Kitabı oku: «Ciudades vibrantes»

Ciudades vibrantes
Sonido y experiencia aural urbana en América Latina
©2020, Natalia Bieletto-Bueno (editora académica)
©2020, Ediciones Universidad Mayor SpA
©Por sus respectivos artículos:
Natalia Bieletto-Bueno, Guilherme Gustavo Simoes de Castro, Nicolás Masquiarán, Nelson Rodríguez Vega, Rodrigo Fonseca e Rodrigues y Alessandra Nardini, Estêvão Amaro dos Reis, Simone Luci Pereira y Martín Luis Moya, Alan Edmundo Granados Sevilla, Facundo Petit de Murat, Felipe Trotta, Juracy do Amor, Rosa Jiménez Cornejo, Mauricio Bieletto Padilla y Christian Spencer.
San Pío X 2422, Pisos 1 al 6, Providencia, Santiago de Chile
Teléfono: 6003281000
www.umayor.cl
ISBN: 978-956-6086-079
ISBN digital: 978-956-6086-062
RPI: 2020-A-7965
Dirección editorial: Andrea Viu S.
Edición: Pamela Tala R.
Diseño y diagramación: Pablo García C.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
info@ebookspatagonia.com www.ebookspatagonia.com
Índice
Introducción
Sonido y escucha en las ciudades latinoamericanas. Derecho a la ciudad, poder y ciudadanía
Natalia Bieletto-Bueno
I.Música, memoria e historia
Samba outsider: música, historia y territorialidades en São Paulo, Brasil, 1950
Guilherme Gustavo Simões de Castro
Yo pisaré las calles nuevamente. La música en las calles de Concepción como acción de resistencia política
Nicolás Masquiarán
II.Poder y ciudadanía
El break dance en Santiago de Chile. Auge y declive de un baile que incomoda
Nelson Rodríguez Vega
El rap como poética de la micropolítica: Proyecto Rima na Rua
Rodrigo Fonseca e Rodrigues y Alessandra Nardini
“Musicar” local y ocupación del espacio público: Playa de la Estación y el carnaval callejero de Belo Horizonte
Estêvão Amaro dos Reis
Música de calle. Comunicación urbana y etnografía multi-situada en dos países (Brasil/México)
Simone Luci Pereira y Martín de la Cruz López-Moya
Lucha y resistencia sonora. Funciones de la consigna y la música en las marchas de protesta en la Ciudad de México
Alan Edmundo Granados Sevilla
III.Comunicación acústica y conflicto en la ciudad
Prácticas sonoras y desplazamientos sensoriales entre los banderilleros del tren de la ciudad de Buenos Aires
Facundo Petit de Murat
Música y violencia en el transporte colectivo: Conflictos cotidianos en las metrópolis de América Latina
Felipe Trotta
El programa Música a un Metro. Santiago de Chile y el “orden” como lógica intrínseca de la ciudad
Natalia Bieletto-Bueno
IV.Testimonios
Música de la calle, etnomusicología comprometida: Otros caminos posibles
Juracy do Amor
Habitar la ciudad desde lo festivo-carnavalesco, reflexiones y experiencias sobre el oficio callejero del chinchinero(a), espacios públicos y carnavales en Santiago de Chile
Rosa Jiménez Cornejo
El Juglar de la plaza de Coyoacán en Ciudad de México
Mauricio Bieletto entrevistado por Natalia Bieletto-Bueno
El imperio de lo efímero: Testimonio de un músico callejero internacional
Christian Spencer Espinosa
Biografía de los autores
Introducción
Sonido y escucha en las ciudades latinoamericanas.
Derecho a la ciudad, poder y ciudadanía
Natalia Bieletto-Bueno
Este es un libro sobre ciudades, sobre la música y los sonidos que en ellas ocurren, pero sobre todo es un libro sobre las personas que hacen sonar, que escuchan, viven y sienten los entornos urbanos que habitan. Los ensayos aquí reunidos versan sobre cómo la música y el sonido nos permiten hacer y enriquecer nuestras vidas comunitarias en algunas ciudades de América Latina. Para debatir estos asuntos, centramos la escucha (no la mirada), en los sonidos que los habitantes de estas ciudades producen de manera deliberada en los espacios públicos. Los autores aquí reunidos reflexionamos sobre qué es el espacio público, sobre los modos en que las personas usamos la música y el sonido para construir y reclamar nuestro derecho a estos espacios y sobre cómo los sonidos y experiencias musicales en la ciudad nos construyen como comunidades y como sujetos también. Juntos examinamos el sonar de calles, plazas, transportes públicos y espacios “vacíos” y los entendemos como escenarios que propician acercamientos entre sujetos.
¿Qué hace que una ciudad se nos meta en la piel y nos haga suyos? ¿Cómo es que una ciudad, incluso cuando no es nuestro lugar de origen, logra insertarse en nuestros recuerdos y afectos? Probablemente la respuesta que se dé a estas preguntas nos hará remitirnos a las experiencias que nos regaló: a ciertas sensaciones en la piel, al viento helado y húmedo de su invierno, a su sol abrasador, a los colores de su otoño o los aromas de su primavera, al inexplicable perfume de su lluvia, al tipo de brillo y al color de sus paredes, a los sabores y olores que ahí encontramos. Todas estas sensaciones se asocian a su vez a situaciones determinadas y ligadas al transcurrir del tiempo, los días, las horas de la semana; porque también es cierto que muchos de estos recuerdos se forjan gracias a los pequeños rituales cotidianos que nos rigen: el café de una esquina, el pan crujiente de cierto local, la caminata por ciertas calles, el paseo con los niños o con el perro.
Las ciudades son formas materiales que acogen distintos estilos de vida, promueven ciertas interacciones entre sus habitantes y por tanto despiertan determinados afectos. Pero además de ser creaciones de los urbanistas, las ciudades son producto de un cúmulo de relaciones humanas. Retomando las ideas de Henri Lefebvre, podría decirse que la diferencia entre lo material y lo social es lo que configura la distinción entre la ciudad y lo urbano: “Antes que imponerse a sus habitantes como una obra ya concluida, lo urbano es una pieza en constante cambio que los ciudadanos crean de manera cotidiana” (1968, p.88). Las ciudades son producto de ideologías, son símbolos de aspiraciones específicas (por ejemplo, la idea de progreso o de civilización) y aunque esta dimensión simbólica sea de suma importancia, antes que sus idealizaciones mediante representaciones cartográficas, de sus instrumentalizaciones discursivas por parte de las clases gobernantes, de sus dimensiones ficticias y de sus usos como herramientas de dominación (Brinkman-Clarck, 2016), las ciudades son entornos materiales en donde nuestros cuerpos viven y nuestras vidas se desarrollan.
La posibilidad de desarrollar una relación de apego por un espacio, es decir, de convertirlo en un lugar (Kuri y Aguilar, 2006; Aguilar, 2011), está directamente relacionada con permitir que sus estímulos nos afecten. Estas formas de “tomarnos” que tienen las ciudades son posibles gracias a un conjunto de experiencias sensoriales que despiertan distintas emociones, sean estas positivas o negativas. De ahí que recientes estudios con orientación fenomenológica a la experiencia urbana destaquen la importancia de caminar las ciudades no solo porque así las conocemos mejor, sino por que así también nos conocemos mejor unos a los otros, así como a nosotros mismos (Tironi y Mora, 2018). Las ciudades, sus calles y espacios públicos como sitios de convergencia, nos confrontan a encuentros que pueden ser tan armoniosos como conflictivos. Gracias al carácter compartido de esas experiencias es que nos vamos dando cuenta del lugar que ocupamos dentro de una trama social que se desarrolla en un espacio común; es así también como nos confrontamos a nuestros propios deseos y prejuicios. “A medida que un lugar se siente, los sentidos se acomodan en el lugar y a medida que un lugar cobra sentido en nuestra conciencia, nuestros sentidos dan forma al lugar.” Aunque sin duda alguna la frase resulta mucho más poética como Steven Feld la formuló originalmente en inglés (“As place is sensed, senses are placed; as places make sense, senses make place”) (1996, p. 91), la idea de fondo llama la atención sobre la forma en que el entorno y el ser se constituyen mutuamente. Bajo tal aproximación fenomenológica al lugar, los sentidos nos dan un asidero al mundo, en tanto el mundo da forma a nuestros sentidos.
La perspectiva fenomenológica al estudio de lo urbano nos ha ayudado a comprender la importancia de nuestros cuerpos para recorrer las ciudades, sentirlas, apropiárnoslas y simbolizar nuestras experiencias senso-afectivas al habitarlas. Se trata de comprender la ciudad no solo como un enclave territorial, sino además como un “estilo de vida” (Zardini, 2012); como un proceso experiencial en donde las mediaciones corporales, tecnológicas, sociales y culturales que la ciudad sostiene, nos construyen como sujetos sintientes. Como lo expresó con claridad el arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa (2017), la ciudad es:
Un instrumento de significación existencial y metafísica, un intrincado dispositivo que estructura las jerarquías y la acción, la movilidad y el intercambio, la organización social y la simbolización cultural, la identidad y la memoria. Sin duda, como el más significativo y complejo de los artefactos humanos [la ciudad] controla y fascina, simboliza y representa, expresa y oculta. (s/p).
Los esfuerzos recientes para comprender cómo el cuerpo se desenvuelve en la ciudad y configura nuestras subjetividades han ocasionado un desplazamiento de la vista, a favor de considerar otros recursos sensoriales como el olfato, la piel, el oído y el gusto. En este empeño, el papel que juega la escucha no ha sido menor. El interés académico por comprender cómo las músicas y sonidos en distintos espacios urbanos ayudan a crear la historia e identidad de un lugar, se remonta a los años setenta. El desarrollo de estos estudios tuvo dos epicentros: en Norteamérica estuvo situado en la Universidad de Simon Fraser, en Vancouver, Canadá, con la implementación del World Soundscape Project, a manos de Murray Schafer y su grupo de colaboradores. En tanto, en el centro de Europa, el desarrollo de esta línea de indagación se debe a la labor de Jean-Francois Augoyard y la fundación del Centre de recherche sur l’espace sonore et l’ambiance urbaine (CRESSON), de la Escuela Nacional Superior de Arquitectura de la Universidad de Grenoble. (Domínguez y Zirión, 2017, p. 19) Así, el creciente interés por los sonidos en la ciudad que diera pie a lo que hoy denominamos “estudios sonoros” se ha multiplicado a fin de atender preguntas de muy diversa índole, muchas veces acomodando el concepto mismo de “paisaje sonoro” a las necesidades particulares de cada proyecto (Kelman, 2010). Lo cierto es que áreas novedosas del conocimiento tales como los estudios sonoros, las geografías críticas, los estudios sensoriales, la antropología y etnomusicología urbanas; o aquellas más establecidas en el tiempo como los estudios de comunicación, la historia y la sociología o la etnomusicología, han posibilitado interesantísimas convergencias para formular nuevas interrogantes sobre nuestra relación afectiva con las ciudades que habitamos, así como para valorar el papel que el sonido y la escucha juegan en el desarrollo de esa relación. Esta es la variedad de orientaciones que se reúnen en este libro.
El intenso proceso urbanizador que atraviesa la humanidad requiere de manera creciente del diálogo interdisciplinar así como de los saberes que aportamos desde la vivencia todos quienes habitamos las ciudades. A fines de los años sesenta, Henri Lefebvre, propuso la idea de “derecho a la ciudad” (1967), para referirse a las condiciones reales con las que contamos los ciudadanos para vivir nuestras ciudades, encontrarnos unos con otros y cambiar nuestros entornos según lo que en ellos necesitemos o deseemos hacer. El derecho a la ciudad nos confiere oportunidades para transformarnos unos a otros en el marco de las interacciones cotidianas que sostenemos en un hábitat común. De tal modo, si la disputa por la ciudad es finalmente un reclamo por el ejercicio de la ciudadanía, la capacidad que tienen el sonido y la música de conformar comunidades acústicas que vibran ante los mismos estímulos son los materiales senso-afectivos para el desarrollo y la interpretación de nuestra vida colectiva en la ciudad.
En nuestro empeño por interpretar la relación entre sonido y ciudad, los autores de los textos aquí reunidos no estamos interesados en reconstruir, describir ni caracterizar los paisajes sonoros de las ciudades que estudiamos, entendiendo estos últimos como una colección de características acústicas, supuestamente inherentes, de determinados territorios. Y aunque reconocemos los aportes de las geografías del sonido a la comprensión de los patrones de dispersión y distribución del sonido en el espacio, nos distanciamos de metodologías que buscan caracterizar los paisajes sonoros urbanos a través de mediciones, muestreos y caracterizaciones acústicas, incluso cuando estas sean cualitativas. Más que debatir los sonidos mismos mediante el análisis de sonoridades y su supuesta relación natural con determinadas localidades, lo que hemos puesto aquí bajo el micrófono analítico es, en primer lugar, los modos diversos en que las modalidades y estrategias de escucha de los habitantes de una urbe particular permiten construir relaciones específicas entre sonidos, localidades, historia, memoria, identidad cultural y sentido de pertenencia. Quizá más importante aún, nos convoca un deseo común por explorar la idea de una posible “agencia sónica” (LaBelle, 2019) de los actores sociales; es decir, las oportunidades que generan las personas para hacer sonar sus ciudades, cómo esos sonidos transforman el espacio en sus dimensiones acústicas, sociales, afectivas, físicas y perceptuales y cómo este tipo de agencia supone un ejercicio ciudadano y político. Como estrategia, compartimos el deseo de interpretar las formas de intervinculación social que el sonido fomenta cuando este ocurre en los espacios públicos de las zonas urbanas.
Como se hace evidente, el sonido no puede configurarse como tal hasta que alguien lo escucha. El oído ayuda a los sujetos a entender el espacio en que están escuchando. A medida que cada sujeto se escucha a sí mismo entiende, a partir de su experiencia aural, su posición con respecto a otras entidades circundantes. Necesariamente, tal orientación hacia la fenomenología de la percepción implica que, en lugar de entender la música como “figura sonora” recurramos a una idea de la música como una vibración que nos mueve y nos vincula. De ahí el título bajo el que se reúne esta colección. Las teorías vibracionales de la música (Idhe, 1976; Feld, 2007, 2013, 2015; Eidsheim, 2015; Gallagher, 2016), nos exigen reconocer dos premisas: que las distintas músicas, antes que ser prácticas y objetos culturales, son experiencias vibratorias que se captan con el cuerpo entero; y en segundo lugar, que solo a través de la cultura situada en el tiempo-espacio es que los estímulos sonoros pueden ser interpretados. Así, la cultura, la historia y las ideas vigentes son las que moldean las estrategias sensoriales, cognitivas y afectivas de las que echamos mano para entender nuestros mundos habitados.
Como decíamos antes, cuando nuestro hábitat es la ciudad, es nuestra escucha la que da forma al espacio sonante; ese espacio se hace ciudad en nuestros sentidos y esa escucha nos hace seres urbanos. Reconociendo la relación entre lo tangible y lo intangible, entre lo material y lo simbólico, entre la ciudad y lo urbano, también proponemos una reflexión sobre cómo las estructuras ideológicas, sociales y materiales que algunas ciudades albergan acaban dando vida y forma a géneros y prácticas musicales, así como a sus sonoridades endémicas. Los casos que ocupan nuestras reflexiones escuchan cuidadosamente algunas prácticas sono-musicales de las urbes, para entender no el comportamiento del sonido, sino las conductas sociales de las que surge o a las que induce. Este libro aborda la música como una práctica cultural, pero también como una práctica espacial y política. Considerando la dimensión sensible de la escucha, problematiza el sonido como una experiencia vibratoria y por eso como una forma de comunicación e interacción social. Para ello, analizamos prácticas musicales, pero no restringimos la escucha únicamente a estas; por el contrario, extendemos el problema de la experiencia aural a los sonidos, las protestas y los cuerpos que se hacen presentes en el espacio público, dotando al entorno de sonoridades, visualidades, movimientos y proxémicas que enriquecen la experiencia urbana. Entonces, si el sonido es una materia vibrante que nos acerca los unos a los otros, también exige reconocer que puede causar gozo así como conflicto. Los actores sociales a quienes en estos textos escuchamos incluyen a músicos callejeros, a bailarines, trabajadores en las calles, servidores de transporte público, usuarios de esos transportes, transeúntes y habitantes comunes. Si acaso las prácticas musicales o las formas de territorialización sónica de los espacios públicos pueden suscitar modos particulares de apropiación de las ciudades y nos inducen a desarrollar apego con los lugares habitados, también es cierto que las afectividades que la música y los sonidos en el espacio público despiertan, nos permiten construirnos como seres vivos primero y como ciudadanos después; es por ello también que pueden redefinir la relación que sostenemos con el Estado.
Acustemología y ecologías acústicas
Las categorías aurales que asignamos a los estímulos sonoros urbanos son elementos clave en el desarrollo de nuestra relación con nuestro hábitat tanto como en la configuración de la vida social en la ciudad. En tanto, los modos en los que escuchamos nuestro entorno no solo responden a las características que adquiere la onda sonora al viajar en un medio determinado, ni a los materiales que conforman el espacio en el que el sonido resuena; además, nuestras estrategias y modalidades de escucha están sujetas a las ideas dominantes en la cultura a la que pertenecemos, a las memorias e historias que compartimos con nuestros grupos más próximos.
Si por un lado la experiencia urbana en su integridad está determinada por los entornos materiales, los encuentros, las interacciones y las vivencias con las que nuestro hábitat nos provee, la dimensión aural de dicha experiencia nos acerca a los elementos invisibles de la ciudad, no por ello menos incidentes en nuestras psiques y afectos. Estudiar cómo la relación existente entre nuestros tránsitos por la ciudad y lo que en ella escuchamos afecta la configuración de los sujetos permite preguntarnos sobre la conformación de la experiencia urbana en su totalidad y qué es lo que esto significa en cada locación y momento específicos. Como también lo indican Domínguez Ruiz y Zirión desde la antropología (2017) “a diferencia de las sensaciones, la percepción no es una capacidad física, sino una facultad intelectual que toma como materia prima las sensaciones y las transforma en categorías racionales” (p. 11); en este proceso, la cultura es fundamental. En tanto, el cuerpo individual es también un cuerpo social, indican los autores, es la cultura, a través de sus esquemas institucionalizados de aprendizaje y disciplinamiento del cuerpo, la que configura nuestro “primer prejuicio del mundo”. Sobre tales esquemas historizados e institucionalizados es que versan gran parte de los ensayos en este libro.
A ello han de sumarse, además, las interconexiones que se gestan entre la escucha y el resto de los sentidos. Sin duda el término “acustemología”, propuesto por el mismo Steven Feld para asociar lo acústico y lo epistemológico, ha brindado las herramientas conceptuales que, en opinión del mismo autor, permiten entender en primera instancia la relación de un determinado sujeto con su hábitat y, en segundo lugar, el conjunto de relaciones entre las muchas entidades que habitan ese entorno (2007, 2015, 2017). Tales “ontologías relacionales” permiten, desde lo acústico, abrir oídos a una dimensión de existencia que conecta a los seres en un tiempo y espacio; en los intersticios de lo indefinido y también de lo indefinible.
La acustemología es una ontología relacional, ya que considera el sonido y el sonar como algo “situacional” “entre sujetos interrelacionados”; explora lo “mutuo” y lo “ecológico” del espacio sonoro y del conocimiento [sobre él] como algo “polifónico”, “dialógico” e “inconcluso” […] la acustemología escribe a la par, pero en contra de los paisajes sonoros, puesto que refuta la realización de analogías sónicas así como la apropiación de un “paisaje”, y lo que él implica en cuanto al distanciamiento de la agencia y percepción; [la acustemología] favorece las indagaciones que centralizan la escucha situada y su imbricación con el lugar y el tiempo-espacio (Feld, 2015, p. 13. Trad. de la autora).1
El por qué escuchamos atentamente solo algunas cosas y pasamos por alto otras, los modos diversos en que escuchamos, cómo clasificamos los diferentes sonidos asociándolos a distintas causas y entidades, son conductas que revelan tanto de nuestras culturas y posiciones sociales cuánto de los procesos sensocognitivos y afectivos que nos construyen. Si las relaciones que desarrollamos como los estímulos sónicos, nuestro hábitat y nosotros mismos es lo que subyace a la idea de “ecologías acústicas” (Westerkamp, 2000), entonces la idea de una ecología acústica está directamente relacionada con la preservación del equilibrio de un determinado ecosistema. No obstante, la noción de “ecologías acústicas” dista mucho de lo que algunos grupos ambientalistas perciben como una medida de valoración de la contaminación acústica o como una política pública para el abatimiento del ruido.
Una ecología acústica de las ciudades estaría entonces vinculada al poder de la música, el sonido y el ruido para demarcar espacios y organizar sociedades, formando patrones analizables de distribución sónica así como estableciendo relaciones entre las entidades sónicas presentes en las urbes, sean humanas o no. Como bien lo identificó Roland Atkinson (2007), una atención incrementada al sentido del oído en la ciudad ofrece una forma de decodificación del mundo urbano basada en estímulos que, aunque invisibles, son altamente significativos. Las formas de distribución del sonido en el espacio y el tiempo develan un orden invisible de las ciudades que tiene un relevante impacto en la experiencia y comprensión de lo social y lo cultural condicionando, por ejemplo, las distinciones que hacemos entre lo tecnológico y lo natural, lo antiguo y lo moderno, lo legítimo y lo espurio, lo aceptable y lo despreciable. Lo anterior no conlleva necesariamente que el sentido de la escucha sea preponderante sobre los otros sentidos, pero sí implica un descentramiento del sentido de la vista como instrumento predominante de análisis socio-cultural de lo urbano, de la esfera pública y de la política.
Espacio público y esfera pública aural
En este sistema de relaciones entre el espacio, el sonido, la sociedad y la subjetividad, la pregunta sobre qué es el espacio público es sin duda relevante, pues es ahí en donde debiera construirse vida común y donde los sonidos debieran ser expresión de libertad e igualdad; y ahí es donde la democracia debería también mostrar las formas acústico-territoriales que adquiere. Lo público, sin embargo, no puede ser solo una definición, pues no es algo que esté dado. En todo caso, lo público, es una práctica cotidiana, una diaria conquista. Lo público, como aquello de interés común y acceso igualitario desata necesariamente tensiones entre la ciudad que se desea, la que se disputa y la que termina siendo; tanto en lo material como en lo simbólico (Low, 2016 y 2006). Así, dentro de los marcos de análisis de una “ecología acústica urbana” el tema del espacio público es fundamental. Es ahí donde somos juntos, donde nos forjamos una opinión pública y donde nos hacemos sujetos políticos.
Cuando Ana María Ochoa-Gautier postuló la noción de la “esfera pública aural” (2006) proponía valorar el papel del sonido, mejor dicho, de la escucha, en la configuración de la vida social y luego de las subjetividades. Es decir, el modo en que determinados sonidos se controlan y distribuyen en el entorno social puede condicionar nuestras ideas sobre el mundo y sus entidades y, en consecuencia, ayuda a construir formas individuales y colectivas de participación social y política. A saber y siguiendo a Jürgen Habermas, la esfera pública es un territorio simbólico, material y colectivo donde uno puede forjarse una opinión. Por tanto, nuestra capacidad de sonar y escuchar, como explica Ochoa-Gautier, no solo se debe a un orden material que “pone” los sonidos en el espacio, sino además a las estructuras políticas e ideológicas que definen cómo la “labor aural” –es decir, los saberes, categorías y discursos sobre los sonidos y formas de escucharlos–, se distribuyen entre los ciudadanos. Esta labor de educación, que es a un mismo tiempo sensorial, afectiva e intelectual, enseña a escuchar, nombrar y categorizar las entidades sónicas; no obstante, cada uno de nosotros participamos en ese trabajo en forma diferencial. De tal suerte, la esfera pública aural implica un ejercicio diferenciado de formas de ciudadanía donde los sonidos, el espacio, nuestros cuerpos y el oído responden también a usos y espacios diferenciados. En el caso de la región latinoamericana, estos patrones de diferenciación se erigen sin duda sobre las bases de la matriz colonial (Quijano, 2000) que definió el orden material y socio-territorial que aun subsiste.
En sus inicios, en los años sesenta, la teoría urbana encabezó una crítica al poder, a las inequidades, injusticias y explotaciones de ciertos grupos sociales dentro y entre ciudades. Las actualizaciones más recientes de esta línea de pensamiento han apuntado hacia el modo cómo el sistema económico neoliberal global ha suscitado una precarización de las condiciones de vida en las grandes ciudades globales y uno de sus más graves efectos ha sido justamente la erosión de lo público (Ramírez Kuri, 2017). El tema de las disputas por los espacios públicos en las ciudades latinoamericanas ha sido abordado por ciencias sociales como la geografía, el urbanismo, la sociología, la historia o la antropología, solo por mencionar algunas. Algunas de tales críticas se han concentrado directamente en cómo las ideas en torno a lo público configuran las nociones que tenemos de ciudad, tanto como las experiencias que ahí desarrollamos, pues en esa convergencia se gesta nuestro sentido de ciudadanía (Berroeta-Torres y Vidal-Moranta, 2012). Similares consideraciones han merecido las formas perniciosas de privatización y comercialización del espacio que el modelo neoliberal suscita (Irazábal, 2008; Ramírez Kuri, 2017), así como las estrategias ciudadanas para contestar o revertir tales procesos (Ramírez Kuri, 2013; Carrión Mena y Dammert-Guardia, 2019). En cuanto a los estudios que desde la música y el sonido abordan el problema de las tensiones entre lo público y lo privado se encuentra sin duda la compilación publicada por Georgina Born (2013), volumen que, no obstante, no incluye ningúna autora o autor latinoamericano ni caso de estudio proveniente de esta región.
Sin detenerme a listar la vastedad de estudios que sobre el problema del espacio público en América Latina han sido publicados, me limito aquí a señalar que el “espacio público” sí fue un concepto convocante en este volumen. En la mayoría de los casos se partió de una noción intuitiva de lo público a fin de problematizar cómo el sonido puede despertar disputas por lo público/privado en el día a día. No obstante, si en una primera aproximación los casos estudiados podrían suponer poca ambigüedad con respecto al carácter público de los espacios que albergan las prácticas sonoras analizadas (se trata sobre todo de músicas y sonoridades que ocurren en calles y plazas de acceso libre, gratuito y cuya manutención proviene de los aportes que hacemos los contribuyentes), a medida que avanza el análisis, esas posibilidades de uso del espacio público y de convergencia social real, son las que se problematizan a la luz de políticas privatizadoras del espacio, así como de prácticas segregacionistas, controladoras o abiertamente represivas, avaladas o incluso fomentadas por el Estado. En todos los casos, lo que es proclive al análisis reside en lo que la misma Georgina Born señala como la capacidad del sonido de propiciar formas de “anidación de lo público en lo privado y viceversa” (2013). En dicho sentido, el postulado de Vikas Metha sobre la capacidad de la calle de fomentar encuentros entre personas alojando acciones de interés común y por ende como la “quintaesencia del espacio público” (2013), se somete aquí a un cuestionamiento a juzgar por cómo sonidos y músicas pueden trastocar las normativas, expectativas y vivencias reales de lo público y de lo privado.
Derecho a la ciudad y neoliberalismo
Como ha declarado en múltiples ocasiones David Harvey ante el modelo urbano que el sistema neoliberal impone, lo deseable es que seamos los ciudadanos –y no los agentes de la especulación inmobiliaria ni los aparatos del Estado– quienes propongamos y materialicemos las formas y usos que queremos para nuestras ciudades. En efecto, los movimientos sociales que por múltiples latitudes del mundo se han suscitado durante las dos primeras décadas del siglo XXI, y en especial desde el 2019, han reavivado antiguos reclamos los espacios públicos como un derecho ciudadano. Y ello ocurre porque en tales reclamos se dirime no solo el acceso a lo público (como un bien y como un recurso), sino además el derecho a ser juntos. La lucha por el derecho a la ciudad y la vida colectiva quedó claramente ilustrada con la masiva cena de Año Nuevo, que se celebró en la recientemente renombrada Plaza Dignidad de Santiago de Chile. Realizada en pleno auge de un movimiento social que desde octubre del 2019 ha denunciado un régimen económico abusivo y un gobierno autoritario, esta cena contestó el decreto del intendente Felipe Guevara que limitaba por la fuerza el derecho a reunión pública. Días antes, el control de la plaza se venía disputando entre el gobierno local y los manifestantes mediante el uso de vehículos lanza aguas, mutilaciones oculares y diversas acciones represivas por parte del cuerpo de Carabineros, quienes incluso llegaron a considerar el uso de armas acústicas para la dispersión de masas. La última noche del año, no obstante, músicos, bandas, bailarines y manifestantes en general, bailaron y festejaron la llegada de lo que anunciaban como una nueva era.