Kitabı oku: «La Igualdad Social y Política y sus Relaciones con la Libertad», sayfa 5
PARTE SEGUNDA
De la igualdad, socialmente considerada
CAPÍTULO PRIMERO
INFLUENCIA RECÍPROCA DE LOS ELEMENTOS FÍSICO, INTELECTUAL Y MORAL, Y DE LA SEMEJANZA NECESARIA Y SUFICIENTE PARA ESTABLECER LA IGUALDAD
Cuando se observa en las sociedades los progresos de la igualdad y las dificultades que para progresar halla, es fácil notar que éstas provienen en gran parte del desequilibrio de elementos que deberían armonizarse.
El hombre, sér físico, intelectual y moral, no puede consolidar ninguna institución social, y menos perpetuarla, si prescinde de sus condiciones morales, intelectuales ó físicas.
La igualdad necesita semejanzas suficientes entre aquellos que ha de igualar, y sin las cuales pretenderá realizarse en vano.
Estas semejanzas no han de ser parciales, sino abarcar totalmente la existencia del hombre. Uno ú otro individuo podrá, con voluntad y virtudes excepcionales, sobreponerse á circunstancias abrumadoras; pero la regla es que, cualesquiera que sean los principios que se proclamen y las leyes que se promulguen en la vida de la sociedad, no hay igualdad positiva sin semejanza suficiente.
Cuando falta albergue, sustento y vestido, en la miseria extrema, ¿puede igualarse el hombre que la padece al que tiene recursos superabundante? ¿Puede prescindir del frío y del hambre para cultivar las facultades de su espíritu? ¿Puede triunfar de la fuerza tiránica de las necesidades no satisfechas, hasta el punto de avasallarlas para que no le embrutezcan? ¿Puede sobreponerse por su carácter á su desventura, elevarse en una situación que humilla y hacer respetar una dignidad cubierta de harapos? Si en lo posible y por excepción cabe que suceda todo esto, la regla será siempre la que vemos en la práctica: que la miseria física lleva consigo la intelectual, y la moral en parte.
Y al que es moralmente miserable, ¿de qué le sirven los recursos materiales suficientes y aun superabundantes? ¿No vemos al vicioso y al criminal inutilizar ó volver contra sí y contra la sociedad los bienes y las dotes que había recibido de la fortuna ó de la naturaleza? Igual ó superior á los que estaban al nivel común, ¿no ha descendido hasta los más bajos? ¿No le vemos rehusar el trabajo material y el del espíritu, ó incapaz de trabajar á fuerza de excesos ó por el hábito de la holganza? ¿De qué le servirá la igualdad ante la ley que le allanó los caminos de la fortuna, si él se labra su desgracia y es propio é insuperable obstáculo á su bienestar?
La miseria intelectual prepara también las otras: cierto que la honradez es compatible con muchos grados de ignorancia. Siendo el lazo moral el más fuerte y necesario para que los hombres puedan vivir asociados, y la moralidad la condición más precisa para su moralización, Dios ha provisto á esta imperiosa necesidad dándoles la intuición del mal y del bien y el libre albedrío para realizarle. Basta poca inteligencia para ser bueno y aun para ser justo; pero alguna se necesita, y más cuando se vive en un pueblo ilustrado. La vida social en parte es armonía, en parte lucha, y fácil es notar que nuestra existencia es utilizar armonías y triunfar de dificultades. Para lo que es armónico puede bastar lo espontáneo, lo intuitivo, lo que todo hombre cabal sabe sin aprenderlo; mas para la lucha se necesitan armas iguales, y no las tiene el que carece absolutamente de cultura en un país muy civilizado. La desventaja se gradúa; pero puede ser extrema y tal, que esta desigualdad lleve á otras, sin que haya más medio de evitarlas que evitándola.
El hombre embrutecido en un pueblo culto, recibe escasa remuneración por su trabajo; éste es más rudo, con frecuencia malsano, ó porque lo sea en sí, ó porque no se tomen las precauciones debidas para sanearle. El operario, ó lo ignora, ó se conduce como si lo ignorase, ya por descuido, ya por una especie de fatalismo, muy propio de la ignorancia, ya, en fin, porque otros están prontos á aceptar las condiciones que él no acepte, y la necesidad de vivir le impone la de recibir la ley económica, por dura que sea. Resulta que la inferioridad intelectual origina la física por el mucho trabajo, á veces malsano y poco retribuído, y en consecuencia, alimento escaso ó mala vivienda. Así se ha degradado físicamente la población de muchas comarcas, antes notables por su robustez y belleza, hoy débiles y con gran número de individuos deformes. No puede entrar en nuestro plan hacernos cargo de las causas todas que han producido tan deplorable efecto, que sólo hemos citado en apoyo de nuestra aserción de que una desigualdad grande en un elemento de los que constituyen el hombre influye sobre los otros y puede desnivelarlos.
Para que la igualdad que se defiende en los libros, se proclama en las Constituciones y se promulga en los códigos pueda ser un hecho social, es necesario que no halle desniveles tan grandes y tan generalizados que imposibiliten el equilibrio estable, el cual exige un mínimum de semejanza en el modo de ser de los asociados. Esta semejanza, hay que repetirlo, no basta que sea parcial; no ha de limitarse á uno de los elementos de la humanidad, sino comprenderlos todos, porque donde quiera que haya grandes masas de hombres en la miseria extrema, en la depravación suma ó en la ignorancia absoluta, se pretenderá en vano igualarlos con los que estén en circunstancias opuestas. Hemos dicho ó porque, según se ha visto, una inferioridad produce otras; es fuerza que arrastra ó virus que inficiona, y empresa ilusoria hacer independiente en el organismo social lo que en la naturaleza tiene dependencia mutua.
Así, pues, para que la igualdad se establezca en el derecho y la justicia es necesario que los hombres no se hallen en circunstancias que la hagan imposible por esenciales diferencias en lo físico, lo moral ó lo intelectual, y que paralelamente marchen los progresos económicos, los intelectuales y los morales.
Se preguntará, tal vez, si para establecer la igualdad en el derecho han de ser todos ricos, sabios ó justos. Responderemos recordando que la igualdad no es la identidad, sino aquel grado de semejanza suficiente al fin á que han de concurrir los términos de la comparación. Los términos de la comparación aquí son hombres, y lo que hay que investigar es la semejanza que basta para que en la sociedad se consideren como iguales.
Ya sabemos que los grados de semejanza necesarios para calificar dos cosas de iguales varían según la clase de ellas y objeto á que se las destina: con las personas acontece lo propio. Aplicando este principio á la práctica social, tal vez pueda auxiliamos para evitar errores ó, por lo menos, la confusión que les es muy propicia.
Un hombre cae herido en la calle; el agresor huye: cualquiera que pasa tiene aptitud moral y legal para restañar la sangre que corre de las heridas del primero y detener al segundo; es un acto humano y social, para el que son iguales el rico y el pobre, el sabio y el ignorante, el mayor y el menor de edad, el que está privado de derechos civiles como el que goza de ellos, y á nadie se acusará de haberse extralimitado al apoderarse del criminal y auxiliar á su víctima. Sométese el hecho á la acción de los tribunales, y la igualdad se limita: jurado y juez no puede ser el primero que pasa por la calle; se necesitan condiciones que la ley marca, y sólo los que las tienen son iguales para aquel objeto: lo propio acontece para dar dictamen facultativo y para servir de testigo. El círculo de la igualdad se limita en las funciones sociales á medida que éstas exigen condiciones que unos tienen y de que otros carecen.
Para asistir con fruto á una escuela de instrucción primaria no se necesita conocimientos previos; hay que saber las primeras letras para la segunda enseñanza, y tener ésta para adquirir la superior: la igualdad, que tenía una extensión casi ilimitada en la escuela, va reduciéndose más, á medida que se refiere á cosas más diferentes.
Un testador considera iguales, para testigos de su testamento, á todos los hombres, con pocas excepciones; pero ¡cuán diferentes le parecen para albaceas, y más aún si busca entre ellos al tutor de las tiernas criaturas que su muerte deja en la orfandad!
Podrían multiplicarse los ejemplos en prueba de que la igualdad en la práctica, conforme dejamos indicado en la teoría, es una cosa relativa y varia que exige diversos grados de semejanza.
Hay, pues, igualdad social, ó puede y debe haberla, cuando existe la de aptitudes, para el caso en que se establece la comparación; si no, no.
Existe el riesgo de chocar en dos opuestos escollos, que son: prescindir de la semejanza necesaria, y no hacerse cargo de la semejanza suficiente. Pretender que los hombres sin las condiciones morales é intelectuales indispensables para igualarlos sean iguales, ó negar que pueden serlo cuando tienen las que bastan, aunque no las tengan todas.
El orden físico, la igualdad suficiente para sostener la salud y vigor del cuerpo, no exige que todos tengan la misma clase de vestido, de habitación y de alimento, sino que ninguno carezca de ropas, de albergue y de comida. Lo necesario fisiológico es lo que basta para establecer la igualdad física, y nada importa que los manjares sean menos regalados, el traje más basto y la casa más reducida y modesta. El que no tiene hambre, ni frío, ni vive en una habitación malsana, es suficientemente igual al que disfruta de todos los refinamientos del lujo. La vanidad, la gula y la molicie podrán pedir mayores semejanzas; pero á la fisiología y á la higiene le bastan éstas, y no sólo habrá igualdad, sino superioridad física en los que tienen lo necesario respecto de los que disfrutan de lo superfluo, porque la sobriedad no suele ser compañera del mucho regalo. Que cada uno procure por medios honrados mejorar su posición material, y tener mayor desahogo y comodidades, no es vituperable, y aun laudable puede ser; pero que en el orden fisiológico se dé el nombre de necesidad á los caprichos, á las vanidades y á los apetitos indómitos; que se ponga por condición del orden social lo que no lo es del orden natural, y se considere como una desgracia ó como una injusticia la falta de igualdad completa en el alimento, el vestido y la habitación, errores son de gran bulto y fatales consecuencias. Aquel á quien no falta nada para robustecerse y vivir con salud, es esencialmente igual en lo físico á los mayores potentados, y probablemente superior á ellos, y la semejanza suficiente para establecer la igualdad en este punto la tienen todos los que no carecen de lo necesario fisiológico.
En lo moral, la igualdad la constituye el cumplimiento de las leyes y de aquellos deberes que, sin obligar legalmente, son moralmente obligatorios para todo hombre honrado. El que no perturba la sociedad con sus delitos, ni la familia con sus vicios, podrá ser mejor ó peor que otro, pero tiene la semejanza suficiente para ser declarado igual en todas las funciones sociales que no exijan más que moralidad. Administrará sus bienes ó los de otro, podrá ser tutor y curador, será apto para toda especie de contratos en las mismas condiciones que los más favorecidos, y su dignidad será respetada, y su palabra creída, y su testimonio hará fe. Cierto que en los millones de hombres que hay en estas circunstancias hay millones de diferencias; pero existe la semejanza bastante para que á ninguno se niegue aquella consideración y derechos que resultan de ser calificados de moralmente iguales para el fin que se propone la sociedad al clasificarlos. Las personales diferencias se tienen en cuenta para los casos especiales: cuando se necesita virtud, abnegación, heroísmo, no basta cualquiera; hay que buscar sobre el nivel común alguno que luche esforzadamente ó se inmole; pero en la generalidad de los casos no se exige á la de las personas más de lo que todos pueden y deben dar.
En lo intelectual se diversifican mucho más las diferencias por la división de trabajo; pero, prescindiendo de las aptitudes profesionales, artísticas, industriales y científicas, si los abogados y los ingenieros y los comerciantes se diferencian mucho entre sí, como hombres tienen muchas ideas y conocimientos comunes, que lo son también á otros menos instruídos. El que sabe leer bien aunque sea ignorante, leerá lo mismo que una persona instruída cuando sólo de leer se trate, y para pasar lista á una cuadrilla de obreros servirá lo mismo que el más eminente literato: lo propio puede decirse del que sabe escribir, aunque no sepa más, cuando es bastante este conocimiento, ó tenga el de la aritmética elemental, etc. En lo que se llama la masa del pueblo podrá no haber suficiente conocimiento del bien y del mal para hacer leyes, pero se le supone el bastante siempre que se la declara obligada á obedecerlas: no pueden en justicia ser igualmente obligatorias para todos si no son igualmente comprendidas en aquello que es indispensable conocer para obedecerlas. El primer jurisconsulto de la nación y el más rudo labriego tienen igual el conocimiento suficiente para saber que deben respetar la propiedad ajena, y con razón son declarados iguales ante la ley penal, y penados si la infringen. El ejercicio de los derechos civiles exige, no sólo cierto grado de moralidad, sino de inteligencia: al idiota ó al loco se le priva de ellos por incapaz del conocimiento necesario que tienen la inmensa mayoría de los hombres. Respecto á los derechos políticos, como la pasión suele mezclarse, no sólo en su práctica, sino en su teoría, no se ve tan claro cuándo el elemento intelectual no basta, y cuándo es suficiente; mas por difícil que sea investigarle, el hecho existe, y en este caso, como en todos, de la semejanza necesaria debe resultar la igualdad.
Aunque no lo notemos, la sociedad marcha en virtud, no sólo de necesidades y sentimientos semejantes, sino también de conocimientos, y sería imposible sin ellos. La ley que se promulga, el decreto que se da, la empresa que se organiza, el libro que se publica, el drama que se representa, la obra caritativa que se funda, parten de un conocimiento semejante, de un modo de ser intelectual bastante parecido y generalizado para que lo que se dice á un hombre sea inteligible para todos en grado suficiente. Sin esto, lo repetimos, la sociedad sería imposible, y una causa poderosa de desequilibrio y convulsiones sociales es el desconocimiento del grado de semejanza intelectual necesario para establecer igualdad, negándola cuando debía concederse ó concediéndola cuando debería negarse. Semejanzas y diferencias condicionan la sociedad humana, é importa mucho conocerlas bien para que las igualdades que se establezcan ó se rechacen sean consecuencias lógicas y estables, y no contradicciones pasajeras.
El mínimum de semejanza intelectual necesario para realizar la igualdad, lo mismo que el moral y el físico, no permanecen estacionarios, sino que caminan á medida que la sociedad progresa. Lo necesario fisiológico del hombre primitivo no basta para que viva el ciudadano: la ignorancia más completa puede pasar por sentido común, y aun por buen sentido en un país bárbaro, y no en una nación culta: un salvaje distinguido por su moralidad estará tan por debajo del nivel general en un pueblo civilizado, que con los mismos procederes que le hacían recomendable en su horda, irá á presidio. No hay, pues, que buscar en el arsenal de la historia armas que tal vez son inútiles, ni hablar de la naturaleza humana como de cosa eternamente idéntica y totalmente inmodificable. Cierto que el hombre sobre la tierra tiene condiciones de que no podrá salir nunca; cierto que no podrá respirar sin oxígeno, ni ser moral sin justicia, ni feliz sin amar alguna cosa; pero dentro de los límites que no podrá traspasar jamás tiene movimientos de bastante amplitud, y variaciones de bastante trascendencia, para que no se llame á la simetría inmóvil orden natural, y ley de la historia á reglas establecidas sin estudio suficiente de la naturaleza humana.
De los grados de semejanza que bastaron ó no en un país, no puede inferirse los que serán indispensables en otro que se halla en condiciones diferentes. Así, por ejemplo, donde la religión autoriza las castas y forma una con el sacerdocio, será necesaria mayor semejanza, mucho mayor, para establecer una igualdad cualquiera, que en el pueblo que llama á Dios padre y fraterniza en su amor, y no admite diferencias ante su ley y eterna justicia. En los que se hallan en este caso puede haber desigualdades enormes; se necesitarán á veces, para suprimirlas, no sólo semejanzas suficientes, sino superioridades indudables; pero esto será efecto de otras causas que neutralicen la influencia de la religión. Prescindiendo de su influencia ó de otra poderosa, podrán suponerse facilidades que no existen ó calificar de insuperables obstáculos que se pueden vencer; pero á pesar de contradicciones aparentes, siempre será un hecho cierto la influencia recíproca de los elementos físico, moral é intelectual, y que es inútil, cuando no hay la semejanza necesaria, decretar la igualdad, y peligroso negarla cuando existe semejanza suficiente.
CAPÍTULO II
¿QUÉ LÍMITE DEBE TENER LA DESIGUALDAD?
La desigualdad que está en la organización del hombre, es una condición de la sociedad; pero es condición humana querer justificar el abuso de las cosas con la necesidad de su uso, y exagerar hasta la injusticia lo que en su origen es justo. La desigualdad de las condiciones es necesaria, es buena contenida en ciertos límites, pero cuando los pasa es inicua y es absurda.
Cuando existe la esclavitud de la ley ó la de la miseria; cuando con éste ó con el otro nombre hay castas en la sociedad; cuando entre las clases se abren abismos que es imposible salvar, el filósofo que estudia el corazón humano observa cómo se envilece y se deprava, y el que estudia los fenómenos sociales nota la gran perturbación que en la sociedad se introduce.
Ya hemos visto en la primera parte de este escrito cómo se desmoralizan las clases cuando se aislan unas de otras, é inútil es advertir que el aislamiento es tanto mayor cuanto más grande es la desigualdad. A los desórdenes que una desigualdad exagerada, depravando los sentimientos, introduce en el mundo moral, hay que añadir los que llevan al mundo económico el lujo y la miseria.
No puede entrar en el plan de nuestra obra extendernos en consideraciones acerca de los males que en pos de sí llevan la miseria y el lujo, males de que, por otra parte, han hablado largamente célebres autores, tanto sagrados como profanos; pero no podemos menos de detenernos un momento á recordar una verdad que, por más sencilla y trivial que parezca, se desconoce y se niega por personas ilustradas en otras materias, á saber: el lujo de los ricos es siempre perjudicial á los pobres.
El lujo, dicen sus partidarios, es útil, sostiene la industria y el comercio. Suprimid los espejos de Venecia, los encajes de Bruselas, los jarrones de Sèvres, las alfombras rizadas, los dorados techos, los brillantes carruajes, las joyas de labor exquisita; ¿qué va á ser de tantos miles de familias como ganan el pan haciendo esas prodigiosas superfluidades? Ya lo veis: el lujo da de comer á innumerables familias, que sin él quedarían en la calle; el lujo es útil, ¿á qué declamar contra él? No somos declamadores, ni aun queremos dirigirnos al corazón presentando el horrible é inmoral contraste que ofrecen esas primorosas obras que, para contentar los vanidosos caprichos de la opulencia, salen de manos de la miseria; sólo queremos hacer notar que, cuando en medio de una familia hambrienta y desnuda vemos un objeto cuyo principal valor consiste en el ímprobo trabajo de sus individuos, un objeto brillante, preciosísimo, de una perfección fabulosa, cruel contraste con todo lo que le rodea, luz siniestra en un cuadro sombrío, insultador de dolores, provocador de iras, recuerdo constante de placeres y de goces, de que el pobre es desdichado instrumento, si la indignación y la lástima se elevan en nuestra alma, no es un afecto inmotivado; y meditando sobre aquella escena, no decimos como en presencia de otras tristes: «Está en el orden de las cosas», sino: «Está en la insensatez de los hombres».
El lujo es una inevitable consecuencia de la desigualdad de condiciones en un pueblo civilizado, lo sabemos; pero désele la sanción de la necesidad y no la de la consecuencia; dígase: «Es un mal inevitable»; y no: «Es un bien, y como tal debe fomentarse».
Veamos qué nos dice la Economía política de las ventajas que el lujo tiene para los pobres que trabajan en satisfacer sus caprichos. La humanidad es una gran familia; sus individuos se dedican: unos á labrar la tierra, otros á cambiar sus productos, otros á fabricar vestidos, etc., etc. Fijémonos en un grupo cualquiera, por ejemplo, el que está encargado de hacer camisas. Unos hilan y tejen telas ordinarias, otros medianas, otros finas, finísimas otros. Aquí se cosen camisas de munición, allá con más esmero; en otra parte se bordan, adornándolas con caprichos primorosos. Ved un día y otro, y una y otra noche, aquellas pobres mujeres perdiendo la vista y la paciencia, haciendo con la aguja labores como pintadas, sacando hilos que apenas se ven, pegando encajes. Ved aquel hombre que lleva una camisa que supone tres, cuatro, seis meses de trabajo; ved aquellos otros que no tienen camisa. El tiempo que se gasta en hilar y tejer y bordar aquella tela finísima que ha de cubrir á uno, hace falta para preparar la más tosca que debía cubrir á los otros: en la sociedad, como en una familia mal gobernada que no tiene más que lo preciso, cuando malgasta una parte de su haber en superfluidades, carece luego de las cosas necesarias. El valor de un objeto cualquiera no es, por regla general, más que la representación del trabajo que ha costado. ¿Cuántas casas modestas pueden hacerse con el trabajo que necesita un palacio ó con el capital, que es lo mismo? Y como el capital de la sociedad, dividido por el número de individuos que la componen, basta apenas para cubrir sus primeras necesidades, en la balanza de la economía social quitáis á lo necesario todo lo que añadís á lo superfluo. ¿Qué habían de hacer los que viven de las industrias que satisfacen el lujo? Dedicarse á las que tienen por objeto cubrir la necesidad. Mientras se borda una sábana, se pueden coser ciento ó mil, y así de las demás cosas. Es decir, que ese lujo tan ventajoso para la industria, aun prescindiendo de lo que desmoraliza, de lo que insulta, de lo que envanece y de lo que irrita, considerándole sólo bajo el punto de vista de la producción de la riqueza, es un gran perturbador de la economía social, que arranca los brazos á las tareas de la necesidad para dedicarlos á las tareas del capricho.
Habiendo admitido como necesaria la desigualdad de condiciones, y siendo el lujo su consecuencia, ¿por qué declamamos contra él? ¿Pero no se debe buscar ningún correctivo á los males que no pueden cortarse de raíz? En vez de poner diques á su fatal corriente, ¿deberá abrírseles ancho paso para que inunden la sociedad y la trastornen? ¿Es lo mismo que haya un desdichado ó que haya ciento, que corra una lágrima ó que una multitud de criaturas viertan el llanto de la desesperación? Arrojemos con triste silencio en la sima de la necesidad todas las víctimas que pide para llenarse, pero no arrojemos ni una más. ¿Es tan corto el tributo de dolores que la naturaleza de las cosas exige para que vayamos á aumentarle insensatos ó crueles?
La desigualdad de condiciones es justa porque es necesaria; pero allí donde acaba la necesidad acaba el derecho. Así, por ejemplo, es necesario que se respete la propiedad de los bienes legalmente adquiridos. Es necesario que se deje á su dueño la facultad de disponer de ellos en favor de quien le parezca; pero es absurdo que se favorezca la acumulación exagerada de la propiedad con leyes perjudiciales á la sociedad y que no están en la naturaleza de las cosas. Las leyes todas, ¿no deberían tener la tendencia altamente filosófica y moral de restablecer el equilibrio siempre que se rompe inclinándose la balanza del lado de la acumulación de la riqueza? No somos niveladores; nadie que haya seguido nuestro pensamiento podrá acusarnos de tales. Queremos eminencias en el mundo social, pero proporcionadas como las del mundo físico. Queremos montañas que atraigan las aguas del cielo y dirijan su curso sobre la tierra, pero no tan altas que no se pueda respirar en su cima y que nos roben la luz del sol.
Los límites de la desigualdad de condiciones están en la necesidad y en la justicia. ¿La justicia y la necesidad no son una misma cosa? La justicia puede no ser necesaria cuando el mayor número no la cree tal. Además, si el sentimiento de la justicia es eterno como innato en el hombre, su fórmula varía: la justicia de hoy no es la de hace diez y ocho siglos, como la del siglo XXX no será la nuestra. La fórmula de la justicia es el resultado de las ideas, y debe variar á medida que éstas cambian.
La necesidad que constituye el derecho de la sociedad, ¿constituye también el del individuo? Unos lo afirman, lo niegan otros, y los de más allá admiten el principio con esta salvedad: «En tanto que su aplicación sea posible». Y como las palabras necesario y posible son de una elasticidad suma, podremos entrar en discusiones interminables; veamos si por otro medio llegamos á ponernos de acuerdo acerca de los límites que la justicia impone á la desigualdad de condiciones, y hasta qué punto una necesidad puede constituir un derecho.
Casi todos los grandes errores son grandes verdades exageradas ó torcidas, y este origen, que hasta cierto punto los ennoblece en la esfera moral, los hace más peligrosos en la práctica. Un error que lo es por sus cuatro costados, digámoslo así, no es difícil de demostrar; pero cuando está emparentado con la verdad y enlazado con grandes principios de justicia, el problema se complica mucho. Los que afirman y los que niegan se mezclan en la lucha, y más de una vez el golpe dirigido á un contrario cae sobre un amigo. Luego, al ostentar los trofeos conquistados en el combate, se nota que el que se apoderó de la verdad arrastró, confundido con ella, una parte del error, y el que hizo presa en éste lleva unida á él una gran porción de verdad: algo de esto se nota en los que niegan y sostienen el principio de igualdad; sus errores están mezclados con verdades, y de ahí la dificultad de poner en claro los unos y las otras.
Imaginemos tres grandes hombres, por ejemplo: Hernán Cortés, Watt, Leibniz; y tres hombres vulgares: un soldado que sólo sabe manejar sus armas, un obrero ocupado toda su vida en mover una lima, un cajista que sin saber leer coloca maquinalmente las letras en el orden en que las ve colocadas. ¿Estos hombres son iguales? ¡Qué absurdo! ¿Y no habrá alguna circunstancia de la vida en que estos seis hombres sean iguales en alguna cosa y tengan derechos iguales? Veámoslo.
Debemos advertir á los fanáticos de la desigualdad, que vamos á presentar, como base de nuestro razonamiento, un ejemplo sumamente favorable para ellos. Ponemos enfrente la plebe y la aristocracia de la naturaleza, no la de la fortuna, mas, colocamos al genio educado enfrente del sentido común sin educar: no se dirá que esquivamos las dificultades.
Hé aquí nuestros seis hombres encerrados en una habitación, y ocupados según su necesidad los de abajo, según su aptitud los de arriba. De repente la composición del aire cambia en términos que se hace irrespirable; todos dejan sus trabajos, sienten angustias mortales, sucumben si no salen de allí. ¿Qué se infiere de esto? Que el conquistador de Méjico y el oscuro soldado, el gran mecánico y el ignorante obrero, el profundo filósofo y el que sin comprenderlos imprime sus pensamientos, tienen igual necesidad de aire respirable, y por lo tanto igual derecho á él. Esta concesión la haremos sin dificultad; hay aire respirable gratis por todas partes, y, no obstante, debemos ser muy cautos al hacer concesiones, porque la legitimidad de un derecho no está en la facilidad de satisfacerle, sino en su justicia: suponemos que, á pesar de nuestra advertencia, nuestros adversarios, porque probablemente los tendremos, conceden la igualdad de derechos respecto á la atmósfera.
Nuestros seis hombres se hallan en un subterráneo reducidísimo, con una pequeña abertura en la parte superior por donde apenas entra aire puro para el que está cerca de ella; los gases mefíticos descienden á la parte inferior y sofocan al desdichado que allí permanece mucho tiempo. Los tres grandes hombres, ¿tendrán derecho á excluir del aire respirable á sus compañeros, ó estarán en el deber de alternar con ellos en el bien de respirar libremente y en el mal de respirar con dificultad? Si los hombres eminentes son los más fuertes y emplean la fuerza en privar á sus compañeros de una condición de vida, con todo su saber y su mérito, ¿no nos parecerán miserables, mil veces acreedores á la suerte de los que inmolan? Parece que en esto todos debemos estar conformes, y que si antes quedó consignada la igualdad de derechos á la atmósfera, ahora deberemos añadir: en cualquiera circunstancia. Prosigamos.
Nuestros seis hombres reclusos se hallan privados de alimento por espacio de dos días; una mano amiga les proporciona manjares insuficientes para saciar su hambre voraz, pero bastantes á impedir que sucumban si los reparten con equidad. ¿Deberán distribuirlos en razón del mérito ó de la necesidad de cada uno? ¿Estará bien que Watt deje morir de hambre al obrero por saciarse con su ración, diciendo: «Soy el que ha creado la máquina de vapor»? Todos estaremos de acuerdo en que no. Por eso en un buque donde escasean los víveres, en una plaza sitiada, la media, el tercio, el cuarto de ración se da á todos igualmente conforme á su necesidad y no conforme á su categoría. ¿Qué quiere decir esto? Esto quiere decir que la sociedad, al menos la sociedad cristiana del siglo XIX, admite en principio que en un buque, en una plaza sitiada, mientras haya quien carezca de lo estrictamente necesario, ninguno tiene derecho á lo superfluo. ¿Y qué se hace de este principio cuando los hombres salen de un estrecho recinto para vivir libremente donde les parezca? Este principio, ¿no puede salir de los muros de una prisión, de la cubierta de un buque ó del recinto de una plaza? ¿Qué es el derecho? Un principio de justicia sancionado tácita ó expresamente por el mayor número. ¿Y la justicia varía en una misma época y en un mismo pueblo según la localidad? Pero se dirá: varía la situación, y no se puede aplicar la misma ley á casos diferentes. En las circunstancias normales, todo el mundo tiene aire para respirar y mercados abundantes donde puede proveerse de lo necesario. ¿Todo el mundo? ¿Y los que viven hacinados en una miserable buhardilla, en un húmedo sótano? ¿Y los que no tienen con qué comprar nada en esta plaza cuya abundancia es tan tranquilizadora para la sociedad? La miseria establece un bloqueo bien estrecho alrededor del miserable. ¿Qué diferencia existe entre el que no halla qué comprar y el que no tiene medios de comprar lo que halla? Una tan sólo: que para el primero debe ser mucho más fácil la resignación que para el segundo.
