Kitabı oku: «Historias del corazón»

Ricardo Grus
Historias del corazón
Caminos hacia el infarto

| Grus, RicardoHistorias del corazón : caminos hacia el infarto . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-390-71. Narrativa Argentina. I. TítuloCDD A863 |
©Libros del Zorzal, 2009
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
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Índice
Prólogo | 5
Introducción
Los afectos que no se sienten devienen afecciones | 9
Capítulo 1
La recompensa que nunca llega | 13
Capítulo 2
La vida ideal inalcanzable | 21
Capítulo 3
Quien creyó que podía vivir con su ideología | 32
Capítulo 4
Toda su vida buscó amar y ser amado | 41
Capítulo 5
El incesto, la homosexualidad y el amor equivocado | 51
Capítulo 6
Es esclavo quien creyó ser dueño del poder | 138
Prólogo
Las enfermedades cardiovasculares son muy comunes. Todos tenemos familiares o amigos que las han padecido. Le dio un infarto, nos cuentan. Es parte de nuestro carácter tratar de explicarnos el motivo, que solemos atribuir a la disposición vengativa de los dioses frente a nuestra desobediencia y, hoy, más a los modernos pecados laicos de fumar, no hacer ejercicio, no cuidar la presión o el colesterol. Hemos aprendido también –desde una mirada más abarcativa– que la enfermedad no puede ser vista como un fenómeno separado de nuestra cultura y de nuestra historia de vida. Pero, ¿nos serviría conocer esta última para entender por qué acontece un infarto? ¿Tiene el infarto un significado?
El Dr. Ricardo Grus ha trabajado durante décadas junto a Luis Chiozza, y ha colaborado con su escuela en las investigaciones acerca de la problemática del infarto, grupo que ha hecho aportes notables a la comprensión del significado oculto en las enfermedades, permitiendo un entendimiento que habilita con mayor autoridad el abordaje técnico de la psicoterapia.
Adjudicar un significado a un problema de salud no es inocuo. Puede ser mal entendido o llevar incluso a daños inesperados. Susan Sontag ha militado activamente contra la liviandad en el uso de interpretaciones culturales o estigmatizantes de las metáforas vinculadas a problemas como la tuberculosis, el cáncer o el sida. En estas metáforas, quien los padece se lo merece porque ha pecado o por ser como es. Si bien sus planteos resultan útiles a la hora de cuestionar el contenido discriminatorio de esta mirada, la autora no repara en los riesgos de su postura. En primer lugar, observando en forma prospectiva, la enfermedad siempre cambia la vida de quien se ve afectado por ella; su realidad se rearma de acuerdo a ella y adquiere un nuevo significado. Y lo que es más relevante: nuestra vida no distingue entre mente y cuerpo con la nitidez de la fantasía que plantea la coexistencia entre un elevado espíritu contenido en un torpe cuerpo. Las investigaciones actuales muestran que nuestras emociones son absolutamente corporales; nos enojamos y alegramos con todo nuestro cuerpo, y nuestro lenguaje y relación con el mundo se construye sobre la base de nuestra experiencia corporal. Habitamos nuestras propias metáforas, como expresa Lakoff, que a su vez han sido construidas sobre la base de nuestro cuerpo-mente en el mundo. No hay quien dude de que la presión arterial sube con los enojos y las indignaciones, y en ese sentido un pico de presión adquiere un claro significado emocional y conceptual. Su comprensión nos permite avanzar en la posibilidad de aliviar nuestros sufrimientos y no enfermarnos.
En estos relatos de Ricardo Grus aprendemos a profundizar en las historias que se relacionan con los ataques cardíacos, necesariamente ricas y complejas. Si las enfermedades tienen un significado –y en el caso de los ataques cardíacos y los picos de presión esto es transparente–, averiguarlo nos serviría para atenuar su sufrimiento. Lejos del estigma, la comprensión nos acerca a la posibilidad de ayudar y curar.
La ciencia moderna explica mucho de las enfermedades, pero no puede ni nunca podrá explicarlo todo. Existen múltiples dimensiones que escapan al análisis bioquímico o tecnológico. Esa brecha ha intentado ser llenada por la denominada “narrativa de la enfermedad”: el relato de las historias de vida.
Las historias nos apasionan. No sólo las de las buenas obras literarias, sino también todo lo que nos abre al relato de la vida de los otros. Decenas de miles de personas siguen por Internet detalles nimios de la existencia de quienes dejan encendidas las cámaras 24 horas por día en su dormitorio o relatan en sus blogs hasta los detalles más triviales de su cotidianidad. Resulta curioso que el texto bíblico nos siga atrayendo con las historias de Adán y Eva, Caín y Abel, Noé, la mujer de Lot y las travesuras de sus hijas. Las interpretaciones han sido infinitas, pero pasan, mientras que los relatos permanecen con su fuerza original.
¿Por qué leemos los relatos de Ricardo Grus con apasionamiento? Al ser historias de vida “verdaderas” –no reales sino reconstruidas desde la verdad de la comprensión empática y con aportes de la propia vida–, superan el intento interpretativo y científico, en beneficio de una percepción diferente, una dimensión que se acerca a la descripción de Merlau-Ponty. Lo que su lectura genera no puede reducirse a una sola dimensión, como no puede traducirse en palabras una obra pictórica o una melodía. Se trata más bien de una comunicación verdadera con los otros, con los que somos parte de algo único.
Aunque el ataque cardíaco aparece de pronto, los cardiólogos sabemos que su historia se escribe desde los primeros años de vida, con modificaciones biológicas de las arterias del corazón. Los relatos de Grus, en este sentido, rastrean el porqué una anécdota adquiere la fuerza suficiente para estallar sobre una historia que la preanuncia o la espera.
La posibilidad que ha tenido el autor de este libro es privilegiada. En él, confluyen el conocimiento técnico de su disciplina y los aportes psicoanalíticos de avanzada en esta problemática, el don de una escritura seductora y cálida, y una vida dedicada al psicoanálisis desde un gran compromiso afectivo con los pacientes. Es desde ese compromiso que la interpretación de las historias se alejan de la estigmatización o la puntualización de los pecados imaginados, para arribar a la compasión y el afecto. No se trata aquí de alguien que mira desde lo alto al que sufre, sino de aquel que comparte la fragilidad del destino humano inscripto en un relato común.
Dr. Carlos Tajer
Buenos Aires, abril de 2009
Introducción
Los afectos que no se sienten devienen afecciones
Desde que comencé mi formación médica me llamó la atención y me despertó curiosidad la sensación de que las cosas –como las enfermedades– llevan consigo un secreto. Los conocimientos psicoanalíticos que aprendí de Freud me enseñaron que detrás de lo manifiesto se oculta lo inconsciente, de manera que pensé que lo mismo debía suceder con los síntomas orgánicos. El primer posgrado que cursé en el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática comenzó a llenar el vacío de representaciones que me angustiaba cada vez que me encontraba a solas con un paciente en mi consultorio. La formación obtenida luego en la Asociación Psicoanalítica Argentina colaboró con mi desarrollo. A ella se agregaron cursos, grupos de estudio y supervisiones, realizados con personas a las que considero mis maestros: F. Cesio, S. Aizenberg, J. Granel, V. Laborde, L. Chiozza, a quienes se sumaron con sus escritos y conferencias A. Garma, Arnaldo Rascovsky, Melanie Klein, Gregory Bateson y otros, colegas y pacientes, a los que mucho debo. Ellos forjaron el suelo que permitió mi evolución como psicoanalista. No puedo dejar de mencionar al gran filósofo Baruch de Spinoza, quien con su afirmación de que cuerpo y alma son una y la misma cosa, nos lleva a pensar que la vía de acceso a la enfermedad no es solamente física o material, sino también espiritual, a través de la comprensión del significado implicado por ella. Es posible, entonces, hablar con el paciente y también con su enfermedad.
Así fue como me interesé cada vez más por el significado de los trastornos orgánicos. A lo largo de todos esos años los trabajos escritos, en conjunto con los seminarios que dicté, me llevaron a algunas conclusiones: nada hay, nada sucede, que carezca de significado. El estudio del padecimiento –que para los pacientes son sus enfermedades somáticas– implica necesariamente buscar adónde se pueda lo necesario para pensar su comprensión. Para mí, la lección que Freud nos dejó es hasta ahora un modelo insustituible. Nunca tuve que volver a él porque sigue siendo mi lectura de cabecera.
A esto se agrega que Luis Chiozza, con quien compartí cuarenta años de trabajo, investigaciones, congresos y viajes, fue un maestro y un estímulo incesante. Su pensamiento sobre el significado de los trastornos orgánicos abrió un camino sumamente enriquecedor. Aunque ya hace un tiempo que no trabajamos juntos, mi agradecimiento y mi reconocimiento hacia él perduran.
Entre los trabajos de investigación realizados en cooperación se encuentra el significado de los trastornos cardíacos.1 A partir de esa labor formé un grupo con el que hicimos el caso Guillermo, que estudiamos minuciosamente. Luego de la supervisión del estudio patobiográfico, el grupo pasó a ser coordinado por L. Chiozza.
Mi interés por los pacientes que sufrían de enfermedades cardiovasculares, tanto como una imposibilidad de renunciar a mi vocación médica, llevaron a que me consultaran por pacientes –ya fuera en mi consultorio o internados en la unidad coronaria con infartos– que prometían una evolución difícil. Carlos Tajer, cardiólogo de ley, siempre me pidió que hiciera esas consultas. Un gran estímulo fue (y todavía lo es) la posibilidad de observar la ayuda que estas consultas ofrecían para el progreso del paciente.
Poco a poco comprendí que si bien el infarto es un acontecimiento agudo, la historia de vida que conduce a la crisis explica cómo se llegó a ese punto. A esa historia se agrega lo que sucede en la situación actual, vale decir, los significados inherentes al infarto; historia y presente se hallan en los relatos escritos. Aclaremos ahora que en la mayoría de los casos mi contacto con los pacientes se redujo a entrevistas que me permitieron reconstruir sus historias y escribir el cuento-narración-novela de la vida de cada uno de ellos.
El género “cuento” me permitió transmitir el espíritu con el que fueron escritos, destinados a aquellas personas que se interesan en las historias que explican los caminos que recorremos. Quizás porque pueden ayudar a pensar en la importancia que poseen los acontecimientos que forman parte de nuestras vidas, más allá de los factores de riesgo implicados. La frecuencia de las enfermedades cardiovasculares, la principal causa de muerte en Argentina, nos lleva a pensarlo así. Creo, con todo, que estas historias son médicas (en el sentido de que provienen del deseo de aliviar un padecer). En tanto se tratan de pacientes, la medicina incluye la búsqueda del significado de la enfermedad como un acto médico. Sin duda, todos los hechos de nuestras vidas se encuentran plenos de significado y aun cuando lo desconozcamos, el precio a pagar por esta ignorancia pesa sobre nosotros. Termino, entonces, retomando el título de esta introducción: “Los afectos que no se sienten devienen afecciones”.2
Capítulo 1
La recompensa que nunca llega
Marta y Julio habían huído de Rosario corridos por las carencias de todo tipo que los amenazaba con una pobreza sin esperanzas. Buenos Aires les brindaba al mismo tiempo un anonimato y una posibilidad –imaginaria– de salir adelante que no encontraban en su ciudad.
El mayor crimen que habían cometido había sido no afiliarse al partido gobernante porque los dos eran socialistas de fe profunda e irrenunciable. En su trabajo en la municipalidad eran reconocidos como eficientes. Allí se habían conocido. Enamorarse, casarse y embarazarse fue como un solo acto realizado en poco tiempo. Los puestos que ambos ejercían desaparecieron en la lucha política de las elecciones y no había con quién quejarse, los sindicatos eran del partido. Al sentirse amenazados y sin posibilidades de trabajar, juntaron sus pocas pertenencias, lo cargaron a Julián y partieron hacia Buenos Aires, a la casa de una tía de Marta.
Julián tenía en ese entonces tres añitos. Nadie se dio cuenta de la angustia que padecía viéndolos angustiados a sus padres. En aquellos tiempos, para los adultos, los nenes como no hablaban no entendían nada, no sentían ansiedades, no sufrían con las mudanzas, los cambios de casa o las carencias afectivas. También ahora sucede que los nenes pasan por muñecos portables en muchos hogares.
Las capacidades de Marta y Julio les permitieron encontrar trabajo sin que les pidieran el carnet de afiliados al partido, aunque ya, a esa altura, si era necesario, iban a mentir su devoción al General. Una cosa lleva a la otra y así la situación económica mejoró al punto de que pudieron empezar a ahorrar para comprar una casita a la que se mudaron con la tía Margarita que tan bien los había recibido cuando llegaron a Buenos Aires.
Con el paso del tiempo Julián, que siempre sonreía, creció mostrando una simpatía que todos reconocían, una alegría que ocultaba su sentirse obligado a contentar en primer lugar a sus padres, y más aún, a todas las personas que se acercaban a él. Así cursó la escuela primaria y fue sin discusión, unánimemente, el mejor compañero y un muy buen alumno. El colegio secundario fue un trámite con un destino marcado. Julián quería ser abogado para defender a los maltratados por las injusticias de los poderosos. Cualquier idea que lleve a pensar que esto tenía algo que ver con sus padres es pura causalidad. Los comentarios sobre este tema eran habituales en las mesas familiares.
Cada tanto viajaban a ver a los abuelos y a los tíos. Siempre era una fiesta el reencuentro. Los paseos por la costanera rosarina, cruzar el Paraná con los botes de sus primos hasta las islas de la margen de enfrente eran toda una aventura. A pesar de crecer en Buenos Aires, siempre sintió que Rosario era su patria chica.
En la Facultad de Abogacía pronto se encontró en el grupo de los que se destacaban. Competían entre ellos por la capacidad de recordar jurisprudencia o por la rapidez en buscarla cuando la necesitaban. Allí la conoció a Norma. Pensó que era su destino, ella también era de Rosario.
Recibirse, casarse e instalar el estudio en Rosario fue una sola decisión. Tal como habían hecho sus padres, era un hombre de resolver rápidamente las cosas de su vida.
Al principio trabajaban los dos juntos. Cuando nació Gabriel, Norma dejó de trabajar. Luego, año y medio más tarde, nació Mariela y dos años después Joaquín. Con esa familia no importaba trabajar quince horas por día y los sábados y domingos si era necesario (lo que sucedía frecuentemente). Se levantaba antes que los demás, se hacía el desayuno, almorzaba un sándwich y cuando llegaba a su casa, en muchas oportunidades, cenaba solo.Su estudio se transformó en uno de los más importantes de la provincia. Pasear por la orilla del Paraná lo ayudaba a pensar en los casos difíciles.
Una tarde de verano vio un barquito alejarse hacia las islas. Ése era su sueño. Un barquito en el cual poder llevar a su familia, ir de pesca, descansar. Se lo merecía. Tantos años de trabajo sin descanso, luchando y luchando por la familia y el prestigio.
No la vio entusiasmada a Norma con su proyecto. Tampoco a Gabriel y Mariela. Pero pensó que navegando se iban a motivar. Seis meses más tarde el único que lo acompañaba era Joaquín. En algunas oportunidades, escasas, encontraba a algún conocido con quien tomar un vino o un whisky a bordo. Norma quería quedarse en la casa para esperarla a Mariela, decía, a la vuelta de sus fiestas. Gabriel y Mariela se aburrían, no tenían nada que hacer en el barco. “Papá era egoísta. Se compró el barco en lugar de comprar otro auto para mamá, para ellos.”
Ese fin de semana largo Julián se ilusionó con la idea de pasarlo con Norma, en el barco, como cuando eran novios, que se quedaban en el departamentito de Buenos Aires. Hacían el amor al desayuno, a la siesta y a la noche. Inventaban comidas con el poco dinero que juntaban entre los dos. ¡Qué distinto que era ahora! Valía la pena el esfuerzo de ponerle el pecho a las dificultades para construir el prestigio, la posición económica y el bienestar de la familia.
El jueves a la noche estaban todos a cenar. Sus hijos, sus padres, sus suegros, que se llevaban a Joaquín a Buenos Aires y, además, una pareja de colegas, amigos íntimos de años. Cuando los chicos desaparecieron, cada uno en sus cosas, se le ocurrió, se le escapó decir en voz alta: “Este fin de semana lo vamos a pasar con Norma en el barco, ‘en una pequeña carpa un gran amor’”. Norma, a los gritos, enfrente de todos, le dijo que ese barco era de él, no de ella, que no le pidiera sacrificios, que bastante había hecho ya, que se aburriera solo, que era un egoísta que no tenía en cuenta el gusto de los otros, como le decían sus hijos mayores y que si quería pasar el fin de semana en el barco que lo hiciera.
A la mañana se levantó temprano. No había podido dormir, se sentía alterado. Se fue en silencio. En la marina compró un poco de pan, de jamón y queso, por si tenía hambre. Se sentía mal pero igual zarpó rumbo a las islas. No podía ordenar sus ideas. Se sentía desconcertado. ¿A quién echarle la culpa? A su esposa, a sus hijos. No podía, si nunca les había puesto límites, si siempre los dejó hacer lo que querían. A él mismo, tampoco podía. Había hecho lo que había creído que era mejor para todos. Pero qué denigrado, degradado se sentía frente a los que habían estado en la cena. Semejante situación con Norma en público. ¿Qué solución había? No la encontraba, pero era imprescindible encontrarla porque así no podía vivir. Esto era incalificable. La lucha de toda su vida se venía abajo.
Alcanzó a llamar por VHF, el radioteléfono del barco, para pedir ayuda. El dolor precordial era tan intenso que sintió que perdía el conocimiento. Pensó, no sabía por qué, “¡Ma, va fangulo!, me muero”. Cuando se recuperó se encontraba en el Instituto Cardiovascular. ¿Y ahora qué?
Lo llevaron a Buenos Aires para operarlo. Cuando lo anestesiaron cerró los ojos y se entregó a la muerte. Para su sorpresa, despertó de la anestesia y encontró los ojos de su esposa que no dejaba de mirarlo. Alrededor de la cama de la unidad coronaria, sus tres hijos lloraban. El cardiólogo, sonriente, le dijo que la angioplastía y el stent que le habían colocado dejaban la función cardíaca en muy buenas condiciones.
En pocos días volvió a Rosario. Su esposa no interrumpía sus disculpas y el pedido de que la perdonase. Julián, a cada pedido, pensaba: “Tuve que estar a punto de morir para que ella reaccione, igual no le creo. ¿Cuánto puede durar un pedido de disculpas que no es genuino? Sigo siendo el proveedor, para que ella no trabaje y se la pase tomando el té con sus amigas. Mis hijos son bacanes que no saben lo que es el trabajo. Y ningún reconocimiento, ningún agradecimiento. Está claro para ellos, los tres son iguales, hacen un grupo en el que yo no estoy, exigen, sienten, piensan que mantenerlos es mi obligación”.
Al cabo de un año, cuando nuevamente iba solo a pasear en su barco, se puso a conversar con la chica que atendía el kiosco del embarcadero. Era 23 años menor que él. Ella le preguntó: “¿Algún día me vas a invitar a pasear en tu barco?”. Julián, que era un gentleman, seductor, inmediatamente le respondió que sí y acordaron salir dos días después de que ella tuviera franco.
En su siguiente sesión del psicoanálisis que había empezado al volver de Buenos Aires, se encontró con una pregunta que lo sorprendió: ¿qué pensaba de esa salida y cuáles eran las intenciones de ese programa? Canchero y sobrador, disimulando la provocación de ella, haciendo parada frente a su analista, le respondió: “Como Ud. ha dicho, un programa con una pendeja es revitalizante, además es un buen ejercicio para el corazón”.
Los encuentros con Vanessa se hicieron más y más frecuentes. Julián se sentía cada vez más potente, tanto en la relación genital con ella, como en su trabajo. Con los abogados amigos se mostraba revitalizado y daba a entender que algo tenía pero sin aclararlo. La única dificultad era que Vanessa tenía novio. Julián igual se sentía con derecho. Había hecho tanto para nada por su matrimonio, equivocadamente, que ahora podía hacer algo para sí mismo, para gozar de la vida. Se lo merecía.
Un año después de verse cotidianamente, ella le dijo que su novio, Marcos, quería irse del país. Le había propuesto que se casaran y emigrar juntos a Brasil, donde había muchos negocios por hacer. San Pablo parecía una ciudad magnífica, en crecimiento permanente, donde vivía un compañero de la escuela primaria de Marcos que le había ofrecido una sociedad para comprar café y exportarlo a la Argentina. En Buenos Aires se podían comprar cordones de zapatos, porque era tan grande su producción, que superaba la de calzado. Quizás en un futuro instalaran una fábrica. De cualquier modo, si ella extrañaba, alguien iba a tener que viajar a Argentina para vender lo que Marcos imaginaba y para comprar lo que fuera necesario.
Ese día fue terrible. Vanessa le dijo que ella estaba dispuesta a dejar a su novio y quedarse a vivir con él. Julián pensó que siendo ella tan joven iba a desear tener hijos o vivir como una chica de su edad; él no podía ofrecerle nada de eso. Por otro lado, sabía, aunque no lo confesaba, y también se lo ocultaba incluso a sí mismo, que no estaba dispuesto, que tenía miedo de enfrentar un divorcio. Con lágrimas en los ojos, mientras ella lloraba desconsolada, se despidieron diciéndose, entre sollozos, el amor que sentían el uno por el otro.
La vida ya no volvió a ser como era antes de Vanessa. Una sensación de malestar acompañaba a Julián permanentemente. Las relaciones genitales con su esposa eran desteñidas, apagadas, muchas veces sentía que su mujer fingía un orgasmo que no alcanzaba. Julián tenía erecciones difíciles y frecuentemente no eyaculaba. Un dolor en la espalda lo llevó a consultar en el Instituto cardiovascular de Rosario. Cuando le hicieron una coronariografía se dio cuenta o se lo dijeron –no sabía muy bien si había sido un sueño– de que no tenía la vida comprada. Su terapeuta le había dicho que nadie tiene la vida comprada, por qué él tenía que decidir por la vida de Vanessa. ¿Acaso sabía quién se iba a morir antes? ¿Y los años de felicidad compartida que podían vivir? Julián no lo pudo soportar. Acusándolo de divorcista, suspendió la terapia.
Pero esas palabras retumbaban ahora en sus oídos, una y otra vez, en cada oportunidad que el vacío, la carencia de ternura, la ausencia de un trato afectivo sincero, lo invadían. Sintió que había sido un error no entregarse a la relación con Vanessa, a quien añoraba a cada instante, cada vez que pasaba por algún lugar en el que habían estado juntos. Así, evitaba cuidadosamente el kiosco del embarcadero. El fantasma de Vanessa llorando lo miraba desde allí reprochándole su falta de coraje.
La separación fue inevitable. Le habían dicho que hay un momento en el cual por más que uno quiera quedarse es imposible. Y así le sucedió. Retomó su terapia, en la que pudo renunciar a sus deseos de venganza, se dio cuenta de que era el odio y no el amor lo que le impedía divorciarse de su esposa. Se sintió con el permiso y el valor para hacerlo, dejándola a Norma en la mejor situación que estuvo a su alcance. Ese invierno fue más frío que el más frío de los inviernos de su vida.
El 21 de septiembre lo despertó el teléfono. No quería atenderlo. Un gesto automático lo llevó a alzar el auricular. Escuchó la voz de Vanessa como si hubiera estado soñando: “Julián, no puedo vivir sin vos. Quiero verte, abrazarte, besarte, amarte, desde el lugar que me dejes”. Media hora después, cuando ella llegó al departamento, sintió que lo invadía una alegría que creía haber perdido para siempre. “La mejor curación para mi corazón”, pensó, y se abrazó a ella sintiendo que era para toda la vida que le quedara por vivir.
Capítulo 2
La vida ideal inalcanzable
La soledad de la habitación de la unidad coronaria es más soledad. Es distinta. Los ruidos de los aparatos que me controlan, los cables a los que estoy conectado, el suero que entra en mi cuerpo y la enfermera que de vez en cuando cumple con el ritual de ponerse una sonrisa falsa, verificar si todo funciona bien y luego preguntarme: “¿Cómo se siente?”.
Medio dormido, medio despierto, los recuerdos parecen tomar forma, y la pared blanca semeja la pantalla de un cine en el que se proyectan sucesivamente como la película de mi vida.
Caminaba por Guanacache hacia la avenida del Tejar. La feria de Freire siempre me llama la atención. Los olores, los gritos de la gente que quiere ser atendida y los puesteros. Qué personajes los puesteros. El frío se me mete por los pantalones cortos y me cala hasta los huesos. ¿Cuándo me pondrán los largos? La avenida del Tejar es más peligrosa. Mamá, todas las veces que voy a la profesora de inglés, no deja de decirme: “¡Tené cuidado al cruzar Monroe! ¡Mirá para los dos lados!”. Luego Blanco Encalada. ¿Quién habrá sido Blanco Encalada? Olazábal parece un nombre más de persona.
La de inglés es una mujer grande, como de 60 años. Es inglesa. Como es grandota asusta, pero como es simpática dan ganas de verla. Sobre todo cuando me dice que yo parezco inglés por lo puntual. Toco el timbre a la hora justa. Y nunca dejo de hacer los deberes.
Ahí cerca está el colegio primario, el Pizzurno. Primer grado inferior, primero superior y segundo. No hay tercero para varones y mujeres. Me mandan al Casto Munita en la Plaza Belgrano. Los otros del barrio son de vagos, dice mamá. Lo mejor es que viajo solo en el tranvía. El 35. ¡Cómo me gustaría manejarlo! ¡La escuela es un aburrimiento! De tanto aburrirme me aparecieron piojos. Lo único que me interesa son las clases de inglés. La muerte de mi profesora es una noticia muy dolorosa, no puedo dejar de extrañarla. La nueva, Diana, no es inglesa, pero salió de un colegio donde parece que aprendió mucho. Lo más lindo son las piernas que tiene, me da vergüenza espiarla, pero a veces se le ve más arriba.
Dar sexto grado libre y el ingreso al Nacional Roca me hace sentir Superman, Batman y Misterix, todos juntos. De noche sueño que vuelo y que triunfo en el mundo entero. Para papá y mamá soy un genio y si ellos lo creen, yo también. Cuando voy a confesión el cura Miguel me dice que no es pecado, pero que sólo Dios está en todos lados. Yo creo que si alzo mi mano alguien la toca y debe ser Dios.
El secundario es difícil. No por lo que tengo que estudiar, eso es fácil, sino porque mis compañeros son más grandes que yo y me tratan mal. Para estar bien con ellos no tengo que estudiar, me tengo que hacer la rata y aprender a jugar al truco. Nunca más sentarme en la primera fila. En primer año me llevo tres materias. Segundo es peor: seis materias. Y el odio de la de matemáticas, que nunca me perdonó que le preguntara por qué cualquier número por cero es cero. Los llamó a mis padres para decirles que yo molestaba en clase. En tercer año me llevo otras tres. En cuarto ninguna y en quinto, Higiene. La loca me manda porque todos los demás se acercan para franelearla y yo no. De diciembre a marzo. Apruebo de casualidad.
El ingreso a Medicina es glorioso. Como dicen mis amigos cubanos, la oferta de mujeres nunca se acaba, pero el padre Miguel me dice que me espera el infierno, que elija a una mujer de buena familia, católica, que me ennovie, para casarme cuando pueda hacerlo.
Los domingos son días de misa y encuentro social. Este fin de semana conocí a María Cristina, la mujer que será mi esposa. Salimos ayer y ella me aclaró que si esperaba que ella fuera como las otras, que se entregaban a todos los hombres que conocían, más valía que no siguiéramos saliendo. Me dijo que era virgen y pensaba seguir así hasta casarse. Vos hacé lo que quieras pero si vamos a hacer una pareja bendecida por el Señor me gustaría que vos también seas puro para casarte. El padre Miguel me dijo que ésa era la mujer para mí, con todas las condiciones para hacerme feliz. Todo eso en la primera cita. Ella es mi destino.
Cursar Anatomía fue una señal, un impacto emocional, una conmoción, por ver en presencia un dispositivo, una estructura genial. Estar, como ahora, estudiando Fisiología refuerza en mí la creencia en Dios. Decir que el funcionamiento del cuerpo es una maravilla no le hace mérito. Cómo puede haber gente que cree que Darwin tenía razón, que la evolución natural es más cierta que la creación divina. Tanta magnificencia solo puede deberse a un arquitecto excepcional que está por encima de todos nosotros, a Dios. Si yo siempre fui religioso esta cursada me hizo más creyente que nunca.
¡Qué anciano que está el padre Miguel! Gracias a él y a sus conversaciones mi fe se hizo cada vez más sólida. Mi mano, si llego a ser cirujano, va a estar guiada por la mano de Dios.
Las revoluciones, los golpes de Estado, la inflación, me generan una angustia, una sensación de catástrofe, un miedo renovado día tras día. Me quedan dos materias, Neurología y Neurocirugía. Me recibo en diciembre y nos casamos en marzo. No quiero seguir viviendo así, con esta incertidumbre, no quiero construir una familia con este clima opresivo.