Kitabı oku: «Pensando Ulloa»

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BEATRIZ TABER · CARLOS ALTSCHUL

Pensando Ulloa



Taber, BeatrizPensando Ulloa / Beatriz Taber y Carlos Altschul. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014. - (Ensayos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-405-81. psicología. I. Altschul, CarlosCDD

Revisión Técnica: Verónica Bondorevsky

Ilustración De Tapa: Hermenegildo Sábat (Gentileza Del Autor)

Diseño: Verónica Feinmann

© Libros del Zorzal, 2005

Buenos Aires, Argentina

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo | 7

Justificación del índice | 11

Presentación autobiográfica y sus posibles adendas | 14

¿Qué hacer con todo lo que se sabe?

Osvaldo Saidón | 38

Silencio, silenciamiento

Carlos Altschul | 46

Al maestro con cariño

Sergio Rodríguez | 52

Don Pascual y los consejos al médico...

Gustavo Lipovetzky | 60

De la ternura a la crueldad

Beatriz Taber | 71

Grupos de familia: de la crueldad, sus linajes y coartadas

Ana M. Fernández | 83

Las otras generaciones desaparecidas. ¿Es lindo ser grande?

Victoria Martínez | 95

Ulloa y la transmisión del psicoanálisis. Reflexiones sobre la crueldad en el lazo social

Hugo Daniel Ruda | 103

El enmascarado no se rinde. Intermezzo clínico

Ana María Del Cueto | 114

Psicoanálisis y lazo social

Liliana Lamovsky | 120

Fragmentos de un discurso de hacedor

Graciela Guilis | 127

Los pasos de Ulloa

Cristián Varela | 131

Daño Psicológico. Consonando y resonando con el doctor Fernando Ulloa

Hernán Kesselman | 145

“Variaciones” sobre algunas ideas de Fernando Ulloa

Virginia Schejter | 156

El informe final

Aníbal Goldchluk | 162

Entre-Vistas Institucionales

María Susana Pérez | 171

Ana Zandperl | 171

La calle me protege. Sobre la numerosidad social, la crisis y la construcción de una red

Monika Arredondo | 177

Semblanzas de baquía. Mi aproximación a Fernando Ulloa

Daniel Sans | 187

¿La clínica en el galpón?

Francisco Ferrara | 204

El clinamen clínico de Fernando Ulloa

Gustavo Castaño | 215

Ulloa, un clínico nómade

Vida Rachel Kamkhagi | 225

Alerta Roja

Silvia Pipkin | 229

Un trovador y su genealogía

Diana Etinger | 232

Hay gente que es así...

Manuel Andújar | 241

Semblanza de un trayecto y sus matices

Nilda Prados | 253

La eutonía y Fernando Ulloa

Susana Kesselman | 256

La edad de la maestría. Charla con Fernando Ulloa

Entrevista realizada en Itapuá el verano de 1993

Urania Tourinho Peres | 263

Los últimos samurais

Emilio Rodrigué | 291

Fernando

Tato Pavlovsky | 292

Carta a Fernando Ulloa

Valentín Barenblitt | 293

Carta a Fernando

Carmen Lent | 295

Homenaje y homenajes,carta para mi padre

Prólogo

1.

Pensando Ulloa es una carta china, ese juego de azar que se inicia cuando uno cualquiera toma una hoja en blanco, escribe un renglón en la parte superior, dobla la hoja tapando solamente su propio texto y la entrega al prójimo para que éste haga lo propio y agregue el suyo sin ver el anterior, si quiere.

Ese juego sin reglas se interrumpe en cada paso y se extiende en la medida en que el próximo siga la ronda, invitado por la curiosidad de entender lo que convocó al otro, y se incorpore.

Ahora bien, como nuestro trabajo cotidiano se hace en el instante y es, por naturaleza, efímero, tratamos, con este proyecto, de dar cuenta de la aventura de pensar Ulloa sin traicionar ni la aventura, ni el pensamiento.

¿Cómo hacerlo? Debatir, acordar, ¿escribir? Conversamos mucho sobre la posibilidad o imposibilidad de transmitir el efecto Ulloa. Apostamos a la posibilidad.

Pensando Ulloa es así la colección de experiencias llevadas a la escritura de quienes, tocados por aquel efecto, dimos vueltas al asunto: qué hiciste con Ulloa, de qué manera impactó en tu formación, cuál aforismo suyo te tocó en qué momento y te sigue marcando, de qué manera sus ideas dieron lugar a las tuyas. En cada voltereta, el renglón, anotado con cuidado en esta circunstancia, reconoce aquella parte íntima teñida de cariño. De ahí el tuteo.

Fueron convocados quienes sabíamos habían trabajado con él en algunos de los diversos campos en que Ulloa se implicó. Cada uno produjo, a su más leal sentir y callar, las páginas que mejor lo representan. El denominador común que une los trabajos, por ello, es el reconocimiento del terapeuta al paciente, del profesor al alumno, del consultor al grupo, del individuo a la sociedad, cada uno de los cuales nos permitió hacer pensando.

Nuestra intención con este libro es ampliar el espacio de debate, no producir una antología, ni un reader, ni un estudio sistematizado, a los que otros darán forma. Somos conscientes de que aún falta: falta analizar críticamente sus aportes al psicoanálisis, al trabajo en derechos humanos, a los grupos, a la psicología institucional, a la cultura.

Pensando Ulloa es, así, camino al andar, una forma de reconocimiento a las enseñanzas. Irá siendo. Desde los inicios del proyecto entendimos que las primeras páginas anilladas, pensadas como una celebración a Ulloa, constituirían sólo el comienzo de un libro abierto, primer esfuerzo que despertara otros acercamientos. Pensamos en un work in progress, borradores de trabajo, dispositivos en ciernes, que surgirán, a voluntad, en la medida en que otros organicen seminarios, talleres, jornadas, presentaciones con agenda abierta y se recuperen trabajos anteriores, se desgraben discusiones, se reúnan nuevos aportes.

Para la escritura de los textos que aquí presentamos no hubo otra pauta que… escribir cada quien su texto Ulloa, posiblemente la mejor manera de mostrar el “efecto Ulloa”. De allí que este libro reúna textos de tan diversa índole. Esta única pauta, de libertad, dio origen a una diversidad de artículos, teóricos, poemas, reportajes, cartas, etcétera. Estos textos, productos “en libertad”, son mostración del “efecto Ulloa”. Corresponde a efectos de transmisión y enseñanza de un singular estilo, el de Ulloa. ¿Quién o qué es Ulloa? Un psicoanalista, sí, indudablemente sí; pero con la particularidad de haberse animado, sin desmentir su oficio, a intervenir en múltiples campos de la cultura. Estos artículos, en parte, reflejan tanto lo multifacético como prolífero de su hacer.

Por otra parte cada artículo también refleja al propio autor, en tanto el producto que surgió desde la pauta de “libertad” es que cada quien escribiera desde el sesgo propio. No resultó un libro de textos “sobre Ulloa”, sino que cada autor muestra cómo trabajaron en él conceptos, haceres o prácticas de Ulloa.

2.

Aquel “anillado”, escrito como presente al maestro, dio origen a Pensando Ulloa. Ahora bien, ¿cómo agrupar los artículos? Si como juego la propuesta era la carta china, si la única pauta para la escritura de los artículos era de libertad, y tratándose de una figura de intervenciones en numerosos campos de la cultura, no resultó una tarea simple definir un orden en los textos. La estructura del libro presenta:

En primer lugar los trabajos que toman conceptos teóricos de Fernando Ulloa, aquellos que debaten o reformulan sus ideas.

En segunda instancia están aquellos artículos que utilizan dichos conceptos para relatar intervenciones en la “numerosidad social”.

La tercera parte incluye artículos que, trabajando conceptos de Ulloa, simultáneamente dan una imagen de él, en su accionar clínico, sea del psicoanálisis o en la numerosidad social.

En la cuarta parte del libro está un reportaje a Ulloa, espacio de la primera persona, su “voz directa” y propia reflexión.

Por último el libro cierra con notas, cartas que nos aproximan una semblanza de Ulloa. Ellas testimonian lo que él genera entre pares, discípulos, amigos.

3.

Prólogo, segunda parte. Habíamos decidido incluir en este prólogo una pincelada biográfica de Fernando Ulloa, pincelada que tomó la forma autobiográfica, ya que él mismo es el autor de ella. Él nos propuso esta posibilidad, la cual nos terminó resultando la manera más pertinente de una inclusión en exterioridad de Ulloa, pensando Ulloa, pensando…

Beatriz Taber. Carlos Altschul

Noviembre 2004

Justificación del índice

La primera parte de Pensando Ulloa comienza con artículos que, desde la mirada de los autores, hacen un zoom en aspectos teóricos específicos planteados por Fernando Ulloa. Saidón se interroga sobre si Ulloa inaugura un género en escritura y transmisión del psicoanálisis; Altschul reflexiona sobre las violentaciones institucionales; Rodríguez parte de la estructura de demora; Lipovetzky se detiene en las condiciones de eficacia clínica; Taber transita un pasaje que va de la ternura a la crueldad. Los dos artículos siguientes centran su atención en la relación entre la crueldad y la niñez: Fernández, en el ámbito familiar; Martínez, en el social. El artículo de Ruda, con sus reflexiones sobre la crueldad y el lazo social, parte de conceptos de Ulloa y deriva al odio y al sadismo, centrándose en cuestiones propias del psicoanálisis. A del Cueto el relato de entrevistas en tiempo de la dictadura le permite detenerse en ideas de Ulloa sobre la represión, la encerrona trágica y sus efectos siniestros. A continuación, los dos siguientes nos acercan puntualmente al modus operandi del abordaje institucional: Lamovsky en relación con el lazo social y el malestar en la cultura en la actualidad; Guilis, en función de la postdictadura. El texto de Varela realiza una entrada teórica a Fernando Ulloa y continúa con un acercamiento a las cuestiones institucionales, atravesado por otros teóricos de la práctica institucional. Dos artículos que piensan la obra de Fernando Ulloa en función del propio aparato teórico y práctico dan término a esta primera parte, el de Hernán Kesselman desde lo teórico y el que versa sobre la propia práctica, de Schejter.

La segunda parte incluye artículos que, trabajando conceptos de Ulloa, los despliegan a partir de experiencias de intervención. Se inicia con el trabajo de Goldchluk sobre las cuestiones generales del abordaje de la numerosidad social de Fernando Ulloa, para ir cerrándose en planteos que son, gradualmente, más específicos: Pérez y Zandperl parten de una experiencia con residentes del área de salud en zonas de pobreza y despliegan herramientas teórico/prácticas; Arredondo, a partir de dos relatos, piensa la calle como espacio de exclusión; Sans enfoca en el abordaje de intervención en un hospital público de la periferia y Ferrara despliega las vicisitudes del vínculo entre el análisis institucional y la naturaleza del conurbano, esta vez atravesado por el compromiso político.

La tercera parte está constituida por artículos que nos dan una semblanza de Ulloa, trabajando conceptos y la práctica clínica psicoanalítica tanto como su concepción de la numerosidad social. Castaño, a partir del Ulloa clínico, piensa la clínica y el clinamen, “desviaciones” que no desmienten los fundamentos de una clínica singular como es el psicoanálisis; Kamkhagi lo vincula a la experiencia del exilio; Pipkin, en relación con el contexto actual; Andújar se detiene en el estilo de Fernando Ulloa; Etinger profundiza varias cuestiones relacionadas con la genealogía y la historia; Prados interroga el sentido de la profesión y sus vaivenes; Susana Kesselman aproxima las relaciones entre Fernando Ulloa y la eutonía.

En la cuarta parte, una entrevista realizada por Tourinho en Brasil, nos encontramos con la palabra de Fernando Ulloa, su discurrir en su propia historia, sus conceptos y su coda final, de “puño y letra”, en donde habla de sí mismo pero, de alguna manera, a partir también de sus consideraciones sobre Rodrigué.

La quinta parte está constituida por epístolas, cartas que festejan sus ochenta años. Rodrigué, su “alter ego”, según sus palabras: “los últimos samurais”; Pavlovsky celebra a su analista, y mucho más; Barenblitt adhiere a la celebración desde Barcelona; Lent recuerda gozosamente la amistad, celebración que explica y permea los diversos aportes, por fin Pedro Ulloa comparte con su padre interrogantes sobre los sentidos, o no, de los homenajes.

Presentación autobiográfica y sus posibles adendas

“Pensando Ulloa” es el título que los compiladores han elegido. Pensando, Ulloa. La coma con su pausa sugiere el ergo cartesiano que supone existencia. ¿Pensando, Ulloa? Una curiosidad que ahora interroga, resulta propicia para un bosquejo autobiográfico. Bosquejo hecho de antecedentes que en cualquier psicoanalista –pero aquí me propongo como sujeto– lo sea del humor, de la inclinación –palabra ésta tan afín a la clínica– con que se asume y sostiene nuestro oficio. Digo humor en el sentido fuerte con el que Esculapio pensaba las humedades vitales del cuerpo cuando confieren, como valor del espíritu, una manera de ser. ¿O fue Galeno, otro médico griego –varios siglos después–, el autor de aquellas humedades? Me inclino por Esculapio; la fábula cuenta que era hijo de Apolo y que en los templos levantados en su honor los enfermos dormían esperando que Asclepio –su nombre oficial entre los semidioses– les hiciera soñar instrucciones para los sacerdotes a cargo de la cura. Curioso antecedente para el psicoanálisis. ¡De modo que de aquellas humedades estos oníricos humores! Admitamos que las cosas no son claras; suele ocurrir con lo que viene de lejos, o al menos de la infancia.

El humor que aquí me interesa está más anclado a la cultura que al cuerpo, aunque el cuerpo cuenta. El poeta Alberto Girri bien lo expresa cuando dice: “¿No será lo corpóreo acontecer y no sustancia?”. Es que este humor –según lo entiendo– termina por ser una adquisición autobiográfica; una disposición que en el correr de los años se traduce, más que en ser, en “estar” psicoanalista con libertad de movimiento y pertinente inventiva; sobre todo en ámbitos y situaciones donde no cuentan encuadres y dispositivos clínicos comunes a nuestra práctica. En esas condiciones es posible que el psicoanálisis sólo atraviese al propio psicoanalista con beneficio para su clínica. Un atravesamiento que ha de volverlo atento no sólo a lo que se propone hacer o a lo que de él se espera, sino a lo que a él mismo le sucede. Esto último me lo arrimó, muy temprano, Thomas Mann, volveré a comentarlo. Aquí me recuerda que debo entrar de lleno en el bosquejo que me propongo. Abordando primero el tramo –algo atípico– de mi educación primaria y en esto me detendré. Al vivir en el campo, la elección fue un colegio público. Ya no estaba vivo Sarmiento, y en aquel colegio, manejado por una directora bastante fascista, definitivamente estaba muerto. Al cabo de unos meses, la alternativa fue un pequeño “colegio” con sólo un aula. Allí enseñaba, con artesana idoneidad, Elina Bidart. El estilo me era familiar por vía de mi madre, Elisa Faure, verdadera artesana en el manejo cotidiano de la casa y la familia. Completábamos el elenco, cursando en colectiva simultaneidad los distintos grados, una veintena de alumnos. La intención esencial apuntaba a que el de sexto enseñara al de quinto y al hacerlo aprendiera; que el de quinto hiciera otro tanto con el de cuarto y así hasta los primeros grados. En los dos iniciales –entonces había primero inferior y superior– la intención era la misma, pero con más atenta presencia de Elina, pues ahí comenzaba a gestarse la funcionalidad de esa invalorable experiencia de enseñar aprendiendo y al transmitir, practicar lo sabido. Invalorable en sentido literal, ya que en el transcurso de aquel aprendizaje nunca me detuve a pensar dónde residía su singularidad. De hecho porque era pequeño, pero además porque nací en plural –por ser mellizos con Roberto– y a esa pluralidad estaba acostumbrado. Debieron de pasar muchos años aún para que me familiarizara con la ideas de Montessori acerca de la memoria afectiva, una de las consecuencias de sistemas educativos en común como el que acabo de describir. Es posible que tampoco conociera estas ideas Elina Bidart; en todo caso asigno su estilo a su espontáneo talento. Otro tanto pienso de Herr Lukart, un maestro alemán, organista de la iglesia, que por la tarde completaba nuestra escolaridad en una suerte de vuelo cultural pertinente a nuestra edad.

Había cursado los dos primeros grados en el campo, por suerte bastante a campo. La suerte de jugar “leyendo” una escenografía campesina que anticipaba las descripciones de un libro, por cierto iniciático en cuanto a nuestras primeras letras. En esa escenografía a puro campo, operaba como director de escena el paisano don Juan Velásquez, hombre ducho en el arte de los caballos. De él aprendí y recibí mucho; recibí de Juan, entre otras cosas, mi primer título “honorífico”. En una ocasión, intentando sostenerme arriba de un caballo, un tanto “demasiado” para mí, escuché: “¡Ah mocito nacido arriba!”. Me creí la arenga y esta vez no me volteó aquel “demasiado”. Después del episodio o tal vez en otra ocasión me dijo prudente: “Tenga cuidado m’hijo que los caballos no van a misa”. Me valió la advertencia para no perder las riendas con otros “demasiados”, fuere en forma de caballos, de la clínica y sobre todo en los primeros intentos de habérmelas –en función de analista– con el campo social. Es así que un día escribí, en relación a estas prácticas, más o menos lo siguiente: “Acumulo unos dieciocho fracasos, pero siempre procuré reorganizar mi experiencia para volver a intentarlo. No soy el analista más buscado, sino tal vez el más encontrado porque siempre estoy –o estaba– dispuesto”. Con el tiempo y los comentarios advertí que lo que no conseguía en el nivel instituido, lo iba logrando con las personas. Ahí nació la idea de la numerosidad social, donde cuentan tantos sujetos como sujetos cuentan. El conjunto hace “malestar de la cultura”, tema central en estas actividades.

Cabe pensar, en lo que hace a estos recuerdos infantiles, cuánto habrá de registro directo y cuánto de leyenda. Seguro que ambas vertientes se entremezclan en esa memoria infantil que fundamenta mis reflexiones. Eran tiempos de la novela familiar, gestada en la infancia, donde la inventiva juega sus chances lúdicas para tomar revancha de la derrota –oportuna derrota– donde advertir que no se es causa sino sólo consecuencia del deseo de los mayores. El hecho es que los caballos fueron a lo largo de mi vida parte importante y placentera de mis juegos y de mi humor. No a la manera de Juanito, para meter otro Juan con historial freudiano, donde un padre implementa lo que la lucidez de Freud puntúa.

Por esos tiempos campesinos y con la ayuda de nuestros padres y de mi hermana María Elisa, avanzada en su escolaridad, nos fuimos introduciendo en la aventura de las letras, las palabras, y pronto las frases. La íbamos aprendiendo en un paisaje algo familiar a aquél en que José Hernández ubica a su Martín Fierro; éste es el libro preanunciado. ¡Cómo no leer y entender casi al instante aquello de: “… mientras tanto corcoveando pedazo se hacía el sotreta…!”, si la doma de caballos era escena cotidiana. Tal vez por eso, años más tarde, el Quijote entró en mí primero por Rocinante, después por el Caballero y Don Sancho o Sancho Pueblo, como dice Blas de Otero. Entró para quedarse. “Aquí yace un caballero bien molido y mal andante / a quien llevo Rocinante por uno y otro sendero”. No sé de quién es el supuesto epitafio, pero vino a mí muy temprano.

Con todo este bagaje ingresé tarde a aquel colegio monoáulico –ahora empleo el singular, pues si bien el mellizo era de la partida, estas notas sólo a mí me comprometen–. Pronto me puse al día; lo ilustra un episodio de infantil intrascendencia pero memorable en sus efectos. Un día, Coquita, a quien declaro mi mejor alumna, ella de segundo y yo de tercero, dirigiéndose a Elina dijo: “Señorita, Nito me mira”. “¿Cómo sabes tú que Nito te mira?”, dijo la sabia de todas las sabidurías. “Porque lo estoy mirando”, fue la respuesta boomerang de Coquita. “¡Ah!”, debo de haber pensado, curioso. “¡Con que he sido descubierto por mi descubrimiento!”

Desde aquella escena, seguro que con algo de recuerdo encubridor, comenzó a abrirse paso en mi entendimiento lo propio de la especularidad inherente a la mirada, que une y diferencia, no sólo los géneros como fue en aquel caso– sino además enseñar y aprender, conducir y ser conducido, escuchar y escucharse, amar y amarse. ¿Por qué no incluir el propio análisis mientras se conduce un análisis?

Visto desde hoy, pienso que fue la sorpresa –sostenida en esa grata curiosidad– lo que hizo natural, por así decirlo, el haber pasado sin mayor sobresalto de un aprender inicial tan a campo y agreste, a la íntima y minuciosa experiencia vivida en aquel recinto a la vez recoleto y abierto. No dudo que de allí proviene mucho de mi disposición a “estar” analista en la privacidad de la neurosis de transferencia, donde se juega de local. Como así también a estarlo con estatuto de visitante “a puro campo” público– en la numerosidad social. Local o visitante resultan pertinencias atentas a cada situación.

El secundario fue en Buenos Aires casi por una imposición adolescente de mi parte frente a la opción, más lógica por la proximidad, de cursarlo en Bahía Blanca.

Buenos Aires poseía para mí, sin que tuviera conciencia cierta acerca de ello, fuerte significado de futuro. Con los años se fue significando este sentimiento en relación con la historia de mi padre, Pedro. Con sólo 15 años, pocos más que los míos cuando me obstiné por Buenos Aires, Don Pedro había venido de España, según se decía por poco tiempo y por razones familiares de las que nunca habló, salvo lo que era historia a partir de su arribo. Al parecer, habría eludido a sus familiares en el puerto y se las habría ingeniado para llegar a la estación Constitución. Compró un pasaje hasta “Punta de Rieles”, extremo hasta donde estaba construido un ferrocarril con destino a Bahía Blanca. Ahí se quedó y formó familia en Pigüé, una zona próxima a aquella punta de rieles.

En Constitución ubico el vago recuerdo de una escena ocurrida al llegar, en familia, a Buenos Aires para que iniciáramos el secundario. En un momento dado –y a la manera de una bolsa de cereal– puse mi valija al hombro. No me es claro quién habló, si mi padre o yo, pero sí que hubo una alusión cómplice acerca de “ponerse al hombro a Buenos Aires”. Con los años, la práctica psicoanalítica y mi propia manera de entender la novela familiar, fui tomando en cuenta que los niños, apuntando a mayorcitos, construyen sus personajes imaginarios ensayando futuro. No sólo, como dice Freud, desde las características más apreciadas de sus progenitores, sino –y de manera prevalente– captando en el rostro, en fugaces gestos, en enigmáticos silencios, aquello que en los mayores ya no será un anhelo cumplido. Los niños advierten, con esponjosidad captativa, lo que aún titila nostálgicamente en esos rincones. Estoy convencido de que algo de esto hubo, con valor de no hablada empatía, en aquel vago y a la vez nítido recuerdo. Constitución resultó así un punto de cruce en nuestros destinos.

Del período del secundario sólo extraje un provecho formal en cuanto a estudios –que no es poco provecho– pero no mucho más que eso. Rescato sí un núcleo de amigos, algunos trascendentes en el tiempo y en el afecto. Los dos más importantes, diría amigos fraternos, fueron Manuel Porrúa, mi cuñado, y Oscar Sturzenegger, que ya murió “pero que aún nos guía”, como dice el tango. Hubo por supuesto un núcleo mayor de amigos, también con escenario cuasi único como ocurría en aquella aula del primario. Era el café “La Cosechera”, en Rivadavia y Callao. Propicio el nombre para cosechar lo amigo.

Los años, los oficios, algunas migraciones, nos fueron dispersando. También los amores y sus legítimas exigencias –fue así que Chichú entró en mi vida y yo en la de ella; también Pedro Luis, una amada consecuencia–. Recuerdo una última escena que a la postre me dolió mucho, tal vez porque marcó el final de una época. Luego de un golpe militar, coloqué boca abajo una baldosa suelta de la vereda. La colocaría al derecho cuando cayera la ultraderecha. Antes fueron cambiadas todas las baldosas, La Cosechera reciclada y su nombre desapareció para siempre. No desapareció la memoria viva de esa época que incluyo entre lo que voy cosechando.

Vuelvo a 1943, cuando comencé los estudios de medicina en la UBA. En ese año, una prima fugaz, a la que sólo habría de ver por unas pocas horas, me regaló El mundo de ayer, una autobiografía de Stefan Zweig. Este libro me abrió puertas, ventanas y grietas propicias a nuevas formas de pensar culturalmente el mundo en relación con mi vida. Conocía de nombre a Freud, pero en la página 330 de su libro, Stefan Zweig me lo presentó con emotiva, duradera e inesperada sorpresa. Lo hizo a través de tres austeras y admirables páginas escritas poco después de la muerte de su amigo, con quien compartía el exilio en Londres. Aquellas páginas calaron hondo en mí y llegaron a constituir una de las fuentes de mi vocación por el psicoanálisis. Comenzaban así: “Conocí a Segismundo Freud, espíritu grande y severo, quien como ningún otro ahondó y ensanchó el conocimiento del alma humana en nuestro tiempo (…) Su muerte no fue en menor grado una hazaña moral que su vida (…) y cuando los amigos hundimos su ataúd en tierra inglesa, sabíamos que le entregábamos lo mejor de nuestra Viena”. A poco volví a cruzarlo; esta vez lo acompañaba Thomas Mann, uno de sus amigos vieneses. Fue en el texto “Freud y el Porvenir”, conferencia que Mann pronunciara en 1936 en homenaje a los ochenta años de Freud. Se editó en Buenos Aires, en forma rústica, un año después. Aquel texto –junto con el de Zweig– resultaron mis primeras lecturas psicoanalíticas. De hecho no lo eran en el orden teórico, pero reconozco que las circunstancias en que las leí configuran una verdadera impronta cultural. De hecho gravitaron sobre mi humor en la práctica del oficio, de una manera distinta a lo que hubiera ocurrido con un inicio más directo propio de un esquema teórico del psicoanálisis.

Es así que nunca olvidé la frase con que Mann afirmaba en aquel homenaje, que por primera vez ha entendido la esencia del psicoanálisis a través de una frase escrita por un discípulo inteligente y un poco desagradecido con la doctrina. Se refiere a Carl Jung: “Resulta mucho más directo y evidente, en verdad más impresionante por su carga emotiva, observar lo que me sucede que observar lo que hago”. Ya he aludido al efecto que esta frase fue cobrando a través de los años. Efectos con valor de develamiento aún vigente, en relación con lo que entiendo como propio análisis. También en cuanto al valor de la posición de un analizante. Tal vez por esto me resulta de importancia –cuando escucho analíticamente– advertir en quien habla, cómo vuelve sobre lo que está hablando, quizá sorprendido por lo que acaba de escucharse. Cursé mis estudios en la Facultad de Medicina de la UBA. Los cursé en forma un tanto atípica, tal como había sucedido en el primario. Entre otras cosas porque privilegié algunos lugares. En primer término, el Hospital Público; era la oportunidad para explorar mi vocación por la medicina –y en todo lo que ella significaría en mi vida–. El otro lugar que cobró importancia fue la Biblioteca Nacional, por entonces en San Telmo, muy próxima a mi casa de estudiante.

Me recuerdo como un estudiante contento y comprometido con lo que había elegido, pero que iba a la facultad sólo lo imprescindible. Daba exámenes, asistía a algunas de las clases teóricas, pero no mucho más. También demoré –creo que a sabiendas– mi graduación. Desde el segundo año de la carrera ingresé como practicante en el Servicio de Transfusión que había montado el Dr. Agote Robertson en el Hospital Ramos Mejía. Agote era hijo de quien había puesto a punto la técnica de la sangre no coagulada. El alma de aquel servicio era la secretaria técnica, Asunción Porta. En ella volví a encontrar aquel saber sencillo, directo y artesanal que tanto había pesado en mi educación primaria. La transfusión de sangre implica una tecnología de fácil aplicación, pero en la que un descuido puede tener fatales consecuencias. Con frecuencia se enfrentan situaciones dramáticas como lo son en general las ligadas a la sangre. Gracias a esta práctica, fui adquiriendo destreza en los procedimientos asistenciales de un hospital. Ya más avanzados los estudios, pasé a ser practicante de una guardia clínica quirúrgica de emergencias en el Hospital Pirovano. Hice todos los escalones propios del practicantado: concurrente como “perro” –el escalón más bajo–, más tarde accedí al cargo de practicante menor, y finalmente, próximo a recibirme, practicante mayor y presidente de la Asociación de Practicantes. Nunca dejé de tener como horizonte aquel oportuno encuentro con Freud en los comienzos de mis estudios universitarios. Mi interés por la clínica, primero de linaje médico y siempre con un horizonte psicoanalítico, fue propicio para que mi intensa formación médica no obstaculizara aquella transferencia –de curiosidad y de trabajo– con Freud, a la que Zweig y Mann me habían aproximado culturalmente.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
26 mart 2025
Hacim:
321 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789875994058
Telif hakkı:
Bookwire
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