Kitabı oku: «E-Pack Bianca julio 2021»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

E-pack Bianca, n.º 262 - Julio 2021

I.S.B.N.: 978-84-1375-995-1

Índice

Créditos

El reto del italiano

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

La prometida del jeque del desierto

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

A merced de su enemigo

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Amor infinito

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…



Capítulo 1

Vuela con los ángeles, cara mia.

Maceo Fiorenti depositó un beso sobre la rosa blanca de tallo largo, la favorita de su difunta esposa, especialmente importada de Holanda. Carlotta había insistido en esa extravagancia, a pesar de que el jardinero juraba ser capaz de recrear esa flor allí, en su casa de Nápoles.

Carlotta rechazaba la sugerencia con una sonrisa en los labios porque, según ella, había algo especial en recibir las flores por avión dos veces por semana.

Por supuesto, Maceo consentía todos sus caprichos. Podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en las que había dicho que no a Carlotta Caprio Fiorenti en sus nueve años de matrimonio y solo cuando ella intentaba convencerlo de que olvidase el pasado y buscase la felicidad.

¿Cómo iba a hacerlo cuando no merecía ni respirar y mucho menos ser feliz?

Maceo torció el gesto.

En esos momentos, Carlotta parecía olvidar todo lo que había pasado.

Parecía olvidar quién era él y lo que había hecho.

Maceo Fiorenti, heredero de un legado que no tenía más remedio que salvaguardar. Maldito por un destino del que no podía escapar porque hacerlo sería una traición imperdonable.

No le gustaba mostrarle a Carlotta los demonios que lo empujaban, pero debía recordarle que él era la causa de su pena, que él le había robado la familia que era tan importante para ella.

Pero habría tiempo para llorar su muerte. Habría tiempo para soportar la amargura, la vergüenza y el sentimiento de culpa.

Por el momento, tenía un legado que proteger y lo protegería hasta su último aliento.

¿Qué más daba que en los momentos más oscuros se cuestionase por qué seguía haciéndolo?

«Porque te lo pide tu conciencia».

Casa di Fiorenti no era solo un legado. Era por lo que sus padres, sus abuelos y su padrino, Luigi, habían vivido. Y por lo que habían muerto. Él debía mantener vivo ese legado, aunque estuviese muerto por dentro. Aunque se viera perseguido por la certeza de que jamás tendría un momento de felicidad.

Maceo rozó con la punta de los dedos el ataúd blanco en una última caricia.

«Déjala ir».

Con el corazón encogido, dejó la rosa sobre el ataúd. Se había negado a reconocer que aquel día se acercaba, que unos meses después del diagnóstico de cáncer tendría que enfrentarse a un futuro en total soledad. Ahora no tenía más remedio que hacerlo.

«No muestres debilidad».

Eran las palabras que Carlotta había pronunciado una década antes, cuando el sentimiento de culpa amenazaba con devorarlo. Unas palabras que él había absorbido y grabado en su mente hasta que se fusionaron con su alma.

Maceo tomó aire y el momento de debilidad se esfumó.

Él era Maceo Fiorenti y, aunque había sido casi divertido darle carnaza a los paparazis mientras estaban casados, aquel no era día para buscar notoriedad.

Carlotta había sido enterrada, como era su deseo, con Luigi, su primer marido, y con los padres de Maceo. También él sería algún día enterrado en la cripta familiar.

Pero él estaba vivo. A pesar de todo.

Un milagro, habían dicho los periódicos cuando regresó al mundo de los vivos doce años antes.

Si ellos supieran de los demonios que lo asaltaban. Si supieran del amargo sabor de la culpa y el remordimiento que le pesaban en el corazón a todas horas.

Los miembros del consejo de administración de Casa di Fiorenti lo observaban, intentando ver un gesto de debilidad.

No lo verían.

Media hora después, cuando por fin el obispo dio la última bendición, Maceo le dio la espalda a la cripta y se dirigió hacia su coche, ignorando a los congregados en la iglesia.

El conductor se irguió de inmediato, murmurando unas palabras de condolencia, pero él no se molestó en responder. Tal vez porque hacerlo significaría aceptar que estaba solo en el mundo.

Sí, como viudo de Carlotta tendría que soportar a varios miembros de la familia Caprio, pero sin parientes de sangre, sin hermanos o primos, él era el único Fiorenti que quedaba.

Estaba solo.

Maceo se quitó las gafas de sol y las tiró sobre el asiento. Exhalando un suspiro, se apretó el puente de la nariz con los dedos y cerró los ojos un momento.

–¿Quiere volver a la villa, signor? –le preguntó el conductor.

Maceo negó con la cabeza. ¿Para qué prolongar lo inevitable? Era viernes por la tarde y los empleados tenían el día libre para presentar sus respetos a Carlotta, pero había trabajo que hacer.

Y, no, su desgana de volver a la villa en Capri no tenía nada que ver con los salones y los pasillos vacíos sin la presencia de Carlotta.

–Llévame al helipuerto. Voy a la oficina.

Apenas recordaba el viaje en helicóptero que lo dejó a dos calles del cuartel general de Casa di Fiorenti en Nápoles.

Carlotta había querido estar más cerca de la villa de Capri que había compartido con Luigi cuando supo que el final estaba cerca y Maceo trasladó la empresa desde Roma hasta el enorme edificio del siglo XVIII sobre la bahía de Nápoles.

El edificio donde, como era de esperar, dos docenas de paparazis esperaban para hacer preguntas.

Maceo volvió a ponerse las gafas de sol y dejó escapar un suspiro mientras salía del coche.

–¿Qué pensaría Carlotta de que volviese al trabajo el día de su entierro? –le gritó uno de los reporteros.

–¿Piensa hacer directores de la empresa a sus cuñados ahora que Carlotta no está?

–¿Cuándo anunciará quién va a ocupar el sitio de su esposa?

Maceo siguió adelante, sin hacer caso. Le divertía que siguieran haciendo preguntas cuando él nunca respondía. ¿De verdad esperaban que divulgase públicamente sus secretos?

Especialmente cuando Carlotta y él habían jugado con ellos durante años para esconder el mayor y más terrible de los secretos.

Mientras empujaba la pesada puerta de hierro, recordó la bomba que Carlotta había dejado caer antes de morir.

Ella sabía que sería incapaz de negarse, por supuesto. Haría todo lo que le pidiese, a pesar de la furia y la sorpresa que sintió al conocer la noticia.

Pero, aunque pensaba honrar el último deseo de Carlotta, no le había dicho cómo iba a hacerlo. Eso quedaría entre él y la mujer de cuya existencia no sabía nada hasta una semana antes.

Luigi, su padrino, había estado casado antes, aunque brevemente, con una mujer inglesa. Una mujer que tenía una hija. Otro secreto que sus padres y su abuelo le habían ocultado. Y, además, acababa de descubrir que Casa di Fiorenti, la empresa de confitería que sus abuelos y sus padres habían levantado treinta años antes, y que él había convertido en un imperio multimillonario, no era exclusivamente suya. Que una parte, muy pequeña y que no echaría de menos, pero que era suya por derecho, pertenecía a esa mujer sin cara, una buscavidas que ya estaría afilando sus garras.

Faye Bishop.

Y ahora él debía tolerar a esa mujer para cumplir el último deseo de su difunta esposa.

Su ira se intensificó mientras subía al ascensor.

Faye Bishop había evitado a Carlotta durante meses. Sin embargo, sí había encontrado tiempo para aceptar la invitación de acudir a la lectura del testamento.

Maceo esbozó una sonrisa carente de humor.

La señorita Bishop había logrado engañar a Carlotta, pero él le daría una lección que no olvidaría nunca.

Faye contuvo el deseo de volver a mirar el reloj porque eso confirmaría que solo habían pasado veinte segundos desde la última vez que lo miró. Además, eso no disiparía la extraña sensación de estar siendo observada.

Aunque no era tan extraño porque las paredes de la sala de juntas de Casa di Fiorenti eran de cristal.

Faye, que había llegado de la granja de Devon unas horas antes, se sentía como pez fuera del agua en aquel sitio con paredes de cristal, suelos de mármol y paparazis en la puerta, pero esbozó una sonrisa retadora por si estaban vigilándola.

Debería marcharse, pensó. Si no hubiera respondido a la llamada de Carlotta, la viuda de Luigi…

Luigi, su padrastro, había muerto, llevándose a la tumba todas las respuestas. Y ahora Carlotta había muerto también.

«No le debes nada a esta familia. Deberías dejarlo todo en el pasado, donde debe estar».

En realidad, no tenía por qué estar allí, agarrándose a un clavo ardiendo y esperando que tal vez alguien tuviese respuestas para todas sus preguntas.

La puerta de la sala de juntas se abrió en ese momento y la idea de marcharse se evaporó al ver al hombre que acababa de entrar.

Su actitud era beligerante, pero había algo más. Algo apenas contenido, algo electrizante que la dejó inmóvil.

Se dio cuenta entonces de que estaba mirándolo fijamente y no era capaz de parpadear o tragar saliva.

O controlar los locos latidos de su corazón.

Que aquel hombre pareciese igualmente fascinado por ella no tenía importancia. Faye sabía que llamaba la atención por su ecléctico atuendo y por la profusión de tatuajes de henna en el brazo, pero sobre todo por su pelo.

Tuvo que contenerse para no levantar una mano y pasarla por los mechones plateados, lilas y morados sujetos sobre su cabeza en un desordenado moño, especialmente cuando el extraño clavó allí la mirada.

Era increíblemente apuesto y su aire de autoridad parecía llevarse todo el oxígeno de la habitación.

Pero después del incidente traumático con Matt dos años antes, Faye no había vuelto a tener ninguna relación…

¿Por qué pensaba en eso ahora?

Tres hombres que parecían abogados entraron en la sala de juntas, mirándola con cara de perplejidad. Si no estuviese tan cautivada por el extraño, todo aquello podría haberle resultado divertido.

Pero no estaba allí para divertirse. Estaba allí porque Luigi Caprio, su padrastro, había dejado en ella una marca indeleble, ofreciéndole un cariño que nunca había tenido antes y desapareciendo luego de su vida sin dar ninguna explicación.

Faye intentó olvidar un dolor que nunca había curado, la herida abierta por Carlotta Caprio unos meses antes.

–Me alegro de que haya venido, señorita Bishop –dijo el hombre, clavando en ella sus ojos de color ámbar.

Al contrario que sus palabras, su expresión no era precisamente cordial. Por alguna razón, aquel extraño parecía detestarla.

¿Lo sabría?, se preguntó, angustiada. ¿Luigi habría hecho algo tan impensable como compartir su secreto y el de su madre con aquel hombre?

¿Podría haber sido tan cruel?

Intentó decirse a sí misma que daba igual. Cuando se fuera de allí no tendría que volver a ver a aquel enigmático hombre ni a ninguno de los parientes de Luigi.

–Le hice una promesa a Carlotta –dijo por fin.

Era una promesa que Carlotta no debería haberle exigido, pero lo había hecho y ella había aceptado.

El hombre hizo una mueca.

–Ah, sí, la promesa de acudir a la lectura del testamento. Pero no de acudir a su entierro.

Faye se irguió, molesta.

–Para su información, señor… como se llame, Carlotta no me dijo que estuviese enferma. Yo no sabía nada.

–Y, sin embargo, aquí está –dijo él con esa voz ronca y turbadoramente atractiva.

Por fin, los músculos de Faye obedecieron las órdenes de su cerebro y pudo ponerse en pie.

–Guárdese sus acusaciones –le espetó, tomando el bolso, que había dejado en el suelo–. Antes de venir pensé que esto era un error y usted acaba de confirmarlo, así que no perdamos más tiempo. Me marcho.

–Me temo que no va a ser tan fácil, señorita Bishop.

Faye apretó la correa del bolso.

–¿Qué no va a ser tan fácil? Y, por cierto, ¿va a presentarse como una persona normal o su identidad es un misterio que debo desentrañar para llegar al próximo nivel? –le espetó, irónica.

El extraño clavó la mirada en la camiseta rosa, que dejaba al descubierto su ombligo. Pero, aparte de incredulidad, había algo en su mirada que erizó el vello de su nuca.

–Siéntese –le ordenó.

Faye no podía hacerlo porque el brillo de sus ojos la había dejado paralizada. Y algo más. De repente, sintió un cosquilleo en los pechos… y eso le recordó que no llevaba sujetador.

Para contrarrestar la desazón, Faye cruzó los brazos sobre el pecho y lo fulminó con la mirada.

–¿Por qué voy a sentarme? ¿Y por qué cree que puede darme órdenes?

–Porque estoy a punto de hacer realidad todos sus sueños. Por supuesto, siempre podría marcharse y renunciar a su herencia…

–¿Mi herencia? ¿Qué herencia? –lo interrumpió ella, sorprendida.

–Siéntese y se lo contaré.

La sorpresa hizo que Faye obedeciese. Se dejó caer sobre la silla, notando que los abogados la miraban con expresión solemne.

¿Qué estaba pasando allí?

–Bueno, ahora finjamos que de verdad no sabe quién soy –dijo el extraño.

–Es que no sé quién es. No sé por qué le parece tan raro, pero no tengo ni idea.

–Mi nombre es Maceo Fiorenti.

El apellido era dolorosamente familiar. Faye había intentado borrarlo de su vida, pero sin éxito porque aparecía por todas partes.

–Imagino que está relacionado con Casa di Fiorenti.

–Así es, pero también con Carlotta.

En sus cartas, Carlotta siempre firmaba como Carlotta Caprio Fiorenti, pero Faye no había pensado mucho en ello.

El hombre que estaba sentado frente a ella era demasiado mayor como para ser hijo de Carlotta, de modo que solo podía ser…

–¿El marido de Carlotta? Pero usted es…

Faye no terminó la frase.

–¿Soy qué, señorita Bishop? –le espetó él, enarcando una ceja–. ¿Demasiado joven? No tema ser sincera. No dirá nada que los medios no hayan dicho un millón de veces.

Faye se puso colorada porque eso era precisamente lo que había pensado. Carlotta tenía casi sesenta años y Maceo Fiorenti parecía treinta años más joven.

Pero no era por eso por lo que estaba allí. De hecho, seguía sin saber la razón por la que estaba allí, con aquel hombre que la fascinaba más de lo que debería.

–Su relación con Carlotta no es asunto mío, pero ahora que hemos sido presentados tal vez podría explicarme por qué estoy aquí.

–Soy el presidente de Casa di Fiorenti y el socio mayoritario. Hasta hace una semana me pertenecían el cien por cien de las acciones de la empresa.

–¿Qué quiere decir con eso?

El hombre se echó hacia delante y, aunque el instinto le decía que se echase atrás, no lo hizo. Decidió defender su terreno porque mostrarse débil sería darle una victoria.

–Mi difunta esposa me informó de que su primer marido, Luigi Caprio, le había dejado una herencia que recibiría cuando cumpliese veinticinco años. Creo que ha cumplido veinticinco años recientemente, ¿no es así?

–Hace tres meses –Faye dio un respingo–. Ah, claro, fue entonces cuando Carlotta se puso en contacto conmigo. ¿Pero por qué no me contó nada?

–¿Le dio usted oportunidad? Creo recordar que no se lo puso nada fácil.

–Tenía mis razones para hacerlo.

Dolor, traición, el estigma de una vergüenza que nunca había desaparecido. La angustia de no saber por qué Luigi se había ido sin mirar atrás.

«Nadie podría querer a una abominación como tú».

Las crueles palabras de Matt hacían eco en su cabeza, intensificando su angustia. Casi había conseguido dejar de preguntarse por la deserción de su padrastro hasta que Matt dijo eso y ahora temía no poder seguir adelante hasta que supiera si Luigi pensaba lo mismo que él.

–Pero esas razones no eran lo bastante importantes como para no venir a la lectura del testamento, ¿no?

Faye se encogió de hombros.

–Evidentemente, usted cree que he venido por interés, así que puede ahorrarse la ironía y contarme de una vez por qué estoy aquí. No tengo todo el día.

Sus palabras fueron recibidas con un tenso silencio. Incluso parecía… dolido.

Aquel hombre había enterrado a su mujer unos días antes, pensó entonces. Pero cuando iba a disculparse por su tono, él la interrumpió con un gesto.

–Como ejecutor del testamento de Carlotta, es mi deber informarle sobre el legado que le dejó su padrastro. Es usted propietaria de un cuarto del uno por ciento de una de las acciones de Casa di Fiorenti. Por favor, signor Abruzzo, dígale a la señorita Bishop lo que eso significa en términos monetarios.

Uno de los abogados abrió una carpeta mientras Maceo se arrellanaba en la silla, clavando en ella esos ojos de color ámbar.

El efecto de esa mirada hizo que se perdiese las primeras palabras del abogado y tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse.

–… en la última auditoría, Casa di Fiorenti fue valorada en cinco mil millones de euros. De modo que el valor de su herencia es aproximadamente de catorce millones de euros.

Capítulo 2

Maceo observó a la extraña criatura de labios generosos y luego se maldijo a sí mismo por tan inoportuna observación.

Esos labios podrían rivalizar con los de Cupido. ¿Y qué?

¡Per l’amor di Dio, tenía el pelo de varios colores! Iba vestida como una hippy y llevaba flores de henna tatuadas en un brazo. Con esos labios gruesos y esa figura llamativa, debería estar en el teatro, no en las oficinas de un imperio multimillonario.

¿Y qué si tenía una piel de porcelana y los ojos de color índigo más seductores que había visto nunca?

Había enterrado a Carlotta unos días antes y, aunque su matrimonio no había sido convencional, al menos le debía el respeto de no enumerar adjetivos para describir a otra mujer.

–¡Lo dirá de broma! –exclamó Faye Bishop entonces.

Maceo la miró de nuevo con helada gravedad.

–Sí, claro, porque tras la muerte de mi esposa no tengo nada mejor que hacer que gastar una broma de mal gusto sobre su último deseo –replicó, sarcástico.

Ella tuvo la decencia de ponerse colorada, pero la contrición duró solo unos segundos.

–No era mi intención ofenderle. Es que esto es algo completamente inesperado para mí.

–¿De verdad, señorita Bishop?

Maceo no se molestaba en disimular su escepticismo. No pensaba esconder nada porque los secretos habían erosionado los cimientos de su familia.

–De verdad, señor Fiorenti –replicó ella.

–Entonces, haga lo que ha dicho antes. Rechace la herencia y márchese.

Curiosamente fascinado, observó su pelo multicolor… y tuvo que hacer un esfuerzo para controlar el extraño efecto que aquella mujer ejercía en él.

Se había quedado helado al verla al otro lado de la pared de cristal, pensando que debía ser una alucinación. No sabía por qué, pero no era capaz de apartar la mirada.

Faye Bishop lo hacía experimentar una tórrida punzada de deseo, un recordatorio de que era un hombre de sangre caliente, aunque se lo había negado a sí mismo durante una década porque no merecía satisfacer sus deseos.

Maceo solo tenía un objetivo: conservar la empresa a la que sus padres habían dedicado toda su vida.

Y no había sobrevivido a un infierno para caer preso de la fascinación por aquella extraña criatura.

–A sus abogados no parece gustarles la idea. ¿Por qué, señor Fiorenti? No, espere, no responda. Voy a adivinarlo. Ellos saben que no tiene derecho a decirme eso. ¿Estoy en lo cierto? –preguntó Faye, mirando alrededor.

Uno de los abogados, maldito fuera, asintió con la cabeza.

–Bueno, eso está abierto a interpretaciones, pero en general… así es.

Ella lo miró, esbozando una sonrisa retadora, y Maceo experimentó una mezcla de excitación y rabia.

No sabía por qué aquella mujer lo turbaba tanto, pero intentó relajarse y terminar con aquella reunión de una vez por todas. Tenía otras cosas de las que preocuparse.

Faye Bishop no era el único inconveniente que Carlotta había dejado atrás. Además, estaban sus hermanos.

–El legado es suyo, pero con condiciones. Yo tengo el poder de añadir mis propias estipulaciones.

La sonrisa de Faye se evaporó del todo.

–¿Qué?

–Después de conocerla, Carlotta me dio el poder de convertirla en una mujer muy rica o…

–¿O ponerme a prueba por algo de lo que yo no tenía ni idea y no he querido nunca?

Maceo esbozó una sonrisa desdeñosa.

–Muy bien, entonces márchese. Demuestre que de verdad piensa rechazar la herencia.

Estaba convencido de que no lo haría. Nadie en su sano juicio rechazaría tal cantidad de dinero.

Pero Faye Bishop se levantó de la silla y lo miró en silencio con esos ojos de color índigo hasta que Maceo dejó de respirar.

No sabía si levantarse de un salto para evitar que se fuera o permanecer sentado.

Lo último. Desde luego, no iba a detenerla.

Faye Bishop se dirigió hacia la puerta de la sala de juntas. A pesar de su ropa vulgar tenía una gracia innegable y el movimiento de sus caderas bajo la falda de flores irradiaba tal sensualidad que Maceo tuvo que moverse en la silla, incómodo.

Antes de salir, Faye se dio la vuelta para lanzar sobre él una mirada reprobadora que habría empequeñecido a cualquier otro hombre. Un hombre que no tuviese que luchar contra los demonios contra los que él luchaba cada día.

–He venido porque pensé que tal vez aquí encontraría respuestas a las preguntas que me he hecho durante todos estos años sobre Luigi. Pero ahora veo que ha sido una pérdida de tiempo.

Maceo lanzó una mirada de advertencia sobre los abogados. El otro deseo de Carlotta había sido igualmente específico: la entrega de una carta dirigida a Faye Bishop.

No sabía si en esa carta estarían las respuestas que ella buscaba, pero no se la daría hasta que estuviese completamente seguro de sus motivos.

–¿De verdad esto le parece una pérdida de tiempo?

Ella lo fulminó con la mirada.

–Lamento la muerte de Carlotta, señor Fiorenti, pero espero no volver a verlo en toda mi vida.

Después de decir eso, Faye salió de la sala de juntas, dejando atrás un silencio cargado de asombro.

–¿Se ha ido? ¿De verdad? –murmuró uno de los abogados.

Tenía que ser un juego, pensó Maceo. Lo que Faye no sabía era que él era un experto en juegos. Había estado jugando durante una década con los paparazis, distrayéndolos para que no descubriesen los secretos de su familia. Los mismos juegos con los que había manipulado a los miembros del consejo de administración que querían aprovecharse de él.

Como si los hubiera conjurado, dos de sus oponentes entraron en la sala de juntas en ese momento.

Stefano y Francesco Castella, los hermanos de Carlotta.

La vida de Maceo había dado un fatídico giro la noche que sus padres y su padrino fallecieron, pero aquellos dos eran un recuerdo constante de que, aparte de los secretos que habían fragmentado a su familia, las mentiras y la avaricia eran amenazas con las que también tenía que lidiar.

Los saludó con indiferencia mientras miraba la puerta de reojo. ¿Qué había querido decir Faye Bishop? ¿Qué le había hecho su padrino, Luigi?

¿Y por qué no había sabido que Luigi tenía una hijastra hasta que Carlotta murió?

Maceo intentó dejar de pensar en la etérea Faye Bishop.

–No sabía que ahora dejábamos entrar a cualquiera que viniese de la calle. ¿Quién era esa mujer tan rara? –preguntó Stefano.

–No es asunto tuyo –respondió él, cortante.

Stefano esbozó una untuosa sonrisa.

–Soy miembro del consejo de administración, de modo que todo lo que pase aquí es asunto mío.

Maceo se mordió la lengua. Otra razón por la que tenía que soportar a Faye Bishop. Su herencia era lo único que evitaba que tuviese poder absoluto sobre el consejo de administración. Por insignificante que fuese, era la diferencia entre librarse de Stefano y Francesco o tener que soportar su exasperante presencia.

–Estáis aquí para discutir los asuntos personales de vuestra hermana. Esa mujer no tiene nada que ver.

Stefano se encogió de hombros.

–Solo intentaba ser amable…

–Tú no sabes lo que es ser amable.

Francesco lo fulminó con la mirada.

–Cuidado con el tono, figlio. Nosotros llevamos esta empresa mientras tú estabas incapacitado en el hospital. Nosotros permitimos que te casaras con nuestra hermana…

–Tenía la impresión de que eso fue decisión nuestra –lo interrumpió Maceo–. Por eso nos casamos sin deciros una palabra.

Stefano golpeó la mesa con la palma de la mano.

–Ascoltami…

–No, escúchame tú –volvió a interrumpir Maceo, impaciente–. Carlotta era demasiado buena como para deciros la verdad, pero yo no lo soy. Le hicisteis la vida imposible hasta que os metió en el consejo, pero ahora ella ya no está y yo no tengo intención de seguir soportando tonterías. Vuestro puesto en la empresa es seguro por el momento, pero no me presionéis o podríais llevaros una sorpresa.

Maceo se levantó abruptamente y se dirigió a la puerta. Se decía a sí mismo que era por los insoportables hermanos de Carlotta, no porque quisiera verificar que de verdad Faye Bishop había salido del edificio.

Lanzando una última mirada desdeñosa sobre los Castella, añadió:

–Vuestra hermana dejó algunos efectos personales para vosotros. El signor Abruzzo os informará de todo.

Después de cerrar la puerta sacó el móvil del bolsillo para llamar a su ayudante.

–Llama a Seguridad para que localicen a la mujer que estaba con nosotros en la sala de juntas. Se llama Faye Bishop y quiero que vuelva aquí cuanto antes.

–No es necesario. La señorita Bishop está esperando en su despacho.

Maceo volvió a guardar el móvil en el bolsillo, diciéndose a sí mismo que la absurda emoción que sentía de repente no tenía nada que ver con la señorita Bishop. No, en absoluto. Lidiaría con ella como había lidiado con los hermanos de Carlotta.

Faye desearía haber tenido valor para salir del edificio, pero…

«El orgullo precede a la caída».

Y rechazar la herencia de Carlotta había sido un absurdo gesto de orgullo porque, en realidad, necesitaba ese dinero para ayudar a su madre y a tantas otras mujeres que querían rehacer sus vidas.

Había llegado al vestíbulo de acero, mármol y cristal antes de que el sentido común la hiciese parar. Le explicó a la recepcionista que había olvidado decirle algo importante al señor Fiorenti y la habían llevado al despacho del presidente en lugar de a la sala de juntas. Y allí estaba, esperando, ponderando las consecuencias de su apresurada decisión.

¿Habría perdido la oportunidad de ayudar a tantas mujeres necesitadas? ¿Aquel hombre formidable le daría la oportunidad de echarse atrás o todo se habría perdido?

Faye sintió un escalofrío al pensar en volver a verlo.

Maceo Fiorenti parecía de los que no perdonaban una ofensa. Tal vez disfrutaría riéndose de ella. Desde luego, se había mostrado increíblemente desagradable antes de que hubiesen intercambiado una sola palabra. Era evidente que no la creía merecedora de la herencia y eso significaba que tenía una pelea entre las manos.

Como conjurado por su frenética imaginación, la puerta se abrió en ese momento y Maceo Fiorenti entró en el despacho, pero apenas se molestó en mirarla mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre el respaldo de un sillón.

Los ojos de Faye estaban clavados en la espalda cuadrada, en el ancho torso y en unos abdominales que parecían duros como piedras.

Un cuerpo trabajado a la perfección, sin una onza de grasa, un rostro enormemente atractivo. En realidad, era un pecado lo apuesto que era aquel hombre.

Pero no estaba allí para admirar el físico de Maceo Fiorenti, por atractivo que fuese. Estaba allí para solucionar el error que había cometido unos minutos antes.

–No sé si sentirme decepcionado porque se ha echado atrás o alegrarme porque parece dispuesta a tragarse sus palabras.

Por supuesto, él no iba a dejarlo estar y Faye se encogió de hombros.

–Me da igual lo que sienta mientras esté dispuesto a escucharme.

–Bene. Oigamos otro apasionado discurso en el que en realidad, no cree en absoluto.

Faye tuvo que disimular su irritación.

–No me paré a pensar. No debería haber dicho eso.

Él esbozó una sonrisa.

–La cuestión es por qué lo ha dicho.

–Porque esperaba otra cosa cuando vine aquí.

Alguna indicación de que Luigi no pensaba en ella como una abominación, por ejemplo. O que la desgarradora tristeza que veía en los ojos de su madre, cuando estaba demasiado drogada como para esconder sus emociones, no era la razón por la que Luigi les había dado la espalda.

–¿Y qué esperaba de una mujer a la que había dado esquinazo durante semanas?

–Yo no esperaba nada de su… de Carlotta.

Faye no sabía por qué la palabra «esposa» se le había atragantado. Tal vez porque le resultaba difícil imaginar a aquel hombre casado con Carlotta Caprio. Aunque ese era un pensamiento sexista. Tal vez habían sido una pareja feliz, locamente enamorada.

–¿Entonces?

–Quería saber por qué Luigi, mi padrastro…

Faye no terminó la frase porque no quería contarle su vida a un extraño. Aunque el extraño hubiera estado casado con la viuda de su padrastro. En fin, todo aquello era tan confuso.

–Cuando los abogados me dijeron que Carlotta me había dejado algo en su testamento, no esperaba que fuesen acciones de la empresa de Luigi.

–Es un cuarto de una sola acción.

–Eso da igual.

Maceo suspiró.

–Otra vez fingiendo que no le importa la fortuna que ha caído en sus manos.

–Evidentemente, me importa la herencia o no habría vuelto, pero es que yo quería… algo más.

–¿Por qué ahora? Luigi murió hace más de diez años.

–Pensé que tal vez no había querido decirme a la cara lo que tuviese que decir.

Le pareció ver un brillo de comprensión en los ojos de Maceo Fiorenti, pero desapareció enseguida, llevándose con él una diminuta semilla de esperanza.

–Mi padrino no era un hombre que temiese a una cría. ¿Por qué cree que no podía decirle a la cara lo que tuviese que decirle?

–Eso es entre Luigi y yo. O no, ya que al parecer no hay nada más que la fracción de esa acción que tanto le molesta tener que compartir conmigo.

Maceo Fiorenti torció el gesto.

–¿Cree que me molesta tener que compartir ese dinero con usted?

–Desde luego, no parece que le haga mucha gracia.

–Tal vez porque usted no lo merece. No ha hecho nada para ganárselo, ¿no?

–¿Y usted sí? Corríjame si me equivoco, ¿pero no está disfrutando de la fortuna que amasó Luigi?

–Se equivoca –respondió él–. Mi abuelo abrió una tienda en Nápoles de la que mi padre se hizo cargo cuando tenía veintiún años. Él convirtió la tienda en una empresa que vendía por toda Europa. La contribución de Luigi fue inconmensurable, por supuesto, pero él no apareció hasta mucho más tarde. Y si cree que yo me he limitado a heredar el dinero de mis antepasados, pronto descubrirá lo equivocada que está. ¿Quiere que hablemos de su herencia o piensa seguir perdiendo el tiempo dispensando insultos?

Faye se dio cuenta de que había herido su orgullo, tal vez porque él era el responsable de la meteórica expansión de Casa di Fiorenti. En cualquier caso, no era asunto suyo.

–Muy bien. ¿Qué tengo que hacer?

Él se acercó al enorme escritorio de cristal y el movimiento llamó su atención hacia los poderosos muslos, recordándole que estaba en compañía de uno de los multimillonarios más jóvenes del mundo. Uno que, además, la miraba como si estuviese haciéndole un gran favor.

Podría echarla del despacho. ¿Por qué no lo hacía? ¿Porque le había hecho una promesa a Carlotta, su esposa?

–¿Señorita Bishop?

Faye dio un respingo. Esos labios tan sensuales y firmes evocaban pensamientos prohibidos, pero tenía que concentrarse.

–Perdone, ¿qué decía?

–Le he pedido que se siente –respondió Maceo, señalando un sofá.

Faye se sentó y fingió estudiar el cuadro que había tras el escritorio mientras intentaba controlar los nervios, pero se vio obligada a mirarlo cuando Maceo Fiorenti se sentó frente a ella. Aunque no era difícil porque aquel hombre era como una llama ardiente en una noche fría y oscura… atrayendo a una polilla hacia la muerte.

La vibrante piel morena, la pronunciada nuez, el firme pulso que latía en su garganta y que, absurdamente, deseaba tocar.

Faye no sabía cuánto tiempo habían estado mirándose el uno al otro, pero el sonido de su móvil la sobresaltó, liberándola del extraño hechizo.

Mientras apagaba el móvil, Maceo la miró con gesto helado.

–Para que no haya malos entendidos le enviaremos una copia del testamento de Carlotta, pero recibirá su herencia cuando yo lo decida. Y he decidido, señorita Bishop, que antes de recibir el dinero debe apreciar de dónde viene. Tal vez una vez que haya experimentado el duro trabajo y los sacrificios que exige una empresa como esta dejará de mostrarse tan frívola.

Faye frunció el ceño.

–Ya le he dicho que todo esto ha sido una sorpresa. No era mi intención ofenderlo.

–Entonces, demuéstrelo. No voy a darle el dinero así como así. Carlotta no quería que lo hiciese y, después de conocerla, estoy de acuerdo con ella.

–¡Pero si no me conoce!

–No la conozco y, por eso, quiero que demuestre que esta herencia es algo más que dinero para usted.

–¿Cómo? ¿Quiere que encargue una placa en honor de Luigi y Carlotta? ¿Que firme los documentos con mi propia sangre? ¿Que me haga un tatuaje con sus nombres?

Maceo se encogió de hombros, como si estuviesen hablando del tiempo.

–No, nada tan dramático. Mi petición es simple: se quedará en Italia y trabajará en Casa di Fiorenti como muestra de agradecimiento. Cuando esté satisfecho, recibirá su herencia.

¿Quedarse en Italia? No podía hablar en serio.

–Tengo obligaciones. No puedo dejarlo todo y venir aquí solo para que usted me ponga a prueba.

–Entonces, márchese. Carlotta me dio un plazo de cinco años, así que tiene tiempo para pensarlo.

–No, lo siento, pero es imposible.

–Entonces estamos en punto muerto, señorita…

–Me llamo Faye y prefiero que me llame así en lugar de usar ese tono helado para ponerme en mi sitio… o el sitio que usted cree que debo ocupar. Créame, soy muy consciente de las diferencias entre usted y yo, y si decide bajar de su pedestal prometo no contárselo a nadie.

Maceo se relajó en el asiento, mirándola fijamente.

–¿Qué haces para ganarte la vida, Faye?

El modo en que pronunciaba su nombre fue lo bastante turbador como para que su pulso se acelerase.

–¿Por qué creo que ya sabes la respuesta a esa pregunta?

Él esbozó una sonrisa.

–Carlotta mencionó que vivías en una granja. ¿Dónde exactamente?

–En Devon, en el Suroeste de Inglaterra.

–Una comuna hippy, imagino.

–Es algo más que eso.

Mucho más, en realidad. Era un sitio que ofrecía apoyo a mujeres necesitadas, pero no iba a contárselo para que él la menospreciase. O, peor aún, para que descubriese por qué su madre vivía allí y ella dedicaba todo su tiempo a la granja.

–¿Y qué haces allí?

–Soy asistente social, pero estoy allí como voluntaria hasta que encuentre otro trabajo.

El centro Nuevos Caminos no tenía fondos para contratarla, de modo que había ofrecido sus servicios de modo gratuito mientras buscaba otro empleo.

Aunque odiaba admitirlo, el legado de Carlotta sería un regalo del cielo para Nuevos Caminos y para otros proyectos en los que había puesto toda su energía desde que dejó la universidad.

–Si estás buscando trabajo, ¿por qué tienes tanta prisa por volver a esa granja?

La pregunta estaba cargada de desdén, como si pensase que no tenía intención de trabajar, pero Faye no perdió el tiempo mostrándose ofendida.

–Eso es asunto mío.

–Tal vez estarías más dispuesta a quedarte si te dijese que tu trabajo aquí no sería voluntario. Casa di Fiorenti tiene fama de pagar bien a sus empleados.

Cuando mencionó la cantidad Faye lo miró, sorprendida.

–¿En serio?

Con un mes de sueldo casi podría pagar el alojamiento de su madre en Nuevos Caminos durante un año.

–Eso es para un empleado de nivel medio. Como hijastra de Luigi…

–No quiero limosna –lo interrumpió ella.

–Te aseguro que tendrás que trabajar. No me gustan los aprovechados –se apresuró a decir Maceo–. Lo que quería decir es que, como hijastra de Luigi, tendrás que empezar desde abajo. Lo mejor sería que pasaras un año en una plantación de cacao, como hice yo, pero como no tienes tiempo que perder, te quedarás aquí en Nápoles, donde yo podré supervisarte.

–Ah, ya veo.

–El sitio más apropiado para empezar será el departamento de Investigación y Desarrollo, pero me reservo el derecho de cambiarte de puesto.

Faye quería protestar, pero no iba a rechazar la proposición. No iba a desaprovechar la oportunidad de recibir un dinero con el que podría ayudar a tanta gente. Además, su madre estaba bien atendida en la granja y, aunque le dolía reconocerlo, ni siquiera se percataría de su ausencia.

–No debes preocuparte, Faye. Un duro día de trabajo nunca ha matado a nadie –dijo Maceo, burlón.

Ella levantó la barbilla.

–No me da miedo el trabajo, así que ahórrate los insultos. De hecho, puedo ponerme a trabajar inmediatamente. Cuanto antes haya terminado aquí, antes dejaremos de vernos.

El brillo de triunfo en los ojos de color ámbar hizo que se le erizase el vello de la nuca.

–No vas a ponerte a trabajar ahora mismo. Casa di Fiorenti tiene una reputación profesional que salvaguardar. Eso incluye un código estricto de vestimenta y ahora mismo… en fin, como no tenías pensado quedarte en Nápoles más que un par de días, supongo que no has traído ropa adecuada, pero en Recursos Humanos se encargarán de darte lo que necesites cuando hayas firmado el formulario de empleo y todo lo demás.

–¿Qué formulario?

–El habitual formulario en el que cuentas cosas sobre tu vida antes de firmar un contrato como becaria.

–¿Eso es necesario?

Maceo la miró con gesto de sorpresa.

–Esa pregunta suena un poco sospechosa. ¿Tienes muchos secretos?

–¿Y tú? –replicó ella–. Eres tú quien insiste en esta innecesaria evaluación antes de darme lo que es mío legalmente.

Maceo la miró, imperturbable.

–Debes darme tu palabra de que nada en tu pasado podría abochornar a la empresa.

Lo único que quería Faye era salir corriendo, alejarse de esos ojos que parecían hundirse bajo su piel y desnudar los oscuros secretos con los que se había visto obligada a vivir desde que nació.

–Prometo hacer el trabajo que se me asigne. No tienes derecho a hacer ninguna otra demanda –respondió ella–. O lo aceptas o no, pero te lo advierto: no voy a desaparecer así como así hasta que tú decidas respetar los deseos de Luigi y Carlotta. Yo también puedo ponerme en contacto con un abogado.

Se estaba tirando un farol y contuvo el aliento, esperando que Maceo no la descubriese. Él era el presidente de una compañía multimillonaria, con el poder que daba ese puesto, y sus abogados serían capaces de destruirla si les pedía que lo hicieran.

Había algo duro en su mirada, como si hubiera vivido cien vidas y pudiese contar mil historias. ¿Esas historias tendrían algo que ver con la razón por la que se casó con Carlotta? ¿Explicarían a los paparazis que esperaban en la calle?

Faye sentía curiosidad. Quería saber más sobre aquel hombre, descubrir sus secretos. Pero eso era peligroso cuando ella misma tenía tantos.

–No me gustan las amenazas, señorita Bishop –dijo él entonces.

–Solo estoy diciendo la verdad, signor Fiorenti.

–Yo he descubierto que la «verdad» significa cosas distintas para cada uno, pero estoy seguro de que descubriré tu auténtica valía en los próximos seis meses.

Faye dio un respingo.

–¿Seis meses? No puedes forzarme a estar aquí tanto tiempo.

–Yo no voy a forzarte a nada, no eres mi prisionera. Puedes volver a despedirte dramáticamente, se te da muy bien.

–Tres meses –dijo ella entonces–. Te doy tres meses.

–Cuatro –replicó Maceo–. Y tu relación de parentesco con Luigi solo será divulgada con mi permiso.

¿Cuatro meses de sacrifico a cambio de una fortuna que ayudaría a tanta gente? Si invertía sensatamente, el dinero de la herencia podría durar años, tal vez décadas. Y, aunque le horrorizaba tener que pasar tiempo con Maceo Fiorenti, sería absurdo rechazar tal oportunidad.

Tal vez viviendo en Italia descubriría por qué Luigi les había dado la espalda. Matt había resucitado esos fantasmas y tenía que enfrentarse con ellos de una vez por todas.

–Muy bien, de acuerdo. Cuatro meses –anunció.

La expresión de triunfo de Maceo casi hizo que se echase atrás.

–Al final de esos cuatro meses, me venderás tu parte de la acción.

–O estudiaré las opciones que más me convengan.

–Venderme tu parte será lo mejor para ti, te lo aseguro. Nadie te ofrecerá lo que yo puedo darte.

Esas palabras provocaron un escalofrío por su espalda, pero Faye no quería preguntarse por qué.

–¿Hemos terminado? –le preguntó, sin aliento.

–Una última cosa. Durante el tiempo que estés aquí te alojarás en mi villa, en Capri.

–No, gracias. Encontraré un apartamento.

Se le encogió el corazón al pensar que tendría que echar mano de los pocos ahorros que le quedaban.

«Mantén la mirada en el premio».

–¿No has visto a los paparazis en la puerta?

–¿Qué tiene eso que ver?

–Me siguen a todas horas y alguien como tú llamará su atención.

–¿Por qué iba a interesarles?

–Tu legado no es un secreto y tú no pasas desapercibida, ¿verdad, arcobaleno?

Faye había aprendido algo de italiano gracias a ese breve e idílico tiempo con Luigi, antes de que todo se derrumbase.

Arcobaleno. Arcoíris.

De repente, se sintió acalorada, excitada. Aunque no entendía por qué.

–Que yo sepa, ese tipo de atención se reserva para los actores de cine o la gente famosa. ¿Tú eres famoso?

–No estoy aquí para satisfacer tu curiosidad, arcobaleno –replicó él, irónico–. Sencillamente, te estoy dando opciones. Puedes ir a algún hotel barato con seguridad limitada o alojarte en mi casa, donde las intrusiones en tu vida serían mínimas.

–¿Por qué no dices la verdad? Me quieres en tu casa para poder vigilarme.

–Lo haré estés donde estés porque no me fío de nadie. Depende de ti si quieres alojarte en un hotel, con la prensa persiguiéndote, o en mi casa.

Faye estaba a punto de protestar, pero se mordió la lengua porque sabía que a Maceo Fiorenti le encantaría que perdiese el control. Además, de ese modo se ahorraría un dinero que podría usar para cosas mejores, pero le molestaba tener que aguantar las exigencias de aquel extraño cuando la herencia era suya por derecho.

Faye clavó las uñas en el brazo del sofá, intentado tranquilizarse, pero apartó la mano al ver que él la miraba con gesto irónico.

–Muy bien, si tanto insistes me alojaré en tu villa.

–La directora de Recursos Humanos se encargará de todo. Mi ayudante te acompañará a su despacho.

Encantada de librarse de él, Faye se levantó y se dirigió a la puerta, haciendo un esfuerzo para no darse la vuelta y confirmar que Maceo tenía los ojos clavados en su espalda.

Ese pequeño triunfo era esencial porque el instinto le decía que iba a necesitar toda su fuerza de voluntad para lidiar con Maceo Fiorenti.

La batalla acababa de empezar.

Capítulo 3

Maceo se despreciaba a sí mismo por experimentar aquel indomable deseo. Porque, después de pasar una hora interrogando a Faye Bishop, y de confirmar que no tenía el menor interés en Casa di Fiorenti y que solo le interesaba el dinero, no podía dejar de pensar en ella.

Había diseccionado cada mirada, cada palabra que había pronunciado con esos labios de pecado. Se había preguntado por qué vestía de ese modo y por qué llevaba tatuajes de henna en el brazo.

Y por qué no parecía tener miedo de enfrentarse con él cuando todo el mundo, tanto en su vida privada como en su vida profesional, hacía lo imposible para no llevarle la contraria.

Miró entonces el brazo del sofá donde Faye había clavado las uñas, seguramente para no clavárselas a él en la cara.

Antes de conocerla, su intención había sido que pasara tres meses en Casa di Fiorenti. ¿Por qué había insistido en que fueran seis? ¿Y por qué demonios la había invitado a alojarse en su villa?

Aunque su preocupación por los paparazis era auténtica, no iba a divulgar que era su propio juego, cultivado para evitar que indagasen en el pasado de su familia y descubriesen el terrible secreto que Luigi y sus padres habían movido montañas para esconder. Y su propio papel en acortar las vidas de sus familiares.

Mientras juzgaba a sus padres por esconder el secreto que había alterado los cimientos de su vida, y destruido el pedestal en el que los tenía, no se había parado a pensar en las consecuencias de sus actos.

Eso lo descubrió demasiado tarde.

Ahora tenía que vivir sabiendo que los planes de sus padres, sus esperanzas y sus sueños, habían sido destruidos por su culpa, por su implacable actitud, cuando haber sido más comprensivo podría haberlo salvado de aquella vida desolada.

La vergüenza y el sentimiento de culpa le habían impedido contemplar la posibilidad de formar una familia o mantener una relación. Pero era culpa suya, de nadie más.

Maceo abrió el archivo de Faye y torció el gesto, sorprendido, mientras leía su currículo. Tenía un título en Sociología y Administración de Empresas. Y, sin embargo, perdía el tiempo en una granja.

No había nada extraño en su currículo, de modo que no entendía su reticencia a cumplimentar esos documentos.

Maceo echó un vistazo a los detalles personales. En la casilla del estado civil había escrito: ninguno.

«Ninguno» no significaba que no tuviese alguna relación.

Y, desde luego, a él no debería importarle en absoluto.

Había privado a sus padres, a Carlotta y a Luigi de sus relaciones. ¿Quién era él para pensar en tener una relación? ¿Y por qué demonios estaba pensando eso?

Con los dientes apretados, siguió leyendo el documento.

Su vida parecía totalmente normal, pero Faye Bishop era todo menos normal. Era un torbellino engañosamente pequeño y ardiente. ¿Era por eso por lo que Carlotta le había hecho prometer que la pondría a prueba antes de entregarle su herencia? ¿Porque le había parecido tan especial como a él?

«¡Basta!».

Estaba inventando historias donde no había ninguna.

Se dirigió a la ventana intentando distraerse, pero ni siquiera la maravillosa vista podía remplazar la imagen de un hada de garras diminutas y lengua afilada… y un cuerpo voluptuoso que no era capaz de borrar de su memoria.

Pero no había luchado contra los demonios de la culpa y la vergüenza a diario sin que le salieran callos y, haciendo acopio de voluntad, volvió a su escritorio y consiguió apartar a Faye Bishop de sus pensamientos mientras trabajaba.

Un correo del departamento jurídico le confirmó que Stefano y Francesco pensaban impugnar el testamento de Carlotta. Muy bien, sabía que lo harían y se encargaría de que se fueran de Casa di Fiorenti sin un céntimo.

Estaba contemplando cómo iba a hacerlo cuando sonó un golpecito en la puerta y Faye Bishop asomó la cabeza en el despacho.

–Entra –le dijo, después de aclararse la garganta.

Faye Bishop, con esa ridícula falda de flores. Estaba sonriendo, pero no a él sino a Bruno, su ayudante, que se apresuró a cerrar la puerta al ver que torcía el gesto.

En cuanto sus miradas se encontraron, la sonrisa de Faye se evaporó y Maceo tuvo que disimular su irritación y también una incomprensible presión en su entrepierna.

–He terminado con el departamento de Recursos Humanos.

–Espero que la experiencia no haya sido insoportable –dijo él, irónico.

Faye se encogió de hombros.

–¿Sabes una cosa? Pensé que era mi presencia lo que te irritaba tanto, pero empiezo a pensar que eres así todo el tiempo.

–¿Y cómo soy, según tú?

–Cínico, amargado y… sencillamente desagradable.

Y culpable. ¿Cómo podía olvidar la culpa que se lo comía desde que despertaba hasta que el sueño se llevaba sus demonios?

–Te aseguro que yo no he sido «sencillamente» nada en toda mi vida.

–No, tú eres como la lluvia ácida, arruinando la existencia de cualquiera que se atreva a acercarse.

–Me halagas –bromeó Maceo.

Faye tuvo que disimular una sonrisa.

–No debería sorprenderme esa respuesta, pero…

–¿Te sorprende? Recuerda que tengo muchos recursos para sorprenderte y te evitarás disgustos.

La expresión de burla se evaporó y Maceo se sintió tontamente decepcionado. Sus conversaciones con Carlotta siempre habían sido cordiales, pero los espectros del pasado habían ensombrecido su relación. Su charla con Faye era intrascendente y, sin embargo, estaba saboreándola como saboreaba un excelente café en el soleado balcón de su casa ante de empezar el día.

–La directora de Recursos Humanos ha dicho que querías verme, pero si es para que sigamos insultándonos, creo que paso. Ha sido un día muy largo y me gustaría hacer algo diferente.

Intentaba mostrarse desdeñosa, pero Maceo vio algo más en sus ojos. Algo que se parecía a su propia decepción.

Cuando se levantó de la silla para ponerse la chaqueta notó que Faye seguía sus movimientos con la mirada.

–¿Dónde te alojas? –le preguntó.

Ella frunció el ceño.

–¿Por qué?

–Porque tendremos que ir a buscar tus cosas antes de ir a la villa. A menos que hayas venido a Italia solo con lo que llevas puesto.

–No, he dejado la maleta en el hotel.

Cuando le dijo el nombre del hotel, Maceo tuvo que disimular una mueca de disgusto. Era poco más que un hostal.

Sí, llevarla a la villa sería lo mejor. Para empezar, eso evitaría que los reporteros preguntasen por qué la hijastra de Luigi se alojaba en un hostal barato.

Maceo ignoró la vocecita que se burlaba de él por buscar razones para alojarla en su casa.

Había un brillo desafiante en los ojos de color índigo que aceleró su pulso. Sabía que debería apartarse, pero sus pies se negaban a obedecerlo. Aquella intrigante criatura estaba tan cerca que podría tocarla y deseaba hacerlo.

Tocarla, explorarla, devorarla.

Era muy bajita, apenas le llegaba al hombro. Y, sin embargo, su presencia inundaba todos sus sentidos, tentándolo a respirar profundamente para inhalar su aroma.

Pero había prometido no experimentar felicidad o placer y sabía que debería sentirse avergonzado, pero la sensación era una especie de descarga eléctrica.

Anticipación.

Excitación.

A Carlotta le habría parecido muy divertido, pensó. Y quizá, por una vez, no lo habría mirado con gesto de preocupación.

Porque…

–¿Nos vamos o no? –lo apremió Faye.

Pero el tono aburrido desmentía el brillo de sus ojos. Tampoco ella era inmune, también ella notaba el ambiente cargado.

–Después de ti –dijo Maceo.

Pero solo porque le divertía, nada más. Desde luego, no porque quisiera tenerla más cerca. No porque quisiera adivinar el aroma de su piel, de su champú…

«Como todo lo demás en tu vida, ella es un elemento temporal. Recuerda eso».

Faye dio un paso adelante, evitando su mirada, y Maceo puso la mano en el picaporte mientras tomaba aire. Cerezas y melocotones, una combinación vulgar. Y, sin embargo, en ella era un aroma arrebatador, un aroma que quería perseguir, saborear.

¿Qué le pasaba? Su libido nunca había provocado tal caos. Ni siquiera a los dieciocho años, cuando sus hormonas estaban disparadas. Incluso entonces era cínico sobre la atención de las chicas porque sabía que el prestigio de su apellido contribuía a su interés.

Y desde que se convirtió en presidente de Casa di Fiorenti, esa teoría había sido confirmada a menudo.

Ni siquiera estar casado había disuadido a las mujeres. Había recibido muchas proposiciones, pero eso solo provocaba un persistente desagrado, reforzando su decisión de no buscar placer de ningún tipo.

Por supuesto, le había sido fiel a Carlotta. Claro que su matrimonio no había sido normal…

Pero ahora, por primera vez, Maceo experimentaba un cambio en los cimientos de su existencia. Y no era capaz de apartar la mirada de la suave piel de Faye o de los felinos movimientos de su cuerpo.

«¡Basta!».

Con tono cortante, informó a su ayudante de que trabajaría desde la villa y se dirigió al ascensor. Llevaría a Faye a su casa y después se olvidaría de su existencia.

Pero media hora después, ella volvió a poner a prueba su paciencia dejando sonar el móvil una y otra vez mientras miraba por la ventanilla del coche como si fuera sorda.

–¿No vas a responder? –le espetó por fin, mirando el enorme bolso que llevaba sobre las rodillas.

–Lo haré cuando esté sola.

–No te contengas por mí. Imagino que todos los detalles importantes de tu vida están en el informe de Recursos Humanos.

Faye se encogió de hombros.

–¿La casa está muy lejos?

–Llegaremos al helipuerto en cinco minutos.

–¿Al helipuerto? ¿Vamos a la villa en helicóptero?

–Es mi modo de transporte preferido.

–¿Qué otros modos de transporte hay?

–Una lancha motora.

Faye frunció el ceño.

–Yo nunca he viajado en helicóptero ni en lancha motora. Te pido disculpas de antemano si ocurre algún accidente.

Maceo no pudo evitar una sonrisa.

–¿Qué tipo de accidente?

–No sé si voy a marearme en el helicóptero.

–Espero que no.

–Bueno, pues te lo advierto. Podría marearme.

–Lo tendré en cuenta y mantendré una distancia apropiada.

–No es demasiado tarde para cambiar de opinión sobre alojarme en tu villa.

–No vamos a seguir discutiendo ese asunto. Ya está decidido.

–Pues entonces, que quede sobre tu conciencia –replicó ella.

Maceo tuvo que disimular una sonrisa. Era peleona, desde luego. Y, por alguna razón, él sentía el deseo de provocarla.

Fue un alivio llegar al helipuerto, pero el alivio se convirtió en intriga cuando ella lanzó un grito al ver el enorme aparato con el emblema de la familia.

–¡Madre mía, es enorme!

¿Lo era? Maceo no lo había pensado porque no le interesaba el tamaño sino su propia seguridad y la de aquellos que estaban a su lado.

Hasta una semana antes eso incluía a Carlotta. Ahora no tenía a nadie más.

El agujero en su pecho se expandía y los demonios empezaban a gritar de alegría.

«Has sobrevivido y ahora estás solo, como tiene que ser».

Tomando aire para contrarrestar esa opresión en el pecho, Maceo intentó calmarse.

–¿El tamaño es un problema?

–¿Aparte de hacerme pensar que lo estás compensando por algo? No, en absoluto –respondió Faye.

Él la miró, atónito. Era una descarada, pero algo en ella lo atraía de un modo irrefrenable.

Maceo apretó los dientes. El placer y la compañía femenina no estaban en las cartas para él. Y, aunque lo estuviesen, no sería con aquella mujer que lo miraba con gesto retador.

–Perdona si he tocado un tema delicado –se burló Faye.

Maceo detuvo el coche y se volvió para mirarla.

–No me gustan las disculpas falsas. En cuanto a la pulla sobre mi masculinidad, no tengo la menor intención de demostrar que estás equivocada.

–Era una broma… –empezó a decir ella, poniéndose colorada.

–Y un consejo, dolcezza. No seas tan descarada si vas a ruborizarte después.

Después de decir eso le ofreció su mano para subir al helicóptero.

Maceo se negaba a examinar por qué le había pedido al piloto que tuviese especial cuidado. Seguramente porque no estaba de humor para soportar más protestas.

En cuanto despegaron, abrió su ordenador portátil y solo miró a Faye cuando lanzó una exclamación.

–¿Esa es la villa?

–Sí –respondió él.

–Es preciosa.

–¿Un cumplido genuino? –observó Maceo, irónico–. Qué sorpresa.

Faye no respondió. Era como si la casa la hubiese dejado sin habla y Maceo aprovechó para mirar Villa Serenita a través de sus ojos.

No pensaba mucho en la casa, pero ahora, mientras el helicóptero aterrizaba, miró la villa que sus abuelos habían construido, la que sus padres habían intentado convertir en un hogar mientras ocultaban unos secretos que sacudirían hasta los propios cimientos. El sitio donde él había tomado una decisión que lo destruiría todo.

–¿La construyeron hace muchos años? –preguntó Faye.

–Era una ruina cuando mis abuelos la compraron hace setenta años, pero el edificio tiene más de dos siglos. Mantuvieron el estilo barroco original, pero añadieron algunos toques personales.

–¿Y el color rosa? –preguntó ella–. Perdona que lo diga, pero no parece un color muy masculino.

Maceo se encogió de hombros.

–No es una afrenta personal a mi masculinidad, si eso es lo que quieres decir.

Faye torció el gesto. No sabía por qué había dicho eso. ¿Qué le pasaba?

–¡He sobrevivido! –gritó cuando bajaron del helicóptero, dando unas cariñosas palmaditas en el morro del aparato.

Al observar la caricia, Maceo sintió algo ridículamente parecido a los celos.

Sí, definitivamente era el momento de alejarse.

–Me alegro. No habría sido muy agradable que decorases el interior del helicóptero con el contenido de tu estómago.

–No te preocupes por eso. No he comido nada desde el desayuno.

–¿Por qué no?

–Porque estaba demasiado ocupada respondiendo a las preguntas de la directora de Recursos Humanos.

Sin pensar, Maceo la tomó del brazo.

–¿Dónde vamos?

–A comer algo. No quiero que digas que soy poco hospitalario.

Entró en la casa por la puerta de servicio, la forma más rápida de llegar a la cocina, e intentó no prestar atención a las miradas sorprendidas de los empleados.

Giulia, el ama de llaves, que había vivido en la casa desde que era niño, corrió hacia él.

–Buonasera, signor. Come posso aiutarlo?

¿Cómo podía ayudarlo? Maceo se percató de que seguía sujetando el brazo de Faye. Y también de que su piel era cálida, satinada, suave como la seda.

Bellissima.

–Signor?

Madre di Dio.

Maceo tomó aire.

–Giulia, te presento a Faye Bishop. Se alojará en la villa durante unas semanas y quiere comer algo. Por favor, prepara la suite Contessa.

Giulia era demasiado veterana como para mostrar sorpresa, pero la suite Contessa había sido la habitación de su madre y estaba en el mismo pasillo que su habitación, la suite Bismarck. Pero tampoco quería pensar en eso.

Faye esbozó una de esas amplias y cautivadoras sonrisas.

–No quiero molestar, Giulia. ¿Puedo llamarla así?

Su ama de llaves, encantada, le dijo que sí. ¿Cómo no?

Faye dejó el bolso en el suelo y se encaramó a un taburete. Cuando apoyó los codos en la encimera y se echó hacia delante, la camiseta dejaba al descubierto la piel desnuda de su cintura y Maceo tuvo que apartar la mirada.

–No sé lo que estás haciendo, pero huele de maravilla. Puede que te pida la receta.

Notando que los empleados lo miraban de modo peculiar, ya que él nunca pasaba por la cocina, Maceo hizo un esfuerzo para moverse y borrar a la intrigante Faye Bishop de su mente.

Faye parecía capaz de encandilar a todo el mundo, incluyendo a Carlotta, pero no a él.

Él era Maceo Fiorenti y, además de haber prometido no buscar la felicidad, su único objetivo era preservar el legado de su familia. Nada lo haría olvidar eso.

Ni siquiera una encantadora criatura con voz de sirena y piel de seda que parecía salida de un sueño erótico.

Maceo se felicitó a sí mismo por olvidarse de ella durante varias horas.

Cuando terminó de atender todos sus asuntos se levantó del sillón y se dirigió al bar. Con la copa en la mano, pensó que debería sentirse satisfecho. Sin embargo, estaba preocupado, inquieto

Sí, echaba de menos a Carlotta. Echaba de menos su risa y echaba de menos sus cenas en la terraza, en las que ella intentaba obstinadamente, y alguna vez con éxito, alejarlo de sus demonios. Esa era la razón por la que no había usado esa terraza desde que murió.

Pero no era esa la fuente de su inquietud.

Pico, el caniche de Carlotta.

No lo había visto desde que llegó a casa. Aunque el perro estaba abatido tras la muerte de su dueña, siempre iba a buscarlo cuando volvía de la oficina.

Salvo aquel día.

Pero el universo no podía ser tan cruel como para castigar a un perro inocente solo con objeto de que él estuviera totalmente solo en el mundo.

No, qué tontería.

A Pico no le había pasado nada. Además, sus empleados le habrían informado si hubiese ocurrido algo.

Aun así, incapaz de calmar su inquietud, Maceo salió del despacho y preguntó por Pico a la primera empleada que encontró en el pasillo.

–Estaba jugando en el jardín con la signorina Faye la última vez que lo vi, signor.

Ah, claro. Era de esperar. Faye seguramente lo tendría comiendo de su mano.

Pero había visto a Faye Bishop más que suficiente por un día. Al día siguiente le explicaría las condiciones de su presencia en la villa… y esas condiciones incluirían alejarse de la única criatura que hacía que no se sintiera completamente a la deriva.

Capítulo 4

Faye levantó la cabeza, dejando que los primeros rayos del sol calentasen su cara. Cada mañana, antes de que los empleados empezasen a trabajar, le gustaba bajar a la playa privada para mirar el amanecer.

Llevaba tres semanas allí, pero aún no había decidido si le gustaba más el exterior de la villa, con su maravillosa arquitectura barroca, los cuadros y obras maestras del interior o los silenciosos patios, las maravillosas terrazas frente al mar y los tranquilos jardines en contraste con el agitado mar, que golpeaba incesantemente contra el acantilado.

Por el momento, había contado dos docenas de pasillos que llevaban a recoletos patios y jardincillos privados con bancos y fuentes. Faye se sentía como una niña, esperando el amanecer para explorar aquel lugar mágico.

En los primeros días, cuando los empleados se mostraban abiertos y colaboradores, había descubierto que Luigi y Carlotta también habían usado Villa Serenita como refugio durante el verano, poco después de unir fuerzas con los padres de Maceo, Rafael y Rosaria Fiorenti.

Faye no quería que le gustase la casa donde Luigi había encontrado la felicidad. Sin embargo, con cada nuevo descubrimiento Villa Serenita se hacía un hueco en su alma.

Pero, por supuesto, había una obligatoria serpiente en el paraíso.

Un día, Maceo la había llamado a su despacho para imponer unas reglas que, al parecer, ella se había saltado, sin saber que existían, solo unas horas después de llegar a la casa.

Primero, no debía distraer a los empleados de su trabajo siendo demasiado simpática. Segundo, podía explorar la villa, pero no debía interrogar al personal sobre su historia o el pasado reciente. Tercero, y más importante, no debía tocar a Pico, el precioso perro de ojos color chocolate.

Daba igual que el perro la siguiera a todas partes y que se sentase a sus pies durante las comidas.

Faye se había saltado esa regla en particular hasta que, unos días después, Maceo se llevó a Pico a sus habitaciones privadas.

Desde entonces, sus preguntas sobre Pico habían sido recibidas con sonrisas de rubor por parte de los empleados.

Era evidente que Maceo era muy posesivo con su perro, pero Faye tenía otras cosas en mente. Luigi, por ejemplo. Seguía sin saber por qué la había abandonado. Tal vez había pensado que le hacía un favor rechazándola y tratándola como si fuera invisible. Eso era lo que había hecho Matt cuando se encontraban en la universidad, después de haber sido tan tonta como para revelarle su secreto.

Y la fotografía que encontró en la biblioteca unas noches antes solo había provocado más preguntas.

Había tres hombres en la fotografía. Uno de ellos era, evidentemente, el padre de Maceo. El parecido era innegable. El segundo era Luigi y el tercero un hombre que se parecía a él. Pero, mientras el desconocido reía en la foto, Luigi y Rafael permanecían serios. Casi como si estuvieran enfadados.

La expresión de Rafael Fiorenti le resultaba familiar porque la había visto en el rostro de su hijo, pero la expresión de Luigi le resultaba extraña y eso dejaba claro lo poco que conocía a su padrastro.

En el dorso de la fotografía había tres nombres: Rafael, Luigi, Pietro.

¿Quién era Pietro? ¿Y por qué Luigi no lo había mencionado nunca mientras vivía con ella y con su madre en Kent?

«Porque cada vez que le pedías que te contase cosas de su tierra, él cambiaba de tema».

Faye intentó volver al presente. Concretamente, a su reunión con Maceo.

Debían mantener una reunión de evaluación semanal, pero Maceo las había cancelado todas hasta aquel día. Ella seguía en vilo, pero sabía por instinto que aquel era el día, así que no tenía tiempo para preguntarse por la identidad de un extraño en una antigua foto.

Suspirando, atravesó el jardín y entró en la villa por la cocina. Giulia estaba metiendo una bandeja de bollos en el horno y sonrió al verla.

–Buorngiorno, signorina. Il signor Fiorenti ha pedido que sirva el desayuno en el salone bianco. Quiere que se reúna con él allí.

–¿De verdad?

En todo ese tiempo no habían comido o cenado juntos ni una sola vez. De hecho, Maceo la evitaba a toda costa.

Giulia asintió.

–Quiere desayunar en media hora.

De modo que el interrogatorio empezaría a la hora del desayuno, pensó Faye, esbozando una sonrisa mientras subía a su habitación.

Después de tres semanas, aún no se había acostumbrado a tanta opulencia. Cuando la directora de Recursos Humanos le dijo que tenía derecho a un nuevo vestuario por ser empleada de Casa di Fiorenti, Faye había esperado recibir una pequeña cantidad de dinero, no cajas y cajas llenas de ropa de los mejores diseñadores.

Esa mañana, eligió un vestido de color lila por la rodilla, un cinturón de color fucsia y, como toque personal, un broche hecho a mano por su madre.

Los toques de color calmaron un poco su nerviosismo, pero seguía alterada mientras se ponía los zapatos y salía de la suite.

El salone bianco hacía honor a su nombre. Era… resplandeciente. Todos los muebles eran blancos, incluyendo la mesa a la que Maceo estaba sentado, con la cabeza enterrada en las páginas de un periódico.

Faye tragó saliva cuando dejó el periódico y clavó en ella sus ojos de color ámbar.

–Buongiorno. Me alegro de que hayas decidido aceptar mi invitación –dijo Maceo con voz ronca.

Apenas lo había visto en todo ese tiempo y Faye no era capaz de apartar la mirada de los anchos hombros o los impresionantes bíceps bajo la camisa.

Varios superlativos aparecieron en su mente, pero el único apropiado era «magnífico». Podría aparecer en la portada del Vogue italiano o en alguna otra revista dedicada exclusivamente a catalogar bellezas masculinas.

Si te interesaban esas cosas. Y a ella no le interesaban.

¿Entonces por qué su corazón se aceleraba cada vez que estaban cerca?

La sensación era lo bastante irritante como para hacerla responder con tono adusto:

–¿Era una invitación? A mí me ha parecido una orden.

Maceo la miró de arriba abajo.

–No, no era una orden. Gracias por aceptar mi invitación, Faye.

Pronunciaba su nombre con tal sensualidad que le gustaría pedir… no, exigir que volviese a pronunciarlo.

Qué locura, pensó. ¿No había aprendido la lección? Había bajado la guardia una sola vez para tener una relación normal, pero Matt le había recordado despiadadamente que ella no era normal, que era una abominación.

El dolor que provocó ese recuerdo hizo que torciese el gesto mientras se sentaba a la mesa.

–¿Café? –le ofreció él.

–Té, por favor –dijo Faye, decidida a mostrarse amable.

El mayordomo sirvió el té y luego, después de ofrecerle una bandeja de fruta y embutidos, desapareció discretamente.

El silencio era ensordecedor, pero Maceo parecía absolutamente cómodo mientras leía el periódico, tomando una taza de café detrás de otra.

–Llevas unas semanas en Casa di Fiorenti. ¿Cuál es tu veredicto? –le preguntó él por fin–. ¿Sigues pensando que es el corazón del monstruo que te privó de tu padrastro o has revisado tu opinión?

Faye se puso colorada porque había cierta verdad en esas palabras. Luigi solo había formado parte de su vida durante dos años, pero eran los años de formación y le habían mostrado lo que podía ser una familia. Tal vez habría superado su abandono si no tuviese que ver el nombre de Casa di Fiorenti cada vez que entraba en un supermercado. Esa presencia constante no había hecho nada para curar la herida.

Hasta que conoció a Matt.

–Nunca he pensado que fuera un monstruo. Solo…

–¿Querías odiar Casa di Fiorenti?

Faye se encogió de hombros mientras tomaba un sorbo de té.

–Tal vez.

–¿Y ahora que trabajas allí?

–¿Por qué quieres saberlo? ¿Por qué te importa lo que yo piense?

Maceo tardó en responder y su expresión era tan enigmática como siempre.

–Porque hice una promesa.

La respuesta fue tan inesperada que Faye lo miró con los ojos como platos.

–¿Una promesa?

–Sí.

–¿A quién?

–¿A quién crees?

–¿A tu… mujer?

¿Por qué se le atragantaba esa palabra? ¿Qué importaba que hubiera estado casado?

«Porque pensar que ha sido de otra mujer te molesta».

Y no por la conexión de Carlotta con Luigi.

Maceo se encogió de hombros.

–Por alguna razón, Carlotta quería que te involucrases en todo lo que era importante para ella.

–¿Dijo eso, de verdad?

–Dijo muchas cosas. Pero aún no he decidido si lo pensaba de verdad o era el resultado de enfrentarse con su propia mortalidad.

–¿Cómo puedes decir eso? ¿Quién eres tú para decidir?

–Alguien que sabe distinguir la realidad de la ficción.

–¿Y estarías dispuesto a deshonrar sus deseos descartándolos a tu gusto?

La expresión de Maceo se endureció.

–Ella sabía que no me dejaría llevar por absurdas fantasías.

Faye se mordió los labios para no replicar. Incluso intentó comer algo, aunque tenía un nudo en la garganta, pero después de probar una tostada con huevos revueltos dejó el tenedor sobre el plato.

–Si Carlotta quería que me involucrase en todo ¿por qué le has pedido a los empleados que no hablen conmigo?

El brillo de los ojos de color ámbar se volvió helado.

–Porque la verdad no tiene nada que ver con simples cotilleos.

–¿No confías en tus empleados?

De nuevo, Maceo se encogió de hombros.

–Carlotta era querida por todos y están de luto por ella, pero no quiero que te dejes llevar por emociones superfluas.

–¿Y tú? ¿Tú también estás de luto?

–Mis emociones no son asunto tuyo.

–¿Estás seguro? Yo creo que tus emociones afectan directamente a nuestra relación. No eres capaz de mirarme o hablar conmigo sin ponerme etiquetas desagradables y eso es muy curioso porque he descubierto algunas cosas sobre ti.

–¿Ah, sí?

–Exiges que los demás se comporten con propiedad, pero parece que a ti te gusta mucho la notoriedad. Algunos incluso dirían que has hecho más de lo que deberías para cortejarla.

–Mi relación con los paparazis…

–No es asunto mío, ya lo sé –dijo Faye con tono aburrido.

–No, no es asunto tuyo –asintió Maceo–. Carlotta se divertía provocando a los reporteros –dijo después.

–Qué raro. Por lo que he leído sobre Carlotta, era el paradigma de la clase y el aplomo.

–Sí, pero era dejar que siguieran publicando cosas hirientes sobre ella o darles la carnaza que a Carlotta le convenía.

Maceo casi pareció asombrado por la verdad que acababa de confesar.

–¿Entonces todo era un juego?

–¿No es la vida una especie de juego? –replicó él cínicamente.

Pero Faye vio que apretaba la taza con fuerza y pensó que se trataba de algo más que de burlarse de la prensa.

Recordó entonces la foto que había encontrado en la biblioteca, ahora guardada entre las páginas de un libro en su mesilla, pero el instinto le advirtió que no era el momento de preguntar.

–No es un juego para mí. Para mí la vida es algo muy serio.

Maceo miró su pelo y su ropa de colores.

–Y, sin embargo, tu aspecto dice todo lo contrario.

–Tú vives en un mundo sombrío, yo no.

Para su sorpresa, él sonrió. La sonrisa no llegaba a sus ojos, pero era tan radiante que Faye se olvidó de respirar durante unos segundos. Cuando por fin llevó aire a sus pulmones, Maceo clavó la mirada en sus pechos… y el ambiente se volvió tan tenso como el principio de un despliegue de fuegos artificiales.

Era la misma sensación que había experimentado en el despacho tres semanas antes. Esa perturbadora atracción sexual la mantenía inquieta, especialmente por las noches, cuando era incapaz de conciliar el sueño hasta que el helicóptero llegaba a la villa.

Esa inquietud la había empujado a saltar de la cama más de una vez para verlo bajar del aparato y, en una ocasión, Maceo la pilló. Se miraron el uno al otro durante lo que le pareció una eternidad, pero ninguno de los dos había mencionado el incidente.

–Tal vez solo es un camuflaje para esconder lo que eres en realidad –estaba diciendo él en ese momento.

Faye se alegraba de haber dejado el tenedor sobre el plato porque se le habría caído.

¿Qué había querido decir?

Nerviosa, dobló celosamente la servilleta mientras intentaba controlar los locos latidos de su corazón.

Porque la verdad era que estaba escondiéndose. Ocultando la mancha de su existencia. Ignorando la voz oscura y amenazadora que le recordaba que sus circunstancias nunca serían normales, que formar lazos de intimidad, físicos o emocionales, mientras llevaba esa carga era sencillamente imposible.

El cruel rechazo de Matt lo había dejado bien claro.

–De nuevo, parece que estamos evitando el tema más importante. ¿O de verdad me has invitado a desayunar para hablar de mi vestuario?

Maceo la miró en silencio durante largo rato.

–Tenemos una reunión con el departamento de Investigación y Desarrollo para discutir tu evaluación. Esta es tu oportunidad para advertirme de cualquier irregularidad.

Faye sonrió. Saber que Casa di Fiorenti iba a elegir nuevos sabores para su exclusiva marca había sido muy instructivo e inesperadamente emocionante.

–Gracias por el aviso, pero no me preocupa la evaluación. Me gusta el trabajo.

–Bene. Espero que siga siendo así hasta el próximo sábado.

–¿Qué pasa el próximo sábado?

–Casa di Fiorenti organiza una fiesta de verano para los socios y los ejecutivos de la empresa. Vendrán doscientas personas y tú también tendrás que asistir, por supuesto.

–Pero yo no soy ejecutiva.

–No, es verdad, pero uno de los deseos de Carlotta era que vieses la parte familiar de la empresa. La fiesta es una tradición que ella inventó hace veinte años.

–¿Por qué quería que yo acudiese? –preguntó Faye.

–No puedo responder por ella, pero debes acudir. Y, por supuesto, debes asegurarte de no decir o hacer nada que pueda desprestigiar a la compañía.

Faye tiró la servilleta sobre la mesa.

–¿Puedo hablar en absoluto o debo fingir que soy muda?

–No, solo te recuerdo que sopeses tus opciones si decides contarlo públicamente.

Faye se preguntó si sería otra prueba. Una forma de descubrir si merecía el dinero de la herencia. Y, aunque le habría gustado tirarle la invitación a la cara, acudir a esa fiesta podría darle las respuestas que buscaba.

–Muy bien, de acuerdo. Haré lo posible para no dañar el «prestigioso» apellido Fiorenti.

–Eso es todo lo que te pido.

Maceo se levantó y tomó la chaqueta del respaldo de la silla.

–¿Vienes? –le preguntó mientras se la ponía.

Faye estaba como hipnotizada por el movimiento de sus músculos.

–¿Qué?

–La evaluación es a las ocho. ¿Piensas estar allí?

–Sí, claro.

Faye se levantó, pero lo hizo con demasiado ímpetu y trastabilló.

La secuencia de eventos fue rápida y desconcertante. Maceo sujetó la silla con una mano y puso la otra en su cintura.

Y entonces el mundo pareció detenerse.

La intensidad de la mano que sujetaba su cintura, el brillo de la mirada ámbar, los salvajes latidos de su corazón, el torrente de calor en sus venas.

Quería moverse, pero era incapaz.

Sin decir una palabra, Maceo Fiorenti estaba al mando de su cuerpo y hasta del aire que respiraba. O más bien el aire que no podía respirar.

La miraba como si pudiese ver bajo su piel. ¿Había apretado su cintura un poco más? ¿Se había acercado o era cosa de su imaginación?

De niña, había metido un dedo en un enchufe, pero eso no era nada comparado con las sensaciones que experimentó cuando Maceo tiró de ella.

El brillo de sus ojos ya no era indiferente o desdeñoso. Había fuego en ellos. Un fuego que prometía… aniquilación.

Y, en lugar de alejarse de algo que podría destruirla, Faye anheló abrazarlo, sentir esa descarga eléctrica, esa quemazón.

Sin poder evitarlo, levantó una mano y acarició la piel sobre el cuello de la camisa, donde latía el pulso. Luego pasó los dedos por la perfecta mandíbula hasta la delgada cicatriz entre la barbilla y la boca.

Se quedó allí, explorando la cicatriz en silencio mientras su corazón latía como si quisiera escapar de su pecho.

La mirada de Maceo estaba clavada en su boca y el deseo que emanaba de él era tan poderoso, tan intenso, que Faye dejó escapar un gemido.

Un segundo después, él murmuró una palabrota en italiano mientras daba un paso atrás.

–Per l’amor di…

Se dio la vuelta sin terminar la frase.

–Lo siento, no quería…

Tampoco ella terminó la frase. Porque no había querido tocarlo.

–No sé qué pretendes, señorita Bishop, pero te advierto que no juegues conmigo. En ninguna circunstancia.

–Yo no…

–Debo dejar claro que yo no mezclo nunca los negocios con el placer. Nunca.

Faye se agarró al borde de la mesa para mantener el equilibrio, absurdamente decepcionada.

–Pero yo no soy un negocio. Para ti, solo soy una carga temporal. Podrías librarte de mí inmediatamente, pero has decidido no hacerlo. ¿Por qué? No me digas que eres masoquista.

–Yo nunca he tomado el camino más fácil para nada y no pienso hacerlo ahora. En cuanto a tu pequeña… indulgencia, espero que no vuelva a pasar.

Pero Faye sabía que no había sido solo ella. Había visto el brillo de deseo en sus ojos, lo había sentido en la presión de su mano. Había notado la masculina reacción rozando su cadera.

–Entonces, hazme un favor. La próxima vez, deja que me caiga.

Él pareció confuso.

–Che cosa?

–Me has sujetado para que no me cayese. La próxima vez, sigue adelante. Ya me las arreglaré yo solita.

Maceo parecía atónito por la respuesta y Faye estaba segura de que nadie se había atrevido a hablar así al gran Maceo Fiorenti en toda su vida.

Él se tomó su tiempo para abrochar el botón de la chaqueta, como si no le hubiera afectado el incidente.

–Lo tendré en cuenta –respondió, señalando la puerta con la cabeza–. ¿Nos vamos?

Hicieron el viaje en tenso silencio y Faye lo aprovechó para intentar controlar sus emociones. Incluso dejó de mirarlo durante unos minutos y casi se convenció a sí misma de que aquel cuerpo alto e imponente no estaba provocando el caos en sus sentidos.

Dejó escapar un suspiro de alivio cuando entraron en la oficina veinte minutos después y él desapareció en su despacho, pero sabía que el respiro no duraría. En cualquier caso, se encerró en el cuarto de baño, intentando no revivir ese momento en el comedor mientras se atusaba el pelo y se preparaba para la reunión.

En cuanto se sentó en la sala de juntas, procedieron a diseccionar todo lo que había aprendido en las últimas tres semanas. Cuando el jefe del departamento de Investigación y Desarrollo le aseguró que era muy trabajadora y capaz, Maceo se volvió para mirarla.

–Cuénteme qué es lo más interesante que ha descubierto hasta ahora, señorita Bishop.

–Por ejemplo, que el signor Triento es un líder excelente y confía en su equipo sin ser un tirano. Estoy especialmente contenta con la tarea de ayudar a encontrar nuevos sabores para una edición limitada en Navidad y ya tengo algunas ideas.

Alberto Triento esbozó una sonrisa que la mirada reprobadora de su jefe borró de inmediato.

–No sabía que le diéramos a los becarios tanta libertad de acción –comentó Maceo.

El hombre se encogió de hombros.

–No hay nada malo en poner a prueba un nuevo talento. Puede que nada salga de ello o tal vez dará fruto. No lo sabremos hasta que hayamos probado, ¿no?

Maceo no se molestó en responder y, unos minutos después, Triento volvió a su despacho.

–Bueno, ¿entonces he pasado la prueba? –preguntó Faye cuando se quedaron solos.

–Intenta no dejarte llevar por la novedad. Y ten en cuenta que probamos cientos de sabores cada año y muy pocos acaban en producción.

–Pero puedo comer chocolate como parte de mi trabajo. No veo ninguna desventaja en eso.

Él frunció los labios, como si la observación lo hubiese irritado.

–¿Por qué estoy en el departamento de Investigación y Desarrollo? –preguntó Faye entonces.

Maceo tardó unos segundos en responder.

–Era el departamento de Luigi, y el de Carlotta tras su muerte. Antes de eso era una estupenda directora de marketing, pero Luigi se la llevó a su departamento y, al final, le encantaba descubrir nuevos productos.

–Parece que tenían mucho en común.

–¿De verdad sabes tan poco sobre tu padrastro?

Sonaba como una acusación más que como una pregunta, pero Faye estaba demasiado inquieta tras el incidente en el desayuno como para seguir peleándose con él, de modo que se encogió de hombros.

–Perdimos el contacto cuando volvió a Italia.

–Italia no está al otro lado del mundo. ¿Cuántos años tenías cuando se fue… trece, catorce?

–Once.

Durante los dos años que Luigi vivió con ellas Faye había visto un destello de lo que era una verdadera familia, pero el silencio de su padrastro después de dejar a su madre había hecho que se lo cuestionase todo, incluyendo su propia valía.

El desgarrador secreto sobre su nacimiento era una carga a la que se había resignado hasta que conoció a Matt. Y hasta que Carlotta insistió en que abriese una caja de Pandora que, durante años, había querido mantener cerrada.

–Luigi me abandonó cuando era una cría.

–Tal vez tenía sus razones –murmuró Maceo.

–Ya, claro, todo el mundo tiene sus razones. Pero tal vez debería haber sido lo bastante hombre como para contarme todo esto en lugar de…

–¿En lugar de…?

–Eso da igual.

–No creo que dé igual. Pareces exageradamente… emocional.

–Mientras tú te enorgulleces de no tener emociones –replicó Faye–. ¿Por eso me presionas tanto?

–No, lo hago porque me importan los deseos de Luigi y Carlotta. Te presiono como advertencia para que no manches su memoria.

–Tanto te importaba Luigi que te casaste con su mujer –le espetó ella entonces, enfadada.

Maceo se quedó tan inmóvil como una estatua de mármol.

–No te metas en cosas de las que no sabes nada.

–Pues entonces cuéntamelo. No creo que sea la primera persona que se pregunta por tu… interesante matrimonio.

–La reunión ha terminado. Puedes marcharte –se apresuró a decir él, claramente airado.

–Por supuesto, signor Fiorenti. Pero antes de que me acuses de fisgar, recuerda que estoy intentando descubrir cosas sobre mi padrastro, así que cuéntame lo que quiero saber o no lo hagas, da igual. Pero te advierto que no pienso irme de Italia hasta que haya conseguido respuestas.

Incluyendo información sobre la misteriosa foto que había escondido entre las páginas de un libro.

Faye Bishop se había metido bajo su piel.

Distanciarse de ella, como había hecho en las últimas tres semanas, solo había provocado más preguntas, más intriga. Había esperado que la reunión de evaluación aportase algo nuevo.

O, más bien, si era completamente sincero, que pusiera al descubierto algún fallo, algún defecto, que justificase su opinión sobre Faye, pero los halagos de Alberto Triento dejaban claro que no tendría ayuda por ese lado.

Y en cuanto a lo que había pasado durante el desayuno…

Esa oleada de deseo irrefrenable, el insistente cosquilleo entre sus piernas. Nunca había experimentado algo así.

Faye había tocado la cicatriz que nadie más se había atrevido a tocar. La cicatriz que servía como recordatorio de lo que había hecho…

Maceo se pasó una mano por el pelo. No podía dejar de preguntarse qué habría pasado si hubiera sucumbido al urgente deseo de besarla.

Él era Maceo Fiorenti y nadie lo hacía perder la cabeza. Durante una década había cumplido fielmente la promesa de negarse a sí mismo todo lo que le había robado a sus padres.

¿Entonces por qué ahora se le ponía a prueba?

«No sé cuál es tu juego, Carlotta. Es insolente, desagradecida y demasiado exótica como para tomarla en serio. Por no decir cotilla».

«¿Entonces por qué estás aquí?».

Maceo oyó la burlona voz de Carlotta con tal claridad que no le habría sorprendido verla delante de él en la cripta familiar.

El olor de las flores que él encargaba que enviasen cada día le recordó que el aroma de las cerezas le parecía más dulce últimamente. El aroma de Faye, ese aroma que había llenado todo su ser en el comedor, cuando estuvo a punto de perder la cabeza.

Por suerte, había logrado apartarse.

«Una pena», le pareció escuchar la voz de Carlotta.

–Debería terminar con esto hoy mismo –dijo en voz alta–. Entregarle su herencia y la carta y acabar con esto de una vez, ¿no?

La respuesta fue el silencio, por supuesto, y Maceo hizo una mueca, sabiendo que no tomaría el camino más fácil. Había hecho una promesa, había dado su palabra. Y sin palabra, ¿qué era él?

El recordatorio que llevaba con él a todas partes le quemaba en ese momento y, con manos temblorosas, sacó del bolsillo de la chaqueta un trozo de papel.

Era una copia de la lista que había encontrado entre las cosas de sus padres y que ahora guardaba en un cajón de la mesilla. Una lista de deseos, escrita en una servilleta de papel cuando sus padres se comprometieron. Maceo pasó la mirada por la lista, con el corazón encogido. Rafael y Rosaria no habían podido cumplir sus sueños.

Por su culpa.

Guardando la nota en el bolsillo, volvió a mirar la placa de Carlotta.

–Está fisgoneando donde no debería –dijo en voz alta.

«Entonces, haz algo al respecto».

En lugar de mantener las distancias, tenía que acercarse más a ella para vigilarla de cerca. No iba a arriesgarse a que airease los secretos familiares.

–Vosotros deberíais estar aquí. O yo debería estar con vosotros –murmuró, mirando la placa con los nombres de sus padres.

Maceo apretó los puños, luchando para no hundirse en aquel agujero. Tenía un deber que cumplir y cuando todo terminase, cuando no hubiera nada entre él y el abismo…

¿Entonces qué?

Sacudiendo la cabeza, se dirigió a su Alfa Romeo, aparcado en el cementerio privado.

–¿Cómo que Faye ha ido a una discoteca?

–Creo que era el cumpleaños de alguien del departamento –respondió su ayudante–. Según el correo, iban a cenar y luego a bailar.

Maceo, que había pensado cenar con ella esa noche, tal vez incluso a responder a alguna de sus preguntas, se sentía absurdamente decepcionado.

Seguía enfadado después de cenar y paseó pensativo por el jardín con Pico a su lado. Se negaba a mirar el reloj, aunque sabía que debía ser casi medianoche.

El ruido de un motor lo empujó hacia el muelle y vio a Faye saltar de la lancha con la gracia y la agilidad de una bailarina de ballet. Luego se volvió para tomar algo que le ofrecía el conductor y Maceo tardó un momento en darse cuenta de que eran sus zapatos.

Típico de ella ir descalza, claro.

Faye estaba charlando alegremente con el conductor mientras con una mano apartaba el pelo de su cara y con la otra sujetaba los zapatos.

Y, por alguna razón incomprensible, el ridículo espectáculo convirtió su irritación en furia.

Maceo se dirigió al muelle y puso un montón de billetes en la mano del conductor, sin molestarse en decir una palabra.

–¿Lo has pasado bien? –le preguntó a Faye con tono cortante.

Capítulo 5

Faye se dio la vuelta y, al verlo, su sonrisa desapareció.

Y, absurdamente, Maceo sintió una punzada de remordimiento.

–Sí, lo he pasado bien. Y antes de que me critiques…

–No necesitas mi permiso para hacer lo que te dé la gana después del trabajo –la interrumpió él.

–Pues, por tu expresión, nadie lo diría.

–Podrías habérmelo dicho.

–¿Para qué?

–Para que cancelase los planes que tenía para la cena de esta noche.

Ella lo miró, perpleja.

–¿Estás diciendo que pensabas invitarme a cenar?

–Pensé que podríamos cenar juntos aquí.

–¿Ah, sí? Me has tratado como a una invitada indeseable durante todo este tiempo, así que cenar contigo era lo último que esperaba.

Maceo frunció el ceño.

–Exageras, yo no te he tratado de ese modo. Y sé muy bien que los empleados se han encargado de atender todos tus deseos.

Porque él les había pedido que lo hiciesen. Quería que estuviese contenta allí y que le vendiese su parte de la acción cuando terminasen los cuatro meses de prueba.

«¿Eso es todo lo que quieres?».

–No pienso discutir contigo, Maceo. Y tampoco voy a darte mi opinión sobre cómo tratas a tus invitados.

Maceo sintió una oleada de calor. No debería gustarle que pronunciase su nombre, pero anhelaba que volviese a hacerlo. Tal vez incluso gimiendo mientras exploraba esos jugosos labios con los dedos, con sus propios labios…

Dio Santo. ¿Qué le pasaba?

Se llevó una mano al pecho, buscando ciegamente la lista. El recordatorio. Pero estaba en el bolsillo de la chaqueta que había descartado en el estudio. Como estaba descartando su promesa…

No, eso nunca.

Cuando Faye subió los escalones de piedra de la entrada, sintió el enloquecedor impulso de admirar esas torneadas piernas, esos tobillos tan delicados…

–¿Había alguna razón en particular para esa cena? –le preguntó ella, mirándolo por encima del hombro.

–Me sentía generoso y decidí responder a algunas de tus preguntas mientras cenábamos.

–¿Ibas a hablarme de Luigi?

Maceo tuvo que tragar saliva. Sentía un extraño calor que parecía envolverlo por entero.

–Tal vez. No lo había decidido.

Ella inclinó a un lado la cabeza.

–¿Lo pasas bien jugando conmigo, Maceo?

La idea de jugar con ella lo excitaba tanto. Dio, iba a tener que encontrar otra forma de entretenimiento o acudir a un psiquiatra para que lo examinase.

–Te has perdido la oportunidad de averiguarlo.

–¿Cómo sé que eso es verdad? Tal vez solo estás intentando que me sienta mal.

–¿Te sientes mal por algo?

–¿Qué quieres decir?

–Tuviste la oportunidad de pedirle respuestas a Carlotta pero no lo hiciste, no querías verla. ¿Por qué?

Faye lo miró en silencio y, por primera vez en su vida, Maceo sintió la extraña inclinación de dar un paso atrás.

–¿Qué te ha pasado, Maceo? –murmuró ella por fin.

–¿Qué?

–Da igual, estoy malgastando saliva –dijo Faye, dando la vuelta para entrar en la casa.

Sin detenerse a pensar si era sensato, Maceo la tomó del brazo.

–Evidentemente, tienes algo en mente. ¿Quieres contármelo mientras tomamos una copa?

–Yo no bebo alcohol, gracias.

–¿Por alguna razón en particular?

–Porque es importante tener la cabeza despejada.

–Qué respuesta tan peculiar.

–Ya sé que te parezco muy peculiar, no hace falta que lo repitas. Y no quiero alcohol, pero no me importaría tomar un refresco.

Maceo fue tras ella y señaló el salón cuando entraron en la villa.

–¿Te gusta ir de discotecas? –preguntó mientras le servía una vaso de agua mineral.

–No, habitualmente no.

–¿Te diviertes más trabajando en el equipo de Investigación y Desarrollo?

–¿Se puede saber qué te pasa, Maceo? ¿Primero me prohíbes casi que respire en tu presencia y ahora quieres ser mi amigo?

Maceo decidió pasar por alto la ironía. Si quería que le vendiese su parte de la acción debía ir con cuidado.

–Pregúntame lo que quieras sobre Luigi –la invitó entonces.

Faye apretó el vaso con fuerza.

–¿Me mencionó alguna vez?

Maceo negó con la cabeza.

–Yo no sabía de tu existencia hasta hace unas semanas.

Y esa revelación aún lo exasperaba. Tantos secretos…

Faye se dejó caer en uno de los sofás, observando su vaso con la mirada perdida.

–Supongo que tampoco mencionó nunca a mi madre, ¿no?

A pesar de sus esfuerzos para disimular, Maceo se dio cuenta de que eso le dolía de verdad.

–No, nunca la mencionó. Y mis padres tampoco.

No le habían contado toda la historia y, ahora que todos habían muerto, tal vez nunca descubriría la verdad.

Maceo hizo un gesto amargo. Había pedido transparencia y solo le habían quedado cenizas y una vida de desolación. Porque ¿cómo iba a atreverse a buscar algo parecido a la felicidad cuando él había privado a sus padres de la suya? ¿Cuando cada vez que se miraba al espejo se sentía culpable por estar vivo?

–Si te sirve de consuelo, tampoco yo sabía nada. Y detesto los secretos.

–Algunos secretos es mejor que sigan ocultos para siempre –murmuró Faye.

–Solo si quieres justificar subterfugios y mentiras.

–No todo es blanco y negro, Maceo. Algunas cosas escapan a nuestro control. Algunos secretos pueden destruir a una familia.

Maceo hizo una mueca. ¡Él lo sabía mejor que nadie!

–Solo si dejas que se pudran. Lo mejor es cortarlos de raíz.

–¿Cuándo se conocieron Carlotta y Luigi? –le preguntó ella, volviendo al tema sobre el que parecía estar obsesionada.

–Se conocieron en la empresa y, al parecer, fue amor a primera vista.

–¿Creerás que soy mala persona si pienso que ojalá no se hubieran conocido? –preguntó Faye en voz baja.

Una que, a regañadientes, lo enterneció.

–No, no pienso eso.

Ella lo miró, sorprendida.

–Luigi fue el único padre que conocí nunca.

–Y te dio la espalda, lo sé. ¿Piensas odiarlo para siempre?

–Tal vez no, pero nos dejó antes de conocer a Carlotta y nunca he sabido por qué.

–A veces hay que vivir con la incertidumbre.

–¿Tú aceptarías eso?

Maceo hizo una mueca. Le pesaba tanto la culpa. Había presionado, había creado discordia, y luego había perdido a todos sus seres queridos antes de poder redimirse.

–No, no lo aceptaría.

Los dos se quedaron en silencio durante unos segundos y no le disgustó esa sensación de camaradería entre los dos.

–¿Cómo murió Luigi? Leí en los periódicos que había sido un accidente de coche.

Maceo asintió con la cabeza.

–Ocurrió en Milán. Acababan de firmar un gran contrato y organizaron una fiesta para celebrarlo.

–¿Organizaron?

Maceo apretó los labios.

–Mis padres iban en el mismo coche, con Luigi y Carlotta. Luigi y mis padres murieron en el acto.

–¿Y Carlotta? ¿Resultó herida?

–Salió despedida del coche y estuvo en el hospital durante un tiempo, pero se recuperó.

–Esta noche, en la cena, alguien mencionó que tú también tuviste un accidente.

Él se puso tenso.

–Puedes imaginar lo que opino de los cotilleos de la oficina.

–No eran cotilleos. Todos pensaban que lo sabía.

–¿Ya sabes todo lo que querías saber sobre Luigi? Debe ser así si tienes tiempo para preguntar por mí.

Había usado el tono suave al que Carlotta se refería siempre como «el tono infernal» mientras se acercaba a Faye sin molestar en esconder su irritación.

Pero la irritación se convirtió en deseo cuando ella se pasó la lengua por el labio inferior, dejando un húmedo rastro que aceleró su pulso y provocó el crudo deseo de ser él quien la lamiese, él quien la chupase.…

–Pensé que solo estábamos charlando –dijo ella.

–Sí, pero se me ocurren cosas mejores que hablar de mí.

Faye se levantó abruptamente del sofá, derramando unas gotas de agua mineral sobre la alfombra, y Maceo le quitó el vaso de la mano para dejarlo en el bar. Luego se volvió y dio un paso hacia ella. Estaban tan cerca que podían tocarse.

–¿Qué estás haciendo?

«Sí, Maceo. ¿Qué estás haciendo?».

No estaba olvidando su promesa. Solo estaba…

–Satisfacer mi curiosidad –respondió él.

–No, no es verdad. Estás enfadado y usas esto… lo que sea para esconderlo. ¿Por qué?

–Tienes una imaginación hiperactiva, Faye. No estoy haciendo nada salvo devolverte lo que tú has hecho conmigo esta mañana.

–¿No habías dicho que no debería volver a pasar?

–No te asustes, cara. Aún no ha pasado nada.

–Y no va a pasar nada –replicó ella.

No, no iba a pasar nada porque su destino estaba escrito. Nada de placer, nada de relaciones. Nada de familia.

Pero nada decía que no pudiese darle una lección a aquella criaturita por jugar con él. Por hacer que la desease.

Suspiró, satisfecho, cuando la inmovilidad de Faye le permitió acariciar su sedosa piel y sentir el latido de su pulso en la garganta.

El ansia que se había apoderado de él desde esa mañana se intensificó, arrasándolo todo como un tornado. Lentamente, Maceo levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.

–¿Por qué ese color de pelo? –le preguntó por fin, dejándose llevar por la curiosidad.

–Porque me hace feliz.

Una respuesta tan sencilla y, sin embargo, tan extraña para Maceo. ¿Cuándo había hecho él algo solo para sentirse bien? Nunca desde que despertó del infierno y se encontró viviendo una pesadilla.

–¿Y los tatuajes de henna, y la ropa poco convencional? ¿También eso te hace feliz?

–Sí –respondió ella, inclinándose instintivamente hacia su mano–. La vida es demasiado deprimente como para llevar ropa aburrida.

Maceo debía reconocer que estaba ganándose su simpatía.

Temporalmente.

No podía dejarse engañar por la supuesta franqueza de Faye Bishop porque intuía que ocultaba muchos secretos.

Ella se encogió de hombros.

–Soy como soy.

Maceo acarició su barbilla de nuevo. La sintió temblar y su entrepierna latió como respuesta.

–Pero no es así, ¿verdad, cara? Hay muchas cosas escondidas.

–No sé qué está pasando aquí, Maceo…

Él dio un paso adelante.

–Di mi nombre otra vez.

–¿Por qué?

–Porque me gusta.

Se avergonzaba de tal admisión, pero no podía retirarla.

–¿Siempre consigues lo que quieres? –le preguntó ella.

–No, qué va. Si fuera así, mi familia estaría viva.

Quería besarla y, al mismo tiempo, rechazarla. Pero no hizo ninguna de esas cosas. Sencillamente, siguió acariciándola mientras experimentaba una emoción prohibida.

–Lamento que tus padres muriesen –murmuró ella, con un brillo de genuina compasión en los ojos.

Pero Maceo no quería compasión. No quería que tocase sitios que habría podido jurar eran invulnerables… hasta ese momento.

Ella abrió la boca para decir algo más y, sin pensar en su promesa, o tal vez porque estaba harto de sentirse tan trastornado, Maceo se lo impidió por el medio más directo: inclinando la cabeza para besarla.

Aquel no era su primer beso, pero sí el primero desde que abrió los ojos a un nuevo mundo. Un mundo donde sus padres ya no estaban, un mundo donde solo residían la culpa y el remordimiento.

Un simple roce de sus labios y los sentidos de Maceo detonaron de una forma tan potente y tan pura que lo dejó tambaleante. El gemido de Faye intensificaba su ansia y le pasó un brazo por la cintura mientras dejaba escapar un gruñido sordo.

Era como si lo hubiesen dejado escapar de una jaula.

Sin poder contenerse, enterró la lengua en su boca para saborear cada centímetro. Y qué dulce sabía. Las experiencias adolescentes que apenas recordaba se evaporaron de su mente para siempre, remplazadas por aquella sensación nueva y embriagadora.

El aroma de Faye, su sabor, la suave firmeza de su cuerpo. Todo en ella erosionaba su mayor ventaja: el autocontrol. Pero, aunque se aseguraba a sí mismo que podría recuperarlo, debía admitir que nunca había sentido nada así.

Estaba desenfrenado mientras tiraba del pelo de colores para echar su cabeza hacia atrás y seguir devorándola.

Y habría seguido besándola si la realidad no hubiese interferido como una tormenta de hielo.

¿De verdad estaba besando a Faye Bishop? ¿Olvidando su promesa por aquella tentación absurda cuando lo último que merecía era cualquier forma de felicidad o placer?

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Maceo se apartó y Faye lo miró con gesto horrorizado.

–No sé qué ha sido eso, pero…

–Puedo explicártelo o hacerte otra demostración, tú decides –sugirió él, fingiendo una despreocupación que no sentía.

No tenía la menor intención de repetir la experiencia, pero Faye no debía saberlo.

–No necesito ninguna demostración, muchas gracias. Lo que quiero es irme a la cama… si este jueguecito tuyo ha terminado.

Sin esperar respuesta, Faye se dirigió hacia la puerta y Maceo la siguió, recordando la decisión que había tomado en la cripta familiar.

«Mantenla cerca de ti para salvaguardar el legado de tus padres».

Mientras subía por la escalera, sus pies descalzos y sus bien torneadas piernas despertaron otra punzada de deseo. Cuando llegó arriba, Faye se detuvo un momento, con una mano en la balaustrada, la otra sujetando los zapatos.

Maceo la miró en silencio durante unos segundos y luego le habló de su plan. El plan que había saboreado con demasiada anticipación mientras esperaba que volviese de la discoteca.

–A partir del lunes trabajarás en otro departamento.

–¿Perdona?

–Puedes seguir con ese encargo para Investigación y Desarrollo, pero a partir de ahora trabajarás directamente conmigo. ¿Y quién sabe? Puede que algún día me pilles de buen humor y responda a más preguntas sobre Luigi.

Ella lo miró sin decir nada. Maceo quería que protestase por el cambio, que lo acusase de ponerle el caramelo en la boca para conseguir su objetivo.

Quería muchas cosas que deberían hacerlo sentir avergonzado. Por ejemplo, subir de dos en dos los escalones que lo separaban de ella y tomarla entre sus brazos.

Por suerte, tal vez ella intuía su batalla interna y, sensatamente, mantenía las distancias.

Maceo no sabía cuánto tiempo estuvieron así, inmovilizados en aquella guerra silenciosa. Faye con los zapatos colgando de un dedo, sin dejar de mirarlo. Él, abrumado por un deseo que amenazaba con hacerlo perder el control. Solo su promesa lo mantenía inmóvil.

Por fin, ella se pasó la lengua por los labios.

–Pelearme contigo no merece la pena, así que me limitaré a contar los días hasta que esto termine. Buenas noches, Maceo.

Él no respondió porque necesitaba todas sus fuerzas para quedarse donde estaba y no correr tras ella.

Ni siquiera descubrir media hora después que Pico había desaparecido, y que seguramente estaría en la habitación de Faye, fue suficiente para hacerle salir del estudio.

Ganar esa batalla era lo único que importaba.

Solo había sido un beso.

Pero, curiosamente, no era capaz de convencerse a sí mismo por mucho que se repitiera esa frase.

Cinco días después, Faye debería estar inmersa en los informes sobre producción de cacao y azúcar que Maceo le había pedido que leyese, pero el efecto de aquel beso hacía que no pudiese concentrarse.

Dejando escapar un gemido, se levantó de la silla, se quitó los zapatos y se estiró. Pero mientras se acercaba a la ventana de su nuevo despacho, al lado del de Maceo, tuvo que reconocer que sus doloridos músculos no eran el problema.

El problema era ese beso.

El problema era la feroz pasión de Maceo… y lo fácil que había sido para él hacer que se doblegase.

Porque nunca había experimentado nada parecido.

La había besado como si la desease, como si le importase. Como si temiese morir si no la besaba.

«Porque él no lo sabe».

Y ella, olvidando momentáneamente todas las razones por las que no debía dejarse llevar, había anhelado ese beso con cada célula de su cuerpo.

Pero cuando por fin los dos recuperaron el sentido común, Maceo había parecido tan sorprendido y afectado como ella.

Porque había enterrado a su mujer recientemente, pensó.

Ahí estaba de nuevo, esa punzada. Era casi como si estuviera celosa. Era irracional, absurdo.

Según todos los que la habían conocido, Carlotta Caprio Fiorenti había sido prácticamente una santa. Una buena y leal esposa para Luigi y Maceo, y una mujer muy apegada a la familia, como demostraba el prominente puesto de sus hermanos en el consejo de administración.

¿Era eso lo que empujaba a Carlotta cuando insistió en ponerse en contacto con ella? Aunque no se lo había puesto nada fácil, tuvo que reconocer Faye.

Se sentía culpable y tal vez por eso seguía sin preguntarle a Maceo por la fotografía que había encontrado en la biblioteca. La fotografía de Pietro.

Aunque lo había buscado entre las innumerables fotografías de los Caprio y los Fiorenti que había por toda la villa, no había descubierto nada más sobre él.

Faye dejó escapar un suspiro.

–¿Los informes son aburridos?

Faye se dio la vuelta. Maceo estaba en medio del despacho, su sólida figura tan fascinante que no podía pensar en nada más. El sol se había puesto y el juego de luces y sombras le daba un aire aún más enigmático. Su presencia saturaba el espacio, como si se hubiera llevado todo el oxígeno.

–No, en absoluto –respondió, intentando mostrar una tranquilidad que no sentía.

Él inclino a un lado la cabeza, mirándola fijamente.

–¿Entonces cuál es el problema?

–No es nada que no pueda solucionar –dijo Faye, con falsa despreocupación.

Falsa porque Maceo estaba acercándose y no podía dejar de mirarlo.

Él no tenía el mismo problema, evidentemente, porque se dedicó a observar los papeles que había sobre la mesa y sus zapatos en el suelo.

–Escoge dos –le dijo con voz profunda.

–¿Dos qué?

–¿Estás al día sobre los proyectos de sostenibilidad de la empresa?

–Sí, claro.

De hecho, se había quedado sorprendida. Mientras buscaba patrocinio para Nuevos Caminos había lidiado con suficientes empresas que, supuestamente, dedicaban fondos para la comunidad y sabía que, en realidad, no todas estaban dispuestas a compartir su dinero. Pero Casa di Fiorenti apoyaba a sus productores con subvenciones y ayudas. Hacer eso había aumentado los beneficios, algo sin precedentes que sus competidores habían intentado emular.

–¿Y bien? –la urgió Maceo.

–Y quien tuviese la idea de dar a los productores las herramientas que necesitan para aumentar la producción merece una medalla.

Maceo esbozó una sonrisa.

–Sería para Luigi.

–¿Fue idea de Luigi? –exclamó Faye.

–Él puso en marcha la idea antes de que se pusiera de moda aportar algo a la comunidad sin esperar algo a cambio.

«¿Entonces por qué?», gritaba su corazón.

¿Por qué había mostrado tal consideración hacia otros mientras la abandonaba a su suerte de un modo tan cruel? ¿El estigma de su nacimiento habría sido demasiado para él?

–Pero tú has seguido haciéndolo. Las instalaciones que proveen de vital tecnología a los productores se construyeron solo hace un par de años.

–Porque es bueno para Casa di Fiorenti, pero es el legado de Luigi.

Faye se preguntó si habría ido a su despacho para contarle eso. Desde el viernes por la noche, Maceo había ido dejando caer detalles sobre Luigi en sus conversaciones. El lunes le contó que había apoyado a su padre contra la resistencia del consejo de administración para contratar a la primera directora financiera. El martes había revelado que Luigi y Rafael habían sido amigos desde la infancia y que Luigi le había enseñado a lanzarse en paracaídas cuando cumplió dieciséis años.

Cada una de esas revelaciones era una daga en su corazón, pero Faye se alegraba de que fuese más abierto.

¿Era porque, en el fondo, esperaba una repetición de lo que pasó el viernes por la noche, aunque sabía que era peligroso?

–Gracias por contármelo. Aunque no sé si me ayuda o no.

–Solo te doy información. Lo que hagas con ella es cosa tuya.

–Pero solo me cuentas las cosas buenas. ¿No te decepcionó nunca, nunca tomó una mala decisión, nunca perdió los nervios?

Le pareció ver un brillo de dolor en los ojos de color ámbar, pero desapareció enseguida.

–Luigi tenía defectos, como todo el mundo. ¿Que te hablase de sus faltas te haría sentir mejor?

«Sí».

Faye no lo dijo en voz alta, pero lo pensó mientras observaba a Maceo a la luz de la lámpara. La corbata recta, los zapatos brillantes, ni un pelo fuera de su sitio. Siempre iba perfecto.

Para ocuparse en algo y no seguir mirándolo como una tonta, tomó uno de los documentos.

–Has dicho que eligiese dos, pero no sé a qué te referías.

–Dos centros de producción que te gustaría visitar para ver por ti misma el trabajo de Luigi… Cos’è questo?

Atónita, Faye siguió la dirección de su mirada y se puso colorada al ver lo que había llamado su atención: el sujetador que había descartado una hora antes. Creía haberlo tirado en el bolso, pero había caído al suelo.

Y Maceo estaba mirando la prenda de encaje rojo como si hiriese su sensibilidad.

–¿Sueles desnudarte en la oficina? –le preguntó con voz ronca.

Faye empujó el bolso con el pie, pero lo único que consiguió fue que el sujetador quedase aún más a la vista.

–No, claro que no. Es que es muy tarde y pensé que te habías ido.

Se arriesgó a mirarlo y descubrió que, por alguna razón, su respuesta parecía haberlo afectado.

–¿Y mi presencia es la única razón por la que no te quitas la ropa interior?

A pesar de que le ardía la cara, Faye lo fulminó con la mirada.

–No quería decir eso y tú lo sabes. No retuerzas mis palabras –le espetó, inclinándose para tomar la prenda del suelo.

–¿Has terminado? –le preguntó él.

–Casi –respondió Faye.

–Bene. Entonces, saldremos juntos.

–Por favor, que esto no es un drama de época. No tienes que proteger mi honor.

Especialmente cuando sus orígenes parecían ser tan cuestionables.

–Tal vez no, pero prefiero que ningún otro hombre te vea así.

El fiero tono posesivo los dejó inmóviles, incapaces de hacer nada más que mirarse el uno al otro.

–Un poco machista, ¿no te parece?

Maceo se encogió de hombros.

–Me da igual lo que parezca, cara. Lo que me importa es que volvamos a la villa antes de que te quites otra prenda de ropa.

Consternada, Faye tuvo que reconocer que quería ir con él. Quería estar en su compañía a pesar de las chispas que saltaban entre ellos. A pesar de que su cuerpo seguía atrapado en una tormenta de sensaciones y deseos hasta ahora desconocidos para ella.

Aunque sabía que seguir a su lado un segundo más era peligroso, se puso los zapatos y tomó el bolso del suelo.

–Muy bien, vámonos.

Él tomó su mano para llevarla al ascensor privado y, como si lo hubiera ordenado por telepatía, los pocos empleados que se habían quedado a trabajar hasta tan tarde se apartaron a su paso. Cuando llegaron a la lancha, Maceo se colocó frente a ella, escudándola de la mirada del conductor y bloqueando la brisa con su cuerpo.

–¿Entonces cuáles te interesan más? –le preguntó después de unos minutos.

Maceo deslizó la mirada por sus labios, su cuello, sus pechos…

Un sorprendente fenómeno ocurrió entonces.

En lugar de cruzarse de brazos para ocultar el efecto que ejercía en ella, Faye se quedó inmóvil, cautiva de su mirada mientras intentaba entender la pregunta.

Ah, los centros de producción.

–Pues… Santa Lucía y Ghana.

–Muy bien. Nos iremos este fin de semana, después de la fiesta.

En otras circunstancias, estaría deslumbrada por todo lo que había pasado en las últimas semanas: su herencia, el esplendor de la villa, el trabajo del que disfrutaba más de lo que hubiera pensado. Incluso de su nuevo vestuario. El único problema era él.

–¿Cuánto tiempo estaremos allí? –le preguntó.

–Diez días, tal vez más. ¿Ya echas de menos a tus amigos de la discoteca?

Faye hizo una mueca.

–Lo creas o no, hay gente que está interesada en mis planes de viaje.

–¿Tus padres?

–Mi madre.

Por supuesto, Maceo no sabía su historia.

–¿Y tu padre…?

–Mi padre nunca ha formado parte de la familia –lo interrumpió Faye bruscamente.

No se dio cuenta de que se le había puesto la piel de gallina hasta que él deslizó las manos por sus brazos en una caricia contemplativa.

–Qué reacción tan visceral.

–No es asunto tuyo.

Él levantó una mano para colocar un mechón de pelo detrás de su oreja y tal vez fue alivio o gratitud lo que hizo que Faye inclinase la cabeza hacia su mano. O tal vez se había vuelto completamente loca.

Fuera lo que fuera, dejó escapar un gemido cuando él acarició su mejilla en un gesto carnal y posesivo que aceleró su pulso.

–¿Faye?

–¿Sí?

–Un cuerpo tan sensible como el tuyo no debería ir sin armadura –dijo Maceo, con un tono demasiado íntimo.

–¿Porque la atención que reciba del sexo opuesto será culpa mía? –replico Faye, airada.

Él esbozó una sonrisa.

–Porque el hombre al que pertenezcas se volverá loco al verte en ese estado.

«El hombre al que pertenezcas».

Faye torció el gesto. Aparte de ser un comentario ridículamente machista, ella nunca «pertenecería» a nadie porque nadie vería más allá de la mancha que la había marcado desde su nacimiento.

–No creo que tú debas preocuparte por eso.

Maceo hizo una mueca mientras se llevaba una mano al bolsillo de la chaqueta, un gesto que ya le había visto hacer alguna vez.

La ayudó a bajar de la lancha cuando llegaron a Villa Serenita y la acompañó a la puerta de su dormitorio. Pero después de darle las buenas noches, clavó en ella la mirada durante unos segundos… antes de darse la vuelta abruptamente.

Dejándola con la sensación de haber escapado de un terremoto.

Capítulo 6

Faye se decía a sí misma que el vestido plateado que había elegido para la fiesta del sábado estaba diseñado para llevarlo sin sujetador. Era una coincidencia, no estaba tentando al destino, y mucho menos a Maceo Fiorenti.

Desde su intenso encuentro el miércoles, Maceo había vuelto a ignorarla. Ya ni siquiera pasaba por su despacho para dejar caer algún retazo de información como había hecho los días anteriores. Solo se comunicaban a través de Bruno, su ayudante.

Durante todo el día, la villa había sido un torbellino de preparativos. Desde la terraza, Faye había visto a los empleados correr de un lado a otro colgando lucecitas de las ramas de los árboles, a los jardineros recortando setos, al ama de llaves cubriendo las mesas con manteles blancos.

Faye tenía que hacer un esfuerzo para calmar las mariposas que revoloteaban en su estómago y dio un respingo al escuchar un golpecito en la puerta de la habitación. A toda prisa, se puso unos pendientes de color amapola y unas sandalias de plataforma antes de abrir la puerta.

Maceo estaba en el pasillo, como el miércoles por la noche, pero con un aspecto mucho más calmado. Claro que la calma desapareció en cuanto vio su vestido.

Mascullando una palabrota en italiano, se pasó una mano por el pelo.

–¿Estás lista? –le preguntó.

–Espero haber pasado el examen.

La mirada de Maceo amenazaba con dejarla reducida a cenizas.

–Tú sabes muy bien el aspecto que tienes. No quiero que los halagos se te suban a la cabeza.

Faye podría haber respondido con un comentario impertinente si él no la hubiese tomado del brazo para llevarla hacia la escalera.

–¿Has pensado si vas a venderme tu parte de la acción? –le preguntó Maceo entonces, con una despreocupación que era claramente falsa.

–¿Por eso has venido a buscarme? ¿Para ver si vas a conseguir lo que quieres?

–Yo siempre consigo lo que quiero, arcobaleno. Sencillamente, es una cuestión de tiempo.

–¿El tuyo o el mío?

–El mío, por supuesto.

–¿Sabes que ahora mismo siento la tentación de negarme por una cuestión de principios?

–Pero te lo vas a pensar y decidirás que eres demasiado sensata como para hacer eso, ¿verdad?

–Qué arrogante. Solo por eso, me inclino a darte falsas esperanzas hasta que nos despidamos.

La expresión de Maceo se endureció.

–El mañana no está garantizado. Recuerda eso, Faye.

Después de tan sombría advertencia, se alejó para saludar a los invitados y Faye miró alrededor, buscando algún rostro conocido.

Por suerte, Alberto Triento estaba allí y se convirtió en su guía oficial y su anfitrión, presentándole a todo el mundo.

Estaba probando una ensalada de pollo al limón cuando Stefano y Francesco Castella se acercaron a ella. Por el momento, no había hablado con los hermanos de Carlotta, pero los había visto en la oficina y sus miradas calculadoras no le habían pasado desapercibidas.

A pesar de la charla inconsecuente, Faye sentía que estaban analizándola, buscando su punto débil. A su lado, Alberto Triento parecía tenso y, cuando por fin se alejaron, vio que suspiraba de alivio.

–¿Vas a contarme qué pasa?

–Nada que deba preocuparte –respondió el hombre, aunque su expresión decía lo contrario–. Es que esos dos son… muy dramáticos.

Faye se mordió la lengua para no seguir preguntando. Al fin y al cabo, estaban en una fiesta. Aunque, a juzgar por la expresión de Maceo, él no estaba pasándolo bien.

Maceo no se había sentido tan indeciso en toda su vida.

«Acércate o apártate de una vez».

«Cede a sus demandas o convéncete de que ella no existe».

Pero daba igual lo que hiciese. Faye Bishop despertaba deseos que había suprimido durante años porque buscar placer de ningún tipo era un insulto a la memoria de sus padres.

Pero desde aquel beso Maceo había recordado que era un hombre, con los deseos básicos de un hombre, y Faye era una mujer. Una mujer con muchos secretos que podrían ser perjudiciales para él y para el legado de sus padres.

Pero una mujer en cualquier caso.

Con ese vestido, y ese pelo de colores, Faye lo obsesionaba. No podía dejar de pensar en ella. Le daba igual impresionarlo o quedar bien con él, pero no lo había acusado de ser un sexista imbécil, aunque debería.

«El hombre al que pertenezcas».

Mio Dio! No había ningún otro hombre en sus pensamientos más que él cuando pronunció esas ridículas palabras.

Él nunca había sido posesivo hasta que conoció a Faye Bishop y empezaba a pensar que estaba perdiendo la cabeza.

Se había sentido posesivo cuando ella abrió la puerta de la habitación con ese vestido y solo un desesperado recordatorio de la lista enmarcada, de su promesa, había evitado que sucumbiese a la tentación.

Él no merecía alivio de ningún tipo. Y menos con la hijastra de Luigi. Aunque empezaba a sospechar que Carlotta había orquestado aquel nuevo y singular tormento…

–¿Va todo bien, signor Fiorenti? –le preguntó uno de sus directores ejecutivos.

Maceo intentó sonreír antes de alejarse de la tediosa conversación, pero una risa alegre llegó a sus oídos entonces.

Faye.

Allí estaba, rodeada de admiradores, con aquel vestido que dejaba la espalda al descubierto.

Por suerte, los admiradores se dispersaron en cuanto él se acercó.

El sol aún no se había puesto del todo y la penumbra del jardín antes de que encendieran las luces encajaba con el humor de Maceo.

–No me digas que estás enfadado otra vez –dijo Faye, suspirando–. Tu desagrado va más allá de tu papel como ejecutor del testamento de Carlotta, ¿verdad?

Era muy temeraria, pensó Maceo. Y, por alguna razón, ya no podía enfadarse con ella.

–Si tanto te interesa, detesto a la gente que espera recibir algo a cambio de nada.

–Yo no he pedido nada –le recordó ella.

–¿De qué estabas hablando con Stefano y Francesco?

–Ah, ellos son la razón de tus obsesiones, ¿no?

«En parte».

–Responde a mi pregunta, por favor.

–Intentaban ser discretos, pero creo que querían averiguar qué soy para ti.

–¿Y?

–Y no les he dado la satisfacción de responder. Supongo que si quieres que lo sepan, se lo contarás tú mismo.

Su inesperada lealtad lo sorprendió.

–Grazie.

–¿Qué te han hecho? –le preguntó Faye entonces–. Y, antes de que lo niegues, tengo ojos en la cara, Maceo.

¿Por qué lo emocionaba tanto que hubiera pronunciado su nombre? ¿Y por qué no le decía que se metiera en sus asuntos?

–¿Aparte de hacerle la vida imposible a Carlotta?

Faye frunció el ceño.

–Pensé que se trataba de ti. Creí que era algo personal.

Aunque no sabía por qué, Maceo se encontró respondiendo:

–Después del accidente, intentaron quitarle la empresa a Carlotta. Hicieron todos los trucos posibles, desde intentar declararla incompetente a manipular su dolor por la muerte de Luigi. Incluso intentaron chantajearla.

–¿Entonces por qué siguen en la empresa?

–Porque Carlotta tenía muy buen corazón. Para ella, la familia lo era todo.

–Pero para ti no.

–Cuando la familia quiere hacerte daño, no.

–Pero la empresa también era tuya. ¿No intentaron atacarte a ti?

–Entonces yo estaba… indispuesto.

–¿Qué quieres decir?

Maceo hizo una mueca.

–Estaba en coma, incapaz de defenderme.

Faye palideció.

–¿Estabas en coma? Pero eso es terrible…

¿Se daba cuenta de que estaba apretando su brazo? Maceo experimentó una pecadora oleada de placer. Le gustaba demasiado que lo tocase.

–¿Tú también ibas en el coche? –preguntó Faye.

–Sí, también.

–Pero sobreviviste.

Él se encogió de hombros.

–Según los testigos, salí despedido del coche, pero no tuve tanta suerte como Carlotta.

Faye respiraba con dificultad y él quería devorar su aliento, absorber cada emoción, acumular como un mísero para esos días oscuros que lo esperaban cuando ella volviese a Inglaterra y se quedase completamente solo.

–¿Tu corazón se ablanda por mí, cara?

Ella exhaló un suspiro que lo atrajo como el canto de una sirena.

–No tendría corazón si no sintiera compasión por cualquiera que hubiese pasado por eso.

–Pero yo no soy cualquiera, ¿verdad, Faye?

–No, no lo eres, pero mereces la misma consideración.

Su intento de ponerlo en su sitio lo inquietó.

–¿Eso es todo lo que merezco? –le preguntó, dejándose llevar por la tentación de tomarla por la cintura.

Sabía que debía parar, sabía que estaba defraudándose a sí mismo, pero aquella mujer era una debilidad y llevaba tanto tiempo luchando…

Diez años antes había tomado la decisión de renunciar al placer para honrar la memoria de sus padres. Había jurado no buscar la felicidad cuando ellos estaban en una tumba porque él había actuado como juez y verdugo.

Nada había cambiado. Los demonios eran tan virulentos como siempre, exigiendo su sacrificio. ¿Entonces por qué negárselo ahora era tan difícil? ¿Por qué por primera vez en una década quería olvidar la promesa que había hecho?

–No sé qué quieres decir.

–¿De verdad?

–Maceo…

Él avanzaba, ella se retiraba.

El silencioso baile los había llevado tras un enorme ciprés, lejos de curiosas miradas. Maceo inclinó la cabeza para apoderarse de esos jugosos labios en un gesto que le pareció deliciosamente simple y, sin embargo, abrumador.

El dulce gemido que escapó de la garganta femenina provocó un gemido recíproco de la suya… una manifestación vocal del ansia que sentía. Un ansia que ella había atizado desde el momento que la conoció y que, por instinto, Maceo sabía que sería tan difícil de sojuzgar como sus demonios.

Más tarde. Cuando aquella locura temporal hubiese amainado, se dijo.

La empujó contra el tronco de un árbol, exhalando un suspiro de satisfacción cuando las suaves curvas se moldearon a su cuerpo. Era casi como si estuviera hecha para él, si uno creía en esas fantasías.

Y él no creía en fantasías. Era una simple combinación de química que despertaba los instintos más básicos. Nada más. Se apartaría en cuanto se hubiera librado de esa locura.

Maceo enterró los dedos en su pelo y tiró hacia atrás de su cabeza para profundizar el beso y saborearla a placer.

Pero entonces sintió las manos de Faye sobre su torso.

Apartándolo.

Cuando levantó la cabeza y las luces del jardín le recordaron dónde estaba y quién era Maceo dio un paso atrás, incrédulo.

–Lo siento. No puedo…

La voz de Faye estaba cargada de deseo, pero era lo bastante firme como para hacer que se apartase del todo.

Mientras él perdía la cabeza en los labios de Faye, se habían encendido las luces del jardín. Tal vez una metáfora de su bochornoso comportamiento. Demasiado tarde, se llevó una mano al pecho. Pero, por supuesto, había dejado la lista en su dormitorio. ¿Porque no quería recordarla?, se preguntó, avergonzado, cuando la respuesta provocó un latido en su entrepierna.

–¿Maceo?

–Vete entonces, bellisimo arcobaleno.

Ella parecía a punto de protestar, pero pareció pensarlo mejor y se dio la vuelta. Lamentablemente, como había sospechado, incluso verla alejarse ponía a prueba las convicciones que lo habían guiado durante una década.

Su angustia no disminuyó cuando volvió a la fiesta para hacer su forzado papel de anfitrión, pero cuando se marchó el último invitado y por fin pudo volver al interior de la casa no se dirigió a su habitación sino a la de Faye.

Diciéndose a sí mismo que necesitaba enfrentarse de cara con ese nuevo demonio, llamó a la puerta sin pensarlo dos veces y ella abrió unos segundos después con algo de colores, un camisón ajustado que dejaba sus piernas al descubierto.

Maceo tragó saliva al ver los desafiantes ojos de color índigo.

–¿Necesitas algo?

Diavolo, si. Quería que aquella locura terminase de una vez. No quería quebrantar la promesa que había hecho de aceptar una vida solitaria para honrar los sacrificios de su familia.

Y, desde luego, no quería seguir pensando en aquella mujer ni imaginar qué pasaría si se salía del camino que se había marcado.

Dejando caer las manos a los costados, apoyó un hombro en el quicio de la puerta mientras la miraba con gesto indolente.

–¿Dónde está Pico?

Ella parpadeó, confusa.

–¿Has venido buscando a tu perro?

–Sí, a mi perro, de quien tú te has adueñado durante demasiado tiempo. ¿Dónde está?

Pico, tumbado tranquilamente en la cama, levantó la cabeza para mirarlo con cara de pocos amigos, como advirtiéndole que no interrumpiese su diversión.

–Está cómodo aquí –dijo Faye, como si Maceo no tuviese ojos en la cara.

–Imagino que sí, pero recuerdo haberte pedido que te alejases de él.

Ella dejó escapar un suspiro exasperado.

–¿De verdad has venido para echarme la bronca por Pico?

Incapaz de resistirse, Maceo alargó una mano para tocar su cuello.

–Sí –respondió con voz ronca–. Pero hay otro asunto que requiere nuestra atención.

–¿Ah, sí?

–Y creo que tú también lo sabes, Faye. Tú sabes que no soy capaz de luchar contra el deseo de volver a besarte.

Su brutal sinceridad hizo que Faye se ruborizase. Y no solo eso. Maceo vio que sus pezones se marcaban claramente bajo el fino camisón de satén.

–Y creo que tú también quieres besarme.

–¿Qué quieres que diga?

Maceo entró en la habitación y ella no se lo impidió.

–Niégalo, Faye –dijo con voz ronca–. Sería lo mejor para los dos si lo hicieras.

–Tú pareces haber decidido que voy a ser tu juguete cuando ni siquiera te caigo bien. ¿Por qué voy a ponértelo fácil?

–Te equivocas –dijo él, pasando un dedo por su garganta–. Para empezar, jugar es lo último que tengo en mente, arcobaleno. Además, hay muchas cosas que dos personas pueden hacer sin que se caigan bien.

–¿Hablas en serio?

–Dímelo ahora mismo, Faye: ¿te gusto?

–Responder de un modo o de otro te daría una ventaja injusta.

Maceo esbozó una sonrisa.

–La única que tiene una ventaja injusta eres tú.

–¿Por qué?

–Porque en este momento tú tienes todo el poder. Si te atreves a usarlo, pero no sé si serás valiente…

Sin darle tiempo a terminar la frase, Faye se lanzó sobre él y Maceo enterró los dedos en su pelo mientras cerraba la puerta con el pie.

Dejando escapar un gemido que parecía salir de su alma, la devoró con los labios, con los dientes, con la lengua, saboreando cada centímetro de su boca. Enardecido, sintió que ella lo tocaba, que lo exploraba con los dedos, exigiendo todo lo que podía darle mientras la tumbaba en la cama.

Pico se escabulló, lanzando un grito de protesta, pero Maceo solo podía pensar en la mujer que estaba debajo de él, la mujer cuyos secretos y sombras deberían disgustarlo, cuya mera presencia debería reforzar la promesa que había hecho y no todo lo contrario.

Aparte de la promesa, había otra razón para sus turbulentas emociones. No le gustaba pensar que él era especial, pero sabía que su situación era única. Un hombre de treinta años sin una sola experiencia sexual debería estar en un museo.

Cuanto más se filtraba la realidad, más crecía la posibilidad de que Faye rompiese su caparazón de titanio porque tener su primera experiencia, hacerla suya, era en lo único que podía pensar.

Otra cosa que había descubierto era que cuando Faye estaba entre sus brazos sus demonios se calmaban. No era tan tonto como para pensar que se habían retirado indefinidamente, pero aquel respiro temporal era embriagador.

Pagaría por su egoísmo más tarde, cuando Faye se marchase de Italia, pero por el momento…

–Haber venido aquí no ha sido una decisión fácil, cara –susurró sobre los labios hinchados.

–Gracias por decir eso, pero…

–A ver si lo adivino, ¿esto no va a pasar?

Los demonios volvieron, burlándose de su deseo de escapar.

–No, no va a pasar –respondió Faye, empujándolo suavemente.

Le temblaba la voz y parecía insegura, pero sus manos eran firmes y Maceo se despreció a sí mismo por su falta de voluntad.

–Pico se queda conmigo –dijo ella entonces con gesto desafiante.

Mio Dio, su actitud retadora provocó un incendio en su interior.

–¿Y quién eres tú para decidir tal cosa?

–Soy la persona a la que viene porque echa de menos a su dueña. Soy a quien sigue por todas partes porque sabe que le daré el afecto que necesita.

–¿Te has parado a pensar que tengo razones para darte esa orden?

–¿Qué razones?

–Pico pensará que tú vas a llenar el vacío que dejó Carlotta cuando eso no es verdad. A juzgar por tu congoja por el abandono de Luigi, tú sabes cuánto duele sentirse abandonado y, sin embargo, quieres que esta pobre criatura solitaria sufra del mismo modo.

Faye frunció el ceño.

–¿Estamos hablando de Pico o de ti?

Maceo abrió la boca para negarlo, pero la negativa murió en su garganta.

–¿Crees que me conoces tan bien?

–Perdiste a toda tu familia en un accidente. Yo también estaría desolada y también me daría miedo encariñarme con nadie, pero…

–Pero nada. No estamos hablando de mí –la interrumpió él, alarmado–. Estamos hablando de Pico.

–Se acostumbrará –dijo ella.

–¿Quieres absolverte de culpa porque sabes que podrías dejar una cicatriz en un alma desolada?

Dio mio, ¿estaba mirándose en un espejo?

–Pero te tendrá a ti cuando me marche. Imagino que tener a mucha gente a la que querer es mejor que no tener a nadie.

Ese caparazón interno se fracturó de nuevo, filtrando deseos que traicionarían la memoria de sus padres. Pero, por mucho que lo intentase, Maceo no encontraba fuerzas para parar. Y tenía que hacerlo.

–Ten cuidado, Faye.

Esperaba su acostumbrada respuesta combativa, pero ella lo miró con expresión triste.

–Lo tendré, Maceo. Yo siempre tengo cuidado.

Él salió de la habitación sin entender por qué todos sus encuentros con Faye Bishop eran una batalla perdida de antemano.

Capítulo 7

Si Capri era un fresco y sofisticado refugio, Santa Lucía era un caluroso paraíso tropical.

La exuberante vegetación, las aves exóticas y la profusión de colores… todo parecía demasiado bonito para ser real, pero durante las últimas semanas Faye había sentido como si viviera en un sueño. Un sueño de intensos dramas con el hombre que iba sentado a su lado en el jeep, los ojos escondidos tras unas gafas de sol mientras se alejaban del aeropuerto privado.

El largo viaje hasta Santa Lucía había sido irreal porque, naturalmente, viajaron en un jet privado equipado con todo tipo de lujos y con dos auxiliares de vuelo dispuestos a atender todos sus caprichos.

Ella, consumida por lo que había ocurrido la noche anterior, no había pedido más que un refresco, pero Maceo no parecía afectado en absoluto.

Tampoco hubo palabras de censura, solo una mirada silenciosa a la hora del desayuno. Desde entonces, lo había pillado varias veces mirándola contemplativamente. No parecía estar censurándola, más bien como si creyese estar a punto de descubrir todos sus secretos.

Pero desde que el avión despegó, el poderoso presidente de Casa di Fiorenti se había dedicado a trabajar, sin mirarla siquiera.

En cierto modo envidiaba su habilidad de portarse como si no hubiera pasado nada mientras ella no podía dejar de darle vueltas.

Sí, se había lanzado sobre él. Y sí, el tórrido beso había sido sublime, pero lo que más le preocupaba era la conversación que habían mantenido después porque el subtexto era monumental. La expresión de Maceo había sido una mezcla de remordimientos, culpabilidad y furia.

¿Qué le había pasado?

¿Y por qué no podía dejar de pensar en ello?

Entonces se dio cuenta de que Maceo había dicho algo.

–¿Perdona?

Él enarcó una ceja.

–Ya hemos llegado.

Faye miró el edificio frente al que había aparcado el jeep.

–Por Dios, ¿los Fiorenti nunca construyen nada normal?

–No te entiendo –dijo él, quitándose las gafas de sol.

–Me refiero a esta casa de ensueño.

–Ah, veo que te gusta.

–¿Cómo no va a gustarme? Es preciosa.

Él esbozó una sonrisa torcida que le daba aspecto de truhan y Faye pensó que nunca lo había visto sonreír abiertamente. Y también que le daba pánico contemplar el daño que una sonrisa abierta de Maceo podría hacerle.

–Entonces, espero tentarte para que salgas del jeep antes de que se convierta en un horno.

Maceo la ayudó a bajar del jeep y el roce de su mano despertó una curiosa mezcla de deseo y desesperación. Faye recordó aquel cuerpo duro aplastado contra ella, imaginando gráficamente todo lo que podría haber pasado si no hubiesen parado.

–Te he perdido otra vez. ¿Debo sentirme ofendido o halagado?

–¿Halagado? –repitió ella.

–Tu expresión te delata, pero no hay ningún delito en revivir un momento único.

–Te refieres a parar después de hacer algo que no deberías.

Él esbozó entonces una sonrisa genuina que transformó su rostro. Parecía un ángel caído con una vena perversa y Faye tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la mirada.

–Somos dos adultos, cara. Nuestros deseos parecen llevarnos en una dirección, queramos o no –dijo él, con un tono demasiado ronco y turbador.

–¿Qué quieres decir con eso?

¿Y por qué le temblaba la voz? Ella no era virgen. Solo había tenido una experiencia, con Matt, pero tras el devastador resultado había prometido no volver a pasar por eso.

Una promesa que había estado a punto de saltarse por la noche.

Una promesa que se arriesgaba a saltarse ahora, perdiéndose en esos ojos de color ámbar y en el fabuloso paraíso que los rodeaba.

–Quiero decir que, te guste o no, tenemos que hablar de ello.

A pesar de su arrogante actitud, había cierto nerviosismo en su tono, de modo que tal vez no estaba tan tranquilo.

–No creo que sea buena idea.

–Como quieras, pero deberíamos entrar. No quiero que esa preciosa piel tuya sufra bajo el sol tropical.

En ese momento, una gota de sudor fue deslizándose lentamente por su garganta hasta acabar en la clavícula izquierda.

Maceo la miraba fijamente y, cuando se pasó la punta de la lengua por el labio inferior, Faye experimentó un latido entre las piernas.

«Muévete».

Tuvo que hacer un esfuerzo, pero consiguió apartarse y Maceo tomó su mano para llevarla a un vestíbulo con suelo de mármol y altos techos abovedados que se abría a una preciosa terraza. En medio del jardín había una piscina de color turquesa.

Faye se quitó las sandalias de plataforma, suspirando cuando sus pies tocaron el fresco suelo de piedra. Maceo señaló el majestuoso telón de fondo del mar Caribe y el brillante yate atracado a una milla de la playa privada.

Era de gran tamaño y tenía varias cubiertas, pero no parecía excesivamente ostentoso. Y, sin embargo, Faye sintió un escalofrío. Hasta el momento había tenido cierta sensación de libertad, aunque fuese falsa porque él ocupaba todo el espacio y todos sus pensamientos incluso cuando no estaba a su lado. El yate, sin embargo, le parecía una trampa.

–¿El interior te gusta tanto como el exterior? –le preguntó él cuando volvieron al vestíbulo.

–Es una casa magnífica –respondió Faye.

–Bene. El ama de llaves te llevará a tu habitación. Si necesitas algo, solo tienes que decírselo a cualquiera de los empleados.

Después de decir eso se dio la vuelta.

–¿Dónde vas?

–Intento, quizá por primera vez desde que nos conocimos, marcharme mientras no estamos discutiendo.

–Imagino que podremos encontrar una forma de coexistir que sea… –Faye no terminó la frase porque no sabía qué término usar para describir su relación.

¿Agradable, pacífica, afable?

Palabras demasiado mansas para la cargada fricción que había entre ellos.

–¿Que sea qué…?

Ella levantó las manos, exasperada.

–No lo sé, pero al menos podríamos firmar un cese de hostilidades.

–Muy bien. Es casi la hora de la cena, pero tengo cosas que hacer. Nos veremos mañana por la mañana.

Faye se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento. Porque necesitaba saber cuándo iba a volver a verlo. Por Dios bendito…

–De acuerdo.

El ama de llaves la llevó a su habitación en el piso de arriba, contándole con evidente orgullo que estaban en las afueras de Soufriére, en la mejor zona de Santa Lucía, y que había trabajado para la familia Fiorenti durante más de veinte años.

Faye decidió que una cena tranquila en la maravillosa terraza podría aclarar sus ideas y, después de tomar una soberbia ensalada con productos de la zona, volvió a su habitación y se dio una larga y refrescante ducha antes de meterse en la cama.

Cuando despertó al día siguiente, Maceo le había enviado un mensaje diciendo que estaría en una conferencia durante toda la mañana y que podía hacer lo que quisiera.

No quería examinar por qué el mensaje la dejó algo deprimida y, después de tomar un excelente desayuno, encendió el ordenador y leyó los informes sobre las operaciones de Casa di Fiorenti en Santa Lucía.

Le envió a Triento algunas sugerencias sobre nuevos sabores, pero después perdió la concentración y decidió bajar a la piscina, con un bikini amarillo y un pareo a juego.

Después de confirmar la diferencia horaria, sacó el móvil del bolso. Llevaba un par de días sin hablar con su madre y, aunque sabía que estaba bien atendida, de repente necesitaba escuchar la voz de Angela Bishop.

–¿Mamá? ¿Estás bien?

–Claro que sí, hija. ¿Por qué no iba a estar bien?

Faye esbozó una sonrisa triste. Su madre tenía un buen día.

–Me alegro mucho. ¿Qué has hecho estos días?

Durante los siguientes veinte minutos Faye se perdió en el día a día de su madre en la granja, pero después de cortar la comunicación se vio abrumada por el dolor y la tristeza de siempre.

No se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que oyó la voz de Maceo a su lado.

–¿Por qué lloras?

Faye parpadeó, intentando controlar sus emociones.

–No es nada.

–Yo creo que sí.

–Pensé que no íbamos a vernos hasta más tarde. ¿Qué haces aquí?

Maceo le ofreció un refresco.

–Hace calor y esto te vendrá bien.

–Ah, gracias.

Maceo se dejó caer sobre la tumbona sin dejar de mirarla.

–Cuéntamelo o sacaré mis propias conclusiones, seguramente desacertadas.

–O podrías dejarlo estar.

–Parece que tenemos esta conversación muy a menudo, ¿no?

–Porque a ti te gusta fisgar en mi vida, pero solo me das la información que me habías prometido cuando te apetece.

–En cualquier caso, me gustaría saberlo.

¿Sería otra prueba? ¿Quería que le contase su vida como uno de los requisitos para entregarle la herencia o era algo más?

–Mi madre estaba de muy buen humor.

Maceo frunció el ceño.

–¿Y eso te preocupa?

Decir algo más sería revelar demasiado, de modo que Faye permaneció en silencio.

–Vive en esa granja, ¿verdad?

–Sí.

–Tal vez no recuerde bien la mecánica de las relaciones familiares, pero verificar que está bien debería alegrarte, ¿no?

–Sí, claro. La verdad es que no sé por qué estoy llorando. ¿Podemos cambiar de tema?

–Por supuesto. ¿Quieres hablar de tu tema favorito tal vez?

Faye asintió. Le daba igual entrar en terreno peligroso.

–¿Se te ha ocurrido que las respuestas que estás buscando las tienes delante de ti?

–¿Qué quieres decir?

–Tal vez Luigi te dejó por tu propio bien.

Faye apretó los labios.

–¿Tú lo dejarías estar sin saber si tus padres te habían querido o no?

Maceo apartó la mirada.

–Sé que mis padres me querían. Todo lo que eran capaces de querer.

–No te entiendo.

Él la miró con ojos cansados.

–¿Alguien quiere a otra persona completamente, del todo, o nuestro innato egoísmo garantiza que siempre nos guardemos algo? Tal vez por miedo a decepcionar a los demás.

–¿Tú no querías a Carlotta? –le preguntó Faye.

Maceo se puso tenso.

–Te gusta mucho fisgar, cara. Y, sin embargo, eres una experta escondiendo cosas.

–¿Eso es un sí o un no?

–¿Te importa que sea una cosa u otra?

–Sí, me importa –respondió Faye, sin pensar.

–Per che? ¿Quieres saber si soy capaz de experimentar emociones intensas?

–¿Y si fuera así?

–Entonces te diría que vas a llevarte una desilusión.

–¿Porque eres incapaz de amar? –le preguntó ella, alarmada.

Maceo permaneció en silencio durante unos segundos y luego se encogió de hombros.

–Porque la vida suele darte lo que quieres mientras te priva de lo que necesitas. En cuanto a tu pregunta… Luigi fue el primer y único amor de Carlotta. Me casé con ella con los ojos abiertos y, por lo tanto, no me llevé una desilusión.

–No esperar algo no significa que no te doliese verte privado de ello –murmuró Faye, pensativa.

¿Estaba amargado porque su amor por Carlotta no había sido correspondido?

Cuando iba a levantarse, él la detuvo agarrándola del brazo.

–¿Te vas porque mi respuesta no te ha satisfecho?

–Solo estamos charlando, ¿no?

–Pero tenía la impresión de que intentabas entenderme, cara. La cuestión es por qué. Vamos a despedirnos en poco tiempo, ¿no?

–Sí, es verdad. Y no tendré que volver a pensar en ti.

Tal vez la sombra en sus ojos era un truco de la luz, pero la tensión en sus labios no lo era.

–Yo no estoy tan seguro, arcobaleno.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Que te has metido bajo mi piel, igual que yo me he metido bajo la tuya. No hay forma de escapar.

Su voz ronca abría sitios que se habían cerrado después de Matt. Sin embargo, él parecía capaz de abrirlos sin el menor esfuerzo.

–Estas son circunstancias únicas. Cuando dejemos de vernos, todo esto habrá terminado.

Maceo deslizó una mano por su muslo y ella tuvo que morderse los labios para disimular un gemido.

–Si te sirve de consuelo, a mí me gusta tan poco como a ti ¿pero de verdad crees que me olvidarás tan fácilmente?

–Yo cuidaré de mí misma y te aconsejo que hagas lo propio.

En lugar de responder, Maceo la miró de arriba abajo con ojos ardientes. Faye sabía que sus pezones debían marcarse bajo el pareo y tuvo que apretar el respaldo de la tumbona para no tocarlo.

Lamentablemente, él se dio cuenta y atizó sus dudas.

–Hazlo –dijo con voz ronca–. Tócame.

–No –respondió Faye.

–Tú no eres cobarde. Haz lo que deseas, Faye. Libéranos a los dos.

¿Cómo habían llegado ahí?

La respuesta era aterradoramente sencilla.

Habían estado ahí desde el principio, como si una fuerza invisible los controlase.

«Vamos a separarnos en poco tiempo».

Le pesaban los pechos y sentía un extraño vacío en el vientre…

Tal vez fue la necesidad de desterrar esas sensaciones lo que hizo que reaccionase. Tal vez no tenía fuerza de voluntad. Daba igual.

Dejando escapar un gemido, Faye le echó los brazos al cuello y Maceo la sentó sobre sus rodillas para besarla con una ferocidad que la dejaba sin aliento.

Sabía que aquello tenía que terminar, que en algún momento tendría que volver a Devon con su madre y los recuerdos de Santa Lucía y Capri no serían más que un sueño lejano, pero cuando Maceo empezó a acariciar sus pezones se sintió húmeda y desesperada.

–Te deseo y voy a tenerte –dijo con voz ronca, como si estuviera haciéndose una promesa a sí mismo.

El siguiente escalofrío, aunque placentero, llegó con una advertencia. Porque durante un segundo quería decir que sí.

Sí a abrirse a otro devastador rechazo. Sí a arriesgarse a ser humillada y a humillar a Maceo.

Porque el suyo era un estigma que nunca podría lavarse.

Había sido egoísta una vez. Había buscado solaz cuando debería haber escondido su secreto y aún tenía cicatrices emocionales por lo que pasó.

Matt solo era un compañero de universidad, pero Maceo era el ahijado de Luigi, parte de la familia por la que su padrastro las había abandonado.

Maceo tenía un pedigrí impecable y, a pesar de sus trágicas circunstancias, había convertido la empresa familiar en una multinacional.

¿Cómo podía ella, una abominación, compararse con eso?

Si se rendía, lo mancharía para siempre.

Faye intentó apartarse, pero él levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.

–Vas a negártelo a ti misma. Vas a negárnoslo a los dos otra vez.

–Tengo que hacerlo –dijo ella.

–¿Por qué tienes que hacerlo? Según el formulario de Recursos Humanos no mantienes ninguna relación. ¿Era mentira? ¿Tienes un amante, Faye?

–¿Qué? No, claro que no. Si tuviese un amante esto no habría pasado.

El brillo de sus ojos se volvió posesivo, un fuego que amenazaba con convertir sus objeciones en cenizas.

Faye sabía que era un error seguir allí, intentando convencerse a sí misma de que debía apartarse cuando su cuerpo estaba pegado al de Maceo.

–Allora per che? –le preguntó él, mirándola a los ojos como si allí pudiese encontrar la respuesta.

Temiendo que consiguiera su objetivo, Faye se levantó de la tumbona.

–¿Por qué actúas como si esto estuviera escrito en las estrellas? Esto no es inevitable, todo lo contrario. Yo no te deseo, no deseo esto.

–No te creo.

–Me da igual.

–¿No has pensado que la única forma de librarnos de… de esta locura es quitárnoslo de encima de una vez?

Faye quería decir que sí, ¿pero cómo iba a hacerlo sin contarle su secreto?

–Voy a nadar un rato –dijo por fin–. Así tendrás tiempo para calmarte.

Después de tomar el bolso se alejó a toda prisa, sintiendo los ojos de Maceo clavados en su espalda.

–¡Espera un momento!

–¿Qué?

–Esta noche hablaremos de esto. Y, por mi propia cordura, quiero una respuesta mejor que las que me has dado hasta ahora –le advirtió él.

Debería haberse negado, pensó Faye. Debería haber inventado alguna excusa para cenar sola, pero cuando volvió a su habitación media hora después descubrió que los empleados estaban haciendo sus maletas.

Al parecer, eran órdenes de Maceo, que le había dejado una nota.

Cambio de planes. Cenaremos en el yate y nos iremos antes del amanecer. No volveremos a la villa en unos días.

Maceo.

¿Había cambiado de planes porque quería que aquel viaje terminase lo antes posible o se trataba de alguna otra estrategia?

En fin, daba igual, había ido allí por voluntad propia. Además, había una pregunta para la que necesitaba respuesta urgente y tal vez esa noche sería la oportunidad perfecta para exigirla.

Y el tema sería la herramienta adecuada para no entrar en terreno peligroso porque cuando hablaban de Luigi no se tocaban. Claro que la imposible atracción que había entre ellos hacía que cambiasen de tema en una fracción de segundo.

Pero esa noche no sería así, se prometió a sí misma mientras elegía un vestido para la cena. Luego, sin nada mejor que hacer, decidió darse un baño de espuma.

Pero, inevitablemente, llegó la noche. Mientras la lancha la llevaba al yate, Faye pasó los dedos por el vestido, preguntándose si tal vez iba demasiado arreglada. El vestido de seda en tonos morados, largo hasta los pies, dejaba un hombro al descubierto como una especie de túnica griega.

No llevaba más joyas que unos sencillos pendientes de aro y se había dejado el pelo suelto como una especie de capa protectora. Aunque estaba segura de que no serviría de nada.

El fabuloso yate, de setenta metros, se reflejaba en el agua como si fuera un espejo. Y, a medida que se acercaba a Maceo, el corazón de Faye se volvía loco.

«Nada ha cambiado».

«Por mi propia cordura».

Las palabras de Maceo se repetían en su cabeza mientras un auxiliar la ayudaba a subir a bordo del yate y la llevaba por unos pasillos decorados en tonos champán, oro y bronce. Unos minutos después llegaron a la cubierta principal, donde esperaba Maceo con un traje de chaqueta de color arena y una camisa blanca que destacaba su piel morena.

El auxiliar desapareció discretamente y Faye tuvo que armarse contra el asalto a sus sentidos que provocaba el brillo ardiente de sus ojos.

–Buona sera, Faye –dijo por fin, dando un paso hacia ella–. Tienes un aspecto sublime.

–Gracias, pero leí en algún sitio que no es buena idea llevar zapatos de tacón en un yate. ¿Debo quitármelos?

–Puedes hacer lo que quieras –respondió él, ofreciéndole un cóctel.

Faye lo probó y dejó escapar un suspiro de gozo.

–¿Te gusta?

–Mucho, gracias.

Maceo señalo la barandilla.

–Ven, vamos a ver la puesta de sol.

Faye se preguntó si sería otra treta, pero su expresión era impenetrable, de modo que se colocó a su lado y se quitó los zapatos de tacón. En cualquier caso acabarían discutiendo por la fotografía que llevaba en el bolso.

El recordatorio hizo que sintiera un escalofrío.

–¿Tienes frío?

–No, estoy bien.

El yate empezó a moverse y Faye miró la villa a lo lejos con cierta aprensión.

–No te alarmes, cara. Volverás a tierra sana y salva.

–¿Lo confesarías si tuvieras otras intenciones? –bromeó ella.

–Te prometo que siempre seré sincero contigo –respondió Maceo con gesto serio.

–Gracias –murmuró Faye, rezando para que cumpliese su palabra.

Después de admirar la puesta de sol, Maceo la llevó a una cubierta inferior, más pequeña, con una mesa preparada para dos.

La vichyssoise era perfecta, el salmón escalfado delicioso, pero lo que más le sorprendió fue que él parecía relajado… y que su sonrisa calentaba ese sitio helado y oscuro dentro de ella donde vivían el miedo y la soledad.

Sabía que era algo temporal, que la angustia volvería en unas horas, pero no quería desperdiciar ese momento.

Después de cenar, Maceo la llevó a un precioso salón que los protegía de la brisa nocturna.

–Intuyo que tienes algo en mente –comentó, sentándose a su lado y pasando un brazo por el respaldo del sofá.

–Dijiste que serías sincero conmigo.

–Así es –asintió él.

–Muy bien, pues ahora tienes ocasión de demostrarlo –dijo Faye, sacando la fotografía del bolso. Le temblaba la mano, pero aquello era demasiado importante para ella–. ¿Quién es este hombre?

Capítulo 8

Maceo miró la fotografía, sorprendido, y luego apartó el brazo del respaldo del sofá.

–¿De dónde la has sacado? –le espetó con voz de trueno.

–¿Eso importa? Quiero saber quién es.

–¿Por qué sientes tanta curiosidad?

–Porque se parece a Luigi. ¿Es un pariente?

–Sí –le confirmó Maceo por fin.

Faye esperó que dijese algo más. Un minuto. Dos.

–¿No vas a contarme nada más?

–En todas las familias hay una oveja negra –dijo él por fin, suspirando–. Pietro era la oveja negra de la familia Caprio, el oscuro secreto del que nadie quería hablar.

Faye tragó saliva. Sabía muy bien lo que eso significaba porque ella era el oscuro secreto en su fracturada familia; seguramente la razón por la que Luigi se marchó y no volvió nunca.

–¿Pero quién era?

Maceo se levantó y metió las manos en los bolsillos del pantalón.

–Era el hermano mellizo de Luigi.

–¿Su hermano mellizo?

–Eran mellizos, pero no tenían buena relación. No se parecían en nada. De hecho, eran como la noche y el día.

–¿En qué sentido?

–En todos los sentidos. El Luigi que yo conocí era un hombre justo, íntegro. Pietro en cambio era irresponsable y cruel. Bebía demasiado, conducía a toda velocidad. Lo hacía todo con exceso.

–Pero no es por eso por lo que no quieres hablar de él. Hay algo más, ¿verdad?

Maceo soltó una palabrota en italiano mientras se pasaba una mano por el pelo.

–Preferiría que lo dejases, Faye.

Ella negó con la cabeza.

–Llevamos demasiado tiempo dando vueltas a este tema. Me cuentas anécdotas sin importancia para mantenerme callada, pero no es suficiente. Quiero saberlo todo, para bien o para mal.

–¿No podríamos dejarlo por esta noche? –insistió él, mientras se llevaba una mano al bolsillo de la chaqueta como hacía tantas veces.

Faye miró alrededor y frunció el ceño. Todo, desde la mesa para dos a la luz tenue o la música suave dejaba claro que su intención era seducirla.

–Maceo…

–Tal vez tengas razón, es absurdo seguir yendo de puntillas –dijo con expresión sombría–. ¿Quieres saberlo todo, cara? Bueno, pues te contaré la sórdida historia y así nos habremos librado de esto de una maldita vez.

Faye se dio cuenta de que algo estaba a punto de cambiar y apretó el bolso mientras él paseaba de un lado a otro. Después, sin decir nada, volvió a sentarse. Parecía a punto de tomar su mano, pero cambió de opinión en el último momento.

A Faye se le encogió el corazón. Iba a protestar, pero sus palabras evitaron que hiciese el ridículo.

–Pietro era la serpiente en lo que podríamos llamar un tranquilo paraíso. Él era la razón por la que estaba enfadado con mis padres.

La tristeza en su tono era palpable.

–¿Qué pasó?

–Pietro siempre dio muchos problemas, pero irracionalmente, ellos pensaban que podrían redimirlo porque era hermano de Luigi. Le dieron muchas oportunidades, incluyendo un puesto en la empresa del que él, desvergonzadamente, abusó. Se apropió de dinero y el consejo de administración decidió echarlo. Cuando yo era un adolescente decidieron que la mejor forma de lidiar con él era darle una asignación mensual y mitigar el daño que pudiese hacer pagando a los paparazis y sobornando a quien hiciera falta para proteger a la familia de un escándalo.

Faye tragó saliva.

–¿Y sirvió de algo?

Maceo hizo un gesto de amargura.

–No, claro que no. Al contrario, le dieron otra herramienta con la que atormentarlos y él la explotó todo lo que pudo. Bebía más que nunca, tomaba drogas, se jugaba el dinero y usaba el apellido Fiorenti en todas partes. Mis padres contrataron abogados para evitar la publicidad negativa, pero no sirvió de nada.

–¿Seguía dando problemas?

Él asintió con la cabeza.

–Borracho como siempre, Pietro se había metido en una pelea y, más tarde, el hombre con el que se peleó fue atropellado por un coche cuyo conductor se dio a la fuga.

Faye abrió los ojos como platos.

–¿Fue Pietro?

–La policía lo interrogó, pero no había pruebas concretas. Casa di Fiorenti estaba a punto de firmar un contrato importantísimo y no podían permitirse ni la menor sombra de escándalo.

Faye podía imaginar cómo iba a terminar la historia.

–Y se encargaron de que Pietro no acabase en la cárcel.

–Así es –respondió él–. Por suerte, el hombre sobrevivió, pero gracias a Luigi y a mis padres, Pietro no tuvo que enfrentarse con lo que había hecho porque era familia –Maceo pronunció esa palabra con cara de asco–. Las personas a las que yo más admiraba decidieron pagar a la víctima de un delito para que mantuviese la boca cerrada.

Faye sentía compasión por él, pero esperaba que revivir esos momentos pudiese ayudarlo a superarlos, tal vez incluso curar la herida.

–Eran tus héroes y te defraudaron, lo entiendo.

–Pasé meses discutiendo con mis padres por ello. La noche que murieron nos habíamos reunido no solo para celebrar la firma de un gran contrato sino para aclarar la situación. Al menos, eso era lo que mi madre esperaba.

–¿Pero no fue así?

–No, porque entonces descubrí que habían «silenciado» otro incidente de Pietro esa misma mañana. Así que los juzgué y los condené. Amenacé con apartarme de la familia. En fin, les dije cosas que ya nunca pude retirar.

Faye puso una mano en su brazo.

–Maceo…

–Lo último que le dije a mi padre fue que me avergonzaba de ser su hijo. Esas fueron las palabras que se llevó a la tumba –siguió él, con una furia apenas contenida.

Faye deslizó la mano por su hombro hasta rozar la fría piel de la nuca.

–Seguro que no fue así.

–¿Ah, sí? ¿Tienes conexión personal con la otra vida?

–Tu padre debía saber que hablabas así por cariño y preocupación. Parece que era una situación imposible.

–No era imposible. Al contrario, para mí todo estaba clarísimo.

–Imagino que Luigi y tu padre habían puesto su corazón y su alma en la empresa y no querían perderla.

Maceo hizo un gesto de sorpresa.

–Vaya, cara, parece que ya no odias a Luigi tanto como antes.

Faye se encogió de hombros.

–Solo intento ayudarte a ver las cosas desde otro ángulo. Además, si lamentas haberlos juzgado tal vez deberías perdonarte a ti mismo.

–Así de fácil, ¿eh?

–¿Cuál es la alternativa? ¿Llevar esa carga durante el resto de tu vida?

Maceo, una vez más, se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta.

–Así es –respondió por fin.

Pero en esa respuesta Faye vio una traza de incertidumbre.

–No es algo de lo que quiera hablar.

–¿Puedo preguntare otra cosa?

–Como quieras.

–¿Luigi le dejó dinero a Pietro en su testamento?

Maceo frunció el ceño.

–No.

–¿Y eso no te dice nada? Yo no era nada para Luigi y me dejó una fortuna, pero no le dejó nada a su hermano mellizo.

–Tú eras importante para él. Evidentemente, debía sentir algo.

–¿Entonces por qué no me contó que tenía un hermano mellizo? ¿Por qué no me contó nada de su vida? ¿Y por qué nunca volvió a ponerse en contacto conmigo?

–Por la misma razón por la que intentó esconder las actividades delictivas de Pietro: la obsesiva necesidad de guardar secretos.

Al recordar su propio secreto, Faye intentó apartar la mano de su cuello, pero Maceo se lo impidió. Mirándola a los ojos, depositó un beso en la palma y luego la dejó sobre su muslo.

–Ahora conoces todos los secretos de los Caprio y los Fiorenti y me alegro porque estoy harto del tema.

Faye tuvo que luchar contra el turbador deseo de explorar el duro muslo bajo la palma de su mano.

–Hace años hice una promesa, Faye. La hice sobre la tumba de mis padres –Maceo puso un dedo sobre sus labios cuando Faye abrió la boca–. Es algo privado. ¿Lo entiendes?

Ella asistió con la cabeza. Tristemente, entendía mejor de lo que él podía imaginar.

–Tu llegada ha puesto a prueba esa promesa y he decidido que la única solución es saltármela durante un tiempo para no volverme loco. Y al demonio con las consecuencias.

Esas últimas palabras fueron como un puñal en su corazón.

–No, Maceo, no puedes…

–Sí puedo y lo haré –la interrumpió Maceo con tono firme.

Y ella sabía que no podría convencerlo.

Un gemido escapó de su garganta cuando rozó su clavícula con la punta de los dedos.

–Ayer quería saborear la gota de sudor que rodaba por aquí. No pude pensar en otra cosa durante horas.

Su tono crudo, ardiente, la dejaba sin aliento, provocando un traidor incendio en su interior. Sus pezones se habían convertido en rígidas cumbres y el calor que sentía entre los muslos hizo que cruzase las piernas.

Maceo tiró de ella y mordió el lóbulo de su oreja.

–Desde el momento que entraste en la oficina me moría por saber hasta dónde llegaba ese río de pelo –musitó con voz ronca, electrizante–. Ahora lo sé y pienso enredar los dedos en él mientras me ahogo en tu dulce aroma de cerezas. Y tú me dejarás hacerlo.

–¿Ah, sí? –murmuró Faye.

–Basta, arcobaleno. Basta. No quiero que sigamos discutiendo. Hemos agotado todos los temas.

Pero había un tema del que no habían hablado: de ella.

Ahora que sabía más de su pasado, cualquier conexión entre ellos, física o emocional, sería un error imperdonable.

Y había otro tema con el que estaba segura podría enfriar la situación. Por mucho que le doliese.

–Carlotta.

Como había esperado, Maceo se quedó inmóvil.

–De acuerdo. Vamos a terminar con eso también –dijo luego, apartando la mano–. Quedé en coma cuando era casi un niño, pero cuando salí era un hombre adulto. La empresa estaba atravesando dificultades, los miembros del consejo de administración intentaban hacerse con el poder y los hermanos de Carlotta querían quitarme lo que era mío –empezó a contarle Maceo–. Tuve que soportar varios meses de rehabilitación mientras Carlotta intentaba ganar terreno en el consejo. Con nuestras acciones separadas estábamos en una posición precaria, de modo que lo más lógico era unir fuerzas. Nos casamos para evitar que la empresa cayese en manos de otros accionistas.

–¿Entonces fue un matrimonio de conveniencia? –preguntó Faye.

¿Había esperanza en su tono? ¿Aún no había aceptado que era absurdo sentir nada por Maceo?

Él asintió mientras acariciaba su mejilla.

–Exactamente. Un matrimonio platónico que nos beneficiaba a los dos.

–¿Platónico? Quieres decir que no…

–No compartíamos la cama, no.

–Pero estuvisteis casados durante casi diez años.

–Si quieres saber si he buscado placer en otros sitios, la respuesta es no –dijo Maceo entonces.

Y Faye lo creía. Desde el principio la había visto como una inconveniencia, no como a alguien a quien quisiera impresionar.

–¿Por qué yo? –le preguntó, sin pensar.

Él se echó hacia atrás, dejando escapar una risa burlona.

–¿Crees que no me he hecho esa pregunta? Seguro que hay mujeres más fáciles de conquistar, bellísimo arcobaleno.

–¿Entonces…?

–No dejas de devorarme con los ojos desde que subiste al barco –dijo él entonces, echándose hacia delante–. ¿Quieres que te suplique? ¿Es eso? ¿Me quieres de rodillas, rogándote que seas la primera?

Pareció lamentar haber dicho eso, pero antes de que pudiese preguntar, inclinó la cabeza para devorar sus labios y Faye se preguntó si también aquello sería nuevo para él.

No, besaba demasiado bien. Lo hacía todo demasiado bien.

Maceo se apartó unos segundos después, jadeando. Los dos jadeaban mientras apoyaba su frente en la suya.

–No era así como pensaba decírtelo. Bueno, en realidad no tenía ningún plan.

–¿Pero cómo…? –preguntó Faye.

–El apellido de mi familia atraía a cierto tipo de parásitos disfrazados de amigos, así que me volví cínico muy pronto, pero no era ningún santo, cara. Puede que nunca haya llegado hasta el final, pero no soy novato en todo.

–Y entonces ocurrió el accidente.

–Tenía dieciocho años cuando ocurrió y no salí del coma hasta un año después. Durante todo ese tiempo, Carlotta estuvo a mi lado, luchando contra la presión de los médicos y de sus propios hermanos para que me desconectasen. Y después de eso estuve dieciocho meses en rehabilitación.

–Oh, Maceo… –murmuró Faye, acariciando su cara.

Él besó la palma de su mano.

–Recompensar a Carlotta con mi lealtad y mi fidelidad me pareció un precio justo.

Era un gesto honorable, pero Faye intuía que había algo más.

–Pero debió ser un enorme sacrificio. Tal vez demasiado grande, aunque fuese para proteger a Carlotta y el legado de tu familia.

Él se apartó entonces, agitado.

–¿Qué quieres que diga, que no me creía con derecho a ser feliz cuando mis actos habían provocado la muerte de mis padres y mi padrino?

–Pero tú no eres culpable del accidente…

–Sí lo soy –la interrumpió Maceo–. Estaba discutiendo con mi padre cuando perdió el control del coche. Nos despeñamos por un barranco, y por alguna jugarreta del destino, yo sobreviví. Así que dime, Faye, ¿debería haberme levantado de la cama del hospital para buscar alivio en los brazos de una mujer?

–No, claro que no. Pero eso no significa que no puedas perdonarte a ti mismo.

–¡No merezco perdón! Lo único que merezco es esta vida de tristeza y desolación… porque todo es culpa mía.

Faye se quedó helada.

–¿Entonces por qué quieres saltarte tu promesa conmigo?

Él se pasó los dedos por el pelo.

–No puedo explicarlo. Solo sé que te deseo…

–Yo también te deseo, pero no puedo tenerte. Y tú no puedes tenerme a mí.

–¿Por qué me pides que entienda algo que no me has explicado?

–Es mejor que no lo sepas –respondió Faye, apartando la mirada–. En serio, créeme. Lamentarías que tu primera vez fuese con alguien como yo.

–¿Por qué?

–Porque yo… no soy lo que parezco.

–¿Qué quieres decir?

Faye sacudió la cabeza.

–No puedo contarte nada más.

–Tienes que hacerlo, no puedes dejarme así. Los secretos y los subterfugios destrozaron a mi familia. Sé que crees estar protegiéndome, pero necesito que me lo cuentes.

–Por favor, Maceo… no merece la pena.

–Eso lo decidiré yo. Cuéntamelo.

Faye miró hacia la cubierta, preguntándose absurdamente si podría nadar de vuelta a la villa. Porque cualquier cosa sería mejor que contarle la repugnante verdad que había guardado tan celosamente desde la cruel reacción de Matt.

–Mírame, Faye.

Ella lo miró, pensando que le debía la verdad.

–Hace veintiséis años, mi madre vivía en Londres. Estaba estudiando enfermería, pero trabajaba a tiempo parcial como camarera. Solía trabajar en fiestas elegantes porque pagaban más –Faye se pasó las manos por los brazos al sentir un escalofrío–. Una noche, se quedó hasta tarde para limpiar y uno de los invitados la asaltó.

–Mio Dio… –susurró Maceo–. Faye…

–No, deja que termine por favor. El ataque la traumatizó de tal modo que dejó sus estudios. Tres meses después, descubrió que el violador la había dejado con un recordatorio permanente. Estaba embarazada de mí.

Faye hizo un esfuerzo para mirarlo a los ojos. Sabía lo que le esperaba, pero no quería esconderse.

Maceo estaba horrorizado. No sabía qué hacer, si esconder su espanto o revelarlo, pero Faye se levantó del sofá sin darle tiempo a reaccionar.

–Espera…

Pero ella no le hizo caso y salió corriendo del salón, desesperada por buscar un refugio, poner una puerta entre ella y Maceo.

Una vez en el pasillo, empujó la primera puerta que encontró e intentó echar el cerrojo, pero un largo brazo se lo impidió. Faye dio un paso atrás, apartando la mirada para no ver su expresión de espanto.

–Faye, cara…

–No me toques –lo interrumpió ella–. No quiero que estés aquí, no quiero tu compasión ni tu morbosa curiosidad.

Maceo bajó la mano.

–Explícame por qué estás enfadada.

–¡Porque te advertí y no me hiciste caso! Pero he visto el horror en tu cara, no has podido disimular.

–Por supuesto que estoy horrorizado. Ninguna mujer debería tener que pasar por lo que pasó tu madre. Ese tipo es un canalla que no merece vivir. ¿Pero por qué esperabas que te culpase a ti? ¿Cómo va a ser culpa tuya?

–Otros me han culpado por ello.

–¿Quién?

–Alguien con quien tuve una breve relación. Según él, yo era una abominación.

–Pues entonces también es un canalla. Olvídate de él.

Las emociones negativas que habían provocado las circunstancias de su nacimiento intentaban evaporarse. ¿Solo por las palabras de Maceo?

–¿Por qué intentas convencerme de que tú no…?

«¿De que tú no me encuentras repelente?».

Maceo suspiró.

–Me parece que, como yo, tú también vas a tener que reeducarte, cara.

Faye cerró los ojos e intentó calmarse. Pero cuando volvió a abrirlos, Maceo estaba más cerca. Mucho más cerca.

–Ningún niño debería tener que soportar esa carga o permitir que las circunstancias de su nacimiento les impidan ser felices.

Faye se había dicho eso a sí misma muchas veces, pero nunca había servido de nada.

–Maceo, yo… ¿puedes marcharte, por favor? Quiero estar sola.

–Me temo que no puedo hacerlo. Estás en mi dormitorio, dolcezza.

Faye se dio la vuelta, sorprendida. Era un camarote decorado en tonos oscuros, masculinos, pero fue la enorme cama lo que llamó su atención.

No tenía que darse la vuelta para saber que Maceo también estaba mirándola porque un crudo y primitivo latido de deseo se extendió por todo su cuerpo.

Oyó un frufrú de ropa y cuando levantó la mirada vio que él estaba quitándose la chaqueta.

–¿Qué haces?

–Ponerme cómodo. Este es mi camarote.

Maceo se quitó los zapatos y luego pasó a su lado para dejar el reloj sobre la mesilla.

Por alguna razón, esos gestos tan íntimos provocaron un incendio en su interior. Faye se quedó inmóvil, como hipnotizada, mientras él se inclinaba para rozar su oreja con los labios.

–«Te deseo, Maceo». Esas son tus propias palabras –le recordó.

–He dicho otras cosas menos agradables.

–Sí, cuando no me conocías, porque entonces no sabías que yo solo elegiría a una mujer excepcional para mi primera vez.

Faye se convirtió en una masa de arcilla deseando ser moldeada en la forma que él quisiera.

–¿Y crees que yo soy esa mujer? –le preguntó en voz baja.

Tenía que estar segura, absolutamente segura.

Maceo vaciló durante un segundo.

–En este momento solo puedo pensar en ti –respondió después, besando su cuello.

El deseo era tan poderoso que Faye estaba a punto de rendirse.

«En este momento», había dicho. Era algo temporal, una advertencia de que no duraría. Además, él había hecho una promesa cuyos detalles no conocía, pero podía imaginar y eso le recordaba que aquella cosa que había entre ellos tenía una vida limitada.

–Dime que tú también quieres esto, dolcezza.

–Quiero esto –susurró ella sin poder evitarlo.

Sería su primer encuentro sexual sin vergüenza, sin secretos. Maceo no se sentía horrorizado por ella. La había elegido a ella. Aunque fuese de forma temporal, la deseaba con una fiebre que brillaba en sus ojos.

Tiró de ella para apretarla contra su torso hasta que sintió la impronta de su masculinidad e intentó apartarse al notar el impresionante tamaño, pero él la mantuvo prisionera en el círculo de sus brazos.

–Quiero que sientas lo que me haces –musitó, con una voz ronca de deseo.

Casi con abandono, Faye se puso de puntillas y aplastó sus pechos contra el torso masculino.

Cuando la besó, su ardor anuló todas las emociones negativas. Y, sin embargo, ella sabía que habría consecuencias en el futuro, mucho después de que le hubiera dicho adiós.

Pero decidió no pensar más y dejó que enredase su lengua con la suya en un beso que le robó el aliento. Ella era la primera, pero la besaba como si fuese un amante experto.

Maceo la tomó por la cintura para llevarla a la cama y se colocó sobre ella, levantando los brazos sobre su cabeza con una mano mientras seguía besándola. Luego se apartó un poco para tirar de la cremallera del vestido y se libró de él con manos impacientes, dejándola solo con unas bragas de encaje.

–Mio Dio, voy a tomarme mi tiempo contigo –le prometió con voz ronca.

Y ella iba a morirse, estaba segura.

Maceo volvió a besarla con una pasión emotiva, conmovedora, y Faye sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

Contuvo el aliento cuando él trazó el contorno de su cuerpo desde las muñecas a las caderas. Después, siguió por su columna vertebral, por sus clavículas…

–Il mio bellissimo arcobaleno –susurró sobre su piel–. Mi precioso arcoíris.

Faye se sentía bella, casi como un tesoro. Sabía que estaba dejándose llevar, pero no podía evitarlo.

Maceo le quitó las bragas con manos firmes y acarició el interior de sus muslos mientras inclinaba la cabeza. Y cuando la abrió con la lengua para saborearla con un beso voraz, Faye pensó que iba a desmayarse.

–Dios mío…

El roce de su lengua provocaba oleadas de gozo y cuando llegó al orgasmo él estaba ahí para sujetarla. Para abrazarla con fuerza y beberse sus gemidos.

Después, se levantó de la cama para desnudarse, absolutamente cómodo en su propia piel, alto y orgulloso, mientras ella tenía que hacer un esfuerzo para no retorcerse de deseo.

Un segundo después volvió la cama y la acorraló con los brazos. La besó despacio, saboreándola, como si tuviese todo el tiempo del mundo.

–Siento la necesidad de hacer que tengas otro orgasmo –dijo con voz ronca.

–¿Porque te gusta ver que pierdo el control?

–Porque es lo más excitante que he visto nunca –respondió él, rozando un pezón con la punta de la lengua.

Faye arqueó la espalda, presentando el otro pecho, y sintió un escalofrío cuando él empezó a atormentarla con la lengua. Cuando estaba a punto de perder la cabeza, Maceo alargó una mano para sacar un preservativo del cajón de la mesilla y, después de enfundarse en él, separó sus rodillas.

–Muéstrame el sitio donde quiero estar –dijo con voz ronca.

Saber que lo tenía bajo su hechizo, aunque solo fuese durante unas horas, la hacía sentir poderosa, fuerte. Y el pudor se evaporó mientras abría las piernas para él.

Maceo respiró profundamente, como si quisiera beberse su aroma. Sus pómulos se cubrieron de un oscuro rubor mientras deslizaba los dedos por los húmedos pliegues.

–Eres tan suave –musitó.

Faye intentó tirar de él.

–Te deseo ahora.

–Entonces, dime que estás lista, tesoro.

–Estoy lista.

Maceo se colocó entre sus muslos y se deslizó en su interior con una suave, pero poderosa embestida.

Sentía como si el corazón fuera a escapar de su pecho. Se había salido del camino que se había marcado por la mujer que estaba debajo de él. Porque era única.

En ese momento, enterrado en ella, estaba seguro de que podría buscar por el mundo entero y nunca encontraría a nadie que se pareciese a Faye Bishop.

Pero no tenía que hacerlo. La mujer que había logrado acallar sus demonios estaba allí, con él. Y lo recibía en su cuerpo como solo había podido soñar hasta ese momento. Ahora entendía por qué el sexo era capaz de provocar guerras.

Maceo contuvo un gemido cuando ella lo apretó con fuerza.

–Por favor… –le rogó.

Él intentaba mantener el control, pero su visión empezaba a nublarse y le temblaban las manos mientras acariciaba la curva de sus labios.

–He esperado mucho tiempo para esto, bellissima. Permíteme que lo saboree un poco más.

Faye lo miraba con los ojos brillantes, con una expresión que recordaría siempre. Mucho después de que se hubieran despedido. Mucho después de aquel momento de locura, cuando hubiese vuelto a su vida normal. A su soledad.

Intentó aguantar todo lo posible, pero pronto las sensaciones se volvieron insoportables y tuvo que moverse adelante y atrás, rugiendo de placer. La pura magia de aquel momento demostraba que no lo merecía.

«Eso no significa que no puedas perdonarte a ti mismo».

Maceo apartó de sí ese pensamiento tan tentador para concentrarse en ella, que se retorcía de gozo.

–Santo cielo, eres exquisita.

Apenas podía pensar con claridad mientras entraba y salía de ella, pero tal vez experimentar aquel momento trascendente era su sentencia. ¿Porque cómo iba a sufrir de verdad si no lo había probado nunca?

Faye dejó escapar entonces un grito de placer que le tocó el alma y lo abrumó al pensar en lo triste que sería su vida después de aquello. Incluso se preguntó cómo demonios iba a sobrevivir.

Pero tal vez no tenía que ser así.

Capítulo 9

Maceo seguía despierto mucho después de que Faye se quedase dormida.

Con un par de frases desafiantes, aquella mujer había encendido una chispa que iluminaba la oscuridad de su alma. La chica con el pelo como un arcoíris le había ofrecido una perspectiva diferente de la situación, una perspectiva que se había negado a tomar en cuenta hasta ese momento.

El matrimonio y la familia estaban fuera de la cuestión, pero tal vez no tenía que vivir atrapado por los remordimientos y el sentimiento de culpa. Tal vez había sobrevivido por alguna razón…

¿Se atrevía a creerlo?

No, porque aquella excitante y cautivadora experiencia con Faye no podía durar, pensó. Cuando se fuese de Italia volvería a ser el de siempre.

Se acercó un poco más a ella y, con cuidado, pasó los dedos por su pelo. Su serena expresión lo hizo sonreír. La experiencia lo había dejado completamente saciado y estaba seguro de que a ella le había pasado lo mismo. Pero, aunque el deseo empezaba a despertar de nuevo, urgiéndolo a revivir el momento inmediatamente, Maceo se negó a sí mismo esa satisfacción.

Había un asunto en el que no podía dejar de pensar desde que ella le mostró la fotografía de Pietro, pero no podía decirle nada todavía. Quizá nunca.

Habían ocurrido tantas cosas esa noche. No le avergonzada admitir que el sexo con Faye había sido un respiro maravilloso, pero cuando miró a la mujer que dormía a su lado supo que necesitaba algo más.

Dejando escapar un suspiro de pesar, se apartó, sonriendo cuando ella emitió un gruñido de protesta, pero la sonrisa desapareció mientras se dirigía al baño.

El chorro de la ducha no consiguió disipar la convicción de que Luigi no se había casado con la madre de Faye en circunstancias normales. Él conocía a su padrino y sabía que habría sido capaz de sacrificarse por su sentido del deber.

Más secretos para proteger a la familia. Más mentiras para ocultar las fechorías de Pietro.

Aunque Maceo no podía dejar de preguntarse si Luigi habría actuado pensando en el bien de su familia.

Por primera vez desde que era una adolescente, casi podía aceptar esa explicación sin sentir rencor.

«La mujer que está en tu cama ha hecho eso por ti».

Era la voz de Carlotta.

¿Habría sido esa su intención desde el principio, acercarlo a Faye para que ella lo hiciese dudar de sus convicciones? ¿Y qué iba a hacer él por Faye, aparte de entregarle la herencia de Luigi y la carta que guardaba en su escritorio? Una carta que tal vez respondería no solo a las preguntas de Faye sino a las suyas.

Mañana, pensó, o al día siguiente. Tal vez la próxima semana sería buen momento para buscar todas esas respuestas, no ahora que la tenía en su cama.

Sabía que estaba escondiéndose, tomando el camino más fácil, pero eran tantos años de soledad…

Y entonces, como un fabuloso arcoíris emergiendo entre las oscuras nubes de sus pensamientos, Faye apareció en el cuarto de baño. Parecía indecisa, pero tenía una sonrisa en los labios.

Aunque aquella había sido su primera experiencia con el sexo, sabía que tampoco ella tenía mucha y pensar eso despertó una primitiva satisfacción.

–Ven –le dijo, ofreciéndole su mano.

–¿Estás seguro? Ahora mismo parecía como si tuvieras el peso del mundo entero sobre tus hombros.

Maceo deslizó una mano por su trasero.

–No el mundo entero, cara, solo un pequeño dilema.

–¿Cuál?

–Me preguntaba cuánto tiempo debía dejarte dormir antes de despertarte.

–Solo me ha hecho falta una siesta de diez minutos. Ya estoy como nueva.

Maceo sonrió. No le sorprendía que su corazón pareciese más ligero. Había experimentado la sublime intimidad física por primera vez en su vida… y le había abierto los ojos.

–¿Eso es un reto a mi masculinidad?

–¿Qué?

–Ha sonado como una queja por no dejarte agotada.

Faye se puso colorada y… mio Dio, él quería saborear ese rubor.

–Si es eso, solo tienes que decirlo.

Ella lo miró, retadora.

–Quiero más.

Maceo la envolvió en sus brazos y le dio más. Le dio todo lo que tenía hasta que los gemidos de Faye calentaron esa parte de él que había pensado seguiría helada para siempre.

Hasta que su único pensamiento era tenerla en su cama para siempre y buscar el olvido entre sus brazos.

Faye se había hecho con un grupo de admiradores en cuanto llegaron a la primera plantación. Se ganaba la simpatía de todos con su genuino entusiasmo, su capacidad de aprender y su interés por cada faceta de la producción.

Siempre estaba rodeada de fans y, el sexto día en Santa Lucía, Maceo la observó encandilar a los empleados, a los que había invitado a una barbacoa, con otro de esos vestidos multicolores, en perfecta armonía con el ambiente exótico de la isla.

A pesar de la alegre música reggae, él permanecía apartado. No estaba de humor para preguntarse por qué, pero en el fondo sabía que su irritación tenía algo que ver con ver a Faye rodeada de hombres.

Maceo dejó el vaso de ponche sobre la mesa. Ya estaba bien de aquel juego del gato y el ratón. Hasta unas semanas antes, él era un hombre que no se dejaba amilanar por los retos, un hombre que cumplía sus promesas.

Y, sin embargo, allí estaba, evitando los correos del director del departamento de I+D. Al parecer, Faye iba recopilando ideas para nuevos productos mientras exploraba Santa Lucía y enviaba informes diarios a Alberto Triento. Y el hombre estaba tan eufórico por la calidad de su trabajo que se preguntaba por qué Maceo no le ofrecía un puesto permanente en la empresa.

Lo que molestaba a Maceo era que él mismo había contemplado la idea. Después de todo, Faye tenía un título en Administración de Empresas y un extraordinario don de gentes.

¿Pero entonces por qué malgastaba su tiempo en esa granja?

Y eso lo llevaba al siguiente problema.

La discreta investigación que había iniciado tras la primera noche que pasaron juntos ya había dado fruto y, aunque no era concluyente, señalaba en la dirección que él había temido.

Más secretos.

Faye debía saberlo, claro. ¿Pero y si fuera una enorme coincidencia? ¿Y si Luigi no hubiese ido a Inglaterra para buscar a su madre?

Ella se acercó en ese momento con una sonrisa en los labios.

–¿Alguna razón para que estés tan enfadado?

–No me gustan mucho las fiestas.

–Pero la has organizado tú.

Él se encogió de hombros. No iba a decirle que había organizado aquella fiesta por ella, para darle las gracias. Sonriendo, la sentó sobre sus rodillas y, cuando Faye se apoyó en él, experimentó algo parecido a la euforia.

–Es nuestro último día en la isla y pensé que debíamos celebrarlo de algún modo.

–Pero has elegido una celebración que incluía a tus empleados. ¿Intentas esconder que te gusta recompensarlos por su trabajo?

Maceo inclinó la cabeza hasta que sus frentes se rozaron.

–Dame una hora y te demostraré cómo puedo recompensarte a ti –sugirió.

Faye rio, pero cuando iba a levantarse Maceo la detuvo.

–¿Qué ocurre?

No dejaba de darle vueltas al asunto. Tenía que decírselo. Tenía que hablarle de sus sospechas sobre Luigi y Pietro, sobre la investigación, sobre la carta.

¿Pero por qué arriesgarse a abrir viejas heridas hasta que estuviese completamente seguro? Si todo resultaba ser falso la habría alarmado innecesariamente.

–Vete, pásalo bien. Pero te advierto que pienso echar a todo el mundo en una hora. Quiero estar a solas contigo.

Ver que se ponía colorada provocó otro momento de euforia y lo hizo pensar que necesitaba más tiempo para explorar aquella cosa única, sublime, que había entre los dos.

–De acuerdo, voy a avisar a todo el mundo.

–Muy bien –dijo él, besándola.

Le daba igual que los viesen. Faye era suya por el momento.

Hasta que cumpliese con su deber.

Maceo siguió besándola y solo la soltó cuando estuvo satisfecho.

Ella se apartó, medio mareada.

–Otra vez te has puesto serio.

De hecho, se había vuelto lacónico en los últimos días, pero él no dijo nada. Se limitó a darle otro beso que la dejó temblando.

Una hora después, cuando todos los invitados se habían despedido, seguía sin saber qué le pasaba.

¿Ya se había aburrido? ¿La atracción que sentía por ella se habría disipado tan pronto?

Pensar eso la entristeció. Había sabido que ocurriría, pero tontamente había enterrado la cabeza en la arena.

–Háblame de Nuevos Caminos –dijo él abruptamente–. ¿Desde cuándo está allí tu madre?

Faye se quedó inmóvil.

–¿Por qué?

–Siento curiosidad por saber cosas de tu pasado, de ti.

Habían hablado de muchas cosas en esos días. Y también por las noches, después de hacer el amor. Se sentía ridículamente apegada a él y no entendía por qué. No era solo una atracción física sino algo completamente diferente.

Además, si Maceo no le hubiera confesado que era virgen jamás lo habría creído. Decir que era insaciable era quedarse corta.

El segundo día a bordo del yate la había llevado a una cubierta apartada, a salvo de miradas indiscretas, y le había quitado el bikini. Cuando ella protestó, se limitó a decir:

«Tengo que compensar por una década sin sexo y tú, dolcezza, eres maravillosa». «¿Cómo no voy a desearte a todas horas?».

Cada beso, cada caricia, cada traviesa mirada provocaba en ella una excitación sorprendente.

–¿No vas a contármelo?

La voz de Maceo la sacó de su ensimismamiento.

–Mi madre lleva doce años en Nuevos Caminos.

–¿Entonces tú creciste allí?

Faye negó con la cabeza.

–Solo pasaba allí las vacaciones. Estudiaba en un internado muy exclusivo. Cada año elegían a cinco alumnos y yo tuve suerte de que me eligiesen.

–Tal vez la suerte no tuvo nada que ver –murmuró él, pensativo.

–¿Qué quieres decir?

Maceo se encogió de hombros.

–Eres una persona muy inteligente. Imagino que es por eso por lo que conseguiste entrar en el internado. Y, por cierto, Alberto te pone por las nubes.

–¿En serio? No ha respondido a mis últimos correos.

–Pues está encantado. Incluso ha sugerido que te ofrezca un puesto permanente en la empresa.

Faye experimentó una mezcla de alarma y algo a lo que no quería poner nombre.

–¿De verdad?

–Tu contribución está siendo muy importante y creo que te ve como un activo para la compañía.

–¿Y tú no estás de acuerdo? –le preguntó Faye.

Acostarse con él porque le apetecía era una cosa. Invitarlo a dar un veredicto sobre si merecía quedarse en la empresa cuando su futuro no podía de ningún modo incluirlo a él, era arriesgarse a que le rompiese el corazón.

–Déjalo, no tienes que responder.

–¿Por qué no?

–Porque me iré en unas semanas.

–¿Y si aceptase el consejo de Alberto Triento y te ofreciese un puesto permanente en Casa di Fiorenti? –le preguntó Maceo entonces.

Faye se quedó sorprendida porque quería decir que sí. Quería olvidar todos sus sueños y seguir al lado de aquel hombre. Pero, aunque el poder de ese deseo le robaba el aliento, no le robó el sentido común.

–No dejes que la opinión de Alberto influya en tu decisión.

Maceo se encogió de hombros.

–Tal vez tengas razón.

Faye jugaba con el vaso de agua, intentando disimular su agitación, pero dio un respingo cuando él se levantó bruscamente.

Esa noche llevaba un pantalón oscuro y una camisa azul que destacaba su fabulosa piel morena, pero no se fijó en eso sino en sus ojos, que brillaban de descarnada pasión.

Cuando la tomó del brazo y tiró de ella para levantarla de la silla, ella no protestó. Había descubierto, avergonzada, que la pasión desatada de Maceo intensificaba cada encuentro.

–Te has pasado el día encandilando a mis empleados y creo que es hora de que me prestes atención solo a mí.

La llevó en brazos a la villa y cuando llegaron a la suite la deslizó lentamente por su cuerpo, asegurándose de que sintiera el efecto que provocaba en él.

Antes de que sus pies tocasen el suelo Maceo había enredado un mechón de pelo en su muñeca, un gesto posesivo que provocó un latido de deseo entre sus piernas.

No la besó inmediatamente como ella esperaba y, presa de un ansia que no podía entender, Faye metió los dedos por el cuello de su camisa.

–¡Santo cielo! –exclamó él, inclinando la cabeza para morder su labio inferior mientras Faye acariciaba el esculpido torso masculino.

Perdió la noción del tiempo y del espacio y lo devoró con desesperación, como si fuera la última vez. Algo había pasado durante la conversación, algo que la inquietaba y alimentaba esa urgencia.

Cuando Maceo se apoyó en la pared, Faye se lanzó sobre él como una criatura hambrienta a la que no reconocía.

Él murmuraba palabras provocativas mientras se desnudaba con manos ansiosas. Y cuando estuvo completamente desnudo, un dios viril exigiendo arrogantemente adoración, Faye se puso de rodillas.

Vibrando de femenino poder, lo envolvió con los labios y lo acarició, lo consumió y lo devoró hasta que se le doblaron las rodillas.

–Basta, per favore.

Maceo tiró de ella y la empujó contra la pared. Envolviendo su cintura con un brazo, se colocó entre sus muslos y se enterró en ella sin dejar de mirarla a los ojos.

El grito de Faye hizo eco en las paredes del dormitorio, pero él respondía con un ímpetu abrumador. Se devoraron el uno el otro hasta que sus cuerpos estaban cubiertos de sudor, hasta que sus alientos se mezclaban, hasta que todo culminó en un orgasmo que la sacudió hasta el alma.

Maceo se dejó ir entonces con un gruñido salvaje y casi aterrador.

Faye seguía flotando cuando la llevó a la cama y la apretó contra su torso. Pero, aunque deseaba dormir, no era capaz de conciliar el sueño.

Miraba la oscuridad mientras intentaba entender lo que estaba pasando. Todo lo que había ocurrido entre ellos desde que llegó a Italia empezaba a tener sentido. Aquello no era un interludio sin emoción. Incluso sin sexo, Maceo la afectaba de un modo visceral.

No quería irse de Italia, aún no. Y no tenía nada que ver con su padrastro, con Carlotta o con lo que había descubierto recientemente.

Quería quedarse por Maceo y eso la aterrorizaba.

Sin embargo, cuando él despertó horas después y la miró con unos ojos cargados de deseo, Faye volvió a derretirse.

Porque su tonto corazón no podía hacer otra cosa.

Ghana era sublime. Una enorme metrópolis por un lado, una jungla media hora después de salir de la capital, Acra. Pero lo que más la emocionó fue la majestad de sus tormentas, que llegaban de repente, sacudían el mundo y lo dejaban todo empapado en unos segundos.

En esos días, Faye había descubierto muchas cosas sobre las semillas de cacao, especialmente sobre la nueva variedad rosada que estaba influyendo tanto en el mundo de la confitería, y recolectaba frutas exóticas de la zona para añadir nuevos sabores a la colección de Casa di Fiorenti.

Pero esa noche volverían a Nápoles, pensó, aprensiva. En algún punto entre Santa Lucía y Ghana, se había convencido a sí misma de que era absurdo darle demasiadas vueltas. Lo que había entre Maceo y ella podría terminar al día siguiente, podría terminar el día que se fuera de Italia. Lo único seguro era que terminaría.

Maceo no había vuelto a mencionar su oferta de trabajo y, aunque se decía a sí misma que no importaba, se le encogía el corazón cada vez que pensaba en su inevitable partida.

En otro orden de cosas, la insistencia de Maceo sobre la integridad de Luigi la había hecho pensar que su padrastro no se había olvidado de ella. Aunque le habría gustado que le explicase su deserción antes de morir.

Pero recordar el pasado era absurdo y, en realidad, no le dolía que hubiese encontrado la felicidad con Carlotta.

¿Encontraría ella la felicidad algún día?

Maceo apareció en ese momento, como si lo hubiera conjurado, y le pasó un brazo por la cintura.

Para dejar de pensar que se iría en unas semanas y posiblemente no volvería a verlo, Faye señaló el cielo.

–Nunca he visto nada parecido.

–Es fabuloso, ¿verdad?

–El capataz, Kojo, dice que esta tormenta podría durar varias semanas.

–Por eso prefiero venir en esta época del año. Si tengo que elegir entre tormentas y mosquitos, prefiero las tormentas.

Sonriendo, Faye se apartó para entrar en la casa. No había llamado a su madre desde que salieron de Santa Lucía y no quería esperar más, pero la conexión era terrible a causa de la tormenta y, por fin, prometió llamarla en otro momento.

Cuando levantó la mirada, Maceo estaba en el quicio de la puerta.

¿Había estado escuchando la conversación?

–¿Qué tal está tu madre?

–No lo sé, casi no hemos podido hablar. Había muy mala conexión.

–¿Pero está bien de salud?

–Tiene días buenos y días malos –respondió Faye–. El asalto fue muy traumático y cuando descubrió que estaba embarazada… en fin, no pudo superarlo. Yo no supe nada de ese trauma hasta mucho después, claro.

Maceo entró en la habitación con las manos en los bolsillos del pantalón.

–Eras una niña. ¿Cómo ibas a saberlo?

–Era lo bastante mayor como para entender que la deserción de Luigi había sido el golpe final. No sabía qué pasaba, pero sabía que mi madre estaba sufriendo. Un año después de que Luigi se fuera, un terapeuta sugirió Nuevos Caminos como residencia permanente y, en general, está contenta allí, pero de vez en cuando tiene una recaída.

Maceo se dio la vuelta abruptamente.

–Perdona si te he dado demasiado información –dijo ella, molesta.

–No, al contrario. Quiero saberlo todo. Solo iba a buscar una silla.

Faye hizo una mueca. Estaba siendo demasiado suspicaz.

–Nuevos Caminos ofrece terapias alternativas. La de mi madre es una combinación de medicación, arte y terapia musical. Es la clase de terapia que yo quiero hacer algún día para ayudar a mujeres como ella.

–¿Para eso querías la herencia?

–Sí –respondió Faye.

–Me parece encomiable. Luigi estaría orgulloso de ti.

–¿Tú crees?

–Estoy seguro.

Se miraron el uno al otro, en silencio, pero cuando un trueno amenazó con tirar el techo de la casa, Faye se levantó de un salto y él soltó una carcajada.

Y Faye tuvo que aceptar que su corazón estaba en peligro.

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