Kitabı oku: «Un golpe brutal»
Título original: The Smack
© Richard Lange, 2017.
© de la traducción: V. M. García de Isusi, 2020.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO661
ISBN: 9788491876212
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
Agradecimientos
Notas
PARA KIM TURNER
Tengo tantas cosas que decirte...
o puede que una sola,
pero inmensa como el mar,
como el mar, profunda e infinita...
La Bohème, acto IV
Aquí tienes un dólar, mamá. Un dólar ganado bajo la lluvia. Aquí tienes un dólar, mamá. Un dólar ganado bajo la lluvia. Es un dólar de los buenos.
Un dólar ganado con esfuerzo.
MANCE LIPSCOMB
Rocks and Gravel Makes
a Solid Road
1
Rowan Petty valoró las alternativas. Podía ver el partido de los Packer en su habitación o abajo, en uno de los bares del hotel. El casino incluso tenía una sala de apuestas pequeña y soporífera con cinco televisores en los que transmitirían el partido. Era el día de Acción de Gracias, así que le apetecía cambiar de escenario. Se estaba volviendo un poco loco después de haber pasado la última semana encerrado en una suite diminuta, colgado del teléfono mientras miraba por las enormes ventanas que iban del suelo al techo lo que quedaba de la franja de Reno y las colinas nevadas que había más allá. Estaría bien dar un paseo y tomar algo que no fuera el café del hotel.
—¿Señora Carson? ¿Qué tal está? Bien, bien, me alegro mucho. Me llamo Bill Miller y soy el vicepresidente del Departamento de Crecimiento y Beneficios de la empresa minera Golden Triangle. Tengo entendido que habló usted ayer con el señor Bludsoe, mi socio, ¿no es así? Estupendo. La cuestión es que el señor Bludsoe me ha comentado que está usted interesada en recibir más información acerca de las acciones que estamos ofreciendo actualmente y, si tiene dos minutos, me gustaría hablarle de ellas. Genial. La cuestión es la siguiente: nuestros ingenieros han encontrado hace poco un depósito descomunal de un mineral de alta densidad en nuestras minas de Perú y, por lo tanto, por tiempo limitado, estamos ofreciendo a un grupo selecto de inversores la oportunidad de unirse a nuestro negocio minero, en expansión por todo el mundo. ¿Qué le parece?
Era todo mentira, claro. No había veta, no había mina. Lo único que había era una página electrónica muy lograda, y papel de carta y sobres muy caros. La base de la estafa la componía una cuadrilla de borrachos y heroinómanos sin techo de Miami que llamaban, cada día, a cientos de números al azar en busca de personas tan crédulas o que se sintieran tan solas como para morder el primer anzuelo. El nombre de esos gilipollas se lo pasaban a Petty, cuyo trabajo consistía en tirar del sedal, para lo que les prometía un veinticinco por ciento de beneficio libre de impuestos al tiempo que intentaba extraer tanta información personal como fuera posible: cuentas bancarias, tarjetas de crédito, el número de la Seguridad Social, etc. Todo el que siguiera picando después de aquello le llegaba a Avi, que cerraba los tratos y le enviaba a Petty el diez por ciento de lo que hubiera conseguido que invirtieran.
A Petty no le gustaba estar tan abajo en el escalafón. De hecho, lo consideraba humillante, en especial porque había sido él quien le había enseñado a Avi cómo dirigir una estafa igual que esta cuando el tipo aún vendía droga puerta por puerta y lo único que le preocupaba eran los granos que le salían en la cara. Por aquel entonces, Petty tenía veinticinco años y vivía en Nueva Jersey. Llevaba desde los quince buscándose la vida y había ganado lo suficiente de varias estafas como para que a su esposa y a su hijita no les faltase de nada y permitirse unas pocas extravagancias de esas que distinguen a los seres humanos de las bestias.
Un amigo de un amigo había llegado con Avi un día y le había pedido a Petty que ayudara al chaval. Petty había hablado con él y el chaval le había parecido espabilado, así que lo acogió bajo el ala, le enseñó los tejemanejes del negocio y lo dejó que metiera el hocico en una estafa de primera en la que andaba metido por aquel entonces. Supuso que aquello sería bueno para su karma.
De vuelta al presente, quince años después, resulta que Petty se queda colgado en Sacramento con un timo inmobiliario que no ha salido bien. Se dirige a Reno con la intención de recuperar sus pérdidas en las mesas de póquer, pero su coche revienta nada más cruzar los límites de la ciudad. El mecánico le dice que le va a costar mil pavos que vuelva a arrancar. Petty no tiene una buena racha. Busca entre sus contactos y ve el nombre de Avi. Decide llamarle para ver en qué anda metido y si hay un hueco para él. Pero ¿qué le dice el tipejo ese? «Puedes dedicarte a llamar y soltar el rollo, eso es lo mejor que te puedo ofrecer».
¿Soltar el rollo? ¿El mismo trabajo que Petty le había dado a él hacía no sabía cuándo? Aquello era una afrenta, pero, al mismo tiempo, lo comprendía. La ley de la selva es la ley de la selva: a nadie le importa una mierda un perdedor. Marcó otro número, se aclaró la garganta y empezó una vez más con la perorata.
—¿Señora Fedor? Feliz día de Acción de Gracias. ¿Qué tal está?
Apenas había comenzado con la presentación cuando el señor Fedor se puso al teléfono y empezó a increparle, a decirle que debía de ser un verdadero gilipollas para intentar colársela en un festivo. Petty cortó al tipo, que seguía con la bronca, y pasó al siguiente número de la lista. Antes de que llegara a marcarlo, le sonó el teléfono, pero el suyo personal, no el de prepago que utilizaba para trabajar.
Era Don O’Keefe, Don el Dandi, que había sido amigo del padre de Petty. Lo último que Petty había oído de él era que había caído muy bajo antes de verse obligado a pasar un tiempo en la sombra. Petty se planteó dejar que la llamada fuera al buzón de voz, pero le picaba la curiosidad.
—¿Diga?
—¿Rowan?
—Don.
—Me han dicho que estás en Reno.
—¡Ah!, ¿sí?
—Sí, ¿y sabes qué?, que yo también. Ahora vivo aquí.
—Ah.
Don se dio cuenta de lo cauteloso que se mostraba Petty.
—Vale, vale, quieres que te diga quién me ha dado el soplo, ¿verdad? La cuestión es que he llamado a Avi por un asunto que tengo entre manos y me ha dicho que no podía abarcar más, pero que quizá tú estuvieras interesado.
Petty se levantó de la cama y fue a la ventana. La tarde, encapotada, estaba yendo a peor y, abajo, en la calle mojada, una figura solitaria se encorvaba para protegerse del frío y marchaba resoluta hacia su destino. Petty tocó el cristal con un dedo y se quedó mirando la huella que había dejado. Avi no hacía favores, así que eso de que hubiera avisado a Don tenía que ser una broma. Sin embargo, Petty no quería colgar al anciano. Después de que su padre los hubiera abandonado, Don había cuidado de Rowan y de su madre. Les daba cien pavos de vez en cuando y llegaba con comida y se aseguraba de que los pagos del gas y la electricidad siempre estuvieran al día. Petty le debía, por lo menos, una pizca de respeto, así que siguió al aparato.
—Yo también estoy servido, pero tengo un minuto.
—¿Por qué no quedamos?
—¿No me lo puedes contar por teléfono?
—Es mejor que lo hablemos en persona. Te invito a una copa y te lo cuento.
La desesperación que a duras penas se ocultaba en el tono de voz de Don apenaba y asqueaba a Petty.
—¿Hoy? —dijo Petty.
—¿Por qué no? —contestó Don—. Vivo con mi hija..., y no me vendría mal descansar un rato de esos críos. Hablan a gritos. ¿Será culpa de la tele?
—Pues no lo sé.
—Cenamos a las siete, ¿quedamos a eso de las cuatro y media?
Petty se alojaba en el hotel del casino Sands Regency. El sitio estaba a dos manzanas al oeste de Virginia Street, donde se concentraban la mayoría de los casinos del centro de Reno. Dado que la noche costaba la mitad que en otros hoteles de Virginia, que las habitaciones estaban limpias —aunque deterioradas— y que el personal tenía buena disposición, el Sands les gustaba a los jubilados, a los viajantes, a los adictos a las tragaperras y a los amantes de los casinos con poco dinero para apostar. El casino satisfacía a un público local, al que atraía con bebidas baratas y con cinco dólares para jugar al blackjack en mesas con tapetes desgastados. Entre las opciones para comer, el hotel ofrecía una cafetería decorada como en la década de 1950 que ofrecía desayunos especiales las veinticuatro horas del día, un «asador italiano» pretencioso que servía raciones generosas y los viernes, un bufé de marisco típico de Carolina a diez dólares con noventa y nueve centavos.
Petty se había alojado en sitios mucho peores, dado que había tenido que ir saltando de hotel barato en hotel barato desde que, hacía seis meses, el banco hubiera embargado el edificio de apartamentos de Phoenix en el que vivía. No obstante, había algo en el hecho de que se viera atrapado en el Sands en aquel momento de su vida que le pesaba y le hacía pensar que iba por el hotel con aire de rey destronado y humillado. Hacía poco que había cumplido cuarenta años y era incapaz de dejar de darle vueltas al tema cuando veía las quemaduras de cigarrillo de la estridente colcha de poliéster, mientras cenaba un perrito caliente de un dólar, cuando se lavaba los calzoncillos en el lavamanos o cuando le colgaban el teléfono viudas de Des Moines.
Si aquella mala racha era temporal, vale. Tampoco es que fuera la primera. Lo que le preocupaba era que aquel parón fuera peor que los demás, que se le hubiera acabado la suerte. Porque, no nos engañemos, uno no tiene oportunidades ilimitadas. Es cierto que todos tenemos algún traspié de vez en cuando, pero, los traspiés, con la edad, se curan más despacio y dejan grietas..., grietas por las que acaba filtrándose la poca suerte que te queda.
Como en el caso de Don O’Keefe, por ejemplo. Hacía diez años, Don era el operador por excelencia. Estaba en lo más alto, le caía pasta de media docena de timos diferentes. Ahora, en cambio... ¡Joder! Las cosas habían empezado a irle de mal en peor después de que su esposa falleciera. La había amado con toda su alma y aquella pérdida lo había vuelto descuidado. Don había llenado el gran agujero que había dejado la mujer con alcohol, había pasado las horas solitarias apostando y, al final, le habían echado el guante en Seattle por un estúpido timo de la estampita y había pasado ocho meses en la cárcel del condado de King. Don el Dandi, el que no había pasado ni una noche en comisaría. Desde entonces, no había levantado cabeza. Llevaba seis meses en la calle y no conseguía que le saliera nada. Setenta años y viviendo de sobras, de lo que dejaban los peces gordos. Los antiguos socios lo ponían a parir y se cambiaban de acera cuando lo veían venir. Nadie quería mirarle a los ojos. Nadie quería pillar lo que fuera que tuviera.
Petty brindó por el pobre desgraciado con la primera copa de la tarde. Lo hizo porque él mismo estaba tirando de sus últimos cinco mil dólares y, si aquello era todo, el final de los buenos tiempos, quería que, por lo menos, hubiera alguien que brindara por él mientras lo recordaba en la cresta de la ola.
Estaba sentado en el salón Jackpot, su bar preferido de entre los tres del Sands y que atendía una vieja vaquera escuálida de horrenda sonrisa. Para compensar, la mujer llevaba el pelo, pelirrojo y brillante, cardado e iba maquillada como si hubiera pasado por unos grandes almacenes y la hubieran maquillado para intentar venderle una tonelada de mierda que, en realidad, ninguna mujer necesita. Petty y ella habían intimado, la mujer lo llamaba «Rowan» y él la llamaba «cariño». Petty deseaba de corazón que la mujer tuviera a alguien en casa que la hiciera feliz —un gato, un programa de televisión preferido.
Después de hablar por teléfono con Don, Petty se había duchado y afeitado, se había secado el pelo y palmeado un poco de colonia Armani de noventa pavos el bote. Unos vaqueros elegantes, una camisa de vestir y una chaqueta de cuero. No se ponía anillos en el meñique o cadenas de oro, como los macarras; él prefería que fueran su reloj y sus zapatos los que hablaran por él. El Submariner que llevaba era falso, y a sus Bruno Maglis empezaba a notárseles que tenían unos cuantos años, pero ambos estaban más que bien para Reno. Había tenido cuidado con la bebida en cuanto empezó a trabajar para Avi porque quería tomarse el trabajo en serio, así que el primer sorbo de Black Label le supo a gloria. Paladeó el whisky antes de dejar que bajara despacio por la garganta. Feliz día de Acción de Gracias de los cojones.
—¿Vas a querer pavo para cenar? —le preguntó la vaquera.
—Si he de serte sincero, nunca me ha gustado mucho el pavo. Es una tradición y todo eso, lo entiendo, pero prefiero un buen filete de ternera.
—Me recuerdas a mi padre. Solía decirnos: «¿Sabéis por qué los colonos comían pavo? ¡Porque no tenían KFC!».
—Debía de ser un tipo divertido.
—Si tenemos en cuenta que era un miserable borracho... ¿Has oído hablar del pavopatopollo?
—¿Qué es eso?, ¿un pavo dentro de un pato y, a su vez, dentro de un pollo?
La vaquera se rio y dejó a la vista sus dientes mellados y torcidos.
—Al revés, un pollo dentro de un pato, dentro de un pavo.
—¡Ah, vale, eso tiene que estar mucho más rico!
Petty se giró en el taburete para examinar el casino. Como era festivo, estaba más lleno de lo normal a las tres de la tarde. Los jugadores que ocupaban las mesas del blackjack que tenía delante aullaban y abucheaban al crupier, pero no eran más que una panda de capullos. Jugaban una partida de cinco dólares con un solo mazo, lo que podría estar bien, dado que las probabilidades de ganar a la banca siempre eran mejores con un mazo que con el clásico «sabot», o dispensador de cartas, ¿no? Pues no. No cuando el pago por un blackjack en una mesa con un solo mazo estaba seis a cinco en vez de al habitual tres a dos, que era lo que lo cambiaba todo.
Un jugador con veinticinco dólares y una estrategia básica en una mesa de tres a dos con un zapato que contuviera ocho mazos solía perder once dólares con veinte centavos a lo largo de ochenta manos. En una mesa con un solo mazo pero que estuviera seis a cinco, perdería veintinueve dólares.
A lo largo de los últimos años, los casinos de todo el mundo habían ido cambiando, poco a poco y en silencio, las mesas de un solo mazo a esta versión del juego y, aunque lo que se pagaba estaba impreso en el fieltro, los incautos que llegaban para pasárselo bien el fin de semana se sentaban de todos modos y entregaban al casino esa pasta que tanto sudor les había costado ganar, lo que suscribía el viejo dicho de que las mesas de un solo mazo estaban donde tenían que estar.
Petty no tenía nada en contra de sacarles un poco más, pero, en este caso, la estafa era tan descarada que hasta a él le molestaba. No eran necesarias ni habilidad ni profesionalidad. No era necesario tener huevos. Los cicateros de la industria del juego estaban aprovechando el hecho de que los jugadores ocasionales acostumbraran a aferrarse a la sabiduría popular en vez de hacer números. Petty no tenía claro quién le tocaba más la moral, si los don nadie corporativos que repartían cartas en las mesas o los que se sentaban a jugar y dejaban que los desplumaran con impunidad.
Le dolía la cabeza de pensar en aquello. Llevaba una semana respirando únicamente el aire reciclado del hotel, y el apestoso humo de los cigarrillos, la desesperación y la desilusión se le habían pegado a los huesos como un cáncer. Con la esperanza de preservar la tímida chispa de ánimo festivo que había conseguido encender en su corazón, apuró el whisky y se apresuró a la salida.
2
Petty sintió el mordisco del frío en cuanto salió a la calle. Se encogió y buscó la cremallera de la chaqueta. A pesar de haberse subido el cuello y de haber metido las manos en los bolsillos, aún temblaba. No tenía ropa adecuada para aquel clima, pero es que su primera intención había sido trasladarse a un sitio más cálido.
La nieve plumosa que había empezado a caer iluminó la nieve a medio derretir del día anterior. Copos delicados caían sobre los coches abollados y las camionetas embarradas que había en el aparcamiento del Sands y se enredaban en las pestañas de Petty. Petty odiaba la nieve. Odiaba el hielo. Aquella antipatía provenía del miedo a resbalarse; miedo que, de hecho, había empezado a convertirse en una fobia. La mera posibilidad de dar un traspié lo ponía muy nervioso. No es que le preocupara hacerse daño si se caía, le inquietaba más el ridículo que pudiera hacer; no soportaba que se rieran de él. Subió por la calle Cuarta en dirección a Virginia vigilando cada paso que daba.
Un coche pasó muy despacio a su lado, con los faros ya encendidos. Aún faltaban dos horas para que anocheciera, pero parecía que fuera mucho más tarde. Las nubes oscurecían la luz del sol y la nieve amortiguaba el sonido, mientras que el gris e implacable avance de un invernal anochecer prematuro intensificaba la sensación melancólica que producían las luces de neón del casino que tenía delante.
La calle estaba llena de moteles viejos, la mayoría de ellos con puertas y ventanas entabladas. Los pocos que seguían en marcha, aunque a trancas y a barrancas, alquilaban habitaciones por meses o por horas con intención de captar a cualquier tipo de cliente. En la entrada de coches del hotel Rancho Sierra Motor había una negra alta y delgada con una gabardina rosa y unos tacones de vértigo. Quería hacer ver que estaba hablando por teléfono, pero levantaba la vista y sonreía cada vez que pasaba un coche. Tendría unos veintiuno o veintidós años, tenía los labios carnosos y los dientes grandes, y llevaba una peluca rubia que hacía que pareciera famosa. Petty le devolvió la sonrisa cuando la mujer dio un paso adelante para bloquearle el camino.
—¿Cómo estás, cielo? —le arrulló la mujer.
—Muy bien —contestó él—. ¿Y tú?
—Helada. ¿Te gustaría hacerme entrar en calor?
La mujer se abrió la gabardina y Petty se fijó en que llevaba un top con la bandera de Estados Unidos de América y unos minúsculos shorts vaqueros. Con aquel tiempo. Una fortaleza digna de admiración.
—Resulta tentador —respondió Petty.
—Pues venga, déjate tentar. Date un capricho el día del Pavo.
—¿Y si el capricho te lo doy yo a ti? Ven, que te invito a una copa.
—¿Para qué perder el tiempo? Tengo una habitación aquí al lado. Podríamos entrar en calor enseguida.
—Es que yo soy de la vieja escuela. A mí me gusta coquetear primero.
—¿Coquetear? —repitió la prostituta con cara de «pero ¿qué coño...?»—. Te das cuenta de que estoy trabajando, ¿no?
—Claro, pero también sé que las leyes de Nevada te dan derecho a parar para tomar un café.
—¡Ja! ¡Qué gracioso! Me gustas, Vieja Escuela.
La mujer tecleó un número en su teléfono móvil y se volvió para hablar en voz baja con quien fuera que hubiera respondido a la llamada.
Petty esperó. Cambiaba el peso del cuerpo de un pie al otro. Sentía debilidad por las prostitutas. No por las enganchadas a la droga o por las siniestras que odian a los hombres, sino por esas que tienen las ideas claras y que consideran la prostitución un trabajo más. Había conocido a unas cuantas putas muy inteligentes a lo largo de los años, damas que se las sabían todas.
—Te llamo cuando acabe —le dijo la prostituta a su interlocutor, que siguió hablando hasta que, de pronto, le soltó—: ¿Es que no te das cuenta de que no te estoy escuchando?
Y colgó.
—No quiero meterte en problemas —le dijo Petty.
—Aún no ha nacido el guapo que me mangonee —le contestó la mujer antes de cogerlo del brazo y atraerlo hacia ella—. Tienes unos ojos muy sexis, ¿lo sabías?
—No tanto como los tuyos. Ve con cuidado con el hielo, ¿eh?
Por mucho que le disgustara la nieve, Petty tenía que reconocer que ver nevar era realmente bonito. Se fijó unos instantes más en cómo caían los copos por entre lo que quedaba del día mientras caminaba junto a la prostituta hacia los casinos y se preguntaba si de verdad todas las personas serían diferentes o si aquello no era sino otra de las chorradas que a uno le soltaban de pequeño.
La prostituta se llamaba Tinafey.
—Como la blanca esa de la televisión, pero en una sola palabra —le explicó.
Petty no le preguntó cuál era su nombre de verdad. No había por qué. Se sentaron a una mesa en el bar del Silver Legacy, donde un tipo al piano cantó una canción de los Beatles primero y, después, algo de Neil Diamond. Tinafey pidió Kahlúa y café.
—Lo mismo —le dijo Petty a la camarera.
—¿De dónde eres? —le preguntó Tinafey a él.
—¿Te refieres a dónde nací?
—Claro.
—Nací en Detroit, pero nos mudamos en varias ocasiones. —Petty siempre les contaba la verdad a las prostitutas, porque eran capaces de calar una mentira a la legua—. Mi padre era jugador y mi madre, la esposa de un jugador.
—Pobrecito...
—Seguíamos a mi padre allí adonde lo llevara la suerte. Un par de años aquí, un par de años allí... Chicago, Las Vegas, Atlantic City... Montó un casino ilegal durante un tiempo en Filadelfia...
—¿Te gustaba eso de mudarte tanto o lo odiabas?
—¿Qué más daba? Era un niño. A nadie le preocupaba lo que yo pensara. Mi padre nos abandonó en Florida y se largó con una vendedora de Mary Kay. Debió de ser por el Cadillac rosa.*
—¿Y qué tal saliste?
—¿Habiendo crecido así?
Petty se encogió de hombros y barrió con la mano un poco de ceniza de cigarrillo que había en la mesa.
—Así que tú también eres trotamundos y te dedicas a las apuestas, ¿eh?
—Tengo casa en Phoenix, pero, en estos momentos, estoy de paso.
—Bueno, el mundo necesita trotamundos y apostadores.
—¿Y tú? ¿De dónde eres?
—De Memphis.
—Se te nota en el acento.
—Puede, pero he estado en todos los lados; incluso en México, en Cabo San Lucas.
—¿Y cómo fue?
—Cielo, fue como un sueño. El océano y el desierto juntos. Me tumbaba al sol, bebía margaritas y me quedaba dormida cada noche escuchando las olas y respirando aquel aire. Con aquello me valía. Recuerdo que le dije a la amiga con la que había ido: «Te juro por Dios que aquí podría vivir aunque fuera pobre». Allí no necesitas más que una hamaca, un poco de arroz y alubias..., y toda aquella belleza.
La mujer sonrió mientras pensaba en ello y, por primera vez, Petty vio su verdadero rostro, ese del que uno se enamora. Él también sonrió.
—¿Vas a llevarme a Cabo San Lucas? —le preguntó Tinafey con cara de pena.
—¡Coge el bolso y vamos!
—Un chico de allí me preguntó si era modelo, y no bromeaba.
La camarera les llevó las bebidas. Tenían nata montada encima, como si hubieran pedido chocolate caliente. Tinafey se comió la suya con cucharilla, por separado, y después empezó a lamerla para juguetear con Petty. Este le preguntó por sus clientes. Las prostitutas siempre tienen buenas historias de clientes, de lo raros que son. Tinafey se le acercó y empezó a susurrar. Tenía clase, no quería que todo el bar se enterara de que a don Calabacín le gustaba que le metiera un calabacín mientras él se la tiraba, o de lo del anciano que le pagaba veinticinco dólares por cada condón usado. Aunque la historia que más le gustó a Petty fue la de un tipo que se ponía a cuatro patas en una alfombra que él mismo llevaba. Al parecer, le había dicho a Tinafey que se convertía en un gatito cuando se ponía en la alfombra y, en efecto, había empezado a maullar y a ronronear nada más subirse a ella; cuando la mujer puso un pie en la alfombra, el hombre empezó a lamérselo con su lengua de gato.
—Me hacía cosquillas —dijo Tinafey—, pero se enfadaba si me reía.
Petty consultó el reloj y vio que faltaban quince minutos para reunirse con Don. Sacó un billete de cien y lo deslizó por la mesa.
—Tengo que irme pitando —le dijo él.
Tinafey fingió sorpresa.
—Pensaba que esto eran los preliminares.
—Esto ha ido de dos colegas tomando una copa, pero descuida, que, si alguna vez nos ponemos con los preliminares, no los confundirás.
Tinafey cogió el dinero y lo guardó en su bolso de mano de lentejuelas.
—Cuando decidas que quieres algo más, ya sabes dónde encontrarme.
Petty se puso de pie y se embutió en su chaqueta.
—Que tengas un feliz día de Acción de Gracias —le deseó.
—Y tú —respondió ella mientras contestaba el teléfono.
El pianista, un esqueleto vestido con un esmoquin que le quedaba grande, estaba en medio de una interpretación insustancial del Fire and Rain de James Taylor. Era muy probable que odiara tener que tocarla noche tras noche y que lo hiciera con el piloto automático puesto mientras se preguntaba cuántos cigarrillos le quedarían en el paquete. Sea como fuere, aquella era una de las canciones favoritas de la madre de Petty, una tonada que la mujer tarareaba mientras fregaba los platos, así que, de camino a la salida, le dejó cinco dólares en el bote.
En el cavernoso salón de apuestas del segundo piso del Club Cal Neva había tantos vagabundos guareciéndose del frío que aquello parecía un refugio para gente sin hogar. Recostados en las butacas y en los sofás enfocados a la televisión había hombres desgreñados y zarrapastrosos vestidos con chaquetones acolchados llenos de manchas, con las bolsas de plástico y mochilas sucias en las que transportaban sus pertenencias a sus pies. La mayoría de ellos fingía ver la televisión, pero en realidad muchos roncaban y dormían con la boca abierta de par en par, lo que violaba la prohibición de dormir en los casinos. Como era Acción de Gracias, los guardias de seguridad les daban un respiro.
Un terrible olor a cuerpos desaseados y a ropa húmeda asaltó la nariz de Petty cuando salió de la escalera mecánica que lo había subido al casino. Miró por entre los restos de aquel naufragio humano en seco y deseó que Don hubiera elegido otro lugar en el que reunirse. Estar tan cerca de suertes tan malas y de tantas malas decisiones le ponía nervioso, sobre todo cuando su propio barco se dirigía a las rocas.
Don lo saludó con la mano desde su taburete, en el bar cuadrado que había en el centro del salón, y le hizo un gesto para que se sentara en el taburete vacío que tenía al lado como diciendo: «¡Mira lo que tengo para ti!». Habían pasado quince años desde la última vez que se habían visto. El hombre se había rendido a las canas y había dejado de teñirse de moreno. Por debajo de la barbilla tenía los colgajos de piel típicos de la edad.
—Si hubiera sabido que te ibas a arreglar, habría venido con traje —le dijo Don mientras señalaba el cuello de su camisa hawaiana Tommy Bahama. La camisa la acompañaba de unos pantalones caqui anchos y de unos zapatos de tenis de abuelo, de esos con velcro en vez de con cordones. Ya no vestía bien, no tenía nada de dandi—. Ahora voy más informal —lo dijo a modo de disculpa.
—Cada uno va como quiere —le dijo Petty.
—Así es, así es —le respondió Don, que se reía entre dientes mientras se estrechaban la mano.
Al hombre se le había olvidado afeitarse parte de la cara, una zona de pelo blanco en la barbilla, pero Petty decidió darle una oportunidad. Recordó que los ancianos van a menos revoluciones. Es normal.
—Un escocés, ¿no? ¿Con hielo? —le preguntó Don.
—Veo que te acuerdas.
—Yo lo recuerdo todo.
El anciano le hizo una señal al camarero y pidió el whisky.
—¿Qué tal Reno? ¿Te gusta este sitio? —le preguntó Petty.
Don se encogió de hombros.
—Bueno, digamos que es donde estoy ahora, donde he acabado, pero mis opciones eran limitadas, ¿sabes?
—Me enteré de lo de Myra.
—No me cabe duda. A la gente le encanta contar las noticias tristes de otras personas y comportarse como si les importara una mierda. La cuestión es que aquello acabó conmigo. No he levantado cabeza desde entonces, y no me da vergüenza admitirlo. Estuvimos casados cuarenta y dos años. Tuvimos y criamos a tres chicos. Ella era lo único que me importaba en la vida. Los hijos también, sí..., pero eso es diferente. Me tocó la lotería cuando la conocí, Rowan. ¡Me tocó el gordo!
Le brillaban los ojos y se le enronqueció la voz. El camarero les sirvió las bebidas y se esfumó.
—¡Por Myra! —exclamó Petty mientras levantaba su vaso.
—Venga, no me jodas..., si apenas la conocías.
—Sí, es verdad, pero cualquiera que te soportara tantísimo tiempo es digno de admiración.
Don chocó su vaso con el de Petty y soltó:
—Y por tu viejo.
—No, a ese que le jodan.
—Hizo lo que pudo.
—Esa es la excusa que pone todo dios.
Ambos permanecieron un rato en silencio, haciendo como que veían el programa previo al partido en uno de los televisores, hasta que, por fin, Don dijo:
—Bueno, da lo mismo. Dime, ¿qué tal estás? Carrie y tú os separasteis, ¿no? ¿Te has quedado con Samantha?