Kitabı oku: «El secreto está en el genio»

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© Rosetta Forner Veral, 2007.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO320

ISBN: 978-84-9006-793-2

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

El Dios Menor

AgradeciHadamente

Prólogo: ¿Quién le pone el cascabel al gato?

1. Antes de frotar la lámpara, debes saber que, para despertar al genio, hay que tener...

1.1. La libertad de ser «impolíticamente incorrecta»

1.2. El atrevimiento para hacer añicos el techo de cristal

2. Cuando la rebeldía hace posible que los sueños del alma se conviertan en sueños humanos

3. Si la gente fuese ella misma y trabajase en aquello para lo cual tiene talento y es además su pasión, la mediocridad no existiría

4. Acabamos por hallar a los de nuestra manada

5. Los humanos son genios, los humanoides son mediocres

6. El libro. Revelando el secreto del genio

El secreto está en el genio

Naciendo estrellas

Capítulo 1. La comadrona del espíritu humano

Capítulo 2. Si contratas a una reina, todas las damiselas de diadema floja que tienes en la empresa tratarán de hacerle perder la corona... Y los caballeros de armadura oxidada, también

Capítulo 3. Cuando las reinas deciden seguir subiendo por las escaleras del esfuerzo y la constancia como compañeras del éxito laboral

Capítulo 4. El precio de la corona

Capítulo 5. Si es importante saber adónde va un tren, más importante es subirse a él

Capítulo 6. Sueños, visiones... La avanzadilla del alma

Capítulo 7. En busca de la oportunidad perdida...

Capítulo 8. El precio de la máscara

Capítulo 9. ¿Quién se atreve a darle calabazas a la insatisfacción vital?

Capítulo 10. El alma en tiempos del consumismo demagógico

Capítulo 11. La clave para despertar la magia del alma y la verdadera identidad

Capítulo 12. De la libertad a la genialidad. ¿Quién frotó la lámpara...?

7. Ejercicios para despertar al genio

8. Epílogo

Nota

EL DIOS MENOR

METER MCNAB

Poco después de haber creado a la Humanidad, los dioses se dieron cuenta de su error. Las criaturas que ellos habían creado eran muy listas, ocurrentes, llenas de recursos, de habilidades, con una gran curiosidad por saber y un espíritu libre decidido a curiosear y explorar la posibilidad. Esto suponía que sería sólo cuestión de tiempo que comenzasen a desafiar la supremacía de los dioses.

Con el fin de asegurarse su preeminencia, los dioses organizaron un congreso para discutir el tema. Muchos fueron los dioses que acudieron desde mundos conocidos y desconocidos. Los debates fueron largos, puntillosos, animosos y muy espirituales.

Todos los dioses tenían muy claro una cosa: la diferencia entre los mortales y ellos, los dioses, se basaba en la calidad de los recursos o habilidades que ellos tenían. Mientras los humanos tenían ego y estaban preocupados por el aspecto externo y material del mundo, los dioses tenían espíritu, alma, discernimiento y se centraban en su yo interior, nada les importaba más que su desarrollo espiritual.

El peligro residía en que, tarde o temprano, los humanos también querrían esto.

Los dioses decidieron esconder sus preciados dones. Ahora bien, la cuestión era... ¿dónde? Esto fue lo que creó apasionados y largos discursos en la gran conferencia que sostuvieron los dioses.

Algunos sugirieron esconder estos recursos en la cima de la montaña más alta. Pero se dieron cuenta de que, tarde o temprano, acabarían por escalar la montaña.

Hasta en el cráter más profundo de la sima más profunda del océano más profundo acabarían por hallarlos.

Y las minas serían excavadas.

Y las junglas más impenetrables acabarían por revelar sus secretos.

Y los pájaros mecánicos llegarían a explorar el espacio.

Y la luna y los planetas acabarían por ser destinos turísticos.

Hasta el más sabio y el más creativo de los dioses se quedó callado, como si ya no hubiese más avenidas que explorar ni más ideas que encontrar.

En eso que un dios menor, que hasta entonces había permanecido callado, habló: «¿Por qué no escondemos esos recursos dentro de cada humano? Nunca se les ocurrirá buscar allí».

AGRADECIHADAMENTE

Ni uno de mis libros está sin dedicar... Porque hay almas que me acompañan siempre, bien en cuerpo humano o en cuerpo celestial. No existe el tiempo ni las distancias, todo es una suerte de espacio con sus diversos niveles en los que habitamos con nuestra conciencia o esencia hadada. Cada uno piensa como le da la gana y ésta es mi manera. Yo creo que, para venir a la Tierra, nos enfundamos en una entidad humana, y, cuando termina el curso escolar en la Tierra, dejamos el cuerpo y todo lo material para regresar a «casa».

Creo en lo invisible, en aquello que sólo ve el alma.

Creo en las hadas, el alma, la magia, la genialidad, la creatividad, el amor, la alegría, los ángeles...

Creo que somos almas viviendo experiencias humanas.

Creo que somos clanes de almas gemelas y que, de una manera u otra, nos vamos encontrando o reuniendo aquí en la Tierra.

A los de cuerpo humano, a los de cuerpo celestial, a todas esas almas que cruzan sus alas con las mías, y son mi manada a través del espacio-tiempo: mis padres, Eliseo y Rosita, que me dieron la bienvenidHadada, mis hermanos Sergio y Mariola, mis sobrinos Yaiza y Alejandro, mis celestiales Visantet, Viçent, María Roseta y Lola.

A los que comparten alas conmigo: Angela Reynolds (mi agente literario), José Carlos Gutiérrez, Pilar Mügica («una de 50»), Pilar Vidal (diseñadora mágica, mi hada de las telas: www.pilarvidal.com), mi hermanita del alma Ingrid Weiner, mi otra soulsister Patricia Ryle...

A todos esos amadrinHados y amadrinHadas que me han permitido ayudarles a hacer que nacieran sus espíritus humanos. Sin ellos la aventura humana no sería igual de hadada.

A todas esas personas maravillosas que son los lectores de mis libros, gracias hadadas por honrar mi luz hadada.

Espero que este libro «rosettiano» os abra nuevas dimensiones interiores y podáis brillar vuestra hermosa luz a toda genialidad.

Rosetta Forner, 17 de noviembre de 2007

PRÓLOGO

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO?

Si te dicen que, siendo como eres, «no llegarás a nada».

Si te empeñas en no hacerle la pelota al «status quo».

Si te da la risa cuando te dicen que eres un fracaso por no tener tal o cual titulación académica...

Si te echaron de muchos y diversos clubes por no acatar las normas.

Si tu pareja es «ex» porque no quisiste pasar por el aro.

Si no tienes pareja porque estás bien contigo misma/o.

Si crees que la edad cronológica no afecta a la capacidad de pensar, sentir, vivir, reír, divertirte, disfrutar, crear...

Si has decidido tener ideas propias.

Si no te rindes ante un obstáculo.

Si lo vuelves a intentar siempre que no logras tu objetivo.

Si no te importa «volver a empezar».

Si crees que eso de ser mujer o ser hombre es «el traje de identidad humana».

Si consideras que nadie es más ni menos que nadie.

Si usas el respeto para relacionarte con tus semejantes pero pasas del servilismo.

Si te atreves a pensar por tu cuenta.

Si tienes ideas singulares.

Si pasas de que te hagan la ola, la pelota.

Si crees que puedes lograr todo lo que te propongas.

Si quieres que te amen por el SER y no por el TENER.

Si te importa más tu alma que tu cuenta bancaria.

Si crees que los del CdR (Club del Redil) son todos una panda de hipócritas, demagogos, sectarios y atontadores.

Si no sigues a ningún gurú ni gurusa.

Si no te has pasado de una religión a otra sino a tu alma.

Si tienes hijos porque te da la gana.

Si no tienes hijos porque no te da la gana.

Si cuidas y amas a tus padres.

Si te llevas bien con tu familia de origen estelar y humano.

Si crees que «lo que siembras, recoges».

Si te consideras artífice de tu destino (acción y omisión).

Si asumes la responsabilidad sobre los acontecimientos de tu vida.

Si no te importa que te critiquen por no doblegarte a las órdenes de otros.

Si pasas de caerle bien a la gente y sólo te importa quedar bien contigo.

Si te uniste a la persona que ama tu alma pasando de todo.

Si te tomas los fracasos como «resultados no deseados».

Si crees que un traje de mujer no es más ni menos que uno de hombre.

Si la cuenta bancaria o éxito social de la gente te trae al pairo.

Si lo ídem con lo tuyo.

Si tienes criterio propio.

Si estás hasta la coronilla de todos los memos y de todas las damiselas de diadema floja.

Si te gusta innovar.

Si no te resistes a los cambios.

Si aún tienes sueños.

Si estás a punto de tu segunda adolescencia.

Si quieres ser SINGULAR y averiguar si tu lámpara tiene genio...

Si ha llegado la hora de dejar de ir a la escuela tradicional y aventurarte en los dominios privados de tu SER.

Si te encanta ser un hada o un ángel en excursión humana.

Si te lo pasas pipa dándoles en los morros a todos los monstruos del Club del Redil.

Si te encanta llevar la contraria a todos esos que nunca creyeron en ti.

Si escoges en vez de esperar a que te escojan.

Si eres quien eres, y eso te fascina.

Si crees en el alma y pasas de los que te etiquetan de ser la versión ñoña de «la Fuster».

Si te chifla comprarte el bolso que te pasa por la corona y no el que dicen las revistas de moda-engaña-damiselas-dediademafloja que se lleva para que así todos vean «tu cuenta corriente».

Si pasas de ligar aunque por ello piensen que no eres una mujer o un hombre liberada/o.

Si... te gusta ser HUMANO y no HUMANOIDE.

Pregunta: ¿Quién le pone el cascabel al gato?

Respuesta: Aquel que se atreve a abrir las puertas de su ser y vive su vida humana acorde a quien es a nivel de alma.

Mucho he escrito acerca de la importancia de ser uno mismo, de lo decisivo que es aventurarse a descubrir que, dentro, mora la genialidad. No obstante, sin libertad no es posible la genialidad. Y, sin rebeldía, el genio no sale a pasear. La singularidad sólo amanece cuando permitimos que sea el alma la que rija el destino humano, no la SOCIEDAD (la que yo he bautizado como CdR: Club del Redil). No soy un número de la Seguridad Social. No soy una «tarjeta» que ficha en Hacienda y paga el tributo de la esclavitud todos los años. Por no ser no soy ni mi cuenta bancaria, ni mi coche, ni mi casa, ni el barrio donde vivo, ni mis éxitos profesionales, ni mis títulos académicos. Lo he dicho millones de veces, soy un HADA. Ésta es mi misión humana, y me empeño en ejercerla.

Y tú ¿quién eres?

En Pídeme la luna (Planeta, 2007), conté cómo apuntarse a la ESCUELA VIPSS. Parece una contradicción que sostenga, por un lado, que la genialidad no va a la escuela y, por otro, que «cree una escuela VIPSS».

A veces, las cosas no son lo que parecen.

En mi escuela VIPSS se aprende a mandar a la porra a todos los condicionamientos sociales impuestos por el CdR, y, al hacerlo, el genio, o la genialidad que somos, aparece, nace, se muestra, abre los ojos, sale al exterior.

Nunca te tapes la boca.

No te pases tu vida humana siendo un zombi social.

Nadie te agradecerá que hayas malgastado tu vida humana en las cloacas de la inanición emocional. La muerte física sólo duele a aquellos que olvidaron vivir sus vidas. De ahí que la enfermedad sea la alarma que nos avisa que estamos malgastando o malviviendo nuestros destinos humanos. En vez de hacerle caso y averiguar qué nos queremos contar, qué nos pasa o des-pasa, le tapamos la boca con esparadrapo y nos atiborramos de pastillas para así atontar el latido de nuestro primigenio corazón y obtener el Oscar a la mejor interpretación de zombi humano.

Déjalo ya, olvídate de conseguir el premio al mejor. En el CdR nunca te premiarán, pues dejarían de tener argumentos para manipularte y atontarte. Si quieres que se te reconozca, premie, ame, alabe, admire, etc., vete a buscarte y averigua quién eres. Y, una vez lo hayas hecho, ponte el cascabel, verás qué divertido y provechoso es ser el alma que eres de verdad y no la calcomanía de humanoide que había preparado el CdR para ti.

Te animo a que te pongas la corona, asumas las riendas de tu vida y te conviertas en ganador. Todos los integrantes del CdR son unos perdedores.

¿De verdad?

Obviamente. Porque amasar dinero, conseguir premios, prestigio social y lo que quieras a costa de haber renegado de la singularidad y de haber proscrito el alma que somos, no es éxito, sino FRACASO estrepitoso.

Ahora bien, cada uno está en su derecho a apuntarse al tipo de triunfo que quiera. No obstante, recuerda que la Genialidad no va a la escuela... tradicional, porque ésa es la del CdR, y en ella se cargan siempre invariablemente la singularidad, al menos lo intentan. Asimismo, el secreto no está en libro alguno de autoayuda de «tres al cuarto» (me refiero a esos libros que te cuentan cómo triunfar o lograr tus sueños entonando mantras tontos o dándole a las ensoñaciones vanas), sino dentro de ti.

¿Por qué?

Porque en tu interior, en el mío, en el de todos nosotros, están todas las habilidades, los talentos, los dones, el corazón del alma, las emociones, las claves de nuestro devenir humano, las preguntas y las respuestas... Por eso, lo único que necesitas es una «manera» (plan, estrategia, fórmula, protocolo...) para despertar a ese genio que eres en esencia.

Todos tenemos un destino humanamente divino y un alma divinamente humana. No me importa que me tachen de esto o de lo otro, porque forma parte del plan de navegación (era de esperar que, si mostraba mi singularidad, me diesen hasta en el carné de identidad). Me he hecho mayor, he asumido mi misión humana, y disfruto provocando al personal del CdR. A cambio, hay mucha gente que me da las gracias por existir y por mostrarles el camino para ser ellos mismos y disfrutar de su existencia humana. Sólo por esos pocos humanos (cada día son más), merece la pena el esfuerzo. No obstante, si no existiesen, seguiría mereciendo la pena porque lo hago por mí. He venido a la Tierra porque me dio la real y hadada gana, y sólo por eso me siento dichosa. Hago (lo procuro) lo que me pasa por la varita. Me puse la corona para llegar a este mundo y nunca he olvidado quién soy. Pasé por la noche oscura del alma terrena para así saber de primera mano cómo se siente un ser cuando atraviesa el desierto de la desdicha, la ignominia, el fracaso o el olvido de otro corazón. Me gusta ser humana, y me gusta vivir a mi aire. Respeto y admito (incluso me gusta) que haya gente que discrepe de mi pensar o de mí misma. Confieso que hay mucha gente —del CdR— a la que le resulto insoportable, pues mi luz pone en evidencia su mediocridad y eso es «demasié» para sus miserias redileras. Los hay que han tratado, y tratan, de igualarme hacia abajo. ¿Cómo? Comparándose conmigo, y con ellos... a la baja. Eso se nota cuando alguien cuya vida es puro desastre de diadema floja me compara con ella... Supongo que te habrá pasado muchas veces. A veces, se nos iguala a la baja cuando se nos piropea, halaga o reconoce una habilidad, y a continuación la persona alega tenerla también, por ejemplo: «Eres muy inteligente. Pero, no te vayas a creer, ¡eh! Yo también lo soy». No les hagas caso, pasa de ellos, eso sí, después de haberles hecho un corte de corona.

Estoy empeñada en contribuir a que esta Tierra sea un lugar amable donde desarrollar nuestros destinos humanos bajo la supervisión de nuestra divinidad.

© Rosetta Forner, septiembre de 2007

1

ANTES DE FROTAR LA LÁMPARA, DEBES SABER QUE, PARA DESPERTAR AL GENIO, HAY QUE TENER...

1.1. La libertad de ser «impolíticamente incorrecta»

- Si eres como los demás... puede que te acepten como miembro de honor del «Club del Redil», ése acerca del cual Groucho Marx comentó lo siguiente: «No sería de un club que me aceptase como socio». Ser políticamente correcta tiene sus ventajas, pero también su precio, y éste no es otro que el de silenciar el YO genuino y verdadero en muchas y variadas ocasiones. Silenciar, esconder, tergiversar, alienar, disimular o desequilibrar el YO genuino pasa una factura excesivamente elevada a mi entender, a cuyo coste cabe añadir una sensación de vacío y despropósito vital que no estoy dispuesta a darme.

Por el contrario, ser Impolíticamente Incorrecta, o sea, una «IMpINc» (más o menos un galimatías de personalidad revolucionista), supone conservar, airear, elevar, evolucionar y expansionar el YO genuino que, de esta forma, cobra vida y vive en libertad. Por supuesto, la sociedad, o una parte de la misma, nos pasará su factura particular, a saber: críticas y ninguneos varios. Pero... ¿a quién le importa esa factura si la felicidad campa a sus anchas por los latidos de nuestra alma humana? A mí, no.

Nunca se me pasó por la corona la idea de abdicar de mi singularidad aun a pesar de lo mucho que algunos y algunas se aplicaron en alentarme a ello. Suelo decir que a un hada es imposible extirparle o hacerle deponer su identidad por ser ésta conseguida a lo largo de muchos acontecimientos vitales.

Ser genuino, singular y rebelde aporta felicidad, inteligencia, sabiduría, libertad, satisfacción, amor, elasticidad, plenitud, abundancia, magia, risas, sanación, compasión, latidos de inolvidable intensidad y un sinfín de bondades que el alma agradece en su devenir humano. De los rebeldes ha sido el progreso y la salvación de la humanidad.

Rebeldía e ‘IMpINc’ son sinónimos, van unidos.

- La rebeldía, según cuentan, es la característica que separa a los virtuosos de los genios. La rebeldía nos permite abrir las alas del alma y nos anima a dejar fluir la genialidad que reside en los reinos invisibles de la magia y del amor humano. La gracia divina se hace verbo en el latido del corazón cuando éste osa mostrarle al mundo quién es en toda su extensión.

Como dice Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que corren con los lobos, si te han echado de muchos clubes, si te han llamado tonta, lerda, o te han tachado de inapropiada, rebelde, inmadura, loca o de ‘IMpINc’, estás salvada: la mujer salvaje (tus instintos, tu singularidad) no te ha abandonado.

O sea, eres afortunada.

Yo lo soy.

Me caracterizo por ser un hada madrina díscola, rompe moldes, absolutamente IMpINc donde las haya, y me va genial, puesto que mostrarle al mundo como eres, un maravilloso cisne, y no un patito feo —como te hicieron creer que eras, simplemente porque no andabas a trompicones como los demás: ésos que dicen y hacen lo políticamente correcto—, es darle alas al alma, es alimentar con genuino amor el corazón de esta vida humana.

- Si te dicen que «no debes, no eres, no puedes, no tienes» y un sinfín de bobadas de ese estilo, mándales con viento fresco a tomar ídem. A mí, sin ir más lejos, otra mujer me tachó de ser «la vergüenza de otras mujeres», y todo porque muestro mi singularidad. Pero ni todos los insultos, ni todas las faltas de respeto o esponsorizaciones negativas me harán desistir de mostrar mi verdadero rostro. Nadie debería esconder quién es. En su lugar, haríamos bien en pasear sin pudor ni miedo alguno la certeza de nuestro pensamiento, carácter, personalidad, sentir y genialidad para contribuir a que éste sea un planeta mejor donde vivir. Si mostramos quiénes somos, otros de nuestra especie se nos unirán, cundirá el ejemplo. Reunirnos con los de nuestra manada del alma, con los que comparten nuestro sentir y escala de valores, con esos donde el latido acerca su sentido mágico, es manjar para el alma, es la medicina que necesita el mundo humano. Dicen que el amor todo lo cura, y es cierto, pero debo añadir que sólo lo logra el que nace de un corazón auténtico. Porque sólo alguien que se atreve a mostrarle al mundo quién es, sólo alguien así sabe amar. Deberíamos desconfiar y alejarnos de todo aquel que no se atreve a ser IMpINc, ya que alguien que no se ama a sí mismo no nos amará, sino que nos esclavizará, esto es, nos conminará a hacernos adeptos del «pensamiento único», y nos querrá esclavos, idiotizados, anulados de nosotros mismos. Para manipular a alguien hay que desposeerle de su genuino sentir. Y eso es algo que nadie debería consentirle a nadie.

Soy un espíritu libre, una IMpINc donde las haya, y animo a todas las almas que habitan sus destinos humanos a que se hagan el regalo de mostrar su verdadero rostro, compartir sus verdadero pensar. Sólo la libertad nos apoyará en nuestro sueño humano de hacer de este planeta un lugar mágico donde compartir el alma divina que somos.

De pequeña solía decir que provenía de un lugar más allá del sol donde no había ni guerras ni enfermedades, donde la gente era genuinamente libre y auténtica. Creo que siempre supe que no hay nada como hacer brillar el alma que uno es para tener una vida feliz y ayudar a Gaia a sanar las heridas que le han inflingido todas esas personas que olvidaron su latido.

- ¿Te atreves a ser una o un IMpINc? Las ventajas son varias; el precio, el que tú decidas. Debo contarte que todo tiene su precio en esta vida. De cada uno de nosotros depende qué tipo de precio estamos dispuestos a pagar. Reconozco que pocas personas son conscientes de la esclavitud emocional, vital y espiritual en la que andan inmersos, y es que por aquello de ganar un sueldo y gastarnos el dinero en lo que queramos —aparentemente, lo de decidir en qué, claro—, ya consideramos que somos libres. Puede. Pero, sin entrar en terrenos socioeconómicos, te diré que creemos ser libres a nivel emocional y, en mi opinión, siempre que actuemos movidos por el miedo o nos dejemos ganar la partida por la desidia y la desilusión, habremos alejado de nosotros la alegría de vivir y la responsabilidad de hacer de nuestros días terrenos una experiencia fructífera.

- Tenemos dos opciones: (a) pensar según nos indican, o (b) pensar según decidamos y consideremos. La opción (a) es aparentemente la que nos proporcionará más placer, puesto que no tendremos que pelearnos con nadie para abrirnos camino con sus «indicaciones». En cambio, la (b) nos parece atractiva pero peligrosa. ¿Peligrosa? Sí, peligrosa porque nos conduce a un camino sin retorno, ya que una vez saboreada la libertad de un corazón genuino, la bondad de un alma abierta, nunca más querremos volver a pasar hambre de nosotros mismos. Dicho de otro modo: nos negaremos a abdicar de nuestra singularidad.

- La traición directa o indirecta de nuestra dignidad conlleva una factura cuyo coste no compensa. Puesto que la traición —sea voluntaria, consentida o inconsciente— nos deja a la intemperie existencial donde no existe amor con el que arroparnos ni compasión con la que cobijarnos cuando el temporal de la Vida nos sacuda con su llanto.

Ama siempre y respeta al ser más importante de tu vida. Y siéntete dichosa y orgullosa de ser quien eres, siempre tú. A pesar de todo, tú, una IMpINc de alas abiertas y luminosa alma.

Deja que la rebeldía aporte su pizca de alegría a tus mañanas de libertad recuperada.

- Recuerda que la integridad es sagrada, que por nada ni por nadie has de traicionarla. No existe nada en este mundo, ni nadie, que merezca semejante afrenta a tu singularidad.

Todos tenemos talentos. Todos tenemos una singularidad única e irrepetible. Sólo desde el ser genuinamente auténticos podemos contribuir a que éste sea un mundo mejor, más humano, más justo y solidario, más amoroso y creativo. Un mundo donde reinase la singularidad sería un mundo de sueños abiertos, de ideas maceradas con aroma de bondad y generosidad.

No prives al mundo de un genuino y raro (único, especial) ejemplar de IMpINc.

Soy una IMpINc, lo reconozco y me encanta. Si tú quieres ser cada día un poco más IMpINc, practica la autenticidad de ser tú misma.

- Atrévete a:

Decirle a alguien lo que te inspira.

Mostrar el rostro de tu alma.

Decir lo que piensas y no lo que otros esperan que pienses.

Vestirte como te dé la gana: ponte ese vestido que te hace sentir reina y celebra que eres un ser humano maravilloso.

- La era de los IMpINc ha comenzado. Abramos la puerta de la libertad y saquemos nuestra singularidad a pasear con osadía, respeto y sinceridad.

Por cierto, ¿por qué IM y no IN delante de «políticamente»? Porque la IN podría ser de Inteligencia, Innovación, Ingenuidad, Independencia, pero yo me apunto a la IMAGINACIÓN, a la Improvisación y a la Impertinencia de ser yo pese a quien le pese.

Cosa de hadas IMmadrinas.

1.2. El atrevimiento para hacer añicos el techo de cristal[1]

- No existe más limitación que la que queramos imponernos a nosotros mismos, y toda aquella que estemos dispuestos a permitirles a todos esos que cruzan, invitados o no, los caminos de nuestra vida humana: «Los perdedores siempre tienen una excusa, los ganadores siempre tienen un plan».

Hace años fui directiva en una empresa de publicidad, pero nunca me topé con el famoso cristal, a pesar de ser mujer y joven. ¿De verdad no hubo techo en mi caso? ¿Cómo pudo ser? Como respuesta diré que suelo invitar a las mujeres a reflexionar acerca de cómo contribuyen, quizá sin ellas ser conscientes, a la existencia virtual de dicho cristal. No estaría de más que las mujeres cambiásemos de «lamento» y, en su lugar, practicásemos la costumbre de reflexionar. De nada sirve culpabilizar a otros de nuestros males si no hacemos nada para cambiar la situación. Las mujeres en el mundo de la empresa pueden crearse cuantas oportunidades quieran. Ahora bien:

- ¿Están las mujeres dispuestas a hacer lo que hay que hacer con tal de lograr la meta o puesto deseado?

Todos y todas estamos en nuestro derecho a querer mejorar, alcanzar la cumbre y el éxito profesional. Pero, dado que a nadie le regalan nada, independientemente de que se sea hombre o mujer, sería mucho más productivo si nos centrásemos en analizar qué y cómo hay que hacerlo para lograr el objetivo en vez de malgastar energías en lamentarnos de esto o de aquello.

- La lamentación no ha de durar más de cinco minutos, y ha de servir exclusivamente para tomar conciencia de que algo no nos gusta. Mi camino no fue fácil, pero tampoco lo es el de los hombres brillantes que quisieron lograr sus metas. Cuando, basándome en mis méritos profesionales, a los 29 años me ofrecieron ese puesto directivo, me encontré al llegar con una mujer en mi departamento que estaba muy rabiosa y enfadada porque me habían dado el puesto por el que ella había «peleado tanto», una pelea que se había circunscrito al perímetro irregular de la envenenada técnica usada por algunas féminas (damiselas de despistada dignidad, diría yo): usar a un hombre como pértiga para saltar hacia la cumbre, es decir, ofrecerse a cambio de promoción. No es lo que abunda, afortunadamente, pero existir, existe. Lamentablemente. Ni mediante la queja ni el ligoteo indigno se llega más y mejor a la cumbre. Más bien al contrario: se alzan barreras para futuras ocasiones en que otras mujeres de digna integridad e inteligente neurona querrán dirigir sus destinos profesionales.

- En lugar de levantar falsos muros de desprestigio, lamentación vana y pérdida de energías, es más productivo analizar cómo podemos lograr la meta anhelada. Teniendo presente que no hay que contribuir directa ni indirectamente a que la sociedad siga pensando que las mujeres son «seres de ideas cortas y pelo largo», como dijo Schopenhauer. Dejémonos de alimentar ideas que sólo merman nuestras habilidades y pintan borrascas tormentosas en nuestros senderos profesionales. Centrémonos en idear estrategias para apoyarnos mutuamente en el mundo profesional y personal. Y, sobre todo, seamos nuestra mejor mentora recordándonos que, si «otro/a pudo, yo también».

2

CUANDO LA REBELDÍA HACE POSIBLE QUE LOS SUEÑOS DEL ALMA SE CONVIERTAN EN SUEÑOS HUMANOS

REBELDÍA

Es la guardiana y defensora de la genialidad. Sin rebeldía, la singularidad no podría mostrar su rostro, y, sin esta expresividad, sólo podríamos ser esclavos, pero nunca almas libres.

La rebeldía es el seguro que creó el alma para no perderse en el proceloso mar de la vida humana, así como no convertirse en redilera.

Si uno desconecta, apostata o reniega de su rebeldía, está perdido, y sólo le queda esconder su despropósito entre las páginas del códice dogmalero del CdR.

La rebeldía nos permite —además de salvaguardar nuestra singularidad e integridad—, compartir con el mundo las obras de nuestra alma, inspirar a otros a mostrar su rostro genuino, contribuir a un mundo más honesto y más confortable para la Humanidad, así como a la esperanza de que un día todos seamos aceptados como diferentes sin que ello sea en detrimento y menoscabo de nuestra igualdad.

La rebeldía es la delatora de la genialidad, de los libertadores de la humanidad, de los pioneros que abrieron caminos inusitados e inimaginables para otros.

El arte ama a la rebeldía.

La esperanza es su amiga.

El amor es su valedor.

La rebeldía es el viento que levanta la risa de un hada cuando su alma es feliz.

© Pídeme la luna, Planeta, 2007.

Todos tenemos sueños.

Todos anhelamos «algo» o a «alguien».

Todos querríamos ser triunfadores, ganadores en algún ámbito, y nunca perder en nada, ni nada, ni a nadie.

Todos querríamos tener unos padres guapos, ricos, triunfadores y poderosos.

¿Todos?

- Existen almas que recuerdan su verdadera naturaleza, conocedoras de las verdades eternas, que deciden vivir existencias humanas «cotidianas» y anónimas. Almas cuya riqueza es la luz que emanan y el amor que procuran a otras almas en su aventura humana.

No hay profesión ni ocupación más digna que otra.

O no debería haberla...

La dignidad es cosa del alma.

- La dignidad es un don o talento que nos traemos al nacer y que nada en la Tierra lo podrá reemplazar. Por consiguiente, ni la fama, ni el dinero, ni el poder, ni las posesiones materiales podrán concedernos su calidez, su magia o su gracia. El amor de otro ser humano podrá devolvernos la memoria de la dignidad en nosotros, pero jamás podrá otorgárnosla en sustitución de la nuestra. La dignidad es un talento propio del alma y, además, es intransferible.

En la sociedad capitalista, competitiva y consumista de este siglo xxi, la dignidad parece haber desaparecido de la faz de muchas empresas, hogares y relaciones humanas. Sin embargo, sin dignidad estamos perdidos.

Hablar del alma es sinónimo de New Age, budismo, cosas esotéricas...

No obstante, ¿qué somos sin alma?

Nada.

Simples sacos vacíos para ser llenados con adicciones, posesiones materiales y cachivaches sin sentido. A los niños se les tapa la boca con juguetes, mientras su corazón sigue desamparado y ausente de todo cariño que le cobije en las noches de soledad terrena. De este modo, desprovistos del alimento del alma, somos presas fáciles. Lo lógico es que el monstruo nos dé alcance.

- ¿Podemos hablar del alma en los tiempos del consumismo y del materialismo demagógico?

Por qué no...

Triunfan los libros que fomentan el victimismo (la solución y la responsabilidad suelen estar fuera, es decir, son ajenas a uno), y alientan la codependencia insana de los gurús y gurusas de turno. Asimismo, proliferan los cursos, cursitos, cursotes, donde se «ofrecen herramientas eficaces arregla-tododesperfecto-humano en un plis-plas». Por lo tanto, asisto al nacimiento de multitud de pseudotécnicas («creadas» por espabilados que, a partir de técnicas eficaces y probadas, deciden hacer el agosto y adjudicarse técnica propia para así engañar más y mejor, generalmente arropados por el marketing «vende todo»). Florecen las fórmulas magistrales que en unos «cinco o siete pasos» (será por aquello de que el consciente no puede manejar más de cinco o siete elementos de información a la vez...), te prometen que tu vida cambiará y ya nadie te conocerá, ni tú mismo... Por cierto, esas fórmulas suelen estar en manos de aprovechados que no caminan lo que hablan: no son ni congruentes ni consecuentes con lo que dicen en sus cursos, conferencias, libros, revistas, programas...

Pero... ¿a quién le importa?

- Al parecer, nadie busca congruencia, pues, de hallarla, la paradoja mostraría su verdadero rostro y tendrían que enfrentarse a sus desaguisados vitales... No son congruentes ni consecuentes con su filosofía de vida. Se trata más bien de un «argumentario nueva era» que queda de película, es políticamente correcto y le viene de perlas a la gran masa crítica de personas que viven en modo referencia externa: están dispuestos a creerse todo lo que les cuentan.

Dado que fui publicista de profesión, pero lo soy aún de «procedimiento», procuro estar al tanto de lo que se cuece en el mercado, y me sigue gustando recabar información con el fin de conocer el perfil de la competencia directa e indirecta que tengo. He de confesar que muchas veces me han entrado ganas de tirar la toalla y mandarlo todo a la m... No obstante, cada vez que estuve tentada me vinieron a la mente las palabras de muchas personas cuyas vidas he inspirado, las cuales forman parte de una nueva masa crítica emergente que está harta de que le llenen el alma de bazofia espiritual de tres al cuarto, y de que pretendan distraerles con fórmulas que no funcionan ni por casualidad. Hombres y mujeres que han decidido hacer suyo eso que puede leerse en los gimnasios americanos «No pain, no gain» («Sin esfuerzo o sin dolor, no hay ganancia»), esto es, han asumido las riendas de su vida y se han embarcado en la noble tarea de pensar. Se trata, en definitiva, de gente que se ha atrevido a pensar y a cuestionar si no será el gurú de turno y sus técnicas lo que no funciona. «Si uno quiere perder peso, lo mejor es calzarse las zapatillas y mover el culo, en vez de quedarse sentado y tomarse unas algas para adelgazar...»

- Cada vez son más las personas que reclaman su dignidad. Cada vez somos más los que le hacemos un corte de corona al Club del Redil. Muchas veces me han comentado que soy tan impolíticamente incorrecta, tan extraplanetaria y tan maverick, que acabarán por «crucificarme» como hicieron con Cristo por atreverme a desgarrar velos de estulticia y arrancar vendas de inmadurez psicológica. Prefiero arriesgarme a esto antes que quedarme sentada mirando para otro lado, fingiendo que no me entero de nada. Siempre he defendido mi libertad, singularidad y dignidad a capa y espada.

- Me he convertido en una defensora de la REBELDÍA como camino para mantener intacta la integridad. Es más, enseño a hacerlo, pues predico con el ejemplo. Tengo muy claro cuál es mi talento y pienso «morir con la varita en la mano». Una sola persona cuya dignidad la haya inspirado uno de mis libros basta para saber que mi misión como hada madrina ha merecido la pena. Dicho todo esto, he de confesar que nunca sé cómo va a ser mi siguiente libro. No tengo ni idea hasta que le veo el rostro... Suele pillarme por sorpresa, y me gusta dejarme sorprender, ello contando con que la vida es la que me inspira y alimenta el alma con material excepcional. Mis historias calan porque me salen directamente del alma, y, de alguna manera, han sido vividas por mí. Hace tiempo, en el transcurso de una entrevista, la periodista me espetó que, a juzgar por cómo hablaba, la vida me debía de ir de maravilla por lo que, a buen seguro, yo tenía que ser una triunfadora al uso. Le respondí que mi vida era tan cotidiana como la de los demás, y que muchas veces me daban calabazas. Mi secreto: me llevo muy bien con la frustración. Y eso me permite fluir con los resultados, tanto los deseados como los no deseados ni buscados. Las cosas no siempre salen como nos gustaría, pero no por ello hay que quedarse atascado en el «resultado».

Hablando de las «calabazas que me dieron en plena corona talentosa» diré que, entre las muchas que recibí cuando quise publicar mis primeros dos libros, hubo una que suelo compartir con la gente por su «carácter premonitorio y vaticinador». La anécdota se actualiza y enfatiza porque, con mi libro LA MALDICIÓN DE EVA (Planeta, 2006) coincidió la publicación en formato bolsillo de mi primer libro, Alas de luz (Booket/Planeta 2006, que ya había sido publicado por primera vez en 1997 por Mandala), que fue objeto de la «calabaza» que me largó un editor de cuyo nombre sí quiero acordarme... en su primera edición. Alas de Luz es mi libro más emblemático («un tesoro», según los lectores que tuvieron la suerte de comprarlo y poder leerlo en sus primeras dos ediciones), en el cual vertí una parte muy especial de mi experiencia y sentir humanos. Un libro que marcó el inicio de un ciclo vital que duró ocho años. Cuando quise publicarlo, las editoriales a las que les envié el manuscrito lo rechazaron. Nunca supe la razón o el porqué del rechazo, puesto que ni me llamaron ni me mandaron una escueta, amable y prefabricada nota de «No, gracias». Sin embargo, hubo una editorial cuyo editor conseguí que se pusiese al teléfono, aunque sólo fuese para darme calabazas en vivo y en directo. Me dijo que «Nunca jamás lo publicaría (¡ahí queda eso!), pero que si lograba engañar a algún editor, y conseguía que me lo publicasen, ¡no vendería ni un ejemplar!». ¡Ahí queda eso!

La predicción NO se cumplió, afortunadamente para mí, y no lo hizo porque yo le hice corte de varita a su «maldición» y lo intenté hasta lograr mi objetivo. Probablemente, de no haber tenido tan claro mi talento, haber creído en mí y poseer esta personalidad tan proactiva, hubiese tirado la toalla, y nunca me hubiese dado la oportunidad de verle el rostro a los 14 libros que por mí han aterrizado en este mundo.

¡A la porra con los espónsores negativos!

Volviendo a Alas de luz, la gente que lo ha leído lo adora, ya que es un libro que enamora el alma. En él hago referencia a la magia que presidió mi infancia, a la luz con la que me arroparon desde antes de asomar mi rostro humano. Muchos me han comentado, a raíz de leer dicho libro, que envidian mi suerte, ésa que se refiere a tener unos padres, una familia que siempre me amó y supo ver y honrar mi luz. Suelo responder que eso es cierto, como también lo es que soy un alma agradecida.

- El agradecimiento es la risa del alma. Por cierto, la mía es legendaria...

Mis amadrinados (coacheados), que se refieren a mí como a su hada madrina, dicen que con sólo oír mi risa se les alegra el día y les cambia el humor.

¡Cuestión de hadas madrinas!

Pero... estábamos hablando de dignidad y de que nunca sé cómo va a ser mi siguiente libro. Con éste me pasó como con algunos de mis otros libros: primero «llegó a mí el título» y luego el tema... He escrito mucho acerca de la dignidad en la pareja, en las relaciones sentimentales... Sin embargo, hasta la fecha no me lancé de lleno a hablar de la misma en el contexto profesional, o sea, en ese otro tipo de relaciones parejiles. Lo cierto es que somos los mismos estemos donde estemos. Lo queramos admitir o no, así es.

- La dignidad en el mundo laboral anda tan perdida como en el mundo relacional de pareja, amistades y familia.

¿Por qué? Los humanos estamos mal, nuestra alma llora. No es políticamente correcto hablar del alma, ni de asuntos del corazón ni de la autenticidad del ser. A lo más que se ha llegado es a hablar de «inteligencia emocional». Sin embargo, acerca de la «inteligencia anímica o del alma» no se teoriza. Ni siquiera el movimiento New Age ha abordado con naturalidad, sensatez y business style el tema del alma en la empresa (al menos en mi opinión, y que yo sepa).

¿Cómo es que se está dando esto?

¿Nos da vergüenza hablar del alma, del inconsciente, de lo intangible del ser humano?

¿Será porque no se sabe hablar del alma si no es «espiritualizándola» o «esoterizándola» y escandalizando a las mentes racionales y sesudas, así como a los espíritus científicos y materialistas del mundo?

¿Será porque sólo hemos oído hablar de ella a gurús venidos del «más allá» no académico, faltos de sensatez, cordura, pragmatismo, profesionalidad, coherencia y contacto con la realidad humana cotidiana?

¿Será porque creemos que es patrimonio de la religión y no queremos ser tachados de religiosos ahora que lo laico está de moda?

Yo soy de esas trainers que se lanza a hablar del inconsciente y del alma en cursos con directivos. Lo asombroso es que sesudos ingenieros, economistas, informáticos, abogados y profesionales diversos terminan leyendo mis libros «inspiracionales», hablando del alma y demás asuntos emocionales. Incluso ha habido quien ha terminado abrazándome y llorando de emoción al leer la dedicatoria que le puse en el libro. Tiene mucho mérito, pues se trataba de hombres, que según sus propios compañeros, no mostraron el más mínimo rasgo de sensibilidad o emotividad... Hasta que llegó un hada a sus vidas, ¡claro!

Por cierto, otra de calabazas: un editor de una gran e importante editorial británica me espetó en plena varita mágica que los libros que yo escribo no interesan a la gente de negocios...

- Las hadas no son cosa seria, ni deberían ser tenidas en cuenta por la gente del mundo business (gente de negocios). ¡Caramba!

Y, si no se nos tiene en cuenta, ¿será por eso que he impartido tantos cursos en empresas y en escuelas de negocios? Será...

Dignidad.

Eso es lo que nos falta.

Nos falta dignidad para ser nosotros mismos.

Diferentes, únicos, singulares, irrepetibles, geniales, políticamente incorrectos, extravagantes, locos...

Almas genuinas alardeando de su singularidad hadada.

3

SI LA GENTE FUESE ELLA MISMA Y TRABAJASE EN AQUELLO PARA LO CUAL TIENE TALENTO Y ES ADEMÁS SU PASIÓN, LA MEDIOCRIDAD NO EXISTIRÍA

MIGUEL ÁNGEL

Bajo un sol de justicia, un niño pequeño observa atentamente a un hombre joven que está esculpiendo un trozo de piedra.

«¿Por qué haces eso?», pregunta con curiosidad el niño.

«Porque dentro hay un ángel, y quiere salir», responde Miguel Ángel.

© 77 METAPHORS for teachers

(editado por Crown Publishing, Inglaterra)

¿Puede ser posible?

Así es.

Antes hacía referencia a cómo se escriben y gestan mis libros... inspiradores de almas y alentadores de fuegos personales. A mí, sin ir más lejos, me han tachado de «prepotente, loca, creída, extravagante...» (una de las palabras en inglés que mejor se me adapta es la de maverick). En mi familia siempre supieron que tenían a alguien diferente. Mi madre ha sido una de las mejores espónsores positivas que he tenido y tengo. Ella siempre ha visto mi luz, ha tenido muy claro quién soy a nivel de alma, y se encarga de refrescarme la memoria. Una de las esponsorizaciones mágicas con las que me ha obsequiado a lo largo de todos estos años terrenos es la siguiente: «Yo tenía una niña con una alegría luminosa... Eras tan alegre, tan agradecida, tan feliz... con una risa cantarina...».

La luz y la felicidad que había en mí pueden verse ya en las fotos de mi primer cumpleaños en la Tierra. Cierto es, siempre me sentí muy arropada y amada. Y me sigo sintiendo así.

No nací en una familia adinerada —no creo que me hiciese falta en esta vida—. Como alma experimentada —me he pegado unas cuantas leches existenciales a lo largo de mis diferentes vidas humanas...—, sé que el amor es mejor fortuna que el dinero.

- El dinero se puede pedir prestado, ganar, robar, crear, generar... pero no así el amor. El amor es un don, un regalo que nos hace otra alma. Ni se compra, ni se vende, ni se pide, ni se fuerza, ni se roba... Nunca me ha importado usar mis capacidades de paciencia, tenacidad, persistencia, perseverancia, resistencia, constancia, sacrificio, esfuerzo... para lograr las metas que me he propuesto. La magia de mi infancia es mía. Es mi... ¡tesoro!

Desde niña imaginé mundos mejores donde la guerra, la maldad, el odio, la envidia, la desidia, la corrupción, la ira... no existían. Aún hoy sigo creyendo que esos mundos son posibles. Existen dentro de nosotros, y podemos hallarlos fácilmente si volvemos la vista hacia nosotros, dejamos de lado la «referencia social» y nos decidimos a ser el alma que somos sin tapujos, cortapisas ni gaitas...

Mucha gente me ha «echado en cara» (son esos cuyo Crítico interior es disfuncional, lo cual les lleva a sacar conclusiones sin haber reunido un mínimo de información) que me es fácil hablar así, puesto que he tenido una infancia feliz y nunca he tenido que afrontar ninguna situación grave. Asumen, sin más análisis, que si soy tan feliz, si tengo semejante nivel de alegría, será porque «nunca he tenido problemas», esto es, la vida nunca me ha dado calabazas.

¿Es eso cierto...?

¡Ahí van las calabazas!

He vertido en muchos de mis libros una gran parte de la experiencia personal, vivida en primera persona —ya que, al parecer, mi alma escogió vivir en carne propia aquello que luego enseño a remontar, solucionar, aprender a sortear, reencuadrar... a otros—, y no me avergüenza confesarlo sino que, muy al contrario, me siento tremendamente orgullosa al ver —como diría Clarisa Pinkola Estés—, el ser humano tan maravilloso que tengo que ser para haber sido capaz de superar semejantes desafíos, batacazos y no haberme quedado sepultada debajo de semejante cantidad de calabazas, algunas de ellas muy podridas, con las que me han obsequiado otros congéneres humanos. Sin ir más lejos, en La reina que dio calabazas al caballero de la armadura oxidada (RBA, abril de 2004), permití que mi alma hablase a través de la reina protagonista y contase algo, que no todo, acerca de la enorme y brutal calabaza que me largó el que fue mi marido. Por aquel entonces, lo del mobbing aún no se había hecho famoso, no había trascendido a las consultas de los psicoanalistas. Nunca quise quedarme en una relación manchada de envidia y alterada por los celos que él tenía de mi singularidad, genialidad, alegría, luz o alma. Nunca, mientras duró nuestro matrimonio, quiso psicoanalizarse, le hubiese venido muy bien haber ventilado los demonios de su infancia y adolescencia, los cuales le nublaron el sentido y le confundieron el alma hasta enajenarle el latido de su corazón. Nunca he hablado mal de él, ni lo haré jamás: sencillamente, porque él fue su propia víctima. Nunca me consideré víctima de él ni de nadie. Con él aprendí que cuando alguien no honra mi luz, no debe tener sitio en mi vida.

- Escogemos a nuestros maestros vitales (los buenos y los malos) desde el alma. En mi caso, por una razón que ahora no viene a cuento, le acompañé en esta vida humana el rato que hizo falta hasta que nuestros destinos se alejaron en pos de proseguir cada uno su misión humana.

- Hay que aprender a llevarse bien con la frustración, practicar el no ofrecer resistencia, es decir, fluir. Yo fluyo, ergo, cuando encuentro un callejón sin salida, simplemente me doy la vuelta. El llevarse bien con la frustración posibilita que nos dediquemos a hacer cabello de ángel con las calabazas que nos dan en lugar de quedarnos anclados en una situación que, de hacerlo, nos enfermaría el alma y, con el tiempo, llegaría a matárnosla de hambre si nos hubiese quedado anquilosada en la misma.

«What you permit, is what you promote» («Lo que permites es lo que promueves») es la frase con la que el profesor del curso Coping with criticism nos obsequiaba cada día que teníamos clase. Me lo aprendí muy bien: si lo permito, lo promuevo. Por consiguiente, nunca más permitir aquello que no es bueno o respetuoso y atenta contra mi dignidad.

«Antes muerta que indigna», sería la consigna vital.

- Las víctimas lo son porque esperan que alguien (otro, nunca ellas) se haga cargo de las diversas responsabilidades existentes en sus vidas. Craso error: nadie salvo uno mismo es responsable de sus decisiones, sus actos, sus sentimientos y sus todos... Nadie tiene la responsabilidad ni la obligación de «hacernos los deberes vitales» salvo nosotros mismos.

Todo aquello que no me gusta, me da dolor de cabeza, me crea problemas o le resta luz a mis mañanas... lo echo de mi vida sin dilación ni remordimiento alguno. Tal es el brillo de mis ojos que hay quien me ha preguntado por la marca del colirio que uso... Suelo responder entre risas que es marca «ALMA»... No me gusta que nadie me agüe el cappuccino, ni siquiera Rosetta, le tengo prohibidísimo (y, posiblemente, es de lo poco que le prohíbo) que me fastidie el día: nada de antipiropos ni malos rollos, le digo, «porque yo no te he hecho nada malo para que me trates de esa manera». Y, me obedece, lo juro por mi varita. A decir verdad, tanto ella como yo hacemos lo que nos pasa por la varita o el arco de triunfo. Por cierto, muchas lectoras de mis libros me han pedido permiso para usar estas expresiones; suelo responder que las he creado para que las use quien quiera. Eso sí, han de ser usadas a discreción y acompañadas de risas o risotadas libres de todo prejuicio y encorsetamiento. Tan sólo tenemos una vida humana cada vez para vivir, y ésta ha de ser vivida con toda intensidad y ocupada sólo en hacer cosas y en estar con personas que nos alimenten el alma, den alegría a la varita, nos lustren la corona y den alas a nuestras miradas.

- Deberíamos querernos tanto que sólo permitiésemos la entrada en nuestra vida a personas que se sintiesen muy honradas y afortunadas por tener a alguien como nosotros en su existencia terrena. Y, viceversa: sólo deberíamos tener en nuestra vida personas de las cuales nos sintiésemos muy afortunados de haberlas conocido.

Ya dije en mi libro Donde nadan las sirenas:

- «El ser uno mismo se escribe con tinta de amor y pluma de coraje». Y sigo opinando lo mismo.

Nada nos sucede si nosotros no lo permitimos.

¡Oh! Volvamos o prosigamos con las calabazas, puesto que el marido no fue el único que me obsequió con calabazas ni con las más grandes. Antes que él (y esta parte de mi vida es la que me ha inspirado este libro), tuve un jefe que también me dio calabazas, es decir, me cesó.

¿La causa?

Muy simple: el miedo a que le quitase el sillón de la dirección general —un miedo infundado, por cierto, pues yo no tenía intención alguna de alcanzarlo, el suyo, claro—, mezclado con celos y aderezado con el resentimiento que le produjo el que no me doblegué ni quise formar parte de la conspiración que organizó para derrocar al, por entonces, presidente de la compañía (fallecido en 1997). Asimismo, contribuyó al cese la envidia que le producía que algunos de los anunciantes —cuyas campañas publicitarias llevaba la agencia de publicidad en la que trabajábamos— me adorasen, profesionalmente hablando. Por consiguiente, una mañana de octubre me cesó (según su propia versión, tomó la decisión camino de la oficina, sin haberlo meditado) alegando que «la compañía no necesitaba a alguien tan brillante como yo». A esto añadió que preferían a alguien menos inteligente y menos brillante pero más dócil y más manejable que yo.

- Siempre que te despiden... TE ESTÁN IMPULSANDO HACIA TU DESTINO. Tenía toda la razón del mundo: yo era demasiado brillante, libre, genial, personal, divertida, carismática... y respondona para ellos. O, al menos, lo era para él. Por supuesto, contrató una a su medida: pelota, mediocre, e infinitamente más políticamente correcta que yo (la cual asumo que si lee este libro se va a enterar de lo que en ese entonces pensaba profesionalmente de ella... Imagino que fue ella la que hizo que me dieran calabazas en una revista en la que colaboré años más tarde...). He de decir que esta señora que me sustituyó nunca jamás me conoció personalmente, que yo sepa, hasta muchos años después del cese: fue en la fiesta aniversario de la revista en la que yo colaboraba y de la que, casualmente, fui echada dos semanas después de la fiesta (¿No debió gustarle el verme tan alegre...?). Como decía, en 1990 no me conocía personalmente, y aun así se dedicó a «hacer leña del árbol caído», lo cual equivale a decir que me puso verde. Arremetió contra mi personalidad tachándome de prepotente y cosas peores... Deduzco que sentía celos, como muchas otras mujeres, de mi personalidad carismática y rebelde, de otro modo no entiendo su crítica furibunda contra mí, a no ser que sea una «Torquematis» en toda regla. La descalificación, desafortunadamente, es un tema recurrente entre las mujeres que sienten celos de otras mujeres profesionales brillantes.

¿Será porque no pueden jugar al juego de la seducción con ellas...?

¿Será porque no pueden soportar que otra mujer traspase el techo de cristal sin necesidad de haberse acostado ni ligado a ningún directivo de la compañía?

¿Será porque es guapa, inteligente, responsable y se lo ha currado a tope?

¿Será porque las damiselas de diadema floja siempre tienen celos de una reina porque ésta no alquila, vende, traiciona, humilla ni prostituye su integridad...?

Será...

Los perdedores siempre tienen una excusa... para criticar a alguien, tacharle de algo o ningunearle.

- Los perdedores siempre tienen una excusa para no abordar la responsabilidad vital.

Como alma en cuerpo humano, me puse traje de mujer. Pero nunca lo he usado como excusa. Me explico: hace unos años estuve en una cena celebrada en casa de una amiga a la que solamente asistieron mujeres, profesionales todas ellas, algunas con empresa propia, estado civil divorciadas —algunas con hijos—, y buen nivel económico. El tema se centró en la permanente queja, muy usada por las feministas radicales (en mi opinión), acerca de la concentración de poder en manos de los hombres, los cuales impiden a las mujeres traspasar el techo de cristal. Abrí la boca para decir que estaba en absoluto desacuerdo, ya que por lo que a mí respectaba había logrado un puesto de dirección con tan sólo 28 años en una importante agencia de publicidad multinacional. Nunca tuve que romper techo alguno: simplemente porque no existía. Una de las asistentes a la cena dijo saber por qué: «Los guapos tenéis una ventaja: a la gente la encandiláis con vuestra belleza...».

¡Vaya! Y yo sin saberlo.

¡Ojalá lo hubiese sabido hace veinte años! Me hubiese ahorrado el estudiar y el formarme académicamente, así como el luchar, el comprometerme con mi trabajo y el esforzarme en mostrar mi valía profesional. Parafraseando a Salvador, de Cafés El Magnífico, diré: «Los perdedores siempre tienen una excusa. Los ganadores siempre tenemos un plan».

LOS GANADORES SIEMPRE TIENEN UN PLAN, Y SI NO, LO INVENTAN. Esta frase fue la que inspiró mi libro Pídeme la luna (Planeta, 2007), en el que le puse «cara y ojos» a los monstruos que se empeñan en amargarnos la existencia y enseño cómo hacerles frente, darles con la corona en los morros y largarse del Club del Redil.

- Imagina la realidad de otra manera.

Imagina que todos fuésemos SERES HUMANOS en vez de la, tan manida y fomentadora de conflictos, clasificación (típica tópica) hombres versus mujeres.

Imagina que somos seres con alma. Que todos, sin diferencia, estamos dotados de múltiples y variados dones, talentos y habilidades con los cuales pudiésemos alcanzar cualquier meta que nos propusiésemos.

Imagina que desde que somos niños nos hubiesen dicho que podemos lograr prácticamente todo (y pongo el énfasis en prácticamente) aquello que uno se propone.

Imagina que nadie te hubiese emponzoñado el sentido con esponsorizaciones negativas.

Imagina que nadie te hubiese llenado el «ordenador central» (mente) con ideas bazofia, o sea, demoledoras de la estima, aniquiladoras de la voluntad y de la proactividad, envenenadoras de la disposición más audaz y creativa.

Imagina que te hubiesen posibilitado el creer que «si puedes, hallarás la manera de poder».

Imagina que siempre te hubiesen hablado bien de ti, y que, a su vez, sólo hubieses escuchado a los demás hablar bien de sí mismos.

Imagina que te hubiesen enseñado a pensar y a hablar bien de ti, y a hacerlo con respeto.

Imagina que te hubiesen inculcado el creer en ti, acudir a tus habilidades y arquetipos interiores para hallar la manera de poder, o al menos crear un plan con el que intentarlo.

Imagina que te hubiesen animado a soñar despierto, usar la creatividad y dar alas a tu imaginación.

Imagina que te hubiesen fomentado el sentido crítico, pero el de verdad, ese según el cual recogemos información y luego la procesamos y analizamos.

Imagina que te hubiesen permitido usar la magia interior que todos llevamos en las alforjas de nuestra alma.

Imagina que te hubiesen ayudado a recordar que vienes preparado para enfrentarte a todos los desafíos, porque en realidad, todo es un juego... humano.

Imagina que te hubiesen enseñado a usar el sentido del humor para relajarte y así reencuadrar las situaciones.

© Pídeme la luna, Planeta, 2007.

Por cierto, ¿eres o vas de ganador/a o perdedor/a?

Con demasiada frecuencia muchas personas, y sobre todo demasiadas mujeres, optan por «la excusa» en vez de por «crearse un plan». Claro que el plan supondría revisar muchos y variados aspectos de uno mismo. Por eso, más arriba, argumentaba que las feministas radicales tienen excusas. Con las mismas, en verdad, ellas se quejan del poder que aglutinan los hombres, pues lo desean para ellas... pero sin compartirlo con ellos (es decir, para hacer tal y como se quejan del proceder de los hombres).

¿Hipocresía?

Creo más bien que se trata de mediocridad del alma.

- La mediocridad es el resultado de no asumir la responsabilidad del alma que uno es. Por lo que, consecuentemente, no brilla su singularidad y la identidad queda apagada y a merced de velas de quita y pon.

Ser líder es ser uno mismo.

Ser líder es asumir la responsabilidad de nuestro destino y misión vitales.

Ser líder es vivir la vida según nuestras propias ideas, escala de valores, necesidades del alma, posibilidades, deseos, sueños, metas... Es decir, usar la referencia interna (RI) en vez de la externa (RE). O lo que viene a ser lo mismo: hacer caso omiso de lo que nos dice la sociedad (Club del Redil) que tenemos que hacer.

Dicho de otra manera muy mía:

- Hay que hacer lo que a uno le pasa por el arco de triunfo o por la varita.

Hubo un tiempo, ya lejano, en el que «disimulé mi luz», anduve ocupada en hacerle los deberes a otros (rescatarles), e incluso pedí perdón al mundo por ser tan singular, especial y única. Craso error lo de rescatar a otros, hacerles los deberes, y dejar de brillar mi singularidad, claro. Lo único que logré fue hacerme daño a mí misma. No contribuí en absoluto a que este planeta fuese un lugar mejor donde vivir. Fue mi coach personal (una de las espónsores positivas más decisivas en mi vida, aparte de mi familia) la que me ayudó a quitarme el alquitrán de las alas. Asimismo, me animó a publicar lo que escribía: «Si la gente pudiese leer estas cosas tan bellas que escribes, el mundo sería un lugar mejor para vivir. Tienes la obligación de publicarlo... forma parte de tu misión...», me dijo en varias ocasiones. Así que un buen día decidí hacerle caso, y busqué editor para mis libros hadados. Ella me ayudó a entender que no me hice ningún favor, ni se lo hice al mundo, al disimular mi luz.

- Uno tiene con los demás la relación que mantiene consigo mismo.

Por lo tanto, si alguien se lleva mal consigo mismo y no es capaz de apreciar sus dones, no esperes que aprecie y respete tu singularidad.

4

ACABAMOS POR HALLAR A LOS DE NUESTRA MANADA

Afortunadamente, un día la PNL (Programación Neurolingüística) se cruzó en mi camino. Ahora bien, cuando lo hizo yo ya había dejado el mundo de la publicidad, había residido en EE.UU., y los cambios habían campado a sus anchas en mi vida. Corría el año 1995 cuando decido coger las maletas e irme a California a estudiar PNL con Robert Dilts y Judith DeLozier (de ambos me habían hablado muy bien). Como soy una suertuda, ambos se convirtieron en dos de esos fantásticos espónsores positivos que he tenido en mi vida. Me ayudaron a captar la grandeza de mi luz, aceptarla y asumir que debería compartirla con el mundo entero. Aquel verano de 1995 propició mi primer libro: Alas de luz: su título se debe a que recuperé la memoria de quién era yo. Ese fue el verano en el que mi amiga Pat Ryle honró mis alas por vez primera al otorgarme el rango de fairy (hada). Según sus palabras, «era imposible no sentirse atraído por mis brillantes alas...». Era fantástico estar rodeada de gente profesional (o sea, business), que hablaba el lenguaje del alma, de las hadas, de la luz, de la metáfora... Era impresionante y vivificante. Fue mi renacer en la luz. Había encontrado a otros miembros de mi misma manada y... ¡en California! No deja de ser curioso que desde entonces mucha gente me llame «hada madrina», y diga haberme visto literalmente las alas... Por cierto, más de uno, ¡y de una!, me ha comentado que debería ser más humilde, esto es, ser más discreta, pues parezco demasiado prepotente... ¿Será que no están acostumbrados a niveles sanos de autoestima hadada...? ¿Será que no abundan las hadas en sus vidas? Las hadas, como los niños, somos inocentes, espontáneas, alegres, sinceras, singulares, exultantes, brillantes, divertidas, picaronas...

- La conciliación de los opuestos. «Soy encantadora, excepto cuando no lo soy, que soy borde». Y qué maravilloso es poder disfrutar de los dos al mismo tiempo. ¡Qué más da si soy o no un hada! Al fin y al cabo, sólo son palabras para referirnos o nombrar la realidad del alma. Cada uno de nosotros tiene derecho a usar las que desee para identificarse. Por consiguiente, unas veces soy hada, otras soy ángel, y otras soy demonio. Y puedo disfrutar de todos ellos al mismo tiempo.

A mi entender, «hada» es un rango del alma o nivel de conciencia, esto es, alguien cuyo nivel de evolución anímica es tremendamente original a la par que especializado. Un ser que, al nacer en la Tierra, puede asumir una misión difícil, colectiva, sencilla, discreta, docente, impulsadora... No obstante, independientemente del tipo de misión que escoja, hay algo que la delatará: su rebeldía, su alma salvaje, su luz nada habitual. Será tachada de excéntrica, rara, diferente, extravagante, maverick, loca, rompemoldes, pionera, prepotente, soberbia, orgullosa, individualista, independiente... Eso sí, nunca será alguien «socialmente normal o políticamente correcto». Un hada —o un hado— es alguien con capacidad de ver más allá de las apariencias, alguien que sabe que el valor de un ser humano no está en su cartera sino en su corazón. Eso me lo inculcó mi familia, la cual, por cierto, es una mezcla de hadas o hados y ángeles. Mi abuelo Viçentet, el pescador, era un ser extraordinario y excepcional, es el ángel que aparece en mi libro Alas de Luz. Un alma que me enseñó la belleza del mar, la importancia de la risa y de la alegría. Alguien que siempre dio cobijo y procuró cuidado a su niño interior.

Mucha gente se siente avergonzada por sus orígenes humildes, es decir, poco dinero y poca posición social. Como si el carecer de dinero equivaliese a ser poco valioso, menos humano, menos divino o menos digno. Mi abuela María Roseta (la esposa del pescador y madre de mi madre Rosita), a todo aquel que se enorgullecía de tener mucho dinero, solía decirle: «Si tienes dinero, cena dos veces, que con una yo tengo bastante». Asimismo, añadía: «Recuerda que castillos más altos han caído...». Y, «más vale persona que bienes». Acepto que la sociedad, en general, se empecina en que la gente con menos fortuna material se avergüence de ello, y no deja de recordárselo de mil y unas maneras, tratando de prolongar la humillación y de propiciar el sometimiento.

- No me hizo falta ir a la India para aprender espiritualidad. La tuve siempre en casa, la cual está en la costa levantina. Escogí bien, y aterricé entre los de mi manada —sostengo que cada uno de nosotros escogemos a los padres—. Por consiguiente, no ha lugar a quejarse de la mala suerte, ya que es cuestión de elección. Considero que la espiritualidad está más allá de eso llamado «religión», más allá de las definiciones humanas y más cerca del alma de la persona. He leído libros sobre la cultura y civilización egipcias, y al parecer ellos creían que «Dios» era el mismo para todos, si bien, simplemente se le daba diferentes nombres. Asimismo, sostenían que, de respetarse las distintas culturas entre sí, esto es, respetar que cada uno se refiriese a Dios como le viniese en gana, las tribus que pueblan la Tierra vivirían en paz y armonía. Muy al contrario de como hemos procedido: armando bronca y peleándonos por ver quién tenía razón.

- No existe un mapa erróneo ni uno acertado... Nadie está en posesión de la verdad ni del error absoluto. Esto lo aprendí con la PNL. Por consiguiente, la única forma posible de entendimiento es la creación de un tercer mapa donde se combinen y conjuguen los diferentes mapas de los diversos miembros del grupo hasta llegar a eso que se ha dado en llamar win-win situation, o en español: situación en la que ambas partes ganan y se sienten satisfechas.

La época que residí en EE.UU. me matriculé en la universidad en un curso titulado Coping with criticism («Apañándoselas con las críticas» sería una posible traducción). Tuve un profesor excepcional que me enseñó muchas cosas de provecho, las cuales quedaron grabadas en mi consciente, una de las cuales fue (ya me he referido a ella anteriormente): «What you permit is what you promote» («Lo que permites es lo que promueves»). En este curso, dicho profesor, psicólogo, nos enseñó fórmulas para controlar las críticas que otros nos hacían. Asimismo, hacérselas nosotros a otros. Aprendí a ponerme en el lugar del otro, y desde ahí tratarle con afabilidad, sin merma por ello de la seguridad, rotundidad y claridad, con la que tenía derecho a exponer mi queja o crítica. Callarse no significa «intención de paz, mantenimiento de la armonía»..., no necesariamente. Al igual que exponer las ideas o quejas no significa «intencionalidad guerrera o desestabilizadora». «El callar o por la paz tres aves marías»... no es aconsejable.

- Tenemos derecho a disentir, a discrepar, a criticar... a respetar y ser respetados. Todo esto venía al caso porque andaba explicando que nací entre los de mi manada y no me hizo falta ir a la India a aprender lo que ya me traje conmigo al nacer y me refrescaron en mi familia. Opino (es mi visión y experiencia del mundo, la cual es válida para mí pero no por ello ha de serlo para el resto, esto es, no es ni debe ser dogma de fe ni siquiera para mí... ya que puedo y tengo derecho a cambiar de opinión) que nos iría mejor si cada uno asumiese su verdad como propia y cejase en el empeño de ir por ahí haciendo proselitismo de cualquier tipo, como por ejemplo el de insistirle al personal que lo oriental es la filosofía válida y acertada, mientras que el catolicismo es retrógrado, inapropiado o carente de luz...

Discrepo.

Como dice mi padre, incluso el budismo aparta a las mujeres. Él suele cuestionar: ¿Ha existido un Dalai Lama mujer?

Que yo sepa, no.

¿Entonces...?

Personalmente, prefiero la sabiduría sencilla de la gente del pueblo: pescadores y campesinos, labriegos y pastores en permanente contacto con la sabia naturaleza que nos alimenta con su sencillez, inteligencia divina y humildad de alma.

No existe mejor nutriente para el alma que el contacto con la naturaleza. Por eso suelo escaparme muy a menudo a darme baños de naturaleza marina o montañesa... Dormir bajo las estrellas, sobre la Pachamama... me rejuvenece y recarga las pilas. Confieso que mis sitios preferidos son los inmensos y salvajes National Parks americanos... por aquello de lo mucho que cuidan la naturaleza (no suele haber civilización, agua, ni luz eléctrica en muchas y muchas millas a la redonda... Y eso es una gozada para el espíritu). Obviamente, mi lado salvaje es muy fuerte; será por eso que, como diría Clarissa Pinkola Estés, la mujer salvaje está muy viva y sana en mí, mis instintos están en muy buena forma.

Como decía, me crié en una familia a orillas del Mediterráneo, ese al que Serrat tanto cantó. Mis abuelos maternos eran pescadores de profesión humana, pero sabios y luminosos de alma. Ellos me legaron la luz y la esencia humana que eleva mis alas hadadas. Mi abuelo me mostró la grandeza de la libertad y el poder del buen humor. Con él descubrí la espuma de las olas y las travesuras de unas alas abiertas a la vida. Era muy divertido, sabio, sencillo e instruido, un pescador autodidacta al que fascinaba la literatura rusa y los clásicos latinos. Mi abuelo era un hombre metroemocional (tal y como los describí en mi libro En busca del hombre metroemocional, RBA, 2005), y eso que nació en 1901. Y, aún más, era un metroespiritual: un ser con la sabiduría del alma imposible de engañar ni contaminar con charlatanerías varias de corte New Age o autoayuda barata —la mayoría de ella lo es—. Su fortaleza y entereza interior me inspiraron y animaron a ser siempre como soy, no acumular esqueletos en el armario —ni siquiera el mío—, permanecer fiel a mis creencias y usar mi cerebro para fabricarme un mapa propio de la realidad. Asimismo, mis abuelos también me dieron la fuerza de un corazón noble al sol, sin rencores, sin iras, sin resentimientos por esto o por aquello.

Mi abuela era muy sabia y una «PNL natural», siempre tenía un dicho para cada cosa o situación. Era un alma muy fuerte y poderosa encarnada en un cuerpo de mujer pequeño y discreto, aunque su porte la delataba sin remilgos. Era muy decidida y trabajadora. María Roseta, mi abuela, tuvo una relación excelente con mi madre, y a ambas nos legó la fuerza de un cariño entre madre e hija imposible de romper, imposible de extraviar con el tiempo. A mi madre siempre la he escuchado hablar muy bien de su madre, y eso es un regalo excepcional que ella —mi abuela— nos hizo a ambas.

El puente entre mi alma y mi vida humana me ha ayudado a construirlo mi familia. Mis padres nacieron poco antes de la Guerra Civil Española, pero yo nunca he escuchado lamentos, rencores o historias de miseria a propósito de ello, y ello no es debido a que la guerra «pasó de largo» para ellos y algún ángel misericordioso les cubrió con una campana de cristal que les aisló y evitó las penurias y el dolor de una guerra fraticida, no. Ellos estaban en zona republicana y perdieron muchas cosas... como suele suceder en toda guerra. Ahora sí, lo que nunca les fue arrebatado, porque así lo quisieron ellos, fue la alegría y la aceptación resignada —que nada tiene que ver con la rendición o la miseria del que, sintiéndose perdido, tira la toalla, sino esa que es hija del manejo acertado de la frustración—, de una situación que les tocó vivir. Nunca he escuchado historias de odio, nunca. En vez de ello, me han relatado historias de supervivientes, de gente que se las apañó para vivir lo mejor posible en circunstancias adversas sacándole partido a la vida a través de apoyarse en el cariño, alimentarse con la esperanza, la asunción del destino, la integración de las experiencias y la consolación que emana del alma.

Nunca fueron perdedores, simplemente torearon las circunstancias que se cruzaron en su camino con ingenio, buen humor, trabajo duro, sabiduría, sencillez, sensibilidad y calidez humana.

Aterricé en una familia en la que las risas, el cariño, el apoyo, la aceptación incondicional, la magia... eran inagotables, infinitas... Nací entre algodones de cariño y risas, aderezados con naranjas y pescado del Mediterráneo. Mi abuelo pescaba, mi abuela criaba gallinas y otros animales, la familia cultivaba hortalizas y nunca nos faltó lo esencial... Por encima de todo, nunca jamás escaseó el cariño y el apoyo.

Para los chinos, carecer de familia es una desgracia.

- Para los humanos con alma, carecer de una familia que te ame y acepte tal cual eres y se sienta agraciada por tener entre los suyos a almas de luz... es una broma cósmica de mal gusto o el resultado de lo que uno ha sembrado en otras vidas.

Nunca fue un obstáculo para mi destino hadado mis orígenes humanos. Mucha gente se siente desafortunada por carecer de dinero, pues asumen que riqueza material y ser afortunados son sinónimos. Desafortunados se me antojan aquellos que, teniendo dinero, carecen de la fuerza que proporciona el cariño incondicional, adolecen del refugio para el corazón que supone la aceptación incondicional ausente de rencor y de resentimiento. Y desconocen la amabilidad de la unión con otros que también caminan la senda de la vida humana.

Desafortunados los que nunca conocerán la profundidad de la aceptación de la singularidad, y carecerán del sosiego que proporciona la conformidad espiritual. Afortunados aquellos que siempre se sentirán ricos, plenos, amados, risueños y prósperos. Tener que luchar no tiene por qué ser una maldición ni un pecado.

Esforzarse por cumplir el destino no es maldición sino necesidad del alma.

Me educaron en la responsabilidad, el trabajo consciente, la constancia, la perseverancia y la conciencia de que «quien algo quiere, algo le cuesta». Mi abuela María Roseta solía decir: «A casa no viene nadie a buscarte», «Lo que no se enseña, no se vende» y «No es más rico quien más tiene sino quien menos necesita».

La cultura mediterránea y naranjera de mi familia caló hondo en mis alas de gaviota marinera, dándome fuerzas para poder surcar los cielos de mi destino, y sabiduría para sobreponerme a las tormentas vitales que encontré y seguiré encontrando en mi vuelo humano. Soy una superviviente. He aprendido que lo mejor es ser fiel a uno mismo, vivir según el código ético que uno lleva en el alma, haciendo caso omiso de las modas, de la publicidad capitalista y del consumismo que nos «obliga» a ser políticamente correctos.

Nada como la libertad de ser uno mismo.

Nada como aprender a usar el cerebro y las habilidades del análisis, el sentido común, el raciocinio y el discernimiento para fabricarse una opinión propia del mundo y de sus habitantes. Si uno aprende y se atreve a ver el mundo con sus propios ojos, el premio es la satisfacción interior, la libertad de espíritu y la alegría del alma que se torna cotidiana. La vida se torna más liviana, amable, asequible y humana... Aunque parezca paradójico, así es. El dinero nunca jamás dará la felicidad aunque contribuya fervientemente a disimularla y la aderece de fama, poder y activos materiales. El dinero puede contribuir a despistar la infelicidad y la miseria de espíritu a ojos ajenos, pero a ojos propios no hace sino amplificar la miseria del vano intento.

El dinero paga cosas materiales. Pero nunca conseguirá proporcionar la magia, la felicidad, el arrobamiento y el esplendor con el que se obsequia un alma genuina con la simple contemplación de una puesta de sol. El ser amado con todos los más y los menos, en la belleza y en la miseria de la imperfección humana eso sí que es bendición de dioses. Afortunada el alma que estaba en la lista de los dioses cuando decidieron obsequiarla con un beso del cielo en su devenir humano.

Las puertas del cielo están al alcance de todos. Sin embargo, pocos serán los que se atreverán a acercarse hasta ellas. Solamente algunos intrépidos osan asumir la responsabilidad de la autenticidad y del brillo deslumbrante e imposible de ignorar, ése que ofrece el alma de quien decide pensar por su cuenta y actuar según sus convicciones y creencias de cuño propio, aunque estén en disonancia con las de la masa humana de referencia, o sea, la humanidad.

- Las puertas del cielo se abren con la osadía de la libertad de espíritu, la nobleza de pensamiento y la fortaleza del corazón que ha liberado su latido del yugo de la corrección y la memez de ser un clon humano, asumiendo con ello la responsabilidad de emitir su propia identidad a un riesgo —quizá es precisamente esto lo que le motiva e impele a hacerlo— de ser tachado de extravagante, loco, disidente o inoportuno.

Hace años que vengo observando el mundo y viendo cómo, en todas las profesiones, hay charlatanes (que pretenden ser profesionales), y profesionales de verdad que sólo lo son sin pretender nada más que la asunción de su responsabilidad y el decoro de sus actos. Hubo un tiempo en el que lo más que había leído que oliese a orientalismo era Siddharta. Mi mundo era el de la publicidad, un mundo competitivo y duro, pero con muchos profesionales de verdad a pesar de los «charlatanes»: todas las agencias de publicidad tenían a algún cantamañanas en nómina. Me acostumbré a la seriedad y al buen hacer profesionales, a gente que iba de lo que era —no importando si con ello mostraba o parecía ser esnob, prepotente, arrogante, advenedizo o lo que fuese...—, y era muy reconfortante saber el terreno que pisaba y la elevada preparación que mis colegas en general y en todas partes —y países—, tenían. Por regla general, la feroz competencia existente parecía empujarnos a medirnos constantemente el grado de profesionalidad y a mantenerla en muy buena forma. Asumí que todos los foros profesionales eran iguales, esto es, que se regían por las mismas reglas y que la gente se lo tomaba en serio.

Craso error.

Mi inocencia llegó a su fin cuando conocí el mundo «espiritual». Aquí la gente iba de algo que no era, se fingían espirituales, desprendidos, ajeno su sentido al vil metal. Sin embargo, eran más materialistas y farsantes que mis ex colegas publicitarios. Obviamente, no todo el mundo era así, pero sí demasiados, para mi gusto. Me desilusioné mucho. Cuando se me abrieron los ojos, decidí volver sobre mis orígenes, pero esta vez uniendo los dos lados, combinando las dos facetas. Por consiguiente, me fui a California a estudiar PNL. Durante ocho años me embebí de esta nueva técnica, y comprendí que toda técnica excepcional sirve tanto para ayudar al ser humano como para usarla en su contra. En estas, el coaching se puso de moda y volví a toparme con la mediocridad de muchos humanos.

- Muchos «supuestos profesionales» sólo pretenden sacarle activos materiales a otros vendiéndoles «jarabe de milagro envuelto en papel de siete pasos»...

Todo un fraude para el espíritu humano pero que funciona, porque hay mucha gente desesperada y que no está por la labor de sacrificarse, es decir, no están dispuestos a esforzarse y a implicarse en el proceso de evolución y mejora del ser que mora en el interior de su cuerpo humano. Hace tiempo que insisto en la responsabilidad primaria de ejercer de guardián y supervisar lo que uno come psicológica e intelectualmente. Asumo que mi profesión de procedencia me capacita para distinguir el falso oropel del verdadero diamante. Me refiero con ello a poder desenmascarar al farsante que se oculta detrás de un plan de marketing bien orquestado. Huelo a distancia el aroma que dejan las artimañas marketinianas en su pretensión de disimular la paupérrima calificación profesional del susodicho «nuevo gurú de turno de la nueva moda New Age o autoayuda al uso». Los buenos profesionales, los de verdad, no necesitan del aroma dulzón y embaucador que proporciona el emular la fórmula de otros que han triunfado.

Hace algunos años, en un congreso internacional de coaching, me topé con uno de los pocos profesionales de verdad que, a mi juicio profesional, he conocido hasta la fecha (muchos son los que presumen de serlo... pero sólo unos pocos lo son). Me fascinó su buen hacer profesional (como años antes me había fascinado el de Robert Dilts y, en especial, el de Judith DeLozier —maestra donde las haya del training PNL—; y el de Stephen Gilligan, con quien aprendí Hipnosis Ericksoniana). Recuerdo que explicó que, según su criterio, había varios niveles de capacidad, a saber: Incompetencia, Competencia, Virtuosismo y Maestría. Le pregunté si él creía que la «maestría» era posible adquirirla a base de práctica como el virtuosismo (uno alcanza tal nivel de competencia a base de practicar que da la impresión de que «ha nacido con esa competencia o habilidad») o, por el contrario, era tema del alma, esto es, venía con la persona al nacer y no había forma de adquirirla o alcanzarla a base de práctica.

La maestría era el producto del talento, cuestión de don.

Su respuesta vino a corroborar mi teoría: la maestría se nacía con ella, era asunto del alma.

Punto.

Esa conversación o intercambio de ideas animadas unidas a las innumerables conversaciones que he sostenido con Judith, Robert y otros colegas de PNL a lo largo del tiempo que estuve en California, me llevó a concluir que en este planeta Tierra hay dos razas, a saber: los Humanos y los Humanoides.

No estoy de broma.

Los diferencia la actitud.

Los posiciona la responsabilidad o la dejadez respecto de su destino.

5

LOS HUMANOS SON GENIOS, LOS HUMANOIDES SON MEDIOCRES

Me explico.

¿Por qué los humanos son genios mientras que los humanoides son mediocres?

Cuestión de vivir su vida basándose en sus dones y talentos o al margen de los mismos.

Humanos: son todos aquellos que viven sus destinos humanos, sin importar si son receptores o merecedores de fama y fortuna o no, usan sus dones y talentos como eje y motor, asumen la responsabilidad de su misión humana y hacen lo posible por llevarla a cabo. No les importa si el ejercicio de sus dones conlleva la aprobación de las masas y la bendición de la diosa fortuna monetaria. Lo único que les podría quitar el sueño sería que alguien les obligase a prescindir de la felicidad que mueve sus vidas (vivirlas según los talentos de su alma). Por lo demás, les trae al pairo si se hacen ricos, famosos o poderosos... Un humano asume la responsabilidad en todos los sentidos, no tragándose los anzuelos marketinianos que sólo pretenden cazarle con humo y falsas promesas de «El cielo a su alcance por el mínimo esfuerzo». Un humano usa su cabeza para pensar, analizar, discernir... Un humano usa su alma para vivir.

Humanoides: imitan a otros, luego son mediocres. Cuando uno vive su vida ignorando sus talentos naturales y de espaldas a su plan de navegación, no puede ser otra cosa que mediocre. Demasiada publicidad contaminadora de la sensatez del alma. Demasiados libros que venden mentiras en líneas impresas. Demasiados demagogos metidos a gurús de nueva era y coaching del baratillo. Muy políticamente correctos, eso sí, pero manipuladores de masas desesperadas y deseosas de que alguien les proporcione la fórmula mágica que les librará del esfuerzo de vivir sus vidas.

Los perdedores siempre tienen una excusa. Los mediocres son perdedores, pues han perdido el rastro de su alma. Han perdido la conexión con el corazón que anhela la expresividad de su singularidad. La libertad es demasiado poderosa como para ser asumida. Para muchos, la libertad consiste simplemente en ir de compras, ir de vacaciones donde les plazca, hacer chistes sobre el presidente de turno, ir al fútbol, comprarse el coche de moda, hipotecarse hasta las cejas y divorciarse, si se tercia. La libertad verdadera es cosa de humanos, ya que pocos son tan valientes como para asumir la responsabilidad de pensar por su cuenta, discrepar cuando haya que discrepar, observar el mundo con sus ojos y no con las gafas que les proporciona la sociedad alienadora de los sentidos y atontadora de almas.

Los humanos numéricamente son menos, pero muy poderosos.

Cada día son más los que se hartan de malvivir sumidos en la inopia, la ignorancia de su luz y ausentes de la alegría que emana del vivir la vida libremente y a plena responsabilidad del alma. Muchas personas están enfermas porque el alma está enferma de soledad. Alejado lo humano de lo divino, no le queda sino el cuerpo como pantalla donde escribir el «SOS». En este mundo del siglo xxi, tecnológico y moderno, el alma ha de recobrar su latido so pena de morirnos de hambre emocional y deshidratarnos, al no tener agua espiritual que beber. Muchas de las relaciones que tenemos con otros no son espirituales, es decir, no se basan en las razones del alma sino en las del «ego» o consciente humano. Por consiguiente, nos sentimos perdidos, vacíos, no apoyados, no amados, no comprendidos, no libres, no aceptados... Inmersos en relaciones —ya sean de pareja, de amistad, familiares o profesionales— que sostenemos a pesar de la integridad de nuestra alma. Nos mentimos a nosotros mismos en pro de ser socialmente correctos. Nos obligamos a ser —o parecerlo— como los demás. Eso de ser singular, único y mostrárselo al mundo... es demasiado arriesgado para muchos. Quizá nunca se detuvieron a pensar en el precio que tenían que pagar: la mediocridad, la vulgaridad de unas relaciones cuyo tren nunca llegará a las puertas del cielo.

Cuando tenía seis años, es decir, llevaba seis años en la Tierra en este viaje como Rosetta, me hicieron el primer test de inteligencia, y a la pregunta de «Qué quería ser de mayor» contesté, «Hada con varita mágica para ayudar a la gente a tener una vida mejor».

En ello estoy.

Mis libros, mi labor como coach, mi actitud vital y mis alas... de luz (son reales: de reina y de veraces...) están comprometidas en hacer realidad día a día esta declaración de principios hadados que hice hace ya muchos años. Unos me dan las gracias por la luz que he aportado a sus vidas. Otros me dijeron que estaba «loca», alegando que alguien con semejante alegría y tanta luz no podía ser verdad..., o sea, que yo era una gran actriz que se había perdido Hollywood. Ya se sabe, «muchos serán los llamados, y pocos los escogidos». Sólo «ve» aquel cuya conexión con el alma está viva y a pleno rendimiento.

Los humanos ven las alas, perciben el alma de los que se cruzan en su camino. Los mediocres humanoides sólo ven la ausencia reflejada en la pared interior de su propia armadura, aunque pretendan pasarle la patata caliente a otros (le acusan con un dedo mientras tres apuntan hacia ellos). La verdad es que lo que ven es sólo la imagen de su propia ausencia. Y por más que echen las culpas a otro, siguen estando desconectados de su alma y ausentes en la fiesta que se celebra a las puertas del cielo.

Aunque he de confesar que mucha gente no actúa o no se siente humano sencillamente porque desconoce que existe semejante diferenciación, esto es, nadie le habló del comportamiento humanoide versus el humano.

- «No nos enseñan las cosas más importantes...». Mucho enseñarnos matemáticas, ingeniería, esto y lo otro... Pero, para lo verdaderamente importante... para vivir, no nos preparan. Éstas son las palabras de uno de mis coacheados, director general de una gran empresa. Y tiene mucha razón, nadie nos enseña que existen sistemas de representación (cómo y basándose en qué sistema nos representamos la realidad y cómo procedemos); nadie nos cuenta que hay una diferencia abismal entre comportamientos e identidad; que todos llevamos un libro de instrucciones con los programas, habilidades, talentos y dones que poseemos y están a nuestra disposición; que existen diferentes formas de experimentar la realidad y que cada uno de nosotros tiene eso llamado «mapa de la realidad», que es suyo e intransferible y que hay tantos como seres humanos; que tenemos derechos y responsabilidades; que existe la creatividad dentro de nosotros y que podemos aprender a observar la realidad de otra manera y optimizar nuestros recursos y mejorar estrategias... A mí me lo enseñó la PNL. Lo que aprendí lo combiné con lo que ya sabía y el «cocido resultante» lo comparto con mis alumnos, coacheados y lectores. En realidad, ya me lo habían contado en casa, mi familia me enseñó PNL sin saber que eso era lo que hacían. La PNL no deja de ser una forma práctica y pragmática de «fórmulas» o «sistemas» que ayudan al ser humano a ir mejor por la vida.

Mi abuela María Roseta solía decir que existía solución para todo menos para la muerte. En realidad, ella fue la primera maestra que tuve en el arte del re-encuadre (darle la vuelta a una situación), ése que más tarde tan bien me contarían Robert y Judy en clave de PNL.

- Como se consigue que creamos que somos nuestros comportamientos. Si uno no sabe que se está comportando como un humanoide, a pesar de ser un bello ejemplar de humano... ¿cómo puede reconocer la diferencia? ¿Recuerda el cuento del patito feo? La versión que relata Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que corren con los lobos, me fascina y hace que se me caigan las lágrimas cada vez que lo leo. Cuántos no sabían que eran «hermosos ejemplares de cisne hasta que otros de sus hermanos les ayudaron a reconocerse». En El águila que se creía un pollo, Anthony de Mello relata la historia de un águila que se muere creyendo que era un pollo (podríamos decir, usando este cuento como alegoría, que los pollos son los humanoides —carecen de capacidad de vuelo y de perspectiva—, y las águilas son los humanos). El cuento nos relata la historia de un granjero que roba un huevo de un nido de águila en una de sus excursiones a la montaña y se lo lleva con él a su granja. Allí se lo da a una gallina para que lo empolle. El aguilucho cuando nace ve a la gallina y cree que es su madre. Se cría entre pollos y aprende a comportarse como tal (asume que comportamiento es igual a identidad, dicho en lenguaje PNL). Pero un buen día —porque el alma siempre se concede la oportunidad de rectificar y regresar al hogar—, mira al cielo y ve planear a un hermoso ejemplar de águila. Extasiada el alma, arrebatado el sentido por tanta majestuosidad, le pregunta a uno de sus hermanos pollo: ¿Qué animal es ése? «El ave entre las aves, el rey de los cielos: un águila», responde éste. «¡Cómo me gustaría poder volar como lo hace ese pájaro!», dijo el águila que se creía pollo. «Nosotros no podemos volar, no somos águilas, somos simples pollos», le replicó éste (el poder de las creencias de referencia externa es lo que determina que mucha gente crea que es humanoide. Que ni tan siquiera le entre la más mínima duda y decida probar por sí mismo cuál es su verdadera realidad...). Ante dicha afirmación categórica, el águila que se creía pollo agachó la cabeza y, habiéndose creído que su comportamiento era su identidad, murió creyendo que era pollo.

¿Cuántos bellos ejemplares de humanos no morirán creyendo que eran lamentables ejemplares de humanoides porque en su camino no se cruzó una hada madrina que les tocó con su varita y les hizo mirarse en el espejo de la verdad?

El poder del trance colectivo es sumamente poderoso y peligroso, ya que logra que muchas —demasiadas— personas vivan creyendo que son sus comportamientos. Es más, les hacen creer que éstos no se pueden cambiar, es decir, no hay nada que hacer con ellos. Ni tampoco se merecen mejorar, ser diferentes, cambiar su destino o hacer algo diferente para variar. La resignación es usada en demasía como antídoto excusante de la responsabilidad de atrevernos a saber por nosotros mismos qué somos o nos da la gana de ser.

Ya se sabe: los perdedores siempre tienen una excusa. Los ganadores siempre tienen un plan.

Los ganadores, a diferencia de los perdedores, no se conforman con lo que les dicen acerca de sí mismos, de la vida o del destino. Los ganadores usan la referencia interna (sus propias creencias, forma de pensar, preguntas, etcétera), no hacen caso omiso de sus sensaciones y malestares emocionales —como suelen hacer los humanoides—, dan crédito a sus intuiciones y se aplican en averiguar la verdad, no cejando hasta que dan con la misma.

Los humanos tienen los instintos salvajes muy vivos y sanos.

Los humanos no se sienten víctimas de nada ni de nadie. Asumen la responsabilidad de sus errores y experimentos fallidos, se arremangan y lo vuelven a intentar.

Los humanos tienen claro que han de esforzarse para lograr algo, ya que «nadie te regala nada», pues forma parte del plan el luchar por alcanzar las metas que uno se propone, uniendo a la lucha la perseverancia, la paciencia, la persistencia, la flexibilidad y la humildad para reconocer que uno se ha metido en un callejón sin salida y ha de dar marcha atrás...

Los humanos se plantean preguntas, buscan respuestas sensatas y coherentes pero no genéricas.

Los humanos creen en sí mismos y aceptan el precio que hay que pagar por alcanzar sus metas.

- La dignidad de ser uno mismo es el mejor regalo para el alma.

Podemos jugar a parapetarnos detrás de cargos, títulos académicos, cilindradas de coches, activos financieros, cuentas bancarias a rebosar de billetes, estatus social y demás distractors de la vanidad humanoide.

El caso es que la dignidad seguirá por los suelos a menos que decidamos asumir la responsabilidad de vivir nuestras vidas desde la plenitud de quiénes somos y no desde quiénes nos dicen que tenemos que ser.

Por más que se enfunde un tutú de ballet, no se convertirá en bailarina. Dicho de otro modo: «El hábito no hace al monje». Podrá aprender muchas fórmulas y variedades de siete pasos al uso, pero seguirá igual de despistado interiormente. Podrá asistir a multitud de cursos, leer libros de autoayuda... pero su baja autoestima seguirá igual. Si realmente quiere un cambio duradero, tendrá que arremangarse y emprender el camino de la recuperación de la dignidad.

- «Si otro lo ha logrado, usted también puede», es una de las máximas de la PNL que más me gustan.

Esta otra también: «Si sigue haciendo lo mismo que ha hecho siempre, el resultado que obtendrá será el mismo o muy parecido...». Aunque Robert Dilts la modificó un poco: «Si siempre hace lo mismo, puede que no sólo no obtenga el mismo resultado sino que éste sea peor...». Ergo: «Renovarse o aburrirse», como ya dije en mi libro PNL, la llave del éxito (Grupo TOMO, México).

«Quien algo quiere, algo le cuesta», solía decir mi abuela María Roseta.

Espero que lo que puedas querer, de ahora en adelante, no te cueste la dignidad.

Por cierto, si fueses un coche, ¿qué tipo de coche serías?

En cuanto a la empresa donde prestas tus servicios profesionales, si el empleado que necesitan fuese un coche, ¿qué tipo de coche sería ese empleado que necesitan o que encajaría como piloto?

¿Coinciden los perfiles?

Muchos de mis coacheados, cuando se plantean estas sencillas preguntas, se dan cuenta de que «cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia» en lo relativo a su trabajo... En algunos casos también en lo que se refiere a la pareja. Ya lo he dicho al principio: somos quienes somos en todas nuestras relaciones. Eso de ser diferentes, es decir, exhibir una identidad en función de nuestros comportamientos o roles, no es cierto. La identidad es la que es, y ésta es la misma esté en el entorno en el que esté. Cuando reviso la «historia» de mis coacheados, descubro una y otra vez que no importa el entorno o foco que se esté manifestando como problemático. Lo que hay que hacer no es modificar el comportamiento del coacheado en ese área, sino ir a las creencias y «reorganizar» ese nivel, además de «ajustar la identidad y su conexión con el alma» (me encuentro con muchas identidades fuera de punto...).

- ¿Qué es importante para ti en esta vida?

Para mí lo son la libertad, la creatividad u originalidad, y la apreciación incondicional. Estos valores son mi «brújula vital».

¿Cuál es la tuya?

- Cuando nos encontramos mal anímicamente hablando es porque nuestra identidad ha sido puesta en tela de juicio, atacada, vapuleada. Es decir, alguien nos «ha pedido» —directa o indirectamente— que traicionemos nuestra integridad o, lo que es lo mismo, que nos saltemos nuestra escala de valores.

- La escala de valores sirve como «termómetro» o «evaluador del grado de conveniencia o empatía» que podemos tener con algo o con alguien. Si lo único que le importa de un puesto de trabajo es el dinero que le puedan pagar, seguro que se sentirá frustrado, enfadado y poco valorado cada dos por tres... Por más que le eche las culpas a lo que gana, comprobará una y otra vez que aunque le suban el salario, al cabo de un tiempo —cuando la nueva cantidad forma parte del paisaje—, su incomodidad o insatisfacción emerge de nuevo, e incluso puede que sea más intensa.

No por ganar mucho dinero puede compensarse la falta de dignidad.

Lo único que alimenta y mantiene en buena forma la dignidad es la asunción de la responsabilidad de cuidar de uno mismo, dándose uno relaciones laborales, profesionales y personales que respeten nuestros valores.

- Ésta es la re-evolución del ser humano en busca y recuperación de su dignidad. Una era de reyes y reinas que dirigen sus destinos desde la autenticidad, libertad, sabiduría y responsabilidad del código de la genialidad que habita sus almas.

Haríamos bien en despedir al pudor insano que nos atenaza el verbo interior y atrevernos a hablar abierta y sinceramente del alma, sin más tapujos ni dobleces.

El alma, al fin y al cabo, es la identidad verdadera que da vida a este cuerpo humano. Vivir ignorándola es vivir nuestras vidas ignorándonos a nosotros mismos, y eso es decididamente el origen de todo malestar, enfermedad, guerra y despropósitos vitales.

Nos parece vergonzoso, poco intelectual, propio de personas ignorantes o poco ilustradas, crédulas y carne de cañón de los gurús o iluminados de turno... el hablar del alma y teorizar sobre la misma. Podrá parecernos «poco inteligente», pero el caso es que el alma insiste en recuperar su dignidad por encima de todo. Suele decirse que tanto la ciencia como la religión buscan lo mismo, aunque usen diferentes caminos: la primera se centran en las preguntas, mientras que la segunda lo hace en las respuestas. Místicos, científicos, religiosos, filósofos... todos buscan a Dios, que es una forma de decir que todos añoramos al alma que somos y queremos unirnos con ella.

Durante siglos hemos asistido a la improvisación del alma, a su falsificación, alejamiento y, finalmente, deconstrucción (palabro de moda en este siglo xxi) de la misma. Entre tanta estulticia fomentada por la «campaña publicitaria» más exitosa de todas cuantas se hayan creado —aunque ésta no nació en agencia de publicidad alguna—, el ser humano ha mordido el anzuelo —lo peor es que le ha gustado—, creyéndose que eso del alma es tema propio de la religión (recordemos que «la religión es el opio del pueblo» según Marx), y la religión está en fase de deconstrucción. Ya no se lleva ser religioso, ahora lo laico es lo «in». Un laicismo que le arrebata al ser humano su alma, dejándole a la intemperie de la mera intelectualidad (la cual es muy fácil de confundir si el alma no está presente para desmenuzar y discernir lo que pretenden darle de comer las corrientes mediáticas de moda). Creer o no creer en Dios no es lo importante. Una vez lanzado el anzuelo y mordido éste por la masa crítica, la gente no acierta a darse cuenta de que, lo que realmente está sucediendo, es que le han hecho descreer en sí misma.

En PNL existe una metodología estructurada para ayudar a la persona a librarse de creencias (ideas) que le impiden vivir su vida en plenitud y en sanidad anímica. Es un trabajo inicialmente creado por Robert McDonald (PhD y PNL), modificado más tarde por Robert Dilts —ambos crearon Tools for the Spirit, seminario que imparten juntos y sobre el que existe un libro del mismo nombre publicado en España bajo el título literal: Herramientas para el Espíritu—, al que yo añadí unos «pasos» (ver mi libro PNL, la llave del éxito). El proceso de deconstrucción o desactivación de una creencia determinada (el paciente o coacheado decide cuál quiere desactivar) pasa por el proceso de «hacer dudar», o sea, para eliminar esa creencia hemos de animarle a dudar de algo en lo que siempre creyó. Y como todos hemos «roto» alguna vez en nuestra vida con alguna idea o creencia en la que creímos firmemente... nos es posible realizar dicha «fractura» con el pasado creencial de referencia. Los medios de comunicación nos impelen a descreer en algo todos los días; ahora bien, no somos conscientes del proceso guiado en el que nos sumergen, ya que nada como crear un estado de trance generalizado, aplicar la metodología en grupo, y fomentar la fisura en conjunto para lograr el éxito de plantar la duda y hacer que ésta fructifique sin obstáculos. Los grandes líderes de opinión y maquiavelos de las masas saben muy bien cómo mover los hilos conduciendo a las masas hacia donde ellos desean sin que los «conducidos» se den cuenta de dicha maniobra alienante y estupidizadora del alma.

Es necesaria una gran lucidez mental, además de una elevada dosis de coraje, para hacer frente a la conspiración mediática de esos «amos del universo» que se esconden detrás de una gran «matriz». El alma podrá ser vilipendiada, tildada de cosa propia de necios o poco ilustrados, pero el ser humano una y otra vez dirige su mirada hacia lo alto, buscando quizá las raíces perdidas, quizás anhelando la unión imposible de deshacer: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre», y esto no se refiere al matrimonio eclesiástico entre hombre y mujer, no. Ésta es la verdad acerca de la única unión indisoluble en la vida de todo ser humano: la unión con el alma, lo masculino y lo femenino en uno, lo humano y lo divino.

Nada ni nadie puede dividirnos.

Nada ni nadie puede alienarnos de verdad.

Podemos creer en nuestro estado de trance generalizado que esto es así, pero lo cierto es que los estados de trance son virtuales, pero nunca reales, aunque lo parezcan. La hipnosis ericksoniana (HE, desarrollada a partir de la metodología de trabajo del Dr. Milton Erickson, psicoanalista revolucionario del campo de la hipnosis y uno de los pilares inspiradores de la PNL) usa los estados de trance para «desarmar» o «distraer» al consciente y acceder a la información contenida en el «disco duro» que es el inconsciente, con el propósito de «cambiar, modificar, desactivar...» algo que está obstaculizando el bienestar en alguna de sus áreas. Ahora bien, cuando un coach trabaja con HE, lo hace con el permiso y a petición de esa persona que tiene el «problema», la cual asiste conscientemente a su propio proceso de cambio y evolución. Sin embargo, cuando desde los poderes mediáticos, el agit prop, se nos induce a un estado de trance generalizado con el propósito de «conducirnos» en una dirección que conviene a los «amos del universo», dicho trance no cuenta con nuestro permiso ni bendición, y muy pocos son los que viven su vida desde el nivel elevado que proporciona la atalaya del alma como para darse cuenta de la manipulación silenciosa y viciosa a la que están siendo sometidos.

El alma está harta de tanta bazofia.

El alma está hambrienta de sí misma.

- Al ser humano desconectado de su alma lo único que le queda es «consumir vorazmente», «acumular desesperadamente», «adicionar esperanzadamente», y enredarse en mil y una relaciones carceleras que dinamitan su vida humana.

Sé que lo que estoy diciendo es «muy duro», o al menos a algunos les estará esbozando una sonrisa de incredulidad cuando no una mueca de ironía. Mis años como publicista y mi trabajo como coach usando la PNL me han llevado a «ver» la trama oculta detrás de esta gran conspiración o máscara teatral con la que nos han obsequiado humanoides. Robert Dilts creó «la estrategia Walt Disney» (a la que yo llamo «el equipo fantástico»), basándose en los trabajos de Stephen Gilligan (Doctor en Psicología y discípulo del Dr. Milton Erickson, con quien aprendí HE), sobre los arquetipos básicos de nuestra psique, a saber: Mago (Magician), Amante (Lover) y Guerrero (Warrior). Volveré más tarde sobre ellos en este libro, pero ahora baste decir que, cuando este «equipo» está disfuncionalizado, el mago se convierte en una fuente de sarcasmo e ironía desde la cual la persona se arroga un poder basado en lo material y se aleja del alma. A consecuencia de esto, el amante pasa a ser codependiente (alguien que ha perdido la dignidad y es presa fácil de los caprichos de los demás —no sabe decir no—, y todo con tal de lograr que le acepten y amen). El guerrero está tan enfadado que sólo sabe ser un mercenario (el fin siempre justifica los medios), no importándole qué hace a quién si con ello logra sus fines.

El mundo, la sociedad humana del siglo xxi, en general actúa desde estos tres arquetipos en su versión disfuncional (desconectados entre ellos). Para comprender que es verdad, baste con tomar cualquier evento mundial como ejemplo para observar que operamos, como humanidad, desde uno de ellos al margen de los otros dos. Si unimos los tres en cada uno de nosotros, el alma tendrá una pista de aterrizaje por la que descender a la realidad humana, y entre todos lograremos tener vidas más llenas de sentido, más humanas y más llevaderas. No se trata de que la vida en la Tierra se convierta en un «coser y cantar» donde todo se nos dé sin el más mínimo esfuerzo (bien pensado, tampoco estaría mal, ¡qué caramba!). Ya puestos, se trata de que aprendamos a sacar el mayor partido posible de nosotros mismos y, al usar ese 90% restante que Einstein dijo que no usamos de nuestra capacidad cerebral, despertemos a la auténtica realidad de nuestra naturaleza y observemos que las puertas del cielo siempre estuvieron abiertas para todos nosotros. «Muchos serán los llamados, y pocos los escogidos.»

- «No tengas a nadie en tu cabeza sin pagar el alquiler»

Regalo hadado:

* Los monstruos de envenenada palabra y asustadizo origen.

De pequeños temíamos que nos pillasen los monstruos, atacasen o hiciesen daño.

De mayores, seguimos igual.

Eso sí, los monstruos han cambiado su faz por otra menos fea, aunque más engañosa e inaprensible, esto es, su rostro ya no pertenece a las pelis que veíamos de pequeños en compañía de nuestros padres o a solas, ni el miedo que en nosotros disparaban se conjura con un simple taparnos los ojos con las sábanas o con un escondernos detrás de las cortinas del salón. Los monstruos, que ahora nos despiertan en medio de la noche, acosan silenciosamente a cada momento del día y arrebatan la sensación de vivir, son de invisible sombra. Y, peor aún, no existe antídoto que pueda comprarse en la farmacia para hacerles frente o conjurarles en medio de la soledad afectiva de nuestra alma humana.

- «Nunca es tarde para tener una infancia feliz»

No importa la infancia feliz que hayamos podido tener, ni lo que creyesen en nosotros nuestros padres. Cierto que algunos no han tenido la dicha de haber sido obsequiados con una infancia repleta de ángeles que les esponsorizaran positivamente, es decir, creyeran en ellos y les inculcaran que eran originales, únicos y singulares en su humanidad compartida. Por lo que, consecuentemente, si desde los inicios hemos sido obsequiados con antipiropos, los cimientos de nuestra estima serán proclives al desaliento, cuya existencia nos mantendrá, desde edad temprana, a merced de los depredadores sociales. Ahora bien, el hecho de poseer en nuestras alforjas...

la vivencia de una infancia feliz llena de valores inspiracionales,

consignas reforzadoras del sentido de uno mismo,

creencias que construyen columnas de confianza,

coraje en las habitaciones de nuestra psique y mente humanas...

no nos librará de los monstruos que campan a sus anchas por los procelosos mares de la sociedad humanoidea, esa que está empecinada en que un ser humano haga o deje de hacer motivado única y exclusivamente por el miedo a ser expulsado del huevo. Esta realidad ya apareció reflejada en la caverna de Platón.

Se nos insta a que seamos dóciles, no mostremos nuestro verdadero rostro, y escondamos nuestra genialidad. Se nos estimula en el disimulo y negación de nuestra singularidad, y en la asunción de máscaras —las cuales, de tanto llevarlas, llega a olvidarse uno de ellas, creyendo que uno existe o es gracias a la máscara, y no la máscara la que es gracias a nosotros—. Ahora bien, lo que garantiza una infancia feliz es la inquebrantabilidad de las columnas emocionales interiores, esto es, se nos podrá sacudir con la indiferencia y el ostracismo, pero no conseguirán que olvidemos la dignidad de nuestra alma ni la voluntad de nuestro corazón.

El resultado de la noche oscura del alma depende del «material de relleno» con el que se construyeron nuestras columnas existenciales.

Por consiguiente, nunca es tarde para tener una infancia feliz.

© Pídeme la luna, Planeta, 2007

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9788490067932
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