Kitabı oku: «Aleatorios», sayfa 3

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Una vez consumadas esas imprescindibles condiciones de conquista, pasó lo que tenía que pasar. Sucediendo tal y como Selene se lo imaginó.

En el pequeño cuarto de uno de los vagones se consumó todo. Melisa y su pareja la amaron en lugares de su cuerpo que ella nunca imaginó que podían ser tan sensibles a las caricias. Todavía recuerda haber escuchado sus propios gemidos, tan fuertes y salvajes que al principio pensó que pertenecían a Melisa. El gozo que sintió fue inmenso, hubo un poco de pudor y temor al principio. Pero desapareció rápido, ocupando su lugar el placer. También hubo instantes en los que creyó que se desmayaría. Cada vez que abría los ojos, labios diferentes la besaban. Sentía como estar en aquel estado semiconsciente que separa el sueño de la vigilia.

La experiencia somática y psíquica de estar experimentando el mundo y a sí misma hizo que Selene se pacifique por unos instantes con su condición de Aleatoria. No recordaba cuánto duró todo. Lo único que aún conserva en su memoria es la intensidad del aquel momento, y de cómo su instinto de mujer supo reemplazar con efectividad su inexperiencia en el sexo, guiando su cuerpo de forma irreflexiva y apasionada, audaz y minuciosa.

Sin embargo, también recuerda la amarga sensación de haberse sentido una tonta a la que habían utilizado. Porque después de lo sucedido, no los vio nunca más. Ellos desaparecieron juntos, teniéndose el uno a al otro. Él, envuelto en un injustificado ego sin límites, y ella relinchando como un caballo. Mientras que Selene se quedaba sola, presintiendo lo dichosos que son quienes nacen en pareja.

A ella, al igual que para otros Aleatorios, solo le quedaban los recuerdos como única compañía. No obstante, el tiempo también le dio el coraje necesario para superar esa realidad, junto a la posibilidad de conocer otras parejas. Pequeñas aventuras de las que Selene aprendió a asimilar lo nutritivo de cada relación y a desechar el resto... ¿y qué es el resto? El resto es esa falsa sensación de seguridad y amor que le brindaron los primeros orgasmos. Confundiendo carne con esencia. Y siendo víctima de la genuina inocencia del que busca ser amado.

De lo único que no tenía dudas en un mundo en donde la sinceridad desaparece tan rápido como la capa de ozono era de su fortaleza. O de la que debería aprender a tener para no caer en la depresión y perder de ese modo su autoestima, hasta convertirse en una presa fácil para los chacales espirituales que merodean por el mundo. La vileza y la perversidad, se alimentan y crecen en el interior de algunas personas del mismo modo en que los cerdos se atragantan, engordan, y se revuelcan en la porquería. La única diferencia es que, en el caso de la maldad humana, el chiquero en donde engordan sus grasas es en las debilidades que intuyen en otros seres humanos. Las presas heridas o débiles son las que primero caen. Y en el estómago de los miserables y los canallas siempre hay lugar para un ingenuo más.

El temple y la seguridad que Selene observó en sus padres habían creado en ella fuertes convicciones las cuales tenían como base conceptos claros. Como por ejemplo, ser autosuficiente y ante todo estar orgullosa de ser quien es. Tener la fuerza necesaria para defenderse de la maldad y al mismo tiempo saber apreciar las virtudes en las demás personas. En ninguna circunstancia debía permitir que esos y otros preceptos de vida fuesen destruidos. Se obligó a sí misma a no dejarse llevar por la autocompasión, pensando que solo quería recibir un poco de ese amor que a otros tan abundantemente les tocaba. O caer en el fangoso conformismo de llegar a pretender de una pareja no más que lo mínimo. O sea un puñado de verdades y promesas cumplidas, y uno que otro proyecto de vida lo suficientemente creíble como para poder levantarse por las mañanas con algo de entusiasmo.

Ahora la pregunta era: ¿qué diferencia existía entre su resignación a vivir sola, y el conformismo de aquellos Aleatorios y Aleatorias que ella imaginaba dispuestos a perder su dignidad con tal de no lidiar con la soledad? La respuesta a esa pregunta se introdujo en su conciencia con la misma velocidad e insolencia que una pedrada atraviesa por los vidrios de una ventana. No había ninguna diferencia. Vivir sola o vivir con miedo a ser abandonada puede llegar a ser igual de frustrante. O quizás sí había una diferencia, pensó Selene. Y era una diferencia fundamental. En soledad ella siempre pudo elegir y decidir, en convivencia no le quedaba otra opción más aceptar y permitir. Ser mujer, ser Aleatoria y estar sola era difícil. Pero es peor ser invisible ante los ojos de la persona que se ama.

Le costó, pero aprendió a ser una Aleatoria. Sabía que la lucha en contra de la angustia que le causaba aceptar la soledad en la que había nacido sería una lucha diaria. Pero se conformaba pensando en que esa soledad la hacía sentir segura y le proporcionaba un creciente sentimiento de dignidad y libertad, que estando en pareja ella estaba convencida de que no podría conseguir. Los libros que leyó durante su adolescencia describían el amor como un sentimiento maravilloso y único. Una fuente de energía indispensable para todo ser humano. Sin embargo también lo señalaban como un sentimiento fugaz y doloroso. Pero, claro, esa última característica era algo de lo que ella ya estaba muy al tanto. Es más, esa era la única faceta que pudo conocer del amor, su fugacidad. Para muchos Aleatorios el amor no es más que un sinónimo de debilidad, de sumisión. Un campamento de exterminio para los débiles de carácter. Es por eso por lo que ella se esforzaba en ejercitar los músculos de su orgullo, de su amor propio. No estaba dispuesta dejarse lastimar por nadie otra vez. Había aprendido que el amor es una fuerza extraña y poderosa, y no volvería a cometer el error de subestimarla. Pensando en eso, una noche después de haber visto la película El silencio de los inocentes, se le ocurrió pensar que tanto el personaje como el sentimiento comparten ciertas características; los dos son elegantes y sigilosos, sorpresivos y letales. En ese instante recordó haber leído que para algunos el amor tiene cara de mujer. Entonces reflexiono sobre sus experiencias amorosas, y junto a una semi sonrisa que se le dibujó en el rostro, se le ocurrió pensar que hasta el momento para ella el amor siempre se le había presentado con cara de Hannibal Lecter.

1 “Descubierta en 1989. Una llamada de ballena única de 50–52 Hz de una sola fuente se ha rastreado en el Pacífico Norte central y oriental. Detectada anualmente desde 2004,“Diciembre de 2004 Documentos de investigación oceanográfica

Autores:

William A. Watkins

Mary Ann Daher Institución Oceanográfica Woods Hole

Joseph E. George

David Rodríguez

CAPÍTULO CUARTO
EL EMISARIO

“Y entonces

de repente

vuelo vertical

trazo precipitado

caer sobre corderos

hacia abajo, voraz,

ávido de corderos,

odiando toda alma de corderos,

odiando rabiosamente todo lo que parezca

virtuoso, borreguil, de rizada lana,

necio, satisfecho con leche de oveja...

Así caí yo mismo alguna vez

desde mi desvarío de verdad

desde mis añoranzas de día

cansado del día, enfermo de luz

caí hacia abajo, hacia la noche, hacia las sombras,

abrasado y sediento

de una verdad”.

FRAGMENTOS DEL POEMA “SOLO LOCO, SOLO POETA”. Friedrich Nietzsche

Le dolían terriblemente los pies. En especial porque hacía horas que las zapatillas le apretaban. Ya podía imaginar cómo una ampolla tan grande como el ojo de un chancho adulto se llenaba de líquido en la yema de su dedo gordo. Además, el frío le entumecía las manos haciendo que le duelan, y por cierto que la baja temperatura tampoco ayudaba a calmar la incomodidad que sentía en los pies. Sin embargo, esas no eran razones para dejar de lado lo que estaba haciendo. Además, con el tiempo había llegado a confraternizarse con el dolor físico a tal punto que en ocasiones lo consideraba como un amigo, un aliado. No obstante en aquel momento solo era un obstáculo que le impedía realizar su misión con eficacia y rapidez.

Había estado caminando durante todo el día, repartiendo volantes a quien se los quisiera recibir. Y a los que los rechazaban los amenazaba con la mirada y estos a regañadientes terminaban aceptando. Al resto de los folletos los dejaba sobre las mesas de los bares que daban a la calle o sobre los bancos de las plazas. Ese no era problema. Luego el viento se encargaría de esparcirlos, además, si “Ellos” tenían tanto poder como él pensaba, es posible que también pudiesen controlar los fenómenos meteorológicos, por lo que en algún momento crearían una ráfaga de viento que haga que los folletos lleguen flotando a las manos de las personas indicadas.

Durante su vida Oliver caminó mucho, o por lo menos durante la vida que su mente le permitía recordar. Había caminado rodeado de todo tipo de paisajes. En diferentes climas. Durante el día y la noche. A veces sus marchas eran tan extensas que tenía la sensación de que sus pies se desplazaban al ras del suelo, casi sin tocarlo. Luego sentía cómo sus piernas se convertían de a poco en miembros totalmente autónomos, lo que en ocasiones le daba la impresión de estar flotando. Era como si se estuviese desdoblando astralmente, y pudiese cortar y unir a su antojo aquel fino hilo de plata que conecta su cuerpo físico con su doble etérico.

La proyección astral, al igual que otras básicas experiencias metafísicas, no eran algo extraño para él. De hecho hacía mucho tiempo que las había dejado de practicar, pues ya no le hacían falta. La aparición de “Ellos” en su vida revelaba que había alcanzado el máximo nivel en lo que se refiere a ese tipo de prácticas. Sin embargo, en un mundo en donde ya nada lo sorprendía, le llamaba ligeramente la atención que sin importar qué dirección tomase siempre sentía una leve brisa acariciándole la espalda. Como si fuese una mano incitándolo a seguir adelante.

En ocasiones y durante los meses de invierno esa misma brisa (que con el tiempo se había convertido para él en un abnegado compañero de viaje) se trasformaba en una tormenta tan fuerte que las gotas heladas de lluvia punzaban su rostro como si fuesen agujas, mientras el frío condensado atravesaba su ropa y su piel hasta penetrar por su carne y oprimirle los huesos.

Le gustaba la sensación que le brindaba aquel extraño dolor. No sabía por qué. Pero a veces, si el viento, el frío y la lluvia eran lo suficientemente intensos, el dolor que causaban en su cuerpo se imponía a sus incontrolables pensamientos. Pudiendo de ese modo dominar aunque sea por unos momentos aquel odio involuntario, y esa enmohecida angustia que reptaba como una larva dentro de él. Engulléndolo todo a su paso, apestando cada rincón de su ser, y encadenándolo a una existencia oscura y miserable.

Por eso no importaba lo intensa que fuera la tormenta, o el viento, o el frío. Él seguía adelante. Hasta que el dolor le hacía sentir que su cuerpo se evaporaba del mismo modo que lo hacían las gotas de lluvia que caían en la ruta, y que se esparcían a su alrededor inundando sus pulmones con ese particular olor a vegetación, tierra húmeda y asfalto mojado. Era en momentos como esos en los que él creía que con solo desearlo podría desintegrarse en miles y miles de partículas, para luego elevarse en forma de niebla y fundirse con la hermosa inmensidad de su entorno; los montes, los cerros, el río , los árboles… Oliver estaba convencido de que el dolor que le causaba aquel contacto directo con la naturaleza no era otra cosa que una virtud. Pensaba en el dolor como una posibilidad, una oportunidad para liberarse aunque sea por unos pocos minutos de la desesperación y la tristeza. Además él creía, con la certeza que solo proporciona la combinación exacta de amor, soledad y cansancio, que únicamente aceptando el dolor físico podría de algún modo encontrar su fortaleza espiritual, y así conseguir la disciplina necesaria para ser realmente libre, y de esa forma liberarla a ella también. Le reconfortaba pensar que “Ellos” en su sabiduría, podían reconocer perfectamente bien los espíritus nobles y humildes, incluso en alguien tan bilioso como él.

Ahora, mientras caminaba por el parque y su mente consciente intentaba ignorar la molesta ampolla en su pie, comenzó a sentir una insistente picazón en la cabeza. ¿Serán liendres?, se preguntó. No le sorprendería haberse contagiado, teniendo en cuenta los lugares por donde anduvo. De todos modos no les prestó atención y siguió caminando. Y mientras lo hacía, evitaba los grupos de niños.

>Esos mocosos no entenderán lo valioso del mensaje< pensó.

Además sus risitas y lloriqueos histéricos, sumados a sus incansables idas y venidas, producto de sus imprudentes y fastidiosos jueguitos, realmente lo perturbaban. Le enfurecían tanto que en ocasiones llegó a imaginarse estrangulándolos con los mismos hilos que utilizaban para amarrar esos irritantes globos con los que correteaban de un lado a otro. Gritando, saltando. Ocupando más espacio del que les corresponde, y llevándose por delante a todo el mundo. Oliver no había terminado de desarrollar aquella imagen en su mente, que de repente se topó con un círculo de alborotados niños agitando sus melosas manos manchadas de algodón de azúcar, manzanas acarameladas y barro. Al tiempo que rodeaban torpemente a un estresado payaso que hacía un nostálgico acto de malabarismo con pequeñas botellas de plástico de diferentes colores. Cada vez que se le caía una botella, el payaso se agachaba para recogerla sacudiendo su enorme trasero relleno de goma espuma y cubierto de coloridos parches. Acción que ocasionaba una explosión de gritos y risas frenéticas en los atolondrados niños. No importaba las veces que el payaso repitiese la misma rutina. Los niños chillaban gustosos cada vez.

> ¿Cómo es posible que sus padres permitían tanto impune desorden y escándalo? < pensó Oliver, mientras giraba circularmente los dedos índices a los costados de su frente.

El lacerante ruido que generaban esos niños era inaguantable. Quería taparse los oídos o zambullir su cabeza en la fuente de agua y así evitar escucharlos. Pero no quería llamar la atención, tendría que marcharse. Por lo que se dio media vuelta para alejarse de aquel infantil aquelarre y siguió caminando hasta que logró calmarse. Después de todo, estaba bastante conforme con lo que había hecho hasta el momento. Porque a pesar de esa horda de criaturas mal criadas que correteaban por todos lados había sido la ocasión perfecta para repartir sus volantes, o bien “comunicados” como a él le gustaba llamarlos. Era el primer día de un fin de semana largo, y había turistas en cada monumento o edificio histórico. Las peatonales estaban repletas, y no había plaza en donde no pululase gente. “Ellos”, pensó, seguramente estarán satisfechos con lo que había logrado, y con lo que lograría durante aquel fin de semana largo.

No sabía cuánto tiempo más tendría que seguir haciendo esos encargos. Pero indudablemente “Ellos”, pensaba, ya estarían al tanto de la cantidad de comunicados que distribuyó, y de todas las mentes que gracias a estos serían iluminadas. No tenía dudas de que, de seguir así, en cualquier momento le permitirían pasar al siguiente nivel. Y entonces, ya estaría a solo un par de pasos de cumplir su objetivo, y de ese modo recuperar a Lucila.

No recordaba su propia edad. Aunque realmente eso no le importaba. Sin embargo, a pesar de la frondosa barba que cubría su rostro, y que él sentía como si le hubiese crecido de la noche a la mañana, presentía que era joven. Quizás, pensó, tendría solo unos cuantos años más que aquellos estúpidos muchachos que tomaban cerveza y se divertían alrededor de aquel no menos estúpido monumento a los Aleatorios. Apoyándose física y moralmente sobre sus motos y autos. Con sus conciencias aturdidas por el ruido saturado de un estéreo a todo volumen. Simulando hablar, simulando escucharse. Conformándose a su vez con una existencia apática, sin preguntas ni respuestas, sin dudas ni certezas. Y observando neutralmente cómo la contaminación afecta el agua, la tierra, y el aire. Convirtiendo de apoco al planeta en la escenografía de películas del tipo Mad Max o Terminator.

>Qué bien que disimulan al proximidad del fin mundo< pensó Oliver >… Es sorprendente la habilidad que tienen algunas personas para evadir la locura y la furia en las que está envuelta la sociedad; guerras, hambre, corrupción… toda la demencia y la maldad galopando en caballos de fuego sobre sus cabezotas, mientras la humanidad se revuelca ciega y sonriente en el chiquero de su propia degeneración. Jugando a tirarse mierda como si fuese algodón de azúcar… ¿Homo? Quizás, pero ¿sapiens? ¡Ja! Monos… seguimos siendo monos… aunque estos parecen tener más dignidad y respeto por ellos mismos. <

A Oliver no le cabía ni la más mínima duda de que ninguna de esas personas a las que él consideraba unos imbéciles hubiesen aunque sea, por casualidad, pensado en la situación en la que se encuentra el planeta y en la posible extinción propia o alienígena a la que la humanidad podría estar destinada de no empezar a tomar conciencia. No le costaba nada imaginar a todo el globo terráqueo plagado de hongos nucleares. Casi los podía ver a todos ellos recorriendo cual zombis las ciudades calcinadas en un planeta suburbano y posatómico. Con sus calles sumergidas en una triste niebla de color sepia. En la que el olor a ropa, carne, y plástico quemado serían el nuevo perfume de moda. A Oliver tampoco le costaba nada visualizar a esos apáticos idiotas caminando torpe y lánguidamente. Envueltos en andrajos y con girones de piel amarillenta despegándose de sus famélicos cuerpos. Arrastrando sus pies sobre las avenidas desoladas. Buscando desesperadamente un lugar en donde poder ver el estado de sus redes sociales. Para luego poner en su “muro” la foto de un hongo nuclear con una inscripción al lado que diga “ese hongo es mi ciudad… ¿Qué loco, no?”.

>Odio la falta de carácter, la apatía…< pensó.

> Ese repulsivo borreguísimo con el que la gran mayoría aceptó dejar de lado aquel derecho instintivo y natural de creer en uno mismo y elaborar sus propias preguntas… de ser una persona auténtica con pensamientos propios, y no un ungüento de apariencias, deseos y frases tipificadas y homologadas a partir de videos virales o páginas de internet. Da la impresión de que en el mundo actual nada fuese real o existiese, si no ha sido publicado o comentado en alguna red social.

> ¿Internet? ¿Globalización? ¡Ja!. Quieren dar la impresión de que todo ya ha sido preguntado, respondido, y pesando. Y de ese modo llevar a la humanidad balitando cual ovejas hacia un corral de ideologías violentas y estúpidas. Aunque la verdadera habilidad no reside en hacerles atravesar la verja… sino más bien en hacerles creer que es su propia decisión hacerlo. La esclavitud más eficaz y resistente es la que con paciencia y propaganda se modela en la mente haciendo creer que es rebeldía…< concluyó Oliver para sí mismo.

Sin embargo muy dentro de él, y a pesar de la gran cantidad de conocimientos sobre ufología, esoterismo, hermetismo, filosofía, sociología, parapsicología, etc., que había adquirido durante su vida, Oliver no podía evitar pensar que si él hubiese sido un tanto más “ingenuo” o “indiferente” en lo que respecta a la realidad del planeta, en este momento sería feliz. Sí, feliz. Aunque vacío de ciertas complejidades del pensamiento. Sin ningún tipo de verdad revelada y con ideas normales e inmaduras. Crédulo, anestesiado y con su conciencia dormida frente a un catálogo de supermercado, viendo los últimos celulares y buscando los mejores precios en accesorios para autos. Pero sería feliz. Y lo más importante de todo es que estaría con ella.

Sintió otra vez esa insistente molestia en su cuero cabelludo. Ya se estaba volviendo insoportable, pero no quería rascarse frenéticamente como solía hacerlo. Esperaría a que merme la picazón, no le convenía llamar la atención. Entonces miró hacia el cielo, y calculó que al día le quedaban un par de horas más de luz. Instintivamente alzó su mano izquierda para ver su reloj. El cual ya hacía bastante tiempo que no funcionaba, de hecho hasta le faltaban las tres agujas. Ahora, no era más que un círculo negro con varios números blancos en una circunferencia encristalada. No sabía por qué lo conservaba, no era más que basura. La cosa era que cada vez que planeaba tirarlo, se distraía con algún pensamiento y se olvidaba de hacerlo. Siempre le pasaba lo mismo. Todo comenzaba con una palabra o frase que se le cruzaba por la mente. Inmediatamente después se abstraía de todo lo que lo rodeaba manteniendo la mirada fija en algún objeto. Lo que devenía en una sucesión de ideas y reflexiones que ya no se relacionaban en nada con lo que había concebido su pensamiento original. Entonces, y sin saber cómo ni en qué momento, su imaginación ya estaba orbitando en un universo de razonamientos de todo tipo, interrumpidos de cuando en cuando con insípidos trazos de la misma chocante cotidianidad de todos los días. Algo así como darle pinceladas surrealistas a una fotografía, y quedando algo de la terca realidad siempre expuesta.

“Realidad aumentada”, se dijo a sí mismo en voz alta.

Le gustaba cómo sonaba. Le pareció una simpática y curiosa conjunción de palabras. Se había enterado de la existencia de ese término aquella misma mañana en el parque. Mientras observaba la portada de una revista que hablaba sobre los misterios que encierra el satélite más grande de Júpiter, Ganimedes, además del adelanto de una comprometida investigación sobre la “corteza visual”, una región del cerebro que podría tener la facultad de ver el futuro. Y que se exhibía en los estantes de un pequeño kiosco cerca de los columpios y la calesita. La “realidad aumentada”, según resumía esa revista en uno de sus artículos, es la visión de un entorno físico del mundo real, cuyos elementos se fusionan con elementos de un mundo virtual, para la creación de una realidad mixta.

Al instante y sin esfuerzo, su mente le hizo el favor de recordar a Sartre y una de sus reflexiones sobre la realidad. “La realidad es vivida fundamentalmente mediante la angustia”, escribió aquel filósofo en uno de sus libros. Y si él no interpretaba mal esta frase, especuló que por analogía la “realidad aumentada” no haría más que aumentar la angustia. Seguro que a las compañías que empiecen a utilizar esta tecnología para vender relojes no les importaba ofrecerles en el mismo paquete un poco más de angustia a sus clientes. Además, que podría ser más apropiado que un reloj para que los seres humanos se diesen cuenta de “su finitud, y de la fragilidad de su lugar en el mundo” Aunque los relojes en este caso, no solo serían propensos a aumentar la angustia, sino también a promover la libertar del individuo, reflexionó. Pues Sartre también dijo: “En la angustia adquiere el ser humano conciencia de su libertad”.

Mientras pensaba en eso, Oliver volvió a levantar su muñeca y observó su reloj. Que, al no poder dar la hora, no le proporcionaba angustia, y mucho menos originaba en él la idea de libertad. Su reloj no era más que un vacío con caída libre hacia la incertidumbre. Quizás, pensó, era por eso mismo que su subconsciente evitaba deshacerse de aquel aparato. Al fin y al cabo, su reloj era el emblema perfecto de lo que estaba viviendo. Porque desde que se llevaron a Lucila, había estado como atrapado dentro de un espejo, en una dimensión análoga, sin tiempo y dolorosamente parecida, pero a mil millones de años luz de distancia de la que compartió con ella. Un mundo sin presente, en el que deambulaba abatido y desorientado. En donde el futuro es una idea imposible, y el pasado una luz lejana que se consume de apoco en la fría y húmeda oscuridad de su mente. Los recuerdos de aquel mundo que compartió con Lucila no eran más que una temblorosa vela en la oscuridad, soplada perezosamente por los morados labios de su creciente amnesia.

Mientras seguía observando con curiosidad la inutilidad de su reloj. Recordó haber leído en algún lado que la hora es una unidad de ascensión recta. Impulsada por una fuerza invisible. Se pregunto si esa fuerza era la misma que lo impulsaba a él.

El tiempo, reflexionó, es algo verdaderamente hermético, secreto. Es invisible, incoloro, intangible, inodoro… no se puede medir ni pesar. Se cruza con todos y todo, a veces paternalmente generoso e indulgente, con amor y paciencia. Otras como un depredador intolerante y hambriento, arrebatando y despedazando. Y todo eso sin siquiera producir el menor ruido. Cuántos alquimistas a lo largo de la historia han intentado poder dominarlo. Pero el tiempo no es algo que pueda conservarse en una botella, sacarle fotocopias, escanear o colocarse en un alambique para luego condensarlo, destilarlo y estudiar sus partes. Meditar sobre eso hizo que comenzara a hilar ideas, una tras otra, hasta que llegó a una curiosa hipótesis. Quizás, él sea un vampiro alquimista que descubrió el secreto de la vida eterna. Y Lucila podría haber sido su pareja, pero hace cientos de años atrás, y la desolación que siente no sea más que los residuos de ese intenso amor que compartieron. Otra teoría podría ser que él mismo sea “el tiempo”, y Lucila esa fuerza invisible que lo impulsa a seguir adelante. Esta última era una idea era muy interesante, se dijo a sí mismo. Al ser él “el tiempo” se podría explicar perfectamente la razón por la que no recuerda su edad, y por qué su pasado cada vez es más difuso. Quizás no tenga años, sino eones. La explicación era más que simple, razonó.

Porque si el tiempo tomara conciencia de sí mismo, si recordase cada uno de los períodos de eternidad en los que ha estado desde el principio de los principios, desaparecería. Como quien camina al borde de un precipicio, si mira hacia abajo o piensa demasiado en la distancia que hay hasta el fondo, se cae.

Oliver estaba consciente de que especular con la idea de que él sea “el tiempo”, rozaba muy de cerca aquel razonamiento filosófico cuyo nombre no recordaba, y que asegura que nada existe excepto la propia mente1.Y aunque este curioso pensamiento de que toda la realidad que circunda al sujeto pensante es creada por él mismo, podría explicar muchas cosas de su vida. A Oliver le parecía una alternativa imposible. Puesto que de ser así, él habría creado a Lucila y al mismo tiempo la hubiese hecho desaparecer, alejándola de sí mismo. Lo que consideraba en extremo inadmisible. Por más “genio maligno” que se disponga a confundir y engañar.

Por otro lado, también existía la posibilidad de que el tiempo en realidad no existiera. Que desde una perspectiva física, no sea más que una mera ilusión. Como afirmó alguna vez aquel famoso físico judío2, de pelo blanco enmarañado y rostro simpático. Cuyo apellido, su antojadiza y caprichosa memoria tampoco le permitía recordar. De ser así como aquel hombre señalaba, su reloj sin agujas estaría marcando la hora correcta. O sea los minutos imposibles de un tiempo ilusorio.

Reordenando sus pensamientos y volviendo a la realidad, se dio cuenta de que no lograba recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había estado con ella. ¿Eran meses? ¿Años? Aunque la verdadera pregunta era… ¿realmente había pasado el tiempo? O todo se detuvo aquel segundo en que los separaron.

Tampoco recordaba en qué instante de su vida comenzó a odiar tanto. Hubo veces en las que llegó a tener la sensación de que su corazón impulsaba odio líquido y oxigenado por sus arterias en lugar de sangre.

Oliver no sabía en qué momento de su vida había desarrollado en su interior esa antipatía total hacia el género humano. En especial con los Aleatorios. Cuando los veía podía adivinar en ellos el egoísmo, la necedad, y una insaciable necesidad de cópula constante. El sexo. Esa energía irracional y fascinante que fiscaliza las acciones de todos. Una de las más vigorosas motivaciones del ser humano. Más intensa y eficaz que el amor.

Un amor que hace mucho tiempo que la humanidad perdió la capacidad de sentir, reemplazándolo con la efímera satisfacción que emana del reluciente reflejo de una tarjeta de crédito para estrenar y con descuento en shoppings.

¿Cómo era posible que después cientos de generaciones de mujeres y hombres escribiendo poesía, suicidándose y enriqueciendo a los dueños de los bares, el amor haya sido vencido por el ego y el poder?

Lo que ahora se profesan, pensaba Oliver, tiene tan poca relación con el verdadero amor como una solitaria gota de agua con un tifón. Parece que el amor con el tiempo se hubiese convertido en una de las tantas acciones cuyo precio fluctúa en un mercado de valores, en el que la oferta y la demanda varían según la influencia que se tiene con el poder o la facilidad de obtenerlo. Y claro, si se piensa en poder se piensa en otra vez en sexo, concluyó para sí mismo Oliver. El sexo, la causa de que vaya en aumento la camada de porquerías desalmadas con los que tenía que lidiar las pocas veces que decidía salir a la calle. Los consideraba a todos ellos unos hipócritas. Sin embargo, tuvo que admitir que hasta para un fenómeno misántropo como él, en ocasiones le era imposible escapar de la hipocresía. Aunque también estaba convencido de que no hay hipocresía más artística y talentosa como la que ejerce un inadaptado engendro antisocial.

Una de las pocas cosas que recuerda de su pasado es que siempre tuvo la sensación de carecer de las habilidades sociales para relacionarse con otras personas. Estaba convencido de que los gestos y las formas con las que él se expresaba estaban mal ubicados, eran confusos y torpes, y que la gente terminaba dándose cuenta del esfuerzo que hacía para parecer normal. Entonces se esforzaba aún más para disimular la evidente actuación, con lo cual, al final terminaba pareciendo un sociópata armado y muy nervioso intentando pasar un control policial. Era como si, en algún momento de su niñez, un profesor borracho le hubiera explicado de mala gana los procedimientos y técnicas necesarios para entablar una charla adecuada. Algo así como un aleccionamiento apresurado sobre la realidad paralela que existe en relación con los verdaderos pensamientos y lo que se dice, o entre lo que se escucha y se quiere escuchar.

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Hacim:
411 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9789878720098
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