella sangre real.

N la puerta del jardín asoma una hueste de mendigos. Patriarcas haraposos, mujeres escuálidas, mozos lisiados. Racimo de gusanos que se arrastra por el polvo de los caminos y se desgrana en los mercados y feriales de las villas salmodiando cuitas y padrenuestros, caravana que descansa al pie de los cruceros, y recuenta la limosna de mazorcas y mendrugos de borona, á la sombra de los valladares floridos donde cantan los pájaros del cielo á quienes da nido y pan Dios Nuestro Señor. En todos los casales los conocen, y ellos conocen todas las puertas de caridad. Son siempre los mismos: El Manco de Gondar; el Tullido de Céltigos; Paula la Reina, que da de mamar á un niño; la Inocente de Brandeso; Dominga de Gómez; el señor Amaro, el señor Cidrán el Morcego y la mujer del Morcego. Llegan por el camino aldeano, fragante y riente bajo el sol matinal.
EL MANCO DE GONDAR
Rapaz, avisa en la cocina que está aquí el manco de Gondar, que viene por la limosna.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
Y el tullido de Céltigos.
FLORISEL
Tiene dicho Doña Malvina, el ama de llaves, que esperen á reunirse todos.
EL MANCO DE GONDAR
Dile que tenemos de recorrer otras puertas.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
No basta una sola para llenar las alforjas.
EL MORCEGO
Los ricos, como no pasan trabajos...
LA MUJER DEL MORCEGO
Padre nuestro, que estáis en los cielos...

OR un sendero del jardín aparece la Señora del palacio, que viene cogiendo rosas. A su lado la Madre Cruces habla conqueridora, y la dama suspira con desmayo. Es una figura pálida y blanca, con aquel encanto de melancolía que los amores muertos ponen en los ojos y en la sonrisa de algunas mujeres.
LA MADRE CRUCES
¡Y cómo me place ver á mi señora con las colores de una rosa!
LA DAMA
De una rosa sin color, Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
Y todavía no la dije algo que habrá de alegrarla. ¡Esperando que me preguntase!
LA DAMA
¡Sin preguntarte lo sé!
LA MADRE CRUCES
¿Que lo sabe?
LA DAMA
¡Ojalá pudiera equivocarme!
LA MADRE CRUCES
No es cosa para que suspire. Son nuevas de un caballero muy galán.

IENDO llegar á la Señora la hueste de mendigos, que derramada por la escalinata espera la limosna, se incorpora y junta con un murmullo de bendiciones. En el sendero la dama se detiene para oir á la vieja conqueridora, y torna á suspirar. Sus ojos tienen esa dulzura sentimental que dejan los recuerdos cuando son removidos, una vaga nostalgia de lágrimas y sonrisas, algo como el aroma de esas flores marchitas que guardan los enamorados.
LA QUEMADA
Aquí está la señora.
MINGUIÑA
¡Bendígala Dios!
PAULA
Y le dé la recompensa de tanto bien como hace á los pobres.
EL TULLIDO DE CELTIGOS
¡Parece una reina!
LA QUEMADA
¡Parece una santa del cielo!
MINGUIÑA
¡Es la misma Nuestra Señora de los Ojos Grandes que está en Céltigos!
LA DAMA
¿Cómo sigue tu marido, Liberata?
LA QUEMADA
¡Siempre lo mismo, mi señora! ¡Siempre lo mismo!
LA DAMA
¿Es tuyo ese niño, Paula?
PAULA
No, mi señora. Era de una curmana que se ha muerto. Tres ha dejado la pobre: éste es el más pequeño.
LA DAMA
¿Y tú lo has recogido?
PAULA
La madre me lo recomendó al morir.
LA DAMA
¿Y qué es de los otros dos?
PAULA
Por esos caminos andan. El uno tiene siete años, el otro nueve... Pena da mirarlos desnudos como ángeles del cielo.
LA DAMA
Vuelve mañana, y pregunta por Doña Malvina.
PAULA
¡Gracias, mi señora! ¡Mi gran señora! ¡La pobre madre se lo agradecerá en el cielo!
LA DAMA
Y á los otros pequeños tráelos también contigo.
PAULA
Los otros, mañana no sé dónde poder hallarlos.
EL SEÑOR CIDRAN
Los otros, aunque cativo, también tienen amparo. Los ha recogido Bárbara la Prisca, una viuda lavandera que también á mí me tiene recogido.
LA DAMA
¡Pobre mujer!
LA MADRE CRUCES
Bárbara la Prisca casó con un sobrino de mi difunto. ¡Es una santa de Dios!
LA DAMA
La conozco, Madre Cruces.

EGUIDA de la vieja conqueridora la Señora del palacio se aleja lentamente, y á los pocos pasos, suspirando con fatiga, se sienta á la sombra de los rosales, en un banco de piedra cubierto de hojas secas. En frente se abre la puerta del laberinto misterioso y verde. Sobre la clave del arco se alzan dos quimeras manchadas de musgo y un sendero sombrío, un solo sendero, ondula entre los mirtos. Muy lejano, se oye el canto de los mirlos guiados por la flauta que tañe Florisel.
LA MADRE CRUCES
Y tornando al cuento pasado. ¿Dice que sabe la nueva?
LA DAMA
¡Ojalá me equivocase! Tú traes una carta para mí, Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
¿Cómo lo sabe?
LA DAMA
¡No me preguntes cómo lo sé! ¡Lo sé!
LA MADRE CRUCES
¿Quién ha podido decírselo? ¡Si fué una misma cosa entregarme la carta el señor mi Marqués y ponerme en camino!
LA DAMA
No me lo ha dicho nadie. Yo lo sentí dentro del corazón, como una gran angustia, cuando te vi llegar. ¡Y no me atrevía á preguntarte!
LA MADRE CRUCES
¡Como una gran angustia! Yo presumo que el señor mi Marqués viene de tan lejanas tierras solamente por ver á mi señora.
LA DAMA
Viene porque yo le llamé, y ahora me arrepiento. A mí me basta con saber que me quiere. Temía que me hubiese olvidado y le escribí, y ahora que estoy segura de su cariño temo verle.

A Señora del palacio queda un momento con la carta entre sus manos cruzadas contemplando el jardín. En la rosa pálida de su boca tiembla una sonrisa, y los ojos brillaban con dos lágrimas rotas en el fondo. Las flores esparcidas sobre su falda aroman aquellas manos blancas y transparentes. ¡Divinas manos de enferma! Suspirando abre la carta. Mientras lee asoma en la puerta del jardín una niña desgreñada, con ojos de poseída, que clama llena de un terror profético, al mismo tiempo que se estremece bajo sus harapos: Es Adega la Inocente.
ADEGA LA INOCENTE
¡Ay de la gente que no tiene caridad! Los canes y los rapaces córrenme á lo largo de los senderos. Mozos y viejos asoman tras de las cercas y de los valladares para decirme denuestos. ¡Ay de la gente que no tiene caridad! ¡Cómo ha de castigarla Dios Nuestro Señor!
MINGUIÑA
Ya la castiga. Mira cómo secan los castañares, mira cómo perecen las vides. Esas plagas vienen de muy alto.
ADEGA LA INOCENTE
Otras peores tienen de venir. ¡Se morirán los rebaños sin quedar una triste oveja, y su carne se volverá ponzoña! ¡Tanta ponzoña que habrá para envenenar siete reinos!
EL SEÑOR CIDRAN
¡La cuitada es inocente! No tiene sentido.
MINGUIÑA
Entra, rapaza, que aquí nadie te hará mal. Dame dolor de corazón el verla.

DEGA la Inocente responde levantando los brazos, como si evocase un lejano pensamiento profético, y los vuelve á dejar caer. Después, cubierta la cabeza con el manteo, entra en el jardín lenta y llena de misterio. Así, arrebujada, parece una sombra milenaria. Tiembla su carne y los ojos fulguran calenturientos bajo el capuz del manteo. En la mano trae un manojo de yerbas que esconde en el seno con vago gesto de hechicería. Estremeciéndose va á sentarse entre las dos abuelas mendigas Minguiña y la Quemada. En tanto, la Señora del palacio, allá en el fondo del jardín, sentada en el banco que tiene florido espaldar de rosales, termina de leer la carta.
LA DAMA
¡Qué tortura!
LA MADRE CRUCES
Bien se me alcanza lo que á mi señora le acontece. Como no puede retenerle largo tiempo, teme el dolor de la ausencia.
LA DAMA
¡Lo que yo temo es ofender á Dios! ¡Sólo de pensar que puede aparecerse ahora mismo tiemblo y desfallezco! ¡Y la idea de no verle me horroriza! Cuéntame qué te dijo. ¿Cómo fué el darte esta carta?
LA MADRE CRUCES
Esta mañana llegó al molino como de cacería. Yo, al pronto, le desconocí. Tiene todos los cabellos blancos, que parecen de plata. Quedóse parado en la puerta mirándome muy fijo. Ante un caballero tan lleno de majestad, me puse de pie, y ha sido cuando me habló y le reconocí.
LA DAMA
¿Y qué te dijo?
LA MADRE CRUCES
Pues, díjome estas mismas palabras: Madre Cruces, hace mucho que has visto á mi pobre Concha? Toda asombrada quedéme sin acertar á responderle. Entonces sacó del bolsillo la carta y me la entregó.
LA DAMA
¿No te habló más?
LA MADRE CRUCES
Nada más, mi reina.
LA DAMA
¿No te dijo que yo le esperaba?
LA MADRE CRUCES
Nada me dijo.
LA DAMA
¿Ni de dónde venía?
LA MADRE CRUCES
Nada.
LA DAMA
¿Y tú no le preguntaste?
LA MADRE CRUCES
No me atreví. El verle aparecer de aquella manera habíame impuesto. Eso sí, parecióme más triste.
LA DAMA
¡Dos años hace que no le veo! Fué aquí, en este mismo jardín, donde nos dijimos adiós. Yo creí morir, pero no es cierto que maten las penas.
LA MADRE CRUCES
No mata ningún mal de este mundo. Es que Dios elige á los suyos.
LA DAMA
Di, Madre Cruces, ¿por qué te ha parecido triste?
LA MADRE CRUCES
Yo no sé si será aquella cabellera toda blanca. Y agora recuerdo otras palabras del señor mi Marqués. ¡Fueron tan pocas!
LA DAMA
¡Tan pocas y aún las olvidas! Repíteme todo lo que él te dijo.
LA MADRE CRUCES
Pues díjome: ¿Mi pobre Concha sigue siempre triste? ¿Conserva aquella mirada de criatura enferma que estuviese pensando en la otra vida?
LA DAMA
¡Sigue llamándome su pobre Concha!
LA MADRE CRUCES
Siempre que habla de mi señora la nombra así.
LA DAMA
¡Su pobre Concha!.. Y bien pobre, y bien digna de lástima. Le quise desde niña, y crecí, y fuí mujer y me casaron con otro hombre, sin que él hubiese sospechado nada. ¡Aquellos ojos eran á la vez ciegos y crueles!.. Después, cuando se fijaron en mí, ya sólo podían hacerme más desgraciada.

AY un silencio largo donde se oye el zumbar de un tábano entre los rosales. La Señora del palacio, con la carta entre las manos, ha quedado como abstraída: sus ojos, sus hermosos ojos de enferma, miran á lo lejos y miran sin ver. El tábano revolotea mareante y soñoliento. La vieja conqueridora le sigue con la mirada. Muchas veces deja de verle, pero el zumbido constante de sus alas le anuncia. La Madre Cruces, un momento persigue con la mano el vuelo que pasa ante sus ojos y sonríe.
LA MADRE CRUCES
Este tábano rojo algo bueno anuncia.
LA DAMA
Yo creía que era mal agüero, Madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
No, mi reina. Mal agüero si fuese negro. Ese mismo lo vide antes.
LA DAMA
¿Y qué puede anunciarme?
LA MADRE CRUCES
Que presto llegará el galán que consuele ese corazón.
LA DAMA
¡Consuelo! Yo no sé qué es mayor angustia, si saber que está cerca, si llorarle lejos. ¿Por dónde viene?
LA MADRE CRUCES
Por seguro que caminando adonde le esperan.
LA DAMA
Si cierro los ojos, le veo en medio de un camino, pero su cara no la distingo. ¿Dices que está triste?
LA MADRE CRUCES
¡Menos lo estaría si tanto no recordase á quien le quiere!
LA DAMA
¿Tú crees que me haya recordado siempre?
LA MADRE CRUCES
Claramente. ¿Pues no ha venido apenas fué llamado? ¡Y cómo suspiró al darme la carta!
LA DAMA
¡No suspirará más tristemente que suspiro yo!
LA MADRE CRUCES
Pues hace mal mi señora cuando sabe que es tan bien querida. Y siempre vale mejor que pene uno solo. Viendo triste al buen caballero decíame entre mí: Suspira, enamorado galán, suspira, que todo lo merece aquella paloma blanca.
LA DAMA
¡Cuánto tarda! ¿Cómo el corazón no le dice todo mi afán?
LA MADRE CRUCES
El corazón es por veces tan traidor.
LA DAMA
¡El mío es tan leal!
LA MADRE CRUCES
¡Cuitado pajarillo! ¿Mas qué tiene mi reina que tiembla toda?
LA DAMA
No es nada, madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
Vamos al palacio.
LA DAMA
Quería esperarle aquí, en el jardín donde nos separamos.
LA MADRE CRUCES
Antaño, cuando niños, algunas veces los he visto jugar bajo estas sombras. Apenas si recordará.
LA DAMA
¡Me acuerdo tanto! No jugaba conmigo, jugaba con mis hermanas mayores, que tenían su edad. Solía traerlo mi abuelo en su yegua, cuando volvía de Viana del Prior, donde estaba con su tío. El viejo Marqués era tu padrino, verdad, Madre Cruces?
LA MADRE CRUCES
Sí, mi reina. Padrino como cumple, de bautizo y de boda. Un caballero de aquellos cual no quedan, un gran caballero, como lo era su primo, el señor de este palacio.
LA DAMA
¡Pobre abuelo!
LA MADRE CRUCES
Mejor está que nosotros, allá en el mundo de la verdad.
LA DAMA
Si viviese no sería yo tan desgraciada.
LA MADRE CRUCES
Nuestras tribulaciones son obra de Dios, y nadie en este mundo tiene poder para hacerlas cesar.
LA DAMA
Porque nosotros somos cobardes, porque tememos la muerte.
LA MADRE CRUCES
Yo, mi señora, no la temo. Tengo ya tantos años que la espero todos los días, porque mi corazón sabe que no puede tardar.
LA DAMA
Yo también la llamo, madre Cruces.
LA MADRE CRUCES
Mi señora, yo llamarla, jamás. Podría llegar cuando mi alma estuviese negra de pecados.
LA DAMA
Yo la llamo, pero le tengo miedo. Si no le tuviese miedo, la buscaría.
LA MADRE CRUCES
¡No diga tal, mi señora, no diga tal!

N la escalinata, donde verdean yerbajos desmedrados que las palomas picotean, asoma una vieja ama de llaves vestida con hábito del Carmelo. Se llama Doña Malvina. Aventa un puñado de maíz, y las palomas acuden á ella. Doña Malvina ríe con gritos de damisela y llevando una paloma en cada hombro, baja al jardín, alzada muy pulcramente la falda para caminar por los senderos, y llega adonde está la Señora.
DOÑA MALVINA
¡Que la humedad de esos árboles no puede serle buena!
LA DAMA
¡Dentro de un momento acaso llegue aquel á quien espero hace tanto tiempo!..
DOÑA MALVINA
¡El señor Marqués!
LA DAMA
Tú nunca dudaste que viniese.
DOÑA MALVINA
¡Nunca!
LA DAMA
Yo lo dudé, é hice mal.
DOÑA MALVINA
¿Cuándo ha tenido usted noticia de su llegada?
LA DAMA
Ahora.
LA MADRE CRUCES
Yo la truje, Doña Malvina.
LA DAMA
Quería esperarle aquí. Me mata la impaciencia.
DOÑA MALVINA
¡Tiene las manos heladas!

A dama calla y parece soñar. En medio de aquel silencio leve y romántico, resuena en el jardín festivo ladrar de perros y música de cascabeles, al mismo tiempo que una voz grave y eclesiástica se eleva desde el fondo de mirtos como un canto gregoriano. Es la voz del Abad de Brandeso. El tonsurado solía recaer por el palacio, terminada la misa, para tomar chocolate con la Señora. Sus dos galgos le precedían siempre.
EL ABAD
Excelentísima señora doña María de la Concepción Montenegro y Bendaña, Gayoso y Ponte de Andrade.
LA DAMA
¡Señor Abad, qué olvidado tiene usted el camino de esta casa!
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