Kitabı oku: «El patriarcado no existe más»
El patriarcado no existe más
El patriarcado no existe más
Roxana Kreimer
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Introducción
I. ¿Qué tenemos en común con otros animales?
Los sistemas de dominación entre animales y humanos
II. ¿Cómo influye la selección sexual en las diferencias entre hombres y mujeres?
Dos teorías enlazadas: selección sexual e inversión parental
Las adaptaciones: no nacemos como páginas en blanco
Por qué la psicología evolucionista no es una pseudociencia
La genética conductual: otra evidencia de que no nacemos como páginas en blanco
Género y sexo
¿Por qué hay especies monógamas?
El fenómeno de la varianza
Los machos proveedores entre animales no humanos
¿Pudo el patriarcado haber surgido porque las mujeres prefirieron hombres con recursos?
Las estrategias de supervivencia de hombres y mujeres dejaron huellas en el cerebro
III. ¿Es sexista reconocer que hombres y mujeres no son idénticos? una evaluación crítica de la retórica neurofeminista
¿A qué se llama neurosexismo?
Problemas en la evaluación de estudios sobre diferencias sexuales
Estudios sobre diferencias sexuales
Diferencias sexuales como resultado de la evolución
Diferencias sexuales en el cerebro: críticas al metaanálisis de Daphna Joel
La teoría de la empatía-sistematización
Relevancia de la perspectiva evolucionista para comprender la conducta de hombres y mujeres
IV. No es sexismo: hombres y mujeres prefieren en promedio oficios y profesiones diferentes
¿Qué oficios en promedio prefiere cada sexo?
El interés de las mujeres por la investigación teórica
La paradoja de la igualdad y la participación de las mujeres en las ciencias duras
¿Por qué hay tan pocas filósofas?
¿Qué disciplinas artísticas prefieren hombres y mujeres?
El deporte es mayoritariamente masculino
La política
¿Por qué hay menos mujeres que ganen el Premio Nobel?
Los cupos (o cuotas)
¿Es ético que una mujer aporte a la sociedad sólo su trabajo de ama de casa?
V. No hay sexismo en el acceso de las mujeres a cargos jerárquicos
1. El “techo de cristal” en cifras
2. Mayor elección femenina de trabajos a tiempo parcial
3. El aporte de la perspectiva evolucionista
4. Las hipótesis del sexismo estructural
5. La hipótesis del sexismo estructural
6. Los cargos jerárquicos en los países escandinavos
7. Obstáculos que afectan a hombres y mujeres
8. En los oficios con más mujeres, hay proporcionalmente más mujeres en cargos jerárquicos
VI. Brecha salarial: la ausencia de control de variables genera un encuadre erróneo de sexismo
La brecha en cifras
Las mujeres trabajan menos horas en el mercado laboral y más horas en el hogar
El impacto de la maternidad
Ellos aportan más dinero al hogar
Los trabajos que eligen las mujeres se pagan peor
Las mujeres parecen ser menos exigentes que los hombres a la hora de negociar los sueldos
Leyes para transparentar las ganancias
Las tasas de desempleo
El trabajo doméstico no remunerado
Propuestas para el desarrollo del trabajo femenino
VII. La violencia como fenómeno bidireccional: una alternativa al concepto “violencia de género” tal como es planteado por la teoría feminista estándar
¿Qué dicen las estadísticas?
A qué se llama “violencia de género”
“Cultura de la violación”
Hombres víctimas de agresiones sexuales
Las mujeres también son violentas
El #MeToo y los problemas en torno al concepto de acoso sexual
Violencia en la población LGBT
¿Unas vidas valen más que otras?
La figura del femicidio
Las agresiones sexuales
Nadie menos
VIII. Las denuncias falsas y el “yo te creo, hermana”
Estudios sobre denuncias falsas
El testimonio de los profesionales del derecho
Los escraches y el movimiento #MeToo
Las denuncias falsas en España
38 años de prisión en el controvertido caso Arandina
Los problemas del concepto perspectiva de género
¿Por qué hay tantas denuncias falsas?
Algunos ejemplos de denuncias falsas
El impacto de los medios
De cara al futuro
IX. Personas transgénero y transexuales: las perspectivas anticientíficas de la izquierda y la derecha
De qué hablamos cuando hablamos de sexo
De qué hablamos cuando hablamos de género
Análisis de los supuestos de la feminista Diana Maffía
Personas transgénero
Los “diales” de la sexualidad humana
Las TERF: el feminismo transexcluyente
X. La homosexualidad: entre el conservadurismo y el feminismo
XI. Masculinismo: el movimiento por los derechos del varón
En Occidente los hombres están peor: un estudio realizado en 134 naciones
Desventajas y discriminaciones que padecen los hombres
Libros sobre los derechos del varón
El masculinismo en el cine y en internet
XII. Estereotipos: ¿causa o consecuencia?
¿Tienen base empírica los estereotipos de género?
Valorar la belleza femenina no es “cosificar”
XIII. Los estudios de género y la epistemología feminista
El uso de la falacia genética
Ecofeminismo: otra vertiente irracionalista
Chequeando data feminista
XIV. La agenda pendiente del feminismo
Guarderías, flexibilización de los horarios de trabajo, licencias parentales
Lenguaje inclusivo: aciertos y problemas
Derechos reproductivos
XV. Por qué ya no vivimos en un patriarcado
El concepto de patriarcado
Algunos hitos en la historia del patriarcado
El concepto de patriarcado en la actualidad: vacuo y omniexplicativo
La legislación argentina
El patriarcado en los países musulmanes
XVI. Corrección política, autoritarismo y el humor que hemos perdido
Los chistes de los Monty Python hoy serían considerados sexistas
Porno y trabajo sexual: el debate entre el feminismo liberal y el radical
XVII. Conclusiones
| Kreimer, RoxanaEl patriarcado no existe más / Roxana Kreimer. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2020.Archivo Digital: descarga ISBN 978-950-556-786-71. Estudios de Género. I. Título.CDD 305.42 |
Diseño de portada: Margarita Monjardin.
Diagramación de interior: B de vaca [diseño]
© 2020, Roxana Kreimer
© 2020, Queleer S.A.
Lambaré 893, Buenos Aires, Argentina.
Primera edición en formato digital: diciembre de 2020
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-950-556-786-7
INTRODUCCIÓN
A todos los que tienen el coraje intelectual de hablar en público sobre temas controvertidos como los que se abordan aquí, y a los que se atreverán en el futuro.
¿Vivimos en una sociedad en la que las mujeres están peor que los hombres? ¿Asistimos a un predominio masculino, tal como sugiere el concepto de patriarcado? Me dedico a la filosofía científicamente informada y considero que la forma más seria en que podemos examinar racionalmente este fenómeno es derivando del concepto de patriarcado hipótesis falsables, es decir, conjeturas que podamos establecer si son verdaderas o falsas por medio de procedimientos empíricos. La manera de saber si existe el patriarcado es analizar empíricamente los reclamos del feminismo, establecer en primer lugar si son legítimos, y si juntos permiten concluir que vivimos en un sistema en el que las mujeres se ven más perjudicadas que los hombres. Algunas de estas hipótesis falsables se derivan de conceptos como: brecha salarial, techo de cristal, violencia de género, cosificación del cuerpo femenino, discriminación, persistencia de estereotipos que contribuirían a la subrepresentación de las mujeres en carreras técnicas como ingeniería, física, matemáticas o ciencias de la computación.
La palabra patriarcado tiene una carga negativa asociada al género masculino. No siempre formó parte del núcleo duro del feminismo (presente incluso en las marchas feministas con el canto “Se va a caer”). Apareció recién con el feminismo radical en la década del setenta del siglo XX. Sin embargo, hombres y mujeres impulsaron y perpetraron esos roles, que admiten otras lecturas que no son las que predominaron a partir de la segunda mitad del siglo XX. Las feministas corporativas dirán que el patriarcado estaba internalizado en ellas, con lo cual convierten en infalsable cualquier hipótesis que las contradiga y mantienen el papel de víctimas. En su libro Who Stole Feminism? (“¿Quién se robó el feminismo?”) , la filósofa Christina Hoff Sommers diferencia al feminismo corporativo, que sólo lucha por favorecer a la mujer, del feminismo de la igualdad, que reconoce que ambos sexos padecen sexismo y desventajas, y en lugar de victimizarse y culpabilizar, busca soluciones racionales a los problemas. Otra palabra cuyo uso se ha generalizado como sinónimo de feminismo corporativo es hembrismo, por analogía con el machismo. Puede funcionar como sinónimo de misandria o de desprecio a los hombres. Otras veces se la define como discriminación sexual hacia los varones.
Llegué a la problemática de género desde el escepticismo, que en su variante contemporánea es una perspectiva frente al conocimiento que requiere dudar de toda la información que no esté sustentada en la evidencia. Investigaba en el marco de la filosofía experimental, una corriente de la filosofía que nació en el siglo XXI como una interdisciplina que aplica los métodos de la psicología experimental a temas vinculados con la filosofía. Estaba consagrada al estudio de por qué las mujeres creen más en Dios y en las pseudociencias en general, al de la diversidad de género en el juicio moral y en los chistes que les causan gracia a hombres y mujeres, cuando comencé a toparme con información que provenía del feminismo. En un primer momento advertí que tiene una perspectiva constructivista por la cual atribuye enteramente las diferencias de sexo a la socialización. Esto constituye un problema porque, para averiguar si vivimos en un patriarcado, primero necesitamos tener un buen marco interpretativo de la evolución de la vida humana. Ignorarlo lleva al feminismo hegemónico a serios errores en los diagnósticos que formula, no porque la biología nos determine, ya que interactúa con la cultura, sino porque el reduccionismo sociológico es tan peligroso como el reduccionismo biológico al ofrecernos una visión muy parcial de los fenómenos a ser examinados. Como carece por completo de una perspectiva biológica y evolucionista, en sus desarrollos teóricos el feminismo hegemónico ignora buena parte de los adelantos científicos de las últimas décadas, y las contadas veces que apela a alguno de ellos, lo hace en forma sesgada.
Soy consciente de que no hay un solo feminismo, de que no se trata de una doctrina ni de un movimiento político unitario y coherente. No obstante, englobo a los feminismos existentes en el término hegemónico, considerándolos uno solo, a partir de elementos en común que encuentro decisivos para el diagnóstico de las problemáticas de género:
(1) Carece de una perspectiva científicamente informada porque ignora el impacto que tuvo la evolución en el cerebro de hombres y mujeres y, si lo toma cuenta, lo hace sin convocar bibliografía reciente y mediante prejuicios infundados.
(2) Su encuadre es posmoderno, de modo que en general no cree que haya una cosa más verdadera que la otra, y abreva en autoras de escritura inútilmente enrevesada como Judith Butler.
(3) Funda parte de su teoría en una pseudociencia como el psicoanálisis y en teóricos que manejan datos sesgados o que no están respaldados por la evidencia. (Quien desee informarse sobre las razones por las que el psicoanálisis es una pseudociencia puede consultar el artículo de Gerardo Primero “¿Por qué falla el psicoanálisis?” en el portal de internet Ansiedad y vínculos www.ansiedadyvinculos.com.ar/porquefalla.htm).
(4) No está abierto al debate: desarrolla una actitud intolerante o indiferente cuando se cuestionan sus ideas.
(5) Ignora que los varones también padecen sexismo y desventajas, y cuando se anoticia de ello minimiza su impacto.
(6) Cultiva un victimismo que trata a la mujer como una eterna menor de edad.
(7) Quiebra principios constitucionales como la igualdad ante la ley, el principio de legalidad o la presunción de inocencia.
(8) Considera que todas las mujeres están subordinadas, son explotadas y padecen un sexismo estructural, con independencia de su ubicación social, cultural o económica.
(9) Es corporativo: si hombres y mujeres padecen el mismo problema en igual medida, destaca sólo las desventajas de las mujeres. Dos ejemplos: (1) Se lamentan de que despidan a trabajadoras de la agencia de noticias Télam, cuando también despiden trabajadores varones. Puede leerse en el diario Tiempo Argentino del 4 de julio de 2018: “Las trabajadoras de la agencia Télam advirtieron que de los 357 despidos producidos en la agencia nacional de noticias, unos 100 corresponden a trabajadoras, la mayoría de ellas jefas de hogar”. Nótese que hubo más despedidos varones, pero el feminismo hegemónico, representativo de la “corporación” femenina, sólo destaca el de las mujeres. (2) María Fernanda Rodríguez, secretaria de Justicia en la gestión de Germán Garavano en el Ministerio de Justicia desde 2015, informó que, del total de víctimas de trata, 56 % eran mujeres, y en el pequeño video creado para informarlo, agregó las consignas “Ni una menos” y “Vivas nos queremos” (Rodríguez, 2019).
Para cumplir con la caracterización de “feminismo hegemónico” no hace falta tener todos y cada uno de los rasgos enunciados, pero sí muchos de ellos.
Volviendo a su falta de perspectiva biológica y evolucionista, comprensiblemente, el temor de muchas personas es que la biología sea un pretexto para generar inequidades sociales. El nazismo se valió del darwinismo social, cuyas ideas centrales no pertenecen a Darwin, pero se inspiran en sus investigaciones. Fue propuesto por Herbert Spencer y en su variante más influyente alimentó al nazismo. De este modo se pretendió justificar una ideología política a partir de una lectura errónea de los fenómenos biológicos, cometiendo la falacia naturalista en el desplazamiento de lo que se cree que “es” hacia lo que “debería ser”. Los científicos contemporáneos no apoyan el darwinismo social, pero muchas feministas los acusan sin evidencia de perpetuar el sexismo meramente porque en los estudios que realizan encuentran diferencias de sexo y no las atribuyen a la socialización. Por ejemplo, Simon Baron-Cohen encontró evidencia de que en promedio las mujeres son más empáticas y que cuando los niveles de testosterona en el útero de la madre gestante son excesivos, esta facultad disminuiría (Baron-Cohen y Wheelwright, 2004; Baron-Cohen, 2005). Como el feminismo hegemónico cree que no nacemos con ninguna predisposición biológica y que todo se reduce a la influencia de la cultura, estima que los estereotipos relativos a la mujer suelen ser negativos y causan la conducta. Pero podrían reflejar predisposiciones biológicas –ser el efecto– y no la causa de esta facultad.
Es erróneo suponer que, al describir, los científicos están prescribiendo cómo deben comportarse hombres y mujeres. Si un estudio señala que en los países con mayor igualdad de género las mujeres optan por roles más tradicionales (Schmitt y otros, 2008), ese resultado no es reflejo del conservadurismo del investigador, sino un enigma que es necesario descifrar con evidencia en la mano. Acusar de sexista al científico es como matar al cartero por una encomienda indeseada, y también constituye una falacia naturalista. El constructivismo social extremo ignora casi por completo la mayoría de los estudios científicos que se han desarrollado en las últimas décadas, que nada tienen que ver con las ideas que llevaron al exterminio nazi ni con el sexismo.
Junto a las feministas y a los temerosos de que una perspectiva biológica conduzca a barbaries como el nazismo, también los grupos que trabajan en favor de los derechos civiles cuestionan las explicaciones basadas en la biología porque temen que la diferencia identitaria conduzca a la desigualdad de derechos, o porque creen que la primera conduce automáticamente a la segunda. Otra vez vemos aquí la falacia naturalista. Aunque es cierto que algunos de nuestros rasgos biológicos tal vez sean inmodificables, dudo que alguna vez las mujeres en promedio tengan más fuerza física que los varones o –siempre en promedio– lloren menos que ellos, pero eso no justifica que se entronice la violencia física –de hecho nuestra sociedad la condena cuando no es utilizada en legítima defensa– ni significa que podamos determinar que una mujer tomada al azar tiene propensión al llanto y no podría trabajar como pediatra puesto que, ante un niño enfermo, se largaría a llorar en lugar de atenderlo. Cuando se observan disimilitudes biológicas, siempre se hace referencia a un promedio, no a los rasgos individuales.
La inmensa mayoría de los científicos contemporáneos, de los filósofos y de los formadores de opinión que cuestionan al constructivismo no sostienen que la biología nos determine, sino que establece predisposiciones que interactúan con el medio ambiente. Para el determinismo biológico, en cambio, los factores genéticos, hormonales y, en general, que no son producto de la socialización nos determinarían por completo. Casi ningún científico serio y de referencia sostiene hoy esta posición, aunque unos pocos terminan sugiriendo que el cociente intelectual (CI), que es un estimador de la inteligencia, podría ser para la mayoría de las personas un predictor más poderoso del “éxito” que el medio social en el que alguien ha sido criado, afirmación que no cuenta con evidencia científica en su favor, puesto que en un medio ambiente sin carencias económicas significativas y con buenos estímulos provenientes de la educación, las predisposiciones relativas al CI que posee en promedio todo ser humano son más que suficientes para un buen desarrollo de sus capacidades.
Somos una especie altamente flexible, hemos cambiado ideas, conductas e interacciones más que otros animales mediante la transmisión de conocimiento que habilita el uso del lenguaje, aunque todavía no sabemos hasta qué punto podremos cambiar ciertos rasgos sin manipulación genética. ¿Habrá alguna vez más mujeres que hombres que trabajen como mecánicos o más hombres que mujeres empleados como enfermeros? No lo sabemos, aunque me atrevería a decir que lo dudo, si bien la influencia social podría incrementar la propensión de las mujeres a seguir ciertas carreras en determinados contextos sociales.
El tema se vincula también con la forma diversa en que hombres y mujeres encaran las relaciones sexuales y las relaciones de pareja a largo plazo, de modo que tener en cuenta factores biológicos y una perspectiva evolucionista también puede llevarnos a mejorar y cuestionar algunas de nuestras conductas cotidianas vinculadas al universo de los afectos.
De manera dualista, el constructivismo social está basado en un modelo de escisión entre cerebro y cuerpo, sostiene que nacemos como páginas en blanco y que todas nuestras conductas son modeladas por la sociedad, si bien nuestro cuerpo responde a mecanismos biológicos. Un voluminoso cuerpo de evidencia científica lo desmiente, tal como veremos en los tres primeros capítulos del libro. Esta actitud es tan perjudicial como el reduccionismo biológico, que consiste en explicar todo apelando a la biología, y difícilmente predisponga favorablemente para aprovechar la información que brindaremos sobre las diferencias sexuales.
Prácticamente durante toda la historia de la humanidad se creyó que había diferencias entre hombres y mujeres y que eran inmutables. Aunque tras la Revolución Francesa empezó a ganar adeptos la idea de que nacemos como páginas en blanco y es la socialización la que nos moldea, recién en el siglo XX obtuvo consenso la creencia de que la cultura nos determina mediante estereotipos. En la década de 1980, los científicos sociales sostuvieron que la sociedad articulaba la conducta de las mujeres, especialmente por modelos de rol y por los medios de difusión. Ya Simone de Beauvoir en El segundo sexo, publicado en 1949, sostenía “No se nace mujer: se llega a serlo”, aplicando el principio existencialista de que la existencia precede a la esencia o, dicho en otras palabras, que el ser humano es lo que hace de sí mismo.
¿De qué influencia biológica estamos hablando? En la década de los noventa del siglo XX se produjo una revolución copernicana en el conocimiento, cuando desde varias disciplinas y en innumerables estudios se evidenció que algunas de nuestras predisposiciones psicológicas tienen causas biológicas que interactúan con la cultura. Estas sustantivas novedades no contaron con la divulgación que debieran haber tenido. Quien desee aproximarse al tema por primera vez puede comenzar por el libro de Steven Pinker La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana.
La hiperespecialización del saber no favorece la actualización en materia científica. La mayoría de los investigadores trabajan temas específicos, saben mucho sobre poco y un día sabrán todo sobre nada. La tarea de divulgación que llevan a cabo muchos científicos es insuficiente y la falta de comunicación interdisciplinaria lleva a que quienes estudian sociología o ciencias políticas no siempre estén actualizados en relación a las investigaciones en biología. Una situación análoga se da entre psicólogos que en la facultad rara vez reciben una buena formación en política, sociología y economía. Incluso divulgadores académicos que valoro y que tratan de hacer conocer estos temas organizan más conferencias para plantear la problemática que para divulgar los sorprendentes descubrimientos científicos de los últimos años. Pero no podremos avanzar si no conocemos cómo biología y cultura interactúan y afectan los pensamientos, las emociones y las conductas humanas.
Esta es la razón por la que me propongo que –hasta donde sé– por primera vez un libro integrador recorra un amplio espectro de temas que hacen a la problemática de género. Algunos libros desarrollaron la cuestión de las diferencias de sexo desde la perspectiva de la psicología evolucionista (La evolución del deseo de David Buss, Male, Female: The Evolution of Human Sex Differences [”Masculino y femenino: la evolución humana de las diferencias de sexo”] de David Geary o La gran diferencia de Simon Baron-Cohen, entre otros). Hay libros que se ocuparon de chequear algunos datos que provienen del feminismo o de reflexionar sobre él desde una perspectiva filosófica (Who Stole Feminism? [“¿Quién se robó el feminismo?”] de Christina Hoff Sommers, Free Women, Free Men: Sex, Gender, Feminism [“Mujeres libres, hombres libres: sexo, género, feminismo”], una recopilación de artículos de Camille Paglia, Sexual Harrassment and the Future of Feminism [“Acoso sexual y el futuro del feminismo”] de Daphne Patai, entre otros). También hay libros que abordaron las desventajas y el sexismo que padecen los varones (Deshumanizando al varón: Pasado, presente y futuro del sexo masculino de Daniel Jiménez, El mito del poder masculino de Warren Farrell, The Second Sexism: Discrimination Against Men and Boys [“El segundo sexismo: discriminación contra los hombres y los chicos”] de David Benatar o Is There Anything Good About Men? [“¿Hay algo bueno que se pueda decir sobre los varones?”] de Roy Baumeister, entre otros). El patriarcado no existe más tiene un objetivo integrador: se propone abarcar un amplio espectro temático, desde los tópicos que están vinculados con la biología hasta los que implican el análisis de los datos que provee el feminismo hegemónico, la cuestión judicial o sus implicaciones políticas.
Sin contar con una perspectiva científicamente informada en relación a lo que hombres y mujeres tienen en común y a lo que los diferencia, no es posible comprender cuestiones tales como por qué hay menos mujeres en cargos jerárquicos –tema del capítulo V– o por qué fascina tanto la belleza femenina –tema del capítulo XII–, entre muchas otras que serán desarrolladas en las páginas que siguen. Enlazar los temas judiciales con los problemas que presentan buena parte de las estadísticas que manejan los centros feministas productores de conocimiento también puede enriquecer la comprensión de temas que parecen distantes entre sí, pero que están íntimamente relacionados. Del mismo modo, el propósito es que cada capítulo pueda ser relacionado en forma directa o indirecta con el otro.
Ante la imposibilidad de diálogo con el feminismo hegemónico, a mediados de 2017 emprendí el proyecto Feminismo Científico en Twitter con @feminisciencia, que en pocos meses alcanzó una amplia repercusión en el mundo hispanoparlante, @feminiscience, su versión en inglés, la página Feminismo Científico en Facebook y el sitio web www.feminismocientifico.com.ar. El propósito fue el de conocer y divulgar las diferencias entre hombres y mujeres sobre la base de la evidencia científica para formular mejores diagnósticos sobre las problemáticas de género y sugerir soluciones adecuadas para ellas.
¿Por qué conservé para este proyecto el término feminismo si critico tanto a este movimiento? Preferiría llamarlo “movimiento por la igualdad de género” antes que feminismo, ya que el primero incluye tanto a las mujeres como a los varones, pero denominé a la iniciativa que llevo adelante “Feminismo científico” porque:
(1) Es una manera de subrayar los datos y marcos teóricos cuestionables del feminismo hegemónico.
(2) El término “feminismo” es bien conocido y en las redes sociales es fácil relacionarlo con los temas que abordamos.
(3) Es una manera de plantear a las feministas temas que no ocupan su agenda.
(4) También comparto algunos objetivos del feminismo contemporáneo, condensados en el capítulo XIV, y me inscribo en la tradición del feminismo de la primera ola, que obtuvo el derecho a la educación, al voto y a gran cantidad de derechos civiles, un feminismo del que también participaron muchos hombres como Stuart Mill o Montesquieu, y que representa una de las grandes conquistas del siglo XX y de la civilización.
Hablar de feminismo “científico” en este contexto significa “feminismo basado en la evidencia científica”. Es una forma de dar a entender que el feminismo hegemónico abandonó el propósito ilustrado de sus orígenes, guiado por las ideas de razón y progreso social, y lo reemplazó por el posmodernismo, una orientación filosófica que cuestiona la existencia de la verdad y juzga que “todo depende del cristal con que se mire”, lo que lleva a sus representantes a no avalar, por ejemplo, las luchas de las mujeres islámicas para dejar de verse obligadas a usar el hiyab (velo). Sin justificación válida alguna, asocian la crítica al islamismo con el racismo.
La filósofa Martha Nussbaum se pregunta en su artículo “El profesor de parodia” por qué una de las sombras tutelares del feminismo, Judith Butler, prefiere escribir en un lenguaje tan enrevesado. Aunque rechaza el término posmodernismo por vago, Butler escribe en el estilo de la tradición filosófica continental, que tiende a considerar al filósofo como una estrella que fascina por su oscuridad, más que como un interlocutor entre iguales, escribe Nussbaum. Cuando las ideas se expresan claramente, después de todo, pueden separarse de su autor: uno puede tomarlas y darles vida propia. Cuando permanecen misteriosas, se sigue dependiendo de la autoridad de origen. El pensador sólo es atendido por su carisma turgente. Uno queda en suspenso, esperando con ansiedad el próximo movimiento. ¿Qué significa que nos diga que “la agencia de un sujeto presupone su propia subordinación?” De esta manera, señala Nussbaum, la oscuridad crea un aura de importancia. Induce al lector a conceder que, dado que no puede entender lo que se dice, debe haber algo significativo, cierta complejidad de pensamiento a la que no puede acceder. La oscuridad llena el vacío dejado por la ausencia de una verdadera complejidad de pensamiento y argumento (Nussbaum, 1999).