Kitabı oku: «Deborah Kruel»


Bacca, Ramón Illán, 1938-
Deborah Kruel / Ramón Illán Bacca. – Barranquilla (Colombia): Editorial Universidad del Norte, 2019.
231 p. : 24 cm
ISBN 978-958-789-088-4 (impreso)
ISBN 978-958-789-089-1 (PDF)
ISBN 978-958-789-213-0 (ePub)
1. Novela colombiana – Siglo XX. 2. Novela de espionaje. I.Tít.
(Co863.44 B116 ed. 23) (CO-BrUNB)

Vigilada Mineducación
www.uninorte.edu.co
Km 5, vía a Puerto Colombia, A.A. 1569
Área metropolitana de Barranquilla (Colombia)
© Universidad del Norte, 2019
Ramón Illán Bacca
Edición/Coordinación editorial
Zoila Sotomayor O.
Asistencia editorial
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Diseño y diagramación
Munir Kharfan de los Reyes
Diseño de portada
Joaquín Camargo Valle
Corrección de textos
Henry Stein
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CONTENIDO
La presencia en la serranía de la Macuira de un Stuka abandonado fue la noticia de la semana pasada. La revista Interviú tituló con letras gigantescas: “Descubierto el avión donde huyó Hitler”. Sucesos Sensacionales habló de un laboratorio clónico. El columnista del Rigoletto Otto Nicolás Pérez soltó la novedosa tesis de que todo se debe a una espiral del tiempo. “El Stuka —dijo—, al pasar por el Triángulo de las Bermudas, fue envuelto por extrañas fuerzas magnéticas, que años después, en un salto temporal (fenómeno inexplicable en nuestro actual grado de conocimientos científicos), lo depositaron en el punto donde ha sido encontrado”.
El único en preguntarse cómo un avión de tan corto radio de acción pudo hacer ese vuelo interoceánico ha sido el redactor de El Sesquiplano, Gunter Epiayú. Curiosamente, Máximo Franco, experto en aeronáutica de la Universidad de Houston, conjeturó que este viejo bombardero fue armado en el mismo sitio y jamás ha sobrevolado.
La noticia en la semana que se inicia es la actuación de nuestro seleccionado nacional en la Copa Mundo.
(Tomado de la sección “Siete días” de La Prensa de Barranquilla).
CAPÍTULO I
No era una fecha histórica. Era tan solo un día soleado. El marco apropiado para historias ligeras, agradables, con finales felices. Sin embargo, no pensaban en eso los dos únicos parroquianos del Entre-nous a esa hora de la tarde cuando la bahía ensayaba sus arreboles y las guías de turistas pescaban incautos.
Separados por varias mesas, permanecían en el bar Gunter Epiayú, joven redactor de El Sesquiplano, y Benjamín Avilés, cincuentón, alto, robusto, amable y taciturno, dueño de la agencia de publicidad más grande del lugar.
Las botellas vacías en la mesa de Gunter revelaban que había consumido más cerveza de la que se toma para simplemente combatir el calor. Algo le molestaba, y bien podía relacionarse con la idea —repetida a menudo a todo aquel que quisiera escucharle—de que la vida no vale la pena mientras el mundo siga gobernado por gente mayor de treinta años escasa de iniciativas e imaginación.
Para la prueba, un botón: esa misma mañana había recibido del periódico un “no” rotundo a su petición de sobrevolar de nuevo la zona donde fue encontrado el viejo bombardero alemán cubierto con una lona amarilla. “Ese tema ya no interesa a nadie”, fue la respuesta a su memorando.
Y sin embargo subsistía el misterio: se supo que el aeroplano accidentado a finales de los años treinta, y cuya misteriosa desaparición fue entonces motivo de múltiples especulaciones, estaba destinado a levantar los planos aéreos de todo el país; también que en el momento de su accidente era conducido por personal científico alemán y que esto ocurría en vísperas de la guerra, dando lugar a una posible historia de espionaje y contraespionaje que aún no había sido dilucidada. Para el joven periodista no había dudas: el misterio del Stuka era un tema mayor que le permitiría participar en el concurso anual de periodismo “Juan de Dios del Villar”, y para eso había acumulado muchísimo material durante largas semanas de investigación.
Atrás habían quedado los otros temas posibles. Decidió no averiguar más sobre las cerámicas japonesas encontradas en las excavaciones arqueológicas de Malambo, que revelaban una antigüedad cercana a los tres milenios y tenían desconcertado al profesor Carlos Angulo Valdés. Olvidó sus averiguaciones sobre la amistad entre el poeta samario Hernando de Bengoechea y el novelista francés Marcel Proust. También resolvió olvidar las investigaciones sobre A.E. Mason, novelista y agente secreto británico en Cartagena. Por último, prescindió de la visita al Museo Romántico para averiguar sobre la verdad o mito del viaje de incógnito de Greta Garbo a Puerto Colombia en los años treinta.
Pero el periódico le había cerrado las puertas. Las fotografías que reposaban en el archivo de El Sesquiplano no eran las mejores —el reportero que enviaron para cubrir la noticia se había limitado a cumplir y el aparato se veía mal enfocado y borroso—, y esa era la razón de su memorando de la mañana y la desazón de esa tarde. Le quedaba, sin embargo, un recurso: si no lograba conseguir el material necesario, se inventaría el resto e iría tras un premio nacional de novela que le daría fama y dinero; cosas que si llegan cuando se es joven son, en una palabra, la felicidad.
Por un momento, el periodista detuvo su mirada en el otro parroquiano, Benjamín Avilés. Como todas las tardes, se tomaba con lentitud su botella de whisky, luego se levantaría tambaleando y tomaría su coche para dirigirse a la pintoresca quinta que se alzaba al final de la playa.
El hombre no le simpatizaba. Con ese viejo había disputado, peor aun, perdido, el cariño de Idris Primera.
(El recuerdo de aquella chiquilla preciosa, la reina del barrio Las Delicias, con quien había bailado en los carnavales, en la verbena La Gigantona tandas interminables mientras el picó hacía retumbar su letra premonitoria: “Del montón, una mujer del montón eres tú…”, se le hizo presente. La volvió a ver un año después: como en una mala telenovela, iba con un niño en los brazos acompañada por Benjamín Avilés, quien portaba una cara delatora de paternidad responsable).
Extraño personaje, pensó Gunter, mientras veía cómo Madame Olga —la dueña del Entre-nous— se acercaba a él con la deferencia que inspira alguien a quien se ha visto crecer. Sabía que el hombre era oriundo del lugar, pero esa personalidad leonardesca (políglota, pintor mediocre, aceptable pianista y excelente fotógrafo) había crecido en otros lugares. Se hablaba de él como pianista de bares sórdidos en Ciudad de México, como restaurador de cuadros en varios países europeos y hasta como finalista en un festival de cine en La Habana con sus cortometrajes Marihuana para Goering y Los días del cometa.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el hombre que, parado frente a él, le decía con un acento cordial:
Eres tú el hijo de Gunter, ¿verdad?
De inmediato el periodista no supo qué responder. Sabía que llevaba el mismo nombre de su padre o de su abuelo, nunca se le precisó, pero eso era todo. En el clan guajiro de su madre sus antepasados paternos eran tema vedado.
Algo de eso debió pensar el hombre porque prudentemente cambió de tema:
—¿Todavía estás interesado en el Stuka descubierto en la Macuira?
Gunter se oyó a sí mismo preguntar con ansiedad:
—¿Por qué? ¿Puede ayudarme?
El hombre contestó:
—Vente a mi casa, quiero mostrarte algo.
Mientras el automóvil, a una velocidad mayor que la necesaria, devoraba el trayecto permanecieron en silencio. Al descender, Gunter respiró aliviado: detestaba los riesgos innecesarios.
Ya en la casa, lo primero que Gunter vio, colgada de una de las paredes de la inmensa sala-estudio y revelándole todos sus detalles, fue una fotografía gigantesca del Stuka. Sin poder contenerse exclamó maravillado:
¿Cómo diablos hizo para conseguirla?
El hombre contestó con suficiencia:
—¡Siempre sé llegar primero cuando me lo propongo! Además —agregó bajando la voz y con un tono mucho más cordial—, todavía tengo un alma de quince años.
Entonces se acercó a la fotografía, y señalando el aparato inmóvil, solitario, misterioso, continuó:
—Se sabe que fue ensamblado aquí, pero no por quién o quiénes, ni para qué.
El silencio que siguió a estas palabras permitió a Gunter observar a su alrededor. En medio de una arquitectura funcional y moderna, los muebles eran deliberadamente anacrónicos: mecedoras vienesas, mesas de vidrio rosado, ceniceros de pie de estaño, pisapapeles con la figura del Manneken Pisse creaban la atmósfera propia de la década de los cuarenta.
Oyó nuevamente al hombre, que con tono inquisidor le preguntaba:
—¿Qué sabes del espionaje entre nosotros durante la Segunda Guerra Mundial?
El joven tuvo que admitir que sabía muy poco sobre el asunto: apenas lo que todo el mundo decía y el rumor —que posiblemente no pasaba de ser un chisme ridículo— sobre una mujer licenciosa de esa época que unía a sus encantos el hecho de ser espía nazi.
Para su sorpresa, Benjamín Avilés pensaba distinto:
—No hay tal chisme —insistió con firmeza—, lo que hay es ignorancia. Sí, aquí hubo una guerra secreta que permanece ignorada por todos, y la mujer de quien hablas se llamó Deborah Kruel. ¿No crees que ella podría ser un buen punto de arranque para tu investigación?
—Seamos serios —respondió un Gunter escéptico—. ¿Cómo voy a empezar un rastreo con un absurdo?
El hombre no intentó disimular la molestia causada por lo que juzgó simplicidad de su interlocutor:
—¡Aquí hubo un nido de espías, y Deborah tuvo mucho que ver!
—Está bien —respondió Gunter, ya un poco intimidado—, entonces dígame todo lo que sabe.
Benjamín no contestó. Se dirigió al bar y —sin ofrecerle a su invitado— se sirvió un gran trago de whisky. Pasados unos minutos, un hombre inseguro, nostálgico y con acento de pena reprimida fue quien le contestó:
—Realmente no sé lo que ocurrió. En las circunstancias de aquellos días todo era muy confuso, y aún hoy es difícil tener las cosas claras. Pero ha llegado el tiempo de poner todo en orden, y tal vez seas tú quien pueda hacerlo.
Gunter vio llegado el momento de marcharse cuando Avilés decidió escanciar el resto de la botella. Ahora solo era un hombre triste. Al momento de despedirse recibió el sobre.
—Espero que te sirva —fue lo último que oyó de un Benjamín que ya se rendía al sueño.
En su pieza, Gunter revisó las fotos del Stuka. Una foto, ya amarillenta, llamó especialmente su atención: en ella posaban todos los aviadores alemanes que en 1936 habían trabajado para la Scadta. Una equis y el nombre “Gunter” sobre el pecho señalaban a un hombre de aproximadamente cuarenta años, alto, fornido de bigotes y pelo negro.
El periodista observó largamente la fotografía. Era la primera vez que veía a su padre alemán.
CAPÍTULO II
EL BANQUETE DE SÓCRATES VALDEZ
“Entonces hubo un revoloteo en la sala. Entraban Germania Valdez y su pequeña hija Deborah, con vestidos ceñidos, sin mangas y anchos fajones de motivos egipcios; tenían el aire de poseer solo ellas el secreto del ‘último grito de la moda en París’”.
El joven Gunter empezó a sacar cuentas de la edad de Deborah en ese momento y comprobó que era un poco más que una niña. Pero estaba feliz; al fin, y por primera vez, conseguía una referencia directa de ella.
Al entrevistar al padre Alejandrino, este no se había repuesto de la perplejidad que le provocó el no poder encontrar en ninguna parte la fe de bautismo ni la partida de nacimiento de la mujer. “Imposible, imposible” —se repetía mientras su confusión aumentaba.
Al hablar él con el dueño del más importante estudio de fotografía del lugar, Melitón Mier, este también estuvo al borde de un ataque de nervios cuando se cercioró de que por ninguna parte de su gigantesco archivo fotográfico aparecía la figura de Deborah.
Tengo que tenerla —balbuceaba, herido en su amor profesional—. ¿Cómo no voy a recordarla si era la comidilla permanente de todos en la ciudad? Además —esto lo dice con énfasis— era bellísima, la más bella de su época. Poseía, por eso, cientos de sus fotos. ¿Cómo desaparecieron? Es algo que no logro entender.
Cuando el joven Gunter comenzaba a desesperar, apareció casi milagrosamente esta crónica que la mencionaba. Pero la referencia era a su vez complicada. El periódico la publicaba diez años después de los acontecimientos, porque, como se explicaba, “era imposible publicarla en esa época de feroz censura”.
Quedaba sin aclarar si era un testimonio directo o una reconstrucción de los hechos con base en los recuerdos de los testigos. De todas maneras, el autor, que firmaba con el seudónimo de Casimiro Perplejo, no hacía claridad sobre el asunto.
Si se aplicaban todas las reglas de la investigación histórica, el documento no tendría mucha validez, pero en esta ocasión Gunter decidió no seguir las normas sino dar gracias al azar, que empezaba a ser su cómplice. Siguió leyendo.
“El general Cortés Vargas pudo avanzar difícilmente hasta la mesa de honor mientras estrechaba la mano de los hombres y besaba la de las mujeres. Grandes aplausos y vítores ahogaron las notas del himno nacional. La Mona Navarro, frenética y llena de emoción, le comentó a Germania, quien estaba a su lado:
—Es un hombre que combina las armas y las letras. No solo escribe la historia sino que también la hace.
—Germania le contestó, mientras hacía un ademán muy sofisticado aprendido de Francesca Bertini:
—Además, lo cortés no le quita lo valiente.
La Mona Navarro festejó con grandes aplausos el calambur.
Alguien pretendió echar un discurso, pero fue sacado del medio por un caderazo de Germania, ante la mirada desconcertada del general. Para sortear la situación, Mr. Thomas ofreció su esposa al militar para que abriera el baile con el vals “Sobre las olas” que La Tayrona Jazz Band interpretaba a ritmo de galope. Pero el general, en un gesto muy comentado, desdeñó el ofrecimiento y se dirigió donde estaba la joven Deborah y con un “¿me permite la más bella flor de la fiesta?” le dio su brazo y se lanzó al centro de la pista.
“No hubo acuerdo posible entre el sentido rítmico de la joven y ese saltico tropezón con que el militar trataba de seguir el vals. Posiblemente, el general preferiría en ese instante seguir recorriendo la zona en persecución de los que por decreto había denominado “cuadrilla de malhechores” que seguir en el desacuerdo de ese interminable vals. Cuando al fin terminó la pieza, con una sonrisa forzada condujo a la bella muchacha al lado de su padre, quien en su liqui-liqui de lino blanco estaba que no cabía en sí de la satisfacción.
Germania, en el centro de la sala, pidió silencio y con un acento gutural dijo que Deborah cantaría algo en honor del homenajeado. La orquesta empezó a tocar “La momia de Tutankamon”, y Deborah, con los brazos echados hacia adelante, los ojos entrecerrados y la boquita fruncida, daba pasitos forzados como los que daría la momia al salir del sarcófago.
La orquesta, sin embargo, no estuvo muy precisa en la melodía y a Deborah le tocó suplir con gracia lo que al conjunto le faltaba en armonía. Los aplausos murieron al nacer. Pero Deborah no se rindió tan fácilmente y después de cuchichear con el director de la orquesta volvió al ruedo y empezó un pujante “Tóquenme el trigémino”. El coro rugió un “tóquemelo usted”.
Los aplausos, chiflidos y gritos espontáneos indicaban que el público ignoró la cara feroz que puso el obispo. En el patio empezaron a entregar la cerveza Nevada, cuya fábrica, recién inaugurada, había encontrado una ocasión feliz para promocionarse.
—Hay toda la cerveza que quieran, el único límite se los impone el propio estómago —gritó la Mona Navarro.
Unas botellas fueron colocadas en la mesa principal, donde el general empezó a escanciarlas ávidamente.
Al rato se discutía a grito herido si esta cerveza era superior o no a las alemanas. Nemesio Correa casi se va a los puños con Aquileo Olmos por sostener que en ninguna forma esta se podía comparar con la producida en la “montaña sagrada de Andechs’.
De pronto, el general, con el rostro descompuesto, se levantó y abandonó a grandes zancadas el salón. Hubo un inmenso desconcierto, seguido por un refrescante “se fue al baño”; pero todo volvió a ensombrecerse cuando soldados armados ocuparon las salidas.
Un oficial, bajo, acuerpado, con acento andino, llegó al centro del salón y dijo con voz dura: “Han intentado envenenar a mi general. Nadie sale de aquí hasta nueva orden”.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de todos los invitados. El temor se agudizó cuando el oficial señalando a Nemesio Correa, Aquileo Olmos y Sócrates Valdez, les dijo en tono amenazante: “Ustedes fueron los organizadores de este homenaje, por lo tanto, los hago responsables de lo que aquí está ocurriendo…”.
A una orden, los soldados esposaron a los tres hombres señalados y los sacaron a empujones del salón. Fue la última vez que se vio a Sócrates Valdez.
El temor cedió a la inconformidad. Expresiones de “chafarote”, “cachaco inmundo” se empezaron a oír en todo el salón. De nada valió que los soldados mostraran amenazadoramente los fusiles: los ricos bananeros se sentían ofendidos y lesionados en su orgullo, y eso les podía más que el instinto de supervivencia.
No se puede determinar qué hubiera ocurrido si en ese preciso instante el doctor De Vivo, llamado con urgencia, no hubiera regresado a la sala con una sonrisilla irónica.
El oficial, con cara de confundido, empezó a explicar que todo se debía a un malentendido y que el general tan solo había sufrido un ataque de amibiasis, debido seguramente a las cervezas. Una larga silbatina fue la respuesta a su explicación.
De todas maneras, la fiesta estaba herida de muerte. Ante la desesperación de la Mona Navarro, todos los invitados fueron buscando la puerta de salida. Para colmo de desgracias, la orquesta empezó a tocar “El tambor de la alegría”, el mismo aire que había servido de himno a los huelguistas. Germania se dirigió a Nemesio Correa en un tono tan alto que todo el mundo oyó:
“Para la gente bien, esto está invivible. Huelgas y faltas de respeto. Definitivamente, nos regresamos a Bruselas”.
Nemesio Correa y Aquiles Olmos, todavía blancos del susto, asintieron en silencio.
CAPÍTULO III
Las campanas de Notre Dame tocaron a rebato. Los católicos salieron listos a matar hugonotes. El príncipe de Navarra se despertó sobresaltado del lecho donde dormía con Simonette, la bella florista. Saltó por la ventana y corrió al puente cercano, donde se refugió en sus bases mientras oía el paso de sus perseguidores. Cuando consideró que el peligro había pasado, volvió en dirección al Louvre. En las calles adyacentes al palacio la lucha proseguía. En un callejón sin salida, el almirante Coligny se batía solo contra seis espadachines. Enrique siguió de largo maldiciendo su cobardía cuando oyó el grito de agonía del almirante. Al llegar a la puerta del palacio, Enrique pensó que cualquiera lo podría reconocer, pero vio cruzar en su camino a uno de los católicos portando el antifaz bermellón que los distinguía. Se le interpuso en el camino con la espada en alto y le dijo: “¡En garde!”. No hubo rival, porque en un par de mandobles lo despachó a la otra vida. “Te vengué, Coligny”, pensó para sus adentros. Recogió el antifaz se lo puso y rápidamente pasó por entre los guardias, que no hicieron nada por detenerlo. Buscó por los pasillos la alcoba de su flamante esposa Margarita de Valois, y pensó, divertido, en lo sorprendida que quedaría con su llegada. Tuvo una pequeña preocupación ¿Y si en ese momento estuviera en brazos de alguno de sus amantes? Desechó el pensamiento y entró a la habitación sin llamar. En ese momento su mujer estaba siendo ayudada por un paje a ponerse el corsé. Con la rodilla sobre la espalda de la princesa, el jovencito tironeaba de los lazos para ajustar la prenda. La escena y la situación de peligro lograron que el príncipe de Navarra, completamente excitado, contestara a la dulce pregunta de Margarita: “¿Y usted aquí, monseñor?”
“Sí —contestó el de Navarra, cada vez más cachondo—, y vengo a tomar lo que es mío”, e inmediatamente se quitó los escarpines y las calzas, inundando la habitación del mal olor de sus pies, por lo que era famoso en toda Europa…
De plantón en mitad del patio. Quién iba a creer que el cura Natividad me estaba mirando leer. El forro del libro decía en letras muy grandes ALGEBRA, pero no me sirvió el camuflaje. El cura se ha acercado silenciosamente cuando daban la segunda campanada y Enrique se iba a acostar con Margarita y… ¡erda!, precisamente en ese momento ¡zaass! vuela el libro, y en vez de la princesa, lo que veo es la cara de topo del cura prefecto. “¿Ajá, qué leemos?”, dijo con ese tonito burlón que él cree muy gracioso. Y los maricones de mis compañeros con esas risitas afeminadas celebrándolo. “Conque ENRIQUE Y LA FLORISTA, ¿eh?, siguió diciendo el cura; después soltó algo que él creyó era un silbido, pero que no le salió, el muy soplapoya. Y siguió diciendo en ese tonito de teatro, afectado, de mariconsón: “Y nada menos que la colección GALANTE, que, óigame bien, dice en su contratapa: ‘Esta no es una lectura pornográfica sino una lectura picante pero instructiva’. Claro, cura maldito, ahora me jodió del todo, tengo que copiar de mi puño y letra un libro, Las confesiones de san Agustín. ¡Qué catástrofe! Pero ahí están Natalio, Adolfo y el cachaco Balseir ayudándome a copiar esa vaina.
De plantón. Y ella va caminando al camellón. Por ahí debe ir, cerca a su ventana. Llevará ese extraño atuendo que está dando de morder a todas las demás mujeres. Un “sharong”, eso es, así dijo el Momo que se llamaba ese vestido. Y allí va ella, la extraña, la que, se dice, tuvo cuatro maridos, la que, se habla, tiene varios amantes, a la que condena el padre Luis desde el púlpito llamándola “esa Jezabel”, la que habla cinco idiomas: francés, inglés, alemán, italiano, español, ¡ah!, y el lenguaje de la vagina, como dijo mi tío Rito. Ella, la que canta en el camellón Stormy Weather mientras se pasea, encadenados los brazos, con las Amador, las Olmos, las Montes y las Pereira, pero solo a ella van dirigidas esas miradas de deseo de los parroquianos del Entre-nous. Ella, más fabulosa que Antinea, inmortal como Ayesha, poderosa como Nakonia, la reina de los orangutanes. Ella, más bella que Marlene Dietrich en “El jardín de Alá”, aunque Natalio diga lo contrario, y por eso le puse el ojo morado. Ella, a quien las demás mujeres han apodado “Brudubudura” como la propaganda de la crema. Pura envidia, despreciable envidia. Ella, la que se hace la que no me ve cuando la espero en la ventana para verla pasar. No me miró ni siquiera en esa ocasión en que canté en forma que fingía ser ocasional, pero que ella debió entender que esa “chansón” le era dedicada en forma directa: “Vous que passez sans me voir sans me dire bonsoir…”. ¡Solamente pérfida!, dijo como al aire y sin voltearse cuando llegó a la esquina: “Atención con el acento”. Malvada.
Y ahora aquí, con ese cipote sol que me está tostando todo el cerebro, oigo cómo desde “La heroica Polonia” transmiten por la radio el tema de la radionovela de las doce:
Chang Li pó
Chang Li pó
Por una linda cubana
En La Habana se quedó
Chang Li pó
¡Maldita, sea! Ella ya debe estar llegando a la esquina, debe estar pasando bajo la ventana. ¿Mirará para ver si estoy ahí? Y al no verme, ¿qué pensará? ¿Tendrá un pensamiento para mí?
¡Ah…! su perfume ¡”N’aimez que moi”! es el mismo de la tía Dorita, pero en mi tía no tiene importancia; por eso lo rompí y le eché la culpa al gato, porque nadie más debe usar tu perfume, porque tú eres única, ¡tú eres perfecta, Deborah!
De plantón. Y ese maldito sol me está achicharrando el cerebro. Cuando regrese sudado a casa, lo primero que hará la tía Dorita será decirme “hueles a turco” y me obligará a bañarme con jabón Neko y a echarme creso en los pies.
No es fácil tratar con la tía Dorita. Es dura casi todo el tiempo. Con un luto perpetuo que ni ella misma sabe por qué. Bueno, esta casa es el reino del no saber por qué. No se sabe por qué la sala donde están los muebles de estilo Luis catorce siempre debe permanecer cerrada; no se sabe por qué los sillones tapizados y traídos de Bruselas que están en la sala del piano no son para sentarse sino para verlos y decir con todas las visitas “¡Qué lindos, Dora, son un verdadero tesoro!”; no se sabe por qué el cenicero de base de estaño y copa de plata nunca ha probado una pava de cigarrillo; no se sabe por qué todas esas copas de murano permanecen eternamente encerradas en la vitrina del comedor y no prestan servicio, ni siquiera en las grandes ocasiones, ni siquiera cuando el obispo Joaquín, conde romano y camarero secreto de su Santidad, vino a entronizar la imagen del Sagrado Corazón, que no sé quién envió de Medellín. Total, siempre se está esperando como el gran día, que nunca llegará, para sacar las vainas de postín. Bueno, con excepción de los candelabros de plata, que a veces la tía Dorita coloca sobre el piano cuando toca a Chopin.
“Déjala con sus manías, son cosas de las quedadas”, ha dicho el tío Rito. Mi tío. Cualquiera diría que él está de mi parte, pero qué va, cuando llega el momento de la verdad, se pone del lado de su hermana. Es un sistema infalible. Una reina: mi tía Dorita. Un príncipe zángano hermano de la reina: el tío Rito. El pueblo raso sin derechos: yo, Benjamín.
Por eso en aquella ocasión, cuando mi tía decidió que estaba leyendo demasiado y quemó todos los dominicales de “La Prensa” (¡como tres años coleccionándolos, Dios mío!), el tío Rito, frente a la pira, lo único que hizo fue atusarse los bigotes con un gesto muy suyo. Y cuando continuó la quemazón de la tía vuelta pirómana y cayeron colecciones de Pif-Paf, Penecas y Billiken, el tío siguió mudo y no hizo ni un ademán para ayudarme. Afortunadamente, pude salvar “La muerte vestida de planta”, “La sombra ríe”, “Las aventuras de Rocambole”, “El Genghis diabólico” y “El loro chino”, porque el día anterior a la catástrofe se los había cambiado a Natalio por el afiche de “El ladrón de Bagdad”, que él arrancó de la pared cuando el engrudo todavía estaba fresco.
El sol está más caliente que nunca. ¿Qué estará esperando el cura Natividad para levantarme el castigo? ¿Que me achicharre? Me está doliendo el ojo. Está rojo el ojo. Cuando llegue la tía Dorita va a poner el grito en el cielo cuando me vea la vista. Ojalá nada pase. No quiero volver a operarme. Ni de vainas. ¡Qué médico tan bruto! Y tener que despertarme cuando ya estaba privado con el éter, porque no se acordaba de cuál era el ojo que había que operar. ¡Qué bárbaro!
Un monje con una capucha echada. Su cara es de fuego. Dos monjes con las capuchas echadas y caras de fuego. Tres monjes con caras de fuego. Miles de monjes con capuchas violetas echadas y caras de fuego. ¿Cuánto tiempo duré en la mesa de operaciones?
“Te pudieron haber infectado; esos guantes los usan varias veces”, me dijo el sabelotodo del Natalio, todo porque su papá dizque fue enfermero en Varsovia. Odio a los supersabios.
Me va a dar una insolación. Ese cura es un verdugo. Un torturador. Un inquisidor. Al lado de él, la tía Dorita es una santa. Bueno, después de todo, ella se portó muy bien cuando estuve operado. Me leyó varias veces el cuento aquel del príncipe que queda ciego porque le da sus ojos de diamante a una golondrina para los pobres. Me cambió las vendas todas las veces que le dije que lo hiciera porque las sentía pegajosas. Me calmó todas las veces que desperté gritando porque volvía a soñar con el desfile interminable de los monjes con sus caras de fuego. Aunque no ver es terrible, curiosamente, se despiertan todos los otros sentidos. Así yo pude diferenciar a las personas por sus voces o por sus olores.
Voz ronca la de Gastón. Voz gutural la de Madame Olga. Ni hablando a través de un pañuelo me pudo engañar Natalio. Su madre, aunque no habló, impregnó toda la pieza de ese olor acre y rancio que es tan suyo. “Esa polaca parece que sudara yogur”, fue la frase de mi tía cuando se despidieron. Con Ma mère Ester y Ma soeur San Estanislao fue facilísimo: el retintín de los rosarios las denunció desde que venían por el corredor. Al Momo del Carril ni gracia es reconocerlo. Ese hombre no habla, sino que grita y perora todo el tiempo. Me hice el que estaba dormido para que se fuera rápido. Pero sí estaba realmente dormido cuando llegó Ella. Se asomó al cuarto y preguntó cómo seguía. Alcancé a oír dentro del sueño esas ásperas jotas que emplea, y me desperté, para caer de nuevo embriagado por ese intenso perfume que inundaba toda la pieza. Pero cuando pensé inventarme una pequeña comedia de no reconocer su voz, y así lograr que se acercara a mi cama y de pronto poner la mano en su mejilla para un “no te conozco”, o mejor aun, dejar caer la mano como quien no quiere la cosa y rozarle el seno, no se pudo porque su aparición fue muy fugaz; todavía pensaba cosas para retenerla cuando ya ella se había ido. “El olor de la pecadora es intenso”, me dijo mi tía mientras abría todas las ventanas y lograba que el perfume y mi vida se fueran.