Kitabı oku: «Merlín. Los años perdidos»

Título original inglés: The Lost Years of Merlin.
© Thomas A. Barron, 1996.
Todos los derechos reservados.
Publicado originalmente en Estados Unidos por Philomel Books,
una división de Penguin Young Readers Group, en 1996.
© de la traducción: Raúl García Campos, 2021.
© del mapa: Ian Schoenherr, 1996.
© Ilustración de la cubierta: Larry Rostant, 2011.
Diseño de la cubierta: Tony Sahara.
Adaptación de la cubierta: Lookatcia.com.
© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición: febrero de 2021.
REF.: ODBO830
ISBN: 978-84-9187-868-1
REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL • EL TALLER DEL LLIBRE, S. L.
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Todos los derechos reservados.

ESTE LIBRO ESTÁ DEDICADO A
PATRICIA LEE GAUCH;
AMIGA LEAL, ESCRITORA APASIONADA,
EDITORA EXIGENTE.
UN AGRADECIMIENTO ESPECIAL PARA BEN,
QUE A SUS CUATRO AÑOS OBSERVA
Y VUELA COMO UN HALCÓN.



NOTA DEL AUTOR
No sé mucho sobre magos, pero una cosa sí he aprendido: son una caja de sorpresas.
Cuando terminé de escribir The Merlin Effect, una novela que sigue una de las hebras que conforman las leyendas artúricas, desde los pretéritos tiempos de los druidas hasta los albores del siglo XXI, me di cuenta de que aquella hebra me había atrapado con tanta fuerza que no conseguía zafarme de ella. Cuanto más me resistía, más se cerraba sobre mí. De este modo, en mi intento por desenredarme, la hebra me atrapó por completo.
La hebra era el propio Merlín. Se trata de un personaje misterioso y cautivador, un mago capaz de retroceder en el tiempo, que se atreve a desafiar incluso a la Triple Muerte y que puede buscar el Santo Grial sin interrumpir su diálogo con los espíritus de los ríos y de los árboles. Comprendí que quería conocerlo a fondo.
Los estudiosos actuales sugieren que el mito de Merlín podría haber surgido de una figura histórica real, de un druida profeta que vivió en algún lugar de Gales en el siglo VI d. C. Pero esa es una cuestión que tendrán que resolver los historiadores. Porque al margen de que Merlín existiera de verdad o no en el reino de la historia, no cabe duda de que sí existe en el reino de la imaginación. Ha vivido en él desde hace mucho tiempo, y todavía sigue creciendo. Incluso recibe alguna visita de vez en cuando. Y dado que mi intención era escribir una obra sirviéndome de la imaginación, y no de la historia, encontré la puerta de Merlín abierta de par en par.
Por tanto, antes de que me diese tiempo siquiera a protestar, Merlín ya había trazado un plan para mí. Mis otros libros y los proyectos que tenía en mente deberían esperar. Era el momento de explorar otro aspecto de la leyenda de Merlín, uno muy personal incluso para el propio mago. Empecé a sospechar que, como ocurre con tantas otras cosas de la vida, cuanto más aprendiera sobre Merlín, menos sabría en realidad. Y, por supuesto, desde el principio fui muy consciente de que por muy pequeña que fuese mi contribución a tan maravilloso escenario mitológico supondría un desafío abrumador. Pero la curiosidad puede ser una gran fuente de motivación. Y Merlín se mostraba muy insistente.
Entonces descubrí algo sorprendente sobre el mago. Cuando me zambullí en las fábulas tradicionales que trataban sobre Merlín, observé que el saber popular presentaba una inexplicable laguna. La juventud de Merlín (una época formativa crucial en la que debió de descubrir sus misteriosos orígenes, su identidad y sus poderes) se mencionaba solo de pasada, si acaso llegaba a mencionarse. Aquellas primeras ocasiones en que se sintió afligido o dichoso, o en que aprendió alguna lección, nunca habían sido objeto de estudio.
Las narraciones tradicionales suelen seguir el mismo patrón que emplease Thomas Malory e ignoran por completo los primeros años de Merlín. Algunas historias hablan de su nacimiento, de su madre atormentada, de su padre desconocido y de su infancia fugaz. (Conforme a un relato, sale en defensa de su madre hablando con fluidez cuando solo tiene un año). Después no volvemos a saber de él, hasta que, siendo ya mucho mayor, aparece explicándole el secreto de los dragones enzarzados al traicionero rey Vortigern. Entre un momento y otro se abre un vacío de varios años. Tal vez, como sugieren muchos, se dedicara a vagar en soledad por los bosques durante aquella época que escapa a la leyenda. O tal vez, y solo tal vez, se encontrara en otra parte.
Este vacío que engulle los primeros años de Merlín contrasta de forma llamativa con la infinidad de tomos que versan sobre su etapa posterior. De adulto presenta multitud de facetas (en ocasiones contradictorias): se lo describe como profeta, mago, Lunático del Bosque, estafador, sacerdote, vidente y bardo. Aparece en algunos de los primeros textos mitológicos sobre la Britania celta, tan antiguos algunos de ellos que las fuentes ya estaban envueltas en el misterio cuando las grandes obras épicas galesas del Mabinogion se plasmaron por escrito, hace mil años. En la Faerie Queene de Spenser y en el Orlando Furioso de Ariosto aparece Merlín el mago. Sirve como consejero del joven rey en la Morte d’Arthur de Malory; levanta Stonehenge en Merlin, el poema del siglo XII de Robert de Boron; pronuncia multitud de profecías en la Historia Regnum Brittaniae de Godofredo de Monmouth.
En épocas más recientes, escritores de lo más diverso, como Shakespeare, Tennyson, Thomas Hardy, T. H. White, Mary Stewart, C. S. Lewis, Nikolai Tolstoy y John Steinbeck, han compartido su tiempo con este fascinante personaje, al igual que han hecho muchos otros autores de distintos orígenes. Aun así, salvo contadas excepciones, como la de Mary Stewart, pocos han indagado en la juventud de Merlín.
De ahí que los primeros años de Merlín sigan entrañando un verdadero enigma. No podemos hacer otra cosa que preguntarnos cuáles serían sus conflictos, sus miedos y sus aspiraciones. ¿Cuáles eran sus sueños más ambiciosos? ¿Y sus pasiones? ¿Cómo descubrió su inusual don? ¿Cómo reaccionaba ante una situación trágica o cuando perdía a alguien o algo? ¿Cómo descubrió y, acaso, asimiló su lado oscuro? ¿Cómo conoció el trabajo espiritual de los druidas? ¿Y el de los antiguos griegos? ¿Cómo equilibró su ansia de poder con el rechazo que sentía ante los abusos que aquel causaba? En resumen, ¿cómo se convirtió en el mago y mentor del rey Arturo al que aún hoy seguimos admirando?
El saber popular tradicional no resuelve este tipo de interrogantes y las palabras atribuidas al propio Merlín tampoco arrojan demasiada luz. De hecho, da la impresión de que prefería no hablar de su pasado. Si leemos los textos tradicionales, es fácil asociar a Merlín con la imagen de un anciano sentado junto al joven Arturo, divagando con aire ausente sobre los «años perdidos» de su juventud. Sin embargo, solo podemos especular: ¿estaría meditando acerca de la fugacidad de la vida, o quizás haciendo mención a algún capítulo desaparecido de su pasado?
En mi opinión, durante sus años perdidos, Merlín no solo se ausentó del mundo de las historias y los cantares. Creo, más bien, que se ausentó por completo del mundo que conocemos.
Esta historia, recogida en varios volúmenes, se propone rellenar ese vacío. Comienza cuando el mar deposita a un niño sin nombre, ni la menor noción de su pasado, en la costa de Gales. Y termina cuando el niño, tras haber conseguido y perdido muchas cosas, está listo para desempeñar un papel fundamental en las leyendas artúricas.
Entre lo uno y lo otro suceden muchas cosas. Descubre su segunda vista, un privilegio que le cuesta muy caro. Empieza a hablar con los animales, los árboles y los ríos. Encuentra el Stonehenge original, mucho más antiguo que el círculo de rocas que, según la tradición, erigió en la inglesa Llanura de Salisbury. Primero, no obstante, tendrá que aprender lo que significa el nombre Druida de Stonehenge, «Danza de los Gigantes». Explora su primera cueva de cristal. Viaja a la isla perdida de Fincayra (Fianchuivé, en gaélico), concebida en la mitología celta como una isla ubicada bajo el mar, un puente entre la Tierra de los humanos y el Otro Mundo de los espíritus. Conoce a varios personajes que aparecen con frecuencia en la cultura antigua, incluidos el gran Dagda, el malvado Rhita Gawr, la trágica Elen, la misteriosa Domnu, el sabio Cairpré o la enérgica Rhia. Conoce asimismo a otros personajes no tan frecuentes, como Shim, Stangmar, T’eilean y Garlatha, y la Gran Elusa. Aprende que la verdadera vista requiere de algo más que los ojos; que la verdadera sabiduría aúna cualidades a menudo dispares, como la fe y la duda, lo femenino y lo masculino, la luz y la oscuridad; que el verdadero amor entremezcla la alegría con la tristeza. Y, lo más importante de todo, se gana el nombre de Merlín.
Son necesarias unas palabras de agradecimiento: para Currie, mi esposa y mi mejor amiga, por proteger mi soledad con tanto celo; para nuestros revoltosos hijos —Denali, Brooks, Ben, Ross y Larkin—, por su incansable sentido del humor y su capacidad de maravillarse; para Patricia Lee Gauch, por creer sin lugar a dudas que las historias pueden hacerse realidad; para Victoria Acord y Patricia Waneka, por su inestimable ayuda; para Cynthia Kreuz-Uhr, por dominar las fuentes interrelacionadas de la mitología; para todos los que me han animado a lo largo del camino, en especial Madeleine L’Engle, Dorothy Markinko y M. Jerry Weiss; para todos los bardos y poetas, cuentacuentos y estudiosos que llevan siglos alimentando las fábulas de Merlín; y, por supuesto, para el huidizo mago.
Acompáñame, por tanto, mientras Merlín nos relata la historia de sus años perdidos. Durante este viaje tú serás el testigo; yo, el escribiente; y Merlín, nuestro guía. Pero será mejor que tengamos cuidado, porque los magos, como sabemos, son una caja de sorpresas.
T. A. B.
Tú, que creaste con la mano que nunca yerra
los vientos y las aguas, los bosques y la tierra,
obsequia con una justa conclusión
a quien escuchare aquesta narración,
y ante Ti yo ahora dejaré explicado
cómo Merlín fue concebido y alumbrado,
cuáles fueren sus conocimientos
y muchos más acontecimientos,
algunos dellos a su paso por Inglaterra.
De la balada del siglo XIII
DE ARTURO Y DE MERLÍN
PRÓLOGO
Cuando cierro los ojos y respiro al son cadencioso del mar, aún acierto a recordar aquel día lejano. Era frío, duro e inerte, y estaba tan vacío de promesas como mis pulmones de aire.
Desde aquel día, he visto transcurrir muchos otros, más de los que me quedan fuerzas para contar. No obstante, aquel día brilla con la misma intensidad que el Galator, con la fuerza del día en que descubrí mi nombre o con la del día en que acuné por primera vez a un bebé llamado Arturo. Acaso lo recuerde con tanta claridad porque el dolor, como una cicatriz aferrada a mi alma, se niega a remitir. O porque supuso el final de tantas cosas. O, tal vez, porque fue tanto un principio como un final: el principio de mis años perdidos.
Una ola negruzca se erigió sobre el mar revuelto, y de ella brotó una mano.
A medida que la ola se encrespaba, alzándose hacia un cielo tan ceniciento como ella, la mano también se levantaba. Una pulsera de espuma se enroscó en torno a la muñeca, mientras los dedos buscaban desesperados un asidero que no existía. Era la mano de una persona menuda. Era la mano de una persona débil, demasiado débil para seguir luchando.
Era la mano de un niño.
Con un estruendo, la ola comenzó a encaramarse, inclinándose cada vez más hacia la orilla. Por un momento, se detuvo, suspendida entre el mar y la tierra, entre el amenazador Atlántico y la rocosa y traicionera costa de Gales, también conocida con el nombre de Gwynedd. Acto seguido, el estruendo dio paso a un rugido ensordecedor cuando la ola terminó de derrumbarse, arrojando el cuerpo laxo del niño sobre las rocas negras.
Su cabeza se estampó contra una piedra, con tal violencia que sin duda el cráneo se le habría partido por la mitad de no haber sido por la gruesa mata de cabello que lo cubría. El niño se quedó ahí tendido, sin hacer el menor movimiento, salvo cuando la ráfaga de aire que levantó la siguiente ola le alborotó los rizos negros manchados de sangre.
Una gaviota desgarbada, al ver el bulto inmóvil, se encaramó a la roqueda para examinarlo más de cerca. Aproximó el pico a la cara del niño e intentó agarrar el alga que tenía enrollada en la oreja. Tiró de ella y la retorció, graznando con furia.
Al cabo, el alga se soltó. Triunfante, el ave brincó hasta uno de los brazos desnudos del chiquillo. Envuelto en la andrajosa túnica marrón que seguía adherida a su cuerpo, parecía muy pequeño, incluso tratándose de un niño de siete años. Aun así, en su rostro había algo (la forma de su ceño, tal vez, o las arrugas que circundaban sus ojos) que le hacía parecer mucho mayor.
En ese momento, tosió, vomitó un poco de agua y volvió a toser. Con otro graznido, la gaviota dejó caer el alga y aleteó hasta posarse en un asiento pedregoso.
El niño permaneció quieto por un instante. El sabor de la arena, el cieno y el vómito le llenaban la boca. El dolor que le martilleaba la cabeza y las rocas que le punzaban los hombros acaparaban todos sus sentidos. Entonces tosió de nuevo y volvió a escupir agua. Tomó aire una vez, titubeante, con gran esfuerzo. Después otra vez, y otra. Poco a poco, su mano esbelta se transformó en un puño.
Las olas se alzaban y se deshacían, se alzaban y se deshacían. Durante largo rato, la mínima chispa de vida que aún ardía en su interior titiló a punto de apagarse para siempre. Al margen del martilleo, notaba un vacío inusitado en su cabeza. Casi como si hubiera perdido un fragmento de su ser. O como si alguien hubiera levantado una especie de muro que lo separara de una parte de sí mismo y lo sumía en un miedo persistente.
Empezó a respirar más despacio. Aflojó el puño. Boqueó, como si fuera a toser de nuevo, pero volvió a quedarse inmóvil.
Con mucha cautela, la gaviota se le aproximó.
En ese momento, un débil atisbo de energía que surgió de la nada empezó a recorrer su cuerpo. Había algo en él que todavía no estaba listo para morir. Una vez más, se rebulló y tomó aire.
La gaviota se detuvo en seco.
El niño abrió los ojos. Temblando de frío, se apoyó sobre un costado. Al notar la aspereza de la arena que tenía en la boca, intentó escupir, pero el regusto de las algas y la salmuera le provocó arcadas.
Hizo un esfuerzo para levantar un brazo y se limpió la boca con los jirones de la túnica. Se encogió al palparse el corte hinchado que tenía en el cogote. Con la intención de incorporarse, apoyó un codo contra una roca y se impulsó hacia arriba.
Se quedó allí sentado, escuchando el ruido del mar. Por un instante, le pareció haber oído algo encima del ir y venir incesante de las olas, por encima del martilleo que le castigaba la cabeza: una voz, tal vez, una voz procedente de otro tiempo, de otro lugar. Sin embargo, no lograba recordar de dónde.
Sobresaltado, cayó en la cuenta de que en realidad no recordaba nada. Ni de dónde venía. Ni quiénes eran sus padres. Ni cómo se llamaba. Ni siquiera cómo se llamaba. Por mucho que se esforzase, lo había olvidado. Había olvidado su nombre.
—¿Quién soy?
Al oírlo gritar, la gaviota graznó y remontó el vuelo.
El niño vio su reflejo en un charco y se miró. Un desconocido, la imagen de alguien que no le resultaba familiar, lo examinó a su vez. Sus ojos, al igual que su cabello, eran negros como el carbón y estaban salpicados de motas doradas. Sus orejas, dos triángulos puntiagudos, resultaban demasiado grandes en relación con la cara. Asimismo, la frente se extendía muy por encima de los ojos. La nariz, en cambio, era estrecha y chata, más similar a un pico que a una nariz. En conjunto, era un rostro que no parecía entenderse bien consigo mismo.
Hizo acopio de todas sus fuerzas y se puso de pie. La cabeza le daba vueltas y se apoyó contra una columna de rocas hasta que se le pasó el mareo.
Paseó la mirada por la costa desolada. Las rocas se amontonaban dispersas por todas partes, levantando una agreste barrera negra ante el mar. Solo había un sitio del que las piedras parecían apartarse, aunque a regañadientes: las raíces de un roble viejo. El árbol de corteza grisácea y descascarillada contemplaba el mar con la misma postura que adoptara siglos atrás. En la base del tronco había un hueco profundo, abierto por el fuego hacía una eternidad. La edad retorcía hasta la última de las ramas, reduciendo algunas a meros nudos. Sin embargo, el roble seguía en pie, con las raíces ancladas en el suelo, impasible ante la tempestad y el oleaje. Tras él se extendía un oscuro bosquecillo de árboles más jóvenes y, detrás, los imponentes acantilados se erigían aún más sombríos.
Desesperado, el niño escudriñó el paisaje en busca de algo que le fuese familiar, cualquier cosa que le sirviera para recuperar la memoria. No reconoció nada.
Se volvió hacia el mar, a pesar del irritante rocío salado. Las olas se arremolinaban y se desplomaban, una tras otra. Hasta donde alcanzaba la vista, todo eran ondas plomizas. Prestó atención por si volvía a oír la voz misteriosa, pero no distinguió más que la llamada lejana de una pequeña gaviota que se había posado en el despeñadero.
¿Había llegado él del otro lado del mar?
Se frotó los brazos desnudos para dejar de temblar. Al ver un lacio montón de algas depositado sobre una roca, lo cogió. Sabía que, en su día, aquella masa de hierbajos había danzado con elegancia al son del mar, antes de ser arrancada de raíz por la corriente e iniciar un viaje a la deriva. Ahora las algas yacían flácidas en su mano. Se preguntó por qué lo habrían arrancado a él de sus raíces y dónde.
Un gemido apagado llegó a sus oídos. ¡De nuevo esa voz! Procedía de las rocas que estaban al otro lado del roble viejo.
Echó a andar dejándose guiar por el lamento. Por primera vez reparó en el dolor leve que sentía a la altura de los omóplatos. Supuso que, además de la cabeza, se habría golpeado la espalda contra las rocas. Sin embargo, aquel dolor parecía más profundo, como si le hubieran arrancado algo de debajo de los hombros hacía ya mucho tiempo.
Tras varios pasos torpes, llegó hasta el viejo árbol. Se apoyó contra el inmenso tronco, con el corazón azotándole el pecho. Al oír de nuevo el gemido misterioso, volvió a salir en su busca.
Cada dos por tres sus pies descalzos resbalaban en las piedras mojadas, haciéndole perder el equilibrio. Su paso titubeante y la andrajosa túnica marrón que aleteaba en torno a sus piernas le daban el aspecto de una desgarbada ave marina que intentara recorrer la orilla. Sin embargo, sabía muy bien lo que era en realidad: un niño solo, sin nombre ni hogar.
Entonces la vio. En medio del roquedal yacía una mujer, con el rostro junto a un charco que crecía con la marea. Su cabello largo y suelto, del color de la luna de verano, estaba extendido alrededor de su cabeza como una corona luminosa. Tenía los pómulos marcados y una tez que podría describirse como cremosa, de no ser por su tonalidad azulada. Su larga túnica añil, rasgada aquí y allá, estaba embadurnada de arena y restos de algas. Sin embargo, la calidad de la lana, así como el colgante enjoyado que llevaba sujeto al cuello con un cordón de cuero, indicaban que había sido una mujer de alta cuna.
El niño corrió hacia ella. La mujer volvió a gemir; era un sollozo lleno de un dolor inextinguible. Casi podía sentir su agonía, pese a la esperanza que acababa de brotar en él. «¿La conoceré? —se preguntó mientras se inclinaba sobre el cuerpo retorcido. Después, aún con más anhelo, pensó—: ¿Me conocerá ella a mí?».
Con un dedo, le tocó la mejilla: estaba tan fría como el mar. La mujer tomó aire varias veces, de forma entrecortada, trabajosa. Oyó sus quejidos lastimeros. Y, con un suspiro, tuvo que admitir que aquella mujer era, para él, una completa desconocida.
Aun así, mientras la examinaba, no pudo ahogar la esperanza de que hubiera llegado a la orilla con él. Si no los había llevado hasta allí la misma ola, quizás, al menos, sí procedieran del mismo sitio. Quizás, si la mujer sobrevivía, pudiera ayudarlo a rellenar las lagunas de su memoria. ¡Tal vez supiera cómo se llamaba! O cómo se llamaban sus padres. O quizás... Quizás aquella mujer fuese su madre.
Una ola helada le lamió las piernas. De nuevo empezó a temblar y sus esperanzas se desvanecieron: tal vez la mujer no sobreviviera, y, aunque se recuperase, era poco probable que lo conociera. Y desde luego no podía ser su madre. Eso ya era mucho pedir. Además, no se parecía nada a él. Era muy hermosa, aun estando a las puertas de la muerte, hermosa como un ángel. Y él ya había visto su propio reflejo. Sabía qué aspecto tenía. Era menos angelical que un demonio desarrapado y contrahecho.
Algo rugió a sus espaldas.
El niño se volvió. Notó que el vello se le erizaba. Había un jabalí enorme oculto entre las sombras de la lúgubre arboleda.
Mientras un gruñido grave y amenazador vibraba en su garganta, el jabalí dejó atrás los árboles. El erizado pelo pardo le cubría todo el cuerpo, salvo los ojos y la cicatriz grisácea que serpenteaba por su pata delantera izquierda. Los colmillos, afilados como puñales, estaban ennegrecidos por la sangre de alguna otra presa. Lo más aterrador, sin embargo, eran sus ojos, que relucían como ascuas.
Avanzaba con agilidad, casi con ligereza, a pesar de su cuerpo descomunal. El niño dio un paso atrás. La bestia pesaba mucho más que él. No necesitaba más que asestarle una coz para derribarlo. No necesitaba más que asestarle un colmillazo para desgarrarle la carne. De pronto, el jabalí se detuvo y encorvó sus hombros musculosos, dispuesto a embestirlo.
El niño volvió presuroso la cabeza, pero a sus espaldas no vio más que las olas agitadas del mar. Por allí no podría escapar. Cogió un palo combado que la marea había arrastrado hasta la orilla para emplearlo a modo de arma, aunque sabía que no le serviría ni para arañar siquiera el pellejo del animal. Aun así, intentó plantar bien los pies sobre las rocas resbaladizas y se preparó para defenderse.
Entonces se acordó. ¡El hueco del roble viejo! El árbol se levantaba más o menos en medio del trecho que los separaba, pero tal vez lograra llegar hasta él antes que el jabalí.
Echó a correr hacia el árbol, pero a los pocos pasos se detuvo. La mujer. No podía dejarla allí sin más. Sin embargo, si quería salvarse, tenía que ser rápido. Haciendo una mueca, arrojó el palo a un lado y cogió los brazos sin fuerzas de la mujer.
El chico trató de apuntalar bien sus piernas temblorosas e intentó sacarla de entre las rocas. Sin embargo, ya fuera por toda el agua que había tragado, o por el peso que la muerte descargaba sobre ella, le resultaba tan difícil de mover como las propias piedras. Al cabo, bajo la mirada feroz del jabalí, el cuerpo de la mujer se movió.
El niño empezó a arrastrarla hacia el árbol. Los cantos afilados de las rocas le punzaban los pies. Con el pulso acelerado, con la cabeza palpitándole de dolor, tiró de la mujer con todas sus fuerzas.
El jabalí soltó otro berrido, esta vez más similar a una carcajada ronca. Con todo el cuerpo en tensión, el animal ensanchó las fosas nasales y exhibió sus colmillos relucientes. Entonces inició la embestida.
Aunque el niño estaba a solo unos pocos pasos del árbol, algo le impidió echar a correr. Cogió una piedra angulosa del suelo y la arrojó contra la cabeza del jabalí. Apenas un instante antes de alcanzarlos, la bestia cambió de dirección y la piedra pasó siseando sin tocarla y cayó al suelo con un crujido.
Asombrado por el hecho de haber amedrentado a la fiera, el niño se agachó aprisa para coger otra piedra. En ese momento, al sentir que algo se movía a sus espaldas, se dio media vuelta.
De entre los arbustos que se apiñaban más allá del roble viejo, salió de un salto un inmenso ciervo. De pelaje broncíneo, salvo por los botines blancos, brillantes como el más puro cuarzo, bajó su imponente cornamenta. Con las siete puntas de cada asta dispuestas a modo de lanzas, se abalanzó contra el jabalí. En el último momento, no obstante, la fiera se hizo a un lado para evitar la acometida.
Mientras el jabalí se ladeaba y gruñía enfurecido, el ciervo saltó de nuevo. Aprovechando la ocasión, el niño arrastró el cuerpo laxo de la mujer hasta el hueco del árbol. A fin de que pudiera pasar por la abertura, le dobló las piernas y se las apretó contra el pecho. La madera del tronco, aún chamuscada por los efectos de un incendio pasado, se abarquillaba en torno a ella como una enorme concha negra. El niño se embutió en el poco espacio que quedaba a su lado, mientras el jabalí y el ciervo se rodeaban el uno al otro, pateando el suelo y resoplando con rabia.
Con los ojos encendidos, el jabalí amagó una embestida, pero, acto seguido salió disparado contra el árbol. Agazapado en el hueco, el niño se echó todo lo atrás que pudo. Aun así, tenía el rostro tan cerca de la abertura de la corteza nudosa que podía sentir el aliento caliente de la fiera, cuyos colmillos castigaban el tronco con violencia. Uno de ellos hirió la cara del niño, abriéndole un tajo justo debajo del ojo.
En ese instante, el venado arremetió contra el costado del jabalí. La formidable bestia salió volando y cayó de lado cerca de los arbustos. La sangre le brotaba del corte que se había abierto en un muslo, pero volvió a levantarse trabajosamente.
El ciervo bajó la cabeza, dispuesto a atacarlo de nuevo. Tras titubear un segundo, el jabalí profirió un último berrido y se retiró hacia la arboleda.
Con majestuosa parsimonia, el ciervo se giró hacia el niño. Por un instante, sus miradas se encontraron. De alguna manera, el pequeño supo que no recordaría nada de aquel día con tanta claridad como los insondables pozos marrones que el ciervo tenía por ojos, unos ojos tan profundos y misteriosos como el propio mar.
Y, de pronto, con la misma espontaneidad con la que había aparecido, el ciervo saltó por encima de las enmarañadas raíces del roble y se perdió de vista.


I
UN OJO VIVIENTE

Estoy parado, a solas, bajo las estrellas.
Las llamas encienden el cielo, como si estuviera naciendo un nuevo sol. La gente grita y corre en todas direcciones. Yo, en cambio, permanezco allí en medio, incapaz de moverme, incapaz de respirar. Veo el árbol, más negro que una sombra, recortado contra el cielo llameante. Las ramas incendiadas se retuercen como serpientes mortíferas. Se extienden hacia mí. Se acercan. Intento escapar, pero mis piernas son de piedra. ¡Me arde la cara! Me cubro los ojos. Grito.
¡Mi cara! ¡Me arde la cara!
Me desperté. Los ojos me picaban a causa del sudor. La paja del jergón me arañaba la piel.
Pestañeé mientras respiraba hondo, frotándome la cara con las manos. Noté lo frías que tenía las mejillas.
Al estirar los brazos, volví a sentir un dolor entre los omóplatos. ¡Seguía allí! Deseé que desapareciese. ¿Por qué continuaba molestándome? ¡Hacía más de cinco años que el mar me había arrojado a la orilla! Las heridas de la cabeza se me habían curado hacía ya mucho, aunque seguía sin tener ningún recuerdo de la vida que llevaba antes de aparecer en el roquedal. ¿Por qué tardaba tanto en desaparecer esa herida? Me encogí de hombros. Al igual que tantas otras cosas, nunca lo sabría.
Empecé a remeter en el jergón la paja que había quedado suelta en el suelo y, al levantar unas briznas, mis dedos descubrieron una hormiga que arrastraba el cuerpo de un gusano varias veces más grande que ella. Esbozando una sonrisa, la contemplé mientras intentaba escalar en línea recta el pequeño montón de paja. Podría haberlo rodeado por cualquiera de los lados. Pero no. Alguna razón desconocida la empujaba a tratar de escalarlo y, cuando caía hacia atrás, a no cejar en el intento, para volver a fracasar. Observé aquel espectáculo repetitivo durante unos minutos.
Al cabo, me apiadé de la criaturilla. Me dispuse a cogerla por una pata, pero entonces caí en la cuenta de que podría partírsela, sobre todo si se resistía. Así que, en vez de eso, levanté el gusano. Tal como imaginaba, la hormiga se mantuvo agarrada a él, abandonada a un pataleo frenético.
Llevé a la hormiga y su premio por encima del montón de paja y los dejé con delicadeza en el otro lado. Para mi sorpresa, cuando solté el gusano, la hormiga hizo lo mismo. Se giró hacia mí, sacudiendo las antenas con fuerza. No me cupo la menor duda de que me estaba regañando.
—Lo siento —susurré con una sonrisa.
La hormiga siguió riñéndome durante unos segundos más. A continuación, volvió a agarrar su pesada carga y empezó a alejarse. En dirección a su hogar.
Se me borró la sonrisa de la cara. ¿Dónde tenía yo mi hogar? Cargaría con el jergón a cuestas, con la choza entera si fuese necesario, si supiera adónde ir.
Al girarme hacia la ventana abierta que tenía encima de mí, vi la luna llena, tan brillante como una cazuela de plata fundida. Su luz entraba por la ventana, así como por las rendijas del techo de paja, pintando el interior de la choza con su pincel reluciente. Por un instante, el resplandor selénico casi logró ocultar la pobreza de la estancia: cubrió el suelo de tierra con un manto argénteo; las toscas paredes de arcilla, con una cortina de destellos, y la silueta que aún dormía plácida en un rincón, con el aura de un ángel.
Aun así, sabía que la escena no era más que un espejismo, que no era más real que lo que acababa de soñar. El suelo era de simple tierra; el lecho, una capa de paja; la casa, solo una choza hecha de ramas mal pegadas con arcilla. ¡Hasta el cobertizo de al lado donde dormían los gansos estaba construido con más mimo! Lo sabía porque de vez en cuando me escondía allí, cuando los graznidos y los silbos de las aves se me antojaban más agradables que los gritos y el parloteo de la gente. El cobertizo era más cálido que la choza en febrero, y más seco en mayo. Tal vez yo no mereciera más lujos que los gansos, pero nadie podía negar que Branwen, sí.
La miré mientras dormía. Su respiración, tan leve que apenas levantaba su manta de lana, parecía sosegada y apacible. Por desgracia, en realidad, no era así. Toda la paz que sentía durante el sueño se desvanecía al despertar.
Se rebulló en su sopor y giró su cabeza hacia mí. Bajo la luz de la luna parecía incluso más bella de lo normal; tenía las mejillas y la frente pálidas y totalmente relajadas, pues solo en noches así se sumía en un sueño profundo. O cuando rezaba en silencio, algo que hacía cada vez con mayor frecuencia.
La estudié con el ceño fruncido. Ojalá me hablase. Ojalá me contara lo que sabía. Porque, si en efecto sabía algo acerca de nuestro pasado, se negaba a compartirlo conmigo. No tenía modo de averiguar si realmente no sabía nada o no quería ponerme al tanto.
Durante los cinco años que llevábamos compartiendo la choza, no me había revelado mucho más sobre ella. Apenas la conocía; solo sabía del tacto bondadoso de sus manos y de la perpetua tristeza que reflejaba su mirada. Y sabía que no era mi madre, como ella afirmaba.
¿Que cómo estaba tan seguro de que no era mi madre? De alguna manera, en lo más profundo de mi ser, tenía esa certeza. Era demasiado distante, demasiado hermética. Una madre, una madre de verdad, nunca le ocultaría tantas cosas a un hijo. Y si necesitaba cerciorarme aún más, me bastaba con mirarla a los ojos. Tan bonitos, y tan distintos de los míos. ¡No había en ellos ni la menor traza de negro, y sus orejas no eran puntiagudas! No, no era mi madre, del mismo modo que los gansos no eran mis hermanos.
Tampoco terminaba de creerme que ella se llamase Branwen y yo, Emrys, según aseguraba. Nos llamáramos como nos llamásemos antes de que el mar nos lanzase contra las rocas, de alguna manera yo estaba convencido de que no era así. Por mucho que ella me llamase Emrys, no lograba desprenderme de la sensación de que mi verdadero nombre era... otro. Aun así, no tenía ni idea de dónde buscar la verdad, salvo, acaso, entre las sombras convulsas de mis sueños.
El único momento en que Branwen, si realmente se llamaba así, dejaba entrever su verdadera identidad era cuando me contaba alguna historia. En especial las de los antiguos griegos. Estaba claro que eran sus favoritas. Y también las mías. Fuera o no consciente de ello, cuando empezaba a hablar sobre los gigantes y los dioses de las leyendas griegas, sobre sus monstruos y sus cruzadas, una parte de ella parecía resucitar.
También le entusiasmaba contar historias sobre los curanderos druidas, o sobre el hombre de Galilea que obraba milagros. Pero sus relatos acerca de los dioses griegos extraían un brillo especial de sus ojos zafirinos. A veces, tenía la sensación de que aquellas historias eran su forma de hablar de un lugar que para ella existía de verdad, un lugar por el que deambulaban criaturas inimaginables y donde los espíritus más poderosos se entremezclaban con las personas. Para mí, todo aquello era una sarta de disparates, pero, al parecer, ella no opinaba lo mismo.
El destello de luz que de pronto brotó de su garganta interrumpió mis pensamientos. Sabía que no era más que un rayo de luna reflejado en su colgante enjoyado, el cual seguía llevando al cuello, sujeto por un cordón de cuero, aunque esta noche su color verde parecía más intenso que nunca. Caí en la cuenta de que nunca había visto que se lo quitara, ni siquiera por un instante.
Oí que algo caía al suelo, a mis espaldas. Al girarme vi un manojo de hojas secas, de formas finas y plateadas bajo la luz de la luna, sujeto por unas briznas de hierba. Debía de haberse desprendido del caballete, que soportaba no solo el techo de paja sino también docenas de manojos de hierbas, hojas, flores, raíces, nueces, cortezas y semillas. Y esto era solo una pequeña parte de la colección de Branwen, ya que había muchos más manojos colgados del marco de la ventana, de la cara interior de la puerta y de la mesa inclinada que tenía junto a su jergón.
Debido a todos esos haces, la choza olía a tomillo, a raíz de haya, a semillas de mostaza y a muchas otras cosas. Me encantaba aquella mezcla de aromas. A excepción del eneldo, que me hacía estornudar. El olor a la corteza de cedro, mi predilecta, me hacía sentir enorme como un gigante; los pétalos de lavanda me hacían cosquillas en los dedos de los pies; y las algas me traían a la memoria algo que no terminaba de recordar.
Branwen empleaba todos esos ingredientes y herramientas para elaborar sus polvos, sus pomadas y sus cataplasmas curativas. En su mesa tenía un amplio surtido de cuencos, cuchillos, morteros, manos, coladores y otros utensilios. A menudo la observaba mientras machacaba las hojas, mezclaba los polvos, tamizaba las plantas o aplicaba una combinación de remedios en las heridas o las verrugas de algún enfermo. Sin embargo, sabía tan poco de sus métodos curativos como de ella. A pesar de que me permitía observar, no me daba conversación ni me contaba historias. Se limitaba a trabajar, por lo general mientras tarareaba algún cántico.
¿Dónde había aprendido tantas cosas sobre el arte de la curación? ¿Por qué conocía tantas fábulas sobre tierras y épocas remotas? ¿Cómo era que sabía de las enseñanzas del hombre de Galilea, sobre las cuales reflexionaba cada vez con mayor frecuencia? Nunca me contaba nada.
Yo no era el único al que exasperaba su silencio. A menudo los aldeanos murmuraban a sus espaldas, admirados ante sus poderes curativos, su belleza insólita, sus extraños cánticos. Alguno que otro llegó a hablar incluso de «hechicería» y de «magia negra», aunque no por eso dejaron de acudir a ella cuando necesitaban que les quitase un forúnculo, les calmase una tos o les librase de una pesadilla.
Las habladurías no parecían preocuparle. Mientras la gente continuara pagando por su ayuda y pudiéramos seguir manteniéndonos por nosotros mismos, no parecía importarle lo que nadie pensara o dijera. Recientemente había atendido a un monje anciano que, al resbalarse en los adoquines mojados del puente del molino, se había hecho un corte en un brazo. Mientras le vendaba la herida, Branwen pronunció una oración cristiana, algo que pareció complacer al religioso. Cuando pasó a entonar un cántico druida, no obstante, el monje la censuró y la exhortó a que dejara de blasfemar. Branwen le respondió sin inmutarse que Jesús sanaba a los demás con tanta devoción muy probablemente porque se inspiraba en la sabiduría de los druidas, además de en la de otros a los que ahora se les llamaba paganos. Al oír esto, el monje se arrancó airado el vendaje de un tirón y se marchó, no sin antes contarle a media aldea que Branwen era una sierva del demonio.
Volví a mirar el colgante. Parecía brillar con luz propia, no solo con la de la luna. Por primera vez reparé en que el cristal del centro no era de un color verde liso, como parecía ser de lejos. Al acercarme un poco más, observé vetas violetas y azules que fluían como arroyuelos bajo la superficie, a la vez que unos destellos rojos palpitaban al son de mil corazones diminutos. Casi parecía un ojo viviente.
«Galator». El nombre se me ocurrió de súbito. «Se llama Galator».
Meneé la cabeza, perplejo. ¿De dónde había salido ese nombre? No recordaba haberlo oído nunca. Quizás lo hubiera sacado de la plaza de la aldea, donde a diario se entremezclaban incontables idiomas (celta, sajón, latín, gaélico y otros todavía más indescifrables). O quizás de alguna de las fábulas de Branwen, siempre salpicadas de palabras que empleaban los griegos, los judíos, los druidas y otros pueblos aún más antiguos.
—¡Emrys!
Al oír su susurro estridente, di un respingo, sobresaltado. Miré los azulísimos ojos de la mujer que solo compartía conmigo su choza y su mesa.
—Estás despierta.
—Sí. Y tú me estabas mirando de un modo muy raro.
—No te miraba a ti —repliqué—. Miraba tu colgante. —Sin saber muy bien por qué, añadí—: Tu Galator.
Branwen jadeó. Con una rápida sacudida de la mano, se guardó el adorno bajo la túnica. Después, esforzándose por imprimirle cierta serenidad a su voz, dijo:
—No recuerdo haberte dicho esa palabra.
La miré con los ojos abiertos como platos.
—Entonces ¿se llama así de verdad? ¿Es el nombre correcto?
Branwen me escrutó con aire meditabundo y, cuando estaba a punto de responderme, se lo pensó dos veces.
—Será mejor que duermas un poco, hijo mío.
Como siempre, me fastidiaba que me llamase así.
—No puedo dormir.
—¿Y si te cuento una historia? Podría terminar la de Apolo.
—No. Ahora no.
—Entonces te prepararé una poción.
—No, gracias. —Meneé la cabeza—. Cuando se la preparaste al hijo del techador, durmió durante tres días y medio.
Una sonrisa le rozó los labios.
—Se tomó de un trago la dosis de toda una semana, el pobre bobo.
—Además, no tardará en amanecer.
Se ciñó su manta de lana áspera.
—Muy bien, pues si tú no quieres dormir, yo sí.
—Antes de que te duermas, ¿por qué no me cuentas algo más sobre esa palabra? Gal... Ay, ¿cómo era?
Fingiendo no haberme oído, Branwen se arropó con su inseparable manto de silencio, mientras se echaba encima la manta de lana y volvía a cerrar los ojos. En cuestión de segundos, parecía estar dormida de nuevo. Sin embargo, ya no quedaba rastro de la paz que había visto antes en su rostro.
—¿Por qué no me lo cuentas?
Branwen no se movió.
—¿Por qué nunca me ayudas? —protesté—. ¡Necesito que me ayudes!
Ella siguió sin inmutarse.
Entristecido, me quedé un rato mirándola. Al cabo, me incorporé en el jergón, me levanté y me mojé la cara con el agua de la ancha jofaina de madera que había junto a la puerta. Al mirar otra vez a Branwen, me invadió otra oleada de ira. ¿Por qué se negaba a darme respuestas? ¿Por qué se negaba a ayudarme? Con todo, mientras la miraba, sentí una punzada de culpa por no haberla querido llamar nunca madre, a pesar de lo mucho que la habría complacido. Aun así... ¿qué clase de madre se negaría a ayudar a su hijo?
Agarré del tirador de cuerda de la puerta. La madera arañó el suelo de tierra y, cuando la puerta estuvo abierta, salí de la cabaña.
II
SE ACERCA UN BÚHO

La luna ya casi se había puesto y el cielo del oeste se había oscurecido. Unas vetas plateadas, cada vez más grisáceas, flanqueaban las densas nubes que cubrían la aldea de Caer Vedwyd. Bajo aquella luz tenue, los techos de paja encorvados semejaban un conjunto de cantos sombríos. No muy lejos de mí, unos corderos balaban. Y mis amigos, los gansos, empezaban a despertarse. El cuco que se ocultaba entre los helechos cantó dos veces. Bajo las goteras del roble y el fresno, el aroma fresco de las campánulas azules se mezclaba con el olor de la paja mojada.
Corría el mes de mayo, y en mayo incluso una aldea inhóspita podía parecer un pueblecito de ensueño al rayar el alba. Me quité un hilo suelto de la túnica, atento a la agitación silenciosa. Ningún mes me emocionaba tanto como aquel. Las flores le presentaban su rostro al cielo, las ovejas parían sus corderos, las hojas brotaban. Y, al igual que las flores, también mis sueños se desplegaban en todo su esplendor. A veces, en mayo, dejaba a un lado mis dudas y me convencía de que algún día averiguaría la verdad. Quién era y de dónde venía realmente. Si no gracias a Branwen, sería con la ayuda de alguna otra persona.
En mayo todo parecía posible. Ojalá pudiera controlar el tiempo. ¡Para que así todos los meses fuesen como mayo! O, tal vez, para volver atrás, de forma que cuando llegara el último día del mes, pudiese regresar al principio y disfrutar de mayo una vez más.
Me mordí el labio. Corriera el mes que corriese, esta aldea jamás sería mi lugar favorito. Ni mi hogar. Sabía que esta hora temprana sería la más agradable del día, antes de que los rayos del sol desvelasen las cabañas desvencijadas y los rostros temerosos. Como muchas otras de las aldeas que salpicaban estas tierras ondulantes y boscosas, Caer Vedwyd existía gracias a una antigua calzada romana. La nuestra bordeaba la orilla norte del río Tywy, que fluía hacia el sur hasta desembocar en el mar. Aunque antaño aquella senda había permitido la marcha de infinitas columnas de soldados romanos, ahora solo transitaban por ella los vagabundos y los mercaderes errantes. Servía de camino de sirga para los caballos que arrastraban las barcazas de cereales por el río; de sendero para los que buscaban la iglesia de San Pedro, ubicada al sur, en la ciudad de Caer Myrddin; y también, como bien recordaba, de acceso al mar.
Algún instrumento metálico repiqueteaba en la herrería, situada bajo el gran roble. Se oía un caballo que caminaba pesadamente por el camino de sirga, haciendo tintinear las bridas. Dentro de una hora, la gente empezaría a apiñarse en la plaza, bajo el árbol, donde convergían los tres caminos principales de la aldea. Pronto el bullicio de los trueques, las discusiones, los engaños y, cómo no, los robos, llenaría el aire.
Cinco años en aquel lugar y seguía sin considerarlo mi hogar. ¿Por qué? Tal vez porque todo, desde los dioses y los nombres propios de la región, estaba cambiando. Muy rápido. Los recién llegados sajones ya habían empezado a sustituir el nombre de Y Wyddfa, cuyas cumbres heladas lo dominaban todo, por el de Colina Nevada. Asimismo, la gente empezaba a llamar país de Gales a aquel territorio, conocido de antiguo como Gwynedd. Llamarlo «país», sin embargo, denotaba un tipo de unidad que en realidad no existía. Dada la infinidad de viajeros y lenguas que circulaban a diario solo por nuestra pequeña aldea, a mi modo de ver Gales tenía más de simple posada que de país.
Me aproximaba al molino cuando vi como los últimos rayos de la luna acariciaban las lomas de Y Wyddfa. Los ruidos de la aldea, que poco a poco se iba despertando, dieron paso al borboteo que agitaba el río en su discurrir bajo el puente de piedra contiguo al molino. Una rana croaba, no lejos de un edificio, el único de la aldea hecho de ladrillo.
De improviso, oí un susurro dentro de mí: «Se acerca un búho».
Me volví justo a tiempo de ver una cabeza cuadrada y unas imponentes alas pardas volando delante de mí, tan raudas como el viento y tan silenciosas como la muerte. A los dos segundos el ave se posó en la hierba detrás del molino, donde arrancó con sus garras la vida de su presa.
«Armiño para cenar». Sonreí, complacido por haber sabido, de alguna manera, que el búho se acercaba, y que su presa invisible era un armiño. ¿Cómo podía saberlo? No tenía ni idea. Lo sabía, sin más. E imaginaba que cualquiera que fuese un poco observador lo habría sabido también.
No obstante, cada vez me hacía más preguntas. En ocasiones, presentía lo que estaba a punto de ocurrir antes que los demás. Este don, si podía llamarse así, había surgido en las últimas semanas, así que no entendía bien cómo funcionaba. Y no le había hablado de él a Branwen, ni a nadie. Tal vez no se tratase más que de una racha de suposiciones acertadas. Sin embargo, si en efecto se trataba de algo más, probablemente me depararía no pocas diversiones. O incluso me sería de utilidad si me encontraba en algún aprieto.
El día anterior, sin ir más lejos, había visto a unos muchachos de la aldea persiguiéndose los unos a los otros armados con espadas imaginarias. Por un instante, deseé ser uno de ellos. De pronto, el cabecilla del grupo, Dinatius, reparó en mi presencia y se abalanzó sobre mí sin darme tiempo a escapar. Nunca había sentido ninguna simpatía por Dinatius, que desde que su madre falleciera, años atrás, trabajaba como ayudante del herrero. A mi juicio era malintencionado, estúpido e irascible. Pero yo siempre procuraba no molestarlo, no tanto por bondad como porque él era mucho mayor y más corpulento que yo, y que cualquier otro muchacho de la aldea. Muchas veces había visto como el herrero lo abofeteaba con su mano descomunal por desatender sus labores, y en no menos ocasiones había visto a Dinatius hacerles lo mismo a niños más pequeños que él. Un día llegó a causarle una quemadura muy fea en el brazo a un muchacho que había osado poner en duda su ascendencia romana.
Todo esto se me pasó por la cabeza mientras forcejeaba para zafarme de él. Dio entonces la casualidad de que me fijase en una gaviota que volaba bajo cerca de allí. La señalé y grité: «¡Mira! ¡Un tesoro caído del cielo!». Dinatius levantó la mirada en el preciso instante en que el ave se desprendía de una joya especialmente cáustica que le dio en pleno ojo. Mientras Dinatius blasfemaba y se limpiaba la cara, los demás muchachos se echaron a reír, y yo escapé.
Con una sonrisa, recordé la apurada situación. Por primera vez, contemplé la posibilidad de que poseyera un don, un poder, más valioso aún que la capacidad de predecir el futuro. Imaginé, solo como supuesto, que de verdad podía controlar los acontecimientos, hacer que determinadas cosas sucedieran. No con las manos, los pies ni la voz. Tan solo con el pensamiento.
¡Qué emocionante! Era un sueño que tal vez no tuviera más fundamento que el del mes de mayo, pero ¿y si había algo más? Decidí investigarlo.
Cuando me acercaba al puente de piedra que salvaba el río, me arrodillé junto a una prieta espiga que había crecido cerca del suelo. Concentré toda mi atención en la planta, hasta que me olvidé de cuanto me rodeaba. El frío, los balidos de los corderos, el ruido de la herrería, todo desapareció.
Examiné el tono lavanda de la flor, iluminado desde el este por el resplandor dorado del sol naciente. Vellosidades minúsculas retenían las gotas del rocío en los bordes de los pétalos y un diminuto pulgón parduzco se escabullía en el collar de hojas orladas que coronaba el tallo. La flor cerrada desprendía un aroma fresco, pero no dulce. De algún modo, sabía que su corazón oculto era amarillo, como el queso añejo.
Cuando por fin estuve listo, empecé a desear que la flor se abriera. «Muéstrate —le ordené—. Abre los pétalos».
Esperé largo rato. No ocurrió nada.
De nuevo, me concentré en la flor. «Ábrete. Abre los pétalos».
Siguió sin ocurrir nada.
Empecé a levantarme. En ese momento, muy despacio, el collar de hojas comenzó a agitarse como mecido por una brisa suave. Al instante siguiente, uno de los pétalos de color lavanda tiritó, desplegando uno de los bordes muy poco a poco, hasta que empezó a abrirse gradualmente. Lo siguió otro pétalo, y después otro, y otro más, hasta que la flor le dio la bienvenida al amanecer con todos los pétalos extendidos. Y del corazón emergieron seis ramitas tiernas, más parecidas a las plumas que a los pétalos. ¿De qué color? Del amarillo del queso añejo.
Recibí entonces una patada brutal en la espalda. Una carcajada ronca quebró el aire, aplastando aquel momento con la misma rapidez con la que el pie rotundo aplastó la flor.
III
CAPEAR EL TEMPORAL

Me puse de pie soltando un gruñido.
—Dinatius, eres un cerdo.
Él, mayor que yo, de hombros cuadrados y denso cabello castaño, me miró con una sonrisa de satisfacción.
—Eres tú el que tiene las orejas puntiagudas como los cerdos. ¡O como los demonios! En cualquier caso, mejor ser un cerdo que un bastardo.
Sentí que las mejillas me ardían, pero me contuve. Lo miré a los ojos, grises como el lomo de un ganso. Para ello tuve que echar la cabeza hacia atrás, ya que él era mucho más alto. De hecho, con aquellos hombros Dinatius ya podía levantar cargas que hacían tambalearse a muchos hombres recios. Además de atizar la lumbre de la herrería (un trabajo duro y asfixiante), cortaba y transportaba la leña, avivaba el fuego con los fuelles y arrastraba de un lado a otro quintales de hierro. Por todo esto, el herrero le recompensaba con una o dos comidas al día, un saco de paja para dormir y no pocos golpes en la cabeza.
—Yo no soy un bastardo.
Dinatius se frotó despacio la barba incipiente del mentón.
—Y entonces ¿dónde se esconde tu padre? ¡Puede que sea un cerdo! O puede que sea una de esas ratas con las que vivís tu madre y tú.
—No hay ratas en nuestra casa.
—¿Casa? ¿A eso lo llamas casa? No es más que una pocilga en la que tu madre se esconde para hacer sus hechizos.
Apreté los puños. Me dolía que se burlara de mí, pero que hablase de Branwen en un tono tan grosero hacía que me hirviera la sangre. Aun así, sabía que Dinatius trataba de provocarme. También sabía cómo terminaría la pelea. Lo mejor sería que me contuviera, si podía. Me costaría mucho mantener los puños quietos. Pero ¿la lengua? Eso sí que me iba a ser difícil.
—El jorobado nunca se ve la joroba.
—¿Y qué quieres decir con eso, pequeño bastardo?
Sin tener ni idea del motivo de mi réplica, añadí:
—Quiero decir que no deberías llamar «bastardo» a nadie, porque tu padre no era más que un mercenario sajón que una noche pasó a caballo por esta aldea, y de recuerdo solo quedasteis tú y una botella vacía.
Dinatius abrió la boca y la volvió a cerrar sin articular palabra. Caí en la cuenta de que las palabras que él siempre había temido, y que nunca había querido oír, eran ciertas. Unas palabras que dolían más que cualquier puñetazo.
Se sonrojó.
—¡Estás muy equivocado! Mi padre era romano, ¡era un soldado! Todo el mundo lo sabe. —Me acuchilló con una mirada feroz—. ¡Yo te enseñaré quién es aquí el bastardo!
Di un paso atrás.
Se acercó a mí.
—No eres nadie, bastardo. ¡Nadie! No tienes padre. Ni hogar. ¡Ni nombre! ¿A quién le robaste el nombre de Emrys, bastardo? ¡No eres nadie! ¡Y nunca serás algo!
Su acusación hizo que me estremeciera, a pesar de la rabia que se caldeaba en sus ojos. Miré a mi alrededor en busca de alguna forma de escapar. No podría correr más que él. Sobre todo sin contar con ventaja. Pero hoy no se veía ninguna gaviota volando cerca de allí. Entonces se me ocurrió una idea. «No se ve ninguna gaviota».
Tal como había hecho el día anterior, señalé al cielo y grité:
—¡Mira! ¡Un tesoro caído del cielo!
Esta vez Dinatius, que acababa de inclinar el cuerpo para sacudirme, no miró hacia arriba. En lugar de eso, se encogió como si pretendiera protegerse la cabeza de un golpe. No pude hacer mucho más. Di media vuelta y eché a correr tan rápido como un conejo asustado por el patio encharcado del molino.
Hecho una furia, Dinatius salió disparado tras de mí.
—¡Vuelve aquí, cobarde!
Atajé por la extensión de hierba, salté por encima de una piedra de amolar rota y un montón de virutas de madera y me escabullí por el puente, golpeteando los adoquines con las botas. Antes de llegar al otro lado, los pasos de Dinatius empezaron a ahogar mis jadeos. Di un giro brusco y enfilé la antigua calzada romana de la ribera. A mi derecha se agitaban las aguas del Tywy y, a mi izquierda, el espeso bosque se extendía hasta las lomas de Y Wyddfa, interrumpido solo por las trochas abiertas por los ciervos y los lobos.
Me adentré sesenta o setenta pasos por el camino pedregoso a todo correr, mientras oía como Dinatius se acercaba cada vez más. Una vez que llegué a lo alto de un montículo, me salí del camino, lanzándome hacia el helechal que bordeaba el bosque. A pesar de las espinas que se me clavaban en las pantorrillas y los muslos, seguí corriendo presa de la desesperación. Después, al dejar atrás los helechos, salté una rama caída, salvé un riachuelo y gateé por el pedregal musgoso de la otra orilla. Cuando di con una de las angostas trochas de los ciervos que zigzagueaba como una serpiente interminable por el suelo del bosque, continué a la carrera hasta que me vi rodeado por unos árboles gigantescos.
Me detuve solo el tiempo suficiente para oír a Dinatius partiendo las ramas de los arbustos a su paso. Sin pararme a pensar, me agaché en medio del colchón de acículas que alfombraba el bosque y salté hasta la rama más baja de un enorme pino. Como si fuera una ardilla, trepé por una rama tras otra, hasta que me situé a una altura de tres hombres por encima del suelo.
En ese preciso momento, Dinatius llegó a la arboleda. Me aferré a la rama, justo por encima de él, con el pulso desbocado, los pulmones doloridos y las piernas ensangrentadas. Procuré quedarme quieto y respirar sin hacer el menor ruido, a pesar de que los pulmones me pedían más aire a gritos.
Dinatius miró a izquierda y derecha, esforzándose para distinguir algo en la penumbra del bosque. Al rato, levantó la mirada, pero se le metió una esquirla de corteza en el ojo.
—¡Maldito bosque!
Al oír que algo se movía levemente fuera del bosque, corrió en esa dirección.
Me pasé la mañana esperando en la rama, contemplando el lento avance de la luz por las ramas de espinos, y el movimiento aún más perezoso del viento que deambulaba entre los árboles. Al cabo, convencido de que le había dado esquinazo a Dinatius, me atreví a moverme. Pero no bajé al suelo.
Subí hacia la copa.
Mientras ascendía por la escalera de ramas, reparé en que aún tenía el pulso acelerado, pero no a causa del miedo, ni del agotamiento, sino de la expectación. Este árbol, este momento, me emocionaban de una forma que no acertaba a explicarme. Cada vez que me encaramaba a una rama más alta, mi ánimo se elevaba un poco más. Era como si pudiera ver más lejos, oír más claro y oler con mayor intensidad a medida que subía. Me imaginé flotando junto al pequeño halcón que volaba en círculos por encima de los árboles.
El paisaje que se desplegaba por debajo de mí se agrandó. Seguí el curso del río que descendía sinuoso desde las colinas del norte. El cauce parecía una serpiente descomunal, salida de las fábulas de Branwen. Y las colinas descansaban formando rugosas hileras, como los pliegues de un cerebro milenario y desprotegido. ¿Qué pensamientos habrían salido de ese cerebro a lo largo de la historia inmensurable?, me pregunté. ¿Serían este bosque, este día, uno de ellos?
La mole imponente de Y Wyddfa, con su cima deslumbrante envuelta en un manto blanco, se elevaba entre la niebla que arropaba los montes más escarpados. Las sombras de las nubes, oscuras y redondeadas, avanzaban por las crestas como si fueran huellas de gigantes. ¡Ojalá me encontrara con los gigantes! ¡Ojalá pudiera ver su danza!
Las nubes se congregaban en el cielo del oeste, aunque todavía se divisaba algún que otro destello de luz en el mar iluminado por el sol. El panorama del mar infinito me producía un vago anhelo que me resultaba difícil de describir. De alguna manera, sabía lo que era. Mi verdadero hogar, mi verdadero nombre, estaban al otro lado en alguna parte. Una angustia tan insondable como el propio mar se arremolinó dentro de mí.
Alargué el brazo para cogerme a la siguiente rama, haciendo un esfuerzo para seguir trepando. Cerré las manos alrededor del pie de la rama y pasé una pierna por encima. Varias ramitas se quebraron y cayeron al suelo describiendo elegantes espirales. Con un gruñido, me impulsé tanto como pude y me coloqué encima.
Con la intención de descansar un poco, me acomodé en la concavidad de la rama y me recliné contra el tronco. Al notar que tenía las manos pegajosas a causa de la savia del pino, me las acerqué a la cara: mis pulmones se llenaron con su olor dulce y resinoso.
De pronto, algo me rozó la oreja derecha. Volví la cabeza. Una erizada cola parda desapareció tras el tronco. Cuando me incliné para echar un vistazo al otro lado del árbol, oí un silbido agudo. Y, a continuación, unos pies minúsculos corretearon por mi pecho y me bajaron por la pierna.
Volví a sentarme, justo a tiempo de ver que una ardilla saltaba desde mi pie hasta una rama más baja. Con una sonrisa, observé cómo el inquieto animalillo parloteaba y chillaba. Subía a la carrera por el tronco, después bajaba y después volvía a subir, agitando la cola como si fuese una bandera peluda, sin dejar de mordisquear una piña casi tan grande como su cabeza. Entonces, como si acabara de reparar en mi presencia, se detuvo en seco. Me escrutó unos segundos, soltó un chillido y saltó hacia una rama alargada del árbol de al lado. En cuanto llegó a su destino, se escabulló tronco abajo y se perdió de vista. Me pregunté si yo le habría parecido tan divertido como ella me lo había parecido a mí.
Emocionado de nuevo, reanudé la escalada. El viento se agitaba, desprendiendo de los árboles todo un elixir de olores. Las ramas entrechocaban soltando sobre mí gotas de resina que me sumergían en una riada de aromas.
De nuevo, me fijé en el halcón, que seguía volando en círculos. No estaba seguro, pero intuía que estaba observándome. Que me vigilaba por algún motivo que solo él conocía.
El primer trueno retumbó cuando me encaramaba a la rama más elevada de las que podían soportar mi peso. Lo acompañó un estruendo aún más estremecedor, el del grito de millares de árboles que se combaban a merced del viento. Oteé el mar de copas verdes, cuyo follaje ondeaba como las olas que formaba el agua. Bajo el estrépito pude distinguir distintas voces: el suspiro profundo del roble y el quiebro estridente del espino; el siseo del pino y el crepitar del fresno. Las acículas chasqueaban y sus hojas golpeteaban. Los troncos gruñían y los huecos silbaban. Todas aquellas voces y muchas más se sumaron hasta formar un coro grandioso y ondulante que cantaba en un idioma no tan distinto del mío.
Cuando el viento arreció, el árbol al que había trepado empezó a mecerse. Casi como si fuera una persona, se echaba hacia atrás y se contorsionaba, con delicadeza al principio, y después con creciente fuerza. Mientras más intensidad cobraba la oscilación, más temía que el tronco se partiese y me arrojase al suelo. Pero enseguida me tranquilicé. Me asombró que aquel árbol pudiera ser tan flexible y tan robusto al mismo tiempo, y me agarré con fuerza mientras iba y venía, giraba y se retorcía, hendiendo el aire con sus curvaturas y sus arqueos. Entregado a ese elegante vaivén, dejé de sentirme como una criatura terrestre: casi era una parte más del viento.
Llegó la lluvia, cuyo tamborileo se entremezcló con el borboteo del río y el canto de los árboles. Las ramas se transformaron en verdes cataratas. Los ríos en miniatura fluían por los troncos, arremolinándose entre las praderas musgosas y los cañones de corteza. Me determiné a capear el temporal. Estaba empapado hasta los huesos. Y no podía sentirme más libre.
Cuando, al cabo, la tormenta amainó, el mundo parecía haber renacido. Los rayos del sol danzaban sobre las hojas lustradas por la lluvia. Las ensortijadas columnas de niebla se elevaban en espiral de los claros. Los colores del bosque eran más intensos, más relucientes, y los olores, más frescos. Y en ese instante tomé conciencia de que la Tierra nunca dejaba de rehacerse, de que la vida nunca dejaba de renovarse. Tal vez aquella fuera la tarde de un día en concreto, pero formaba parte de la mañana de la creación.
IV
EL MONTÓN DE TRAPOS

La luz del atardecer comenzaba a resaltar los matices y acentuar las sombras cuando de pronto sentí un sutil pinchazo en el abdomen, una punzada que enseguida se volvió más intensa. Tenía hambre. Un hambre canina.
Al admirar el paisaje por última vez, vi la telaraña de luz dorada que se deslizaba por las colinas y empecé a bajar de mi atalaya. Cuando al cabo llegué a la rama más baja, todavía húmeda por la lluvia, la rodeé con las manos y me descolgué por uno de los lados. Me quedé un momento allí suspendido, columpiándome como un árbol azotado por la tempestad. Caí entonces en la cuenta de que, por alguna razón, el dolor que antes sentía entre los omóplatos había desaparecido desde que trepé al árbol. Me solté y caí sobre el lecho de acículas.
Con delicadeza, puse la mano sobre el tronco rugoso del viejo árbol. Casi podía sentir la resina circulando por la columna formidable de su cuerpo, del mismo modo que la sangre circulaba por el mío. Con una simple palmada, le di las gracias.
Me fijé entonces en un ramillete de setas pardas cubiertas de un vello desgreñado, acurrucado entre las acículas, al pie del pino. Durante las salidas con Branwen había aprendido que eran comestibles. Salté a por ellas. En un abrir y cerrar de ojos me las comí todas, así como las raíces de una planta de hojas púrpuras que había crecido cerca.
Encontré la trocha de los ciervos y la seguí de regreso al riachuelo. Ahuequé las manos y bebí un poco de agua fría: me heló los dientes y me despertó la lengua. Con paso brioso, volví al camino de sirga que llevaba a la aldea.
Crucé el puente. Al otro lado del molino, los techos de paja de Caer Vedwyd se apretujaban como balas de hierba seca. Bajo uno de ellos, la mujer que decía ser mi madre debía de estar mezclando sus pociones o curándole una herida a alguien, siempre sumida en su secretismo y su silencio. Para mi sorpresa, deseé que, algún día, pudiera sentirme como en casa.
Al entrar en la aldea, oí los gritos alegres de los otros chicos. En un primer momento, sentí el impulso de retirarme a alguno de mis escondrijos habituales. No obstante... ahora me sentía más seguro de mí mismo. ¡Hoy me uniría a sus juegos!
Titubeé. ¿Y si Dinatius andaba cerca? Tendría que estar atento a la herrería. Aun así, quizás incluso Dinatius se ablandara con el tiempo.
Me acerqué con cautela. Bajo el gran roble donde convergían los tres caminos principales, vi a los granjeros y los comerciantes vendiendo sus mercancías. Los caballos y los burros, atados a los postes, sacudían la cola para espantar a las moscas. No muy lejos de allí, un bardo de gesto sombrío entretenía a su escaso público con una balada, hasta que uno de los animales lo hizo callar de un coletazo en la boca. Cuando superó las náuseas y recuperó la compostura, había perdido a todo su público.
Al otro lado de la plaza había cuatro muchachos que afinaban su puntería tirándole piedras y palos a un blanco, un montón de trapos desgarrados y apretujados en la base del roble. Cuando vi que Dinatius no estaba con ellos, respiré aliviado. Pronto me acerqué lo bastante para gritarle a uno de los chicos:
—Lud, ¿qué tal van hoy los lanzamientos?
Un muchacho achaparrado de cabello pajizo se volvió. Tenía la cara redonda y los ojos menudos, y parecía vivir en un constante estado de perplejidad. Nunca había sido antipático conmigo, pero me pareció que de repente actuaba con cautela. No sabía si le preocupaba Dinatius... o si le preocupaba yo.
Me acerqué un poco más.
—Tranquilo. Ningún pájaro va a aliviarse sobre tu cabeza.
Lud se me quedó mirando un momento, hasta que soltó una carcajada.
—¡Ese sí que fue un buen lanzamiento!
Le devolví la sonrisa.
—Pero que muy bueno.
Me pasó una piedrecita.
—¿Por qué no pruebas?
—¿Seguro? —intervino otro de los muchachos—. A Dinatius no le va a hacer ninguna gracia.
Lud se encogió de hombros.
—Venga, Emrys. Veamos cómo estás de puntería.
Los chicos intercambiaron una mirada mientras yo sopesaba la piedrecita. Con una sacudida del brazo, la lancé contra el montón de trapos. El proyectil voló alto y acabó aterrizando en el corral de los gansos, provocando un caos de graznidos y aleteos.
Avergonzado, murmuré:
—No demasiado bien.
—Quizás deberías acercarte un poco —se burló uno de los muchachos—. Como hasta el pie del árbol.
Los demás se rieron.
Lud agitó la mano para que se callaran y me pasó otra piedra.
—Prueba otra vez. Solo necesitas un poco de práctica.
Su tono de voz tenía algo que me devolvió el aplomo perdido. Apunté de nuevo bajo la mirada de todos. Esta vez, mientras me colocaba, me tomé un momento para calibrar la distancia que me separaba del blanco y el peso de la piedra que tenía en la mano. Sin apartar la vista del montón de trapos, eché el brazo atrás y lancé.
La piedra acertó de pleno. Lud chasqueó la lengua, satisfecho. No pude reprimir una sonrisa de satisfacción.
Entonces algo me llamó la atención. En vez de atravesar los trapos e impactar contra el tronco del árbol que había detrás, la piedra rebotó, como si los andrajos estuvieran hechos de alguna materia sólida. Al fijarme bien, me dio un vuelco el corazón. Porque mientras lo miraba, el montón de trapos se agitó. Y soltó un quejido lastimero.
—¡Es una persona! —exclamé incrédulo.
Lud meneó la cabeza.
—No es una persona. —Señaló los harapos con ademán despreocupado—. Es un judío.
—Un judío asqueroso —precisó uno de los otros muchachos, que también lanzó una piedra contra los trapos. Otro acierto. Otro quejido.
—Pero... Pero no podéis. —Fui a decir algo más, pero al final me contuve. No quería desperdiciar la oportunidad de que me aceptaran en el grupo.
—¿Por qué no? —Lud se echó atrás para arrojarle al hombre un palo pesado—. Los judíos no tendrían que haber pasado por aquí. Son como demonios, con cuernos y cola. Traen mala suerte.
Tras articular otro quejido, el montón de trapos empezó a levantarse.
Tragué saliva.
—Yo no me creo esas tonterías. Dejad que el vagabundo se marche y buscad otro blanco.
Lud me miró extrañado.
—Será mejor que no defiendas a los judíos. La gente podría preguntarse si... —Se interrumpió para medir sus palabras—. Si no serás de la misma clase.
—Pero ¡si todos somos de la misma clase! Ese judío es una persona, igual que lo eres tú y que lo soy yo. —Miré al hombre harapiento, que empezaba a alejarse, y gruñí—: Dejadlo en paz.
Lud se limitó a sonreír satisfecho y le lanzó el palo pesado.
—¡No! ¡No le hagas daño! —le grité alargando el brazo.
El palo interrumpió su vuelo en seco y cayó al suelo.
Fue como si la rama se hubiera golpeado contra un muro invisible.
Los muchachos observaron la escena atónitos. Me quedé boquiabierto. No estaba menos sorprendido que ellos.
—Un encantamiento —masculló uno de los muchachos.
—Hechicería —afirmó otro.
La cara redonda de Lud palideció. Muy despacio, se apartó de mí.
—Vete de aquí, hijo de... hijo de...
—Hijo del demonio —terminó otro de ellos.
Al volverme, me encontré cara a cara con Dinatius; su túnica había acabado rasgada y salpicada de barro tras la larga persecución por el bosque. A pesar de su gesto desdeñoso, parecía estar satisfecho porque al fin había acorralado a su presa.
Me erguí, lo que me hizo aún más consciente de su considerable superioridad física.
—No tenemos por qué ser enemigos —dije.
Me escupió en la mejilla.
—¿Cómo no iba a querer ser amigo de un pequeño demonio como tú?
Entorné los ojos mientras me limpiaba la cara. Era cuanto podía hacer para contener la rabia e intentarlo de nuevo. Con la voz temblorosa, repliqué:
—No soy un demonio. Soy un muchacho, como tú.
—Ya sé lo que eres. —La voz de Dinatius cayó sobre mí como una avalancha de rocas—. Tu padre era un demonio. Y tu madre hace cosas malignas de demonios. En cualquier caso, ¡eres el hijo del demonio!
Dando un grito, me abalancé sobre él.
Dinatius se hizo a un lado hábilmente, me alzó en el aire y me arrojó con fuerza contra el suelo. Y, por si fuera poco, a continuación me asestó una patada en el costado que me hizo morder el polvo.
El dolor de las costillas me impedía incorporarme. Dinatius se erigía ante mí, carcajeándose con la cabeza echada hacia atrás, agitando su mata de pelo. Los demás muchachos también se reían, animándolo a que continuase.
—¿Te pasa algo, pequeño demonio? —se mofó Dinatius.
Tenía el cuerpo molido, pero la rabia me dolía aún más. Apretándome el costado con la mano, hice un esfuerzo para ponerme de rodillas y me levanté. Gruñí como una bestia malherida, y reanudé el ataque, agitando los brazos.
Al cabo de un instante, estaba tendido boca abajo en la hierba, sin apenas poder respirar. Me entró sangre en la boca. Consideré la posibilidad de hacerme el muerto, con la esperanza de que mi torturador perdiera el interés, pero en el fondo sabía que no funcionaría.
Dinatius dejó de reírse en seco cuando volví a levantarme, tambaleante, con la sangre corriéndome por la barbilla. Permanecí de pie como pude y lo miré a los ojos. Lo que descubrí en ellos me sorprendió.
Pese a su agresividad, saltaba a la vista que estaba estupefacto.
—Por la gloria del Señor, sí que eres testarudo.
—Lo bastante testarudo para plantarte cara —afirmé con voz ronca, apretando los puños.
En ese momento, alguien que había salido de la nada se interpuso entre nosotros. Todos los muchachos, salvo Dinatius, se apartaron. Ahogué un grito de asombro.
Era Branwen.
A pesar del miedo que le ensombreció la mirada, Dinatius escupió a sus pies.
—Hazte a un lado, mujer demoníaca.
Branwen lo fulminó con la mirada.
—Déjanos.
—Iros al infierno —replicó él—. Ese es vuestro lugar.
—¿Sí? Entonces eres tú quien debería marcharse. —Branwen levantó los brazos con aire amenazador—. O descargaré sobre ti los fuegos del abismo.
Dinatius meneó la cabeza.
—Aquí quien va a arder eres tú. No yo.
—¡Yo no le temo al fuego! ¡No puedo quemarme!
Lud, que observaba nervioso a Branwen, tiró del hombro de Dinatius.
—¿Y si dice la verdad? Vámonos.
—No hasta que acabe con el pequeño diablo.
Los ojos azules de Branwen centellearon.
—Marchaos. O las llamas os devorarán.
Dinatius dio un paso atrás.
Branwen se inclinó hacia él y le dio una sencilla orden:
—Ahora.
Los otros muchachos dieron media vuelta y se alejaron corriendo. Dinatius, al verlos huir, titubeó. Se persignó con ambas manos para protegerse del mal de ojo.
—¡Ahora! —repitió Branwen.
Dinatius la miró airado y, al cabo, se retiró.
Tomé a Branwen del brazo y regresamos juntos a nuestra choza con paso tranquilo.
V
TIEMPO SAGRADO

Tendido en el jergón, apretaba el ceño de puro dolor mientras Branwen me masajeaba las costillas adoloridas. Los extraños dedos de luz que entraban por los agujeros del techo de paja caían sobre su hombro y su mano izquierdos. Tenía la frente arrugada en un gesto de preocupación. Aquellos ojos azules me estudiaban con tal intensidad que casi sentía que me perforaban la piel.
—Gracias por ayudarme.
—De nada.
—Has estado fantástica. ¡Absolutamente fantástica! Has aparecido justo a tiempo, salida de la nada. Como uno de esos dioses griegos de los que hablas: Atenea o algún otro.
El ceño de Branwen se marcó aún más.
—Más bien como Zeus, me temo.
Me arrancó una risa, pero enseguida lo lamenté, porque me dolió más el costado.
—Quieres decir que los obsequiaste con una lluvia de rayos y truenos.
—En vez de darles un baño de sabiduría. —Dejó escapar un suspiro pesaroso—. Solo hice lo que habría hecho cualquier madre. Aunque tú nunca...
—¿Qué?
Branwen meneó la cabeza.
—No importa.
Se levantó para preparar una cataplasma que olía a humo y a cedro. La oí trocear y moler los ingredientes durante varios minutos; luego regresó a mi lado. Después de aplicarme la cataplasma sobre las costillas, depositó las manos encima y presionó con delicadeza. El calor fue penetrando poco a poco hacia mis huesos y, al cabo, tuve la sensación de que el tuétano se me había llenado de brasas.
Cerró los ojos y entonó un canto discreto y pausado que ya la había oído recitar durante otras curaciones. Nunca había estado seguro de si cantaba para sanar a la otra persona o, de algún modo que escapaba a mi entendimiento, para sanarse a sí misma. Esta vez, al fijarme en su expresión, no me cupo ninguna duda: oraba por ella, no por mí.
Hy gododin catann hue
Hud a lledrith mal wyddan
Gaunce ae bellawn wen cabri
Varigal don Fincayra
Dravia, dravia Fincayra.
Tuve la sensación de que los versos procedían de otro mundo, de la otra orilla del océano. Esperé a que abriera los ojos y, aun sin esperanza de recibir respuesta, le pregunté lo que me intrigaba desde hacía tanto tiempo.
—¿Qué significa?
De nuevo me escrutó con unos ojos que parecían atravesarme el alma. Después, escogiendo las palabras con cuidado, contestó:
—Trata sobre un lugar, un lugar mágico. Una tierra fascinante. También sobre una ilusión. Una tierra llamada Fincayra.
—¿Qué quiere decir el último verso? Dravia, dravia Fincayra.
Branwen redujo la voz a un fino hilo.
—Eterna seas, eterna seas, Fincayra. —Bajó la mirada—. Fincayra. Una tierra de incontables maravillas, celebrada por los bardos de todas las lenguas. Dicen que se ubica a medio camino entre nuestro mundo y el de los espíritus, que no pertenece del todo a la Tierra ni del todo a los cielos, que es un puente que une ambos lugares. ¡Ay, cuántas historias podría contarte! Allí los colores brillan más que el más esplendoroso de los amaneceres; el aire está más perfumado que el más exuberante de los jardines. Una infinidad de criaturas misteriosas moran allí, incluidos, según la leyenda, los primeros gigantes.
Deslicé mis caderas por la paja y me volví a fin de acercar mi cara a la suya.
—Lo dices como si ese lugar existiera de verdad.
Apretó las manos un poco más sobre mis costillas.
—No es más real que el resto de lugares sobre los que versan las historias que te he contado. Puede que esas historias no sean reales en el mismo sentido en que lo es esta cataplasma, hijo mío, pero, aun así, ¡también lo son! Son lo bastante reales para ayudarme a vivir. Y a trabajar. Y a encontrar el significado que oculta todo sueño, toda hoja, toda gota de rocío.
—¿Quieres decir que esas historias, por ejemplo, las de los dioses griegos, son ciertas?
—Oh, desde luego. —Reflexionó por un momento—. Las historias se fundamentan en la fe, no en los hechos. ¿Lo entiendes? Viven en el tiempo sagrado, que fluye en círculo. No en el tiempo histórico, que fluye en línea recta. Aun así, son ciertas, hijo mío. En muchos sentidos, son más ciertas que la vida cotidiana de esta aldea miserable.
Confundido, fruncí el ceño.
—Pero seguro que el monte Olimpo de los griegos no es igual que nuestra montaña Y Wyddfa.
Branwen relajó un tanto los dedos.
—No son tan distintos como crees. El monte Olimpo existe en la Tierra, y también en las historias. En el tiempo histórico y en el sagrado. En ambos se puede encontrar allí a Zeus, Atenea y los demás. Es un lugar «intermedio»: no termina de ser nuestro mundo y tampoco termina de ser el Otro Mundo; tiene un poco de ambos. De la misma manera que la niebla no termina de ser ni aire ni agua, sino que tiene un poco de cada. Un lugar parecido es la isla de Delos, la ínsula griega donde Apolo nació y estableció su hogar.
—Será en las historias. Pero no en la realidad.
Branwen me miró extrañada.
—¿Estás seguro?
—Bueno... No, supongo que no. Nunca he estado en Grecia, pero he visto Y Wyddfa cientos de veces, a través de esa ventana. ¡Y ahí no hay ningún Apolo paseándose! Ni en esa montaña ni en esta aldea.
De nuevo, Branwen me miró extrañada.
—¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro. —Cogí un puñado de paja del jergón y lo arrojé al aire—. ¡Esto es de lo que está hecha esta aldea! De paja sucia, de paredes derruidas, de gente enfadada. E ignorante. ¡Si media aldea está convencida de que eres una hechicera!
Branwen levantó la cataplasma y examinó el cardenal que me cubría las costillas.
—Y, aun así, vienen aquí para que les cure. —Alargó el brazo para coger un cuenco de madera que contenía una pasta cetrina que despedía un olor acre, como el de las bayas pasadas. Con ternura, usando solo dos dedos de la mano izquierda, empezó a extender la pasta sobre el cardenal.
—Dime una cosa —me pidió sin apartar la mirada de la lesión—. ¿Alguna vez has salido a pasear lejos del bullicio de la aldea y has percibido la presencia de un espíritu, de algo que no llegabas a ver? En el río, por ejemplo, o en el bosque.
Me acordé del gran pino que se mecía con la tormenta. Casi podía oír el siseo del ramaje, el aroma de la resina, el tacto de la corteza.
—Bueno, a veces, en el bosque...
—¿Sí?
—He sentido como si los árboles, sobre todo los más viejos, estuvieran vivos. Pero no como las plantas que son, sino como si fueran personas. Con rostro. Con espíritu.
Branwen asintió.
—Como las dríades y las hamadríades. —Me miró con aire melancólico—. Ojalá pudiera contarte las historias que hablan de ellas, empleando las mismas palabras que los griegos. ¡Ellos saben narrarlas mucho mejor que yo! Y aquellos libros... Emrys, he visto una sala repleta de libros tan gruesos, antiguos y sugerentes que me sentaría con uno de ellos en el regazo y me pasaría el día leyendo. Leería hasta quedarme dormida bien entrada la noche. Y entonces, en mis sueños, vendrían a visitarme las dríades, o quizás incluso el mismísimo Apolo.
Se interrumpió de pronto.
—¿Te he contado ya alguna historia sobre Dagda?
Meneé la cabeza.
—¿Qué tiene que ver con Apolo?
—Paciencia. —Tras coger otro poco de pasta, prosiguió con la cura—. Los celtas, que han vivido en Gwynedd el tiempo suficiente para saber lo que es el tiempo sagrado, tienen muchos Apolos propios. Oí hablar de ellos cuando era niña, mucho antes de que aprendiera a leer.
Me sobresalté.
—¿Eres celta? Creía que venías de... del mismo sitio que yo, de la otra orilla del mar.
Branwen tensó las manos.
—Sí, esa es mi procedencia. Pero antes de ir allí, vivía aquí, en Gwynedd. No en esta aldea, sino en Caer Myrddin, que no estaba tan abarrotada de gente como lo está hoy en día. Ahora permíteme continuar.
Asentí obediente, interesado por lo que acababa de decir. No era mucho, aunque era la primera vez que me revelaba algo sobre su infancia.
Prosiguió tanto con la cura como con el relato.
—Dagda es uno de esos Apolos. Es uno de los espíritus celtas más poderosos, el dios del conocimiento absoluto.
—¿Qué aspecto tiene? En las historias, quiero decir.
Branwen extrajo del cuenco el último trozo de pasta.
—Ah, esa es una buena pregunta. Una muy buena pregunta. Por alguna razón que solo él conoce, Dagda nunca muestra su verdadero rostro. Adopta una forma distinta según la ocasión.
—¿Por ejemplo?
—Una vez, durante el famoso combate con su archienemigo, el espíritu malvado Rhita Gawr, ambos se transmutaron en bestias temibles. Rhita Gawr se convirtió en un jabalí descomunal, dotado de unos colmillos letales y de unos ojos del color de la sangre. —Se interrumpió para hacer memoria—. ¡Ah, sí! También tenía una cicatriz que descendía por una de sus patas delanteras.
Me tensé. La cicatriz que tenía debajo del ojo, la marca del corte que el jabalí me había abierto con el colmillo hacía cinco años, empezó a picarme. En muchas de las noches tenebrosas que habían transcurrido desde entonces, aquel jabalí se me había aparecido en sueños para atacarme de nuevo.
—Y en aquel combate Dagda se convirtió...
—En un inmenso ciervo —concluí—. Con el pelaje del color del bronce, salvo por los botines blancos. Con siete puntas en cada asta. Y con unos ojos tan profundos como los espacios que separan las estrellas.
Branwen asintió, atónita.
—¿Ya conocías la historia?
—No —confesé.
—Entonces ¿cómo lo has sabido?
Di un suspiro largo y lento.
—He visto esos ojos.
Branwen se quedó helada.
—¿Sí?
—Vi al ciervo. Y también al jabalí.
—¿Cuándo?
—El día en que aparecimos en la orilla.
Me miró con detenimiento.
—¿Se pelearon?
—¡Sí! El jabalí quería matarnos. Sobre todo a ti, supongo, si de verdad era un espíritu maligno.
—¿Por qué lo dices?
—Bueno, porque eras... ¡eras tú! Y yo no era más que un niño escuálido. —Me miré y sonreí—. Muy distinto del muchacho escuálido que soy ahora. En cualquier caso, aquel jabalí nos habría matado a los dos. Pero entonces apareció el ciervo, y lo espantó. —Me pasé el dedo por debajo del ojo—. Así fue como me hice esto.
—Nunca me lo habías contado.
Clavé los ojos en ella.
—También hay muchas cosas que tú no me has contado a mí.
—Tienes razón —admitió, arrepentida—. Hemos compartido muchas historias que tratan sobre otras personas, pero muy pocas que tratan sobre nosotros. Es culpa mía, la verdad.
No dije nada.
—Pero te diré una cosa. Si aquel jabalí, Rhita Gawr, hubiera podido matar a alguno de los dos, no habría sido a mí. Habría sido a ti.
—¿Qué? ¡Eso no tiene sentido! Eres tú quien tiene todos esos conocimientos, el poder de curar.
—¡Y tú tienes poderes muchísimo más importantes! —Fijó sus ojos en los míos—. ¿Has empezado ya a sentirlos? Tu abuelo me dijo una vez que los suyos le surgieron a los doce años. —Contuvo la respiración—. No pretendía mencionarlo.
—Pero ¡lo has hecho! ¿Ahora por qué no me cuentas más cosas?
Sacudió la cabeza con aire grave.
—Olvidémonos de esto.
—¡Por favor, por favor! Cuéntame algo, aunque sea solo un poco. ¿Cómo era?
—No puedo decírtelo.
Noté que me ardían las mejillas.
—¡Debes decírmelo! De no haber tenido yo que saber algo sobre él, no lo habrías mencionado.
Branwen hundió la mano en sus rizos rubios.
—Era un mago, un mago formidable. Pero solo te contaré lo que dijo sobre ti. Antes de que nacieras. Me dijo que los poderes como los que él tenía a menudo se saltaban una generación. Y que yo tendría un hijo que...
—Que ¿qué?
—Que tendría poderes aún más increíbles que los suyos, poderes cuya magia brotaría de los manantiales más profundos. Tan profundos que, si llegaras a dominarlos, podrías cambiar el destino del mundo para siempre.
La miré boquiabierto.
—Eso no es verdad. Lo sabes tan bien como yo. ¡Mírame!
—Ya te estoy mirando —dijo sin inmutarse—. Y aunque ahora no seas como tu abuelo te describió, tal vez sí que lo seas algún día.
—No —protesté—. No es eso lo que quiero. ¡Lo que quiero es recuperar la memoria! Quiero saber quién soy en realidad.
—¿Y si al averiguarlo descubrieras tales poderes?
—Eso es imposible —repliqué en tono burlón—. Yo no soy ningún mago.
Branwen ladeó la cabeza.
—Puede que algún día te lleves una sorpresa.
De pronto recordé lo sucedido con el palo de Lud.
—Bueno... ya me la he llevado. Antes de que llegaras. Ocurrió algo extraño. No puedo asegurar que lo provocara yo. Pero tampoco puedo asegurar que no tuviese nada que ver.
Sin decir palabra, Branwen cogió un jirón de tela y empezó a enrollármelo en las costillas. Parecía mirarme con un respeto renovado, tal vez incluso con un atisbo de miedo. Movía las manos con más cautela, como si se quemara al tocarme. Sintiera ella lo que sintiese, y percibiera yo lo que percibiese, me incomodaba mucho. Ahora que empezaba a sentirme más próximo a Branwen, ella parecía más distante que nunca.
—Hicieras lo que hicieses —dijo al cabo—, lo hiciste con tus poderes. Te han sido otorgados para que los utilices, son un regalo del cielo. De la más grandiosa de las deidades, aquella a la que dedico la mayor parte de mis oraciones, la que nos entregó a cada uno nuestros respectivos dones. No tengo ni idea de cuáles serán tus poderes, hijo mío. Solo sé que Dios no te los concedió para que los desaprovecharas. Lo único que quiere Dios es que los emplees bien. Antes, sin embargo, debes dominarlos, como dijo tu abuelo. Y, para ello, has de aprender a usarlos con sabiduría y con amor.
—Pero ¡yo no he pedido ningún poder!
—Ni yo. Como tampoco pedí que me llamaran hechicera. Pero tener un don siempre implica correr el riesgo de que los demás no lo entiendan.
—¿Y no te da miedo? El año pasado, en Llen, quemaron a una mujer que acusaban de hechicera.
Branwen levantó la mirada hacia los haces de luz que se colaban por las rendijas del techo.
—Dios Todopoderoso sabe que yo no soy ninguna hechicera. Lo único que hago es emplear como mejor sé los dones que pueda tener.
—Lo que haces es mezclar el saber antiguo con el nuevo. Y eso asusta a la gente.
Sus ojos de color zafiro se enternecieron.
—Ves más cosas de las que creía. Sí, eso asusta a la gente. Como casi todo hoy en día.
Ató el vendaje con cuidado.
—El mundo está cambiando, Emrys. Yo nunca había conocido una época como esta, ni siquiera en... el otro lugar. Invasores de allende el mar. Mercenarios que cada día sirven a alguien distinto. Cristianos en guerra con los que profesan las antiguas creencias. Los que profesan las antiguas creencias en guerra con los cristianos. La gente tiene miedo. Se muere de miedo. Aquello que no se entiende se atribuye a la obra del demonio.
Con el cuerpo rígido, me incorporé.
—¿A veces no desearías...? —Incapaz de terminar, tuve que tragar saliva—. ¿No tener ningún don? ¿No ser tan diferente? ¿No ser tachada de demonio?
—Claro que sí. —Se mordió el labio con aire pensativo—. Pero es entonces cuando recurro a la fe. El nuevo saber es poderoso. Muy poderoso. ¡Basta con fijarse en cómo influyó en santa Brígida y san Columba! Sin embargo, por lo que conozco del saber antiguo, te puedo asegurar que también es muy poderoso. ¿Tan iluso es desear que el uno conviva con el otro? ¿Que el uno complemente al otro? Porque, aunque el mensaje de Jesús me llegue al alma, no puedo olvidar el mensaje de los demás. El de los judíos. El de los griegos. El de los druidas. Ni tampoco el de otros aún más antiguos.
La miré afligido.
—Sabes muchas cosas. Al contrario que yo.
—Ahí te equivocas. Sé muy poco. Prácticamente nada. —Un súbito gesto de dolor nubló su mirada—. Por ejemplo... ¿por qué nunca me llamas «madre»?
Sentí que se me clavaba un puñal en el corazón.
—Eso es porque...
—¿Sí?
—Porque en realidad no creo que lo seas.
Branwen jadeó.
—¿Y tampoco crees que te llames Emrys?
—No.
—¿Ni que yo me llame Branwen?
—No.
Inclinó la cabeza hacia arriba. Estuvo un buen rato con la mirada fija en el techo de paja, ennegrecido por el hollín de la lumbre con la que cocinábamos. Al cabo, volvió a mirarme.
—En cuanto a mi nombre, estás en lo cierto. Lo saqué de una antigua leyenda cuando llegamos aquí.
—¿Aquella que me contaste? ¿La de Branwen, la hija de Llyr?
Asintió.
—¿La recuerdas? Entonces recordarás que Branwen llegó de otra tierra para casarse en Irlanda. Su vida empezó cargada de esperanza y hermosura.
—Y terminó —apunté— convertida en una gran tragedia. Sus últimas palabras fueron: «Maldito el día en que nací».
Me tomó de la mano.
—Pero se trata de mi nombre, no del tuyo. De mi vida, no de la tuya. ¡Te ruego que me creas! Te llamas Emrys. Y yo soy tu madre.
Un sollozo me atenazó la garganta.
—Si de verdad eres mi madre, ¿no puedes decirme dónde está mi hogar? Mi auténtico hogar, el lugar al que pertenezco de verdad.
—¡No, no puedo! Esos recuerdos son demasiado dolorosos para mí. Y demasiado peligrosos para ti.
—Entonces ¿cómo esperas que te crea?
—Hazme caso, te lo ruego. ¡Si no te lo digo es porque me preocupo por ti! Si perdiste la memoria, fue por algún motivo. Fue una bendición.
Fruncí el ceño.
—¡Es una maldición!
Branwen se me quedó mirando con los ojos empañados. Me dio la impresión de que iba a decirme algo, a confesarme al fin lo que tanto ansiaba saber. De pronto, me estrechó la mano, pero no lo hizo por compasión, sino por temor.
VI
LLAMAS

Una silueta apareció en la entrada, bloqueando la luz.
Salté del jergón y volqué el cuenco de madera de Branwen.
—¡Dinatius!
El chico nos señaló con su brazo musculoso.
—Salid —nos instó.
—No. —Branwen se puso de pie y se colocó a mi lado.
Los ojos plomizos de Dinatius despidieron un destello de rabia. Miró hacia atrás de soslayo y gritó:
—¡Sacadla a ella primero!
Entró en la choza, seguido por dos de los muchachos de la plaza. Lud no venía con ellos.
Agarré a Dinatius del brazo. Se zafó de mí como si yo fuera una simple mosca, empujándome de espaldas contra la mesa donde estaban los utensilios y los ingredientes de Branwen. Las cucharas, los cuchillos, los coladores y los cuencos se desperdigaron por el suelo de la choza al tiempo que la mesa cedía bajo mi peso. Los líquidos y las pastas salpicaron las paredes de arcilla mientras las semillas y las hojas salían volando.
Al verlo forcejear con Branwen, me levanté de un brinco y me abalancé sobre él. Se volvió y me abofeteó con tanta fuerza que salí despedido de espaldas contra la pared. Me quedé allí tirado, aturdido por un instante.
Cuando logré reaccionar, me di cuenta que estaba solo en la choza. Al principio no comprendía lo que había sucedido. Sin embargo, al oír gritos fuera, me dirigí a la salida a trompicones.
Branwen estaba tendida en medio del camino, a unos veinte o treinta pasos de la choza. Le habían atado las manos y las piernas con una cuerda trenzada. En la boca le habían metido un jirón de tela que le habían arrancado del vestido, para que no pudiera gritar. Al parecer, los comerciantes y los aldeanos de la plaza seguían afanados en sus labores y aún no habían reparado en ella, o tal vez preferían no intervenir.
—Miradla —se rio un muchacho delgaducho de cara mugrienta mientras señalaba a la silueta tendida en el camino—. Ya no da tanto miedo.
Su compañero se echó también a reír, sujetando un trozo de cuerda.
—¡La mujer demoníaca se lo tiene bien merecido!
Eché a correr en su auxilio. De pronto, descubrí a Dinatius, agachado ante un montón de maleza que habían apilado bajo las gruesas ramas del roble. Cuando le arrojó la palada de brasas llameantes que había sacado de la herrería, sentí un escalofrío. «Una hoguera. Pretende encender una hoguera».
Las llamas crepitaron entre los hierbajos. Una columna de humo ascendió aprisa hacia las ramas del árbol. Dinatius había vuelto a levantarse y contemplaba su obra con los brazos en jarras. Al ver su silueta recortada contra el fuego, él sí me pareció un demonio.
—¡Dice que no le teme al fuego! —recordó Dinatius. Cuando los demás asintieron, añadió—: ¡Dice que no puede quemarse!
—¡Comprobémoslo! —dijo el que sujetaba la cuerda.
—¡Fuego! —exclamó uno de los comerciantes al ver las llamas.
—¡Apagadlo! —gritó una mujer mientras salía de su cabaña.
Sin embargo, antes de que nadie pudiera hacer nada, los dos muchachos agarraron a Branwen por las piernas y la arrastraron hacia el árbol ardiente, donde Dinatius los esperaba.
Salí corriendo de la choza, con los ojos clavados en Dinatius. Sentí desatarse la rabia dentro de mí, una rabia que no había conocido hasta entonces. Incontrolable e implacable, anegó mi ser como una ola gigantesca, tragándose cuantos pensamientos y sentimientos encontraba a su paso.
Al ver que me acercaba, Dinatius sonrió.
—Justo a tiempo, hijo del demonio. Os asaremos a los dos juntitos.
Un único deseo se apropió de mi voluntad: «Que arda. Que arda en el infierno».
El árbol se estremeció entonces con un crujido, como si un rayo acabara de partirlo por la mitad. Dinatius se volvió en el preciso instante en que una de las ramas más grandes, tal vez debilitada por el fuego, se partía. Cayó justo encima de él, atrapándole el pecho y aplastándole los brazos. No le dio tiempo a escapar. Como el hálito de una manada de dragones, la fogarada se encabritó. Los aldeanos y los comerciantes se disgregaron. Las ramas estallaron deshechas en llamas, mientras el estrépito de los chasquidos luchaba por imponerse a los gritos del muchacho atrapado.
Corrí hacia Branwen. La habían dejado caer solo a unos pocos pasos del árbol incendiado. El fuego ya le lamía la túnica. Sin perder un segundo, aparté a Branwen de las llamas hambrientas y le deshice las ataduras. Se sacó la tela de la boca y me miró fijamente, entre agradecida y temerosa.
—¿Lo has hecho tú?
—Creo... Creo que sí. Una especie de hechizo.
Clavó en mí su mirada de zafiro.
—Tu magia. Tu poder.
Sin darme tiempo a responderle, un grito escalofriante escapó de entre las fauces de las llamas. Se alargó hasta el infinito: fue un grito de pura agonía. Al oír aquella voz, aquel lamento de impotencia, se me heló la sangre. Supe de inmediato lo que había hecho. Supe también lo que debía hacer.
—¡No! —protestó Branwen, agarrándome de la túnica.
Pero ya era demasiado tarde. Ya me había sumergido en las llamas furibundas.
VII
ESCONDIDO

Voces. Voces angelicales.
Me incorporé de golpe. ¿Serían ángeles de verdad? ¿Estaría muerto de verdad? La oscuridad me envolvía. Más opaca que cualquier noche que recordase.
A continuación, dolor. El dolor que sentía en la cara y en la mano derecha me indicaron que, en efecto, estaba vivo. Era un dolor intenso. Punzante. Como si me estuvieran desollando vivo.
Aparte del dolor, noté un peso extraño en la frente. Con cautela, me llevé las manos a la cara. Caí en la cuenta de que tenía los dedos de la mano derecha vendados. También la frente, las mejillas, los ojos... Todo lo tenía cubierto con unos paños fríos, húmedos, que olían a hierbas acres. El más leve de los roces me causaba un dolor lacerante.
Una puerta pesada chirrió al abrirse. Alguien se acercaba; el eco de sus pasos contra el suelo de piedra resonaba en el techo altísimo que quedaba encima de mi cabeza. La cadencia de los pasos me resultaba familiar.
—¿Branwen?
—Sí, hijo mío —me respondió una voz desde la oscuridad—. Te has despertado. Me alegro. —Aun así, la noté más afligida que alegre mientras me acariciaba la nuca con delicadeza—. Tengo que cambiarte los vendajes. Me temo que va a dolerte.
—No. No me toques.
—Tengo que hacerlo, si quieres curarte.
—No.
—Emrys, tengo que hacerlo.
—Está bien, ¡pero ten cuidado! Ya me duele bastante.
—Lo sé, lo sé.
Hice todo lo posible por quedarme quieto mientras ella me retiraba los vendajes poco a poco, tocándome con la ligereza de una mariposa. A medida que trabajaba, me aplicó en la cara unas gotas de un líquido que olía a fresco, como el bosque después de llover, y que pareció apaciguar mínimamente el dolor. Cuando me sentí un poco mejor, las preguntas brotaron empezaron a brotar a borbotones de mi boca.
—¿Cuánto tiempo he dormido? ¿Dónde estamos? ¿Qué son esas voces?
—Estamos... Perdóname si esto te escuece... Estamos en la iglesia de San Pedro. Nos han acogido las monjas que viven aquí. Es a ellas a quienes oyes cantar.
—¡San Pedro! Eso está en Caer Myrddin.
—Eso es.
Al sentir que una corriente fría entraba por alguna ventana o alguna puerta, me ceñí a los hombros la tosca manta de lana.
—Pero está a varios días de viaje, aun yendo a caballo.
—Eso es.
—Pero...
—No te muevas, Emrys, mientras te desato esto.
—Pero...
—No te muevas... Así. Un momento. Eso, ya está.
Cuando el vendaje se desprendió, dejé de preguntarme cómo habíamos llegado allí. Un nuevo interrogante se impuso a todos los demás: aunque ya no tenía los ojos tapados, seguía sin poder ver.
—¿Por qué está tan oscuro?
Branwen no me respondió.
—¿No has traído una vela?
Tampoco me respondió.
—¿Es una pesadilla?
Branwen siguió sin responderme. Sin embargo, no hizo falta, la respuesta me la dio un cuco, que empezó a cantar muy animado cerca de allí.
Los dedos de la mano sana me temblaron mientras me tocaba la piel lastimada en torno a los ojos. Hice una mueca de dolor al palpar las costras; la piel de debajo todavía estaba en carne viva. No tenía vello en las cejas y tampoco me encontré las pestañas. Cerrando los ojos con fuerza para enfrentarme al dolor, me exploré los bordes de los párpados, cubiertos de costras y cicatrices.
Sabía que había abierto bien los ojos. Sabía que no podía ver nada. Y, con un escalofrío, supe algo más.
Estaba ciego.
Presa de la angustia, solté un grito. De pronto, al oír de nuevo el canto del cuco, tiré a un lado la manta. Pese a lo débiles que tenía las piernas, me obligué a levantarme del jergón, apartando la mano de Branwen cuando intentó detenerme. Caminé por el suelo de piedra, siguiendo el sonido de mis pasos.
Me tropecé con algo y me caí. Aterricé encima de mi hombro. Al alargar los brazos, solo encontré la superficie de las piedras del suelo. Eran duras y frías, como una tumba.
La cabeza me dio vueltas. Sentía a Branwen ayudándome a levantarme, y oía sus sollozos contenidos. Aparté esa imagen de mi mente. Di unos pasos torpes, hasta que mis manos encontraron una pared de sólida roca. El canto del cuco me dirigió hacia la izquierda. Los dedos de la mano intacta palparon el borde de una ventana.
Me agarré al alféizar y me acerqué un paso. Sentí el escozor del aire frío en la cara. El cuco cantaba tan cerca de mí que podría haberle acariciado las alas con solo estirar la mano. Por primera vez en varias semanas sentí que la luz del sol me acariciaba la cara. Sin embargo, por mucho que lo intentara, no conseguía verlo.
«Se ha escondido. El mundo entero se ha escondido».
Me flaquearon las piernas. Caí al suelo y me di con la cabeza contra las piedras. Y lloré.
VIII
EL DON

Durante las semanas siguientes, que acabaron siendo meses, mi tormento inundó las salas de la iglesia de San Pedro. Las monjas que allí residían, conmovidas tanto por la solidez de la devoción de Branwen como por la gravedad de mis quemaduras, nos habían abierto las puertas de su santuario. No podían sentir más que compasión por aquella mujer que consagraba todo el día a las plegarias y las atenciones a su hijo malherido. En cuanto a mí, me evitaban siempre que podían, por lo cual les estaba agradecido.
Todos mis días eran negros, tanto por mi estado de ánimo como por mi vista. Me sentía como un párvulo, apenas capaz de gatear por la cámara de fría piedra que compartía con Branwen. A través del tacto, llegué a conocerme bien las cuatro duras esquinas, las desiguales vetas de argamasa que unían las piedras, la solitaria ventana junto a la que pasaba las horas, esforzándome por ver. Sin embargo, en lugar de obsequiarme con algo de luz, la ventana me torturaba con el canto jovial del cuco y el bullicio lejano del mercado de Caer Myrddin. De vez en cuando, el olor de un guiso o el perfume de un árbol en flor flotaban hasta mí, mezclándose con los aromas de tomillo y de raíz de haya que emanaban de la mesita que Branwen tenía junto a su jergón. Yo, no obstante, no podía salir en busca de esas cosas. Estaba preso, confinado en la mazmorra de mi ceguera.
En dos o tres ocasiones reuní el valor suficiente para echar a andar, guiándome por el tacto hasta que mis manos dejaban atrás la pesada puerta de madera y me conducían al laberinto de pasillos y cámaras que se extendía al otro lado. Al escuchar con atención los ecos de mis pasos, descubrí que podía estimar la longitud y la altura de los pasadizos y el tamaño de las salas.
Un día di con una escalera cuyos peldaños de piedra se habían desgastado con el paso de los años hasta quedar reducidos a unas finas láminas. Palpé la pared con cautela mientras descendía y, al llegar abajo, abrí una puerta que me condujo a un patio perfumado. La hierba mojada me cosquilleaba los pies; el viento cálido me acariciaba la cara. Recordé de pronto lo agradable que era estar al aire libre, tendido en la hierba, bajo el sol. Oí cantar a las monjas en los claustros cercanos. Empecé a andar más rápido, ansioso por encontrarlas y me di de bruces contra una columna de piedra, con tanta fuerza que caí de espaldas en un charco de agua. Al tratar de levantarme, pisé una piedra suelta y caí de costado. Me golpeé la mejilla izquierda contra la base de la columna. Lleno de cardenales y ensangrentado, con los vendajes rotos, me quedé allí tendido, sollozando, hasta que Branwen dio conmigo.
Después de aquello no volví a levantarme del jergón, convencido de que durante el resto de mis días no sería más que una carga inútil para Branwen. Aunque me esforzara por pensar en otras cosas, siempre volvía a aflorar en mi memoria el día en que me busqué la ruina. La imagen de Branwen, atada y amordazada junto al árbol. La rabia que me abrasaba las venas. Las carcajadas de Dinatius mezcladas con los gritos. Las llamas que todo lo devoraban. Los brazos aplastados y el cuerpo fracturado bajo las ramas. Los gritos que solté cuando comprendí que me ardía la cara.
No recordaba el viaje hasta Caer Myrddin, pero, gracias a la sucinta descripción de Branwen, me lo imaginaba bastante bien. Casi podía ver la cara redonda de Lud, contemplándonos mientras nos alejábamos colina arriba en el carro del mercader ambulante que se había apiadado de la mujer de los ojos de color zafiro y de su hijo abrasado por el fuego. Casi podía sentir el vaivén del carro tirado por los caballos, oír los chirridos de las ruedas y los cascos de los caballos contra el camino. Casi podía saborear mi piel abrasada, oír los lamentos delirantes que solté sin descanso durante aquellos días y noches interminables de viaje.
Ahora, apenas nada interrumpía mi rutina. Los cánticos de las monjas. El sonido de sus pasos cuando se dirigían a los claustros, al comedor, a la sala de meditación. Las discretas cantilenas y oraciones que entonaba Branwen mientras hacía cuanto podía por curarme la piel. El infatigable canto del cuco, posado en un árbol susurrante al que yo no podía poner nombre.
Y la oscuridad. Siempre la oscuridad.
A veces, sentado en el jergón, me pasaba con cuidado los dedos por las costras de las mejillas y por debajo de los ojos. Los surcos que me cuarteaban la piel eran de una profundidad espantosa, como los de la corteza de un pino. Sabía que, pese a las habilidades de Branwen, me quedaría la cara marcada para siempre. Y, aunque un milagro me devolviera la vista algún día, esas cicatrices seguirían delatando mi necedad allí adonde fuese. Sabía que no me servía de nada pensar en todas esas cosas, pero no podía evitarlo.
Una vez me asaltó el deseo ferviente de dejarme barba. Me imaginé con una barba generosa y larga, propia de un sabio centenario. ¡Una barba magnífica! Sus rizos blancos me cubrían el rostro como una densa nube. Incluso temía que los pájaros fueran a anidar en ella.
Aquellos momentos de anhelo, no obstante, nunca duraban mucho. Caía presa de la desesperación, cada día un poco más. Ya nunca volvería a trepar a un árbol. Nunca correría libre por el campo. Nunca vería la cara de Branwen, salvo en mis recuerdos.
Empecé a dejar de comer. Por mucho que Branwen me insistiera, yo no tenía hambre. Una mañana, se arrodilló a mi lado en el suelo de piedra de la habitación y empezó a curarme las quemaduras sin decir palabra. Cuando fue a cambiarme el vendaje, me aparté de ella, meneando la cabeza.
—Ojalá me hubieras dejado morir.
—Tu hora no había llegado aún.
—¿Cómo lo sabes? —le espeté—. ¡Me siento como si ya estuviera muerto! ¡Esto no es vivir! Es una tortura interminable. Preferiría vivir en el infierno antes que aquí.
Me agarró de los hombros.
—¡No digas eso! Es una blasfemia.
—¡Es la verdad! Mira de qué me han servido tus poderes, lo que tú llamas «regalo del cielo». ¡Malditos sean estos poderes! Estaría mejor muerto.
—¡Ya basta!
Me zafé de ella con el pulso disparado.
—¡No tengo vida! ¡No tengo nombre! ¡No tengo nada!
Tragándose los sollozos, Branwen se puso a rezar.
—Dios santo, Salvador de mi alma, Hacedor de cuanto está escrito en el Gran Libro del cielo y la tierra, te lo suplico, ¡ayuda a este muchacho! ¡Por favor! Perdónalo. No sabe lo que dice. Si le devolvieras la vista, aunque solo fuera un poco, aunque solo fuera un momento, te juro que se ganará Tu perdón. ¡Nunca volverá a emplear sus poderes, si eso es lo que quieres! Pero ayúdalo. Te ruego que lo ayudes.
—¿Que nunca volveré a emplear mis poderes? —resoplé—. Gustosamente me desprendería de ellos si así recuperase la vista. De todas formas, nunca los pedí.
Amargado, tiré del vendaje de la frente.
—Además, ¿qué vida llevas tú ahora? ¡Tampoco es mucho mejor que la mía! Es la verdad. Puede que hables con coraje. Puede que engañes a esas monjas. Pero a mí no. Sé que te sientes desdichada.
—Me siento en paz.
—Mentira.
—Me siento en paz —mantuvo.
—¡En paz! —exclamé—. ¡En paz! Entonces ¿por qué tienes las manos irritadas de tanto escurrir paños? ¿Por qué tienes las mejillas manchadas de...?
No concluí la pregunta.
—Dios misericordioso —susurró Branwen.
—No... No lo entiendo. —Titubeando, acerqué la mano a su cara y le pasé los dedos por la mejilla con cuidado.
De inmediato, ambos supimos que, de alguna manera, yo «sentía» los surcos de sus lágrimas. Aunque no pudiera verlos con los ojos, tenía la certeza de que estaban ahí.
—Es otro don —dijo Branwen, asombrada. Me estrechó la mano con fuerza—. Tienes la segunda vista.
Yo no sabía qué pensar. ¿Sería esta la misma habilidad que un día me permitió abrir los pétalos de una flor? No. La sensación era distinta. Menos intencional, por alguna razón. ¿Y lo de ver los colores de su interior antes de que se abriera? Tal vez. Sin embargo, también eso parecía funcionar de otro modo. Esto parecía más bien... la respuesta a las plegarias de Branwen. Un regalo del cielo.
—¿Es posible? —pregunté amansado—. ¿De verdad es posible?
—Gracias a Dios, lo es.
—Comprobémoslo —propuse—. Levanta algunos dedos.
Así lo hizo.
Me mordí el labio inferior, esforzándome por percibirlos.
—¿Dos?
—No. Prueba otra vez.
—¿Tres?
—Prueba otra vez.
Me concentré y cerré los ojos de forma instintiva, aunque, por supuesto, eso no influyó en modo alguno. Tras un largo silencio, dije:
—Dos manos, no una. ¿Es así?
—¡Sí! Ahora... ¿cuántos dedos?
Pasaron los minutos. El sudor se me acumuló en la frente cruzada de cicatrices y me irritó la piel, aún tierna. Sin embargo, no flaqueé. Al cabo, inquirí con indecisión:
—¿Podrían ser siete?
Branwen respiró, aliviada.
—Son siete.
Nos abrazamos. En ese momento tuve claro que mi vida había cambiado por completo. Y sospeché que, durante el resto de mis días, le daría una especial importancia al número siete.
Sin embargo, lo más importante era otra cosa: se había hecho una promesa. Daba igual que la hubiera hecho yo, que la hubiera hecho Branwen, o que la hubiéramos hecho los dos. Nunca volvería a mover un solo objeto con la mente. Ni siquiera el pétalo de una flor. Tampoco leería el futuro de nadie, ni intentaría dominar los poderes que pudiera poseer. Pero podía ver de nuevo. Podía vivir de nuevo.
Recuperé el apetito de inmediato. Y, de hecho, no paré de comer, sobre todo si me traían gachas de pan mojadas en leche, mi plato favorito. O mermelada de moras con tarugos de pan. O mostaza con huevos de gansa crudos, con los que además me daba el gusto de revolverle el estómago a las monjas que tuviera cerca. Una tarde, Branwen fue al mercado y encontró un único pero suculento dátil, con el cual nos deleitamos como si de un banquete real se tratara.
Y, así, junto con mi apetito, resurgió mi vitalidad. Empecé a explorar los pasillos, los claustros, los patios de San Pedro. La iglesia se convirtió en mi dominio. ¡Mi castillo! Una vez, aprovechando que no había ninguna monja cerca, salí al patio a hurtadillas y me di un baño en el estanque. Lo que más me costó fue resistir la tentación de ponerme a cantar a voz en cuello.
Mientras tanto, a diario, Branwen y yo trabajábamos juntos durante horas con el fin de aguzar mi segunda vista. Durante las primeras prácticas empleamos cucharas, cuencos de cerámica y otros utensilios cotidianos que ella encontraba en la iglesia. Más adelante, me atreví con un pequeño altar de madera labrada con formas y textura sutiles. Por último, como cumbre de mi formación, me enfrenté a un cáliz de dos asas con complejos grabados en la superficie. Aunque me llevó casi una semana, finalmente conseguí leer las palabras inscritas en el borde: PEDID Y SE OS DARÁ.
Con la práctica entendí que podía ver mejor los objetos si estaban inmóviles y no muy lejos. Si se movían demasiado rápido o se mantenían a una cierta distancia, a menudo los perdía. Los pájaros que pasaban volando se fundían con el cielo sin más.
Asimismo, a medida que la luz se atenuaba, también mi segunda vista se nublaba. Al atardecer, tan solo podía intuir los contornos difuminados de las cosas. De noche no veía nada, a menos que una antorcha o la luna ahuyentasen la oscuridad. No acababa de comprender por qué mi segunda vista necesitaba que hubiera luz. Al fin y al cabo, no era como el sentido de la vista natural. Entonces ¿por qué le afectaba la oscuridad? Por otro lado, la segunda vista parecía mirar en parte hacia dentro y en parte hacia fuera. Quizás dependiera de lo que quedaba de mis ojos, de alguna forma que escapaba a mi entendimiento. O quizás necesitaba de otra cosa, algo que había dentro de mí, y que no terminaba de superar las pruebas.
Así pues, si bien era mucho mejor contar con la segunda vista que no ver nada, no podía compararse con el sentido que había perdido. A plena luz del día, solo podía percibir ciertos colores y de forma muy superficial, con lo que el resto del entorno permanecía ensombrecido por una impenetrable escala de grises. De ahí que, aun sabiendo que Branwen llevaba la cabeza y el cuello envueltos en un velo de un color más claro que su túnica holgada, no podía asegurar si la prenda era gris o parda. Empecé a olvidar una buena parte de lo que había aprendido sobre los colores de las cosas desde que llegara a Gwynedd.
Aun así, aceptaba esas limitaciones. Oh, sí, y con mucho gusto. Gracias a mi incipiente habilidad, me paseaba por los claustros y acudía al comedor con Branwen. Me sentaba junto a alguna monja y conversaba con ella durante un rato, fingiendo que la miraba con los ojos, sin que ella sospechara que seguían sin servirme de nada. Así, una mañana salí corriendo al patio, zigzagueando entre las columnas, hasta que me metí en el estanque de un salto.
Aquel día no reprimí las ganas de cantar.
IX
EL POLLUELO

A medida que mi segunda vista mejoraba, Branwen me ayudaba a leer las inscripciones en latín de los manuscritos religiosos de la iglesia. Los penetrantes olores del cuero y el pergamino me envolvían cada vez que abría alguno de aquellos volúmenes. Y las imágenes, aún más impactantes, me transportaban lejos de allí, al carro de fuego de Elías, a la última cena de Jesús, a las tablas de piedra de Moisés.
A veces, mientras escudriñaba aquellos textos, me olvidaba de mis problemas. Me fundía con aquellas palabras que me permitían contemplar las hazañas, los colores y los rostros con una viveza y una claridad que nunca había visto con mis ojos. Y comprendí, como nunca lo había hecho hasta entonces, que los libros son el verdadero material del que están hechos los milagros. Incluso me atreví a soñar que, algún día, de alguna manera, me rodearía de libros de todas las épocas y de todas las lenguas, tal como había hecho Branwen.
Mi segunda vista se fortalecía un poco con cada día que pasaba. Una mañana, comprobé que podía leer la expresión de Branwen a partir de la curvatura de sus labios y el brillo de sus ojos. Otra mañana, junto a la ventana, cuando miraba cómo el viento zarandeaba las ramas, supe que el árbol susurrante en el que moraba el cuco era un espino, frondoso y sombrío. Y una noche, por primera vez desde el día del incendio, distinguí una estrella que titilaba en el cielo.
A la noche siguiente, me situé en el centro del patio, lejos de las antorchas. Cercana al horizonte del norte brillaba una segunda estrella. A la noche siguiente, tres más. Después, cinco más. Ocho más. Doce más.
Branwen salió conmigo al patio el siguiente anochecer. Nos tendimos en el suelo, boca arriba. Branwen alargó el brazo para señalar la constelación de Pegaso. A continuación, pausada y rítmicamente, me contó la historia del majestuoso caballo alado. Embelesado por la narración, sentí que cabalgaba por el cielo a lomos del recio corcel. Saltamos de estrella en estrella, dejamos atrás la luna, galopamos a través del horizonte.
Desde entonces, cada noche, salvo cuando las nubes encapotaban el cielo, Branwen y yo nos tendíamos bajo la bóveda de negrura. Aunque me entusiasmaba leer los manuscritos de la iglesia, todavía me gustaba más interpretar el manuscrito de los cielos. De la mano de Branwen, me pasaba los anocheceres en compañía del Cisne, Acuario y la Osa (cuyas garras me rastrillaron la espalda en varias ocasiones). Corrí el trapo de la Vela, nadé a lo lejos con Piscis, marché junto a Hércules.
A veces, mientras exploraba las estrellas, imaginaba que todo el cielo se condensaba en una gloriosa capa. Sin pensármelo dos veces, me envolvía en ella. De color azul marino, salpicada de estrellas, se derramaba por mi espalda, destellando a cada paso que daba. Las estrellas se me acomodaban sobre los hombros. Los planetas orbitaban en torno a mi cintura. ¡Qué no daría por tener una capa así algún día!
Sin embargo, pese a mi entusiasmo, no podía olvidar lo mucho que no alcanzaba ver. El cielo nublado ocultaba algunas de las estrellas; mi vista nublada me ocultaba muchas más. Aun así, la alegría que sentía cuando sí podía ver superaba con creces la frustración que se apoderaba de mí cuando algo se me resistía. A pesar de las nubes, las estrellas nunca me habían parecido tan brillantes.
Aun así, seguía habiendo dentro de mí un rincón lóbrego que ni siquiera el fulgor de las estrellas conseguía alumbrar. Los fantasmas de mi pasado seguían acechándome. Sobre todo el recuerdo de lo que le había hecho a Dinatius. Seguía oyendo sus gritos, seguía viendo el terror en sus ojos, seguía tocando los restos retorcidos e inútiles de sus brazos. Cuando le pregunté a Branwen si había sobrevivido, no supo decírmelo. Solo sabía que todavía estaba al borde de la muerte cuando salimos de la aldea. Aun así, una cosa estaba clara: si bien se había empleado a fondo para provocarme, su brutalidad no había eclipsado la mía.
Además, había otra cosa que seguía corroyéndome, algo mucho más lacerante que el sentimiento de culpa: el miedo. Miedo a mí mismo y a mis temibles poderes. Cada vez que pensaba en ellos, una muralla de llamas se alzaba en mi cabeza, abrasándome el alma. Si llegaba el día en que me flaquearan las fuerzas de mantener mi promesa, ¿podría usar esos poderes, o esos poderes me usarían a mí? Si, presa de una rabia incontrolable, era capaz de acabar tan fácilmente con una persona y un árbol, ¿qué otras cosas podría arrasar en el futuro? ¿Podría atentar contra mí mismo, como había hecho con mis ojos?
«¿Qué clase de criatura soy en realidad?». Tal vez, en el fondo, Dinatius estuviera en lo cierto. Tal vez la sangre de algún demonio corriera por mis venas y una magia letal pudiera manar de mí en cualquier momento, del mismo modo que las serpientes monstruosas emergían de las profundidades del mar.
Así que, a pesar de la nueva luz que iluminaba mis días, seguía afligido por la oscuridad de mis miedos. Con el transcurso de las semanas, mi vitalidad, al igual que mi vista, siguió creciendo. Sin embargo, mi malestar también aumentó. En el fondo, sabía que nunca lograría apaciguar esos temores, a menos que, de un modo u otro, descubriera mi verdadera identidad.
Más adelante, una tarde, oí un ruido hasta entonces desconocido al otro lado de la ventana de la cámara. Emocionado, me acerqué. Aguzando la segunda vista, determiné de dónde procedía: las ramas del arbusto de espino blanco. Estuve un rato observando y escuchando. Al cabo, me volví hacia Branwen, que, como de costumbre, estaba sentada en el suelo, junto a mi jergón, moliendo unas hierbas.
—El cuco ha anidado en el arbusto de espino. —Al percibir la seguridad y la tristeza con la que hablé, Branwen dejó a un lado el mortero y la mano—. Lo he estado observando cada día en su nido. Puso un huevo. Lo protegió de las alimañas. Y ahora, al fin, el huevo ha eclosionado. El polluelo ha salido de la oscuridad.
Branwen estudió mi rostro con atención antes de responder.
—Y el polluelo ¿ha echado a volar? —preguntó con voz trémula.
Despacio, meneé la cabeza.
—Todavía no, pero muy pronto tendrá que hacerlo.
—¿No puede...? —Tuvo que tragar saliva antes de intentarlo de nuevo—. ¿No puede quedarse con su madre más tiempo? ¿No pueden compartir el nido durante una temporada más?
Fruncí el ceño.
—Todas las crías deben echar a volar cuando pueden.
—Pero ¿adónde? ¿Adónde irá?
—En este caso, debe buscarse a sí mismo. —Tras una pausa, añadí—: Para eso, debe buscar su pasado.
Branwen se llevó la mano al corazón.
—No. No hablas en serio. Tu vida no valdrá nada si regresas... allí.
—Mi vida no valdrá nada si me quedo aquí. —Di un paso hacia ella. Aunque los ojos me fuesen inservibles, la tanteé con mi nueva vista—. Si no puedes, o no quieres, decirme de dónde vengo, tendré que averiguarlo por mí mismo. ¡Por favor, entiéndelo! Debo saber cuál es mi verdadero nombre. Debo saber quiénes son mis verdaderos padres. Debo saber cuál es mi verdadero hogar.
—Quédate —me suplicó, desesperada—. ¡Solo tienes doce años! ¡Además, estás medio ciego! No te haces una idea del peligro que correrías. Escúchame, Emrys. Si te quedas conmigo unos años más, te convertirás en un hombre. Entonces podrás decidir lo que quieras ser. Bardo. Monje. Lo que prefieras.
Al ver mi mirada vacía, probó con otra táctica.
—Hagas lo que hagas, no lo decidas en este momento. Te contaré una historia para ayudarte a reflexionar y olvidar esta locura. ¿Qué tal una de tus favoritas? La del druida errante que salvó a santa Brígida de la esclavitud. —Sin aguardar mi respuesta, comenzó—: Llegó un día en la vida de la joven Brígida en que...
—Para. —Meneé la cabeza—. Debo saber cuál es mi propia historia.
Abatida, Branwen se levantó.
—Dejé atrás mucho más de lo que nunca podrás imaginar —me dijo—. ¿Sabes por qué? Para ponernos a salvo a ti y a mí. ¿No te basta con eso?
Guardé silencio.
—¿De verdad tienes que hacerlo?
—Podrías venir conmigo.
Branwen se reclinó contra la pared en busca de apoyo.
—¡No! No podría.
—Entonces dime cómo se llega allí.
—No.
—O, al menos, por dónde debería empezar.
—No.
Sentí el impulso acuciante de sondear su mente, como si del corazón de una flor se tratara. En ese momento, las llamas se encendieron, devorando mis pensamientos. Me acordé de mi promesa, y de mis miedos.
—Dime solo una cosa —le rogué—. Una vez me contaste que conocías a mi abuelo. ¿Conocías también a mi padre?
Contrajo el gesto con pesar.
—Sí. Lo conocía.
—¿Y era...? En fin, ¿no era humano? ¿Era... un demonio?
Branwen se puso rígida. Tras un largo silencio, volvió a hablar, con una voz que parecía a punto de extinguirse.
—Solo te diré una cosa. Si alguna vez te encuentras con él, recuerda esto: no es como pueda parecer.
—Lo recordaré. Pero ¿no puedes contarme nada más?
Meneó la cabeza.
—¡Se trata de mi padre! Solo quiero conocerlo.
—Es mejor que no lo conozcas.
—¿Por qué no?
En lugar de responderme, se limitó a sacudir la cabeza con pesar. Se acercó a la mesita donde tenía su colección de hierbas curativas. Seleccionó unas pocas con destreza y las molió hasta reducirlas a un polvo grueso que vertió en una talega de cuero dotada de un cordón. Al entregármela, me dijo, resignada:
—Puede que esto te permita sobrevivir un tiempo más.
Iba a responderle cuando ella prosiguió:
—Y toma esto, de la mujer que desearía que la llamases madre. —Muy despacio, introdujo la mano bajo la túnica y sacó su precioso colgante.
Pese a las limitaciones de mi vista, distinguí los destellos verdes.
—¡Pero es tuyo!
—Tú lo necesitarás más que yo.
Se quitó el colgante y envolvió la joya con los dedos una última vez antes de pasarme el cordón de cuero alrededor del cuello.
—Se llama... Galator.
El nombre me sobrecogió.
—Cuídalo bien —me dijo—. Su poder es inmenso. Si el Galator no consiguiera protegerte, será porque no hay nada que pueda hacerlo.
—Tú me has protegido. Construiste un nido seguro.
—Durante un tiempo, tal vez. Pero ahora... —Unas lágrimas afloraron en sus ojos—. Ahora debes echar a volar.
—Sí. Ahora debo echar a volar.
Con delicadeza, me acarició la mejilla.
Di media vuelta y salí de la cámara acompañado por el sonido de mis pasos resonando por el pasillo de piedra.
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