Kitabı oku: «Merlín. Los años perdidos»

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Título original inglés: The Lost Years of Merlin.

© Thomas A. Barron, 1996.

Todos los derechos reservados.

Publicado originalmente en Estados Unidos por Philomel Books,

una división de Penguin Young Readers Group, en 1996.

© de la traducción: Raúl García Campos, 2021.

© del mapa: Ian Schoenherr, 1996.

© Ilustración de la cubierta: Larry Rostant, 2011.

Diseño de la cubierta: Tony Sahara.

Adaptación de la cubierta: Lookatcia.com.

© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2021.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición: febrero de 2021.

REF.: ODBO830

ISBN: 978-84-9187-868-1

REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL • EL TALLER DEL LLIBRE, S. L.

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Todos los derechos reservados.


ESTE LIBRO ESTÁ DEDICADO A

PATRICIA LEE GAUCH;

AMIGA LEAL, ESCRITORA APASIONADA,

EDITORA EXIGENTE.

UN AGRADECIMIENTO ESPECIAL PARA BEN,

QUE A SUS CUATRO AÑOS OBSERVA

Y VUELA COMO UN HALCÓN.




NOTA DEL AUTOR

No sé mucho sobre magos, pero una cosa sí he aprendido: son una caja de sorpresas.

Cuando terminé de escribir The Merlin Effect, una novela que sigue una de las hebras que conforman las leyendas artúricas, desde los pretéritos tiempos de los druidas hasta los albores del siglo XXI, me di cuenta de que aquella hebra me había atrapado con tanta fuerza que no conseguía zafarme de ella. Cuanto más me resistía, más se cerraba sobre mí. De este modo, en mi intento por desenredarme, la hebra me atrapó por completo.

La hebra era el propio Merlín. Se trata de un personaje misterioso y cautivador, un mago capaz de retroceder en el tiempo, que se atreve a desafiar incluso a la Triple Muerte y que puede buscar el Santo Grial sin interrumpir su diálogo con los espíritus de los ríos y de los árboles. Comprendí que quería conocerlo a fondo.

Los estudiosos actuales sugieren que el mito de Merlín podría haber surgido de una figura histórica real, de un druida profeta que vivió en algún lugar de Gales en el siglo VI d. C. Pero esa es una cuestión que tendrán que resolver los historiadores. Porque al margen de que Merlín existiera de verdad o no en el reino de la historia, no cabe duda de que sí existe en el reino de la imaginación. Ha vivido en él desde hace mucho tiempo, y todavía sigue creciendo. Incluso recibe alguna visita de vez en cuando. Y dado que mi intención era escribir una obra sirviéndome de la imaginación, y no de la historia, encontré la puerta de Merlín abierta de par en par.

Por tanto, antes de que me diese tiempo siquiera a protestar, Merlín ya había trazado un plan para mí. Mis otros libros y los proyectos que tenía en mente deberían esperar. Era el momento de explorar otro aspecto de la leyenda de Merlín, uno muy personal incluso para el propio mago. Empecé a sospechar que, como ocurre con tantas otras cosas de la vida, cuanto más aprendiera sobre Merlín, menos sabría en realidad. Y, por supuesto, desde el principio fui muy consciente de que por muy pequeña que fuese mi contribución a tan maravilloso escenario mitológico supondría un desafío abrumador. Pero la curiosidad puede ser una gran fuente de motivación. Y Merlín se mostraba muy insistente.

Entonces descubrí algo sorprendente sobre el mago. Cuando me zambullí en las fábulas tradicionales que trataban sobre Merlín, observé que el saber popular presentaba una inexplicable laguna. La juventud de Merlín (una época formativa crucial en la que debió de descubrir sus misteriosos orígenes, su identidad y sus poderes) se mencionaba solo de pasada, si acaso llegaba a mencionarse. Aquellas primeras ocasiones en que se sintió afligido o dichoso, o en que aprendió alguna lección, nunca habían sido objeto de estudio.

Las narraciones tradicionales suelen seguir el mismo patrón que emplease Thomas Malory e ignoran por completo los primeros años de Merlín. Algunas historias hablan de su nacimiento, de su madre atormentada, de su padre desconocido y de su infancia fugaz. (Conforme a un relato, sale en defensa de su madre hablando con fluidez cuando solo tiene un año). Después no volvemos a saber de él, hasta que, siendo ya mucho mayor, aparece explicándole el secreto de los dragones enzarzados al traicionero rey Vortigern. Entre un momento y otro se abre un vacío de varios años. Tal vez, como sugieren muchos, se dedicara a vagar en soledad por los bosques durante aquella época que escapa a la leyenda. O tal vez, y solo tal vez, se encontrara en otra parte.

Este vacío que engulle los primeros años de Merlín contrasta de forma llamativa con la infinidad de tomos que versan sobre su etapa posterior. De adulto presenta multitud de facetas (en ocasiones contradictorias): se lo describe como profeta, mago, Lunático del Bosque, estafador, sacerdote, vidente y bardo. Aparece en algunos de los primeros textos mitológicos sobre la Britania celta, tan antiguos algunos de ellos que las fuentes ya estaban envueltas en el misterio cuando las grandes obras épicas galesas del Mabinogion se plasmaron por escrito, hace mil años. En la Faerie Queene de Spenser y en el Orlando Furioso de Ariosto aparece Merlín el mago. Sirve como consejero del joven rey en la Morte d’Arthur de Malory; levanta Stonehenge en Merlin, el poema del siglo XII de Robert de Boron; pronuncia multitud de profecías en la Historia Regnum Brittaniae de Godofredo de Monmouth.

En épocas más recientes, escritores de lo más diverso, como Shakespeare, Tennyson, Thomas Hardy, T. H. White, Mary Stewart, C. S. Lewis, Nikolai Tolstoy y John Steinbeck, han compartido su tiempo con este fascinante personaje, al igual que han hecho muchos otros autores de distintos orígenes. Aun así, salvo contadas excepciones, como la de Mary Stewart, pocos han indagado en la juventud de Merlín.

De ahí que los primeros años de Merlín sigan entrañando un verdadero enigma. No podemos hacer otra cosa que preguntarnos cuáles serían sus conflictos, sus miedos y sus aspiraciones. ¿Cuáles eran sus sueños más ambiciosos? ¿Y sus pasiones? ¿Cómo descubrió su inusual don? ¿Cómo reaccionaba ante una situación trágica o cuando perdía a alguien o algo? ¿Cómo descubrió y, acaso, asimiló su lado oscuro? ¿Cómo conoció el trabajo espiritual de los druidas? ¿Y el de los antiguos griegos? ¿Cómo equilibró su ansia de poder con el rechazo que sentía ante los abusos que aquel causaba? En resumen, ¿cómo se convirtió en el mago y mentor del rey Arturo al que aún hoy seguimos admirando?

El saber popular tradicional no resuelve este tipo de interrogantes y las palabras atribuidas al propio Merlín tampoco arrojan demasiada luz. De hecho, da la impresión de que prefería no hablar de su pasado. Si leemos los textos tradicionales, es fácil asociar a Merlín con la imagen de un anciano sentado junto al joven Arturo, divagando con aire ausente sobre los «años perdidos» de su juventud. Sin embargo, solo podemos especular: ¿estaría meditando acerca de la fugacidad de la vida, o quizás haciendo mención a algún capítulo desaparecido de su pasado?

En mi opinión, durante sus años perdidos, Merlín no solo se ausentó del mundo de las historias y los cantares. Creo, más bien, que se ausentó por completo del mundo que conocemos.

Esta historia, recogida en varios volúmenes, se propone rellenar ese vacío. Comienza cuando el mar deposita a un niño sin nombre, ni la menor noción de su pasado, en la costa de Gales. Y termina cuando el niño, tras haber conseguido y perdido muchas cosas, está listo para desempeñar un papel fundamental en las leyendas artúricas.

Entre lo uno y lo otro suceden muchas cosas. Descubre su segunda vista, un privilegio que le cuesta muy caro. Empieza a hablar con los animales, los árboles y los ríos. Encuentra el Stonehenge original, mucho más antiguo que el círculo de rocas que, según la tradición, erigió en la inglesa Llanura de Salisbury. Primero, no obstante, tendrá que aprender lo que significa el nombre Druida de Stonehenge, «Danza de los Gigantes». Explora su primera cueva de cristal. Viaja a la isla perdida de Fincayra (Fianchuivé, en gaélico), concebida en la mitología celta como una isla ubicada bajo el mar, un puente entre la Tierra de los humanos y el Otro Mundo de los espíritus. Conoce a varios personajes que aparecen con frecuencia en la cultura antigua, incluidos el gran Dagda, el malvado Rhita Gawr, la trágica Elen, la misteriosa Domnu, el sabio Cairpré o la enérgica Rhia. Conoce asimismo a otros personajes no tan frecuentes, como Shim, Stangmar, T’eilean y Garlatha, y la Gran Elusa. Aprende que la verdadera vista requiere de algo más que los ojos; que la verdadera sabiduría aúna cualidades a menudo dispares, como la fe y la duda, lo femenino y lo masculino, la luz y la oscuridad; que el verdadero amor entremezcla la alegría con la tristeza. Y, lo más importante de todo, se gana el nombre de Merlín.

Son necesarias unas palabras de agradecimiento: para Currie, mi esposa y mi mejor amiga, por proteger mi soledad con tanto celo; para nuestros revoltosos hijos —Denali, Brooks, Ben, Ross y Larkin—, por su incansable sentido del humor y su capacidad de maravillarse; para Patricia Lee Gauch, por creer sin lugar a dudas que las historias pueden hacerse realidad; para Victoria Acord y Patricia Waneka, por su inestimable ayuda; para Cynthia Kreuz-Uhr, por dominar las fuentes interrelacionadas de la mitología; para todos los que me han animado a lo largo del camino, en especial Madeleine L’Engle, Dorothy Markinko y M. Jerry Weiss; para todos los bardos y poetas, cuentacuentos y estudiosos que llevan siglos alimentando las fábulas de Merlín; y, por supuesto, para el huidizo mago.

Acompáñame, por tanto, mientras Merlín nos relata la historia de sus años perdidos. Durante este viaje tú serás el testigo; yo, el escribiente; y Merlín, nuestro guía. Pero será mejor que tengamos cuidado, porque los magos, como sabemos, son una caja de sorpresas.

T. A. B.

Tú, que creaste con la mano que nunca yerra

los vientos y las aguas, los bosques y la tierra,

obsequia con una justa conclusión

a quien escuchare aquesta narración,

y ante Ti yo ahora dejaré explicado

cómo Merlín fue concebido y alumbrado,

cuáles fueren sus conocimientos

y muchos más acontecimientos,

algunos dellos a su paso por Inglaterra.

De la balada del siglo XIII

DE ARTURO Y DE MERLÍN

PRÓLOGO

Cuando cierro los ojos y respiro al son cadencioso del mar, aún acierto a recordar aquel día lejano. Era frío, duro e inerte, y estaba tan vacío de promesas como mis pulmones de aire.

Desde aquel día, he visto transcurrir muchos otros, más de los que me quedan fuerzas para contar. No obstante, aquel día brilla con la misma intensidad que el Galator, con la fuerza del día en que descubrí mi nombre o con la del día en que acuné por primera vez a un bebé llamado Arturo. Acaso lo recuerde con tanta claridad porque el dolor, como una cicatriz aferrada a mi alma, se niega a remitir. O porque supuso el final de tantas cosas. O, tal vez, porque fue tanto un principio como un final: el principio de mis años perdidos.

Una ola negruzca se erigió sobre el mar revuelto, y de ella brotó una mano.

A medida que la ola se encrespaba, alzándose hacia un cielo tan ceniciento como ella, la mano también se levantaba. Una pulsera de espuma se enroscó en torno a la muñeca, mientras los dedos buscaban desesperados un asidero que no existía. Era la mano de una persona menuda. Era la mano de una persona débil, demasiado débil para seguir luchando.

Era la mano de un niño.

Con un estruendo, la ola comenzó a encaramarse, inclinándose cada vez más hacia la orilla. Por un momento, se detuvo, suspendida entre el mar y la tierra, entre el amenazador Atlántico y la rocosa y traicionera costa de Gales, también conocida con el nombre de Gwynedd. Acto seguido, el estruendo dio paso a un rugido ensordecedor cuando la ola terminó de derrumbarse, arrojando el cuerpo laxo del niño sobre las rocas negras.

Su cabeza se estampó contra una piedra, con tal violencia que sin duda el cráneo se le habría partido por la mitad de no haber sido por la gruesa mata de cabello que lo cubría. El niño se quedó ahí tendido, sin hacer el menor movimiento, salvo cuando la ráfaga de aire que levantó la siguiente ola le alborotó los rizos negros manchados de sangre.

Una gaviota desgarbada, al ver el bulto inmóvil, se encaramó a la roqueda para examinarlo más de cerca. Aproximó el pico a la cara del niño e intentó agarrar el alga que tenía enrollada en la oreja. Tiró de ella y la retorció, graznando con furia.

Al cabo, el alga se soltó. Triunfante, el ave brincó hasta uno de los brazos desnudos del chiquillo. Envuelto en la andrajosa túnica marrón que seguía adherida a su cuerpo, parecía muy pequeño, incluso tratándose de un niño de siete años. Aun así, en su rostro había algo (la forma de su ceño, tal vez, o las arrugas que circundaban sus ojos) que le hacía parecer mucho mayor.

En ese momento, tosió, vomitó un poco de agua y volvió a toser. Con otro graznido, la gaviota dejó caer el alga y aleteó hasta posarse en un asiento pedregoso.

El niño permaneció quieto por un instante. El sabor de la arena, el cieno y el vómito le llenaban la boca. El dolor que le martilleaba la cabeza y las rocas que le punzaban los hombros acaparaban todos sus sentidos. Entonces tosió de nuevo y volvió a escupir agua. Tomó aire una vez, titubeante, con gran esfuerzo. Después otra vez, y otra. Poco a poco, su mano esbelta se transformó en un puño.

Las olas se alzaban y se deshacían, se alzaban y se deshacían. Durante largo rato, la mínima chispa de vida que aún ardía en su interior titiló a punto de apagarse para siempre. Al margen del martilleo, notaba un vacío inusitado en su cabeza. Casi como si hubiera perdido un fragmento de su ser. O como si alguien hubiera levantado una especie de muro que lo separara de una parte de sí mismo y lo sumía en un miedo persistente.

Empezó a respirar más despacio. Aflojó el puño. Boqueó, como si fuera a toser de nuevo, pero volvió a quedarse inmóvil.

Con mucha cautela, la gaviota se le aproximó.

En ese momento, un débil atisbo de energía que surgió de la nada empezó a recorrer su cuerpo. Había algo en él que todavía no estaba listo para morir. Una vez más, se rebulló y tomó aire.

La gaviota se detuvo en seco.

El niño abrió los ojos. Temblando de frío, se apoyó sobre un costado. Al notar la aspereza de la arena que tenía en la boca, intentó escupir, pero el regusto de las algas y la salmuera le provocó arcadas.

Hizo un esfuerzo para levantar un brazo y se limpió la boca con los jirones de la túnica. Se encogió al palparse el corte hinchado que tenía en el cogote. Con la intención de incorporarse, apoyó un codo contra una roca y se impulsó hacia arriba.

Se quedó allí sentado, escuchando el ruido del mar. Por un instante, le pareció haber oído algo encima del ir y venir incesante de las olas, por encima del martilleo que le castigaba la cabeza: una voz, tal vez, una voz procedente de otro tiempo, de otro lugar. Sin embargo, no lograba recordar de dónde.

Sobresaltado, cayó en la cuenta de que en realidad no recordaba nada. Ni de dónde venía. Ni quiénes eran sus padres. Ni cómo se llamaba. Ni siquiera cómo se llamaba. Por mucho que se esforzase, lo había olvidado. Había olvidado su nombre.

—¿Quién soy?

Al oírlo gritar, la gaviota graznó y remontó el vuelo.

El niño vio su reflejo en un charco y se miró. Un desconocido, la imagen de alguien que no le resultaba familiar, lo examinó a su vez. Sus ojos, al igual que su cabello, eran negros como el carbón y estaban salpicados de motas doradas. Sus orejas, dos triángulos puntiagudos, resultaban demasiado grandes en relación con la cara. Asimismo, la frente se extendía muy por encima de los ojos. La nariz, en cambio, era estrecha y chata, más similar a un pico que a una nariz. En conjunto, era un rostro que no parecía entenderse bien consigo mismo.

Hizo acopio de todas sus fuerzas y se puso de pie. La cabeza le daba vueltas y se apoyó contra una columna de rocas hasta que se le pasó el mareo.

Paseó la mirada por la costa desolada. Las rocas se amontonaban dispersas por todas partes, levantando una agreste barrera negra ante el mar. Solo había un sitio del que las piedras parecían apartarse, aunque a regañadientes: las raíces de un roble viejo. El árbol de corteza grisácea y descascarillada contemplaba el mar con la misma postura que adoptara siglos atrás. En la base del tronco había un hueco profundo, abierto por el fuego hacía una eternidad. La edad retorcía hasta la última de las ramas, reduciendo algunas a meros nudos. Sin embargo, el roble seguía en pie, con las raíces ancladas en el suelo, impasible ante la tempestad y el oleaje. Tras él se extendía un oscuro bosquecillo de árboles más jóvenes y, detrás, los imponentes acantilados se erigían aún más sombríos.

Desesperado, el niño escudriñó el paisaje en busca de algo que le fuese familiar, cualquier cosa que le sirviera para recuperar la memoria. No reconoció nada.

Se volvió hacia el mar, a pesar del irritante rocío salado. Las olas se arremolinaban y se desplomaban, una tras otra. Hasta donde alcanzaba la vista, todo eran ondas plomizas. Prestó atención por si volvía a oír la voz misteriosa, pero no distinguió más que la llamada lejana de una pequeña gaviota que se había posado en el despeñadero.

¿Había llegado él del otro lado del mar?

Se frotó los brazos desnudos para dejar de temblar. Al ver un lacio montón de algas depositado sobre una roca, lo cogió. Sabía que, en su día, aquella masa de hierbajos había danzado con elegancia al son del mar, antes de ser arrancada de raíz por la corriente e iniciar un viaje a la deriva. Ahora las algas yacían flácidas en su mano. Se preguntó por qué lo habrían arrancado a él de sus raíces y dónde.

Un gemido apagado llegó a sus oídos. ¡De nuevo esa voz! Procedía de las rocas que estaban al otro lado del roble viejo.

Echó a andar dejándose guiar por el lamento. Por primera vez reparó en el dolor leve que sentía a la altura de los omóplatos. Supuso que, además de la cabeza, se habría golpeado la espalda contra las rocas. Sin embargo, aquel dolor parecía más profundo, como si le hubieran arrancado algo de debajo de los hombros hacía ya mucho tiempo.

Tras varios pasos torpes, llegó hasta el viejo árbol. Se apoyó contra el inmenso tronco, con el corazón azotándole el pecho. Al oír de nuevo el gemido misterioso, volvió a salir en su busca.

Cada dos por tres sus pies descalzos resbalaban en las piedras mojadas, haciéndole perder el equilibrio. Su paso titubeante y la andrajosa túnica marrón que aleteaba en torno a sus piernas le daban el aspecto de una desgarbada ave marina que intentara recorrer la orilla. Sin embargo, sabía muy bien lo que era en realidad: un niño solo, sin nombre ni hogar.

Entonces la vio. En medio del roquedal yacía una mujer, con el rostro junto a un charco que crecía con la marea. Su cabello largo y suelto, del color de la luna de verano, estaba extendido alrededor de su cabeza como una corona luminosa. Tenía los pómulos marcados y una tez que podría describirse como cremosa, de no ser por su tonalidad azulada. Su larga túnica añil, rasgada aquí y allá, estaba embadurnada de arena y restos de algas. Sin embargo, la calidad de la lana, así como el colgante enjoyado que llevaba sujeto al cuello con un cordón de cuero, indicaban que había sido una mujer de alta cuna.

El niño corrió hacia ella. La mujer volvió a gemir; era un sollozo lleno de un dolor inextinguible. Casi podía sentir su agonía, pese a la esperanza que acababa de brotar en él. «¿La conoceré? —se preguntó mientras se inclinaba sobre el cuerpo retorcido. Después, aún con más anhelo, pensó—: ¿Me conocerá ella a mí?».

Con un dedo, le tocó la mejilla: estaba tan fría como el mar. La mujer tomó aire varias veces, de forma entrecortada, trabajosa. Oyó sus quejidos lastimeros. Y, con un suspiro, tuvo que admitir que aquella mujer era, para él, una completa desconocida.

Aun así, mientras la examinaba, no pudo ahogar la esperanza de que hubiera llegado a la orilla con él. Si no los había llevado hasta allí la misma ola, quizás, al menos, sí procedieran del mismo sitio. Quizás, si la mujer sobrevivía, pudiera ayudarlo a rellenar las lagunas de su memoria. ¡Tal vez supiera cómo se llamaba! O cómo se llamaban sus padres. O quizás... Quizás aquella mujer fuese su madre.

Una ola helada le lamió las piernas. De nuevo empezó a temblar y sus esperanzas se desvanecieron: tal vez la mujer no sobreviviera, y, aunque se recuperase, era poco probable que lo conociera. Y desde luego no podía ser su madre. Eso ya era mucho pedir. Además, no se parecía nada a él. Era muy hermosa, aun estando a las puertas de la muerte, hermosa como un ángel. Y él ya había visto su propio reflejo. Sabía qué aspecto tenía. Era menos angelical que un demonio desarrapado y contrahecho.

Algo rugió a sus espaldas.

El niño se volvió. Notó que el vello se le erizaba. Había un jabalí enorme oculto entre las sombras de la lúgubre arboleda.

Mientras un gruñido grave y amenazador vibraba en su garganta, el jabalí dejó atrás los árboles. El erizado pelo pardo le cubría todo el cuerpo, salvo los ojos y la cicatriz grisácea que serpenteaba por su pata delantera izquierda. Los colmillos, afilados como puñales, estaban ennegrecidos por la sangre de alguna otra presa. Lo más aterrador, sin embargo, eran sus ojos, que relucían como ascuas.

Avanzaba con agilidad, casi con ligereza, a pesar de su cuerpo descomunal. El niño dio un paso atrás. La bestia pesaba mucho más que él. No necesitaba más que asestarle una coz para derribarlo. No necesitaba más que asestarle un colmillazo para desgarrarle la carne. De pronto, el jabalí se detuvo y encorvó sus hombros musculosos, dispuesto a embestirlo.

El niño volvió presuroso la cabeza, pero a sus espaldas no vio más que las olas agitadas del mar. Por allí no podría escapar. Cogió un palo combado que la marea había arrastrado hasta la orilla para emplearlo a modo de arma, aunque sabía que no le serviría ni para arañar siquiera el pellejo del animal. Aun así, intentó plantar bien los pies sobre las rocas resbaladizas y se preparó para defenderse.

Entonces se acordó. ¡El hueco del roble viejo! El árbol se levantaba más o menos en medio del trecho que los separaba, pero tal vez lograra llegar hasta él antes que el jabalí.

Echó a correr hacia el árbol, pero a los pocos pasos se detuvo. La mujer. No podía dejarla allí sin más. Sin embargo, si quería salvarse, tenía que ser rápido. Haciendo una mueca, arrojó el palo a un lado y cogió los brazos sin fuerzas de la mujer.

El chico trató de apuntalar bien sus piernas temblorosas e intentó sacarla de entre las rocas. Sin embargo, ya fuera por toda el agua que había tragado, o por el peso que la muerte descargaba sobre ella, le resultaba tan difícil de mover como las propias piedras. Al cabo, bajo la mirada feroz del jabalí, el cuerpo de la mujer se movió.

El niño empezó a arrastrarla hacia el árbol. Los cantos afilados de las rocas le punzaban los pies. Con el pulso acelerado, con la cabeza palpitándole de dolor, tiró de la mujer con todas sus fuerzas.

El jabalí soltó otro berrido, esta vez más similar a una carcajada ronca. Con todo el cuerpo en tensión, el animal ensanchó las fosas nasales y exhibió sus colmillos relucientes. Entonces inició la embestida.

Aunque el niño estaba a solo unos pocos pasos del árbol, algo le impidió echar a correr. Cogió una piedra angulosa del suelo y la arrojó contra la cabeza del jabalí. Apenas un instante antes de alcanzarlos, la bestia cambió de dirección y la piedra pasó siseando sin tocarla y cayó al suelo con un crujido.

Asombrado por el hecho de haber amedrentado a la fiera, el niño se agachó aprisa para coger otra piedra. En ese momento, al sentir que algo se movía a sus espaldas, se dio media vuelta.

De entre los arbustos que se apiñaban más allá del roble viejo, salió de un salto un inmenso ciervo. De pelaje broncíneo, salvo por los botines blancos, brillantes como el más puro cuarzo, bajó su imponente cornamenta. Con las siete puntas de cada asta dispuestas a modo de lanzas, se abalanzó contra el jabalí. En el último momento, no obstante, la fiera se hizo a un lado para evitar la acometida.

Mientras el jabalí se ladeaba y gruñía enfurecido, el ciervo saltó de nuevo. Aprovechando la ocasión, el niño arrastró el cuerpo laxo de la mujer hasta el hueco del árbol. A fin de que pudiera pasar por la abertura, le dobló las piernas y se las apretó contra el pecho. La madera del tronco, aún chamuscada por los efectos de un incendio pasado, se abarquillaba en torno a ella como una enorme concha negra. El niño se embutió en el poco espacio que quedaba a su lado, mientras el jabalí y el ciervo se rodeaban el uno al otro, pateando el suelo y resoplando con rabia.

Con los ojos encendidos, el jabalí amagó una embestida, pero, acto seguido salió disparado contra el árbol. Agazapado en el hueco, el niño se echó todo lo atrás que pudo. Aun así, tenía el rostro tan cerca de la abertura de la corteza nudosa que podía sentir el aliento caliente de la fiera, cuyos colmillos castigaban el tronco con violencia. Uno de ellos hirió la cara del niño, abriéndole un tajo justo debajo del ojo.

En ese instante, el venado arremetió contra el costado del jabalí. La formidable bestia salió volando y cayó de lado cerca de los arbustos. La sangre le brotaba del corte que se había abierto en un muslo, pero volvió a levantarse trabajosamente.

El ciervo bajó la cabeza, dispuesto a atacarlo de nuevo. Tras titubear un segundo, el jabalí profirió un último berrido y se retiró hacia la arboleda.

Con majestuosa parsimonia, el ciervo se giró hacia el niño. Por un instante, sus miradas se encontraron. De alguna manera, el pequeño supo que no recordaría nada de aquel día con tanta claridad como los insondables pozos marrones que el ciervo tenía por ojos, unos ojos tan profundos y misteriosos como el propio mar.

Y, de pronto, con la misma espontaneidad con la que había aparecido, el ciervo saltó por encima de las enmarañadas raíces del roble y se perdió de vista.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
335 s. 10 illüstrasyon
ISBN:
9788491878681
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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