Kitabı oku: «De chico a chica», sayfa 3

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–Y con ese cuerpecito como de nena que tiene –dijo Matt riéndose. Charlamos un rato más y luego colgamos.

Cinco minutos después, me volvió a llamar, y juro que nunca lo había visto tan nervioso.

–Tyrone –me dijo–, se me ha ocurrido una idea.

4

Matthew

Nos reunimos los cuatro en casa de Tyrone.

Tyrone, Jake y yo nos sentamos en tres sillones, como si estuviéramos en un juicio. Sam paseaba por la habitación, inquieto y nervioso, haciendo bromas que no tenían ninguna gracia, para disipar la tensión. Desde que le había dicho que la Banda de la Cabaña había pensado una manera de que se volviera a ganar un puesto entre nosotros, Sam estaba tan animado que ya resultaba pesado.

–Venga, tíos, poned las cartas sobre la mesa. –Sam se movió por la habitación como bailando, y me di cuenta de que Tyrone lo miraba nervioso. La casa de los Sherman es la típica casa donde todo está en su sitio, no se ve una mota de polvo, y hasta los objetos de adorno están ordenaditos como los soldados cuando les pasan revista.

–Bueno, tíos, ¿entonces, qué queréis que haga? –decía Sam–. ¿Queréis que salte a un tren desde un puente? ¿Que haga una pintada en la pared de un rascacielos? ¿Una que diga algo así como «LA BANDA DE LA CABAÑA ES LA DUEÑA DEL BARRIO»?

–No es nada tan difícil –dije con mucha tranquilidad.

Sam se quedó quieto un momento.

–¿Nada difícil? Estás de coña. Pídeme algo verdaderamente chungo, colega.

–Es algo un poco menos físico de lo que estás pensando –dijo Jake, cuyo ojo izquierdo en los últimos dos días se había tornado de un precioso color a medio camino entre el rosa y el púrpura.

–Aunque no sé –dijo Tyrone sonriendo–. En cierta manera es físico, bastante físico incluso.

–Eh, tíos, ya basta de torearme, ¿vale? –dijo Sam–. Decidme de una vez lo que tengo que hacer.

Jake cogió una bolsa de plástico, y la volcó despacio. Un montón de ropa cayó al suelo.

Ropa de uniforme de colegio.

Ropa de uniforme de chica.

–¿Qué es esto? –preguntó Sam, empujando con la punta de su zapatilla de deporte una falda color violeta.

–Es el uniforme del colegio de mi hermana –dijo Jake.

–¿Y?

–Y ahora es tuyo –dijo Tyrone.

–No lo pillo. –Sam se agachó y extendió la ropa: la chaqueta y la falda del uniforme, la camisa y los calcetines blancos. Parecía un cuerpecito estirado en el suelo–. Esto qué es, ¿un chiste inglés de esos que no tienen gracia? –preguntó.

Me incliné hacia delante en el sillón y se lo expliqué bien clarito.

–Si quieres formar parte de nuestra banda, esta es tu prueba de iniciación. Durante una semana, cinco días de clase, te pedimos que seas un actor, que interpretes un papel –le dije–. Cada mañana, camino del colegio, te pondrás este uniforme en la cabaña del parque. Cuando llegues al colegio, serás Sam, la nueva incorporación a Bradbury Hill, pero Sam con una diferencia.

–Sam no de Samuel, sino de Samantha –dijo Jake.

El americano se levantó despacio.

–¿Queréis que me convierta en una piba? Siempre he sabido que estabais de la olla, tíos –dijo despacio–. Pero esto es… esto es muy fuerte, colegas.

–Tú eliges –dijo Tyrone con mucha naturalidad–. Lo único que tienes que hacer es hacerte pasar por una chica durante cinco días en el colegio. Si aceptas, vuelves a estar dentro. Eres uno de los nuestros.

–Pero… yo soy Sam López. –Se rió como si hubiera habido un espantoso malentendido–. A ver si me entendéis, Sam López no se pasea por ahí vestido de tía. Sam López no hace algo así por nadie, ni por nada. Ni hablar.

–Bien. –Jake se arrodilló en el suelo, recogió la ropa y la volvió a meter en la bolsa–. Has tenido tu oportunidad. Teníamos entendido que Sam López se atrevía a hacer cualquier cosa. Pero supongo que nos habían informado mal.

–A ver, tíos, sed razonables. ¿Aceptaría alguno hacer esta broma?

–No –contesté sonriendo–. Pero claro, nosotros no lo necesitamos.

Sam se quedó pensando un momento, y luego dijo entre dientes:

–Olvidadlo, chalados. –Se dirigió a paso rápido hacia la puerta. Lo oímos subir pesadamente la escalera y encerrarse dando un portazo en el cuarto de baño de Tyrone.

Nos miramos unos a otros, algo avergonzados por lo que había ocurrido.

–Valía la pena intentarlo –dijo Jake.

–Sí, Matt, era una idea fantástica –comentó Tyrone.

–Hay que reconocer que sí que da un poco de mal rollo –añadió Jake–. Pedirle a un tío que se vista de chica.

–Vale –corté de pronto–. A lo mejor me he equivocado.

–Espero que no lo esté destrozando todo en el cuarto de baño –murmuró Tyrone–. Mi madre se pondría furiosa.

En ese momento se abrió la puerta. Era Sam.

–Dame la bolsa –dijo, haciendo un gesto impaciente con la mano.

Jake se acercó a él y le tendió la bolsa.

–No prometo nada, ¿vale? –dijo Sam.

–Claro –contestó Jake.

–Solo me lo estoy pensando.

–Vale –dijo Jake–. Ah, y otra cosa más. –Rebuscó en su bolsillo y sacó una goma de colores–. Mi hermana se pone una de estas.

Sam sostuvo la goma entre dos dedos y se la quedó mirando con una expresión de asco mezclado con incredulidad, y durante un segundo pensé que Jake estaba a punto de llevarse otro ojo morado.

–Es para que no se te caiga el pelo a la cara –explicó.

–Ya sé para lo que es, idiota –dijo Sam. Entonces, para mi sorpresa, se echó a reír–. Desde luego, tíos, lo vuestro no tiene nombre. –Y se marchó.

Esperamos. Unos minutos después, oímos pasos en la escalera. La puerta se abrió y Sam entró en la habitación.

El silencio se adueñó de la habitación durante varios segundos.

–¿Y bien? –dijo Sam por fin.

–Oh… Dios… mío –murmuró Jake.

–Esto es una locura –dijo Tyrone.

–Guau –comenté yo.

Sam se quedó ahí de pie, en jarras, con el pelo recogido en una cola de caballo.

–¿Qué? –preguntó–. ¿Qué pasa?

Oír la voz de tipo duro de Sam salir de esa nueva persona, esa chica, tuvo el mismo efecto en todos nosotros al mismo tiempo.

El primero en echarse a reír fue Jake.

–Es ridículo –dijo sin aliento.

Tyrone se tapó la cara con las manos y luego echó una ojeada entre los dedos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

–Increíble –dijo.

–¿Se puede saber de qué estáis hablando exactamente, tíos? –preguntó Sam enfadado.

Por algún motivo, esa situación había hecho que me pusiera colorado.

–Siento decírtelo, Sam –dije, tratando de borrar esa sonrisa de mi cara–, pero no hay duda de que estás perfecto: eres una chica al cien por cien.

Con una expresión dura y peligrosa en los ojos, avanzó unos pasos hacia delante. Cuando llegó al centro de la habitación, se vio reflejado en el espejo que hay encima de la chimenea, y se volvió para contemplarse detenidamente.

–Pues sí –dijo sombríamente–. Tengo toda la pinta de una piba.

Tyrone

De repente dejó de ser una broma. El caso es que Sam estaba tan bien disfrazado de chica que lo que unos segundos antes había parecido una broma, de repente se había convertido en algo súper serio.

Se repanchingó en el sofá y se puso a hurgarse en la nariz con aire agresivo y provocador, como para tranquilizarse a sí mismo de que, incluso vestido de chica y con una cola de caballo, seguía siendo el mismo de siempre.

–Bueno, entonces, ¿de qué va esto? –preguntó–. Aparte de hacerme quedar como un idiota, me refiero.

–No queremos que hagas el ridículo –dijo Matthew–. Solo necesitamos vengarnos de las Brujas. Hacerles quedar mal. Enterarnos de algunos de sus secretitos más patéticos.

–Venga, tíos, ¿y todo esto para vengaros de tres pavas?

–No son pavas –rezongué–. Que las odiemos no quiere decir que tengamos que ser machistas.

–Eh, ¿aquí quién lleva falda, eh? –dijo Sam–. De ahora en adelante, yo decido lo que es machista y lo que no, ¿entendido?

Ahí sentado, jugueteando con su coleta, Sam parecía extrañamente a gusto, como si ahora que era el centro de atención por fin pudiera relajarse. Como si, ahora que llevaba una falda, fuera más él mismo.

–Voy a necesitar echarle morro. Con esto de ir a un nuevo colegio, y tal.

–Estaremos ahí para ayudarte –le dije.

Sam se quedó pensativo un momento.

–Estamos juntos en esto, ¿verdad? Nunca antes había sido una chica.

–Por supuesto –declaró Jake–. Somos los de la Cabaña. Somos un equipo, somos iguales.

Sam apoyó la pierna en el reposabrazos del sillón.

–Vale, contad conmigo en el equipo –dijo con naturalidad. Se rascó la cadera y entonces asomó peligrosamente un trocito de sus calzoncillos azules–. Y a ver si paráis ya de mirarme las piernas, tíos.

La señora Burton

Fue más o menos entonces cuando noté un cambio en el pequeño Sam. Estaba menos a la defensiva, parecía menos desconfiado. Sus comentarios inapropiados se fueron haciendo menos frecuentes. Compartía las tareas con Matthew. Yo estaba contenta. Pensé que lo habíamos conseguido.

Matthew

La vida se hizo más fácil después de esa fatídica tarde en que los cuatro acordamos que cuando retomáramos las clases en Bradbury Hill, habría una nueva alumna llamada Samantha López.

Quedaba un mes de vacaciones. Jake se fue de camping a Francia con su madre y su hermana. Tyrone y Sam descubrieron que a los dos les encantaban los juegos de ordenador. Sam me pidió que lo llevara a un partido de lo que insistía en seguir llamando «fútbol europeo» y me obsequió con su inevitable veredicto: era un deporte de nenas.

Sería una exageración decir que mi primito ya no era irritante –su talento para molestar era inquebrantable– pero saber que muy pronto iba a sacrificar su masculinidad en lo que yo me había acostumbrado a llamar la «Operación Samantha» lo había calmado. Ya no parecía sentir la necesidad de demostrar que era más duro, más listo, y más experimentado que nosotros. Todavía hacía algún comentario agresivo y en plan listillo de vez en cuando, pero los demás éramos capaces de encajarlo entre risas, y muchas veces también Sam acababa riéndose.

Aunque la sombra de la muerte de su madre seguía planeando por encima de él –todavía de vez en cuando caía en esa especie de trance silencioso, con la mirada sin expresión, cuando ocurría algo que le recordaba a su vida pasada– mis padres y yo vimos que podíamos llegar hasta él de una manera que antes no nos había sido posible. Mi madre había cogido la costumbre de mencionar a Galaxy en sus conversaciones de cada día, como si ya no fuera un enorme tabú del que no se podía ni hablar, y para mi sorpresa esa táctica disipó parte de la tensión que cargaba la atmósfera en casa.

La última semana de vacaciones me di cuenta de que Sam empezó a estar más callado, y a pasar más tiempo en su habitación. Se había adueñado de la bolsa de ropa de Christie Smiley después de nuestra reunión. Me lo imaginaba solo en su cuarto, vistiéndose el uniforme, preparándose para su debut como chica, como si fuera un actor justo antes del gran espectáculo, que es lo que era, en cierto sentido.

Me hubiera gustado hablar de todo eso con él, decirle para tranquilizarle que aunque fuera él quien llevara la falda, estábamos todos juntos en eso, pero desde que habíamos decidido el plan, apenas lo había vuelto a mencionar.

Daba la impresión de que en algún momento había decidido que la Operación Samantha era una función de un solo actor, de una sola actriz en este caso.

El señor Burton

Me pareció un gesto adecuado llevar a los chicos a una buena comilona la víspera del primer día de colegio de Sam. Elegí la Trattoria La Torre, un restaurante italiano del barrio que tenía un buen menú y un servicio agradable, al cual nos gusta ir a Mary y a mí en ocasiones especiales.

Me había percatado de que Sam había estado algo callado esos últimos días –no cabía duda de que su debut en Bradbury Hill lo preocupaba un poco– y Matthew también parecía algo taciturno.

De modo que no era una salida demasiado fácil. Los modales de Sam en la mesa, por decirlo de alguna manera, dejaban bastante que desear. Según nos hizo saber, el restaurante era «raro». Luigi, el dueño, no tenía «un pelo de italiano». Apartó su cóctel de gambas, anunciando con una voz algo más alta de lo necesario que era «comida para maricas».

La familia Burton sonrió haciendo como si ese tipo de comentarios no le incomodara lo más mínimo.

Matthew

Esa noche Sam fue la peor pesadilla de mi vida. Sé que el pobre estaba muy preocupado, con todo eso de tener que aparecer en el colegio disfrazado de chica y tal, pero ¿era obligatorio que por su culpa todo el restaurante se nos quedara mirando? Juro que la manera en que se comió los espaguetis fue la cosa más repugnante que he visto en mi vida.

El señor Burton

Elegí hacer caso omiso de la actuación de Sam en el restaurante, más propia de un animal en el zoo a la hora de comer.

Hacia la mitad de la cena, Mary me hizo una señal con la cabeza. Carraspeé y alcé mi copa.

–Hagamos un brindis –dije– por el primer día de Sam en Bradbury Hill. Y por el inicio del trimestre de Matthew en este nuevo curso.

–Lo que me faltaba –masculló Sam.

Matthew se quedó mirando su plato de pasta como si encerrara la clave del misterio del universo.

–Solo quería decir –proseguí–, que estoy muy impresionado por cómo os habéis comportado estas últimas semanas. La situación en la que nos hallamos inmersos no ha sido fácil, pero pienso que tanto Sam como Matthew habéis estado absolutamente fantásticos. ¿No te parece, Mary?

–Desde luego que sí –contestó ella.

Sam soltó un ruidito a medio camino entre el gruñido y el resoplido sin levantar la mirada, y me percaté de que un pequeño y peligroso surco estaba empezando a dibujarse en el entrecejo de Mary. Mi esposa es una mujer maravillosa en múltiples aspectos, pero he de reconocer que no tiene lo que se dice mucha paciencia.

–¿Tienes algo que decir, Sam? –preguntó con un deje de tensión en la voz.

Sam levantó la mirada, y la visión de su rostro embadurnado de carne y salsa de tomate bastaba para revolverle las tripas al más pintado.

–No –contestó.

–Mañana os llevo al colegio en coche –anuncié–. Por ser el primer día de clase.

Por alguna razón, este comentario hizo que ambos chicos dejaran instantáneamente de comer. Ambos se me quedaron mirando con una expresión que se me antojó alarmada.

–No hace falta, papá –dijo Matthew–. Son solo diez minutos a pie.

–Creo que sería lo más apropiado –comentó Mary.

–No –protestó Matthew, con una firmeza que no dejó de sorprenderme–. Ya sabes cómo son los colegios. Es mejor que yo le enseñe el lugar a Sam.

–Tal vez deberíamos dejar que fuera Sam quien lo decidiera –contesté con firmeza.

Todos nos volvimos hacia Sam, que parecía estar cavando un agujero en sus espaguetis.

–¿Sam? –dijo Mary.

Este levantó la vista despacio, masticando con la boca abierta. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano, y al descubrir unos pedacitos de carne pegados a sus nudillos, frunció el ceño antes de hacerlos desaparecer de un lametón.

–Quiero ir a pie –dijo por fin.

Jake

Matthew me mandó un mensaje de texto un poco más tarde aquella noche, que decía: «DCIDIDO: SAM S SAMANTHA».

5

Matthew

Había llegado el momento de la verdad. A la mañana siguiente, vestido con el nuevo uniforme que le había comprado mi madre, Sam y yo salimos para el colegio unos minutos antes de lo habitual, y nos despedimos de mis padres en la puerta, como si fuéramos escolares normales y corrientes, y no mercenarios a punto de iniciar una misión de venganza.

Caminamos en dirección al colegio. Cuando llegamos a la esquina, nos dimos la vuelta y dedicamos un último gesto de saludo al señor y la señora Burton. Desaparecimos de su vista, y pusimos rumbo al parque.

Tyrone ya estaba en la puerta de la cabaña. Jake, como siempre, llegaba tarde.

Nos saludamos con un gesto. Sin decir una palabra, Sam metió la mano en la nueva mochila que mi padre le había comprado para el colegio y sacó la bolsa de plástico que contenía su otro uniforme.

–Es hora de convertirme en mi nuevo yo –dijo con total tranquilidad, y luego se metió en el lavabo de caballeros que estaba detrás de la cabaña.

Pasaron dos minutos, tres. Entonces llegó Jake, con los faldones de la camisa fuera del pantalón y el pelo todo revuelto.

–No he oído el despertador –explicó–. ¿Dónde está Sam?

Tyrone señaló con la barbilla la puerta cerrada.

–Se está convirtiendo en una chica –dijo.

Consulté mi reloj. Teníamos ocho minutos para cubrir la distancia que nos separaba del colegio, que estaba a diez minutos de allí.

–Tenemos que irnos –dije con toda la naturalidad de que fui capaz.

–Que ya lo sé –contestó Sam con voz cortante–. Me estoy arreglando el pelo, ¿vale?

Jake suspiró.

–Mujeres –dijo entre dientes.

La puerta se abrió y apareció Sam, metiendo su ropa en la bolsa de plástico.

–Vamos –dijo.

Jake se colocó delante de él.

–Una última comprobación –dijo.

Nos dispusimos en círculo, inspeccionando al nuevo Sam. Para ser sincero, mi primera impresión fue algo decepcionante. En el salón de Tyrone, en su debut con falda y coleta, Sam parecía una chica de verdad. Ahora era más un chico con un torpe disfraz. Tenía el pelo enmarañado. La falda le quedaba demasiado larga. Y lo peor de todo, la camisa blanca flotaba hacia los lados como una vela al viento.

–¿No puedes hacer algo con la camisa? –Tiré de la tela–. ¿Remetértela por la espalda, o algo así?

–Me está demasiado grande –contestó Sam–. ¿Qué le pasaba a tu hermana, Jake? –Este parecía algo incómodo.

–Digamos que estaba muy desarrollada para su edad –explicó.

–Genial –comentó Sam, mientras trataba de meterse los faldones dentro de la falda–. Típico tuyo tener una hermana con unas lolas descomunales.

–Ya sé lo que podemos hacer –declaró Tyrone–. Mañana traigo un par de calcetines, y te los metes debajo de la camisa, por delante.

Los ojos de Sam brillaron peligrosamente.

–¿Quieres saber una cosa, gordinflón? Te los puedes meter donde te quepan. –Levantó el índice como para amenazarlo, pero luego pareció vacilar, y su atención se desvió hacia algo que estaba detrás de nosotros.

A unos metros de distancia, mirándonos con una expresión preocupada de metomentodo, había una anciana que estaba paseando a un perrito.

La señora Wheeler-Carrington

Recuerdo los tiempos en que este parque era un lugar agradable. No había basura por el suelo, ni perros deambulando como lobos, ni se oían palabrotas. Era un placer venir aquí.

Algunos piensan que uno no debería preocuparse por cosas como el mal comportamiento y las palabras malsonantes, pero me temo que soy un poquito anticuada con respecto a ese tipo de actitud.

Aquella mañana, cuando vi a esa chiquita, rodeada por varios chicos, evidentemente asustada, pálida y enfadada, me hirvió la sangre. Sabía que no podía pasar de largo sin más. No es mi naturaleza.

Jake

La viejecita se quedó ahí parada con su perro, los dos mirándonos a la defensiva, como si fuéramos criminales o algo así.

–¿Estás bien, pequeña? –gritó.

Nos miramos unos a otros, confundidos.

–¿Cómo dice? –preguntó Matthew.

–No estoy hablando con vosotros, chicos –contestó ella en tono cortante. Estirando el cuello, como si fuera un pájaro, miró detrás de nosotros, hacia donde estaba Sam–. ¿Te están molestando estos chicos, bonita? –le preguntó. Sam tardó un momento en entenderlo. Luego sonrió.

–No, qué va –dijo.

–Ah, bien, mejor así –dijo la mujer. Echándonos una última mirada hostil, se alejó. El problema es que Sam, típico de él, no podía dejar las cosas como estaban.

–Señora, si me da la gana les puedo dar una patada en el culo sin problemas –gritó.

La mujer la miró, escandalizada, y luego se alejó deprisa, tirando del perrito.

Matthew

Sam caminaba con aire arrogante delante de nosotros, con las manos en los bolsillos, su falda moviéndose de lado a lado agresivamente, como no caminan las chicas, ni lo harán jamás.

Nosotros lo seguíamos, pensando los tres en lo mismo. Como nadie iba a decir nada, pensé que me correspondía a mí tener unas palabritas con la señorita Samantha.

–Eh, Sam –dije con un tono muy natural, como si se me acabara de ocurrir lo que iba a decirle–, tal vez sería buena idea que te molestaras mínimamente en interpretar el papel.

Sam empezó a silbar entre dientes, otra cosa que jamás he visto hacer a ninguna chica. Así que volví a intentarlo:

–Me refiero a antes, por ejemplo, digamos que no te comportaste exactamente como una chica en el parque, cuando hablaste con la viejecita.

Sam se rió y de una patada mandó a la carretera una lata vacía que había en la acera.

–Eso es porque no soy una chica normal, tontaina –dijo.

–Pero Sam, el caso es que si no te metes bien en el papel, vamos a tener todos muchos problemas –dijo Tyrone–. No sirve de nada vestirse de mujer y actuar como un hombre, encima tan a lo bestia como lo estás haciendo ahora. No va a funcionar.

–El plan ha sido idea vuestra, tíos –dijo Sam–. Es un poco tarde para lamentaciones.

–No se trata de eso –le dije–. Lo único que te decimos es que si queremos que esto funcione, tendrás que ser un poco… –Vacilé un momento, buscando en mi cabeza la palabra adecuada–. Un poco… femenina.

Sam se detuvo y se volvió para mirarnos, sin parar de mascar chicle.

–Vale, acepto ponerme una falda –dijo tranquilamente–. Pero nadie dijo nada de que tuviera que comportarme como una nena.

Antes de que pudiéramos contestar nada, ya había echado a andar de nuevo.

–Así es como somos las chicas modernas –gritó. Lanzó un puñetazo al aire, como si estuviera apartando a golpes a un enemigo invisible–. Si no os mola, es vuestro problema.

Charley

Camino del colegio aquel primer día de clase del trimestre, tomamos una gran decisión. No, bueno, cuidado… no era una gran decisión. Era más bien pequeña.

–He estado pensando –exclamó Zia de repente–. Creo que he superado a la Banda de la Cabaña.

–Dime algo que no sepa, tía –dijo Elena–. Todas hemos superado a la Banda de la Cabaña.

–Quiero decir que ya no me voy a meter con ellos. Lo he decidido. Esos chicos ya han sufrido bastante.

–Son unos críos –dijo Elena.

El caso es que yo también había estado pensando lo mismo que Zia. Todo el lío de la policía y lo de Burger Bill me había hecho sentir mal.

–Estoy contigo, Zia –intervine–. Me enteré de que al pobre Tyrone lo castigaron una semana entera sin salir de casa.

–Nadie se mete con las Brujas –dijo Elena entre dientes.

–Párate a pensarlo un segundo: las Brujas contra los de la Cabaña –dijo Zia–. ¿No te parece patético?

Elena se nos quedó mirando.

–Vale, pasaremos de ellos y listo –declaró–. Les dejaremos que sigan con sus tristes vidas.

–O también –dijo Zia con paciencia–, podríamos incluso pedirles perdón. Hacer borrón y cuenta nueva.

–Me parece bien –dije.

–Ni hablar. –Elena negó con la cabeza con aire muy decidido.

Zia y yo nos miramos sin decir nada. La verdad es que Elena nunca ha sido tan dura como a ella le gusta fingir que es.

Después de menos de treinta segundos, se encogió de hombros con aire malhumorado.

–Vale, como queráis. Tal vez haya llegado el momento de empezar un nuevo capítulo.

Se alejó por delante de nosotros con el aire de quien ha resuelto un problema sin ayuda de nadie.

Matthew

Llegamos un par de minutos tarde. El patio ya estaba vacío. Corrimos al salón de actos y entramos. Todo el mundo estaba de pie en su sitio, esperando la llegada de la señora Cartwright, la directora, y los profesores. Mientras nos dirigíamos los cuatro por el pasillo central hasta los sitios libres de la primera fila, percibí un murmullo de interés a cada lado. Miré a mi izquierda y vi a Sam repartiendo sonrisas a diestro y siniestro, como si fuera de la familia real.

No cabía duda: lejos de sentirse incómodo por toda esta historia de vestirse de chica, Sam estaba disfrutando de ser el centro de atención.

Elena

Vi a Matthew avanzando entre las filas de asientos. Estaba a punto de hacer algún comentario sobre lo típico que era que llegaran tarde cuando recordé que los chicos antes llamados los Cabañas eran supuestamente nuestros amigos desde ese mismo instante, así que cerré la boquita.

Entonces vi a una chica rubia caminando por delante de ellos, con un estilazo tremendo. Recuerdo que solo pensé: ¿quién será esa?

Zia

¿Que si me fijé en ella? ¿Cómo podría alguien NO fijarse en ella? Caminaba por el salón de actos como si fuera la dueña de todo el colegio.

Charley

Estaba mascando chicle. Eso fue lo primero en lo que me fijé. Bradbury Hill tampoco es que sea un colegio superestricto, pero sí tiene una política antichicle que siguen a rajatabla todos los profesores, como si el chicle fuera una droga, o algo así. Y ahí estaba esa nueva alumna, mascando chicle en el salón del actos, el día de la inauguración del curso.

Hay que reconocerlo: eso sí que es tener narices.

Gary Laird

No la vi. Supongo que estaría dormido en ese momento.

Mark Kramer

Era un bombón. Todos los tíos se la quedaron mirando, y la mayoría estaría pensando lo mismo en ese momento. Vaya, vaya, mira lo que tenemos aquí…

Matthew

Nos sentamos, y Sam se dejó caer en su silla junto a mí con toda la delicadeza femenina de un boxeador en un descanso entre dos asaltos.

Los profesores entraron en tropel y tomaron sus asientos al fondo del estrado y, unos momentos después, hizo su aparición la señora Cartwright, más conocida como la Caballo.

Cuando uno ve por primera vez a la directora, lo primero en lo que se fija no es en el pelo teñido de negro azabache, ni en esos hombros tan anchos que tiene, ni en esa forma de andar tan rápida y brusca, sino en su sonrisa de santa. Cuando estaba estudiando Magisterio, alguien debió de decirle alguna vez que la mejor manera de tratar con niños es sonreír todo el rato, porque la señora Cartwright se pasa el día en el colegio con el aire feliz y medio bobalicón de alguien que tiene una noticia maravillosa que se muere por contarte.

El efecto de esa sonrisa cuando se enfrenta a lo que ella gusta en llamar «comportamiento inapropiado» es de lo más espeluznante, porque cuanto mayor es el lío en el que te has metido, mayor es su sonrisa. A veces, como si quisiera mantenerse a la altura de su reputación de psicópata sonriente, la directora se permite de vez en cuando explotar de rabia, y entonces reúne a todo el colegio en el salón de actos cuando ve que algún tipo concreto de comportamiento inapropiado amenaza con írsele de las manos. Se rumorea que, cuando el estrés de la vida en el colegio se convierte en algo insoportable para ella, se mete en un armario que hay en su despacho, cierra la puerta, y se pone a gritar como una loca durante varios minutos, antes de volver a salir, más relajada que antes, y con la famosa sonrisa plantada de nuevo en la cara.

Así que la Caballo se lanzó pues a su discurso de inauguración del curso. Habló un poquito de las vacaciones, y dijo cuatro tonterías sobre la función escolar que tendría lugar al final del trimestre. Presentó a un par de nuevos profesores, una mujer de veintipocos años y un tío cuarentón con pinta de cerdito que se iba a ocupar de los de primero. Luego hizo algo bastante inesperado y que nos dio un poco de miedo.

Cuando terminó de presentar a los nuevos profesores, nos dedicó a todos una gran sonrisa, y dijo:

–Ha llegado el momento de mencionar a otra persona. Tenemos un recién llegado muy especial en segundo de secundaria.

Oh-oh…

A mi izquierda, Tyrone soltó un pequeño gruñido.

–Llega desde la Costa Oeste de Estados Unidos –decía la directora–. Estoy segura de que todos haréis cuanto esté en vuestra mano para que se sienta como en casa.

Intenté tragar saliva, pero entonces me di cuenta de que tenía la boca totalmente seca.

–Sam López. –La señora Cartwright miró hacia el público, poniéndose la mano delante de los ojos a modo de visera, como si estuviera oteando el horizonte–. ¿Dónde está?

Durante unos segundos una oleada de confusión y nervios recorrió a la asistencia, mientras todos miraban a un lado y a otro buscando al recién llegado.

Entonces, tomándose su tiempo, con un gesto natural para alisarse la falda, Sam se levantó de su asiento.

–Estoy aquí, señora –dijo.

Zia

Nos entró la risa. El primer día del curso siempre es algo tenso, y cuando ese Sam López resultó ser una chica, el ambiente se relajó por completo. Mola cuando ocurre algo que hace que un profesor quede como un tonto, y si da la casualidad de que ese profesor es la directora, y está de pie delante de todo el colegio, haciendo su numerito en plan Hitler dirigiéndose a sus tropas, entonces mola el triple.

La americana se volvió para mirarnos, y nos dedicó una sonrisa de oreja a oreja, lo que nos hizo reír aún más. La directora necesitó varios segundos para conseguir que nos calláramos.

Matthew

La sonrisa de la directora se volvió aún más fija y más rara que de costumbre.

–Hubiera jurado que Sam López era un chico –dijo.

–La Sam López que tiene usted delante, no, de chico no tiene nada –dijo Sam, y se oyeron más risas en el salón de actos.

–¿Eres Sam, de Samantha? –le preguntó.

–No. –Sam no se movió de donde estaba, disfrutando claramente de la situación–. Soy Sam, señora. Ese es el nombre que me puso mi madre.

–¿Te bautizó con el nombre de Sam?

–Era una feminista, señora.

La mención de la difunta madre de Sam, o tal vez la referencia al feminismo, hizo que la señora Cartwright se pusiera colorada.

–Ah, bien, muy interesante. Bueno, pues esta es la primera sorpresa del curso. –Soltó una risita que sonó quebradiza y falsa–. Ahora que hemos descubierto exactamente de qué sexo eres, Bradbury Hill te da la bienvenida, Sam López.

–Gracias, señora. –Sam se sentó despacio.

Solo llevábamos quince minutos de colegio y Sam ya se había hecho notar.

La señora Cartwright

La inauguración del curso escolar en el salón de actos es una ocasión importante, y francamente, no me hizo muy feliz que un error administrativo causara ese incidente. Como le expliqué más tarde a Steve Forrester, la culpa no fue totalmente mía. La señora Burton me había llamado durante las vacaciones. No recibí toda la información pertinente. El… bueno, la americana había cambiado de colegio tantas veces que no había historial académico suyo.

Me pareció que la señora Burton había hablado de un chico, pero supongo que la entendí mal. Para mí no había habido motivo para no dar por hecho que Sam era el diminutivo de Samuel.

En cuanto a la chica en cuestión, digamos que percibí que se comportaba con una cierta falta de respeto, pero si hemos de ser justos, este incidente de confusión de género había ocurrido en una situación inesperadamente pública. Di por hecho que su aparente insolencia era una estrategia para disimular su vergüenza. Sam era una chica tímida de trece años. De verdad lo creí.

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0+
Litres'teki yayın tarihi:
23 nisan 2025
Hacim:
242 s. 5 illüstrasyon
ISBN:
9788467569841
Telif hakkı:
Bookwire
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