Kitabı oku: «Colección de Vicente Blasco Ibáñez», sayfa 35

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Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuanto deseaba. Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació, sus infancias habían transcurrido casi juntas; y, sin embargo, en el primer encuentro de su vida se habían sentido separados por la frialdad de lo desconocido.

Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad, vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y la ciudad no iría a ella.

¿Cómo aproximarse?… Rafael estuvo tentado aquella misma tarde, paseando sin rumbo por las calles, de buscar en su tienda al barbero Cupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa. Pero le detuvo el miedo a su lengua murmuradora.

A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella barbería empapelada con láminas de El Motín y presidida por el retrato de Pi y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, donde jamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquella mujer sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?

Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sin atreverse a poner la mano en el picaporte, acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul que nunca había llamado su atención y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

Por entre la arboleda veía el balcón de la casa, y en él una mujer desdoblando ropas brillantes, de finos colores: faldas que sacudía para borrar los pliegues de la opresión en las maletas.

Era la doncella italiana, aquella Beppa de pelo rojizo que había visto en la tarde anterior acompañando a su señora.

Creyó que la muchacha lo miraba, que lo reconocía por entre el follaje, a pesar de la distancia; y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que se ve sorprendido en plena travesura volvió la espalda y se alejó rápidamente hacia la ciudad, experimentando después cierta satisfacción, como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora sólo con llegar a las inmediaciones de su casa azul.

Capítulo 5

Las primeras lluvias del invierno caían con insistencia sobre la comarca. El cielo gris, cargado de nubes, parecía tocar la copa de los árboles. La tierra rojiza de los campos oscurecíase bajo el continuo chaparrón; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos de los huertos, convertíanse en barrancos; paralizábase la vida laboriosa del cultivo, y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encogíanse bajo el diluvio, como protestando contra aquel camino brusco en el país del sol.

El río crecía. Las aguas, rojas y gelatinosas, como arcilla líquida, chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montones removidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas al Júcar seguían con mirada ansiosa el curso del río y plantaban en la orilla cañas y palos para convencerse de la subida de su nivel.

–¿Munta?… –preguntaban los que vivían en el interior.

–Sí que munta –contestaban lo ribereños.

El agua subía con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente había echado raíces en medio de su cauce.

Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban más allá de una alarmada curiosidad. Nadie sentía miedo ni abandonaba su casa para pasar los puentes buscando un refugio en tierra firme. ¿Para qué? Aquella inundación sería como todas. Era inevitable de cuando en cuando la cólera del río; hasta había que agradecerla, pues constituía diversión inesperada, una agradable paralización de trabajo. La confianza moruna daba tranquilidad a la gente. Lo mismo había hecho en tiempos de sus padres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llevó la población: algunas casas, la vez que más. ¿Y había de sobrevenir ahora la catástrofe?… El río era el amigo de Alcira; se guardaban el afecto de un matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevasen seis o siete siglos de vida común. Además, para la gente menuda, estaba allí el padre San Bernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y único capaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos de olas rojizas.

Llovía día y noche, y, sin embargo, la ciudad, por su animación, parecía estar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el mal tiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad de la corriente o descendían por las callejuelas vecinas al río para colocar señales, aguardando que la lámina de agua, ensanchándose, llegase hasta ellas.

La gente de los cafés se deslizaba por las calles al abrigo de los grandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, y después de mirar el río, bajo el débil abrigo de sus paraguas, volvían muy ufanos parándose en todas las casas para dar su opinión sobre la crecida.

Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecías, que agitaban la ciudad de un extremo a otro con el calor y la vehemencia de la sangre meridional.. Se disputaba, se enfriaban amistades por si en media hora el río había subido cuatro dedos o uno solo, y faltaba poco por venir a las manos por si esta riada era más importante que la anterior.

Y, mientras tanto, el cielo llorando incesantemente por sus innumerables ojos; el río, hinchándose de rugiente cólera, lamiendo con sus lenguas rojas la entrada de las calles bajas, asomábase a los huertos de las orillas y penetraba por entre los naranjos, después de abrir agujeros en los setos y en las tapias.

La única preocupación era si llovería al mismo tiempo en las montañas de Cuenca. Si bajaba agua de allá, la inundación sería cosa seria. Y los curiosos hacían esfuerzos al anochecer por adivinar el color de las aguas, temiendo verlas negruzcas, señal cierta de que venían de la otra provincia.

Cerca de dos días duraba aquel diluvio. Cerró la noche, y en la oscuridad sonaba lúgubre el mugido del río. Sobre su negra superficie reflejábanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casas ribereñas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.

En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de las puertas. Las mujeres y los chicos refugiábanse en los graneros, y los hombres, remangados de piernas, chapoteaban en el líquido fangoso, poniendo en salvo los aperos de labranza o tirando de algún borriquillo que retrocedía asustado, metiéndose cada vez más en el agua.

Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de la noche, con la casa inundada, perdió la calma burlona de que había hecho alarde durante el día. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscaba con infantil ansiedad una protección, un poder fuerte que atajase el peligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ¿Quién sabe si serían ellos los destinados a perecer con las últimas ruinas de la ciudad?… Las mujeres gritaban asustadas al ver las míseras callejuelas convertidas en acequias:

–¡El pare San Bernat!… ¡Que traguen al pare San Bernat!

Los hombres se miraban con inquietud. Nadie podía arreglar aquello como el glorioso patrón. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para que hiciese el milagro.

Había que ir al Ayuntamiento; obligar a los señores de viso, gente algo descreída, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.

En un momento se formó un verdadero ejército. Salían de las lóbregas callejuelas chapoteando en el agua como ranas, vociferando el grito de guerra: ¡San Bernat! ¡San Bernat! Los hombres, remangados de piernas y brazos o desnudos, sin otra concesión al pudor que la faja, esa prenda que jamás se despega de la piel del labriego; las mujeres, con las faldas a la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas de bestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropas mustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscaban crepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre la vociferante multitud.

–¡San Bernat! ¡San Bernat!… ¡Vítol el pare San Bernat!

Pasaban por las calles con el estrépito y la violencia de un pueblo amotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de los aleros. Abríanse puertas y ventanas, uniéndose nuevas voces a la delirante aclamación, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosaba la negra avalancha.

Iban todos al Ayuntamiento, furiosos y amenazantes, como si solicitaran algo que podían negarles, y entre la muchedumbre veíanse escopetas, viejos trabucos y antiguas pistolas de arzón, enormes como arcabuces. Parecía que iban a matar al río.

El alcalde, como todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de la casa de la ciudad. Habían llegado corriendo, seguidos de alguaciles y gentes de la ronda, para hacer frente al motín.

–¿Qué voleu? –preguntaba el alcalde a la muchedumbre.

¡Qué habían de querer! El único remedio, la salvación; llevar al santo omnipotente a la orilla del río para que le metiera miedo con su presencia; lo que venían haciendo siglos y siglos sus ascendientes, gracias a lo cual aún existía la ciudad.

Algunos vecinos, que eran mal mirados por la gente del campo a causa de su incredulidad, sonreían. ¿No sería mejor desalojar las casas cercanas al río? Una tempestad de protestas seguía a esta proposición. ¡Fuera! ¡Querían que saliese el santo! ¡Qué hiciera el milagro, como siempre!

Y acudía a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios aprendidos en la niñez sobre las faldas de la madre; las veces que en otros siglos había bastado asomar a San Bernardo a un callejón de la orilla para que inmediatamente el río se fuera hacia abajo, desapareciendo como el agua de un cántaro que se rompe.

El alcalde, fiel a la dinastía de los Brull, estaba perplejo. Le atemorizaba el populacho y quería acceder, como de costumbre; pero era grave falta no consultar al quefe. Por fortuna, cuando la gran masa negra comenzaba a revolverse, indignada por su silencio, y salían de ella silbidos y gritos hostiles, llegó Rafael.

Doña Bernarda le había hecho salir al primer asomo de la popular manifestación. En aquellas circunstancias era cuando se lucía su marido, dando disposiciones que de nada servían. Pero al volver el río a su normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebaño admiraba sus sacrificios, llamándole el padre de los pobres. Si el milagroso santo había de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las elecciones de diputados estaban próximas: la inundación no podía llegar con más oportunidad. Nada de imprudencias ni de darle un susto; pero debía hacer algo, para que la gente hablase de él como hablaba de su padre en tales casos.

Por eso, Rafael, después de hacerse explicar por los más exaltados el deseo de la manifestación, ordenó con majestuoso además:

–Concedido: que saquen a San Bernat.

Entre un estrépito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha se dirigió a la iglesia.

Había que hablar con el cura para sacar el santo; y el buen párroco, bondadoso, obeso y un tanto socarrón, se resistía siempre a acceder a lo que él llamaba una mojiganga tradicional. Le complacía poco salir en procesión, bajo un paraguas, la sotana remangada, perdiendo a cada paso los zapatos en el barro. Además, cualquier día, después de sacar en rogativa a San Bernardo, el río se llevaba media ciudad, «¿y en qué postura –como decía él– quedaba la religión por culpa de aquella turba de vociferadores?»

Rafael y sus acólitos del Ayuntamiento se esforzaban por convencer al cura; pero éste sólo contestaba a su petición preguntando si venía agua de Cuenca.

–Creo que sí –dijo el alcalde–. Ya ve usted que esto aumenta el peligro y se hace más precisa la salida del santo.

–Pues si viene agua de allá –contestó el párroco–, lo mejor es dejarla pasar y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos se han de tocar con mucha discreción, créanme ustedes… Y, si no, acuérdense de aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes. Sacamos al santo y poco faltó para que el río se lo llevara agua abajo.

La muchedumbre, inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era una escena extraña ver al hombre de la Iglesia protestando en nombre del buen sentido, pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas por varios siglos de fanatismo.

–Puesto que ustedes lo quieren, sea –dijo por fin–. Saquen al santo, y que Dios se apiade de nosotros.

Una aclamación inmensa de la muchedumbre que llenaba la plaza de la Iglesia saludó la noticia. Seguía cayendo la lluvia, y sobre las apretadas filas de cabezas cubiertas con faldas, mantas y algún que otro paraguas, pasaban las rojizas llamas de los hachones, tiñendo de escarlata las mojadas caras.

Sonreía la gente bajo aquel temporal con la confianza del éxito, gozándose por adelantado con el terror del río apenas entrase en él la bendita imagen. ¿Qué no podría San Bernardo? Su historia portentosa, como un romance de moros y cristianos, inflamaba todas las imaginaciones. Era un santo de la tierra: el hijo segundo del rey moro de Carlet. Por su talento, su cortesía y su hermosura, obtuvo tanto éxito en la Corte del rey de Valencia, que llegó a ser su primer ministro; y cuando su señor tuvo que entrar en tratos con el rey de Aragón, envió a Barcelona a San Bernardo que a la sazón sólo se llamaba el príncipe Hamete.

En su viaje, llega una noche a las puertas del monasterio de Poblet. Los cánticos de los cistercienses, difundiéndose místicos y vagarosos, en la calma de la noche, al través de las ojivas, conmueven el alma del joven sarraceno, que se siente atraído a la religión de los enemigos por el encanto de la poesía. Se bautiza, toma el blanco hábito de San Bernardo de Clairvaux, y vuelve algún tiempo después al reino de Valencia para predicar el cristianismo. Le respeta la tolerancia con que los monarcas sarracenos acogían todas las doctrinas religiosas, y convierte a sus dos hermanas moras, que toman los nombres de Gracia y María, e inflamadas de santo entusiasmo, quieren acompañar al hermano en sus predicaciones.

Pero el viejo rey de Carlet había muerto. En el mando del pequeño estado feudatario, especie de jefatura de cabila militar, le había sucedido su primogénito, el arrogante Almanzor, un moro brutal y orgulloso, que se afrenta de que individuos de su familia vayan por los caminos, rotos y miserables, predicando una religión de mendigos, y con unos cuantos jinetes sale en persecución de sus hermanos. Los encuentra junto a Alcira, ocultos en la orilla del río; con un revés de su espada corta el cuello a las dos hermanas, y San Bernardo es crucificado y le taladran la frente con un clavo enorme. Así pereció el santo patrón adorado con fervor por los pequeños, el príncipe hermoso convertido en vagabundo y pordiosero, sacrificio que halagaba a los más pobres de sus devotos.

La muchedumbre recordaba esta historia, repetida de generación en generación, sin más crédito que las tradiciones ni otros documentos justificantes que la fe popular, y daba vivas al padre San Bernardo, convencida de que era el primer ministro de Dios, como lo había sido del rey moro de Valencia.

Se organizaba rápidamente la procesión. Por las estrechas calles de la isla corría la lluvia, formando arroyos, y descalzos o hundiendo sus zapatos en el agua, llegaban hombres con hachones y trabucos, mujeres guardando sus pequeñuelos bajo la hinchada tienda que formaban las sayas subidas a la cabeza. Presentábanse los músicos con las piernas desnudas, levita de uniforme y emplumado chacó, semejantes a esos jefes indígenas que adornan su desnudez con casacas y tricornios de desecho.

Frente a la iglesia brillaban como un incendio los grupos de hachones, y al través del gran hueco de la puerta veíanse, cual lejanas constelaciones, los cirios de los altares.

Casi todo el vecindario estaba en la plaza, a pesar de la lluvia, cada vez más fuerte. Muchos miraban al negro espacio con expresión burlona. ¡Qué chasco iban a llevarse! Hacía bien en aprovechar la ocasión soltando tanta agua; ya cesaría de chorrear tan pronto como saliese San Bernardo.

La procesión comenzaba a extender su doble cadena de llamas entre el apretado gentío.

–¡Vítol el pare San Bernat! –gritaban a la vez un sinnúmero de voces roncas.

–¡Vítol les chermanetes! –añadían otros, corrigiendo la falta de galantería de los más entusiastas.

Porque las hermanitas, las santas mártires Gracia y María, también figuraban en la procesión. San Bernardo no iba solo a ninguna parte. Era cosa sabida hasta por los niños que no había fuerza en el mundo capaz de arrancar al santo de su altar si antes no salían las hermanas. Juntas todas las caballerías de los huertos y tirando un año, no conseguirían moverle de su pedestal. Era éste uno de sus milagros acreditados por la tradición. Le inspiraban las mujeres poca confianza –según decían los comendadores alegres–, y, no queriendo perder de vista a sus hermanas, para salir él de su altar habían de ir éstas delante.

Asomaron a la puerta de la iglesia las santas hermanas, balanceándose en su peana sobre las cabezas de los devotos.

–¡Vítol les chermanetes!

Y las pobres chermanetes, goteando por todos los pliegues de sus vestiduras, avanzaban en aquella atmósfera casi líquida, oscura, tempestuosa, cortada a trechos por el crudo resplandor de los hachones.

Los músicos probaban los instrumentos, preparándose a soplar la Marcha Real. En el hueco iluminado de la puerta se marcó algo que brillaba sobre las cabezas como un ídolo de oro. Avanzaba pesadamente, con fatigoso cabeceo, como movido por las olas de un mar irritado. La multitud lanzó un rugido. La música rompió a tocar.

–¡Vítol el pare San Bernat!

Pero las músicas y las aclamaciones quedaron ahogadas por un estrépito horripilante, como si la isla se abriera en mil pedazos, arrastrando la ciudad al centro de la tierra. La plaza se llenó de relámpagos. Era una verdadera batalla: descargas cerradas, arcabuzazos sueltos, tiros que parecían cañonazos. Todas las armas del vecindario saludaban la salida del santo. Los viejos trabucos, cargados hasta la boca, tronaban con fogonazos que quitaban la vista, chamuscando a los más cercanos; disparábanse los pistolones de arzón entre las piernas de los fieles, repetían sus secas detonaciones las escopetas de fabricación moderna, y la muchedumbre, aficionada a correr la pólvora, arremolinábase, gesticulante y ronca, enardecida por el excitante humo mezclado con la humedad de la lluvia y por la presencia de aquella imagen de bronce, cuya cara, redonda y bondadosa de frailecillo sano, parecía adquirir palpitaciones de vida a la luz de las antorchas.

Ocho hombres forzudos y casi en cueros encorvábanse bajo el peso del santo. Las oleadas de gente estrellábanse contra ellos, haciendo vacilar las andas. Dos atletas despechugados, admiradores del santo, marchaban a ambos lados conteniendo al gentío.

Las mujeres, sofocadas por la aglomeración, empujadas y golpeadas por el vaivén, rompían a llorar con la vista fija en el santo, agitadas por un sollozo histérico.

–¡Ay Pare San Bernat! ¡Pare San Bernat, salveumos!

Otras sacaban a los chiquillos de entre los pliegues de sus faldas, y levantándolos sobre sus cabezas, buscaban los brazos de los dos poderosos atletas.

–¡Agárralo! ¡Qu'l bese!

Y el atleta, por encima de la gente, agarraba al chiquillo con una mano que parecía una garra. Lo asía del primer sitio que encontraba, elevándolo hasta el nivel del santo para que besase el bronce, y lo devolvía como una pelota a los brazos de su madre. Todo con rapidez, automáticamente, dejando un chiquillo para coger otro, con la regularidad de una máquina en función. Muchas veces el impulso era demasiado rudo; chocaban las cabezas de los niños con sordo ruido, aplastábanse las tiernas narices contra los pliegues del metálico hábito, pero el fervor de la muchedumbre parecía contagiar a los pequeños; eran los futuros adoradores del fraile moro, y rascándose los chichones con las tiernas manecitas, se tragaban las lágrimas y volvían a adherirse a las faldas de sus madres.

Detrás del glorioso santo marchaban Rafael y los señores del Ayuntamiento con gruesos blandones: el cura, bufando al sentir las primeras caricias de la lluvia, bajo el gran paraguas de seda roja con que le cubría el sacristán, y la muchedumbre de hortelanos confundidos con los músicos, que, más atentos a mirar dónde ponían los pies que a los instrumentos, entonaban una marcha desacorde y rara. Seguían los tiros, las aclamaciones delirantes a San Bernardo y sus hermanas, y rodeada de un nimbo rojo por el resplandor de las antorchas, saludada en cada esquina por una descarga cerrada, iba navegando la imagen sobre aquel oleaje de cabezas azotado por la lluvia, que, a la luz de los cirios, tomaba la transparencia de hilos de cristal. Y en torno del santo los brazos de los atletas, siempre en movimiento, subiendo y bajando chiquillos que babeaban el mojado bronce del padre San Bernardo. En balcones y ventanas aglomerábanse las mujeres con las cabeza resguardada por las faldas. El paso del santo provocaba profundos suspiros, dolorosas exclamaciones de súplica. Era un coro de desesperación y de esperanza.

–¡Salveumos, pare San Bernat!… ¡Salveumos!…

La procesión llegó al río, pasando y repasando el puente del Arrabal. Reflejáronse las inquietas llamas en las olas lóbregas del río, cada vez más mugientes y aterradoras. El agua todavía no llegaba al pretil, como otras veces. ¡Milagro! Allí estaba San Bernardo que le pondría freno. Después la procesión se metió en las lenguas del río que inundaban los callejones. Era un espectáculo extraño ver toda aquella gente, empujada por la fe, descendiendo por las callejuelas convertidas en barrancos. Los devotos, levantando un hachón sobre sus cabezas, entraban sin vacilar agua adelante, hasta que el espeso líquido les llegaba cerca de los hombros. Había que acompañar al santo.

Un viejo temblaba de fiebre. Había cogido unas tercianas en los arrozales, y sosteniendo el hachón con sus manos trémulas, vacilaba antes de meterse en el río.

–Entre, agüelo –gritaban con fe las mujeres–. El pare San Bernat el curará.

Había que aprovechar las ocasiones. Puesto el santo a hacer milagros, se acordaría también de él.

Y el viejo, temblando bajo sus ropas mojadas, se metió resueltamente en el agua dando diente con diente.

La imagen iba entrando con lentitud en los callejones inundados. Los robustos gañanes, encorvados bajo el peso de las andas, se hundían en el agua; sólo podían avanzar ayudados por un grupo de fieles que se cogían a la peana por todos lados. Era una confusa maraña de brazos nervudos y desnudos saliendo del agua para sostener el santo; un pólipo humano que parecía flotar en la roja corriente sosteniendo la imagen sobre sus lomos.

Detrás iban el cura y los mandones a horcajadas sobre algunos entusiastas, que, para mayor lustre de la fiesta, se prestaban a hacer de caballerías, llevando ante las narices el cirio de los jinetes.

El cura, asustado al sentir el frío del agua cerca de la espalda, daba órdenes para que el santo volviera atrás. Ya estaba al final de la callejuela, en el mismo río; se notaban los esfuerzos desesperados, el recular forzado de aquellos entusiastas, que comenzaban a sufrir el impulso de la corriente. Creían que cuanto más entrase el santo en el río, más pronto bajarían las aguas. Por fin, el instinto de conservación les hizo retroceder, y salieron de una callejuela para entrar en otra, repitiendo la misma ceremonia. De pronto cesó de llover.

Una aclamación inmensa, un grito de alegría y triunfo sacudió a la muchedumbre.

–¡Vítol el pare San Bernat!…

¿Y aún dudaban de su inmenso poder los vecinos de los pueblos inmediatos?… Allí estaba la prueba. Dos días de lluvia incesante, y de repente no más agua; había bastado que el santo saliera a la calle.

E inflamadas por el agradecimiento, las mujeres lloraban, abalanzándose a las andas del santo, besando en ellas lo primero que encontraban, los barrotes de los porteadores o los adornos de la peana, y toda la fábrica de madera y bronce sacudíase como una barquilla entre el oleaje de cabezas vociferantes, de brazos extendidos y trémulos por el entusiasmo.

Aún anduvo la procesión más de una hora por las inmediaciones del río, hasta que el cura, que chorreaba por todas las puntas de su sotana y llevaba cansados más de doce feligreses convertidos voluntariamente en cabalgaduras, se negó a pasar adelante. Por voluntad de aquella gente, el paseo de San Bernardo hubiese durado hasta el amanecer; pero lo que respondía el cura:

–¡Lo que al santo le tocaba hacer ya lo había hecho! ¿A casa!

Rafael, dejando el cirial a uno de los suyos, se quedó en el puente entre un grupo de conocedores del país, que lamentaban los daños de la inundación. Llegaban a cada instante, no se sabía cómo, noticias alarmantes de los daños causados por el río. Tal molino estaba aislado por las aguas, y sus habitantes, refugiados en el tejado, disparaban las escopetas pidiendo auxilio. Muchos huertos habían desaparecido bajo las aguas. Las pocas barcas que había en la ciudad iban como podían por aquel inmenso lago salvando familias, expuestas a estrellarse contra los obstáculos sumergidos, teniendo que librarse con desesperados golpes de remo de la veloz corriente.

Y a pesar del peligro, la gente hablaba con una relativa tranquilidad. Estaban habituados a aquella catástrofe casi anual, la inundación era un mal inevitable de su vida, y la acogían con resignación. Además, hablaban de los telegramas recibidos por el alcalde con expresión de esperanza. Al amanecer tendrían auxilio. Llegaría el gobernador de Valencia con los marineros de guerra y se llenaría de barcas la laguna. No quedaban más que unas cuantas horas de espera. Lo importante era que no subiese el nivel del agua.

Y se consultaron las señales puestas en el río, promoviéndose terribles discusiones. Rafael vió que aún seguía subiendo, aunque con lentitud.

Los hortelanos no querían convencerse. ¿Cómo había de crecer el río después de entrar en él el pare San Bernat? No, señor; no subía; eran mentiras para desacreditar al santo. Y un mocetón de ojos feroces hablaba de vaciarle el vientre de una cuchillada a cierto burlón que aseguraba que el río subiría sólo por el gusto de dejar malparado al milagroso fraile.

Rafael se acercó al grupo, y a la luz de una linterna reconoció al barbero Cupido, un maldito guasón de rizadas patillas y nariz aguileña, que tenía el gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gente sencilla.

Brull conocía mucho al barbero. Rea una de sus admiraciones de adolescente. El miedo a su madre fué lo único que le impidió de muchacho el frecuentar aquella barbería, refugio de la gente más alegre de la ciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos y romanzas amorosas que ponían en conmoción a toda la calle. Además, aquel Cupido era el excéntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado y mordaz, a quien todo se toleraba; el hombre que se permitía tener cosas y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era el único que podía burlarse de la tiranía de los Brull, sin que esto le impidiese la entrada en el

Casino del partido, donde los jóvenes admiraban sus chistes y sus trajes estrambóticos.

Rafael lo quería, aunque su trato con él no fuese muy íntimo. Entre la gente solemne y conservadora que lo rodeaba, aparecíasele el barbero como el único hombre con quien podía hablar. Casi era un artista. Iba a Valencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios, y en un rincón de su tienda tenía montones de novelas y periódicos ilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por el continuo roce de los parroquianos.

Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no había de ver con buenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; lo tuteaba por haberlo conocido de niño, y decía de él en todas partes:

–Es el mejor de la familia; el único Brull que tiene más talento que malicia.

No ocurría suceso en Alcira que él ignorase; todas las debilidades y ridiculeces de los personajes de la ciudad las hacía públicas en su barbería, para regocijo de los de la cáscara amarga que se reunían allí a leer los órganos del partido. Los señores del Ayuntamiento temían al barbero más que a diez periódicos, y cuando en alguno de los discursos que los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madrid leían algo sobre la hidra revolucionaria o el foco de la anarquía, se imaginaban una barbería como la de Cupido, pero mucho más grande, esparciendo por toda la nación una atmósfera venenosa de burlas crueles y perversas insolencias.

No ocurría en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigo al barbero. Bien podía desarrollarse en lo último del Arrabal o en algún huerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese allí Cupido para enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenir entre los contendientes y relatar después con mil detalles todo lo ocurrido.

Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianos los servían dos mancebos tan locos como su maestro; dos chicuelos a lo que Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor, según los ingresos, repartidos entre los tres fraternalmente. Y si el maestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno con traje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitábanse la cabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas de billar, con gran alborozo de la ciudad, que acudía a ver los chinos de Cupido.

Una inundación era para el barbero un gran día. Cerraba la tienda y se establecía en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante un gran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones y mentiras, dando noticias que, según él, acababa de remitirle el gobernador por telégrafo, y con arreglo a las cuales antes de dos horas no quedaría en la ciudad piedra sobre piedra, y hasta el milagroso San Bernardo iría a parar al mar.

Cuando Rafael le encontró en el puente, después de la procesión, estaba próximo a venir a las manos con unos cuantos rústicos, indignados por sus impiedades.

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0+
Litres'teki yayın tarihi:
28 şubat 2026
Hacim:
5250 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788026835790
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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