Kitabı oku: «De chico a chica», sayfa 2

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Charley Johnson

Nosotras, las Brujas, estamos súper unidas. Cuando estábamos en primaria, teníamos una regla tácita: si alguien se metía con una de nosotras, tendría que vérselas con las tres.

Elena Griffiths, Zia Khan y Charley Johnson. Éramos como las diferentes facetas de una personalidad ganadora. Cada una por nuestra cuenta no éramos nada especial, pero juntas éramos imbatibles.

Elena era guapa, muy delgada, algo chalada, un poco afectada por el rollo de los actores famosos y el trabajo de su madre.

Zia venía de una familia de origen indio, muy grande y muy importante. En algún momento de su existencia aprendió que ir de buena y de calladita puede llevarte tan lejos como ir por la vida pisando fuerte, como hacemos Elena y yo. Zia es sensible, tiene mucho encanto, y un talento especial para tocar la guitarra (a nadie le extraña que cuando se trata de ser la enchufada de la profe, Zia es siempre la número uno). Y nadie sospecha nunca que detrás de esa fachada inocente se esconde la verdadera Zia Khan: astuta, salvaje y peligrosa.

Yo le envidio lo del encanto. Parece que yo soy demasiado grandona y escandalosa para tener encanto. Por otro lado, siempre he sido la primera de la clase, así que, ¿para qué quieres encanto si tienes cerebro?

Zia Khan

Ese verano Elena se saltó una de nuestras reglas de oro: la que tiene que ver con los chicos.

Cuando teníamos nueve años, decidimos que los chicos eran una pérdida de tiempo. Nuestros enemigos eran un trío patético que se hacía llamar a sí mismo (¡y de verdad que no me lo invento!) «La Banda de la Cabaña». Nos daban la lata, y nosotras nos vengábamos metiéndoles en líos siempre que teníamos ocasión. Esto no era muy difícil, después de todo eran chicos.

Cuando los de la Cabaña –Jake, Tyrone y Matt– empezaron a llamarnos cosas feas, cogimos su insulto favorito, lo convertimos en un piropo, y lo elegimos como nombre para nuestra banda: las Brujas.

Todo iba de película hasta que Elena decidió enamorarse del tío bueno de segundo de bachillerato, Mark Kramer.

Jake Smiley

¿Queréis que os diga la verdad? A mí al principio no me cayó tan mal. Matt llevaba varios días contándonos horrores sobre su primo, y tengo que reconocer que el chaval no tenía muy buena pinta, pero cuando le vi hacer ese numerito en el parque el día que lo conocimos, se me ocurrió que tal vez fuera un pesado, pero por lo menos nos animaría un poco el cotarro.

Las vacaciones de verano a veces pueden resultar un rollazo. Te pasas el tiempo haciendo el vago, pruebas nuevos juegos de ordenador, charlas con los colegas, pero y luego, ¿qué? La respuesta a esa pregunta llegó cuando nos enteramos de más cosas sobre Sam López.

Ese americano tenía algo que sacudió de arriba abajo a nuestro grupito, que nos hizo hablar de nosotros mismos como no teníamos costumbre de hacerlo.

¿Por qué? Porque por muy raras y locas que nos parecieran nuestras vidas, no eran nada comparadas con la de Sam.

De modo que, mientras recuperaba el aliento después de su exhibición de fútbol americano, nos contó cómo solía jugar en uno de los colegios en los que había estado.

–¿En cuántos colegios has estado? –le pregunté.

Sam frunció el ceño, se puso a contar con los dedos un momento, y luego se encogió de hombros.

–Pues unos doce o trece. Mi madre y yo nos mudamos unas cuantas veces. Así que unos trece colegios, más o menos.

Tyrone silbó, impresionado.

–Matt nos dijo que tu madre era un poco «salvaje» –comentó.

Sam dejó escapar un pequeño suspiro, que lo mismo podía haber sido de sorpresa como de dolor.

–Tyrone dice lo de «salvaje» de buen plan –se apresuró a añadir Matt.

El americano sonrió, y luego se puso a reír bajito.

–Sí, así era mi madre –dijo–. ¡Salvaje!

Así que nos pusimos a hablar. Había algo en ese chico desconocido, no sé si por lo de que su madre había muerto, o porque había ido a mil colegios, que hacía que nos resultara más fácil hablar de cosas personales.

Yo conté que mis padres se habían separado el año pasado, y que me sentía como fuera de lugar en mi casa, ahora que solo estaban mi madre y mis hermanas. Veía a mi padre una vez a la semana, pero eso tampoco molaba mucho que digamos. Íbamos al cine, o a comer a algún sitio, y hablábamos de lo que fuera salvo de lo que nos preocupaba de verdad. De repente era como si no nos conociéramos.

Tyrone se metió entonces en la conversación y contó lo de que nunca había conocido a su padre porque al poco de nacer él, este se había marchado de vacaciones a su lugar de origen, las Antillas, y no había vuelto más. Habló de su problema de sobrepeso, de cómo en el colegio lo llamaban Jumbo, y El Tanque, y que su madre se pasaba la vida poniéndolo a régimen, y que cuando estaba a dieta se sentía débil y enfermo, pero que nunca conseguía adelgazar.

Hasta Matt se puso a contarnos cosas, y nos confesó que a veces se avergonzaba de que fuera su padre quien se ocupara de la casa, y se paseara por ahí con un delantal, o que no le gustaba cuando su madre llamaba al colegio para quejarse de algo.

–Vaya un puñado de perdedores estáis hechos, tíos. –Sam nos guiñó un ojo, y su expresión tenía un algo, no sé, como de adulto ya, pero el caso es que a los tres nos hizo gracia y nos echamos a reír–. Bueno, chavales –añadió–, ¿qué soléis hacer aquí para divertiros?

Elena

No pienso hablar de lo de Mark Kramer. Tal y como yo lo veo, lo que pasó (lo que no pasó) entre Mark y yo no le interesa a nadie. No es relevante, vamos. Fin de la historia.

Vale, a lo mejor sí que necesitáis saber algo, solo lo esencial. Me presenté ese sábado en el cine para la peli de Cameron Díaz. Mark también. Cuando entró en el cine, me acerqué hasta él, y noté que me estaba poniendo un poco colorada debajo del maquillaje que había tardado como dos horas en aplicarme. Entonces vi que Tasha, una chica de su clase, estaba detrás de él. Lo cogió del brazo, y los tres nos quedamos mirándonos, durante lo que me pareció una eternidad, sin saber qué decirnos.

Al final fue Tasha quien terminó rompiendo el silencio.

–¿Tienes algún problema? –me dijo.

Me di la vuelta y me fui corriendo de allí, salí por la puerta giratoria y me perdí en la noche. Odiaba a Tasha, me odiaba a mí misma, pero por encima de todo, odiaba a Mark Kramer. De hecho, odiaba a todos los chicos.

Así que a lo mejor, ahora que lo pienso, la cosa no fue tan irrelevante como pensaba.

Matthew

En los días que siguieron, mientras le enseñábamos a Sam el barrio, o como insistía él en decir «donde se mueve aquí la peña», nos fue contando de su vida en Estados Unidos. Al parecer, a juzgar por lo que contaba, se pasaba el día recorriendo la ciudad con bandas de moteros, metiéndose en peleas, y todas las noches asistía entre bastidores a algún concierto de rock con su querida madre.

Escuchábamos sus historias, intentando que no se nos notara lo impresionados que estábamos. Hasta entonces, siempre nos había gustado pensar que los tres éramos lo bastante duros como para poder apañárnoslas solos si las cosas se ponían feas en el parque, en la calle, o en el patio del colegio. Éramos lo suficientemente malos y duros como para que los profesores se quejaran de vez en cuando a nuestros padres sobre nuestros «problemas de actitud».

Pero si las cosas que nos contaba eran verdad, Sam jugaba en otra liga en lo que a maldad se refiere, y era más duro de lo que nosotros mismos queríamos ser. En San Diego, su banda robaba en las tiendas para divertirse. También robaban coches, y llevaban navaja. Se metían en sangrientas y violentas peleas, como en las pelis. Eran viejos conocidos de la poli.

Cuanto más sabíamos del mundo loco y salvaje de Sam y su banda, menos a gusto nos sentíamos con él. Una de dos, o era un fantasma y un mentiroso, o era un delincuente. En un caso o en otro, era una fuente de problemas, y los tres teníamos ya bastante con los nuestros.

Y eso fue antes de la bronca en la hamburguesería de Burger Bill.

Burger Bill

Si pudiera, prohibiría la entrada a todos los chavales de entre doce y dieciocho años. No causan más que problemas, especialmente los chicos.

Especialmente esos chicos.

Matthew

Estábamos sentados en una hamburguesería que se llama Burger Bill cuando Jake se puso a hablar sobre su padre, que había empezado a darle plantón cuando le tocaba verlo, por lo que parecía que ahora se iban a ver aún menos que antes.

Dos noches antes, cuando su padre volvía a casa en coche después de una cena de trabajo, la policía lo paró para hacerle la prueba de alcoholemia. Dio positivo, por lo que se pasó toda la noche en el calabozo.

Entonces me di cuenta de que mientras hablábamos de todo esto, y compadecíamos a Jake, Sam estaba extrañamente callado. Miraba a su alrededor, tamborileando con los dedos sobre la mesa, como si nada lo aburriera tanto como la historia del padre de Jake.

–¿Y aquí qué pasa si te pillan conduciendo con un buen pedo? –preguntó de pronto, sin venir a cuento–. ¿Te pegan una paliza, o qué?

–El padre de Jake podría quedarse un tiempo sin carné –le contesté.

–Y mi padre necesita el coche para venir a verme –añadió Jake con tristeza.

Sam hizo un ruido con la nariz.

–Qué pena, me voy a echar a llorar –dijo.

Todos lo miramos sorprendidos. Se reclinó sobre el respaldo de la silla y levantó las palmas de las manos.

–Eh, tíos, tampoco es para tanto –dijo–. De modo que el viejo de Jake pasó una noche en el trullo y ahora no podrá conducir un tiempo. No veas qué tragedia.

Jake se inclinó hacia él por encima de la mesa.

–No te pases –le dijo–. Esto no es ninguna broma.

–¿Y a ti te parece que estoy de coña? –Sam se pasó la mano por el pelo, en un gesto brusco y hostil–. Cuidado, Jake, a ver si te vas a creer que me importa algo lo que le pase a tu papaíto.

–Cuidado con lo que dices, Sam –le advirtió Tyrone.

Pero Sam siguió mirando a Jake fijamente a los ojos.

–Mira, cuando tienes un padre que se ha pasado la vida en el trullo, y que sigue ahí en este preciso momento, la idea de que alguien esté unas horitas entre rejas… –Se encogió de hombros–. Qué quieres que te diga, digamos que no me parte el corazón.

–Vaya –dijo Tyrone–. ¿Y qué ha hecho tu padre?

Sam se encogió de hombros.

–Cosas. Eso es lo que hizo. Cosas a lo grande. Cuando yo nací era el dueño de varias discotecas. Se metió en unas cuantas cosillas que tal vez no fueran del todo limpias. Una noche se cabreó con un colega, y este tío tuvo un accidente. Uno bien gordo. Mi padre pagó el pato. Y nada, eso fue lo que pasó.

Lo había vuelto a hacer otra vez. Incluso cuando algo inusualmente dramático ocurría en nuestras vidas, Sam se las apañaba para venirnos con algo más gordo, más trágico, y más amenazador.

–Eso es… –Con valentía, Tyrone intentaba encontrar la palabra adecuada para una de esas ocasiones tan difíciles en que te enteras que el padre de tu amigo está en la cárcel por asesinato–. Eso es… o sea, quiero decir, eso es terrible.

–Así son las cosas, coleguita. –Sam sorbió su bebida por la pajita–. Mi viejo lleva en el trullo desde que yo tenía cinco años. De vez en cuando me enteraba por mi madre de su último encontronazo con la ley. Mi madre solía bromear con eso, lo llamaba «la gaceta de noticias de Siniestro».

–¿Siniestro? –repitió Tyrone.

–Ese es su nombre. Su verdadero nombre es Tony, pero con todas las broncas, los accidentes, y tal en los que se anda metiendo, todo el mundo lo llama Siniestro, Siniestro López. –Sam pronunció esas palabras con orgullo.

Nos quedamos en silencio un momento. Entonces Jake se interesó por la conversación por primera vez en un buen rato.

–Siniestro –dijo, y por su mirada me di cuenta de que seguía cabreado por lo que había dicho Sam sobre su padre–. Es un nombre un poco raro, ¿no?

Sam pareció sorprendido, y un poco receloso también.

–¿A qué te refieres con eso de raro, tío?

Jake se echó a reír y añadió:

–¿Y tiene un par de colegas llamados Desguace y Chatarra?

Sam soltó una especie de gruñido de rabia, y antes de que pudiéramos hacer nada, se levantó del asiento, saltó encima de la mesa, tirando todos los vasos, y se lió a puñetazos con la cara de Jake.

–¡No insultes a mi padre! –gritaba–. ¡Como insultes a mi padre te mato!

Bill, el dueño de la hamburguesería, un hombre gordo y sudoroso, se acercó corriendo y los separó. Sin hacer caso de los gritos y las maldiciones del americano, lo llevó a rastras hasta la puerta y lo echó a la calle como si fuera un perro. Cerró la puerta con llave y volvió a nuestra mesa.

Nos miró y apoyó unos puños regordetes sobre la mesa.

–¿Y vosotros tres cómo os llamáis? –preguntó.

–Smith –contestó Tyrone–. Los tres nos apellidamos Smith.

Bill se quedó ahí parado un momento, como si estuviera decidiendo qué hacer a continuación. Luego se dirigió a paso rápido hacia la puerta, la abrió, y dijo:

–Fuera de aquí. –Acompañó sus palabras con un gesto de cabeza–. Y no volváis más a no ser que queráis que os lleve a la comisaría.

Pasamos los tres por delante de él y salimos, Jake cubriéndose el ojo con la mano.

Una vez fuera miramos a nuestro alrededor. El centro comercial estaba desierto. No había ni rastro por ninguna parte del chalado del hijo de Siniestro López.

Tyrone

Estaba asustado, y me apostaba cualquier cosa a que Matt y Jake también. Era una de esas veces en que los acontecimientos escapan a tu control, y te sientes perdido, impotente, y pequeño.

Caminamos por el centro comercial hasta alejarnos lo suficiente de Burger Bill.

–No me lo puedo creer –dijo Matt, temblándole la voz.

–No era más que una broma –dijo Jake, suspirando y limpiándose la nariz.

Yo sacudí la cabeza de lado a lado.

–Este Sam es la pera. Que si trece colegios, que si las bandas callejeras, su madre que se mata en un accidente de coche, y ahora resulta que su padre es un psicópata asesino en serie.

–Eso lo dice él –rezongó Jake.

–Supongo que no es culpa suya –dijo Matt.

–¡Y tampoco nuestra! –exclamó Jake, furioso–. Porque su vida sea un desastre, ¿por qué tiene que fastidiarnos también la nuestra? Yo ya tengo bastantes problemas.

Su voz rebotó en los escaparates de las tiendas y en las paredes del centro comercial. Y de repente, en ese momento de desesperación, descubrimos que no estábamos solos.

Charley

Para nuestra buena o mala suerte, qué más da, esa noche nosotras también estábamos en ese centro comercial.

Estábamos pensando en ir a ver Ratz, una peli de dibujos animados sobre ratones, o algo así, y habíamos decidido ir a tomarnos un refresco en Burger Bill antes del cine.

Cuando subíamos por la escalera nos encontramos con un grupito de lo más patético. Eran los de la Cabaña, y parecían enfadados.

Sonreímos al verlos. Vale, eso no es del todo verdad. Nos reímos. Lo siento, pero hay que ser de piedra para no reírse al ver a El Napias, El Orejas y El Tanque, más conocidos como Jake, Matt y Tyrone.

Jake tenía una pinta bastante normal antes de llegar a Bradbury Hill, pero el año pasado empezó a crecer por todos los sitios equivocados. Es como si distintas partes de su cuerpo –los brazos, las piernas, las orejas, la nariz, incluso el pelo– estuvieran haciendo una carrera, a ver quién conseguía alejarse más de él. Y apuesto a que adivináis quién ganó. Pues sí, tiene una nariz como para no creérsela, hay que verla. Fue Zia quien se inventó un nuevo apodo para él: El Napias.

Matt tenía una pinta bastante normal, pero algo en él daba como mala espina, eso de que hablara siempre tan poco, pero estuviera a la vez al tanto de todo, escuchando y mirando de reojo. Seguro que al final termina siendo un espía, poniendo la antena para ganarse la vida.

En cuanto a Tyrone, es normal, salvo por el pequeño detalle de que está como un tonel. No es que yo misma sea un fideo, pero a su lado me siento casi invisible.

En cualquier otra ocasión habríamos pasado de largo sin más, pero por motivos que solo descubrimos más adelante, Elena tenía ganas de sangre aquella noche.

–Anda, mirad quién anda por aquí –dijo en voz alta al acercarnos a ellos. Los tres chicos pasaron de ella–. ¿Cómo está la Banda de la Cabaña? –preguntó.

–Olvídanos, Elena. –Este era Tyrone–. Estamos buscando a alguien.

–¿A quién? ¿A alguien que quiera ser amigo vuestro? –intervino Zia, entrando enseguida en el juego–. Pues lo tenéis chungo.

Fue en ese momento cuando me di cuenta de que Jake andaba escondiéndose detrás de los otros dos. Se tapaba el ojo con una mano.

–¿Te has metido en una pelea? –le pregunté.

–No –me contestó entre dientes–. Me… me he chocado con una puerta.

Elena se echó a reír otra vez.

–Ese es el problema que tienen los de la Cabaña –dijo–. Se chocan contra las puertas.

Los adelantó, dirigiéndose hacia Burger Bill, y nosotras la seguimos.

Elena

Vale, lo reconozco, no debería haber hecho lo que hice. Pero estaba de un humor de perros. Alguien tenía que pagar el pato.

Bill estaba limpiando una de las mesas.

–Hola, Bill –lo saludé–. Vaya, parece que acaba de estar aquí la pandilla de los cerdos.

Bill rezongó no sé qué de prohibir la entrada a su hamburguesería a todos los menores de dieciséis años. Al incorporarse para dejar que nos sentáramos, señaló con un gesto de cabeza el exterior del local, allí donde hacía un momento estaban El Napias y sus colegas.

–Gamberros –dijo–. Si supiera sus nombres, les daba su merecido de una vez por todas.

–¿Sus nombres? –dije–. Vaya, me parece que en eso sí puedo ayudarlo.

Agente de policía Chivers

Consta en el registro de la comisaría que recibimos una llamada del dueño de una hamburguesería, un tal William Patterson. El sargento me pidió que fuera a visitar a las familias de los chicos supuestamente implicados en el incidente. Da la casualidad de que era la primera vez que me encargaban un asunto doméstico sin la ayuda de un compañero. Si mal no recuerdo, fue la clásica labor de advertencia, y la llevé a cabo sin el menor problema. Más allá de eso, poco podría añadir.

La señora Burton

Fue más o menos por esa época cuando nuestras vidas empezaron a parecerse a un culebrón desquiciado.

Una tarde, justo cuando acababa de volver del trabajo, recibimos la visita de un agente de policía. No era uno muy imponente, es cierto –apenas tendría más de veinte años, y el uniforme le quedaba grande–, pero su sola presencia en la puerta de nuestra casa bastó para dar que hablar a los vecinos. La policía no suele aparecer por Somerton Gardens.

Me dijo que su visita estaba relacionada con una denuncia por alteración del orden público en un establecimiento de comida rápida del barrio. Uno de los implicados era un tal Matthew Burton.

3

Matthew

Nos la cargamos nosotros. Es increíble. A Sam se le va la olla, y a quien amonesta la policía es a Jake, a Tyrone y a mí. Era demasiado.

Cuando el policía se marchó, y mi padre y mi madre terminaron de hacerme el típico interrogatorio, me fui al cuarto de Sam. Había llegado el momento de que Sam López y yo tuviéramos una pequeña conversación.

Su puerta estaba cerrada. Entré sin llamar.

Sam había cambiado el cuarto de invitados, como también había cambiado todo lo demás en nuestras vidas. Hacía tan solo unos días, esta era una habitación limpia, fresca, y soleada. Ahora parecía una guarida. Las cortinas estaban corridas, y el suelo, totalmente cubierto de montones de ropa y de viejas revistas de música. El aire apestaba a calcetines sucios.

Sam estaba en la cama, jugando con una gameboy que se había traído de Estados Unidos. Ahí tumbado, con el ceño fruncido por la concentración, parecía pequeño e inocente, nada que ver con el loco violento que habíamos visto en Burger Bill.

–¿Problemas? –murmuró sin apartar la vista de la pantalla–. Juraría que he oído gritos en el hogar de los Burton.

–Ha venido un policía. Por algo de una pelea en Burger Bill.

Sam soltó una risita.

–Vaya, parece que la poli ya conoce a la Banda de la Cabaña.

–Sí, eso parece. Muchas gracias, Sam.

–Ese tío insultó a mi familia. –Sam dijo esto con un soniquete como aburrido–. Para mí eso es un delito muy grave. Tiene suerte de que no le haya partido las piernas.

–Y para mí una persona puede hacer una broma sin tener que llevarse un puñetazo por ello.

–Cada uno tiene su propia ley –dijo Sam con la mayor naturalidad del mundo–. Me imagino que de ahora en adelante no se volverá a burlar de mi familia.

Le dediqué una sonrisa helada.

–Eso es verdad –le dije–. Porque ya no lo vas a ver más.

–¿Eh? –Un minúsculo gesto de concentración se dibujó en la frente de Sam–. ¿Y eso por qué?

–Búscate tu propia pandilla, Sam. Nosotros no queremos problemas.

Sam dejó la maquinita.

–Eh, vamos, Matthew. Estas cosas pasan en las pandillas. Yo me he llevado palizas de los tíos de mi pandilla montones de veces. Así son las cosas.

–Sí, bueno, esto es como has dicho tú antes. Cada uno tiene su propia ley.

–¿Y cuando vaya al colegio, qué?

–Hay muchos chavales más. Ya te las apañarás.

Sam se quedó mirando al frente. En una estantería en la otra punta de su cama había colocado tres fotos enmarcadas. En una salía él con su madre en la puerta de una especie de tienda india. Otra era una foto promocional del grupo de rock 666 en la que se veía a Galaxy de rodillas a los pies de un guitarrista melenudo. Al lado, en un marquito de plástico, había una foto de Galaxy con un bebé en brazos. Junto a ellos, con una sonrisa de oreja a oreja, salía un tío bajito de pelo oscuro. Me imaginé que sería el famoso Siniestro.

–No quiero estar solo. –Sam pronunció estas palabras tan bajito que era casi como si hablara consigo mismo.

–Eso tal vez tendrías que haberlo pensado antes de hacer papilla la cara de Jake.

–No quiero estar solo, Matt. –Cuando repitió estas palabras, en su voz había un deje de desesperación.

Se volvió y levantó sus ojos oscuros hacia mí, sin pestañear, y por primera vez vi algo diferente que no conocía en Sam López, algo que había logrado mantener oculto hasta ese momento. Estaba asustado. Estaba perdido. Durante toda su vida, la gente que le había importado se había ido. Siempre que había empezado a sentirse seguro, algo había cambiado, se había alterado, y ahí se había quedado él, solo una vez más. Por mucho que Sam se las diera de tipo duro, detrás de esa máscara solo había un niño asustado.

–¿No puedes decirles a Jake y a Tyrone que siento mucho lo que ha ocurrido? –dijo–. Diles que haré lo que sea para arreglarlo.

–¿Como qué?

Sam se incorporó en la cama.

–En Estados Unidos, los nuevos miembros de una pandilla tienen que hacer una especie de prueba de iniciación para demostrar que son dignos de formar parte de ella. –Ahora en su voz se había colado una nota de seguridad, que me recordaba al Sam de antes–. Así que para mi iniciación, os podría robar cosas de una tienda. Podría hacerle un puente a un coche y llevaros a dar una vuelta. O, ya lo tengo, podría encontrar a los tipos que os vendieron a la pasma. Les enseñaría que nadie que se meta con la banda de la cabaña vive para contarlo.

–Hablaré con Jake y Tyrone –le dije–. Pero yo que tú no me haría muchas ilusiones.

–Gracias, Matt.

–Y además –añadí–, algo me dice que los tipos que nos vendieron a la pasma de tipos no tienen nada.

Zia

Lo que hizo Elena en Burger Bill nos aguó un poco las vacaciones. En ese momento Charley y yo debimos de poner una cara de alucine al ver la tranquilidad con la que le dio a Bill los nombres de los chicos, porque cuando nos sentamos con ella a la mesa, se echó a llorar.

Tratándose de Elena, esta es una señal segura de que tiene algo que ocultar.

Bill estaba hablando por teléfono detrás del mostrador, y en ese momento nos dimos cuenta de que su amenaza de denunciar a Jake y a los demás a la policía iba totalmente en serio. Charley empezó a echarle un sermón a Elena, diciéndole que se había pasado, que una cosa era hacer que alguien se la cargara en el colegio, y otra muy distinta meterle en líos con la policía.

Y entonces nos enteramos de todo el gran desastre de Mark Kramer.

Bueno, la verdad es que nos pareció fatal. Elena hace el ridículo a lo grande, con un guaperas del tres al cuarto, y luego, para sentirse mejor, mete en un buen lío a tres chicos que no tenían culpa de nada.

Le dije que la encontraba patética.

–Más que patética –corroboró Charley–. Eres trágica.

Y eso fue todo. Elena nos insultó y se largó de Burger Bill.

Nunca llegamos a ver la peli de los ratones.

Matthew

¿Por qué? Pero vamos a ver, ¿por qué? Incluso antes de que nos vendieran a la policía, de vez en cuando me preguntaba por qué exactamente estábamos en guerra con Charley Johnson, Elena Griffiths y Zia Khan.

Las conocíamos desde primero de básica, cuando estábamos todos en el mismo colegio. Juraría que las tres eran unas chicas normales y simpáticas hasta que llegamos a tercero o cuarto. Me acuerdo perfectamente de que solíamos jugar al fútbol todos juntos en el patio.

Entonces, ¿por qué cambiaron? ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que, de repente, cuando teníamos unos diez años, era como si fueran de otra galaxia, una especie extraña y hostil a toda señal de civilización?

Era un misterio. Lo único que sabíamos era que cuando las Brujas andaban cerca, nos llovían los problemas, y cuando eso ocurría, nunca pagaban el pato ellas. Siempre nosotros.

Luego, cuando cambiamos de colegio en secundaria, las cosas se pusieron aún más feas.

Era como si nuestra sola presencia en Bradbury Hill les recordara cosas de ellas mismas que preferían olvidar. Querían ser mayores, adultas, pero cuando nos veían por ahí, de alguna manera eso les recordaba que no eran más que unas crías todavía.

Al principio les dio por pasar de nosotros, o cuando nos cruzábamos con ellas, se murmuraban algo entre dientes unas a otras y se alejaban soltando risitas. Les dijeron a otros de la clase que en nuestro antiguo colegio nos llamaban «los perdedores» (falso: todos querían unirse a nuestra banda). Hicieron correr el rumor de que Tyrone había roto un muelle de la cama elástica en nuestro antiguo colegio (falso: nunca se acercó siquiera a la cama elástica). Dijeron que hacía unos años yo había sido el causante de un brote de piojos (falso, o casi falso: mucha gente tuvo piojos un trimestre). Decidieron que la nariz de Jake era la cosa más ridícula del mundo, y se inventaron un mote a mala idea para él.

Pero donde más problemas nos causaban era en clase de Steve Forrester, porque allí las chicas sabían que, hicieran lo que hicieran, nunca les echarían la culpa.

Tal y como yo lo veo, la guerra la empezaron ellas, no nosotros.

Steve Forrester

Es totalmente falso que yo en mis clases me pusiera siempre en contra de los chicos. Daba la casualidad de que los tres chicos en cuestión eran una mala influencia para todos los demás alumnos, aunque su participación oral en clase fuera aceptable. Esos tres chicos, juntos, causaban problemas. Juzgué que era mi deber controlar esa fuente de conflictos antes de que las cosas se pusieran demasiado serias.

Matthew

Ese lío con la justicia afectó nuestras vidas de maneras distintas. La madre de Tyrone, una mujer alta y resultona, que creo que es diseñadora interior de casas, o algo así, lo castigó una semana entera. Incluso cuando las cosas van bien, trata a Tyrone como si fuera una especie de castigo privado suyo, y que venga un policía a tu casa es algo muy serio. Las cosas no iban nada bien en el hogar de los Sherman aquel verano. La señora Sherman empezó a lamentarse en voz alta de no haber tenido una hija normal en lugar de un hijo como Tyrone, lo cual era bastante irónico si uno piensa que las que causaron todo el lío fueron tres chicas.

Para la señora Smiley, no era sino un motivo más para echarle la culpa al padre de Jake, el rey de los cerdos, que abandonan a sus familias. Le daba la vara a Jake con todas las cosas horribles que había hecho su padre, y le decía que no le sorprendía en absoluto que Jake estuviera enfadado. La mayoría de las noches, según Jake, encontraba consuelo en otra cosa: la botella de ginebra.

¿Y mis padres? Durante un tiempo se mostraron muy severos, antes de relajarse de nuevo y permitir que Sam y yo siguiéramos con nuestras vidas. Normalmente solíamos irnos una o dos semanas de camping en verano, pero este año mi madre había agotado sus vacaciones en el viaje a Estados Unidos, así que poco después ya estaban otra vez los de la Cabaña en las calles.

Pero, en lo que a nosotros respecta, Sam era ya historia. Les había mencionado a mis colegas la conversación que había tenido con él, su idea de hacer algo fuerte y deslumbrante para volver a ganarse nuestra amistad, pero a Jake todavía le dolía lo que había ocurrido en Burger Bill, mientras que Tyrone seguía furioso por la bronca continua que le echaba su madre en casa.

Y tal vez el más enfadado de los tres fuera yo. En ese momento me sentía como si mi primo hubiera pisoteado toda mi vida, mi familia y mis amigos, y solo me hubiera dejado un montón de ruinas. Jake y Tyrone podían echarlo de la banda, pero mi futuro con Sam López se extendía ante mí como una sentencia a cadena perpetua.

Así, sin discutirlo con todo detalle, habíamos llegado a la conclusión de que le permitiríamos ir con nosotros lo que quedaba del verano, pero cuando empezara el colegio, tendría que apañárselas solo.

Sam intuyó lo que pasaba y se lo tomó sorprendentemente mal. Trató de convencernos de que alguna pelea de vez en cuando no tiene nada de malo, que eso era el pegamento que mantenía unida a una banda, decía.

Y luego, una y otra vez volvía a la misma idea de que le hiciéramos una prueba que le permitiera demostrar que merecía pertenecer a nuestra banda.

Al principio no le hicimos ni caso. Luego se nos ocurrió una idea mejor. Le haríamos la prueba que quería, y cuando fracasara, entonces tal vez por fin nos dejaría en paz.

Lo único que teníamos que hacer era encontrar una tarea imposible.

Tyrone

Fue idea de Matt, pero yo lo ayudé en todo.

Una noche estaba hablando con él por teléfono. Matt me decía que solo había una manera de hacer callar a Sam de una vez por todas: teníamos que plantearle una prueba que demostrara, sin el menor asomo de duda, que jamás podría ser uno de los nuestros.

–Sí, claro –le dije con pesimismo–. Y él entonces formará una banda rival en el colegio. Y tendremos dos grupos de enemigos: Sam y las Brujas. A lo mejor se podría unir a las Brujas –mascullé–. Después de todo, parece una niña, con esa carita tan mona y esa mata de pelo.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 nisan 2025
Hacim:
242 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9788467569841
Telif hakkı:
Bookwire
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