Kitabı oku: «El vuelo de las golondrinas»

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Rosario Costa

El vuelo de las golondrinas


Costa, Rosario

El vuelo de las golondrinas / Rosario Costa. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8924-14-4

1. Relatos Personales. I. Título.

CDD 808.883

© 2022, Rosario Costa

Primera edición, febrero 2022

Diseño y diagramación Lara Melamet

Corrección Martín Vittón y Karina Garofalo

Ilustraciones Cami Macca

Conversión a formato digital: Libresque

Hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra

sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.


Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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A mis raíces y al pabellón, mi familia ampliada.

Con amor,

Saio

Prólogo
De cuando aprendí a manejar

Nueve años es la edad en la que, con certeza, todos debemos poner en marcha nuestra autonomía, al menos así es en mi familia.

En esta casa, el género no categoriza. Mamá es la mejor tirando al blanco con el aire comprimido y la única que manejó, a sus doce años, un camión con acoplado.

Mi familia no es una familia tipo, pero sí “mi tipo de familia”. Cálida, despierta, activa y, sobre todo, con una gran capacidad de amar, disfrutar y reír. Incluso cuando la vida da mil motivos por los cuales llorar.

Como buena hija aprendí a manejar a los nueve, en el Gol azul de papá, sin alcanzar los pedales y temiendo por las personas que pudieran aparecer en el estacionamiento del Hipódromo, a las siete de la mañana de un domingo. Claro, eran muy pocas.

Sin embargo, no fue hasta los diecisiete años cuando empecé a manejar en la ruta. En esto último, tardé más que mis hermanos. Supongo que me refugié en ser la “pichona” del hogar. Aunque tenía sus muchas desventajas, me llenó de “mal-crianzas”.

Al fin, llega mi revolución y demando a papá llevarme a la ruta sin tanta cháchara.

Nos dirigimos a un pueblo vecino a Lincoln, donde también crecí, y digo también porque en realidad fui criada en la ciudad.

Nos toca visitar el campo donde papá trabaja. Es mi cuarta o quinta vez en la ruta, pero la distancia es bastante más larga.

Hablamos. Suena Sui Generis. De vez en cuando aparece un semáforo, esos insólitos semáforos que indican que la velocidad debe reducirse a sesenta kilómetros por hora cuando no hay manera de bajar a menos de cien kilómetros por hora sin que a uno lo atropellen.

Aprovecho el viaje, el momento, y bajo la ventanilla para que el aire fresco de un día nublado me llene de amor. El viento es el elemento que me permite escuchar a mi hermano, supongo que por la capacidad que lo caracterizó de hacerse sentir en todos lados. Quizás ese también sea el motivo por el cual elijo viajar para sanar, para sentirlo un poco más. E ir momento a momento sin perderme la letra chica del texto.

Papá ensilla el mate. Aún guarda en la guantera, justo al lado del cuchillo con mango de cuero hecho a mano que todos recibimos llegados los dieciocho años a cambio de una moneda, aquella linternita que compró en la calle, esa que le permite cebar incluso cuando está anocheciendo, sin molestar al conductor. Casi siempre, “el conductor” somos nosotros, aprendices de su arte.

Es el tercer mate, la música sigue sonando hasta llegar a “Rasguña las piedras”, y hoy no abundan las palabras, sí la música.

Sonrío.

Faltan solo cien kilómetros para llegar a destino y sé que vamos bien porque las indicaciones se limitaron a unas treinta señas con las manos que vienen en combo, pues se reducen a: “dale, avanzá”, “aflojá la pata”, “acá girá”, “atenta velocímetro”, junto con algún que otro monosílabo para nada expresivo, que son más que habituales en papá y demuestran que todo está en su lugar.

Suena el teléfono. Mamá habla del otro lado en el altavoz del auto, curiosa por mi performance.

—¿Y? ¿Qué me contursi? ¿Se defiende?

—¡Bastante bien, eh! —contesta papá confirmando mi intuición—. Ya estamos por llegar, te llamamos cuando estemos saliendo, que está chispeando un poco.

Pero, como por arte de magia, el cielo empieza a cerrarse y, justo cuando estamos por adentrarnos en el último tramo, la llovizna que apenas mojaba se convierte en diluvio. Si bien la fe en mí no es poca, en este momento mi suelo parece tambalearse. Frenar no es una opción.

A papá, sin embargo, no se le mueve un pelo. Tiene el inmenso poder de confiar.

—Vos, tranquila. Siempre que llovió, paró —dice incentivándome a seguir, con la expresión tranquila.

Hoy, en lo que parece una inmensidad de años después, puedo afirmar que siempre que llovió, paró.

Y un arcoíris, al fin, se dibujó.

La perla: mi pequeña y sus caracoles

No es que me voy, es que la vida me lleva.

No es que me voy, es que mi viaje me eleva.

LOLITA

Los Mirasoles, enero de 2002

Ojalá pudiera congelarme en este lugar por siempre; tendría el ruido del mar donde quiera, y podría llamar a todos los ángeles de la Tierra.

Me despierto en un sueño, el día está increíble, la casa de Los Mirasoles hace que todo sea perfecto. Hay olor a tostadas con manteca. Escucho los pájaros desde la habitación, la paz me invade. La playa y el bosque… podría seguir escuchando por horas, pero mi corazón está saltando por salir a sentir la sal.

Tengo cinco a seis años. Es el origen. Corro a la galería: son todas casitas parecidas, tal vez, en unos días incluso lleguen el Turco Juan y la Rusa. Hay un jardín que todos compartimos, digo jardín porque ahí es donde todos los nenes juegan juntos, pero en realidad es un jardín de arena, y a unos pasos hay un bosque y la entrada a la playa. Un jardín con más arena y un mar enorme.

Mi pasatiempo favorito es andar a caballo, aunque acá me gusta mucho juntar caracoles.

—Papá, mi tostada con manteca y dulce de leche, por favor.

Intento acomodarme en esas sillas siempre mucho más altas que yo.

—Bueno, bueno, sentate bien, reina, te vas a enchastrar toda —dice mientras me alcanza comida, señalando con la cabeza mis piernas despatarradas por la mesa.

—¡Ay! ¡Pero estoy incómoda!

Quedarme quieta me resulta aburrido y sentarme bien, molesto. ¿Será que no se dan cuenta de que no puedo ver lo que hay en la mesa?

—Vamos, ¿te preparo la leche, te cambiás y vamos a juntar caracoles?

Salto, me lleno de dulce de leche y me echo a reír a carcajadas. Había sido una mala estrategia para tenerme quieta. Puedo ver a papá intentando hacerse el serio, pero rendirse a la risa. Sí, riamos que la vida es una.

—Vamos, tomate la leche y vamos —dice mientras se toma un mate y me limpia la remera.

—Gracias, papá. Ya tengo muchas ideas.

—Sí, me imagino.

En dos minutos estoy lista, cargo mi bidón y le doy a papá el suyo. Sacamos las tapas y caminamos. Por suerte, es de mañana y los pies no queman. Me encanta sentir la arena y el ruido del mar.

Me pregunto cuánta gente desafió a los guardavidas y nadó hasta el fondo. Vuelvo a preguntarme si las gaviotas nos verán como extraños y también si los caracoles que habitaban en estos caparazones huyeron al sentir nuestros pasos. Intuyo que sí, pues de los berberechos no hay rastros, así que serán todos llamadores de ángeles esta vez. Los caracoles son mis preferidos para las tardes de lluvia o la hora de la siesta. Decoré el jardín entero de la abuela Esther y quiero uno para el balcón de la casa nueva.

Caminamos y en la playa no hay nadie, solo un montón de caracoles que casi forman un colchón. Los hay de todos los colores y formas. Me agacho y junto cuantos puedo, hasta que descubro que son tantos que tengo que empezar a elegirlos.

Los rosas y blancos son mis preferidos, y si tienen un poco de violeta, se convierten en mi tesoro.

Los que hacen ruido y son chiquitos me gustan.

Las piedras raras pueden ser amuletos para papá o mamá, los adultos siempre necesitan algo que les haga creer en la magia.

—¡Papááááááá!

No sé por qué tarda tanto. Viene con su paso lento y apenas lo veo allá a lo lejos.

No sé cómo hace para no saltar, seguro se está conteniendo para dejarme jugar. Pero este bidón pesa mucho y ya no lo puedo arrastrar.

—Vení, te lo cambio, que tenés muchos —dice dándome el suyo casi vacío. Tendría que haber traído a la Naranja, mi yegua favorita, ella es una gran ayuda cuando las tareas incluyen caminatas por la playa y zanahorias de recompensa.

Volvemos. Tengo un botín de caracoles en el deck debajo de la parrilla, no puedo dejar de sonreír. Espera a que le muestre a mamá todo lo que junté. Es el mejor día de todos.


El aire y las golondrinas

—¡Asia! ¡Asia! —gritaba Fran desde el medio del patio.

No es que no lo escuchara, simplemente intentaba evitar el choque entre Juanita y Felu en el transitado tobogán del jardín.

—¿Todo bien, Fran? Ahora te ayuda Sami —dije al tiempo que hacía señas a mi compañera de equipo. Aunque yo fuera la maestra titular, nunca me sentí cómoda con la jerarquía. Además, sé que no podría haber cumplido mi rol sin su ayuda.

Sami me guiñó el ojo en respuesta y fue cálida a contener a Francisco, que, de todas formas, no parecía estar en problemas.

—Juani, esperamos el turno así podemos jugar todos —dije volviendo a mi función de poner orden en el tobogán, mientras sostenía a Felu hasta que perdiera el miedo.

Dos minutos más tarde, un tirón en el delantal demandó mi atención. Los ojos de Francisco me miraban atentos y serios como solo pueden los de un niño de dos años y medio que tiene muy claras sus prioridades en la vida.

—Sami no me entiende —alegó con compungida expresión.

—¿Cómo que no te entiende? ¿Qué pasó?

—Quiero ver las golondinas —respondió señalando el centro del patio. No señaló el cielo, señaló el piso. Y fue esta clara indicación la que desorientó a mi compañera.

La ternura atravesó todo mi cuerpo. Buscar las golondrinas era una actividad que disfrutábamos en las mañanas de sol. Consistía en acostarse en el piso y mirar el cielo a la espera de que aparecieran para exhibir su alma migratoria.

—Tenés razón, vamos —dije retomando mi lenguaje de señas con Sami para hacer el cambio.

Claro que sí, era tiempo de simplemente admirar el vuelo.

Florencia 2021
1

Son casi las once de una mañana de invierno, ayer no dormí. Tengo un cuarto nuevo que da al jardín. Mi compañero me dejó un par de llamadas que aún no estoy lista para escuchar.

Está ocurriendo, al fin. Puedo ver la luz al final del túnel, me escribió como si leyera mi mente, eligiendo no preguntar pero acompañando mi silencio.

¿Será que tengo miedo a ver la vida?

Me acostumbré tanto a la penumbra de una herida que casi casi quiero quedarme abrazada y fingir que acá no pasó nada. Sin embargo, acá estoy.

Es enero, hace casi un año que viajo y estoy en casa. Planeo un nuevo destino, la publicación de un libro y un sinfín de aventuras.

Jamás creí que los sueños se cumplían con simples elecciones, pero lo siento en la piel: los sueños se cumplen cuando elegimos, una y otra vez. Eligiéndote a vos, por sobre todas las cosas para llenarte de amor, con la tranquilidad de que viniste a este mundo a ser feliz, a disfrutar y a vivir.

Por muchísimo tiempo temí no saber qué sería de mi vida. Me desesperaba no tener el control. Estudié Veterinaria y Psicología. Hice diversas terapias alternativas. Buscaba sin cesar para ver dónde estaba la vida que se me había perdido. Buscaba un sentido, una pasión, pero nada afuera podía darme las respuestas. Nada afuera podía asegurarme que las cosas iban a salir bien y, sobre todo, nada ni nadie podía elegir por mí. Al menos, nadie podría elegir por mí y hacerme feliz.

En este camino, en el que cada paso valió la pena, lo más simple y lindo que descubrí es que no hay forma de controlar el futuro. Que lo impensado es lo más lindo, y que las curvas son lo rico de la vida.

Una vez escuché una analogía sobre las mujeres latinas y sus cuerpos, sobre cómo mostraban la apertura a los ciclos, es decir, los ciclos que viven los cuerpos que laten de acuerdo con los ritmos de la naturaleza. Las curvas que permiten un nacimiento, una gestación, una lactancia. Las curvas que permiten hacer el amor, gozar de un buen plato de pasta o de un beso carnoso y sin pudor. Las curvas que permiten el baile de carnavales.

Recuerdo pensar: y yo que siempre creí que las curvas significaban que algo andaba mal, digo, que algo estaba fuera de control.

Pienso que mi vida tomó su curva, dejó el control y siguió el vuelo de la golondrina hasta su próxima migración.

2

Estoy sentada en la terraza en mi jardín. Me preparo unos mates y me pongo a escribir. Es de esos días en los que, luego de tres pavas de mate, sigo en la misma página y me pregunto si no debería dedicarme a ser vendedora, visto que se me da muy bien la “charla”.

Un centenar de golondrinas se posa en el pino que abunda en la Toscana, es un poco distinto del pino de la montaña, y no logro recordar su nombre. El cielo está limpio y celeste. Es invierno, pero me despojé de vestiduras para sentir el calor que hace tiempo no sentía en Florencia. Empiezan a volar, de acá para allá y de allá para acá.

Entre su sonido y la increíble cantidad que revolotea, parecen expresar algo.

¿Qué me están queriendo decir?

La aceptación

Esa noche soñé con vos, Álvaro. Me diste un enorme abrazo. Te reías, te reías como un loco. Nos tiramos al mar.

Sabía muy bien que mi hermano había muerto años atrás, pero era tan real.

Papá me acompañó a la playa y ahí estabas, en la orilla, parecía esa de Mar Azul o la de La Pedrera, que nos alojó tantos veranos entre vecinos y amigos. Jugabas al vóley. Me mirabas, como si me estuvieras esperando. Me abrazaste y me levantaste por los aires, riendo a carcajadas. Con tu metro noventa, yo parecía minúscula a tu lado. Me hacías girar, tu hermanita había crecido. Me tiraste al mar, como cuando éramos chicos. Las olas salpicaban ese revoltoso celeste, se me mezclaban las lágrimas con la alegría. Sabía que te estaba despidiendo, era una sensación agridulce. Pero estabas tan feliz que reía también. De la emoción, de la felicidad, del sinfín de emociones que se había desplegado entre dejarme vivir y dejarte morir.

Supe solo entonces que una parte mía te siguió, como hacen las golondrinas, esas que llevan las almas al cielo y son leales a sus raíces. Pero otra parte mía quizá se detuvo ahí, en aquel verano de noviembre cuando te fuiste de mis pagos y de la Tierra. Solo entonces supe que despedirte era la única forma en que podía volver a pisar tierra firme. A disfrutar esta vida llena de sensaciones, de amor, de dolor, de angustia, de pasión y de vida.

Nada es justo cuando se trata de una muerte temprana. Nada es justo cuando pensamos en el sinfín de mandatos con los que nacemos, pero no sería quien soy si no fuera por cada uno de los momentos que me trajeron hasta acá. Los buenos y los no tan buenos.

Aunque a veces tengamos que pujar hacia la luz, como los bebés antes de nacer. Aunque duela salir del calor que da el útero, igual que duele salir del caparazón de nuestro hogar, vale la pena.

En Inglaterra, en la época de los navegantes, dicen que una golondrina significaba la esperanza de estar cerca de tierra firme.

Y hoy puedo gritar, y celebrar, pues divisé al fin que había tierra a la vista.

El final

Como un preso que al fin ve la luz del Sol,

como un rayo en medio de la tormenta,

como ese apagón que te obligó a encender una vela.

La sombra se volvió mi refugio, la muerte era moneda corriente.

¿Cómo se vive la vida?, me pregunto.

Como un alma renacida

que pujó y pujó a través de ese estrecho canal de parto.

Puedo oír mi canto,

mi voz,

mi grito.

Puedo oírme y me pregunto,

¿cómo se vive?

Si un día todo recomenzara,

como si el velo se corriera y

pudieras divisar el mundo entero que espera por vos,

¿qué harías de tus días?

Siento un latir muy nuevo. Al fin veo el Sol.

Después de tanta agua, de tanta lluvia, de tanto cicatrizar el dolor.

Al fin veo el cielo.

Resplandece despejado el canto de mis golondrinas

y me pregunto: hoy, el primer día de mi vida…

¿qué quiero en esta vida?

Sé que elijo menos prejuicios

y me prometo todos los días el amor infinito,

que es inagotable y que se encuentra hasta en lo más mínimo.

La muerte fue uno de los capítulos más importantes de mi vida,

pero de ella aprendí a saborear los colores del mundo,

el gusto de mi hermosa Italia,

el melodioso acento de cada tonada,

el privilegio del amor primero

que nace de uno a uno:

de mí y para mí.

En este viaje-hacia-mí aprendí que soñar implica responsabilidad,

que nadie va por esta vida desligado de mandatos,

y que cada uno tiene su batalla.

Que, con una sonrisa y un buen gesto,

damos esa cuota de amor que todos merecemos.

Aprendí que maternar es una cualidad hermosa a la que dedicaré mis días.

Aprendí a construir de a dos y a deconstruir creencias.

¿Qué es este libro?

Pues mi paso de la muerte a la vida.

Y el arcoíris que se despliega cuando uno se dispone

y decide a vivir sus sueños.

Hay batallas, hay amor, hay desafío y un fuerte legado que cuesta mucho trascender.

Como dije, cada uno está acá abriendo su camino.

Como un preso que apenas ve la luz del Sol,

mi libertad se siente fresca e imparable,

¿qué harías si te invitara a soñar sin fronteras?

Vamos, soñemos juntos, la vida invita. La muerte es nuestra fiel compañera:

esa que hace que cada cierre abra a una aventura nueva.

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
95 s. 10 illüstrasyon
ISBN:
9789878924144
Telif hakkı:
Bookwire
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