Kitabı oku: «Al rojo vivo»

Título original inglés: Blood Grove.
Autor: Walter Mosley.
© The Thing Itself, Inc., 2021
Esta edición ha sido publicada por acuerdo con Little, Brown and Company,
Nueva York, Nueva York, EE.UU. Todos los derechos reservados.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2021.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2021.
Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: octubre de 2021.
REF.: ODBO973
ISBN: 978-84-9187-907-7
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PARA DIANE HOUSLIN Y SU INFATIGABLE BÚSQUEDA DE LA VERDAD
1
LUNES, 7 DE JULIO DE 1969
Estaba mirando por la ventana del despacho de la segunda planta el invernadero construido deprisa y corriendo en el patio vecino que lindaba con nuestra valla trasera. La estructura del vivero estaba construida con tablones de pino. El armazón se encontraba firmemente recubierto de láminas de plástico semiopaco que apenas aleteaban por efecto de la brisa matinal. La estructura me recordaba un barracón del ejército quizá con un tercio de su tamaño. De dos metros de alto por otros tantos de ancho, tenía cuatro veces esa longitud, con un tejado triangular parcialmente aplanado. Los vecinos actuales, siete hippies melenudos, se habían mudado hacía cinco meses. El primer día construyeron el vivero y lo cablearon para que tuviera luz eléctrica de manera perpetua. Prácticamente, todas las horas diurnas desde entonces habían estado trajinando de aquí para allá sacos de tierra, regaderas, macetas de cerámica, mejunjes insecticidas y también herramientas de poda diversas.
Algunas noches celebraban fiestas. Estas festividades solían extenderse al porche y el jardín delanteros, pero nunca al patio de atrás. Excepto los Siete, nadie tenía acceso al invernadero.
Eran una cuadrilla de aspecto interesante. Tres mujeres y cuatros hombres; todos más o menos veinteañeros. Todos blancos salvo un joven negro. Vestían vaqueros bordados y camisetas raídas, casi todas las tardes pasaban una hora o así sentados alrededor de una mesa de pícnic de secuoya comiendo platos preparados, servidos y compartidos por las mujeres. Escanciaban vino de garrafones de vidrio verde de cuatro litros de tinto Gallo y hacían rular cigarrillos liados a mano en un círculo interminable.
Me caían bien los granjeros urbanos. Me recordaban la vida en mi hogar de infancia: New Iberia, Luisiana.
Los Ángeles era una ciudad de paso por aquel entonces. La gente iba y venía con regularidad predecible. Cinco meses era una larga estancia para inquilinos sin lazos de sangre ni hijos.
Cuando se abrió la puerta de la casa de los hippies miré la esfera blanca de mi Chronometer mit Kalender Gruen. Eran las 7:04 del lunes, 7 de julio de 1969. El hippie al que había apodado Stache salió del dúplex de estilo ranchero solo con los vaqueros puestos. El apodo se debía al abundante mostacho que lucía. Me encontraba detrás de la ventana porque Stache aparecía todas las mañanas bien temprano con una regadera de hojalata de cuello largo, sin camiseta ni zapatos. El ritual había activado mi instinto de investigador.
Cuando Stache se agachó a coger la manguera, me aparté de la ventana, pero me quedé de pie detrás de la mesa de escritorio extragrande. Un caso me había llevado a Las Vegas durante la semana anterior. Era mi primer día en la agencia desde mi regreso y de momento yo era el único allí esa mañana.
Por un instante me planteé sentarme y dejar por escrito los aspectos concretos del caso Zuma, pero los detalles, en especial el problema del pago, se me hacían una carga excesiva para el primer día. Así que, en vez de eso, decidí darme un garbeo y volver a familiarizarme con las oficinas antes de que llegasen mis colegas.
Nuestra agencia ocupaba toda la planta superior de lo que antaño fuera una casa grande en Robertson Boulevard, un poco más arriba de Pico. Mi despacho era el dormitorio principal al fondo del todo. Enfilando el pasillo desde allí pasé primero por la oficina de Tinsford Natly. A Tinsford se le conocía por lo general como Whisper y su sala dejaba bien a las claras que el apodo de «Susurro» si acaso se quedaba corto. Este despacho era pequeño y sin ventanas, amueblado con una mesa de roble baqueteada poco más grande que el escritorio que cabría esperar encontrarse en un aula de secundaria. Había dos sillas de madera con respaldo recto, una para Tinsford y otra para acomodar a cualquier visita o cliente que se abriera camino hasta él. Rara vez hablaba con más de una persona al mismo tiempo porque, según decía, «Demasiadas cabezas enturbian el agua».
Encima de la mesa no había nada, cosa poco habitual. Que yo recordara, Whisper siempre tenía una sola hoja de papel centrada encima de su escritorio. Era una hoja distinta cada vez con algo escrito que parecía prosaico, pero a menudo albergaba significados más profundos. No había fotografías en las paredes, ni archivadores ni alfombra. Su despacho era como la celda monástica en la que un clérigo sin edad estudiara las Sagradas Escrituras; un versículo, a veces una palabra cada vez.
Un poco más adelante, en el otro lado del pasillo, el despacho de Saul Lynx era el triple de grande que el de Whisper y la cuarta parte que el mío. Su mesa era de caoba y en forma de riñón. Tenía un canapé azul y un sillón tapizado de color verde hoja para los clientes. Detrás de su lustrosa mesa, cubierta de chismes y fotografías de su esposa negra y sus hijos multirraciales, había una silla giratoria de color borgoña. Había al menos doscientos libros en las estanterías que bordeaban la ventana. Tenía cinco archivadores de arce, un enorme globo terráqueo de pie y una mesita de trabajo con una lámpara de techo donde cartografiaba sus campañas de investigación.
El despacho de Saul estaba atestado pero limpio. La mesita y el escritorio estaban a menudo desordenados porque Saul generalmente tenía prisa por salir a la calle, donde los investigadores como nosotros teníamos que lidiar con los encargos que aceptábamos. Pero ese lunes por la mañana todo estaba en su lugar indicado, casi como si se hubiera ido de vacaciones.
Fui de los despachos de atrás al vestíbulo reconvertido, donde estaba la mesa de Niska Redman.
Niska era nuestra secretaria, recepcionista y gerente. Unos años antes, Tinsford sacó a su padre de un embrollo y ella entró a trabajar para él. Cuando yo tuve un golpe de suerte y decidí abrir la Agencia de Detectives WRENS-L, ella vino con su jefe. La joven mestiza de color caramelo era perfecta para lo que necesitábamos. Era alumna nocturna de penúltimo curso en Cal State, simpática y totalmente de fiar. Conocía todas nuestras rarezas y necesidades, nuestros temperamentos y costumbres. Niska era ese tipo de empleada poco común que hacía su trabajo sin supervisión y era más que capaz de pensar por su cuenta.
Me senté a su impecable mesa de cerezo encarada hacia la puerta de entrada a nuestras oficinas. Respiré hondo y fui consciente de lo agradable que era estar solo y no tener prisas. Todo iba bien, así que no estoy seguro de por qué me vino a la cabeza semejante negrura...
Hacía cuatro años, me emborraché por primera vez en muchos años y conduje descalzo por la autopista de la costa del Pacífico de noche, muy por encima de la maleza rocosa a lo largo de la orilla. Intenté adelantar a un semirremolque y, como me encontré con tráfico en dirección contraria, me vi obligado a salir de la calzada hacia un arcén sin pavimentar. A continuación me sumí en la nada.
Unas horas después me localizó Mouse, que había seguido las indicaciones de la bruja Mama Jo.
El coma duró semanas, pero permanecía en cierto modo consciente bajo aquella mortaja, con la sensación de haber cruzado mucho más allá del límite de expiración. El suelo alrededor de mi lecho de muerte estaba sembrado de instantes de una vida desperdiciada.
Esos mismos restos me rodearon cuando estaba en la mesa de Niska iluminada por el sol. Empezó a costarme respirar y tuve la sensación de que, desde una profundidad insondable, me atrapaba entre sus garras el recuerdo de una vida llena de dolor y muerte. Era como si hubiera muerto en el accidente y, por tanto, cada vez que el espectro de esa época regresaba tuviera que luchar de nuevo contra el deseo de dejarme ir. Podría haber exhalado mi último suspiro en ese preciso instante. Luego me habrían encontrado mis amigos, tras haber fallecido sin motivo aparente.
Aunque asediado por la desesperanza, no tenía miedo. El sufrimiento de mi gente y mi vida me presionaban como minúsculas ascuas que consumían esa liberación que prometía el entumecimiento de la muerte. Mi pecho y mis hombros ascendían y descendían lentamente. En los haces de sol que atravesaban la ventana veía motas de polvo iluminadas por la luz. Esas briznas flotantes estaban acompañadas de insectos inconcebiblemente pequeños que acometían su búsqueda alada de sustento, socorro y sexo. Al oír los crujidos intermitentes de la casa, causados por la brisa matinal, volví a acoplarme de alguna manera al ritmo de la vida.
Después de todo eso me sentí agotado y al mismo tiempo aliviado. Me había recordado que las batallas más desesperadas se libran en los corazones y las almas, y que la muerte no es más que el truco final de la mente.
—Hola, señor Rawlins.
Consulté mi reloj de esfera blanca antes de mirar a Niska Redman. Eran las 8:17. Había pasado casi una hora desde el momento en que me había sentado en su silla de oficina.
Niska llevaba un vestido verde trébol de una pieza que no llegaba a cubrirle las hermosas rodillas. Me gustaban sus pecas en torno a la nariz y su sonrisa que daba a entender que se alegraba sinceramente de verme. Colgado del hombro izquierdo llevaba un bolso de lona bastante grande de color ante.
—Hola, N. ¿Cómo te va?
—Bien. Anoche preparé pudin de arroz integral. —Dejó el bolso de bandolera encima de la mesa y lo abrió de par en par. Vi en su interior su monedero de lunares blanco y azul, unos libros, una esterilla para hacer ejercicio, un peine afro y otro de púas finas, dos cepillos, una bolsa de maquillaje y un túper de un litro. Sacó este último objeto y lo dejó delante de mí.
—¿Quieres un poco? —preguntó.
—Quizá después.
Me levanté de su silla y ella se acercó para quedarse al lado.
—¿Buscabas algo en mi mesa?
—No. Solo quería tener una perspectiva diferente, nada más. ¿Dónde está Tinsford? Creo que nunca había llegado antes que él, a no ser que él estuviera fuera trabajando en algún caso.
—Ajá, perdona, pero tengo que ir al servicio.
Se fue por el pasillo de los despachos hasta la puerta que había después de la de Whisper. Cogí una silla para las visitas de la pared contraria y la dejé delante de su puesto de trabajo, notando aún los temblores tras mi batalla a muerte con los demonios del pasado.
El teléfono sonó una vez y alargué el brazo para contestar.
—Agencia de Detectives WRENS-L.
—¿Easy?
—Hola, Saul. ¿Desde dónde llamas?
—¿No te lo ha dicho Niska?
—Acaba de llegar.
—Estoy en el norte. En los astilleros de Oakland.
—¿Oakland?
—Llamaron de la AI el miércoles pasado —dijo—. Tienen entre sus asegurados a la compañía naviera Seahawk. En los últimos dieciocho meses les ha desaparecido mucha carga y quieren que echemos un vistazo.
La AI era en realidad la CAI, siglas de la Corporación Aseguradora Internacional, una proveedora de indemnizaciones propiedad de Jean-Paul Villard, presidente y director general de P9, uno de los consorcios aseguradores más importantes del mundo. El segundo al mando de J. P. era Jackson Blue, un buen amigo mío. La CAI nos tenía contratados a comisión, de modo que cuando llamaban, uno de nosotros respondía.
—¿Te suena un grupo llamado los Panteras Invisibles? —preguntó Saul.
—No.
Al fondo de las oficinas se oyó la descarga de la cisterna del servicio.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Dicen que son una especie de grupo político de izquierda que no quiere darse a conocer.
Niska vino por el pasillo y se señaló la oreja con un gesto de interrogación.
—Es Saul —le dije. Y luego le pregunté a él—: ¿Es una organización estrictamente política?
—No lo sé, la verdad. Quizá paramilitar. ¿Está Niska contigo?
—Sí.
—Salúdala de mi parte.
—Esos grupos radicales de ahí arriba son peligrosos. Quizá deberías ir acompañado. Puedo decírselo a Fearless.
—No. Al menos no todavía. Solo estoy estableciendo contactos comprando productos electrónicos japoneses en el mercado negro. No hay nada de lo que preocuparse, de momento.
—De acuerdo. Pero no te arriesgues demasiado.
—No te preocupes. Dile a Niska que guardo los informes de gastos para cuando vuelva a casa.
—Vale. Ya hablaremos.
—¡Adiós, señor Lynx! —gritó Niska antes de que yo colgara.
—Dice que traerá los informes de gastos cuando vuelva.
—Eso dice siempre. Tinsford también se ha ido.
—¿Adónde?
Niska empezó a organizar su mesa mientras contestaba mi pregunta.
—El martes pasado vino una señora blanca mayor llamada Tella Monique —dijo—. Quería que Tinsford buscara a su hijo Mordello, porque su esposo lo desheredó y lo echó de casa cuando se casó con una católica hace nueve años.
—¿Nueve años?
—Ajá. Pero ahora que su marido ha muerto, quiere recuperar a su hijo y su familia.
—Entonces ¿adónde ha ido Whisper para ocuparse de todo eso? —pregunté.
—Está en Phoenix porque el hijo andaba por allí metido en una banda de moteros llamados los Snake-Eagles, o algo parecido.
—¿Una banda de moteros negros?
—No creo.
—Mierda. Espero que tenga el testamento al día.
Niska sonrió y dijo:
—Al señor Natly no lo ve nadie nunca. Ni se enterarán de que pasó por allí.
—¿Alguna noticia para mí?
—No, la verdad. ¿Has recibido el cheque del señor Zuma?
—Hum...
Charles Zuma, Chuck para los amigos, era un millonario con una hermana melliza llamada Charlotte. Durante la mayor parte de sus treinta y tantos años, Charlotte se ventiló su mitad de la considerable herencia. Luego se sirvió de un resquicio legal en el fondo fiduciario de la familia para convertir los veintiocho millones de Chuck en títulos al portador. Y después, Charlotte Zuma desapareció.
Su hermano me ofreció dos décimas partes del uno por ciento de todo el dinero que consiguiera recuperar. Acepté el trabajo porque no estaba relacionado con ningún crimen violento. Intentaba ocuparme de encargos fáciles que no incluyeran, por ejemplo, bandas de moteros y grupos paramilitares izquierdistas.
—¿Has conseguido el dinero? —insistió Niska.
—En teoría.
—En teoría, ¿cuánto?
—La hermana aprendió de sus años de despilfarro —expliqué—. Sus asesores de inversión incrementaron el dinero de Chuck hasta casi los cuarenta millones.
—Eso son unos honorarios de ochenta mil dólares.
Hizo el cálculo sin usar los dedos.
—Los cuarenta millones están en fondos que tiene que desenmarañar todo un ejército de contables forenses.
—Pero tú solo necesitas ochenta mil.
—Chuck está sin blanca. Vive con un primo rico al norte de Santa Bárbara.
—Entonces ¿no cobramos?
—Pasará al menos un año antes de que él recupere lo suyo y nosotros lo nuestro. Pero me ha dado una garantía.
—¿Qué clase de garantía?
—Un Rolls-Royce Phantom VI de 1968 amarillo pálido. — Quizá sonriera un poco mientras recitaba el nombre.
—¿Un coche?
—Solo se fabricaron un centenar —dije—. Y ninguno en Estados Unidos. Vale por lo menos el doble de lo que nos debe Zuma.
—Pero un coche no se puede ingresar en el banco.
—Puedo venderlo.
—Un coche.
—Sí.
—¿Lo has aparcado abajo?
—Está en el taller.
—¿Un coche que ni siquiera funciona?
—Estaré en mi despacho.
2
Niska me caía bien. Analizaba cada problema antes de dar una respuesta y por lo tanto casi siempre hacía un buen trabajo. Pero yo no estaba con ánimo para buenos servicios ni para camaradería. Esa mañana me moría de ganas de estar a solas. El simple hecho de oír sus pasos por el pasillo me fastidiaba. Cuando fue al lavabo por segunda vez tuve que dejar el libro que estaba leyendo debido al lamento de las tuberías y el chasquido de la puerta al cerrarse. Hasta el tenue aroma de su perfume de aceite esencial parecía agobiarme.
A las 10:17 tomé una decisión. Me llevó unos minutos más sofocar la furia irracional antes de salir a la oficina exterior.
Niska estaba escribiendo a máquina a gran velocidad en su IBM Selectric. Mecanografiaba, organizaba y archivaba nuestras notas, correspondencia y diarios de casos. A setenta y cinco palabras por minuto, el veloz tableteo de la bola de letras sobre el papel me produjo dentera.
—Niska.
—¿Sí, señor Rawlins?
Interrumpió el estruendo y levantó la vista con aire inocente.Detrás de una sonrisa forzada, le pregunté:
—A ti te va ese rollo de la meditación trascendental, ¿verdad?
La sorpresa le hizo inclinar la cabeza hacia atrás unos centímetros.
—Hum —dijo—. Sí. ¿Por qué?
—Organizan retiros de dos semanas a los que todo el mundo va a hacer yoga, ¿no?
—Se hacen algunos ejercicios, pero sobre todo se medita. Yo he ido a dos retiros de fin de semana, pero los de una semana son muy caros. Y además solo tengo dos semanas de vacaciones. Estaba pensando en ir a uno en Navidad, quizá.
—¿Cuánto cuesta? —me interesé.
—Ciento treinta dólares, por una semana.
—¿Y si te doy dos semanas de fiesta y dinero suficiente para el retiro, además de tu sueldo? ¿Podrías llamarles e irte esta misma mañana?
—Pero ¿qué pasa con los expedientes y el teléfono?
—Los expedientes pueden esperar y aprendí a contestar al teléfono antes de que tú nacieras.
Esto cogió por sorpresa a la recepcionista-gerente de la oficina, que frunció el ceño y arrugó la pecosa nariz.
—No lo entiendo —dijo.
—Quiero estar solo, cielo. Eso es todo. Whisper y Saul ya están fuera, seguramente durante una temporada. Creo que eso nos vendría bien a los dos.
—Entonces ¿quieres que recoja mis cosas y me vaya sin más?
—En cuanto saque el dinero que necesitas de la caja fuerte.
Protestó, puso reparos y discutió, más que nada porque no había muchos precedentes de un jefe que diera fiesta a sus empleados por capricho allá en 1969. Y doscientos sesenta dólares más el sueldo de dos semanas por hacer algo que te encantaba era inaudito. Pero la oferta era demasiado buena para rechazarla, así que a mediodía se había ido y yo pude volver a mi despacho en soledad.
Me retrepé en mi amplio trono de roble y proferí un sonoro suspiro.
—Por fin solo —dije en voz alta.
«O bien para siempre o bien por poco rato», salmodió una voz incorpórea.
En vida, esa voz era la de un anciano al que solo conocía como Sorry. Era el hombre más sabio de mi infancia, cuyos consejos me vendrían a la cabeza cada dos años o así para recordarme que no lo sabía todo y, por lo tanto, más me valía estar atento a pieles de plátano, curvas sin visibilidad, maridos celosos y esposas atractivas.
Más de una vez me preocupó que esa voz fuera indicio de una grave enfermedad mental. Luego recordaba que vivíamos en un mundo rebosante de locura, en el que la guerra, la amenaza nuclear y las matanzas de niños colmaban de angustia un día tras otro.
En el Estados Unidos que adoraba y detestaba podías hacerte rico o, más probablemente, quedarte sin blanca en un abrir y cerrar de ojos de un magnate desaprensivo. Por eso guardaba un montón de dinero en efectivo en algún lugar seguro y además no pagaba ni alquiler, ni hipoteca, ni impuestos sobre la propiedad. Mi auténtica riqueza era una pequeña familia, un puñado de amigos y un número de teléfono que no figuraba ni en la guía de la policía.
No eran más que precauciones normales. Algo que nunca olvidaba era mi condición de hombre negro en Estados Unidos, un país que había construido su grandeza sobre los baluartes de la esclavitud y el genocidio. A pesar de eso, y aunque tenía muy presentes los crímenes y a los criminales de Estados Unidos, no podía por menos de reconocer que nuestra nación ofrecía un futuro prometedor a cualquier mujer u hombre con cerebro, empeño y algo más que un poquito de suerte...
Escuché un sonido en la otra punta del pasillo que iba hacia la oficina principal. Probablemente, una de las grietas de los cimientos que se afianzaban. Pero también era posible que no fuera un sonido en absoluto, sino solo mi intuición.
Levanté la vista y vi la sombra de un hombre plantado a unos pasos del umbral, en la única salida de mi despacho.
«Ve hacia la izquierda o la derecha, pero nunca avances de frente, a menos que no haya otro remedio —aconsejaba a menudo el señor Chen en su clase de autodefensa—. Busca obtener ventaja en lugar de demostrar que eres el más fuerte. El otro siempre es más fuerte, pero tú le superarás por la derecha o por la izquierda».
El problema era que estaba sentado en una silla detrás de una mesa con la pistola más cercana en el cajón de abajo. Quienquiera que hubiese entrado era bueno; apenas había hecho ruido. Por mucho que me agachase hacia la derecha y abriera el cajón, él podría haberme disparado atravesando la madera.
Dio un paso adelante. Vi que era alto y delgado, y tenía andares de pantera, pero sus rasgos seguían ocultos en la penumbra.
—¿Easy Rawlins? —preguntó.
Con esas palabras, la visita inesperada cruzó el umbral. Tenía poco más de veinte años, el pelo corto tirando a rubio y un feo moretón en la sien izquierda. Llevaba una camisa de manga corta de cuadros blancos y color melocotón encima de una camiseta blanca. Sus vaqueros estaban rígidos y desembocaban en unas silenciosas zapatillas de deporte blancas. Ya sabía que era blanco por cómo había pronunciado sus palabras.
—¿Siempre abordas a la gente por sorpresa? —repuse.
—La puerta no estaba cerrada —contestó—. He saludado al entrar.
Dio otro paso y volví a sentarme. Dejó las manos vacías a los costados.
—Soy Rawlins. ¿Tú quién eres?
Dio otro paso a la vez que decía:
—Craig Kilian.
Un paso más. Por lo visto, tenía intención de llegar hasta mi mesa.
—¿Por qué no te sientas, señor Kilian?
El ofrecimiento pareció confundir al joven. Miró a su izquierda e identificó la silla de nogal de respaldo recto. Un momento después ejecutó los movimientos necesarios para sentarse.
—¿Acabas de dejar el ejército, Craig?
—Ajá. ¿Lo dices por el pelo al rape?
—Sí. Claro.
La mirada de Kilian tenía un aire de angustia que seguramente seguiría allí aunque no le hubieran golpeado en la cabeza. Durante toda la Segunda Guerra Mundial me había encontrado soldados a ambos lados del campo de batalla que tenían ese aire, que habían quedado destrozados por el estruendo de la guerra.
Craig cogió un paquete de tabaco True del bolsillo de la camisa. Sacó el pitillo con los labios, extrajo un librito de cerillas del envoltorio de celofán del paquete. Lo encendió, se llenó los pulmones de humo y exhaló.
Luego me lanzó una mirada inquisitiva y preguntó:
—¿Te importa que fume?
Me importaba. Llevaba un par de años intentando dejarlo. Pero había algo en el ceño fruncido de Craig que me empujó a dejarle un poco de margen.
Al verle dar chupadas al cigarrillo, me vino a la cabeza una primera hora de la mañana de octubre de 1945. Me encontraba a las afueras de Arnstadt, en Alemania, y estaba de guardia tras una larga noche de fuertes lluvias. La guerra acababa de terminar, por lo que ya no estábamos tan alerta como lo habíamos estado en batalla. Mi marca era Lucky Strike. Mientras fumaba, me preguntaba lo que sería volver a mi casa en Texas después de flanquear y vencer al hombre blanco, y también hacer buenas migas con sus mujeres.
No sé qué me impulsó a mirar hacia la derecha —un sonido, una intuición—, pero vi a un soldado alemán con el uniforme sucio y andrajoso que se abalanzaba sobre mí con una bayoneta en alto. Me volví justo a tiempo para agarrar la mano que blandía el cuchillo por la muñeca. En ese instante nos encontramos aferrados el uno al otro, trabados, casi inmóviles, en una lucha a muerte. Mi cigarrillo cayó sobre la manga de su tabardo. No sé qué aspecto tenía yo a sus ojos, pero su rostro demacrado se veía desesperado y, cosa curiosa, casi suplicante. Apretaba cada vez más, pero yo me mantenía a su altura, tendón a tendón. Seguramente el factor decisivo en la reyerta fue que yo estaba bien alimentado y él no. Quizá había intentado matarme con la esperanza de conseguir unas cuantas raciones.
La manga que ardía sin llama empezó a humear y me cegó el ojo izquierdo. Hice una mueca de dolor y él apretó con más fuerza. Los dos temblábamos por el esfuerzo, literalmente encendidos. Reparé en que le resbalaba una lágrima del ojo. Al principio pensé que era una reacción al humo, pero luego vi, y sentí, que estaba llorando. Empezó a temblar más y logré tumbarlo contra el barro empapado de lluvia. Así obtuve ventaja y llevé el filo de la hoja hacia su cuello. Hacía todo lo posible por protegerse sin dejar de lloriquear.
Podría haberlo matado tal como había matado a una docena más en combate cuerpo a cuerpo. Dar muerte era algo que se hacía sin pensar después de años en el campo de batalla. En cambio, le aparté el brazo de la bayoneta, al golpeárselo contra la tierra mojada y así se extinguió el fuego. Soltó el cuchillo, se hizo un ovillo y lloró con todas sus fuerzas. Permanecí sentado a su lado largos minutos. Cuando por fin se incorporó, le di mis raciones y le indiqué que podía marcharse. Debería haberlo hecho prisionero de guerra, pero últimamente nuestras tropas habían estado ejecutando a todo aquel que considerasen nazi.
Craig Kilian me recordó al soldado al que había perdonado. Traumatizado por la guerra y aturdido por la vida civil, vivía en un mundo propio, e intentaba todavía encontrar el camino de regreso a casa. Había miles de jóvenes como Craig que volvían de Vietnam. Inocentes, asesinos y niños, todo entremezclado en cuerpos de veteranos curtidos por la guerra que no tenían ni idea de lo que habían hecho ni por qué.
Metí la mano en el cajón de la pistola y la saqué con un cenicero que guardaba ahí para cuando venía de visita mi amigo Mouse. Al tiempo que dejaba el recipiente de cerámica delante de Craig, dije:
—Adelante.
Dio otra calada al cigarrillo bajo en alquitrán y le propinó un toquecito para dejar caer la ceniza gris en la porcelana blanca.
Nos quedamos ahí sentados; él inclinado hacia delante, fumando, y yo retrepado, preguntándome si debería haber sacado la pistola del cajón.
Transcurrieron quizá dos minutos.
—¿Por qué estás aquí, señor Kilian?
—Me... me dijeron que... que eres buen detective y, hum, hum, honrado.
—¿Quién te lo dijo? —pregunté, con la mayor corrección.
—Un tipo llamado Larker. Kirkland Larker.
—No conozco a nadie que se llame así.
Kilian se me quedó mirando como un ciervo petrificado ante los faros de un coche.
—¿Es un veterano? —pregunté.
—Sí.
—¿De qué guerra?
—Vietnam.
—Yo no he estado allí. ¿Es negro?
—¿Puedes ayudarme? —preguntó Craig en vez de contestar.
—Supongo que buscas a alguien honrado porque hay que investigar algo cuestionable.
—¿Por qué lo dices?
—El moretón en la cabeza. Estás dándome largas en lugar de decirme a qué has venido. El detalle de que no me miras a los ojos.
—Necesito alguien en quien confiar —dijo mientras me miraba de hito en hito.
—¿Para hacer qué?
La pregunta podría haber sido un par de cables pelados en contacto con sus maxilares. Su rostro sufrió unas contracciones exageradas, como un malvado de dibujos animados que, pese a toda su fuerza bruta, no habría sido capaz de vapulear a Popeye.
Todo eso fue el simple preludio a la súbita y atronadora réplica de la explosión que resonó en el despacho.
3
Los cristales a mi espalda retemblaron en los marcos. Noté cómo el aire presionaba mis tímpanos.
No era más que otro estampido sónico, un reactor militar rompiendo la barrera del sonido. Lo había oído tantas veces que no tenía la menor importancia. Pero para el recién licenciado por la Universidad de Vietnam fue cosa de vida o muerte.
En un instante Craig se lanzó por encima de la ancha mesa directamente contra mí.
Me aparté a la derecha, pero no lo bastante rápido.
El poderoso brazo izquierdo de Craig me atrapó y, por un momento, creí que iba a pasar mis últimos instantes en manos de un veterano curtido que había perdido la cordura en las junglas de Vietnam. Pero en vez de acuchillarme, estrangularme o vapulearme, el joven león reculó hacia el rincón más cercano, arrastrándome como si fuera una especie de escudo. Temblaba y de su pecho brotaba un gemido grave, casi un gruñido.
Me zafé de él, y me volví para mirarle a la cara, para protegerle del ataque imaginario. Tenía la cabeza enterrada entre los brazos. Se adueñó de él una inmovilidad sobrenatural.
—Tranquilo, soldado —le dije con calma a su coronilla—. No pasa nada. No ha sido más que un estampido sónico. Un estampido sónico. Estás a salvo. A salvo.
—¿Cuántos, sargento? —preguntó Craig en voz baja—. ¿Cuántos hay?
—Están todos muertos, soldado. Llevan muertos mucho tiempo. Estás a salvo, sano y salvo.
Le puse una mano en el hombro derecho, lo que le hizo sufrir un espasmo y lanzar un grito ahogado.
—No pasa nada —insistí—. Están todos muertos. Muertos y enterrados.
Cuando le puse la mano encima esta vez, no ofreció resistencia.
—Los oigo —dijo—. Los oigo por la noche cuando todos los demás duermen. Los oigo.
Recordé los terrores nocturnos que me asaltaban después de liberar mi segundo campo de concentración; los esqueletos animados de hombres y mujeres que bailaban en torno a los cadáveres de los alemanes que habíamos matado.
—No era más que un estampido sónico —repetí, y Craig levantó la cabeza.
Miró alrededor confuso. Parecía no saber cómo había acabado agazapado en el suelo con un negro arrodillado delante.
—¿Qué ha pasado? —me preguntó.
—Algún idiota ha roto la barrera del sonido y has tenido un flashback de la guerra.
Asintió y le tendí una mano para ponernos los dos de pie.
—Uno de mis colegas guarda una botella de bourbon bastante bueno en el cajón de su mesa —dije—. ¿Por qué no echamos un trago?
Whisper siempre tenía un quinto de bourbon de malta agria Cabin Still en el cajón de abajo. También tenía vasos. Apuré el primer trago de golpe. Craig me imitó. Le hizo toser bastante. El segundo trago lo tomé a sorbos, pero él también lo apuró de golpe, esta vez atragantándose apenas un poco.
Alargó el vaso para la tercera ronda, pero negué con la cabeza y dije:
—Primero volvamos a mi despacho para averiguar por qué necesitas un detective honrado.
Estábamos otra vez sentados, otra vez en silencio, Craig mirando a todas partes menos a mí. Después de dejarlo estar un rato, le dije:
—Bueno, ¿qué quieres, Craig?
Hizo un gesto avinagrado y apartó la vista, tan inquieto que por un momento tuve la sensación de que iba a abandonar la silla a gatas.
Luego se quedó inmóvil.
—¿Has oído hablar de Blood Grove, el campo de sangre? —preguntó.
—Me parece que no. ¿Alguna batalla en Vietnam?
—No. Es un... es un naranjal allá al fondo del valle de San Fernando. Están especializados en naranjas de la variedad sanguina.
—Bien. ¿Es ese tu problema? —No estaba impaciente, pero a Craig había que tirarle de la lengua o se trababa.
—Me gusta... me gusta ir de acampada allí cuando empiezo a tener pesadillas incluso estando despierto, ¿sabes?
Asentí.
—Allí no hay más que granjas. Y si subes hasta un sitio que se llama Knowles Rock, hay una cabaña que no usa nadie y una zona de acampada donde puedes hacer una hoguera y estar tan solo como si fueras el único hombre en el mundo entero. Suelo ir a esa zona de acampada porque me gusta dormir al raso. La cabaña está a unos cuatrocientos metros de allí, más o menos.
—Y el problema que tienes, ¿está relacionado con ese lugar?
Craig me miró y parpadeó.
—Sí —asintió—. Estaba profundamente dormido al caer la noche. Había hecho calor ese día y hay una caminata de algo más de once kilómetros desde donde aparco el coche de mi madre. Me acosté temprano. Pero luego me desperté de pronto al salir la luna. Había una luna llena mirándome directamente a la cara. Y cuando me incorporé, vi que alguien había encendido un fuego en la cabaña.
—A cuatrocientos metros de allí —dije solo para demostrar que escuchaba.
—Sí. Miré la luna y luego el fulgor del fuego y fue como si me sintiera atraído; como una especie de mariposa nocturna o así. Y entonces oí a una mujer gritar: «¡Alonzo! ¡Alonzo!». Llegaba atenuado por la distancia y los árboles, pero lo oí. Seguramente había estado gritando y fue eso lo que me despertó.
»Antes de darme cuenta estaba de pie en calzoncillos largos y camiseta corriendo hacia la cabaña. Cuanto más me acercaba, más fuerte sonaban los gritos. Parecía estar loca de miedo.
Craig se interrumpió para ponerse la mano derecha sobre la boca y la nariz. Pensé que iba a tener que instarle a seguir otra vez, pero entonces dijo:
—Estaban fuera de la cabaña. La mujer tenía toda la ropa desgarrada. Un hombretón negro de melena lisa la había atado a un árbol. Tenía un cuchillo. Cuando quise darme cuenta, iba corriendo hacia él.
Craig dejó de hablar porque estaba recordando lo sucedido en el naranjal. Estaba hechizado, jadeante también.
—¿Qué pasó entonces? —pregunté.
—Le agarré. Intenté quitarle el cuchillo. Caímos al suelo y la mujer, una chica en realidad, gritaba: «¡No, no hagas eso! ¡No te metas!».
—No te metas ¿en qué?
—No lo sé —respondió casi suplicante—. No lo sé.
Eso dio pie a una pequeña pausa en la historia. Me alegré de haber enviado a Niska a otra parte.
Unos instantes después, dije:
—¿Por qué no acabas de contarme lo ocurrido, Craig? Acaba la historia y nos tomamos otro trago.
—Rodábamos por el suelo, peleando por el cuchillo, y la chica gritaba... y entonces lo volteé.
—¿Como con una llave de judo?
—Qué va. Intentaba ponerse encima de mí, pero antes de que lo lograra tomé impulso y caí sobre él. Fue entonces cuando noté que el cuchillo se le hundía el pecho. Abrió los ojos de par en par como lo hace un hombre cuando sabe que ha recibido una herida grave.
Craig Kilian se levantó y retrocedió, derribando la silla. Retrocedió hasta la pared que estaba a un metro largo, a su espalda. Me dio la sensación de que habría recorrido un kilómetro si no hubiera habido nada que lo detuviese.
—Me levanté por encima de él y vi que estaba aferrado al mango de la bayoneta, bueno, del cuchillo. La chica gritó: «¡Alonzo!».
—¿Alonzo? —pregunté.
—Yo iba a llamar a gritos a un médico, pero entonces algo me golpeó. —Se llevó la mano al moretón de la sien. Le resbalaban lágrimas de los ojos, pero, aparte de eso, no daba señales de estar llorando; no movía los hombros arriba y abajo ni gemía.
Casi podía ver al hombre agonizante tendido ante la mirada de Kilian. Llevaba a cuestas la Guerra de Vietnam con todos sus muertos, sus bombardeos de saturación y sus pesadas botas. A lo lejos, mucho más distantes en el tiempo, imaginé Corea y Auschwitz, Nagasaki y diez mil barcos de esclavos en el lejano horizonte procedentes de los mares de África.
—Señor Kilian. —Llevaba unos minutos sin articular palabra—. Craig.
Levantó la vista del suelo donde yacía agonizante un hombre llamado Alonzo. Me vio, pero no tuve claro que supiera a qué se debía mi presencia.
—¿Qué?
—¿Qué pasó después de que te golpearan?
A juzgar por su expresión, la pregunta no parecía tener sentido.
—Después de que acuchillaras a Alonzo —añadí.
—Perdí el conocimiento —dijo—. Al despertar era por la mañana. Las seis, más o menos. Había salido el sol.
—¿Y qué hay de la chica y el tipo acuchillado?
—No había nadie —recordó a la vez que meneaba la cabeza—. Nadie más que el perro.
—¿Qué perro?
—Un pequeño cachorro negro que me lamía la cara. No estaban la chica blanca ni el negro. Ni siquiera vi rastros de sangre en el suelo.
—¿Había desaparecido todo?
—Solo estaban el perro y como un millar de mariposas de la col blancas revoloteando sobre la hierba.
—¿La mujer blanca era grande y fuerte? —indagué.
—Qué va. Era pequeña.
—¿Y cómo era Alonzo?
—Un poco más alto que yo y corpulento. Ya sabes, noventa kilos o más.
—Venga —dije—. Vamos a echar otro trago de bourbon.
4
Me senté a la mesa de Whisper y le dejé a Craig la silla de las visitas. Le advertí que bebiera poco a poco porque no le iba a servir más.
Parte de su relato tenía visos de ser cierto, quizá incluso la mayor parte. Pero, sobre todo, creía en la bondad innata del soldado traumatizado.
«Bondad» es una palabra complicada en mi profesión. Hombres y mujeres buenos pueden ser culpables de delitos terribles, igual que hay gente con malas intenciones cuya culpabilidad nunca se llega a demostrar ante los tribunales. En un libro que había leído recientemente, el protagonista, Billy Budd, era tan buen hombre como el que más, pero asesinaba a un canalla llamado Claggart. Bondad y culpabilidad a menudo van de la mano.
—Bueno, ¿qué quieres de mí? —pregunté.
La primera reacción del veterano fue la misma que si lo hubiera abofeteado. Echó la cabeza hacia atrás y asomó a sus ojos un destello de furia. Pero en algún momento de su trayectoria Craig Kilian había podido controlar el mal genio. Respiró hondo y se estremeció.
—Eres detective —contestó—. De los buenos, según me han dicho.
—Un tipo del que no he oído hablar nunca.
—Quiero que averigües si maté a ese hombre y qué le ocurrió a la mujer. ¿Qué estaban haciendo allí?
—¿Cuál de ellas?
—¿Quieres decir que esas personas podrían haber ido por razones distintas?
—No. Me refiero a qué cosa es más importante. Si murió el hombre o si la mujer sobrevivió y está bien. O por qué estaban allí.
—Lo más importante es si lo maté —aseguró—. Pero me gustaría saberlo todo. Creo que tengo la obligación de saberlo.
—¿Dijo Alonzo el nombre de ella?
—No.
—¿Te golpeó ella o seguía atada?
La pregunta cogió a Craig por sorpresa. Se lo pensó un momento, un momento más. Por lo visto, la respuesta era muy importante.
—Estaba atada, sí, con cuerdas, pero estaban un poco flojas. Podría haberse desatado.
Me repantigué y sopesé sus palabras. Era un caso de esos que ni siquiera debería haberme planteado aceptar. Pero había algo...
—¿Por qué necesitas esas respuestas? —quise saber.
—Porque no puedo dormir. No he pegado ojo ni diez minutos desde esa mañana.
—¿Cuántos días hace que ocurrió?
—Tres. Tres días.
—Mira, tío, te metiste en una pelea, quizá acuchillaste a un tipo y luego te dejaron sin conocimiento. Despertaste y no había cadáver ni nadie que pudiera haberse llevado de allí a un hombretón como aquel. Probablemente ella era su novia y quien le ayudó a escapar. Es lo que suele suceder. Un hombre y una mujer se pelean. Él la zurra y ella pide ayuda a gritos, pero si alguien se entromete, la chica se vuelve en su contra. Le da en toda la cabeza con una piedra.
—¿Por qué iba a hacer tal cosa?
—¿Por qué hay jóvenes como tú matando a mujeres y niños en Vietnam? —dije a modo de respuesta.
Craig frunció el ceño. Estaba pensando en algo. Sus pensamientos no se tradujeron en palabras. Luego asintió. Tuve la sensación de que casi lo había convencido, casi había esquivado el balazo de la corazonada que me impulsaba a aceptar su caso.
—Hum —murmuró—. Entiendo lo que dices, pero ¿puedes hacerme un favor?
—¿Qué clase de favor?
—¿Hablarás con mi... mi madre?
—¿Tu madre?
—Ajá.
—¿Por qué?
—Creo que ella te lo explicaría mejor que yo.
—¿Estaba allí tu madre?
—No. Pero me conoce. Puede explicarte lo que pido.
—¿Qué puede decirme ella que no puedas decirme tú? —Estaba totalmente desconcertado.
—Llámala. Llámala y sabrás a qué me refiero.
Ahí estaba, ahora igual que a las 7:04 de la mañana, esperando a ver cuándo salía el hippie con la regadera de cuello largo. Había algo en Craig Kilian que me intrigaba.
—¿Y cómo me has encontrado? —pregunté.
—Ya te lo he dicho. Kirkland Larker. Dijo que eras un buen detective, que eras de color y quizá podrías localizar al tal Alonzo.
—Pero yo no conozco a ningún Kirkland.
—Pues él te conoce.
—¿De qué le conoces tú? —pregunté buscando una razón, cualquier razón. En un sentido u otro.
—Hay un bar en Western que se llama Little Anzio. No es un sitio oficial ni nada, pero van sobre todo veteranos.
—No he estado nunca allí, pero lo conozco. ¿Ese Kirkland lo frecuenta?
—Sí. Sí, lo conocí allí.
—No aparentas la edad suficiente para entrar en un bar.
—Tengo veintitrés años.
—¿Cuántos periodos de servicio?
—Tres.
—¿Qué clase de misiones?
—Las dos últimas de búsqueda y destrucción. —Al hablar de la guerra dio la impresión de sentirse más seguro.
—¿Y conociste al tal Kirkland en el Little Anzio?
—Me invitó a una copa un día. Nos pusimos a hablar.
—¿Cuándo fue eso?
—Quizá hace cuatro meses. Algo así.
—¿Y le contaste hace unos días lo de Alonzo y la chica blanca?
—Sí.
—Y fue la primera vez que me mencionó.
—Sí. Le conté que me había peleado con un... un negro por una chica blanca. Le dije que me noquearon y quería que alguien averiguara si ella estaba bien. Hizo una llamada y me facilitó tu nombre.
Iba a decir «Me había peleado con un negrata». No me cupo la menor duda.
Le sostuve la mirada y se inquietó un poco.
—Que yo localice a ese Alonzo, vivo o muerto, no puede traer nada bueno —le advertí—. ¿Quieres acabar en la cárcel por no haber podido dormir unas cuantas noches?
Craig se removió en la silla. Ese movimiento solo se podía describir como una ondulación; igual que si una criatura que había estado dormida en su interior despertase de repente.
—Bueno, ¿llamarás a mi madre?
—No.
La conmoción que reflejó su semblante casi me hizo reír. Fue como si un crío de ocho años acabara de abrir su corazón. Ni se le había pasado por la imaginación que yo pudiera rechazarlo.
—Si llegamos a hablar, tengo que verla en persona —aclaré—. No puedo fiarme de una voz que hable por teléfono de un asesinato.
—Ah, vale —dijo—. Claro. No hay problema. ¿Quieres que te dé la dirección? La llamo y le digo que vas a ir.
Pensé que quizá también debería decirle a ella que yo era un idiota. Quizá eso también.
Saqué una hoja de papel y un lápiz amarillo del número dos del cajón superior de Tinsford. Al hacerlo, caí en la cuenta de que sabría que había usado su despacho y me había bebido su bourbon. Esperaba que no le importase.
Le ofrecí el papel y el lápiz, y le dije:
—Anótalo. Dile que me pasaré a lo largo del día de hoy. Dame su teléfono también. Llamaré, pero solo para decirle cuándo voy. Ya que estás, podrías darme indicaciones para llegar a la zona de acampada, por si decido echar un vistazo.
—Podemos ir a ver a mi madre ahora mismo.
—Ahora tengo otros asuntos.
—No vas a ir con el cuento a la poli, ¿verdad?
Kilian se tensó en la silla y tuve dudas de que mi preparación en autodefensa fuera suficiente para contenerlo.
—¿Y qué les diría? —repuse—. ¿Que un chico blanco veterano de Vietnam dice que acuchilló a un tipo llamado Alonzo en otro condado, que lo dejaron inconsciente y que luego, cuando volvió en sí, el tipo acuchillado se había ido?
—No sé. Quizá.
—Anota esas indicaciones y el nombre de tu madre, su número de teléfono y su dirección. Dile que me pasaré luego.
El semblante de Craig dio a entender que quería discutir. Otra vez fue el intento de un crío de ocho años de salirse con la suya.
—Lo tomas o lo dejas —dije.
Un momento o dos después, empezó a escribir.
La entrada a nuestras oficinas daba a un hueco de escalera independiente que descendía hasta la calle. Acompañé a Craig Kilian a lo alto de las escaleras y lo seguí con la mirada al bajar. Por el ventanuco cuadrado que había frente a la puerta principal vi cómo cruzaba la calle y se montaba en un Studebaker de color cáscara de huevo. Pasaron tres minutos antes de que el motor arrancara y el coche se pusiera en marcha.
Una vez se hubo ido, volví a entrar y me cercioré de que la puerta quedara cerrada. Luego lavé los vasos de Tinsford y los dejé en el cajón. En el pequeño retrete hice mis necesidades y me aseé. En el espejo se reflejaban los rostros de muchos hombres: un negro de mediana edad en bastante buena forma pero cansado, un veterano no muy distinto de Craig Kilian, y un tipo que iba por libre y solo aceptaba órdenes por amor, obligación o, más veces de lo debido, como consecuencia de un sentimiento de culpa.
Quizá doce minutos después de que se hubiera ido mi cliente en potencia, caminaba hacia el sur hasta Pico y luego hacia el este. Al llegar a La Cienega, volví a tomar dirección sur.
No dejaba de preguntarme por qué no había rechazado la petición del veterano. No me traería más que problemas ir en busca de un hombre al que habían acuchillado en medio de un naranjal. Un hombre negro y una mujer blanca que bien podían haber sido alucinaciones, pero, teniendo en cuenta mi suerte, probablemente no lo fueran.
Habría rechazado su encargo sin pensármelo dos veces de no ser por la idea que tengo de un país como Estados Unidos que adoro y detesto a partes iguales.
En Estados Unidos, todo gira en torno a la raza o el dinero, o alguna combinación de ambos. Quién eres, qué tienes, cuál es tu apariencia, de dónde proceden los tuyos y qué dios protegía a su estirpe: esas eran las preguntas más importantes. Hay que sumar a eso que existe una raza de hombres y una raza de mujeres. Los ricos, famosos y poderosos creen que tienen una raza y los pobres saben con seguridad que la tienen. Lo que ocurre es que la mayoría de la gente tiene más de una raza. Los blancos tienen italianos, alemanes, irlandeses, polacos, ingleses, portugueses, rusos, españoles del Viejo Mundo, ricos del Nuevo Mundo y muchas combinaciones de todos ellos. Los negros tienen una paleta de colores que van desde el amarillo dorado hasta la noche sin luna, desde el mulato con una octava parte de negro al congoleño más profundo. Y los españoles del Nuevo Mundo tienen todas las naciones de México a Puerto Rico, de Colombia a Venezuela, cada cual una raza por derecho propio; por no hablar de los imperios, del azteca al maya o al olmeca.
Yo soy un negro más cercano a la medianoche de Mississippi que a su luna amarilla. También soy más del oeste, californiano oriundo del sur: Luisiana y Texas para ser exactos. Soy padre, lector e investigador privado, y veterano.
Soy veterano de la hostia.
Desde la arena sembrada de cadáveres el día D (ese día mi raza, durante un breve instante, fue estadounidense hasta los tuétanos) hasta la batalla de las Ardenas con sus ciento cincuenta mil muertos, o hasta las masas de cadáveres en los huesos, vivos y muertos, en Auschwitz-Birkenau. Las explosiones en los oídos, la muerte en las manos y el olor a pólvora y masacre me hermanaron con cualquier hombre, mujer o niño que alguna vez se alzó en armas o fue víctima de un alzamiento.
Debido a ese sangriento historial, Craig Kilian era tan hermano de sangre mío como cualquier negro estadounidense. Tenía que ayudarle porque veía su dolor al mirarme al espejo.
5
Fue más o menos en la calle Dieciocho cuando decidí ir a ver a la madre de Kilian. Tomada esa decisión, ya podía pensar en mi destino.
El Rolls-Royce Phantom VI de 1968 amarillo pálido estaba en el taller para su puesta a punto trimestral. Tenía en mi posesión un contrato según el cual el coche se me había arrendado durante un año mediante el pago de un dólar. Si, al final de ese periodo, Chuck Zuma no me abonaba como mínimo sesenta mil dólares, el vehículo pasaría a ser de mi propiedad.
Una manzana después de Sawyer, en el lado oeste de La Cienega, estaba la angosta entrada de un garaje mecánico con un cartel rojo y amarillo que rezaba SERVICIO Y REPARACIÓN DE COCHES DE IMPORTACIÓN sobre la persiana metálica cromada. Pasada la entrada, había una zona de trabajo ampliada para albergar tres elevadores hidráulicos rodeados de estanterías profundas abarrotadas de piezas y herramientas de automoción. El negocio era cosa de dos. El primero era un hombre de cincuenta y cuatro años llamado Lester Pineman, el dueño original, que ahora pasaba casi todo el tiempo sentado en una banqueta de metal sin respaldo en el rincón de un despacho a la entrada. Bajo, rechoncho de cintura, con manos poderosas y, por lo general, con un puro entre los dientes.
—Rawlins, ¿verdad? —preguntó con voz ronca. Imaginé que debía de tener la laringe lubricada con aceite de motor pesado después de tantos años en el garaje.
—Sí —dije con buen ánimo. Siempre estoy contento cuando he tomado la decisión y tengo el trabajo por delante.
—¡Lihn! —gritó Lester.
—¿Qué? —respondió una voz decididamente femenina desde las entrañas del taller.
—Es ese tipo que viene por el seis.
De detrás de una columna de hormigón apareció una figura baja con mono de color verde azulado. Se estaba quitando de las manos unos gruesos guantes de lona y meneaba la cabeza para retirarse el tupido pelo moreno hacia atrás. Era Vu Von Lihn, una refugiada vietnamita de treinta y siete años. Su historia consistía en que, de 1965 a 1967, había trabajado para Nguyên Van Thieu y su gabinete. Lester y Lihn se habían repartido el trabajo de modo que él mascaba puros, recogía el dinero y pontificaba mientras ella reparaba los elegantes automóviles.
Lihn era menuda y esbelta, fuerte y sensual. Tenía una cicatriz en forma de relámpago en la mejilla derecha que le había dejado el ojo de ese lado reducido a un globo inservible de color azul pálido. Tenía labios carnosos y un gesto natural de desdén que daba a entender que cualquier beso que diera podía entrañar una dentellada.
—Hola, señor Rawlins —dijo al tiempo que se me acercaba y me tendía la mano.
—Señora Vu Von —repuse.
—Puedes llamarme Lihn —contestó, casi como si lo tararease.
—¿Cómo está mi pequeño?
Se volvió para dirigirse al fondo del taller. Allí ella, y yo, encontramos el Rolls. El largo morro y la cabina clásica casi anunciaban elegancia a gritos. Tenía el chasis torneado y el capó y el techo negros, con los laterales amarillo pálido. Con solo mirarlo me quedé sin aliento.
—Está en perfectas condiciones —aseguró Lihn—. He hurgado un poco en el motor para que la calibración resista más que en la mayoría de estos desastres V8.
Asentí con la mirada fija en el coche, pensando en la mecánica.
—Dime una cosa, Lihn.
—¿Qué, señor Rawlins?
—Easy.
Me dirigió esa sonrisa peligrosa y dijo:
—Easy.
—Si solo hace uno o dos años que viniste de Vietnam, ¿cómo es que hablas tan bien inglés?
—Mi madre me mandaba a una escuela estadounidense por las mañanas en Saigón. Mi padre me enseñaba a reparar coches por las tardes.
—Ah. ¿Algún otro detalle que deba saber? —pregunté.
—No dejes que Lester te cobre. Todo lo que he hecho lo cubre la tarifa de mantenimiento que nos paga el señor Zuma.
Rodeé el coche planteándome dar unos puntapiés a los neumáticos. Luego me puse al volante de un salto y removí el trasero para ponerme cómodo.
—¿Seguro que te las puedes apañar con el volante a la derecha? —se interesó Lihn por la ventanilla abierta.
—Conduje una camioneta de reparto de hielo con el mismo sistema.
La explicación hizo sonreír a la mecánica.
—¿Sabes algo de Raymond? —me preguntó.
Cuando me entregaron el coche tuve que llevarlo al garaje. Mi buen amigo Raymond Alexander me siguió para llevarme de regreso a casa. Cuando se miraron él y Lihn, ocurrió algo, algo profundo: almas gemelas que se encontraban por primera vez. Mouse —ese es el apodo de Raymond— me dijo que podía quedarme su coche porque a él lo llevaría la mecánica.
—Estaba bien la última vez que le vi —dije—. De hecho, solo recuerdo unas cinco veces en los cuarenta y dos años que hace que lo conozco en que no estuviera contento y feliz.
—Dios no ha creado a muchos como él —afirmó con objetividad contundente.
—Y solo creó a un Ray —rematé.
Sonrió de nuevo y me sentí un poco celoso de mi perfecto, homicida y quizá incluso psicópata amigo.
Al salir por la puerta principal al volante de mi pedazo de paraíso, le dije a Lester que Lihn me había advertido que no adeudara los trescientos cincuenta dólares que me pedía. Frunció el entrecejo y mascó el puro, pero me las arreglé para irme sin que se liara a palancazos con el mejor coche que yo había tenido nunca.
Decidí tomar La Cienega en dirección a Sunset antes de dirigirme al oeste hacia mi nueva casa. Conducir ese coche era como navegar en yate por la calle; así de suave iba. El éxtasis secreto de haber alcanzado por fin el éxito colmaba el interior de ese Rolls.
Dejé atrás Pico y Olympic y crucé por fin Wilshire para llegar a Beverly Hills. Había avanzado un par de manzanas más cuando aparecieron las luces rojas centelleantes en el retrovisor extraamplio. Era una de esas llamadas de atención que reciben los hombres y las mujeres negros en Estados Unidos cuando cometen el error de creer que han alcanzado la libertad.
Me detuve junto al bordillo, puse ambas manos sobre el volante y permanecí sentado esperando con paciencia que se hiciese patente el cálculo de mi situación. La operación era una simple suma: Rolls-Royce + hombre negro sin gorra de chófer + cualquier día del siglo = dar el alto y cachear, interrogar y sojuzgar. Y, como el valor de pi, ese proceso tenía potencial para prolongarse eternamente.
Los polis optaron por la clásica maniobra de flanqueo. Uno se acercó a la ventanilla del lado del conductor mientras su compañero se aproximaba por detrás del coche para cerciorarse de que no tenía a un ejército escondido en el asiento trasero.
El poli que me encaraba me hizo el gesto de que bajara la ventanilla. Eso hice, notando la presión de los ojos del otro poli en la nuca.
—Carné y documentación del vehículo —me pidió el hombre de la ventanilla.
Era alto y delgado, de treinta y tantos y bronceado.
—¿No son de la Policía de Los Ángeles? —pregunté en lugar de obedecer.
—¿Qué más da? —En la placa del nombre ponía L. BOWEN.
—Estamos en Beverly Hills.
—Podemos efectuar detenciones fuera de nuestra jurisdicción cuando se trata de una persecución.
Se le escapó una sonrisa.
—¿Una persecución de qué? —pregunté pensando en la Declaración de Derechos.
—Han dado parte de que un hermano ha robado un Rolls-Royce.
Nos sostuvimos la mirada por encima de su mentira. Entonces se dio cuenta de algo.
—Oye... tú eres ese negrata, ¿verdad?
«O America, my America».
—¿A cuál se refiere? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta a la pregunta. Me reconoció como el asesor especial esporádico del comandante Melvin Suggs, que ocupaba el tercer rango más importante en el cuadro de mandos de la Policía de Los Ángeles.
—No te hagas el listillo conmigo —me advirtió L. Bowen.
Tenía el carné y los documentos encima del salpicadero. También tenía el título de propiedad firmado por Charles Zuma en el bolsillo de la pechera. Se los tendí a un hombre que de algún modo se las había arreglado para despreciarme sin conocerme en absoluto.
L. Bowen y su compañero, E. Simmons, echaron un vistazo a los documentos mientras discutían la suerte que iba a correr. No oía lo que decían, pero imaginé que estaban planteándose si podían emplumarme sin provocar la ira del jefazo de la Policía de Los Ángeles. Al final, L. me devolvió los documentos.
—Ibas cinco kilómetros por encima del límite de velocidad, pero, por esta vez, te vamos a dejar ir con una advertencia —dijo.
—¿Por lo del límite de Beverly Hills o lo de la persecución? —pregunté. No debería haberlo hecho.
Me hicieron bajar del coche y poner las manos en el techo del Rolls mientras me cacheaban. Me pusieron una multa, a sabiendas de que no la pagaría.
Todo el trámite duró en torno a media hora. Si hubiera sumado todas las medias horas de vida que me habían robado la policía, las fuerzas de seguridad, policías militares, burócratas, cajeros de banco e incluso empleados de gasolinera, podría haber salido un chaval de doce años ducho en preguntas inútiles, insultos sin sentido e inquina densa como la brea negra.
6
Llegué a Sunset Boulevard sin más incidentes. El tráfico por el Strip era lento, pero me gustaban las calles llenas de hippies, tiendas donde vendían hierba y discotecas. La juventud estadounidense andaba metida en eso que ellos llamaban una revolución cultural. Querían desertar y poner fin a la guerra, hacer el amor porque sí y olvidarse de los prejuicios del pasado. Esos nómadas melenudos que fumaban hierba y a menudo estaban en el paro me permitían atisbar lo que mi país, mi país, podría ser.
Ese día conducir por entre la plebe hippie ofrecía una ventaja adicional. Los jóvenes se comían con los ojos mi cochazo. Algunos, la mayoría blancos, me saludaban con el puño en alto del poder negro e incluso movían silenciosamente los labios diciendo: «Eso es, hermano».
Ese coche me gustaba mucho, pero que mucho más de lo debido.
Las aglomeraciones cesaron unas cinco o seis manzanas después, y ya avanzaba velozmente por el paseo, ahora bordeado de mansiones y árboles grandes, amplios jardines verdes y apenas ningún viandante. El límite de velocidad era más alto y casi nadie se fijaba en mi coche porque me internaba cada vez más en el territorio de la riqueza.
Unos cinco kilómetros después había un desvío sin nombre en dirección al norte que en seis o siete minutos se convirtió en una carretera sin asfaltar. El estrecho camino continuaba unos doce o trece kilómetros con un solitario Rolls-Royce amarillo por todo tráfico.
Tras veinte minutos o así de profundas roderas y curvas muy cerradas por puentes de madera que cruzaban cauces secos y una o dos charcas, me detuve delante de una verja alta de hierro. Un hombre salió de una garita de bambú que había delante de la barrera. Medía en torno a uno ochenta, hirsuto, con ojos azul océano y una piel atezada que había recibido el beso del sufrido sol de la historia siciliana. Bajo el pelo negro rizado y tras un bigote generoso, cualquiera le hubiera echado cuarenta y tantos años, pero yo sabía que Cosmo Longo acababa de cumplir treinta y dos el 3 de mayo.
El centinela me dirigió una gran sonrisa y se acercó a mí cuando me apeaba del coche.
—¡Easy! —anunció al bosque y la tierra, al cielo y la franja plateada del océano Pacífico que se veía entre dos riscos al oeste.
—Cosmo. ¿Qué tal te va hoy?
El inmigrante del sur de Italia llevaba unos gruesos pantalones negros con bragueta de botones y camisa blanca de un tejido bastante más basto que el de sus primas americanas. Sus pies descalzos eran más grandes que la mayoría de los zapatos.
—Le estoy tallando un crucifijo a mi tía de Cefalú.
Sacó una piedra granate de moderado tamaño que estaba transformando poco a poco en el icono religioso. Era a un tiempo ornamentada y primitiva, algo que hacía pensar en otra tierra natal, una que yo no había conocido.
—Precioso —dije.
El viril guardia sonrió y asintió. Luego dijo:
—Ha llegado hace unos quince minutos.
Sacó una llave de un bolsillo oscuro y la utilizó para abrir la puerta del tamaño de un hombre existente en la estructura metálica más grande. Me indicó que pasara y fuimos hasta la ladera de una colina de granito casi vertical en la que había un funicular. El lateral derecho del transporte de doble cabina era de vidrio tintado de color latón, cobre pulido y madera de ébano. Era precioso hasta el último detalle, lo que resultaba muy adecuado para su destino.
Levanté la vista ladera arriba hacia nuestra izquierda y dije:
—Seguro que Gaetano está en ese roble grande a medio camino.
—Ni siquiera está en esa colina —respondió Cosmo, riéndose de mi pésima suposición.
Siempre había dos guardias de apellido Longo en Brighthope Gate. Uno estaba en la garita de bambú esperando a inquilinos, visitantes, trabajadores y, naturalmente, invitados no deseados. Otro de los hermanos se ocultaba en algún lugar de las colinas circundantes con un rifle de largo alcance para proteger a su pariente y la entrada.
Cosmo abrió la puerta corredera del funicular y me hizo pasar. Una vez dentro, con el cinturón de seguridad puesto, activó el mecanismo que hacía subir mi cabina al tiempo que el contrapeso, la cabina izquierda, descendía de nuevo.
La pendiente era muy pronunciada, un ángulo de cien grados, y la vista a través de los cristales tintados de color tabaco era espléndida. A mi derecha se abría el océano Pacífico, un gigante dormido en el fin del mundo. A la izquierda estaba el paisaje en constante crecimiento de Los Ángeles, extendiéndose tan lejos hacia las colinas que los márgenes desaparecían entre la neblina y el esmog.
En la cima de la elevación estaba Brighthope Canyon, que en realidad no era un cañón, sino una hondonada no muy profunda abierta en la cumbre de una montaña costera, una exuberante depresión que albergaba seis casas conectadas entre ellas por senderos adoquinados desde hacía tres cuartas partes de siglo. La mayoría de los edificios no se veían, pues quedaban ocultos detrás y debajo de árboles y demás vegetación vital. Solo resultaba evidente una asombrosa mansión victoriana blanca y azul. Esa casa señorial era la capital del pueblecito donde Orchestra Solomon, Sadie, vivía con su alma gemela gay, Reynard Khan, un hombre de setenta y un años. Aunque Reynard nunca tocaba a Sadie, llevaba décadas a su lado.
Eran los propietarios de toda la finca, o más bien lo era ella. Sadie, y su padre antes que ella, ofrecían contratos de arriendo gratuito durante «noventa y nueve años hasta la muerte» a todos los que vivían allí. El anterior inquilino de mi domicilio se llamaba Norman. Murió a los ciento dos años. Norman había vivido tanto tiempo allí que nadie recordaba su apellido.
Heredé su casa después de que me presentara a Orchestra una magnate inmobiliaria menor llamada Jewelle Blue, amiga mía y esposa de Jackson. Reynard, que por entonces mantenía su sexualidad en secreto, estaba siendo chantajeado por un joven con una cámara: George Lund. George, conchabado con un hermoso joven de nombre Laurent, tenía a Reynard de rodillas. Yo me ocupé de ayudarle a ponerse en pie sin que nadie supiera de mi implicación. Fue una coordinación compleja, pero mis contactos en la policía, Melvin Suggs y Anatole McCourt, accedieron encantados a trincar y vapulear al extorsionista. Por lo que respecta a Reynard, el problema simplemente se esfumó. Orchestra se mostró sumamente generosa conmigo por mi sensibilidad. También creo que no descartaba tener que acudir en busca de ayuda a un hombre como yo de vez en cuando.
Así pues, decidió ofrecerme la casa de Norman, que llevaba vacía seis años.
Acepté el ofrecimiento de Sadie porque me preocupaba la seguridad de mi hija viviendo en alguna casa común y corriente en las calles de Los Ángeles. Mi trabajo como detective podía resultar bizantino e incluso, en ocasiones, directamente mortal. A menudo tenía la sensación de haber pasado por la vida como un surfista loco intentando sortear un monstruoso tsunami. Si vivíamos en la cima de la montaña, protegida por cinco guardaespaldas sicilianos, al menos Feather podía tener la sensación de llevar una vida normal: oliendo las flores y reflexionando sobre las ideas de Euclides y Shakespeare que le enseñaban en la escuela y las obras de W. E. B. DuBois y Sojourner Truth de mi biblioteca y la de Jackson y Jewelle Blue. Además, ningún otro barrio que pudiera permitirme dejaría que un hombre cultivara un huerto tanto en el jardín delantero de su casa como en su azotea.
La salida al final de los raíles verticales era una plataforma de hormigón grande y de forma irregular muy salpicada de piedras semipreciosas, discos de hierro con las figuras estampadas de docenas de criaturas salvajes y emblemas religiosos diversos reproducidos en toda suerte de metales, del cobre al zinc pasando por el oro.
Un sendero largo, curvo y en pendiente de ladrillo azul llevaba de la plataforma al pasaje adoquinado que serpenteaba entre las casas medio ocultas. Bajo la sombra de tres cipreses me encontré con Oktai Lorenz, un español de piel cobriza con ojos negros ligeramente asiáticos. Oktai tenía más de cincuenta años, era profesor especializado en historia de la guerra en la Universidad de California, en Los Ángeles, y coleccionista de mariposas. Medía uno noventa y cinco y tenía una constitución adecuada para llevar a la práctica la asignatura que impartía.
—Señor Rawlins.
—Señor[1] Lorenz.
—¿Cómo van las hostilidades por allá abajo?
—Se cuecen a fuego lento, pero no parece que vayan a hervir.
—Me alegro —dijo a mi paso.
La cuenca de Brighthope era en muchos aspectos un lugar tan excéntrico como los barrios negros de chabolas que conocí en los tiempos que estuve vagando por el este de Texas y el sur de Luisiana.
7
Unos minutos después de encontrarme con Oktai, llegué a la casa que estaría a mi nombre y luego al de mi hija durante los siguientes noventa y ocho años y cuarto.
Era de tres plantas y cilíndrica, estaba pintada de color blanco misión y envuelta esporádicamente en hiedra y enredaderas de fruta de la pasión. Había ventanas, tanto grandes como pequeñas, a intervalos extraños y de distintas formas. El sendero que llevaba a la puerta principal, pavimentado con baldosas de mármol blanco, lo flanqueaban melocotoneros enanos de metro y medio a un lado y ciruelos al otro. El jardín que antes rodeaba la construcción estaba ahora formado por hileras ondulantes de alubias, tomates, ñames, patatas, cebollas, ajos, una incipiente parcela de espárragos y guindillas de Luisiana. Yo pasaba el rato en el huerto todas las mañanas que podía. Y si estaba fuera, uno del clan Longo se aseguraba de que las malas hierbas no se desmadrasen y las plantas y los árboles estuvieran regados.
En la azotea de la casa, en grandes macetas de terracota, estaba cultivando veintisiete clases distintas de rosales.
Volver a casa siempre me hacía sonreír.
Fui hacia la gruesa puerta de madera de palo fierro sin adornos como si me diera la bienvenida una vieja amiga.
Mi amiga estaba entreabierta.
El vestíbulo de la casa no tenía paredes, sino que era un simple estrado que quedaba tres palmos por encima del resto de ese piso. Toda la planta baja de nuestra torreta era diáfana, con alguna columna de apoyo aquí y allá. Era una especie de laberíntica sala de estar dividida en secciones dependiendo de cómo se dispusiera el mobiliario. Si celebrábamos una fiesta, toda la planta era un espacio. Pero las más de las veces, había pequeñas áreas donde Feather recibía a sus amigos y yo a los míos.
Lo más asombroso de esa sala, y de la casa entera, era un arroyo que la cruzaba siguiendo un sinuoso cauce. El lecho del riachuelo se había cavado toscamente en la roca de la montaña. El agua manaba de un pozo subterráneo de una montaña vecina más alta. Era lo bastante fresca para beberla y la corriente en sí discurría poco caudalosa hasta que alcanzaba el estanque de carpas koi de colores cerca de la terraza al aire libre al fondo de la casa.
Seguí los cuarenta y un pasos de longitud del culebreante sendero que conducía a la galería iluminada por el sol y el estanque circular de cinco metros de ancho por uno de profundidad. Había más de ochenta carpas koi brincando en el agua. Los peces eran de color blanco, negro, azul, amarillo, crema, naranja, rojo y muchas combinaciones de todos ellos. Las grandes carpas de llamativos colores se paseaban y revoloteaban por el agua como si fueran ángeles de tiempos más antiguos, más sofisticados. Algunas medían bastante más de treinta centímetros. Mi sombra les hizo pensar en comida, por lo que se arracimaron en la superficie a mis pies.
Nuestro perrito amarillo, Frenchie, se acercó tambaleante a la orilla del agua imaginándose un pez dando coletazos entre sus dientes. Pero Frenchie era demasiado viejo para eso, y no lo bastante grande. Hubo una época en que me detestaba, pero los años lo habían apaciguado, y aunque rara vez salía a recibirme, ya no gruñía al olerme.
Al otro lado del estanque de carpas estaba la terraza exterior, más grande que mi primer apartamento cuando tenía catorce años y vivía por mi cuenta en Fifth Ward, en Houston. El patio estaba enlosado con baldosas azules y rojas de México y tapiado por una gruesa barrera de vidrio verde de metro cuarenta de alto.
Ella estaba allí de pie con un vestido rosa pálido que le llegaba hasta la mitad de unas pantorrillas bien torneadas. Con una mano en la repisa de ladrillo de vidrio verde, contemplaba el descenso hacia el océano de las montañas litorales.
—La puerta estaba sin cerrar otra vez —observé.
Volvió el cuerpo sin mover los pies, sonrió y dijo:
—Hola.
Ese movimiento lo confirmó. La hija de mi corazón se estaba convirtiendo en una mujer.
—La puerta —insistí.
—Papá, estamos en la cima de una montaña y conocemos a todos los vecinos. Si alguien llama, no pregunto quién es. Abro sin más.
Estaba pensando en Craig Kilian y la puerta de nuestra agencia, que permanecía abierta durante las horas de atención al público. Lo recordé abalanzándose sobre mí por encima de la mesa.
—A veces nuestros vecinos tienen invitados —señalé— y aunque conocemos a la gente a nuestro alrededor, eso no significa que lo sepamos todo de ellos.
—Estás paranoico.
—Es posible, pero aun así necesito que me respetes y hagas lo que digo.
Feather acabó de dar su media vuelta para tomarse en serio mis palabras.
—Te respeto —afirmó.
—Pero además tienes que cerrar la puerta.
—¿Qué ha pasado hoy, papá?
Respiré hondo. Mis dos hijos adoptados, Jesus y Feather, eran en muchos aspectos más inteligentes y, desde luego, más maduros que yo.
Jackson Blue, que había leído y retenido todos y cada uno de los libros importantes de la biblioteca central, me dijo una vez que cuando un niño queda huérfano a edad temprana, gran parte de su psique permanece fijada allí.
«Es como si el niño se convirtiera en adulto de repente en vez de madurar hasta llegar a serlo», dijo.
Yo llevaba solo desde los ocho años.
Le conté a Feather lo de Craig Kilian y cómo había sufrido una crisis al oír el estampido sónico. Cuando terminé, ella me sonrió y dijo:
—Tendré cuidado de cerrar la puerta a partir de ahora.
Tardé un minuto en lograr que los miedos y el enfado se atenuaran, y luego otro en apreciar que Feather consideraba un deber calmarme cuando me preocupaba por ella.
—¿Quieres que te prepare un té de naranja? —se ofreció.
Asentí.
—Vamos arriba.
Todas las escaleras de la Casa Redonda, como habíamos dado en llamar nuestro domicilio, ascendían pegadas a las paredes exteriores en curva. Las escaleras de madera de serpiente con refuerzos de acero de sesenta centímetros de ancho sobresalían de los muros blancos como de adobe acompañadas por barandillas de latón curvo con dos anclajes: uno en una planta y otro en la superior.
El primer piso era nuestra área de cocina y comedor. La cocina de ocho fogones tenía encimeras de roble de más de medio metro de ancho por tres lados, lo que constituía una especie de mesa. Toda la estructura ocupaba el centro de la zona de cocina. También había un enorme horno con parrilla empotrado en la pared central.
Me senté a la mesa-cocina mientras Feather trasteaba con el hervidor, el té a granel y las tazas.
—¿Qué has hecho hoy? —le pregunté, una vez superado el miedo provocado por una puerta abierta.
—Matteo me ha llevado a casa de Dawn Westerly. Su padre ha instalado una piscina olímpica, así que hemos hecho largos durante hora y media.
Matteo Longo era, entre otras cosas, el chófer de los inquilinos de Brighthope. Excepcionalmente alto, era un hombre de piel pálida con la cara cubierta de cicatrices y cráteres de acné adolescente. Le encantaba contar chistes, de modo que tenía mejor dominio del inglés que su padre o cualquiera de sus hermanos.
Matteo me había llevado a mí a trabajar esa mañana.
—¿Cuántos largos?
—No los hemos contado.
—¿Cómo vas a ganar la medalla de oro si no los cuentas?
—Papá —dijo con fingida exasperación.
Dejó una tetera llena y una taza grande de cerámica blanca ante mí y dijo:
—Déjalo reposar seis minutos.
—Esos sí tengo que contarlos, ¿eh?
Puso los ojos en blanco y ocupó el taburete al lado del mío.
—Bueno, ¿para qué te has vestido ahora? —le pregunté a la chica de trece años y medio y de piel de color crema tostado.
—¿No te acuerdas? Dijiste que podía ir a casa de Anita esta noche.
—¿Quién de todas ellas es esa? —pregunté procurando fingir que no me sonaba el nombre.
—Ya sabes. Anita Kolor. Sus padres tienen esa casa en Malibu Beach.
Conocía a Anita, a su madre, Mary-Margaret, y a su padre administrador, Keith Kolor. Saul Lynx llevó a cabo una verificación de antecedentes cuando empezó a estar claro que Anita y Feather se estaban haciendo amigas.
—Ah, claro —dije—. Ya sabes que me pone un poco nervioso que salgas con todos esos niños ricos de esa escuela tuya tan elegante. Bueno, es que no quiero que pienses que estamos forrados solo por esta casa.
—Es una escuela cara, papá. Esa es la razón por la que van chicos ricos. Por eso me enviaste allí.
—Hay chavales con becas y ayudas —señalé como posible alternativa.
—Cinco —dijo Feather, a la vez que me enseñaba todos los dedos de la mano izquierda—. Seis contándome a mí. Kenisha Richards, Bob Cho, Lana Sizeman, Bic Roan y Pookie. Los conozco a todos. Me llevo bien con dos. ¿Estás insinuando que solo puedo hacer amistad con ellos?
—Creía que jugabas al tenis con Anita —dije en lugar de iniciar la discusión que debía guardarme para mí mismo.
—Sí —confirmó—. Eso es. Pero se supone que vamos a cenar temprano y luego he pensado que igual después tú o Matteo podíais llevarme a casa de tía Jewelle y tío Jackson. Hago de canguro y me quedo a dormir allí. E igual puedo hablar en francés con tío Jackson.
El genio cobarde, Jackson Blue, hablaba con soltura ocho idiomas, sin incluir el código binario de los ordenadores y las matemáticas puras. Hubo una época en que no le hubiera dado la espalda a Jackson, pero, pese a la lógica común, hay gente que cambia. Su mujer, Jewelle, antes casada con el administrador de mis propiedades, el difunto Mofass, era una de las personas más brillantes y tenaces que había conocido nunca. Jackson logró llegar a algo en la vida gracias a su mente inabarcable y al amor que sentía por Jewelle.
—Hoy he aceptado un caso —le anuncié a mi hija.
—¿El del tipo que ha tenido una crisis nerviosa en tu despacho?
—Es un veterano y lo compadezco. Pero eso significa que igual no puedo pasar a recogerte.
La simple negativa me entristeció.
—No pasa nada. Ya se lo he pedido a Matteo y me ha puesto en la agenda. Iba a preguntarle a tío Jackson si puede reservar los martes por la tarde para darnos clase de francés a Pookie y a mí.
Michelle Fontelle, Pookie, había nacido en Lafayette, Luisiana, y se trasladó a Watts con su madre, Morona, a los nueve años. Pookie era un genio de las matemáticas y quizá aún mejor artista. Morona había sobrevivido a situaciones que hubieran destrozado a la mayoría de los hombres, solo para conseguir que su hija accediera a esa escuela. Y era evidente que Feather quería que su amiga de catorce años dialogara con su «tío».
Suspiré y meneé ligeramente la cabeza.
—¿Qué pasa? ¿No quieres que vaya?
—¿Por qué llevas ese vestido?
—¿No te gusta? Lo eligió para mí tía Jewelle.
—No sé si le pega mucho a una chica de tu edad.
—Ya lo sé, ¿vale? —Sonrió, se levantó y dio una vuelta para que la viera—. Pero los Kolor celebran un cóctel y Anita me ha pedido que me ponga algo bonito. Ha dicho que así no se sentiría rara.
Cuando yo era joven, en Houston, las mujeres me traían de cabeza. Bastaba con que una chica susurrara mi nombre para estar dispuesto a rendirme. Feather me causaba ese mismo efecto, pero estaba seguro de que hubiera preferido morirse a mentirme. Todo ello me inspiraba un sentimiento que no hubiera sabido describir con exactitud.
Estaba intentando expresar con palabras ese sentimiento cuando sonó el teléfono.
Mi coqueta y sofisticada hija se levantó de un brinco del taburete y corrió hasta el teléfono instalado en la pared mientras gritaba: «¡Ya lo cojo yo!».
Podía relajarme. Durante un ratito Feather sería una niña de nuevo y yo quedaría liberado de esas partes de mi cerebro veladas por mis temores en torno a su seguridad.
—¿Sí? ¿Connie? Ajá. Claro, chica. ¿Eso hizo? Vaya, ¿cómo se le ocurre pensar que ella saldría con él? —Prorrumpió en una risa histérica—. Mi padre diría que no pudo evitarlo. Pero yo creo que le hace falta alguien que le ayude a evitarlo...
Sus palabras, su tono de voz e incluso su postura eran distintas. Meneé la cabeza de nuevo y enfilé la segunda escalera a la planta superior, donde estaban los dormitorios. Luego subí por una escalera de incendios vertical hasta la salida a la azotea.
La corona circular de la Casa Redonda albergaba mis veintisiete rosales en sus sencillas macetas de arcilla. Desde la variedad de color luz de luna de la rosa almizcleña hasta el rojo intenso de la variedad rubor de doncella, desde el coral pálido de las flores del bourbon hasta el apasionado amarillo de las molineux.
Iba a ver mis rosales todos los días. Se mostraban radiantes para mí, entonaban sus colores para mí. Y me ofrecían un sitio y un momento donde fumar mi único pitillo del día. Lucky Strike, LSMFT,[2] el mejor cigarrillo que pudiera desear un trabajador.
El beneficio añadido de fumar una sola vez al día era que el primer pitillo es de largo el mejor. Esa primera calada es elegante al tiempo que extática. ¡Mmm!
8
La azotea con la rosaleda de la Casa Redonda era el lugar donde más cómodo me encontraba. En el punto más alto de la cuenca de Brighthope, el cielo estaba casi siempre azul. Los rosales se rozaban mecidos por las brisas superiores y yo estaba a solas. Para mí la soledad encierra una profunda satisfacción.
Me asomé por el borde de la torreta y vi al padre del clan Longo, Erculi, andando sin prisa hacia la casa señorial azul y blanca de Orchestra. Aparentaba cincuenta años, pero se acercaba más a los setenta y siempre vestía ropa gris de jardinero. Él y sus cuatro hijos trabajaban en la propiedad, respondiendo a cargos sencillos como responsable de mantenimiento, operario, pintor y chófer. Sin embargo, los Longo eran cualquier cosa menos sencillos. En Sicilia tuvieron una bronca de mucho cuidado con un clan rival. Reynard me dijo que hubo trece muertos entre los Longo y los Trifiletti antes de que Erculi decidiera emigrar con su progenie masculina inmediata a América. Reynard aseguraba que, a lo largo de su vida, Erculi había matado a treinta y un hombres.
Hasta el momento, yo había conseguido que Erculi y Mouse no se cruzaran. No había razón para tentar a la suerte.
Al volver a la cocina media hora larga después, vi que mi hija seguía al teléfono.
—¿Aún no has colgado?
—Es tía Jewelle —explicó Feather tras cubrir el micrófono con la mano—. Creo que quiere hablar contigo.
—JJ —dije por el auricular.
—Hola, guapo —murmuró la magnate inmobiliaria, casi con timidez.
Jewelle adoraba a los hombres, pero no confiaba en el 99,9 por ciento de nosotros, incluidos sus dos maridos. Yo era uno de los pocos que creía que la apoyarían de acuerdo con sus propias condiciones, aunque ni ella misma supiera cuáles eran esas condiciones.
—Me parece que Feather quiere convertir tu casa en un hotel.
—¡Papá!
—Ya sabes que nos encanta que venga, Easy —respondió Jewelle—. Y parece que a su amiga le vendría bien conocer a un hombre como Jackson.
—Invítala si quieres, pero te dejará vacíos el frigorífico y los armarios. Esa chica y sus amigos son pozos sin fondo.
—Papá, ya está bien.
—Pues vale —dijo Jewelle.
Era una seña. Quizá ella no lo sabía, pero siempre que decía «Pues vale», quería decir que había problemas en el horizonte.
—¿Qué pasa, chica?
—Nada.
—Sí, claro, sí que hay algo.
—Esto... Bueno. Tengo un problemilla desde que compré un solar vacío en Flower, en el centro. Jackson dice que es un sitio perfecto para abrir un centro de investigación.
—¿Investigación de qué?
—Ya sabes, cosas de ordenadores. Lo dice porque debido a la mecánica de esos aparatos, tienen que mantener la memoria fría para que no ardan ni se fundan. Y debajo de esa propiedad hay lo que él llama un sustrato de roca que sería perfecto para las unidades de refrigeración, y también prácticamente a prueba de terremotos.
Con una sonrisa, recordé una época en que Jackson y un amigo suyo llamado Toto robaban licorerías para sacar calderilla y vino barato.
—Todo eso parece legal.
—Debería serlo, pero hay un blanco llamado Oliver Shellbourne que tiene en propiedad muchos terrenos por allí. Le gusta dárselas de tipo duro, por lo que no quiere que una tía negra se interponga en sus planes de construir talleres clandestinos y centros comerciales.
—¿Impide la transacción?
—No. Le compré el terreno a un amigo de Jean-Pierre. Shellbourne no podía enfrentarse al director de P9, pero ahora le ha encargado a alguien que haga llamadas amenazantes a mi despacho. No quiero decírselo a Jackson porque acudiría directamente a JP o a alguien como Mouse, y ya sabes qué pasaría entonces.
Mientras formaba parte de la Resistencia francesa, Jean-Paul Villard ejecutó una vez a un simpatizante nazi. Dejó el cadáver del hombre, con el pene cortado en la boca, en la plaza del pueblo. Mouse era de los que superaba aquello.
—¿No se identifica? —pregunté.
—No. No es más que otro blanco grosero.
—¿Qué dice?
—No puedo repetirlo.
—¿Oliver Shellbourne?
—Sí.
—De acuerdo. Me ocuparé de ello —aseguré—. No puedo decirte cuándo, pero pronto.
—Gracias, cariño —dijo, y no me hizo falta más para sonreír.
Fui con Feather hasta el pie de nuestra montaña y dejé que se marchara con Matteo hacia su ajetreada vida adolescente. Después de haberse ido, permanecí allí un rato aprestándome para la transición de la dicha hogareña a la guerra.
El Little Anzio no era un sitio de esos que frecuentaría alguien con un lujoso Rolls-Royce. El club de veteranos ad hoc estaba situado en Western, en medio de una manzana donde había dos callejuelas inhóspitas, un club de estriptis sin gorila en la puerta, otro bar al lado de una licorería y un taller clandestino de siete plantas que contrataba a chinas y mexicanas para hacer algún tipo de trabajo de seis de la mañana a nueve de la noche.
El bungalow que albergaba el Little Anzio no había sido diseñado para ser un bar. Había grandes ventanales en la fachada cubiertos de arriba abajo por persianas venecianas hechas polvo de color verde y ocre. La puerta principal, en el lateral izquierdo del edificio de una planta, era metálica y estaba pintada de rojo óxido. Al tirar de ella para abrirla se notaba el peso de la escotilla.
El bar olía a partes iguales a sudor, piel vieja y el humo de más cigarrillos de los que había fumado en toda su vida Nat King Cole. La luz de los fluorescentes era radiante, casi cegadora, y había unos veinte clientes, todos hombres. La mayoría tendría entre mi edad y los ochenta, pero había también un puñado de jóvenes, exmilitares que habían cumplido servicio en Corea, Vietnam y otras campañas menos publicitadas. Eran de todas las razas, detalle insólito en reuniones de militares en la turbulenta década de los sesenta.
—¿Quién coño eres tú? —me espetó un tipo.
Estaba plantado con la espalda apoyada en la barra de roble, que le llegaba a la cintura, a unos nueve pasos largos de mí.
Me fulminaba con la mirada. Se la sostuve.
—Te he hecho una pregunta —dijo. En realidad, no gritaba, pero tenía la voz centrada y cortante.
Era blanco, de cuarenta y tantos años, a una década de distancia de su mejor momento de forma física. Pero supuse que recordaba bastante bien el baile.
Aun así, no contesté.
Se apartó de la barra con un ligero impulso y dio el primero de los nueve pasos. Los cinco o seis hombres que estaban en la barra le miraron avanzar.
—¿Estás sordo? —preguntó con voz todavía ronca y sin duda amenazante.
—No, no lo estoy.
Los veteranos me prestaron atención, preguntándose, supuse, si iba a haber pelea.
—Lo que pasa —añadí— es que mi madre me enseñó que no tengo por qué contestar cuando alguien se dirige a mí sin educación.
—¿Tu madre? —dijo mientras daba tres pasos más.
Retrasé el pie derecho medio palmo, de modo que mi hombro izquierdo señalara hacia delante. Eso le haría creer que reculaba y me permitiría lanzar con más impulso un gancho de derecha, si era necesario.
Pero antes de que el desaliñado borracho diera el séptimo y el octavo pasos, un caballero entrado en años se interpuso entre nosotros con agilidad. Cada vez tomaba parte en el baile más gente.
—Alto ahí, Bernard —dijo el anciano, que señalaba con el índice de la mano izquierda. Tuve la sensación de que el que nos había interrumpido era diestro y por tanto usaba la misma treta que yo.
—Aparta, Cletus —le advirtió Bernard.
—Este hombre es un invitado en nuestro pequeño club y no te ha hecho nada.
Cletus también era blanco, en algún punto entre los setenta y los ochenta años. Eso podía convertirlo en un superviviente de la Primera Guerra Mundial, lo que antes llamaban la Gran Guerra.
—No responde mis preguntas —repuso Bernard.
—Yo tampoco te contestaría, si me hablas con ese tono.
En 1969, incluso en California, seguía siendo una experiencia poco común que a un negro lo defendiera un blanco de otro blanco.
Cuadré los hombros y dije:
—Me llamo Easy Rawlins. Fui sargento mayor durante la mayor parte de la última gran guerra. Entré a luchar a las órdenes de Patton y salí sin un solo rasguño en el cuerpo ni contra mi buen nombre.
La ojeriza que asomó a la cara oronda de Bernard me permitió ver que le había parado los pies. Lo insulté aún más al tenderle una mano en señal de amistad.
—Venga, Bernard —le instó Cletus—. Estréchale la mano a este hombre.
A regañadientes, Bernard me cogió la mano y luego la soltó.
—Dejadme que os invite a los dos a una copa —dije.
El rencor que reflejaba el semblante de Bernard se atenuó un poco con el ofrecimiento.
El camarero era un chaval cetrino llamado Meanie. Nos puso las copas con aire profesional.
—Sí, señor, fui a la guerra el 1 de agosto de 1914 —me estaba contando Cletus Brown después de que nos sirvieran. Bernard, que se apellidaba Michaels, estaba sentado al otro lado de él, velando su whisky con aire pensativo.
—Yo pensaba que no le declaramos la guerra a Alemania hasta 1917 —señalé.
Cletus Brown me sonrió. Los pocos dientes que le quedaban parecían lo bastante fuertes para masticar la cecina de las raciones militares.
—Eso es, hijo —respondió—. Eso es. Tuve que ir a Francia para alistarme allí. Aprendí el idioma, cogí una ametralladora Bergmann y nunca volví la vista atrás.
Estábamos plantados más o menos en el centro de la barra, que era poco más que un gran cajón de roble. Al otro lado del enfurruñado Bernard, en el otro extremo del largo mostrador, un blanco greñudo estaba apoyado en la pared conversando con un negro de piel clara; ambos eran tirando a jóvenes. Hablaban entre ellos, pero el blanco me miraba de soslayo de vez en cuando.
—... los alemanes odiaban la libertad —decía Cletus— y mi gente, desde la Revolución Americana nada menos, han luchado por la liberté, égalité, fraternité. La guerra por la libertad es una vocación que no todo el mundo siente...
Un hombre alto de piel aceitunada se acercó y le puso una mano en el hombro a Cletus.
—Este es nuestro teniente Brown —anunció la nueva visita—. El hombre más viejo, más valiente y más honorable de esta sala.
El anciano sacó pecho.
Aprecié el respeto del recién incorporado, aunque sospeché de sus intenciones.
—Easy Rawlins. —Le tendí una mano.
—Norman Toll. —Aceptó el ofrecimiento y me dio un fuerte apretón—. ¿Qué haces aquí, sargento mayor?
Era la misma pregunta que me había hecho Bernard y tenía el mismo origen: una desconfianza innata hacia los recién llegados.
—Me pidió que viniera un joven llamado Craig Kilian. Dijo que un tipo llamado Kirkland Larker podía facilitarme cierta información.
—¿Qué clase de información?
Norman Toll era unos años mayor que yo y se le veía seguro de sí mismo tal como lo estaban los blancos en Estados Unidos desde que se autoproclamaron la raza superior de esta magnífica tierra.
—Eso es asunto de Craig.
Al voluntarioso veterano no le hizo gracia mi respuesta, pero la aceptó.
—Cabo Larker —llamó al blanco que me observaba desde el final de la barra.
—¿Qué?
—Este hombre quiere hablar contigo. Dice que tiene algo que ver con el soldado Kilian.
Kirkland Larker me sostuvo la mirada unos tres segundos más de lo que dictaba la cortesía. Luego se apartó de la pared. Pensé sinceramente que iba a huir. Pero después de sorber por la nariz y resoplar, vino hacia mí con aire más o menos militar.
Cuando llegó hasta nosotros, Cletus se fue hacia la otra punta de la barra y Bernard, después de pedir otro whisky con Coca-Cola a mi cuenta, se alejó cual cangrejo unos pasos.
—Cabo primero Kirkland Larker —dijo Toll—. Te presento al sargento mayor Easy Rawlins.
Nos estrechamos la mano y Toll se fue a una mesa alejada.
—¿Te pongo algo? —le preguntó Meanie a Larker.
—Invito yo —añadí.
—Tequila solo —le pidió Kirkland a Meanie.
—Yo sigo con el bourbon —dije.
A solas el cabo y yo observamos nuestras copas y tomamos unos sorbos. Yo no tenía prisa y él parecía preocupado. El whisky no era malo. Y el camarero no me había cobrado aún.
Me gustaba el Little Anzio. No era más que otra de las diez mil joyas ocultas de Los Ángeles. Pero, además, parecía acogedor. Si se pasaba por alto la necesidad de confrontación de Bernard, era un garito ideal para un hombre como yo, un día festivo.
Pero no era un domingo por la tarde.
—¿Te suena mi nombre? —le pregunté al bebedor de media tarde.
—No nos conocemos ni nada.
—No te he preguntado eso —dije—. Craig Kilian vino a verme y dijo que necesitaba ayuda. Le pregunté quién le había facilitado mi nombre y me dio el tuyo.
Kirkland se puso algo más tieso. Tenía poco más de treinta años y era delgado. Igual jugaba al baloncesto o algo parecido para mantener un mínimo de tono muscular, pero su primer instinto no parecía ser la violencia.
—¿Hablaste con Craig? —se interesó.
—Estoy aquí.
—¿Vas a ayudarle?
—¿Ayudarle con qué?
—Dijo que se metió en, ya sabes, una pelea, un altercado o algo así, y que fue con un tipo negro. Me pareció que necesitaba ayuda.
—¿Qué clase de ayuda?
—No lo dijo específicamente, solo que se peleó o algo y que necesitaba averiguar si el tipo... No sé, quizá saber si el tipo iba a darle problemas.
Kirkland parecía un tanto furtivo, pero eso no revelaba lo que sabía o ignoraba ni, de hecho, cuáles eran sus motivos.
—La cuestión es —dije—, ¿cómo es que le diste mi nombre?
Kirkland me miró a los ojos, vaciló y luego confesó:
—Chris... Christmas Black.
Mi idea del perfecto investigador privado era un hombre que nunca dejaba que su semblante reflejase lo que sentía o pensaba. Algo así no le resultaba difícil a alguien como yo porque era lo más habitual entre los negros criados en el Sur. Averiguaras lo que averiguases, no podías dejar que se interpusiera en tu trabajo, en las responsabilidades que tenías. Pero el nombre de Christmas Black me pesó en el ánimo. Era el soldado de los soldados. En sus tiempos en el ejército, lo lanzaban a cientos de kilómetros más allá de las líneas enemigas, y allí mataba a quien hubiera que matar y luego se buscaba la vida hasta que volvía a su cuartel.
Christmas Black era un guerrero, así que cualquier cosa que tuviera que ver con Craig Kilian tenía potencial para convertirse en guerra.
Me enorgullece decir que, si bien me sorprendió cómo había obtenido Kirkland mi nombre, me mantuve lo bastante alerta para darme cuenta de que mi testigo reculaba un poco.
Me aparté aprisa de la barra improvisada, apenas un momento antes de que Bernard Michaels intentara darme con una botella de Coca-Cola vacía en la cabeza. Lanzó la cobarde agresión con todo el peso de su cuerpo, de modo que se desequilibró y se golpeó la cabeza contra el duro canto de madera de la barra. Cayó al suelo hecho un guiñapo, sangrando del cuero cabelludo y sin intención de levantarse antes de que acabara la cuenta hasta diez.
—Lo he visto todo —aseguró Norman Toll, que se nos acercaba. Otros veteranos se ocuparon de Bernard.
—Ha intentado golpearte por la espalda —añadió Toll—. Un cobarde traicionero.
Oí las palabras y coincidí con ellas, pero tenía la mirada fija en Kirkland.
—¿Lo has visto? —le pregunté al cabo.
—Sí, pero, hum, me ha parecido que solo quería unirse a nosotros —mintió Larker.
9
Esperaba volver a casa después de pasar por el Anzio, para considerar lo que había averiguado y decidir si ir o no a ver a la madre de Craig Kilian. En cambio, me acerqué más al centro de la ciudad, hasta una dirección en Wilshire Boulevard, que era entonces la sede estadounidense de P9, el gigante de los seguros. A finales de la década de los sesenta, P9 tenía en propiedad el segundo edificio más alto de Los Ángeles.
Eran más de las cinco de la tarde pero la empresa estaba abierta, al menos en parte, veinticuatro horas al día por los mercados de valores internacionales. El vigilante se acercó a las puertas de vidrio cerradas y me franqueó el paso sin resistencia. Había ido a las oficinas bastante a menudo porque mi buen amigo, Jackson Blue, era vicepresidente ejecutivo sénior a cargo tanto de procesamiento de datos como de planificación en general.
—¿En qué puedo ayudarte, Easy? —preguntó el vigilante, Philip Channing. Phil, un blanco de pelo entrecano casi en edad de jubilación, formaba parte de la seguridad corporativa y por lo tanto me conocía bastante bien.
—¿Está Asiette?
—Sigue en su despacho, creo.
Cuando conocí a Asiette Moulon ella trabajaba en un despachito detrás de la recepción de la planta baja. Tenía poco más de veinte años. Ahora, unos años después, disponía de un despacho grande al final de un largo pasillo en la tercera planta. Estaba a cargo de todas las admisiones, con más de una docena de personas bajo sus órdenes.
Asiette medía uno sesenta y uno descalza, y tenía un cabello negro que acentuaba sus llamativos ojos violáceos. Francesa oriunda de la Borgoña, se la consideraría encantadora en cualquier idioma o clima, clase o época.
Ese día llevaba un minivestido naranja intenso que se le acampanaba unos centímetros por encima de la rodilla.
—¡Easy! —chilló, y se me echó a los brazos para darme un beso en los labios.
La primera vez que lo hizo, casi la aparté. Había conocido a negros en Texas y Luisiana a los que lincharon solo por fruncir los labios al ver a una mujer blanca.
Pero los tiempos estaban cambiando y Asiette y yo habíamos estado saliendo a intervalos durante el último año.
—¿Cómo estás, cielo? —pregunté.
—Pasa —dijo.
Me llevó al interior de su despacho amarillo intenso y tiró de mí hasta que ambos estuvimos sentados encima de su mesa de color fresa. Tomó mi mano y apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Has venido a verme? —dijo como si les hablara a nuestras manos.
—He venido a ver al jefe de seguridad, pero no se me ocurriría venir sin pasar a saludarte.
—¿Solo a saludarme? —preguntó haciendo pucheros, solo un poquito.
El final de los años sesenta era el centro relleno de crema de la revolución sexual. Asiette y yo habíamos hecho cosas juntos, y con otros, que no se me habría ocurrido imaginar solo cinco años antes.
—Es mi trabajo, cariño —dije—. Ya sabes que todos tenemos que pagar el alquiler.
—¿Quieres llevarme a casa después del alquiler?
Yo tenía cuarenta y nueve años por entonces, por eso sabía que una pregunta así nunca se refería solo a una noche.
—Quizá no pueda hasta mañana —repuse—. Bueno, si no estás ocupada.
Esperaba que la respuesta la hiciera sonreír, pero en cambio frunció el ceño y se puso en pie.
—Yo... —le dijo a mi rodilla, y luego levantó la vista—. He estado viéndome con un hombre.
Como decía, eran los años sesenta. En ciertos ambientes, la gente se «veía» mucho.
—Y te gusta —continué yo, procurando ayudarla.
—Se llama Stefano Lombardi.
—Vale.
—Es jefe de ventas de la sucursal de P9 en Roma.
—Buen sueldo. Un país maravilloso. Pasé por allí de camino a Francia durante la guerra. Incluso entonces se apreciaba la belleza.
Asiette me miraba directamente a los ojos.
—Me ha pedido que me case con él —anunció.
Sentí algo. En realidad, fueron unas cuantas cosas. Me gustaba la compañía de Asiette y había aprendido mucho de ella. Era joven y la apreciaba al menos una parte de lo que quería a Feather. Esos pensamientos se me atascaron en la cabeza y vi que no tenía manera de expresarlos.
—¿Y bien? —me preguntó la francesa en tono de exigencia.
—Cariño... no me corresponde a mí decidir.
La superviviente de la Segunda Guerra Mundial dilató las ventanas de la nariz antes de decir:
—Más vale que vayas arriba, Easy. No querría entrometerme en tu trabajo.
La oficina central de seguridad de P9 en Estados Unidos estaba en la planta treinta y seis.
El presidente y director general de la compañía, Jean-Paul Villard, me ofreció en un momento dado el puesto de jefe de seguridad, pero lo rechacé porque había tenido una racha de suerte hacía poco y había detestado desde siempre tener que rendir cuentas a alguien.
Lo que sí hice, no obstante, fue sugerirle a quién contratar.
En la puerta de vidrio de doble hoja estaban estarcidas las palabras SÉCURITÉ POUR L’AMÉRIQUE DU NORD en letras doradas y escarlatas. A través del cristal se veía la moqueta color borgoña y las estanterías de madera oscura pegadas a las paredes de la amplia área de recepción. En el centro de la sala había una mesa grande de caoba. Detrás estaba sentado un joven que leía con atención las páginas de un fino expediente de color verde apagado.
No llamé, pero el joven percibió mi presencia y se levantó de un brinco como el soldado que era, listo para entrar en acción.
Sonreí y saludé con la mano al robusto espécimen con traje de Sears de treinta dólares.
Se acercó a la puerta, cogió un llavero grande e introdujo una de las llaves en un pequeño círculo plateado en el otro extremo de la entrada izquierda. Luego abrió esa puerta, puede que unos diez centímetros.
—¿Sí? —preguntó como si hablara con un desconocido.
—¿Está en su despacho, Edmund?
—El comandante Black está trabajando.
—¿Aquí o en otra parte?
—¿Tiene cita?
—No la necesito.
Los ojos del veterano se llenaron de resentimiento.
—Voy a ver si quiere recibirle —dijo Edmund Lewis.
Cerró con llave la puerta de vidrio, dio media vuelta y fue hasta otra puerta al fondo del área de recepción. Llamó con los nudillos y luego entró. No más de medio minuto después el recepcionista militar volvió y me dejó pasar a sus dominios.
—Ha dicho que le haga pasar —me informó Edmund.
—Ya sé el camino.
Edmund se movió para cortarme el paso y añadió:
—Se supone que debo acompañarle.
—¿Eso ha dicho el comandante?
La pregunta bloqueó al teniente Lewis.
—No —continué—, no lo ha dicho. Lo que pasa es que crees que cuando accedo a tu espacio, tengo que acatar tus órdenes, y no es así. Así que, ¿por qué no te haces a un lado?
No sé por qué estaba tan furioso ni, de hecho, por qué estaba intentando buscar pelea con un soldado de combate que había estado en Vietnam tan recientemente como Craig Kilian. Por suerte para mí, nuestra confrontación se vio interrumpida.
—Más vale que le hagas caso, Ed —aconsejó una voz con aplomo—. Igual vences a Easy en el cuerpo a cuerpo, pero es como el Vietcong; si no los matas, vuelven a por ti una y otra vez.
Christmas Black estaba plantado en el umbral del fondo. Al no entrar yo de inmediato, se dio cuenta de que nuestras naturalezas opuestas habían chocado en la oficina exterior.
—Sí, comandante —dijo Edmund, que se puso más firme y, sin embargo, mostró más subordinación.
—Señor Black —saludé, sobre todo para demostrarle a Edmund que no me atenía a la nomenclatura militar.
—Adelante, Easy —dijo el comandante.
Sin que mediara indicación alguna ocupamos nuestros asientos convenidos.
El despacho de Christmas era más pequeño y espartano que la sala de Edmund. El suelo era de pino claro y en el único cuadro de la pared se veía a un soldado negro que arremetía contra dificultades nebulosas, en apariencia insuperables. Su escritorio era una mesa de madera de cerezo. Mi silla estaba hecha del mismo material.
Con el paso de los años el eterno héroe de guerra (retirado) había aprendido a respetarme, de ahí la comparación con el Vietcong. Yo sabía que respetaba al Vietcong y a sus aliados norvietnamitas como grandes soldados en el ejército más grande hasta la fecha en el siglo XX.
Christmas era un hombre grande; uno noventa y cinco descalzo y con hombros de gigante. Tenía la piel de color marrón medio y los ojos de un castaño más claro de lo que hubiera cabido esperar. Tenía cicatrices aquí y allá y carecía por completo de sentido del humor. Su hija adoptiva de siete años y medio, Easter Dawn Black, era una refugiada vietnamita. Christmas mató a sus padres en un ataque secreto del gobierno. Ella era una niña pequeña y, por lo tanto, no lo recordaba. Pero ese acto le llevó a renunciar a la profesión que casi todos los miembros masculinos de su familia habían desempeñado desde antes de la Revolución.
—¿En qué te puedo ayudar, Easy? —preguntó el hombre al que yo había recomendado para el puesto de coordinador de seguridad de P9 en Estados Unidos.
—El cabo Kirkland Larker.
El nombre provocó una chispa en la mirada del soldado. Se planteó quién era yo, sopesó adónde podía llevar la discusión y luego cambió de tema.
—Tienes bastante buen aspecto, sargento mayor —dijo—. ¿Has estado haciendo ejercicio?
—Antes era ejercicio lo que hacía desde el instante que despertaba hasta las tantas de la noche con mi chica, o la de mi mejor amigo.
Dijera lo que dijese, no conseguiría hacer sonreír a Black.
—Pero contestando tu pregunta —continué—, estoy yendo a ese local que me recomendaste en artes marciales. Son Chen me tiene haciendo flexiones y sentadillas, y me ha enseñado que solo un idiota cree que puede superar a cualquier enemigo con un enfrentamiento directo.
Christmas sonrió al oír la frase, que sin duda también le enseñó a él Chen, de ochenta y dos años, cuando era más joven.
—Larker es un inútil —afirmó el asesino confirmado de hombres, mujeres y niños por órdenes del gobierno—. Bebía antes de las misiones y robaba en el economato militar.
—Asegura que le diste mi nombre para ayudar a un amigo suyo.
El comandante levantó la vista hacia un punto por encima de mi cabeza. Lo interpreté como que intentaba atisbar algo en el pasado. Y, puesto que se le veía una insinuación de desagrado en la comisura de la boca, supuse que no le gustaba lo que estaba viendo.
El ensueño se prolongó unos segundos más antes de que dijera:
—El cabo Larker estaba en mi pelotón en Vietnam. Eso fue hace nueve años, al inicio de la intervención estadounidense. Iba a hacer que lo transfirieran el primero del mes siguiente. Teníamos dos semanas de permiso, por lo que no iba a tener que preocuparme de que causara problemas sobre el terreno.
»Pero entonces el teniente general Reeves recibió el informe de que había un polvorín del Vietcong a solo treinta kilómetros de Saigón. No tenían una ubicación exacta, de modo que un bombardeo quedaba descartado. Si Reeves enviaba un regimiento, correría la voz y se adelantaría cualquier ataque que tuviesen planeado. Así que...
Me preguntaba cómo iba a conducirme el relato de Black hasta el negro de pelo liso llamado Alonzo que podía o no estar muerto.
—... ordené a mi pequeño pelotón que se preparara y emprendimos una misión de búsqueda y destrucción. —Christmas no mostraba mucha alegría—. Encargué a Larker que se ocupara de la radio. —Me miró directamente por primera vez desde el inicio de la narración—. Bueno, ¿qué problemas podía causar con una radio que el Vietcong no oiría?
Me encogí de hombros.
—Nos lanzamos en paracaídas a las veinticuatro horas y para las tres habíamos localizado el nido —continuó Christmas—. Teníamos la munición necesaria para eliminarlos. Lo único que necesitábamos era acercarnos lo suficiente. Saltaba a la vista que era el comienzo de una gran ofensiva, porque había al menos un centenar de hombres desplegados, dispuestos para repeler cualquier ataque. Pero no repararon en un pequeño grupo de hombres bien armados que descendía por el centro del río Ben Hai.
»La jungla era muy tupida, así que nos acercamos quizá a unos setenta metros del objetivo. Estaban disponiendo los lanzacohetes portátiles cuando pisé una trampa de red. La hijaputa se me vino encima y activó una puñetera alarma vietnamita en plan gong. Empezaron a dispararme desde todas partes. Me tenían pillado. Grité para que abrieran fuego los lanzacohetes. Me alcanzaron en el brazo derecho y la pierna izquierda. Entonces algo, alguien, se abalanzó sobre mí y empezó a disparar. Era como si disparase hacia todas partes al mismo tiempo. Siguió haciéndolo hasta que uno de nuestros cohetes alcanzó el punto más débil del arsenal del Vietcong. La explosión fue como si una bomba revientamanzanas se lo montara con su hermana la incendiaria. Cuando se produjo la explosión, cesó el fuego y el que había venido a rescatarme me sacó de allí.
Christmas estaba sudando. Eso era algo que nunca había visto.
—Era Larker —dijo el comandante—. Solicitó un ataque aéreo, luego saltó sobre mí y abrió fuego, me liberó, me vendó las heridas y me llevó a rastras hasta el río.
En la quietud de la habitación reverberaban explosiones y muerte, y había aroma a pólvora con una insinuación de sangre.
—Enfermo fingido, embustero, ratero y mentiroso. Kirkland Larker es todo lo que desprecio, pero me salvó la vida aquella noche. Su comportamiento fue... heroico.
—Y te dijo que su amigo necesitaba que alguien averiguase lo que ocurrió después de una pelea en el bosque —concluí.
—Ni siquiera eso, Easy. Dijo que un amigo necesitaba localizar a alguien, un negro. Le pregunté si tenía algo que ver con una venganza y aseguró tajantemente que no. Así que le facilité tu nombre.
—¿Por qué no me llamaste?
—Quería darle una oportunidad al tipo. No se había puesto en contacto conmigo desde que dejé mi puesto. Puede que hubiera cambiado. Sea como sea, sabía que te darías cuenta de inmediato si representaba algún quebradero de cabeza.
Suspiré y me puse en pie.
Christmas Black me miró.
—¿Esto te va a suponer algún problema, sargento mayor?
—Es probable, pero los problemas son mi pan de cada día.
—Si necesitas algo, basta con que llames.
—Gracias —dije. Y salí del despacho.
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