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LA FÁBRICA

Una historia sobre la heroica lucha de las bases obreras en la convulsionada década del `70

Ramón Vega


El autor de este libro, que utiliza el seudónimo de Ramón Vega, trabajó diez años en la fábrica de Mercedes Benz de la Localidad de Virrey del Pino, partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires, entre los años 1974 y 1984.

Relata su experiencia de trabajo en la planta automotriz de la multinacional alemana en la convulsionada y trágica década del setenta, signada por una extendida violencia política y grandes conflictos gremiales que desembocaron en marzo de 1976 en una tenebrosa y sangrienta dictadura cívico-militar.

Ramón Vega publica este libro en memoria de todos los obreros de esa fábrica asesinados, torturados y desaparecidos, con la intención de que esta historia intensa y trágica sea conocida por las futuras generaciones, particularmente por las nuevas generaciones obreras.

Militó en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) y en los años ochenta fue cofundador del Partido Movimiento al Socialismo (MAS). En cinco oportunidades se presentó a declarar en los juicios de lesa humanidad que se llevan a cabo aún a la fecha de publicación de este libro, por los trabajadores desaparecidos de Mercedes Benz Argentina.

Ramón Vega

La fábrica : Una historia sobre la heroica lucha de las bases obreras en la convulsionada década del `70 / Ramón Vega. - 1a ed. - Villa Sáenz Peña : Imaginante, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8919-27-0

1. Historia Política Argentina. 2. Dictadura Militar. I. Título.

CDD 320.0982

Edición: Oscar Fortuna.

Correcciones: Silvina Espósito

© 2022 Ramón Vega

Mail: ramonvegamba1974@gmail.com / vegaramonmba1974@gmail.com

© De esta edición:

2022 - Editorial Imaginante.

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ISBN 978-987-8919-27-0

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Dedico este libro

A los 14 compañeros de Mercedes Benz detenidos desaparecidos durante la última dictadura cívico militar y a sus familiares.

A mi esposa Lidia, por bancarme en los momentos más duros de mi militancia sindical y política.

A mis hijos Rodrigo y Gonzalo.

y a mi nieto Ramiro.

Un agradecimiento especial a mi compañero de trabajo en la AFIP Mariano Mudir, quien con su colaboración me ayudó a cumplir este anhelo

Introducción

Mercedes Benz Argentina —de ahora en más MBA— se instaló en el país en el año 1951, durante el gobierno del general Perón, gracias a un régimen de promoción y protección industrial. Al principio se estableció en el partido de General San Martín, provincia de Buenos Aires, donde producía vehículos de carga y de transporte de pasajeros.

Según la periodista de investigación alemana Gaby Weber, los capitales invertidos en MBA provenían del lavado de dinero nazi. La empresa en la Argentina fue fundada por el empresario argentino, amigo y consejero del general Perón, Jorge Antonio, quien firma un gentlemen’s agreement (acuerdo de caballeros) con la empresa alemana. Sostiene la periodista que Jorge Antonio recibía el listado de especialistas que debía incorporar como personal, los cuales en realidad no eran técnicos, sino nazis. A partir de esto se incorporó como trabajador en la fábrica al teniente coronel de las SS Adolf Eichmann, cuya historia es conocida en la Argentina por haber sido secuestrado en su territorio por el Estado de Israel, que luego lo juzgó y lo ejecutó.

Después de la revolución «libertadora» de 1955, en el marco de las investigaciones sobre el origen de los capitales surgidos durante el gobierno peronista, MBA interrumpió su producción en San Martín y suspendió la obra de una nueva fábrica que se estaba construyendo en González Catán (hoy Virrey del Pino), partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires.

Un año después se reanudó la obra y amplió la producción. En aquella época el lugar de instalación de la nueva fábrica era bastante precario, una zona descampada, sin alumbrado público. El lugar era una zona llena de ranchos donde los vecinos vivían de changas y de su granja. El operario con legajo número 1 fue un tal González, alias Gonzalito, un vecino de la zona que fue contratado inicialmente como sereno en el lugar de construcción de la planta 1. Este vivía a dos kilómetros del lugar de trabajo e iba a caballo.

Según cuenta mi amigo Eduardo Estivill, quien ingresó en la MBA en 1969, la empresa tenía gravísimos problemas en la planta, malas condiciones laborales y enfermedades en el sector de producción. Esta no hacía adecuadamente el tratamiento de gases, ya que se trabajaba con ácidos y químicos. Había operarios con cáncer de próstata y de testículos, causados por las soldaduras del estañado con plomo. Las malas condiciones en el comedor ocasionaron una intoxicación en trescientos trabajadores.

Incluso en donde trabajaba Eichmann, conocido como el taller experimental donde se analizaban las piezas adquiridas a proveedores, era una verdadera pocilga. Un galpón de chapa, alejado de la primera planta construida en el predio de González Catán, donde los operarios sufrían mucho calor en el verano y mucho frío en el invierno.

En la época en la que se desarrolla esta historia, la década del setenta, MBA producía la gran mayoría de los colectivos y camiones que circulaban por el país. Incluso fabricaba el Unimog, un utilitario muy usado por el Ejército Argentino.

Quien escribe estas páginas trabajó en la fábrica de MBA entre los años 1974 y 1984. Si bien hay libros, películas, notas periodísticas, ensayos universitarios sobre lo sucedido en aquellos años en torno a esta empresa, en este libro los hechos están contados por alguien que los vivió en primera persona.

Los años setenta fueron años turbulentos y sangrientos para la Argentina, donde la violencia política y los conflictos sindicales eran moneda corriente. Aquí narro el gran conflicto de 1975 de los trabajadores de MBA con la empresa y la burocracia sindical, que desembocó en un paro de veintidós días. Este conflicto fue bisagra para lo que vendría poco tiempo después con la dictadura cívico-militar de 1976: desapariciones, torturas y secuestros de obreros. Hubo renuncias de delegados y de miembros de la comisión interna a la actividad sindical o directamente a la empresa, ante el temor a ser secuestrados o asesinados. Muchos se fueron a vivir al interior del país y los que pudieron se exiliaron en sus países de origen por el terror que se vivía en la Argentina.

Durante la gran huelga de 1975 era moneda corriente las amenazas de muerte a delegados gremiales y paritarios por parte de los matones del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor —de ahora en más el SMATA— y por la organización paraestatal de ultraderecha conocida como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Eran las primeras pinceladas de lo que se avecinaba.

La complicidad de la empresa en los crímenes de lesa humanidad cometidos contra sus trabajadores durante la dictadura cívico-militar, plasmada en la afanosa colaboración de sus directivos con las fuerzas represivas, no pudo ser juzgada en los tribunales alemanes a pesar de los intentos llevados a cabo. La fusión de MBA con la firma automotriz norteamericana Chrysler habilitó a demandar a la empresa en los Estados Unidos, siendo también desestimada la denuncia por la justicia de ese país.

El ingreso

El 20 de noviembre de 1974 me llegó una notificación laboral muy esperada por mí. Un telegrama que decía: «Preséntese el 24 de noviembre, a las siete de la mañana puntual en la oficina de personal de la fábrica Mercedes Benz Argentina, en Ruta Nacional Nº 3, kilómetro 44, Virrey del Pino, La Matanza».

Lo recibió mi esposa con quien me había casado hacía apenas dos meses. Mi domicilio provisorio era una habitación en la casa de mis suegros. Yo trabajaba en Decker, una metalúrgica en el barrio de Barracas de la Ciudad de Buenos Aires. Un trabajo agotador y muy mal pago. Viajaba todos los días desde Gregorio Laferrere, provincia de Buenos Aires, para trabajar en turnos rotativos semanales, mañana, tarde y noche, y en malas condiciones laborales.

Ese 20 de noviembre llegué a mi domicilio a las once de la noche y mi esposa me recibió con la cena. Tenía una sorpresa: «Te llamaron para trabajar en la Mercedes Benz». Me puse contento por varias razones. La fábrica ponía transporte sin cargo ida y vuelta, el viaje desde mi casa hasta la fábrica eran tan solo treinta minutos y sabía que pagaban mucho más que donde yo estaba trabajando. De hecho, triplicaba el sueldo. No se confundan, no era para volverse millonario, era solo una buena mejora salarial. Lo que más me intrigaba era saber las condiciones laborales, ya que en Decker eran deplorables. Además, los delegados gremiales parecían capataces y no delegados, respondían al burócrata sindical metalúrgico Lorenzo Miguel.

El 24 de noviembre llegué bien temprano a la estación Laferrere, el micro venía de Avellaneda y era la última parada antes de llegar a la fábrica. Pasaba por la estación a las 6:15 y a las 6:45 estaba en la puerta de la fábrica, donde había varios molinetes de ingreso custodiados por guardias privados.

Me presenté en la oficina de personal, se corroboraron mis datos, y se confeccionó mi ficha. El trámite duró treinta minutos. Tenía veintidós años recién cumplidos. Llamaron entonces al encargado de turno de la sección foguistas, lugar donde iba a pasar diez años de mi vida laboral, quien me dio la bienvenida. Era una persona amable y simpática. Me explicó que estábamos en la planta 2, la cual se ve desde la Ruta 3. Las plantas son galpones donde están las líneas de producción. En la planta 2 estaba la oficina de personal y las líneas de montaje. La planta 1, la planta vieja, fue la primera de las plantas que construyó MBA cuando se instaló en la Argentina en la década del cincuenta.

Me indicó que trabajaría en la planta 1, que estaba distante a quinientos metros, aproximadamente. Esta planta tenía un estilo de construcción de fábrica alemana como la que veíamos en las películas de la Segunda Guerra Mundial. Mitad pared de ladrillo y chapas acanaladas de fibrocemento, igual que el techo. Me dio muy mala impresión desde el punto de vista de las condiciones laborales, ya que tenía expectativas de encontrarme con una planta moderna. Nada de lo que yo me imaginaba, todo lo contrario, era deprimente y de mal aspecto. Estaban los compañeros trabajando, concentrados en sus tareas en las distintas secciones y líneas de producción. Pensé para mis adentros: «Para ser una multinacional alemana de tanta propaganda y prestigio ¡esto es una verdadera mierda!».

El encargado seguía mostrándome dónde sería mi ámbito laboral. Los turnos de trabajo eran cuatro de lunes a viernes. El de la mañana de 5 a 13, el de la tarde de 13 a 21, el de la noche de 21 a 5 y el normal de 7 a 16:30. Este último turno era el más numeroso, estaban todas las líneas de producción con los administrativos y jefaturas.

En el caso concreto de los foguistas tenían los turnos de mañana, tarde y noche, con la particularidad que los que tenían el turno noche arrancaban el domingo a las nueve. Como era un día no laborable, la paga de horas extras era al 100% y como por ley no se puede obligar a hacer horas extras, el encargado me avisó que cuando me tocase el turno noche era implícitamente obligatorio estar porque se ponían en funcionamiento todos los servicios de producción para que estuvieran en marcha cuando empezara el turno de las cinco y los obreros del sector tuvieran todos los elementos para arrancar.

También me comunicó que en la planta 2, al igual que en la planta 1, éramos dos foguistas por turno. Cada uno tenía que atender una equis cantidad de equipos. A mí me tocaba atender una caldera y la calefacción del vestuario de la planta 1, una caldera y suministro de vapor para ollas gigantes del comedor que era para seiscientos comensales por turno aproximadamente, un horno de secado grande a gasoil que suministraba aire caliente para secar piezas recién pintadas como guardabarros, puertas, etc., y la calefacción de la Planta 1 que eran unos cuantos aparatos cilíndricos que inyectaban aire caliente alimentados a gasoil. Con este último sistema de calefacción también calefaccionaba otros galpones, como ser el taller experimental donde trabajó el nazi Adof Eichmann y otro taller donde estaban los mecánicos y electricistas de mantenimiento de los equipos de producción.

El encargado me avisó que el último turno de almuerzo era a las 13:30. Amablemente me invitó a almorzar y le agradecí, nos pusimos en fila como todos los trabajadores que iban ingresando al comedor. Me dio un ticket de comida que equivalía a un almuerzo que se les proveía todos los meses a los trabajadores a un precio muy bajo. La calidad y el precio del almuerzo era una conquista laboral, producto de una huelga que los trabajadores hicieron por el costo y las características del menú. El almuerzo, debo reconocer, era muy bueno. Consistía en una entrada, plato principal, postre y bebida sin alcohol. Con el tiempo observé que había compañeros que se las ingeniaban para gozar de su copa de vino. A las dos de la tarde salimos del comedor, nos dirigimos a la planta 2 y me presentó a los dos compañeros que estaban en el turno tarde, me saludaron amablemente y me preguntaron la edad. Yo también a ellos. Uno cuarenta, otro cuarenta y cinco, con diez años de antigüedad cada uno. El de cuarenta, el Gallego. El de cuarenta y cinco, el Mocho (el apodo era porque le faltaba el pulgar izquierdo). Estaban en un costado de la cabina de pintura, era el equipo más sensible que atendían.

Cada foguista tenía un locker. En los lockers se guardaban las cajas de herramientas y los objetos personales. Había un aparato de teléfono interno por el que eran solicitados sus servicios de distintos sectores de producción. Eran muchos equipos y la planta 2, la más nueva, era muy grande. El encargado me hizo entrega de mi indumentaria laboral. Consistía en dos juegos de camisa, un pantalón color azul, todo con el logo de la empresa, y un par de borceguíes de seguridad. Me dijo que al día siguiente me proveería de una caja de herramientas para el service de los equipos que yo debía atender.

Eran las 14:45 cuando el encargado me dijo que su tarea estaba terminada y que yo quedaba liberado hasta el día siguiente cuando ingresase al turno tarde a la una en la planta 1. Me aclaró que no me podía retirar de la fábrica hasta las 16:30, porque era la hora en que pasaba el mismo colectivo que me había llevado a la fábrica para regresar a la estación Laferrere. Sonó el teléfono interno, atendió el Gallego y avisó que lo llamaban de un horno de templado que él atendía. Se subió a una bicicleta con su caja de herramientas y se fue. Esta tarea, dependiendo de la complejidad del desperfecto, podía tardar una hora o más. Inmediatamente el Mocho, que era un compañero divertido y extrovertido, me invitó a tomar mate en el lugar de los lockers. Me parece porque le caí bien. Aprovechando que estábamos solos me empezó a comentar como era la «movida» laboral en esa monstruosa fábrica donde trabajaban aproximadamente cuatro mil obreros. Ese gesto se lo agradecí toda mi vida. Entonces, tuvimos este diálogo:

—¿Estás casado?

—Sí. Recién casado.

—¿Tenés casa propia o alquilás?

—Ninguna de las dos, vivo con mis suegros porque no me alcanza para alquilar.

—Quedate tranquilo, acá pagan buen sueldo, te va a alcanzar para alquilar, luego te comprás un terreno y te hacés una casita como hicimos todos.

Después terminé haciendo exactamente lo que me dijo el Mocho. La charla continuó:

—Este es un buen trabajo, vos sos joven, tenés una vida por delante. Pronto vas a tener hijos y una familia formada.

Y fue así, todos los obreros en esa época pensábamos lo mismo. Tener un trabajo, formar una familia, que nuestros hijos estudien para que tengan un futuro mejor que el nuestro.

Luego siguió con sus consejos:

—Tenés que cuidar este trabajo, es fácil hacerlo. No llegues tarde, no faltes sin causas justificadas, no te lleves a tu casa ni un tornillo, porque los policías (los vigilantes de la entrada) te lo encuentran y te despiden por robo. Hubo compañeros que fueron despedidos por el robo de un rollo de papel higiénico. Si me das bola posiblemente te puedas jubilar acá.

A esa altura yo disfrutaba y agradecía toda su amabilidad, y siguió con otros temas:

—En la fábrica el grueso de los trabajadores trabaja en el turno normal, con cuarenta y cinco minutos de descanso para ir al comedor. También hay ciertos sectores de trabajo como nosotros los foguistas que trabajamos en turnos de mañana, tarde y noche. —La conversación tomó otra dirección— El ambiente político aquí es variado. Están ingresando muchos jóvenes, parece que la empresa cree que los más viejos somos problemáticos porque hacemos muchos reclamos, con los que hemos conseguido muchas conquistas. El ritmo de producción acá es más relajado que en la Ford, ahí los matan con la producción. La Chrysler es lo mismo y encima les pagan menos que a nosotros. Todo esto lo logramos con lucha a pesar de los traidores del SMATA con José Rodríguez a la cabeza (el infame secretario general) y todo su séquito de traidores y delegados chupamedias de la lista verde que están puestos a dedo por el gremio, porque perdieron las elecciones de la comisión de paritarios. Por eso intervinieron el cuerpo gremial para poder firmar un convenio colectivo de trabajo a medida de la empresa y a espaldas de los trabajadores. Acá la mayoría de los compañeros de trabajo están politizados. Hay mucha militancia política. Hay peronistas, radicales, PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), PCR (Partido Comunista Revolucionario) y PST (Partido Socialista de los Trabajadores).

—¿Hay comunistas? —lo interrumpí.

—Algunos, pero son más traidores que los del SMATA.

Me contó que él militaba en el radicalismo, pero que tenía muy buena relación con todos los compañeros de base independientemente de la filiación política. Es entonces cuando me preguntó directamente: «¿Dónde militás vos?». Como me inspiró confianza le conté la verdad: «En ningún partido político, ya que en mi casa nunca se habló de política, aunque siempre pensé que mis padres votaban al peronismo, pero nunca les pregunté».

Ahí terminó la conversación porque llegó el Gallego. El Mocho cortó la conversación porque parece que al Gallego no le interesaba la política, pero sí era profundamente antiburocrático, odiaba al SMATA por traidores. Mucho tiempo después me confesó que no militaba, pero que era un votante fiel del radicalismo.

Yo por mi parte lo que recordaba de la política fue que haciendo el servicio militar en la Marina y estando anclado en el puerto de Buenos Aires, asumía como presidente Héctor Cámpora. La mayoría de los marinos eran peronistas y eran mis amigos. A mí el peronismo no me atraía, porque no me sentía representado, pero me seducía la guerrilla, especialmente el ERP, que era el brazo armado del PRT. Quería un mundo mejor rápido y creía que la lucha armada era el medio. Mis amigos me invitaron a la asunción de Cámpora y acepté más por amistad que por convicción. Fuimos caminando desde el puerto hasta el playón del Correo Central, había mucha gente y no podíamos llegar a la explanada de la Casa Rosada por donde entraba Cámpora y salía el dictador Lanusse. En esa aglomeración se armó un tiroteo que no sabíamos de dónde venía, un desbande impresionante de gente amontonada. Aparecí solo en Sarmiento y 25 de Mayo, había perdido de vista a mis amigos. Seguí caminando hasta Avenida de Mayo y me metí en el primer bar que encontré. Al otro día nos encontramos en el barco, por suerte no faltaba ninguno. Yo ya había tomado la decisión de no quedarme en la Marina después del servicio militar, donde había aprendido el oficio de foguista. Mi plan era irme y buscar un trabajo estable, ya que tenía mi matrícula de foguista de primera. Una vez que me fui de baja del servicio militar, empecé a deambular de trabajo en trabajo hasta que en noviembre de 1974 ingresé a MBA.

En mi primer día de trabajo a las 12:15 abordé el micro en la estación Laferrere que me llevaría a la fábrica. Llegamos a la puerta a las 12:40. Llegaban muchos micros cargados de obreros de distintas partes del Gran Buenos Aires, Capital Federal, Cañuelas, Lobos, La Plata, etc.

Desde la entrada abordé un transporte interno que me dejó en la planta 1, me dirigí a la caldera, un sótano debajo del vestuario que era mi lugar fijo de trabajo. Me encuentro con el Colorado Reyes, el compañero del turno mañana. Me esperaba para darme las novedades del estado de los equipos que tenía que atender en mi turno tarde. Esta era la norma: se escribía en un cuaderno de novedades, luego el encargado lo leía y le informaba a la jefatura. El Colorado me invitó unos mates, hablamos unas cosas personales para conocernos y a la una de la tarde se retiró. Revisé la caldera, temperatura, nivel de agua, vestuarios, así recorrí todos los equipos de la planta 1. Esto me llevó aproximadamente una hora. Estaba todo bien. Para mí todo era novedad y tenía libertad de movimiento, ya que los equipos estaban desparramados por la planta 1. No tenía que estar en ningún lugar fijo. Mi único lugar fijo era el sótano donde estaba la caldera del vestuario que contaba con un teléfono y un pupitre. No estar en un lugar fijo para mí era muy bueno, a diferencia de mis compañeros de las líneas de producción que tenían que estar ocho horas al pie de su máquina.

La producción estaba acordada por convenio colectivo. Se fijaban metas de producción por turno, las cuales en la práctica se aplicaban por sección y eventualmente por máquina. Por ejemplo, la línea de montaje sacaba una equis cantidad de camiones y colectivos por turno. Esto era importante, ya que por la lucha gremial se logró un ritmo de producción soportable a diferencia de otras automotrices, como Ford, Chrysler, Renault, que tenían un ritmo muy intenso, dándole más producción y ganancia a las empresas a costa de la explotación de los obreros. Con el tiempo me di cuenta de que estos ritmos de producción tan intensos, tenían que ver con la complicidad de la conducción del SMATA y sus delegados adláteres, encabezados por su secretario general José Rodríguez. Cuando más reventaban a los obreros, más ganancias para las multinacionales. Tiempo después aprendí, gracias a mi militancia en el PST, que eso se llama plusvalía.

En la MBA los ritmos de producción eran controlados por delegados de base llamados paritarios, que eran independientes de la burocracia del SMATA y que fueron electos en una elección que se le ganó a los delegados representantes de la burocracia del sindicato. Esta situación fue el inicio de un conflicto interno que al año siguiente terminaría en una huelga de veintidós días. Al no poder controlar la comisión paritaria, José Rodríguez se veía impedido de firmar un nuevo convenio colectivo, el cual se renovaba anualmente y que era perjudicial para los trabajadores, ya que se beneficiaba abiertamente a la empresa a cambio del 1% de la facturación bruta anual que iban a parar a las arcas del sindicato, con independencia del aporte de los afiliados. Era una cifra astronómica que asombraba a las mismas empresas por lo cual estas exigían más producción para compensar ese aporte. Este acuerdo ya lo tenía cerrado sindicalmente en el resto de las automotrices y el escollo era la MBA por la oposición de sus delegados paritarios independientes elegidos por las propias bases. Cabe aclarar que en esa época estaba garantizada la venta de la totalidad de la producción de MBA.

Ese primer día, en mi recorrida de reconocimiento, vi una fila de compañeros, pregunté para qué era y me respondieron que era para el quiosco que atendía de siete a cuatro de la tarde. Vendían golosinas, cigarrillos, etc. Yo estaba un poco perdido y ansioso, me puse en la fila para comprar mis cigarrillos marca Particulares. Al compañero que estaba adelante le pregunté por los horarios de comida del comedor. Me contestó y me llevé una tremenda sorpresa. Nos reconocimos inmediatamente. Era mi gran amigo de la colimba el Chango Mansilla, donde aprendimos el oficio de foguista. Lo reconocí enseguida a pesar de su bigote estilo el folklorista Horacio Guaraní. Saltamos de alegría y la sellamos con un gran abrazo, ya que en esa época no se daban besos entre hombres y mucho menos entre dos provincianos o cabecitas negras, como nos decía cariñosamente Evita y otros para discriminarnos. Él era de los montes santiagueños y yo era de los montes del Chaco salteño.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
23 ekim 2025
Hacim:
102 s. 21 illüstrasyon
ISBN:
9789878919270
Telif hakkı:
Bookwire
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