Kitabı oku: «Enemigos apasionados - De soldado a papá - Como una princesa de cuento»
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 507 - agosto 2020
© 2012 Nina Harrington
Enemigos apasionados
Título original: My Greek Island Fling
© 2013 Soraya Lane
De soldado a papá
Título original: Mission: Soldier to Daddy
© 2013 Teresa Carpenter
Como una princesa de cuento
Título original: The Making of a Princess
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013, 2013 y 2014
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todoslos derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-608-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Enemigos apasionados
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
De soldado a papá
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Epílogo
Como una princesa de cuento
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Prólogo
–MAMÁ… estoy aquí –susurró Lexi Collazo Sloane cuando su madre entró en su habitación, aportando al instante una pincelada de púrpura, valor y energía a la serena tonalidad crema y oro del exclusivo hospital de Londres.
–Lamento el retraso, cariño –dijo su madre mientras sacudía las gotas de lluvia del abrigo y luego plantaba un beso en la mejilla de Lexi–. Pero el director decidió adelantar el ensayo de la escena del salón de baile –movió la cabeza y se rio–. Espadas de piratas y faldas de seda. Será un milagro si esos vestidos sobreviven intactos. ¡Por no mencionar los zapatos y las pelucas!
–Tú puedes hacerlo, mamá –dobló el pijama y lo guardó en la bolsa mediana de viaje–. Eres la mejor directora de vestuario de toda la industria teatral. No te preocupes. El ensayo de mañana será un éxito.
–Alexis Sloane, mientes muy mal. Pero gracias. Y ahora hablemos de cosas más importantes –apoyó con gentileza una mano en el hombro de su hija y la miró a los ojos–. ¿Cómo ha ido esta mañana? Y no te guardes nada. ¿Qué ha dicho el especialista? ¿Voy a ser abuela uno de estos días?
Con el corazón en un puño, Lexi se sentó en la cama. Se dijo que era hora de acabar de una vez con esa situación.
–Bueno, hay algunas noticias buenas y otras no tan buenas. Al parecer, la ciencia médica ha avanzado un poco en los últimos dieciocho años, pero no quiero que tus esperanzas se disparen –alargó el brazo e hizo que su madre se sentara a su lado–. Existe una pequeña posibilidad de que sea capaz de tener hijos, pero… –contuvo el aliento antes de proseguir– será un proceso largo y duro, sin garantías de que al final el tratamiento tenga éxito. Según el especialista, solo me estaré preparando para una decepción –esbozó una sonrisa valiente y apretó la mano de su madre–. Lo siento. Al parecer, vas a tener que esperar bastante antes de que pueda darte nietos.
Su madre suspiró antes de abrazarla.
–Vamos, que eso no te preocupe ni un solo minuto. Ya lo hemos hablado. Hay un montón de niños necesitados de un hogar donde reciban cariño y Adam está encantado con adoptar. Un día tendrás tu propia familia… estoy segura. ¿De acuerdo?
–Lo sé, pero tenías tantas esperanzas de que serían buenas noticias.
–Por lo que a mí respecta, lo son. De hecho, creo que esta noche deberíamos ir a un buen restaurante, ¿no te parece? Tu padre insistirá –añadió, moviendo las cejas–. Parece que el negocio de la fotografía paga bien en la actualidad.
–¿Sigue aquí, mamá? –se tragó el enorme nudo de ansiedad que había hecho que un día ya de por sí desagradable fuera más tenso–. He estado dormitando toda la tarde y me da miedo habérmelo perdido.
Pero su madre la miró con una inmensa sonrisa.
–Sí –respondió, aferrando las dos manos de Lexi–. Sí, está aquí. Lo dejé en el aparcamiento. Y no te imaginas lo diferente que parece. De verdad quiere compensar el tiempo perdido. Si no, ¿por qué iba a pagar este precioso hospital privado nada más enterarse de que necesitabas un tratamiento? Sabía lo asustada que debías de sentirte después de la última vez. Todo va a ir bien. Aguarda y lo verás.
–¿Y si ni siquiera me reconoce? –preguntó con ansiedad–. Después de todo, apenas tenía diez años la última vez que lo vi. De eso hace dieciocho años. Puede que ni siquiera sepa quién soy.
Su madre le acarició la mejilla.
–No seas boba. Claro que te reconocerá. Debe de tener álbumes llenos con todas las fotos que le envié de ti a lo largo de los años. Además, eres tan guapa que te detectará al instante –la abrazó con calor–. Tu padre ya me ha dicho lo orgulloso que se siente por todo lo que has conseguido en la vida. Y durante la cena podrás contarle todo sobre tu brillante carrera de escritora –entonces le palmeó el cabello, recogió su bolso y se dirigió al cuarto de baño–. Lo que significa que debo prepararme. Vuelvo enseguida.
Lexi sonrió y se encogió de hombros. Como si pudiera no estar alguna vez preciosa. A pesar de lo que le deparara la vida, siempre había sido irrefrenable. Y lo único que había querido había sido una gran familia a su alrededor en la que poder proyectar su desbordante amor.
Se secó una lágrima perdida. Le partía el corazón no poder darle nietos y hacerla feliz.
Mark Belmont apretó los botones del ascensor en su afán de que respondieran, luego maldijo y empezó a subir por las escaleras.
La parte lógica de su cerebro sabía que solo habían pasado segundos desde que le agradeciera a la amiga de su madre que hiciera guardia en esa habitación de hospital hasta que él llegara. El llanto constante no lo había ayudado a mantenerse sereno o controlado, pero ya estaba solo y era su turno de darle algún sentido a las últimas horas.
La llamada urgente del hospital. El vuelo horrible desde Mumbai, que se le había hecho eterno. Luego el trayecto en taxi desde el aeropuerto, que le había dado la impresión de toparse con todos los semáforos de Londres en rojo.
Aún le costaba asimilar la verdad. Su madre, su hermosa, brillante y segura madre había ido a ver a un cirujano plástico de Londres sin decírselo a la familia. Según la amiga actriz, había hecho una broma superficial acerca de no alertar a los medios sobre el hecho de que Crystal Leighton iba a someterse a una cirugía reparadora en el abdomen. Y tenía razón. La prensa habría estado encantada de airear cualquier secreto de la actriz británica famosa por la defensa que hacía de la integridad física. Pero… ¿a él? Era a su madre a quien acosaban los tabloides.
Subió los escalones de dos en dos a medida que su sensación de fracaso amenazaba con abrumarlo.
Habían pasado juntos las fiestas de Navidad y Año Nuevo y ella se había mostrado más entusiasmada y positiva que en años. Su autobiografía iba a publicarse pronto, sus obras benéficas empezaban a mostrar resultados y su inteligente hija le había dado un segundo nieto.
¿Por qué había hecho eso sin contárselo a nadie? ¿Por qué había ido sola a una operación que había salido espantosamente mal? Había estado al corriente de los riesgos, por no mencionar que en el pasado había descartado con una carcajada cualquier sugerencia de cirugía plástica. Y, a pesar de ello, había seguido adelante.
Aminoró el paso y respiró hondo, preparándose para regresar a esa habitación de hospital donde su hermosa y querida madre yacía en coma, conectada a monitores que a cada segundo emitían un «bip» que indicaba el daño causado.
Una embolia. Los especialistas hacían todo lo que podían. Aún no había un pronóstico claro.
Abrió la puerta. Al menos había tenido el sentido común de elegir un hospital discreto, famoso por proteger a sus pacientes de ojos curiosos. No habría paparazzi sacando fotos para que el mundo se regocijara con ellas.
* * *
Lexi había vuelto a centrarse en guardar sus cosas en la bolsa de viaje cuando una joven enfermera asomó la cabeza por la puerta.
–Más visitas, señorita Sloane –sonrió–. Su padre y su primo acaban de llegar para llevarla a casa. Vendrán enseguida –agitó la mano en señal de despedida.
–Gracias –respondió, tragándose una sensación de incertidumbre y nerviosismo. ¿Por qué su padre quería verla en ese momento, después de tantos años? Se levantó de la cama y fue lentamente hacia la puerta.
Pero se detuvo ceñuda. ¿Su primo? Por lo que sabía, no tenía ningún primo. ¿Sería otra de las sorpresas que le reservaba su padre? Le había prometido a su madre que le daría una oportunidad y eso era lo que iba a hacer, a pesar de lo doloroso que pudiera ser.
Respiró hondo, irguió la espalda y salió al pasillo para saludar al padre que las había abandonado justo cuando más lo habían necesitado.
El corazón le palpitaba con tanta fuerza que apenas podía pensar. De niña había adorado al maravilloso padre que había sido el centro de su mundo.
Miró alrededor, pero todo era silencio y quietud. Desde luego, necesitaría unos momentos para atravesar las comprobaciones de seguridad de la entrada, pensadas para proteger a los ricos y famosos, y luego subir en el ascensor hasta la primera planta.
Estaba a punto de girar cuando por el rabillo del ojo captó un movimiento a través de la puerta entornada de uno de los cuartos de un paciente, idéntico al que acababa de dejar ella pero situado al final del extenso pasillo.
Y entonces lo vio.
Inconfundible. Inolvidable. Su padre. Mario Collazo. Esbelto y atractivo, con las sienes canosas, pero todavía irresistible. Se hallaba en cuclillas justo en el interior de la habitación, debajo de la ventana, y sostenía una cámara digital pequeña pero potente.
Algo fallaba en todo eso. Sin pensar, avanzó con sigilo hacia la puerta para echar un mejor vistazo.
En un instante abarcó la escena. Una mujer estaba en la cama del hospital, con el largo cabello negro extendido sobre la sábana blanca que hacía juego con el color de su rostro. Tenía los ojos cerrados y estaba conectada a tubos y monitores que rodeaban la cama.
La horrible verdad de lo que observaba la golpeó con fuerza y la conmoción la obligó a apoyarse en la pared para mantenerse erguida.
Las enfermeras no habrían podido ver a su padre desde la recepción, donde un hombre joven al que nunca había visto les mostraba unos papeles, distrayéndolas de lo que sucedía en esa clínica exclusiva ante las propias narices de todos.
Cuando encontró la fortaleza para hablar, las palabras salieron con un temblor horrorizado.
–No, papá. Por favor, no.
Y él la oyó. Al instante giró en redondo desde su posición agazapada y la miró con incredulidad. Durante un fugaz momento, ella percibió un destello de conmoción, remordimiento y contrición en su cara antes de que esbozara una sonrisa.
Y a Lexi se le heló la sangre.
Mario Collazo se había labrado un nombre como fotógrafo de celebridades. No costaba descifrar qué hacía con una cámara dentro de la habitación de alguna celebridad a la que había seguido hasta allí.
Si eso era cierto… si eso era cierto entonces su padre no había ido a verla a ella. Le había mentido a su ingenua madre para lograr obtener acceso al hospital. Ninguno de los guardias de seguridad lo habría detenido si era pariente de un paciente.
Entonces comprendió la dura realidad de lo que acababa de ver. Él jamás había tenido la intención de visitarla. El único motivo de que se hallara allí era invadir la intimidad de esa pobre mujer enferma. Desconocía quién era o qué hacía en el hospital, pero eso carecía de importancia. Merecía que la dejaran en paz, independientemente de quién pudiera ser.
Sintió el inicio de unas lágrimas amargas. Tenía que largarse. Escapar. Recoger a su madre y salir de ese lugar tan rápidamente como se lo permitieran las piernas.
Pero esa opción se desvaneció en un instante.
Había aguardado demasiado.
Porque hacia ella avanzaba un hombre alto y moreno enfundado en un excelente traje gris marengo. No era un médico. Irradiaba poder y autoridad y a ella le pareció muy masculino con sus hombros anchos, las caderas estrechas y las largas piernas. Representaba unos treinta años. Tenía la cabeza gacha, sus pasos eran firmes y estridentes, en consonancia con su entrecejo sombrío. Y se dirigía a la habitación en la que se escondía su padre.
Ni siquiera notó su presencia y ella solo pudo observar horrorizada cómo abría la puerta del cuarto de la mujer.
Entonces, todo pareció suceder a la vez.
–¿Qué diablos hace aquí? –demandó con voz furiosa e incrédula mientras entraba, apartaba el sillón para las visitas y agarraba al hombre por el hombro de la chaqueta.
Lexi se pegó aún más contra la pared.
–¿Quién es usted y qué es lo que quiere? –la voz proyectaba una amenaza y fue lo bastante alta como para alertar al recepcionista, que alzó el auricular del teléfono–. ¿Y cómo ha introducido una cámara aquí? Yo me ocuparé de eso, parásito.
La cámara salió volando por la puerta y se estrelló contra la pared próxima a ella, con tanta fuerza que la lente quedó aplastada. Para horror de Lexi, vio al hombre joven de la recepción sacar una cámara digital del bolsillo y empezar a tomar fotos de lo que sucedía dentro de la habitación desde la seguridad del pasillo. De pronto la quietud del hospital se llenó de gritos, del ruido del mobiliario y el equipo médico al romperse, de jarrones estrellándose contra el suelo, enfermeras corriendo y otros pacientes que salían de sus habitaciones para ver qué significaba todo ese ruido.
La dominaron la conmoción y el miedo. Sencillamente, sus piernas se negaron a moverse.
Estaba paralizada. Inmóvil. Y le era imposible apartar los ojos de esa habitación.
La puerta se había cerrado a medias, pero pudo ver a su padre debatirse con el hombre del traje. Se empujaban contra la ventana de cristal y se le partió el corazón por la pobre mujer que permanecía tan quieta en la cama, ajena a la lucha que había estallado allí mismo.
La puerta se abrió y su padre trastabilló hacia el pasillo, con el brazo izquierdo levantado para protegerse. Lexi se cubrió la boca con ambas manos mientras el atractivo desconocido echaba hacia atrás el brazo derecho y le daba un puñetazo en la cara, tumbándolo en el suelo justo a sus pies.
El desconocido se acercó, levantó a su padre del suelo por las solapas de la chaqueta y comenzó a zarandearlo con tanto vigor que Lexi sintió náuseas. Gritó.
–¡Pare ya… por favor! ¡Es mi padre!
Lo tiró al suelo otra vez con un ruido sordo. Ella cayó de rodillas y apoyó la mano en el pecho agitado de su padre mientras él se incorporaba sobre un codo y se frotaba la mandíbula. Solo entonces alzó la vista a la cara del agresor. Y lo que vio en ella hizo que reculara horrorizada.
El atractivo rostro estaba retorcido en una máscara de ira y furia que apenas lo hacía reconocible.
–¿Su padre? De modo que funciona así. Ha empleado a su propia hija como cómplice. Perfecto.
Retrocedió moviendo la cabeza y tratando de alisarse la chaqueta mientras unos guardias de seguridad se arremolinaban en torno a él y las enfermeras corrían a la habitación de la paciente.
–Felicidades –añadió–, ha conseguido lo que vino a buscar.
La mirada penetrante de esos ojos tan azules como un mar tormentoso se clavó en ella como si tratara de atravesarle el cráneo.
–Espero que se sienta satisfecha –agregó con expresión de desagrado y desprecio antes de girar la cabeza, como si no pudiera tolerar más mirar a ninguna de esas personas.
–¡Yo no lo sabía! –explicó ella–. No sabía nada de esto. Por favor, créame.
Él estuvo a punto de girarse, pero solo se encogió de hombros y regresó al dormitorio, cerrando a su espalda y dejándola arrodillada en el suelo del hospital, dominada por las náuseas producidas por la conmoción, el miedo y la más abyecta humillación.
Capítulo 1
Cinco meses después
La voz de su madre se oía con tanta claridad en el teléfono que tenía pegado al oído, que costaba creer que se hallara a cientos de kilómetros de distancia en el sótano de un histórico teatro londinense mientras ella avanzaba por un camino comarcal de la campiña de Paxos, en Grecia.
–Ya sabes cómo funciona esto –respondió a la pregunta de su madre–. Así, de repente. La agencia me ha enviado a Grecia, ya que soy la especialista oficial cuando se trata de escribir biografías para otros. He de reconocer que desde que bajé del hidroavión procedente de Corfú no he visto a ningún habitante local, con la excepción de unas cabras. Y también que hace mucho calor.
–Una isla griega en junio… no sabes cuánto te envidio –su madre suspiró–. Es una pena que tengas que trabajar, pero lo compensaremos cuando vuelvas. Eso me recuerda que esta mañana hablé con un joven actor muy agradable al que le encantaría conocerte, y no me quedó más alternativa que invitarlo a mi fiesta de compromiso. Estoy segura de que te gustará.
–Oh, no, mamá. Te adoro y sé que tienes buenas intenciones, pero basta de actores. En especial después del desastre con Adam. De hecho, hazme el favor de dejar de buscarme novio. Estoy bien –insistió, tratando de contener la ansiedad de su voz y cambiando de tema–. Tienes cosas mucho más importantes que arreglar que preocuparte por un novio para mí. ¿Has encontrado ya local para la fiesta? Espero algo deslumbrante.
–No me hables de eso. Los parientes de Patrick parecen aumentar por momentos. Creía que cuatro hijas y tres nietos eran más que suficientes, pero quiere que asista toda la tribu. Es tan anticuado para esas cosas… ¿Sabes que ni siquiera acepta acostarse conmigo hasta que tenga en el dedo el anillo de su abuela?
–¡Mamá!
–Ya lo sé, pero ¿qué puede hacer una chica? Es tan atractivo… y estoy loca por él. Bueno, he de irme, tengo que buscar capillas góticas. No te preocupes, te lo contaré todo cuando vuelvas.
Frenó ante el primer camino de acceso que había visto hasta el momento.
–Ah… creo que ya he llegado a la casa de mi cliente. Al fin. Deséame suerte.
–Lo haría si la necesitaras, lo que no es así. Llámame en cuanto regreses a Londres. Quiero saberlo todo sobre el misterioso cliente con el que vas a trabajar. No te preocupes por mí. Tú intenta disfrutar. Ciao, preciosa.
Colgó, dejándola sola en la silenciosa campiña.
Alzó la vista hacia las letras talladas en una placa de piedra, luego comprobó bien la dirección que había apuntado unas cinco horas antes mientras esperaba que su equipaje apareciera en el aeropuerto de Corfú.
Sí, había llegado a la Villa Ares. ¿Ares no era el dios griego de la guerra? Curioso nombre para una casa.
Volvió a arrancar el coche de alquiler y condujo despacio por un camino de grava que terminaba en curva alrededor de una larga casa blanca de una planta antes de detenerse.
Guardó el teléfono y permaneció quieta unos minutos para asimilar la asombrosa belleza de la villa. Por la ventanilla abierta inhaló hondo el aire caliente y seco, fragante con el aroma de los naranjos en flor que había al final del sendero. Los únicos sonidos eran el de los pájaros en los olivares y el suave movimiento del agua de la piscina.
No había ni rastro de vida. Y, desde luego, tampoco de la misteriosa celebridad que se suponía que debería haber enviado a un empleado a recogerla a la terminal del hidroavión.
–Bienvenida a Paxos –se dijo con una risita y bajó del coche al calor y el crujido de la grava bajo sus pies.
Nada más pronunciar esas palabras, un fino tacón de sus sandalias italianas preferidas resbaló en un adoquín y se le torció el tobillo, lo que la hizo trastabillar contra el metal caliente del coche.
Lo que, a su vez, dejó un rastro de varias semanas de suciedad y de brillante polen verde por todo el costado de su chaqueta italiana de seda y lino.
Con los dientes apretados, inspeccionó el daño a su ropa y el arañazo de su sandalia y maldijo para sus adentros con el extenso vocabulario de una chica criada en el mundo del espectáculo. La piel roja oscura había quedado arrancada a lo largo del tacón.
¡Más valía que ese proyecto fuera urgente!
Aunque fuera fascinante.
En los cinco años que llevaba trabajando como escritora fantasma, era la primera vez que la enviaban a un encargo propio de máximo secreto… de hecho, era tan secreto que el editor que había firmado el contrato había insistido en que todos los detalles de la identidad del misterioso autor debían quedar ocultos hasta que la escritora fantasma llegara al hogar de la celebridad. La agencia de talentos era conocida por su extrema discreción, pero eso era llevarlo un poco lejos.
¡Ni siquiera conocía el nombre de su cliente! O algo sobre el libro en el que trabajaría.
Alzó la vista hacia la imponente villa de piedra con un hormigueo de expectación. Le encantaban los misterios casi tanto como conocer a gente nueva y viajar a lugares desconocidos alrededor del mundo.
Y su mente no había dejado de bullir desde que había contestado a la llamada en Hong Kong.
¿Quién era esa misteriosa celebridad y por qué el extremado secreto?
Pensó en varios artistas pop recién salidos de rehabilitación, aparte de que siempre estaba la estrella de cine que acababa de fundar su propia organización benéfica para luchar contra el tráfico infantil… cualquier editorial querría esa historia.
Solo tenía segura una cosa: iba a ser algo especial.
Se quitó casi todo el polen de la chaqueta, irguió la espalda y cruzó el sendero de grava.
Mientras se acomodaba las gafas de sol sobre el puente de la nariz, pensó que ese tenía que ser el segundo mejor trabajo del mundo. Le pagaban por conocer a gente interesante con vidas fascinantes en lugares hermosos del mundo. Y lo mejor de todo era que ninguna celebridad sabía que empleaba el tiempo que dedicaba a viajar y a esperar en fríos estudios a trabajar en las historias que de verdad quería escribir.
Sus libros infantiles.
Unos cuantos encargos más como ese y al fin podría tomarse tiempo libre para escribir sin traba alguna. Esa sola idea le producía un estremecimiento. Estaba dispuesta a aguantarlo todo con tal de hacer realidad ese sueño.
Magia.
Poniéndose al hombro la correa del bolso rojo, que hacía juego con sus sandalias estropeadas, avanzó con cuidado por las piedras.
Mark Belmont se colocó boca arriba en la tumbona bajo el sol y parpadeó varias veces antes de bostezar y estirar los brazos por encima de la cabeza. No había sido su intención quedarse dormido, pero el calor, mezclado con su último ataque de insomnio, le había pasado factura.
Se sentó y durante unos segundos se frotó los ojos tratando de mitigar sin éxito la molesta jaqueca. El sol resplandeciente y el silencioso y hermoso jardín parecían burlarse de la agitación que bullía en su cerebro.
Ir a Paxos había parecido tan buena idea… En el pasado, la villa familiar siempre había sido un refugio acogedor y sereno, alejado de los ojos curiosos de los medios de comunicación; un lugar donde podía relajarse y ser él mismo. Pero incluso ese emplazamiento tranquilo carecía de la magia suficiente para ofrecerle el sosiego que necesitaba para acabar su trabajo.
Después de cuatro días de repasar la biografía de su madre, sus emociones eran un tumulto de sobrecogimiento ante tanta belleza y talento mezclados con la tristeza y el remordimiento por todas las oportunidades que había perdido cuando estaba viva. Todas las cosas que habría podido decir o hacer y que podrían haber marcado una diferencia en lo que ella había sentido y en la decisión tomada. Quizá hasta convencerla de no haberse sometido a aquella intervención.
Pero ese era un camino muerto.
Y lo peor era que siempre había atesorado la soledad que ofrecía la villa, pero en ese momento parecía reverberar con los fantasmas de días más felices, haciendo que se sintiera solo. Aislado. Su hermana, Cassie, había tenido razón.
Cinco meses no bastaban para desterrar su dolor. Bajo ningún concepto.
Entonces apareció a su lado un estilizado gato negro que maulló pidiendo la comida mientras se frotaba contra la tumbona.
–De acuerdo, Emmy. Lamento la tardanza.
Cruzó el patio descalzo hacia la barbacoa de piedra, atento a las afiladas piedras. De un cubo metálico sacó una caja de galletas para gatos y llenó un comedero de plástico, evitando los dientes del felino mientras atacaba la comida. A los pocos segundos, los dos cachorros blancos que había tenido se acercaron con cautela al plato, con las orejas y la lengua rosadas en total contraste con su madre. Papá Oscar debía de estar en los olivares.
Les llenó el cuenco de agua y les deseó buen provecho.
Al regresar a la villa, suspiró mientras se pasaba una mano por el pelo.
Le había robado diez días a Inversiones Belmont para tratar de ordenar la maleta llena de páginas manuscritas, recortes de prensa, notas personales, diarios de citas y cartas que había recogido del escritorio de su difunta madre. Hasta el momento, solo había experimentado un rotundo fracaso.
Desde luego, no había sido idea suya acabar la autobiografía de su madre. Ni mucho menos. Sabía que únicamente atraería más publicidad a su puerta. Pero su padre se mostraba empecinado en ello. Estaba preparado para dar entrevistas de prensa y convertirse en propiedad pública si con ello ayudaba a desterrar los fantasmas y celebrar la vida de ella del modo que quería.
Por supuesto, eso había sido antes de la recaída.
Además, jamás había sido capaz de negarle nada a su padre. En el pasado ya había apartado a un lado sus sueños y aspiraciones personales por la familia y gustoso volvería a hacerlo sin pensárselo dos veces.
Pero… ¿por dónde empezar? ¿Cómo escribir una biografía de la mujer mundialmente conocida como Crystal Leighton, hermosa e internacional estrella de cine, pero que para él era la madre que lo había acompañado a comprar zapatos y había asistido a cada competición deportiva de la escuela?
La mujer que había estado dispuesta a abandonar su carrera cinematográfica para no someter a su familia a la invasión constante y repetida de intimidad que acarreaba el rango de celebridad.
Se detuvo bajo la sombra de la marquesina del ventanal que daba al comedor y contempló los jardines y la piscina.
Necesitaba hallar algún enfoque nuevo para sortear la masa de información que cualquier celebridad, esposa y madre acumulaba en una vida y darle algún sentido.
Y deprisa.
El editor había querido el manuscrito en su mesa a tiempo para un importante homenaje de Crystal Leighton en un festival de cine de Londres programado para la semana anterior a Semana Santa. La fecha de entrega se había alargado hasta abril y en ese momento podía considerarse afortunado si tenía algo para antes de finales de agosto.
Y cada vez que la fecha de entrega cambiaba, aparecía otra biografía no autorizada, por lo general llena de mentiras, especulaciones e insinuaciones personales sobre su vida privada y, por supuesto, la terrible forma en que había llegado a su fin.
Tenía que hacer algo, cualquier cosa, para proteger la reputación de su madre.
Y si alguien iba a crear una biografía, sería alguien a quien le importara mantener dicha reputación y recuerdo vivos y respetados.