Kitabı oku: «Historia de Roma desde su fundación. Libros I-III»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 144


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER Y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JUAN GIL .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

López de Hoyos, 141 - 28002 Madrid

www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN, 1990.

REF. GEBO254

ISBN 9788424931834.

INTRODUCCIÓN GENERAL

I. INVITACIÓN A LA LECTURA DE LIVIO

Livio es una lectura saludable. Según cuentan, el rey D. Alfonso V de Aragón y I de Nápoles recuperó con la lectura de Livio la salud que ni la medicina ni la música habían podido devolverle; la lectura de Livio fue el único consuelo de Cola di Rienzi en la cárcel de Aviñón, manteniendo vivos sus ideales de libertad, y con el paso de los años, de la mano de Stendhal, hasta un personaje de ficción recurriría a sus reconfortantes efectos: Le Marquis, irrité contre le temps présent, se fit lire Tite-Live 1 .

Aunque lo parezca, esto no es una recomendación terapéutica. Para leer con gusto a Livio no es preciso estar aquejado de alguna enfermedad desconocida, ni siquiera de idealismo, y preso por ello; ni tampoco sufrir un ataque de gota y la enojosa lectura de la prensa del día, como Monsieur de la Molle. Esas anécdotas valen aquí sólo como indicio de la rara atracción que nuestro autor y su obra han ejercido a través de los tiempos. Por lo demás, la historia del restablecimiento de Alfonso el Magnánimo, tal como puede leerse en nuestros autores no es del todo segura; hay quien atribuye la virtud curativa a Quinto Curcio... 2 Pero no importa. Tan expresivo de la afición del rey por Livio, como que recuperara la salud leyéndolo, es que se arriesgara a perderla por leerlo: al acceder Alfonso al trono de Nápoles, Cosme de Médicis, queriendo granjearse su amistad para Florencia, le envía como prenda de paz un ejemplar de cada una de las décadas de Livio en espléndidos manuscritos. Cuando este precioso regalo llegó a manos del rey, sus médicos le aconsejaron que no lo abriera, no fuera a estar envenenado, pero Alfonso desechó todo temor, diciendo que los reyes estaban bajo una especial protección divina. Con razón se ha dicho que tuvo que ser su amor por Livio, sin cuya compañía nunca emprendía un viaje, lo que movió al rey a confiar en tan incierta garantía 3 .

De los numerosos testimonios de afección por Livio, el primero y más frecuentemente recordado es el de aquel ciudadano de la antigua Cádiz que vino —dice Plinio— «desde el último confín del mundo», sólo para ver en persona a Tito Livio. Llegó, lo vio, y volvió 4 . Otro curioso y anónimo homenaje brilla en una lista de libros de hacia el año 1040, procedente de la abadía de Cluny, en la que figuran los títulos elegidos por los monjes como lectura de cuaresma. De los sesenta y cuatro que había, sesenta y tres optaron por comentarios bíblicos y obras de los Santos Padres, o Historias de la Iglesia; el último eligió a Livio. P. G. Walsh, cuyo Livy, his historical aims and methods debería ser declarado libro de cabecera del livianista moderno, confiesa en otra parte que entre los muchos tributos a la llamada de Livio éste es su preferido 5 .

Nunca sabremos las razones de esos homenajes anónimos, pero, seguramente, no fueron muy distintas de las que encontramos en una carta dirigida a Livio (Franciscus Tito Livio salutem) , en 1351, por otro entusiasta suyo: Francesco Petrarca. En ella leemos que a Petrarca le hubiera gustado coincidir con Livio en el tiempo: su época habría sido mejor viviendo Livio entonces, o él mismo habría podido mejorar siendo contemporáneo suyo, dispuesto como estaba a ir no ya a Roma desde Hispania, sino a la India, para verlo. Ahora —dice Petrarca— lo ve en sus libros, a los que acude siempre que desea olvidar un tiempo que sólo aprecia riquezas y placeres, y agradece que su lectura le sumerja en siglos más felices y le haga sentir que vive junto a Cornelios, Lelios, Fabios, Metelos, Brutos, Decios, Catones, Régulos, Cursores, Torcuatos, Valerios, Salinatores, Claudios, Nerones, Emilios, Fulvios, Flaminios, Atilios, Quincios y Camilos,... y no con los granujas redomados entre quienes le había hecho nacer su mala estrella 6 .

Para Petrarca el atractivo de Livio es de naturaleza ética y estética. Lo que espera y recibe de su lectura, por la fuerza psicagógica de su expresión literaria, es un beneficio moral: una especie de bautismo por inmersión en un pasado utópico, que purifica de la contaminación de los males presentes mediante el olvido y el consuelo. El pasado como edad dorada y como refugio, y la fe en la capacidad formativa de la historia son temas genuinamente titolivianos cuya presencia en Petrarca revela una estrecha congenialidad entre ambos. La imagen de la inmersión en el pasado define lo más característico del influjo de Livio; que no actúa reflexivamente, conduciendo al lector hacia el análisis racional de los hechos, sino emotivamente, convirtiéndolo en partícipe de los desengaños y esperanzas de un alma humana universal, a través de las vicisitudes históricas de un pueblo.

Esos mismos sentimientos de congenialidad y de admiración ante el poder de la palabra eran los que llevaban a escuchar a Livio al reducido público que acudía a sus lecturas, según cuenta Claudio Eliano: «Había en Roma dos historiadores, Tito Livio, cuya gloria propagó la fama, y Cornuto, de quien se sabía que era rico y sin hijos. Para oír a Cornuto se congregaba una multitud de aduladores con sus esperanzas puestas en la herencia; a Livio iban a escucharlo sólo unos pocos, pero entre quienes valían elegantia animi et facundia litterarum » 7 .

Aunque también lo parezca, esto no es tampoco un panegírico. Si tuviéramos que elegir un solo testimonio de aversión por Livio, ¿cuál mejor que el de un emperador? Calígula lo detestaba; le parecía verboso y negligente, y a punto estuvo de hacerlo desaparecer —scripta et imagines — de las bibliotecas 8 . Se ha dicho que su juicio, que imponía el mismo destierro a Homero y a Virgilio, era un elogio, más que una crítica; pero ¿no tendría algo de razón, teniendo en cuenta que los frecuentes descuidos que hay en Livio le niegan el título de historiador exacto y riguroso, y que algunos tratadistas de retórica ejemplifican el pleonasmo, o redundancia, con alguna frase suya...? Para otros, el mayor defecto de Livio estriba en ser demasiado propenso a la lección moral.

No es fácil argumentar contra la prevención. Tal vez valgan los ejemplos. Yo desdeñaría leer el relato titoliviano por su poco valor como historia científica, si no tuviera conocimiento de rectificaciones de sabios eminentes al respecto; si personas igualmente autorizadas no me dijeran que lo más legendario de la historia romana de Livio cubre firmes cimientos de realidad; o si no fuera evidente que unos dos tercios de los últimos libros conservados, a pesar de su apariencia de buena literatura, siguen muy de cerca a un autor de tanta garantía como Polibio.

Frente a las otras causas de disuasión, el moralismo inoportuno y los excesos de su facilidad de palabra, tenemos un término de comparación bastante ilustrativo en la continuación de la «parábola de los dos historiadores» según Eliano, que dice así: «Pero el Tiempo, insobornable e incorruptible, y su guardiana, compañera y vigilante, la Verdad, que no necesitan riquezas, ni sueñan con la sucesión de una herencia, ni se dejan atrapar por nada torpe, falso, indigno o menos liberal, al uno lo mostraron, lo sacaron a la luz como a tesoro oculto y —diré con Homero— repleto de muchos bienes, y éste era Livio; mas al opulento y colmado de riquezas, a Cornuto, lo cubrieron de olvido». ¿Habrá que decir que Livio no llega nunca a esos extremos de oratoria rimbombante, ni es tan pedestre y retórico en su afán aleccionador?

La variedad y abundancia del tesoro escondido que es Livio se manifiesta en las oscilaciones y altibajos de su estilo. Puede decirse que en Livio, el estilo es el espejo de la idea. Está claro que hay, por decirlo brevemente, hechos sin ideas: realidades que Livio, o su época, no sabían valorar, sobre las que no tenían ideas. Pero el historiador no inventa su argumento, no puede silenciar lo que a sus ojos —nos lo dice la forma en que lo cuenta— carecía de germen literario. En Livio hay muchas páginas de árida lectura; su valor consiste en ser un yacimiento inestimable de información para la historia diplomática, militar, política, económica, o social de la República romana, por no hablar... de su contribución al estudio de la «ufología» en la Antigüedad 9 . En fin, es igualmente cierto, por otra parte, que Livio, o su época, valoran hechos, tienen ideas que hoy han perdido vigencia, que nos son ajenas; y que, por tanto, no siempre congeniamos con él. De todas formas, Livio no es nunca irritante, y la satisfacción de su prosa maestra es siempre una compensación segura.

Léon Catin, que ha hecho de la lectura literaria de Livio un ejercicio de inteligencia y de sensibilidad, terminaba su estudio preguntándose qué interés presenta para un espíritu moderno una obra como la de Livio, de forma e inspiración romanas. No es de extrañar que antes y después de él, en tiempos de descrédito de Livio, o de progresivo alejamiento de la antigüedad clásica, otros se hayan planteado la misma pregunta 10 .

Pocos años antes, Paola Zacan, al final de su ensayo sobre el historiador, con el que pretendía reivindicar la originalidad y seriedad del paduano como filósofo y poeta de la historia y reconstruir su armónico sistema conceptual, reducido a una deshilvanada colección de noticias y opiniones por la crítica adversa de historiadores y filólogos, había respondido con la paradoja: «precisamente en razón del contraste que se ha producido entre los modernos y Livio, éste puede ser para los modernos una lectura provechosa. Livio representa la permanencia del sentimiento de lo eterno frente a nuestro sentimiento de lo inseguro y fugaz» 11 .

Décadas después, Luciano Perelli, menos esencialista, no tan entusiasta, más objetivo, destacaba el valor añadido de la lectura de Livio sobre la de otros historiadores antiguos seguramente más próximos a la actitud contemporánea ante la historia. En su opinión, «el lector moderno tal vez prefiera el contacto con los problemas concretos y el compromiso político de un Salustio a la ingenua fe de Livio en los principios de la romanidad, pero es siempre cosa del máximo interés descubrir a través del candor moralístico de Livio el significado histórico de los valores heredados por él de una tradición secular y los problemas políticos reales que se ocultan bajo el ropaje encomiástico y la bella forma literaria» 12 .

Por su parte, el propio Catin recordaba en primer lugar que Livio ha sido, desde el Renacimiento, una de las fuentes que nutren la filosofía política, la literatura y el arte europeos: su imagen de Roma ofreció temas, razones, ejemplos y modelos a Maquiavelo, Montesquieu, Macaulay; Tiziano, Poussin, David; Shakespeare, Corneille, Voltaire, etc., etc., de modo que su obra y nuestra cultura se iluminan recíprocamente. Pero también «lejos de los teatros y museos» —escribe Catin— «l’honnête homme hallará siempre placer en reencontrarse con Livio». Porque la lectura de Livio, fácil y fecunda a la vez, devuelve a nuestra alma un poco de su frescura infantil. Si leer es apartarnos de nosotros mismos, volver de Livio es regresar enriquecidos de belleza, si no de sabiduría, de las memorias de un romano ami du vrai, du beau et du bien ».

II. TITO LIVIO: PATRIA, CARÁCTER, VIDA Y ESCRITOS 13

Tito Livio nació y murió en Patavium (hoy, Padua), donde también pasó, probablemente, la mayor parte de su vida. El ambiente paduano contribuyó a forjar en él un carácter austero, independiente y conservador: a pesar de su relativo aislamiento, Patavium era una ciudad próspera y culta; se distinguía por la proverbial severidad moral de sus habitantes, y era, por entonces, feudo del tradicionalismo político.

Livio gozó de una dilatada existencia de la que apenas nos han llegado noticias. Según la Crónica de S. Jerónimo, vivió entre el 59 a. C. y el 17 d. C. Hoy se suele dudar de la exactitud de esas fechas y voces autorizadas defienden como cronología más verosímil los años del 64 a. C. al 12 d. C., pero no hay razones de peso para el cambio 14 .

La obra de su vida fue una monumental Historia de Roma en 142 libros, de los que se conservan 35 (I-X y XXI-XLV, con varias lagunas en los cinco últimos) y un par de fragmentos (de los libros CXI y CXX). Aunque el texto se nos ha transmitido, por lo general, en grupos de diez libros, o décadas, y este término figura en el título de numerosos manuscritos (de donde pasó a las primeras traducciones, p. e. Las décadas de Tito Livio , por el canciller Ayala), el título original de la obra es casi seguro que fue Ab Urbe condita («Desde la fundación de la Ciudad»). Tras hacer en el libro I un resumen de los primeros siglos de Roma (hasta el final del período monárquico), Livio narraba luego año por año la historia de la República; su relato llegó hasta el año 9 a. C., aunque no es posible saber si éste fue un final previsto, o si la obra quedó incompleta. La parte conservada alcanza hasta el año 167 a. C.; la parte perdida se conoce, a grandes rasgos, gracias a las periochae , unos resúmenes del contenido de cada libro debidos a un autor anónimo de la antigüedad tardía (faltan las de los libros CXXXVI y CXXXVII). Los restantes escritos de Livio se perdieron del todo; versaron sobre cuestiones de historia, filosofía y teoría literaria.

El origen paduano de Livio aparece confirmado por el testimonio de numerosos autores: Asinio Polión se burlaba de su patavinitas , Asconio, que también era de Patavium , se refiere a él como Livius noster , y la ya mencionada Crónica de Jerónimo registra su nacimiento en los siguientes términos: Messalla Corvinus orator nascitur et Titus Livius Patavinus scriptor historicus ; que Livio murió en Padua, lo atestigua expresamente S. Jerónimo: Livius historiographus Patavi moritur 15 .

Las noticias que nos han llegado sobre la larga vida de Livio son tan escasas que se le ha llamado «el historiador sin historia», «la figura más nebulosa entre los grandes clásicos». Tal vez por eso el dato más conocido, su patria, ha adquirido una importancia tan grande... Lo cierto es que algunos rasgos del carácter y de las actitudes de Livio casan muy bien con la conocida idiosincrasia de los paduanos, y que la historia de su ciudad se ha convertido en referencia obligada para la biografía hipotética del más universal de todos ellos.

Padua está situada en la Italia transpadana, no lejos de la costa norte del Adriático. Dominaba un extenso territorio de laberínticos canales y marismas, que le brindaban protección y oportuna salida al mar. «Roma de los vénetos», también Padua se gloriaba de un origen troyano; su otro orgullo era el de haber sabido mantener su libertad y preservar su identidad colectiva en el respeto a sus tradiciones antiguas. A lo largo de su historia los paduanos se habían defendido, con éxito, de los etruscos, de los galos y de los griegos, y sólo la discordia civil, en el 174 a. C., los inclinó a aceptar como mejor solución la autoridad de Roma. Aun así, su invariable actitud prorromana durante la pasada guerra contra Aníbal, les valió, conservar una cierta independencia, hasta que en el 49 a. C., declarada Patavium municipio, obtuvieron plenos derechos de ciudadanía.

Patavium tuvo la suerte de permanecer al margen de los campos de batalla y de las sangrientas revanchas de la guerra civil, aunque sufrió fuertes exacciones por parte de Marco Antonio en represalia por su actitud prosenatorial. Este alejamiento permitió a los paduanos desarrollarse en paz. Los descendientes de belicosos héroes criadores de caballos, apacentaban pacíficas ovejas. Nudo de caminos y centro de comarcas ricas en pastos, Patavium prosperó con el comercio y la artesanía de excelentes tejidos de lana. En el censo del 14 d. C., era la segunda ciudad de Italia más poblada y próspera, con 500 ciudadanos lo bastante ricos como para figurar entre los equites , «la clase alta no-política, terratenientes, comerciantes y financieros, que junto a los senatores conformaban la plutocracia romana» 16 .

Las numerosas inscripciones halladas en la zona confirman la importancia de la ciudad. Los nombres reflejan una sociedad fuertemente latinizada; otros indicios sugieren un notable influjo helénico en los estratos más educados. Por otra parte, el reducido número de epígrafes de tipo honorario o laudatorio distingue a sus habitantes de la habitual petulancia provinciana, lo que concuerda con la imagen proverbial del paduano como hombre parco y morigerado 17 .

Como buen paduano, Livio está orgulloso de serlo. Comienza su historia de Roma con el desembarco del troyano Antenor en litoral véneto, es decir, el más cercano a Padua, y la fundación allí de una nueva Troya. En su momento destacará que sólo aquel rincón se mantuvo libre del dominio etrusco y recordará la historia del año 174 a. C.; pero, sobre todo, su relato de la incursión naval de Cleónimo contiene unos toques descriptivos tan vívidos y una emoción evocadora tan intensa que, como se ha dicho agudamente, «si no abundaran tanto los testimonios acerca de la patria de Livio, este pasaje avalaría Patauium como la más probable» 18 .

El espíritu independiente de los vénetos se manifiesta en Livio como libertad ante el poder político y como de fensa de las propias convicciones frente al dictado de la opinión común. Esa cierta altivez del paduano que se distingue de su entorno podría explicar incluso la insensibilidad que se le ha reprochado hacia la Italia del Norte, porque la patria de Livio es Padua y puede ser Roma, pero no se siente especialmente cisalpino, o transpadano 19 .

Es lógico pensar que el ambiente de su patria chica influyera en la actitud de Livio ante la política y en su severidad moral. Se ha dicho que Livio muestra por la acción política, como práctica personal y como objeto de análisis histórico, la insensibilidad de la burguesía provinciana, a la que interesan sobre todo la paz y la estabilidad del orden social, es decir, los efectos de la política, más que su ejercicio. En su constante anhelo de paz y de concordia y en su posición conservadora y pro-senatorial tal vez se manifieste la honda huella que debió de dejar en el joven Livio la represión sufrida por la defensa de la legalidad que Padua enarboló como bandera en el conflicto entre Marco Antonio y el Senado 20 . Por aquel tiempo, año 43 a. C., actuaba, como agente de Antonio, Asinio Polión, gobernador de la Cisalpina y ejecutor de las represalias contra la ciudad. Asinio, que más tarde abandonaría la política para dedicarse también a la historia, censuraba en Tito Livio una cierta patauinitas que, interpretada en clave ideológica, o moral, identifica los rasgos más propios de su carácter y del ambiente en que se forjó: el «paduanismo» del que se burlaba Polión, dicen unos, era puro «palurdismo» político: la ingenuidad histórica de Livio, su concepción ética, su idea romántica de la historia; para otros, se trataba de la severidad de su carácter, o de la rigidez e intransigencia de sus actitudes políticas 21 .

Muchos aspectos de la personalidad de T. Livio aparecen vinculados a la imagen que se tenga de dónde y cómo vivió. Comúnmente se piensa que Livio, transcurrida su infancia y primera juventud en Padua, con la idea ya formada de escribir la historia de la «nación más grande de la tierra», abandonó la provincia y se trasladó a Roma, atraído como otros escritores por los aires de renovación cultural y política tras la victoria de Octaviano, y porque sólo allí habría podido disponer de los medios necesarios para llevar a cabo su proyecto. En Roma lo sitúan las anécdotas recogidas por Plinio y por Eliano, que ya hemos referido, y en Roma debieron de producirse los contactos de Livio con Augusto y con el futuro emperador Claudio, de los que hablan Tácito y Suetonio 22 . Además, las alusiones a la Roma contemporánea contenidas en su descripción de la ciudad primitiva parecen observaciones propias de alguien que reside en ella.

Sin embargo, estos argumentos no son conclusivos, mientras que Padua ofrece a mayor número de indicios una coherencia que Roma no ofrece. Se ha comprobado que las indicaciones de Livio sobre el espacio urbano de Roma contienen inexactitudes que hacen poco probable que residiera en ella largo tiempo 23 . Además, la vida imaginable de Livio afincado en Roma proyecta una imagen de su carácter que contenta a pocos. En Roma, durante cuatro largas décadas, Livio no habría hecho otra cosa que escribir. Sus errores en cuestiones militares y asuntos administrativos prueban que no desempeñó cargo público alguno, ni sirvió en el ejército. Sorprendentemente, para los activos círculos literarios de su tiempo, tan ligados a la política, este hombre dedicado en cuerpo y alma a la literatura y en buenas relaciones con la cúspide del poder es como si no hubiera existido. No queda sino pensar que, siendo como era persona retraída, fría y distante, sin humor y de pocos amigos, llevó una vida aislada y sedentaria, en el encierro de un gabinete de estudio 24 . Lo que ocurre es que no es ésa la imagen del carácter de Livio que la mayoría ve reflejada en su obra. Es cierto que hay un Livio atrabiliario, propenso al pesimismo y a la melancolía, sensible sobre todo a los aspectos negativos de la convivencia y poco condescendiente con las debilidades humanas, pero esa hosquedad —como el emblemático bastón de Bruto (I 56, 9)— recubre un alma idealista y compasiva, que conserva con optimismo su fe en el esfuerzo humano y la convicción de que la justicia de las cosas se impone finalmente 25 . Hay quien descubre en Livio un sano humor, una sólida ironía campesina; hay quien le encuentra una delicadeza y un calor humano únicos entre los historiadores antiguos 26 . Realmente, el silencio de Roma sobre Livio se explica mejor por su ausencia de la ciudad que por su hipotética misantropía.

Como segunda ciudad de Italia, Patavium debía de ofrecer oportunidades para la educación y el estudio no muy inferiores a las de la capital misma. Si Livio recibió en Padua la sólida formación intelectual que se refleja en su obra —el texto de Ab Urbe condita nos lo revela como buen conocedor de los autores griegos y romanos (oradores, historiadores y filósofos) 27 — seguramente también pudo desarrollar allí su dedicación literaria y disponer de las obras que serían la base de la suya. Es más, el carácter exclusivamente libresco de sus fuentes, el hecho de que no consulte documentos originales a los que habría tenido acceso en Roma, se comprende mejor, si no vivió allí, que por falta de exigencia personal como historiador 28 .

En 1351 Petrarca firmaba su carta a Livio en Padua, «donde tú naciste y estás sepultado», en el atrio de Santa Justina, «ante la lápida misma de tu tumba». El epitafio al que se refiere Petrarca era, en realidad, el de un liberto 29 . Más tarde se descubrió otro que sí podría ser el de nuestro historiador, aunque existen dudas sobre su autenticidad: T . LIVIVS . C . F . SIBI ET / SVIS / T . LIVIO T . F . PRISCO E (T ) / T . LIVIO T . F . LONGO E (T ) CASIAE SEX . F . PRIMAE / VXORI 30 . Este T. Livio, hijo de Gayo, casado con Casia Prima, hija de Sexto, tuvo dos hijos, de los que el mayor habría muerto antes de que el pequeño alcanzara la mayoría de edad y pudiera recibir el mismo nombre de su hermano 31 . En la tradición literaria se menciona a un hijo y a una hija de Tito Livio, casada ésta con un orador mediocre de ascendencia probablemente cisalpina 32 . Si la inscripción fuera realmente la de Tito Livio y los suyos, el carácter de epitafio familiar que tiene concuerda mejor con una persona que está y espera seguir enraizada en la ciudad, que no con alguien afincado en la distante Roma, o que piensa establecerse allí 33 .

Por lo demás, imaginar a Tito Livio establecido en Padua no quiere decir que no saliera de su encierro. Tal vez viajara más de lo que suele admitirse: a Roma, desde luego, y con frecuencia creciente a medida que fue ganando prestigio, o para dar a conocer nuevas partes de su obra (las lecturas referidas por Eliano dos siglos después), o para estancias más o menos largas; pero también más al Sur, a la Campania (XXXVIII 56, 3), a Tarento (XXVII 16, 8), tal vez incluso a Grecia... 34 . El famoso ciudadano de Cádiz pudo muy bien creer que Livio vivía en Roma, aunque no fuera cierto, y también encontrarlo allí cuando llegó. Incluso la relación de Livio con Augusto y con otros miembros de su familia pudo desarrollarse a lo largo de estas visitas del historiador a la capital 35 .

En la idea de que Livio pasó la mayor parte de su vida en Roma, siempre se le ha supuesto un nivel económico en consonancia con el otium requerido por su obra, cuya equivalencia en dimensiones modernas arroja, según algunos cálculos, magnitudes absorbentes: un libro de 300 páginas al año durante 40 años. Es posible que disfrutara de la ciudadanía romana desde antes de que Patavium fuera declarada municipio en el 49, lo que sería indicio de un cierto nivel social; se ha sugerido que tal vez perteneciera a una de aquellas acaudaladas familias de rango ecuestre: no ha sido posible comprobarlo; de lo que no cabe duda es de que no formaba parte de ninguno de los grandes clanes de la aristocracia romana 36 . En cuanto al trabajo que representó la redacción de Ab Urbe condita hay otros cálculos más benignos 37 . En Padua pudo compartir mejor su dedicación al otium de orador, historiador y filósofo, y a los negotia que se lo permitían.

La retórica y la filosofía fueron, junto con la historia, los campos en los que Livio desarrolló su actividad como escritor. Quintiliano menciona un escrito de orientación literaria que había sido dirigido por Livio a su hijo, a modo de carta. Séneca, en cuya opinión Livio era, después de Cicerón y de Asinio, el tercero de los romanos que habían cultivado la filosofía, afirma que «escribió también unos diálogos, que podrías adscribir tanto a la filosofía como a la historia, y libros de contenido expresamente filosófico» 38 .

Se tiende a pensar que estos escritos representaron las primeras inquietudes intelectuales del futuro historiador. El carácter oratorio de pasajes como el excurso sobre Alejandro Magno (IX 17-19), que tiene todo el aspecto de una esmerada declamatio escolar, y la fama de los discursos titolivianos invitan a compartir la opinión de Taine de que la retórica fue el camino por el que Livio llegó a la historia. Sin duda coincidía con Cicerón en lamentar la mediocridad literaria de las historias al uso, y tal vez deseando llevar a cabo el deseo incumplido de aquél: escribir la historia de Roma en un estilo digno de la materia, quiso emular primero los diálogos en los que Cicerón reflexionaba ocasionalmente sobre el sentido y el arte de la historiografía.

Sin embargo, razones de cronología relativa y de crítica interna impiden considerar globalmente el contacto de Livio con la retórica o la filosofía como una etapa previa a la redacción de Ab Urbe condita . La Epistula ad fìlium , p. e., como se ha observado repetidas veces, para que su destinatario estuviera en edad de aprovecharla, tuvo que ser escrita cuando Livio componía ya su historia. Recientemente se ha sugerido, con sutiles argumentos, que los famosos Diálogos de Livio tal vez sean producto imaginario de una mala interpretación del texto de Séneca que supuestamente los menciona, pero el hecho de que se hayan perdido sin dejar huella no es razón para sospechar que nunca existieron 39 . Sin duda, tanto éstos como la Epistula fueron obras desconocidas para el común de los lectores, aunque apreciadas por lectores especializados como Séneca o Quintiliano; obras poco divulgadas y que se olvidaron pronto, eclipsadas por la fama de Livio como historiador.

III. Los 142 LIBROS DE «AB URBE CONDITA » 40

Pero ni la fama de Livio como historiador, con ser muy grande, pudo impedir que se perdiera la mayor parte de su obra. En el túnel cultural de la Edad Media desapareció incluso la noción de que Ab Urbe condita había constado alguna vez de 142 libros. En tiempos de Petrarca, este dato que fue toda una revelación de los manuscritos de Floro, recién descubiertos, que incluían como obra suya las Periochae ; un dato tan novedoso que el propio Petrarca «no se resiste» a decírselo a Livio en su carta 41 .

Las períocas constituyen la base de todo intento de reconstruir la disposición general de la obra. En la descripción de la parte conservada lo habitual es referirse a las distintas décadas. Pero el desacuerdo de los autores a la hora de establecer las unidades internas y dar una visión articulada del conjunto prueba que la distribución decádica es insatisfactoria y la información de los resúmenes insuficiente. Los datos sobre el proceso de redacción y publicación de Ab Urbe condita son también escasos e imprecisos. Pese a todo, combinando las informaciones más seguras, es posible trazar en sus líneas maestras la génesis y desarrollo de la obra.

Livio se había propuesto escribir toda la historia del pueblo romano, contando con llegar hasta sus propios días. En el libro I condensa los orígenes troyanos y albanos de los fundadores de la ciudad y relata sucintamente el período que va desde su fundación hasta el final de la monarquía (753-510 a. C.) con la tragedia de Lucrecia (I 57-59), que provocó el derrocamiento de Tarquinio el Soberbio y la elección de los primeros cónsules.

El libro II se abre con un breve preámbulo: «Referiré a partir de aquí la historia civil y militar del pueblo romano ya en libertad, con sus magistraturas anuales y bajo el imperio de la ley, más poderoso que el de los hombres». La primera etapa de esta historia abarca los ciento veinte primeros años de la República (509-390 a. C.) —«en el exterior, guerras; en el interior, disensiones»—, hasta el asalto, saqueo e incendio de Roma por los galos, relatado al final del libro V.