Kitabı oku: «Robachicos»
Robachicos
Robachicos
Historia del secuestro infantilen México (1900-1960)
SUSANA SOSENSKI

Primera edición, 2021
Diseño de portada: León Muñoz Santini y Andrea García Flores.
Cartel de La infame (1953), Colección Filmoteca UNAM.
Figuras 10 (p. 134), 11 (p. 136), 14 (p. 152), 16 (p. 159), 29 (p. 207) y 32 (p. 211): SECRETARÍA DE CULTURA.-INAH.-SINAFO F.N.-MÉX | Reproducción autorizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia
D. R. © 2021, Universidad Nacional Autónoma de México
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Circuito Mtro. Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria,
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ISBN 978-607-99099-8-7
Índice
Agradecimientos
Introducción
Historia del miedo y de la infancia
El robachicos
Breve recorrido legal
La exclusión del espacio público
Políticas hacia la infancia
Estructura del libro
1. Robachicos en acción
Los peligrosos espacios de la ciudad moderna
Tráfico de niños para trabajo forzado
La “plaga”
El miedo es de color negro
Conclusiones
2. Usos de la infancia
Explotación laboral
Venganzas ¿amorosas?
Deseos maternales
Extorsiones
Comercio y abuso sexual
Raptos
Conclusiones
3. Un niño de clase media: el caso Bohigas
Estado de alarma social
Xenofobia
El detective
La secuestradora
La Asociación contra Plagios Infantiles
Conclusiones
4. La “niña millonaria”: el caso Granat
La entelequia de los culpables
Tortura policial
Hombres de poder
Conclusiones
5. Robachicos en los medios de entretenimiento
Transmedialidad
Didáctica del miedo
La culpa es de la madre
El encierro de la infancia
Los villanos
El costal
La violencia
Heroicidad infantil
¡Ya tengo a mi hijo!
Conclusiones
Epílogo
Notas
Referencias
Agradecimientos
Comencé este libro en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en el marco del proyecto que dirigí dentro del Programa de Apoyo a Proyectos de Investigación e Innovación Tecnológica (PAPIIT). Lo continué en la ciudad de Vancouver, Canadá, durante una estancia sabática realizada entre 2019 y 2020 en el Departamento de Historia de la Universidad de Columbia Británica, donde Leslie Paris y Tamara Myers me recibieron generosamente y me facilitaron un cubículo con una hermosa vista al mar y a las montañas de Vancouver Island. Dicha estancia contó con el financiamiento del Programa de Apoyo para la Superación del Personal Académico (PASPA) 2019, de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico (DGAPA) de la UNAM, y el Apoyo para Estancias Sabáticas vinculadas a la consolidación de grupos de investigación y el fortalecimiento del Posgrado Nacional del Conacyt. Terminé de escribir estas líneas en un contexto histórico inaudito a escala global, en el cual niños y niñas fueron convertidos en amenazantes agentes virológicos que ponían en riesgo mortal a los adultos y, en consecuencia, encerrados. Para “defendernos” y protegerlos se hizo uso de la exitosa ecuación que analizo en este libro: vincularlos con el miedo y el peligro.
Quiero manifestar mi gratitud a estudiantes dedicadas e inteligentes que colaboraron en la búsqueda de información para esta investigación: Perla Andrea Franco, Diana Arenas, Darién Rosales y en especial Itzel Cruz y Diana Correa. La interlocución que tuve con colegas brillantes en distintos momentos de la investigación me permitió precisar muchas de las líneas argumentativas que sostengo aquí, ya por comentarios directos a avances de este texto, ya por compartir conmigo fuentes o apreciaciones puntuales sobre algunos temas o conceptos. Por ello, estoy muy agradecida con Gabriela Pulido, Gonzalo Soltero, Martha Santillán, Beatriz Alcubierre, Elisa Speckman, Soledad Loaeza, Javier Sanchiz, Daniela Gleizer, María Eugenia Chaoul, Isabella Cosse y Lila Caimari, así como con los colegas del Seminario de Historia de las Transgresiones, el equipo de trabajo de Historia de las Fotonovelas en México, dirigido por Andrés Ríos y Saydi Núñez, y las académicas de la Red de Estudios de Historia de las Infancias en América Latina. Tuztumatzin Soto, directora del Acervo Videográfico e Iconográfico de la Cineteca Nacional, me permitió el acceso a materiales fílmicos difíciles de conseguir. Agradezco el respaldo del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en especial el apoyo de Ana Carolina Ibarra y Miriam Izquierdo, así como el trabajo de Tomás Granados Salinas para que esta coedición fuera posible.
Cuando inicié esta investigación no era del todo consciente de los precipicios emocionales que tendría que atravesar. En un primer momento pensé que tendría la fuerza para permanecer incólume ante las tragedias que conocería. No salí ilesa, pero pude sortear angustiosos abismos y los miedos que me inundaron al leer las historias de vida de las que se nutre este texto, gracias a los puentes de cuidado y apoyo que se me fueron tendiendo en el camino. El mayor de ellos fue construido por Sebastián Plá. Debería disculparme por haberlo saturado de sórdidas historias de nota roja, por interrumpir sus noches con la pesadumbre y ansiedad que me invadían al tratar de entender y asimilar la historia de las diversas violencias hacia la infancia en México que iba recuperando en las fuentes, pero prefiero agradecer aquí el amor, la paciencia y el intercambio intelectual que me ha dado desde hace tantos años y que ha sido de importancia vital para escribir este libro. Nicolás y María me inundaron de alegría, ternura y amor, y este texto, muchas de cuyas historias escucharon a pesar de su corta edad, está escrito con un deseo enorme, lamentablemente casi utópico, de que puedan vivir su infancia con libertad en un país como México. Espero no haberles transferido los terrores que me asaltaron como madre y como historiadora a lo largo de esta investigación. Este libro debe mucho también a la contención, la solidaridad y la empatía que he encontrado a lo largo de la vida en mi hermana Paula. Jonás Aguirre forma parte de estas querencias que hacen más alegre la vida. Durante mi estancia en la lluviosa ciudad de Vancouver, mientras terminaba el libro, la amistad de Kimberly Berger también fue un apoyo cardinal para mí.
Cada uno de los días en que escribía pensaba en los interminables recorridos de padres, madres, padres, hermanas, hermanos, abuelos, abuelas, tíos, amigos y familiares que buscan hoy a sus pequeños y amados desaparecidos. Los casos de secuestro infantil en México no se detienen y son una de las heridas más sangrantes que tenemos como sociedad. Espero que este pequeño aporte desde la historia sirva para pensar en lo que hemos hecho y lo que podríamos hacer para erradicar la trata de personas, la explotación, la violencia y la comercialización de la infancia.
Introducción
En 2017, en el décimo parlamento de los niños que se celebró en la Cámara de Diputados, Axel Yair Valencia Albarrán, representante del estado de Morelos, expresó desde la tribuna: “hoy vengo a hablar de este derecho que me gusta mucho, el derecho a jugar”.
Hoy en nuestra vida —continuó— ya no podemos disfrutar ese derecho, porque ya no podemos, porque tenemos miedo de la inseguridad. Ya no podemos salir a jugar en nuestra privada con otros amigos o simplemente salir a caminar en nuestra ciudad, o ir a jugar a un parque, ya no podemos porque tenemos miedo. Tenemos algo que nosotros queremos expresar, hay mucha gente mala, gente mala que nos puede dañar, nos puede secuestrar, nos puede hacer muchas cosas, pero nosotros los niños debemos de hacer este derecho, porque los niños debemos de ser libres, que ya no haya más inseguridad. Y ya, gracias.1
¿Cuándo las niñas, los niños y los adolescentes mexicanos perdieron la libertad para circular seguros y solos por la calle? ¿Cuáles fueron las causas y los agentes que limitaron su autonomía en el espacio público? ¿Cómo lidiaron las autoridades, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto con el secuestro infantil? Este libro busca plantear respuestas posibles a esas interrogantes.
Porque fueron los adultos, que crearon políticas de protección para la infancia, pero los que también crearon al robachicos, quienes lo sostuvieron gracias a la tradición oral, las representaciones fílmicas y literarias, las canciones y las obras de teatro, quienes llenaron las páginas de los periódicos con sus historias y le permitieron actuar, reproducirse y perpetuarse. Si, como escribió Ignacio Padilla, “cada nación detenta y ejerce el derecho inalienable de espantar a sus hijos como mejor le plazca”,2 en México las historias de robachicos se corporeizaron en seres humanos que cosificaron la vida de niños y niñas, despojándolos del derecho a la libertad, el más elemental de los derechos humanos.
La violencia que implica la privación de la libertad de un niño o una niña es concéntrica: se extiende del sujeto mismo al núcleo familiar, vecinal, social y nacional. El sufrimiento al que se somete a los cuerpos infantiles, su mercantilización y su cosificación (se les considera productos que pueden ser vendidos) evidencia no sólo la vulnerabilidad de la infancia sino las fallas sistémicas en la procuración de su seguridad y bienestar.3
Mis trabajos se han enfocado en la participación, la agencia y las voces infantiles en la historia. Si bien este libro es una continuación de reflexiones anteriores y recupera análisis y replanteamientos que he hecho previamente, estas páginas se dedican ahora a la historia de niños y niñas que fueron privados de su libertad y, en algún modo, silenciados (pienso en los centenares de familias que se quedaron sin volver a escuchar las risas de sus pequeños hijos). He podido rescatar sólo fragmentos dispersos de sus voces, a veces las de quienes lograron escapar o ser rescatados de sus secuestradores, de quienes presentaron su testimonio en los juicios llevados a cabo por el Poder Judicial, o en los reportajes de la prensa, pero éstas aparecen como lejanos murmullos o enmudecidas por las autoridades.
En contraste, en esos mismos archivos resuenan las voces de las madres y los padres que perdieron a sus hijos. Al escribir estas líneas pienso constantemente en ellos, en las “lloronas” que recorren las calles suplicando por sus vástagos, en una ciudad que en la primera mitad del siglo XX parece todavía abarcable. No era raro que caminando todavía se pudiera llegar a encontrar a los niños perdidos. Raúl, de nueve años, fue encontrado en 1945. Una amiga de la madre lo vio vendiendo resistencias en la plaza de La Merced, sin zapatos, con la cara amoratada y un pie vendado; avisó a la madre y a la policía, y así recuperaron al niño.4 Años después, en 1954, una mujer dijo que su hijo jugaba frente a su casa cuando una desconocida se lo llevó. Luego de denunciar los hechos caminó por diversos rumbos de la ciudad hasta que logró encontrarlo.5 A lo largo del siglo XX, la prensa habla de muchos casos similares de madres y padres que recorren las calles llamando a gritos a sus hijos desaparecidos.
La historiografía de la criminalidad ha valorado generalmente “al asesino a expensas de la víctima” y ha convertido al criminal en “el punto focal, si no el protagonista”, de la historia, en gran parte porque los expedientes judiciales y los reportes periodísticos se centran en esos sujetos.6 Los caminos tomados por la historia del delito en América Latina han permitido un conocimiento cada vez más detallado y amplio de la ley y su aplicación, de los criminales, los jueces y las representaciones del crimen. Al concentrarse en los delincuentes, el archivo judicial, marcado por la criminología positivista, terminó por determinar los enfoques de la escritura historiográfica. En un giro crítico de esa tendencia, las víctimas —las personas en quienes recayó la acción criminal, los “grandes olvidados del sistema penal”—7 han cobrado cada vez más atención. En esta investigación transité de algún modo por esos caminos: mi interés inicial fue delinear el perfil social de los robachicos, estudiar su lógica y sus coartadas, pero terminé aceptando que “definir al monstruo es tan quijotesco como querer hacer un censo de los nombres que damos al diablo: tarde o temprano las taxonomías se nos escurrirán entre las manos o nos echarán en cara la ironía de querer vaciar el mar en un agujero en la arena”.8
Decidí que los criminales no serían el centro de este libro, ni los discursos por medio de los cuales justificaron sus actos; tampoco lo sería la historia de la normatividad jurídica y su puesta en práctica. Bajo el supuesto de que la dimensión del riesgo al que está expuesto un individuo habla de su estatus de vulnerabilidad y demarca su posición social,9 en este libro decidí colocar en el centro del estudio a las niñas y los niños, pensándolos como “posiciones determinadas”10 en la sociedad mexicana. Situar a estas víctimas de secuestro en el nodo de la reflexión obliga a establecer múltiples y heterogéneos cruces: entre la historia cultural y la social, la historia del delito y del miedo, la aplicación de la justicia y el papel de los medios de comunicación, la infancia y la ciudad. El secuestro infantil es un tema multidimensional en el que la intersección de categorías como la edad, el género y la clase social son determinantes. Así, ciertos tipos de violencia ocurren en estructuras sociales específicas,11 y mucho dicen sobre las relaciones, los imaginarios, las prácticas y las experiencias en torno a la infancia.
Hay siempre una poderosa tentación de ver a los seres humanos convertidos en números, gráficas, tablas o diagramas, pero en este libro no aparecerán en esa forma, porque las historias de vida de los expedientes son en gran parte desconocidas e irrecuperables, pues no sabemos cómo terminaron y si hijos y padres se reencontraron algún día. No conocemos, por ejemplo, qué sucedió con Ana María, de 13 años, que salió de su casa en una fría mañana de noviembre de 1941 y nunca llegó a donde trabajaba como empleada doméstica.12 Tampoco conoceremos el final de la historia del hijito de Juana Elizalde, de apenas dos años, que fue secuestrado por una cabaretera.13 Los expedientes que quedan hoy en los archivos judiciales son sólo los de aquellos robachicos que fueron “captados por el sistema penal”, los que fueron encontrados, detenidos, capturados in fraganti, acusados injustamente o cuyo proceso penal se interrumpió por una gran variedad de causas. Aunque la prensa informaba cotidianamente de desapariciones y extravíos de niños y niñas, en la mayor parte de esos casos tampoco es posible saber si fueron localizados, si las desapariciones fueron forzadas, si fueron extravíos en la gran ciudad o decisiones para huir del maltrato o en búsqueda de aventuras. Hay más datos que ignoramos: cuántas desapariciones se denunciaron, cuántos expedientes se guardaron, cuántos desaparecidos se encontraron. Todo esto imposibilita elaborar una historia cuantitativa y motiva a generar otras vías de interpretación.
HISTORIA DEL MIEDO Y DE LA INFANCIA
En el campo de estudios de historia de las emociones, el miedo es probablemente la que más ha llamado la atención. Se le ha entendido como una construcción histórica, social y cultural en cuanto que su expresión, reproducción y formas de difusión dependen de contextos determinados.14 El miedo como formador de comunidades emocionales no obvia que al mismo tiempo sea una experiencia individual, corporeizada, que encoge el cuerpo y produce constricción física en quien lo sufre. El miedo, como muestro en este libro, puede limitar las acciones de los individuos, acorralarlos y oprimirlos; al mismo tiempo, puede provocar reacciones de autoprotección, precaución y cuidado, pero también puede ser contagioso, divulgarse, diseminarse y ser utilizado con distintas intenciones.
La historia de las emociones se ha concentrado en los adultos, como lo ha hecho en general la historiografía, pero varios trabajos han comenzado a explorar este fecundo camino para entender la historia de las infancias.15 Stephanie Olsen ha planteado cómo la intersección entre estas dos líneas puede aportar mayor rango y profundidad de análisis, y multiplicar la riqueza interpretativa sobre el pasado.16 Si el miedo, como fenómeno social y como todas las experiencias emocionales, tiene que ver con los encuentros, porque media y define los límites entre el individuo y lo social, entre un individuo y otro, entre una comunidad y otra,17 es lógico que la infancia, como relación social,18 sea un lugar donde las emociones también den cuenta de los vínculos de niños y niñas con el colectivo social.19
En ese sentido, éste es un libro que entrecruza la historia de la infancia con la historia del miedo y, como explicaré más adelante, con los medios de comunicación. Intento mostrar cómo el proceso de urbanización, el aumento poblacional en la ciudad, la apertura de nuevas vialidades y la presencia de cada vez más desconocidos en los rumbos de los citadinos generaron discusiones, producciones culturales y a su vez imaginarios y temores sobre los nuevos peligros que enfrentaban niños y niñas.
Los niños aprenden a sentir con lo que sus padres transmiten en casa; con lo que escuchan platicar a los vecinos, a los vendedores en el mercado y a las empleadas domésticas; con lo que reciben de la cultura popular y en la escuela, y con las restricciones que les ocasionan las emociones de los adultos, que los educan para tener miedo a la calle, al espacio público y a los desconocidos.20 La literatura, las narraciones orales, los cómics, la radio, el cine, la televisión, las fotonovelas y los periódicos forman parte importante de la educación sentimental.21 Por eso, en este libro estudio cómo y en qué medida los medios de comunicación masiva y de entretenimiento fueron maquinarias de producción y reproducción del miedo colectivo en torno a la infancia, cómo incidieron tangencial o directamente en las políticas de Estado vinculadas con los menores de edad, y cómo expusieron la ineficacia, el desinterés y la corrupción de jueces, policías y funcionarios gubernamentales.
En México, como en Estados Unidos o en Argentina, fueron los relatos que hizo la prensa sobre los secuestros los que convirtieron ese fenómeno en una preocupación pública.22 Fueron los medios los que contribuyeron a la definición y la constitución de los problemas sociales, y a la difusión de pánicos entre la población.23 En este libro muestro cómo periódicos y revistas en especial suscitaron fascinación por las historias de secuestro infantil, aprovecharon y acrecentaron el miedo, y se encargaron de transmitir a los lectores historias criminales explotadas sentimentalmente hasta el extremo y narradas con un toque de suspenso cuyo motor se centraba en la agonía de las familias y en el énfasis de la vulnerabilidad de los niños.24 Los casos de secuestros narrados por la prensa sirvieron además para divulgar estereotipos sobre la extranjería, incitar al público a buscar justicia por propia mano, reproducir las ideas tradicionales de la maternidad, crear nuevas ansiedades en torno al cuidado de los niños e insistir en su posición vulnerable ante la dinámica urbana, coartando su autonomía y su derecho a la ciudad.
Cultivar el miedo supone una forma de control, de ejercicio del poder y de dominio sobre el otro; es una forma de violencia simbólica.25 Para David L. Altheide, el miedo es un elemento clave en la creación de “la sociedad del riesgo” organizada en torno a la comunicación y orientada a la vigilancia, el control y la prevención de riesgos, en la que niños y niñas serían un objetivo importante de tales esfuerzos.26 En la medida en que las emociones median los límites entre el “espacio corporal” y el “espacio social”,27 el discurso del miedo colaboró con el fortalecimiento de aquella división anhelada por las élites entre espacio privado y espacio público, así como con la idea de que un nuevo orden familiar —centrado en la familia nuclear— supondría mayor seguridad para las infancias. El miedo difundido por los medios de comunicación masiva, sumado a la carencia de políticas públicas efectivas en la protección de la infancia, se decantó en discursos en favor de la exclusión de las comunidades infantiles del espacio público y su replegamiento al espacio privado, considerado como sinónimo de estabilidad y seguridad.
Como sostiene Altheide, los esfuerzos de control social siempre son más fáciles de justificar si afirman proteger a la infancia de riesgos en expansión.28 Mientras que en países como Estados Unidos o Canadá el miedo fue diseñado para condicionar los cuerpos de niños y niñas, y sus reflejos para poder evaluar el riesgo y aprender a reaccionar ante el peligro de manera segura, educarlos cívicamente y desarrollar independencia, autonomía y responsabilidad, así como las competencias necesarias para manejarse con seguridad en las calles,29 en México el miedo se utilizó para limitar su presencia en el espacio público, para depositar la responsabilidad estatal de la protección y el cuidado de la niñez en padres y madres, y no implicó iniciativas para ayudarlos a construirse como sujetos autónomos, independientes y capaces de sobrevivir ante los retos que planteaba la moderna vida urbana. El Estado mexicano, constituido en el siglo XX como el administrador del espacio público, poco hizo para garantizar la autonomía infantil en la ciudad.30
Los avances que traería el siglo XX en la defensa de los derechos de la infancia y su transformación, a finales de siglo, en el reconocimiento de niños y niñas como sujetos de derecho, paradójicamente corrieron a la par de su pérdida de independencia y de autonomía, de la acentuación de las ideas que defendían su fragilidad, indefensión, inmadurez y dependencia, y del impedimento de poder asumir responsabilidades por sus acciones y por sus personas.31 El hecho de tener que tomar decisiones para impedir el riesgo del secuestro determinó las vías por las que se orientó la experiencia infantil en el espacio urbano y contrajo la participación de niñas y niños en éste.32
En este libro concentro mi mirada en la ciudad de México como espacio de análisis, por ser el eje en el que se concentraron las más grandes ansiedades en torno al secuestro de niños, niñas y adolescentes, y por ser donde sucedieron dos de los casos de mayor alcance mediático —abordados en el tercer y el cuarto capítulos—, que se tradujeron en transformaciones normativas y en tema de varias producciones de las industrias culturales. La ciudad de México provocaba miedo a propios y extraños. Además de temer el secuestro infantil, los habitantes de la capital y de otras ciudades del país tenían miedo a las enfermedades, a la falta de trabajo, al desamor, a la noche y a la sensualidad, a la pérdida de una moralidad familiar, a los nuevos comportamientos juveniles.33 Para quienes tenían hijos, el miedo más intenso era a perderlos, verlos atacados por enfermedades o atropellados por automóviles34.