Kitabı oku: «Robachicos»
Robachicos
Robachicos
Historia del secuestro infantilen México (1900-1960)
SUSANA SOSENSKI

Primera edición, 2021
Diseño de portada: León Muñoz Santini y Andrea García Flores.
Cartel de La infame (1953), Colección Filmoteca UNAM.
Figuras 10 (p. 134), 11 (p. 136), 14 (p. 152), 16 (p. 159), 29 (p. 207) y 32 (p. 211): SECRETARÍA DE CULTURA.-INAH.-SINAFO F.N.-MÉX | Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia
D. R. © 2021, Universidad Nacional Autónoma de México
Instituto de Investigaciones Históricas
Circuito Mtro. Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria,
Coyoacán, 04510, Ciudad de México, México
D. R. © 2021, Libros Grano de Sal, SA de CV
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ISBN 978-607-99099-8-7
Índice
Agradecimientos
Introducción
Historia del miedo y de la infancia
El robachicos
Breve recorrido legal
La exclusión del espacio público
Políticas hacia la infancia
Estructura del libro
1. Robachicos en acción
Los peligrosos espacios de la ciudad moderna
Tráfico de niños para trabajo forzado
La “plaga”
El miedo es de color negro
Conclusiones
2. Usos de la infancia
Explotación laboral
Venganzas ¿amorosas?
Deseos maternales
Extorsiones
Comercio y abuso sexual
Raptos
Conclusiones
3. Un niño de clase media: el caso Bohigas
Estado de alarma social
Xenofobia
El detective
La secuestradora
La Asociación contra Plagios Infantiles
Conclusiones
4. La “niña millonaria”: el caso Granat
La entelequia de los culpables
Tortura policial
Hombres de poder
Conclusiones
5. Robachicos en los medios de entretenimiento
Transmedialidad
Didáctica del miedo
La culpa es de la madre
El encierro de la infancia
Los villanos
El costal
La violencia
Heroicidad infantil
¡Ya tengo a mi hijo!
Conclusiones
Epílogo
Notas
Referencias
Agradecimientos
Comencé este libro en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en el marco del proyecto que dirigí dentro del Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica (PAPIIT). Lo continué en la ciudad de Vancouver, Canadá, durante una estancia sabática realizada entre 2019 y 2020 en el Departamento de Historia de la Universidad de Columbia Británica, donde Leslie Paris y Tamara Myers me recibieron generosamente y me facilitaron un cubículo con una hermosa vista al mar y a las montañas de Vancouver Island. Dicha estancia contó con el financiamiento del Programa de Apoyo para la Superación del Personal Académico (PASPA) 2019, de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA) de la UNAM, y el Apoyo para Estancias Sabáticas vinculadas a la consolidación de grupos de investigación y el fortalecimiento del Posgrado Nacional del Conacyt. Terminé de escribir estas líneas en un contexto histórico inaudito a escala global, en el cual niños y niñas fueron convertidos en amenazantes agentes virológicos que ponían en riesgo mortal a los adultos y, en consecuencia, encerrados. Para “defendernos” y protegerlos se hizo uso de la exitosa ecuación que analizo en este libro: vincularlos con el miedo y el peligro.
Quiero manifestar mi gratitud a estudiantes dedicadas e inteligentes que colaboraron en la búsqueda de información para esta investigación: Perla Andrea Franco, Diana Arenas, Darién Rosales y en especial Itzel Cruz y Diana Correa. La interlocución que tuve con colegas brillantes en distintos momentos de la investigación me permitió precisar muchas de las líneas argumentativas que sostengo aquí, ya por comentarios directos a avances de este texto, ya por compartir conmigo fuentes o apreciaciones puntuales sobre algunos temas o conceptos. Por ello, estoy muy agradecida con Gabriela Pulido, Gonzalo Soltero, Martha Santillán, Beatriz Alcubierre, Elisa Speckman, Soledad Loaeza, Javier Sanchiz, Daniela Gleizer, María Eugenia Chaoul, Isabella Cosse y Lila Caimari, así como con los colegas del Seminario de Historia de las Transgresiones, el equipo de trabajo de Historia de las Fotonovelas en México, dirigido por Andrés Ríos y Saydi Núñez, y las académicas de la Red de Estudios de Historia de las Infancias en América Latina. Tuztumatzin Soto, directora del Acervo Videográfico e Iconográfico de la Cineteca Nacional, me permitió el acceso a materiales fílmicos difíciles de conseguir. Agradezco el respaldo del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en especial el apoyo de Ana Carolina Ibarra y Miriam Izquierdo, así como el trabajo de Tomás Granados Salinas para que esta coedición fuera posible.
Cuando inicié esta investigación no era del todo consciente de los precipicios emocionales que tendría que atravesar. En un primer momento pensé que tendría la fuerza para permanecer incólume ante las tragedias que conocería. No salí ilesa, pero pude sortear angustiosos abismos y los miedos que me inundaron al leer las historias de vida de las que se nutre este texto, gracias a los puentes de cuidado y apoyo que se me fueron tendiendo en el camino. El mayor de ellos fue construido por Sebastián Plá. Debería disculparme por haberlo saturado de sórdidas historias de nota roja, por interrumpir sus noches con la pesadumbre y ansiedad que me invadían al tratar de entender y asimilar la historia de las diversas violencias hacia la infancia en México que iba recuperando en las fuentes, pero prefiero agradecer aquí el amor, la paciencia y el intercambio intelectual que me ha dado desde hace tantos años y que ha sido de importancia vital para escribir este libro. Nicolás y María me inundaron de alegría, ternura y amor, y este texto, muchas de cuyas historias escucharon a pesar de su corta edad, está escrito con un deseo enorme, lamentablemente casi utópico, de que puedan vivir su infancia con libertad en un país como México. Espero no haberles transferido los terrores que me asaltaron como madre y como historiadora a lo largo de esta investigación. Este libro debe mucho también a la contención, la solidaridad y la empatía que he encontrado a lo largo de la vida en mi hermana Paula. Jonás Aguirre forma parte de estas querencias que hacen más alegre la vida. Durante mi estancia en la lluviosa ciudad de Vancouver, mientras terminaba el libro, la amistad de Kimberly Berger también fue un apoyo cardinal para mí.
Cada uno de los días en que escribía pensaba en los interminables recorridos de padres, madres, padres, hermanas, hermanos, abuelos, abuelas, tíos, amigos y familiares que buscan hoy a sus pequeños y amados desaparecidos. Los casos de secuestro infantil en México no se detienen y son una de las heridas más sangrantes que tenemos como sociedad. Espero que este pequeño aporte desde la historia sirva para pensar en lo que hemos hecho y lo que podríamos hacer para erradicar la trata de personas, la explotación, la violencia y la comercialización de la infancia.
Introducción
En 2017, en el décimo parlamento de los niños que se celebró en la Cámara de Diputados, Axel Yair Valencia Albarrán, representante del estado de Morelos, expresó desde la tribuna: “hoy vengo a hablar de este derecho que me gusta mucho, el derecho a jugar”.
Hoy en nuestra vida —continuó— ya no podemos disfrutar ese derecho, porque ya no podemos, porque tenemos miedo de la inseguridad. Ya no podemos salir a jugar en nuestra privada con otros amigos o simplemente salir a caminar en nuestra ciudad, o ir a jugar a un parque, ya no podemos porque tenemos miedo. Tenemos algo que nosotros queremos expresar, hay mucha gente mala, gente mala que nos puede dañar, nos puede secuestrar, nos puede hacer muchas cosas, pero nosotros los niños debemos de hacer este derecho, porque los niños debemos de ser libres, que ya no haya más inseguridad. Y ya, gracias.1
¿Cuándo las niñas, los niños y los adolescentes mexicanos perdieron la libertad para circular seguros y solos por la calle? ¿Cuáles fueron las causas y los agentes que limitaron su autonomía en el espacio público? ¿Cómo lidiaron las autoridades, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto con el secuestro infantil? Este libro busca plantear respuestas posibles a esas interrogantes.
Porque fueron los adultos, que crearon políticas de protección para la infancia, pero los que también crearon al robachicos, quienes lo sostuvieron gracias a la tradición oral, las representaciones fílmicas y literarias, las canciones y las obras de teatro, quienes llenaron las páginas de los periódicos con sus historias y le permitieron actuar, reproducirse y perpetuarse. Si, como escribió Ignacio Padilla, “cada nación detenta y ejerce el derecho inalienable de espantar a sus hijos como mejor le plazca”,2 en México las historias de robachicos se corporeizaron en seres humanos que cosificaron la vida de niños y niñas, despojándolos del derecho a la libertad, el más elemental de los derechos humanos.
La violencia que implica la privación de la libertad de un niño o una niña es concéntrica: se extiende del sujeto mismo al núcleo familiar, vecinal, social y nacional. El sufrimiento al que se somete a los cuerpos infantiles, su mercantilización y su cosificación (se les considera productos que pueden ser vendidos) evidencia no sólo la vulnerabilidad de la infancia sino las fallas sistémicas en la procuración de su seguridad y bienestar.3
Mis trabajos se han enfocado en la participación, la agencia y las voces infantiles en la historia. Si bien este libro es una continuación de reflexiones anteriores y recupera análisis y replanteamientos que he hecho previamente, estas páginas se dedican ahora a la historia de niños y niñas que fueron privados de su libertad y, en algún modo, silenciados (pienso en los centenares de familias que se quedaron sin volver a escuchar las risas de sus pequeños hijos). He podido rescatar sólo fragmentos dispersos de sus voces, a veces las de quienes lograron escapar o ser rescatados de sus secuestradores, de quienes presentaron su testimonio en los juicios llevados a cabo por el Poder Judicial, o en los reportajes de la prensa, pero éstas aparecen como lejanos murmullos o enmudecidas por las autoridades.
En contraste, en esos mismos archivos resuenan las voces de las madres y los padres que perdieron a sus hijos. Al escribir estas líneas pienso constantemente en ellos, en las “lloronas” que recorren las calles suplicando por sus vástagos, en una ciudad que en la primera mitad del siglo XX parece todavía abarcable. No era raro que caminando todavía se pudiera llegar a encontrar a los niños perdidos. Raúl, de nueve años, fue encontrado en 1945. Una amiga de la madre lo vio vendiendo resistencias en la plaza de La Merced, sin zapatos, con la cara amoratada y un pie vendado; avisó a la madre y a la policía, y así recuperaron al niño.4 Años después, en 1954, una mujer dijo que su hijo jugaba frente a su casa cuando una desconocida se lo llevó. Luego de denunciar los hechos caminó por diversos rumbos de la ciudad hasta que logró encontrarlo.5 A lo largo del siglo XX, la prensa habla de muchos casos similares de madres y padres que recorren las calles llamando a gritos a sus hijos desaparecidos.
La historiografía de la criminalidad ha valorado generalmente “al asesino a expensas de la víctima” y ha convertido al criminal en “el punto focal, si no el protagonista”, de la historia, en gran parte porque los expedientes judiciales y los reportes periodísticos se centran en esos sujetos.6 Los caminos tomados por la historia del delito en América Latina han permitido un conocimiento cada vez más detallado y amplio de la ley y su aplicación, de los criminales, los jueces y las representaciones del crimen. Al concentrarse en los delincuentes, el archivo judicial, marcado por la criminología positivista, terminó por determinar los enfoques de la escritura historiográfica. En un giro crítico de esa tendencia, las víctimas —las personas en quienes recayó la acción criminal, los “grandes olvidados del sistema penal”—7 han cobrado cada vez más atención. En esta investigación transité de algún modo por esos caminos: mi interés inicial fue delinear el perfil social de los robachicos, estudiar su lógica y sus coartadas, pero terminé aceptando que “definir al monstruo es tan quijotesco como querer hacer un censo de los nombres que damos al diablo: tarde o temprano las taxonomías se nos escurrirán entre las manos o nos echarán en cara la ironía de querer vaciar el mar en un agujero en la arena”.8
Decidí que los criminales no serían el centro de este libro, ni los discursos por medio de los cuales justificaron sus actos; tampoco lo sería la historia de la normatividad jurídica y su puesta en práctica. Bajo el supuesto de que la dimensión del riesgo al que está expuesto un individuo habla de su estatus de vulnerabilidad y demarca su posición social,9 en este libro decidí colocar en el centro del estudio a las niñas y los niños, pensándolos como “posiciones determinadas”10 en la sociedad mexicana. Situar a estas víctimas de secuestro en el nodo de la reflexión obliga a establecer múltiples y heterogéneos cruces: entre la historia cultural y la social, la historia del delito y del miedo, la aplicación de la justicia y el papel de los medios de comunicación, la infancia y la ciudad. El secuestro infantil es un tema multidimensional en el que la intersección de categorías como la edad, el género y la clase social son determinantes. Así, ciertos tipos de violencia ocurren en estructuras sociales específicas,11 y mucho dicen sobre las relaciones, los imaginarios, las prácticas y las experiencias en torno a la infancia.
Hay siempre una poderosa tentación de ver a los seres humanos convertidos en números, gráficas, tablas o diagramas, pero en este libro no aparecerán en esa forma, porque las historias de vida de los expedientes son en gran parte desconocidas e irrecuperables, pues no sabemos cómo terminaron y si hijos y padres se reencontraron algún día. No conocemos, por ejemplo, qué sucedió con Ana María, de 13 años, que salió de su casa en una fría mañana de noviembre de 1941 y nunca llegó a donde trabajaba como empleada doméstica.12 Tampoco conoceremos el final de la historia del hijito de Juana Elizalde, de apenas dos años, que fue secuestrado por una cabaretera.13 Los expedientes que quedan hoy en los archivos judiciales son sólo los de aquellos robachicos que fueron “captados por el sistema penal”, los que fueron encontrados, detenidos, capturados in fraganti, acusados injustamente o cuyo proceso penal se interrumpió por una gran variedad de causas. Aunque la prensa informaba cotidianamente de desapariciones y extravíos de niños y niñas, en la mayor parte de esos casos tampoco es posible saber si fueron localizados, si las desapariciones fueron forzadas, si fueron extravíos en la gran ciudad o decisiones para huir del maltrato o en búsqueda de aventuras. Hay más datos que ignoramos: cuántas desapariciones se denunciaron, cuántos expedientes se guardaron, cuántos desaparecidos se encontraron. Todo esto imposibilita elaborar una historia cuantitativa y motiva a generar otras vías de interpretación.
HISTORIA DEL MIEDO Y DE LA INFANCIA
En el campo de estudios de historia de las emociones, el miedo es probablemente la que más ha llamado la atención. Se le ha entendido como una construcción histórica, social y cultural en cuanto que su expresión, reproducción y formas de difusión dependen de contextos determinados.14 El miedo como formador de comunidades emocionales no obvia que al mismo tiempo sea una experiencia individual, corporeizada, que encoge el cuerpo y produce constricción física en quien lo sufre. El miedo, como muestro en este libro, puede limitar las acciones de los individuos, acorralarlos y oprimirlos; al mismo tiempo, puede provocar reacciones de autoprotección, precaución y cuidado, pero también puede ser contagioso, divulgarse, diseminarse y ser utilizado con distintas intenciones.
La historia de las emociones se ha concentrado en los adultos, como lo ha hecho en general la historiografía, pero varios trabajos han comenzado a explorar este fecundo camino para entender la historia de las infancias.15 Stephanie Olsen ha planteado cómo la intersección entre estas dos líneas puede aportar mayor rango y profundidad de análisis, y multiplicar la riqueza interpretativa sobre el pasado.16 Si el miedo, como fenómeno social y como todas las experiencias emocionales, tiene que ver con los encuentros, porque media y define los límites entre el individuo y lo social, entre un individuo y otro, entre una comunidad y otra,17 es lógico que la infancia, como relación social,18 sea un lugar donde las emociones también den cuenta de los vínculos de niños y niñas con el colectivo social.19
En ese sentido, éste es un libro que entrecruza la historia de la infancia con la historia del miedo y, como explicaré más adelante, con los medios de comunicación. Intento mostrar cómo el proceso de urbanización, el aumento poblacional en la ciudad, la apertura de nuevas vialidades y la presencia de cada vez más desconocidos en los rumbos de los citadinos generaron discusiones, producciones culturales y a su vez imaginarios y temores sobre los nuevos peligros que enfrentaban niños y niñas.
Los niños aprenden a sentir con lo que sus padres transmiten en casa; con lo que escuchan platicar a los vecinos, a los vendedores en el mercado y a las empleadas domésticas; con lo que reciben de la cultura popular y en la escuela, y con las restricciones que les ocasionan las emociones de los adultos, que los educan para tener miedo a la calle, al espacio público y a los desconocidos.20 La literatura, las narraciones orales, los cómics, la radio, el cine, la televisión, las fotonovelas y los periódicos forman parte importante de la educación sentimental.21 Por eso, en este libro estudio cómo y en qué medida los medios de comunicación masiva y de entretenimiento fueron maquinarias de producción y reproducción del miedo colectivo en torno a la infancia, cómo incidieron tangencial o directamente en las políticas de Estado vinculadas con los menores de edad, y cómo expusieron la ineficacia, el desinterés y la corrupción de jueces, policías y funcionarios gubernamentales.
En México, como en Estados Unidos o en Argentina, fueron los relatos que hizo la prensa sobre los secuestros los que convirtieron ese fenómeno en una preocupación pública.22 Fueron los medios los que contribuyeron a la definición y la constitución de los problemas sociales, y a la difusión de pánicos entre la población.23 En este libro muestro cómo periódicos y revistas en especial suscitaron fascinación por las historias de secuestro infantil, aprovecharon y acrecentaron el miedo, y se encargaron de transmitir a los lectores historias criminales explotadas sentimentalmente hasta el extremo y narradas con un toque de suspenso cuyo motor se centraba en la agonía de las familias y en el énfasis de la vulnerabilidad de los niños.24 Los casos de secuestros narrados por la prensa sirvieron además para divulgar estereotipos sobre la extranjería, incitar al público a buscar justicia por propia mano, reproducir las ideas tradicionales de la maternidad, crear nuevas ansiedades en torno al cuidado de los niños e insistir en su posición vulnerable ante la dinámica urbana, coartando su autonomía y su derecho a la ciudad.
Cultivar el miedo supone una forma de control, de ejercicio del poder y de dominio sobre el otro; es una forma de violencia simbólica.25 Para David L. Altheide, el miedo es un elemento clave en la creación de “la sociedad del riesgo” organizada en torno a la comunicación y orientada a la vigilancia, el control y la prevención de riesgos, en la que niños y niñas serían un objetivo importante de tales esfuerzos.26 En la medida en que las emociones median los límites entre el “espacio corporal” y el “espacio social”,27 el discurso del miedo colaboró con el fortalecimiento de aquella división anhelada por las élites entre espacio privado y espacio público, así como con la idea de que un nuevo orden familiar —centrado en la familia nuclear— supondría mayor seguridad para las infancias. El miedo difundido por los medios de comunicación masiva, sumado a la carencia de políticas públicas efectivas en la protección de la infancia, se decantó en discursos en favor de la exclusión de las comunidades infantiles del espacio público y su replegamiento al espacio privado, considerado como sinónimo de estabilidad y seguridad.
Como sostiene Altheide, los esfuerzos de control social siempre son más fáciles de justificar si afirman proteger a la infancia de riesgos en expansión.28 Mientras que en países como Estados Unidos o Canadá el miedo fue diseñado para condicionar los cuerpos de niños y niñas, y sus reflejos para poder evaluar el riesgo y aprender a reaccionar ante el peligro de manera segura, educarlos cívicamente y desarrollar independencia, autonomía y responsabilidad, así como las competencias necesarias para manejarse con seguridad en las calles,29 en México el miedo se utilizó para limitar su presencia en el espacio público, para depositar la responsabilidad estatal de la protección y el cuidado de la niñez en padres y madres, y no implicó iniciativas para ayudarlos a construirse como sujetos autónomos, independientes y capaces de sobrevivir ante los retos que planteaba la moderna vida urbana. El Estado mexicano, constituido en el siglo XX como el administrador del espacio público, poco hizo para garantizar la autonomía infantil en la ciudad.30
Los avances que traería el siglo XX en la defensa de los derechos de la infancia y su transformación, a finales de siglo, en el reconocimiento de niños y niñas como sujetos de derecho, paradójicamente corrieron a la par de su pérdida de independencia y de autonomía, de la acentuación de las ideas que defendían su fragilidad, indefensión, inmadurez y dependencia, y del impedimento de poder asumir responsabilidades por sus acciones y por sus personas.31 El hecho de tener que tomar decisiones para impedir el riesgo del secuestro determinó las vías por las que se orientó la experiencia infantil en el espacio urbano y contrajo la participación de niñas y niños en éste.32
En este libro concentro mi mirada en la ciudad de México como espacio de análisis, por ser el eje en el que se concentraron las más grandes ansiedades en torno al secuestro de niños, niñas y adolescentes, y por ser donde sucedieron dos de los casos de mayor alcance mediático —abordados en el tercer y el cuarto capítulos—, que se tradujeron en transformaciones normativas y en tema de varias producciones de las industrias culturales. La ciudad de México provocaba miedo a propios y extraños. Además de temer el secuestro infantil, los habitantes de la capital y de otras ciudades del país tenían miedo a las enfermedades, a la falta de trabajo, al desamor, a la noche y a la sensualidad, a la pérdida de una moralidad familiar, a los nuevos comportamientos juveniles.33 Para quienes tenían hijos, el miedo más intenso era a perderlos, verlos atacados por enfermedades o atropellados por automóviles34.
EL ROBACHICOS
El robachicos,35 un mexicanismo con el que se designó al secuestrador de niños, encarna quizás el miedo más profundo del ser humano: la desaparición de los hijos. La figura atraviesa tradiciones símiles en varias culturas. Personajes análogos —el coco, el cucuy, el cuco, el hombre del costal, el hombre del saco, el sacamantecas, el bogeyman— asoman en leyendas orales y narraciones clásicas, y en una literatura infantil poblada de padres devoradores, ogros, ogresas y brujas.36
La costumbre tradicional de asustar a los niños mediante un personaje misterioso se extiende por toda la región extremeña, Europa e Hispanoamérica. El nombre del asustador varía según las regiones y las localidades. Incluso en una misma población puede recibir denominaciones muy diferentes. En Puerto de Santa Cruz se recurre al “bobo”, a “camuña”, al “hombre del saco”, al “tío del sebo”, al “pobre”, al “médico”, a la “bruja coruja”, a la “pantaruja” y a otros personajes variopintos que las nodrizas crean en un momento determinado y que van recogiendo a los niños que no se duermen o se portan mal. […] Se encuentra el coco en cancioneros del siglo XV.37
Los robachicos son personajes que permiten la catarsis de las emociones asociadas al miedo de la desaparición de los niños38 y conllevan prescripciones emocionales de obediencia, de comportamientos correctos y una formación emocional en torno al miedo y a la culpa. Las historias de los robachicos han pasado de generación en generación, más por su utilidad como forma de disciplinamiento que por su veracidad, especialmente en momentos históricos en los que el énfasis en la obediencia infantil ha sido un componente central de la crianza. Peter Stearns ubica la cúspide de este contexto en el siglo XVIII, cuando en Estados Unidos la disciplina basada en el miedo era un correctivo vital. Luego los padres se concentrarían en educar en el control de las emociones negativas, como el enojo, el miedo, la angustia, con otras herramientas.39
El término robachicos nació con el siglo XX, por lo que la periodización de este libro arranca con la llegada del siglo. El periódico El Mundo decía a finales de 1896: “ya es verdaderamente alarmante la frecuencia con que se están dando casos de que los niños de todas las clases sociales sean arrancados de sus hogares para llevar luego una vida de desgracia e ignominia”. Luego de hablar de la calidad camaleónica de los secuestradores, sujetos capaces de no infundir “sospechas de ninguna especie”, se hacía una directa asociación de los robachicos con los mendigos, que podían estar disfrazados o no, pero que así se acercaban a las víctimas. El diario narraba el caso de María de los Dolores, hija de un acaudalado caballero michoacano a la que una chica de 18 años, vestida de mendiga, intentó secuestrar en el patio de una casa. “¡Mucho cuidado con los mendigos robadores de niños!”, concluía la nota.40 La asociación entre robachicos y mendigos no era casual. Robert Castel recuerda cómo las sociedades preindustriales ubicaban el origen de los riesgos siempre en el exterior de las comunidades. Por eso la figura del vagabundo, “el individuo desafiliado por excelencia”, movilizó “una cantidad extraordinaria de medidas de carácter dominantemente represivo”; como representación de alteridad, fue siempre percibido como “potencialmente amenazador”.41
La palabra robachicos aparecerá inicialmente como un término compuesto, “roba-chicos”, pero pronto se lexicalizará, perdiendo el guion.42 Aunque su aparición puede situarse en los albores del siglo XX, el año de los robachicos en México fue 1945.43 Fue entonces cuando el vocablo alcanzó el cénit de su uso. Carlos Fuentes se referirá así a ese año:
cuando todo fue hablar de los robachicos, se han soltado los robachicos, deben ser las gitanas, las brujas, las lloronas, los rateros con sus ganzúas, los bandidos que cortan los dedos a los niños, los envuelven en masa de tamal y los venden en el mercado, los cirqueros que los convierten en payasos, y los entrenan para saltimbanquis, les deforman los rostros y les hacen cargar baúles para que se queden enanos y luego explotarlos en las carpas ambulantes, ha de ser Caracafé, el monstruo sin rostro, el fantasma necesario de estas casas quietas y sombrías; cuando llegó la época de los robachicos, tan puntual como la época de la Purísima Concepción, abandoné los aleros demasiado próximos a las ventanas y las manos largas que metí debajo de la cama.44
José Emilio Pacheco escribirá también sobre ese momento en “Tenga para que se entretenga”:
Otro periódico sostuvo que hipnotizaron a Olga y la hicieron creer que había visto lo que contó. En realidad, el niño fue víctima de una banda de “robachicos”. (El término, traducido literalmente de kidnappers, se puso de moda en aquellos años por el gran número de secuestros que hubo en México durante la segunda Guerra Mundial.) Los bandidos no tardarían en pedir rescate o en mutilar a Rafael para obligarlo a la mendicidad.45
1945 fue el año del secuestro del niño Fernando Bohigas, un caso seguido minuciosamente por policías y periodistas. La noticia, difundida en varios países del mundo, dio a conocer internacionalmente el término robachicos como una creación mexicana. Si los secuestros infantiles, como ha estudiado Paula Fass, se influyen unos a otros históricamente, dejan residuos de expectativas acerca del crimen, patrones de comportamiento de los padres, de la policía, de los criminales, de las leyes y las organizaciones dedicadas a los niños, así como distintas formas de entender los peligros para la infancia,46 podemos entender el de Bohigas —que estudio en este libro— como un caso culturalmente resonante.
En el otoño de 1945 había terminado finalmente la segunda Guerra Mundial. En México eran los tiempos del llamado “milagro mexicano” económico y del ascenso de las clases medias y, dentro de ellas, del modelo de familia nuclear. La prensa mexicana se obsesionaría con hacer sentir que la ciudad de México, esa que recibe a los más famosos artistas de Hollywood pero en la que se reprimen las manifestaciones de los trabajadores organizados, engulle a sus habitantes más pequeños haciéndolos desaparecer en las fauces del monstruo moderno de grandes avenidas por las que circulan miles de peligrosos automóviles, donde constantemente se crean nuevas calles y se derrumban edificios antiguos. A la ciudad de México de los años cuarenta llega gente nueva todo el tiempo, proveniente de estados de la república o del extranjero, que ocupa los nuevos hoteles de ciudades como Cuernavaca o Acapulco. Mientras tanto, la vida oscilante de la modernidad citadina ocurre entre las barriadas pobres, con calles sin asfalto ni drenaje, o en las modernas colonias ya iluminadas por los faroles. Son tantos los cambios y han sucedido con rapidez, que quizá por eso provocan temor y acrecientan la sensación de inseguridad y riesgo. Hay una suerte de caldo de cultivo para el surgimiento de nuevas ansiedades paternas: las familias se empequeñecen, las mujeres salen cada vez más a trabajar fuera del ámbito doméstico, los espacios habitacionales concentran más vecinos y los nuevos discursos en favor de la protección y el cuidado de la infancia se diseminan por todos los medios. En ese contexto, la familia nuclear de clase media encarnará lo que el nuevo régimen requiere: la transmisión y el fomento de los valores deseables, como la obediencia de los hijos, la división entre lo privado y lo público como esferas antagónicas, el papel de la familia como “institución primaria en la búsqueda de la felicidad y la realización personal”, el matrimonio monogámico con el fin de la reproducción, los separados papeles de género patriarcales y autoritarios, el amor al trabajo, la fe en Dios.47 Ése es el momento en el que se aloja en la conciencia colectiva el gran miedo a los robachicos. De ese modo, como escribe Cindi Katz, no será en la esfera privada, sino en la relación entre infancia y espacio público, donde los discursos de miedo exhibirán los desplazamientos políticos, el desarrollo desigual, el estrechamiento de la libertad, la pérdida de autonomía y el deterioro de la vida cotidiana de los niños.48
El secuestro es un delito definido por la apropiación del cuerpo del otro; es un acto que podríamos calificar de caníbal, corporeizado, “mediante el cual el otro perece como voluntad autónoma”.49 El gran coco parece ser esa ciudad caníbal que se traga a los niños, a la que hay que reconocer día con día porque siempre aparecen nuevos comercios, bares, cabarets, cines; nuevos personajes: pachucos, cinturitas, ruleteros, choferes, cabareteras; espacios y sujetos que se convertirán en “protagonistas distinguidos de la nota roja”.50 El vertiginoso proceso de urbanización agudiza los riesgos conocidos, los reconfigura y los resignifica; trae consigo su propio saco lleno de miedos, que la prensa y los demás medios de comunicación y entretenimiento aprovechan para ofrecer a los citadinos producciones baratas y masivas que consolidan no sólo la gran industria nacional sino también un amplio conjunto de imaginarios y estereotipos.
Los niños son los primeros desorientados en esas cambiantes calles donde transita gente a la que no conocen. Los robachicos pueden ser sujetos cercanos a los niños, pero generalmente son extraños. Son artistas del disfraz, imposibles de reconocer a simple vista: de día mendigos, escribe José Emilio Pacheco, “de noche un millonario elegantísimo”. Su figura era polifacética, por lo que no había forma de elaborar su perfil; podían ser hombres, mujeres, hasta niños y adolescentes, sin vínculo específico con una clase social determinada. Aparecían en el mercado, en el quicio de una vecindad o en un parque público.51 El escritor Agustín Cadena los ficcionaliza así:
Gracias a su ubicuidad, el Coco acechaba en todos los rincones oscuros: en la vivienda que se derrumbaba lentamente a la entrada del edificio y que ya no se podía rentar, en las azoteas, en los roperos. De noche, sus dominios se extendían a la vieja escalera de piedra y al patio del fondo, donde se tendía la ropa. Por supuesto, en cualquiera de estos sitios podía ser conjurado, ya fuera apretando los ojos o, en los casos más graves, haciendo con los dedos la señal de la cruz. Pero donde sí era señor absoluto era en la calle. Las calles le pertenecían por completo. En ocasiones, si no andaba muy ocupado comiendo niños, atendía un puesto de tiliches en Correo Mayor. Era desobligado, como mi padre, y le gustaba empinar el codo. Ya borracho, le pegaba a la pobre de la Cocatriz. Esto me lo contó mi hermana, que nunca le tuvo miedo. Cuando crecimos fue la primera en dejar de creer en el Coco.52
Los robachicos son actores criminales, pero también representaciones del miedo construidas para los niños y sobre los niños. Oscilan entre una práctica criminal (el secuestro) y una práctica cultural (miedos construidos por los adultos mediante diversas producciones culturales) para controlar y someter a la infancia. El robachicos producía un miedo que terminó integrándose a las experiencias, a las prácticas de maternidad y paternidad, y a los discursos para reducir las andanzas de los niños en la ciudad.
Los casos criminales y el relato que de ellos hicieron los medios de comunicación y entretenimiento fueron provocando “cambios de la conducta y en los patrones de convivencia social al limitar la circulación, disfrute y permanencia en los espacios públicos urbanos”.53 Como figura del miedo, el robachicos encarnaba una “experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida”.54 No sólo acrecentó la sensación de desconfianza hacia los extraños, sino que mostró también la fragmentación de las relaciones y los vínculos sociales aparejados a la vida urbana, la incapacidad del gobierno para garantizar la seguridad de los habitantes del país, los sentimientos de vulnerabilidad de los citadinos y las nuevas relaciones de los niños y las niñas con el espacio público.
Si bien en los primeros años de la década de los sesenta las noticias de los robachicos se redujeron, el secuestro infantil, como todos sabemos hoy, no se detuvo. En el primer año de su aparición, la revista de nota roja Alarma! aseguró de manera triunfalista que la época de los secuestradores de niños y niñas estaba “superada” y que sólo “ocasionalmente hacen su aparición las y los robachicos”.55 Probablemente lo que disminuyó fue el número de noticias en la prensa sobre este tema. Situación que los productores de cine mexicano aprovecharon para realizar películas en las que los robachicos podían ser presentados en comedias de enredos y humor blanco, como Un par de robachicos (1967), con Viruta y Capulina. Sin embargo, en 1968, un nuevo caso cimbró la nota roja capitalina: el secuestro del pequeño Ramoncito Palafox, que fue encontrado en la casa de la banda de secuestradores un año después, luego de meses de investigación policial y angustia de su familia.
Por lo menos hasta los primeros años de la década de los sesenta, la prensa exhibió nítidamente la forma en que atizó el pánico social, las reacciones sociales ante el secuestro infantil, la xenofobia, el racismo, la corrupción, los íntimos nexos entre reporteros y policías, la utilización de niñas en el comercio sexual, el secuestro con fines de maternidad, el papel de los medios de comunicación y entretenimiento en la legitimación de la violencia hacia niños y niñas. Por todo eso el análisis histórico que presento en este libro tiene este corte temporal. No hay, evidentemente, en la época de este estudio, ningún caso de niños o niñas vinculados con el tráfico de órganos, fenómeno que comenzaría en las dos últimas décadas del siglo XX, en función de los avances de la medicina.56
BREVE RECORRIDO LEGAL
Aunque mi acercamiento a este tema no es desde el punto de vista normativo, sino desde las prácticas sociales y las representaciones culturales, es importante entender que el secuestro, como todos los delitos, se ha transformado con el tiempo.57 Se le utiliza como sinónimo de plagio y se refiere a los crímenes que atentan contra la libertad física y que tienen un ánimo de lucro. Se consideraba como un atentado al patrimonio, no a la libertad; “por ello a lo largo del siglo XX se le asoció con el robo, en cuanto se entendía a los niños y las niñas como parte de una familia, en una calidad de posesión, de objeto”. Por décadas se aludió al secuestro infantil como “robo de infantes”, un término erróneo, “pues el robo sólo procede contra cosas y no personas”.58 En el Código Penal de 1871, para el delito de “robo de infante” se determinaron ocho años de prisión para quienes secuestraran a menores de siete años. No entregar al plagiado era un agravante del delito. El Código Penal de 1929 ya no habló de “robo de niños” pero sí de secuestro de menores de 21 años, y consideraba su venta o disponer de ellos para rescate y para extorsión. El Código Penal de 1931 volvió a retomar el término robo y definió la edad de la víctima en siete años, señalando en su artículo 366 lo siguiente:
Artículo 366. Se impondrán de cinco a veinte años de prisión y multa de cien a mil pesos, cuando la detención arbitraria tenga carácter de plagio o secuestro, en alguna de las formas siguientes:
I—Cuando se trate de obtener rescate, o de causar daños o perjuicios al plagiado o a otra persona relacionada con éste;
II—Cuando se haga uso de amenazas graves, de maltrato o tormento;
III—Cuando la detención se haga en camino público o en paraje solitario;
IV—Cuando los plagiarios obren en grupo o banda, y
V—Cuando cometa robo de infante menor de siete años un extraño a la familia de éste.
Si el plagiario pone en libertad a la persona secuestrada, espontáneamente antes de tres días y sin causar ningún perjuicio grave, sólo se aplicará la sanción correspondiente a la detención ilegal, de acuerdo con los dos artículos anteriores.
A todos los que exceptuaran estos puntos se les castigaría sólo con una pena de tres días a un año de prisión y una multa de cien pesos. Es decir, si el secuestro era de niños mayores de siete años, los secuestradores podían pasar sólo unos días en la cárcel o pagar cien pesos. Este tema del sentido de propiedad de un niño fue objeto de algunos juicios.
Los delitos acumulables al de secuestro infantil generalmente eran el de corrupción de menores, rapto y estupro, y continuamente se superponían; las fronteras entre uno y otro eran porosas.59 Era difícil que una persona fuera acusada sólo de secuestro, acusación que en general prosperaba cuando los niños eran muy pequeños y eran utilizados con fines de adopción ilegal o de venta.
En México, la legislación relacionada con el secuestro de menores de edad se modificó en función de los “secuestros de alto impacto público”. No fue la cantidad de niños secuestrados sino su “calidad” lo que fue determinando las acciones para elevar las penas a los secuestradores.60 Los dos casos más importantes en términos de repercusión jurídica fueron el de Fernando Bohigas en 1945 y el de Norma Granat en 1950. La gran campaña mediática que acompañó al caso Bohigas suscitó la primera reforma penal, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 9 de marzo de 1946, con la que se suprimió la fracción V del artículo 366, “concerniente al llamado ‘robo de infante’, para darle a dicha materia mayor autonomía. Con esta idea se le ubicó en un párrafo independiente, aunque continuó formando parte del mismo artículo. Para ampliar la protección de los niños y niñas se aumentó la edad, de siete a diez años, y se agravó la pena de prisión: si antes era de cinco a veinte años ahora se estipuló de diez a treinta años.”61 Además, se reformó el artículo 85, que señalaba que “la libertad preparatoria no se concederá al condenado por robo de infante, ni a los reincidentes, ni a los condenados”. El caso de Norma Granat detonó una segunda reforma penal, esta vez publicada el 15 de enero de 1951. En esa reforma se otorgó el título de “privación ilegal de la libertad” y
se incrementó el máximo de la pena de prisión para todos los supuestos de secuestro: de veinte años de prisión se pasó a treinta años, y nuevamente se introdujo una fracción V para reincorporar el “robo de infante menor de doce años por quien sea extraño a su familia y no ejerza la patria potestad sobre él”. Se elevó nuevamente la edad, ahora de diez a doce años, y se agregó el dato de que el activo “no ejerza la patria potestad”. Esto último hace ver, de forma muy clara, que se trata de un delito contra la familia, aunque también concurra como bien jurídico la libertad personal.62
Poco después, “a escasos cuatro años, la reforma publicada en el Diario Oficial de la Federación del 5 de enero de 1955 agrava, por tercera ocasión, la pena de prisión: era de cinco a treinta años y se ordenó de cinco a cuarenta años”.63 De esa forma, para 1955 la fracción V del artículo 366 quedó así: “Se impondrán de 5 a 40 años de prisión y multa de cien a diez mil pesos cuando la detención arbitraria tenga el carácter de plagio o secuestro en alguna de las formas siguientes […] IV—Cuando se cometa el robo de infante menor de doce años por quien sea extraño a su familia y no ejerza la patria potestad sobre él.”64 El delito se equiparó a un delito mayor, el homicidio calificado. En 1970, una nueva reforma al Código Penal modificó la multa de mil a 20 mil pesos y agregó un tema que hablaba del nuevo contexto de la historia sociopolítica mexicana: la toma de rehenes, los secuestros políticos y el secuestro de niños y niñas por familiares.65 Respecto de las políticas de Estado, tenemos un incremento de la pena corporal para los criminales. En 1988 se añadió un nuevo párrafo al artículo 366 por el que “la pena sería hasta de 50 años de prisión si el secuestrado era privado de la vida por sus captores”.66 Hoy en día, en un país en el que en la última década han desaparecido casi 7 mil niños y niñas,67 el delito se penaliza con 70 años y penas acumulables de hasta 140 años. Aunque es evidente que hubo un esfuerzo jurídico por contener esta práctica, “se ha optado, como acontece en la mayoría de los casos, por la respuesta demagógica y simuladora de modificar la normatividad correspondiente: se incluyen nuevos tipos penales, se amplían los ya existentes, se elevan irracionalmente las punibilidades”.68
Las políticas públicas de protección a la infancia y el comportamiento social han ido por otro camino. Estas leyes no han logrado garantizar el derecho a la libertad del que deberían gozar niños y niñas. Olga Islas de González Mariscal explica que el problema “radica en el deteriorado sistema de justicia en que se ha caído. En él tienen su asiento el abuso de poder, la diferente preparación del personal (Policía y Ministerio Público) y, sobre todo, la impunidad”, que cancela la justicia.69 El destacado jurista Sergio García Ramírez escribió que “la sanción penal, consecuencia de una conducta reprochable, en general, y reprochada, en particular, de ninguna manera es —ni debiera pretenderse que sea— el instrumento decisivo en la lucha contra el delito”.70
LA EXCLUSIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO
Uno de los argumentos que sostengo en este libro es que la respuesta ante los secuestros de niñas y niños no sólo provocó un incremento de las sanciones judiciales, sino especialmente un clima de miedo y de construcción de pánicos morales respecto a ciertos sujetos y espacios, constriñendo la circulación infantil en el espacio público. Este proceso modificaría primero las experiencias de las clases medias y después, en menor medida, las de los de sectores populares, que hasta el día de hoy hacen de las calles su lugar de juego, trabajo, vivienda y tránsito. Es decir, si bien se inició un proceso de exclusión de niños y niñas del espacio público, éste estuvo marcado por la clase social.71
El concepto de espacio público es amplio y ambiguo. Se le suele contraponer con el espacio privado, una dicotomía que varios autores cuestionan en la medida en que muchos espacios considerados públicos son propiedad privada y en que no son esferas opuestas o antagónicas y mucho menos disociadas,72 además de que cada vez hay más regulación pública sobre lo que se consideraría privado.73 El espacio público se entiende idealmente como aquel que es abierto, democrático y libre para todos. No obstante, el término público no termina de abarcar totalmente lo público respecto de que en dichos espacios existe la exclusión de la otredad.74 Es decir, la idea de que el espacio público está abierto a todos existe sólo en principio, como un ideal, porque los usos cotidianos de tales espacios ocurren en una sociedad fragmentada en que diversos grupos compiten entre ellos.75 Eso implica que el espacio público exhiba no sólo identidades sino relaciones de poder en las que se imponen usos públicos del espacio urbano que son controlados, permitidos o prohibidos. En todo caso, el espacio público es un escenario en el que se exhiben los conflictos sociales de las urbes y los resultados “de la acción colectiva de los sujetos sociales urbanos” y, si bien puede ser un espacio de aprendizaje y libertad, también lo es de control.76
Tim Cresswell sostiene que en el espacio público el lugar de un individuo estaría vinculado a su relación con los otros; en él habría expectativas respecto del comportamiento y las acciones que deben guardarse y esas expectativas servirían a quienes están más arriba en las jerarquías sociales.77 Por todo ello, no es fortuito que el espacio público sea objeto de múltiples disputas entre clases sociales y produzca ciertas ansiedades, en especial entre las clases medias y altas, que constantemente demandan su derecho a una ciudad que consideran tomada por las clases populares.78 En esas batallas entran los discursos del miedo, que muchas veces incitan a la privatización o al estrechamiento de los espacios públicos para unos u otros. Para el caso colombiano, Max S. Hering ha analizado como en torno a las cosas y las personas, incluyendo a niños y niñas, “la idea de protección se convertía así en un principio maleable que traducía voluntad política siempre dependiendo de una relación de poder y un interés. Con ello, la protección de algunos podía implicar la desprotección de otros.”79
Los reportes de violencia o de peligros hacia la infancia inciden en los temores paternos y la imaginación pública;80 en el caso mexicano, los miedos se decantaron a limitar la autonomía de niños y niñas en el espacio público en aras de su protección. Así, un espacio que en teoría debía ser para todos y todas81 terminó asociándose al riesgo y delineando las relaciones entre menores de edad y adultos, así como las sociabilidades infantiles.
Las restricciones a la movilidad infantil no comenzaron con el siglo XX. Las reformas borbónicas, por ejemplo, impulsaron redadas para encerrar en hospicios y casas de corrección a los niños que mendigaban en las calles. Bandos en el siglo XIX censuraban que los “muchachos” estuvieran en la calle por el ruido y el desorden que provocaban; resultaban molestos y, para algunos, hasta peligrosos. Quizá la ciudad moderna nunca fue de los niños, pero hacia mediados del siglo XX en la ya declarada metrópoli se intensificó el acompasado proceso de exclusión de niñas y niños, así como la supremacía adulta en el espacio público. La desconfianza hacia el prójimo se incrementó y diversos espacios públicos y privados, como la casa, la vecindad y la calle, suscitaron nuevas ansiedades paternas. En el siglo XX se acentuó lo que sería un proceso gradual de “encierro de la infancia”, no necesariamente consciente ni organizado, pero sí estimulado por los discursos estatales y mediáticos, seguido por los imaginarios y las experiencias vividas por los habitantes de la ciudad, el cual terminó colocando gradualmente a niños y niñas que usaban la calle con autonomía en un “fuera de lugar”, según la opinión pública.
He planteado que la exclusión de la infancia del espacio público estuvo fuertemente determinada por las ideas hegemónicas sobre la clase y el género. En 1945, por ejemplo, casi 6 mil niños trabajaban en las calles de la ciudad de México, “solos, sin depender de padres, tutores o parientes”; otros datos de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social hablaban de 43 654 trabajadores menores de 18 años en el Distrito Federal pero nadie parecía alarmarse por su seguridad.82 Las notas periodísticas subrayaban más bien cómo todos ellos anunciaban “con gritos chillones su escuálida mercancía, en los trenes, en los camiones, en las afueras de los cines, de los teatros, del toreo, en los cafés a la hora del ‘lunch’, en los mercados”.83 Para los periodistas, los niños de clases populares no sufrían de los peligros callejeros que podían sufrir sus congéneres de los sectores medios y altos, en especial si estaban solos. Los niños de los sectores populares eran en sí mismos construidos como el riesgo: ensuciaban las calles con su presencia, con su vagancia y mal vivencia, con su vida errática.
A pesar de la heterogeneidad de los usos y las experiencias infantiles en el espacio público, los efectos de la urbanización hicieron que experiencias que hasta entonces se consideraban relativamente sencillas y seguras se volvieran arriesgadas.84 Si se acostumbraba a jugar, caminar y transitar por la calle sin compañía, ahora se recomendaba hacerlo con algún adulto. Como sostuvo Nikolas Rose, la infancia ha sido una de las fases más intensamente gobernadas de la existencia personal,85 se ha buscado someter a los cuerpos infantiles a un uso del espacio público supervisado, que empobrece su movilidad y coarta su sociabilidad y su conocimiento del entorno urbano.
El espacio público es de importancia vital para los niños como espacio social.86 ¿Cómo puede un menor de edad constituirse en un sujeto colectivo? ¿Cómo afecta la exclusión del espacio público la creación de culturas infantiles no supervisadas ni orientadas por adultos? Hoy sabemos que niños y niñas requieren que se les provea de espacios alejados de los adultos y de sus miradas vigilantes para construir su autonomía y su independencia. Se reconoce que deben tener derecho a jugar, experimentar, tomar riesgos para poder elaborar argumentos e incluso para aprender a resolver conflictos.87 Mehta Vikas ha explorado cómo las calles han sido espacios para congregar, encontrarse, expresarse, disfrutar la pertenencia a una comunidad; cómo establecen plataformas para comportamientos y experiencias, aunque no todas sean íntimas, intensas o excepcionales, pero sí significativas para construirnos como seres sociales.88 Las calles como espacios públicos, agrega este autor, ofrecen múltiples lecciones para los niños, por ejemplo sobre los usos del espacio y la observación del ambiente, la gente y sus actividades. Las experiencias en el espacio público son una valiosa fuente de educación ya que muestran que hay un mundo más allá de la casa; contribuyen a desarrollar habilidades físicas y psicológicas, un conocimiento del mundo, habilidades especiales y de orientación, conocimiento de materiales; enseñan a aceptar y ser aceptados, responsabilidad y cuidado, compasión, empatía, oportunidades de exploración y juego, habilidades motrices, confianza, autonomía; proveen experiencias y muestran incluso cómo son usados los objetos.89 Con todo esto en mente, podemos tener una idea más amplia de lo que implica una historia de exclusión del uso autónomo de la calle por niños y niñas, es decir, la posibilidad de ocupar y transitar por el espacio público sin depender del cuidado y la vigilancia de los adultos.
POLÍTICAS HACIA LA INFANCIA
Se suele reconocer al siglo XX como el siglo de los niños, por el lugar central que cobraron en la vida familiar y la gran cantidad de políticas que se emprendieron para la protección de la infancia. El número de menores de 19 años estuvo la mayor parte del siglo cerca de ser la mitad de la población mexicana (figura 1). Una vez que finalizó la etapa armada de la Revolución, el incremento de este sector poblacional se aceleró, debido al crecimiento macroeconómico que el país logró durante el llamado “milagro mexicano”, hasta que las campañas contra la explosión demográfica, a mediados de los años setenta, en las que se insistía en que “la familia pequeña vive mejor” y “vámonos haciendo menos”, lograron una reducción en la tasa de fecundidad de siete a dos hijos por mujer.90
Las iniciativas en favor de la infancia se multiplicarían a partir de la Constitución de 1917 y sus normativas en torno a la educación pública y el trabajo infantil. Ese mismo año, la Ley de Relaciones Familiares marcó la pauta jurídica en varios aspectos de la vida cotidiana de las familias mexicanas. La creación de la Secretaría de Educación Pública en 1921 signó las extensas y heterogéneas medidas que se implementaron a lo largo y ancho del país: escuelas, bibliotecas, misiones culturales, casas para estudiantes indígenas, campañas de alfabetización, proyectos de teatro guiñol y proyecciones de cine, entre muchas otras. Durante los años veinte también comenzaron a instalarse tribunales para menores de edad, para separarlos de los adultos en el sistema penitenciario, al tiempo que los especialistas en infancia —docentes, médicos, psicólogos y abogados—concurrían en los Congresos Panamericanos o Mexicanos del Niño, para discutir y tomar decisiones sobre los principales problemas que afectaban a la niñez mexicana.

FIGURA 1. Participación de los menores de 19 años en la población. Elaboración propia con base en los censos nacionales de población 1910-2020, INEGI.
En el México posrevolucionario, la alta mortalidad infantil y la carencia de un sistema de salud público hicieron de la higiene y la alimentación dos de los grandes retos nacionales. Para resolverlos se crearon los primeros centros de higiene infantil y en 1924 se inauguró la Junta Federal de Protección a la Infancia, presidida por el entonces secretario de Educación, José Manuel Puig Casauranc, y poco después el Departamento de Psicopedagogía e Higiene Infantil. Para entonces en México se llevaba a cabo una movilización importante en torno a la protección de la infancia, alimentada por la estabilidad política, el crecimiento económico y la inversión estatal.91 El desarrollo de la pediatría llevó a la fundación en 1930 de la Sociedad Mexicana de Pediatría, a la que se sumaría la Sociedad Mexicana de Puericultura, coetánea de la Sociedad Educadora de la Casa del Niño, la Sociedad Mexicana de Eugenesia y el Pabellón Infantil en el manicomio de La Castañeda, creado en 1932 para reconocer y cuidar la especificidad infantil en el tratamiento de las afecciones mentales. Hubo decenas de iniciativas en favor del mejoramiento de la infancia. Los centros de higiene se fusionaron con la Secretaría de Salubridad, que divulgaba programas como la Gota de Leche para abastecer de ese alimento y de atole a la población infantil. Durante el cardenismo se crearon programas de desayunos infantiles en jardines de niños en el Distrito Federal, que incluían una pieza de pan, un vaso de leche y fruta. En 1944 se creó la Asociación Nacional de Lucha contra la Desnutrición Infantil. Fueron esos mismos años los que vieron edificarse los cimientos de la institucionalización de los servicios de salud en México con proyectos como el Hospital Infantil de México y el IMSS.
El maternalismo hizo que las mujeres tomaran en sus manos varias iniciativas de organización para la protección de la niñez. En 1929 se creó la Asociación Nacional de Protección a la Infancia, con oficinas en el castillo de Chapultepec y cuya directora era Carmen García de Portes Gil, la esposa del presidente. A pesar del ensanchamiento de la red de instituciones para la atención infantil y de la creación de organismos gubernamentales como la Secretaría de Asistencia Pública, para mediados de los años cuarenta algunos grupos de mujeres menos vinculadas a las élites del poder denunciaban las terribles condiciones de pobreza en las que se encontraban los niños en los barrios pobres de México; 60 por ciento de los niños del barrio de Atlampa en la ciudad de México, por ejemplo, no asistía a la escuela; se calculaba que 80 por ciento de los niños en todo el país se encontraba en “completo abandono, con una mortalidad altísima”.92
Hubo también varios proyectos para intentar resolver las paupérrimas condiciones de vida de miles de niños en el país y se propusieron cruzadas de protección para madres y niños, desayunos escolares, dispensarios, fondos de seguridad y la exigencia a los jueces de hacer cumplir a los padres con sus deberes.93 “Es inconcebible —decía la primera mujer magistrada del Poder Judicial, María Lavalle Urbina, a finales de los años cuarenta— la forma en que se trata a los niños en México.” Esta abogada propuso un Código del Niño para proteger a los menores de edad desde la etapa prenatal, excluirlos del Código Penal, constituir un patronato que obtuviera fondos de la iniciativa privada, crear tribunales para menores infractores en todos los estados y hacer campañas de alimentación y contra el analfabetismo o el alcoholismo, establecer un seguro social y otorgar becas para obreros.94 Durante el gobierno de Miguel Alemán (1946-1952) surgió el Instituto de Bienestar de la Infancia y la Oficina Nacional del Niño.
De forma paulatina, la iniciativa privada secundó algunos de los grandes proyectos estatales; la filantrópica Fundación Rockefeller, por ejemplo, apoyó a la Asociación Pro-Nutrición Infantil además de financiar numerosas campañas de educación para la salud infantil, en asociación con Walt Disney;95 el millonario Henry Ford extendió cheques a los establecimientos asistenciales, como el Hospital del Niño;96 lo mismo hizo la famosa soprano estadounidense Lily Pons.97
Luego del Congreso Nacional de Protección a la Infancia de 1952 se elaboró un Anteproyecto del Código de Atención a la Infancia y se inauguró la Oficina Nacional del Niño, para atender la salud y la asistencia materno-infantil. En 1961 se creó el Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI), dirigido por la esposa del presidente Adolfo López Mateos, que organizaba desayunos escolares. En 1963, entró en vigor el Código de Protección a la Infancia. En 1974, el INPI se transformó en el Instituto Mexicano para la Infancia y la Familia, que tres años después se transformaría en el Sistema Nacional para el Desarrollo de la Familia.
ESTRUCTURA DEL LIBRO
En el primer capítulo de esta obra estudio el arranque, entre 1900 y 1920, de la preocupación por los secuestros infantiles, que a principios de siglo eran esporádicos y poco frecuentes, pero que evidenciaron el uso de niños para el trabajo forzado, especialmente en las haciendas henequeneras de Yucatán y Valle Nacional en Oaxaca. Mientras la prensa denunciaba tibiamente estos hechos, construía un estereotipo clasista del robachicos como hombre pobre, andrajoso y con un costal, y abría espacio a la expresión de construcciones racistas que se enfocaban en los peligros que suponía la población negra para la infancia.
En el segundo capítulo delineo una historia de los usos y la trata de niños, niñas y adolescentes entre 1920 y 1960, a partir de decenas de expedientes judiciales de casos de la ciudad de México, que revelan que las principales causas de secuestro infantil fueron el abuso sexual y la prostitución de niñas y adolescentes pobres. Algunos eran secuestrados para pedir limosna o para explotación laboral, otros para cumplir deseos de maternidad, varios para obtener rescates monetarios por medio de extorsiones. Es llamativa la tolerancia del abuso sexual de niñas y niños pobres; se transita por los usos y los abusos de los cuerpos infantiles sin que se ofrezca consuelo, sin que se lamente el dolor experimentado; afecta más la vulneración al honor familiar que a los cuerpos infantiles.
El capítulo tercero trata del secuestro de Fernando Bohigas, que detonó narrativas muy potentes en torno a la infancia y los peligros urbanos que la acechaban. Este caso paradigmático es una ventana que permite observar las reacciones hacia un ataque que se consideró dirigido a las clases medias, a las que se imaginaba como la fortaleza del México contemporáneo. El caso fue un parteaguas no sólo porque llevó a la primera reforma al Código Penal, sino porque inauguró un clima de ansiedad respecto a la ocupación de los niños de los espacios públicos y evidenció las ansiedades culturales respecto a la maternidad.
En el capítulo cuarto estudio el secuestro de la pequeña hija de una de las familias más acaudaladas del México de los años cincuenta, la familia Granat. Éste muestra la infancia como algo valioso en el mundo de los corruptos negocios durante el gobierno de Miguel Alemán (1946-1952). Si en el caso Bohigas la policía apareció como una corporación comprometida, dedicada y diligente, en el caso Granat los expedientes la muestran obrando en beneficio de los responsables del secuestro, gente ligada al poderoso negocio de los cines en México. La atención mediática que recibieron los casos Bohigas y Granat fue excepcional: ningún otro caso entre 1900 y 1960 logró tanta repercusión, aun cuando durante esos años las redacciones de periódicos, las estaciones de radio y las oficinas de policía y del Ministerio Público recibieron decenas de denuncias de niños y niñas secuestrados o extraviados. Los secuestros de esos dos niños blancos, capitalinos, de clase media y alta, fueron los principales nutrientes del clima de pánico moral generado por los medios de comunicación alrededor de los robachicos en México.
En el último capítulo analizo cómo los medios cubrieron el tema de los robachicos, retomando los estereotipos construidos por la prensa policial y masificándolos por medio del melodrama y el humor, géneros que se utilizaron para dar salida y elaborar las ansiedades sociales respecto de la infancia. Los medios de comunicación observaron y expusieron el secuestro infantil, crearon y atizaron miedos entre la población, y contribuyeron a crear un clima de ansiedad en torno a la seguridad de los niños, al sugerir que la mejor solución era limitar la autonomía y la circulación infantil en la ciudad. En contraste, evadieron el tema del abuso sexual y la comercialización sexual de niñas y adolescentes, que si bien era un tema explotado por la nota roja en los periódicos, fue tabú en películas, cómics o fotonovelas.
1. Robachicos en acción
¡Los robachicos en acción! He ahí la frase que, de algunos días a la fecha, se escucha de todas las bocas y en todas partes, pues han causado un verdadero terror pánico las noticias publicadas por la prensa semioficial, que asegura haber desaparecido de sus hogares en menos de cinco días, poco más de cuarenta niños. 1
LOS PELIGROSOS ESPACIOS DE LA CIUDAD MODERNA
En los albores del siglo XX, la ciudad de México presentaba notorios contrastes entre su zona plenamente urbanizada y las regiones que la rodeaban, compuestas por franjas agrícolas y despobladas. Fuera del primer cuadro de la capital, las calles sin pavimentar carecían de alumbrado público, sistemas de drenaje y abastecimiento de agua.2 En las barriadas populares, las deterioradas viviendas llamaban la atención de las élites por su hacinamiento e insalubridad: proliferaban ahí el agua estancada, las cañerías al aire libre y el olor a materia fecal. La ciudad era especialmente pestilente en épocas de estío.3
Era la misma ciudad que las élites buscaban colocar entre las más modernas del mundo en términos de cosmopolitismo, progreso, limpieza y urbanización. Por eso se construían avenidas, monumentos, parques, tiendas departamentales, mercados, hoteles, hospitales, escuelas, teatros, cines, automóviles, líneas de tranvías, estaciones de ferrocarriles y hasta un aeródromo. La capital tenía todo lo necesario para una rápida conexión y circulación de las personas, no sólo en su interior sino hacia otras regiones del país.
A lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX, los cambios urbanos transformaron el uso y la configuración de los espacios públicos y privados, así como las prácticas y los comportamientos de hombres, mujeres y niños. La Revolución mexicana (1910-1920) modificó el orden cotidiano e hizo vivir a la ciudad y sus habitantes “uno de los periodos más dramáticos de su historia”.4 En 1915, por ejemplo, cuando “la ciudad vivió el ir y venir de facciones revolucionarias que tomaban y ocupaban las calles, e incluso las casas”, el hambre, las epidemias, la violencia, las carencias, la dificultad para transportarse y alimentarse, las protestas, el saqueo de comercios y la inseguridad trastocaron el orden público, el orden moral y la vida familiar. La Revolución “supuso un momento fundacional para la experiencia urbana, sobre todo en términos de la gestación de una nueva cultura política: nuevos valores, nuevas actitudes, nuevas prácticas”.5
No sólo los acontecimientos políticos determinaron las formas de vida de la población capitalina. Entre 1876 y 1910, la ciudad de México vivió un crecimiento demográfico y una expansión urbana por las que duplicó su población y su territorio.6 La concentración de gente estableció nuevas dinámicas. La red de tranvías eléctricos resultó deficiente para atender la demanda de la población y se requirió que “otra clase de vehículos se hicieran cargo de completar sus servicios de transportes, y de ahí surgió una nueva industria que consistió en el transporte de pasajeros por medio de camiones automóviles”.7 En las primeras décadas del siglo XX se amplió la red de transporte público y fue cada vez más numerosa la flotilla de automóviles en la ciudad. Estos nuevos transportes ensancharon y reconfiguraron el espacio urbano, y a la vez ofrecieron nuevas posibilidades para el mundo de la criminalidad.8 La posibilidad de subir a un automóvil, autobús o tranvía, y estar en pocos minutos en otro punto de la ciudad significó para los capitalinos una transformación sustancial de sus prácticas sociales,9 como quedó expuesto en La banda del automóvil gris, basada en acontecimientos sucedidos en 1916 y proyectada públicamente tres años después. Esta película mostraba, entre otras cosas, la importancia del automóvil en la conformación y la movilidad de las bandas criminales y en la comisión de delitos. Los automóviles no sólo abrieron caminos sino que crearon una nueva geografía social, modificando las prácticas que se tenían en el espacio público.
La mayor parte de los barrios populares, así como las colonias en las que vivían las élites, se desarrollaron hacia principios del siglo XX,10 de modo que, para mediados de los años veinte, las divisiones sociales del espacio urbano estaban ya bastante claras. Las familias más acomodadas se ubicaron en las exclusivas colonias Cuauhtémoc, Juárez, Roma, Condesa o Chapultepec Heights; los sectores populares se concentraron en antiguas vecindades y mesones de las colonias Guerrero, La Bolsa, Tepito, Indianilla o La Viga. Sin embargo, aunque las colonias indicaban la clase social de quienes las habitaban, miles de personas circulaban y franqueaban cotidianamente las fronteras de clase y administrativas, tejiendo y destejiendo una red de rumbos a lo largo y ancho de la capital.11
Esa desordenada ciudad moderna, con sus múltiples estímulos sensoriales, adelantos tecnológicos y vertiginosas transformaciones, provocaba reacciones que iban de la fascinación al espanto.12 Los capitalinos debían conocer la división, no estricta, pero evidente, entre las áreas seguras y hermosas de la ciudad moderna y las zonas peligrosas e insalubres.13 Es decir, hubo que aprender a vivir en función de las transformaciones de la dinámica urbana y de los comportamientos que generaba.
Las nuevas prácticas de habitar el espacio público que trajo consigo la urbanización incidieron también en el espacio privado y la vida familiar. Quienes acostumbraban a vivir con la puerta abierta en sus casas, confiando en relaciones de cuidado y solidaridad que podían existir entre vecinos, debieron considerar el cierre del acceso a su intimidad ante una ciudad cuya población aumentaba, recibía cada vez a más migrantes del campo, favorecía movimientos tan atractivos como peligrosos,14 y en la que las posibilidades para moverse, huir y desaparecer eran cada vez mayores.
Para entonces México era un país de jóvenes. Según el Censo de Población de 1900, 52.4 por ciento de su población tenía menos de 20 años. El Distrito Federal pasó de 541 516 a 906 063 habitantes de 1900 a 1921;15 alrededor de 42 por ciento correspondía a menores de 15 años.16 Había miles de niños, niñas y adolescentes que se movían en la ciudad, iban a la escuela o al trabajo, ocupaban calles y avenidas, acudían a los pequeños talleres o mercados, jugaban en los parques y acompañaban a sus familiares en los trayectos hacia la iglesia, las compras o un paseo. Los de las familias populares gozaban de más autonomía e independencia que sus coetáneos de clases medias y altas. Los juegos de los primeros se desarrollaban generalmente en el espacio público, mientras que los de los segundos fueron paulatinamente concentrándose en el espacio privado, en el que se reforzaba una idea de “maternidad intensiva” como esencia de la feminidad, la cual subrayaba la función de las mujeres como cuidadoras de tiempo completo de sus hijos.17
En el temprano siglo XX, entre las familias de clases altas y medias, los hogares fueron transformándose en función de los dictados del mercado de consumo y las nuevas propuestas que surgían de los especialistas en la infancia, difundidas en leyes, publicaciones, congresos, prensa y fotografías,18 las cuales sostenían la importancia de la individualización de los espacios. Como explica Solène Bergot, este proceso se inició a finales del siglo XIX dentro de las familias de élite europeas, que comenzaron a diseñar “explícitamente los espacios asignados a los niños, en particular en las viviendas destinadas a las familias de la burguesía, en un intento de separarlos del espacio social (salón), del espacio íntimo (pieza conyugal) y de los espacios de servicio”, situación que se fue reproduciendo entre las familias de élite en Latinoamérica y, avanzado el siglo XX, entre las familias de la emergente clase media.19 En México, las habitaciones infantiles fueron apareciendo como espacios individualizados, con nuevos muebles diseñados para el tamaño de los cuerpos infantiles. Así se fue creando una suerte de antagonismo clasista entre los juegos en la esfera privada, acompañados de un importante despliegue de cultura material, y los que ocurrían en la vía pública,20 que era “depósito de agua sucia, basura y animales muertos, pero también el sitio donde los hombres pasaban gran parte de su tiempo”.21
Algunos de los cambios a gran escala en las vidas infantiles en los siglos XIX y XX deben pensarse en su relación con la urbanización,22 los procesos migratorios, los cambios en las formas de habitación, las sociabilidades en barrios y colonias, y los nuevos medios de transporte. El proceso de urbanización de la ciudad de México, sumado a otras diversas transformaciones, como el descenso en el número de hijos por familia, la entrada de las mujeres al mundo laboral o el ascenso de las clases medias, modificó necesariamente la interacción social entre niños y adultos, y de los niños en el espacio público, y trajo consigo nuevos peligros para la infancia. Se fueron creando cada vez más espacios cerrados para ofrecer a la infancia el contexto necesario para su cuidado: “escuelas, kindergartens, algunos pabellones de los hospitales, correccionales para menores y hospicios”.23 Poco a poco fue cobrando fuerza la idea de que lo mejor para el niño era divertirse dentro de casa, evitar salir y exponerse al mundo de la excitación y a los peligros que ofrecía el espacio público.24 Éste no era en lo absoluto un proceso generalizado, pero a principios del siglo XX varias voces coincidieron en que, ante los peligros que implicaba la urbanización y la vida moderna, se requería condicionar la circulación de niños y niñas en el espacio público urbano.
Los riesgos de la ciudad parecían multiplicarse día con día. Los tranvías, los automóviles y los camiones cotidianamente dejaban gente atropellada; el ensanchamiento y la transformación de la ciudad provocaban que los niños que paseaban, jugaban o se trasladaban solos se perdieran, sin saber luego reconocer el camino de regreso a sus casas; las enfermedades provocadas por la falta de servicios urbanos y la insalubridad eran causa de alta mortalidad infantil.25
Gran parte de los niños y las niñas de los sectores populares urbanos vivían en apretados cuartos de vecindad, compartiendo habitación con sus padres, hermanos y otros parientes; las actividades recreativas ocurrían en el patio de la vecindad o en la calle. Las vecindades solían tener un portero, que con frecuencia vivía en algún cuarto del edificio y se encargaba de la limpieza de los espacios comunes, trabajaba como vigilante, observaba, permitía y restringía la entrada y salida de gente, y en algunas ocasiones también se ocupaba de la desagradable tarea de cobrar las rentas. El cuidado de la vecindad dependía también de los vecinos que “entraban y salían, se asomaban por la puerta o la ventana, oían conversaciones y vigilaban conductas”.26 Esta forma de habitar generaba una vida colectiva en la que los vecinos solían hacer frente a los sujetos que consideraban riesgosos: la policía, los cobradores, los representantes del gobierno o los ladrones;27 al mismo tiempo, ese espacio que lindaba entre lo privado y lo público era escenario de conflictos, peleas y riñas que “terminaban por involucrar a todos los habitantes de la vecindad”.28
Desde la sociología de la infancia, Kim Rassmusen ha estudiado las formas en que niñas y niños experimentan la espacialidad y el efecto de ésta en la vida cotidiana.29 Las fuentes de los primeros años del siglo XX muestran cómo el hogar se extendía más allá de las cuatro paredes de un cuarto de vecindad o de la reja que separaba a ésta de la calle. Para los sectores populares, el “afuera” no se consideraba un espacio inapropiado o inseguro para la infancia; los niños jugaban en el quicio de la puerta abierta de sus casas, en el patio de la vecindad, en la calle o en las plazas cercanas, y esas prácticas hacían que las fronteras entre interior y exterior, entre lo privado y lo público, fueran muy imprecisas a principios del siglo XX.
La capital mexicana tenía fama de ser peligrosa para niños y niñas. Cuando la magonista Juana Belén Gutiérrez de Mendoza tuvo que huir hacia la ciudad de México a causa de sus publicaciones contra Porfirio Díaz, sintió para ella y sus hijas el mayor de los temores, posiblemente alimentados por sus lecturas de la prensa. “El día 2 de enero de 1902 —escribió— amanecí en la famosa Ciudad de los Palacios que me infundía un terror casi como el Castillo de Granaditas. No podía dormir, porque cuando trataba de hacerlo creía ver a los ‘robachicos’ llevándose a mis chiquitinas, ni sabía cómo salir a la calle porque se me figuraba que me las arrebatarían de la mano.”30
Es significativo, en el relato de Juana Belén, que el miedo al secuestro se vinculara tanto con el espacio del hogar como con el espacio público. Y es que, desde los primeros años del siglo XX, los reporteros llamaron la atención sobre el hecho de que varios secuestros de niñas pequeñas habían sucedido en el lindero donde terminaba el hogar y comenzaba la calle. En 1901, mientras jugaba en la puerta de su casa, Delfina, de cuatro años, fue secuestrada por un individuo que le dio dulces y le prometió que, de ir con él, le compraría una muñeca. Algunos familiares de la niña trataron de alcanzar al secuestrador, pero cuando, corriendo, llegó al callejón de Tabaqueros, varios léperos y pelados lo defendieron. Finalmente, unos soldados que pasaban por el rumbo lograron recuperar a la niña.31 En 1902, otro niño de dos años y medio también fue sustraído en la puerta de su casa por una mujer.32 Anselmo, de siete años, fue secuestrado en el zaguán de su vecindad en la Plazuela de la Palma el mismo año;33 años antes, una niña de dos años y medio, que jugaba en el patio de su casa entre las seis y las siete de la tarde, fue sustraída por una mujer que entró y “tomándola en brazos emprendió veloz carrera”; afortunadamente, familiares y vecinos le dieron alcance.34
Los secuestros más desconcertantes eran aquellos que sucedían cuando los niños estaban en su hogar, un espacio que casi por excelencia se consideraba seguro. Probablemente este crimen se facilitaba por la costumbre de dejar abierta la puerta del hogar en una ciudad que evidentemente estaba transformando su relación con la seguridad, la privacidad, la criminalidad y la infancia. En 1907, una bebé de cinco meses desapareció de su habitación en el momento en que su madre fue a la cocina a dejar algunos trastos.35 A otra niña, hija de un michoacano “acomodado”, que “jugaba solita en el patio de la casa”, la intentó secuestrar una muchacha de unos 18 años vestida pobremente; su padre interrumpió el secuestro. Otra mujer, que pidió alojamiento a la portera de una vecindad, se esfumó con el rubio hijo de la cuidadora, de apenas 15 días de nacido.36
La función de los vecinos en el cuidado de la infancia era fundamental, ya que con frecuencia eran quienes daban la voz de aviso si algún desconocido intentaba llevarse a un niño. En varias ocasiones, madres y padres salieron corriendo tras los secuestradores al escuchar el grito de alarma de sus vecinos y los atraparon en su carrera.37 Muchos vecinos evitaron el secuestro de niños al capturar in fraganti a los criminales; a veces los detenían, otras llamaban a la policía, en ocasiones comenzaban un linchamiento golpeándolos con furia. Los vecinos solían reconocer a los niños del rumbo e identificar a la gente extraña al barrio; por lo tanto, podían actuar velozmente para atrapar a los secuestradores y arrancarles de las manos a los niños.
Algunos casos muestran cómo la generación de niños que creció en la primera década del siglo XX sufrió las transiciones entre un mundo de libertades para la infancia y otro en el que emergía el control de la autonomía infantil. A principios del siglo XX, los niños caminaban solos a la escuela o a su trabajo, como voceadores, boleros, aprendices en algún taller, o simplemente paseaban y jugaban con sus amigos. Los padres acostumbraban a asignarles algunas responsabilidades a los niños muy pequeños, como ir a hacer compras o mandados. Por ejemplo, en agosto de 1898, el señor Román Álvarez mandó a su pequeño hijo de cuatro años a comprar una caja de cigarros a la tienda que quedaba cerca de su casa; sin embargo, el niño no regresó. El afligido padre y las autoridades sospecharon que había sido víctima de un robachicos.38 Muchas madres trabajadoras no tenían otra opción que tener a su lado a sus hijos en sus espacios laborales. La pequeña hija de una modista, de un año y medio, jugando cerca del taller en donde trabajaba su madre, desapareció “en un abrir y cerrar de ojos”. Al preguntarles a todos los vecinos, “por fin, Manuel Arias, que tiene una carbonería en la misma calle, le dio [a la madre] las noticias que pedía, diciendo que él vio cuando se acercó a la niña una señora de aspecto decente, que vestía traje color de rosa y rebozo de seda azul con puntas blancas, y se llevaba a la niña platicándole, que no avisó pues viendo el agrado con que la pequeña iba, supuso que la señora sería parienta de la niña”.39
Aunque la prensa publicaba cada vez más casos de niños desaparecidos, las formas en que sucedían los secuestros en esa época nos hablan de un mundo citadino en el que no se consideraba que los niños debían tener vigilancia constante. Esa confianza a veces era vulnerada por ocasionales prácticas criminales. Por ejemplo, en 1909 un padre que estaba tomando un helado con su hijo en el Portal de Mercaderes dejó que el niño se alejara para mirar los puestos de juguetes, situación que aprovechó un hombre para intentar apoderarse de él.40 Luz, de siete años, mientras escuchaba la audición de una banda de música en el kiosco del Zócalo, cerca de su madre, fue secuestrada sin que su progenitora se diera cuenta.41 Algunos niños que habían ido solos a la escuela fueron seducidos por los dulces de calabaza y miel que llevaban los robachicos.42 Estos casos muestran cierta libertad infantil en el uso del espacio público: los menores de edad eran poco vigilados por los adultos, no iban tomados de sus manos y sus progenitores los dejaban alejarse considerablemente de ellos.
Sin embargo, al avanzar los años, los periódicos incrementaron las notas de alarma sobre los riesgos de los robachicos y pugnaron por más vigilancia de los niños en los espacios públicos. En abril de 1900, El Popular informó que diez personas se habían presentado en la Inspección General de la Policía de la ciudad de México para reportar la desaparición de sus hijos.43 Años después, en el mismo diario se escribió: “¡El padre o la madre que amen a sus hijos, no deben confiarlos en la calle a nadie, absolutamente a nadie, ni permitir jamás que salgan, si no es acompañados por ellos mismos, y por ellos mismos protegidos!”44 Otros periódicos se fueron sumando a estos llamados a la vigilancia y el cuidado infantil, y diferenciaron las responsabilidades familiares, que variaban en relación con la clase social. En los sectores populares debían ser las madres y los “jefes de familia” los encargados de la protección y la seguridad infantil; en las clases medias y altas, las nanas y las empleadas domésticas tenían esa función.
Efectivamente los robachicos se llevan a los niños que van descuidados y a los que ven como abandonados en la calle y el número de estos últimos es grande: lo más frecuente es ver en cualquier barrio de la ciudad bandadas de chiquillos de dos y tres años o hasta seis, jugando tranquilamente en la mitad del arroyo, expuestos a que un tren o carro los atropelle, sin que nadie los vigile, pues las madres están entregadas a sus faenas domésticas y los padres en su trabajo: se hace raro que esos niños no sean víctimas de un accidente y que las hazañas de los robachicos no sean mayores de lo que son.
Los niños de más de seis años que en lugar de ir a la escuela se pasan el día jugando, molestando a los transeúntes y aun haciendo algunas raterías, son en número también considerable en todos los rumbos de la ciudad, y la autoridad debería dar orden a los gendarmes de tomar nota de sus nombres y domicilios para obligar a sus padres a mandarlos a la escuela con lo que el aseo y orden de las calles ganaría mucho y se haría un gran beneficio a esos pequeños pilluelos que, en su mayoría, llegan a la mayor edad analfabetas y se convierten en vagos o en malhechores cuyo domicilio son las cárceles y presidios.
Aun de los niños de las clases media y rica, muchos caen en poder de los robachicos a causa del poco cuidado que con ellos tienen sus familias o las niñeras encargadas de llevarlos de paseo y que, distraídas con cualquier objeto, los pierden de vista y los dejan acercarse a cualquier peligro de los muchos que hay en la vía pública.
Si la policía y los jefes de familia tuvieran más cuidado, los robachicos tendrían muchas dificultades para llevarse a los niños o caerían más pronto esos criminales en poder de la justicia, y la instrucción pública vería aumentarse mucho el número de escolares que hoy es relativamente pequeño, comparado con la población de la capital, que excede de medio millón de habitantes.45
Esta nota evidencia el uso infantil extendido del espacio público y denota ciertas ideas sobre la expulsión de los niños pobres de las calles, vinculadas a una política de higiene social y orden urbano.
Varios casos que hoy podrían calificarse como ejemplos de una excesiva ingenuidad exhiben por el contrario las relaciones de confianza y familiaridad entre los habitantes de la ciudad. Por ejemplo, una mujer que caminaba con su bebé por la calle de Tacuba en 1899 fue detenida por una señora que le ofreció trabajo como nodriza y la hizo subir al departamento de un edificio; mientras, ella cuidaría del bebé ajeno escaleras abajo. Cuando la confiada madre regresó, no encontró ni al bebé ni a la mujer.46 Dos años después, una nana llevó a pasear a un bebé a la Alameda, donde fue detenida por un sujeto que le dijo ser el padre de la niña y la mandó a comprar cigarros. La nana regresó y el hombre y la bebé ya no estaban.47 La Alameda era un atractivo parque citadino para el juego y el paseo infantil, en el que los robachicos podían elegir a sus presas, vigilar sus movimientos y ejecutar sus crímenes sin muchas dificultades. El 30 de enero de 1902, The Mexican Herald documentó el caso del secuestro en ese mismo parque del hijo de la señora Roue. La nana había llevado a pasear a los dos pequeños niños de esa mujer estadounidense, los bajó de la carriola y los dejó jugar en uno de los caminos de la Alameda mientras entablaba plática con una mujer desconocida. Cuando volvió la cabeza, uno de los niños había desaparecido.48 Una tarde de primavera en 1903, en el mismo parque, una señora caminaba “muy tranquila” con su hijo de seis años cuando una mujer se le acercó pensando que era la nodriza del niño y “pretendió quitárselo de las manos alegando que era su ahijado y lo llevaba por lo mismo a pasear”; en este caso, el engaño no topó con la persona indicada, por lo que la madre armó gran escándalo y el secuestro no se logró.49 Con frecuencia se vinculó a nanas, servidoras domésticas y nodrizas con el secuestro infantil. Muchas veces eran trabajadoras novatas que llegaban de otros estados de la república, poco familiarizadas con la ciudad, con las familias para las que trabajaban y con las estrategias de los criminales, y por eso llegaban a ser engañadas fácilmente. Otras eran contratadas sin averiguar cuáles eran sus antecedentes; en ocasiones, ellas mismas secuestraban a los niños, generalmente los de más corta edad.50
Aunque la ciudad se expandía, para principios de siglo todavía era una pequeña urbe. En 1910, la capital abarcaba 962 hectáreas (que crecerían a 2 154 en 1918) y un área metropolitana urbanizada de 3 250 hectáreas.51 No existen cifras que den cuenta de cuántos niños extraviados o secuestrados fueron encontrados, pero algunos casos nos hablan de que en una ciudad de ese tamaño todavía era posible localizar a los niños perdidos.52 A Rita Guadarrama, por ejemplo, le habían quitado a su bebé de 13 meses dentro de su casa. A decir de la prensa,
la madre pasaba los días y las noches en las calles. Apenas se alimentaba con lo que podía y seguía buscando a su hijo por todas partes. Había recorrido mercados, plazas, suburbios del lado norte de la capital, y bebiéndose sus lágrimas continuaba su peregrinación, pues no perdía la esperanza de recobrar a su hijo […] Por todas partes se veía a la infeliz mujer, acusando sus ojeras largos desvelos y su rostro demacrado intenso sufrimiento. El marido por otro lado buscaba también a su hijo en las horas que salía de trabajar. […] Después de tres días de vagar por toda la ciudad, la Guadarrama oyó llorar a una criatura que no dudó fuera su hijo y a fin de corroborarlo, esperó una oportunidad. No cabía duda: el chiquillo que lloraba quizá la ausencia de su madre o bien por el maltrato que le daban en la casa donde estaba, era nada menos que el hijo de la pobre Rita.53
Las dimensiones de aquella ciudad aún permitían encontrar a algunos niños. Una madre que “no descansaba ni de día, ni de noche, para lograr hallar a su hijo” de dos años lo localizó con dos mujeres en la Plazuela de la Lagunilla, cuando las robachicos bebían pulque con dos hombres dentro de una taberna.54 Una niña que había sido secuestrada el 27 de mayo de 1907 fue localizada en la Plaza de Armas, “en un estado lamentable, pidiendo limosna”; fue su madre quien la encontró: “dudó un momento que fuese su hija, pero la niña yendo hacia ella se le echó al cuello, contándole los torturadores sufrimientos a que la [Anacleta] Nava la tenía sometida”.55 Otros niños fueron secuestrados en la calle y luego abandonados en otros puntos de la ciudad. Uno que vivía en la plazuela del Tequesquite y otra que vivía en Santa Cruz Acatlán fueron encontrados en La Merced, con lo cual se suponía que “alguien los llevó y abandonó después en los lugares donde los recogió la policía”.56
TRÁFICO DE NIÑOS PARA TRABAJO FORZADO
Fue vox populi que el objetivo de los secuestradores de niños era dedicarlos a la mendicidad y que la mayor parte de los robachicos pertenecía a los bajos fondos. Se hablaba de que se disfrazaban de gente pobre, que llevaban dulces e imploraban caridad pública: “¡así que mucho cuidado con los mendigos robadores de niños!”, recomendaba la prensa.57 Por “lo general los mendigos son los que los roban para especular con la agonía de un inocente”, insistían los reportajes.58 Tan arraigada estaba la creencia de que los robachicos eran indigentes que cuando, en 1906, “un señor ya de edad madura y que portaba lentes y jaquet” se llevó a un niño de dos años, logró convencer al padre del niño de que en realidad lo había encontrado perdido en el arroyo. La cuidada apariencia de aquel hombre hizo que el padre dejara “al robador que siguiera su camino”.59
En 1901, en la primera plana de La Patria, periódico dirigido por Ireneo Paz, se relató el hallazgo de un “taller” en el que se construían “monstruos” y se deformaban niños para “excitar en ellos la rudimentaria caridad de nuestra sociedad”. Se aseguraba que los criminales “se dedicaban a la espeluznante tarea de vaciar ojos, amputar manos, romper la espina dorsal, desquebrajar piernas de niños sanos, hermosos aptos para la vida y la felicidad”.60 El editorial se quejaba de que la sanción para la magnitud del hecho no estaba prevista en el Código Penal y que podía entrar sólo en el rubro de “lesiones”; criticaba las penas insignificantes para los robachicos y hablaba de que, siendo tan fácil fusilar a los criminales, éstos eran dejados en libertad.61 Criminalizando y victimizando por partida doble a víctimas y victimarios, el redactor llamaba a que las autoridades investigaran los lazos de parentesco entre mendigos y niños, criticaba la “ilustrada caridad hacia las víctimas” y pedía la persecución y ejecución de los explotadores. “Si el niño está mutilado o deformado y en examen médico se establece que traumatismos intencionales produjeron esos males, el mendigo debe ser fusilado en el acto que su responsabilidad quede establecida en un juicio sumario, sin los trámites constitucionales o dilatorios de cualquier género”.62
Debe prohibirse terminante y absolutamente la mendicidad en compañía de niños; toda mujer u hombre que implore la caridad pública con ellos, debería ser sometido al examen que se indica anteriormente, y en caso de resultar realmente madre o padre del infante, se remitirá a éste a un asilo, y si no lo hubiere en la población, lo que es muy frecuente entre nosotros, dada la sordidez y catolidez [sic] de la caridad católica, deberá, por lo menos, extenderse un certificado donde conste la filiación del hijo del mendigo, y se le imponga la obligación de renovarlo cada seis meses. Cualquier autoridad o particular podrá exigir la presentación de tal documento, y en caso de que el mendigo no lo muestre, será castigado y sometido a las investigaciones ya expuestas.
Los niños no deformes que imploren por sí mismos la caridad, lo que es monstruoso que suceda en una sociedad culta, pero entre nosotros sucede, deberán ser autorizados a ello previa investigación de que no son explotados por algún bribón o criminal, por medio de un documento análogo, y alguna placa o distintivo visible.63
Las familias populares debían, según la nota que las criminalizaba, tener comprobantes para asegurar su filiación con los hijos, a diferencia de las élites, a las que debía permitirse transitar con niños sin ningún documento que demostrara sus vínculos de parentesco. No sería la última vez que se pidiera la pena de muerte para los secuestradores. Si bien se hablaba de que muchos niños secuestrados eran explotados en la mendicidad, el caso que sacudiría a la prensa en la primera década del siglo XX no estaría relacionado con gente pobre que secuestraba a niños pobres para tal propósito, sino con una imbricada red de traficantes de personas vinculada a hacendados porfiristas y apoyados por autoridades estatales que buscaban explotar a los niños como mano de obra esclava.
En 1907, cuatro revolucionarios mexicanos presos en la cárcel municipal de Los Ángeles, California, entre los que se encontraba Ricardo Flores Magón, le contaron al periodista estadounidense John Kenneth Turner que México era un país donde aún existía la esclavitud, pues “hombres y niños” eran “comprados y vendidos como mulas”.64 Turner decidió viajar para comprobarlo. En 1908, encontró que entre los diversos métodos utilizados por los hacendados para enganchar a trabajadores se encontraba el del “secuestro descarado” de mujeres, hombres y niños. El escritor calculaba que, en “el año que terminó el 1 de septiembre de 1908, habían desparecido en las calles 360 niños de seis a doce años, algunos de los cuales se encontraron después en Valle Nacional”, donde se ubicaban las haciendas tabacaleras del estado de Oaxaca, considerado “el peor centro de esclavitud de todo México”.65 Según Turner, “la tercera parte de los esclavos del Valle Nacional eran niños menores de 15 años” que eran utilizados como mano de obra: “cuestan menos, duran bastante y en algunas labores, como la de plantar el tabaco, son más activos y, por lo tanto, más útiles. A veces se ven niños hasta de 6 años plantando tabaco.”66 Durante el Porfiriato, las plantaciones de tabaco en Oaxaca fueron famosas por recibir a gente de diversas partes de México, forzada a trabajar en condiciones muy parecidas a la esclavitud.
Un torrente de noticias sobre la desaparición de niños de “las clases menesterosas” y del “proletariado” inundó la prensa; algunos periódicos se animaron a aplaudir “la pesca que la policía ha conseguido hacer últimamente al capturar algunos vampiros de los que se consagran a la explotación de la infancia”.67 Los niños no sólo eran llevados a Oaxaca. En 1902 se encontró una casa de detención ilegal de niños en plena capital del país, desde donde eran transportados al estado de Yucatán.68 El 14 de abril de ese año, El Popular publicó en primera plana un “descubrimiento sensacional”. Se denunciaba un verdadero “comercio de carne humana”, por el que se calculaba que alrededor de 400 niños habían sido “enganchados” por traficantes para llevarlos “deportados a tierras mortíferas como Yucatán”.69 El Popular denunció los visos de esclavismo: “han podido apreciarse en todo su horror y negrura los estragos que en la sociedad estaba haciendo y el regreso que envolvía hacia algo semejante a la trata de negros y al comercio del hombre rebajado en su calidad de tal y considerado como cosa, como bestia o como artículo de comercio”.70
El hallazgo de la casa de detención clandestina en la ciudad de México se debía, más que a la pericia policial, a la desesperada búsqueda que Juana García había emprendido para encontrar a su hijo Heriberto Hernández, de ocho años, secuestrado días antes. La angustiada madre lo había hallado en una casa en el popular barrio de Peralvillo. Sin embargo, una cosa fue localizarlo y otra muy distinta rescatarlo de lo que parecía una mafia organizada. Juana tuvo que pedir ayuda en la Primera Demarcación de la Policía, pues los captores se negaron a entregarle a su hijo, incluso cuando ella acudió a la casa de los enganchadores acompañada de un gendarme. “José Tornel, dependiente de don Enrique Iglesias, contratista de trabajadores para las obras que se ejecutan fuera de la capital”, no permitió el paso al gendarme, que decidió quedarse en la puerta para “evitar que, si acaso había varios niños en ella, no los fueran a sacar”.71 Mientras tanto se pidió auxilio al inspector de la policía de la ciudad de México, que finamente logró que Heriberto fuera entregado a su madre. El niño explicó a las autoridades que otros niños, de entre ocho y nueve años, se encontraban secuestrados junto a él. Sin embargo, mientras la señora Juana había ido a la comisaría a pedir ayuda, los secuestradores llevaron a los niños a otro lugar en la calle de Granada.72 Cuando la policía entró a la casa de Peralvillo, observó que en el terreno había sólo personas mayores de edad que declaraban haber sido “enganchadas voluntariamente”.
Posteriormente, la policía se trasladó a la calle de Granada. Ahí los porteros se negaron a hablar con los oficiales, por lo que fueron aprehendidos junto con el portero de la casa de Peralvillo y el contratista Enrique Iglesias. Ya en la comisaría, los conserjes declararon que “momentos antes de que la policía se presentara en la calle de Granada se encontraban allí once niños, de ocho años el mayorcito”,73 a quienes habían dejado libres pidiéndoles que regresaran a las cuatro de la tarde. De esos niños sólo volvieron seis: Felipe Hernández, José Guadalupe Ramírez, Rafael Ramírez, Demetrio Olivera, José Montañez y Agustín Ramírez, que luego fueron entregados a sus familiares. Cuando se les preguntó cómo los secuestradores se habían apoderado de ellos, los niños contaron que había sido “por la fuerza, con engaños y amenazas”. Se quejaron además de que los encargados de vigilarlos “les daban muy mal trato, no permitiéndoles salir a la calle, ni valerse de nadie para comunicarse con sus familias, y al que tal cosa intentaba hacer, lo castigaban cruelmente”.74 José Guadalupe Ramírez, de once años, declaró:
el miércoles 9 del corriente, al regresar de San Fernando, a donde fue a llevar a su padre Feliciano Ramírez las herramientas de albañilería con que trabaja, fue tomado de la mano en la calle de Cordobanes por un individuo medio güero que después ha sabido se llama José Larios. Que caminó con él rumbo a Peralvillo y comenzó aquél luego a hacerle proposiciones para que fuese a trabajar con él pagándole dos reales diarios; que él principió bien pronto a resistirse a seguir acompañándolo no sin haberle manifestado antes que para arreglarse en lo relativo al trabajo que le proponía, necesitaba hablar antes con sus padres.
Así seguían andando, cuando en la calle de Tepito cogió Larios a otro pequeñuelo de sombrero café, camisa colorada y pantalón cuyo color no puede precisar por no recordarlo; que también lo comenzó a conquistar para que fuera a trabajar pagándole dos reales diarios; que con esto lo alucinó y que cuando menos lo esperaban se encontraron dentro de la casa número 7 y medio de la 3a calle de Peralvillo, donde contra toda su voluntad, permanecieron hasta el viernes en que el personal de la 1a Demarcación fue a sacarlos de allí. Agregó que los golpeaba mucho durante su encierro una mujer llamada Ángela Flores.75
Felipe Hernández confirmó todo lo que dijo José Guadalupe y agregó que a él esa mujer le daba “chicotazos” y “que para dormir no les proporcionaban ni siquiera un petate; que los encerraban en un cuartito, y que también a él le daban todos los días dos reales, que después le quitaban en pago de unos frijoles”. Agregó que en esa casa había alrededor de 20 niños que se escaparon cuando llegó la policía.76 Felipe indicó que a José Guadalupe la mujer “le había pegado repetidamente con una correa”.77 El juez tomó declaraciones a las madres y a los niños, y ordenó careos con los raptores. El niño José Guadalupe, por ejemplo, fue confrontado con Ángela, su secuestradora, quien negó todo, mientras que el niño sostuvo su dicho.
Ángela Flores, los porteros Pedro Sumarán, José Larios y Luis Chávez, y el contratista José Tornel fueron procesados y encarcelados. El caso impulsó a otras mujeres “del pueblo” a presentarse ante la autoridad para denunciar la desaparición de sus hijas y un abogado “muy conocido” se encargó de defenderlas.78 En El Correo Español se reportó que “la indignación popular era tan grande al percatarse de este infame tráfico que ha sido necesario ejercer una vigilancia especial cerca de los corralones para que no se produjeran tumultos”.79
José Joaquín Pedro Romay Riveroll, nacido en San Andrés Tuxtla, Veracruz, tenía 63 años; para entonces había procreado 22 hijos, era el principal responsable del tráfico y secuestro de niños, y además era alguien muy cercano al círculo familiar de Porfirio Díaz.80 Romay había sido “comisionado de los hacendados de Yucatán para suministrarles brazos que se dediquen en aquel estado al fomento de la agricultura”.81 Aunque alguien aseguró que Romay no podía declarar pues había salido a Veracruz, otros dijeron que había “desistido del viaje, debido a que no llegó la cuerda de enganchados que iban a enviarse ese día a Yucatán y cuya remisión no se efectuó por haber intervenido la autoridad”.82 Romay manifestó su voluntad de ayudar en las investigaciones policiales y se declaró ajeno a las acusaciones. En una entrevista para El Imparcial se le describió como un hombre pálido, violento e irascible. Ahí aseguró que él no intervenía “para nada en el enganche de familias, puesto que de dicha comisión se encargan sus agentes, a quienes suele dar veinte pesos por cada una de las que contrata, presentándole los documentos en debida forma”.83 Romay señalaba que “la forma en que esos agentes se hagan de los trabajadores que necesito, la ignoro por completo”. A esto agregaba que tenía el total respaldo policial, pues “siempre he embarcado las remesas [de personas] delante de la policía y a la faz de todo el mundo en la estación de ferrocarril y sin impedir que los gendarmes suban al carro en que van los trabajadores”.84 Romay evidenciaba la complicidad de las autoridades estatales en el tráfico de niños y adultos esclavos hacia las haciendas henequeneras. Este traficante habló también de que sus trabajos estaban coordinados con el general Luis Legorreta y que en el andén del Ferrocarril Mexicano se realizaban todas las “expediciones” con la presencia del oficial de gendarmes y las autoridades de la estación, sin que nunca se hubiera presentado algún contratiempo.85 Porfirio Díaz había otorgado a Legorreta una concesión para transportar “reos rateros” al Valle Nacional y enganchar trabajadores en cualquier punto de la república mexicana.86 Legorreta era una figura clave en el sistema de enganche de trabajadores del Porfiriato y la policía se encargaba de que hombres, niños y mujeres fueran trasladados en orden a los trenes.87 En esta “compleja red de complicidades articulada entre las autoridades del régimen porfirista, agentes profesionales del enganche y hacendados interesados” se trasladaba a adultos y niños sin consideraciones.88 El secuestro infantil de niños pobres estaba legitimado por el gobierno de Díaz.
Romay aseguraba que sus intenciones al llevar a los pequeños a las haciendas eran totalmente formativas, que estaba preocupado por ellos y que “los muchachos que eran llevados a Yucatán para distribuirse en las fincas del campo no eran dedicados exclusivamente al trabajo sino que en horas hábiles se les obligaba a aprender a leer, escribir y contar, y cuando esos chicos llegan a ser hombres, o a tener una edad suficiente, los casan legalmente con las muchachas que ya están en el caso de contraer matrimonio a fin de que formen familias”.89 Para el caso colombiano, Max Hering ha documentado cómo decenas de niños pobres fueron capturados por la policía en las calles de Bogotá a finales del siglo XIX con la justificación de “liberarlos” de una vida de vagancia y “civilizarlos”, orientándolos por la senda del trabajo honrado… y forzoso en los cafetales, gracias al vínculo claro y estrecho entre autoridades policiales y empresarios.90
En México bárbaro, Turner denunció que los enganchadores estaban asociados con los jefes políticos, a quienes pagaban cuotas anuales que servían para que las fuerzas rurales custodiaran a hombres, mujeres y niños aprehendidos. Los enganchadores atraían con engaños a los trabajadores, les entregaban algún anticipo, generalmente de 20 pesos, con el “formalismo de firmar un contrato” y entonces los tomaban prisioneros. Se les decía que tenían deudas pendientes y que los retendrían hasta que terminaran de pagarlas con su trabajo.91
Romay no negó que uno de sus reclutadores hubiera sido Enrique Iglesias, pero dijo ignorar de qué procedimientos se había valido para servirle y reconoció que efectivamente existía la posibilidad de que las “familias” que se formaban para ir a trabajar a Yucatán fueran una simulación. En todo caso, se excusaba Romay, había que exigir la explicación de esas responsabilidades a sus agentes y no a él, que siempre tenía “los contratos en regla”. Afirmaba además “que los trabajadores hacen el viaje en las mejores condiciones de comodidad y buen trato, como pueden atestiguarlo los mismos empleados del ferrocarril”.92
En este sistema todos evadían las culpas. Los detenidos se deslindaban de responsabilidades, cada uno de los enganchadores argumentaba ser sólo una pequeña parte de una enorme maquinaria que evidenciaba un secuestro masivo de niños con fines económicos. Iglesias finalmente fue acusado por el delito de plagio93 y declaró que, si bien él trabajaba por su cuenta, quien lo había comisionado para la “adquisición de niños y de familias” había sido Joaquín Romay, a quien le había vendido 120 jovencitos.94 Aseguró que Romay proveía de trabajadores a los henequeneros y a las familias pudientes de Yucatán.95 El cálculo de las autoridades fue que el número de niños secuestrados seguramente triplicaba las cifras declaradas por Iglesias.96
Los chicos me los pagaba él a razón de 20 pesos cada uno, y las familias a 50 pesos. Romay me tenía recomendado que sólo con las familias hiciera contrato, que con los jóvenes no lo hiciera, puesto que, como menores de edad, era inútil contratar con ellos, como inhábiles aún para obligarse. Así que los infantitos los tomaba yo a título de huérfanos y los entregaba Romay como agregados o attachés a las propias familias. Mi agente para enganchar muchachos era José Tornel, a quien yo le pagaba dos pesos por mozuelo o por familia que me daba en mano, amén de que le tenía yo asignado un sueldo de 50 pesos mensuales por el desempeño de la comisión que le conté. Según lo que llevo dicho, el Sr. Romay me dio, en plata contante y sonante, la cantidad de 2 400 pesos.97
Los niños eran el eslabón más débil de la cadena. Aunque con los adultos la celebración del contrato era una mera formalidad y no mitigaba la explotación laboral, con los niños nadie elaboraba un documento y en todo caso se aprovechaba la idea de que eran “inhábiles” e incapaces de defenderse. Una vez que los secuestradores lograban separarlos de sus familias de origen, éstos eran registrados como “huérfanos”, situación civil que facilitaba su compraventa.
Romay prefería transportar “no matrimonios sino familias formadas por el padre, la madre, y el mayor número de hijos posible, pues que éstos se aclimatan fácilmente, mientras más pequeños son y después forman un verdadero lazo de arraigo beneficiando para ellos y los finqueros que cuentan así poco a poco con laboriosas colonias donde los trabajadores son tratados con toda humanidad”.98
El enganchador Iglesias declaró que él desconocía que fuera ilegal apropiarse de menores de edad para mandarlos a Yucatán y declaró estar haciendo un bien por la nación, pues era conocido que en Yucatán la mano de obra era escasa, lo que implicaba un revés para la industria y las fuentes de procuración de bienestar. Para Iglesias, el fin justificaba los medios y, si había aceptado las propuestas de Romay, no era por un mezquino interés de enriquecerse con el tráfico de seres humanos, sino con la noble intención de proveer espacios de trabajo para las familias y ayudar a la colonización de las regiones que necesitaban actividad humana.99
Ante las evidencias, Romay aceptó “que por cada joven que le entregaba Iglesias y que le enviaba a Yucatán, le pagaban los hacendados de la península la cantidad de 120 pesos, así como por cada familia, la suma de 220 pesos. En consecuencia, solamente por los 120 chicos que de manos de Iglesias recibió él, le pagaron la cantidad de 14 400 pesos.”100 El tratante dijo que “a cada muchacho al embarcarlo para Yucatán, se le regalaban 4 pesos para que fuera contento, así como 20 pesos a cada familia”.101 Cada niño, designado por los enganchadores como “cabeza menor”, costaba 120 pesos,102 lo mismo que costaba una vaca lechera de importación.103 El tráfico de personas era un redituable negocio, en el que los niños tenían una alta plusvalía, no sólo en la reventa sino también en el trabajo que realizaban en las haciendas (véase la tabla 1).
Joaquín Romay dispuso al menos de tres hombres, “comisionados especialmente para la persecución y secuestro de los niños que encontraban en las calles, mediante una gratificación que recibían del jefe de los enganchadores”.104 Uno de esos enganchadores, José Tornel, declaró que por cada niño atrapado le pagaban dos pesos y un sueldo fijo mensual de 50 pesos.105 Gente como él llevaba a los niños a las casas de detención ilegal y, una vez ahí, “les quitaban sus ropas, y se les ponían otras que eran unas blusas rojas, calzón blanco, sombrero de palma y zapatos amarillos, dándoseles además una frazada para que se taparan de noche. Con ese disfraz, los muchachos estaban desconocidos y hubiera sido difícil saber quiénes eran a juzgar por sus ropas”.106 Romay se encargaba de conducir a las “familias” hasta las haciendas en Yucatán en cuanto tenía “el número de ellas que juzga necesario para organizar sus expediciones”.
TABLA 1. Plusvalía del secuestro infantil, 1902
| José Tornel, agente enganchador | Enrique Iglesias, reclutador y contratista | Joaquín Romay Riveroll, comisionado | Henequeneros | |
|---|---|---|---|---|
| Precio de un niño | $2 | $20 | $120 | ¿$? |
| Precio de una familia | $2 | $50 | $220 | ¿$? |
FUENTE: elaboración propia a partir de fuentes hemerográficas.
Algunos niños lograban escapar del enganche. Turner, por ejemplo, relató que El Imparcial había publicado la noticia de “un niño de siete años que había desaparecido mientras su madre estaba viendo los aparadores de una casa de empeño” y que después de tres meses apareció y contaba haber “sido secuestrado y vendido a los dueños de una plantación de tabaco”.107 Sin embargo, fueron muy pocos los menores de edad secuestrados por Romay recuperados por las autoridades. Algunos se encontraron en la villa de Acanceh, un pequeño poblado a 30 kilómetros de la ciudad de Mérida, que dependía económicamente de la producción del henequén. En 1889, esta localidad contaba con 132 haciendas y en 1900 tenía una población de 22 741 personas.108 Se dijo que, desde ahí, un niño llamado Manuel Hernández, de 12 años, escribió una carta al gobernador de Yucatán, Olegario Molina Solís, el multimillonario y todopoderoso “rey del henequén”,109 pidiéndole que lo liberara y le ayudara a regresar a la ciudad de México, pues había sido llevado a la fuerza con otros niños por Joaquín Romay. Manuel vivía con el propietario de una pequeña tienda y al parecer algunos clientes le habían recomendado escribirle al gobernador. De alguna manera, el caso se hizo público y Molina Solís, porfirista de cepa y representante de la oligarquía henequenera, decidió usarlo para alardear de su ánimo justiciero. El gobernador ordenó que el juez del ramo penal fuera a la villa de Acanceh a averiguar qué estaba pasando con los niños robados.
Así, en mayo de 1902, por disposición del Tribunal Superior de Justicia del Estado de Yucatán, se hicieron diligencias en Acanceh y las autoridades recogieron a 54 niños que habían sido traficados por Romay.110 Unos habían sido secuestrados en la ciudad de México y otros en Guadalajara. Éstos relataron que habían viajado hasta Yucatán en un vagón de tren que llevaba ganado y que, cuando llegaron a la ciudad de Progreso, fueron asignados a algunas casas como sirvientes, en las que se les dio de comer y una hamaca para dormir.111 Contaron que habían sido engañados, pues les habían dicho que Yucatán quedaba muy cerca de la ciudad de México y que verían a sus familias con frecuencia.112 Aunque algunos manifestaron que habían recibido castigos por sus travesuras,113 la prensa aseguró “que eran muy bien tratados y […] manifestaron deseos de quedarse en las casas en que se encontraban”. Las crónicas periodísticas de la prensa porfirista insistían en que “los niños estaban contentos, sanos y decentemente vestidos”, y que incluso “lloraron cuando supieron que el Sr. Juez en cumplimiento de su deber, los traería a esta capital [Mérida] para llevarlos a México”. Mientras se gestionaba el regreso a sus hogares, fueron internados en la Escuela Correccional de Artes y Oficios de Mérida.114 Este caso impulsó al gobierno de Yucatán, un par de años después, a crear la Casa Escuela de Niñas de la villa de Acanceh.115
El secuestro de niños para el peonaje en las haciendas confirma algunas de las estrategias utilizadas en el Porfiriato por los hacendados mexicanos y evidencia un sistema criminal que muchos comparaban con el esclavismo. El Correo Español aseguró que la sociedad mexicana “estaba realmente conmovida e indignada” por ese “innoble comercio”.116 Algunos medios, como La Patria o La Revista de Mérida, si bien aceptaban que los yucatecos se encontraban preocupados por la vergonzosa imagen que de su estado se había extendido en la república mexicana, justificaron el secuestro, el trabajo forzoso y la privación de la libertad a las que se había sometido a niñas y niños.
Donde quiera que se cometa un delito, persígase y castíguese; y si hay una persona que acepte un niño en su familia, sabiendo que fue arrebatado a sus padres, sufra la pena correspondiente; pero no se inculpe a los yucatecos en general, que llevan una buena suma perdida en ensayos de inmigración, y que hacen esfuerzos desesperados por aumentar la producción de la tierra con beneficio propio, pero también del estado y de la república, y procurando mejorar las condiciones de los campesinos (a punto de que se encuentran hoy mejor que en la mayor parte de los otros estados) están estigmatizados, no obstante, por muchos periódicos que con una ligereza amarga, generalizan sus apreciaciones y nos presentan al mundo con el carácter de esclavistas y hoy de ogros que devoramos niños a distancia.117
La Revista de Mérida, entonces la de mayor tiraje del estado, hizo un alegato en defensa del trabajo forzoso al que se había sometido a niños y niñas secuestrados. Aseguraba que sería una injusticia restituirlos a sus familias de origen y “arrancarlos” de “las familias donde han llegado a crear afectos y se encuentran perfectamente, niños que han venido en condiciones normales y que no quieren separarse de quienes los tratan bien y satisfacen todas sus necesidades para la vida”.118 La prensa independiente se opuso a las miradas cómplices y denunció las condiciones laborales de las haciendas.119 El periódico La Convención Radical Obrera criticó furiosamente la postura de La Revista de Mérida y señaló que los esclavistas henequeneros eran “negreros” que solapaban un “infame tráfico” de niños bajo los falaces argumentos de que ignoraban su procedencia y les daban buen trato, educación y servicios médicos gratuitos. “¿Bajo qué bases o condiciones reciben los hacendados de Yucatán las remesas de hombres y niños que se les envían por conducto de sus agentes? ¿Por pieza o por manada?”, preguntaba el órgano de los trabajadores organizados.120 En su postura oposicionista, El Popular también se hizo eco de estas críticas y apuntó que éste era un verdadero caso de “comercio de carne humana”. Los niños plagiados, de familias pobres, fueron obligados
a trabajar en condiciones peores que las de los mismos esclavos de su edad, porque viven y trabajan separados de sus padres, y en un clima al que son llevados precisamente porque siendo mortífero, aleja a los trabajadores que podrían ir de otros lugares del país o del extranjero, espontáneamente o contratados por empresas industriales, y porque siendo niños de pocos años, ofrecen a los que los utilizan la cuádruple ventaja de poder “aclimatarlos” haciéndolos inmunes a las enfermedades del clima, como lo han declarado los plagiarios procesados, la de poder también educarlos a su antojo, como mejor convenga a sus intereses, la de pagarles menores salarios que a los operarios libres, y finalmente, la de tener completa garantía de estabilidad.121
El Popular explicaba por qué se preferían niños para el trabajo. El trabajo infantil disminuía los costos de producción, ya que se podían pagar nulos o exiguos salarios, o meras gratificaciones basadas en comida, vestido o vivienda; por otro lado, los niños generalmente no presentaban una oposición organizada a la explotación laboral, como sí lo hacían los trabajadores adultos. “¿Cuál no será el peligro para sirvientes y peones que el criminal, avaro y desalmado hacendado ha comprado desde niños, de los que se considera como dueño absoluto, y de cuyo costo quiere reembolsarse?”122 A pesar de las denuncias y de la convicción de que a esos “monstruos” (los hacendados) debía caerles un castigo “ejemplarísimo”,123 prevaleció la impunidad para todos los criminales involucrados: en poco tiempo, los secuestradores y sus secuaces quedaron libres. No aparecieron noticias de que algún hacendado fuera llamado por la justicia para declarar sobre su responsabilidad en el tráfico de niños.
El 23 de mayo de 1902 se inició la apelación en la Segunda Sala del Tribunal Superior del auto de formal prisión de Enrique Iglesias y Joaquín Romay Riveroll. Su abogado “reprobó la conducta de la prensa, pues según él, ésta no debe por ningún motivo tratar los asuntos como del que hablamos, porque se desacreditan los señores acusados con las noticias que por ningún motivo pueden ser sensacionales”.124 Los periódicos proclives al régimen no tardaron en apoyar la idea de que la reputación de Romay Riveroll en la ciudad de Mérida era la de un honorable hombre de negocios.125 A la hora del juicio, “la sala se vio muy concurrida, pues sabida es la indignación que semejantes delitos han causado en la sociedad”.126
El Código Penal de 1871, vigente para entonces, tipificaba que “el delito de plagio se comete apoderándose de otro, por medio de la violencia, de amagos, de amenazas, de la seducción o del engaño”, por medio de la fuerza y con el propósito de venderlo,
ponerlo contra su voluntad al servicio público o de un particular en un país extranjero: engancharlo en el ejército de otra nación: o disponer de él a su arbitrio de cualquier otro modo; II. Para obligarlo a pagar rescate: a entregar alguna cosa mueble: a extender, entregar o firmar un documento que importe obligación o liberación: o que contenga alguna disposición que pueda causarle daño o perjuicio en sus intereses: o en los de un tercero: o para obligar a otro a que ejecute alguno de los actos mencionados [artículo 626].127
El juez decidió eliminar el cargo de plagio y, en cambio, acusarlos por el “delito de violación de las garantías constitucionales” (con excepción de Ángela Flores, para quien se pidió libertad y sólo sería juzgada por lesiones al niño José Guadalupe Ramírez).128 Se determinó que el delito se concentraba en la privación de la libertad, el cual, cuando tenía el propósito de pedir “dinero a cambio del rescate se contempló como una actitud lesiva y degradante para los intereses de cualquier sociedad civilizada”.129 “No hay plagio”, tituló la prensa la noticia al día siguiente. La resolución del juez dejó a los abogados de los acusados poco menos que felices.130 A Iglesias le fue concedida la libertad mediante fianza de 2 mil pesos.131 Había ganado mucho más por todos los niños que había vendido. Para julio de 1902, a Joaquín Romay se le otorgó la libertad bajo caución por 10 mil pesos.132
La impunidad para los traficantes de niños y la laxitud de las autoridades en la aplicación de la justicia exhibieron cierta complicidad con los terratenientes, la cual legitimó la continuación de este tipo de secuestros. Policías, jueces, periodistas, traficantes y hacendados formaban un sistema que hacía del tráfico de menores de edad una empresa no sólo muy redituable, sino impunemente exitosa. En 1906 todavía se acusaba que había niños secuestrados que eran llevados a “las solitarias regiones del Valle Nacional, en ese asilo de ladrones y rateros”, con “campos desolados, que al exprimir el sudor de su frente” “prostituían” a la infancia.133 Ese año, la policía se dedicó a buscar a 20 niños desaparecidos, de quienes se creía que habían sido enviados a Yucatán.134 Las oficinas de la policía se veían cotidianamente visitadas por atribulados padres y madres, y se creía que la “banda de robachicos que por algún tiempo había descansado, ha vuelto a entrar en acción y a ejercer su infame industria”. ¿El caso de los niños enviados como esclavos a Yucatán sería motor para los pánicos que se crearían en torno a los peligros a los que se veía expuesta la infancia en las ciudades? Desconocemos cómo se fijó este caso en la memoria colectiva e individual de la población. ¿Consideraban los mexicanos que había habido impunidad para autoridades, empresarios henequeneros y traficantes? ¿Qué ideas ya circulantes, y reforzadas por estos casos, irían asentándose en la población sobre los policías, las autoridades y los jueces? Las notas de los periódicos no apuntaron esos cuestionamientos. El periódico católico El Tiempo, por el contrario, habló de tener confianza en la policía, las autoridades y su vigilancia de los trenes, en la honradez de los hacendados y las élites que utilizaban “de buena fe” el trabajo infantil, y propuso no secuestrar niños en la calle sino conseguirlos en establecimientos de beneficencia:
Indudablemente la policía vigilará la salida de los trenes, pues muchos de los niños robados serán llevados fuera […]: y se habrá puesto de acuerdo con las autoridades de Veracruz y Tampico para inspeccionar el embarque de pasajeros a Progreso y Campeche, porque se recordará que hace algún tiempo se supo que la mayoría de los niños robados se enviaban a la península yucateca, donde se pagan, de buena fe y creyéndolos unos desheredados, buenos precios por ellos, ya para prohijarlos, ya para educarlos, para domésticos que escasean allá, o para dedicarlos a ciertos oficios. Aun cuando, como decimos, allá se proceda de buena fe y creyendo que se trata de hacer un bien a infelices huérfanos, las autoridades de Yucatán deberían de ayudar a la de la Metrópoli a evitar ese tráfico infame, que causa tantas lágrimas y tantas aflicciones y que está prohibido por las leyes. Numerosos son los verdaderos huérfanos asistidos en los establecimientos públicos de beneficencia, y a éstos pueden dirigirse las personas que, llenando los requisitos necesarios, quieran prohijar niños, pues aceptarlos de cualquier desconocido es ayudar en su criminal tarea a los robachicos.135

FIGURA 2. Hoja volante sobre las desapariciones ocurridas en 1906. “Los roba-chicos en México: desaparición misteriosa de 49 niños, en el tiempo transcurrido del 24 de septiembre al 24 de noviembre del año actual”, grabado de José Guadalupe Posada.

FIGURA 3. Las imágenes difundían la idea de que los robachicos eran hombres pobres. Los roba-chicos en acción, grabado en madera de José Guadalupe Posada. The Met Collection, accession number 60.678.13, CC0 1.0 Universal (CC0 1.0).
LA “PLAGA”
Con tal actuación del Estado, los secuestros infantiles continuaron: las decenas de niños desaparecidos en la ciudad de México sólo podían ser resultado de una organización criminal experimentada.136 En 1907, un grabado de José Guadalupe Posada, publicado en la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, aludió a 49 niños desaparecidos entre septiembre y noviembre de 1906 (figura 2). La imagen mostraba a una mujer de rebozo y tres hombres con sombrero —uno de ellos con sarape, todos con pantalones de rayas— que en un callejón capturaban a niñas y niños que no parecían estar acompañados por algún familiar, lo que expresaba el peligro al que estaban expuestos al circular solos por la ciudad y al hablar con hombres y mujeres desconocidos. Otro grabado presentaba a un hombre, de aspecto rural, con pantalón de manta, huaraches y sombrero de paja, que había detenido su carreta tirada por dos mulas en un paraje campirano para apoderarse de una pequeña niña (figura 3). Esas imágenes fueron reproducidas por El Nacional décadas después.137
La hoja de Posada contenía una nota sobre los robachicos y preguntaba: “¿Por qué motivo se pierden tanto los niños yendo a manos de esos explotadores sin moralidad que les nombran robachicos?” Para el autor, la respuesta era unívoca y la responsabilidad, individual. Sucedía, y se decía dos veces en el texto: “por el descuido de sus padres, es claro”. Posada se preocupó por recuperar en su publicación, el nombre, el apellido y la edad de los niños desaparecidos. Los versos sugerían que el verdadero motivo de la desaparición era el descuido paterno y materno; retrataban el desgarrador deambular por la ciudad de esas madres que a causa de su descuido e irresponsabilidad ahora recorrían las calles en búsqueda de sus hijos ausentes.
¡Pobres madres angustiadas
Cuyos hijos se perdieron!
¡Qué lágrimas han llorado
Por descuido que tuvieron!
Se acuerdan a todas horas
De sus gracias infantiles,
Y al ver sus juguetes sufren
Penas horribles por miles.
Tienen grabados por siempre
Sus caritas halagüeñas
Y parece que los miran
En sus juegos y carreras.
Recuerdan lo que comían
Aquello que les gustaba,
Y lloran que es una lástima
Por ser los hijos de su alma.
¡Pobres madres de esos niños!
Se encuentran inconsolables,
Y algunas en el licor
Pretenden menguar sus males.
Por todas partes preguntan
Por sus hijos tan queridos
Y dan sus señas y nombres
A todos sus conocidos.
No saben ya ni qué hacer
Para hallarlos enseguida,
Pensando que de hambre mueren
O por malísima vida.
¿En dónde estará a estas horas
El pobre de mi chiquito?
¡Quién sabe si esté ya muerto
Dicen llorando y a gritos!
Se vuelven como unas locas
Del grandísimo pesar
Y ni comen ya ni duermen
Pues no conocen la paz.
Éstas son las consecuencias
De su descuido nomás,
Por esto lamentan tristes
Sufriendo sin descansar.
Para otra vez, experiencia
Deben tener y cuidados
Así ahorran las pesadumbres
Por sus hijos extraviados.
Y aquí terminan señores
Las tristes lamentaciones;
Deseando que ya no vuelvan
A sentir tales dolores.
El término robachicos comenzó a asociarse con el de plaga, palabra que podía utilizarse para designar las calamidades naturales o las enfermedades difíciles de controlar, pero también a los sujetos que se consideraran perniciosos y dañinos a la modernidad pero que ésta reproducía exponencialmente: vagos, niños en situación de calle, pobres. Los artículos en la prensa fueron cada vez más extensos, cada vez más frecuentes; hablaban de la necesidad de que las familias estuvieran precavidas ante la llegada de la plaga de los robachicos. Nadie fincó la responsabilidad del cuidado y la protección de la infancia en las autoridades, nadie reclamó al Estado, sino que por el contrario se subrayó la idea de que las madres, ellas especialmente, no estaban haciendo bien su trabajo de cuidadoras. A esto se agregaría el cada vez más constante señalamiento de la calle como un lugar peligroso para la infancia. Por eso El Popular, desde muy temprano, sugirió constreñir la actividad infantil en el espacio público y exigió “no permitirles salir nunca solos [a los niños], no enviarles a la calle sino con personas de absoluta confianza; no permitirles ni aun jugar fuera del hogar y de la vigilancia paterna”.138 El Diario del Hogar, un periódico antiporfirista, alertó a las familias para estar en constante estado de alerta, ya que “un descuido o una ligereza” podía ocasionarles “dolores perpetuos”, en una ciudad en la que se vivía, de acuerdo con el relato costumbrista del periodista Vicente Galicia, “entre los eléctricos, los alambres, los automóviles, los patinadores callejeros, los cocheros desbocados, las atarjeas, los hoyancos, los gendarmes mal humorados, el tifo, la fiebre, Nadal y Santa Coloma, los robachicos, las latas americanas y las latas literarias, los alimentos adulterados, los descarrilamientos, las postales… etc., etc… quién es aquel que no tiene la vida en un hilo!”139
La creciente percepción del riesgo del secuestro de niños y niñas provocó una reacción común en la historia de la justicia en México: solicitar el endurecimiento de las sanciones a los delincuentes para detener el crimen. En mayo de 1907, el diario católico El País exigió modificar la legislación e incrementar las penas para los plagiarios.140 Unos meses después, La Voz de México, también órgano de los católicos mexicanos, señaló las deficiencias del Código Penal en lo que se refería al secuestro infantil: consideró que la pena correspondiente era muy tenue, que era necesario aumentarla y redoblar la vigilancia de la policía, ya que “de otra manera el mal aumentará, pues ya está tomando proporciones alarmantes”.141 En octubre de 1907, El Popular sugirió otra alternativa: la creación de un asilo para que los niños fueran recogidos de las calles y así evitar el peligro de su desaparición.142
Para 1910, un cálculo alarmista de El Tiempo habló de que cientos de menores de edad desaparecían mensualmente en México.143 Los acontecimientos revolucionarios concentraron la atención de la prensa en las noticias políticas y las historias de robachicos perdieron fuerza en los informes reporteriles. Miles de niños se unieron de heterogéneas formas a un proceso revolucionario que ocasionó cambios sustantivos en la vida de muchas familias. Durante la etapa armada de la Revolución, los robachicos no eran el principal riesgo para una infancia que en cambio debía hacer frente a la violencia de la guerra, las enfermedades, el hambre y el desabasto. El paso de la Revolución por la ciudad de México provocó el temor de padres y madres de familia, que conocían las historias de raptos y violaciones de niñas y adolescentes por parte de las distintas facciones revolucionarias, y que hacían lo posible por esconder a sus jóvenes hijas en pozos, cuartos o armarios para protegerlas de la violencia masculina.
EL MIEDO ES DE COLOR NEGRO
La figura del robachicos fue campo fértil para la elaboración de estereotipos sobre los sujetos riesgosos y la construcción de una serie de representaciones que se relacionaban con miedos colectivos de corte racial. En 1918, en medio de la convulsión revolucionaria, el miedo se asoció con un nuevo caso aparecido en la prensa: el del misterioso negro robachicos.
Durante el siglo XIX, la población afrodescendiente fue considerada una parte degenerada de la llamada “raza mexicana”. Se la consideraba floja, poco inteligente y de baja moralidad. En 1910, el historiador Alberto Carreño, ante un proyecto de abrir las puertas de México a 20 mil inmigrantes negros, escribió un manifiesto titulado El peligro negro, en el que advirtió que éstos “tenían que ser detenidos a toda costa”. Otros se sumaron escribiendo
con desprecio que los negros no sólo eran inútiles, sino que representaban un peligro para la moral de la nación; otros más opinaron que al poner a los negros en contacto con los indios les transmitían una cantidad de vicios propiamente negros, lo cual era un gran peligro para México, que necesitaba encontrar fórmulas para mejorar y no empeorar la condición de su población indígena.144
El 5 de julio de 1918, María Guadalupe Orihuela, de diez años, fue enviada por su madre a hacer unas compras en el mercado de la Lagunilla. Según la niña, cuando salía del mercado “se le aproximó un individuo de color, alto y fornido y le dijo: te daré un peso si me acompañas, llevándome unos pollos que en estos momentos voy a comprar”.145 La niña accedió. Mientras caminaban, el hombre le tapó la boca con un pañuelo, la subió en un coche y la llevó rumbo al poniente de la ciudad. De acuerdo con la narración de la niña, el hombre la hizo entrar a una casa y la encerró hasta las seis de la tarde. Cuando él regresó y ella salió a su encuentro llorando, él la sujetó por el cuello y le dio garrotazos en las piernas. En un descuido del individuo, que dejó la puerta abierta, María Guadalupe logró escapar y regresar a su casa.
La madre presentó su denuncia ante la policía. La niña declaró que había estado secuestrada con diez niños “harapientos” en el número 21 de la calle de Altamirano, cerca del Mercado del Volador. Cuando la policía acudió al lugar, no encontró una casa, sino una fábrica de rebozos en donde vivía un artesano con su familia y los obreros, pero ninguno de ellos conocía a un hombre negro. Las autoridades supusieron que alguien le había dado dinero a María Guadalupe para fabricar esa historia y hundir al artesano rebocero. Sospecharon también de que la niña hubiera regresado tan fácilmente a su casa y de que su madre no denunciara su desaparición apenas había sucedido, y quisieron creer que la niña se había equivocado de domicilio pues las autoridades mandaron catear casas vecinas y hoteles, y la pequeña no lograba reconocer el lugar donde había estado secuestrada.146 Los vecinos trataron de colaborar en la investigación y algunos dijeron recordar que habían visto a un “negro limosnero” que generalmente comía en los puestos de fritangas del rumbo, pero al que hacía muchos días no veían por allí. La intersección entre piel negra y pobreza se convirtió en condición suficiente para construir al peligroso negro robachicos. El periodista que siguió la noticia en El Pueblo escribió lapidariamente que “este infame personaje, de alma tan negra como el color de su cuerpo no tardará en caer en poder de la policía, la sociedad debe esperarlo así”; la nota terminaba con la promesa de publicar al día siguiente “más datos sensacionales”.147
Las imprecisas declaraciones de la niña, sumadas al creciente clima de sospechas de tono racista, dieron cauce a la persecución de hombres afroamericanos en varios puntos de México. El 8 de julio, El Pueblo publicó en primera plana que la policía de la capital, por un lado, y de Puebla, por otro, habían aprehendido a dos individuos “de raza negra”, de los que se creía que eran secuestradores de niños. Se aplaudió lo que se consideró una eficaz labor policiaca, pues se había identificado finalmente al “misterioso negro roba-chicos”, de quien se aseguró que era cómplice de una banda integrada por otros individuos “de rostro oscuro”. Puesto que se temía que la banda escapara del país por Veracruz, la policía de las poblaciones fronterizas recibió instrucciones para concentrarse en el seguimiento de los negros que quisieran salir de México. La gente aprovechó para acusar a los negros que veía pasar: se recibieron denuncias de San Luis Potosí y Veracruz, lo cual, aseguraban los periodistas, confirmaba las “sospechas, pues el personaje mencionado debe salir de tarde en tarde, para llevar remesas de niños a sus cómplices de otras ciudades”.148
Mientras tanto, en la ciudad de Puebla se había aprehendido a un individuo afroamericano llamado Carlos Colleman. Frente a la policía, el hombre fingió primero ser sordo y luego no hablar español. Declaró en “inglés, latín e inteligible español” que su detención era arbitraria aunque, de alguna manera, la policía mexicana finalmente logró la declaración que todos esperaban: “cercado estrechamente por el círculo de interrogaciones que se le formularon y ante la evidencia de los hechos, confesó ser roba-chicos, manifestando que lo hacía contra su voluntad”.149 Aunque días después la policía poblana y los periodistas dudaron de que ese hombre fuera realmente un robachicos,150 su detención se presentó como “un verdadero triunfo para el cuerpo de policía de la Angelópolis”.151
Mientras se tramitaba el traslado de Colleman a la ciudad de México, en la capital desaparecieron otros niños. Periodistas y policías aún buscaban a un hombre negro, otro supuesto robachicos, indagando en los distintos barrios de la ciudad para ver si la gente tenía alguna noticia. La pregunta genérica por “un negro” convirtió a la población afroamericana en sospechosa y de ese aspecto dio cuenta El Pueblo:
El hecho de que Carlos Colleman, el individuo roba-chicos reaprehendido en Puebla, sea negro, y que otro de los detenidos sea subido de color, ha dado lugar a que se les tome animadversión a los hombres de la raza de Colleman. En cada individuo negro de los que pululan por las calles de México, cree encontrarse un secuestrador.
Y ahora los padres de familia, para atemorizar a sus hijos, basta que les digan: ¡Ahí viene el negro!
Pero hay que ser lógicos: “no todos los negros son roba-chicos, ni todos los roba-chicos son negros”.152
Un “individuo de color”, capturado en la estación ferroviaria de Buenavista mientras merodeaba entre los carros de carga cuando pretendía “tomar el primer tren que saliera de México”,153 manifestó mucho asombro al verse detenido.154 Su nombre era Miguel Ramírez, de quien luego se apuntó que era “moreno; pero no negro”. Era un hombre pobre, “ladino”, sucio, con largo pelo encrespado, una pierna de palo que limaba de manera constante y un habla torpe “como el que estuvo alejado de la escuela y tuvo siempre horror a los libros”. De él la policía obtuvo una declaración útil para resolver el caso: el hombre aseguró conocer al negro “jefe de los robachicos” que las autoridades buscaban. Dijo que, “entregado a la mendicidad”, había recorrido las calles de la capital y oído hablar de los muchachos extraviados. Aseguró estar al tanto de las noticias de la prensa y se comprometió a entregar al verdadero negro robachicos.155
Para entonces, la prensa había diseminado la idea de los negros como sujetos peligrosos. Algunas reacciones muestran cómo gente de distintos grupos etarios había recibido, interpretado y asimilado las noticias. En esos días, la directora de una escuela primaria mixta ubicada en la colonia Valle Gómez solicitó a las autoridades redoblar la vigilancia en las calles cercanas al establecimiento,
pues temo como teme el personal docente de la misma y los padres de los niños que los NEGROS ROBACHICOS se atrevan a meterse y quererse llevar a los alumnos como sucedió hoy en la escuela 270 que está cerca de ésta y que dirige la señorita Josefina Murrieta. La escuela 252 está muy aislada, en dos cuadras a la redonda no se encuentra un gendarme, queda lejos el primer teléfono y por conserje tengo a una señora. Así es que en un caso desgraciado mientras se diera aviso, los NEGROS conseguirían su objetivo aun a pesar de nuestra oposición. Tanto para seguridad como para que la asistencia no baje como es natural, le ruego que si es posible nos manden un gendarme para la escuela por algún tiempo mientras pasa la alarma.156
Esta nota muestra los caminos que siguió el rumor racista. El estereotipo de los negros como robachicos pasó de los medios de comunicación a las conversaciones vecinales y al ambiente escolar, y fue recibida no sólo por los adultos sino también por los niños. Según la prensa, los padres de familia estaban tomando toda clase de precauciones “y ya no envían solos a sus niños a la escuela, sino que los acompañan o envían con criados y personas de confianza”.157 Y ante esa sensación de inseguridad se aseguraba que eran “numerosas las madres que prefieren llevar personalmente a sus hijos a la escuela e ir a recogerlos más tarde”.158 Según El Pueblo, “todos los padres ven ahora peligro por doquiera”.159 El rumor había crecido de tal modo que el inspector general de la policía de la ciudad de México dio instrucciones a ocho comisarios para que vigilaran las escuelas y la ciudad en general.160 Aquel clima de alarma social, que según la prensa amenazaba a México, no parecía estar basado en algún secuestro en el que se hubiera demostrado que los robachicos tuvieran como peculiaridad su color de piel.
Según El Pueblo, gracias a que la prensa se había “ocupado con toda amplitud de lo relacionado con los roba-chicos, merced a la denuncia que hizo la niña María Guadalupe”, eran numerosas las personas que habían ido a proporcionar datos de individuos sospechosos y desapariciones infantiles a la Inspección de Policía.161 Como ha planteado María Dolores Paris, las “ideologías racistas se traducen siempre en prácticas sociales legitimadas”;162 los niños, especialmente los escolares, fueron instados a vivir en estado de alerta e interiorizar prejuicios discriminatorios y racistas que luego ellos reproducían. Parecían estar tan aleccionados para dar aviso cuando vieran individuos negros, que algunos hombres fueron detenidos por las acusaciones infantiles.
El 12 de julio de 1918 se publicó, por ejemplo, que “un hombre muy moreno”, llamado Vicente Silva, había tratado de llevarse a un niño que salía de la escuela León Guzmán, en la calzada de San Antonio Abad. Fueron los propios escolares quienes dieron la voz de alarma. “Los compañeros del pequeño, cuyo nombre no fue tomado por la policía, se alarmaron grandemente y empezaron a dar grandes gritos, lo que determinó que el gendarme de punto corriera hacia el sitio en que se desarrollaba esta escena.” Los niños habían rodeado al secuestrador “y armaban gran alboroto, lo que llamó la atención de algunos particulares”. Silva, viéndose cercado, “soltó al niño, y emprendió la fuga seguido por el gendarme y por varios señores. En esos momentos pasaba por la calzada un tren de Tlalpan, y el secuestrador saltó a él.”163 Al llegar a su destino, Silva bajó corriendo y se escapó de los gendarmes, que luego de larga carrera lo alcanzaron en una fábrica. Aunque él negó las acusaciones, los testimonios coincidieron en cuanto a su culpabilidad.164 Esta narración casi cinematográfica perdió fuerza dos días después cuando el mismo periódico que había asegurado que Silva era un secuestrador reviró afirmando que “nosotros, en honor de la verdad creemos que este hombre no es robachicos, ni mucho menos jefe de la banda”. Silva, que era mozo del Museo Comercial, explicó los eventos con otro ordenamiento temporal: cuando pasaba por la escuela se detuvo a ver los ejercicios físicos que un grupo de niños hacía en el patio, pero de pronto lo sorprendieron los gritos de los niños que señalándolo decían: “¡Éste es! ¡Éste es!” Los niños habían integrado a sus temores la idea de la peligrosidad de los individuos de tez oscura y, ante el supuesto riesgo, reaccionaron. Finalmente, Silva fue puesto en libertad.165
Otro incidente racista sucedió el mismo día en otro punto de la capital, cerca de la calzada Guadalupe Hidalgo. Se decía que siete individuos se apostaron afuera de la Escuela Municipal de Niñas 170 y trataron de robarse a un grupo de pequeñas. Gracias a la intervención de los vecinos de la cuadra y de un gendarme se evitó el secuestro. Sólo se logró capturar a J. Félix Buendía, que llevaba consigo a la pequeña Clara Olivares, quien lanzaba estridentes gritos mientras el secuestrador la “oprimía entre sus negras manazas”. Más de un centenar de personas rodeó e increpó al detenido, que fue conducido a la tercera comisaría.166 Una madre identificó al hombre, “moreno de color”, y lo denunció como aquel que en días pasados se había robado a su hijo de cinco años. La multitud estaba indignada, “los puños cerrados [sic] que se tendían amenazadores daban testimonio del deseo de venganza que atosiga a todos los ahí reunidos”.167 Algunos hombres intentaron iniciar un linchamiento, pero el comisario se interpuso exitosamente. “La multitud penetró al interior de la comisaría, pidiendo a gritos que se le entregara el reo y entonces para evitar un atentado contra su vida, se le encerró en un separo, quedando allí con centinelas de vista.”168 Buendía se declaró inocente diciendo que él era maestro de la escuela 110 de Cuautepec y que sólo había ido a cobrar su sueldo. Ante las dudas, el gobernador del Distrito, Alfredo Breceda, decidió intervenir en el caso y pidió que le mandaran a Buendía para “examinarlo personalmente y tomarle declaraciones”.169 El caso se desvaneció por falta de pruebas.
Esta ola de persecución a hombres negros continuó. Al día siguiente, James E. Daisi se encontraba parado en la esquina de una escuela y un niño que pasó por ahí se asustó al verlo “y empezó a dar de gritos. Inmediatamente los compañeros del pequeñuelo se aglomeraron y lapidaron a James. Como las personas mayores que pasaban por la calle también abundaran en la creencia de que se trataba de un robachicos, pronto la multitud lo envolvió llevándolo hasta la quinta comisaría.” La policía llevó al niño y al hombre a la inspección, y ahí aquél declaró que éste no había tratado de agarrarlo, que ni siquiera le había dirigido la palabra, “pero él se había asustado, sabiendo que los negros se llevan a los niños y por esto había gritado”. El hombre era mozo del Casino Americano de Veracruz y, al parecer, su único delito había sido tener un color de piel oscuro.170
Ese mismo día, El Nacional. Diario Libre de la Noche anotó que el miedo y el horror más pavoroso imperaban en “la gárrula chiquillería metropolitana”; si eso era cierto, los adultos habían triunfado en la construcción de un nuevo estereotipo racista para los robachicos: “los niños temen encontrar a la vuelta de una esquina o en la puerta de su casa, la figura repugnante y sucia de un desarrapado roba-chicos o la más negra y odiosa, de un negro perteneciente a la fatídica banda que ha sembrado el terror en el mundo de los pequeños”.171
La construcción racista de los demonios agresores de niños y niñas divulgada por los medios no fue exclusiva de México. En España, el Coco fue imaginado como un demonio negro, lo mismo que en Italia y en Inglaterra.172 Los rumores publicados por la prensa sensacionalista mexicana atizaron una cacería contra la población de rasgos afroamericanos y de algún modo se convirtió a los niños en agentes clave en las denuncias de los sospechosos y en las expresiones racistas.
En Puebla, si bien el juez tercero de lo criminal había decretado la libertad del ya para entonces famoso Colleman, por no encontrar méritos en su contra, agentes policiales lo reaprehendieron para llevarlo a la ciudad de México. Impulsada por la prensa, la gente se había congregado en la estación de Guadalupe Hidalgo y Buenavista, a donde se decía que llegaría el hombre. En un clima en el que los linchamientos, como forma colectiva de aplicar la justicia, eran tan frecuentes como la indignación popular, las autoridades temieron que se atentara contra él. No había chispa que encendiera más rápido la pólvora de un linchamiento que los crímenes contra la infancia, siempre tomados como un acontecimiento escandaloso y grave que desbordaba las emociones populares.173 Por todo esto, la policía de la ciudad de México decidió que Colleman bajara en la estación de Tepexpam y fuera llevado a la Inspección General de Policía, donde volvió a declararse inocente.174 Dijo primero que era profesor de inglés, luego afirmó ser cocinero, finalmente aseguró haber nacido en Jamaica y haber estado en constante comunicación con el cónsul de su país, a quien podían consultar para preguntarle sobre su buena conducta. Llevaba muletas porque, como el “negro Miguel”, también había perdido una pierna (en su caso, trabajando en una mina en Pachuca), a la que había sustituido con una de “aluminio” forrada de cuero175 y que mostraba “constantemente remangándose el pantalón”, porque consideraba que la falta de una pierna era un descargo fundamental para demostrar su inocencia, ya que, aseguraba, en esas condiciones era imposible apoderarse de algún niño. Colleman fue confrontado con Miguel Ramírez, quien lo acusó de robachicos, mientras éste lo incriminaba como calumniador. Los mantuvieron separados en prisión, mientras las autoridades buscaban contactar a la niña a la que se había secuestrado para que se careara con ellos.176
Cuando la encontraron, el comisario llamó a la niña y le preguntó:
—¿Éste es el negro que te robó?
—¡Éste es!, contestó la niña con energía.
—¿Estás segura de ello?, insistió el comisario Jiménez.
—Sí, señor; éste es el negro que me llevó desde la Lagunilla hasta la casa en que estuve detenida.
—¿Éste es el negro que te golpeó en las piernas?
—Sí, señor, el mismo.
—¿Pero estás completamente segura?
—Completamente segura.177
Para los jueces, la declaración de la pequeña parecía indiscutible. Colleman fue enviado a la penitenciaría del distrito y el acta se turnó al juzgado cuarto de instrucción. Cuando el hombre fue sacado de la inspección, “numerosos transeúntes trataron de agredirlo, arrojando sobre él piedras, pero la policía evitó un atentado”.178 El confuso caso Colleman reveló no sólo los estereotipos racistas que circularon en el periodo revolucionario, sino también las tensiones entre la investigación policial y la periodística. Había servido como campo de batalla entre dos de los más importantes diarios de la ciudad: El Pueblo, periódico del cual había salido y circulado la noticia (figura 4), y El Nacional. Diario Libre de la Noche. Este último criticó la “actividad impetuosa y a veces irreflexiva de los reporteros de la mañana”, con lo que se refería a la amplia y sensacionalista cobertura presentada por El Pueblo, que tempranamente había incriminado a Colleman. Este hombre era inocente, clamaba El Nacional, basado en que “el reporter que esto escribe, en su larga práctica ha conocido y hablado a muchos criminales” y que “sin creerse Sherlock Holmes, ni un moderno detective”, le había bastado hablar con Colleman para convencerse de que este personaje había sido “convertido en criminal por la fantasía de varios periodistas y de algunos policías”.179
Este periódico católico, que líneas arriba pedía a la prensa no inmiscuirse en las averiguaciones criminales, exigió a la inspección general de policía que su opinión sobre la inocencia de Colleman fuera tomada en cuenta.180 El Pueblo publicó un día después una carta anónima enviada desde Orizaba, en la que se señalaba que Colleman no era robachicos, porque era sabido que el secuestrador “es un individuo blanco que se pinta de negro”. Se agregaba que era un hombre de “ideas morales” que incluso había denunciado a un célebre bandido francés cuando desembarcaba en Yucatán.181 La prensa siguió agregando rumores: que los robachicos constituían “una terrible asociación que se halla ramificada en toda la república”, que eran una “bien organizada sociedad de individuos” cuyas principales agencias se encontraban en “Colima, Puebla, Guadalajara, San Luis Potosí y en las principales poblaciones de la frontera”, que mantenían a los niños harapientos y sin ojos para implorar caridad, que a un niño incluso le habían operado la laringe para dejarlo mudo y que hubo llamamientos a que la gente no les diera dinero a los niños menesterosos “para no promover esta situación”.182

FIGURA 4. El sospechoso robachicos. “El negro Carlos Colleman”. El Pueblo, México, 15 de julio de 1918, p. 3, Hemeroteca Nacional Digital de México (UNAM).
El 23 de julio, El Nacional se congratuló de que Carlos Colleman quedara en libertad: con el titular “Carlos Colleman, el negro calumniado por la prensa”, se complació en “hacer ver que la notoriedad reporteril y policiaca no siempre da resultados satisfactorios”. Los redactores destacaron que “el fantástico personaje de novela” había sido creado por la “exaltada imaginación de unos colegas y el afán de notoriedad de algunos policías”. Finalmente, el juez puso en duda que la niña hubiera reconocido al agresor y, aunque aceptó que probablemente hubiera sido secuestrada y golpeada, el testimonio del médico legista del caso, que confirmó que a un mendigo con pata de palo le habría sido imposible cargar a una niña de siete años (la primera nota había dicho que tenía diez), terminó definiendo la aplicación de la justicia y la libertad de Colleman.183
Que este caso se hubiera cerrado estuvo lejos de significar que el rumor del peligro de los negros robachicos se detuviera. El Popular pronto aseguró que nuevamente se tenían “noticias de que varios negros han intentado llevarse por la fuerza a pequeños”, pero con la novedad de que ahora pedían rescates. Los padres recibían cartas que decían: “Si quiere ver a su hijo envíe a la lista de correos con el nombre de X, una carta en la cual cite en algún lugar al que posee a su niño, para que le fije la cantidad que debe entregar a cambio de éste. Es inútil que dé aviso a la policía, pues ni por eso podría encontrar a su hijo.”184 Luego se habló de que los secuestros estaban sucediendo en las zonas más pobres, como el barrio de Santo Tomás, por lo que no podía pensarse que fueran para pedir rescate sino para dedicar a los niños a la mendicidad.185 El pánico que había generado la prensa a esas alturas era ya incontenible.
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