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Apuntes sobre la autoridad

Silvia Di Segni

Apuntes sobre la autoridad

Tensiones entre el patriarcado y los colectivos desautorizados

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Introducción

Capítulo 1. Erasmo dijo

Capítulo 2. Auctoritas, auctoritatis

Capítulo 3. Sobre la autoridad de los diccionarios

Capítulo 4. Kojève y la autoridad

Capítulo 5. Padres y estados

Capítulo 6. Sometimiento y protección

Capítulo 7. La autoridad de lxs artistas

Capítulo 8. La banalización de la autoridad

Capítulo 9. Breve deriva por las escuelas de Rita y Merlí

Capítulo 10. Maestrxs ignorantes

Capítulo 11. Apología del error

Capítulo 12. Autoridad y carisma

Capítulo 13. Desautorizaciones y autorizaciones

Capítulo 14. De “sin trabajo” a “sin patrón”

Capítulo 15. Hora de autorizar (o no) a la autora

Epílogo

Bibliografía


Di Segni de Obiols, SilviaApuntes sobre la autoridad / Silvia Di Segni de Obiols. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.Libro digital, EPUB - (Conjunciones / 58)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-538-761-41. Educación en Valores. I. Título.CDD 371.14

Colección Conjunciones

Corrección de estilo: Liliana Szwarcer

Diagramación: Patricia Leguizamón

Diseño de tapa: Pablo Gastón Taborda

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Primera edición en formato digital: julio de 2020

Digitalización: Proyecto451

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ISBN edición digital (ePub): 978-987-538-761-4

Silvia Di Segni. Licenciada en Ciencias Biológicas (UBA); doctora en Medicina (UBA), psiquiatra. docente y jefa del Dpto. de Psicología y Filosofía en el Colegio Nacional de Buenos Aires; secretaria del Instituto de Investigaciones en Humanidades (CNBA). Docente de Salud Mental (F. de Medicina, UBA). Docente invitada en la UNLP, Universidad Favaloro, Universidad de Salta. Docente en cursos de capacitación para médicxs y docentes. Asesora del equipo de Coordinación Salud Sexual, Sida, ETS del GCBA. Docente en cursos de sexos, géneros, sexualidades, arte y algo más.

Es autora de Adolescencia, posmodernidad y escuela (con Guillermo Obiols), (Noveduc, 2006); Adultos en crisis/jóvenes a la deriva (Noveduc, 2006); Cartas a Madrid (con Guillermo Obiols) (Leviatán, 2004); Psicología. Uno y los otros (AZ editora, 2007); Sexualidades. Tensiones entre la psiquiatría y los colectivos militantes (FCE, 2013). Escribió numerosos artículos sobre temas de salud mental, adolescencia, rol adulto, sexos, géneros y sexualidades y la noción de autoridad.

Agradezco a la profesora Marta Royo, sin duda una autoridad en la enseñanza del latín, quien me asesoró y me brindó bibliografía indispensable sobre los orígenes de la noción de autoridad.

Y a todas esas personas que, por edad, sexo, género, sexualidad, etnia, origen social, salud mental y cualquier otro motivo de desautorización me permitieron aprender e intercambiar.

Introducción

Al buscar en Google la palabra “autoridad”, aparecen más de 24 millones de citas y lo primero que dice Wikipedia es “nombre femenino”. Resulta interesante que produzca tanto interés el tema y que se haya tomado un sustantivo femenino para denominar el concepto, dadas las dificultades que hemos tenido las mujeres para conseguir que se nos reconozca autoridad y para autorizarnos.

Y ¿qué dice la enciclopedia online acerca de esta noción? La liga al derecho que se tiene para ejercer poder sobre otrxs, con lo que pone en escena una de las tensiones más fuertes en relación al tema: la que se genera entre autoridad y poder.

Se pueden registrar dos discursos en torno a la autoridad en las familias, las escuelas, los medios masivos; discursos que apuntan a los vínculos interpersonales y, en particular, intergeneracionales. Uno de ellos lamenta la pérdida de la Autoridad (escrita así, con mayúscula), fenómeno que se manifestaría en el poco respeto de jóvenes y niñxs hacia lxs mayores y que se explicaría a través de una hipotética decadencia atribuida a nuestra época. Este discurso considera a la Autoridad como uno de los pilares de toda sociedad humana, por lo que su crisis o pérdida anunciaría el Apocalipsis. La considera, también, un fenómeno natural, por lo que le cuesta comprender que no se manifieste “naturalmente”. En “Autoridad”, la mayúscula alude a que ese tipo de autoridad tradicional fue construida de manera jerárquica, con pocas personas en su cima; personas no solo mayores sino, fundamentalmente, varones. Se construyó dentro del discurso político, para sostener una representación idealizada de aquellos varones blancos, de origen o cultura europea, cristianos, libres, heterosexuales, que respondieran al estereotipo de género masculino predominantemente guerrero, de sectores medios y altos. Y quienes lamentan su pérdida, indirectamente, lamentan las fisuras que ha sufrido el patriarcado, que se manifiestan en la caída de esa Autoridad que fue sostenida por redes varoniles y, también, por las mujeres que los acompañaban. El discurso apocalíptico intenta refundar el patriarcado en una época en que ciertos colectivos que antes no tenían poder ni autoridad la han adquirido en cierta medida y se oponen a esa restauración, simplemente a través de la defensa de sus derechos.

Y aquí aparece en escena un factor esencial: el poder. Esto introduce el segundo discurso, aquel que no habla de la autoridad, la silencia. ¿Por qué? ¿Porque, tal como lo desplegara Foucault, tras todo vínculo humano hay poder y aquello que concebimos como autoridad no tendría ningún valor, sería solamente una suerte de barniz que intenta embellecer el poder, una formulación hipócrita para encubrirlo? En este discurso todo se explica y entiende en términos de poder. Punto. Lo que sucede con los aportes, fundamentales, de Foucault recuerda lo que ocurrió con el psicoanálisis en relación a la sexualidad. Que Freud analizara la importancia de la sexualidad humana, tan visible y tan invisible, fue imprescindible. Dado que no había sido tratada anteriormente, pasó a tener un lugar exclusivo en la escena psicoanalítica y todo vínculo humano fue comprendido en términos de atracción sexual, mientras el amor quedaba fuera, en segundo término, o como una suerte de barniz que disimulara el deseo profundo, sexual. Así, llamativamente, el amor y otros afectos tardaron décadas en ser considerados por el psicoanálisis posterior a Freud. Que Foucault haya puesto eje en el poder, ¿anula la noción de autoridad o se hace necesario repensar qué lugar ocupa? Y, además, si damos por existente una noción actual de autoridad, ¿esta será igual o diferente de la tradicional?

Si consideramos lo que ocurre en los vínculos interpersonales, más acá del poder político, vemos que el poder en pequeña escala asienta sobre la fuerza física, la fuerza psicológica, las armas y el dinero, mientras que la autoridad lo haría sobre la experiencia, los saberes, la ética. Es aquí donde aparece lo grotesco del poder, tal como lo entendía Foucault, en tanto la autoridad tendría un origen más noble, basado en valores. Por otra parte, ambos requieren el reconocimiento de las partes involucradas, pero, como veremos, este tiene más peso para la autoridad, dado que quien autoriza tiene un papel definitorio, algo que ha sido invisibilizado mostrando solamente a la persona autorizada en primer plano. El de la autoridad es claramente un fenómeno que se produce en un “entre”, en el que ambas partes son indispensables (quizás lo sea más la parte autorizante) y que puede disolverse cuando esta última no ocupe más su lugar. Aquello que hace que alguien tenga poder puede (en algunos casos como el del dinero o la posesión de un arma) transmitirse a otrxs, heredarse. La autoridad, no. Se puede llevar un “buen nombre” familiar, pero hay que sostenerlo.

Creo que estos aspectos merecen el desarrollo que sigue, en el que queda mucho por analizar sobre la relación poder/autoridad. Pero quisiera dejar sentado aquí que la tan anunciada “crisis de la Autoridad” es un tema viejo, aunque siga apareciendo periódicamente en algunos medios masivos como si fuera un descubrimiento novedoso. Es tan viejo que, tal como lo señala la filósofa Myriam Revault d’Allonnes, aparece en la Modernidad cuando esta cuestiona la Autoridad de las religiones, separando a la Filosofía de la Teología y abriendo camino al pensamiento científico. Dios padre había perdido Autoridad para los modernos y, a partir de ese momento, muy lentamente, irían perdiendo autoridad los padres que se habían creído dioses en sus hogares o en sus cargos. Tocqueville había observado el proceso sosteniendo que: “La cadena de autorizaciones tradicionales está rota, pero la autoridad no ha desaparecido: ha cambiado de lugar (Revault d’Allonnes, 2006, p. 16).

La cuestión sería, entonces, por dónde circula hoy la autoridad. Si la pensamos como un fenómeno en el que hay alguien que autoriza y alguien que es autorizado, lo que parece haber ocurrido es que, tradicionalmente, se puso el acento en la persona autorizada ocultando a lxs autorizadorxs. Las personas autorizantes, aquellas que pudieron visibilizarse a partir de las fisuras del patriarcado (mujeres, jóvenes, etnias y religiones diversas, los colectivos LGBTIQ+ (1) y los sectores populares) lograron un lugar sobre el escenario social dejando en claro que no solo serían autorizantes sino que requerían ser autorizadas.

Por ese motivo, me resultó muy interesante la obra El retrato de Sakip Sabanci, del artista turco Kutluğ Ataman, en la Bienal de Venecia de 2015. Se trata de una suerte de nube compuesta por 10.000 paneles de LCD que iluminan retratos de personas que conocieron al “retratado”, cuya imagen no aparece. El autorizado está presente sin estarlo; quienes lo autorizan lo construyen, al mismo tiempo que son ellxs quienes aparecen en escena. Este sería un cambio epocal.

La época en la que vivimos no ha dejado totalmente de lado la Autoridad; esta sigue presente en determinados sectores e irrumpe en la escena mediática de tanto en tanto, pero debe convivir con otras manifestaciones de autoridad, lo quiera o no. De hecho, hay personas que se educaron en las formas tradicionales y no las recrean, sino que intentan actualizarlas, con mayor o menor éxito.

Hace varios años comencé a pensar y a leer sobre este tema y, por entonces, mi formación académica me hizo priorizar la palabra de quienes escriben. Quizás lo que he logrado incorporar en los últimos años sea una mayor amplitud, tanto con respecto a quienes integran la bibliografía como en dar lugar a voces con las que intercambio o a ciertas escenas que observo. De todos modos, seguramente este será solo un camino entre muchos otros posibles.

Una cuestión fundamental para abordar este texto será pensar si se me otorga autoridad para desarrollar el tema. He decidido analizar este aspecto –por lo menos desde mi punto de vista– sobre el final, cuando la lectura de una buena parte de la obra aporte a pensarlo.

Así las cosas, habrá que comenzar la tarea de ir desplegando todo lo que el término y la noción de autoridad evocan desde hace siglos. Empecemos.

1. Lesbianas, Gay, Bisexuales, Travestis, Transgénero, Transexuales, Intersexuales, Queer+.

Capítulo 1

Erasmo dijo


Escena ICiudad de México. Paseando por el mercado de La Ciudadela, me encuentro con una pareja joven que atiende su local. En medio de ellxs corretea una niñita que parece tener unos tres años. Como sus excursiones la hacen alejarse demasiado, la madre la llama por su nombre.–¿Qué? –le responde la niña.–A su madre no se le contesta “qué” –interviene el padre–; se le contesta “mande”.

El padre exige respeto a la autoridad de la madre a través de una respuesta automática, como a una orden. Esta es la forma tradicional de concebir la autoridad, aquella que no se discute, que debe ser aceptada sin cuestionar. No me ha tocado ver una escena así en la Argentina ni a nadie que conteste “mande” al ser llamado, aunque haya personas que responden a esa concepción de la autoridad, lo que muestra que aún dentro de ella hay diversas formas de manifestarla. Hace años, no sé si todavía sucede, conocí familias en las que padres/madres e hijxs se trataban de “usted”, algo que, me decían, hacía muy difícil expresar afectos, pero sonaba muy respetuoso.

Esa educación parece suponer que se debe sustituir tempranamente la curiosidad que provoca el saber por qué se nos llama, por una respuesta que demuestre estar dispuestxs para lo que se necesite. ¿Y en qué se basa? ¿En que la madre (y el padre) son personas que han dado la vida y eso justifica que sus hijxs estén a su disposición para lo que sea? La escena deja también en claro que la noción de respeto a la autoridad comienza en la crianza tradicional precozmente, “con la leche templada y en cada canción”, como decía Serrat.

La respuesta que el padre de esa niña esperaba (y que era muy importante dejar sentada ante las personas que circulábamos por ahí) forma parte también de los que han sido llamados “buenos modales”: formas de actuar que no solo definen el modo de relación entre las personas sino, también, su estatus social. Quienes sostienen la imperiosa necesidad de conservar estas formas suelen pensar que no cambian ni deben cambiar a lo largo del tiempo; si fueron de un modo en el pasado, será bueno que sean así siempre. Pero ese “siempre” es mentiroso. Los modales, cuya crisis a menudo se adjudica a niñxs y sobre todo a jóvenes – aunque cotidianamente encontremos adultos que los trasgreden– tuvieron uno o diversos orígenes en diferentes tiempos y culturas. Me parece interesante y sugestivo seguir uno de esos cursos.

Educar el alma

El hombre, ya maduro, aparece cubierto con un magnífico abrigo de piel y tocado con un sobrio sombrero negro que le oculta buena parte de la frente. Corre el año 1523, ha sido retratado otras veces y esta es una de las ocasiones en que el autor de la obra es Hans Holbein, el Joven, su pintor favorito. El artista lo representa con una expresión particular, en la que resaltan los ojos entrecerrados, enfocando la lejanía. Erasmo de Rotterdam (1466-1536), el filósofo, está pensando. ¿Cómo se representa un gran pensador? Las cejas aparecen casi horizontales mostrando que descansan, que el hombre está relajado; la boca de labios finos esboza una sonrisa suave, plácida. El pelo sobresale de bajo el sombrero y cubre, con algunos rulos grises, las orejas; la barba y el bigote están perfectamente afeitados; algunas arrugas muestran que ya no es joven, algo conveniente en un pensador. Tanto la expresión de la cara como la de sus manos levemente apoyadas sobre un libro – nota de color, producto del rojo de la encuadernación– transmiten calma y equilibrio junto a cierta tensión de la postura, ya que parece estar de pie.

El retrato de Erasmo a sus 57 años debe dar cuenta de la autoridad de un filósofo reconocido y, también, hacer justicia a la autoridad del artista que, por entonces, había sido denostado. En el canto del libro que se ve bajo las manos del filósofo se puede leer: “Yo, Johannes Holbein, a quien es más fácil denigrar que emular”. Hay, así, una doble autorización en esta obra: la del pensador y la del artista, cada uno autorizando al otro. Se trata de autoridades diferentes, pero ambas se reafirman; el artista es autorizado por Erasmo, que ha elegido ser retratado por Holbein, el Joven, a pesar de lo que se haya dicho de él. Y Erasmo es autorizado porque la pintura es espléndida y logra presentarlo como un gran pensador.

Siete años después, en 1530, Erasmo publica De la urbanidad en las maneras de los niños, un breve texto que alcanza gran difusión y éxito, dedicado a la educación del joven Enrique, hijo del príncipe de Veere. En esta obra aconseja sobre la crianza y la educación del noble para que desarrolle una vida basada en buenos principios, fundamentalmente, en el respeto por la libertad. Sostiene que el fundamento de la educación infantil (de los infantes varones) es que se embeban de la divina piedad, que amen las enseñanzas liberales y las aprendan, que se instruyan para los deberes y oficios de la vida y que se acostumbren a la urbanidad de las maneras (las buenas costumbres). Dado que el concepto de “urbanidad” es viejo, me parece necesario hacer una deriva por su significado.

Deriva por la urbanidad

Apelemos aquí a la autoridad de los diccionarios. El Diccionario latino-italiano, (Campanini, Carboni, 1913) nos ilustra sobre su origen, el término urbs,-is: ciudad. Supone que las personas con estas cualidades viven en ciudades, no en los campos, bosques, montañas ni otros paisajes más alejados de la educación romana. Y ¿qué significaba en la Roma antigua urbanitas, urbanitatis? El mismo diccionario aclara: “gentileza, elegancia, argucia, civilidad”: cualidades ligadas a los ciudadanos, urbanos, educadxs, de las cuales se excluía a extranjeros y esclavxs. Quienes habitaban las ciudades adquirían modales considerados gentiles, elegantes, civilizados, pero... también manifestaban argucia.

Sigamos investigando. Respecto de “argucia”, el Diccionario de la Real Academia Española aclara: Del lat. argutia. Sutileza, sofisma, argumento falso presentado con agudeza (1). Es decir que la urbanidad también implica engañar con elegancia, hasta con gentileza, probablemente algo adjudicable a un ciudadano bien educado, capaz de ocultar malas intenciones bajo buenos modales. Veamos cómo define la RAE (Real Academia Española) la urbanidad: Del lat. urbanitas,-atis. Cortesanía, comedimiento, atención y buen modo. (2) Ya no remite a quienes habitan la ciudad, sino la corte; se acerca a lo que trata Erasmo y no incluye nada negativo, siempre que la cortesanía no se considere como tal. El “comedimiento” supone (siempre para la Real Academia) “moderación”, un grado de control imprescindible y, tanto el comedimiento como la urbanidad refieren también a ser serviciales, atentxs, a obrar siempre con placer, con buenos modos y buena disposición. Estamos ante una “buena educación” para servir al Señor, una educación en el sometimiento que oculta los verdaderos sentimientos y ofrece siempre una sonrisa.

¿Se supone que la nobleza, solo por serlo, tiene buenos modales? Sería absurdo suponerlo y Erasmo no lo hace, por eso se ocupa de educar al príncipe, que debe ser un modelo para sus cortesanxs. La urbanidad se basa en la asimetría del vínculo; es una coreografía de gestos que muestra el reconocimiento tanto del poder como de la autoridad por parte de lxs más débiles.

Siempre que se define un colectivo autorizado (en este caso, la corte) queda delimitado otro desautorizado (campesinos y villanos). Acerca de estos últimos dirá la RAE:

Del b. lat. villanus, y este der. del lat. villa “casa de campo”. 1. adj. Vecino o habitador del estado llano en una villa o aldea, a distinción del noble o hidalgo. U. t. c. s. 2. adj. Rústico o descortés. 3. adj. Ruin, indigno o indecoroso. 4. m. Tañido y baile españoles comunes en los siglos XVI y XVII. (3)

Quien habite la villa, el pueblo, será rústico o descortés, cuando no ruin. Si lxs romanxs consideraban poco confiables a lxs habitantes de la urbe, en la Edad Media y en el Renacimiento serán lxs habitantes de la villa quienes se conviertan en poco confiables ante lxs cortesanxs. En mi infancia, hace unas cuantas décadas, se escuchaba decir: “Juego de manos, juego de villanos”, donde villano era el modo despectivo de caracterizar a niñxs que comenzaban juegos con golpes suaves o abrazos fuertes que podían terminar en peleas (¿y quizás, también, en manifestaciones eróticas?) o eso creo haber entendido. En todo caso, “villano” era un insulto que dejaba en claro que una persona así caería en actitudes primitivas, aberrantes (algo que jamás ocurriría entre la nobleza o la corte). Adquirir buenos modos, siglos atrás, sería el pasaporte para entrar a servir en la corte, abandonar el duro trabajo campesino o artesanal, aquello que se hacía con las manos y pasar a servir bien vestidx, en lugares lujosos, ocultando las raíces villanas.

Como sucedía con la argucia, algo que aparece constantemente es la relación entre los “malos” modales y las características negativas de la personalidad. Cuando el grupo humano no es controlable, se lo representa como amenazante y se le adjudica un estigma –la falta de aquella educación de la aristocracia–, como manera de identificar su obvia malignidad. La educación villana y campesina, aquella que servía para el trabajo productivo, nunca fue autorizada. Erasmo iba más allá, pensaba que la educación era la expresión del alma y que resultaba de un esfuerzo educativo, no siempre bien logrado, en quienes, por su origen aristocrático, debían tener el “alma bien compuesta”.

Pero, aunque es cierto que aquel decoro exterior de cuerpo procede de un alma bien compuesta, por descuido de los preceptores vemos que sucede a veces que esta gracia hemos de echarla en ocasiones de menos en hombres de bien y muy letrados (Erasmo, 2006, p. 17)

Y esto justificaba su breve texto, el contribuir así a la educación no solo del noble de la dedicatoria, sino de otros: “Y por nobles han de tenerse todos aquellos que cultivan su alma con los estudios liberales” (íbid.).

Se trata de crear otra aristocracia: la estudiosa, la intelectual, que muestre socialmente la superioridad de su alma a través de los buenos modales. Y, como antiguos sabios dijeron que el alma estaba expuesta en los ojos (o que los ojos eran las ventanas o espejos del alma), Erasmo crea una notable tipología:

Sean los ojos plácidos, pudorosos, llenos de compostura: no torvos, lo que es señal de ferocidad; no maliciosos, que lo es de desvergüenza; no errantes y volvedizos, que es signo de demencia; no bizqueantes, que es propio de suspicaces y maquinadores de trampas; ni desmesuradamente abiertos, que lo es de estúpidos; ni apiñados a cada paso con párpados y mejillas, que lo es de inestables; ni estupefactos, que lo es de pasmados, cosa que se ha puesto por tacha en Sócrates; ni demasiado penetrantes, que es seña de iracundia; tampoco insinuadores y habladores, que es seña de impudicia; no, sino tales que revelen en sí un ánimo sosegado y respetuosamente amigable (íbid., p.19).

Cuando Erasmo afirma que la nobleza del alma se expresa con el “ánimo sosegado y respetuosamente amigable”, apela al autocontrol para mantenerlo y, en contrapartida, considera temible todo exceso. El futuro príncipe no debe ser un guerrero feroz ni un maquinador diplomático; debe ser un gobernante sabio. Y lo retratará describiéndolo con sus cejas distendidas, con la frente despejada y... la nariz limpia (dado que al mismo Sócrates se le acusó de no tenerla), de manera que también impartirá lección sobre el uso del pañuelo. Debo decir que, a la luz de las costumbres actuales, por momentos el texto resulta repulsivo; los comportamientos de la corte de la época no parecen agradables.

La nariz le preocupa especialmente a Erasmo: los coléricos se manifestarán respirando fuerte y los que ronquen serán considerados delirantes; haber estornudado obligará a realizar una serie de movimientos (girar el cuerpo al estornudar, persignarse luego, sacarse el gorro y agradecer a quien haya dicho “salud”).

Y, normatiza, respecto de la boca:

La boca ni se la tenga apretada, que es propio de quien teme inhalar el aliento del otro, ni abierta de par en par, que lo es de imbéciles, sino esté compuesta con los labios besándose entre sí ligeramente (íbid, p. 25).

Volvamos a su retrato, dado que es la imagen que podía haber ilustrado esta parte de su texto. Todo en él es expresivo de lo que allí se enseña: la media sonrisa de la boca, esa búsqueda constante de equilibrio y serenidad manifestada en los ojos entrecerrados y el descanso de las cejas. Erasmo es alguien que posee todas las características que debe tener una persona de buenos modales, autorizada no solo por su pensamiento, sino por su aspecto. Incluso sus ropas tienen colores que dan cuenta de esa autoridad. Y aquí se hace necesaria otra deriva.

Deriva por la autoridad de los colores

El filósofo (y quizás también el artista) eligieron la vestimenta a retratar. Predomina en ella el negro profundo y brillante del abrigo de piel mientras que el pasaje a la pálida piel del rostro y las manos lo hacen los bordes de piel dorada. ¿Tienen importancia los colores usados? La tienen, porque dan cuenta de la moda de una época y porque en diferentes momentos se autorizaron / desautorizaron algunos colores.

El judaísmo y el catolicismo dignificaron el negro para sus rabinos, curas y monjas; algunas órdenes católicas utilizarían el pardo y algo de gris. El protestantismo consideraría “dignos” esos mismos colores. Para los varones pensadores y de reconocida autoridad, como Erasmo, se imponía el negro. No había sido así en otras épocas: Roma conocía pocos colores y el gris y el negro eran vistos en ella como sinónimos de “sucio”. En nuestros días algunas autoridades (policía, aduana, bomberxs, jueces) han reemplazado el negro por el azul. El azul no se usaba en Roma, sí en Egipto y, cuando se lo encontró en los ojos de los “bárbaros” fue, para lxs romanxs, un claro motivo de desautorización: las mujeres de ojos azules serían consideradas de mala vida y en los varones sería objeto de ridículo. El cristianismo, en cambio, asoció el azul a la Virgen María porque representaba al cielo; más tarde pasaría a distinguir a los reyes. El rojo y el azul estuvieron en guerra hasta el siglo XVII cuando la Reforma impuso, en los países en los que tuvo fuerte incidencia, los colores oscuros como aquellos “dignos”.

Dos libros representados en el cuadro, uno bajo las manos de Erasmo y otro en un estante (a sus espaldas, un poco abandonado) están encuadernados en rojo, considerado, en la época, “el” color, de allí que “colorado” pasara a ser tomado por un sinónimo. El rojo está poco presente en la naturaleza y, por eso, resulta muy atractivo. En la Antigüedad representó al poder, asociado al fuego y a la sangre. La Reforma lo rechazó, considerándolo inmoral, por representar al Papa, mientras que en sectores populares hasta el siglo XIX siguió siendo el color preferido por las novias, dado que era muy caro; también era el color de las prostitutas, tal como se manifestaría en la luz roja de los burdeles.

Algo particular ocurrió con el blanco, que fue asociado a la falta (la página en blanco, el cheque en blanco, la voz blanca, la noche blanca) y también a la inocencia y la pureza. En un cuadro renacentista no había que dejar nada en blanco, no tenía que haber “nada”, es decir, algo que diera cuenta de que el cuadro era una creación y no la realidad misma. En la Guerra de los Cien Años, en los siglos XVI y XVII, la bandera blanca fue utilizada para pedir una tregua. En la Edad Media era ya el color de la ropa interior y considerado obsceno mostrarse en ella mientras, aunque no lo era mostrarse desnudx. Hoy se suele utilizar el blanco para representar el Big Bang, un estallido de luz. En Asia y parte de África el blanco es el color del luto. Como decía ese sabio poema arábigo andaluz:

Si es el blanco el color de los vestidos en al-Andalus, cosa justa es./ ¿No me ves a mí, que me he vestido con el blanco de las canas, porque estoy de luto por la juventud? (Abu-l-Hasan Al-Husri, “el Ciego”, en García Gómez,1959, p. 186).

Maravilla de la sabiduría árabe: un ciego creando un poema sobre un color…

En la época de Erasmo, una persona se autorizaría por los colores de su ropa y, también, por el tono de la piel. En Europa, el tostado era propio de sectores populares: daba cuenta de la piel de quien trabajaba al sol. La nobleza debía mostrarse pálida, blanca, al punto de transparentar las venas. Esto cambiaría con el tiempo, dado que, para la segunda mitad del siglo XIX, lxs obrerxs pasaron a ser pálidos porque trabajaban adentro de edificios, mientras la élite se tostaba al sol.

En el retrato de Erasmo aparece el verde en la cortina ubicada detrás del filósofo y en los lazos del libro. Hasta el siglo XVIII, la cultura europea consideró a este color transgresor y turbulento, dada su asociación con la naturaleza incontrolable, con un erotismo desbordante y, por el mismo motivo, con las mujeres y lxs jóvenes, representativxs de lo inestable, caótico y, por lo tanto, peligrosxs. Mujeres y jóvenes eran el exponente de la naturaleza indomable, temible; solo los varones adultos y ancianos eran capaces de tomar distancia de la misma a través de su capacidad de autocontrol. Si pensamos que el mismo psicoanálisis ha postulado un superyó (instancia capaz de autocontrol) deficitario en la mujer y completo en el varón, es fácil darse cuenta como ese meme sobrevivió casi intacto a través del tiempo. El verde fue utilizado, también, para representar al Diablo, por su asociación con los dioses de la fertilidad y por la sexualidad desbordante que se le atribuía. Más tarde, la representación del Diablo se coloreó de rojo debido al fuego del infierno y, cuando se esclavizó a los africanos, se diabolizó el negro para justificar esa acción. Negro pasó a ser sinónimo de todo lo malo; día negro, destino negro, gato negro que anuncia desdichas... Para el Islam, en cambio, la asociación del verde con la naturaleza conlleva un valor positivo y se considera a ese color el elegido de Mahoma. Hoy en día, en la publicidad, el verde da cuenta de higiénico, saludable, orgánico y ecológico.