Kitabı oku: «Al rojo vivo»

Título original inglés: Blood Grove.
Autor: Walter Mosley.
© The Thing Itself, Inc., 2021
Esta edición ha sido publicada por acuerdo con Little, Brown and Company,
Nueva York, Nueva York, EE.UU. Todos los derechos reservados.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2021.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2021.
Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: octubre de 2021.
REF.: ODBO973
ISBN: 978-84-9187-907-7
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PARA DIANE HOUSLIN Y SU INFATIGABLE BÚSQUEDA DE LA VERDAD
1
LUNES, 7 DE JULIO DE 1969
Estaba mirando por la ventana del despacho de la segunda planta el invernadero construido deprisa y corriendo en el patio vecino que lindaba con nuestra valla trasera. La estructura del vivero estaba construida con tablones de pino. El armazón se encontraba firmemente recubierto de láminas de plástico semiopaco que apenas aleteaban por efecto de la brisa matinal. La estructura me recordaba un barracón del ejército quizá con un tercio de su tamaño. De dos metros de alto por otros tantos de ancho, tenía cuatro veces esa longitud, con un tejado triangular parcialmente aplanado. Los vecinos actuales, siete hippies melenudos, se habían mudado hacía cinco meses. El primer día construyeron el vivero y lo cablearon para que tuviera luz eléctrica de manera perpetua. Prácticamente, todas las horas diurnas desde entonces habían estado trajinando de aquí para allá sacos de tierra, regaderas, macetas de cerámica, mejunjes insecticidas y también herramientas de poda diversas.
Algunas noches celebraban fiestas. Estas festividades solían extenderse al porche y el jardín delanteros, pero nunca al patio de atrás. Excepto los Siete, nadie tenía acceso al invernadero.
Eran una cuadrilla de aspecto interesante. Tres mujeres y cuatros hombres; todos más o menos veinteañeros. Todos blancos salvo un joven negro. Vestían vaqueros bordados y camisetas raídas, casi todas las tardes pasaban una hora o así sentados alrededor de una mesa de pícnic de secuoya comiendo platos preparados, servidos y compartidos por las mujeres. Escanciaban vino de garrafones de vidrio verde de cuatro litros de tinto Gallo y hacían rular cigarrillos liados a mano en un círculo interminable.
Me caían bien los granjeros urbanos. Me recordaban la vida en mi hogar de infancia: New Iberia, Luisiana.
Los Ángeles era una ciudad de paso por aquel entonces. La gente iba y venía con regularidad predecible. Cinco meses era una larga estancia para inquilinos sin lazos de sangre ni hijos.
Cuando se abrió la puerta de la casa de los hippies miré la esfera blanca de mi Chronometer mit Kalender Gruen. Eran las 7:04 del lunes, 7 de julio de 1969. El hippie al que había apodado Stache salió del dúplex de estilo ranchero solo con los vaqueros puestos. El apodo se debía al abundante mostacho que lucía. Me encontraba detrás de la ventana porque Stache aparecía todas las mañanas bien temprano con una regadera de hojalata de cuello largo, sin camiseta ni zapatos. El ritual había activado mi instinto de investigador.
Cuando Stache se agachó a coger la manguera, me aparté de la ventana, pero me quedé de pie detrás de la mesa de escritorio extragrande. Un caso me había llevado a Las Vegas durante la semana anterior. Era mi primer día en la agencia desde mi regreso y de momento yo era el único allí esa mañana.
Por un instante me planteé sentarme y dejar por escrito los aspectos concretos del caso Zuma, pero los detalles, en especial el problema del pago, se me hacían una carga excesiva para el primer día. Así que, en vez de eso, decidí darme un garbeo y volver a familiarizarme con las oficinas antes de que llegasen mis colegas.
Nuestra agencia ocupaba toda la planta superior de lo que antaño fuera una casa grande en Robertson Boulevard, un poco más arriba de Pico. Mi despacho era el dormitorio principal al fondo del todo. Enfilando el pasillo desde allí pasé primero por la oficina de Tinsford Natly. A Tinsford se le conocía por lo general como Whisper y su sala dejaba bien a las claras que el apodo de «Susurro» si acaso se quedaba corto. Este despacho era pequeño y sin ventanas, amueblado con una mesa de roble baqueteada poco más grande que el escritorio que cabría esperar encontrarse en un aula de secundaria. Había dos sillas de madera con respaldo recto, una para Tinsford y otra para acomodar a cualquier visita o cliente que se abriera camino hasta él. Rara vez hablaba con más de una persona al mismo tiempo porque, según decía, «Demasiadas cabezas enturbian el agua».
Encima de la mesa no había nada, cosa poco habitual. Que yo recordara, Whisper siempre tenía una sola hoja de papel centrada encima de su escritorio. Era una hoja distinta cada vez con algo escrito que parecía prosaico, pero a menudo albergaba significados más profundos. No había fotografías en las paredes, ni archivadores ni alfombra. Su despacho era como la celda monástica en la que un clérigo sin edad estudiara las Sagradas Escrituras; un versículo, a veces una palabra cada vez.
Un poco más adelante, en el otro lado del pasillo, el despacho de Saul Lynx era el triple de grande que el de Whisper y la cuarta parte que el mío. Su mesa era de caoba y en forma de riñón. Tenía un canapé azul y un sillón tapizado de color verde hoja para los clientes. Detrás de su lustrosa mesa, cubierta de chismes y fotografías de su esposa negra y sus hijos multirraciales, había una silla giratoria de color borgoña. Había al menos doscientos libros en las estanterías que bordeaban la ventana. Tenía cinco archivadores de arce, un enorme globo terráqueo de pie y una mesita de trabajo con una lámpara de techo donde cartografiaba sus campañas de investigación.
El despacho de Saul estaba atestado pero limpio. La mesita y el escritorio estaban a menudo desordenados porque Saul generalmente tenía prisa por salir a la calle, donde los investigadores como nosotros teníamos que lidiar con los encargos que aceptábamos. Pero ese lunes por la mañana todo estaba en su lugar indicado, casi como si se hubiera ido de vacaciones.
Fui de los despachos de atrás al vestíbulo reconvertido, donde estaba la mesa de Niska Redman.
Niska era nuestra secretaria, recepcionista y gerente. Unos años antes, Tinsford sacó a su padre de un embrollo y ella entró a trabajar para él. Cuando yo tuve un golpe de suerte y decidí abrir la Agencia de Detectives WRENS-L, ella vino con su jefe. La joven mestiza de color caramelo era perfecta para lo que necesitábamos. Era alumna nocturna de penúltimo curso en Cal State, simpática y totalmente de fiar. Conocía todas nuestras rarezas y necesidades, nuestros temperamentos y costumbres. Niska era ese tipo de empleada poco común que hacía su trabajo sin supervisión y era más que capaz de pensar por su cuenta.
Me senté a su impecable mesa de cerezo encarada hacia la puerta de entrada a nuestras oficinas. Respiré hondo y fui consciente de lo agradable que era estar solo y no tener prisas. Todo iba bien, así que no estoy seguro de por qué me vino a la cabeza semejante negrura...
Hacía cuatro años, me emborraché por primera vez en muchos años y conduje descalzo por la autopista de la costa del Pacífico de noche, muy por encima de la maleza rocosa a lo largo de la orilla. Intenté adelantar a un semirremolque y, como me encontré con tráfico en dirección contraria, me vi obligado a salir de la calzada hacia un arcén sin pavimentar. A continuación me sumí en la nada.
Unas horas después me localizó Mouse, que había seguido las indicaciones de la bruja Mama Jo.
El coma duró semanas, pero permanecía en cierto modo consciente bajo aquella mortaja, con la sensación de haber cruzado mucho más allá del límite de expiración. El suelo alrededor de mi lecho de muerte estaba sembrado de instantes de una vida desperdiciada.
Esos mismos restos me rodearon cuando estaba en la mesa de Niska iluminada por el sol. Empezó a costarme respirar y tuve la sensación de que, desde una profundidad insondable, me atrapaba entre sus garras el recuerdo de una vida llena de dolor y muerte. Era como si hubiera muerto en el accidente y, por tanto, cada vez que el espectro de esa época regresaba tuviera que luchar de nuevo contra el deseo de dejarme ir. Podría haber exhalado mi último suspiro en ese preciso instante. Luego me habrían encontrado mis amigos, tras haber fallecido sin motivo aparente.
Aunque asediado por la desesperanza, no tenía miedo. El sufrimiento de mi gente y mi vida me presionaban como minúsculas ascuas que consumían esa liberación que prometía el entumecimiento de la muerte. Mi pecho y mis hombros ascendían y descendían lentamente. En los haces de sol que atravesaban la ventana veía motas de polvo iluminadas por la luz. Esas briznas flotantes estaban acompañadas de insectos inconcebiblemente pequeños que acometían su búsqueda alada de sustento, socorro y sexo. Al oír los crujidos intermitentes de la casa, causados por la brisa matinal, volví a acoplarme de alguna manera al ritmo de la vida.
Después de todo eso me sentí agotado y al mismo tiempo aliviado. Me había recordado que las batallas más desesperadas se libran en los corazones y las almas, y que la muerte no es más que el truco final de la mente.
—Hola, señor Rawlins.
Consulté mi reloj de esfera blanca antes de mirar a Niska Redman. Eran las 8:17. Había pasado casi una hora desde el momento en que me había sentado en su silla de oficina.
Niska llevaba un vestido verde trébol de una pieza que no llegaba a cubrirle las hermosas rodillas. Me gustaban sus pecas en torno a la nariz y su sonrisa que daba a entender que se alegraba sinceramente de verme. Colgado del hombro izquierdo llevaba un bolso de lona bastante grande de color ante.
—Hola, N. ¿Cómo te va?
—Bien. Anoche preparé pudin de arroz integral. —Dejó el bolso de bandolera encima de la mesa y lo abrió de par en par. Vi en su interior su monedero de lunares blanco y azul, unos libros, una esterilla para hacer ejercicio, un peine afro y otro de púas finas, dos cepillos, una bolsa de maquillaje y un túper de un litro. Sacó este último objeto y lo dejó delante de mí.
—¿Quieres un poco? —preguntó.
—Quizá después.
Me levanté de su silla y ella se acercó para quedarse al lado.
—¿Buscabas algo en mi mesa?
—No. Solo quería tener una perspectiva diferente, nada más. ¿Dónde está Tinsford? Creo que nunca había llegado antes que él, a no ser que él estuviera fuera trabajando en algún caso.
—Ajá, perdona, pero tengo que ir al servicio.
Se fue por el pasillo de los despachos hasta la puerta que había después de la de Whisper. Cogí una silla para las visitas de la pared contraria y la dejé delante de su puesto de trabajo, notando aún los temblores tras mi batalla a muerte con los demonios del pasado.
El teléfono sonó una vez y alargué el brazo para contestar.
—Agencia de Detectives WRENS-L.
—¿Easy?
—Hola, Saul. ¿Desde dónde llamas?
—¿No te lo ha dicho Niska?
—Acaba de llegar.
—Estoy en el norte. En los astilleros de Oakland.
—¿Oakland?
—Llamaron de la AI el miércoles pasado —dijo—. Tienen entre sus asegurados a la compañía naviera Seahawk. En los últimos dieciocho meses les ha desaparecido mucha carga y quieren que echemos un vistazo.
La AI era en realidad la CAI, siglas de la Corporación Aseguradora Internacional, una proveedora de indemnizaciones propiedad de Jean-Paul Villard, presidente y director general de P9, uno de los consorcios aseguradores más importantes del mundo. El segundo al mando de J. P. era Jackson Blue, un buen amigo mío. La CAI nos tenía contratados a comisión, de modo que cuando llamaban, uno de nosotros respondía.
—¿Te suena un grupo llamado los Panteras Invisibles? —preguntó Saul.
—No.
Al fondo de las oficinas se oyó la descarga de la cisterna del servicio.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Dicen que son una especie de grupo político de izquierda que no quiere darse a conocer.
Niska vino por el pasillo y se señaló la oreja con un gesto de interrogación.
—Es Saul —le dije. Y luego le pregunté a él—: ¿Es una organización estrictamente política?
—No lo sé, la verdad. Quizá paramilitar. ¿Está Niska contigo?
—Sí.
—Salúdala de mi parte.
—Esos grupos radicales de ahí arriba son peligrosos. Quizá deberías ir acompañado. Puedo decírselo a Fearless.
—No. Al menos no todavía. Solo estoy estableciendo contactos comprando productos electrónicos japoneses en el mercado negro. No hay nada de lo que preocuparse, de momento.
—De acuerdo. Pero no te arriesgues demasiado.
—No te preocupes. Dile a Niska que guardo los informes de gastos para cuando vuelva a casa.
—Vale. Ya hablaremos.
—¡Adiós, señor Lynx! —gritó Niska antes de que yo colgara.
—Dice que traerá los informes de gastos cuando vuelva.
—Eso dice siempre. Tinsford también se ha ido.
—¿Adónde?
Niska empezó a organizar su mesa mientras contestaba mi pregunta.
—El martes pasado vino una señora blanca mayor llamada Tella Monique —dijo—. Quería que Tinsford buscara a su hijo Mordello, porque su esposo lo desheredó y lo echó de casa cuando se casó con una católica hace nueve años.
—¿Nueve años?
—Ajá. Pero ahora que su marido ha muerto, quiere recuperar a su hijo y su familia.
—Entonces ¿adónde ha ido Whisper para ocuparse de todo eso? —pregunté.
—Está en Phoenix porque el hijo andaba por allí metido en una banda de moteros llamados los Snake-Eagles, o algo parecido.
—¿Una banda de moteros negros?
—No creo.
—Mierda. Espero que tenga el testamento al día.
Niska sonrió y dijo:
—Al señor Natly no lo ve nadie nunca. Ni se enterarán de que pasó por allí.
—¿Alguna noticia para mí?
—No, la verdad. ¿Has recibido el cheque del señor Zuma?
—Hum...
Charles Zuma, Chuck para los amigos, era un millonario con una hermana melliza llamada Charlotte. Durante la mayor parte de sus treinta y tantos años, Charlotte se ventiló su mitad de la considerable herencia. Luego se sirvió de un resquicio legal en el fondo fiduciario de la familia para convertir los veintiocho millones de Chuck en títulos al portador. Y después, Charlotte Zuma desapareció.
Su hermano me ofreció dos décimas partes del uno por ciento de todo el dinero que consiguiera recuperar. Acepté el trabajo porque no estaba relacionado con ningún crimen violento. Intentaba ocuparme de encargos fáciles que no incluyeran, por ejemplo, bandas de moteros y grupos paramilitares izquierdistas.
—¿Has conseguido el dinero? —insistió Niska.
—En teoría.
—En teoría, ¿cuánto?
—La hermana aprendió de sus años de despilfarro —expliqué—. Sus asesores de inversión incrementaron el dinero de Chuck hasta casi los cuarenta millones.
—Eso son unos honorarios de ochenta mil dólares.
Hizo el cálculo sin usar los dedos.
—Los cuarenta millones están en fondos que tiene que desenmarañar todo un ejército de contables forenses.
—Pero tú solo necesitas ochenta mil.
—Chuck está sin blanca. Vive con un primo rico al norte de Santa Bárbara.
—Entonces ¿no cobramos?
—Pasará al menos un año antes de que él recupere lo suyo y nosotros lo nuestro. Pero me ha dado una garantía.
—¿Qué clase de garantía?
—Un Rolls-Royce Phantom VI de 1968 amarillo pálido. — Quizá sonriera un poco mientras recitaba el nombre.
—¿Un coche?
—Solo se fabricaron un centenar —dije—. Y ninguno en Estados Unidos. Vale por lo menos el doble de lo que nos debe Zuma.
—Pero un coche no se puede ingresar en el banco.
—Puedo venderlo.
—Un coche.
—Sí.
—¿Lo has aparcado abajo?
—Está en el taller.
—¿Un coche que ni siquiera funciona?
—Estaré en mi despacho.
2
Niska me caía bien. Analizaba cada problema antes de dar una respuesta y por lo tanto casi siempre hacía un buen trabajo. Pero yo no estaba con ánimo para buenos servicios ni para camaradería. Esa mañana me moría de ganas de estar a solas. El simple hecho de oír sus pasos por el pasillo me fastidiaba. Cuando fue al lavabo por segunda vez tuve que dejar el libro que estaba leyendo debido al lamento de las tuberías y el chasquido de la puerta al cerrarse. Hasta el tenue aroma de su perfume de aceite esencial parecía agobiarme.
A las 10:17 tomé una decisión. Me llevó unos minutos más sofocar la furia irracional antes de salir a la oficina exterior.
Niska estaba escribiendo a máquina a gran velocidad en su IBM Selectric. Mecanografiaba, organizaba y archivaba nuestras notas, correspondencia y diarios de casos. A setenta y cinco palabras por minuto, el veloz tableteo de la bola de letras sobre el papel me produjo dentera.
—Niska.
—¿Sí, señor Rawlins?
Interrumpió el estruendo y levantó la vista con aire inocente.Detrás de una sonrisa forzada, le pregunté:
—A ti te va ese rollo de la meditación trascendental, ¿verdad?
La sorpresa le hizo inclinar la cabeza hacia atrás unos centímetros.
—Hum —dijo—. Sí. ¿Por qué?
—Organizan retiros de dos semanas a los que todo el mundo va a hacer yoga, ¿no?
—Se hacen algunos ejercicios, pero sobre todo se medita. Yo he ido a dos retiros de fin de semana, pero los de una semana son muy caros. Y además solo tengo dos semanas de vacaciones. Estaba pensando en ir a uno en Navidad, quizá.
—¿Cuánto cuesta? —me interesé.
—Ciento treinta dólares, por una semana.
—¿Y si te doy dos semanas de fiesta y dinero suficiente para el retiro, además de tu sueldo? ¿Podrías llamarles e irte esta misma mañana?
—Pero ¿qué pasa con los expedientes y el teléfono?
—Los expedientes pueden esperar y aprendí a contestar al teléfono antes de que tú nacieras.
Esto cogió por sorpresa a la recepcionista-gerente de la oficina, que frunció el ceño y arrugó la pecosa nariz.
—No lo entiendo —dijo.
—Quiero estar solo, cielo. Eso es todo. Whisper y Saul ya están fuera, seguramente durante una temporada. Creo que eso nos vendría bien a los dos.
—Entonces ¿quieres que recoja mis cosas y me vaya sin más?
—En cuanto saque el dinero que necesitas de la caja fuerte.
Protestó, puso reparos y discutió, más que nada porque no había muchos precedentes de un jefe que diera fiesta a sus empleados por capricho allá en 1969. Y doscientos sesenta dólares más el sueldo de dos semanas por hacer algo que te encantaba era inaudito. Pero la oferta era demasiado buena para rechazarla, así que a mediodía se había ido y yo pude volver a mi despacho en soledad.
Me retrepé en mi amplio trono de roble y proferí un sonoro suspiro.
—Por fin solo —dije en voz alta.
«O bien para siempre o bien por poco rato», salmodió una voz incorpórea.
En vida, esa voz era la de un anciano al que solo conocía como Sorry. Era el hombre más sabio de mi infancia, cuyos consejos me vendrían a la cabeza cada dos años o así para recordarme que no lo sabía todo y, por lo tanto, más me valía estar atento a pieles de plátano, curvas sin visibilidad, maridos celosos y esposas atractivas.
Más de una vez me preocupó que esa voz fuera indicio de una grave enfermedad mental. Luego recordaba que vivíamos en un mundo rebosante de locura, en el que la guerra, la amenaza nuclear y las matanzas de niños colmaban de angustia un día tras otro.
En el Estados Unidos que adoraba y detestaba podías hacerte rico o, más probablemente, quedarte sin blanca en un abrir y cerrar de ojos de un magnate desaprensivo. Por eso guardaba un montón de dinero en efectivo en algún lugar seguro y además no pagaba ni alquiler, ni hipoteca, ni impuestos sobre la propiedad. Mi auténtica riqueza era una pequeña familia, un puñado de amigos y un número de teléfono que no figuraba ni en la guía de la policía.
No eran más que precauciones normales. Algo que nunca olvidaba era mi condición de hombre negro en Estados Unidos, un país que había construido su grandeza sobre los baluartes de la esclavitud y el genocidio. A pesar de eso, y aunque tenía muy presentes los crímenes y a los criminales de Estados Unidos, no podía por menos de reconocer que nuestra nación ofrecía un futuro prometedor a cualquier mujer u hombre con cerebro, empeño y algo más que un poquito de suerte...
Escuché un sonido en la otra punta del pasillo que iba hacia la oficina principal. Probablemente, una de las grietas de los cimientos que se afianzaban. Pero también era posible que no fuera un sonido en absoluto, sino solo mi intuición.
Levanté la vista y vi la sombra de un hombre plantado a unos pasos del umbral, en la única salida de mi despacho.
«Ve hacia la izquierda o la derecha, pero nunca avances de frente, a menos que no haya otro remedio —aconsejaba a menudo el señor Chen en su clase de autodefensa—. Busca obtener ventaja en lugar de demostrar que eres el más fuerte. El otro siempre es más fuerte, pero tú le superarás por la derecha o por la izquierda».
El problema era que estaba sentado en una silla detrás de una mesa con la pistola más cercana en el cajón de abajo. Quienquiera que hubiese entrado era bueno; apenas había hecho ruido. Por mucho que me agachase hacia la derecha y abriera el cajón, él podría haberme disparado atravesando la madera.
Dio un paso adelante. Vi que era alto y delgado, y tenía andares de pantera, pero sus rasgos seguían ocultos en la penumbra.
—¿Easy Rawlins? —preguntó.
Con esas palabras, la visita inesperada cruzó el umbral. Tenía poco más de veinte años, el pelo corto tirando a rubio y un feo moretón en la sien izquierda. Llevaba una camisa de manga corta de cuadros blancos y color melocotón encima de una camiseta blanca. Sus vaqueros estaban rígidos y desembocaban en unas silenciosas zapatillas de deporte blancas. Ya sabía que era blanco por cómo había pronunciado sus palabras.
—¿Siempre abordas a la gente por sorpresa? —repuse.
—La puerta no estaba cerrada —contestó—. He saludado al entrar.
Dio otro paso y volví a sentarme. Dejó las manos vacías a los costados.
—Soy Rawlins. ¿Tú quién eres?
Dio otro paso a la vez que decía:
—Craig Kilian.
Un paso más. Por lo visto, tenía intención de llegar hasta mi mesa.
—¿Por qué no te sientas, señor Kilian?
El ofrecimiento pareció confundir al joven. Miró a su izquierda e identificó la silla de nogal de respaldo recto. Un momento después ejecutó los movimientos necesarios para sentarse.
—¿Acabas de dejar el ejército, Craig?
—Ajá. ¿Lo dices por el pelo al rape?
—Sí. Claro.
La mirada de Kilian tenía un aire de angustia que seguramente seguiría allí aunque no le hubieran golpeado en la cabeza. Durante toda la Segunda Guerra Mundial me había encontrado soldados a ambos lados del campo de batalla que tenían ese aire, que habían quedado destrozados por el estruendo de la guerra.
Craig cogió un paquete de tabaco True del bolsillo de la camisa. Sacó el pitillo con los labios, extrajo un librito de cerillas del envoltorio de celofán del paquete. Lo encendió, se llenó los pulmones de humo y exhaló.
Luego me lanzó una mirada inquisitiva y preguntó:
—¿Te importa que fume?
Me importaba. Llevaba un par de años intentando dejarlo. Pero había algo en el ceño fruncido de Craig que me empujó a dejarle un poco de margen.
Al verle dar chupadas al cigarrillo, me vino a la cabeza una primera hora de la mañana de octubre de 1945. Me encontraba a las afueras de Arnstadt, en Alemania, y estaba de guardia tras una larga noche de fuertes lluvias. La guerra acababa de terminar, por lo que ya no estábamos tan alerta como lo habíamos estado en batalla. Mi marca era Lucky Strike. Mientras fumaba, me preguntaba lo que sería volver a mi casa en Texas después de flanquear y vencer al hombre blanco, y también hacer buenas migas con sus mujeres.
No sé qué me impulsó a mirar hacia la derecha —un sonido, una intuición—, pero vi a un soldado alemán con el uniforme sucio y andrajoso que se abalanzaba sobre mí con una bayoneta en alto. Me volví justo a tiempo para agarrar la mano que blandía el cuchillo por la muñeca. En ese instante nos encontramos aferrados el uno al otro, trabados, casi inmóviles, en una lucha a muerte. Mi cigarrillo cayó sobre la manga de su tabardo. No sé qué aspecto tenía yo a sus ojos, pero su rostro demacrado se veía desesperado y, cosa curiosa, casi suplicante. Apretaba cada vez más, pero yo me mantenía a su altura, tendón a tendón. Seguramente el factor decisivo en la reyerta fue que yo estaba bien alimentado y él no. Quizá había intentado matarme con la esperanza de conseguir unas cuantas raciones.
La manga que ardía sin llama empezó a humear y me cegó el ojo izquierdo. Hice una mueca de dolor y él apretó con más fuerza. Los dos temblábamos por el esfuerzo, literalmente encendidos. Reparé en que le resbalaba una lágrima del ojo. Al principio pensé que era una reacción al humo, pero luego vi, y sentí, que estaba llorando. Empezó a temblar más y logré tumbarlo contra el barro empapado de lluvia. Así obtuve ventaja y llevé el filo de la hoja hacia su cuello. Hacía todo lo posible por protegerse sin dejar de lloriquear.
Podría haberlo matado tal como había matado a una docena más en combate cuerpo a cuerpo. Dar muerte era algo que se hacía sin pensar después de años en el campo de batalla. En cambio, le aparté el brazo de la bayoneta, al golpeárselo contra la tierra mojada y así se extinguió el fuego. Soltó el cuchillo, se hizo un ovillo y lloró con todas sus fuerzas. Permanecí sentado a su lado largos minutos. Cuando por fin se incorporó, le di mis raciones y le indiqué que podía marcharse. Debería haberlo hecho prisionero de guerra, pero últimamente nuestras tropas habían estado ejecutando a todo aquel que considerasen nazi.
Craig Kilian me recordó al soldado al que había perdonado. Traumatizado por la guerra y aturdido por la vida civil, vivía en un mundo propio, e intentaba todavía encontrar el camino de regreso a casa. Había miles de jóvenes como Craig que volvían de Vietnam. Inocentes, asesinos y niños, todo entremezclado en cuerpos de veteranos curtidos por la guerra que no tenían ni idea de lo que habían hecho ni por qué.
Metí la mano en el cajón de la pistola y la saqué con un cenicero que guardaba ahí para cuando venía de visita mi amigo Mouse. Al tiempo que dejaba el recipiente de cerámica delante de Craig, dije:
—Adelante.
Dio otra calada al cigarrillo bajo en alquitrán y le propinó un toquecito para dejar caer la ceniza gris en la porcelana blanca.
Nos quedamos ahí sentados; él inclinado hacia delante, fumando, y yo retrepado, preguntándome si debería haber sacado la pistola del cajón.
Transcurrieron quizá dos minutos.
—¿Por qué estás aquí, señor Kilian?
—Me... me dijeron que... que eres buen detective y, hum, hum, honrado.
—¿Quién te lo dijo? —pregunté, con la mayor corrección.
—Un tipo llamado Larker. Kirkland Larker.
—No conozco a nadie que se llame así.
Kilian se me quedó mirando como un ciervo petrificado ante los faros de un coche.
—¿Es un veterano? —pregunté.
—Sí.
—¿De qué guerra?
—Vietnam.
—Yo no he estado allí. ¿Es negro?
—¿Puedes ayudarme? —preguntó Craig en vez de contestar.
—Supongo que buscas a alguien honrado porque hay que investigar algo cuestionable.
—¿Por qué lo dices?
—El moretón en la cabeza. Estás dándome largas en lugar de decirme a qué has venido. El detalle de que no me miras a los ojos.
—Necesito alguien en quien confiar —dijo mientras me miraba de hito en hito.
—¿Para hacer qué?
La pregunta podría haber sido un par de cables pelados en contacto con sus maxilares. Su rostro sufrió unas contracciones exageradas, como un malvado de dibujos animados que, pese a toda su fuerza bruta, no habría sido capaz de vapulear a Popeye.
Todo eso fue el simple preludio a la súbita y atronadora réplica de la explosión que resonó en el despacho.