Kitabı oku: «Historia de Roma desde su fundación. Libros I-III»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 144

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER Y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JUAN GIL .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
López de Hoyos, 141 - 28002 Madrid
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN, 1990.
REF. GEBO254
ISBN 9788424931834.
INTRODUCCIÓN GENERAL
I. INVITACIÓN A LA LECTURA DE LIVIO
Livio es una lectura saludable. Según cuentan, el rey D. Alfonso V de Aragón y I de Nápoles recuperó con la lectura de Livio la salud que ni la medicina ni la música habían podido devolverle; la lectura de Livio fue el único consuelo de Cola di Rienzi en la cárcel de Aviñón, manteniendo vivos sus ideales de libertad, y con el paso de los años, de la mano de Stendhal, hasta un personaje de ficción recurriría a sus reconfortantes efectos: Le Marquis, irrité contre le temps présent, se fit lire Tite-Live 1 .
Aunque lo parezca, esto no es una recomendación terapéutica. Para leer con gusto a Livio no es preciso estar aquejado de alguna enfermedad desconocida, ni siquiera de idealismo, y preso por ello; ni tampoco sufrir un ataque de gota y la enojosa lectura de la prensa del día, como Monsieur de la Molle. Esas anécdotas valen aquí sólo como indicio de la rara atracción que nuestro autor y su obra han ejercido a través de los tiempos. Por lo demás, la historia del restablecimiento de Alfonso el Magnánimo, tal como puede leerse en nuestros autores no es del todo segura; hay quien atribuye la virtud curativa a Quinto Curcio... 2 Pero no importa. Tan expresivo de la afición del rey por Livio, como que recuperara la salud leyéndolo, es que se arriesgara a perderla por leerlo: al acceder Alfonso al trono de Nápoles, Cosme de Médicis, queriendo granjearse su amistad para Florencia, le envía como prenda de paz un ejemplar de cada una de las décadas de Livio en espléndidos manuscritos. Cuando este precioso regalo llegó a manos del rey, sus médicos le aconsejaron que no lo abriera, no fuera a estar envenenado, pero Alfonso desechó todo temor, diciendo que los reyes estaban bajo una especial protección divina. Con razón se ha dicho que tuvo que ser su amor por Livio, sin cuya compañía nunca emprendía un viaje, lo que movió al rey a confiar en tan incierta garantía 3 .
De los numerosos testimonios de afección por Livio, el primero y más frecuentemente recordado es el de aquel ciudadano de la antigua Cádiz que vino —dice Plinio— «desde el último confín del mundo», sólo para ver en persona a Tito Livio. Llegó, lo vio, y volvió 4 . Otro curioso y anónimo homenaje brilla en una lista de libros de hacia el año 1040, procedente de la abadía de Cluny, en la que figuran los títulos elegidos por los monjes como lectura de cuaresma. De los sesenta y cuatro que había, sesenta y tres optaron por comentarios bíblicos y obras de los Santos Padres, o Historias de la Iglesia; el último eligió a Livio. P. G. Walsh, cuyo Livy, his historical aims and methods debería ser declarado libro de cabecera del livianista moderno, confiesa en otra parte que entre los muchos tributos a la llamada de Livio éste es su preferido 5 .
Nunca sabremos las razones de esos homenajes anónimos, pero, seguramente, no fueron muy distintas de las que encontramos en una carta dirigida a Livio (Franciscus Tito Livio salutem) , en 1351, por otro entusiasta suyo: Francesco Petrarca. En ella leemos que a Petrarca le hubiera gustado coincidir con Livio en el tiempo: su época habría sido mejor viviendo Livio entonces, o él mismo habría podido mejorar siendo contemporáneo suyo, dispuesto como estaba a ir no ya a Roma desde Hispania, sino a la India, para verlo. Ahora —dice Petrarca— lo ve en sus libros, a los que acude siempre que desea olvidar un tiempo que sólo aprecia riquezas y placeres, y agradece que su lectura le sumerja en siglos más felices y le haga sentir que vive junto a Cornelios, Lelios, Fabios, Metelos, Brutos, Decios, Catones, Régulos, Cursores, Torcuatos, Valerios, Salinatores, Claudios, Nerones, Emilios, Fulvios, Flaminios, Atilios, Quincios y Camilos,... y no con los granujas redomados entre quienes le había hecho nacer su mala estrella 6 .
Para Petrarca el atractivo de Livio es de naturaleza ética y estética. Lo que espera y recibe de su lectura, por la fuerza psicagógica de su expresión literaria, es un beneficio moral: una especie de bautismo por inmersión en un pasado utópico, que purifica de la contaminación de los males presentes mediante el olvido y el consuelo. El pasado como edad dorada y como refugio, y la fe en la capacidad formativa de la historia son temas genuinamente titolivianos cuya presencia en Petrarca revela una estrecha congenialidad entre ambos. La imagen de la inmersión en el pasado define lo más característico del influjo de Livio; que no actúa reflexivamente, conduciendo al lector hacia el análisis racional de los hechos, sino emotivamente, convirtiéndolo en partícipe de los desengaños y esperanzas de un alma humana universal, a través de las vicisitudes históricas de un pueblo.
Esos mismos sentimientos de congenialidad y de admiración ante el poder de la palabra eran los que llevaban a escuchar a Livio al reducido público que acudía a sus lecturas, según cuenta Claudio Eliano: «Había en Roma dos historiadores, Tito Livio, cuya gloria propagó la fama, y Cornuto, de quien se sabía que era rico y sin hijos. Para oír a Cornuto se congregaba una multitud de aduladores con sus esperanzas puestas en la herencia; a Livio iban a escucharlo sólo unos pocos, pero entre quienes valían elegantia animi et facundia litterarum » 7 .
Aunque también lo parezca, esto no es tampoco un panegírico. Si tuviéramos que elegir un solo testimonio de aversión por Livio, ¿cuál mejor que el de un emperador? Calígula lo detestaba; le parecía verboso y negligente, y a punto estuvo de hacerlo desaparecer —scripta et imagines — de las bibliotecas 8 . Se ha dicho que su juicio, que imponía el mismo destierro a Homero y a Virgilio, era un elogio, más que una crítica; pero ¿no tendría algo de razón, teniendo en cuenta que los frecuentes descuidos que hay en Livio le niegan el título de historiador exacto y riguroso, y que algunos tratadistas de retórica ejemplifican el pleonasmo, o redundancia, con alguna frase suya...? Para otros, el mayor defecto de Livio estriba en ser demasiado propenso a la lección moral.
No es fácil argumentar contra la prevención. Tal vez valgan los ejemplos. Yo desdeñaría leer el relato titoliviano por su poco valor como historia científica, si no tuviera conocimiento de rectificaciones de sabios eminentes al respecto; si personas igualmente autorizadas no me dijeran que lo más legendario de la historia romana de Livio cubre firmes cimientos de realidad; o si no fuera evidente que unos dos tercios de los últimos libros conservados, a pesar de su apariencia de buena literatura, siguen muy de cerca a un autor de tanta garantía como Polibio.
Frente a las otras causas de disuasión, el moralismo inoportuno y los excesos de su facilidad de palabra, tenemos un término de comparación bastante ilustrativo en la continuación de la «parábola de los dos historiadores» según Eliano, que dice así: «Pero el Tiempo, insobornable e incorruptible, y su guardiana, compañera y vigilante, la Verdad, que no necesitan riquezas, ni sueñan con la sucesión de una herencia, ni se dejan atrapar por nada torpe, falso, indigno o menos liberal, al uno lo mostraron, lo sacaron a la luz como a tesoro oculto y —diré con Homero— repleto de muchos bienes, y éste era Livio; mas al opulento y colmado de riquezas, a Cornuto, lo cubrieron de olvido». ¿Habrá que decir que Livio no llega nunca a esos extremos de oratoria rimbombante, ni es tan pedestre y retórico en su afán aleccionador?
La variedad y abundancia del tesoro escondido que es Livio se manifiesta en las oscilaciones y altibajos de su estilo. Puede decirse que en Livio, el estilo es el espejo de la idea. Está claro que hay, por decirlo brevemente, hechos sin ideas: realidades que Livio, o su época, no sabían valorar, sobre las que no tenían ideas. Pero el historiador no inventa su argumento, no puede silenciar lo que a sus ojos —nos lo dice la forma en que lo cuenta— carecía de germen literario. En Livio hay muchas páginas de árida lectura; su valor consiste en ser un yacimiento inestimable de información para la historia diplomática, militar, política, económica, o social de la República romana, por no hablar... de su contribución al estudio de la «ufología» en la Antigüedad 9 . En fin, es igualmente cierto, por otra parte, que Livio, o su época, valoran hechos, tienen ideas que hoy han perdido vigencia, que nos son ajenas; y que, por tanto, no siempre congeniamos con él. De todas formas, Livio no es nunca irritante, y la satisfacción de su prosa maestra es siempre una compensación segura.
Léon Catin, que ha hecho de la lectura literaria de Livio un ejercicio de inteligencia y de sensibilidad, terminaba su estudio preguntándose qué interés presenta para un espíritu moderno una obra como la de Livio, de forma e inspiración romanas. No es de extrañar que antes y después de él, en tiempos de descrédito de Livio, o de progresivo alejamiento de la antigüedad clásica, otros se hayan planteado la misma pregunta 10 .
Pocos años antes, Paola Zacan, al final de su ensayo sobre el historiador, con el que pretendía reivindicar la originalidad y seriedad del paduano como filósofo y poeta de la historia y reconstruir su armónico sistema conceptual, reducido a una deshilvanada colección de noticias y opiniones por la crítica adversa de historiadores y filólogos, había respondido con la paradoja: «precisamente en razón del contraste que se ha producido entre los modernos y Livio, éste puede ser para los modernos una lectura provechosa. Livio representa la permanencia del sentimiento de lo eterno frente a nuestro sentimiento de lo inseguro y fugaz» 11 .
Décadas después, Luciano Perelli, menos esencialista, no tan entusiasta, más objetivo, destacaba el valor añadido de la lectura de Livio sobre la de otros historiadores antiguos seguramente más próximos a la actitud contemporánea ante la historia. En su opinión, «el lector moderno tal vez prefiera el contacto con los problemas concretos y el compromiso político de un Salustio a la ingenua fe de Livio en los principios de la romanidad, pero es siempre cosa del máximo interés descubrir a través del candor moralístico de Livio el significado histórico de los valores heredados por él de una tradición secular y los problemas políticos reales que se ocultan bajo el ropaje encomiástico y la bella forma literaria» 12 .
Por su parte, el propio Catin recordaba en primer lugar que Livio ha sido, desde el Renacimiento, una de las fuentes que nutren la filosofía política, la literatura y el arte europeos: su imagen de Roma ofreció temas, razones, ejemplos y modelos a Maquiavelo, Montesquieu, Macaulay; Tiziano, Poussin, David; Shakespeare, Corneille, Voltaire, etc., etc., de modo que su obra y nuestra cultura se iluminan recíprocamente. Pero también «lejos de los teatros y museos» —escribe Catin— «l’honnête homme hallará siempre placer en reencontrarse con Livio». Porque la lectura de Livio, fácil y fecunda a la vez, devuelve a nuestra alma un poco de su frescura infantil. Si leer es apartarnos de nosotros mismos, volver de Livio es regresar enriquecidos de belleza, si no de sabiduría, de las memorias de un romano ami du vrai, du beau et du bien ».
II. TITO LIVIO: PATRIA, CARÁCTER, VIDA Y ESCRITOS 13
Tito Livio nació y murió en Patavium (hoy, Padua), donde también pasó, probablemente, la mayor parte de su vida. El ambiente paduano contribuyó a forjar en él un carácter austero, independiente y conservador: a pesar de su relativo aislamiento, Patavium era una ciudad próspera y culta; se distinguía por la proverbial severidad moral de sus habitantes, y era, por entonces, feudo del tradicionalismo político.
Livio gozó de una dilatada existencia de la que apenas nos han llegado noticias. Según la Crónica de S. Jerónimo, vivió entre el 59 a. C. y el 17 d. C. Hoy se suele dudar de la exactitud de esas fechas y voces autorizadas defienden como cronología más verosímil los años del 64 a. C. al 12 d. C., pero no hay razones de peso para el cambio 14 .
La obra de su vida fue una monumental Historia de Roma en 142 libros, de los que se conservan 35 (I-X y XXI-XLV, con varias lagunas en los cinco últimos) y un par de fragmentos (de los libros CXI y CXX). Aunque el texto se nos ha transmitido, por lo general, en grupos de diez libros, o décadas, y este término figura en el título de numerosos manuscritos (de donde pasó a las primeras traducciones, p. e. Las décadas de Tito Livio , por el canciller Ayala), el título original de la obra es casi seguro que fue Ab Urbe condita («Desde la fundación de la Ciudad»). Tras hacer en el libro I un resumen de los primeros siglos de Roma (hasta el final del período monárquico), Livio narraba luego año por año la historia de la República; su relato llegó hasta el año 9 a. C., aunque no es posible saber si éste fue un final previsto, o si la obra quedó incompleta. La parte conservada alcanza hasta el año 167 a. C.; la parte perdida se conoce, a grandes rasgos, gracias a las periochae , unos resúmenes del contenido de cada libro debidos a un autor anónimo de la antigüedad tardía (faltan las de los libros CXXXVI y CXXXVII). Los restantes escritos de Livio se perdieron del todo; versaron sobre cuestiones de historia, filosofía y teoría literaria.
El origen paduano de Livio aparece confirmado por el testimonio de numerosos autores: Asinio Polión se burlaba de su patavinitas , Asconio, que también era de Patavium , se refiere a él como Livius noster , y la ya mencionada Crónica de Jerónimo registra su nacimiento en los siguientes términos: Messalla Corvinus orator nascitur et Titus Livius Patavinus scriptor historicus ; que Livio murió en Padua, lo atestigua expresamente S. Jerónimo: Livius historiographus Patavi moritur 15 .
Las noticias que nos han llegado sobre la larga vida de Livio son tan escasas que se le ha llamado «el historiador sin historia», «la figura más nebulosa entre los grandes clásicos». Tal vez por eso el dato más conocido, su patria, ha adquirido una importancia tan grande... Lo cierto es que algunos rasgos del carácter y de las actitudes de Livio casan muy bien con la conocida idiosincrasia de los paduanos, y que la historia de su ciudad se ha convertido en referencia obligada para la biografía hipotética del más universal de todos ellos.
Padua está situada en la Italia transpadana, no lejos de la costa norte del Adriático. Dominaba un extenso territorio de laberínticos canales y marismas, que le brindaban protección y oportuna salida al mar. «Roma de los vénetos», también Padua se gloriaba de un origen troyano; su otro orgullo era el de haber sabido mantener su libertad y preservar su identidad colectiva en el respeto a sus tradiciones antiguas. A lo largo de su historia los paduanos se habían defendido, con éxito, de los etruscos, de los galos y de los griegos, y sólo la discordia civil, en el 174 a. C., los inclinó a aceptar como mejor solución la autoridad de Roma. Aun así, su invariable actitud prorromana durante la pasada guerra contra Aníbal, les valió, conservar una cierta independencia, hasta que en el 49 a. C., declarada Patavium municipio, obtuvieron plenos derechos de ciudadanía.
Patavium tuvo la suerte de permanecer al margen de los campos de batalla y de las sangrientas revanchas de la guerra civil, aunque sufrió fuertes exacciones por parte de Marco Antonio en represalia por su actitud prosenatorial. Este alejamiento permitió a los paduanos desarrollarse en paz. Los descendientes de belicosos héroes criadores de caballos, apacentaban pacíficas ovejas. Nudo de caminos y centro de comarcas ricas en pastos, Patavium prosperó con el comercio y la artesanía de excelentes tejidos de lana. En el censo del 14 d. C., era la segunda ciudad de Italia más poblada y próspera, con 500 ciudadanos lo bastante ricos como para figurar entre los equites , «la clase alta no-política, terratenientes, comerciantes y financieros, que junto a los senatores conformaban la plutocracia romana» 16 .
Las numerosas inscripciones halladas en la zona confirman la importancia de la ciudad. Los nombres reflejan una sociedad fuertemente latinizada; otros indicios sugieren un notable influjo helénico en los estratos más educados. Por otra parte, el reducido número de epígrafes de tipo honorario o laudatorio distingue a sus habitantes de la habitual petulancia provinciana, lo que concuerda con la imagen proverbial del paduano como hombre parco y morigerado 17 .
Como buen paduano, Livio está orgulloso de serlo. Comienza su historia de Roma con el desembarco del troyano Antenor en litoral véneto, es decir, el más cercano a Padua, y la fundación allí de una nueva Troya. En su momento destacará que sólo aquel rincón se mantuvo libre del dominio etrusco y recordará la historia del año 174 a. C.; pero, sobre todo, su relato de la incursión naval de Cleónimo contiene unos toques descriptivos tan vívidos y una emoción evocadora tan intensa que, como se ha dicho agudamente, «si no abundaran tanto los testimonios acerca de la patria de Livio, este pasaje avalaría Patauium como la más probable» 18 .
El espíritu independiente de los vénetos se manifiesta en Livio como libertad ante el poder político y como de fensa de las propias convicciones frente al dictado de la opinión común. Esa cierta altivez del paduano que se distingue de su entorno podría explicar incluso la insensibilidad que se le ha reprochado hacia la Italia del Norte, porque la patria de Livio es Padua y puede ser Roma, pero no se siente especialmente cisalpino, o transpadano 19 .
Es lógico pensar que el ambiente de su patria chica influyera en la actitud de Livio ante la política y en su severidad moral. Se ha dicho que Livio muestra por la acción política, como práctica personal y como objeto de análisis histórico, la insensibilidad de la burguesía provinciana, a la que interesan sobre todo la paz y la estabilidad del orden social, es decir, los efectos de la política, más que su ejercicio. En su constante anhelo de paz y de concordia y en su posición conservadora y pro-senatorial tal vez se manifieste la honda huella que debió de dejar en el joven Livio la represión sufrida por la defensa de la legalidad que Padua enarboló como bandera en el conflicto entre Marco Antonio y el Senado 20 . Por aquel tiempo, año 43 a. C., actuaba, como agente de Antonio, Asinio Polión, gobernador de la Cisalpina y ejecutor de las represalias contra la ciudad. Asinio, que más tarde abandonaría la política para dedicarse también a la historia, censuraba en Tito Livio una cierta patauinitas que, interpretada en clave ideológica, o moral, identifica los rasgos más propios de su carácter y del ambiente en que se forjó: el «paduanismo» del que se burlaba Polión, dicen unos, era puro «palurdismo» político: la ingenuidad histórica de Livio, su concepción ética, su idea romántica de la historia; para otros, se trataba de la severidad de su carácter, o de la rigidez e intransigencia de sus actitudes políticas 21 .
Muchos aspectos de la personalidad de T. Livio aparecen vinculados a la imagen que se tenga de dónde y cómo vivió. Comúnmente se piensa que Livio, transcurrida su infancia y primera juventud en Padua, con la idea ya formada de escribir la historia de la «nación más grande de la tierra», abandonó la provincia y se trasladó a Roma, atraído como otros escritores por los aires de renovación cultural y política tras la victoria de Octaviano, y porque sólo allí habría podido disponer de los medios necesarios para llevar a cabo su proyecto. En Roma lo sitúan las anécdotas recogidas por Plinio y por Eliano, que ya hemos referido, y en Roma debieron de producirse los contactos de Livio con Augusto y con el futuro emperador Claudio, de los que hablan Tácito y Suetonio 22 . Además, las alusiones a la Roma contemporánea contenidas en su descripción de la ciudad primitiva parecen observaciones propias de alguien que reside en ella.
Sin embargo, estos argumentos no son conclusivos, mientras que Padua ofrece a mayor número de indicios una coherencia que Roma no ofrece. Se ha comprobado que las indicaciones de Livio sobre el espacio urbano de Roma contienen inexactitudes que hacen poco probable que residiera en ella largo tiempo 23 . Además, la vida imaginable de Livio afincado en Roma proyecta una imagen de su carácter que contenta a pocos. En Roma, durante cuatro largas décadas, Livio no habría hecho otra cosa que escribir. Sus errores en cuestiones militares y asuntos administrativos prueban que no desempeñó cargo público alguno, ni sirvió en el ejército. Sorprendentemente, para los activos círculos literarios de su tiempo, tan ligados a la política, este hombre dedicado en cuerpo y alma a la literatura y en buenas relaciones con la cúspide del poder es como si no hubiera existido. No queda sino pensar que, siendo como era persona retraída, fría y distante, sin humor y de pocos amigos, llevó una vida aislada y sedentaria, en el encierro de un gabinete de estudio 24 . Lo que ocurre es que no es ésa la imagen del carácter de Livio que la mayoría ve reflejada en su obra. Es cierto que hay un Livio atrabiliario, propenso al pesimismo y a la melancolía, sensible sobre todo a los aspectos negativos de la convivencia y poco condescendiente con las debilidades humanas, pero esa hosquedad —como el emblemático bastón de Bruto (I 56, 9)— recubre un alma idealista y compasiva, que conserva con optimismo su fe en el esfuerzo humano y la convicción de que la justicia de las cosas se impone finalmente 25 . Hay quien descubre en Livio un sano humor, una sólida ironía campesina; hay quien le encuentra una delicadeza y un calor humano únicos entre los historiadores antiguos 26 . Realmente, el silencio de Roma sobre Livio se explica mejor por su ausencia de la ciudad que por su hipotética misantropía.
Como segunda ciudad de Italia, Patavium debía de ofrecer oportunidades para la educación y el estudio no muy inferiores a las de la capital misma. Si Livio recibió en Padua la sólida formación intelectual que se refleja en su obra —el texto de Ab Urbe condita nos lo revela como buen conocedor de los autores griegos y romanos (oradores, historiadores y filósofos) 27 — seguramente también pudo desarrollar allí su dedicación literaria y disponer de las obras que serían la base de la suya. Es más, el carácter exclusivamente libresco de sus fuentes, el hecho de que no consulte documentos originales a los que habría tenido acceso en Roma, se comprende mejor, si no vivió allí, que por falta de exigencia personal como historiador 28 .
En 1351 Petrarca firmaba su carta a Livio en Padua, «donde tú naciste y estás sepultado», en el atrio de Santa Justina, «ante la lápida misma de tu tumba». El epitafio al que se refiere Petrarca era, en realidad, el de un liberto 29 . Más tarde se descubrió otro que sí podría ser el de nuestro historiador, aunque existen dudas sobre su autenticidad: T . LIVIVS . C . F . SIBI ET / SVIS / T . LIVIO T . F . PRISCO E (T ) / T . LIVIO T . F . LONGO E (T ) CASIAE SEX . F . PRIMAE / VXORI 30 . Este T. Livio, hijo de Gayo, casado con Casia Prima, hija de Sexto, tuvo dos hijos, de los que el mayor habría muerto antes de que el pequeño alcanzara la mayoría de edad y pudiera recibir el mismo nombre de su hermano 31 . En la tradición literaria se menciona a un hijo y a una hija de Tito Livio, casada ésta con un orador mediocre de ascendencia probablemente cisalpina 32 . Si la inscripción fuera realmente la de Tito Livio y los suyos, el carácter de epitafio familiar que tiene concuerda mejor con una persona que está y espera seguir enraizada en la ciudad, que no con alguien afincado en la distante Roma, o que piensa establecerse allí 33 .
Por lo demás, imaginar a Tito Livio establecido en Padua no quiere decir que no saliera de su encierro. Tal vez viajara más de lo que suele admitirse: a Roma, desde luego, y con frecuencia creciente a medida que fue ganando prestigio, o para dar a conocer nuevas partes de su obra (las lecturas referidas por Eliano dos siglos después), o para estancias más o menos largas; pero también más al Sur, a la Campania (XXXVIII 56, 3), a Tarento (XXVII 16, 8), tal vez incluso a Grecia... 34 . El famoso ciudadano de Cádiz pudo muy bien creer que Livio vivía en Roma, aunque no fuera cierto, y también encontrarlo allí cuando llegó. Incluso la relación de Livio con Augusto y con otros miembros de su familia pudo desarrollarse a lo largo de estas visitas del historiador a la capital 35 .
En la idea de que Livio pasó la mayor parte de su vida en Roma, siempre se le ha supuesto un nivel económico en consonancia con el otium requerido por su obra, cuya equivalencia en dimensiones modernas arroja, según algunos cálculos, magnitudes absorbentes: un libro de 300 páginas al año durante 40 años. Es posible que disfrutara de la ciudadanía romana desde antes de que Patavium fuera declarada municipio en el 49, lo que sería indicio de un cierto nivel social; se ha sugerido que tal vez perteneciera a una de aquellas acaudaladas familias de rango ecuestre: no ha sido posible comprobarlo; de lo que no cabe duda es de que no formaba parte de ninguno de los grandes clanes de la aristocracia romana 36 . En cuanto al trabajo que representó la redacción de Ab Urbe condita hay otros cálculos más benignos 37 . En Padua pudo compartir mejor su dedicación al otium de orador, historiador y filósofo, y a los negotia que se lo permitían.
La retórica y la filosofía fueron, junto con la historia, los campos en los que Livio desarrolló su actividad como escritor. Quintiliano menciona un escrito de orientación literaria que había sido dirigido por Livio a su hijo, a modo de carta. Séneca, en cuya opinión Livio era, después de Cicerón y de Asinio, el tercero de los romanos que habían cultivado la filosofía, afirma que «escribió también unos diálogos, que podrías adscribir tanto a la filosofía como a la historia, y libros de contenido expresamente filosófico» 38 .
Se tiende a pensar que estos escritos representaron las primeras inquietudes intelectuales del futuro historiador. El carácter oratorio de pasajes como el excurso sobre Alejandro Magno (IX 17-19), que tiene todo el aspecto de una esmerada declamatio escolar, y la fama de los discursos titolivianos invitan a compartir la opinión de Taine de que la retórica fue el camino por el que Livio llegó a la historia. Sin duda coincidía con Cicerón en lamentar la mediocridad literaria de las historias al uso, y tal vez deseando llevar a cabo el deseo incumplido de aquél: escribir la historia de Roma en un estilo digno de la materia, quiso emular primero los diálogos en los que Cicerón reflexionaba ocasionalmente sobre el sentido y el arte de la historiografía.
Sin embargo, razones de cronología relativa y de crítica interna impiden considerar globalmente el contacto de Livio con la retórica o la filosofía como una etapa previa a la redacción de Ab Urbe condita . La Epistula ad fìlium , p. e., como se ha observado repetidas veces, para que su destinatario estuviera en edad de aprovecharla, tuvo que ser escrita cuando Livio componía ya su historia. Recientemente se ha sugerido, con sutiles argumentos, que los famosos Diálogos de Livio tal vez sean producto imaginario de una mala interpretación del texto de Séneca que supuestamente los menciona, pero el hecho de que se hayan perdido sin dejar huella no es razón para sospechar que nunca existieron 39 . Sin duda, tanto éstos como la Epistula fueron obras desconocidas para el común de los lectores, aunque apreciadas por lectores especializados como Séneca o Quintiliano; obras poco divulgadas y que se olvidaron pronto, eclipsadas por la fama de Livio como historiador.
III. Los 142 LIBROS DE «AB URBE CONDITA » 40
Pero ni la fama de Livio como historiador, con ser muy grande, pudo impedir que se perdiera la mayor parte de su obra. En el túnel cultural de la Edad Media desapareció incluso la noción de que Ab Urbe condita había constado alguna vez de 142 libros. En tiempos de Petrarca, este dato que fue toda una revelación de los manuscritos de Floro, recién descubiertos, que incluían como obra suya las Periochae ; un dato tan novedoso que el propio Petrarca «no se resiste» a decírselo a Livio en su carta 41 .
Las períocas constituyen la base de todo intento de reconstruir la disposición general de la obra. En la descripción de la parte conservada lo habitual es referirse a las distintas décadas. Pero el desacuerdo de los autores a la hora de establecer las unidades internas y dar una visión articulada del conjunto prueba que la distribución decádica es insatisfactoria y la información de los resúmenes insuficiente. Los datos sobre el proceso de redacción y publicación de Ab Urbe condita son también escasos e imprecisos. Pese a todo, combinando las informaciones más seguras, es posible trazar en sus líneas maestras la génesis y desarrollo de la obra.
Livio se había propuesto escribir toda la historia del pueblo romano, contando con llegar hasta sus propios días. En el libro I condensa los orígenes troyanos y albanos de los fundadores de la ciudad y relata sucintamente el período que va desde su fundación hasta el final de la monarquía (753-510 a. C.) con la tragedia de Lucrecia (I 57-59), que provocó el derrocamiento de Tarquinio el Soberbio y la elección de los primeros cónsules.
El libro II se abre con un breve preámbulo: «Referiré a partir de aquí la historia civil y militar del pueblo romano ya en libertad, con sus magistraturas anuales y bajo el imperio de la ley, más poderoso que el de los hombres». La primera etapa de esta historia abarca los ciento veinte primeros años de la República (509-390 a. C.) —«en el exterior, guerras; en el interior, disensiones»—, hasta el asalto, saqueo e incendio de Roma por los galos, relatado al final del libro V.
La catástrofe gálica truncó los primeros avances de la dominación romana sobre Italia en lucha contra los latinos, ecuos, volscos y etruscos, y el paulatino proceso de reducción de las diferencias sociales entre patricios y plebeyos. Como puntos culminantes de la narración titoliviana destacan en estos libros la guerra contra Porsena, con las gestas de Horacio Cocles. Mucio Escévola y Clelia, y la lucha por el tribunado de la plebe (II 9-15 y 22-33); la leyenda de Cincinato y el gobierno y caída de los decénviros, con el episodio de Virginia (III 19-29 y 33-49); las historias de Canuleyo, Espurio Melio y Cornelio Coso (IV 1-6, 12-1 y 17-20); y la toma de Veyes, y la ocupación de Roma por los galos y su liberación, bajo el liderazgo de Camilo (V 19-23 y 35-55).
Los libros I-V constituyeron una unidad de composición, como indica el nuevo prólogo en VI 1: «He expuesto en cinco libros los hechos que llevaron a cabo los romanos desde la fundación de la ciudad hasta su caída...»; y, seguramente, se publicaron juntos, aunque no es posible saber exactamente cuándo. De I 19, 3, y IV 20, 7 se deduce que su redacción y publicación ocurrieron entre el 27 y el 25 a. C., pero ambos pasajes están sujetos a controversia 42 .
Los cinco libros siguientes (VI-X) abarcan los años 389-293 a. C. Su tema es el proceso de recuperación interior y exterior de Roma, que la llevaría a ser dueña de la Italia central. En el interior destaca la superación de la amenaza demagógica y autocrática de Manlio Capitolino (VI 11-20) y el enfrentamiento por la legislación Licinio-Sextia que abre el consulado a los plebeyos (VI 34-42); en el exterior, junto a episodios de las campañas dirigidas por Camilo (p. e., VI 22-26), sobresalen los triunfos de Manlio Torcuato y Valerio Corvo en sendos combates contra galos gigantescos (VII 10 y 26), como símbolo del restablecimiento de la hegemonía romana frente a los que hasta entonces habían sido su más temible enemigo.
En VII 29, 1-2, Livio solemniza el comienzo de un siglo largo de luchas contra los samnitas como un salto cualitativo en la expansión romana: «A partir de aquí se referirán guerras mayores, tanto por las fuerzas de los enemigos como por la duración en el tiempo y lo distante de las regiones en donde se luchó. Pues este año se emprendió la guerra contra los samnitas, nación poderosa en armas y recursos; a la guerra samnita, sostenida con fortuna variable, siguió como enemigo Pirro, a Pirro, los cartagineses. ¡Qué inmensos trabajos! ¡Cuántas veces se rozó el peligro extremo, para que el poder romano se elevara a esta grandeza que a duras penas logra sostenerse!»
El relato de estas guerras se extenderá hasta el libro XXX. Las divisiones más importantes están señaladas por sendos prefacios en XXI 1, y XXXI 1, y un excursus que había al comienzo del libro XVI. También hacia el final del libro X es perceptible un climax narrativo que aísla como unidad los libros VI a X: En X 31, 10-15 Livio, reflexionando sobre el curso de los hechos y de su propia historia, es consciente de la continuidad del tema: «Aún quedan guerras samnitas, de las que venimos ocupándonos por cuarto libro ya consecutivo y por cuadragésimo sexto año...» Pero acto seguido comenta el reciente triunfo romano sobre los samnitas y los galos en Sentino (X 27-31, 1) como el más duro de los repetidos golpes que no habían podido doblegarlos: «Ya no podían sostenerse ni con sus propias fuerzas, ni con las ajenas; sin embargo, no renunciaban a la guerra: ¡de tal manera ni aun fracasando se cansaban de defender su libertad, y preferían ser vencidos antes que no intentar la victoria! ¿Qué clase de hombre ha de ser el escritor o lector al que incomode lo prolongado de unas guerras que no fatigaron a quienes las hicieron?» La finalidad de esta interrupción no es únicamente elogiar ante el lector la pertinacia de los samnitas y animarle a no desfallecer... Todavía dentro de los límites del libro narra la resonante victoria de Papirio Cursor dos años después sobre la legio linteata samnita (kamikazes sagrados, si puede decirse) y toda la fuerza que el Samnio había podido reunir. En las guerras samnitas la suerte estaba echada. Con todo ello es probable que Livio quisiera redondear una segunda entrega de su obra (los libros VI a X), aunque en ella no se agotara el tema de las guerras samnitas y no tuviera, por tanto, la misma unidad que los cinco libros primeros.
A partir de VII 29, predomina el relato militar. La primera guerra samnita contempló el valor de P. Decio Mus rescatando al ejército (VII 34-36); la guerra contra los latinos, su autoinmolación por la victoria y el terrible ejemplo del otro cónsul, Manlio Torcuato, que ejecutó a su hijo en aras de la disciplina (VIII 3-11). Durante la segunda guerra samnita tuvo lugar el dramático conflicto entre Papirio y Fabio (VIII 29-35) y la vergüenza de las Horcas Caudinas (IX 1-16); en la tercera, las victorias de Sentino, Aquilonia y Cominio (X 27-47).
Los únicos indicios sobre la época de composición y edición de esta parte de la obra se hallan en la digresión sobre Alejandro Magno (IX 17-19). En lo que se consideraba un antiguo ejercicio escolar rescatado por su autor como interludio retórico aparecen alusiones que sitúan su composición, coetánea con la del libro que lo alberga, en torno al año 23 a. C. 43 . El hecho de que al referirse Livio a la guerra contra los partos (IX 18, 9) no mencione la recuperación de los estandartes de Craso en el año 20 a. C., sugiere que el libro se escribió antes de esa fecha.
En los libros perdidos XI-XV (292-265 a. C.), aunque sólo en ellos culminaban las dos líneas de avance histórico de VI-X, la guerra samnita con la campaña de Curio Dentato (290 a. C.) y el proceso de igualación estamental con la lex Hortensia (287 a. C.), el tema principal fue la guerra contra Pirro: la períoca XII registra la ruptura de hostilidades entre Roma y Tarento y la llegada del rey del Epiro, que acudía en ayuda de la ciudad italo-griega; la períoca XV señala el final de la guerra. En el libro XIII se relataban las famosas batallas que darían el nombre de ‘pirricas’ a las victorias costosas.
Los libros del XVI al XX (264-219 a. C.) comenzaban con una digresión etnográfica e histórica sobre Cartago 44 y contenían el relato de la primera guerra púnica (264-241 a. C., libros XVI-XIX) y los veintidós años intermedios hasta el comienzo de la segunda (241-219 a. C., libro XX). Las períocas conservan indicios de que el avance de la expansión romana era el hilo argumental del relato 45 , pero ningún rastro sobre la época de su composición o edición.
La tercera década (libros XXI-XXX) contiene los 18 años de la segunda guerra púnica (218-201 a. C.). Su comienzo lo subraya un breve prefacio: «Permítaseme prologar una parte de mi obra diciendo lo que la mayoría de los historiadores prometen al principio de la obra entera: que voy a relatar la más memorable de todas las guerras que nunca se hayan sostenido, la que, conducidos por Aníbal, sostuvieron los cartagineses contra el pueblo romano» (XXI 1, 1). Esta parte de la obra se publicó (y se escribió, en parte) con posterioridad al año 19 a. C., que es la fecha aludida, según se cree, en XXVIII 12, 12, donde Livio menciona el definitivo sometimiento de España «bajo el mando y guía de César Augusto».
La división de la tercera década en dos péntadas, se basa en el análisis de su composición y también en el testimonio del propio autor. En XXVI 37 1-9 Livio hace balance: «Y no hubo otro momento de la guerra en el que, a la par cartagineses y romanos, con la mezcla de sucesos favorables y contrarios, estuviesen más indecisos entre el temor y la esperanza». Resume a continuación los favores y reveses de fortuna en cada bando y concluye con el mismo pensamiento: «Compensándolo así todo la fortuna, todo estaba en suspenso para unos y otros, como si en aquel momento, con su esperanza y su temor intactos, comenzaran la guerra». Livio interrumpe con este capítulo su informe del 210 a. C., pero la situación descrita no se refiere a este año más que en sus efectos. En su resumen, Livio sólo incluye hechos de los dos años anteriores, narrados por él entre XXV 7 y XXVI 20: pérdidas del 212 que se compensan con ganancias del 211, y viceversa. El paso del libro XXV al XXVI representa el fiel de la balanza.
En los libros XXI-XXV se narran los años de predominio cartaginés (218-212 a. C.) con los primeros indicios de recuperación romana: en el XXI, el asedio y la toma de Sagunto (11-15), la marcha de Aníbal sobre Italia, con la travesía de los Alpes (30-37) y sus primeras victorias en Tesino (39-46) y Trebia (52-57); en el XXII, las derrotas romanas del lago Trasimeno (1-7) y de Cannas (38-61), con el interludio del enfrentamiento entre el dictador Fabio y Minucio, su magister equitum (22-30); en el XXIII: la secesión de Capua (2-10), la caída de Casilino (18-19) y la intervención de Filipo V («primera» guerra macedónica), compensadas por éxitos parciales romanos en España; en el XXIV, éxitos militares romanos en Benevento y Nola, contrarrestados por reveses políticos en Sicilia y España; en el XXV, la conquista cartaginesa de Tarento (8-11) y el desastre de los Escipiones en España (32-36), amortiguados por la toma de Siracusa (23-31) y el sometimiento de Sicilia, por Marcelo (40-41).
Los libros XXVI-XXX reflejan la creciente supremacía romana hasta el triunfo definitivo: en el XXVI, mientras fracasa la marcha de Aníbal contra Roma, Roma recupera Capua (1-16) y Escipión el Africano conquista Cartagena (41-47); en el XXVII, los romanos reconquistan Tarento y aniquilan a Asdrúbal a orillas del Metauro (43-51); en el XXVIII, Escipión expulsa a los cartagineses de España (12-17) y se impone a la rebelión interna; en el XXIX, desembarca en África; en el XXX, vence a Aníbal en Zama (28-38).
En XXX 1 tenemos un corto preámbulo, cuyo contenido no puede soslayarse a la hora de imaginar qué idea o qué planes se había hecho el autor sobre el desarrollo de su propia obra. Livio se congratula de haber llegado al final dė la guerra púnica, «como si (él) mismo hubiera tomado parte en sus peligros y fatigas». Se refiere, claro está, a su identificación personal con los sufrimientos del pueblo romano, pero también a los trabajos y riesgos que la redacción de esta parte de su historia le ha puesto ante los ojos, a saber: las inquietantes proporciones de la obra prometida, pues cuando piensa que los 63 años de las dos guerras púnicas le han ocupado el mismo número de libros (15) que los casi cinco siglos primeros... «se me figura —dice— «que, a medida que avanzo, como los que se adentran en el mar animados por el poco fondo próximo a la costa, me interno hacia profundidades cada vez mayores, hacia el abismo, casi; y como que mi obra que, a medida que iba concluyendo sus comienzos, parecía disminuir, creciera». A continuación, reanuda el relato: Pacem Punicam bellum Macedonicum excepit .
Los últimos quince libros conservados (XXXI-XLV) giran en torno a Macedonia, que después de la derrota cartaginesa había ocupado el puesto de rival de Roma. Abarcan desde la paz con Cartago hasta el triunfo romano sobre Perseo (201-167 a. C.), y contienen el relato de la «segunda» guerra macedónica (200-196 a. C.), contra Filipo V, vencido por Flaminino en Cinoscéfalos; la guerra contra Antíoco III de Siria (192-189 a. C.), que terminó en la batalla de Magnesia; y la «tercera» guerra macedónica (172-168 a. C.), contra el heredero de Filipo, Perseo, derrotado por Paulo Emilio en Pidna. Los libros XXXI-XXXV cubren el período que va desde el comienzo de la guerra contra Filipo hasta el origen de la guerra contra Antíoco (200-192 a. C.); los libros XXXVI-XL, desde la declaración de guerra contra Antíoco hasta la muerte de Filipo y la subida de Perseo al trono de Macedonia (191-179); los libros XLI-XLV, desde (?) (falta el principio) hasta el triunfo de Paulo Emilio (178-167 a. C.). Si la tercera década podría definirse como una epopeya (y etopeya) de Aníbal y sus antagonistas, el pueblo romano y sus líderes (Fabio y Escipión, sobre todo), en la cuarta y quinta décadas el relato vuelve al cauce conocido de un desarrollo exterior: la expansión del poder de Roma en Grecia y en Oriente, y otro interior: el insinuarse del lujo y la relajación como elementos corruptores de la sociedad romana.
Aunque menos valorados generalmente, y no sin razón, en las preferencias del lector estos libros contienen, no obstante, numerosos episodios memorables, como el sitio de Abidos y la asamblea panetólica (XXXI 17-18 y 29-32), la batalla del desfiladero del Aous y la conferencia de Nicea (XXXII 32-37), la batalla de Cinoscéfalos y la proclamación de la libertad de Grecia (XXXIII 6-10 y 31-35), el debate sobre la abrogación de la lex Oppia (XXXIV 1-8), el asesinato de Nabis (XXXV 35-37), la batalla de las Termópilas y el choque naval de Corico (XXXVI 15-19 y 44-45), la batalla de Magnesia (XXXVII 39-44), el asalto de Ambracia y el proceso de los Escipiones (XXXVIII 4-5 y 50-60), la represión de las Bacanales y la muerte de Filopemén y el suicidio de Aníbal (XXXIX 8-19 y 49-52), el drama de Filipo y sus hijos (XL 5-16 y 23-24), la travesía del Olimpo por Quinto Marcio y la batalla de Pidna (XLIV 4-5 y 40-44), y el ‘tour’ de Paulo Emilio por Grecia y el debate sobre su triunfo (XLV 27-28 y 35-42).
Libros XLVI-LII. Aunque el carácter unitario de los libros XXXI-XLV parece reforzado por resonancias temáticas de principio a fin 46 , los críticos no suelen reconocer una división interna de la obra al final del libro XLV. Hay quien defiende la existencia de una cuarta y una quinta década (XXXI-XL y XLI-L) y quienes se inclinan por prolongar el grupo de libros (XXXI-XLV) hasta el XLVII, o el XLVIII, tomando como nuevo punto de partida los orígenes de la tercera guerra púnica 47 , o el comienzo real de la guerra 48 ; otros lo prolongan hasta el libro LII, que es la siguiente pausa más comúnmente admitida. El libro LII incluía los triunfos de los generales romanos que luchaban en África, Macedonia y Grecia, tras la destrucción de Cartago y de Corinto (146 a. C.), marcando así el final de la época de las grandes guerras extranjeras. A partir del 145 a. C., la narración se centra cada vez más en los sucesos y relaciones políticas internas.
Libros LIII-LXX (145-92 a. C.): Junto al relato de algunas guerras menores (Viriato, Numancia, Yugurta, Cimbrios) incluían el de la agitación social promovida por los Gracos, hasta el tribunado de Livio Druso. Una noticia de la períoca LIX sobre un discurso del censor Q. Metelo, que fue leído por Augusto ante el Senado en defensa de su propuesta de ley de maritandis ordinibus «como si hubiera sido escrito para nuestros días» indica que Livio componía estos libros en fecha posterior al 18 a. C. Tampoco faltan quienes no reconocen una pausa en el libro LXX, pero el hecho de que en él se comprima la historia de siete años (98-92 a. C.) hace muy verosímil la idea de que Livio reservaba el LXXI para un nuevo comienzo.
Libros LXXI-CVIII (91-50 a. C.): Desde los comienzos del bellum Italicum —Guerra Social, o de los aliados— hasta el final de la guerra de las Galias. Difícilmente pudo constituir un todo unitario la historia de un período tan amplio y de contenido tan heterogéneo: guerra social, guerra contra Mitrídates, guerra civil entre Mario y Sila, dictadura de Sila, guerra de Sertorio, segunda guerra mitridática, guerras contra los esclavos y contra los piratas, conjuración de Catilina, primer triunvirato... Pero la imprecisión de las divisiones internas —los temas se solapan en su desarrollo— extiende la continuidad hasta el libro CIX, donde se reconoce claramente el comienzo de una nueva sección. En el interior del grupo formado por los libros LXXI-CVIII, las períocas destacan el éxito de Pompeyo contra Sertorio en España (libro XCVI) y su triunfo sobre Mitrídates (CIII), y el excurso etnográfico antepuesto a las campañas de César en Germania (CIV). Con distintos grados de acuerdo los autores admiten estas subdivisiones, inclinándose además por fijar otras en LXXX (muerte de Mario) y LXXXIX, o XC (abdicación, o muerte de Sila). No hay indicios sobre la época de composición. De esta parte de la obra ha llegado hasta nosotros una página de la guerra de Sertorio en una hoja suelta de un palimpsesto vaticano 49 .
Libros CIX-CXLII: A partir del libro CIX la disposición que se percibe en Ab Urbe condita como obra acabada es muy diferente de la imagen que nos ofrece su proceso de composición. Desde el primer punto de vista, como obra acabada, el esquema es claro: los libros CIX-CXXXIII (49-29 a. C.), desde el paso del Rubicón, hasta el triple triunfo de Octaviano, constituyeron la historia de las guerras civiles cuyo comienzo y final subrayan las períocas respectivas 50 . Dentro de este bloque destaca una primera sección, hasta la muerte de César, compuesta por los ocho libros (CIX-CXVI) que en las períocas llevan el subtítulo ’qui est civilis belli primus..., secundus... tertius ’, etc. La mayoria de los críticos señala además un segundo corte en CXXIV, hasta la batalla de Filipos, con lo que las ‘guerras civiles’ serían la de César y Pompeyo (CIX-CXVI), la del segundo triunvirato contra los republicanos (CXVII-CXXIV), y la de Octaviano contra Antonio (CXXVCXXXIII). Los libros CXXXIV-CXLII trataban del principado de Augusto hasta la muerte de Druso en Germania, el año 9 a. C. Del libro CXX procede el otro fragmento mayor conservado, el relato de la muerte de Cicerón 51
Pero desde el punto de vista de su redacción, la imagen de esta parte de la obra es muy diferente. La períoca del libro CXXI contiene un dato del mayor interés: qui editus post excessum Augusti dicitur . La interpretación más plausible es que esa información procede del prefacio del libro. Se entiende, claro está, que la publicación del libro CXXI «después de la muerte de Augusto» afecta a fortiori a todos los siguientes, es decir, que tras la aparición del libro CXX, en torno al año 8 d. C. según puede calcularse, Livio dejó de publicar hasta después del mes de agosto del año 14 d. C. 52 .
Las razones de esta interrupción no las conocemos. Se ha pensado que el contenido de ese libro, o de los siguientes era poco halagador para el princeps , pero, como observa Syme, el libro CXX contenía ya la censurable intervención de Augusto en las proscripciones, y lo más probable es que los motivos que indujeron a Livio a no seguir publicando no estuvieran en el pasado sino en el presente inmediato. Por ese mismo tiempo se suicidaba el orador e historiador T. Labieno, un pompeyano radical, que no quiso sobrevivir a su obra, condenada a la hoguera por decreto del senado, mientras que otra víctima de la censura, el orador Casio Severo, marchaba al exilio. Tito Livio, cuyos últimos libros le habían valido por parte de Augusto la amistosa recriminación de ‘pompeyano’, aunque su obra no corriera peligro, pensó que no era digno publicar libremente, cuando otros pagaban tan caro el expresarse con libertad 53 . Es posible también que a la protesta de silencio por el trágico destino de Labieno y de Casio Severo se uniera la decepción por el giro que tomaba el presente cuya historia había pensado relatar, y decidiera dar por concluida su obra. El futuro emperador Claudio —es de creer que siguiendo el consejo que le había pedido a Livio 54 — inició su vocación con una historia de su propia familia a partir del año 44 a. C. Los historiadores de hechos contemporáneos solían comenzar su obra donde un predecesor ilustre había interrumpido la suya. Es tentador pensar que el consejo de Livio al joven Claudio fue que enlazara con el que entonces era o iba a ser el final de Ab Urbe Condita . El libro CXX terminaba en el año 43 a. C. Sea como fuere, la decisión de Livio de no publicar no significó dejar de escribir, o, al menos, no por mucho tiempo. Siguió escribiendo y retuvo inéditos los libros terminados que habría de publicar después de la muerte de Augusto. El libro CXXI fue seguramente aquel en el que, según cuenta Plinio el Viejo, Livio comenzaba diciendo «que ya había alcanzado gloria bastante y que habría podido retirarse, si no fuera porque su espíritu inquieto encontraba su alimento en el trabajo». Así explicaba su regreso y reanudaba el contacto con el lector después de un largo silencio 55 .
Sobre el final de Ab Urbe condita en el libro CXLII y el año 9 a. C. las opiniones están divididas. Hasta no hace mucho tiempo se pensaba que Livio había muerto sin haber podido terminar su obra. Se basaba esta idea en la creencia de que Livio había escrito apresuradamente (del 14 al 17 d. C.) los libros CXXI-CXLII y que la extrema brevedad de la períoca del último libro indicaba que había quedado incompleto, pero Gertrud Hirst arguyó que si Livio al final de su vida había escrito a vuelapluma los veintidós últimos libros era con la intención de llegar a una meta, el desastre de L. Druso en Germania en el año 9 a. C., que podía ser perfectamente un final intencionado: en los últimos libros la referencia a sus conquistas era constante, se trataba de un personaje de conocidas simpatías democráticas y su muerte habría sido interpretada por Livio como la desaparición de la última esperanza republicana. R. Syme, argumenta exhaustivamente en favor de la propuesta de Hirst, pero piensa que el proyecto original de Livio se extendía hasta el final de las guerras civiles y el restablecimiento de la paz con el triunfo de Octaviano (libro CXXXIII), y que los nueve últimos libros (CXXXIV-CXLII), hasta la muerte de Druso en el año 9 a. C., con un final escogido y adecuado, fueron un apéndice sobre «La República de César Augusto», de cuyo comienzo podría proceder el pasaje citado por Plinio. Por otra parte, cree que Livio, desencantado del régimen augústeo, puso punto final a sú obra, incluido el apéndice, entre los años 4 y 10 d. C., siendo indiferente que muriera antes o después que el princeps .
Posteriormente, Ph. A. Stadter y G. Wille han restablecido la opinión antigua. El primero opina que el término previsto por Livio en un principio era el libro CXX (la quiebra del régimen republicano con la formación del segundo triunvirato y la muerte de Cicerón) y que los últimos veintidós libros fueron un apéndice sobre hechos contemporáneos, que probablemente quedó incompleto a la muerte de su autor. Para G. Wille sólo su propia muerte pudo impedir a Livio culminar su proyecto de llegar a la muerte de Augusto en el libro 150.
Las opiniones de Stadter y de Wille sobre el final previsto de Ab Urbe Condita en los libros CXX o CL reflejan su convencimiento de que toda la obra de Livio respondió a un patrón numérico. Esto parece indiscutible hasta el libro XLV; en los libros conservados y en los resúmenes de los que se perdieron se distinguen objetivamente dos unidades temáticas de quince libros cada una (I-XV y XVI-XXX), y un último grupo de quince libros (XXI-XLV), cuya cohesión desde el punto de vista del contenido, aunque más discutida, no deja de ser verosímil. También se reconoce, en general, que cada uno de esos tres bloques de quince libros está compuesto por unidades menores de diez y cinco libros, coincidentes con divisiones temáticas más o menos marcadas. El esquema de los primeros cuarenta y cinco libros es, pues, el siguiente:
I-XV:
Desde la fundación de Roma hasta el final de la conquista de Italia:
I-V:
Desde la fundación de la ciudad al saco de Roma por los galos:
VI-XV:
La conquista de Italia:
VI-X:
las guerras samníticas,
XI-XV:
la guerra contra Pirro.
XVI-XXX:
Las guerras contra los Cartagineses:
XVI-XX:
La primera guerra púnica;
XXI-XXX:
La segunda guerra púnica:
XXI-XXV:
Aníbal vence a Roma,
XXVI-XXX:
Roma vence a Aníbal.
XXXI-XLV:
Las guerras de Oriente:
XXXI-XXXV:
La guerra contra Filipo V,
XXXVI-XL:
La guerra contra Antíoco,
XLI-XLV:
La guerra contra Perseo.
Frente a la opinión común de que en los libros perdidos Livio, sobrepasado por una materia cada vez más amplia y más compleja, abandonó su empeño inicial de dividir su obra en grupos de cinco, diez o quince libros, Ph.A. Stadter y G. Wille, como antes P. G. Walsh, afirman que no sólo siguió con el método, sino que lo endureció: de las tres opciones que se había permitido, renunció a dos. Para Walsh, toda la obra de Livio estaba compuesta por péntadas; Stadter distribuye los 120 libros del «proyecto original» en 12 décadas; Wille ve en ella un esquema incompleto de 10 unidades de 15 libros, o ‘pentekaidekades’.
Son muchos los datos que militan contra la idea de un patrón numérico fijo en la composición de los libros perdidos con correspondencias temáticas semejantes a las que se advierten en la parte que se nos ha conservado: confidencias del propio Livio en XXXI, 1, agrupamientos irregulares como el de los libros CIX-CXVI, excursos o prefacios que no encajan en ningún múltiplo... La hipótesis sólo se hace verosímil si se admite que el cambio en la materia histórica trajo consigo un cambio en los hábitos compositivos del autor: el desplazamiento del foco de interés de las guerras externas a los conflictos internos se habría traducido en una composición no subordinada rigurosamente, como al principio, a las épocas marcadas por los conflictos bélicos, sino atenta sobre todo a los procesos sociales y a los personajes históricos como elementos unificador de los sucesivos grupos de libros 56 El esquema decàdico de Stadter ha encontrado aceptación desde un punto de vista literario 57 , y debe ser tenido en cuenta, aunque sólo sea porque permite contemplar la parte perdida de Ab Urbe condita como una construcción abarcable y equilibrada; en su análisis, los últimos veintidós libros CXXI-CXLII no presentan signos de composición decádica, los anteriores, desde el XLVI responderían al siguiente esquema:
XLVI-L: El sometimiento final de Grecia y Asia.
LI-LX: Asuntos internos desde la caída de Cartago a la legislación de C. Graco.
LXI-LXX: Los treinta años desde Graco a M. Livio Druso.
LXXI-LXXX: Las guerras civiles hasta la muerte de Mario.
LXXXI-XC: Las guerras civiles hasta la muerte de Sila.
XCI-C: El ascenso de Pompeyo hasta el 66 a. C.
CI-CX: El predominio de Pompeyo.
CXI-CXX: La guerra civil: desde la muerte de Pompeyo a la muerte de Cicerón (43 a. C.).
En este esquema puede verse reflejada, según Walsh (1974), la interpretación titoliviana de la historia de Roma. En el prefacio, después de encarecer las virtudes de quienes habían forjado la grandeza del poder romano, Livio invita al lector a seguir mentalmente el proceso de su decadencia, comparable al de un edificio que se va degradando: la integridad moral de los romanos, con el paulatino relajamiento de la disciplina, primero se resquebrajó, luego se fue desmoronando más y más, por último, comenzó a desplomarse por el suelo 58 . Hasta el libro L, la historia de Livio ha sido la del nacimiento y engrandecimiento de ese poder, gracias a la rectitud política y moral de los romanos. En la década LI-LX, con la destrucción de Cartago, Roma, sin enemigos, pierde el vínculo más fuerte de cohesión social; el estado comienza a verse sacudido por la agitación revolucionaria encabezada por los Gracos: asistimos a la primera fase de la decadencia (labente paulatim disciplina uelut dissidentis primo mores...) . Los treinta años comprendidos en los libros LXI al LXX, con «la venalidad de los senadores y la indisciplina de los generales» vieron agravarse y extenderse la degradación (ut magis magisque lapsi sint) . Por último, el colapso político y moral de la sociedad romana (tum ire coeperint praecipites...) se extiende desde el libro LXXỈ al CXX, cincuenta libros para cincuenta años (91-43 a. C.) de guerras civiles, desde la que enfrentó a Roma con los pueblos itálicos hasta el final de la de César y Pompeyo.
IV. EL PROYECTO HISTORIOGRÁFICO DE LIVIO . SU LUGAR EN LA HISTORIOGRAFÍA ROMANA .
El prefacio de Livio es una pequeña joya literaria que persigue objetivos conocidos con medios convencionales... El historiador persigue en el prefacio los mismos fines que el orador en el exordio, enganchar al lector —valga la expresión— y crear en él una actitud benévola. Para ello, la retórica disponía de un arsenal de lugares comunes: modestia o prestigio del que habla, novedad, importancia o dificultad del asunto, etc. En la obra histórica, el prefacio es también el lugar apropiado para que el autor exponga sus principios, lo que trajo consigo nuevos tópicos: los deberes del historiador, la naturaleza de los procesos históricos, el beneficio de su conocimiento... Analizado bajo esos criterios, el prefacio de Livio no es, en apariencia, más que un hilvanado de ideas recibidas 59 .
Al mismo tiempo, en opinión de muchos, se trata del prefacio más personal de la historiografía antigua. El arte que combina aspectos tan dispares se resiste a ser definido. En cuanto al contenido, su originalidad se muestra en concebir el pasado como refugio del presente y en invocar a los dioses a la manera de los poetas; en la expresión sorprende la soltura con la que el texto fluye, como siguiendo no un orden lógico preestablecido, sino el curso de las ideas que acuden espontáneamente al pensamiento. En ambos planos lo peculiar consistiría en rasgos que lo definen como acto de comunicación. Frente al distanciamiento solemne de los prefacios al uso, el de Livio se distingue por entablar desde el principio una relación directa, llana, casi confidencial con el lector. La naturalidad discursiva del texto podría deberse a que, siendo un monólogo, su construcción sigue el ritmo de un diálogo implícito entre el emisor del mensaje y su público.
La familiaridad con la que Livio se dirige al lector es un poderoso recurso de la captatio benevolentiae; con ese mismo fin, en toda su modestia, Livio comienza escudando la osadía de su proyecto tras un noble patriotismo. No sabe, dice, si valdrá la pena volver sobre un asunto tan viejo y tan trillado, pero, en todo caso, a él le llenará de orgullo haber contribuido, en la medida de sus fuerzas, a perpetuar la memoria de «la nación más grande de la tierra»; y si entre tantos autores su fama quedara oscurecida, el prestigio de quienes hayan ensombrecido su nombre le servirá de consuelo. Su tema es una enorme tarea: abarca más de siete siglos y, nacido de pequeños principios, tanto ha crecido que «ya se resiente bajo el peso de su propia grandeza»; además, está seguro de que la mayoria de los lectores, impacientes por llegar «a estos tiempos nuevos, en los que se aniquilan a sí mismas las fuerzas de un pueblo que desde antiguo ha impuesto su dominio», no disfrutarán mucho con la historia de sus orígenes y tiempos inmediatos. Él, por su parte, al menos mientras le absorba la evocación de aquella edad remota, espera obtener de su trabajo la recompensa añadida de alejar su mirada de las «desgracias que nuestro tiempo lleva tantos años viendo», libre de las preocupaciones que pueden, si no desviar al historiador de la verdad, sí, al menos, privarle de sosiego.
En tanto que declaración de principios, el texto se centra en tres cuestiones fundamentadas en el proceso histórico romano: neutralidad crítica frente a la no historicidad de la tradición legendaria, concepto ético de la causalidad de los hechos y primacía del valor instructivo del conocimiento histórico. El marco en que estas cuestiones se incardinan la historia de Roma, es, para Livio, un proceso de degradación moral, en el que a partir de un pasado intachable, con el abandono de las virtudes que fraguaron su grandeza, se ha llegado a un presente, heredero orgulloso de un imperio, pero que está viendo esa herencia amenazada por la autodestrucción y el desconcierto.
Inmediatamente después de referirse a la impopularidad de la historia primitiva, aludiendo de paso al deber del historiador de no apartarse de la verdad, el hilo de su pensamiento lleva a Livio a los relatos maravillosos que adornaban la historia de la fundación de Roma: no es su intención ni confirmarlos, ni rechazarlos; ese mezclar a los dioses en la historia humana es una licencia otorgada a la antigüedad para hacer más venerable el origen de las ciudades, y si a algún pueblo hay que reconocerle ese derecho, «la gloria bélica de Roma es tan grande que, si se le antoja proclamar por padre suyo y de su fundador al dios de la guerra, las demás naciones deberían aceptarlo con la misma naturalidad con que aceptan su imperio». Pero son cosas a las que no piensa darles mayor importancia; en lo que él quiere que todos y cada uno le pongan la más viva atención es en el tenor de vida, en las costumbres, en qué clase de hombres y por qué medios hicieron surgir y prosperar, en la paz y en la guerra, ese imperio; y que se observe luego cómo el relajamiento de la disciplina provocó una creciente degradación, hasta llegar a «estos tiempos en los que ya no podemos soportar ni nuestros males, ni los remedios para ellos». Sin transición, proclama: «Lo más saludable y provechoso de la historia es que puedes ver, expuestas en espléndido monumento, toda clase de probadas enseñanzas, y tomar de ahí lo que, para tu propio bien y el de tu patria, debes imitar y aquello que debes evitar por ser vergonzoso en sus comienzos, o por sus vergonzosos resultados». Por último, entona un encendido elogio de las costumbres antiguas, señalando las virtudes que la sustentaban y los vicios que causaron su ruina: «Por lo demás, o el amor por la obra que he emprendido me engaña, o no hubo nunca nación más grande, ni más pura, ni más rica en buenos ejemplos, ni ciudad en la que tardaran más en penetrar la codicia y el lujo, o en donde se honrara más o por más tiempo a la pobreza y a la parquedad»; todo había cambiado no hacía mucho: «la riqueza generó codicia, y la abundancia de placeres, el deseo de perderse y de perderlo todo en medio de derroches y desenfrenos». Pero Livio no quiere terminar su prefacio con importunas quejas, sino iniciar su obra con los mejores augurios: si fuera costumbre de los historiadores, como de los poetas, invocar a los dioses, con gusto les rogaría que llevaran la suya a feliz término 60 .
La obra de Livio no sólo tuvo la suerte que él pedía, sino que eclipsó a los autores cuya fama habría de consolarle de un posible fracaso. Ya eran muchos los historiadores romanos y mucha la variedad de escritos históricos, pero, sin duda, él se refería especialmente a aquellos con los que su obra iba a competir de igual a igual, es decir, a los annales o historias de Roma desde su fundación, y a sus autores, los analistas 61 . La voluntad de Livio de emularlos a todos hace que la historia de la analística sea la base más idónea para interpretar correctamente su proyecto historiográfico (sin olvidar que, siendo los analistas la fuente principal de la parte conservada de Ab Urbe condita , cada uno de ellos, en la medida en que puede ser identificado y conocido, es referencia obligada para su análisis histórico y literario).
Los investigadores distinguen tres generaciones de analistas anteriores a Livio 62 . El primero fue Fabio Píctor, que a comienzos del siglo II a. C. escribió en griego la primera historia de Roma, para dar a conocer los nobles orígenes y el alto destino de su patria y defender la política romana en la reciente guerra. Su ejemplo fue seguido por L. Cincio, coetáneo suyo, y por G. Acilio y A. Postumio, que escribieron casi ya mediado el siglo; todos ellos forman la analística primitiva. Era comprensible que Fabio escribiera en griego para dirigirse al mundo en el que Roma acababa de irrumpir tras su victoria sobre Aníbal, pero seguir haciéndolo después de las guerras macedónicas revelaba ya un complejo de inferioridad cultural. Catón reaccionó iniciando la historiografía romana en latín; su obra, Origines , que incluía la prehistoria de otras comunidades itálicas, pretendía reforzar en ese marco la identidad nacional, socavada por la grequización que fomentaban los círculos aristocráticos, y restablecer la antigua moral, corrompida por el contacto exterior; transcribió en ella sus propios discursos, con lo que, en parte, la escribió pro domo sua . Catón dió paso a la analística media, o analistas del tiempo de los Gracos, C. Hemina, Calpurnio Pisón, G. Fanio, Gn. Gelio, entre otros, que en el último tercio del siglo siguieron en distinta medida las líneas trazadas por él. Los analistas de las dos primeras generaciones fueron todos hombres de experiencia política, que escribieron para un número reducido de lectores, de sus mismos círculos, con la idea de formar minorías, defender una postura personal u ofrecer a los interesados el conocimiento, siempre valioso, de precedentes históricos; la mayoría trató con amplitud el período legendario y la época contemporánea y con brevedad los siglos intermedios. Frente a ellos, los autores de la analística moderna o posterior a Sila, Valerio Antias, Licinio Macro y Claudio Cuadrigario, que escribieron en los años 70 a. C., se caracterizaron por ser sobre todo hombres de letras (sólo Macro tuvo actividad política) que llenaron el vacío narrativo de los primeros siglos republicanos y escribieron al servicio de un clan familiar o de un partido, al tiempo que respondían al interés de un mayor número de lectores por un producto más literario.
Aparte del influjo de las transformaciones sociales sobre autores y lectores, los cambios sufridos por la analística, como se ha dicho de la historiografía romana en general, estuvieron condicionados por sus orígenes en el ámbito de la religión del estado y por el influjo de los modelos griegos. En Grecia, la historia, nacida con Heródoto, había alcanzado su más alto nivel hacia finales del siglo V a. C. con la obra de Tucídides, que propugnaba la investigación de la verdad objetiva de los hechos políticos y militares, el análisis racional de sus causas y efectos, y la misión de ser útil al hombre de estado. En los siglos siguientes predominó una historiografía menos científica, en la que ya es costumbre distinguir dos tendencias: la isocrática o retórica, representada por Éforo y Teopompo, que aunque acataba la primacía de la verdad, admitía contenidos legendarios, generalizando el valor formativo de la historia bajo un concepto de provecho moral, y la peripatética o «trágica», cultivada señaladamente por Duris y Clitarco, que buscaba el placer del lector antes que su aleccionamiento y ponía el efectismo del relato por encima de la verdad. En Roma, desde los primeros tiempos de la ciudad, según la tradición antigua, y a partir del 400 o del 300 a. C., en opinión de la crítica moderna, uno de los cometidos del pontífice máximo fue cuidar del registro de los principales sucesos que se exponía al público en su residencia. Estas anotaciones fueron la primera documentación sistemática de la historia de Roma. En los annales a que dieron lugar figuraban los nombres de los cónsules del año y un resumen de lo ocurrido bajo su mandato. A ciencia cierta sólo sabemos que incluían noticias sobre eclipses, carestías y cosas parecidas, pero es lógico pensar que contenían también información de otra naturaleza: sobre las guerras y los principales acontecimientos internos, sobre las leyes y los más importantes decretos del senado. En todo caso, cuando alrededor del 120 a. C., ampliados quizá con material de otros archivos, fueron publicados con el nombre de Annales Maximi formaban una voluminosa crónica, tal vez algo así como la crónica oficial del Estado romano.
El influjo de los modelos griegos y de la documentación de los pontífices sobre las primeras generaciones de analistas son difícilmente comprobables, dada la práctica desaparición de toda esta literatura; es la propia obra de Livio la que permite entrever su efecto sobre los analistas modernos, que fueron sus fuentes más directas. La publicación de los Annales estereotipó el esquema narrativo heredado por Livio, y al difundir una información antes sólo accesible a unos pocos, posibilitó la redacción de historias ab urbe condita por autores ajenos al mundo de la política. Inspirándose en modelos griegos, los últimos analistas añadieron al planteamiento moral de inspiración isocrática, presente en sus predecesores, la habilidad y libertad de elaboración literaria, propias de la historiografía «trágica», que utilizaron para ampliar el escueto relato de los primeros siglos de la república; también los argumentos de la historiografía científica pudieron pesar en la decisión de Cuadrigario de excluir de su historia todo lo anterior al asalto e incendio de Roma por los galos.
En alguno de estos cambios los últimos analistas no tuvieron más que seguir el precedente de autores que cultivaron otras variedades historiográficas, como la monografía histórica y la historia contemporánea. También Livio halló en ellos fuentes documentales y, sin duda, ejemplos que seguir o que evitar por sus principios teóricos, o por sus resultados literarios. La primera monografía histórica latina fue el Bellum Punicum , de Celio Antípatro, publicado por la misma época que los Annales Maximi . Antípatro fue el primer historiador que no perteneció a la clase política y el primero también en buscar el placer y la emoción del lector, no su aleccionamiento, dando cabida en su obra a lo excitante y a lo maravilloso. En la historia sobre sucesos contemporáneos el primer autor romano, tras el ejemplo de Polibio, fue Sempronio Aselión. Polibio, uno de los nobles aqueos deportados a Roma tras la batalla de Pidna, consejero del círculo combatido por Catón y definidor de la historia pragmática, había comenzado a publicar su análisis de la expansión romana hacia el año 150 a. C., siguiendo en todo la huella de Tucídides. Las Res gestae de Aselión enlazaban con el final de la obra polibiana (14 a. C.) y se extendían hasta el 91 a. C.; en el 91 comenzaban las Historiae de Cornelio Sisena; con Sisena, al que Cicerón tilda de pueril imitador de Clitarco y que llegó hasta la muerte de Sila (78 a. C.), enlazaron las Historiae de Salustio, cuyo final tal vez fuera el año 60 a. que fue el punto de partida de Asinio Políón. Salustio cultivó también, como es sabido, la monografía, combinando una cierta imitación de Tucidices con las preocupaciones éticas de los analistas; tal vez fuera el primero en concebir el destino de Roma como un proceso de decadencia moral y política. A la historia contemporánea se deben adscribir las memorias autobiográficas de políticos como Escauro, Cátulo, Rufo, y Sila, y los commentarii de Julio César. Junto a este tipo de obras, en boga desde el memorándum político de G. Graco, la erudición, las crónicas, y las biografías y compilaciones anecdóticas de un Varrón, un Ático, un Nepote completan y caracterizan el panorama historiográfico anterior a Livio; hasta el punto de que un analista tardío, Q. Elio Tuberón, casi coetáneo suyo, parece interesado especialmente en contenidos anticuarios.
Sobre este fondo la figura de Livio destaca, en primer lugar, por lo que la crítica de la literatura moderna ha acuñado como vuelta a la generación de los abuelos. Su obra se desvincula de las tendencias más en boga, la investigación anticuaria, el relato episódico o la historia del pasado inmediato. En otro orden de cosas, no puede decirse que se distinguiera por la originalidad de su interpretación histórico-filosófıca. En su concepción de la historia de Roma como un proceso de decadencia el referente inmediato es Salustio, pero en su desarrollo del tema Livio sigue una vía distinta; ambos se remontan, no obstante, a mediados del siglo II a. C. 63 . El orgullo patriótico, la convicción de que Roma debía su grandeza a sus virtudes antiguas hermana a Livio ya con Fabio Píctor, mientras que su intención moralizadora es común a los analistas desde Catón y Calpurnio. En relación con los modelos griegos, tomando en cuenta todos los indicios, podría decirse que Livio no sigue un esquema teórico exclusivo, sino que comparte el eclecticismo de las dispersas reflexiones de Cicerón sobre la historia 64 : como en Cicerón, el deseo de no dejar en el olvido los hechos dignos de recuerdo, que movía a Heródoto, convive en él con el ideal de verdad de los pragmáticos y la fe isocrática en el valor moral de los ejemplos; incluso las concesiones al sensacionalismo «trágico» que hace Cicerón cuando le pide a Luceyo que adorne la historia de su consulado, las admite Livio en otras cuestiones en nombre del prestigio de un pasado mítico, del que son parte constitutiva. Pero, al margen de las distinciones académicas entre isocráticos y trágicos dentro de la historiografía helenistica, en la gran disyunción entre una historia pragmática, analítica, racional y objetiva, y una historia moral, simbólica, subjetiva y retórica, es evidente que Livio pertenece a esta última.
Por lo que se refiere a los objetivos perseguidos por Livio, la letra del prefacio no parece dejar lugar a dudas: su interés en la historia es fundamentalmente ético y didáctico. Livio se compromete ante el lector a que, si se le presta la máxima atención en lo que de verdad importa, él sabrá mostrarle las causas del éxito romano y de su decadencia; y son carácter, hábitos, conducta, en una palabra, ethos . Lo que cuenta, por otra parte, es la capacidad ejemplarizante de la narración, la historia como un repertorio de modelos. Como demuestra su no beligerancia ante los contenidos míticos, del pasado le interesa menos la verdad de los hechos que las verdades que pueden dirigir nuestra conducta: no es necesario someter a juicio la verdad de las fábulas porque, verdaderas o falsas, sirven a sus propósitos simbólicos y didácticos 65 .
De acuerdo con algunos críticos, estos propósitos de Livio y aun su decisión de reescribir la historia de Roma desde sus comienzos estarían subordinados a una intención política. Sobre el telón de fondo de la restauración de la República por Augusto en el año 27 a. C., Livio habría querido fomentar la recuperación del orgullo patriótico, rescatar el espíritu ancestral de Roma y asumir la defensa e ilustración de la religión, instituciones y costumbres antiguas, que eran los principios sobre los que Augusto basaba su proyecto; en una palabra, convertir a sus lectores en romanos en el sentido de la renovación augústea y hacer de su obra un instrumento de propaganda con la intención de recomendar el principado 66 .
Estas dos opiniones sobre la finalidad de la obra histórica de Livio contienen una parte de verdad, pero son posturas extremas que deben ser matizadas. Es cierto que el prefacio rezuma admiración por el pasado y didactismo, pero, por una parte, la idea (ya en desuso) de que Livio actuó como portavoz y panegirista del nuevo régimen, sin entrar ahora en otros argumentos, está en abierta contradicción con la imagen del presente que en el mismo prefacio se dibuja, por otra, la opinión que hace de la pura intención didáctica poco menos que la razón de ser de Ab Urbe condita , y de Livio, poco más que un predicador del escarmiento no hace justicia ni a las intenciones del autor, ni a los valores de su obra. En la decisión de Livio de emular a los ya olvidados analistas y en su concepto de la historia influyeron motivos muy diversos tanto de carácter personal, como literario. La oportunidad histórica del nuevo orden político tuvo que ver en ello, pero en otro sentido.
A la altura del año 50 a. C. Cicerón dictaminaba que la historia era el único género literario en el que los romanos no estaban todavía a la altura de los griegos. En un pasaje del De Legibus , los interlocutores del diálogo, el propio Marco Tulio, su hermano Quinto y su fiel Ático, abordan el tema. Ático le recuerda a Cicerón que se espera de él la obra que colme esa laguna. Quinto interviene: no es la primera vez que trata del asunto con su hermano, y una sola diferencia los separa, él es partidario de una historia de Roma desde los primeros tiempos, algo que se ha escrito de manera que es ilegible, mientras que Marco prefiere los sucesos en los que él mismo ha tomado parte. Ático se inclina por la opinión de Marco: prefiere que él escriba de su época, «que ha visto los sucesos más importantes, antes que proclamar, como se dice, los méritos de Rómulo y Remo».
Poco tiempo después, con César y Salustio, la historia tenía en Roma a sus primeros clásicos. La monografía, la historia contemporánea y el memorialismo político habían accedido literariamente a un nuevo estatus. Nepote añadiría nuevas variedades de escritos históricos. Faltaba todavía la historia general de Roma, anclada con sus últimos cultivadores en la prehistoria del estilo; faltaba quien se atreviera a proclamar dignamente los méritos de Rómulo y Remo. Los tiempos no habían sido propicios; a remolque de las guerras y de los conflictos civiles, la historia adoptó formas polémicas (libelos, invectivas) o propagandisticas: da la versión propia de los tiempos recientes e interpreta fragmentos del pasado en clave contemporánea; o, en manos de quienes se quedan al margen de las turbulencias, se refugia en la seguridad inocua de la erudición y de la retórica. Sólo con la victoria de Augusto y el retorno de la paz se alcanzó el punto de sosiego que permitía volver la vista hacia el pasado: Dionisio de Halicarnaso escribe sus Antiguëdades Romanas; Trogo Pompeyo, una historia universal que culmina en Roma; Livio hace suya la arriesgada propuesta de Quinto Cicerón.
El proyecto de Livio era hacer una obra literaria y su objetivo, conseguir la fama y el reconocimiento. Al principio del prefacio Livio antepone la satisfacción de su contribución patriótica al incierto resultado de su empresa y se consuela abnegadamente de un posible fracaso con el mérito de los rivales no vencidos, pero en el fragmento aquel de otro prefacio que conocemos por Plinio, cuando ya no tenía que ganarse al lector, Livio declaraba haber logrado fama suficiente para poder abandonar tranquilo su trabajo. Está claro que, en el fondo, el primer motor de su proyecto no ha sido mantener vivas las glorias de la patria (ni, a fortiori , reeducar a los romanos), sino alcanzar la gloria literaria. El propio Plinio le criticó que demostrara tan poco patriotismo 67 .
La opción de Quinto estaba ciertamente desacreditada. La decisión de reescribir la historia de Roma desde sus comienzos, obligaba a Livio a disipar los recelos que iba a despertar en más de un lector ilustrado. Dar cabida en su obra a los relatos legendarios repugnaba a cualquier planteamiento mínimamente riguroso de la historia; incluso un analista como Claudio Cuadrigario... Sin embargo, se trataba de un material con excelentes posibilidades literarias que merecía la pena salvar. Personalmente Livio no estaba en condiciones de cumplir los requisitos de la historia cientifica. Su inexperiencia política le incapacitaba para reinterpretar el pasado en términos de lucha por el poder o de intereses de partido. Su educación y su carácter («paduanismo») le dictaban una visión de la historia en términos de individuos y conductas, de virtudes y de vicios; el moralismo era también consustancial a la historiografía analística, de modo que, como suele decirse, hizo de la necesidad virtud. El prefacio sirve de pórtico a toda la obra, pero, de forma muy particular, a la historia primitiva; en realidad, las ideas de alcance general se subordinan en él a la justificación de los contenidos objetables, y puede leerse como discurso de la defensa que «dialoga» con las objeciones previstas y echa mano de todas las ventajas de la parte defendida.
Después de presentar su proyecto ante el lector, Livio, como hemos visto, se anticipa a su posible desdén por la historia de los orígenes de Roma. Su confesión de escapismo hacia el pasado es también la sugerencia de un posible aliciente: literatura de evasión, lectura que consuela de los sinsabores de una penosa realidad. Admite que en torno a la fundación de la ciudad se transmiten hechos «más bien embellecidos por fantasías poéticas que asentados sobre auténticos documentos históricos», pero elude entrar en el fondo de la cuestión (ea nec affìrmare nec refellere in animo est); su exculpación incluye un argumento de historia cultural (se permite que las ciudades ennoblecezcan así sus comienzos) y un dardo irónico, que halagaría los sentimientos del lector, contra los que critican (en la ficción) el origen divino del poder al que están sometidos (sin inmutarse) en la realidad. Pero la intervención divina en los planes de la fundación es sólo un ejemplo entre otros muchos casos semejantes (Haec et his similia) . La forma de eludir una invalidación general, sin entrar, de nuevo, en el fondo de la cuestión («sea cual sea la consideración o el juicio que merezcan estas cosas y otras parecidas») es concederles una importancia secundaria (haud in magno ponam discrimine) , recurriendo a la filosofía vulgar sobre la historia: lo que importa es atender a las conductas, porque (supliendo el nexo implícito en el texto) «Lo más saludable y provechoso del conocimiento histórico... etc.». El final del prefacio, el elogio de la Roma antigua (con una transición suelta en el texto) implica un nuevo razonamiento elíptico; como si se nos dijera: ‘si esto es así, ¿qué espejo mejor que nuestra patria en sus primeros tiempos, la más grande, la más pura, la más rica en buenas enseñanzas en la que más tarde entraron Vicio y Corrupción...?’ En definitiva, la solemne proclamación del valor instructivo de la historia, sin dejar de ser una convicción personal del autor, cumple en el prefacio la función de argumento en defensa de una causa literaria, no es la declaración de los fines que el autor se ha propuesto, o la misión que ha hecho suya. El lector romano no dejaría de leer, ni tendría en menos, por razón de principios, una Historia que albergaba fantasías.... El lector moderno puede sentirse libre de la amenaza del moralista que sólo piensa en aleccionarnos con historias ejemplares.
La reivindicación de la obra de Livio como proyecto literario no quiere decir que no tuviera parte en ella un ingrediente que, más que político o moral, habría que llamar, sencillamente cívico. Lo que puede deducirse del resignado desencanto del prefacio es que, si en Livio había prendido en algún momento la esperanza de recuperación que significaron la victoria de Augusto en Accio y su promesa de restaurar la República, su ilusión había durado poco. Las cosas no volvieron, aunque volvieran los nombres; el pasado republicano era ya irrecuperable. Livio conservó, no obstante, el fondo de optimismo que refleja su orgullosa proclamación de Roma como princeps terrarum populus y la opción abierta a todos de seguir las enseñanzas de la historia; no dejó de sentir intensamente el desprestigio de la pérdida de los valores morales, ni de creer en el poderoso efecto del comportamiento moral sobre la marcha de los sucesos políticos. Esta mezcla de fe y escepticismo produjo en él una visión hiperidealizada de los primeros siglos romanos y dio a su programa cívico una dimensión intemporal; su prefacio es «el credo de un joven idealista», su obra, puede ser un monumento al pasado o un «mensaje para la posteridad» (Walsh).
Ese rasgo de imprecisión temporal, de utopía, puede explicar la gran aceptación de Livio entre sus contemporáneos: los partidarios, los creyentes de la propaganda augústea encontraron apoyo en la imagen del pasado en Livio, en su elogio y defensa del tenor de vida, de las costumbres, de la religión de sus antepasados (coincidente con las promociones de Augusto, aunque no formara parte de ellas), sin percatarse, tal vez, de lo mucho que en todo ello había de elegíaco; los desencantados, el «nuevo público no interesado en las lecciones políticas ni en el adoctrinamiento moral y sí deseoso de una buena literatura histórica» (W. Hoffmann) pudo tomarse el sesgo moralizador a benefìcio de inventario, como planteamiento convencional del género, sin dejar de disfrutar por ello de la maestría de un prosista moderno.
De lo que menos dice el prefacio es de la dimensión histórica del proyecto de Livio, es decir, acerca de su intención en cuanto a conseguir un mejor conocimiento de la verdad de los hechos del pasado. Según sus propias palabras, cada nuevo historiador emprende su obra con el convencimiento, o de añadir alguna certeza nueva en la esfera de los hechos, o de superar en el estilo la rudeza de los antepasados. Alude luego al deber del historiador de no apartarse de la verdad. Esta ‘primera ley de la historia’ consistía, en palabras de Cicerón, en no decir nada que no sea cierto y en no callar nada que sea verdadero. La postura de Livio frente a la tradición legendaria no debe ser sacada de contexto y convertida en norma de su actitud ante la tradición histórica. Frente a ésta, el no estar Livio vinculado a los asuntos públicos, ni a intereses de familias o partidos, como lo estuvieron todos los analistas, garantiza a priori en él un desinterés en el seguimiento de los hechos y una exactitud en la reproducción de sus fuentes muy superior a la de cualquiera de ellos 68 . En el prefacio, lo que hace temer que Livio pueda apartarse de la verdad o silenciarla no es que admitiera (con las naturales reservas) las licencias poéticas de los relatos fabulosos, sino su exaltado patriotismo, su hiperbólica alabanza de las costumbres antiguas 69 . En cuanto al estudio propiamente crítico, orientado a la depuración y confirmación documental de la verdad de los hechos, la invocación a los dioses, a la manera de los poetas, con la que Livio cierra su prefacio parece un indicio cierto de que, frente a su tarea, él se veía a sí mismo más como creador literario, que como investigador 70 .
V. LA HISTORIA DE ROMA VISTA POR T. LIVIO
La lectura de los libros conservados de Ab Urbe condita hace suponer que toda la obra de Livio consistía en el desarrollo del esquema trazado por él en el prefacio; en éste sólo falta un rasgo: el providencialismo en el motivo del princeps terrarum populus . Roma accedió al dominio sobre todos los pueblos guiada por un destino sobrenatural, fue también un ‘pueblo elegido’. Todo el libro primero se podría colocar bajo ese lema. La profecía de Rómulo divinizado a Próculo Julio (16, 7: «Ve y anuncia a los romanos que es voluntad de los dioses que mi Roma sea cabeza del orbe; que cultiven, por tanto, el arte de la guerra... no habrá fuerzas humanas que resistan a los ejércitos de Roma») la confirman hacia el final del libro (55, 3-6) dos señales divinas: cuando Tarquinio el Soberbio, queriendo reservar la colina Tarpeya para el templo de Júpiter que iba a construir, mandó desconsagrar todos los que allí había, primero, los auspicios no aprobaron el traslado del templo del dios Término, poco después, los que cavaban los cimientos para el nuevo desenterraron una cabeza humana. Eran tautologías escondidas, una en la tierra, otra en las palabras. La prohibición de trasladar lo fijo (terminus: hito, mojón) vaticinaba la perdurabilidad del Estado; la cabeza encontrada, que aquel lugar sería ciudadela del imperio y cabeza del mundo. Pero ya antes de la fundación, el origen de la ciudad y el comienzo «del imperio más poderoso después del de los dioses» había sido cosa del destino: hizo falta que una vestal fuera violada por un dios; que una providencial crecida de las aguas impidiera que los recién nacidos fueran arrastrados por la corriente del Tíber; que los amamantara una loba... En todo el período legendario se repiten los signos que confirman la asístencia divina a los romanos 71 . Y aunque Livio refiere estas viejas historias con formas que denotan su escepticismo («cuentan», «se dice»), o busca una explicación racional (p. e., la loba no era tal lupa , sino una ‘mujer de lupanar’) , su visión de la ascensión romana al papel de primer pueblo de la tierra está impregnada de esta idea gloriosa de la Roma aeterna , destinada por los dioses a regir al mundo, que resuena, como profecía, en los discursos de Camilo (V 54, 7), o de Escipión (XXVIII 28, 9) y como un hecho cumplido, en boca de los propios enemigos 72 .
Roma no habría podido cumplir su destino si a la voluntad divina no se hubiera unido la virtus propia; pero contaba con ambas. Es el argumento de la embajada de Rómulo por las comunidades próximas, antes del rapto de las Sabinas, para que consintieran en matrimonios con los de la nueva ciudad: también las ciudades, como todo lo demás, nacían de la nada; luego, las que contaban con la ayuda de los dioses y de su propia virtus adquirían grandes recursos y gran nombre; bien sabían que al nacimiento de Roma no había faltado el concurso de los dioses y que el valor no habría de faltarle... La virtus es la cualidad del hombre (vir) por excelencia, la hombría que se demuestra sobre todo en el ejercicio de las armas: valor, arrojo, aguante, esfuerzo, fortaleza, valentía. La genuinidad romana de la virtus , su doble faceta, activa y pasiva, y su pertenencia a la esfera de la milicia las definen Mucio Escévola, exemplum virtutis (II 12, 9: et facere et pati fortia Romanum est) y la respuesta de Camilo al maestro de Falerias que prometía entregarle los niños de la ciudad cercada: «yo la conquistaré por métodos romanos: virtute, opere, armis » (V 27, 8). La capacidad y la eficiencia militar serán para Polibio la clave del dominio mundial alcanzado por Roma; Livio tributa su homenaje a la gloria militar romana en el conocido excurso sobre Alejandro (IX 17-19).
El libro primero pone de relieve casi todos los demás criterios de la visión titoliviana de la historia de Roma. Bajo la monarquía, la ciudad parece alcanzar ya su forma histórica y se forja como nación en los principios que le permitieron cumplir noblemente el destino que le prometían la voluntad de los dioses y su virtus . Los siete reyes, unos por incorporar nuevos contingentes de población a la ciudad añadiendo a su recinto cada vez una o dos nuevas colinas, otros por regular alguna esfera de la vida social, o por ambas cosas, o por la enseñanza de algún reprobable ejemplo, vendrán a ser cofundadores de una parte de Roma y forjadores de alguno de los rasgos de carácter (mores) , o modos de actuar (artes) propios de la nación romana 73 .
De las manos de Rómulo, como Atenea de la cabeza de Zeus, Roma parece haber nacido pertrechada y adulta: él le ha dado forma en todos los ámbitos, religioso (sacra) , legal (iura) , militar (vires) y político (senatus); sin embargo, en la serie de los papeles históricos, le tocará el de fundador de la ciudad por la fuerza de las armas, mientras que en esa fundación simbólica o moral que decimos, su trabajo habrá sido despertar la virtus romana y la conciencia de que su objetivo es un destino universal. Instaurada la monarquía electiva, Numa, su sucesor, el rey pacífico y piadoso, la fundará de nuevo en el derecho, la ley y la moral. Todo ello ocurrió por efecto de la reforma religiosa, que fue su tarea: imbuyó en el pueblo el miedo a los dioses y reguló estrictamente todos los cultos, públicos y privados, para reforzar el derecho divino contra el abandono de los ritos nacionales y la adopción de cultos extranjeros.
En la historia de Livio la religión ocupa un lugar de primera importancia, aunque la cuestión sobre sus creencias personales ha recibido muy variadas respuestas. La religión romana se basaba en la creencia de que todo proceso estaba activado por fuerzas sobrenaturales, de cuya cooperación dependía el éxito; su objeto era obtener esa colaboración divina. Los ritos (plegarias, sacrificios, adivinación) garantizaban la comunicación con los dioses, a condición de que se cumplieran escrupulosamente 74 . El cuidado o negligencia de los cultos tradicionales es el origen de la prosperidad o de la adversidad para los romanos, si no en opinión del autor, sí, al menos, de los personajes históricos retratados por él 75 . El tema aquí es el de la religión como tutela de la moralidad y de las leyes. El metus deorum debía cumplir en la paz el papel que en la guerra habían tenido el miedo al enemigo y la disciplina militar. Numa fingió una relación directa y personal con la divinidad, y la conciencia de la intervención divina en los asuntos humanos y el ejemplo de su vida llenó tanto de piedad los corazones que la lealtad a la palabra dada regía la ciudad en lugar del miedo al castigo y a las leyes 76 . La religio se manifiesta como pietas y pudor , reconocimiento y respeto de las obligaciones para con los dioses y los hombres y así se constituye en fundamento de la fides . Estas fueron cualidades esencialmente romanas. Tarquinio el Soberbio conquista Gabios por un procedimiento impropio de un romano (minime romana arte) , mediante el fraude y el engaño. El prisionero de Cannas que quiso librarse hipócritamente del juramento prestado es minime romani ingenii homo (XXII 58, 8). Amoldar las leyes a los intereses de cada uno, interpretar los juramentos a conveniencia, lo que entre los antiguos no ocurría y que Livio lamenta de su época, es un efecto de la neglegentia deum (III 20, 5). Y para el cónsul que ha de enfrentarse a Perseo la pietas y la fides han hecho la grandeza de la patria, y los dioses castigan a quienes las desprecian (XLIV 1, 11). Los cultos extranjeros (externa religio) aparecen unidos en la historia titoliviana a la ansiedad en momentos de crisis y a la corrupción de costumbres; estaban bastante extendidos en tiempos de Livio y, al igual que en las ocasíones anteriores, fueron reprimidos, esta vez por Augusto 77 .
A imitación de Eneas, promotor de la unión entre troyanos y latinos, Rómulo había propiciado la fusión romanosabina. Más tarde Tulo Hostilio deporta a los albanos a Roma y les concede la ciudadanía (al igual que harán con otros pueblos Anco Marcio y Servio) 78 . Pero Tulo Hostilio empañó su gloria militar al castigar al traidor Metió Fufecio haciéndolo atar a dos cuádrigas que tiraron de él hasta romper su cuerpo.
La política de integración de los reyes romanos y el castigo de Fufecio, son las dos caras de esa moneda que lleva grabada una alegoría de la clementia . Aquel castigo «fue, entre los romanos, el primer y último ejemplo de suplicio contrario a las leyes humanas: entre otras cosas, Roma puede gloriarse de que ningún otro pueblo ha adoptado castigos más benignos» (I, 28, 11). La clemencia es el principio que ha guiado el trato de Roma con los pueblos vencidos y es tan típicamente romana, ya sea en decisiones del Estado (clementia populi, dementia senatus ), o de sus generales (en particular, de Escipión, ideal del romano virtuoso), que cuando los griegos animan a Filipo a ser benigno, le dicen: imita a los romanos. No es sólo un rasgo de humanidad o generosidad, sino también una medida de conveniencia política: «De tal manera os han otorgado el poder los dioses inmortales, que de vosotros dependerá en lo sucesivo que el Lacio exista o. no. [...] ¿Queréis, imitando a vuestros mayores, aumentar el poder de Roma admitiendo a los vencidos en el número de vuestros conciudadanos? Hermosa es la ocasíón de engrandeceros cubriéndoos de gloria; porque el imperio más firme es aquel en el que es grata la obediencia» (VIII 13). La época de Augusto fue testigo de una exaltación sin precedentes de la virtud de la clementia que había de poner fin a los rencores de las guerras civiles 79 .
Anco Marcio devuelve a su pureza los ritos de Numa y lo imita instituyendo las bellicae caeremoniae , el derecho fecial. Durante el reinado de Tarquinio Prisco, el milagro del áugur Ato Navio, reafirma la práctica de los auspicios: «en adelante, tanto en asuntos civiles como militares, nada se hizo sin consultar previamente a los áugures»; más adelante, se estipula la fórmula de la entrega, o rendición sin condiciones (deditio) . Todo el ritual sagrado de los feciales, que regulaba la declaración de guerra, tenía como finalidad establecer ante los dioses que la guerra era justa; era una tradición común itálica, pronto secularizada y casi olvidada bajo la inevitable adaptación a otros tiempos, que revivió ocasíonalmente, en el s. II a. C., en un episodio de la guerra de Numancia, dejando huella en la historiografía; Octaviano lo había restaurado nuevamente en el 32 a. C. para declarar la guerra a Cleopatra 80 .
De estas páginas de Livio que encerraban tantas razones para interesar al lector contemporáneo hoy nos llega sobre todo la prefiguración de la conducta romana en los siglos, (o libros) venideros: la primera guerra más allá de sus fronteras en defensa de quienes habían hecho solemne deditio de sí mismos a la fides romana (VII 32, 1-2), las veces en que sus feciales o legados, o sus reclamaciones no iban a ser respetadas, el presagio solemne de que Roma nunca emprendería una guerra que no fuera pium iustumque , como habrían de reconocer sus propios enemigos (XLV 22, 5-8). En la historia de Livio no hay rastro de que Roma haya puesto en práctica nunca una política de agresión imperialista. Sólo algunas guerras del período primitivo fueron provocadas por Roma: guerras de supervivencia, de prevención o revancha de agresiones, en las que el resultado, la integración de los pueblos sometidos, justificó los medios. En las guerras de expansión, Roma no sólo no tomó la iniciativa, sino que se mostró remisa, y se arriesgó finalmente en defensa de sus aliados: contra los galos, fueron llamados por Clusium, en la primera contra los samnitas, por Capua; la responsabilidad de las otras dos guerras samníticas fue del enemigo que no respetó las treguas y despreció las justas reclamaciones romanas. Roma entró en las guerras púnicas en defensa de Mesina y de Sagunto, en la primera macedónica, respondiendo a la petición de Orico, de la segunda fue responsable Filipo... 81 . Los dioses eran garantes de la justicia de las guerras. Tratándose de asuntos públicos, conseguir el beneplácito de los dioses competía a las autoridades. En la toma de posesión de los cargos, al iniciar una campaña, un censo, una asamblea, el magistrado en cuestión, como parte de sus deberes, se aseguraba la pax deorum , normalmente mediante la observación del vuelo de las aves o la forma en que comían, o de signos celestes como el relámpago o el trueno; los dioses manifestaban además su acuerdo o desacuerdo sin ser consultados, a través de toda clase de fenómenos maravillosos o milagrosos (prodigio o portento) , que era necesario interpretar y expiar, y de forma especialmente significativa por medio de los sueños o de signos casuales. A veces los fracasos son atribuidos por los protagonistas históricos a incumplimiento de los deberes religiosos o desatención de avisos divinos; otras veces es el propio Livio quien asocia el emprender una campaña incertis auspiciis , o entablar una batalla sin haber expiado correctamente los prodigios con las funestas consecuencias que recayeron sobre los responsables 82 . Pero Livio suele incluir también motivos suficientes de carácter técnico o psicológico como para que el lector tenga que tomarse en serio lo sobrenatural; y, en relación con los prodigios y otros signos, abundan los pasajes donde ofrece una explicación racional, los achaca a la fantasía de los autores, o los califica de autosugestiones imaginarias multiplicadas por la credulidad 83 . Entonces, ¿por qué los reproduce tan meticulosamente? «No ignoro —dice— que en la actualidad no se cree en los presagios que envían los dioses y que por esta razón ni se publican los prodigios ni se consignan en los anales. Pero al escribir la historia de remotos tiempos, mi ánimo se eleva naturalmente a lo antiguo y una especie de escrúpulo me impide considerar indignas de figurar en mi historia cosas que en aquellos tiempos hombres prudentísimos juzgaron merecedoras de la atención pública» (XLIII 13, 11).
Servio repitió en la esfera política la obra de Numa y Anco en el campo de la religión; fue el reformador social, estableció el censo y fijó las diferencias de clase, redistribuyendo las cargas del estado. Pero lo más interesante es cómo Livio presenta el final de su reinado bajo la inminencia de la libertad: la tragedia que ensangrentó el palacio, según unos, hastió de los reyes al pueblo y apresuró su llegada; según otros, aplazó su comienzo, pues Servio, a pesar de la bondad y moderación de su mando, era contrario al imperium unius , el poder de uno solo, y pensaba abdicar, y sólo la conjura que acabó con su vida le impidió llevar a cabo su proyecto de liberar a la patria.
El tema de la libertas , un ideal, si no una virtud romana —«sólo los que ponen por encima de todo la libertad son dignos de llamarse romanos», dice un cónsul (VIII 21, 7)— es el hilo conductor del relato de Livio sobre la convivencia interna. La libertas se opone en primer lugar al regnum , al imperium unius . Mientras significó mantener el juramento de no tolerar que nadie reinara en Roma (II 1, 10), todos estuvieron unidos en su defensa; pero, descubierta y descabezada la conjura para restaurar en el trono a los Tarquinios, las injusticias de los nobles hicieron surgir la discordia, que de una ciudad hizo dos ciudades. Desde ese momento el problema no es la libertas , sino la libertas plebis , la aequa libertas : igualdad ante la ley, supresión de los privilegios. Livio impone un ritmo gradual a las reivindicaciones y considera graduales las conquistas de la plebe: por un lado, abolición del nexum , o esclavitud por deudas, acceso a la propiedad de las tierras del estado, limitación del poder consular, derecho a matrimonios mixtos y acceso a las magistraturas exclusivas de los patricios; por otro, el tribunado de la plebe, los tribunos de la plebe con potestad consular, el consulado...
Desde un primer momento ha estado claro que la concordia es lo único que puede garantizar la unión equilibrada de patricios y plebeyos en una sola civitas , a la manera en que los reyes habían hecho de pueblos separados unam urbem, unam rem publicam (II 32, 7). Pero durante siglo y medio, la lucha se encona en la discordia ordinum , en el certamen factionum , el partidismo y la conveniencia privada, principal enemigo de los intereses de la colectividad, y la rivalidad entre facciones, «más destructora para muchos pueblos que las guerras externas, el hambre y la enfermedad y todo lo que se achaca a la ira divina como la peor de las desgracias públicas». Patricios y plebeyos se descalifican recíprocamente: se acusa a los tribunos de odium y cupiditas , de actuar por enemistades personales y en beneficio propio, a los patricios, de superbia y de saevitia , de no buscar otra cosa que la opresión y la humillación de la plebe 84 . La nueva experiencia de la tiranía bajo los decénviros abre, al fin, los ojos de todos a que el único medio de alcanzar la concordia es la limitación voluntaria en los propios derechos y el reconocimiento del derecho de los otros: moderatio por parte de los gobernantes, modestia , por la de los gobernados. Entre tanto, no han faltado intentos de personajes oportunistas y ambiciosos que aspiraban al regnum , al poder autocràtico, Sp. Casío, Sp. Melio, T. Manlio Capitolino, el que defendió heroicamente el Capitolio del asalto de los galos: «la mala ambición de reinar vuelve no sólo estériles, sino odiosas las acciones más nobles» 85 . La concordia tenía también un significado muy alto para los romanos que tras largos años de guerras civiles habían recuperado recientemente la paz. Al final del excurso sobre Alejandro, Livio hace un llamamiento directo a su defensa: «pero mil cuerpos de batalla más temibles que el de los macedonios mandados por Alejandro habrían sido derrotados por el soldado romano; y lo serán siempre, con tal que el amor a la paz interior de que gozamos se conserve entre nosotros y que cuidemos de mantener la concordia entre los ciudadanos» 86 .
Esta es, por tanto, la panoplia de las virtudes romanas, de las cualidades e ideales, a los que Roma debió su grandeza: virtus, religio, pietas, fìdes, iustitia, clementia, libertas, concordia, moderatio y modestia , y disciplina . Es también, por supuesto, una virtud romana: siendo, sobre todo, disciplina militaris , fue, sin embargo, el relajamiento de la disciplina civil, la desobediencia a las magistraturas, la que infectó al ejército (II 44, 10); y llegó a darse el caso de que disciplinae romanae plus in Volsco exercitu quam in Romano esset (IV 37, 7). El mantenimiento de la disciplina es la garantía del mantenimiento del estado. Por ello dio ocasíón a las mayores pruebas de otra virtud, la caritas reipublicae , el amor a la patria, cuando exigió a T. Manlio Torcuato condenar a muerte a su propio hijo (VIII 3, 11), como el juramento antimonárquico y la disciplina civil había exigido a Bruto condenar a los suyos. El contraste entre el exemplum de Manlio y el episodio de Fabio y de Papirio (VIII 29-35) demuestra, sin embargo, que la severitas , el rigor en la disciplina, no debía estar reñido con la comitas , la afabilidad, la camaradería, una virtud de los generales que los soldados aprecian. El choque de personalidades opuestas (Fabio Máximo con C. Fiaminio y C. T. Varrón) subraya también otra pareja de virtud-vicio que debería guiar la conducta de los romanos en la guerra: prudentia, ratio, ferocia, temeritas 87 . Alabando a quienes las poseían o subrayando su carácter romano Livio llama la atención sobre algunas otras virtudes: el dominio de sí mismo, la honradez, la parquedad de Catón, specimen antiqui moris ; la pudicitia de la mujer del reyezuelo bárbaro Ortiagón, cuya acción honraría a una matrona romana (XXXVIII 24), y que se añade a los conocidos ejemplos de Lucrecia y de Virginia; la paupertas de T. Quincio, caso digno de ser atendido por aquellos que todo lo desprecian salvo las riquezas (III 29, 6); la constantia romana , el equilibrio frente a la fortuna próspera y adversa que inspira al senado (XLII 62, 11). También el pueblo en su conjunto ha dado muestras de una moderación, equidad y grandeza de ánimo «que hoy no se encontrarían en uno solo» (IV 6, 12).
Cabe preguntarse: ¿pero, en Livio, son las personas, los individuos, los que hacen grande a Roma, o las virtudes mismas, que son romanas, a través de un pueblo y ùn senado virtuosos? También sobre este punto hay opiniones favorables a una u otra respuesta; y ambas tienen parte de razón. En la primera década parece, en efecto, que son fuerzas abstractas las que mueven a los personajes: éstos piensan y actúan siguiendo estereotipos familiares que encarnan una virtud o un vicio: los Manlios son severos; los Furios, temerarios; los Quincios, parcos y humildes; los Fabios, dignos y desprendidos. Los Claudios, enemigos de la plebe, representan la superbia patricia; los Icilios, sediciosos, soliviantan al pueblo contra los nobles; los Valerios, conciliadores, asumen la defensa de los plebeyos. Los Decios son las víctimas propiciatorias que se lanzan voluntariamente a lo más denso de las filas enemigas 88 . Del enemigo, dicho sea de paso, presenta Livio un estereotipo invariable; por los calificativos que les aplica a las naciones extranjeras, «la mayoría tiene defectos a los que corresponde alguna virtud nacional romana» 89 : los cartagineses son pérfidos, traidores por naturaleza; los griegos, marrulleros, más dispuestos para hablar que para hacer; los galos, salvajes y temibles al principio, pero sin resistencia; los etolios, jactanciosos y soberbios. Los medios naturales se miden por su efecto sobre los ejércitos romanos: Liguria endurecía a los soldados, Asia los corrompió con sus riquezas (XXXXX 1), Capua hizo víctimas de su relajación tanto a los de Roma como a los de Aníbal (VII 38, 5; XXIII 18, 11-16). Volviendo a los personajes, en los primeros libros, sólo Camilo, el escrupuloso cumplidor de los deberes religiosos, general señalado por el destino (fatalis dux) para vencer a Veyos, salvador y refundador de Roma tras el incendio gálico, servicial y abnegado, presenta la riqueza de rasgos propia de un retrato vivo. Esa será la norma a partir de la tercera década; tres personajes destacan en ella «como aspectos complementarios del genio romano para la guerra y el gobierno»: Marcelo, Fabio, Escipión; junto a éstos, Quincio Flaminino y Paulo Emilio, Aníbal y Filipo completan la galería de retratos históricos. Marcelo es el hombre de acción, encarnación de la virtus romana, valeroso, impulsivo, duro, magnánimo; Fabio Máximo encarna la prudencia, el sacrificio personal en aras de la patria, la paciencia, la constancia, el respeto a la religión y a las costumbres antiguas; Escipión es el romano ideal, dechado de virtudes, fatalis dux contra Cartago: domina sus pasíones, es religioso, patriota, modesto, emprendedor, seguro de sí mismo, clemente, accesible a sus soldados, ambicioso del triunfo y de la fama 90 . Pero ninguno de ellos fue perfecto: Fabio resulta demasíado cauteloso, Marcelo sucumbe a la impaciencia de vencer a Aníbal, Escipión despierta la desconfianza por sus veleidades de semidiós al que le halaga ser considerado rey. Sólo el pueblo y el senado fueron intachables. «Aquel senado, cuya verdadera imagen, sólo aquel que dijo lo formaban reyes, supo captarla» (IX 17, 14; cf. XXVI 22 14-15).
Aunque la galería de retratos de Livio incluye también, lógicamente, aquellos que no debían ser imitados (Tarpeya, Tulia, Tarquinio el Soberbio, Apio Claudio, el decénviro, Sp. Casío, Sp. Melio), da la impresión de que en las acciones colectivas Roma hubiera sido mucho más virtuosa. En cuanto a las actitudes poco ejemplares a que dan lugar los enfrentamientos entre patricios y plebeyos, «Livio siempre deja en el lector la impresión final de que bajo las hostilidades periódicas late en ambos campos una profunda aversión a la intrusión de la violencia en el debate político». Por otra parte, Livio, también refleja, por decirlo de algún modo, el desacuerdo de los pueblos afectados por la expansión romana. Roma es acusada de tirania (regnum) , de injusticia, de avasallamiento, de crueldad, de soberbia, de avaricia, de ansia de poder, de «sed de sangre», pero, en general, la crítica sirve de base para la apología, unas veces a través del resultado de los hechos que demuestra lo infundado de las acusaciones, y otras, mediante la alabanza de un partidario 91 . En algún caso aislado, Livio reconoce actos de crueldad y de avaricia por parte de los romanos, pero de los dos más sangrantes, uno, los abusos de Pleminio en Locros (XXIX 8), se resuelve en un castigo divino porque los romanos profanaron los templos, el otro, la matanza, a mansalva de la asamblea de Henna (XXIV 39), «que^Marcelo no vio con desagrado», concluye de este modo: «Por este golpe de mano, criminal o necesario, los romanos conservaron Henna»; sí, como si lo hubiera impuesto el destino que llevaba a Roma a conquistar el mundo. Pero «una vez conseguido el imperio, Livio ya no puede silenciar las voces de la resistencia al poder romano, porque van unidas a la decadencia moral» (Luce).
El primer indicio de debilidad romana ante los vicios que iban a provocar su ruina moral lo señala Livio cuando Marcelo traslada a Roma las estatuas y cuadros de Siracusa; entonces pudo Roma por primera vez admirar el arte griego y por primera vez la avidez impulsó a sus ejércitos a expoliar sin distinción los edificios sagrados y profanos (XXV 40, 2). Mas tarde es el discurso de Catón contra la abrogación de la ley Oppia el que denuncia que la ciudad comienza a sufrir los dos vicios contrarios que han derribado todos los grandes imperios, la codicia y el lujo (XXXIV 2, ); es una «alusión anticipada» a las riquezas de Grecia y de Asia, que en los años siguientes sentarían en el banquillo de los acusados a M. Acilio, a Cn. Fulvio, a los Escipiones y a Manlio Vulsón, por haberse enriquecido a costa del tesoro público tras sus campañas. Pero es a este último, a Manlio Vulsón, cuya campaña contra los gálatas la calificaban sus enemigos de privatum latrocinium , a quien estaba reservado el dudoso honor de haber llevado al exceso la indisciplina militar y haber traído a Roma, junto al ejército de Asia, el lujo y el refinamiento: rico mobiliario, tejidos vistosos, músicos y bailarinas durante los banquetes, comida de cuidada elaboración... todo inaudito hasta entonces, pero «una semilla apenas del lujo venidero» (XXXIX 6). La mayor parte de las observaciones de Livio sobre la pobreza moral del presente en relación con el pasado virtuoso se refieren al afán de riquezas y a los excesos suntuarios, y al abandono de la religión 92 .
Al año siguiente del regreso de Vulsón estallaría el es cándalo de los cultos de Baco (XXXIX 8-19), que unia a su carácter de prava et externa religio el lujo y el libertinaje en sus ritos secretos. No mucho tiempo después, Aníbal, que pasaba su vejez acogido en la corte del rey Prusias de Bitinia, se entera con inquietud de la llegada de un representante del senado romano. Sospechando que el enviado viene para exigirle a Prusias su asesinato, Aníbal pide el veneno que siempre tenía preparado. Contaba la historia romana el ejemplo de Fabricio que había puesto en manos del rey Pirro, a pesar de estar en guerra contra él, a un cortesano suyo que había venido junto a los romanos para ofrecerse a envenenarlo. La historia pone en la mente de Aníbal el recuerdo de Fabricio para que, comparándolo con su presente caso, pueda exclamar mientras apura su veneno: ¡cuánto han cambiado las costumbres del pueblo romano! (XXXIX 50). Los antiguos valores, era cierto, se estaban olvidando. Al poco tiempo, en el mismísimo senado romano se impuso la parte que tenía en más valor lo útil que lo honesto, dando su aprobación al informe de los enviados a Macedonia, que se ufanaban de haber engañado al rey Perseo. La mayoría aplaudió esta nova sapientia; los más ancianos y los que conservaban el recuerdo de las costumbres antiguas decían que en esa embajada ellos no reconocían las artes romanas (XLII 47, 1-9).
Los generales sin escrúpulos ya habían comenzado a servirse de las ganancias defraudadas al erario para ganarse el favor de sus soldados y el del pueblo; el ejército comienza a solidarizarse con sus jefes (XXXIX 7). Paralelamente, se encarnizaba la disputa de las magistraturas, que significaban pingües gobiernos provinciales; se soborna a los electores, se hacen campañas irregulares (XXXVII 57; XXXIX 32, 39, 40.) Proliferan los casos de malos tratos y abusos sobre pueblos extranjeros, amigos o enemigos (XLII 63; XLIII 1); se expolia sistemáticamente a los pueblos sometidos se invierte dinero público en beneficio de particulares (XL 51; XLI 32); se desobedece al senado (XLII 9-10). Es el lucro, no la gloria, lo que mueve los alistamientos (XLII 32; XLIII 16). Toda esta corrupción e indisciplina pudo ser contenida, de momento, por los castigos del senado y los cambios introducidos por Paulo Emilio en el ejército. Pero el proceso que terminó dando al traste con la República estaba ya imparablemente en marcha.
Livio aplicó al último siglo de la república los mismos cánones que le dictaba su visión de la Roma primitiva: gobierno senatorial, libertas , no regnum , la ley por encima del individuo, y el poder no mucho tiempo en manos de uno solo. Así, se muestra contrario a los Gracos que desafiaron el poder del senado, crítico con Mario, al que hace responsable de la guerra civil y favorable a Sila; severo con el primer triunvirato, al que califica de conspiración, se opone a César, en quien ve al usurpador del poder civil, y apoya, no sin reservas, a Pompeyo, al que defiende como representante de la legalidad senatorial (lo mismo que a Bruto y Casio, los tiranicidas). Partidario de Octaviano frente a Antonio, pospone, no obstante, la publicación de los libros sobre el principado 93 .
La pérdida de esos libros nos impide saber a ciencia cierta cuál fue la postura de Livio frente a Augusto, cómo juzgó su obra y su política, aunque los indicios parecen sugerir que no pudo ser muy favorable. La amistad entre Livio y Augusto que testimonia Tácito debe entenderse más bien como no enemistad, como respeto mutuo; el apelativo de ‘pompeyano’ que Livio recibía de Augusto implica una amistosa desaprobación de las ideas políticas de Livio. Las referencias de Livio a Augusto son respetuosas (valora en él al pacificador y al promotor de la concordia civil, al restaurador de los templos), pero no aduladoras. En el pasaje sobre Cornelio Coso (IV 20, 5-11) después de darle (respetuosa, prudente o irónicamente, no sabemos) la razón a Augusto, no modificó en las páginas sucesivas su versión de los hechos, negada por el testimonio personal del emperador; esto prueba su independencia de criterio y excluye el servilismo. De hecho «no es posible encontrar motivos políticos en sus escritos: Livio no intenta atacar ni defender la política de Augusto» (Ogilvie).
No atendiendo a los hechos, los defensores del augusteismo parten de la coincidencia de los valores defendidos por Livio, en especial, de los valores religiosos con el programa regeneracionista de Augusto y a través de interpretaciones simbólicas pretenden que, en la obra del historiador, Rómulo, Numa, Camilo, Escipión son reflejos de Augusto al que él consideraba el nuevo fatalis dux , predestinado por los dioses para salvar a Roma. Pero las figuras históricas, Camilo, sobre todo, cuyos méritos coincidían con los de Augusto, era ya en la tradición anterior un héroe que encarnaba las virtudes cívicas, éticas y religiosas de los romanos. No es que la historia se pusiera al servicio de la propaganda augústea, sino que la propaganda augústea aprovechó la historia, celebrando al princeps como restaurador de las virtudes antiguas 94 ; pensar, por el contrario, que Livio fue el oponente de Augusto, la conciencia crítica del régimen, que su descripción de la monarquía romana contenía alusiones al despotismo de Augusto y su familia y la advertencia de que Roma no toleraría la instauración del regnum , es suponer que Livio se anticipó a los hechos. Sólo queda optar por quienes piensan que la actitud de Livio es la no intervención, la neutralidad, aunque naturalmente reflejara las preocupaciones contemporáneas: deseos de paz, estabilidad y libertad, o por quienes suponen que aceptó y recibió con simpatía inicial el nuevo régimen, para irse distanciando luego con una actitud crítica creciente 95 .
VI. TITO LIVIO COMO HISTORIADOR
«Mientras que Tito Livio avanza triunfante a través de los mitos y las victorias romanas, dos escritores le siguen, huraños y recelosos, cuentan los muertos, fiscalizan los relatos, le piden pruebas. A partir del libro veinte le aprueban; pero en cuanto a los primeros, el uno declara que no hay que creer nada, el otro rehace la narración». Con esa imaginativa plasticidad describe Taine la revisión de Ab Urbe condita por los dos principales representantes de la crítica histórica sobre Tito Livio, L. de Beaufort, a finales del XVIII, y G. Niebuhr en el XIX 96 .
«Ciertamente —continúa Taine—, el escándalo fue tan grande como el día en que por primera vez un tribuno puso mano sobre el cónsul que descendía de su carro y le citó ante el pueblo para que justificase su conducta». Aunque desde el siglo XV hubiera habido ejemplos de crítica aislada sobre determinadas cuestiones, o pasajes del texto por obra de L. Valla, Loriti, Cluverio, Gronovio o Perizonio, Livio se había mantenido hasta el XVIII, si no en la consideración del repetido verso de Dante (come Livio scrive che non erra) sí como fuente fidedigna, en general, para la historia de Roma. Pero el siglo de las luces y de la razón pareció querer excluir de la historia todo lo que, en su opinión, no resistía a la luz de la razón. Beaufort y, antes que él, tal vez con más radicalismo, G. B. Vico negaban toda credibilidad a la historia romana hasta el s. III a. C.; la historia primitiva de Roma en Tito Livio era un conglomerado de figuras poético-simbólicas y préstamos de las leyendas griegas, plagado de incongruencias.
La obra de B. G. Niebuhr, una Historia de Roma hasta la primera guerra púnica, escrita en constante enfrentamiento con la primera década de Livio, significó, en razón del prestigio y autoridad de su autor un golpe aniquilador al prestigio y autoridad de Livio. B. G. Niebuhr, que a diferencia de Beaufort, «no es un simple destructor», identifica poemas épicos como base de la historia primitiva y se esfuerza por reconstruir la realidad histórica subyacente. Para el creador de la moderna metodología de la crítica de fuentes e iniciador de la historia de las instituciones y relaciones sociales Livio era un autor sin capacidad crítica y sin método, que había tomado poco menos que al pie de la letra las fantasías de los analistas.
Pocos años después de la aparición del ensayo de Taine publica Nissen sus investigaciones críticas sobre las fuentes de la cuarta y quinta década de Livio. Pero si nuestro historiador salió relativamente bien parado de esta prueba (había copiado a Polibio, añadiéndole hojarasca literaria), no tuvo la misma suerte con los numerosos continuadores de Nissen que aplicaron a la tercera y primera décadas un bisturí afiladisimo y pasmosamente seguro de sí mismo; cortando y atribuyendo a distintas fuentes analísticas partes cada vez más pequeñas del texto de Ab Urbe condita , redujeron a Livio a la condición de componedor de centones, un simple y no muy hábil ensamblador de fragmentos heterogéneos. En el campo de la historia general, a pesar de la obra más moderada de otros autores, como A. Schwegler y Th. Mommsen, el radicalismo crítico continuó en vigor, culminando en E. Pais, en los últimos años del siglo XIX .
Así estaba Livio, con el estigma de la falta de crítica y de método hacia comienzos del s. xx. Sin embargo, como concluía Taine, que escribió antes de que se llegara a tales extremos, aun reconociendo los fallos del cónsul y las faltas de Livio, ni el tribuno ni el crítico debian encarnizarse en su persecución: «tan injusto era echar a Tito Livio de la historia como al cónsul de la ciudad». A la revaluación de Livio como historiador —de la que podría ser un indicio la palinodia de E. Pais en la segunda edición (1926) de su obra— no ha contribuido sólo la ampliación del concepto de historia más allá de los estrechos limites positivistas del establecimiento de los hechos, sino, incluso en ese campo, los aportes de la arqueología y de la lingüística y, en general, los avances en el conocimiento de la historiografía antigua y de su propio método de trabajo.
Este historiador carente de espíritu critico, en los treinta y cinco libros conservados, ha dejado constancia de sus problemas con las fuentes al menos en 250 ocasíones 97 . Cuando discute la información que le ofrecen, en la mayoría de los casos, coteja dos autores o tres; una versión puede estar compartida por varios, aunque también se da el caso de versiones distintas halladas en un sólo autor (p. e. XXVII 27, 12). La mención expresa de más de tres autores no es frecuente en él, pero ocasionalmente aduce cuatro testimonios (XXIX 25 y XXXVIII 56-57), y sobre las circunstancias de un hecho menciona cinco (XXV 17) y hasta seis versiones distintas (XXXIX 52). Los autores citados van desde Fabio Píctor a sus casi contemporáneos Elio Tuberón, L. Cincio y Clodio Licino, pasando por Cincio Alimento, G. Acilio, Sileno, Catón, Calpurnio Pisón, Polibio, Celio Antípatro, Rutilio, Claudio Cuadrigario, Licinio Macro y Valerio Anciate. Naturalmente, no todos son utilizados en el mismo grado.
En la primera década sigue básicamente a tres autores: Elio Tuberón, Valerio Anciate y Licinio Macro, y, a partir del libro VI, también a Claudio Cuadrigario. Al principio cita con cierta frecuencia a Calpurnio y a Fabio, de lo que se dedujo que comenzó queriendo seguir a los analistas más antiguos, a los que luego abandonó por la más abundante información de los más recientes (Klotz). Hoy la opinión más divulgada es la sospecha de que las referencias de Livio a los más viejos son secundarias, a través de los nuevos, pero no está claro por qué hay que dudar de un uso directo; la teoría de la fuente única, que es el único motivo, resulta cada día más insatisfactoria. Por lo demás, su selección de autores fue acertada: el testimonio de Licinio Macro, activo partidario de la causa democrática, de los populares , defensor de Mario, se equilibra con el de Anciate, más afín a los optimates y que, al parecer, apoyaba al régimen autoritario de Sila (o el de Tuberón, también de tendencia aristocrática); Macro ofrecía además el testimonio de unas listas de magistrados escritas en tela de lino (libri lintel) de tradición distinta a la de los Annales . En la tercera década, Livio prescinde de Licinio y mantiene a Valerio Anciate y a Claudio Cuadrigario para la información de asuntos internos, mientras que, en la narración de los hechos de guerra, sigue a Celio Antípatro en los sucesos de Italia e Hispania y lo complementa cada vez más con Polibio en los de Grecia, Sicilia y Asia; ocasionalmente utilizó también a Calpurnio Pisón y a Clodio Licino. También aquí eligió con acierto; la monografía de Celio, a pesar de su conocida propensión al dramatismo, combinaba dos fuentes contrarias, el pro-cartaginés Sileno, de quien procede la información sobre Aníbal en España, y Fabio Pictor, mientras que el valor de Polibio fue para el propio Livio un progresivo descubrimiento (XXX 45, 5; XXXIII 10, 8). Las viejas pretensiones de repartir la procedencia del relato de Livio entre estos autores se han abandonado: sólo es posible distinguir con seguridad entre secciones «celio-polibianas» y secciones «valerio-cĩaudianas». En las décadas cuarta y quinta, dedicadas sobre todo a las guerras de Oriente, la fuente principal es Polibio (unos dos tercios de la información), que Livio inserta en el marco analístico de Valerio, o de Claudio, a los que sigue también para el relato de las guerras en el norte de Italia, España y África. Lo mismo que en la tercera década, en la identificación de las fuentes no es posible ir más allá del reparto entre secciones polibianas y no-polibianas. Para la historia de las campañas de Catón en Hispania (XXXIV 8-21) Livio siguió al propio Catón.
La forma en que Livio utiliza sus fuentes, se estableció a partir de la comparación de su texto con el de Polibio donde éste era su fuente segura. Livio no se limita a traducir el original griego, pero introduce pocas modificaciones, la mayoría por motivos patrióticos o literarios. Sólo en 16 pasajes aparecen añadidas a la versión polibiana interpretaciones distintas. De ahí se generalizó que Livio, aunque consulte varias fuentes, elige una y la sigue bastante de cerca, hasta que un cambio en la localización de los hechos, o el final de una materia requiere la elección de una fuente nueva; para determinado tipo de secciones el cambio es automático, ya que Livio tiende a seguir a un mismo autor para los asuntos de una u otra región, o de determinado carácter. Al final de la sección es donde normalmente discute las divergencias, y corrige o completa la versión que ha venido siguiendo con la que le ha servido de control (a veces este excurso sobre las fuentes puede aparecer al comienzo). Tal es la opinión tradicional; sin embargo, cada vez hay más autores que opinan que el método de Livio en las secciones polibianas de los últimos libros no tiene por qué haber sido también el de las primeras décadas, y la teoría de la pluralidad de fuentes (Laistner), antes desestimada, encuentra cada vez más adeptos 98 .
Numerosos pasajes de Ab Urbe condita en relación con la crítica de fuentes testimonian (al menos, en apariencia), que Livio se toma en serio su tarea como historiador: lamenta muy frecuentemente la falta de información, o la incertidumbre de la tradición; muestra su voluntad de investigar la verdad, si hubiera alguna esperanza de encontrarla; repasa «a los autores más cercanos a los tiempos», cuando alguna circunstancia despierta sus sospechas (VI 12, 4); no se deja llevar por invenciones, aun reconociendo que le gustaría que hubieran sido ciertas (XXI 46, 10), ni suprime noticias aunque reconoce que le disgustan (VIII 18). Por otra parte, demuestra un conocimiento bastante exacto de las debilidades de sus fuentes: no oculta su indignación ante falsedades flagrantes (III 5, 12;, XXVI 49, 3); es consciente de que algunos hechos son producto de la fantasía de los historiadores para añadir dramatismo al relato (V 21, 8; VIII 6, 3; XXIX 27, 3); critica los falseamientos de la tradición dictados por los intereses o el orgullo de las familias (VII 9, 5; VIII 40), y reconoce una duplicación de los mismos hechos (XXIII 6-8). Finalmente, cuando entre dos o más versiones en litigio se decide por una, sujeta su elección a un cierto método: sus criterios son el mayor número de autores y la mayor proximidad temporal a los hechos.
Sin embargo, cuando se comparan estos buenos indicios con la realidad del texto, la imagen es menos favorable 99 . No aplica sistemáticamente los criterios que el mismo propugna, o los aplica improcedentemente, p. e. hallando la media de unas cifras, cuando uno de los testimonios implicados es reconocidamente indigno de confianza. Por otra parte, son muchísimos los casos en que no decide —orientando, no obstante, de modo indirecto, la aparente libertad de opción que deja al lector— o aprueba lo que le parece más verosímil por razones subjetivas. No utilizó documentos originales, ni siempre estudió con cuidado los testimonios literarios: el cambio de fuentes sin haberlas cotejado antes le hace incurrir en bastantes duplicaciones y cometer errores en la cronología. Su relato del paso de los Alpes por Aníbal delata la insuficiencia de sus conocimientos geográficos; sus errores en la traducción de Polibio sólo se explican por su inexperiencia militar y política.
«Los defectos de Livio tienen las mismas causas que sus méritos» (Taine). Si, por un lado, «su ingenuidad política le permitió mantener la fe sincera en los valores de la antigua Roma, con una franqueza y un idealismo imposibles en alguien desencantado por el contacto con las realidades del poder» (Klingner), ese mismo alejamiento le impidió captar el sentido de las rivalidades políticas y con ello, por ejemplo, la razón de la mala imagen de los cónsules plebeyos. Pero las más graves distorsiones de la verdad histórica las comete, o las admite Livio cuando, llevado por su patriotismo idealista y moralista, silencia comportamientos reprobables del senado, del ejército y de los personajes históricos romanos. Su atención casi exclusiva a los aspectos psicológicos y morales de la historia le impidió relacionar y reordenar los sucesos que la misma forma analística del relato tendía a presentar inconexos e igualados.
Esta falta de visión de conjunto, de interpretación global es lo que más ha negado a Livio el título de verdadero historiador. Livio, en quien Collingwood personaliza a toda la historiografía antigua, carece de conciencia del cambio histórico, no percibe la historia como devenir, contempla los hechos bajo el prisma de una esencia inmutable, sub specie aeternitatis . Contra este dictamen se han alzado muchas y razonables protestas, pero por mucho que se insista en que Livio practica un método de valoración y de interpretación histórica indirecto, a través de los discursos y prefacios; en que su relato de la formación del carácter romano, del acceso de Roma a la libertad, y de la génesis de las instituciones revela que los concibe como adquisiciones graduales, todo ello no pasa de ser un atenuante de las evidentes deficiencias de Livio como analista e intérprete de los procesos históricos; del mismo modo que el juzgarlo de acuerdo con sus propios planteamientos y objetivos, y con las dimensiones de su obra y con las dificultades del trabajo del historiador en su tiempo explica o quita importancia a otros defectos, pero no los elimina.
Teniendo en cuenta las limitaciones voluntarias e involuntarias de Livio como historiador, ¿qué valor histórico tiene su obra?, ¿hasta qué punto es fidedigno? 100 . Por lo que se refiere al período monárquico, los puntos esenciales de la tradición son la fundación de Roma hacia mediados del s. VIII a. C., y unos 240 años después, la abolición de la monarquía instaurada por Rómulo, con la expulsión del séptimo de los reyes, Tarquinio el Soberbio, hacia el 510 a. C. La tradición patriótica seguida por Livio había desfigurado el hecho de que bajo el 5.° y 7.° de sus reyes, los Tarquinios, Roma vivió bajo el dominio etrusco. Los historiadores piensan que esos puntos básicos no son incompatibles con los resultados de la arqueología. Los datos arqueológicos atestiguan el asentamiento sobre el Palatino y el Quirinal de dos comunidades distintas, la segunda de probable origen sabino, desde mediados del s. VIII a. C., y un proceso de fusión entre ellas y con los habitantes de las otras colinas, reflejado en la ocupación de las laderas y del fondo del valle, que culminó con la adecuación de éste como foro o plaza pública, hacia el 575 a. C., fecha de las primeras construcciones en piedra.
Pero al lector curioso tal vez le guste conocer la interpretación de uno de los principales arqueólogos, que implica un reajuste completo de la cronología transmitida por Livio. Según E. Gjerstad, la «urbanización» del Foro hacia el 575 a. C. constituye la verdadera fundación de Roma. Salvo Rómulo, símbolo de la ciudad dándose nombre a sí misma, los demás reyes fueron históricos, pero a partir de esa fecha. La monarquía habría durado aproximadamente hasta el 450, época en la que coinciden la caída del último Tarquinio y la desaparición en las excavaciones de la cerámica griega importada de Etruria. Todo esto no invalida los fastos consulares desde el 509 a. C.: los cónsules habrían sido en un principio ministros de los reyes; entre 509-490 y 461-44 aparecen en ellos nombres etruscos, correspondiendo a los reinados de los Tarquinios, mientras que el período intermedio es el de Servio Tulio, que no era etrusco.
Pese a todo, la opinión mayoritaria considera que el esquema básico de la tradición puede defenderse —las primeras construcciones en piedra en torno al 575 señalarían el comienzo del dominio etrusco— y que existen explicaciones alternativas plausibles para los datos que parecen contradecirla. Por lo demás, la legendaria fundación de Roma es pura mitología derivada de modelos griegos; en numerosos pasajes subyacen también mitos griegos adaptados a las circunstancias romanas, y en la atribución de innovaciones y actividades prototípicas a los distintos reyes se reconoce el colorido de una reinterpretación política de los últimos tiempos republicanos; las coincidencias de la tradición literaria sobre los dos Tarquinios suscita serias dudas; el punto más controvertido sigue siendo la transición de la monarquía a la república 101 .
En cuanto al marco cronológico de la historia de la república, por lo que se refiere al primer siglo, el propio Tito Livio tenía menos confianza en la-tradición romana de lo que la investigación moderna cree poder garantizar. Livio creía, como todos, que en el incendio de Roma por los galos se había perdido la mayor parte de la escasa documentación existente (VI 1, 2-3). Hoy es más común la idea de que el famoso incendio sirvió en ese aspecto de mito etiológico para disculpar la no conservación de documentos antiguos 102 . Las fuentes que nos transmiten los hechos anteriores al 390 a. C. difieren en datos que afectan, sobre todo, al papel de las familias en la historia de Roma, pero coinciden en general en la lista de los magistrados epónimos y en los principales hitos del desarrollo político y militar. Esto hace suponer que algún tipo de registro, el de los pontífices u otro semejante, aunque incompleto, se salvó de la quema, o pudo ser reconstruido en lo esencial y completado luego con información de los archivos o tradiciones familiares. Para el período posterior al 390, es posible que la tradición descanse sobre la base común de los annales de los pontífices. Sigue habiendo casos de desacuerdo entre los autores, y el propio Livio se queja de ello todavía a la altura del 322 a. C. De hecho, los fastos consulares sólo son uniformes a partir del 300, pero en favor de Livio puede decirse, que según la opinión más autorizada en la materia, de todas las listas de magistrados que conocemos, la suya es la más fidedigna 103 .
El relato propiamente dicho puede considerarse auténtico sólo en lineas generales; los detalles son falsos, unas veces adaptados de modelos literarios, otras, reflejo anticipado de circunstancias históricas posteriores. En la información sobre las guerras es prácticamente segura la historicidad de las sucesivas fases y líneas de avance romano y las fechas de las principales batallas 104 ; son dudosos, en cambio, tanto los innumerables choques sin importancia, duplicados a veces por diferencias en la cronología de los autores, como las gestas individuales, sospechosamente atribuidas por los autores en distintas épocas a miembros de una misma familia, o producto de la pura fantasía literaria. En el campo de las relaciones internas, el relato de Livio contiene igualmente el armazón de la realidad histórica, pero es más confuso: en su reflejo de las luchas sociales se mezclan indiscriminadamente reivindicaciones tan distintas como el reparto de tierras, la abolición de la esclavitud por deudas y la igualdad de derechos para acceder a las magistraturas, cuestiones que enfrentaban por igual a los plebeyos con los patricios, pero que afectaban a los plebeyos de muy distinto modo según su riqueza. El proceso de formación del tribunado como poder político y el de adquisición de derechos por parte de los plebeyos tampoco quedan claros. El historiador ha de estar también en guardia ante el anacronismo: Livio reproduce a historiadores y juristas del último siglo de la república que elaboraron determinados episodios del pasado como precedentes históricos de usos políticos o judiciales de su tiempo; el ropaje literario está teñido en las conjuras y debates de los últimos tiempos republicanos.
Los restantes libros tienen en común el ser una narración mucho más detallada de los hechos y compartir en una buena proporción las mismas fuentes, de modo que hay defectos y virtudes que los afectan a todos por igual. En comparación con la primera década la historicidad del relato es mayor, aunque varía mucho según la fuente seguida. Las secciones analísticas adolecen de sus defectos innatos: imprecisiones cronológicas, distorsiones moralizantes, tendenciosidad patriótica, actitudes antiplebeyas e idealización de los líderes romanos, pero la abundancia y variedad de la información que contienen compensa de su falta de objetividad y suple la ausencia de una visión sinóptica de los hechos. Gracias a la probidad con que Livio reproduce sus fuentes romanas, el historiador moderno puede reconstruir con bastante detalle el curso de los acontecimientos y la realidad histórica incluso desde perspectivas, o sobre aspectos ajenos a la conciencia del historiador antiguo: la estrategia y el desarrollo de las guerras, a través de la información anual de los nombramientos, destinos y adjudicación de contingentes militares; la política internacional, con ayuda de las noticias regularmente incluidas sobre el envío y recepción de embajadas, tratados y pactos; la historia económica, para la que aporta datos la información sobre los ingresos del estado (impuestos, botín de guerra, venta de tierras públicas, préstamos, etc.) y la actividad edilicia y de los équités; la demografia y la historia social, con el censo de ciudadanos cada cinco años, las colonias fundadas, las revueltas de esclavos; la historia, en fin, de la religión, o desde un punto de vista constitucional, o prosopográfico, aspectos todos ellos en los que «Livio sobrepasa a cualquier otro historiador de la antigüedad» (Walsh).
En la tercera década, los puntos más sobresalientes para la crítica afectan a las causas de la guerra y a la cronología. Para Polibio, la segunda guerra púnica tuvo un motivo remoto y una causa inmediata: los deseos de los cartagineses de vengar su derrota en la primera guerra y la pérdida de Cerdeña y de Córcega, y su expansión en España, que les hizo sentirse lo bastante fuertes como para realizarlos. La versión analística del tratado del Ebro (como luego el de la paz de Zama) contenía falsedades concebidas para hacer recaer la culpa de la guerra sobre Cartago. Livio atribuye toda la responsabilidad a Aníbal y el senado cartaginés y «cambia la perspectiva política de Polibio en una evaluación legalista y moral de los hechos» (Burck). En cuanto a la cronología, la tradición analística seguida por Livio atrasaba la fecha del asedio de Sagunto, para demostrar que Roma no tardó en acudir en ayuda de sus aliados, y adelantaba la de algunas conquistas romanas. Las fechas correctas son las de Polibio. Algunos hechos están duplicados, por ejemplo, el paso de los Apeninos por Aníbal (XXI 58; XXII 2). Hay imprecisiones geográficas, y las inexactitudes en cuestiones militares hacen que sus relatos de batallas no puedan considerarse como documento histórico.
Los últimos quince libros tienen una importancia especial por haber seguido a Polibio, ya que la obra de éste no se ha conservado entera, y los fragmentos de los últimos libros proceden de resúmenes que han deformado el original; el testimonio de Livio puede ser superior al de los fragmentos polibianos. En las secciones analísticas, Livio es menos seguro. Siguiendo esa tradición, culpa a Filipo de la segunda guerra macedónica, pero lo cierto es que los romanos carecían de motivos justos para declararla. Con todo, la superioridad de Polibio no debe ser un dogma; en ocasiones, es más exacta la versión analística 105 . La falta de penetración de Livio para los procesos históricos y para el análisis político se refleja en su insensibilidad para captar la importancia de la Italia septentrional en esa época. La contaminación de fuentes ha dado lugar a incongruencias tan llamativas como el que Amílcar muera en combate (XXXI 21, 18) y tres años más tarde reaparezca como prisionero y figure en el triunfo del vencedor (XXXIII 23, 5; 31, 12).
Pese a todo, no es poco, tratándose de un autor para el que la historia era «un producto literario entre la oratoria y la poesía con un toque filosófico en el acento puesto sobre la ética y la ejemplaridad moral» 106 .
VII. LA HISTORIA DE LIVIO COMO OBRA LITERARIA
El desdén de Niebuhr por Livio como historiador, sólo lo igualaba su admiración por él como escritor. No sabemos qué virtud literaria de Livio llamaría más la atención del más severo de sus críticos. Taine vió la esencia de Livio como artista en su génie oratoire . Modernamente, desde que Witte emprendió la revisión del «hueco retoricismo» titoliviano denunciado por Nissen al cotejarlo con Polibio, sabemos que la maestría literaria de Livio destaca especialmente en la composición de esas formas narrativas menores que él llamó «Einzelerzählungen», o episodios. Después de las interesantes observaciones de W. Kroll sobre el arte de Livio, E. Burck, corrigiendo los excesos simplificadores del análisis de Witte, mostró cómo Livio elabora en profundidad la narración de acuerdo con los principios de la historiografía helenística y es capaz de integrar las escenas o episodios en vastos conjuntos narrativos, y éstos, a su vez, en la estructura compositiva del libro; P. G. Walsh contribuyó al estudio de la técnica literaria de Livio con la definición de géneros o tipos de relato; por su parte, A. McDonald subrayó la importancia de los elementos propios de la tradición analística en la forma literaria de Ab Urbe condita 107 .
A primera vista los libros de Livio no parecen obedecer a ningún propósito de composición literaria. Los de cada péntada presentan una cierta uniformidad en la extensión; así, en la primera década, los libros I-V son más extensos, los libros VI-X, más breves, en aparente correlación con el carácter del contenido: política interna en los primeros, relato militar en los segundos; salvo entre I-II y V-VI, el paso de libro a libro no parece tampoco significativo 108 . El libro primero es el único en el que Livio pudo cumplir el deseo de la historiografía retórica de que cada libro tuviera su tema, su propia unidad desde el punto de vista del contenido. Esta unidad está además reforzada por una cuidada construcción: la figura de Servio como segundo fundador de Roma ocupa en la segunda mitad del libro la misma posición que Rómulo en la primera. Los episodios etiológicos (origen de instituciones, ritos, etc.) se integran en la narración, y en ésta, el relato de sucesos internos alterna sistemáticamente con el de las guerras 109 . A partir del libro segundo, la historia de Livio es analística, la narración avanza año por año, de consulado en consulado, el sistema que una cronología basada en la lista de los magistrados epónimos y los modelos griegos (Hecateo, Tucídides) habían impuesto desde el principio a la historiografía romana, y que Livio adopta por respeto a la tradición, o por conveniencia para el uso de sus fuentes.
Sin embargo, cuando se comparan los años que abarcan los libros II a V, se observa que el quinto comprende bastantes menos que todos los demás, mientras que el segundo y el cuarto contienen casi el doble que el tercero: 42-22-42-14; esta distribución refleja la voluntad de reservar el espacio central y final de la péntada para relatos (o años) de especial relieve. Es así como Livio encuentra un equivalente al requerimiento literario de la unidad de los libros. Los libros tres y cinco destacan por su simetría compositiva; en el quinto domina también la composición un tema moral: la pietas . Otros libros presentan la misma cohesión unitaria de una materia dispersa gracias al subrayado de un motivo ético o al equilibrio arquitectónico de su desarrollo 110 . A un nivel más alto, la arquitectura general de los libros conservados y la construcción interna de algunas unidades mayores, como la tercera década, merecen igualmente destacarse 111 .
A partir del libro XXI, con la expansión de la materia histórica, la unidad ‘libro’ pierde entidad compositiva, y se desarrolla plenamente el esquema analístico. La narración analística no sólo corta el relato de las acciones, limitándolo cada vez a lo ocurrido en el espacio de un año, sino que impone también una secuencia interna fija: cada año comienza con la toma de posesión de los cónsules y la preceptiva sesión del senado en la que se distribuyen o sortean las provincias o atribuciones de los cónsules y de otros magistrados, y se asignan las tropas; sigue el anuncio y expiación de los prodigios, y se da audiencia a las embajadas; después los cónsules parten solemnemente para sus destinos. A continuación comienza el relato de las campañas del año y de los demás asuntos de importancia en Roma, Italia o en el extranjero. Cada año se cierra con las elecciones de los magistrados del año siguiente, y con noticias sobre la actividad de los ediles y sobre los collegia sacerdotales.
En la primera década, dada la escasez de la información de carácter oficial y el corto desarrollo de los acontecimientos, Livio pudo mantener sin dificultad la disposición analística. Muchos episodios se desarrollan en el marco del año; si lo superan, subordina o integra en la acción el corte anual. A partir de la tercera década, en cambio, eso ya no es posible; entonces Livio refuerza la continuidad narrativa contra el fragmentarismo y la dispersión creando un intercambio de efectos: la información analística repercute en el curso de las acciones militares; la de éstas, en la vida de la ciudad.
A lo largo de toda la obra Livio impone su propia forma y estilo sobre el material que encuentra en sus fuentes. El procedimiento es la construcción episódica; ésta como mejor se define, sea o no históricamente cierto, es como la aplicación al relato histórico de las normas aristotélicas para la construcción dramática: el episodio es una acción unitaria con planteamiento, nudo y desenlace 112 .
La composición episódica de Livio, comparada con los relatos paralelos de Polibio o Dionisio de Halicarnaso, se distingue por la claridad en la división y articulación del desarrollo; porque Livio unifica el contenido en torno a un motivo principal y concentra la acción sobre un solo personaje, eliminando aspectos marginales y personajes secundarios; por el modo en que dramatiza y da profundidad a la acción registrando las reacciones y motivaciones psicológicas de los personajes y por su capacidad de recrear las situaciones con viveza y plasticidad y de transmitir al lector su propia participación emocional en los hechos.
Formalmente, el episodio suele ir enmarcado por formas típicas de encabezamiento y conclusión, revestidas de una cierta solemnidad en los más importantes. Es frecuente que la frase inicial revista la forma de una máxima que introduce una ejemplificación, o contenga un elemento de suspense o de secreto que será revelado. Cuando la acción queda interrumpida por un corte analístico o por una información de otro carácter, Livio refuerza su continuidad reanudándola con algo nuevo que aumenta el interés o la tensión.
Tal vez uno de los alicientes más particulares de la lectura literaria de Livio —bis repetita placent — sean los episodios repetidos, que ofrecen campo a la identificación de un limitado repertorio de motivos y al descubrimiento de la variación. Entre los temas que dan lugar a estos arquetipos de la composición episódica destacan las descripciones de batallas y de ciudades sitiadas. Las descripciones de batallas eran tema de ejercicio literario en las escuelas y el uso del lenguaje alcanzaba en ellas un particular refinamiento, cercano a las fronteras de la épica. Resonancias épicas presenta especialmente esa variedad (a veces, parte) de una batalla que es el duelo ecuestre, o combate entre los jefes 113 . El asedio de ciudades está, en cambio, más cercano al efecto de la catarsis trágica: «Livio simpatiza con los asediados y su sentido humanitario refuerza su imaginación para crear descripciones memorables de la población ante la violencia, la necesidad, la humillación, la muerte» 114 . De las batallas navales se recuerda el movimiento y el espacio; de ejércitos en marcha, el hombre contra los elementos 115 . La palabra hablada tiene una gran importancia en estas descripciones, a veces a través de discursos formales, las arengas, que definen la actitud anímica de los combatientes, pero sobre todo mediante formas menores, como breves diálogos, exclamaciones, órdenes o llamamientos al combate que producen un fuerte efecto de inmediatez escénica y son el estímulo para una reacción o la chispa que provoca un vuelco dramático.
Poner en boca de los personajes históricos discursos ficticios era una práctica habitual en los historiadores antiguos, que los utilizaron como medio de muy distintos fines. Livio, cuya elocuencia fue lo que más admiraron los antiguos, los utiliza para caracterizar a sus personajes, subrayar la importancia de un momento histórico, o describir indirectamente una situación. Secundariamente, como vehículo de un mensaje moral, o político, contribuyen a mantener tensos en la mente del lector los hilos de la historia romana gracias al abundante uso del exemplum , y cumplen una función estructural por los libros en que aparecen o el lugar que ocupan en ellos. No son un puro adorno retórico, aunque algunos son incongruentes con las circunstancias en que son pronunciados.
La mayoría de los discursos los pronuncian políticos romanos o embajadores extranjeros en el senado o ante la asamblea del pueblo, o los dirigen los generales a sus ejércitos. Ante tales auditorios, el fin del discurso suele ser conseguir algo, mover a la acción, por lo que casi todos, de los tres géneros que distinguía la retórica: judicial (de acusación y defensa), demostrativo (de alabanza o vituperio) y deliberativo, pertenecen a éste último, y siguen en su composición el esquema y los tópicos propios de ese género. Sólo dos podrían pertenecer al genus iudiciale , los pronunciados por los príncipes de Macedonia ante su padre, el rey Filipo; Perseo acusa a Demetrio de haber intentado asesinarle (XL 9-11), Demetrio se defiende (XL 12-15). Y sólo uno, el de los enviados de Sagunto (XXVIII 39), tiene en parte la apariencia del genus demonstrativum en su alabanza a Roma 116 .
Las características de la elocuencia titoliviana destacan en la tercera década en la comparación de sus discursos con los de Polibio. Livio, ya los haya tomado directamente del original griego, o a través de Celio, actúa con entera libertad sobre la materia. Coincide en mucho con Polibio, pero también cambia muchas cosas: elimina argumentos, incluye otros nuevos, altera la intensidad relativa de los temas, rehace la disposición: «En contraste con el frío raciocinio y la argumentación lógica de Polibio, se aprecia en Livio un sentido inmediato de apasionamiento, una fuerte emocionalidad con numerosas exclamaciones y preguntas retóricas, junto a una velada o abierta implicación del lector en el discurso» 117 . Un lugar especial ocupan los discursos enfrentados, en los que se aborda un tema desde puntos de vista contrapuestos, a veces con rigurosa correspondencia en las argumentaciones; el contraste no sólo duplica su valor como piezas de reflexión histórica o de caracterización, sino que además nos permite seguir paso a paso el desarrollo interno de un discurso tal como lo apreciaba el propio autor 118 . Una variedad propiamente latina en la reproducción de la palabra hablada, de difícil traducción, pero de gran eficacia en el original, es el discurso en estilo indirecto. En Livio, su empleo aparece unido en muchos casos a la verbalización imaginaria del pensamiento, o para dar voz a sujetos colectivos.
Livio descolló entre los historiadores porque sus discursos se adaptaban admirablemente a los personajes y a las situaciones. No es de extrañar que quien veía la clave de la grandeza romana en la conducta de sus hombres, de sus grandes hombres, pusiera un especial cuidado al trazar sus retratos de carácter. Los discursos son tan decisivos en esto que se ha llegado a decir que el arte de Livio consistió realmente, no en adaptar los discursos a los personajes, sino en mantener la coherencia del personaje con el carácter que el discurso le asígna 119 . Livio destaca también entre los historiadores (y tampoco es de extrañar, por los mismos motivos) por haber sido más generoso que ninguno en los retratos y semblanzas 120 . Pero esta forma de caracterización directa no es la más frecuente; el carácter del personaje se va definiendo en sus actos, en sus palabras, y a través de lo que otros dicen de él. Más de un buen conocedor de Livio ha señalado que el de más profundidad humana, el más rico y complejo, paradójicamente, es el de Aníbal.
El contenido de la historia era lo que se había hecho o dicho en el pasado, pero en la práctica de los historiadores había tomado carta de naturaleza introducir digresiones, o excursus , sobre los orígenes y las costumbres de los pueblos con el fin de documentar un desarrollo histórico o simplemente para satisfacer la curiosidad y el gusto de sus lectores por lo pintoresco o exótico. Livio manifiesta su desacuerdo con este empleo «gratuito» de las digresiones al comienzo del excurso sobre Alejandro Magno (IX 17-19), tal vez para disculpar que por una vez haya cedido a la tentación; y se muestra parco en los excursos «serios»: sólo se conserva uno, sobre los galoceltas (V 33-35); las períocas registran otros dos, sobre Cartago y sobre Germania.
En su Epistula ad filium Livio aconsejaba a su hijo que educara su estilo, sobre todo, en la lectura de Demóstenes y de Cicerón, y, luego, en la de quienes más se les parecieran. Los otros juicios literarios de Livio, despojados de las referencias concretas y puestos juntos, se diría que formulan en términos negativos la misma recomendación: hay que huir de la brevedad excesiva y del léxico rebuscado de los que quieren ser oscuros, para parecer profundos. La base del estilo de Livio es, pues, este consciente ciceronianismo, que tiene más de búsqueda de la fluidez, la claridad y el equilibrio que de imitación anclada en el pasado; su lenguaje es un lenguaje vivo, en el que apuntan ya los usos literarios de los tiempos nuevos.
Livio es capaz de producir una gran variedad de estilos al servicio del tema, de acuerdo con los contenidos: las frases cortas, la sintaxis simple, el léxico objetivo o convencional del material analístico y de los informes militares sumarios; el estilo medio del relato seguido, de construcción más compleja, propensa a la acumulación y favorecedora del encadenamiento sintáctico, al servicio del progreso de la narración y de la abundancia informativa; y el estilo dramático, con una mayor riqueza y variedad de formas y recursos en la expresión del movimiento, de la emoción, de los cambios repentinos. El estilo oratorio tiene su equivalente al estilo dramático de la narración en los discursos emotivos, y al estilo llano del relato, en los discursos reflexivos, pero, en general, la sintaxis oratoria es más uniforme, amante del paralelismo, de la antítesis y de la construcción periódica o cerrada. En algunos discursos el estilo actúa como elemento caracterizador de la situación o del nivel cultural del personaje que habla, pero, en general, los personajes históricos poseyeron todos una elocuencia envidiable. Los episodios mayores en los que se combinan las formas más vivas de la narración y del discurso exhiben el estilo más elaborado y vigoroso, al que ocasíonalmente se le añade la solemnidad arcaizante de una plegaria o de la fórmula de un antiguo ritual.
VIII. FAMA Y FORTUNA DE LIVIO . HISTORIA DEL TEXTO 121
Livio alcanzó en vida un gran renombre: un lector de la lejana Gades, como ya sabemos, viajó a Italia sólo para conocerlo; la gente que acudía a las declamaciones del orador L. Magio, más que a oírlo, iban «a ver al yerno de Livio»; él mismo, en ese prólogo que ya conocemos a uno de los libros perdidos, venía a decir que no era ya la gloria lo que le impulsaba a seguir escribiendo.
La obra de Livio fue leída con admiración. Su maestría literaria recibió de sus contemporáneos y de las generaciones sucesivas el homenaje de la imitación y el reconocimiento de la escuela. Textos suyos eran memorizados y recitados por los estudiantes de retórica. Ideas, imágenes, expresiones suyas reaparecen con frecuencia en Ovidio 122 . Ya con el propio Virgilio, aunque las coincidencias entre ellos podrían ser, sobre todo, ecos comunes de Ennio, se había producido, al parecer, una especie de juego de reminiscencias mutuas, un intercambio de admiración entre maestros 123 . Hay resonancias de Livio en los versos de Petronio, Séneca y Estacio 124 . Quinto Curcio configuró su estilo sobre el modelo de Livio 125 . El emperador Claudio se inspiró en él para sus discursos 126 . Tácito le rindió tributo haciendo suyos muchos giros titolivianos 127 .
Pero la mayor deuda con Livio como fuente de inspiración literaria fue, sin duda, la de Lucano y Silio Itálico 128 . El historiador que, al emprender su obra, se consolaba de su posible fracaso con la idea de haber sido superado por excelentes autores (y que se valoraba lo bastante para atreverse a competir con ellos), acabó superándolos a todos. Su Historia se convirtió prácticamente en la única Historia de la República romana, en la mejor escrita, desde luego; la de mayor aliento. Nos atrevemos a pensar que, sin el relato de Livio, ni Silio Itálico habría soñado sus Punica , ni Lucano su Bellum Civile . Ambos hallaron en Livio asuntos que eran ya un esbozo épico y los desarrollaron, cada cual a su modo.
Sin embargo, la relación de los lectores con la obra de Livio iba a cambiar pronto. Ya en el mismo siglo I , Frontino, al aprovechar episodios de Ab Urbe condita para su colección de Estratagemas , y Valerio Máximo, para su antología de Hechos y dichos memorables , y Plutarco, para sus Vidas paralelas , reflejaban la orientación del público hacia una literatura más ligera y anecdótica. Por otra parte, el republicano Livio podía resultar incluso una lectura políticamente sospechosa. El historiador Cremucio Cordo fue condenado a muerte en tiempos de Tiberio por su defensa de los asesinos de César, a los que también Livio elogiaba; y bajo Domiciano, a Metio Pompusiano le costó la vida creerse destinado al imperio y llevar siempre consigo una selección de arengas y discursos sacados de Livio 129 .
Aparte de la natural (o forzosa) pérdida de interés por la historia republicana, la enorme extensión de Ab Urbe condita contribuyó también a que su popularidad disminuyera. El difícil manejo de una obra tan voluminosa había hecho sentir desde hacía tiempo la necesidad de disponer de resúmenes o índices de los 142 libros. A algo por el estilo debía de referirse Marcial, si es que ha de tener alguna gracia su epigrama acerca de un librito en cuyas breves páginas se apretaba el ingente Livio que no cabía completo en los anaqueles de su librería 130 .
En el siglo siguiente, el «resumen de todas las guerras en setecientos años», el (o la) Epítome de Floro respondía a las nuevas tendencias: un Livio condensado e inocuo, reducido a un panegírico del pueblo romano, bien escrito, pero insustancial y artificioso. Un coetáneo de Floro, Gramo Liciniano compuso otro resumen que mantenía la disposición analística. Pero los autores más importantes del siglo parecen desconocer su obra y sólo un poeta menor, Alfio Avito, utiliza argumentos y dicción titoliviana en sus Libri rerum excellentium 131 .
En lo sucesivo la presencia de Livio se limitará casi por completo a los historiadores que extractan o resumen su obra. Del siglo III , aparte de haber sido utilizado por el griego Dión Casío en su Historia Romana , el único rastro de Livio son los fragmentos de un rollo de papiro con índices de los libros XXXVII-XL y XLVIII-LV, el llamado Epítome de Oxyrrinco . Las Periochae , fechadas convencionalmente en el siglo IV , combinan las indicaciones escuetas de una tabla de materias con el resumen argumental de algunos episodios principales. A esa misma época pertenecen los anónimos Origo gentis Romanae y De Viris Illustribus y los «Breviarios» de historia de Roma de Eutropio y Rufio Festo, parcialmente derivados de Livio. Otro tanto ocurre en el siglo V con la Historia contra los gentiles , de Orosio, y el Liber prodigiorum , de Julio Obsecuente, y con la Crónica de Casiodoro, en el VI . La cuestión debatida en este campo es la compleja relación de los autores y anónimos de la tradición titoliviana entre sí y con el texto original de Ab Urbe condita ; un problema sobre el que la vieja teoría de un epítome del siglo I como fuente intermedia común recibe fuertes críticas, sin que se haya formulado una propuesta alternativa satisfactoria 132 .
Salvo esta pobre pervivencia, verosímilmente de segunda mano, los libros de Ab Urbe condita , en el mejor de los casos, dormían el sueño de los justos desde mediados del siglo II en las estanterías de las bibliotecas. Servio, en su comentario a la Eneida (X 388) dice que Avieno puso en senarios yámbicos a Livio; aparte de esa imprecisa noticia, las últimas huellas vivas de una lectura directa en textos de la antigüedad se descubren en autores paganos, como Amiano Marcelino y Claudiano, de finales del siglo IV 133 .
Fue precisamente en esa época crepuscular del siglo IV y en los círculos senatoriales que deseaban el renacer de la cultura pagana y de las antiguas tradiciones romanas frente al cristianismo, donde se produjo una revaloración y recuperación de la obra de Livio, junto con la de otros autores clásicos. Macrobio, quien, por cierto, se hace eco de ritos antiguos descritos por Livio, capta el ambiente intelectual del momento en los diálogos de sus Saturnalia , cuyos interlocutores son las personalidades más destacadas de aquel movimiento, V. Agorio Pretextato, V. Nicómaco Flaviano y Q. Aurelio Símaco.
Una carta de Símaco, del año 401, comunica a su corresponsal que «el regalo de la obra completa de Livio que te prometí se retrasa todavía por lo cuidadoso de la corrección». Los nombres de los autores materiales del trabajo y de quienes habían promovido la empresa —Nicómacos y Símacos— quedaron registrados en las notas añadidas al final de los libros —subscriptions — que los copistas medievales reprodujeron junto con el texto. No sabemos si el proyecto llegó a completarse. Las subscriptiones de la llamada recensión nicomaquea, o simaquiana, sólo aparecen en manuscritos de la primera década. Pero es casi seguro que todo lo que se conserva de Livio se lo debemos a aquel tiempo y a empeños semejantes a aquéllos.
Las subscripciones indican que el texto se reprodujo por grupos de cinco y diez libros; de hecho, a excepción de una rama común para los libros XXVI-XL, originada más tarde, el texto de cada década se transmite por separado. Pues bien, de cada una de las décadas se conservan, completos o fragmentarios, testimonios que fueron escritos entre los siglos IV y V .
La primera década se puede decir que cuenta con tres testimonios antiguos. Uno es un fragmento de papiro del siglo IV (P. Oxy . XI 1379), el segundo es el codex Veronensis (V = Verona XL), de comienzos del v, que contiene fragmentos de los libros III a VI; el tercero, de haberse conservado, sería el histórico ejemplar de la recensión nicomaquea, que se puede contar como si existiera, ya que es el arquetipo reconstruible de todos los manuscritos medievales de la primera década. Para la tercera hay dos testimonios de la antigüedad tardía, ambos del siglo V , un manuscrito completo, el Puteanus, o Puteaneus, (P = París Lat. 5730), y los fragmenta Taurinensia (= Ta ), restos de un palimpsesto de Turín, en cuya escritura borrada se leyeron partes de los libros XXVII a XXIX, antes de que lo destruyera un incendio en 1904. Los testimonios antiguos de la cuarta década son casi simbólicos: los fragmenta Romana (= R) , restos de un códice de finales del siglo IV o principios del v, con líneas sueltas del libro XXXIV, y los fragmenta Piacentina (= F) , de un manuscrito del IV , con texto de los libros XXXIII-XXXV y XXXIX. El testimonio antiguo de la quinta década, el Vindobonensis (V = Viena Lat. 15), un códice del siglo V , es además nuestra única fuente para el texto de los libros XLI-XLV; presenta algunas mutilaciones y lagunas, pero también indicios de que en tiempos debió de contener la década entera. Finalmente, el bifolium Vaticanum con el fragmento del libro XCI formaba parte también de un palimpsesto del siglo V o VI .
No hay seguridad sobre cuándo se perdió la mayor parte de la obra de Livio. Esta abundancia de textos de la antigüedad tardía y las citas del papa Gelasío en una carta del año 496 y del gramático Prisciano en el siglo VI , procedentes de libros que no han llegado hasta nosotros, hacen pensar que el texto de Ab Urbe condita se conservó completo hasta comienzos de la Edad Media.
La historia de la transmisión de los clásicos latinos se ha representado gráficamente en la figura de un reloj de arena. La parte más estrecha son los «siglos oscuros», desde el 550 al 750. De lo que supuso esa época y de cómo pudieron perderse muchos libros da idea el destino de los testimonios antiguos del texto de Livio que acabamos de enumerar, hoy reducidos la mayor parte a mínimos restos. Ta , por ejemplo, fue borrado y reescrito en el siglo VII ; R se encontró envolviendo reliquias de Tierra Santa en un relicario de finales del siglo VIII ; el Veronensis se compone de dos códices antiguos, incompletos, de Livio y de Virgilio, cuyo texto se raspó a principios del VIII para escribir encima los Moralia de S. Gregorio Magno. Por cierto que entre los humanistas italianos corrían dos graves rumores sobre éste, Papa desde el 590 al 604: el de haber incendiado la Biblioteca Palatina, y el de que había mandado quemar todos los manuscritos de Livio que pudieron encontrarse. Dos inculpaciones, al parecer, infundadas.
Hacia finales del siglo VIII los clásicos latinos salían del paso estrecho del reloj de arena, a impulsos de la reforma cultural promovida por Carlomagno. Los manuscritos volvieron a ser copiados y comenzaron a circular. En el caso de Livio varias de estas copias y traslados de códices tendrían una importancia capital para la transmisión del texto.
De la primera década se copian, a finales del x, en Verona, el Mediceus y el Vormatiensis , la rama más valiosa de la tradición nicomaquea o simaquiana, y, entre el IX y el XI , una decena de mss. de la otra rama. En cuanto a la tercera década, del Puteanus , el arquetipo de todos los manuscritos que contienen sólo los libros XXI-XXX, se hicieron en Francia, entre finales del siglo VIII y principios del IX , tres copias directas, la primera de las cuales, el Reginensis , fue la base de toda la tradición posterior de esos libros.
De los libros XXXI-X (cuarta década) se produjo, a comienzos del IX , un importante manuscrito, el Moguntinus , que representaba por sí solo una línea propia de la tradición. Por su parte, el original completo de los fragmenta Piacentina (F) fue llevado, a finales del siglo X , de Piacenza a Bamberg, donde se hizo una copia, el Bambergensis . Del original (F ) quedaba en Italia una copia antigua (x ), que daría origen en esta época a dos importantes manuscritos, el Spirensis y el Vetus Carnotensis . Se supone que esa copia (x) había conseguido juntar el texto de los libros XXXI-XL, procedente de F , y el de los libros XXVI-XXX, obtenido del original de los fragmenta Taurinensias (Ta) , ya que todos los manuscritos derivados de ella, la llamada tradición ‘espirensiana’ contienen o contuvieron desde el libro XXVI al XL. Finalmente, del único manuscrito de la quinta década, el Vindobonensis , sabemos que fue legado a principios del IX por el obispo de Utrecht al monasterio de Lorsch, una de las fundaciones favoritas de Carlomagno.
En la baja Edad Media Livio no fue uno de los autores más divulgados; como historiador, se prefiere a Salustio. Raramente figura en los cánones de libros escolares o en los catálogos de las bibliotecas. Sin embargo, el trasíego de códices y copias que dispersa textos de Livio por la Europa medieval responde a los deseos de personas interesadas en disponer de ellos y el nombre de Livio aparece unido al de ilustres personajes de aquellos siglos, que conocieron su obra, la leyeron y glosaron, hicieron copias o mandaron hacerlas, o imitaron su estilo: Eginardo y Lupo de Ferrières en el IX , Raterio de Verona en el X , Lamberto de Hersfeld en el XI , Juan de Salisbury y Tomás Becket en el XII; en el siguiente, y ya en los albores del humanismo, Juan de Meung, Lovato Lovati, Albertino Mussato... y, poco después, Dante.
A partir de las primeras décadas del XIV, en la historia del texto de Livio hay dos nombres clave, Aviñón y Petrarca, la ciudad que, al convertirse en sede de la corte pontificia (1305), se había erigido también en capital cultural de Europa, y el joven maestro que, de regreso a ella en 1326, al servicio del cardenal Colonna, empleaba parte de su tiempo ayudando a la exégesis de Ab Urbe condita a Raimondo Subirani, el que «todo lo desdeñaba, salvo Tito Livio» 134 .
Allí encontraría Petrarca a otros ilustres personajes con quienes compartir su afición por el historiador: el dominico inglés Nicolás Trevet, Landolfo Colonna, tío del cardenal, y el fraile francés Pierre de Bersuire (o de Berchoire). Por obra de todos ellos, Livio estaba entrando en la Edad Moderna: Trevet había redactado unos años antes (c. 1320) el primer comentario que conocemos sobre la obra de T. Livio; gracias a L. Colonna se divulgó la cuarta década, y Petrarca reuniría las tradiciones medievales separadas y establecería el texto que sirvió de base a la importante traducción de Bersuire y a los estudios filológicos de Valla 135 .
El Livio de Trevet era el de los manuscritos medievales de las décadas primera (libri ab Urbe condita) y tercera (de Bello Punico) , y su comentario o Apparatus , que debía mucho a la tradición escolar de las glosas y notas gramaticales, no tuvo mucha difusión, pero facilitó la lectura de Livio a Colonna y a Bersuire, entre otros.
Landolfo Colonna llegó a Aviñón en 1328 procedente de Carnotum , es decir, Chartres, con una copia de un viejo manuscrito de Livio que él mismo había descubierto allí: el vetus Carnotensis . Como todos los manuscritos de la tradición espirensiana, contenía los libros XXVI-XXX, más la cuarta década aparentemente completa, aunque en realidad bastante mutilada: faltaban el final de los libros XXXII y XL, y el XXXIII entero. Colonna se procuró los libros I-X y XXI-XXV y los unió a su manuscrito. Petrarca, por su parte, añadió a su ejemplar de la primera y tercera décadas los libros traídos por Colonna; no se limitó a copiarlos: del mismo modo que en su texto de los libros I-X recogía lecturas de las dos ramas de la tradición simaquiana, o nicomaquea, ahora cotejó y corrigió sus libros XXVI-XXX, derivados del Puteanus , con los del Carnotensis , y de este modo, tuvo en un sólo manuscrito el Livio más completo y más correcto de su tiempo. Éste fue el ejemplar sobre el que trabajó después Lorenzo Valla en Nápoles. Petrarca adquiriría más tarde el manuscrito de Landolfo Colonna y siguió todavía revisando su propio texto en un tercer manuscrito que conservó consigo.
En los ambientes humanísticos de la Italia del siglo XV reinó un clima de auténtico entusiasmo por Livio. Era el autor de moda, y enmendar su texto, la afición favorita de los eruditos. Uno de ellos fue Antonio Becadelli, más conocido como Panormita (o de Palermo), quien llegó a vender una finca para poder tener también su Livio, un hermoso manuscrito de Poggio Bracciolini. Sin necesidad de tanto sacrificio, reyes, príncipes, duques, papas, cardenales, obispos, banqueros y comerciantes acaudalados encargaban su Livio a los mejores copistas. Ya no se sabe si Livio interesa porque atrae, o si es buscado por razones de prestigio o por afán de coleccionismo. La expectación (y las pesquisas) que una y otra vez provocaron los rumores sobre manuscritos guardados en remotos monasterios con el texto de las décadas perdidas —seis veces se repitieron en poco más de medio siglo—, o los años de fervorosa excitación que se vivieron en Padua con el descubrimiento de la supuesta tumba de Livio son para comentados con las palabras del propio historiador a propósito de los prodigios: quod evenire solet motis semel in religionem animis multa nuntiata et temere credita sunt... (XXI 62, 2). Al margen de la anècdota, Livio y la historia romana ocupaban a los mejores talentos, dando lugar a enconadas rivalidades y polémicas: Leonardo Bruni quiso suplir con su De Bello Punico primo (1418) el texto perdido de la cuarta péntada de Livio. En Florencia, en el círculo humanístico del cardenal Próspero Colonna, donde sobresalía Poggio, Livio era estudiado y copiado asíduamente. En Nápoles, en torno a Alfonso V, junto a Panormita y a Fació, y enfrentándose a ellos y con Poggio, Lorenzo Valla refinaba la crítica del texto en sus Emendationes e iniciaba la crítica histórica con su Disputatio .
La editio princeps se debió a Juan Andrés Bussi, quien, aunque tenía noticia de los muchos estudios que se estaban haciendo, no quiso, no supo, o no pudo aprovecharlos. Su edición contenía todo el texto conocido entonces, más las períocas, y se imprimió en Roma hacia 1469.
Hasta casí tres siglos más tarde no se completaría todo el texto de Livio que hoy poseemos. La búsqueda de las décadas perdidas había resultado infructuosa, pero algunos libros nuevos, las partes que faltaban en los ya impresos y nuevas lecturas del texto conocido esperaban aún en manuscritos medievales ignorados y en un olvidado códice romano. Los capítulos finales del libro XL y casí todo el XXXIII, salvo el principio, se encontraron en un manuscrito de Maguncia, el Moguntinus , y fueron publicados allí por primera vez en la edición de N. Carbach y W. Angst de 1519. En 1527, Simón Grineo descubre en Lorsch el Vindobonensis ; su edición de Basílea, en 1531, será la princeps de los libros XLI-XLV. Beato Renano y Segismundo Gelenio, para su edición de Basílea, de 1535, releen el Moguntinus y aportan el testimonio de otros dos manuscritos desconocidos hasta entonces y que, al igual que el Moguntinus , se perdieron luego: uno hallado en Worms, el Vormatiensis , otro en Speyer (Spira), el Spirensis . En 1615, el jesuíta Horrion descubre el Bambergensis , cuyo texto completo del libro XXXIII publicó al año siguiente. Por último, en 1773, J. P. Bruns publicó el fragmento del libro XCI que él y Vito Giovenazzio habían descubierto el año anterior en un palimpsesto vaticano.
Hasta 1700 se sucedieron no menos de 160 ediciones de Tito Livio. Unas destacaron por las novedades incorporadas al texto, otras por sus contribuciones documentales y de interpretación histórica. En el siglo XV sobresalió la de Marco Antonio Sabélico, de 1491, la primera con notas. En el XVI el signo de los estudios titolivianos fue la polémica entre Glareano (Annotationes , 1540) y Sigonio (tres ediciones, de 1555 a 1562), que suscitó numerosas aportaciones a la exégesis del texto. En el XVII, la edición crítica de Gronovio (1645) marca un hito en el establecimiento del texto. En el siglo siguiente, la monumental edición de Drakenborch (1738-1746) recoge en sus notas y apéndices los resultados más interesantes de cuatro siglos de trabajos sobre Ab Urbe condita . El XIX asíste a un gran avance en el estudio científico de los manuscritos y en la crítica filológica, por obra sobre todo de Alschefsky y Madvig. El resto es... Bibliografía (Cf. infra , págs. 152 ss.).
La pervivencia de Livio en la literatura europea no habría sido tan amplia sin las traducciones que se hicieron desde muy pronto, adelantándose en más de un siglo a los primeros textos impresos. La de mayor trascendencia fue la de Pierre de Bersuire, de hacia 1355, que inspiró muy de cerca a la española (1401), de Pero López de Ayala, a la escocesa (1533), de J. Bellenden, y a la inglesa (1600), de Ph. Holland. Independientes de Bersuire fueron las alemanas de Schöfferlin (1505), Witticht (1507), Carbac (1523) y Müntzer (1562), y las italianas de Santa Croce, de la primera década, y de Boccaccio, de las décadas tercera y cuarta (1338-1346).
Con el precedente de Jean de Meun, que incluyó la historia de Virginia (Liv., III 44-49) en el Roman de la Rose (vv. 5541-5584), las imitaciones o recreaciones literarias de argumentos y personajes sacados de Livio arraigan primero entre los humanistas, comenzando por el propio Petrarca. Reiniciando una tradición en la que se inscriben también los préstamos titolivianos en De casíbus illustrium virorum y De claris mulieribus , de Boccaccio, Petrarca toma de Livio casos ejemplares para sus Viri Illustres y Res memorandae , pero es en su poema épico Africa , sobre la figura de Escipión y la idea de Roma, donde la herencia de Livio es más personal y directa. Petrarca no llegó a terminar, ni a publicar esta obra, pero seguramente la dio a conocer a través de lecturas. En cualquier caso, en ella destacan también, junto al de Virginia, los otros dos temas que pasarían de la historia de Livio al tesoro de argumentos de la literatura universal: el de Sofonisba (Liv., XXVIIIXXX) y el de Lucrecia (Liv., I 57-59).
El tema de Sofonisba, una trágica historia de amor, lo bastante conocida ya en la antigüedad como para figurar en las pinturas murales de una casa de Pompeya, encontró cultivadores en la literatura dramática italiana (Trissino, Alfieri) y francesa (Montchrestien, Mairet, Corneille, Voltaire, Poizat); y también en la española, de la que trataremos luego 136 .
Las historias de Virginia y de Lucrecia tienen en común la violencia sexual ejercida por un tirano y la trágica defensa de la virtud de la mujer que provoca el derrocamiento de la tiranía. Virginia inspiró, entre otros, a Webster, Macaulay, Alfieri, Lessing y La Harpe. Lessing y Alfieri desarrollaron también el tema de Lucrecia, que ha sido, con su prolongación en la historia de Bruto y sus hijos (Liv., II 3-5), el más veces tratado y en más variedad de géneros y acentos: en la generación posterior a Petrarca, Colucio Salutati lo hizo objeto de una Oratio , luego aparece en un cantare anónimo, Chaucer cuenta la Legenda Lucrecie , Shakespeare en La violación de Lucrecia escribe un epilio; pero fue en la escena donde encontró también su molde más propio, desde Shakespeare (Brutus) a Giradoux, pasando por Heywood, Schlegel, Voltaire, Ponsard, Conti, Gravina, Lindner, etc. 137 .
Otros episodios de los primeros libros de Livio han atraído igualmente a los escritores por su potencial dramático: Horacios y Curiacios (Liv., I 24-25) a Aretino y a Corneille, Escévola (Liv., II 12-13, 5) a De Ryer, Coriolano (Liv., II 33, 3-40) a Shakespeare y a Hardy, Manlio Capitolino (Liv., V 47, VI 11-20) a Lafosse. En tiempos de la Revolución francesa en los discursos de los revolucionarios resuenan los ejemplos y máximas aprendidos en Livio, y Arnault hace representar un Cincinato (Liv., III 21-23) y Legouvé un Quinto Fabio 138 .
De la popularidad de los episodios legendarios de Livio en otro tiempo dan una idea las más de 24 piezas del dramaturgo popular alemán H. Sachs inspiradas en ellos, contemporáneas, en un sentido amplio, de las 22 reimpresiones que se hicieron entre 1533 y 1619 de las traducciones de Carbach y de Müntzer 139 .
Desde comienzos del siglo XVI se prestó también atención al contenido de Livio como punto de partida para la reflexión política sobre la historia y como ilustración histórica del pensamiento político: así se ha definido la doble función del texto de Ab Urbe condita en los Discorsi sopra la prima decade di Livio , de Maquiavelo. En los mismos términos podría definirse la presencia de Livio en la esfera de la filosofía del derecho, a través de la obra de Hugo Grocio, y de Montesquieu. Y en Italia, junto a Maquiavelo y después de él, Livio sigue inspirando la reflexión política en Guarducci, en Ciccarelli, en Aldo Manuzio, en el marqués Virgilio Malvezzi, cuyo Rómulo y Tarquinio traduciría nuestro Quevedo 140 .
Tito Livio está ausente de la cultura española hasta finales del siglo XIV . Todas las noticias sobre Livio en la Edad Media española se reducen a un par de menciones de segunda mano en S. Isidoro. No hay indicios de que su obra fuera conocida en ninguno de los ámbitos de cierta vitalidad de la cultura antigua en la Península por aquellos siglos, ni entre los mozárabes de Córdoba, que poseían manuscritos de Horacio y de Virgilio, entre otros clásicos, ni en el círculo del Rey Sabio castellano 141 .
En España existen doce manuscritos de Livio; con decir que los más completos son los más antiguos está dicho que ninguno es anterior al siglo XIV . Cuatro son de ese siglo: dos de ellos (Biblioteca de El Escorial) contienen todo el Livio de entonces, es decir, las décadas l.a , 3.a y 4.a , con las lagunas que ya conocemos, los otros dos (Bibliotecas de El Escorial y del Archivo Catedralicio de Valencia) sólo la primera y la tercera. Los ocho restantes son todos del XV y contienen sólo una década. En su mayoría, proceden de Italia; los mejores, de los fondos de la dinastía aragonesa en Nápoles.
El primer indicio de interés por Livio en España es un documento de 1315, en el que el rey Jaime II, hermano de Roberto de Nápoles, encarga comprar allí un Tito Livio, aun al precio de los cien florines de oro que pide el vendedor. Seguramente no lo consiguió, porque unos setenta años después el Infante D. Juan justificaba su insistencia en solicitar los libros de Livio con un in istis partibus reperiri non possunt .
Pero es precisamente en ese final del siglo XIV cuando la inencontrable obra de Livio podría decirse que irrumpe en España, traducida o adaptada, por los mismos años, del francés al catalán, al aragonés y al castellano. Uno de los personajes a quienes se dirigía el Infante don Juan era su tío político el Rey de Francia Carlos el Sabio , el mismo que había encargado a Bersuire su traducción y que, verosímilmente, no tardó en hacerle llegar una copia de ésta a su sobrino.
Una serie de hechos coetáneos se nos presentan como un rompecabezas tentador: en 1386 el Infante pedía al rey de Castilla una Gran Crónica de España ; D. Juan Fernández de Heredia, su amigo y consejero, compilador y traductor de obras de historia al aragonés, basa parte de su-Gran Cronica de Espanya en el texto de Livio traducido por Bersuire, y cuando muere Heredia, en 1395, el ya Rey D. Juan I pide a sus herederos, entre otros libros clásicos de su biblioteca, un Tito Livio; un traductor anónimo vierte por entonces al catalán, siguiendo a Bersuire, los siete primeros libros de Ab Urbe condita , traducción que se conserva en un manuscrito del Museo Británico, y fray Antoni Canals intercala pasajes de Livio en su traducción de Valerio Máximo; por último, el Rey de Castilla, Enrique III, ordena a su Canciller, Pero López de Ayala, que traduzca a Livio al castellano, y Ayala, aunque dispone del texto latino, que a veces consultará, traduce a Bersuire.
Todas estas noticias confluirían necesariamente en el Bersuire enviado por el Rey de Francia, si no fuera porque Livio pudo haber llegado antes al Canciller y a Heredia por otros caminos, ya que Heredia, hombre culto y refinado, cuya biblioteca era la envidia de muchos humanistas, había desempeñado durante muchos años un alto cargo en la corte pontificia de Aviñón, y también Ayala había vivido allí, siendo un muchacho, y en su carrera política mantuvo luego frecuentes contactos con Francia.
De la traducción de Ayala, que fue pronto la base de un compendio y el modelo de una nueva tradución, se conservan cinco o seis manuscritos de cada década. La procedencia de éstos indica que circuló sobre todo entre los personajes de la corte y de la nobleza, pero no quedan huellas de su lectura ni entre sus poseedores más ilustrados, como Gómez Manrique o el Marqués de Santillana. Tal vez, como los manuscritos florentinos, fuera más codiciada que leída. Como lectura parecía demasíado larga, ya que en 1439 Rodrigo Alonso Pimentel, conde de Benavente, hizo un resumen de ella, reduciéndola a un tercio, y éste fue realmente el Livio que se divulgó primero, en tres ediciones de 1497, 1505 y 1516. El texto completo no tardaría en imprimirse, pero en traducción de fray Pedro de la Vega, hecha sobre la de Ayala y el compendio de Pimentel y publicada en Zaragoza en 1520.
No mucho después Francisco de Enzinas revisó el trabajo de Pedro de la Vega y lo amplió con su propia traducción de los libros XLI-XLV. Esta traducción, que apareció en Estrasburgo, en 1552, y en Colonia al año siguiente, se reeditó en Bruselas en 1765 y en Madrid entre 1793 y 1796.
Hasta finales del siglo XIX no se haría una traducción nueva. Se debió a Francisco Navarro y Calvo y se editó en Madrid, en siete pequeños volúmenes de la Biblioteca Clásica. Siendo en general una buena traducción literaria, su defecto más grave no son los errores de interpretación del original, que no faltan, sino el incluir, sin advertirlo al lector, la traducción de los suplementos que en la edición que siguió llenaban las conocidas lagunas de algunos libros, especialmente el XLI y el XLV 142 .
Las primeras ediciones del texto latino de Ab Urbe condita en España se hicieron en Salamanca y Alcalá hacia mediados del siglo XVI . Fueron ediciones escolares sin valor filológico, pero importantes porque sirvieron para que algunos estudiantes se familiarizaran con las leyendas titolivianas que desde entonces comienza a reflejar la literatura.
La pervivencia de Livio en la literatura española presenta, en general, los mismos rasgos que en las demás literaturas europeas. Un grupo particular de deudores de Livio lo forman los biógrafos, historiadores, cronistas, compiladores de ejemplos, o teóricos de la historiografía y de la ciencia política: Livio sirvió de fuente para los libros 4 a 6 de la crónica de Fernández de Heredia ya mencionada, es opinión común que la segunda parte del Libro de las virtuosas y claras mujeres , de D. Álvaro de Luna, deriva de Livio y de Valerio Máximo; Hernando del Pulgar emprende su Crónica de los Señores Reyes Católicos con el confesado propósito de seguir las huellas de Livio; Pedro Mártir de Anglería recuerda a Livio en el título de su obra Decades de Orbe Novo y en sus retratos de mujeres. En general, los historiadores latinos del renacimiento español están más próximos a Livio que a Salustio, o Tácito, y más que ningún otro el jesuita Juan de Mariana en su De Rebus Hispaniae . Livio no es sólo fuente inmediata de su historia de la España romana, sino modelo consciente de estilo en toda ella; aunque exagera tanto su livianismo que el título de Livius alter que le dio Gibbon más que honrar al imitador, desacredita al modelo. Entre los teóricos, Luis Cabrera de Córdoba (De Historia, para entenderla y escribirla) —«Livio español», según su paisano y amigo Luis de Góngora— fundamenta su concepción de la obra histórica como paradigma ético en el prólogo de Livio, y Saavedra Fajardo convierte a Livio, junto con Tácito, en el mentor político de sus Cien Empresas .
Los episodios que dan lugar a desarrollos autónomos son los mismos que ya conocemos, y reciben parecidos tratamientos. Gaspar de Aguilar escribe Los amantes de Cartago sobre la historia de Sofonisba; Sofonisba es también el tema, y el título, de otras dos piezas teatrales de Comella y de Mazuelo, y de un relato en prosa de Cristóbal Lozano. Juan de la Cueva publicó en 1588 una Trágedia de la muerte de Virginia y una Comedia de la libertad de Roma por Mudo Cévola , y escribió numerosos romances sobre episodios de la historia romana, muchos de ellos sacados de Livio. Virginia dio título y argumento a una tragedia de Agustín Montiano y a otra de Tamayo y Baus. Lucrecia inspiró a Góngora un romance, una farsa a J. Pastor, un drama a Rojas Zorrilla y una tragedia a Nicolás Fernández de Moratín.

1 STENDHAL , Le rouge et le noir , libro II, Cap. VII.
2 Cf. M. MENÉNDEZ Y PELAYO , Bibliografía hispano-latina clásica , Madrid, 1953, vol. III, pág. 192, Y T. DE LA A. RECIO , Tito Livio , Barcelona, 1952, pág. 268-269.
3 B. L. ULLMAN , Studies in the Italian Renaissance, 3.a ed., Roma, 1973, págs. 53-77 = «The post-mortem adventures of Livy», Univ. of North Carolina Bulletin , 34 (1944), 39-53.
4 PLINIO EL JOVEN , Cartas II 3, 8; JERÓNIMO , Cartas LIII 1.
5 P. G. WALSH , «Livy and the aims of History: an analysis of the Third Decade», Aufstieg und Niedergang der römischen Welt: Geschichte und Kultur Roms im Spiegel der neuren Forschung , edit. por H. TEMPORINI Y W. HAASE , II 30, 2, Berlín-Nueva York, 1982, pág. 1074.
6 P. L. SCHMIDT , «Petrarca an Livius (fam . 24, 8)», Livius. Werk und Rezeption. Festschrift für E. Burck zum 80. Geburtstag , edit. por E. LEFÈVRE Y E. OLSHAUSEN , Munich, 1983, págs. 421-433.
7 ELIANO , Fragm . 383 (Hercher), apud C. CICHORIUS , Römische Studien , Leipzig, 1922, pág. 261.
8 SUETONIO , Calígula XXXIV, 6.
9 H. HAUBEN , «Unidentified Flying Objects and Close Encounters in Antiquity, Especially as Reported in the Histories of Livy», Festschrift Burck (v. nota 6), págs. 301-311.
10 L. CATIN , En lisant Tile Live , París, 1944, págs. 187-190.
11 P. ZACAN , Tito Livio , Roma, 1940, pág. 242.
12 L. PERELLI , Storie (libri I-V) di Tito Livio , Turin, 1974, pág. 60.
13 Sobre las cuestiones tratadas en este capítulo véanse, en especial, W. WEISSENBORN , «Einleitung», W. WEISSENBORN , H. J. MÜLLER , Titi Livi, Ab Vrbe condita libri ., I, libros I-II, 13.a ed, Dublín-Zurich, 1969 (= 9.a ed., 1908), págs. 1-11. G. HIRST , «Note on the date of Livy’s birth and on the termination of his History», Transac. and Proceed, of the Amer. Philol. Assoc ., 59 (1925), págs. XL-XLI. V. LUNDSIRÖM , «Kring Livius’ liv och verk», Eranos 27 (1929), 1-37. J. BAYET , «Introduction», J. BAYET , G. BAILLET , Tite-Live: Histoire Romaine , I, libro I, Paris, 1965 (=1940), págs. VII-XXII. H. PHILIPP , «Patavium», Real-Encyclop. d. Altertumswiss ., XVIII 4 (1949), cols. 2114-2119. R. SYME , «Livy and Augustus», Roman Papers , I, Oxford, 1979, págs. 400-454 (= Harvard Stud, in Class. Philol ., 64 (1959), 27-87). P. G. WALSH , Livy. His historical aims and methods , Cambridge, 1961, págs. 1-20. A. D. LEEMAN , «Werden wir Livius gerecht», E. BURCK (ed.), Wege zu Livius , 2.a ed., Darmstadt, 1977, págs. 200-214 (= Helikon 1 (1961), 28-39). R. M. OGILVIE , A Commentary on Livy , libros I-V, 2.a ed,. Oxford, 1970, págs. 1-5. K. GRIES , «The personality of T. Livius», Hommages à M. Rénard (Collection Latomus, 101), Bruselas, 1969, págs. 383-393. E. MENSCHING , «Zur Entstehung und Beurteilung von Ab Urbe condita», Latomus 45 (1986), 572-589. A. FONTÁN , Tito Livio: Historia de Roma , Libros I y II (Col. hispánica de autores gr. y lat.), Madrid, 1987, págs. XIII-XXIII.
14 E. BURCK , «Aktuelle Probleme der Livius-Interpretation», Gymnasium (Beihefte) 4 (1964) pág. 40, aunque la propuesta le parece sugestiva; ni L. PERELLI , loc. cit . (v. nota 11), pág. 77, ni E. MENSCHING , loc. cit. (v. nota 13), pág. 573, se plantean siquiera la duda.
15 QUINTIL ., I 5, 56; VIII 1, 2. Asc. PEDIANO , In Corn . 68. JERÓNIMO , Ad Euseb. Chron. (Ad ann. Abr. 1958, 2033) .
16 E. BADIAN , Oxford Class. Diction ., 2.a ed., 1970, s.v .‘equites’.
17 PLINIO EL JOVEN (Cartas I 14, 16) habla de una señora de Padua, una tal Serrana Prócula, que a los mismos paduanos —«ya conoces las costumbres del lugar»— daba lecciones de severidad.
18 A. FONTÁN , loc cit . (v. nota 13), pág. XIV. Cf. LIV., V 33 (etruscos); X 2 (Cleónimo), XLI 27 (año 174).
19 F. WALBANK , «The fourth and fith decades», T. A. DOREY (ed.), Livy , Londres, 1971, págs. 58-59.
20 R. M. OGILVIE , loc. cit . (v. nota 13), pág. 2.
21 Tales interpretaciones parecen desautorizadas por el autor que nos transmite la anécdota, QUINTILIANO (v. nota 15), para quien la crítica de Asinio apuntaba a cuestiones de estilo (v. infra , pág. 147). Sin dejar de ser cierto eso, también es posible que Quintiliano no advirtiera que el ironista Asinio hablaba con segundas... Sobre las opiniones aludidas, cf. E. BURCK , «Literaturüberblick», Die Erzählungskunst des T. Livius , 2.a ed., Berlín, 1964, pág. XXVII.
22 TÁCITO , Anales IV 34, pone en boca de Cremucio Cordo un discurso, en el que éste recuerda que Livio dedicó tantos elogios a Pompeyo que Augusto lo llamaba «pompeyano»; sin que esto —añade— entorpeciera su amistad. Según SUETONIO , Claudio XLI 1, Livio fomentó la afición del futuro emperador Claudio por la historia.
23 V. LUNDSTRÖM , apud . A. D. LEEMAN (v. nota 13), pág. 209. Ambos autores opinan que Livio pasó la mayor parte de su vida en Padua. También se inclinan por esta opinión, entre otros, M. SCHANZ , C. HOSIUS , Geschichte der römischen Literatur , 4.a ed., pág. 297, Y E. MENSCHING loc. cit ., pág. 573.
24 Cf. R. M. OGILVLE , loc. cit . (v. nota 13), págs. 4-5.
25 K. GRIES , loc. cit . (v. nota 13), págs. 388-392.
26 O. SEEL y H. TRÄNKLE , apud J. E. PHILLIPS , «Current Research in Livy’s first decade: 1959-1979», Aufstieg u. Niedergang (v. nota 5), pág. 1028.
27 Véase, p. e., V 4, 4; XXVI 22, 14 (Platón); IX 17, 6 (Jenofonte); III 68, 9; IX 18, 7 (Demóstenes); VII 30-31 (Tucídides); III 11-14 (Cicerón). Cf. los comentarios de W. WEISSENBORN H. J. MÜLLER , Y R. M. OGILVIE , ad loc .
28 V. LUNDSTROM , loc. cit . (v. nota 23).
29 Corpus Insc. Lat . V 2865.
30 C.I.L . V 2975 (= H. DESSAU , Insc. Lat. Selectae , 2919). Cf. E. BADIAN ad R. SYME , Roman Papers I, pág. 426, n. 3.
31 A. FONTÁN , loc. cit . (v. nota 13), pág. XVI.
32 QUINTILIANO , X 1, 39; SÉNECA EL VIEJO , Controversias , 10 praef ., 2.
33 A. D. LEEMAN , loc. cit . (v. nota 13), pág. 209.
34 K. GRIES , loc. cit . (v. nota 13), págs. 386-387.
35 V. nota 22. Tácito y Suetonio hablan de una relación o unos contactos de Livio con Augusto y con Claudio que hay que situar en la primera década d. C., pues antes de esa época, ni Claudio (nacido el año 10 a. C.) habría tenido edad de plantearse su vocación de historiador, ni Augusto habría podido conocer los libros de Livio sobre Pompeyo (XCI-CX), publicados seguramente a partir del año 2 d. C. Cf. MENSCHING , loc. cit ., pág. 574. De un ambiguo pasaje de Ab Urbe Condita , (IV 20, 7) suele deducirse que hubo, al menos, un encuentro de Livio con Augusto en los comienzos de la carrera del historiador, poco después de publicados sus primeros libros.
36 M. L. W. LAISTNER , The greater Roman Historians , Berkeley, 1971 (= 1.a ed., 1947), pág. 67; L. R. TAYLOR , «Republican and Augustan writers enrolled in the equestrian centuries», Transact, and Proceed, of the Amer. Philol. Assoc . 99 (1968), 469-486.
37 ST . USHER , «Livy»... The historians of Greece and Rome , Londres, 1969, pág. 166. Cf. LAISTNER , op. cit ., pág. 77.
38 QUINTILIANO , IX 2; SÉNECA , Epístola , C 9.
39 Según U. SCHINDEL , «Livius philosophus?», Festschrift Burck (v. nota 6), págs. 411-419, Séneca no podía estar hablando de obras desconocidas, sino que se refería a discursos contrapuestos y pasajes reflexivos de Ab Urbe condita .
40 Sobre la redacción, edición, contenido y estructura de Ab Urbe condita , véanse W. WEISSENBORN (págs. 58-60), J. BAYET , G. HIRST , R. SYME , A. FONTÁN (págs. LIII-LXXVII) Y E. MENSCHING , ut supra (v. nota 13), y A. KLOTZ , «Livius», Real-Encyclop. d. Altertumswiss ., XIII 1 (1926), 818-820; PH . A. STADTER , «The structure of Livy‘s history», Historia 21 (1972), 287-307; G. WILLE , Der Aufbau des livianischen Geschichtswerks (Heuremata, 1), Amsterdam, 1973; P. G. WALSH , Livy (Greece and Rome. New Surveys in the Classics , 8), Oxford, 1974, págs. 8-11; T. J. LUCE , «The dating of Livy’s first decade», Transact, and Proceed, of the Amer. Philol. Assoc . 96 (1965), 209-240, y Livy. The composition of his history , Princeton, 1977, págs. 3-32.
41 V. nota 6.
42 Según J. BAYET , loc. cit ., pág. XIX, Livio publicó por separado los libros I y II-V con anterioridad a los años 31-29 a. C. y los reeditó juntos precedidos del prefacio y con modificaciones parciales (1 19, 4, y IV 20, 5-11) entre el 27 y el 25 a. C. Piensa T. J. Luce (1965) (v. nota 40) que el texto de I-V fue escrito a partir del año 31 a. C. y que los dos pasajes en cuestión son adiciones hechas en el momento de editarlo hacia finales del año 27 a. C. E. MENSCHING , «Livius, Cossus und Augustus», Museum Helveticum 24 (1967), 12-32, opina que los libros I-V se escribieron entre el 29 y el 27. salvo IV 20, 5-11, que habría sido interpolado en una segunda edición, posterior al año 24 a. C., opinión aceptada por OGILVIE , Commentary... (v. nota 13), pág. 784.
43 T. J. LUCE (1965), apud J. E. PHILLIPS «Current Research on Livy’s first decade», Aufstieg u. Niedergang (v. nota 5), pág. 1016.
44 Per . XV 1: Origo Carthaginiensium et primordia urbis eorum referuntur .
45 Per . XVI 2: transgressis tunc primum mare exercitibus romanis... XX 3: adversus Ligures tunc primum exercitus promotus... XX 10: exercitibus Romanis tunc primum trans Padum ductis .
46 Compárese XXXI 1, 6-8, Y XLV 9.
47 Per . XLVIII: Semina tertii belli Punici referuntur .
48 Per . XLIX: Tertii belli Punici initium...
49 V. infra , pág. 114.
50 Per . CIX: causae ciuilium armorum et initia referuntur , CXXXIII: tres triumphos egit... imposilo fine civilibus bellis altero et vicesimo anno .
51 SÉNECA EL RETÓRICO , Suasorias VI 17.
52 A. KLOTZ , loc. cit . (v. nota 40). No hay razón para sospechar que sea una noticia espúrea insertada tardíamente en la transmisión. Cf. M. D. REEVE , «The transmission of Florus’ Epitoma de Tito Livio and the Periochae », Class. Quarterly 38 (1988), 478.
53 R. SYME , loc. cit . (v. nota 13), pág. 449.
54 W. HOFFMANN , «Livius und die römische Geschichtsschreibung», E. BURCK (ed.), Wege zu Livius , Darmstadt, 1977, pág. 74, n. 9.
55 PLINIO , Hist. Nat ,. pref., 16.
56 Criterio decisivo para G. WILLE (v. nota 40): los libros XLVI-LX serían «La época de Escipión Emiliano», LXI-LXXV la de Mario, LXXVI-XC la de Sila, XC-CV la de Pompeyo. CVI-CXX la de César, hasta el final de la República, CXXI-CXXXV la de Octaviano en lucha por el poder, Y CXXXVI-(CL) la de Roma bajo la paz de Augusto.
57 Cf., p. e., P. G. WALSH (1974) (v. nota 40), págs. 9-10; R. M. OGILVIE . «Livy», The Cambridge History of Class. Lit . II (Latin Lit.) , pág. 458 = Historia de la lit. clásica; II, Lit. lat . ltrad. de ELENA BOMBÍN , Madrid, Gredos. 1989.
58 LIV ., Praef . 9: labente deinde paulatim disciplina velut dissidentis primo mores sequatur animo, deinde ut magis magisque lapsi sint, tum ire coeperint praecipites... Cf. OVIDIO , Tristes II, 83-86, apud J. BAYET , loc. cit ., pág. 4, n. 1.
59 Vid . T. JANSON , Latin prose prefaces. Studies in literary conventions (Studia Lat. Stockholmiensia, 13), Estocolmo, 1964, espec. págs. 64-74. Cf. R. M. OGILVIE , Commentary... (v. nota 13), págs. 23-28.
60 Para la interpretación del prefacio de Livio, V . M. MAZZA , Storia e ideologia in Tito Livio: per un’analisi storiografica della Praefatio ai Libri ab urbe condita , Catania, 1966. Vid., infra . Bibliografía III a.
61 Los eruditos romanos (Gelio, Servio) distinguían los annales de las historiae o Res gestae en un doble sentido: como pura crónica enumerativa frente a la historia pragmática o científica y como historia de las generaciones pasadas frente a la de los tiempos vividos por el autor. Según esta segunda distinción se dio en decir que la obra de Livio constaba de annales e historiae .
62 Sobre el desarrollo de la historiografía anterior a Livio y su encuadramiento en ella, V . E. BADIAN , «The early historians», T. A. DOREY (ed.), Latin Historians (Studies in Latin lit. and its influence), Londres, 1966, págs. 1-38. W. HOFFMANN , «Livius und die römische Geschichtsschreibung», E. BURCK (ed.), Wege zu Livius , Darmstadt, 1977, págs. 68-95 (= Antike und Abendland 4 (1954), 171-186). F. KLINGNER , «Römische Geschichsschreibung», Wege zu Livius , págs. 17-36. Id., «Livius», ibid ., págs. 48-67. A. H. MC DONALD , «The Roman historians», Platnauer (ed.), Fifty years (and twelve) of classical scholarship , Oxford, 1968, págs. 465-479. P. G. WALSH , Livy... (v. nota 13), págs. 20-45.
63 Cf. T. J. LUCE (1977) (v. nota 40). págs. 270 ss.
64 V. la antología de esos textos en J. M. ANDRÉ , A. HUS , La historia en Roma , Madrid, 1989, 3.a ed., págs. 209-218.
65 M. MAZZA , loc. cit . (v. nota 60), apud J. E. PHILLIPS , «Current Research...» (v. nota 43), págs. 1002 y 1031.
66 Cf., p. e., N. COCHRANE , Christianity and Classical Culture , 2.a ed., Oxford, 1944 = Cristianismo y Cultura clásica , México-Madrid-Buenos Aires, 1949, págs. 100-115.
67 V. nota 55.
68 F. KLINGNER «Livius» (v. nota 62), pág. 63.
69 Cf. P. G. WALSH , «Livy’s preface and the distortion of history». Amer. Journ. of Philol . 76 (1955), 369-383 (en trad, alemana, Wege zu Livius , págs. 181-199)
70 R. M. OGILVIE , Commentary... . (v. nota 13), pág. 29.
71 V., p. e., II 40, 13; VI 9, 3; VIII 6, 1-7; X 40, 10 ss.; XXIX 10 ss.
72 Cf. XXXVI 17, 13; XXX 30, 26; XXXI 30, 11; XXXVII 45, 8; XLV 26, 8.
73 Cf. II 1, 2.
74 R. M. OGILVIE , The Romans and their Gods , Londres, 1969.
75 P. e., Camilo en V 5l, 5: «descubriréis que a los acontecimientos prósperos acompaña siempre el respeto a los dioses y la irreligiosidad a los adversos».
76 No deja de ser llamativa la coincidencia con la descripción de la Edad de Oro por Ovidio: Lrv., I 21, 1, ea pietate omnium pectora imbuerat ut fides ac iusiurandum pro legum ac poenarum metu civitatem regerent . OVID ., Met . I 89-91: Aurea aetas... sine lege fidem rectumque colebat. Poena metusque aberant...
77 Externa religio: III 30, 11; VIII 11, 1; XXV 1, 6-12; XXXIX 50-51.
78 Cf. I 8, 4; 28, 7; 33, 1-2 y 6; 44, 3.
79 Clementia: . XXVI 46, 49; XXVII 19, 8; XXVIII 34, 3; XXXI 31, 16; XXXIII 12, 7; XXXVI 27-29; XXXVII 6, 6; XXXIX 2; 25, 15; XLII 8, 8.
80 Cf. OGILVIE , Commentary... (v. nota 13), págs. 127 ss.; iustum ac pium bellum : XLV 22, 5-8.
81 Cf. H. HOCH , «Die Darstellung der politische Sendung Roms bei Livius», E. BURCK (ed.), Wege zu Livius , págs. 261-276.
82 VIII 30, 1; X 40; XXVII 23, 4.
83 III 5, 14; VIII 6, 3; XXI 62, 1; XXII 32, 2; XXIV 6, 10; 10, 16; 44, 8; XXVII 37, 2; XXVIII 11, 1; XXIX 14, 2.
84 Cf. e. g. II 30, 2; 44, 7 (discordia ordinum); IV 9, 2-3 (certamen factionum) . Acusaciones contra los patricios: II 23, 2; III 11, 9 ss.; 37, 7-8; contra los plebeyos: II 41, 3 ss.; 52, 2.
85 regnum: II 41 (Casio); IV 12-16 (Sp. Melio); VI 11-20 (T. Manlio Capitolino).
86 IX 19 (Trad, de F. NAVARRO Y CALVO ).
87 Cf. II 6, 1; IV 26, 6. Prudentia: XXII 12, 2-6; 25, 14. Temeritas: XXI 53, 1-7; XXII 29, 1; XXVII 27, 11.
88 Cf. L. CATIN , op. laud . (v. nota 10), págs. 30 ss.
89 S. USHER , Livy (v. nota 37), pág. 176.
90 P. G. WALSH , «Livy and the aims of Historia...» (v. nota 5), página 1067.
91 Cf. E. BURCK , «Die römische Expansion im Urteil des Livius», Aufstieg u. Niedergang... (v. nota S), págs. 1148-1189.
92 I 56, 2; II 40, 11; III 20, 5; 26 9; 29, 3; IV 6, 12; 25 9; V 46, 7; VI 4, 12; 11, 9; VII 2, 13; 29, 2; X 9, 6; 40, 10; XXXIX 22, 2; XLIII 13, 1; XLIV 9, 4; 18, 8.
93 Cf. P. G. WALSH , «Livy», T. A. DOREY (ed.), Latin Historians (v. nota 62), págs. 119-120.
94 Cf. L. PERELLI , loc. cit . (v. nota 11), págs. 9-19.
95 V. referencias en J. E. PHILLIPS , «Current Research» (v. nota 43), págs. 1034-1036; P. G. WALSH , Livy (1974) (v. nota 40), págs. 5-7.
96 H. TAINE , Essai sur Tite-Live , París, 1855 = Tito Livio (Trad, de L. DE TERÁN ), Madrid, s. d., pág. 66. Sobre esta cuestión, además de los dos capítulos que Taine dedica a Beaufort y Niebhur, V . E. CIACCERI , L’Opera di Livio e la moderna critica storica , Roma, 1943, Y E. BURCK (ed.), Wege zu Livius . págs. 1-6. El libro de M. CORREÂ CIRIBELLI , Tito Livio e a crítica histórica moderna , Sảo Paulo, 1978, tiene un título prometedor, pero un contenido decepcionante.
97 Sobre la relación de Livio con sus fuentes y su método de trabajo, V . A. KLOTZ , loc. cit . (v. nota 40), cols. 841-846; W. WIEHEMEYER , Proben historiker Kritik aus Livius XXI-XLV , tesis doctoral, Münster, 1938, págs. 70-80, en E. BURCK (ed.), Wege zu Livius , págs. 224-225 y en el mismo volumen, págs. 237-248, F. HELLMANN , «Das kritische Verfahren des Livius» (= Livius-Interpretationen , Berlín, 1939, págs. 19-21 y 32-35). M. L. W. LAISTNER , loc. cit . (v. nota 36), págs. 83 ss. T. J. LUCE , op. cit . (v. nota 40), págs. 139-229 H. TRÄNKLE , Cato in der 4. und 5. Dekade des Livius (Akad. der Wissenschaften und der Lit., Abhandlungen der geistes- und sozialwissenschafl. Kl., 4), Mainz-Wiesbaden, 1971; Id., Livius und Polybios , Basilea, 1977.
98 Aunque la reacción extrema de T. J. Luce es igual de poco convincente.
99 Cf. la detallada exposición de P. G. WALSH , Livy (v. nota 13), págs. 138-172.
100 En las páginas que siguen, básicamente, se resume io expuesto por P. G. WALSH en «Livy», T. A. DOREY , Latin Historians (v. nota 62), y «Livy and the aims of ‘historia’» (v. nota 5), y por J. Briscoe, E. Burck y F. W. Walbank, en sus artículos sobre la primera, tercera y cuarta y quinta décadas, respectivamente, en T. A. DOREY (ed.), Livy , Londres, 1971.
101 Cf. G. POMA , Gli Studi recenti sull’origine della Republica Romana. Tendenze e prospettive della ricerca 1963-1973 , Bolonia, 1974.
102 G. DE SANCTIS , Storia dei Romani , 1, 2.a ed., 1956, pág. 5.
103 T. R. S. BROUOGHTON , apud P. G. WALSH , «Livy». T. A. DOREY , Latin Historians (v. nota 62), pág. 126.
104 Las repetidas sospechas sobre la primera guerra samnita no parecen razonables. cf. E. T. SALMON , Oxford Class. Dict., s. v . «Samnium».
105 Cf. J. BRISCOE , A commentary on Livy , libros XXXI-XXXIV, Oxford, 1973, pág. 12.
106 G. KENNEDY , The art of Rhetoric in the Roman World , Princeton, 1972, pág. 420.
107 K. WITTE , Über die Form der Darstellung in Livius’ Geschichtswerk , Darmstadt, 1969 (= Rheinisches Museum 65 (1910), 270-305 y 359-419). W. KROLL , «Die Kunst des Livius», Neue Jahrbb. f. d. klass. Altertumswiss . (1921), 97-108 = Studien zum Verständnis der romischen Literatur , Stuttgart, 1924, págs. 351-369). E. BURCK , Die Erzählungskunst des Titus Livius (Problemata, 11), 2.a ed., Berlín-Zurich, 1964 (= 1.a , 1934). P. G. WALSH , «The Literary techniques of Livy», Rheinisches Museum (1954), 97-114. A. H. MC DONALD , «The style of Livy», Journ. of Roman Stud . 47 (1957), 155-172.
108 Cf. J. BRISCOE , «The first decade» (v. nota 100), pág. 3.
109 Cf. R. M. OGILVIE , Commentary , (v. nota 13), pág. 30, y para los siguientes libros, págs. 233, 390, 526 y 626.
110 En III: hasta y después del decenvirato, y éste, con el episodio de Virginia en el centro; en V: la guerra contra Veyos y la invasión gálica; en XXI: España, Los Alpes, Italia. En el libro II, el leit-motiv es la libertas ; en el III, la moderatio ; en el IV, la modestia ; en el VIII, la disciplina .
111 V. más arriba, págs. 33 y 42. Cf. E. BURCK , «The third decade» (v. nota 100), págs. 22-25. La teoría de Luce (v. nota 40) de que en los libros XXXI-XLV Livio sigue un principio arquitectónico consistente en situar los episodios más destacados al principio, en el centro y al final de cada libro tiene una comprobación demasiado elástica para resultar convincente; además, pudiendo faltar alguno, resulta muy difícil imaginar cómo habría podido ser de otra manera.
112 Para la caracterización general del arte narrativo de Livio y en relación con el influjo de la llamada historiografía ‘trágica’ o peripatética, cf. E. BURCK , «Wahl und Anordnung des Stoffes; Führung der Handlung», Id., Wege zu Livius , págs. 331-351.
113 Vid. II 19, 7; IV 19, 2; IX 22, 9; XXIII 46, 12; XXV 18, 4. Cf. L. CATIN , loc. cit . (v. nota 10), págs. 94 ss.
114 P. G. WALSH , «Livy and the aims...» (v. nota 5), pág. 1072; v. XXI 11-15; XXIIl 19, 22; XXIV 37; XXIV 33 ss.; XXVIII 22-23; XXXI 17-18. Para las principales batallas v. más arriba págs. 33-36.
115 XXXVI 15-19 y 43-45; XXXVII 23-24 y 29-30; XXI 30-37; XLIV 4-5.
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