Kitabı oku: «Aleatorios», sayfa 4

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En una ocasión, y con el objeto de entenderse un poco a sí mismo y también a los demás, decidió empezar a estudiar las actitudes de las personas. Por lo que pasó un día entero en la peatonal más transitada de la ciudad. Sin comer ni cambiar de banco. Solo se levantaba para ir al baño de los bares cercanos, tomar agua y orinar. Luego regresaba al mismo banco y observaba con detenimiento los gestos y las expresiones en el rostro de la gente. En determinado momento del día (y probablemente por la falta de alimento) tuvo la impresión de que el mundo se había detenido a su alrededor. Era como si hubiese estado frente a una inmensa vidriera repleta de maniquíes de diferentes tamaños y sexos. Todos ellos inmovilizados en sus cotidianas posiciones urbanas; algunos con sus manos en las caderas, otros sentados o caminando, hablando por celular, comprando en quioscos, encendiendo cigarrillos. Vio labios manchados de rouge brillando bajo el sol, ojos lustrosos y opacos puestos sobre rostros detenidos que expresaban diferentes tipos de sentimientos; los aspavientos del amor, el semblante cerrado y opaco de la envidia, las contorsiones de la furia, el primitivo y frío perfil del miedo, el exclusivo y contagioso rostro de la alegría. Oliver observó con curiosidad todas esas emociones fosilizadas brillando bajo el sol del mediodía, y se imaginó a todos esos cuerpos estáticos y en silencio viajando a través del cosmos hacia la eternidad.

Más tarde, bien entrada la noche. Resolvió que había visto suficiente. Y mientras caminaba por las calles solitarias observando su propio reflejo en las vidrieras de los negocios, comenzó a reflexionar sobre los gestos que había visto. En ese instante se dio cuenta de que en ningún momento pudo ver el perdón, la clemencia, la caridad. O quizás sí los vio, pero no los supo reconocer, puesto que eran sentimientos que él no recordaba haber tenido nunca.

Aquella noche, mientras deambulaba sin rumbo por las calles vacías y oscuras, meditó sobre lo dúctil que pueden llegar a ser los músculos y la piel del rostro, y la destreza con la que un sentimiento puede ser disfrazado tras una simple mueca. La envidia y el resentimiento detrás de una sonrisa. La traición y la malevolencia detrás de un rostro serio y confiable.

Todo sentimiento vil parece tener un rostro adecuado con el cual camuflarse. Sin embargo los sentimientos puros como el sufrimiento o el amor no se pueden disimular. Se dio cuenta de eso al verse a sí mismo. Reconociendo su propio dolor enfrente de una vidriera.

Con el tiempo, aprendió que el secreto para parecer normal es no analizarse constantemente a sí mismo, o pensar demasiado. Eso toma tiempo, y las personas se dan cuenta de ello. La gente normal, en general, piensa poco lo que hace o dice, y lo compensa con la falta de atención que les presta a las cosas que dicen o hacen los demás. Eso los dota a todos de una estúpida espontaneidad. Que termina siendo, en definitiva, la forma más eficaz de relacionarse.

Algunos parecen estar demasiados ocupados fabricando prejuicios en sus mentes como para escuchar o procurar comprender a las personas que tienen enfrente. La necesidad psicológica de encasillar al otro es una característica primigenia del ser humano. Se podría decir que al prejuicio se lo puede justificar desde un punto de vista antropológico como un hecho psicológico objetivo6, o condenarlo desde el aspecto humano y moral como una cruel forma de resumir a las personas. En cualquier caso, para Oliver los prejuicios no eran más que una de las tantas características que llevarían al Homo sapiens al autoexterminio.

El ajedrez es la analogía prefecta del modo en que el Homos sapiens se relacionan con sus similares. Pensó Oliver. Puesto que lo primero que hacen al conocer a una persona es encasillarla, para luego infravalorarla o sobrevalorarla y así ubicarla en el lugar del tablero que más les convenga de acuerdo a la circunstancia. Por supuesto que, al hacerlo, no se dan cuenta de que ellos mismos a su vez están siendo entregados como ofrenda para que otro avance un casillero más. Para Oliver, este tipo de personas tienden a reaccionar ante otras de forma universal y automática, eligiendo su entorno basándose en lo que ellos mismos quieren representar, o aparentar ser. Por ejemplo, la típica historia. Un hombre común caminando por una calle común. De repente se cruza con otro hombre que tiene un color de piel que a él no le agrada, o quizás sea su religión o su nacionalidad, o todo junto. No importa. Podría ser cualquier motivo. Lo importante es que al instante en que lo ve, el caminante saca unas rápidas y prejuiciosas conclusiones y decide despreciarlo, discriminarlo, y si está a su alcance, hacerle la vida imposible. El caminante sigue avanzando mientras piensa en que si todos tuvieran el color de piel que él tiene, la misma fe y la misma nacionalidad, este mundo no sería tan apestoso. Orgulloso de sus pensamientos decide entrar a un café. Sentados junto a la ventana, un diputado y un ingeniero conversan de la vida. El caminante los observa, analiza y cataloga. En segundos decide que son buenas personas, por lo tanto les ofrece su amistad. Estos aceptan y juntos hablan de los cambios que deberían hacerse para que el planeta sea un lugar digno de personas como ellos. Al salir del café se cruza de frente con una mujer que despierta su espiritualidad y libido por partes iguales. Por lo que decide enamorarse intensamente. Se casan. Con el tiempo el caminante forma una familia con la bella mujer, y se rodea orgulloso de su respetado grupo de amigos, o sea el diputado y el ingeniero. Una linda tarde de sol, descubre que la bella mujer lo engaña acostándose con el ingeniero, y a su vez el ingeniero engaña a la bella mujer acostándose con el diputado. Una historia común que refleja cómo la oscura naturaleza de cada uno emerge sobre el cliché y los erróneos conceptos generales. Una historia que se repite en vida del Homo socialis, de generación en generación, y con cada rotación del planeta sobre su eje.

Quizás, por estas egoístas y arrogantes actitudes humanas “Ellos” no han intentado hasta el momento darse a conocer a toda la humanidad, pensaba Oliver. Relegando el secreto de su existencia solo a ciertos individuos.

En ocasiones, Oliver buscaba entre los hombres y mujeres que se cruzaba por la calle a alguien que haya sido elegido igual que él. Ansiaba intuir la chispa del conocimiento entre tantas conciencias dormidas. Pero el aire en la ciudad apesta a cloroformo, y las miradas de las personas no llegan más allá del universo televisado. Cientos de “Yoes” fascinados e identificados nivelándose a partir de sus vestimentas, autos, celulares. Ciegos como termitas, rozándose malhumorados y desafiantes por las veredas de una ciudad ruidosa y asfixiante, corrupta y apática. En la que todo el mundo parece odiarse. Como si fuesen animales rabiosos, siempre predispuestos al mordisco, a la pelea.

Sin embargo Oliver no culpaba a la mayoría de la gente (o no del todo por lo menos) al seguir siendo tan ignorantes, y cómo esa ignorancia es la causa de que prejuzguen y discriminen a quienes son como él. Oliver estaba más que consciente de que ser un emisario no es una labor fácil, y en ocasiones para nada agradable. Puesto que para muchos el don de poder comunicarse con “Ellos” significa el exilio de la sociedad. Un exilio tácito, claro, pero un exilio al fin. Los perjudica en sus trabajos, en su relación con sus familiares y amigos. Son ridiculizados y puestos en duda constantemente. La gente nunca les cree y piensan que solo pretenden llamar la atención, o directamente los tachan de locos. Pero esta antipatía de la gente hacia los elegidos es en cierto modo comprensible, teniendo en cuenta la mala prensa y la poca seriedad que se le otorgan al tema. Todo eso sumado a la gran cantidad de impostores que pululan por todos lados. Él mismo en una ocasión tuvo la oportunidad de escuchar y ver por televisión el desaforado parloteo de un hombre vestido con ropa militar y el rostro cubierto por un pasamontañas negro. Este personaje aseguraba tener el rango de general en jefe intergaláctico, y estar a cargo de las fuerzas armadas de algún sistema solar. A Oliver esto le pareció ridículo, y no le hizo falta escuchar durante mucho tiempo para darse cuenta de que era un estafador. Era más que obvio que aquel hombre mentía o divagaba. Puesto que “Ellos” no tienen ni otorgan rangos militares. Pero principalmente, porque que la idea de un universo castrense es demasiado… humana.

Oliver consideraba que todas esas representaciones vulgares no corresponden a un verdadero emisario. Los elegidos, los verdaderos. En general intentan disimular quiénes eran. Pero no por cobardía o vergüenza, sino más bien por la inmadurez y superficialidad por la que están cegados todos los demás. Es por eso por lo que la mayoría eligen estar solos, por más dura e insoportable que se les resulte esa soledad.

>Y con justa razón<, pensó.

Pero suponer el motivo por el cual las personas que eran como él hacían lo posible por pasar desapercibidas no respondía las preguntas que cada tanto lo abrumaban hasta sofocarlo, y aislarlo aún más del resto del mundo.

> ¿En qué momento la humanidad ha ignorando los murmullos de su esencia primaria, esos susurros moleculares que proceden de la parte más íntima y espiritual de nuestro ADN, y que nos vinculan con el universo, con Dios… dejándose llevar en su lugar por las supuestas alegrías materiales y temporales que solo los alejan de la inmensidad y la auténtica felicidad?... Ya no se reconoce la verdadera belleza, ni se siente el llamado fundamental de la naturaleza. <

> ¿Cómo podría la raza humana relacionarse amistosamente con otra forma de vida inteligente, si no pueden desprenderse de sus hambrientos egos?... Si cada vez que se encuentran con algo nuevo o hermoso terminan devorándolo o destazándolo del mismo modo que se devoran y destazan entre sí... Puede llegar a ser muy desalentador y triste vivir en el “mundo sensible”3 de los incrédulos y los necios. Observando cómo reverencian un “teatro de sombras” proyectándose en los muros de sus cavernosas existencias. Recompensando al que mejor las distingue, y ridiculizando o castigando a quienes se animan a cuestionarlas… uno no se hace muy popular ni querido abriendo cerrojos de mentes prisioneras e iluminando sombras. Pero un emisario no busca reconocimiento, ni rodearse de amigos. Un emisario solo ambiciona encontrar la mejor forma de entregar su mensaje, para luego devolverse feliz a su destino y a la inmensidad < pensó Oliver.

Sin embargo, y a pesar de la arrogancia, autocompasión y decadencia que observaba día a día. Oliver no perdía la fe. Aunque la mayoría de las veces, la terquedad, la ceguera y la insolencia del mundo lo enfurecían tanto que no le quedaba otra opción más que aferrarse obstinadamente a sus propias y precipitadas conclusiones. Y entre esas conclusiones estaba el convencimiento de que no hay nada más dañino para el planeta que la gente común. Es verdad que también están aquellos líderes políticos, que con sus mentalidades de mercaderes medievales se creen con el derecho de rematar la fauna y la flora de sus países cediendo permisos de desforestación y explotación, hasta convertir al planeta en un charco de aceite. O las corporaciones petroleras tan dañinas para el planeta como lo son de inútiles. Ni siquiera son capaces de transportar su toxina negra sin que cada tanto un barco derrame su porquería en el océano. Sin embargo, para Oliver los verdaderos asesinos del planeta son el ama de casa, el niño que se balancea en el sube y baja de una plaza, el empleado de oficina, el médico, el verdulero, la dulce anciana que pasea por el parque con su nieto, etc. Oliver estaba convencido de que todos ellos son los auténticos homicidas. Su necesidad constante de consumir y trasladarse son las más certeras puñaladas al planeta. Millares y millares de litros de detergente salen de sus casas y van a parar a ríos que luego desembocan en el océano, o se estancan en alguna parte contaminando y devastando todo a su alrededor. Se deshacen de su basura sin que siquiera les importe a dónde va a parar, o qué es lo que hacen con ella. Se quejan del calentamiento global y su efecto invernadero, pero todos los días y sin remordimientos giran la llave de sus motores, suben a colectivos, remises. Luego está aquel selecto grupo de la sociedad que, inmersos en su sangrienta y pestilente vanidad, creen que la piel de un zorro ocultará sus fermentados y perecederos físicos, su adicción al glamur les cuesta la vida a miles de animales todos los años.

La historia de la humanidad hasta el momento parece resumirse en aquella popular frase “el hombre es un lobo para el hombre”. A la que por supuesto se le podría agregar “… y un verdugo para su entorno”. Todos hemos contribuido en una u otra forma a empujar el puñal que está desangrando el planeta. Y de eso Oliver estaba categóricamente convencido. No había vuelta que darle, mientras más lo analizaba, más justificaba el propósito de “Ellos”.

En conclusión. La clave para parecer normal y encajar en esta extraña comunidad es no esforzarse en comprender ni en ser comprendido. Y si uno practica lo suficiente en disimular la insensibilidad y la indiferencia, pensaba Oliver, hasta podría llegar a fundar un partido político. El truco está en sonreír mucho, hablar sin reflexionar en lo que se dice y en saber disimular la apatía y la codicia.

Son muchas las técnicas y estrategias que pueden adoptar aquellos que quieran dejar de ser unos inadaptados monstruos como lo es él, y ser parte de la sociedad. Pensaba Oliver. Pero para lograrlo, primero uno debe ser una persona. Se podría decir que la esencia de una persona (descartando los conceptos genéticos y leguleyos) se define por sus ideas y pensamientos, pero más que nada por sus recuerdos. Lo que llevaba a Oliver a preguntarse una y otra vez si él era una persona. Teniendo en cuenta que su memoria se desvanece con espantosa velocidad, y el desarrollo de su historia comienza con la ausencia de un principio.

De algún modo, él se había convertido en la prueba viviente del “principio de incertidumbre”, puesto que cada vez que miraba hacia su pasado, este cambiaba de forma o de lugar. Aunque la verdad era que las mayorías de las veces desaparecía al ser observado. Había momentos en los que Oliver sentía como si hubiese formado parte de un experimento cuántico, que al final terminó por convertir su existencia en un inexplicable efecto sin causa, un accidente sin sustancia.

“Quien olvida su historia está condenado a repetirla”4. La frase cruzó por su mente tan rápido que casi no tuvo tiempo de reflexionarla.

Desde hacía un tiempo a esta parte, su mente había comenzado a bloquearse ladrillo por ladrillo hasta convertirse en un gris y amohecido muro que crecía de a poco y le impedía recordar su pasado. Sin embargo en aquel paredón, existían pequeñas grietas por donde se filtraba la luz de lo vivido con ella. Pequeños fragmentos de instantes en donde la felicidad era una forma de vida. En donde el rencor no controlaba su mente. En cambio ahora odiar se había convertido en un acto ritual que repetía con frecuencia. En el que debía recorrer curvas espirales de preparación y adiestramiento hasta llegar al centro de la maldad suprema.

Oliver sintió otra vez esa incomoda comezón en su cabeza. Solo que esta vez con más intensidad. Casi pudo escuchar cómo las liendres pasaban de su etapa larvaria a la adultez. El rastrillado de esas alimañas era insoportable. Había probado todos los métodos que tuvo a su alcance para eliminarlos. Pero nada parecía servir. Era como tener una actividad de piojos paranormales en su cabeza.

Lo más frustrante de todo era que comenzaba cuando se ponía nervioso. Primero una comezón en la nunca, que luego se expandía hasta su cráneo, y de allí se distribuía al resto de su cuerpo; los hombros, la palma de las manos, las piernas. En ese instante estuvo a punto de comenzar a rascarse rabiosamente como solía hacer. Cuando la revelación de una idea lo paralizó por completo. Se le puso la carne de gallina, y un frío recorrió toda su espalda.

> ¿Serán “Ellos” quienes crean en mí esta insoportable comezón para poder tener a partir de allí algún tipo de control sobre mi mente? O peor aún, ¿podrán escuchar y sentir todo lo que yo pienso y siento? <

>La respuesta es muy simple< se respondió a sí mismo.

>Seguro que sí… no hay ningún tipo de dudas. Mis pensamientos están siendo monitoreados, y hasta quizás dirigidos. ¿Es posible que nada de lo que hiciese o pensase, por más espontáneo que fuese, llegaran “Ellos” a pasarlo por alto?<

Se sintió un tanto estúpido al preguntarse algo tan obvio. “Ellos” podían hacer lo que quisiesen. Hasta eran capaces de estar presentes en cualquier lugar de cualquier tiempo y dimensión. Oliver nunca dejaba de asombrarse por las habilidades que “Ellos” tenían, y al mismo tiempo repudiaba la arrogancia de los “sapiens” y sus Gobiernos. Todas sus armas y artilugios no son más que juguetes infantiles en comparación con los extraordinarios recursos que “Ellos” poseen, y que los convierten en verdaderos seres superiores en más de un sentido.

Unos meses antes de que “Ellos” se diesen a conocer, Oliver había estado totalmente desorientado. Había acariciado y mimado la idea del suicidio como si fuese un huidizo ratoncito entre sus manos. Llegó a tener lapsos en que la tristeza era tan profunda que hasta lo inmovilizaba por completo. En ocasiones se pasaba días sin dormir. Si es que así podía llamarse a la agobiante sensación que tenía cada vez que cerraba los ojos. Sensación que solo era un preludio de la agonía que sentiría el resto del día. O la falta total de apetito, asqueándole todo tipo de comida. De cualquier alimento que consumía, su estómago devolvía más de la mitad.

En una ocasión había considerado en ahorcarse. Pero si no hacía un buen nudo o la cuerda no era lo suficientemente resistente, corría el riesgo de caer al suelo semiasfixiado retorciéndose como una cucaracha rociada con insecticida, y todo terminaría en un infructuoso y vergonzoso desastre. Calculó que corría el mismo riesgo al tirarse de un puente o edificio. Medicamentos lo suficientemente fuertes para una sobredosis no tenía, y comprar un arma era demasiado complicado. Hasta que en unos de sus viejos libros encontró la posible respuesta.

Otra de las tantas cosas de las que Oliver estaba categóricamente convencido era de que los libros son una excelente herramienta para cualquier tipo de cosa que uno se proponga hacer en la vida. Incluso en casos como este, puesto que si uno es lo suficientemente persistente en la búsqueda, se puede conseguir en ellos toda la información que se necesite y más. Por otro lado, si había algo que todavía permanecía en los pasadizos secretos y polvorientos de su delicada memoria eran la cantidad de conceptos e ideas que dejaron en su mente la infinidad de libros sobre esoterismo, abducciones, ocultismo, filosofía, hermetismo, alquimia etc., que se apasionó en leer. En una ocasión, leyendo un libro “alquímico-mágico” sobre el refinamiento de los venenos en la Edad Media, y combinando esa información con la de un libro de química escolar, aprendió cómo hacer algo tan letal como el cianuro de hidrógeno. Y si la mezcla era correcta comenzaría a sentir un particular olor a almendras. También averiguó que en el caso del cianuro de hidrógeno. Con solo 50-200 miligramos o 1-3 miligramos por kilo de peso, serían suficientes para matarlo. Y si no se equivocaba en la cantidad, todo saldría a pedir de boca y moriría antes de que comenzara a asfixiarse.

También averiguó sobre la manera más eficaz de cortarse las venas de las muñecas (consejos que agregó en sus nuevos volantes). Si bien odiaba a los Aleatorios desde lo más profundo de sus intestinos, no era éticamente correcto inducirlos al suicidio sin darles uno que otro consejo práctico para hacerlo de manera correcta y prolija. Alguna vez anotó en uno de sus panfletos… “los cortes deben ser verticales”… hacerlo horizontalmente era de neófitos. La incisión correcta tenía que ser vertical. La sangre sale con más fluidez.

Durante aquella época, Oliver había pasado noches enteras simulando cortarse las venas con el canto de un pedazo de madera sin filo. No quería cometer ningún error en aquel momento crucial. Por lo que varias veces había llevado el pequeño pedazo de madera con la mano izquierda (que es con la que más debería ejercitar teniendo en cuenta que era diestro) hasta su muñeca derecha. Entonces comenzaba lo que ya se había convertido en un ritual. Abrir y cerrar la mano, abrir y cerrar. Una y otra vez. Como si estuviese repitiendo las mismas letras utilizando un lenguaje de señas. Abrir y cerrar, abrir y cerrar. Hasta que aparecía. Azul, lineal y sanguínea bajo la piel blanca de su muñeca. Mítica, poética y extraña, como tatuaje de nacimiento. La marca compulsiva y latente de la existencia. Y así permanecía durante incontables minutos. Observando. Analizando sus muñecas enrojecidas a causa de la fricción con el borde de la madera. Preguntándose cosas como, por ejemplo, ¿qué es lo que hace que las venas sean de color azul si la sangre es roja?, mientras decidía si preparaba un té de hierbas o se las cortaba.

Todavía recordaba que hacía solo unos de meses atrás, ¿o eran años?, habitaba en él una indefinible predisposición a abandonar toda ilusión y rendirse. Una sensación tan angustiante y poderosa dentro de sí mismo, como un frío e implacable bloque de mármol que aplastaba su corazón y congelaba su espíritu. Alegoría del irremediable vacío que causa el quedarse sin esperanzas.

También recordaba sus vanos intentos alcohólicos por cumplir lo más rápido posible su etapa en este mundo, y pasar al siguiente sin estar consciente de lo que sucedía a su alrededor. La ginebra y el vodka barato sirvieron por un tiempo para adormecer la angustia. El dolor parecía no afectarlo si estaba lo adecuadamente intoxicado como para ignorarlo. Algo así como beber un trago de las oscuras aguas del leteo. Ciertamente un acto de hidalga cobardía. Aunque la mayoría de las veces, tristemente ineficaz.

En una oportunidad, recostado a la sombra de un árbol en una pequeña plaza, y mientras abrazaba una botella de vodka con la misma ternura que lo haría una madre con su hijo recién nacido. Una mujer joven de cabello rubio y elegantemente recogido se le acercó. Se identificó como delegada de alguna religión o sexta de moda transitoria, y le dijo con elocuentes gestos que la única forma de encontrar la paz interior era desasiéndose de todo lo que alterara su espíritu. Y al instante le entregó un panfleto con una imagen en blanco y negro de las pirámides de Egipto. Luego, tocándole el hombro amistosamente le preguntó su nombre. Acto seguido, le aconsejó acompañando sus palabras con una expresión que pretendía hacerla parecer persona mística y profunda:

“El auténtico Oliver no es el que está bebiendo, haciéndolo solo lo asfixias y lo destruyes… con el tiempo solo quedará el alcohol. Escucha tu corazón”.

¡Pero qué gran estupidez le estaba diciendo esa mujer!, pensó. Además, ¿qué le hacía pensar que el “auténtico Oliver” no era más bestial y destructivo que el que estaba bebiendo…?, ¿cómo podía estar ella tan segura de que el Oliver que él no recordaba, el abstemio y puritano, en realidad no era capaz de las peores crueldades?... En ese caso, lo más sensato sería que aquella mujer le compre otra botella para seguir adormeciendo a la bestia, y se aleje corriendo antes de que esta despierte. Por otro lado ya estaba cansado de que todo el mundo repitiera casi por inercia las mismas expresiones metafóricas del estilo “escucha tu corazón” como si fuese un mantra sanador y realmente sirviera para algo. Sabía que estaba siendo demasiado literal, pero la verdad era que su corazón solo hacía los mismos sonidos sistálticos de siempre “tun, tun, tun” y eso en realidad no le trasmitía absolutamente ningún mensaje.

Oliver estaba categóricamente convencido de que los organizadores de estos “cultos nuevos” deberían reescribir y actualizar las peroratas con las que envían a sus colaboradores a reclutar gente. Además no era la primera vez que el miembro de algunas de esas sectas que intentan complicar el cosmos con sus conceptos y rituales misteriosos se acercaban a él por la vía más obvia. O sea, sus debilidades. Esgrimiendo frases e imponiendo reglas absurdas, que luego sus propios líderes ignoraran del mismo modo arrogante y engreído con que las crean, y utilizando a su vez como estandarte las pirámides de Egipto, el dibujo de un ovni o el Triángulo de las Bermudas.

Si algo le enseñaron “Ellos” es que el universo, el cosmos, y todo lo que nos rodea, sea o no percibido por el ser humano, no oculta secretos y no exige rituales para ser establecer conexión. No existe una elite de individuos ultrasensibles con poderes especiales, todas las personas tienen las mismas facultades, solo necesitan desarrollarlas. Tampoco existen los “conocimientos herméticos”, solo la charlatanería. Todo lo que se debe saber para acceder a la verdad está dentro de cada uno. Absolutamente todo lo que está a nuestro alrededor, incluso “Ellos”, esperan que dejemos los miedos y la soberbia de lado para que nos vinculemos con la inmensidad. El auténtico puente hacia la verdad, pensaba Oliver, es el equilibrio, la disciplina y la humildad. El único y verdadero truco de la unión universal está en la introspección. Así de sencillo. Así de hermoso.

Con el tiempo dejó de beber, y lo hizo por una razón fundamental. Porque por más fuerte y atroz que fuese la angustia que le causaba pensar en Lucila no la quería olvidar. Además el dolor, y el inmensurable amor que sentía, eran tal vez, la única prueba que le quedaba de que ella alguna vez había existido en este mundo. Recordó también que durante aquella época había estado más debilitado que nunca. Pero no solo corporalmente. Era más bien una suerte de fatiga espiritual que lo llevaba a exigirse dormir, aunque hacerlo fuera igual de tormentoso que estar despierto. Quería dejarse llevar y que pase el tiempo. Pero dentro de él sabía que era una estupidez. De hecho esa estupidez tenía un nombre, según recordaba haber leído en algún libro, “narcolepsia depresiva”. Como el tipo de tendencias derrotistas que hace que un alpinista se detenga a la mitad del descenso de una montaña, inmovilizado más por la angustia y la desesperanza que por el frío o el cansancio, durmiendo y muriendo en el medio de la niebla, sin saber que está solo a metros de la salvación.

Pero esa época ya había pasado. Lo supo en el momento en que “Ellos” aparecieron con una solución. Ahora estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para recuperarla. Sabía que la angustia seguiría estando, tan fuerte y devastadora como siempre, y que el odio y la amnesia permanecerían acechantes en los rincones más oscuros de su ser. Sin embargo ahora tenía con qué enfrentarlos. Tenía una esperanza. Más que una esperanza, tenía la seguridad de que la recuperaría. Y esa convicción hacía que los alimentos recobren su sabor y la opacidad de los días se disipe. Pero claro, aún permanecían sin el brillo, los colores y el aroma que tenían cuando estaba con Lucila.

>Bueno… ya fue suficiente descanso y cuestionarse cosas< pensó. No quería que ellos escuchen sus reflexiones.

> ¿Cómo se llama a la habilidad de leer los pensamientos?< No lo recordaba. De todos modos, lo que importaba era que “Ellos” tenían facultades increíbles que podían practicar en cualquier momento. De hecho, era más que probable que en ese mismo instante “Ellos” lo estuviesen observando, al tiempo que intuyen sus sentimientos y leen su mente. Oliver estaba más que seguro que “Ellos” ya lo sabían todo sobre él, puesto que son como la KGB, la CIA o el MI6 del cosmos. Solo que sin las torturas y la burocracia. Probablemente, pensaba. “Ellos” al igual que la naturaleza se guíen por el “principio de parsimonia”. Eligiendo como colaboradores para cumplir sus encargos a los seres de almas simples y proporcionadas. Tal cual lo hace la naturaleza, que siempre escoge la forma más sencilla y práctica para sus diseños. ¿Y qué podría haber más sencillo y simple que su propia alma?, reflexionó Oliver. Puesto que tanto su mente como su espíritu estaban equitativamente divididos en solo dos partes. De hecho, se podría decir que los miembros de la pequeña pandilla que conforman su personalidad (el yo, el superyó y el ello), flotaban oscilantes en el medio de un arcoíris psicológico de solo dos colores. Blanco y negro; un amor inmensurable hacia Lucila que nunca se agota, y un odio intermitente y desaforado hacia todo lo demás e incluso hacia sí mismo, y que se desarrolla y crece a la par de la profundidad de sus lagunas mentales. En síntesis, él se consideraba una persona sin nada que ocultar. Un ser simple, redondo. Sin aristas. Sin enmarañados egos como la envidia, la avaricia, la gula etc. En él solo habitan el amor y el odio. ¿Qué más simple y redondo que eso? Oliver consideraba que la sencillez y claridad de su espíritu lo convertían en un hombre igual de transparente y puro como el agua en las cascadas que alimentan los ríos en los montes. Estaba convencido de que su esencia era tan rotunda y simple como los elementos que forman la naturaleza y se proyectan hacia el universo. Pero que al igual que el resto de los seres humanos, él pulula a ciegas y a los tropezones en un mundo cada vez más complejo y mezquino.

—¡Basta! —se dijo a sí mismo en voz alta.

Ya se había tomado demasiados descansos para pensar. Oliver sabía que especular demasiado solía llevarlo a la ansiedad, y la ansiedad solo era el inicio de un serpentino ciclo de emociones como la desesperación. La amarga desesperación que siempre termina en incertidumbre, y que lo desalentaba hasta el punto de sumirlo en una profunda tristeza. Un sentimiento de angustia tan infame y desmoralizador que lo paralizaba por completo, y que lo transformaba en un ser vulnerable y quebradizo. Y como no le gustaba sentirse inseguro y frágil, esa debilidad mutaba rápidamente hasta convertirse en bronca. Una furia tan intensa, oscura y subterránea que acababa acrecentando su amnesia, lo que devenía por lo general en un desmayo. Lo cual significaba el creciente y ensordecedor redoblo de campanas y la inminente aparición de súcubos sadomasoquistas.

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