Kitabı oku: «Colección de Vicente Blasco Ibáñez», sayfa 36
Separándose de los grupos, hablaron los dos de los peligros de la inundación. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le había dicho que el río se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido en el huerto. No sería ésta la única desgracia. Caballos y cerdos habían pasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojos remolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.
El barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael le oía, mirándole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que no se atrevía a indicar. Por fin se decidió.
–Y en la casa azul, en ese huerto de doña Pepita, adonde tú vas algunas veces, ¿no ocurrirá algo?
–La casa es fuerte –contestó el barbero– y no es ésta la primera inundación que aguanta… Pero está cerca del río, y el huerto será un lago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobre sobrina de doña Pepa tendrá un buen susto… ¡Mira que venir de tan lejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!…
–¡Si fuéramos allá!… ¿Qué te parece, Cupido?
–¡Ir allá!… ¿Y cómo?
Pero la proposición, por su audacia, forzosamente había de agradar a un hombre como el barbero, el cual acabó riendo, como si la aventura fuese graciosa.
–Es verdad; podríamos ir. Tendría chiste que la célebre diva nos viera llegar como unos venecianos, para darle una serenata en medio de sus susto… Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra…
–No, Cupido del demonio; fuera guitarras. ¡Qué cosas se te ocurren! Lo que importa es prestar auxilio a esas señoras. Ya ves: ¡si ocurriera una desgracia!…
El barbero, atajado en su proyecto novelesco, fijo sus ojos maliciosos en Rafael.
–Tú te interesas también por la ilustre artista. ¡Ah pillo! También te ha dado golpe por guapa… Pero ya recuerdo; tú la has visto; me lo dijo ella.
–¡Ella!… ¿Ella te ha hablado de mí?
–Algo sin importancia. Me dijo que te había visto en la ermita una tarde.
Y Cupido se calló lo demás. No dijo que Leonora, al nombrarle, había dicho que le parecía un muchacho tonto.
Rafael mostrándose entusiasmado por la noticia. ¡Había hablado de él! ¡No olvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!… ¿Qué hacía aún allí, inmóvil en el puente, cuando allá abajo estarían necesitando la presencia de un hombre?
–Oye, Cupido: ahí tengo mi barca; ya sabes, la barca que mi padre encargó a Valencia para regalármela. Costillaje de acero, madera magnífica, más segura que un navío. Tú entiendes el río… ; más de una vez te he visto remar; yo no soy manco… ¿Vamos?
–Andando –dijo el barbero con resolución.
Buscaron una antorcha, ayudados por varios mocetones, trajeron la barca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.
El río mugía con sordo hervor en torno del bote, pugnando por arrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda, manteniéndolo junto a la orilla.
Arriba, en el puente, entre los grupos, corría la noticia de la expedición, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba de salvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, mísera gente que iba a perecer de un momento a otro. Lo había sabido Rafael, y allá iba a salvarlos exponiendo su vida, él, tan rico, tan poderoso. ¡Qué hombres todos los de la familia Brull!… ¿Y aún había quien hablara contra ellos? ¡Qué corazón! Y los pobres huertanos seguían el movimiento de la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre las aguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoración a Rafael, encorvado en la popa para sujetar bien el timón. De la oscuridad partían ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fieles entusiastas que querían acompañar al quefe; ahogarse con él si era preciso.
Cupido protestaba. No; para aquella empresa, cuanto menos gente, mejor; la barca había de estar ligera; él se bastaba para los remos y don Rafael para el timón.
–¡Solteu! ¡Solteu! –ordenó el hijo de doña Bernarda.
Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, después de algunos cabeceos, partió como una flecha, arrastrada por la corriente.
Encajonado el brazo del río entre la ciudad vieja y la nueva, las aguas, altas y veloces, arrastraban el bote como una rama. El barbero sólo había de mover los remos, para desviar la barca de la orilla. Los obstáculos sumergidos producían grandes remolinos, que sacudían a la embarcación, y a la luz de la antorcha, que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veían pasar troncos de árboles, cadáveres de animales, objetos informes que apenas si asomaban una punta negra en la superficie y hacían pensar en ahogados cubiertos de barro flotando entre dos aguas. Arrastrados por la vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del río como si mascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael se creía en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de su audacia.. De las casas inmediatas al río partían gritos. Se iluminaban las ventanas. En sus huecos, algunas sombras saludando con brazos que parecían aspas aquella llama roja que resbalaba sobre el río, marcando la línea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidos en sus asientos. Había corrido la noticia de la expedición por toda la ciudad, y la gente gritaba saludando el rápido paso
de la barca: «¡Viva don Rafael!» «¡Viva Brull!»
Y el héroe que causaba admiración exponiendo su vida por salvar una familia pobre, hundido en la oscuridad, en aquella atmósfera pegajosa y pesada de tumba, pensaba únicamente en la casa azul, donde iba a penetrar por fin, pero de un modo extraño y novelesco.
De cuando en cuando, un crujido, un salto de la barca, le volvían a la realidad.
–¡Ese timón! –gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de las aguas–. ¡Atención, Rafaelito! Evita los choques.
Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus sólidas maderas y su costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazos con los sumergidos obstáculos.
Daban rápidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se veían casas con ventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias, inabordables riberas de barro y cañaverales sumergidos; un poco más allá, el río libre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudad y unían sus corrientes extendiéndose como inmenso lago.
Los dos hombres iban a la ventura. Carecían, para guiarse, de las señales normales. Habían desaparecido las riberas, y en la oscuridad, más allá del círculo rojo de la antorcha, sólo se veía agua y más agua, una inmensa sábana que se desarrollaba en incesante movimiento, arrastrándolos en sus ondulaciones. De cuando en cuando, a ras de la líquida superficie, surgía una mancha negra; las crestas de los cañaverales inundados; las copas de los árboles; vegetaciones extrañas y monstruosas que parecían enroscarse en la sombra.
El silencio era absoluto. El río, libre de la opresión d la ciudad, no mugía ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos los vestigios de la tierra. Los dos hombres se creían dos náufragos abandonados en un mar sin límites, en una noche eterna, sin otra compañía que la llama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetaciones sumergidas que aparecían y desaparecían como los objetos vistos desde un tren a gran velocidad.
–Boga, Cupido –dijo Rafael–. La corriente es muy fuerte; aún estamos en el río. Vamos hacia la derecha, a ver si nos metemos en los huertos.
El barbero se encorvó sobre los remos, y la barca, siempre impelida por la corriente, comenzó a torcer su proa con lentitud, buscando aquella vegetación que asomaba a flor de agua como los sargazos del Océano.
La barca comenzó a tropezar con obstáculos invisibles. Eran capas crujientes que parecían aprisionarla por debajo, invisibles telarañas que se agarraban a la quilla y se abrían trabajosamente después de muchos golpes de remo. Continuaba el lago oscuro y sin límites, pero la corriente era menos ruda, más dulces las ondulaciones, y los dos tripulantes sentían la sensación del que navega en aguas muertas.
La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aquí y allá, gigantescos hongos oscuros, grandes paraguas, cúpulas barnizadas que brillaban reflejando la roja llama. Eran naranjos sumergidos. Estaban en los huertos. Pero ¿en cuáles? ¿Cómo guiarse en la oscuridad? De cuando en cuando chocaba la barca con algún barco invisible; conmovíase el bote como si fuese a estallar, y había que retroceder, dar un rodeo, buscando otro paso.
Deslizábanse lentamente, por temor a los choques; iban de un lado a otro, evitando los obstáculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya a qué lado estaba el río. Por todas partes oscuridad y agua. Los naranjos sumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicados callejones, un dédalo en el que se enredaban cada vez más, vagando sin dirección.
Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrábase pesadamente en aquella agua fangosa, llena de marañas vegetales que se agarraban a la quilla.
–Esto es peor que el río –murmuraba–. Rafael, tú que vas de frente, ¿no ves ninguna luz?
–Nada.
El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas que asomaban sobre el agua o se hundían en el espacio, ahogado por las húmedas y pesadas tinieblas.
Así vagaron algunas horas por la campiña inundada. El barbero no podía más; había entregado los remos a Rafael, que también desfallecía de fatiga.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Iban a quedarse allí para siempre? Y embotado su pensamiento por la fatiga y el vértigo de la desorientación, creían que la noche no iba a terminar nunca, que se apagaría la antorcha y la barca se convertiría en negro ataúd, sobre el cual flotarían eternamente sus cadáveres.
Rafael, que iba de espaldas a la proa, vió una luz a la izquierda. La dejaban atrás, se alejaban de ella; tal vez estaba allí la casa tan penosamente buscada.
–Puede que sea –afirmó Cupido–. Sin duda hemos pasado cerca sin verla, y vamos abajo, hacia el mar… Y aunque no sea la casa azul, ¿qué? Lo importante es que allí hay alguien, y vale más eso que errar en la oscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doña pepa, al menos sabremos dónde estamos.
Viró la barca, y por entre el dédalo de árboles sumergidos fué poco a poco deslizándose hacia la luz. Chocaron con varios obstáculos, cerca tal vez de huertos, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz iba agrandándose, era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negras siluetas. Marcábase sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.
La luz de la barca comenzó a trazar en la oscuridad el contorno de una casa ancha y de techo bajo que parecía flotar sobre las aguas. Era el piso superior de un edificio invadido por la inundación. El piso bajo estaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a las habitaciones superiores. Los balcones y ventanas podían servir de embarcaderos en aquel lago inmenso.
–Me parece que hemos acertado –dijo el barbero.
Una voz sonora y ardiente, vos de mujer, en la que vibraba una intensa dulzura, rasgó el silencio.
–¡Ah de la barca!… ¡Aquí, aquí!
Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emoción.
–¿No lo dije?… –exclamó el barbero–. Ya tenemos lo que buscábamos. ¡Doña Leonor!… ¡Soy yo!
Una carcajada sonora animó con sus interminables ondas la tétrica oscuridad.
–¡Si es Cupido! ¡El amigo Cupido! Lo conozco en la voz. Tía, tía; no llores más, ni te asustes, ni reces; aquí viene el dios del Amor en una barquilla de nácar a prestarnos auxilio.
Rafael se sentía intimidado por aquella voz ligeramente burlona, que parecía poblar la oscuridad de mariposa de brillantes colores.
Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del balcón, entre las otras figuras negras que iban y venían, curiosas y alborozadas por el inesperado arribo.
Se aproximaron al balcón. Puestos en pie tocaban los hierros del antepecho; y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuerte para amarrar la barca.
Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta cabellera. Buscaba conocer en la oscuridad aquel otro tripulante que permanecía sentado y encogido junto al timón.
–Pero ¡qué buen amigo es este Cupido!… Gracias, muchas gracias. Esta es una atención de las que no se olvidan… Pero ¿quién viene con usted?…
El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta pregunta.
–Es don Rafael Brull –contestó con lentitud–. Un señor al que creo ha visto usted otra vez. A él debe agradecer la visita. La barca es suya, y él es quien me metió en la aventura.
–Gracias, caballero –dijo Leonora, saludando con una mano que al moverse lanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos, cubiertos de sortijas–. Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante y perdone el extraño modo con que le hago entrar en la casa.
Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza, agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y le siguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.
Realmente no se dió cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones en una noche: primero, la vertiginosa marcha por el río a través de la ciudad entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento verse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; después, la confusión, el esfuerzo desesperado; el bogar sin rumbo por las tortuosidades de la campiña inundada; y ahora, de repente, el piso firme bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que parecía embriagarle con su perfume, y cuyos ojos no podía mirar de frente, dominado por una invencible timidez.
–Pase usted, caballero –le decía–. Necesitan reponerse después de esta locura. Están ustedes mojados… ¡Pobres! ¡Cómo van!… ¡Beppa!… ¡Tía!… Pero pase usted.
Y casi lo empujaba con cierta superioridad maternal, como una mujer bondadosa que cuida a su hijo después de una travesura que la llena de orgullo.
Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montones de muebles rústicos que contrastaban con los otros alineados junto a las paredes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos, subido al comenzar la inundación. Un labrador viejo, su mujer trémula de espanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, se habían refugiado arriba, con las señoras, al ver que el agua penetraba en la modesta casa.
Entró Rafael en el comedor, y allí vió a doña pepita, la pobre vieja, apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lágrimas y las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretendía distraerla haciendo chistes sobre la inundación.
–Mira, tía: este caballero es el hijo de tu amiga Bernarda. Ha venido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, ¿verdad?
La vieja parecía imbécil por el terror. Miraba con ojos sin expresión a los recién llegados, como si hubieran estado allí toda su vida. Por fin pareció enterarse de lo que le decían.
–¡Es Rafael! –exclamó admirada–. Rafaelito… , ¿y has venido con este tiempo?… ¿Y si te ahogas? ¿Qué dirá tu madre?… ¡Qué locura, Señor!
Pero no era locura; y si lo era, resultaba muy dulce. Se lo decían a Rafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que le acariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como osó levantar la vista. Leonora se fijaba en él; lo examinaba a la luz de la lámpara de la habitación, como si buscase la diferencia con aquel otro muchacho que había conocido en el paseo a la ermita.
La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba del peligro. Ya no subía el agua; hasta podía afirmarse que comenzaba a descender lentamente. Y la vieja, con un supremo esfuerzo de voluntad, se decidió a abandonar su silla para ver la inundación.
–¡Cuánta agua, Dios y Señor nuestro!… ¡Qué desgracias se contarán mañana! Esto debe de ser castigo de Dios… , un aviso por nuestros muchos pecados.
Mientras los dos hombres oían a la vieja, Leonora iba de una parte a otra, dando prisa a su doncella y a la hortelana.
Aquellos señores no podían estar así, con las ropas impregnadas de humedad, cansados y desfallecidos por una noche de lucha. ¡Pobrecitos! ¡Bastaba verlos! Y colocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron, todo lo que podía encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillos rusos con boquilla dorada, que la hortelana miraba con escándalo.
–Déjalos, tía –decía a la pobre vieja–. No los entretengas ahora. Que coman y beban un poco. Necesitan entrar en calor… Dispensen ustedes si les ofrezco tan poca cosa. ¿Qué les daré, Dios mío, qué les daré?
Y mientras los dos hombres se veían impulsados por un cariño un tanto despótico, a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entraba en la habitación inmediata, poniéndola en revolución con un retintín de llaves y ruidoso abrir de cofres.
Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron, mientras el barbero mascaba a dos carrillos, bebía copa tras copa, y con la cara cada vez más roja, hablaba y hablaba con la boca llena de pastas.
Apareció Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos un lío de ropas.
–Ya comprenderán ustedes que aquí no hay trajes de hombre. Pero en la guerra se vive como se puede, y aquí estamos sitiados.
Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellas mejillas; la luminosa dentadura que parecía temblar en su estuche de rosa.
–A ver, Cupido, fuera pronto ese traje; no quiero que por mí pille usted una pulmonía que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aquí tiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.
Y ofrecía al barbero una bata magnífica de peluche azul, con grandes cascadas de encajes en el pecho y las mangas.
Cupido se retorcía de risa en su asiento. Pero ¡qué gracioso era aquello!… ¿Iba él a vestirse con tal preciosidad? ¿Y sus patillas?… ¡Cómo reirían los de Alcira si lo viesen! Y halagado por la extravagancia del disfraz, se apresuró a meterse en la inmediata habitación para ponerse la bata.
–Para usted –dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa– sólo he encontrado esta capa de pieles. Vamos, quítese usted esa chaqueta, que está chorreando.
El joven se resistió, ruboroso y avergonzado como una doncella. Estaba bien así: no le ocurriría nada; otras veces se había mojado más.
Leonora, siempre sonriente, parecía impaciente. Bien sabían en la casa que ella no admitía réplicas.
–Vamos, Rafael; no sea usted tonto. Habrá que tratarle como a un niño.
Y cogiéndolo por una manga, como si se tratara de un chiquitín, comenzó a tirarle de la chaqueta.
El joven, en su turbación, no sabía lo que le pasaba. Le parecía marchar por un horizonte sin fin, con más velocidad que horas antes se deslizaba por el río. Oía su nombre en la boca de aquella mujer; se veía agasajado en una casa cuya entrada no sabía antes cómo franquear, y ella, Leonora, le llamaba niño y le trataba como a tal, como si la intimidad datase desde el principio de su vida. ¿Qué mujer era aquélla? Estaba en un mundo nuevo, y las mujeres de la ciudad, aquellas que él trataba en las tertulias caseras, le parecían seres de otra raza, viviendo lejos, muy lejos, en otro extremo de la Tierra , de la que le separaba la inmensa sábana de agua.
–Vamos, señor testarudo; habrá que tratarle a usted como a un bebé.
Le hablaba a poca distancia de su rostro; sentía en sus mejillas el aleteo de aquella boca, su respiración tibia, que le cosquilleaba con intensos estremecimientos. Y, al mismo tiempo, sus manos firmes y ágiles le empujaban cariñosamente, quitándole con rapidez la chaqueta el chaleco.
Sintió sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Una preciosidad: un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, como fabricado con plumas de fantásticas aves. Era de pieles de zorro azul, y a pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El joven comprendió que le había echado sobre los hombros unos cuantos miles de francos, y tímido, con temblorosa mano, recogía borde, temeroso de pisarlo.
Leonora reía de su timidez.
–No se encoja usted; no importa que lo estropee. ¡Parece que lleva usted un velo sagrado, por el respeto con que lo trata! No vale la pena. Yo sólo uso esta capa en los viajes. Me la regaló un gran duque en San Petersburgo.
Y para asegurar más su desprecio por el rico manto, embozó al joven en él, golpeando sus hombros para que se amoldara más a su cuerpo.
Lentamente volvían a la sala donde estaba el balcón, mientras en el comedor sonaban carcajadas saludando la aparición del barbero envuelto en su lujosa bata. Cupido sacaba partido de la situación para provocar la risa, y recogiéndose la cola y atusándose las patillas, braceaba cual una tiple en una romanza dramática, cantando de falsete.
Los hortelanos reían como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa, abría desmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones de aquel señor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hasta la pobre doña Pepa se retorcía en su silla, admirando al barbero, que, según ella, era el más gracioso de todos los demonios.
Estaba Rafael en el balcón, junto a Leonora, con la mirada perdida en la oscuridad, arrullado por la música de aquella voz que con marcado interés le hacía preguntas sobre el desesperado viaje por el río.
La figura de aquella capa que lo envolvía dábale la sensación de una epidermis satinada y tibia. Parecíale que aún quedaba en aquella suavidad algo del calor de los hombros desnudos; creía estar envuelto en la piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que sentía junto a él, aumentaba esta ilusión.
Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.
–Lo que usted ha hecho –decía la artista– merece honda gratitud. Es un arranque, caballeresco, digno de otros tiempos. Lohengrin llegando en su barquilla para salvar a Elsa. Sólo falta el cisne… , a no ser que el barbero se contente con este papel… Hablando en serio: no creía que aquí hubiese un hombre capaz de portarse así.
–¿Y si usted hubiese muerto?… –exclamó el joven para justificar su aventura.
–¡Morir!… Le confieso a usted que al principio tuve algún miedo; no de morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de la vida; ya se convencerá usted de ello cuando me conozca más. Pero morir ahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no me hace gracia. ¡Si al menos fuese el agua verde y transparente de los lagos suizos!… Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo de la última postura, como los romanos, y temía perecer aquí como una rata sitiada en la alcantarilla… Y, sin embargo, ¡si supiera usted que he reído viendo el terror de mi tía y de esas pobres gentes que nos sirven!… Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte; no hay más molestias que de verse sitiados, y espero el día para ver. Debe de ser muy hermoso el espectáculo de toda esa campiña convertida en un lago. ¿Verdad, Rafael?
–Usted habrá visto cosas más interesantes –dijo el joven.
–No digo que no; pero a mí lo que más me impresiona es la sensación del momento.
Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba la ligera alusión al pasado.
Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó la conversación.
–La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramos agradecido la vida… Vamos a ver, con franqueza: ¿por qué ha venido usted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí, a quien apenas conoce?
Rafael, enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigiera una confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su pensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquello días; pero se contuvo y se asió a un pretexto.
–Mi entusiasmo por la artista –dijo con timidez–. Yo admiro mucho el talento de usted.
Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.
–Pero ¡si usted no me conoce! ¿Si usted no me ha oído nunca!… ¿Qué sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser que ese parlanchín de Cupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy algo conocida fuera de aquí.
Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.
–Vamos, Rafael –continuó cariñosamente la artista–; no sea usted niño ni pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para engañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no le han visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes, apostándose en el camino, como un espía? Está usted descubierto, señor mío.
El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies. Temblaba de miedo, arrebujándose en el manto de pieles, sin saber lo que hacía, y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones de Leonora.
–¿Conque no es verdad, embusterillo? –dijo ésta con cómica indignación–. ¿Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita su paseo de todas las tardes son estos alrededores?… ¡Dios mío, qué monstruo de falsedad es este chico! ¡Con qué aplomo miente!
Y Rafael, vencido por aquella alegría franca, acabó riéndose, confesando con una carcajada su delito.
–Usted se extrañará de mis actos y palabras –continuó Leonora, aproximándose más a él, apoyando un hombro en el suyo con un abandono fraternal, como si estuviera junto a una amiga–. Yo no soy como la mayoría de las mujeres. ¡Bueno fuera que con la vida que llevo me mostrara hipócrita!… Mi pobre tía me cree una loca porque digo las cosas como las siento; en mi vida me han querido mucho o me han aborrecido, por esta manía de no ocultar la verdad… ¿Quiere usted que se la diga?… Pues bien: usted ha venido aquí porque me ama, o al menos cree amarme: el defecto de todos los muchachos de su edad apenas encuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.
Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; sentía en su nuca la mirada de aquellos ojos verdes, cuya pupilas parecían registrarle el alma.
–A ver, levante usted esa cabeza; proteste un poquito, como antes. ¿Es verdad o no lo que digo?
–¿Y si fuera… ? – se atrevió a suspirar Rafael, viéndose descubierto bruscamente.
–Como sé que es cierto, he querido provocar esta explicación, para que usted no viva en el engaño. Después de lo de esta noche, deseo que seamos amigos, amigos nada más: dos camaradas unidos por el agradecimiento. Pero para evitar la confusión había que marcar nuestra respectivas situaciones. Seremos amigos, ¿eh?… Esta es su casa; yo le consideraré como un camarada simpático; con lo de esta noche ha ganado usted en mi ánimo más que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que no reincidirá en esas tonterías de admiración amorosa que han sido siempre el tormento de mi vida.
–¿Y si no puedo? –murmuró Rafael.
–La cantilena de siempre –dijo riendo Leonora, remedando la voz y la expresión del joven–. «¿Y si no puedo?» ¿Por qué no ha de poder usted? ¿Por qué ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que ve usted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventan ustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han oído cantadas por nosotras en la ópera. Invenciones de poeta que los muchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, no comprendiendo que los que estamos en el secreto nos reímos de su necedad. Conque ya lo sabe usted: a ser formal, a no ponerse pesado con miradas tiernas y frases entrecortadas. Así seremos amigos y ésta será su casa.
Se detuvo Leonora, y amenazándole graciosamente con el índice, añadió:
–De lo contrario, seré todo lo ingrata y cruel que usted quiera; pero, a pesar de la hermosa acción d esta noche, usted no entrará más aquí. No quiero adoradores; he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad… ¡El amor… , hermosa y cruel patraña!…
Dijo estas últimas palabras con acento grave, y quedó inmóvil mucho rato, con la vista perdida en la inmensa sábana de agua.
Ahora la miraba Rafael. Había levantado la cabeza y contemplaba a Leonora, pensativa. Su hermoso rostro se teñía de una luz azulada que parecía envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer, y los plomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar, transparentando una claridad lívida.
Leonora se estremeció, como si sintiera frío, apretándose instintivamente contra Rafael. Pareció sacudir con un movimiento de cabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendiéndole una mano:
–¿Qué resolvemos? ¿Amigos o indiferentes? ¿Promete usted no incurrir en niñerías y ser un camarada formal?
Rafael estrechó con avidez aquella mano suave y fuerte, sintiendo en sus dedos, como cariñosa mordedura, el contacto de las sortijas.
–¡Amigo!… Me resignaré, ya que no hay otro remedio.
–Se resignará usted y encontrará dulce y tolerable eso que cree un sacrificio; usted no me conoce; pero créame a mí, que me conozco bien. Aunque llegase a amarle, y esto no será nunca, saldría usted perdiendo. Yo valgo más como amiga que como amante. Hay en el mundo más de uno y de dos que lo saben bien.
–Seré un amigo dispuesto a hacer por usted mucho más que esta noche. También espero yo que usted llegará conocerme.
–Déjese usted de promesas. ¿Qué más ha de hacer usted por mí? El río no se desborda todos los días, ni son posibles a cada momento estas hazañas novelescas. Me basta con lo de esta noche. No sabe usted cuánto se lo agradezco. Ha sido un paso decisivo en mi corazón de amiga. ¿Quiere usted que siga siendo franca? Pues cuando lo encontré allá, en la ermita, me pareció usted uno de esos señoritos lugareños que, acostumbrados a triunfar en el pueblo, miran como de su dominio cuantas mujeres encuentran. Después, al verlo rondando en esta casa, se aumentó mi desprecio y mi rabia. «Pero ese señoritín, ¿que se habrá figurado?» ¡Lo que hemos reído a costa de usted Beppa y yo! Ni siquiera me había fijado en su cara y su figura; no me había dado cuenta de que es usted guapo.
Leonora reía recordando sus cóleras contra Rafael, y éste, anonadado por su franqueza, sonreía también para ocultar su turbación.
–Pero después de lo de esta noche le quiero a usted… como un buen amigo. Estoy sola; la amistad de un muchacho bueno y noble como usted, capaz del sacrificio por una mujer a la que apenas conoce, resulta grata. Además, esto no compromete. Yo soy ave de paso; he venido porque estoy cansada, enferma no sé de qué, pero profundamente quebrantada en mi espíritu. Necesito reposo, vida animal, sumirme en una dulce imbecilidad, olvidarlo todo, y acepto con reconocimiento su mano amiga. Después, el día menos lo piense usted, levantaré el vuelo; la primera mañana que despierte alegre y me cante dentro de la cabeza el pájaro travieso que tantas locuras me ha aconsejado, hago las maletas y ¡a mover las alas! Le escribiré, le enviaré periódicos que hablen de mí, y usted verá cómo tiene una amiga que no le olvida y le saluda desde Londres, San Petersburgo o Nueva York, cualquiera de los rincones de este mundo que muchos creen grande, y en el cual no puedo revolverme sin tropezar con el fastidio.