Kitabı oku: «Arúmeden», sayfa 4
“Sus chozas no eran las tradicionales medias aguas rectangulares o circulares con techo cónico, más bien eran grupos de cinco habitaciones cubicas colocadas en cruz, trenzadas con fuertes lianas abundantes en la zona, cubiertas, palmo a palmo por una amplia variedad de palmas, formando un techo central piramidal achatado, que servía para ventilación y se afianzaba sobre cuatro columnas cuadradas que subían hasta la cúpula principal, donde se anudaban. Estos, estaban construidos a 1.50 m del suelo, sobre una base firme de madera plana, estaqueada según costumbres que enseñaban sus ancianos, de generación en generación.”
“Este conjunto, lo constituían: tres dormitorios con una sala central interna común y una de ingreso o unión a las plataformas o caminos palafiticas; Era un sistema cubical habitacional, que se alineaba a lo largo con varias plataformas en varios ramales, donde se insertaban otros conjuntos habitacionales idénticos, que se unían a una vía central. Todo el conjunto, chozas en forma de cruz, terminaba en un costado adyacente a la poza Azaeté, formando un puerto sobre el Paramingú.”
“Su tez era oscura, aunque más clara que los Guarayos. Su aspecto era realmente sorprendente, si algún experto se hubiera acercado a compartir con los rostros sonrientes de los tribales Amborí ¡se habría llevado una gran sorpresa! En una misma sala comunitaria se veía una mezcla de razas, con tonos blancos, mulatos, morenos, ojos azules, marrones o negros, cabellos rubios, pelirrojos y negros, con diferentes tipos de barbas.”

“Su fuerza era extraordinaria; ellos disparaban flechas con sus arcos hasta llegar 80 metros, mientras que los Guarayos no llegan ni a 30 metros con las mismas armas.”
“Existía un cacique mayor y uno menor para gobernar la tribu, varios consejeros y un brujo añoso infaltable, para cuidar la salud de los pocos aborígenes y alejar a los espíritus malignos. El cacique mayor gobernaba dentro y fuera del territorio, en tanto que el menor lo hacía en el territorio exterior y el brujo añoso maldecía a los dos con sus buenos consejos”
“En los conjuntos habitacionales comunales, a ambos lados del río, con las chozas aledañas, se concentraban los miembros de la tribu, asignando tareas del día. En las chozas comunes se reunían mujeres para determinar labores domésticas y las dedicadas a la fabricación de enseres usando arcilla, cuyo material abundaba y las dedicadas a convertir la madera y lianas, en sus propios enseres domésticos, como sillas, mesas, hamacas, etc.”
“Solamente niños menores a diez años, participaban en la enseñanza tribal, que tenía lugar en un gran terreno acuadrillado donde habían construido un galpón cuadrado dividido en dos secciones de paredes cruzadas, tapadas con madera plana que servía como pizarrón. Este conjunto escolar estaba formado por cuatro aulas de enseñanza visual, con largas mesas.”
La documentación era extensa y Grenzio la dejó a buen recaudo, para terminar de leer en otra oportunidad; no sabía que el destino y sus sueños subliminales le habían preparado una aventura insospechada. Al puesto militar le llegó la noche y Grenzio se durmió y esta vez, no tuvo pesadillas, ni encuentros con seres extraños, solo sentía que había llegado a su destino.
Capítulo 3:
OCURRENCIAS DEL EXILIADO
En el puesto militar, un adormilado Buntre, recordaba sus anteriores visitas a la tribu, cuando despertó sobresaltado; se levantó de un salto y recordó la última frase del preso "celda Nª 2"... ¿Quién autorizó el traslado?
En las gradas donde se hallaba Grenzio, la calma desapareció, éste se asustó agachando instintivamente su cabeza, para evadir un palazo. Pero nada pasó, sólo escuchaba en la calle las voces alegres del cabo Mangure y sus asistentes, que traían unos pescados.
— ¡Cabo Mangure!, —gritó el sargento, apenas lo vio entrar, ¿Quién autorizó? cambiar al preso a la celda Nº 2, ¡Informe!
Toño Mangure al llegar, vio al preso rearmando con mucha delicadeza la vieja máquina de escribir del sargento. No podía estar enojado por eso pensó, miró de reojo a sus asistentes, captó la intención del oficial y le siguió el juego.
—Si misar, yo autoricé al preso cambiar de celda, por reparaciones que debemos hacer en la Nº 1.
—En otra, me informa enseguida ¡veinte flexiones y diez vueltas al patio! Preparen algo con esos dorados ¡Muévanse! Ya es hora del almuerzo.
Grenzio, miró de reojo al sargento salir y notó su cara amigable, pero demostraba, ante sus subalternos, autoridad que debía mantener en este sitio. Se demoró un tiempo adicional para armar la máquina mientras veía a Mangure terminar su castigo inmerecido. Cuando éste acabó, le dio un cachetazo medio fuerte, lo levantó y le gritó a voz en cuello:
— ¡Termine el trabajo forzado clase tres! ¡A instalar la máquina y vuelva a su celda 2 preso Nº 1!, —gritó Toño y en voz baja le dijo— me debe una, carajito, ya me la va a pagar; ahora, a ver si me acuerdo cómo se destripan estos pescados, a preparar los leños para cocinarlos a la parrilla. Soldados ¿dónde andan? ¡A preparar el almuerzo!
—Si mi cabo, ¡a la orden! —respondió Huiras, el más cercano.
La armonía reinó por unos instantes en el puesto, mientras preparaban el almuerzo. Habían traído cuatro pescados grandes, demasiado para seis personas; consultaron al sargento si ponían dos al asador y se guardaban dos para la noche, éste sugirió hablar con el preso Moxela. Cuando éste fue hallado y llevado al parrillero, casi se desmaya.
— ¡Párenle soldados! mi cabo, no soy cocinero, pero puedo dirigir. Los pescados son grandes, dos bastarán y sobrarán para nosotros. Los otros dos los guardamos para después. ¿Tienen algo de sal, pimienta, ajo, cebolla, tomate, limones, etc.?
— ¡Epa, preso ranchero! —Le contestó Mangure— ¿no quisiera una cervecita helada con una negra 90-60-90, como cocinera? negativo, porque aquí en medio de la selva, solo sal y harto limón, que ya es mucho lujo.
—Bueno, antes de todo, limpiemos esta parrilla oxidada. Antes de ponerlos sobre el fuego, vamos a salar y limonar los pescados, dejándolos así, por unos 10 minutos, luego los ponemos a fuego lento, dándoles vuelta minuto a minuto.
Enseguida el cabo ordenó a dos soldados atender la olla hirviente para echarle yuca bien raspada y plátano verde y a poner la mesa que era un largo tronco de algún viejo árbol partido en dos por un rayo, sujeto por dos soportes chatos en forma de horqueta, que encajaban y nivelaban. A ambos lados había dos bancos largos hechos con tablones de madera local sobre dos troncas pequeñas y en las cabeceras otras troncas usadas como asientos. Este comedor al aire libre estaba ubicado bajo el amplio alero, que les protegía de la lluvia como del tórrido sol.
Cuando la comida estuvo servida, los soldados que se habían quitado sus uniformes, por el calor, trataban de volvérselas a poner. El sargento al ver eso, ordenó a permanecer en camisetas sin las pesadas camisas color caqui; Todos comieron opíparamente, fuera de reglamento.
Grenzio compartió su primer almuerzo campechano, oliendo a sudor de axilas, pescado y mal aliento, redimido solo por una jarra con limonada y fragantes pedazos de limón sobre sus platos.
—Este bicho de Huiras, puso sal antes de hervir el agua y nos fregó las yucas, están duras y eso que dijo el preso, no echen sal antes sino después y en su momento, tenía razón el vejete.
—Nada de vejete. Ordeno a todos tener mucha consideración con el señor Moxela, es todo un caballero y a Toño, parece que le cayó bien, aproveche su conocimiento técnico, trate de estudiar algo con él. Buen provecho a todos, les felicito por el almuerzo.
—Gracias misar, no se olvide del preso, fue quien nos aconsejó para no trozarlo, solo abrirle para sacar sus tripas, luego limpiarlo y echarle sal y limón, finalmente cerrar el pescado y dorarlo lentamente hasta tostarlo.
— Y hablando de Moxela, ¿dónde está el preso, cabo Mangure?
Toño se levantó de un brinco, lo había dejado en la parrilla fritando una porción para el guardia de turno en el puerto; pero no lo encontraba, la parrilla estaba vacía. Un soldado fue a buscarle por el puesto y salió por el pasillo para ir al puerto; en pocos minutos volvió agotado, pero alegre; el preso estaba junto al guardia de turno, a quien llevó el almuerzo.
—Vamos a tener que ponerle una bola de metal con cadena, es un gallo escapista, busca su libertad ¿no le parece Misar?
—Déjenlo libre como el viento. Acostúmbrense soldados, a su presencia, porque este preso es de palabra, no va a huir, cumplirá su condena en este sitio. Confió en él.
Todos se alegraron al oír esta mención. Mangure vio que el sargento se iba a hamacar y a fumarse un buen puro, entonces se dirigió rápidamente hasta el puerto. Allí se encontraba el preso conversando animadamente con el guardia, anotando el paso de los botes.
—Qué hubo Señor Moxela, por lo visto, comió muy bien y se olvidó lavar los platos y guardar los otros pescados.
—Sólo trabajo clase 3, mi cabo, dos celdas y la máquina de escribir, ya van tres. Ahora estoy en mi descanso, mirando en este puerto para ver ¿dónde podríamos armar? un pequeño estanque natural, estaqueado y bien protegido con mallas usadas de pescar, para conservar los pescados por unos días.
—Me va a volver loco. Ya tengo bastante trabajo, no vamos a hacer una pocita para guardar pescados. Misar nos va a matar. ¡Ni lo piense!
— ¿Dónde piensa guardar los otros dos pescados dorados que le regalaron? ¿En el patio de la guardia? ¿O en las duchas? O los va a donar a alguien del poblado.
— ¡Buena pregunta! Pero me ayuda con misar ¿Qué necesita? algo debe servir en este puesto militar.
—Unas cuatro estacas grandes y varias de carrizo cortado a 60 cm, para hacer un muro bien tupido, para que entre el agua del rio y salga del estanque, pero no los pescados ¿me entendió?
Cuando llegaron al comando vieron que el sargento dormía plácidamente hamacado en el alero protegido del sol, el cabo hizo lo mismo, se tendió a su lado en otra hamaca. El preso se dirigió a la cocina, lavó los platos y se fue a tomar su siesta en la celda Nº 2.
No supo cuánto tiempo había pasado, un torbellino de gritos le despertó bruscamente, escuchó el trote de algún soldado dirigiéndose a su celda. Tocó su puerta y él le preguntó: ¿Qué pasa soldado? Sólo escuchó el cerrojo de la llave, luego el soldado volvió sobre sus pasos y retornó nuevamente. Se escucharon órdenes y la puerta de su celda se abrió. Allí estaban el sargento Canilas con el escribano Ricardo Lapezo, jefe civil del poblado, exigiendo ver al preso, según establecía ese derecho, que continuamente reclamaba al sargento Canilas:
—Verá Ud. sargento Canilas, en estos tiempos difíciles para nuestra patria debemos trabajar muy unidos, especialmente por estar tan alejados de la civilización. Estuve ayer en Barquesi haciendo compras y allí me enteré de la llegada del preso político.
—Bueno escribano Lapezo, está en su derecho, ya que tanto insiste, pase usted a la celda Nº 2, está abierta. — ¿Puedo entrar con alguna protección? —indagó Lapezo.
—No es necesario, ya comí, terminé la siesta, no estoy armado y no muerdo; puede pasar quién diablos sea —el sargento, entró y le saludó.
—Buenas tardes preso Moxela, ¿cómo está usted? aquí le traigo una visita, la primera autoridad civil de este poblado, quiere verlo.
Ricardo Lapezo entró como pisando huevos en un gallinero, pero no encontró ningún excremento, simplemente un piso bien limpio y un caballero de edad madura tendido en su camastro militar con un aspecto experimentado por la vida que, viendo al especial personaje en traje de rigor, se fue levantando lentamente hasta ponerse de pie.
—Preso Grenzio Moxela, —indagó el escribano—, va a tener que cumplir una alta pena política en esta región, por haber insultado a nuestra máxima autoridad constitucional del país.
—Señor desconocido, le saludo como autoridad civil, pero corrijo su término "constitucional", es un gobierno de facto, una dictadura militar.
— ¡Basta! —le coaccionó chillando fuerte, ocasionando que el preso se tapara los oídos —¡Usted no me va a enseñar mi oficio, si digo constitucional!
Soy el señor notario, Don Ricardo Lapezo, quien dará fe de su llegada a esta región.
Dígame sargento ¿qué lista de trabajos forzados tenemos por aquí?
—Ya le dimos tres trabajos hoy: el arreglo de dos puertas y la máquina para escribir del sargento, 2 + 1=3, —anunció el cabo Mangure, desde la puerta— como dice el memo clase 3.
— ¡Qué se abra la tierra si no entendí a su cabo!, —le espetó al sargento—. ¡Quiero ver, desde este minuto! al preso limpiando las calles del pueblo, cargando piedras, botando la basura, deshierbando huertas y el jardín de mi esposa.
—No se va a poder, —le dijo el cabo Mangure—, tiene que fabricar un estanque en la orilla del río, para guardar los pescados que compramos.
— ¡Santa Lucía me lance un rayo! —Bramó y dirigiéndose al sargento— ¿Es que su cabo, se está haciendo la burla de mí?
—No es así Señor Lapezo, le informo, que tareas clase 3 las damos nosotros, sus carceleros. El preso no es un empleado suyo. Sólo debe verificar que está preso en su celda y, además, confirmar su identidad. ¡Preso Moxela, muestre a nuestra autoridad civil su carnet! —ordenó en voz tan alta, que asustó al escribano.
Grenzio, entregó formalmente su documento; el notario lo leyó, tomó nota en un papel y le pidió que pusiera sus huellas digitales de los pulgares sobre una hoja ya escrita con los términos de su llegada. Al concluir su constancia, sin despedirse siquiera, hizo un ademán para volverse a la puerta, pero fue interrumpido por el preso, quien le recalcó:
—Señor Lapezo, como soy ingeniero eléctrico, sé que Santa Bárbara, es nuestra protectora contra rayos y truenos, no la tal Lucía, que no sé si protege del clima o es santa de lluvias.
El escribano se paró en seco, quiso replicar al considerar su metida de pata, pero no pudo, porque Canilas instruyó salir a la tropa, llevando al preso al puerto. La delegación pasó al lado del escribano y lo vio parar para llevar herramientas, junto a Mangure que le gritaba groseramente. Finalmente cargaron las maderas y cañas, así como varios rollos de pita trenzada y se fueron cantando hacia el puerto.
Ricardo Lapezo, meditó en su interior que apenas tuviera oportunidad, haría morder el polvo de la ignominia al preso y al sargento Canilas. Estaba furioso, porque su autoridad había sido vejada. Ya vendría otro oficial y les cambiaría su estancia, que parecía divertida.
Nunca había observado a los soldados correr de alegría, en medio del sol tardío ¿Qué se traían entre manos? se preguntó, ¿realmente era preso político? ¿Habría insultado a su presidente en plena procesión?
Esperó que el sargento le diera una copia de los documentos, los cuales leyó. Finalmente agradeció y salió hacia su casa con el aspecto de un hombre preocupado por el estado insolente que empezaba a gestarse en este rincón norteño, donde era la única autoridad civil.
Mientras tanto, esa tarde la actividad continuó en el puerto donde lo rutinario se había vuelto un trabajo útil, dirigido concienzudamente por el preso, que se metió en calzoncillos en medio de la corriente y mostro excelentes aptitudes como nadador. Luego dibujaba a detalle cómo se debe hacer un estanque provisional con cañas, para guardar los pescados o tener peces pequeños vivos, como en típicos criaderos.
El preso se turnaba entre la poza y el guardia del puerto para descansar y tomar nota de la hora en que pasaban los botes con pasajeros y comerciales; Luego volvía a entrelazar el conjunto con tupidas cañas amarradas a los cuatro pilotes, que se estaqueaban, usando grandes pedrones extraídos del mismo río, a falta de un buen martillo.
Construir el pequeño estanque les tomó toda la tarde. Pasaron horas divertidas por las ocurrencias del preso, que ajetreaba al cabo Mangure y siempre terminaba en carcajadas. La poza, simple y venial, fue terminada y guardaron los pescados amarrados con piedras para hundirlos en el agua.
—Sólo falta cubrirla con una red vieja para proteger el estanque de animales salvajes y pirañas orilleras exclamó Moxela, satisfecho de estar metido en el agua casi sin ropa, amarrando fuertemente los costados angulares del rectángulo formado con la orilla, ayudado tímidamente por los soldados andinos, que jugaban salpicándose en la orilla, mientras Mangure zambullía y revisaba fugas para peces pequeños, Grenzio les dijo:
—Soldados, ya va a ser hora del parte, prepárense para entrar a nadar al rio, luego a secarse y vestirse antes de ir a la comandancia. Como nadie quiso entrar al agua profunda, se dio cuenta de la burda adversidad andina ¡no sabían nadar! Entonces les preguntó:
— ¿Qué pasaría si alguien se cae al rio?
—Tenemos un chaleco y una llanta salvavidas señor.
Entonces Grenzio informó que se iniciaban clases de natación, y se dio modos para sujetar sus cinturas con pitas a los arboles cercanos y los echaba a la corriente, para flotar y perder el miedo al río, luego los ponía de dos en dos a patalear como perritos. Cuando la lección terminó, el preso y la tropa se secaron, se vistieron, luego fueron marchando al cuartel, precedidos por una canción colegial que aprendieron cuando jóvenes. La tropa bulliciosa que espantaba pajaritos, mosquitos, mariposas llegó corriendo al patio de formación y fueron a cambiarse para estar presentables.
El parte transcurrió con una nueva noticia, ¡la tropa no sabía nadar! Pero se habían iniciado clases de natación. Luego del parte, el sargento llamó al cocinero de turno para preguntarle ¿Qué tenemos para la cena?
—Sopa de gallina robusta, dura como madera, cocinada con añadido de plátano verde machacado, maní y varios vegetales.
— ¡Qué yo sepa no tenemos gallinero en la comandancia! ¿De dónde salió el bicho ese? ¿De algún lugar cercano?
—El cabo Mangure lo encontró vagabundeando al norte del poblao, sin ninguna identificación, cuando quiso detenerlo, se dio a la fuga. Lo persiguió y lo capturó en una chacra, torciéndole el cogote para que no alertara a su dueño.
Canilas sonrió de buena gana, luego se dirigió a su oficina e hizo llamar al preso Moxela. Éste llegó más limpio que una palmera en borrasca de verano y saludó al entrar a la oficina.
—Tome asiento y póngase cómodo que no vamos a tener una charla formal, me interesa conocer detalles de su encuentro, con la primera autoridad del país, si le parece señor Moxela.
Grenzio, estuvo de acuerdo y empezó su relato: "Le informó que no
se publicó nada por prensa oral ni escrita; el asunto sucedió a media tarde de un viernes, cuando estaba sentado en la plaza principal leyendo noticias del único periódico autorizado; Pedían al gobierno información sobre los políticos detenidos, exiliados o lista de muertos."
"Por la plaza pasaba una banda con música tristona, era una
procesión y ahí estaba el dictador, presumiendo de espiritual vida. Detrás, venía la virgen, protectora de las FFAA, llevada en andas por cadetes del Colegio Militar y al final el ejército pertrechado de gala con relucientes armas."
"En eso, apareció un joven rebelde que se paró sobre el banco, donde él estaba sentado y empezó a insultar al presidente: de dictador, asesino, gritando fuertemente: ¡Libertad a los presos políticos! ¡Abajo la dictadura militar!”
"Como también sentía bronca, me subí al banco y tan alto como soy, repetí lo mismo que había dicho el muchacho, pero mi voz barítona retumbó tan fuerte, que la multitud coreó los insultos y me aplaudió en medio de las bandas. Los guardias secretos dieron sólo conmigo, porque el muchacho huyó como un ratón descubierto y cuando estaba para sentarme a terminar de leer mi periódico, aparecieron varios agentes que me encañonaron, me quitaron el periódico y sin miramientos me llevaron en una vagoneta negra, hasta el Control Político, que, para colmo, estaba sólo a dos cuadras, ubicado frente a los tribunales de justicia."
"Me quitaron mis ropas y el sombrero, luego me metieron en un cuartucho oscuro que olía a guardado, bajo unas gradas antiguas de alguna antigua casona, lleno de escobas, basureros. Ahí me tuvieron sentado en el piso por unas horas, sin saber a qué atenerme."
"Nunca había estado en esta situación. Sería medianoche, cuando
alguien me dio un puntapié en la pierna izquierda y me ordenó que saliera. Dos hombretones cubiertos con capucha negra tipo pasamontañas me sacaron a empujones, luego me llevaron a un cuarto lúgubre donde brillaba una luz muy fuerte, me sentaron en una silla y me llamaron, repetidamente por mi nombre completo, presumí leyendo mi identificación."
"Más tarde se acercó uno de ellos, cuyo aliento olía a alcohol y dientes maltratados, que casi me hace vomitar, me dio un latigazo en el brazo hablando palabrotas irreproducibles, me dijo” Ahora vas a saber que no se debe insultar a mi Presi, conque viejito alzao, proclamando libertad de los revoltosos obreros y campesinos. ¿Qué tienes con ellos? ¿Eres terrateniente? Alguien revisó sus antecedentes, me los canta ahora mismo”.
“Nada mi jefazo, no hay nada. Es un ciudadano ejemplar, ex catedrático, empresario jubilado, por lo visto estaba sentado en la plaza, leyendo su periódico y se metió a defender a los políticos de oposición”.
” ¡Se debe hacer un escarmiento!, exclamó el jefazo, que a seguir me dio una bofetada y me hizo sangrar la nariz. ¡Hábleme de su compinche!, se fugó otra vez Trumerez. ¿Qué relación tiene con él? ¿Dónde vive?, ¿Con quién se reúne? ¡Hable o la pagará!"
"Así me tuvieron por una media hora, sin decir nada, porque no sabía nada. Me volvieron a golpear sin lastima.” En eso sentí que alguien entró a la habitación y otro personaje, hablaba en voz baja, murmurando a su oído, pero con autoridad firme y decidida. Luego escuché suavemente órdenes, contraordenes, hasta que alguien habló con bastante vehemencia:"
"A sus órdenes mi coronel, entendemos la situación. Iniciaremos de inmediato los trámites para su traslado. ¡Cabo de guardia! lleve al preso a mi oficina, llame al sanitarista para curarle sus heridas. Devuélvanle todas sus pertenencias. Parece que este preso tiene influencias. Sáquenlo de esta cueva y lo mandan a la sección exilios nacionales."
Al terminar el relato, Grenzio habló:
—Después de varios traslados en la ciudad, finalmente me pusieron un guardia y nos subieron a un camión al norte de La Paz-Alto Beni, que en dos días y noches nos trajo hasta un puerto beniano, cercano a la hacienda Gutriego, un gamonal vendido al gobierno. Allí tomamos una lancha comercial y por vía fluvial nos tomó dos días para arribar a puerto Barquesi. Luego de 8 horas, llegué a esta zona perdida en el norte amazónico.
Buntre agradeció por el relato detallado y le invitó un hervido hecho con cáscaras secas de café, llamado sultana, y a seguir le entregó un cigarro de tabaco negro, que había preparado con delicadeza, mientras escuchaba su relato, juntando hoja por hoja, usando el mejor tabaco Amborí que, aunque no estaba trabajado y tan apretado como los originales cubanos, servía para espantar mosquitos y matar el tiempo.
—Y usted, mi sargento Canilas, ¿cómo fue que le enviaron a esta zona?, premio o castigo.
—Mucho me temo que mi historia no será tan interesante como la suya. Ya le contaré a detalle, algún otro día. Tuve un problema con los mandos superiores por defender en una fiesta, a una pariente de abuso indebido y como castigo, me cambiaron de destino a esta zona, en calidad de exiliado. Somos compañeros de infortunio.
—Qué interesante —interrumpió un atento preso Moxela— pero cuando llegó ¿en qué estado halló? a este puesto militar perdido en la Amazonía, pero cerca de esa misteriosa tribu.
—Cuando llegué a puerto Barquesi, grande fue mi sorpresa, al encontrarme con un ex profesor del Colegio Militar, que cumplía exilio en tierras del norte paceño, como jefe militar regional; Mi mayor Marchelo Omontes, que pronto tendrá el gusto de conocerlo. Es una persona sensacional, equivalente suyo, pero en el ambiente militar ¿Me capta?
—Seguro misar Canilas, si usted lo dice, debe ser un gran personaje.
Canilas le relató que a Omontes le debían todas las mejoras en este puesto. Porque en C’Orligni, la única casa habitable era del escribano. Lo demás estaba abandonado, sucio y desmantelado. Omontes se dio cuenta del castigo que me infringían y durante dos meses me envió materiales de construcción y albañiles, además, agregó cuatro soldados con un sanitario, como corresponde a un puesto militar. Quienes pusieron este lugar, habitable. Después fueron llegando muebles usados, una máquina vieja de escribir, escritorio, sillas usadas, etc. Hasta enviaron media docena de camastros con colchones y frazadas, que, estaban destinadas más al norte, a Pando, una población frontera con Brasil.
—Según me comentó Omontes, la orden recibida del gobierno, mi lugar de destino sería un castigo, sin ningún soldado asistente. Sólo víveres para sobrevivencia quincenal, así decía el contundente memo militar.
Buntre, no pudo seguir hablando, porque alguien grito que estaba lista la cena y ambos salieron al alero que a esa hora 20.00, estaba bastante aireado por los vientos sureños, que presagiaban un cambio climático brusco, a inicios del pre invernal mes de mayo. Comieron opíparamente y se fueron a descansar.
El cabo Mangure condujo al preso a su celda y así terminó su otro día, como prisionero en el puesto militar C’Orligni, un miércoles, víspera de la festividad del primero de mayo prohibida por el régimen.
Ese amanecer del jueves, iba a ser muy entretenido para el cabo Mangure, porque se atrasó en llegar al parte de las 07.00 horas, el escuadrón había salido a buscar una tropa de ocuríes que invadió la aldea. Estaba solo, dando vueltas en el patio. Liberó al preso ordenándole salir sólo al patio, a tomar los frescos y matinales rayos solares y a preparar su desayuno.
Grenzio se llevó el desayuno a su camastro y esperó la señal de algún soldado para que le asignen su trabajo diario, pero no escuchó nada más, sólo silencio embrutecido por gallinas cloqueando junto un gran lamento de chanchos salvajes lejos del poblado.
Se encaminó al borde ribereño y vio por encima del muro a un par de tucanes haciendo sonar sus picos; Pasaron volando huchis, cuervos negros con cola amarilla y tejedores de nidos colgantes que ocultos en la frondosa arboleda, hacían vibrar el aire matinal con sus gargajosos sonidos. Levantó su vista fascinado porque en las alturas sonó el clásico y agudo silbido del Cernícalo, lugareño halconcito cazador, que hacía su nido en la copa de las palmeras. Entonces vio aparecer los primeros botes que subían río arriba para comerciar sus productos; Incumplió órdenes y saltó el pequeño muro y agachado por la orilla se fue acercando al exiguo puerto en medio de varias plantaciones de platanales.
Mientras tanto la tempranera tropa cazadora de jabalíes volvió al cuartel trayendo colgado de un palo un pequeño ocurí, capturado en las colinas. Estaban contentos por la presa capturada y sugerían como comerlo. Mangure pensaba cortarlo en partes, para asarlo, otros a cocer en olla. ¿Qué hacer? Se preguntaba. Entró por el pasillo al patio del comando y envió al soldado Huiras a buscar al preso y este retornó al vuelo, gritando.
—Soldado Huiras informando que no hay señales del preso ¡Parece que huyó de nuevo!
— ¡Sonamos soldados!, vamos los tres, hacia la guardia del puerto para cubrir su huida en bote... por la selva, no lo creo. Y todos salieron disparados.
La tropa corría despavorida hacia el puerto, donde el guardia estaba observando con sus binoculares buscando alguna señal en el gran río, al dar en el clavo, vio que iban a pasar los botes comerciales “Risas de sirenas”, “Esturión azul”, miro su registro… anotó 09.00 pasa por C’Orligni, retorna el otro río abajo. Sonrió y se dio vuelta para colgar los plátanos que hace poco, le había traído el preso y se encontró de golpe con la tropa alterada, agitada, llegando como una estampida. El cabo lo paró en seco, tiró la cabeza de plátanos, le agarró del cuello soplando en sus narices y le impetró:
— Soldado Aguiro, ¿ha visto pasar al preso de miér…coles?
—No mi cabo, al preso no lo vi, pero pasó el nuevo cocinero que me trajo esta cabeza de plátano y se fue a revisar su estanque hacia el bajío del puerto, lo estaba tapando con palma y un poco de achoró.
—Vayan al bajío, mientras yo observaré los botes, allí está el bajío y no lo veo Aguiro ¿Dónde está el preso? ¡Deme su larga vista!
A unos 200 m se hallaba un bañista nadando en el rio, como si fuera un delfín, de rato en rato volteaba la vista hacia el puerto y alzaba su brazo saludando. Cerca de él se veía un bote comercial que al verlo aminoró su marcha y el nadador se acercó con buenas brazadas. Mangure gritó.
— ¡Traigan mi rifle! Localicé al escapista y prepárense a salir con la lancha ¿Dónde están las llaves?
—Creo que las dejé en el comedor, se quedaron en mi camisa, voy al tiro —gritó Huiras.
— ¡Traigan mi rifle carajo! me va a matar el sargento si se escapa el preso, muévanse ¿Me oyen?
— ¡Claro que le oyen y lo voy a matar y al preso también! —respondió a sus espaldas el aludido sargento Buntre, que había llegado al escuchar el griterío y blandiendo su arma reglamentaria, la colocó en ristre.
Con el rifle en mano derecha y con el catalejo en la otra observó al bote “Risas de sirena” que había disminuido su marcha por unos momentos y se aprestaba a partir nuevamente. Observó alrededor del bote, que ya partía río arriba, vio al preso agarrado a una llanta ¡Se escapa, pensó!
