Kitabı oku: «El último año en Hipona», sayfa 2
—Sí. Te parecerá raro, ¿no? Pero es lo que estás haciendo tú hoy, al fin y al cabo.
—¿Por qué no lloras en tu habitación?
—¿De noche? No quiero despertar a mis compañeros y que piensen que soy un…
—Ya.
—¿Y tú? ¿Por qué no lloraste anoche? ¿Por qué te lo has guardado hasta ahora?
—No sé, me ha venido así, de golpe.
—¿Qué te ha dicho don Raimundo?
Damián se había sentado a su lado y, rebuscando en su abrigo, sacó un par de cigarrillos y le ofreció uno a Julio.
—No soy tan bueno como parezco, ¿sabes?
—Ni yo tan malo —respondió Julio.
Ambos chicos esbozaron una sonrisa.
—Pues me han quitado los privilegios de capitán.
—Toma ya. ¿Has matado a alguien o algo así? Primero el castigo y ahora esto… A mí ni siquiera me ha echado la charla el director. Ha sido don Manolo. Sobre lo saludable que es el deporte y todo eso.
—¿Por qué te castigaron anoche?
—Me pillaron escaqueándome de la clase de Gimnasia.
—¿Faltas a misa y también a Gimnasia? Te gusta ir por el lado peligroso de la vida, ¿verdad? Pensaba que eras un ratón de biblioteca.
—Y lo soy. Leer libros no quiere decir que sea idiota.
—Ser el capitán del equipo de fútbol no significa que no lea libros.
Los rasgos de Damián eran misteriosos y femeninos: sus ojos verdes y felinos, sus labios finos y de color púrpura. Su cabello era lo único masculino en él, áspero y negro como el alquitrán. Incluso sus movimientos y sus formas eran más propios de una chiquilla. Julio lo miraba embelesado, era muy diferente a Tomás, pero, al mismo tiempo, le provocaba una fascinación similar.
—¿Qué hiciste entonces? ¿No vas a contármelo? —preguntó mientras encendía su cigarrillo con un mechero plateado.
—Ese mechero es del padre Sermones, tiene la esvástica. Va a matarte como se entere de que lo tienes.
—Me lo ha regalado. No pasa nada. También me da el tabaco.
—¿Y eso?
—Cuéntame tú primero por qué te han castigado y, encima, te han quitado todos tus privilegios.
Si un año atrás le hubieran dicho que estaría hablando con Damián, y no solo hablando, sino a punto de confesarle sus más íntimos secretos, no lo habría creído. Pero aquellos ojos lo invitaban a acurrucarse en ellos, a hacerlo sonreír, a convertirse en su persona favorita en todo el mundo. Al contrario que Tomás, Damián no le daba miedo.
—Me masturbé en las duchas y me pillaron.
—Normal que te pillaran. Ahí tienen cámaras.
—¿Cámaras?
—Claro, todo está controlado por un sistema muy moderno de vigilancia. Eso sí, tiene sus puntos ciegos.
—¿Puntos ciegos?
—¿Quieres que te cuente una cosa?
Damián intentaba deslumbrar al capitán de la clase A y al capitán de la clase A le gustaba la sensación que le provocaba tener un admirador. Primero, con cigarrillos; después, con la pose lánguida y despreocupada, con el aura de misterio que rodeaba el mechero del profesor de Latín y su conocimiento de los secretos del colegio. Intentaba alejarse lo máximo posible de la imagen de niño debilucho y perdedor que todos tenían de él y, con tan solo unos minutos de conversación y unas cuantas caladas, estaba consiguiéndolo.
Julio asintió.
—Yo también suelo masturbarme. Pero en puntos ciegos. Así no me ven.
¿En serio? A pesar de que había intuido —le había dicho a don Raimundo que lo había leído, pero realmente no lo sabía a ciencia cierta— que todos lo hacían, nunca había conocido a ninguno que lo admitiese abiertamente. Durante las últimas horas, había vivido sumido en el tormento de ser el estudiante que no llegaría a graduarse por no saber controlar sus impulsos, pero no, a su lado había otro. Uno que no era como él, que no era corpulento ni de piel morena, que aún movía las caderas con la cadencia del vaivén de un paseo en barco, pero que, al mismo tiempo, compartía con él aquellos impulsos secretos y la necesidad de llorar de vez en cuando. Y sus ojos inquietos le decían que compartían algo más. Pero ¿cómo preguntárselo? Julio se mantuvo callado durante un momento. Le daba vergüenza levantar la vista del suelo y que Damián fuera capaz de analizar su mirada y de darse de cuenta de lo que estaba pensando.
—¿Quieres que te enseñe dónde están?
—¿Cómo?
—Que si quieres que te enseñe dónde puedes masturbarte sin peligro a que te pillen.
Julio dudó un par de segundos. La idea de compartir un rincón del placer con Damián lo excitaba, pero, al mismo tiempo, lo aterrorizaba. ¿Y si los descubrían? O, lo que era aún peor, que una cosa llevara a la otra y sus manos acabaran sujetando un pene que no fuera el suyo...
—Ni de broma. Paso de meterme en líos.
Damián sonrió y no dijo nada más. Se puso en pie y se despidió levantando el puño y guiñando un ojo.
—¡Tú te lo pierdes!
Tras la comida, Julio tuvo clase de Latín. Debían aprender bien la lengua, decían que era muy importante para que, una vez fuera del colegio, encontraran un buen trabajo o pudiesen ir a la universidad. Damián era un chico listo, seguro que acababa estudiando alguna carrera como Medicina o Derecho. Una vez más, por enésima vez desde el mediodía, su pensamiento regresó al mechero nazi. El hecho de que perteneciera al padre Sermones le ponía la piel de gallina, pero aún lo inquietaba más saber que este había compartido con un estudiante no solo eso, sino la verdad sobre el sistema de ojos secretos que ocultaba el San Agustín de Hipona tras las paredes. No podía evitar sentir celos cuando su imaginación flotaba hacia posibilidades perversas y retorcidas en las que Damián era una concubina y el padre Sermones, un amo implacable.
—Durán, salga a la pizarra.
Cada vez que el padre Sermones lo llamaba, un saco de truenos caía sobre la cabeza de Julio y lo aturdía, lo convertía en una marioneta sin voluntad y era incapaz de llevarle la contraria en nada. Imaginaba que era la misma técnica que utilizaba con Damián cuando quería someterlo a su antojo. De nuevo, lo imaginó pegándole en las nalgas con una vara y, sin saber muy bien por qué, se excitó.
—Durán, ¿me oye?
—Sí, padre Mesones.
—¿Quiere salir a la pizarra?
—No puedo, padre Mesones.
—¿Cómo que no puede? ¡Póngase firme ahora mismo, Durán!
¡Ni en sus peores pesadillas hubiera imaginado vérselas en una situación así! Su pene se había revelado a las normas de conducta y abultaba visiblemente en su entrepierna. Palpitaba por sí solo, había cobrado vida y no encontraba la manera de hacerlo bajar en cuestión de segundos. El padre Sermones hizo intención de gritarle, pero Julio, asustado, se puso en pie confiando en que nadie se diera cuenta de su estado. Quizá nadie lo hizo, pues cierto es que nadie dejó escapar risitas ni exclamaciones. El único que dijo algo fue el profesor de Latín.
—Siéntese, Durán. Y venga a verme a mi despacho después de clase.
Julio hizo lo que el padre Sermones le ordenó, añadiéndose otro motivo a su estado de nerviosismo. Sabía lo que el profesor pretendía. Le había gustado su erección y quería convertirlo en parte de su harén. ¿Habría más estudiantes en él, aparte de Damián? El pene, siempre fantasioso, pensó que no era tan mala idea, que tenía su encanto servir a un cura nazi y dominante. Pero la cabeza, y el corazón, se opusieron, algo no muy habitual, al miembro viril. No, aquello no estaba bien y nada bueno podía ocurrir si iba al despacho. Pero ¿cómo iba a escaquearse de aquello?
Cuando el timbre dio la una, los alumnos de la clase A se pusieron en pie con el orden y la calma que los caracterizaba y se dirigieron hacia el comedor. No tenían permitido verbalizar su hambre, así que daban las gracias en voz baja al cocinero cuando este les servía en la escudilla y ocupaban sus mesas sin montar el revuelo que era de esperar en unos jovenzuelos saludables y con buen apetito. Julio, por segunda vez en aquel extraño día, rompió la fila. El sacerdote se acercó a él y lo agarró del brazo. Subieron a la segunda planta sin dirigirse la palabra. Sentía sus dedos clavándose en su aún tierna carne, pero prefería no quejarse no fuera a llevarse alguna regañina más. El despacho del padre Sermones estaba cubierto de una gran alfombra del color de las uvas pasas. De las paredes, colgaban numerosas condecoraciones y no menos fotografías, algunas suyas, vestido de uniforme, y otras de militares que no conocía. En una muy grande, que tenía enmarcada sobre todas las demás, aparecía dándose la mano con el mismísimo Hitler. Había escuchado hablar de la existencia de aquella fotografía por algunos de los chicos que habían tenido la suerte de visitar «el museo de los nazis del padre Sermones», como lo llamaban, pero era la primera vez que la veía. Así que todo lo que se decía sobre él era cierto… En lugar de dejarse llevar por el pánico, lo que lo sobrecogió fue de nuevo la envidia. Envidia por no poder ser él el nazi que sometiera a Damián. Fue un pensamiento efímero que, inmediatamente, lo hizo sentirse culpable.
A solas con el padre Sermones, Julio pudo comprobar que el profesor olía muy bien. A colonia de hombre, que le despertaba ganas de gritar y de desgarrarse el chaleco del uniforme.
—Debe jurar solemnemente que lo que le diga dentro de este despacho será un secreto. Si no es capaz de guardar uno, dígamelo y habremos terminado.
El padre Sermones se acercó y lo agarró de los hombros. El pecho de aquel hombre era amplio como la cordillera de los montes Urales cortando de mar a mar el mapa de Europa. ¡Eran demasiadas excitaciones en una sola mañana! En ninguna asignatura, les explicaban lo difícil que era la vida llegada una determinada edad, su pene parecía cobrar vida propia y pensar en lugar de su vieja amiga la mente.
—Lo juro. Soy una tumba.
—Más le vale, Durán. Porque, si no, acabará en una. Sé que es un joven sensato y que hará lo que más le conviene.
Julio esperó sin decir nada a que le explicara a qué venía tanto secretismo.
—Una vez al mes, me reúno con algunos estudiantes selectos del Hipona. Formamos un club muy exclusivo. A partir de este mismo viernes, está usted invitado, Durán.
¿Un club exclusivo para buenos estudiantes? ¿Y cómo es que no había tenido noticia de ello antes si él siempre había sido el mejor? Optó por no preguntar.
—Es para mí un honor, padre Mesones.
—A las doce de la noche en este mismo despacho, Durán. El viernes. Está de enhorabuena, va a entrar en un nuevo nivel.
—Muchas gracias, padre Mesones. Aquí estaré.
—¡Muy bien, joven! ¡Y ahora vaya a comer! ¡No querrá coger anemia!
Salió del despacho aturdido, con un montón de piezas de un rompecabezas esparcidas por la cabeza. ¿De qué iba aquello del club? ¿Quiénes serían los demás estudiantes? De su habitación, no, desde luego, hubiera notado la ausencia. ¿De la clase B? ¿Acaso era posible que el padre Sermones considerara que los mejores estudiantes estaban en la clase B? ¡Si todos los de la B eran unos zopencos! Y los del coro ni a zopencos llegaban... Lo único que sabían hacer era cantar y poner cara de no haber roto un plato, pero, a la hora de redactar, calcular, aprender idiomas o practicar deporte, eran unos inútiles. Confiaba en el criterio del padre Sermones, al fin y al cabo, era uno de los profesores bendecidos por Dios y por Franco. Quedaba solo un año y dos meses para la mayoría de edad, para convertirse en un ciudadano y hacer algo bueno por su país. No debía estropearlo ni con pajas ni con tonterías. Debía dejar de pensar en Damián y, si unirse al club nocturno del padre Sermones, era una buena manera de asegurarse un puesto de excelencia el día de la graduación, sería el primero en acudir el viernes a medianoche.
2

A través de la ventanilla, los campos parecen alegres, los animales despreocupados y las personas ajenas al dolor. Mario sabe que la vida es un espejismo, que el mundo es una batalla entre las especies. Pero su pierna no se la llevó otra especie, fueron humanos, tan humanos como él o Marga, que conduce tarareando la canción que suena en la radio. Al principio, dijeron que había sido ETA y, después, Al Qaeda. Los que dijeron una cosa se pelearon con los que dijeron la otra. La gente salió a la calle, se manifestó, cambió su intención de voto, se eligió nuevo presidente y Mario tuvo que dar gracias a Dios por estar vivo y aprender a ponerse una pierna ortopédica cada mañana. A través de la ventanilla, los campos parecen alegres, pero no lo son. Siempre hay alguna tragedia oculta, algún cadáver enterrado, algún niño llorando, escondido para que nadie lo vea. Siempre hay personas que sufren y personas que hacen daño.
Son seis horas de viaje, en el que apenas habla con su mujer. Ella respeta su silencio, sabe que, cuando está callado, es porque se ha agobiado y que lo mejor es no forzar la conversación. Mario se queda dormido y, cuando despierta, está empapado en sudor y en esa sensación de que el mundo es demasiado grande y él, tan solo un viejo. En ocasiones, se ha preguntado qué habrá sido de los demás chicos del Hipona, de Silverio Campos, de Óscar Clos, de Emilio Ropero y de Michi. Si ellos también habrán encontrado una buena mujer como Marga, si habrán formado una familia. Él no pudo tener hijos, menudas ironías que tiene la vida. Tras muchas pruebas, muchos médicos y mucho gasto de dinero, la conclusión siempre había sido la misma: que las entrañas de su esposa eran tierra yerma. Se resignaron a vivir solos, incluso se convencieron de que la vida así era mejor. Viajaron mucho, leyeron aún más, triunfaron en sus respectivas carreras —él como escritor y Marga como fotógrafa—, fueron habituales de coctelerías y de fiestas y, finalmente, entraron en la edad madura de la mano, como fieles amigos. El 11 de marzo del año 2004, Julio se despertó cuando aún era de madrugada. Tuvo miedo, mucho miedo, supo que algo grande y trágico estaba a punto de ocurrir. Salió de la cama y se vistió. Miró a su mujer, que ya no se despertaba cuando a medianoche a él le entraban ganas de salir a caminar, de huir, de convertirse en un alma errante por la ciudad. Las primeras veces que lo había hecho, Marga se había preocupado, había pensado que estaba viendo a otra. Él le dijo que no se encontraba bien, que necesitaba salir, que le diera el aire. «Quizá te convendría ver a un especialista», le había aconsejado ella. Pero Mario no había hecho caso, no era tan grave querer alejarse de casa si, al final, siempre volvía antes del amanecer. El 11 de marzo del año 2004, Mario no volvió.
—Hoyoseco —dice Marga cuando, a lo lejos, pueden vislumbrar un pueblecito entre las montañas, una mota blanca y reluciente como un copo de nieve entre hojas muertas—. ¿Por qué te ha dado por escribir sobre él?
Para responder esa pregunta, Mario debe dar a su mujer algunas explicaciones. Para empezar, debe contarle que gran parte de lo que ella sabe de él es mentira. Por eso no dice nada. Marga no se molesta, el aura de misterio es parte del encanto de su marido, el escritor.
CAPÍTULO SEGUNDO:
EL TRAIDOR ROBIN DE LOS BOSQUES

En el dormitorio común de la clase A de los bachilleres, comenzaban a sospechar del comportamiento de su capitán, Julio Durán. Llevaba unos días más callado de lo normal, menos sonriente. Había empezado a formar parte de las duchas comunes y se enjuagaba sin participar de las bromas de los demás, sin ni siquiera mirar al resto. Solía salir el primero, secarse rápidamente y vestirse como si se avergonzara de haber perdido sus privilegios. El viernes por la noche, se había escabullido en plena madrugada para regresar horas después. Óscar sabía que, aunque no lo habían comentado entre ellos, era un tema que preocupaba a los cinco por igual. Habían estado juntos desde la infancia, superando cada prueba física y cada examen de Lengua, Matemáticas e Historia. Habían ganado el torneo de fútbol a la clase B cada año en la preparación básica. Y una vez en el bachillerato, habían sido elogiados una y otra vez por ser la mejor promoción que había pasado por el San Agustín de Hipona desde la apertura de sus puertas. Estaba claro que todos tenían miedo de que Julio la fastidiara y acabara por impedir que la clase se graduara con honores. ¿En qué lío podía estar metido?
Efectivamente, Julio se había deslizado sigiloso a través de la habitación cuando faltaban minutos para las doce. Incluso había aguantado la respiración para no despertar a sus compañeros. Y había cumplido su propósito porque, exceptuando a Óscar Clos, todos dormían con la respiración pausada con la que sueñan los que, a pesar de lo que digan los expedientes académicos, aún son niños. Óscar solía dormir poco. Lo atormentaban las pesadillas, saber qué les pasaba a los malos estudiantes cuando no se graduaban. Los exámenes finales solían provocar tensión, pero, a Óscar Clos, le provocaban pánico. No quería acabar en el ático. Aún recordaba los aullidos de dolor de Eladio Martos. Era un secreto tan oscuro y espeso que, como una masa de babas y alquitrán, se pegaba a su estómago y, de ahí, no había podido salir. Le hubiera gustado contárselo a Julio, que para eso era el capitán, o a Emilio Ropero, que para eso había sido su mejor amigo desde primero. Pero, siempre que lo había intentado, había sido una tarea infructuosa y había acabado por vomitar bilis.
El San Agustín de Hipona había conocido tiempos bien diferentes, que no mejores. Hacía trescientos años, había sido la residencia de verano de un marqués huraño que nunca se casó ni tuvo hijos. Hastiado por la soledad, la incendió y acabó escribiendo poemas, borracho de taberna en taberna. La remodelación vino algún tiempo después, cuando una de las hijas de su único sobrino, escritora de éxito, pues era una época en la que la novela romántica causaba estragos entre las jóvenes, decidió habitar la casona para escribir una obra magna que la alejara del género folletinesco en el que estaba encasillada y que, en secreto, profundamente odiaba. La escritura de esta obra, que nunca vio la luz y que, de haberla visto, quién sabe si se hubiera convertido en un clásico del realismo español a la altura de las novelas de don Leopoldo Alas, Clarín, se vio interrumpida por una guerra. Dicha guerra apareció en los libros de Historia como la Guerra Fantástica, pues, a pesar de causar revuelo entre los habitantes más cercanos al país vecino y enemigo, Portugal, no se llegó a las manos, ni a las armas, y quedó en una falsa alarma. Sea como sea, doña Felisa Campillo, hija del único sobrino del marqués de Campillo, pasó de ser una escritora para espíritus sensibles a convertirse en un alma caritativa. Habiendo estado, como estuvo, a punto de vivir los horrores de un país en guerra y sintiendo que su vida, dedicada a la literatura de consumo fácil, había carecido de sentido alguno, convirtió la mansión heredada en un hospital para posibles víctimas de una posible guerra. Dicho hospital, el Centro para Heridos Potenciales de Futuros Conflictos Bélicos, nunca llegó a ser de utilidad, pero ella dedicó el resto de su vida a adecentarlo y a comprar el mobiliario, las camillas, el material quirúrgico e incluso los uniformes de las enfermeras. No se convirtió en colegio, tal y como todos los alumnos sabían de memoria, hasta 1939. Se estudiaba mucha Historia en educación básica porque no podía llegarse a la adolescencia sin conocer el que había sido el hecho más decisivo en la historia de la humanidad: la Guerra Civil Española.
Debido a la concepción original del edificio, este tenía cuatro plantas. En la primera, se encontraban las ocho aulas, el comedor, la cocina y la capilla en el ala este, las ocho habitaciones en la oeste, cuatro en cada pasillo, y, al fondo de cada pasillo, un baño. En la segunda planta, los despachos de los profesores; en la tercera, sus respectivos dormitorios, y, arriba del todo, estaba el ático, que tanto aterrorizaba a Óscar Clos.
Julio recorrió el pasillo principal y subió de puntillas las escaleras alfombradas. La luna estaba haciéndole el favor de iluminar su camino a través de los ventanales, pero asimismo era susceptible de ser sorprendido por algún vigilante. Sabía que los profesores se turnaban para supervisar las noches, era de dominio público, aunque también era cierto que, en más de alguna ocasión, se le había pasado por la cabeza que aquello no fuera más que un cuento para meterles miedo. Al llegar a la puerta del despacho del profesor de Latín, tomó aire y llamó con dos golpes leves. Dentro, se oían algunas voces que no pudo reconocer. El padre Sermones abrió. No llevaba la habitual sotana de cuervo, sino una camisa blanca y un pantalón gris. El sacerdote esbozó una sonrisa, era la primera vez que Julio lo veía sonreír y tenía que admitir que, estando de buen humor, se veía mucho más atractivo. La luz era tenue y, bajo la aguja de un tocadiscos, giraba y giraba un vinilo de música alegre. Desde siempre, la música alegre había estado prohibida en el Hipona.

CANCIONES PROHIBIDAS EN EL HIPONA:
ALL DRESSED UP FOR SCHOOL, DE LOS BEACH BOYS
Todos fumaban, eran tres o cuatro, y, a medida que sus ojos se fueron acostumbrando al humo, pudo reconocer sus rostros.
—Bienvenido al club —dijo Damián, alzando su copa.
Lo acompañaban dos alumnos de la clase B de bachilleres, un prepúber de la clase A y uno de los chicos del coro.
—¡Los mejores del colegio! —exclamó el prepúber, visiblemente borracho.
—Sírvete tú mismo, Durán. ¿Te gusta el whisky? ¿Cigarrillos franceses?
Julio no sabía si salir corriendo de allí y denunciar al padre Sermones por corrupción de estudiantes o dejarse llevar.
—Pensé que se trataba de un grupo de estudio, padre.
—Mejor será que bebas —le aconsejó Damián.
—Morir joven es muy romántico —susurró uno de sus compañeros.
Era alto y delgado, de cabello rubio y ondulado y orejas grandes, tras las que los rizos se colaban como riachuelos dorados.
—Sí, como tu querido Rimbaud —le contestó el otro de la clase B.
Este tenía gafas y la cara llena de granos. Julio lo había visto en varias ocasiones solo, en el patio, leyendo libros en lugar de correr tras la pelota.
—A Rimbaud, le hubiera encantado pertenecer a este club —le contestó el rubio.
Julio se sirvió un whisky y dio dos tragos apresurados. Notó que le quemaba el estómago y, después, que su cuerpo se templaba y calmaba.
—El ser humano no aprende, Durán. Derrama sangre de hermanos, derrama sangre de vecinos. Bajo la tierra que pisamos, corren ríos de sangre. He visto la muerte de cerca, Durán, y créame, si me hubiera llevado con ella a vuestra edad, me hubiera ahorrado contemplar los horrores que me deparaba la vida.
—Creo que debería volver a mi cuarto, padre. No os preocupéis, no hablaré a nadie de esta reunión. Os guardo el secreto.
—No te enteras, ¿verdad? ¡No tienes ni idea! —le gritó el prepúber.
—Por lo visto, no. Pensaba que los de su clase eran más espabilados, pero ya veo que no. Va a ser verdad lo de los musculitos, que no tienen cerebro —murmuró el de las gafas.
—¿Me deja que me lo lleve de paseo y le cuente de qué va todo esto, padre Mesones? Me da la impresión de que estamos intimidando al pobre chaval.
El sacerdote asintió. Julio miró a Damián, desconcertado, se le habían roto todos los esquemas y no entendía en qué se había convertido su noche del viernes.
—No te preocupes por las cámaras —le susurró—. El último viernes del mes, el vigilante descansa.
Dejando tras de sí la nube en la que se perdían los chicos del club, salieron al pasillo gélido y plateado.
—¿Qué ocurre, Damián? ¿Qué es todo esto?
—No les hagas caso, solo están borrachos. No saben beber.
—Pero ¿qué clase de club es este? ¿Qué clase de profesor es el padre Sermones, que permite este comportamiento?
—Tampoco está tan mal divertirse de vez en cuando, ¿no?
La música, el tabaco, el alcohol... Esos chicos, ninguno de la clase A... Había puesto un pie en un mundo desconocido, sacado de una novela de Julio Verne. El padre Sermones era el capitán Nemo y su despacho, la noche del último viernes de cada mes, se convertía en el Nautilus.
—No te chivarás, ¿verdad? Al fin y al cabo, tú también has bebido. Y has oído la música.
—Pero ¿por qué nosotros? ¿Por qué nos ha elegido a nosotros para ser parte de esta locura?
Damián observaba a Julio, nervioso, con el rostro henchido por la rabia y por tantas preguntas sin responder. Sus ojos acuosos querían llorar, sus labios apretados querían gritar, pero, de sobra, sabía que, como a él le había pasado la primera vez, su corazón rebelde quería unirse a las borracheras clandestinas, a los bailes a medianoche, al agrio olor que desprendía la ropa a la mañana siguiente...
—Prométeme que no se lo contarás a nadie.
Julio no respondió de inmediato y la reacción de Damián fue la de un gato herido por sorpresa. Se llevó una mano a la mejilla, como si, en ella, hubiese recibido un golpe que, recientemente, comenzara a sangrar. Algo se movió en el interior del capitán de la clase A. No, no quería ver aquella sombra de decepción. No quería que la aventura acabara ahí, que la noche no deparara más sorpresas. Comenzaba a licuarse el miedo y, gota a gota, impregnando sus calzoncillos, se convertía en temeridad. Con la luna como único testigo y cientos de latidos embistiendo su pecho como una bandada de pájaros asustados por un súbito disparo, cogió la mano de Damián. Estaba fría, era delgada y frágil.
—Te lo prometo.
—¿Vendrás el próximo día?
No obtuvo respuesta alguna, pero sus dedos cálidos y gruesos, entrelazados con los suyos, hechos de copos de nieve, palpitaron de forma alegre e irregular como las alas de un ruiseñor en libertad.
Julio Durán regresó a la planta de abajo pensando que, por aquella noche, ya no habría más sobresaltos, pero se equivocaba. En los baños de los pequeños, había alguien. Primero, le pareció que alguien reía y recordó aquella historia sobre fantasmas que atormentaba a Silverio Campos, que, aunque de día era el mejor portero que jamás había tenido el San Agustín de Hipona y no temía a balón alguno por muy fuerte que hubiese sido chutado, de noche, creía en los espíritus de los sirvientes achicharrados por el marqués de Campillo. En cuanto su oído se acostumbró al débil gemido, se dio cuenta de que se trataba de un niño llorando.
—¿Te pasa algo? —preguntó Julio, dudando, por un momento, de que los cuentos de Silverio fueran simplemente cuentos.
El llanto cesó. La calma volvió al San Agustín de Hipona y Julio lo agradeció. Tan solo deseaba regresar a su cama, envolverse con la manta, rasposa pero caliente en las noches de invierno, soñar con un futuro en el Ejército, alejado de problemas, de malos estudiantes que fumaban, de aquel chico con ojos de gato que le provocaba algo parecido a eso que, en los libros, llamaban amor.
Con el mes de febrero, llegaron los exámenes del primer cuatrimestre. Julio metió diez goles de diez en el examen de tiro a portería. Sacó, como siempre, un sobresaliente en subir la cuerda y otro en Historia de la Tauromaquia. No solía tener problemas en pasar airoso cada una de las pruebas para las que había sido preparado durante el curso, pero, en aquella ocasión, tenía miedo de una en concreto. Los chicos eran citados por orden alfabético e iban entrando en el despacho del director. Una vez allí, se sentaban ante el medidor óptico, un armatoste que se colocaba en la cabeza como un yelmo. Julio conocía el sistema. Simplemente, tenía que mirar al otro lado de las lentes mientras, ante sus ojos, pasaban las señoritas. Algunas eran delgadas y otras, entradas en carnes, pero la mayoría de ellas tenía en común la escasez de vestimenta. De vez en cuando, se colaba entre las fotografías, alguna de un futbolista, de un gimnasta o de un galán de cine. Dicen que, en una ocasión, a uno de educación básica se le coló la fotografía del actor Vicente Parra. Sabía por qué lo hacían. Las pupilas se abrían ante los estímulos. Era una manera de valorar la hombría. Al fin y al cabo, solo se graduaban los hombres. Julio había estado intentando dominar sus impulsos desde aquella visita al club nocturno del padre Sermones. Se forzaba a pensar en mujeres antes de dormir, a imaginarse tocando unos pechos, pero no solía tener el mismo efecto arrollador que tenía, por ejemplo, evocar la grácil silueta de Damián. ¡Maldito Damián! Por momentos, lo odiaba, aunque cierto era que estaba deseando que el mes pasara lo más rápido posible para encontrarse de nuevo a su lado en una noche sin cámaras.
Don Raimundo, sin perder su sonrisa de padre que quiere lo mejor para sus hijos, le pidió muy amablemente que se sentara ante el medidor. Julio así lo hizo. Antes de que don Cristóbal se le acercara y le pusiera el casco, respiró profundamente y contó hasta cinco. Una vez que estuvo ante las lentes iluminadas, se sintió como si tuviera que rendir cuentas a Dios. Apareció una fotografía de una chica muy guapa, de cabello rojizo, piel pálida y el pecho salpicado de pecas. Sus pezones eran dos gotas de miel resbalando por colinas nevadas. La segunda era una morena, gorda y lasciva. Mostraba su trasero sin pudor, como si aquella visión pudiera excitar a algún chico de dieciséis años. Julio lo dudaba, le dio mucho asco. Entonces, ocurrió lo que había esperado que no llegase a ocurrir: la foto de un hombre. Y no era un hombre cualquiera. Era Robin de los Bosques, el ejemplo de americano homosexual del que todos los sanos jóvenes del San Agustín de Hipona debían alejarse como si del propio diablo se tratara. Era Errol Flynn, el protagonista no solo de esta película, sino de su primer sueño húmedo.
Ocurrió después del examen de junio. Para celebrar el comienzo de las vacaciones, don Nicolás proyectaba una película en la capilla. Solía ser una película con valores, como Raza, basada en la novela del buen caudillo y mejor escritor don Francisco Franco, o alguna de grandes estrellas patrias, como Carmen Sevilla. En aquella ocasión, el profesor se había decantado por una americana. Esto causó gran revuelo entre los estudiantes. Era por todos sabido que en América no había más que un desierto poblado por ratas, borrachos y maleantes. Y todo lo que había sido antes de la guerra no era más que un reflejo de una época de derroche y vanidad, virtudes, desde luego, no muy cristianas.
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