Kitabı oku: «Mujeres silenciadas en la Edad Media»

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© Del texto, Sandra Ferrer Valero, 2016, 2019

© De esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2019

Todos los derechos reservados.

Primera edición: mayo 2016

Segunda edición: abril 2019

Publicado por Punto de Vista Editores

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Diseño de cubierta: Joaquín Gallego

Corrección: Gabriela Torregrosa

Coordinación editorial: Miguel S. Salas

Imagen de cubierta: Bildnis einer jungen Frau. Rogier van der Weyden, Gemäldegalerie, Staatliche Museen zu Berlin, Preuβischer Kulturbesitz.

Fotografía de Volker-H. Schneider.

ISBN: 978-84-16876-73-0

IBIC: HBLC1, BK

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com

Sumario

Introducción

Cuando se abrió la ventana...

… aparecieron las damas

1. La oscura Edad Media. ¿Más oscura para las mujeres?

2. Lo que dejaron ser a las mujeres. Modelos establecidos

Las hijas de Eva

Esposas y madres

Religiosas

La mujer escondida. La mujer real

3. Lo que quisieron ser las mujeres (y algunas consiguieron)

Hildegarda de Bingen. ¿Una renacentista en la Edad Media?

Escritoras

Trovadoras

Místicas

Iluminadoras

Compositoras

Doctoras, matronas y sanadoras

Brujas y herejes

Abadesas, santas y beguinas

Constructoras

4. El camino heredado

Nota a la segunda edición

Bibliografía

A mi padre, de quien he heredado

una pasión insaciable por la historia.

Introducción
Cuando se abrió la ventana...

Cuando era pequeña me apasionaban las clases de historia. La Edad Media era mi época favorita. Aún recuerdo aquella pirámide en la que pintábamos a los campesinos en la base, a los caballeros y clérigos en el medio y a los reyes en la cima. Imaginábamos hombres sobre caballos, armados con largas lanzas, monjes rezando en bucólicos claustros y reyes con ricas testas coronadas. Pero ¿y las mujeres? En aquel entonces, hace ya unas décadas, lo cierto es que no me lo planteé. Aparecía alguna damisela con aquellos cucuruchos estrafalarios en la cabeza y hermosos trajes que imitábamos en casa con viejas telas de cortina.

Pasados los años, en una revista de historia medieval, me topé con una mujer, ataviada también con aquellos gorros extraños, acompañada de otras tantas damas. Eran ilustraciones de La ciudad de las damas, aquella gran obra precursora del feminismo —¡en plena Edad Media!— escrita por Cristina de Pizán, considerada la primera escritora profesional de la historia, de quien tendré ocasión de hablar.

Por aquel entonces, ya había descubierto nombres propios femeninos medievales como las archiconocidas Leonor de Aquitania o Juana de Arco. Pero Cristina me abrió una ventana a su ciudad de las damas y a una gran cantidad de preguntas. Leonor fue reina; Juana, una santa. Roles estereotipados de las mujeres en la Edad Media. Pero, en un mundo en el que el 90 % de la población era campesina y las mujeres vivían a la sombra de padres, maridos o clérigos; en un tiempo en el que el analfabetismo estaba, si cabe, más extendido entre las campesinas, ¿cómo podía ser que una mujer, viuda y sola, hubiera conseguido vivir de la palabra escrita, y en el siglo XIV?

Cristina de Pizán fue solo el principio. Luego encontré otros nombres propios como Hildegarda de Bingen, Sabine von Steinbach, Jacoba Félicié, Beatriz de Día, María de Francia, Matilde de Magdeburgo, Catalina de Siena, Brígida de Suecia, Alice Kyteler, Gertrudis de Hefta, En Depintrix, entre otras. No está mal para un tiempo en el que nacer mujer suponía llegar a un mundo de encierro, ya fuera en el hogar o el monasterio. Junto a estos y otros nombres que iré desvelando, para aquellos que quieran acompañarme en este relato, descubrí que las mujeres habían ejercido oficios reservados exclusivamente a los hombres, como constructoras, albañiles, trovadoras, iluminadoras, escritoras, médicas, entre otras actividades. Algunas obtuvieron el aplauso masculino, pero otras perdieron su vida en el intento.

Poco a poco, todas estas mujeres, con nombres propios o anónimas, están siendo descubiertas por grandes historiadores, escritores y periodistas, que reclaman para ellas el lugar que les corresponde en el mundo medieval: un mundo eminentemente masculino y, a menudo, misógino.

Esta es mi aportación para visibilizar a aquellas mujeres, sin denostar por ello a los hombres y alimentar la hoguera de la guerra de sexos. Simplemente descubriendo un universo femenino apasionante y largamente silenciado. Espero que, con el tiempo, este universo se dé a conocer en las clases de historia para que los que ahora son alumnos, como lo fui yo un día, descubran un mundo de hombres y mujeres, y puedan situarlos a todos en el lugar que les corresponde.

… aparecieron las damas

27 de noviembre de 1095. La ciudad de Clermont se ha convertido en el centro del orbe cristiano. Tras sus murallas se está celebrando un concilio en el que se gestará la toma de Jerusalén y la lucha contra el infiel, que la historia conocerá como la Primera Cruzada. Al sínodo de la Iglesia han sido llamados unos trescientos clérigos y laicos que durante varios días se han reunido en la catedral de Clermont. Fuera del templo, que por aquel entonces aún no había tomado la forma gótica posterior, el mundo sigue su curso.

Todos los asistentes al concilio son hombres. Hombres de fe, temerosos de Dios, a quienes se les ha educado en una tradición cristiana en la que las mujeres no salen muy bien paradas. Mientras el destino de sus maridos e hijos se decide intramuros, ellas permanecen ajenas al gran capítulo de la historia que se está escribiendo a tan solo unos metros.

Entre aquellas mujeres encontramos a una joven y tenaz artesana a la que llamaré Marie. Mientras sus hijos corretean por la planta superior de la casa, ella trabaja en el taller de la planta baja con una pequeña cuna a su lado en la que descansa un bebé fajado al que no quiere coger cariño, pues ya ha perdido a tres en el camino. Marie forma parte del gremio textil, porque su marido es maestro de este. Ella es hija de artesanos también y, como tal, trabaja en el negocio familiar.

Más allá de las murallas, donde probablemente llega el tañido de las campanas catedralicias, una campesina, a quien llamaré Jeanne, se afana por preparar el campo en aquellos fríos días de noviembre sabiendo que en casa le espera la cocina. Cuando termine con los pucheros, un pequeño telar aguarda al fondo de la humilde estancia para tejer la ropa de los niños y de su esposo. Sus ropas probablemente estén llenas de remiendos. Lleva a un retoño colgado a la espalda, mientras otros cuatro revolotean a su alrededor. El mayor, por suerte, ya empieza a ser una ayuda importante en el campo.

Colindante a las tierras arrendadas por el marido de Jeanne, un monasterio de monjas benedictinas protege tras sus muros los cuerpos y las almas de las decenas de muchachas que viven de espaldas al siglo, mirando a Cristo, con el que se quieren desposar, y a la Virgen María, a quien sueñan con alcanzar en piedad y santidad.

Aquel 27 de noviembre, el mundo medieval empezaba un capítulo en mayúsculas de la historia, en el que unos cuantos hombres decidieron el destino del resto de hombres y mujeres de la cristiandad. Pero ¿y las mujeres, como Marie, Jeanne y las religiosas, fueron tomadas en consideración? Por supuesto que no. Pero Marie, Jeanne y todas las muchachas más o menos piadosas del cenobio que he imaginado eran mujeres reales que vivieron a la sombra de los hombres. Algunas, sin embargo, salieron a la luz.

Tanto unas como otras son las damas de este relato. Una pequeña ventana abierta a unos siglos apasionantes en los que también vivieron mujeres apasionantes.

1

La oscura Edad Media.
¿Más oscura para las mujeres?

La mujer es un hombre incompleto.

Aristóteles

En lo que se refiere a la naturaleza del individuo, la mujer es defectuosa y mal nacida.

Santo Tomás de Aquino

Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos a vituperar a las mujeres, criticándolas, bien de palabra, bien en escritos y tratados.

Cristina de Pizán

A lo largo de la Edad Media se forjó la raíz de la cultura cristiana que ha permanecido hasta nuestros días. Una sociedad basada en el cristianismo que bebió de las fuentes clásicas y las adaptó a sus propias necesidades e intereses y que marcó para siempre el devenir de la vieja Europa. Cuando Constantino hizo de la fe de Cristo el credo oficial, religión y poder fueron de la mano durante mucho tiempo.

Los padres de la Iglesia, que a lo largo de los siglos medievales fueron diseñando las formas de vivir de sus fieles, vivieron en un tiempo en el que la superstición, el miedo a lo desconocido y los mensajes apocalípticos sobrevolaban sus templos influyendo indefectiblemente en su modo de ver el mundo. Un mundo a menudo hostil, difícil de entender y controlar en el que razones sobrenaturales inspiradas en las Sagradas Escrituras debían dar una respuesta a sus angustiadas preguntas.

Las malas cosechas, las epidemias y las tormentas descontroladas tenían que ser fruto de algún mal ocasionado por los hombres y las mujeres, que desataban la ira divina.

En este escenario apocalíptico, la mujer dio la solución a muchas de las preguntas sin respuesta. Porque, si en muchos de sus aspectos la naturaleza era un universo desconocido para los hombres, la mujer también lo era. Era un ser que, según los clérigos eruditos, no estaba hecho a imagen y semejanza de Dios, como ellos. Alguien que dentro de sí engendraba vida sin entender muy bien cómo lo hacía, que alimentaba después a sus vástagos con su propio cuerpo y, lo que es más importante, provocaba en los hombres sentimientos, instintos, que no siempre podían controlar. ¿Qué hacer, pues, con la mujer?

Las Sagradas Escrituras se lo pusieron fácil. El Génesis hablaba de Eva, a quien dedicaré un espacio específico, pues bien se lo merece. Eva fue la compañera de Adán —y no a la inversa—, creada por Dios para hacerle compañía en el paraíso. Fue ella y solo ella —y así se encargaron de repetir hasta la saciedad en púlpitos, capiteles y manuscritos— la que abocó al abismo a Adán, quien parece ser que no tuvo más opción que sufrir la maldad de la compañera dada por el Creador.

Pensemos por un momento en Marie, la artesana de Clermont, o en Jeanne, la campesina, en ellas y en sus particulares compañeros. Maridos con los que posiblemente se han casado por supervivencia, para crear una unidad familiar de producción y poder vivir así del trabajo y el esfuerzo mutuos. Marie y Jeanne han oído al párroco decir, domingo tras domingo, que Eva fue la pecadora, la que creó el pecado original y expulsó a la raza humana del paraíso. Por su culpa ahora deben trabajar y sufrir penurias. Sermón que también han oído sus maridos y que pronto escucharán sus hijos. Si pensamos que entre ellos existe un mínimo afecto matrimonial, filial o maternal, podemos imaginar también un conflicto interno de dimensiones considerables.

Pero ¿por qué el hombre odiaba a la mujer? Quiero pensar que no todos los hombres odiaban a las mujeres y que posiblemente algunos —¿los maridos de Marie o de Jeanne?— no entendían tampoco cómo sus esposas o, mejor, sus dulces madres, eran poco menos que la encarnación de Satán en la Tierra. Pensemos que en la Edad Media el poder de la palabra (lo que en el siglo XXI llamaríamos estrategias comunicativas) lo tenía la Iglesia. Y, ¿quién era la Iglesia? Era un grupo de hombres que había decidido vivir alejado de las mujeres, ajeno a su naturaleza y huyendo de ellas, sin interesarse lo más mínimo por lo que les sucediera. Y cuando lo hicieron, no salimos muy bien paradas. En primer lugar, porque cuando los monjes se ocuparon de pensar en las mujeres no se fijaron en las mujeres que tenían a su alrededor, pues estaban muy alejadas de sus muros; así que se las tuvieron que imaginar a partir de estereotipos basados, como veremos en el primer capítulo, en dos imágenes opuestas que aparecen en la Biblia: Eva y María. En segundo lugar, porque las mujeres no tenían salvación. Todas habían nacido pecadoras, todas eran hijas de Eva y nunca llegarían a ser como María por más virginales, piadosas y perfectas que fueran. Como mucho, la imitarían, pero nunca alcanzarían su perfección.

Sorprende ver este panorama oscuro para las mujeres medievales, cuando Jesús, el hacedor del cristianismo, no fue precisamente un hombre misógino. Tanto en vida de Jesús como en los primeros siglos en los que permanecieron sus enseñanzas, las mujeres se situaron en igualdad de condiciones con los hombres. Jesús defendió a las mujeres, se rodeó de ellas y les ofreció el honor de que una de ellas, María Magdalena, fuera quien descubriera que había resucitado.

En los primeros pasos de un recién instaurado cristianismo encontramos a mujeres ejerciendo de diaconisas y sacerdotisas. En los siglos en los que el Imperio romano persiguió a los cristianos de manera sangrienta, fueron muchas las mujeres cristianas que perecieron bajo martirio y se convirtieron en heroínas para futuras generaciones de creyentes. Fueron ellas, en aquellos siglos de prohibición, las que mantuvieron la llama del cristianismo encendida en el silencio y anonimato de los hogares. Una llama que extendieron hasta tronos como los de Constantino, por mediación de su madre, santa Helena, o el de Clodoveo I, rey de los francos, quien se convirtió al cristianismo guiado por su esposa, santa Clotilde.

Pero fue precisamente en este proceso de institucionalización del cristianismo cuando las mujeres empezaron a molestar a los padres de la Iglesia. Mientras que Jesús no vio con malos ojos tenerlas cerca y hacerlas participar de su mensaje, los que sentaron las bases del cristianismo medieval decidieron adoptar las ideas misóginas y de sometimiento antes que buscarles un lugar activo en su nuevo orden universal.

Así, desgraciadamente, la misoginia que recorrió como una epidemia la Edad Media en Europa —y no se extinguió, por desgracia, en siglos posteriores— puso a la mujer en una situación complicada. Porque, si era un ser incompleto, imperfecto, pecador y fuente de todo mal, además de analfabeto e inculto, ¿cómo iba a aspirar a algo más que a lo que la naturaleza y Dios le habían deparado?

«Parirás con dolor», nos dice el Génesis, mientras que santo Tomás de Aquino dejó escrito en su Summa Theologica: «Tal y como dicen las escrituras, fue necesario crear a la hembra como compañera del hombre; pero como compañera en la única tarea de la procreación, ya que para el resto el hombre encontrará ayudantes más válidos en otros hombres, y a ella solo la necesita para ayudarle en la procreación». En definitiva, la mujer era, como dijo Aulo Gelio, un mal necesario.

Pero Aulo Gelio no era monje ni vivió en la Edad Media. Fue un escritor romano del siglo II. No vayamos a echar toda la culpa de la misoginia medieval a los monjes, abades o cardenales. La imagen negativa de la mujer fue una imagen heredada de la Antigüedad. Si nos remontamos unos cuantos siglos, hasta el VIII a. C., encontramos a Hesíodo, poeta griego que relató el nacimiento de Pandora, «la ruina de la humanidad», creada por Zeus para castigar a Prometeo, quien ha robado el don del fuego. Pandora lleva consigo una caja en la que esconde, por poco tiempo, todos los males y desdichas del mundo. Muchas similitudes con nuestra Eva cristiana.

En la Grecia de los filósofos y en el glorioso Imperio romano encontramos una gran cantidad de referencias misóginas que no dejan nada bien paradas a las mujeres.

Ante semejante panorama, no es de extrañar que mujeres como Marie o Jeanne, nuestras pecadoras habitantes de Clermont, sintieran miedo de sí mismas, rechazo incluso, y deseos de haber nacido hombres.

Después de ver cómo los hombres forjaron la imagen de Eva y la esculpieron en capiteles, claustros y portaladas de las más hermosas iglesias junto a la serpiente y la manzana, para dejar constancia de lo que era, nos podemos imaginar que cualquier mujer que quisiera romper con esa imagen era algo más que valiente.

Aun así, algunas llegaron a ser reverenciadas por aquellos mismos hombres que las consideraban el mal. Esto lo comprobaremos cuando nos adentremos en el fascinante mundo de Hildegarda de Bingen. Efectivamente, algunas mujeres pudieron tener una vida un poco más enriquecedora que permanecer a la sombra y bajo la voluntad total de los hombres de su familia. Porque existieron algunas hijas de Eva que se rebelaron alzando un grito silenciado y osaron convertirse en médicas, escritoras, compositoras o incluso asesoras políticas.

Es cierto que nos han llegado muy pocas historias sobre mujeres excepcionales en la Edad Media. Las preguntas clave son: ¿no existieron?, ¿no fueron tomadas en consideración por los cronistas? Lo que está claro es que las mujeres no alcanzaron más cimas sociales porque se las ató en corto tras la puerta de su casa. Solo unas pocas se liberaron, dejando un largo camino de sufrimiento y, por supuesto, escuchando voces incriminatorias a diestro y siniestro. Ya lo decía la propia Cristina de Pizán: «la excelencia o la inferioridad de los seres no residen en sus cuerpos según el sexo, sino en la perfección de sus conductas y sus virtudes». Tendrían que pasar muchos siglos para que Mary Wollstonecraft dijera algo tan obvio como que las mujeres no habían conseguido más cosas en el mundo de la ciencia, la política o el arte porque se les había vetado el acceso a la educación. Pero esta es ya otra historia.

2

Lo que dejaron ser a las mujeres.
Modelos establecidos
Las hijas de Eva

Dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.

Génesis

Adán fue tentado por Eva, no ella por él.

Graciano

En una sociedad mayoritariamente analfabeta como la medieval, fueron necesarios medios visuales y orales para transmitir los valores que la Iglesia quería sembrar en sus fieles. Con un analfabetismo que no fue combatido hasta el siglo XVI y con la reforma protestante, en ese entonces, leer las Sagradas Escrituras suponía una herejía para hombres y mujeres laicos. Eran los curas de las parroquias, los abades y los obispos en las grandes catedrales los intermediarios de Dios en la Tierra y, como tales, eran ellos, y solo ellos, los encargados de transmitir la palabra divina a sus rebaños de pecadores.

El púlpito fue el principal medio de transmisión, pero hubo otros también muy efectivos: las esculturas, relieves y vitrales de las iglesias románicas y góticas. Las imágenes representadas en capiteles o portaladas tenían una doble función: eran ornamentales y, sobre todo, pedagógicas.

Antes de que la imagen de María se extendiera por todas las hermosas catedrales consagradas a ella, otra mujer aparece de manera reiterada en las piedras de las iglesias medievales. Esa mujer es, sin duda, Eva.

La imagen más recurrente es la que recrea la escena del pecado original. Adán y Eva, dispuestos uno a cada lado del árbol de la ciencia, aparecen sin embargo en posturas distintas. A Adán se le esculpió tapándose la desnudez, o con la mano en el cuello como muestra de su atragantamiento al probar la fruta prohibida que le ha ofrecido Eva, a la que, en ocasiones, señala acusatorio. Al otro lado, la primera mujer señala el fruto colgado del árbol, en el que se retuerce la serpiente maligna que irá durante mucho tiempo ligada a Eva. Hasta tal punto irán de la mano que incluso una llegará a identificarse con la otra. Para muestra, tenemos la impactante escultura de Eva en la iglesia de San Lorenzo de Autun, en Francia, en la que aparece estirada con marcadas formas sinuosas. Eva se ha transfigurado en la serpiente maligna.

Nos encontramos, por tanto, ante una sociedad analfabeta que es educada moralmente por una Iglesia que repite una y otra vez que el pecado, el sufrimiento y la desdicha humanos provienen de una mujer, Eva, y que todas las mujeres, como hijas de Eva, son igualmente culpables de haber perdido el derecho al paraíso y sufrir en la Tierra toda suerte de desgracias. No es de extrañar, por tanto, que muchos hombres quisieran alejarse de ellas. En un pasaje del Nuevo Testamento, concretamente tras la crucifixión de Jesús, el Evangelio nos dice: «Lo que está escrito escrito está». Esta frase la podemos hacer extensiva a todos los textos de la Biblia. Toda palabra incluida en el Libro Sagrado había sido inspirada por Dios y, por tanto, era incontestable y no debía ser cuestionada.

Puesto que la Palabra de Dios estaba en manos de la Iglesia y eran sus siervos los que la transmitían a los fieles, lo hicieron según sus propios intereses. En este sentido, la imagen de Eva nacida de Adán y su culpabilidad total fue el mensaje transmitido. Pero esta tradición cristiana silenció —me atrevo a decir que deliberadamente— otro texto del Génesis.

La Iglesia explicaba la creación del hombre utilizando el versículo 2:22 del Génesis, que decía: «Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre». Pero un poco antes, en el mismo Libro Sagrado, en el versículo 1:27 se escribió: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó».

Si el texto del versículo 1:27 se hubiera difundido con la misma insistencia que el del versículo 2:22, las cosas hubieran sido muy distintas para las mujeres. Pero parece ser que no interesaba mostrar y demostrar una igualdad entre ambos sexos. Era necesario poner el acento en la inferioridad y sumisión de una respecto al otro.

Existe incluso una tradición hebrea antigua que nos habla de una primera compañera de Adán, anterior a la pecadora Eva. Lilith, ese era su nombre, se enfrentó con Adán por la posición en la que se debía poner durante el acto sexual. Parece ser que Lilith se negó a aceptar un papel sumiso, o la postura conocida como el misionero, y propuso estar encima. Esta disputa conyugal en la intimidad del lecho no es más que la representación simbólica de la sumisión de la mujer al hombre establecida por la comunidad y la reivindicación de la igualdad de ambos sexos que hace Lilith, tanto en el lecho como en la sociedad. Lilith, cuenta la leyenda, no tuvo éxito. El castigo divino fue entregarla a Satán y ser desterrada de la tradición bíblica oficial.

La imagen de la mujer como fuente de todo mal no fue, sin embargo, exclusiva de la tradición cristiana medieval. Antes ya he aludido a Pandora, cuya historia relató Hesíodo en su Teogonía y en Los trabajos y los días. Pandora, madre de las mujeres, y solo de las mujeres, tiene muchas semejanzas con la Eva cristiana. Ambas aparecen en el relato después del hombre y para cumplir una función respecto de él. Mientras que Eva debe ser compañera de Adán, Pandora ha sido creada por Zeus para castigar a Prometeo. Ambas utilizan un objeto que simboliza la expansión del mal: Eva, la manzana, fruto del pecado y Pandora, la caja o jarra, donde se esconden todas las desdichas del mundo.

Si nos paramos a observar desde lejos a Eva, Pandora y Lilith, vemos que fueron modeladas con arcilla defectuosa. Son seres malignos en su naturaleza que expanden el mal a los que las rodean. Junto a ellas, la tradición clásica nos regala otras historias de mujeres similares como la bruja Circe o Helena de Troya, que trajo el desastre a la mítica ciudad.

La misoginia medieval, como la misoginia en los tiempos clásicos, se fundamentó en relatos reales. Los hombres, monjes, filósofos y eruditos no justificaron su odio a las mujeres por un sentimiento de miedo, envidia o rechazo hacia ellas —lo que probablemente sintieron la gran mayoría de ellos—, sino dando como explicación hechos objetivos. Odiaban a las mujeres porque no tenían más remedio. Ellos se basaban en las historias de Eva, Pandora o Lilith para dar una explicación a su posicionamiento. Porque igual que la Grecia clásica aceptó como verídico el relato de Pandora, la tradición cristiana no puso en duda la existencia de Eva.

Jeanne y Marie, la campesina y la artesana, fueron educadas en la idea de que eran hijas de Eva y, como tales, pecadoras y condenadas sin remisión. Pero podría existir una posibilidad, aunque fuera remota, de que esas mujeres se cuestionaran dicha idea en el fondo de su corazón y el silencio de sus hogares. Ellas eran buenas, no habían hecho daño nunca a nadie, cuidaban de sus hijos y eran mujeres sumisas, por lo que no sería descabellado que se preguntaran cuál era el mal que sembraban en la tierra.

De mujeres como Jeanne y Marie no nos ha quedado ningún testimonio. Esa ventana del pasado femenino está prácticamente cerrada. Solamente encontramos un estrecho resquicio en algunas imágenes de libros de horas u otros manuscritos, en los que podemos contemplar a las mujeres en su hogar o realizando sus tareas cotidianas. Pero, por suerte, tenemos también el testimonio de una escritora que sí que se hizo esas preguntas y tuvo la valentía, la osadía, de ponerlas por escrito.

Cristina de Pizán, de la que hablaré en el capítulo dedicado a las escritoras, en la justificación de su obra La ciudad de las damas no puede dejar de preguntarse cómo es posible que existan tantos hombres dispuestos a vilipendiar la naturaleza de las mujeres. «Pensaba que sería muy improbable —nos dice— que tantos hombres preclaros, tantos doctores de tan hondo entendimiento y universal clarividencia […] hayan podido discurrir de modo tan tajante y en tantas obras.» Cristina llega incluso a preguntarse cómo Dios, hacedor de todas las cosas, ha podido crear algo que no sea bueno: «¿Cómo iba a ser posible que te equivocaras?». Pregunta poco menos que reveladora de la valentía de esta mujer, que se atrevió a plantear la posibilidad de que Dios hubiera errado en su creación.

Una de las tres damas que forjarán su ciudad da una respuesta sencilla para nuestro tiempo, pero excepcional para el suyo: «¿No ves que incluso los más grandes filósofos, cuyo testimonio alegas en contra de tu propio sexo, no han logrado determinar qué es lo verdadero o lo falso, sino que se corrigen los unos a los otros en una disputa sin fin?». Resulta increíble que una mujer planteara que la verdad de los padres de la Iglesia no era la única y, además, que dijera que los hombres no eran tan sabios como pretendían.

Por desgracia, la voz de Cristina de Pizán fue la única que nos ha llegado, gritando a su mundo misógino lo que posiblemente pensaban muchas de sus hermanas.

Asumido, en fin, que la mujer debía pagar por los pecados del mundo, solo le quedaba una salida honrosa, emular a la Virgen María. Si no, se exponía a ser condenada.

Esposas y madres

Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios.

Lucas 1:35

Los siglos XII y XIII fueron sin duda el momento de gran esplendor de la Virgen María. Por todo el orbe cristiano empezaron a surgir desde hermosas catedrales bajo su protección hasta pequeñas ermitas escondidas en recónditos lugares. Cuántos templos contemplamos aún hoy conocidos como Nuestra Señora. Y dentro de estos templos, la imagen de María, madre de Dios, con Jesús en su regazo o dándole de mamar, expandiendo la hermosa simbología de la Virgen de la Leche. Incluso embarazada, aunque en pocas representaciones, sobre todo en la zona de la Toscana, con una serie de bellísimas recreaciones de la Virgen del Parto.

La recuperación de la imagen de María nació, sin embargo, de un impulso popular. Poco a poco, el pueblo empezó a recordar a la que fue la madre de Jesús, quizá buscando consuelo y un modelo distinto al de Eva, que compensara su imagen negativa. Sea como sea, lo cierto es que a partir del siglo XII, los miembros de la Iglesia empiezan a hablar cada vez más de María, quien, por cierto, aparece en escasas ocasiones en el Nuevo Testamento.

María empezó a estar presente en los púlpitos, donde los curas hablaban de ella como símbolo de pureza y virginidad, convirtiéndose en el estereotipo de mujer santa y piadosa: un carácter modélico. Pero si todas las mujeres eran irremisiblemente hijas de Eva, todas eran pecadoras y fuente de mal, ninguna llegaría a ser nunca como María. Como mucho, se podían acercar a su perfección imitándola, ya fuera como esposa y madre sumisa, o como virgen. Como se afirma en la obra de George Duby, Historia de las mujeres: «alabar a la Virgen-Madre no es, en absoluto, rendir homenaje al conjunto de sus más modestas hermanas». La virginidad de María hacía imposible que una mujer pudiera seguir sus pasos como madre abnegada y mantener a su vez la pureza de su cuerpo. Pero, aun así, María trajo consuelo a las hijas de Eva, pues con su virginidad abrió un camino de esperanza para que la humanidad pudiera ser redimida y, a la vez, que se pudiera apreciar algo positivo en la mujer medieval.

El modelo de María. Representaciones marianas

En las catacumbas romanas se descubrieron las primeras imágenes de la Virgen con el Niño. En concreto, en las Catacumbas de Priscila aún se pueden contemplar dos hermosos frescos, uno del siglo II y otro del siglo III. El más antiguo, a pesar de estar en un estado muy deteriorado, nos regala la imagen de la Virgen María dando el pecho al Niño Jesús. A su lado, la figura del profeta Balaam, quien señala con el dedo una estrella. Este gesto podría hacer referencia al texto bíblico de Números 24, 15-17: «Oráculo de Balaam, álzase de Jacob una estrella, surge de Israel un cetro». El otro fresco, datado alrededor del 225 de nuestra era y situado en el llamado Cubículo de la Velatio, muestra claramente a una mujer dando el pecho a un bebé desnudo.

Desde entonces, y hasta los siglos medievales, María no está presente en los templos cristianos de Occidente. Pero en el siglo XII será representada tanto en frescos como en tallas de madera y piedra como la Maiestas Mariae. María se ha convertido en un trono estático, hierático, sobre el que se sienta el Hijo de Dios, mientras aguanta en algunos casos una bola del mundo y en otros un cáliz, en representación del orbe cristiano. Esta María aún no es la Virgen maternal y tierna que nos regalará el barroco de la Contrarreforma, sino que se nos presenta como una figura poderosa y distante que llega a suplir el papel de su hijo en lugares tan destacados como los ábsides, donde el Pantocrátor deja su lugar para su madre, a quien serán consagrados templos como el de Santa María de Taüll.

Esta imagen fría de María se va humanizando, poco a poco, y se muestra más cercana en otro modelo de representación conocido como Virgo Lactans o Madonna Lactans. La Virgen de la Leche, que ya encontramos en las catacumbas romanas, fue ampliamente representada a partir del siglo XIII siguiendo los modelos de la Galactotrofusa bizantina. En muchas ocasiones, Jesús toma el pecho de María mientras mira al espectador, rodeado de santos, ángeles o personajes laicos, que representan a los donantes de la iglesia en la que fue pintada.

María fue igualmente representada como madre embarazada del Hijo de Dios. Una iconografía que no fue muy extendida, pero que durante el siglo XIV empezó a aparecer en distintas iglesias de la Toscana. Hasta que el Concilio de Trento, en el siglo XV, prohibió explícitamente la representación de María embarazada, la Virgen del Parto se representó como una mujer de mirada serena y tranquila, de frente o de lado, pero siempre marcando claramente su redondez. Mientras que con una mano sostiene dulcemente su vientre, en la otra nos enseña un libro, símbolo del Verbo encarnado.

Todas estas representaciones marianas tienen muchas similitudes con las representaciones primitivas de la Diosa Madre de distintas culturas antiguas. Es curioso tomar en consideración que la Madonna Lactans tuvo su origen en las primitivas comunidades cristianas coptas de Egipto, donde aún permanecían en el recuerdo las representaciones de la diosa Isis amamantando a Horus.

La mujer había sido relegada en la sociedad medieval, pero el poder eclesiástico utilizó la imagen femenina como símbolo de poder heredado de las sociedades antiguas, en las que la diosa madre tuvo también un papel esencial. Pero esta mujer poderosa, diosa o madre, no dejaba de ser un estereotipo, no una mujer real.

La esposa sumisa

Precisamente, una de las pocas veces que María aparece en los textos sagrados es en el conocido pasaje de las bodas de Caná. Es en este escenario donde Jesús hará su primer milagro y se confirmará la santidad de la institución matrimonial con la presencia de Cristo en el enlace.

La unión sagrada de un hombre y una mujer queda claramente descrita en la repetidísima frase de Marcos en el versículo 10:9: «Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Sin embargo, el matrimonio, como lo conocemos en la actualidad, con un ministro de la Iglesia ante el altar y los contrayentes enfrente, es algo que no se definió como tal hasta el siglo XII. El matrimonio como sacramento se irá conformando a lo largo de los siglos medievales, cuando las autoridades eclesiásticas asuman como propios los ritos paganos de unión entre un hombre y una mujer, entre ellos, el de la imposición del anillo a la mujer. La imposición del anillo al hombre se instauró muchos siglos después.

El II Concilio de Letrán, celebrado en 1139, determinó la obligatoriedad de que un sacerdote bendijera el matrimonio. Poco después, hacia 1141, el Decreto de Graciano sentaría las bases de la futura legislación matrimonial. Graciano, un monje jurista y profesor de Teología en Bolonia que recogió en su decreto toda la jurisdicción canónica, fue el primer eclesiástico en poner orden a los textos antiguos y escribir un compendio de leyes eclesiásticas, por lo que se le considera el precursor del derecho canónico. Hasta entonces, eran solamente los laicos los que escribían sobre derecho, en su ámbito civil, pero fue en Bolonia y por su mediación que se empezaron a poner por escrito las leyes eclesiásticas.

Entre los distintos temas que aborda el Decreto de Graciano, encontramos el derecho canónico del matrimonio en el libro iv. A lo largo de ciento diez cánones, Graciano definió los elementos esenciales de la unión sagrada entre un hombre y una mujer, controlada siempre por la Iglesia. El matrimonio —nos dice Graciano— es un contrato que busca el bienestar de ambos cónyuges y cuyo objetivo esencial es la procreación. Una unión indisoluble —como ya nos recordó el evangelista— que ambos contrayentes aceptan libremente.

La definición de Graciano terminó de perfilarse un siglo después en el iv Concilio de Letrán, en 1215. En los Cánones 50, 51 y 52 se definió el matrimonio como un sacramento de la Iglesia y se establecieron los límites de consanguinidad admitidos, así como la prohibición expresa de las uniones con infieles. También se instauró la tradición de publicar los bandos para que quedara claro la legalidad del futuro matrimonio.

El Decreto de Graciano y el iv Concilio de Letrán no suponen ninguna novedad en lo concerniente a la naturaleza esencial de la unión matrimonial. El matrimonio se consideraba ya entonces un contrato económico y social de protección mutua donde el amor no aparece en ningún momento como elemento esencial.

La Iglesia definió el matrimonio como un sacramento al que ambos contrayentes se acercaban con total libertad. Sin embargo, las mujeres poca opinión podían tener ante las presiones familiares y la amenaza de una vida de perdición si no aceptaban las sugerencias de su familia y de su futuro esposo.

Los siglos medievales no recuperaron solamente la imagen bíblica de María como modelo de perfección, sino también de sumisión. Volvemos a la Biblia para encontrar, en Lucas 1:38, la respuesta de María a la Anunciación del Señor: «Aquí tienes a la sierva del Señor. Que él haga conmigo como me has dicho». María fue la madre de Dios, pero por encima de todo fue sierva y símbolo de la mujer sumisa. María, como todas las mujeres, debía hacer según la voluntad del hombre. Junto a María, la Iglesia rescató también a Sara, mujer de Tobías y modelo indiscutible de esposa sumisa, obediente y respetuosa con su marido. Y, por supuesto, madre abnegada.

La madre abnegada

Mientras santo Tomás de Aquino aseveraba que la mujer había sido creada para ayudar al hombre a la procreación, la Iglesia se empeñaba en ensalzar la naturaleza virginal como el estado ideal de la mujer. Una contradicción encarnada en la imagen de María, que había sido madre y a la vez había conseguido permanecer virgen.

A partir de estas afirmaciones, los hombres de Iglesia, alejados siempre de la realidad del mundo femenino, crearon una imagen —digamos— antinatural de la mujer. Para subsanar el mal necesario se aceptó, porque no había más remedio, que las relaciones carnales entre hombre y mujer se santificaran solamente si tenían lugar dentro del matrimonio y, solamente, con una intención puramente procreadora.

Como en otros ámbitos de la vida, los textos sobre la vida conyugal fueron escritos en su gran mayoría por hombres de Iglesia. Ya en el siglo IV, san Agustín asimiló el pecado original con el pecado carnal, cuando hasta ese momento el pecado original era el pecado del conocimiento.

Poco se habla del placer masculino, que se daba por sentado, pero parece ser que hubo mucha discusión acerca del placer femenino. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, condenó explícitamente cualquier intento de alcanzar el placer sexual en las mujeres. Ellas debían ser simplemente cuerpos pasivos en los que el hombre debía poner su semilla para procrear. Por suerte para ellas, hubo quienes rebatieron esta teoría. Bartolomé el Inglés, un monje franciscano que vivió en el siglo XIII y escribió varias obras sobre medicina, dejó claro que la mujer debía sentir placer para fecundar, y algunos teólogos se atrevían a aseverar incluso que el goce era necesario para que un niño naciera sano y bello.

Una vez fecundada, la mujer se sumergía en un universo estrictamente femenino en el que cogía las riendas de su destino, aunque fuera por poco tiempo. El embarazo y el parto los vivía rodeada de matronas, parteras y mujeres de la comunidad que apoyaban a la futura madre en un tránsito que sabían doloroso y a veces incluso letal. Las matronas y comadronas, lo veremos en su momento, habían aglutinado amplios conocimientos de medicina obstétrica y ginecológica y pudieron dar cierto consuelo a los males físicos de las mujeres que se ponían en sus manos.

Cuando el bebé nacía, la madre era responsable de su alimentación y educación en sus primeros años, tarea que debía realizar con alegría mientras cuidaba de la casa y se preparaba para el siguiente embarazo.

Manuales para las buenas esposas

La Iglesia sentó las bases ideológicas de lo que debía ser la mujer en el seno de la familia. Basándose en los textos sagrados y en los escritos de los padres de la Iglesia, determinó los modelos que se habrían de seguir y los comportamientos ideales. Pero la sociedad laica también se encargó de definir cómo debía ser una mujer virtuosa. Además de los sermones declamados desde los púlpitos por los religiosos, también los laicos escribieron tratados de buenas prácticas con el objetivo de hacer de sus mujeres buenas madres y esposas.

Uno de los más conocidos, y que ha llegado hasta nuestros días, es Le ménagier de Paris, un libro escrito alrededor de 1392 por un autor anónimo del que sabemos pertenecía a la burguesía parisina y poseía una importante fortuna. Con propiedades extramuros y dentro de París, el autor del manual se había casado con una muchacha de quince años, a la que decidió escribirle un extenso y completísimo manual para que alcanzara la perfección en su papel de madre y esposa.

Le ménagier de Paris aborda temas morales y define conductas virtuosas de abnegación y sumisión. Normas que se complementan con consejos más mundanos relacionados con el buen funcionamiento de sus propiedades. Desde más de trescientas recetas culinarias hasta consejos de jardinería, la esposa del autor tenía en el manual una retahíla de normas sobre cómo escoger adecuadamente a los sirvientes o cómo domesticar a los halcones para la caza. El autor de Le ménagier de Paris le dice a su esposa:

Querida, te repito, debes obedecer a tu futuro marido, pues es gracias a la obediencia que una buena esposa obtiene el amor de su marido y, en fin, recibe de él todo lo que desea. Igualmente puedo decir que, si actúas con arrogancia y desobediencia, te destruyes a ti misma, a tu marido y a tu hogar.

Esta frase resume a la perfección el papel de la mujer dentro del matrimonio.

Religiosas

Como monja, la mujer es promovida a la dignidad del hombre, por lo cual se libra de someterse a él.

Santo Tomás de Aquino

Las mujeres serán siempre la calamidad

de los grandes hombres.

Eloísa

En mi búsqueda de mujeres silenciadas en los siglos medievales, me he dado cuenta de que muchas eran mujeres relacionadas con la Iglesia. Abadesas, monjas y beguinas... han sido muchas las que me han deleitado con sus vidas excepcionales, ya fuera como místicas, escritoras, iluminadoras o incluso asesoras políticas, como en su momento veremos.

El monacato femenino en la Edad Media fue un movimiento de tal magnitud que llegó a plantearse como un problema no solamente eclesiástico, sino también social. Pero antes de que esto sucediera, allá por los siglos XII y XIII, las mujeres trazaron un largo recorrido en la historia de los cenobios femeninos.

Los primeros cenobios femeninos

Tenemos que remontarnos de nuevo a los primeros años del cristianismo, los tiempos inmediatamente posteriores a la muerte de Jesús. Figura que, como ya vimos, no negó nunca, al menos explícitamente, la igualdad entre hombres y mujeres, además de ser estas últimas las protagonistas de algunos de los momentos clave de su vida. En aquellos tiempos en los que las comunidades cristianas vivían en la sombra, eran muchas las mujeres que ejercían cierto poder en ellas como sacerdotisas o diaconisas. Mujeres a las que se les permitía bautizar a otras mujeres o incluso participar en los momentos clave de la eucaristía. En los concilios de Nicea y Calcedonia, por ejemplo, se dio autorización a las mujeres que superaban los cuarenta años a verter el vino en la comunión.

Poco a poco, fueron muchas las mujeres que se unieron de manera esporádica para vivir una vida de reclusión y así conformaron las primeras comunidades monásticas femeninas. Comunidades que avanzaron de manera paralela a las masculinas y que fueron definiéndose a su sombra.

A las primeras mujeres que decidieron abandonar la vida laica y optar por una vida de reclusión debemos contextualizarlas en los tiempos de las persecuciones contra los cristianos, en los que una larga lista de mujeres fueron martirizadas y elevadas a los altares de la Iglesia católica como santas. Mujeres que formaban parte de familias romanas y que se rebelaron contra la potestad paternal de decidir sobre su futuro.

Vidas en las que se mezcla la verdad y la leyenda. Santa Cecilia, a quien la tradición convirtió en patrona de la música, pertenecía a la familia senatorial romana de los Metelos. Según la poca documentación histórica que existe, Cecilia se había convertido al cristianismo siendo una niña y su profunda fe en el nuevo credo arrastró a otras personas de su entorno. Entre ellas, su propio marido, un noble pagano asignado por su padre y llamado Valerius. Bautizada por el papa Urbano I, Cecilia sufrió las persecuciones contra los cristianos de finales del siglo II y principios del III. Según la leyenda hagiográfica, Cecilia fue martirizada y, tras sobrevivir a varios martirios, como ahogarla y hervirla, la decapitaron el 22 de noviembre del 230. El cuerpo de Cecilia fue enterrado junto a la cripta pontificia de la catacumba del papa Calixto I en la vía Apia romana, por orden de Urbano I.

Santa Tatiana de Roma es otro ejemplo. Ella y su familia romana se convirtieron al cristianismo en el siglo III. Tanto ella como su madre habrían ejercido de diaconisas en las comunidades cristianas de Roma. Cuando Tatiana fue detenida, las autoridades romanas la obligaron a rendir culto al dios Apolo. Según la leyenda, Tatiana sí oró, pero a su Dios. Un terremoto destruyó la estatua de Apolo y parte del templo en el que se encontraba. El martirio de Tatiana empezó con la aplicación de varias torturas. Para ejecutarla, fue llevada al circo romano y la pusieron ante un león, que, a pesar de estar hambriento, lo único que hizo fue echarse a los pies de la santa. Ante el intento fallido, los romanos decidieron decapitarla. Una espada terminaba con su vida el 12 de enero del 225 según el calendario juliano, el 25 de enero según el gregoriano.

Estas y otras mujeres, como santa Úrsula de Colonia, santa Justa y santa Rufina o santa Catalina de Alejandría, forman parte de una lista extensa de mujeres que en los primeros años del cristianismo se rebelaron contra el poder romano establecido y aceptaron morir por sus creencias. Mujeres que en los siglos medievales se convirtieron en símbolo de la valentía de los primeros cristianos y en ejemplo para las mujeres virtuosas.

Muchos de los monasterios femeninos que se fundaron en la Edad Media nacieron con la intención de recluir a mujeres cercanas a hombres de fe, hermanas en su gran mayoría, para que siguieran su mismo camino de santidad. Uno de los primeros casos lo encontramos en la ciudad santa de Belén, donde san Pacomio, considerado uno de los padres del monacato, fundó ocho monasterios, dos de los cuales fueron femeninos. Fue su hermana María la que inspiró su fundación y quien se convertiría en abadesa de estos. En el siglo IV, san Agustín fundó el monasterio femenino de Hipona para su hermana y algunas sobrinas. Además de fundar el cenobio, san Agustín escribió el Ordo monasterII, una regla monástica para las religiosas. Otro ejemplo lo encontramos en la Hispania visigoda del siglo VI, donde san Isidoro y san Leandro de Sevilla velaron por su hermana Florentina animándola a ingresar en un convento. Su hermano Leandro escribió alrededor del año 580 un tratado o regla monástica para ella titulado Sobre la institución de las vírgenes y el desprecio al mundo. La obra de Leandro, la única regla que se conoce de la época respecto a la ordenación de la vida monástica femenina, fue utilizada por santa Florentina para fundar varios conventos de mujeres. El propio san Benito fundó también en el siglo VI el monasterio de Piumarola, dirigido por su hermana santa Escolástica y basado en la regla benedictina. Avanzando en el tiempo, ya en el siglo XII, encontramos el caso de Abelardo, quien fundó el monasterio del Paráclito para su amada Eloísa. La regla que escribió para el Paráclito fue una adaptación de la regla de san Benito a las necesidades de las mujeres.

En todos estos casos, y en muchos otros, se trata de fundaciones religiosas creadas por hombres y dirigidas por hombres. Tendremos que esperar muy poco, al siglo XIII, para que sea una mujer, santa Clara de Asís, la que escriba la primera regla original para su monasterio femenino.

El poder de las abadesas

Muchos de los conventos femeninos que proliferaron a la sombra de los cenobios masculinos fueron dirigidos por mujeres de alta alcurnia. Mujeres pertenecientes a la realeza y la nobleza ejercieron un poder destacado en sus monasterios, equivalente al de obispos o abades. Las abadesas se convirtieron en una suerte de señoras feudales que velaban por la salud espiritual de sus hijas, pero también controlaban los dominios territoriales del monasterio. Estas mujeres utilizaron también su poder para ayudar a las monjas a acercarse a la cultura. Monjas, muchas de ellas analfabetas, que gracias al esfuerzo de las abadesas pudieron aprender latín y leer los textos sagrados. Anderson y Zinsser señalan en Historia de las mujeres. Una historia propia:

Bajo la dirección de abadesas de singular energía e inteligencia, estos centros religiosos fueron excepcionales, equivalentes a las tan escasamente dotadas universidades.

Las monjas recluidas

El poder y la relativa libertad que aquellas abadesas y sus monjas tuvieron se dieron, no obstante, durante un tiempo breve. Con el nacimiento de las órdenes mendicantes, las ciudades medievales vieron surgir un nuevo tipo de monjes. Hombres que salían a las calles a predicar la pobreza y a recordar la palabra divina. Fue en ese contexto cuando las mujeres, cada vez más numerosas en la vida religiosa, fueron percibidas como un peligro al querer emular a los monjes mendicantes. A pesar de que ya en el siglo VI Cesáreo de Arlés había puesto de manifiesto la necesidad de la clausura femenina, lo cierto es que los familiares entraban en los conventos y las monjas salían de ellos cuando lo necesitaban.

Pero los siglos XII y XIII vieron crecer peligrosamente ciertas libertades y nuevas formas de entender el monacato. Fueron tiempos en los que aparecieron las beguinas, con su original forma de entender la religión; existían también las comunidades de canonesas, que tenían un estilo de vida menos rígido que el de los monasterios; las ermitañas, que se enclaustraban en una celda adosada a las iglesias... Un sinfín de nuevas formas de entender la religión y la vida monacal femenina que la Iglesia decidió atajar.

El iv Concilio de Letrán prohibió la creación de nuevas órdenes religiosas femeninas y obligó a todos los grupos de mujeres a unirse a una orden ya existente. La Iglesia obligó a los miembros de las órdenes masculinas a aceptar la cura animarum de las mujeres.

En 1293, la bula Periculoso, promulgada por el papa Bonifacio VIII, decretaba oficialmente la clausura total de las mujeres que vivieran en un convento, mientras continuaba la lucha de la Iglesia por terminar con movimientos como los de las beguinas y recluir, y silenciar, definitivamente a las religiosas.

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Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
201 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788416876730
Yayıncı:
Telif hakkı:
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