Kitabı oku: «Nacidos en Mauthausen»
Título original inglés: Born Survivors
© Wendy Holden, 2015.
© de la traducción: Víctor Manuel García de Isusi, 2015.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO391
ISBN: 9788490068649
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
CITA
DEDICATORIA
MAPA
NOTA DE LA AUTORA
PREFACIO
1. PRISKA
2. RACHEL
3. ANKA
4. AUSCHWITZ II-BIRKENAU
5. FREIBERG
6. EL TREN
7. MAUTHAUSEN
8. LA LIBERACIÓN
9. EN CASA
10. LA REUNIÓN
PASANDO LISTA
BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES
AGRADECIMIENTOS

Eva, Mark y Hana. (© Prof. Albert Lichtblau.)
A veces, incluso vivir es un acto de coraje.
SÉNECA
ESTE LIBRO ESTÁ DEDICADO AL CORAJE Y LA TENACIDAD
DE TRES MADRES Y A SUS HIJOS, NACIDOS EN UN MUNDO
QUE NO QUERÍA QUE EXISTIERAN
Tres mujeres embarazadas de sus maridos.
Tres parejas que rezaban por un futuro mejor.
Tres bebés, nacidos con semanas de diferencia entre sí y en circunstancias inimaginables.
Para cuando llegaron al mundo, con menos de kilo y medio, a sus padres los habían asesinado los nazis y sus madres eran «esqueletos vivientes» que vivían, minuto a minuto, en el mismo campo de concentración.
No se sabe cómo, pero las tres mujeres consiguieron sobrevivir.
Contra todo pronóstico, sus hijos también.
Setenta años después, estos «hermanos de corazón» se han reunido para contar por primera vez la extraordinaria historia de sus madres, que desafiaron la muerte para darles la vida.
Todos ellos son supervivientes natos.

NOTA DE LA AUTORA
La historia de cada una de estas supervivientes se ha reconstruido con sumo cuidado a partir de sus recuerdos, de las cartas que cruzaron con sus familiares y de las historias que compartieron con ellos en privado; además, se han tenido en cuenta las declaraciones que hicieron a investigadores e historiadores a lo largo de los años. Cada historia ha quedado reforzada por una dolorosa investigación y por los testimonios de varias personas, tanto vivas como muertas.
Siempre que ha sido posible, dichos recuerdos han sido corroborados por testigos independientes, material de archivo o registros históricos. Cuando no ha habido modo de constatar de forma directa detalles o conversaciones exactas —o les han llegado a unos y otros a lo largo del tiempo con ligeras variaciones—, los he reseñado basándome en la información de que disponía y cabe la posibilidad de que no sean recordados por todo el mundo de la misma manera.
PREFACIO
Estamos en deuda con Wendy Holden por su gran empatía con nuestras madres y su inagotable energía a la hora de recorrer con ellas los durísimos pasos que tuvieron que dar durante la guerra.
En el camino, no solo ha desenterrado información que desconocíamos, sino que nos ha acercado —a los tres «bebés»— aún más como «hermanos», algo por lo que siempre le estaremos agradecidos.
También le damos las gracias por investigar y descubrir la actitud desinteresada de los ciudadanos checos de Horní Bříza, quienes hicieron absolutamente todo cuanto estaba en su mano para proporcionar comida y ropa a nuestras madres, así como a los prisioneros de otros dos campos que viajaban en el «tren de la muerte», camino del campo de concentración de Mauthausen.
No podemos dejar de admirar la tenacidad, diligencia y habilidad con que Wendy Holden ha rastreado y descrito los esfuerzos realizados por los miembros de la 11ª. División Acorazada del Tercer Ejército de los Estados Unidos, cuya actuación resultó fundamental para liberar Mauthausen y para dar a nuestras madres —y a nosotros— un nuevo aliciente para seguir viviendo.
Ellas se sentirían honradas si supieran que, por fin, alguien, después de tantos años, ha contado su historia de principio a fin, dedicándoles a cada una un tercio de este fascinante libro, el cual llega a tiempo de conmemorar nuestro septuagésimo cumpleaños y, por ende, el septuagésimo aniversario del fin de la guerra.
Muchas gracias, Wendy —nueva hermana honoraria— en nuestro nombre; tres personas que, pese a haber nacido durante el gobierno de un régimen que planeaba asesinarlas, estaban destinadas a formar parte de los últimos supervivientes del Holocausto.
HANA BERGER MORAN, MARK OLSKY
Y EVA CLARKE, 2015
1
PRISKA

Carné de identidad de Priska Löwenbeinová. (© Hana Berger Moran.)
«Sind Sie schwanger, fesche Frau?» (¿Estás embarazada, guapa?). La pregunta, dirigida a Priska Löwenbeinová, iba acompañada por la sonrisa de su interrogador de las SS que, con las piernas abiertas frente a ella, la miraba de arriba abajo con fascinación forense.
El doctor Josef Mengele se había detenido delante de la maestra eslovaca de veintiocho años, que desnuda temblaba de vergüenza en la plaza de armas de Auschwitz II-Birkenau, adonde acababa de llegar hacía pocas horas. Era octubre de 1944.
Priska, que medía metro y medio, aparentaba menos edad de la que tenía. Estaba flanqueada por unas quinientas mujeres desnudas, la mayoría de ellas desconocidas entre sí. Todas judías, se hallaban tan estupefactas como Priska después de que las hubieran deportado al campo de concentración en la Polonia ocupada por los nazis desde hogares y guetos de Europa entera, apiñadas de sesenta en sesenta y cerradas a cal y canto en los vagones de convoyes que podían llegar a arrastrar hasta cincuenta y cinco coches.
Desde que habían salido, intentando tomar aire, a la infame Rampe ferroviaria, en el corazón del complejo de exterminación más eficaz de los nazis, conocido en conjunto como Auschwitz, no habían parado de gritarles desde uno y otro lado: «Raus!» («¡Fuera!») o «Schnell, Judenschwein!» («¡Rápido, cerdas judías!»).
La marea humana, confundida y conmocionada, era pastoreada por prisioneros que hacían las veces de funcionarios de prisiones inexpresivos, vestidos con sucios uniformes a rayas, quienes empujaban a las mujeres por un terreno irregular mientras los soldados de las SS se mantenían en pie con su uniforme inmaculado, sujetando a los perros guardianes, que ladraban y tiraban de la correa. No había tiempo para buscar a los seres queridos porque a los hombres los separaban a todo correr de las mujeres, y a los niños los empujaban a una fila junto a los enfermos y los ancianos.
A todo aquel que estuviera tan débil como para mantenerse de pie o que tuviera las piernas entumecidas después de llevar días en un vagón donde faltaba el aire, lo empujaban con rifles o le pegaban latigazos. Por doquier, en aquel ambiente frío y húmedo, se oían descorazonadores gritos de «¡Mis hijos!» o «¡Mis pequeños!».
Delante de las largas columnas de despojados había dos edificios bajos de ladrillo rojo, cada uno de ellos con una inmensa chimenea que escupía humo negro y aceitoso a un cielo plomizo. La atmósfera gris era muy densa debido al olor pútrido y empalagoso del campo, que se les metía sin remedio por las fosas nasales y hacía que les picara la garganta.
A decenas de mujeres que andaban entre los catorce y los cincuenta años, separadas a la fuerza de amigos y familiares, las obligaron a recorrer un pasillo estrecho formado por verjas electrificadas, como las que rodeaban el enorme campo de concentración. Estaban tan impactadas que avanzaban en silencio tambaleándose las unas contra las otras, mientras pasaban junto a las chimeneas y al borde de varios estanques profundos, hasta que llegaron a un edificio de recepción enorme de una sola planta —la Sauna o balneario— escondido entre los abedules.
Allí les enseñaban sin ceremonias lo que era la vida de un Häftling («prisionero») en un campo de concentración; un proceso que empezaba forzándolas a deshacerse de cualquier posesión que les quedara y a desvestirse por completo. Al carecer de un idioma común, protestaban en un clamor de lenguas, pero los guardias de las SS las pegaban o intimidaban con los rifles hasta que se mostraban dóciles.
Luego, estas madres, hijas, esposas y hermanas tenían que avanzar desnudas por un pasillo ancho hasta una estancia amplia donde otros prisioneros —tanto hombres como mujeres— les quitaban prácticamente todo el pelo del cuerpo mientras los soldados alemanes las miraban con lascivia.
Apenas reconocibles entre sí una vez las máquinas eléctricas habían hecho su trabajo, tenían que salir de cinco en cinco, una junto a la otra, al patio, donde los alemanes pasaban lista y donde tenían que esperar, descalzas sobre el barro frío y húmedo, más de una hora antes de enfrentarse a la segunda Selektion, llevada a cabo por el hombre al que el mundo acabaría conociendo como el «Ángel de la Muerte».
El doctor Mengele, con un uniforme impecable, ceñido y de color gris verdoso con brillantes galones y calaveras de plata en el cuello, llevaba en la mano un par de guantes de cuero pálido con puños exagerados. Iba repeinado con brillantina y, como si nada, movía los guantes a derecha o izquierda mientras caminaba por delante de las prisioneras para inspeccionarlas y, más concretamente, preguntarles si estaban esperando un hijo.
Cuando le llegó su turno, Priska Löwenbeinová tan solo tuvo unos segundos para decidir cómo responder al oficial sonriente que tenía aquella separación entre los incisivos. No lo dudó. Mientras negaba con la cabeza a toda prisa, la consumada lingüista contestó en alemán: «Nein».
Estaba embarazada de dos meses, y el suyo era un bebé muy deseado tanto por ella como por su marido Tibor (que la mujer esperaba que estuviera en alguna parte del campo), pero no tenía ni idea de si decir la verdad la salvaría o los condenaría a ella y al bebé a un destino incierto. Lo que sí sabía era que se hallaba en presencia del peligro. Mientras con un brazo se cubría los pechos y con la otra mano, lo poco que le quedaba de vello púbico, rezó para que Mengele aceptara su tajante negación. Aquel oficial de las SS de aspecto agradable se detuvo un instante para mirar a los ojos de la «fesche Frau» antes de seguir adelante.
Tres mujeres más allá, el hombre le retorció con fuerza el pecho a una mujer, que reculó. Cuando unas gotitas de leche delataron que llevaba al menos dieciséis semanas embarazada, un ligero movimiento de los guantes a la izquierda por parte del oficial hizo que la sacaran de la fila a empujones y la llevasen a una esquina de la plaza de armas, donde había un grupo de mujeres embarazadas que no paraban de temblar.
Ninguna de aquellas mujeres con los ojos abiertos como platos sabía en aquel momento que el movimiento de los guantes hacia uno u otro lado significaba la vida o algo muy diferente. Nadie sabe cuál fue el destino de las mujeres que el doctor Mengele eligió aquel día.
Hasta aquel momento, Josef Mengele representaba el mayor peligro para la joven Priska, aun cuando esta desconocía a qué tendría que enfrentarse dentro de nada. En los siguientes meses, el hambre iba a convertirse en su enemigo más temido, al tiempo que parecía la mejor manera de poner fin a sus sufrimientos.
El primo del hambre, la sed, la atormentó con la misma crueldad durante la época que pasó en los campos, junto con el cansancio, el miedo y la enfermedad. Ahora bien, fueron las demandas insistentes y dolorosas de su cuerpo embarazado por nutrirse las que casi acabaron con ella.
Resulta paradójico —y un tanto perverso— que lo que la ayudara a aliviar alguno de sus pinchazos de hambre más terribles fuera recordar aquella vez en que había pegado la nariz contra el escaparate de una pastelería, cuando iba de camino al colegio, antes de regalarse a sí misma algo tan dulce como un babka de canela cubierto de azúcar y migas crujientes. Recordar el instante en que, en la pastelería de Zlaté Moravce, partía con las manos aquel pastel mientras las migas le caían por la blusa, le hacía pensar en su idílica infancia en aquella ciudad, situada en lo que es hoy la esquina suroeste de la República de Eslovaquia.
A unos cien kilómetros de Bratislava, la región donde creció Priska era famosa porque en ella se buscaba oro con bateas, y, de hecho, el nombre de uno de sus ríos, el Zlatnanka, deriva de la palabra eslovaca que significa «oro». «Moravce, la Dorada» era casi tan próspera como sugiere el nombre de la localidad, con una iglesia imponente, colegios y calles de tiendas, cafés y restaurantes, además de un hotel.
Los padres de Priska, Emanuel y Paula Rona, regentaban uno de los cafés kosher más respetables del pueblo, alrededor del que se orquestaba gran parte de la vida local. Con una situación inmejorable en la plaza mayor, el café también tenía un bonito patio. En 1924, Emanuel Rona, próximo a cumplir los cuarenta, había visto en el periódico que el negocio se alquilaba. Con la esperanza de hacer fortuna, tomó la atrevida decisión de trasladarse con su mujer e hijos a doscientos cincuenta kilómetros del remoto pueblecito de Stropkov, emplazado en las colinas orientales que había cerca de la frontera con Polonia.
Priska, que había nacido el 6 de agosto de 1916, tenía ocho años cuando se mudaron, pero volvía a Stropkov con su familia cada vez que se podían permitir ir a visitar a su abuelo materno, David Friedman, un viudo que regentaba una taberna, además de ser un reconocido escritor de panfletos polémicos.
En Zlaté Moravce, el café de la familia era, tal y como la describiría Priska más adelante, bonito, y siempre estaba impoluto gracias a lo duro que trabajaban sus padres y a una serie de devotas camareras. El establecimiento tenía un cacareado salón para funciones privadas que, orgullosa, su madre solía denominar chambre séparée, donde ocho músicos vestidos con traje oscuro tocaban para los clientes cada vez que la mujer retiraba la cortina. «Teníamos buena música y maravillosas bailarinas. La vida que se hacía en el café por aquel entonces era importante. Me encantaba mi juventud».
Su madre, cuatro años más joven y una cabeza más alta que su padre, era tan guapa que quitaba el sentido y bastante ambiciosa —pero sin dar la nota— porque quería lo mejor para su familia. Paula Ronová, que había adoptado el sufijo femenino tradicional eslovaco -ová después de casarse, resultó ser una esposa, una madre y una cocinera excelente, además de una «mujer en extremo decente» que hablaba poco pero pensaba mucho. «Mi madre era mi mejor amiga».
Su padre, por otro lado, les imponía una disciplina estricta y conversaba con su madre bien en alemán, bien en yidis cuando no quería que sus hijos les entendieran. Priska, a quien se le habían dado bien los idiomas desde pequeña, lo entendía todo en secreto. Aunque no siguiera con celo la fe en la que había nacido, Emanuel Rona consideraba importante guardar las apariencias y llevaba a su familia a la sinagoga todos los días festivos judíos.
«Cuando era joven, era importantísimo comportarse con decencia debido al café —comentaba Priska—. Teníamos que ser una buena familia, buenos amigos y buenos propietarios o los clientes no volverían».
Priska, a quien habían llamado Piroška al nacer y que contaba con cuatro hermanos, era la cuarta. Andrej, conocido como «Bandi», era el mayor; su hermana Elizabeth, «Boežka», era la siguiente; luego venía Anička, a quien llamaban «Anita». Cuatro años después de Priska nació Eugen, al que todos conocían por «Janíčko» o «Janko», el más pequeño de todos. Un sexto hermano había muerto siendo un bebé.
La familia vivía detrás del café, en un apartamento tan espacioso como para que cada hijo tuviera su propia habitación. Contaba con un jardín grande que descendía hasta un riachuelo que lo recorría por entero. Priska, atlética y extrovertida, a menudo se reunía allí con sus amigos, donde incluso jugaban al tenis. Era saludable y feliz, tenía un lustroso pelo negro y, como en el caso de sus demás hermanas, era popular entre los chicos de la zona, que, con afecto, la llamaban «Piri» o incluso «Pira».
«Me daba igual que fueran judíos o gentiles. Para mí, todos eran amigos. No establecía diferencias».
Sus hermanos y ella crecieron rodeados de «buenas mujeres», que les ayudaban con las tareas de la casa y hacían las veces de madre. La familia comía bien, con carne kosher presentada de forma «elegante» casi a diario. A menudo, a los suculentos guisos les seguían postres del café. Priska era muy golosa y su postre favorito era la Sachertorte vienesa, un pastel con mucho chocolate, merengue y mermelada de albaricoque.
Aunque no estudiaran religión en el colegio, asistían a las oraciones cada viernes por la tarde y sus padres les exigían que se lavasen las manos a conciencia antes de sentarse a una elegante mesa de Shabbat («Sabbat») con velas especiales y los mejores tejidos.
Priska era una de las seis niñas que había entre los más de treinta alumnos de su clase. Su hermana Boežka era, según ella, una «verdadera intelectual», que aprendía idiomas sin dificultad, como si los absorbiera. Sin embargo, a Boežka apenas le interesaban los libros, pues prefería las labores artísticas, como la costura, en la que destacaba.
Puede que Priska tuviera que esforzarse más que su hermana en el colegio, pero era diligente y estudiar pronto se convirtió en su pasión. Decidida a alcanzar un entendimiento más profundo del mundo, también era diferente de Anna, la más guapa de las hermanas, quien prefería disfrazarse o jugar a las muñecas. «Me gustaba ser la que más sabía», admitía. Desde muy joven le fascinó el cristianismo y a menudo se colaba en el cementerio católico de la ciudad cuando volvía a casa del colegio. Lo que más admiraba era sus imponentes tumbas y mausoleos, y siempre le intrigaban las «nuevas llegadas», acerca de las cuales imaginaba historias, en especial, de cómo habría sido su vida.
Su madre alimentaba el hambre de saber de su hija y se sintió muy orgullosa cuando se convirtió en la primera Rona en ir al colegio secundario —el Gymnázium Janka Král’a—. Inaugurado en 1906, se trataba de un atractivo edificio de estuco blanco y tres pisos de altura, que se alzaba frente al cementerio y el ayuntamiento. Priska, una de los quinientos alumnos con edades comprendidas entre los diez y los dieciocho años, estudiaba inglés y latín, además de alemán y francés, que eran obligatorios. Sus hermanos solo recibieron educación primaria, excepto Bandi, que estudió para contable.
Competitiva por naturaleza, Priska ganó numerosos premios académicos, y sus profesores estaban encantados con sus progresos. La mejor alumna también disfrutaba de la atención de los chicos de su curso, quienes le imploraban que les ayudara con el inglés y se reunían con devoción en el jardín de la chica para que les diera clase. «Solo guardo recuerdos maravillosos de Zlaté Moravce».
La mejor amiga de Priska en el colegio era una chica con el nombre de Gizelle Ondrejkovičová, a la que todos llamaban «Gizka». Aparte de guapa, era también popular. Hija del jefe de policía del distrito, un gentil, no era, ni mucho menos, tan estudiosa como Priska, por lo que su padre llamó un día al de esta para hacerle una oferta. «Si Priska consigue que Gizka acabe los estudios, les permitiré que tengan el café abierto hasta la hora que quieran», ¡y no tendrían que pagar más impuestos por ello!
Y así fue como la cuarta de los Rona pasó a ser, de la noche a la mañana, de vital importancia para el modesto negocio familiar. Mientras Priska fuera la tutora extraoficial de su compañera, garantizaría que el café de la familia prosperase por delante de los demás de la ciudad. Fue una responsabilidad que se tomó muy en serio y, a pesar de que le dejaba poco tiempo para disfrutar de la vida social, Gizka le caía tan bien que se alegraba de ayudarla. Ambas amigas se sentaban juntas en clase y acabaron graduándose al mismo tiempo.
Después de la secundaria, Priska empezó a dedicarse a la enseñanza y parecía que todo le venía de cara para empezar su carrera como profesora de idiomas. Como era buena cantante, se unió al coro de profesores que iba por el país interpretando canciones nacionalistas tradicionales, una de las cuales proclamaba con orgullo: «Soy eslovaco y siempre lo seré», melodía que rompería a cantar con alegría a lo largo de su vida.
En Zlaté Moravce se la tenía en gran estima y disfrutaba de que la saludaran primero por la calle —símbolo eslovaco de respeto—. Se enamoró de un profesor gentil que la llamaba cada semana para llevarla los sábados por la noche a un café, a bailar o a cenar al hotel de la ciudad.
Había pocas razones para que Priska o su familia sospecharan que algo iba a alterar su confortable vida. Aunque los judíos habían sido perseguidos por toda Europa, sufriendo en especial a manos de los rusos durante los pogromos de principios del siglo XIX, se habían adaptado con facilidad a las nuevas naciones europeas surgidas tras la Primera Guerra Mundial y el colapso de los imperios alemán, austrohúngaro y ruso. En Checoslovaquia habían adquirido protagonismo asimilándose bien a la sociedad. Los judíos no solo jugaban un papel clave en la vida productiva y económica, sino que contribuían en todos los campos de la cultura, la ciencia y el arte. Además de construir nuevas escuelas y sinagogas, los judíos estaban en el centro de la vida en los cafés. Así las cosas, la familia Rona apenas sufría el antisemitismo en su comunidad.
Sin embargo, una severa depresión económica después de la Primera Guerra Mundial empezó a cambiar los ánimos a lo largo de la frontera alemana. Adolf Hitler, líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán —conocido más tarde como Partido «Nazi»— desde 1921, acusaba a los judíos de controlar la riqueza de la nación y de ser la fuente de muchos de sus males. Tras las elecciones federales de 1933, en las que los nazis obtuvieron diecisiete millones doscientos mil votos, las autoridades le propusieron a Hitler un gobierno de coalición y lo nombraron canciller. Su ascenso al poder marcó el final de la democrática República de Weimar y el comienzo de lo que fue conocido en el mundo entero como el Dritte Reich («Tercer Reich»).
Los discursos radicales de Hitler denunciaban el capitalismo y condenaban a cuantos se aliaban con los bolcheviques, los comunistas, los marxistas y con el Ejército Rojo ruso para participar en la revolución. Tras escribir en un manifiesto autobiográfico titulado Mein Kampf, publicado en 1925, que «la personificación del diablo como símbolo de todo mal adquiere la forma viva de los judíos» prometió eliminar de Alemania a estos y a otros «indeseables» en lo que describió como una «solución minuciosa».
Una vez proclamado su «nuevo orden» para contrarrestar lo que muchos alemanes veían como injusticias a las que se les había sometido después de la guerra, animó a los guardias de asalto de camisa parda a que hostigaran a los judíos, bloquearan y boicotearan sus negocios. Su grito de guerra, «Sieg Heil!» («¡Arriba la victoria!»), vociferado por las adoctrinadas Juventudes Hitlerianas, retumbaba en las ondas radiofónicas de Berlín. En un tiempo relativamente corto, parecía que Hitler estuviera cumpliendo sus promesas y de hecho obtuvo tal recuperación económica que el apoyo que tenía creció. Animado por el éxito, su gobierno empezó a poner en marcha una serie de leyes que excluyera a los judíos de la vida política, económica y social. Quemaron «degenerados» libros judíos, se expulsó de la universidad a quienes no fueran arios y se empujó al exilio a judíos de renombre, incluido Albert Einstein.
A medida que el antisemitismo germano iba en aumento, los nazis profanaban sinagogas o incluso las quemaban hasta los cimientos, a veces con judíos atrapados en su interior. El piso de las calles en pueblos y ciudades resplandecía por efecto de los cristales rotos, y los escaparates de los negocios judíos eran pintarrajeados con la estrella de David o eslóganes ofensivos. El gobierno animaba a los gentiles —denominados «arios» por los nazis— a denunciar a los judíos y, en medio de aquella atmósfera de desconfianza y traición, judíos que habían vivido felices en el vecindario durante años y cuyos hijos habían crecido mezclándose con los otros, a menudo recibían salivazos o palizas en la calle, e incluso eran arrestados. Había espías muy dispuestos por todos lados, ansiosos por denunciar a sus vecinos con la esperanza de hacerse con sus propiedades. La gente saqueó metódicamente cientos de hogares, en los que entraba sin que nadie se lo impidiera y de los que se llevaba cuanto le placía.
A los alemanes oriundos les animaban a que inspeccionaran y se quedaran con los mejores apartamentos de los judíos, por lo que familias enteras se veían obligadas a abandonar su hogar de la noche a la mañana. Se decía que los nuevos inquilinos se mudaban «antes de que se enfriara el pan recién hecho». A aquellos a quienes habían desahuciado, solo se les permitía mudarse a una casa más pequeña en los distritos más pobres, lo cual les impedía continuar con la vida que habían llevado hasta entonces.
A los que tenían taras físicas y a los enfermos mentales —tanto arios como judíos— los declaraban «indignos de vivir» y muchos fueron enviados a campos o ejecutados sumariamente. El resto de la población tenía pocas opciones, aparte de conformarse con las imposiciones de las Leyes de Nuremberg de Hitler, aplicadas con crueldad y bien pensadas para alienar a los judíos y demás minorías. De acuerdo con lo que los nazis definieron como «racismo científico», con el que pretendían mantener la pureza de sangre alemana, estas regulaciones determinaban quiénes eran «racialmente aceptables» y restringían los derechos civiles básicos de «judíos, gitanos y negros, y de sus retoños bastardos». La Ley de Protección de la Sangre y el Honor Alemán anulaba todos los matrimonios mixtos y, con la intención de evitar la «contaminación racial», condenaba a muerte a todo aquel judío que hubiera mantenido relaciones sexuales con alemanes.
A los judíos les negaron la ciudadanía, y el gobierno arrestaba y recluía en los primeros Konzentrationslager o «KZ» («campos de concentración»), situados, por lo general, en antiguos barracones, a todo aquel que considerara «asocial» o «peligroso» —una categoría difusa que abarcaba a comunistas, activistas políticos, alcohólicos, prostitutas, mendigos y vagabundos; e incluso testigos de Jehová, quienes se negaban a aceptar la autoridad de Hitler.
Los arios tenían prohibido contratar a judíos. Mediante un proceso gradual, les impidieron ejercer su propia profesión —abogacía, medicina y periodismo— y escolarizar a sus hijos más allá de los catorce años. Con el tiempo, les negaron la entrada a los hospitales estatales y no podían alejarse más de treinta kilómetros de su casa. Los parques públicos e infantiles, las piscinas, las playas y las bibliotecas quedaban siempre fuera de dicho límite. El gobierno borró de los monumentos conmemorativos el nombre de los soldados judíos que habían participado en la Primera Guerra Mundial, a pesar de que tantos de ellos hubieran luchado por el káiser en aquel conflicto.
Las autoridades instauraron un sistema de cartillas de racionamiento y sellos de comida, pero a los judíos les tocaba la mitad que a los arios. Además, solo les permitían comprar en tiendas concretas y entre las tres y las cinco de la tarde, hora en la que ya se había vendido la mayor parte de los artículos frescos. Tenían prohibido ir al cine y al teatro y viajar en los vagones delanteros del tranvía; solo podían ir en el último, que a menudo estaba abarrotado y, por tanto, hacía mucho calor en él. Los judíos tuvieron que entregar sus radios en las comisarías, y el gobierno estableció un toque de queda para ellos entre las ocho de la noche y las seis de la mañana, que aplicaba a rajatabla.
Asustados por la nueva política, miles huyeron a Francia, Holanda y Bélgica en busca de asilo. Checoslovaquia, nación que se llamaba así desde 1918, se convirtió en otro refugio habitual, pues no solo disponía de fuertes fronteras, sino de aliados poderosos —entre los que se contaba Francia, Gran Bretaña, y Rusia— y la familia de Priska seguro que era una de las muchas que se sintió a salvo allí.
Entonces, en marzo de 1938, mientras Europa temblaba, Hitler anexionó Austria en lo que pasó a ser conocido como el Anschluss («la Anexión»). Tras declarar la autodeterminación alemana, exigió Lebensraum, un mayor «espacio vital» para su pueblo. Pocos meses después, el gobierno revocaba todos los permisos de residencia de los extranjeros que vivían en el Reich. El gobierno polaco declaró inesperadamente que invalidaría los pasaportes de los ciudadanos a menos que volvieran a Polonia para renovarlos. Para facilitar esto, los nazis ordenaron la expulsión del país a unos doce mil judíos polacos. Los polacos no lo aceptaron, lo que provocó que vivieran en un nada envidiable limbo en la frontera.
Deseoso de negociar la paz, dado que había pasado tan poco tiempo de la Gran Guerra, el primer ministro británico, Neville Chamberlain, condujo una serie de reuniones internacionales que concluyeron con el Acuerdo de Múnich en septiembre de aquel año. Sin participación rusa ni checa, los mayores poderes europeos dieron permiso a Hitler para ocupar las regiones del norte, del sur y del oeste de Checoslovaquia, conocidas en conjunto como Sudetenland («Los Sudetes»), y habitadas en su mayoría por hablantes alemanes. Gracias a este pacto, que muchos checos apodaron «La traición de Múnich», el país perdió fronteras estratégicas.