Kitabı oku: «Arúmeden», sayfa 5

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Ya estaba por hacer sonar la sirena de parada obligatoria, cuando para su sorpresa, el reo se soltó aguas arriba y nadó hacia el puerto como un experto nadador en río, siguiendo y cortando la fuerza de la correntada.

Buntre, no notó la mirada angustiosa de Mangure, apuntó metódicamente con su arma, elevó unos milímetros la mira del rifle y disparó justo cuando llegaba Huiras cayéndose al suelo, pero con las llaves en la mano... y el cabo que se preparaba para zarpar, quedó petrificado.

El cabo Mangure miró a su jefe con indignación, su mirada le decía ¿Qué prisa tenía para disparar? y al caballeroso preso Nº 1. El cabo lloraba de rabia, pero el sargento estaba tranquilo, mirando la correntada, satisfecho por resolver esta inesperada situación.

Entonces Buntre se llegó a la lancha y mostró a Mangure la bahía donde llegaba el ajusticiado reo con sus últimas brazadas, luego vieron que subía a la plataforma de madera. El preso estaba bien ¡Qué susto les había dado el sargento y el señor Moxela!

El cabo se secó las lágrimas al ver cómo el preso Nº 1, llegaba a los maderos del puerto, se sujetaba y subía a la pasarela, chorreando agua, con una bolsa de plástico sujeta al cinto. Se abalanzó hacia él para darle un puntapié, pero algo detuvo su impulso, detrás, a unos 15 m, se veía la panza brillante de un peligroso caimán, muerto, pero todavía coleando.

— ¡Si están listos para partir! —gritó el sargento a los soldados en la lancha—, vayan a recoger al caimán. Vamos a tener comida esta semana. ¡Este señor Moxela tiene suerte! ¿No le parece cabo ranchero? —Éste se abalanzó hacia el preso, lo abrazó apretadamente, se fue a la lancha y partió raudamente en busca del apreciado manjar. Mientras tanto el sargento se dirigió a Grenzio para ayudarle a sacar la bolsa de plástico que traía adherida a su cinturón.

—Señor Houdini, va a tener que parar, ya le dije, con sus escapes súbitos, el corazón de Toño no va a aguantar. Por lo menos avise la

próxima, si va al baño o va a nadar al río o si va a escapar.

—Gracias sargento Buntre, realmente gracias. No me di cuenta del peligro y a mi edad ya no soy tan veloz para escapar de estos bichos, según veo, unos segundos más y me quedaba sin talón. Lo siento mucho; la próxima seré más cauto. Estaba acomodando los dos pescados sobrantes en el estanque, cuando vi el paso de una embarcación más lenta que otras, até la cola de un dorado a mi pierna y me lancé en busca del bote, para cambiarlo por algo más útil.

— ¡Me caigo sin levantarme! ¡Basta Grenzio, no me haga reír, con un dorado atado a la pierna! —Y soltó una risa cantarina ajetreando a varios pajaritos— ¡Sensacional mi estimado preso Nº 1! Es para registrarlo en el parte militar, pero sin nombres o apellidos.

—Cuando llegué cerca de la lancha, ellos disminuyeron su marcha y me halaron; les ofrecí el pescado que me cambiaron por varias cosas. Sobre la mesa del mirador se veían tres botellitas: una de singani ordinario, aceite y vinagre, junto a dos tomates, una cebolla y tres jaboncillos, además de varias bolsitas de pimienta y semillas.

Repentinamente, la amena conversación entre el preso y el sargento fue cortada por los ruidos del bote militar que traía el lagarto, amarrado a un lado. Ambos se levantaron y fueron a ayudar el desembarque. Algunos de los habitantes del poblado habían llegado, atraídos por el disparo del rifle.

El sanitario Ocopi Bustios y el escribano aparecieron asustados por la conmoción matutina y se dirigieron directamente al sargento:

— ¿Qué pasó, —indagó Lapezo— no respetan ni el desayuno ¿Qué sucedió sargento Buntre? explíquese ¿Qué sucedió, hay alguien herido?

—Hola Señores, nada importante, una embarcación pasaba lenta y fue seguida muy de cerca por un caimán; tuve que dispararle para eliminarlo

y tener un poco de carne fresca.

Cuando Ocopi dirigió la mirada a un semi desnudo caballero, con porte distinguido, que ayudaba a sacar el caimán, se acercó a Buntre y le preguntó: ¿Quién era este pintoresco extraño que estaba allí?

—Disculpe mi descortesía, es el preso que llegó de la capital hace tres días. Esperaba notificarle en la inspección sanitaria semanal. Se enterará por el memo, que podrá recoger más tarde.

El sanitario Ocopi se acercó a verlo y lo examinó de pies a cabeza y empezó a conversar con él. Grenzio, que estaba terminando de jalar la cola del lagarto y tenía sus manos embarradas con lodo arenisco sucio, agarró fuertemente la mano de Bustios, que no pudo evitar este contratiempo. Entonces, escuchó la voz pomposa del escribano, quién le ordenaba, revisarle clínicamente para ver si no había contaminado, las límpidas aguas del asentamiento.

El sargento, para evitar más comentarios, agarró del cuello al caballero mojado y lo llevó mostrando exageradamente su fuerza bruta y golpeándole con su fusil de rato en rato. Cuando entraron a la comandancia Grenzio lo abrazó fraternalmente, alegrándose por su puntería. Buntre le ordeno asearse y prepararse para la próxima visita del sanitario Bustios Ocopi.

Luego retornó al puerto a recoger el tesoro intercambiado por Grenzio y a ver ¿cómo su cabo lugareño? iba a dirigir el despedazamiento del caimán atrapado gracias a la tercera o cuarta huida del preso Moxela. El sanitario Ocopi, llegó como a las 11.00 horas, despertó al guardia dormido y le dijo que pasaría a la celda a revisar al prisionero. Entre rumores de: ¡no me jodan, dejen dormir, pase, váyase a la miér... Ocopi se sintió autorizado y pasó al patio interior con su maletín.

Pasó por la celda Nº 1 que estaba abierta y vacía y se fue a la celda Nº 2, donde el preso estaba sentado sobre su lecho esperando ser revisado, limpio, camiseta blanca con pantalón corto; Estaba bien peinado y sus ojos lucían algo enrojecidos por el jabón que había usado en la ducha.

—Señor Moxela, soy Ocopi Bustios, sanitario de este poblado y vengo a revisarle —le dijo un poco asustado, ya que no tenía protección alguna. El preso se hallaba sentado en su camastro, cortándose las uñas y como no respondía, pidió permiso para pasar.

—Pase a cumplir la orden Sanitario y no tenga miedo, además, estoy enterado que es amigo del sargento Buntre, pronto será también mi amigo —y una sonrisa afloró en la cara del preso Moxela.

El hielo de un primer encuentro se rompió, más tranquilo Ocopi inició el examen. Comenzó a revisar sus ojos, estaban sanos y el fondo de su retina estaba normal. El preso lo miraba paternalmente. Luego le tomó la presión, que resultó normal 125/85, para su edad —le puso el estetoscopio informándole— Latidos fuertes, sonoros y constantes.

—¿Usted es médico o algo parecido?

—Soy técnico sanitario. Aquí no pasa nada especial señor Moxela. Esta zona alejada es muy salubre, no tengo mucho trabajo.

Grenzio le preguntó. Debe tener muchos enfermos, más al norte tiene usted una tribu de aborígenes, que seguramente requieren su ayuda periódica o semanal. ¿Va a la aldea o ellos vienen a la posta médica?

—No me va creer Señor Moxela, pero esta gente Amborí, es muy sana, no se reporta ni para vacunarse contra la malaria y como están cerrados por naturaleza brava, no se contaminan. Si me permite relatarle: Tienen su propia vertiente de agua, que es muy limpia y llena de vitaminas A, D y otras. Desde que llegué sólo me permitieron ir tres veces en emergencia: Una vez, cuando un joven rubio de 20 años se había roto una pierna, la enderecé y luego le entablillé con madera y bastante crema antibiótica; la segunda...

—Espere Bustios, dijo que su paciente era un joven “rubio” de 20 años.

—Seguro señor Moxela, en esa tribu, cuyo origen es ignoto, he visto una variedad de razas, hasta tienen barba como la suya y algunos tienen ojos azules como el cielo de marzo. Casi todas las mujeres jóvenes o maduras son muy lindas y trabajan a la par que los varones.

—Qué buena noticia me ha dado, pensé que en este puesto viviría mi condena en una celda oscura y mugre, apaleado por militares dictatoriales, pero vislumbro más aventuras que un ciudadano libre en un país democrático de verdad. ¡Qué interesante! ¿Qué paso la segunda vez? Cuente sanitario Bustios, estoy atentísimo, fúmese un poco de este puro.

Ocopi le acercó la llama de su encendedor. Bustios pitó por unos segundos y tosió fuertemente, era tabaco negro, y prosiguió con su relato y lo que escuchó Grenzio, no le tomó de sorpresa:

"Serían las 17.00 horas. A Buntre y a mí, nos llevaron de emergencia en canoa. Me tocó atender un mal parto, un bebé mal colocado, estaba trancado y como usted sabe, eso casi siempre es mortal para la madre.”

“El brujo estaba ausente otra vez, seguro no sabría cómo tratarla y no soy ginecólogo, pero me parecía que debía salvar por lo menos a la criatura. Pedí permiso para cortar su vientre como un canal; Buntre asintió con su cabeza, pero felizmente el brujo apareció y tenía en la mano una roca que brillaba con tonos azulinos que se dispersaban por toda la choza. Me hicieron a un lado”.

“El brujo la puso sobre el vientre materno, comenzó a hablar, mover y girar en sentido contrario a las agujas del reloj y en el vientre se veía ¿cómo la criatura giraba? hasta que su cabecita se puso a la salida del útero. Entonces el parto se tornó sencillo, extraje a la criatura rolliza, y le entregué a su madre. Luego los guerreros nos sacaron hasta el puerto. Al partir, sentí escalofríos por la mirada oscura que me dirigió el brujo, había presenciado algo prohibido."

El preso tenía una cara tan absorta como inquietante y aunque seguía esperando que la historia continuase, le comentó.

— ¿Qué buena historia? tiene que darme detalles, si me permite, esta última parte de la roca brillante azul, ¿se la contó a alguien más del poblado o en Barquesi? —indagó preocupado.

—Negativo Señor Moxela, porque el sargento me conminó, delante de todos los Amborí, con su pistoleta en mi sien, a guardar silencio de lo ocurrido. No comenté esto hasta ahora. Usted me pareció una persona indicada para informarle o me volvía loco. Me despido y más tarde le visitaré para contarle de otros casos extraños que sucedieron en la cordillera Panturere. ¿Cómo se siente de salud, necesita algo más?

El corazón de Grenzio, se paró en seco y empezó a toser, atorado por el nombre que acababa de escuchar “Panturere”. La cordillera estaba allí, como en sus sueños, allí, los seres extraños tenían una cueva donde escondían una misteriosa esfera azulina. Esto, era demasiada coincidencia.

Como Grenzio no pudo contestar, solo le dio la mano y Bustios le dejó mentol y unas pastillas de vitamina B12.

Salió al patio donde los soldados ya habían retornado. Luego de saludarles, se fue a la oficina del sargento, a recoger una copia del informe médico y otros papeles para llevarle al escribano Lapezo. Entró a la oficina muy sonriente, con esa mirada natural de complicidad; el sargento le preguntó incisivamente curioso.

— ¿Cómo está el preso político Grenzio Moxela? ¿Está sano? ¿Qué opinión personal tiene de él, sanitario Bustios?, ¿Nos contaminará el puesto y cambiará la obtusa vida en esta olvidada aldea?

—Está sano sargento y me alegro haberle conocido, —miró a Canilas con expresión de haber conocido a alguien especial— Es toda una personalidad, aunque es ingeniero eléctrico, no será de mucha ayuda en este rincón, es risible e inaudito. Lo que es más importante, me ha llamado la atención su firme carácter y desbordante empatía.

—Seguro sanitario Bustios, váyase tranquilo donde su jefe, lleve esta copia del reporte, que ahora me toca disponer el parte de las 12.00 horas, ¿Quiere quedarse y asistir?

—Le agradezco, pero tengo que hacer una visita más, seguramente volveré a conversar con su preso, puede estar seguro.

Buntre acompañó al sanitario hasta la puerta y volvió a su oficina. Cuando estaba por dar las doce se arregló su camisa y gorra reglamentaria, se lustró las botas y asistió al parte; después se dirigió de inmediato a donde el preso Moxela, intrigado por la sonrisa del sanitario. Al entrar en la celda, éste se hallaba recostado, limpiando sus enseres personales, aprovechando todavía la abundante luz del día.

— ¿Cómo está preso Moxela? —Le saludó luego se sentó en la silla, se sacó el quepí y le dijo— menudo día que pasamos ¿Cómo se siente?

Conoció finalmente al sanitario Bustios en persona.

—Sargento, gracias por salvarme. Le agradezco y pido perdón por la situación incómoda en que lo puse. No quiero perturbar su autoridad ante esta gente. ¡Hay que tener cuidado en esta época de dictadura!

— ¿Cómo le cayó el examen médico de Bustios? Es buen profesional, pero medio hablador ¿no cree?

—Le tiene más respeto que miedo y lo aprecia verdaderamente, pero no tanto como los Amborí del norte. Me gustaría saber cómo son, cómo llegaron aquí; parece que hay varias historias, además de misteriosos y fantásticos cuentos. ¿Qué me dice misar?

—Aquí, solo tenemos la documentación que le entregué, salvo que el escribano tenga algo más. Cuando vaya a Barquesi, el domingo próximo, le conseguiré documentos históricos en la prefectura.

—Le agradezco misar, tengo interés en estudiar estas tribus amazónicas, mantenidas intactas, que tienen muchas mujeres jóvenes y lindas, buscando novios.

—La lengua de Bustios será cortada, por bocazas y se quedará sin dientes. Espero que le haya contado solo eso, lindas hembras ¡A ver, escupa lo que sabe!

— ¿Cómo se le ocurre? No me dijo nada más. — Mintió con alevosía notoria— los del bote “Risas de sirenas”, me comentaron cosas al pasar.

—Me place sea así, pero si le cayó bien Bustios, está bien que lo defienda, porque es de lo mejor que ha llegado por aquí. Hombre de buen temple—y fue interrumpido por Grenzio.

—Perdone, pero hay algo que me preocupa, podría informarme si usted presencio algunos hechos curiosos, ocurridos en la cordillera Panturere, quizás presencio algunos rayos azulinos.

Buntre se puso serio, se levantó y observó de cerca la real expresión preocupada que mostraba el rostro del preso y aunque sabía bastante sobre el tema, prefirió ignorar la pregunta.

—Tranquilo Grenzio, parece que está desvariando, allí no hay nada oculto, tampoco misteriosos rayos azules, vayamos a trotar y caminar.

Salieron juntos a dar una vuelta completa al patio para despabilar la mente. El cabo Mangure los vio llegar corriendo; después de saludar al sargento abrazó al preso en gesto innato de aprecio lugareño. Grenzio prometió no escapar y preguntó si tenían una huerta. Mangure soltó una carcajada y respondió.

—No sé mi amigo, ¿a quién se le va a ocurrir?, solo esperamos que pase alguna lancha comercial y compramos verduras, condimentos, o las sacamos del huerto del escribano.

—Con las semillas que traje, mi cabo Toño, vamos a tener nuestra propia huerta aquí, al lado del parrillero y vamos a techarlo. Ya me cuenta luego. Esta noche, vamos a preparar un cocido dorado, a la peruana.

—A la orden jefazo, pero no tengo limones, mejor me voy a robar, digo a traer unos cuantos a la huerta del escribano. Ya vuelvo en unos minutos y por favor, no se me escape.

Esta vez, durante el almuerzo, el sargento autorizó al preso, sentarse con ellos. La comida transcurrió sin problemas, regada por comentarios del caimán y la experta manera de nadar del preso.

Cayó la noche y encendieron tres lámparas a queroseno, una a la entrada, dos en el alar y dormitorios, bajo la atenta mirada del sargento, siguieron con juegos de cartas en los que participó el preso amenamente.

El sargento, encendió algo parecido a una pipa hechiza con madera rústica, le echó tabaco negro y empezó a fumar rodeado por volutas de humo para evitar picaduras de mosquitos, por la temida enfermedad del paludismo. Caviló Buntre sobre su situación actual y no tenía comparación con la semana anterior. Había cambiado en un dos por tres, que no daban seis. El producto resultante no era simple aritmético, porque la realidad era otra, que le inquietaba mucho más profundamente.

Muchos acontecimientos se habían suscitado desde la llegada del inesperado preso y presentía que eran positivas para su puesto militar, pero también, siendo un poco cauto, debía tomar ciertas precauciones, por la cercanía con la tribu.

A las 22.00 horas se fue a dormir, subiendo por las gradas abiertas hasta llegar a su dormitorio en el segundo piso, que poseía una terraza orientada hacia la cordillera Panturere que protegía a los Amborí, donde alguna vez las vio radiantes, llenas de rayos azules. El ambiente estaba inquietante, Buntre Canilas no pudo dormir esa noche, tal vez por la recargada comida, la exagerada condimentación y los avatares del preso recién llegado. No habían pasado ni cuatro horas, serían las 03.00 de la madrugada cuando su oído fino escuchó el sonido de un trueno seco. Medio dormido salió a la terraza y miró hacia territorio Amborí. Apenas se distinguían algunos fuegos de guardia en la oscuridad.

Repentinamente vio asombrado, que desde la sierra Aramía salían una serie de destellos azulados que atravesaban las densas nubes y se perdían en la oscuridad del cielo, luego escuchó otro estruendo seco. Aunque el cielo estaba nublado, no aparecía indicio de tormenta o lluvia. Él sabía la diferencia entre rayo y relámpago, pero nunca había observado destellos luminosos, saliendo de la tierra, con tal frecuencia repetitiva.

Recordó, que hace un mes el guardia de turno informó, haber visto algo parecido. Pero como no le creyó, no lo consignó en el parte y lo dejó en el olvido. Ahora que, en su mente, estaba grabada esa misma ocurrencia, se dijo que debería entrar a investigar la serranía, eso sí requería el permiso Amborí, algo muy difícil, pero no imposible de conseguir.

Bastante intrigado, recordó la inquisitiva pregunta del preso, ¿Cómo conocía el suceso? Estuvo así unos minutos; Como no apareció ningún otro rayo, relámpago o escuchó un trueno, pensó que lo observado era solo una jugarreta de la naturaleza.

Concluyó que esa madrugada sería otro día común; Retornó a su dormitorio sin sospechar que su vida ya no sería la misma a partir de ese suceso. ¡Qué lejos estaba de haber visto el inicio de una aventura!

Si hubiera esperado un poco más o vuelto a salir, hubiera notado que Grenzio, ocultó en la terraza, había observado incrédulo las silentes luces azules saliendo en serie desde la serranía, como disparos programados de rayos consecutivos, atravesando el cielo cubierto de nubes y finalmente llegó una calma, que casi siempre anuncia la llegada de alguna tempestad.

Capítulo 4:

VISITA A LA TRIBU AMBORÍ

El resto de la noche estuvo tranquila, pero cerca del amanecer Buntre tuvo variados sueños que mezclaban su injusta degradación, la separación obligada por su esposa al no poder seguirle a su exilio en parque Barquesi, luego vio el rostro del brujo Amborí lanzando maldiciones y lo ponía en una olla con agua hirviente, eso sí rodeado de jóvenes bellas con sinuosas formas, capullos virginales que se abrían atrayendo al macho a su nido.

Esa mañana del jueves 2 de mayo, despertó malhumorado por el intempestivo corte de su hermosa y ardiente visión. En su lugar noto que alguien estaba parado al lado de su camastro. Era el soldado Huiras haciendo gestos que le pedían silenciosamente para levantarse rápido. Vio su reloj de mesa y eran las 06.00. Como estaba en calzoncillos, se levantó aparatosamente tratando de abrir el clásico mosquitero, que logró abrirlo a medias y salió de la cama mirando duramente al soldado.

—Si no es algo urgente le meto al río colgado de la lancha para que le coman sus bolas los caimanes ¿Me oyó Huiras? ¿Qué quiere?

—Está en el puerto el cacique menor Umbalé y dice que es muy urgente, quiere llevarle de inmediato al poblao, acompañao del sanitario.

— ¡A la miér…! ¡Eso sí es muy urgente soldado, vaya y tráigame al sanitario rápidamente! que ya me visto para ir al puerto.

Se puso el pantalón, botas de reglamento y una camisa limpia, se peinó en un espejo colgado a un clavo, se puso la gorra militar y salió como un torpedo con rumbo preconocido. Cuando llegó al puerto, vio que el cacique estaba parado, con su figura y porte prominente, pero con cara de preocupación, comenzó a informarle en su dialecto tribal.

—Disculpe cacique Umbalé, usted sabe que apenas hablo su dialecto, pero ya viene el sanitario Ocopi que sí lo entiende.

—Buen día, saludo jefe amigo. Urgente requiero su presencia y del sanitario en poblao, tenemos problema médico.

Al poco rato, se veía la figura del soldado Huiras, que bajaba apresurado por el sendero de la plazuela corriendo y muy agitado con un maletín en la mano, pero sin el sanitario Bustios. Inclinándose ante el cacique como saludo, resopló casi con desmayo en la oreja de su sargento:

—El Ocopi está borracho, misar; ayer robó la botella de singani que intercambió el preso y se mamó solito, todita el desgraciao ¿Qué hacemos?

— ¡Vaya y me trae de inmediato al señor Moxela, así como esté! ¿Me oyó? ¡Déjeme el maletín y vaya pronto! —Se dio una vuelta y al ver la cara de indignación del cacique se acercó a explicarle:

—Ocopi enfermo. Vamos a ir con otro sanitario, si esperamos unos minutos cacique Umbalé.

El cacique se mostró enfadado porque no había más médico en ese puesto, supuso que el sargento le estaba engañando. Esperó unos minutos y se dispuso a partir solo, mientras ornaba que dos guerreros armados de flechas se pusieran a su lado.

Buntre no se quedó quieto, llevó instintivamente su mano a la cartuchera y notó que estaba vacía, retiró la mano y se dispuso a implorar, ante un gesto del cacique que indicaba atacarle.

Cerró los ojos para no ver las flechas clavándose en su pecho, pero nada pasó. Abrió los ojos lentamente y vio que a su lado estaba la esbelta figura del preso Moxela, bien vestido de camisa blanca, tenis y pantalón azul corto, con una serenidad tan fría como ese amanecer.

Revisó el maletín, sacó el estetoscopio, lo revisó y volvió a colocarlo en su lugar, se levantó y le dijo.

— ¡Listo para partir! cuando ordene mi sargento Buntre.

El cacique contempló intrigado al caballero de finas maneras y por el saludo inclinado que le hizo con su cabeza; No le conocía, tenía un aire de paisano, semblante firme con ojos de mirar indómito, pasaría fácilmente como un anciano de la tribu, con vestimenta, incluida su barba mal cortada.

—Jefe Buntre, pasemos canoa, vamos aldea con este sanitario nuevo, parece mucho mejor.

Tranquilizado por la aprobación del cacique, ambos subieron y se acomodaron al medio de la embarcación que partió silenciosamente como había llegado, rodeado por los aborígenes. La mirada del joven cacique era serena y no dejó de observar al preso ni por un instante.

Grenzio miraba el río grande a todo detalle y cuando llegaron a la desembocadura noto más guardias aborígenes a ambos lados del río Paramingú. Apenas ingresaron, la entrada cambió radicalmente; el paisaje mostraba una semioscuridad provista por una frondosa vegetación que se entrecruzaba de una orilla a la otra, como una cúpula continua. Los remos se apuraban al compás penetrando más y más el delta del río Paramingú.

Tardaron una media hora en subir, poco a poco se fue abriendo la vegetación para dar lugar a una hermosa visión de una plena naturaleza mayormente verde, que se presentaba en armonía con sus habitantes, ya que no se notaba descuido por ninguna parte. Cuando bordearon el último recodo apareció la primera cachuela (cascada pequeña) bañada por los primeros rayos solares, tenía unos 12 m de alto e impedía la navegación. Todos saltaron a un muelle formado por piedras arrejuntadas y ocultaron la canoa, luego caminaron sorteando un peñasco grande en forma de tronco de cono, en su base se había escarbado un pequeño sendero con gradas, donde cabía un solo pie a la vez.

La ascensión se hizo lenta entre la selva y el peñasco, con muchas piedras salientes de las que se sujetaban para no caer al río que corría furiosamente abajo. Caer significaba una muerte segura, aunque uno supiera nadar se figuró Grenzio sin mirar abajo. Aunque sólo tardaron diez minutos en circunvalar la roca pelada a Grenzio le pareció una hora.

Entonces apareció otro trecho del río navegable y un puerto hechizo donde les esperaba otra canoa con cuatro remeros, que les llevaron hasta torcer un recodo, donde la selva se abrió y podían percibir una bella llanura multicolor que terminaba en un caserío apenas visible por la coloración, una aldea mimetizada ¿naturalmente o a propósito? se preguntó Grenzio.

En esta parte, la corriente era suave y en sus orillas se veían árboles de cacao con sus frutos anaranjados pegados al tronco a la espera de la próxima cosecha. Más adentro bordeaban árboles frutales ordenados; platanales y caña de azúcar en huertos alejados del poblado. Más al sur se veían plantaciones de arroz bordeadas con palmeras reales apegadas a estos manglares naturales que regalaba la naturaleza pródiga. Estas plantaciones tenían que haber sido preparadas por expertos agrícolas, dictaminó Grenzio, había un orden en el desorden natural del asentamiento.

Bogaron por una hora y llegaron a lo que parecía un poblado con tinte palafítico, todo construido en madera, con diseño cubical formando grupos de cruces que se alineaban sobre una vía troncal que unía conjuntos y se alargaba en varios niveles hasta llegar al río, donde se formaba un puerto de madera, donde fondeaban varias canoas amarradas.

A esa hora de la mañana se veía a la gente de la tribu muy animada. Serían la 08.00 pensó Grenzio, y tal como le comentó el sanitario Bustios, aparecieron por un sendero que llegaba a una poza, los primeros retoños juveniles de belleza facial única con faldas cortitas marrones, bustos desnudos pequeños pero firmes, luciendo piernas finas que terminaban en rotundos muslos y caderas de gran porte. Grenzio se quedó tan embobado, que apenas sintió un agudo dolor en su costilla, debido al codazo que le propino el sargento, ante el ceño fruncido del cacique menor.

Pronto llegaron a lo que parecía el amarre principal, por sus cobertizos de palma y troncos con adornos naturales. Allá esperaba una comitiva con rostro sombrío, nada amistoso. Cuando subieron a la plataforma, fueron revisados inmediatamente por adustos guardias de seguridad que cubrían al gran cacique, hombre de edad madura, buen porte, ojos marrones claros y tez morena, cabellos largos y lacios sin trenzar, labios gruesos que protegían brillantes dientes blancos. Llevaba un gran bastón de madera negra coronado por una brillante piedra natural verde, que no poseía grabaciones o figuras artísticas.

Era gente práctica, determinó Grenzio. No se veían chucherías comunes de las tribus sudamericanas ni adornos coloridos con plumajes de aves silvestres o pieles de leopardos u otros animales predadores.

El cacique saludó afablemente a Buntre, poniéndole las manos sobre los hombros mirándole de frente y llamó a su lado a una intérprete, que se plasmó en la retina de Grenzio; era una hermosa joven con unos 25 años, tez blanca tostada por el sol, madura en forma y belleza, cabello pelirrojo, ojos verdes que destellaban en una linda cara expresiva, pero en su fina cintura llevaba un cuchillo y en la espalda una porta flechas. Se la veía preocupada cuando traducía el informe que le daba el cacique, al sargento.

Algunos nativos y nativas se acercaron a Grenzio sonriéndole, hablando en su dialecto, tocándole sus cabellos, las manos y su barba blanquinegra y todos comentaban sobre él, que correspondía afablemente con una sincera mirada de quien respeta y pide respeto. Algunas jóvenes púberes atrevidas trataron de quitarle su maletín o el pantalón corto azul, pero él siguió imperturbable, con la mirada puesta en la radiante pelirroja.

Finalmente, ella se desprendió del grupo que hablaba con el sargento y se acercó a Grenzio hablándole en buen castellano:

—Señor médico venga conmigo detrás de comitiva. No hable con nadie más, sólo sígame ahora.

Grenzio asintió y la siguió sin dejar de notar su gracioso andar símil a una pantera en medio de la selva profunda, contorneando su cintura, moviendo las piernas y caderas en una armonía natural, que pocas mujeres conseguían hacerlo en nuestras ciudades; por mirar embobado el magnético caminar ondulante, se golpeó la cabeza contra un bajo madero usado como dintel y gritó adolorido. Ella se dio vuelta y vio que estaba sonrojado y se sobaba fuerte la frente, mirando a todas partes menos a ella.

— ¡Sólo sígame! ¡Y mire por dónde pisa! —Le fustigó ácidamente.

La comitiva que estaba formada por tres jefes acompañados de seis guardias, llegó a un sector alejado del río y se detuvieron frente a una amplia choza donde esperaron la llegada de los recién llegados.

Antes de entrar, el sargento, que le había seguido cerca, se acercó hacia él seriamente y le habló muy quedamente:

—A partir de este momento, todo lo que vea, note, oiga, toque ¡Está restringido! No debe ser contado a nadie ¿Me entiende? Hablará sólo cuando le pregunten o alguna autoridad se dirija a usted ¿Me entendió?

— ¡Sí señor, entendí! —afirmó Grenzio, con plena convicción.

Guiado por el sargento penetraron a una choza de paredes medianas, abierta por todos lados, ventilada con cañas tejidas, que tenía algunos aborígenes en lechos comunes y llegaron a otra habitación que estaba cerrada con una tela translucida, como gasa; sobre una mesa de madera rústica se hallaba tendido el cuerpo inerte de un militar con tez blanca y cabellos rubios.

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