Kitabı oku: «Comentario al Nuevo Testamento Vol. 11»

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Editorial CLIE

Ferrocarril, 8

08232 VILADECAVALLS (Barcelona)

COMENTARIO AL NUEVO TESTAMENTO

Volumen 11 - Filipenses, Colosenses, 1ª y 2ª Tesalonicenses

Traductor de la Obra completa: Alberto Araujo

© por C. William Barclay. Publicado originalmente en 1970 y actualizado en 1991 por The Saint Andrew Press, 121 George Street, Edimburgh, EH2 4YN, Escocia.

© 1999 por CLIE para la versión española.

ISBN 978-84-7645-749-8 Obra completa

ISBN 978-84-8267-605-0 Volumen 11

Clasifíquese: 0246 COMENTARIOS COMPLETOS N.T. -Filipenses C.T.C. 01-02-0246-05

Referencia: 22.38.57

PRESENTACIÓN

Nuestros conocimientos de la Iglesia primitiva en su confrontación con el paganismo, de las riquezas de Evangelio, de la Persona y la Obra de Jesucristo, y de la persona del propio Pablo habrían quedado lastimosamente menguados si no tuviéramos estas cartas. Aunque figuran entre las más breves de Pablo, no son por ello menos interesantes e importantes.

Las cuatro cartas de Pablo que se estudian en este tomo son todo lo diferentes que hacía suponer la relación tan diferente que tuvo Pablo con cada una de aquellas iglesias. La de Filipos fue la más entrañablemente vinculada con el Apóstol; la de Colosas era una que él no había fundado, ni ni siquiera visitado nunca, y en cuanto a la de Tesalónica, había estado allí un tiempo tan breve que, al tener que salir precipitadamente a causa de la persecución de que era objeto, lo que más le preocupaba era si el Evangelio habría arraigado suficientemente en aquella ciudad, clave para ganar a todo un mundo para Cristo.

Filipenses —la epístola del gozo, y de las cosas excelentes— es una carta de agradecimiento por la ayuda recibida, de aliento frente a las adversidades, y de llamada a la unidad; carta que no olvidaremos nunca por el pasaje emblemático de la humillación y la exaltación de Jesucristo (2:5-11). «Para muchos de nosotros —especifica Pablo— Filipenses es la carta más preciosa de todas las que se conservan de Pablo.»

De Colosenses —«la gran carta» escrita a la iglesia de una ciudad sin importancia—, solo conociendo su trasfondo ideológico se puede comprender su grandeza. «Ninguna otra carta de Pablo presenta una enseñanza tan elevada de Jesucristo ni insiste tanto en Su plenitud y suficiencia,» —dice Barclay. Tesalonicenses es clave para el estudio de la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo, y se debe a que Pablo tuviera que escribirles a los cristianos de Tesalónica para aclarar ciertos conceptos básicos acerca de la esperanza cristiana y las responsabilidades del cristiano en la vida diaria.

Siguiendo el ejemplo de la edición original nos proponemos añadir al comentario de todos los libros del Nuevo Testamento un tomo más, que será el índice general de las palabras originales, los nombres propios y los temas que se mencionan o desarrollan en los diversos volúmenes. Un adelanto de esa herramienta de estudio bíblico ha ido apareciendo en cada tomo, y ofrece en este posibilidades especiales. Así, por ejemplo, el de los atributos del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo; las causas y remedios de la desunión; la esencia del Evangelio; la oración; el Bautismo; el gozo; la Iglesia —señales de la iglesia fiel, señales de la iglesia genuina, señales de la iglesia vital—; el secreto de la intercesión; las señales de la salvación; la solidaridad cristiana, y la vida cristiana, sus señales y sus marcas.

Como en otros tomos de este comentario aparecen aquí personajes interesantes y ejemplares del relato bíblico y de la Historia de la Iglesia, como los fieles camaradas que el Apóstol menciona al final de Colosenses —Tíquico, Aristarco, Marcos, Epafras, Lucas, Demas y Ninfas, y, desde luego, Epafrodito de Filipos— y figuras de la historia de la Iglesia que Barclay trae a colación oportunamente, como el obispo Policarpo de Esmirna, Ambrosio de Milán, Juan Knox de Escocia y muchos, muchos más. Y es que William Barclay aprovecha la ocasión para recordarnos —o hacer que nos vayan sonando— nombres y temas clave del pueblo de Dios de todos los tiempos.

Alberto Araujo

INTRODUCCIÓN GENERAL A LAS CARTAS DE PABLO
LAS CARTAS DE PABLO

Las cartas de Pablo son el conjunto de documentos más interesante del Nuevo Testamento; y eso, porque una carta es la forma más personal de todas las que se usan en literatura. Demetrio, uno de los antiguos críticos literarios griegos, escribió una vez: «Cada uno revela su propia alma en sus cartas. En cualquier otro género se puede discernir el carácter del escritor, pero en ninguno tan claramente como en el epistolar» (Demetrio, Sobre el Estilo, 227). Es precisamente porque disponemos de tantas cartas suyas por lo que nos parece que conocemos tan bien a Pablo. En ellas abría su mente y su corazón a los que tanto amaba; en ellas, aun ahora podemos percibir su gran inteligencia enfrentándose con los problemas de la Iglesia Primitiva, y sentimos su gran corazón latiendo de amor por los hombres, aun por los descarriados y equivocados.

EL ENIGMA DE LAS CARTAS

Por otra parte, muchas veces no hay nada más difícil de entender que una carta. Demetrio (Sobre el Estilo, 223) cita a Artemón, el editor de las cartas de Aristóteles, que decía que una carta es en realidad una de las dos partes de un diálogo, y como tal debería escribirse. En otras palabras: leer una carta es como escuchar un lado de una conversación telefónica. Por eso a veces nos es difícil entender las cartas de Pablo: porque no tenemos la otra a la que está contestando, y no conocemos la situación a la que se refiere nada más que por lo que podemos deducir de su respuesta. Antes de intentar entender cualquiera de las cartas que escribió Pablo debemos hacer lo posible para reconstruir la situación que la originó.

LAS CARTAS ANTIGUAS

Es una lástima que las cartas de Pablo se llamen epístolas. Son, en el sentido más corriente, cartas. Una de las cosas que más luz han aportado a la interpretación del Nuevo Testamento ha sido el descubrimiento y la publicación de los papiros. En el mundo antiguo, el papiro era el antepasado del papel en el que se escribían casi todos los documentos. Se hacía con tiras de la corteza de una planta que crecía en las orillas del Nilo. Las tiras se colocaban unas encima de otras y se abatanaban, de lo que resultaba algo parecido al papel de estraza. Las arenas del desierto de Egipto eran ideales para la conservación de los papiros, que eran de larga duración siempre que no estuvieran expuestos a la humedad. Los arqueólogos han rescatado centenares de documentos, contratos de matrimonio, acuerdos legales, fórmulas de la administración y, lo que es más interesante, cartas personales. Cuando las leemos nos damos cuenta de que siguen una estructura determinada, que también se reproduce en las cartas de Pablo. Veamos una de esas cartas antiguas, que resulta ser de un soldado que se llamaba Apión a su padre Epímaco, diciéndole que ha llegado bien a Miseno a pesar de la tormenta.

«Apión manda saludos muy cordiales a su padre y señor Epímaco. Pido sobre todo que usted se encuentre sano y bien; y que todo le vaya bien a usted, a mi hermana y su hija y a mi hermano. Doy gracias a mi Señor Serapis por conservarme la vida cuando estaba en peligro en el mar. En cuanto llegué a Miseno recibí del César el dinero del viaje, tres piezas de oro; y todo me va bien. Le pido, querido Padre, que me mande unas líneas, lo primero para saber cómo está, y también acerca de mis hermanos, y en tercer lugar para que bese su mano por haberme educado bien, y gracias a eso espero un ascenso pronto, si Dios quiere. Dé a Capitón mis saludos cordiales, y a mis hermanos, y a Serenilla y a mis amigos. Le mandé un retrato que me pintó Euctemón. En el ejército me llamo Antonio Máximo. Hago votos por su buena salud. Recuerdos de Sereno, el de Ágato Daimón, y de Turbo, el hijo de Galonio» (G. Milligan, Selections from the Greek Papyri, 36).

¡No podría figurarse Apión que estaríamos leyendo la carta que le escribió a su padre 1800 años después! Nos muestra lo poco que ha cambiado la naturaleza humana. El mozo está esperando un pronto ascenso. Era devoto del dios Serapis. Serenilla sería la chica con la que salía. Y le ha mandado a los suyos el equivalente de entonces de una foto.

Notamos que la carta tiene varias partes: (i) Un saludo. (ii) Una oración por la salud del destinatario. (iii) Una acción de gracias a un dios. (iv) El tema de la carta. (v) Finalmente, saludos para unos y recuerdos de otros. En casi todas las cartas de Pablo encontramos estas secciones, como vamos a ver:

(i) El saludo: Romanos 1:1; 1 Corintios 1:1; 2 Corintios 1:1; Gálatas 1:1; Efesios 1:1; Filipenses 1:1; Colosenses 1:1s; 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:1.

(ii) La oración: en todas sus cartas Pablo pide la gracia de Dios para las personas a las que escribe: Romanos 1:7; 1 Corintios 1:3; 2 Corintios 1:2; Gálatas 1:3; Efesios 1:2; Filipenses 1:3; Colosenses 1:2; 1 Tesalonicenses 1:1; 2 Tesalonicenses 1:2.

(iii) La acción de gracias: Romanos 1:8; 1 Corintios 1:4; 2 Corintios 1:3; Efesios 1:3; Filipenses 1:3; 1 Tesalonicenses 1:3; 2 Tesalonicenses 1:3.

(iv) El tema de la carta: de lo que trata cada una.

(v) Saludos especiales y recuerdos personales: Romanos 16; 1 Corintios 16:19; 2 Corintios 13:13; Filipenses 4:21s; Colosenses 4:12-15; 1 Tesalonicenses 5:26.

Las cartas de Pablo siguen el modelo de todo el mundo. Deissmann dice de ellas: «Son diferentes de las otras que encontramos en las humildes hojas de papiro de Egipto, no en cuanto cartas, sino en cuanto cartas de Pablo.» No son ejercicios académicos ni tratados teológicos, sino documentos humanos escritos por un amigo a sus amigos.

LA SITUACIÓN INMEDIATA

Con unas pocas excepciones, Pablo escribió todas sus cartas para salir al paso de una situación inmediata, y no como tratados elaborados en la paz y el silencio de su despacho. Si se había producido una situación peligrosa en Corinto, Galacia, Filipos o Tesalónica, Pablo escribía una carta para solucionarla. No estaba pensando en nosotros, sino solamente en aquellos a los que escribía. Deissmann dice: «Pablo no estaba pensando en añadir unas pocas composiciones nuevas a las ya existentes epístolas judías; y menos en enriquecer la literatura sagrada de su nación... No tenía ningún presentimiento del lugar que sus palabras llegarían a ocupar en la historia universal; ni siquiera de que se conservarían en la generación siguiente, y mucho menos de que llegaría el día en que se consideraran Sagrada Escritura.» Debemos recordar siempre que una cosa no tiene que ser pasajera porque se escribió para salir al paso de una situación inmediata. Todas las grandes canciones de amor del mundo se escribieron para una persona determinada, pero siguen viviendo para toda la humanidad. Precisamente porque Pablo escribió sus cartas para salir al paso de un peligro amenazador o de una necesidad perentoria es por lo que todavía laten de vida. Y es precisamente porque las necesidades y las situaciones humanas no cambian por lo que Dios nos habla por medio de ellas hoy.

LA PALABRA HABLADA

De una cosa debemos darnos cuenta en estas cartas. Pablo hacía lo que la mayoría de la gente de su tiempo: no escribía él mismo las cartas, sino se las dictaba a un amanuense, y añadía al final su firma, a veces con algunas palabras más. (Conocemos el nombre de uno de los que escribieron para Pablo: en Romanos 16:22, Tercio, el amanuense, introduce su propio saludo antes del final de la carta). En 1 Corintios 16:21 Pablo dice: «Esta es mi firma, mi autógrafo, para que estéis seguros de que esta carta os la mando yo.» (Ver también Colosenses 4:18; 2 Tesalonicenses 3:17).

Esto explica un montón de cosas. Algunas veces es difícil entender a Pablo porque sus frases no terminan nunca, la gramática se quiebra y se enreda la construcción. No debemos figurárnosle sentado tranquilamente a su mesa de despacho, puliendo cuidadosamente cada frase; sino más bien recorriendo de un lado a otro la habitación, soltando un torrente de palabras, mientras su amanuense se daba toda la prisa que podía para no perder ni una. Cuando Pablo componía sus cartas, tenía presentes en su imaginación a las personas a las que iban destinadas, y se le salía del pecho el corazón hacia ellas en palabras que se atropellaban en su voluntad de ayudar.

LA CARTA A LOS FILIPENSES
INTRODUCCIÓN A LA CARTA A LOS FILIPENSES

Podemos considerarnos afortunados por lo menos en un aspecto de nuestro estudio de Filipenses: no se nos presentan problemas críticos; porque no hay ningún estudioso notable del Nuevo Testamento que haya dudado nunca de que sea una carta genuina y auténtica del apóstol Pablo.

FILIPOS

Cuando Pablo escogía un lugar para predicar el Evangelio tenía siempre la cualidad de un gran estratega. Siempre escogía los que no solo eran importantes por sí mismos sino también como centro de comunicaciones de una zona. Hasta nuestros días muchos de los lugares en los que predicó Pablo siguen siendo enlaces de grandes carreteras y líneas de ferrocarril. Ese es el caso de Filipos, que tenía por lo menos tres cualidades para ser importante.

(i) Había en sus aledaños minas de oro y de plata que se llevaban explotando desde tiempos de los fenicios. Es verdad que ya estaban agotadas cuando empezó la historia de la Iglesia; pero habían convertido Filipos en un gran centro comercial del mundo antiguo.

(ii) La ciudad había sido fundada por Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, de quien había tomado su nombre. Se había construido en el emplazamiento de una ciudad antigua llamada Krênídês, nombre que quería decir Los Pozos o Las Fuentes. Filipo había fundado Filipos en 368 a.C. porque no había un lugar más estratégico en toda Europa. Hay una cadena de montañas que divide Europa de Asia, el Oriente del Occidente, y hay cerca de Filipos un puerto en esa cordillera que era el paso obligado de una carretera importantísima, lo que hacía que esta ciudad controlara en tráfico entre Europa y Asia. Esa fue la razón para que se librara en Filipos una de las grandes batallas de la Historia, en la que Antonio derrotó a Bruto y Casio, decisiva para el futuro del Imperio Romano.

(iii) No mucho después, Filipos recibió la distinción de ser una colonia romana. Eran las tales unas instituciones alucinantes. No eran colonia en el sentido de ser avanzadillas de la civilización en partes inexploradas del mundo. Habían empezado teniendo una importancia militar. Roma tenía la costumbre de enviar grupos de soldados veteranos, a los que se concedía la ciudadanía romana cuando se licenciaban, para que se instalaran en centros estratégicos de las carreteras. Lo corriente era que estos grupos consistieran en trescientos veteranos, con sus mujeres e hijos. Estas colonias eran focos del gran sistema romano de carreteras que permitía que pudieran llegar refuerzos rápidamente de una colonia a otra. Estaban establecidas para mantener la paz y controlar los puntos estratégicos del vasto Imperio Romano. En un principio se habían fundado en Italia; pero pronto se fueron extendiendo por todo el Imperio. Posteriormente se le concedía el título de colonia a cualquier ciudad que se quisiera honrar por algún servicio fiel.

Dondequiera que estuvieran, estas colonias eran reflejos de Roma, y el poseer la ciudadanía romana era su característica dominante. Se hablaba la lengua de Roma; se vestía como en Roma; se observaban las costumbres de Roma; sus magistrados tenían títulos romanos, y se llevaban a cabo las mismas ceremonias que en la misma Roma. Eran fanática e inalterablemente romanos, y no habrían aceptado el que se los asimilara con los pueblos circundantes. Podemos percibir el orgullo romano en la acusación que hicieron a Pablo y Silas en Hechos 16:20s: «Estos tipos son judíos, y están tratando de enseñar e introducir leyes y costumbres que no nos es lícito observar —¡porque somos romanos!»

«Vosotros sois una colonia del Cielo,» les escribió Pablo a los creyentes filipenses (Filipenses 3:20). Lo mismo que un ciudadano de una colonia romana no olvidaba nunca en ningunas circunstancias que era romano, así debían ellos recordar siempre que eran cristianos, estuvieran donde estuvieran. No había personas que estuvieran más orgullosas de ser romanas que las de esas colonias; y así eran los filipenses.

PABLO Y FILIPOS

Fue en su segundo viaje misionero, hacia el año 52 d.C., cuando llegó Pablo a Filipos por primera vez. Motivado por la visión del varón macedonio con su petición de que pasara a Macedonia a ayudarlos, Pablo había navegado desde la Tróade Alejandrina de Asia Menor, había desembarcado en Europa en Neápolis, y pasado de allí a Filipos.

La historia de la estada de Pablo en Filipos se nos cuenta en Hechos 16; y es una historia bien interesante. Se centra en torno a tres personas: Lidia, la vendedora de púrpura; la muchacha esclava demente que usaban sus amos como adivina, para sacar dinero, y el carcelero romano. Es un corte transversal alucinante de la sociedad antigua. Estas tres personas tenían distintas nacionalidades. Lidia era asiática, y puede que su nombre no fuera tanto el suyo propio como el de su procedencia, «la señora de Lidia.» La muchacha esclava era griega de nacimiento. Y el carcelero era ciudadano romano. La totalidad del Imperio estaba representada en la iglesia cristiana. Pero no eran distintas estas tres personas solamente por su nacionalidad; también procedían de diferentes estratos sociales. Lidia era vendedora de púrpura, una de las sustancias más caras del mundo antiguo, y representaba la gran industria. La muchacha poseída era una esclava, y por tanto, para la ley, no era una persona, sino simplemente una herramienta viva. El carcelero era un ciudadano romano, perteneciente a la sólida clase media de la que procedían los funcionarios. En estos tres estaban representadas la clase más alta, la más baja y la media. No hay ningún otro capítulo de la Biblia que nos presente tan claramente como este el carácter comprensivo de la fe que Jesucristo trajo al mundo.

PERSECUCIÓN

Pablo tuvo que marcharse de Filipos tras una tormenta de persecución y un encarcelamiento ilegal. La persecución la heredó después la iglesia filipense. Pablo les dice que han compartido sus cadenas y su defensa del Evangelio (1:7). Los exhorta a que no se dejen atemorizar por los adversarios, porque ellos están pasando lo que él mismo pasó y sigue pasando (1:28-30).

VERDADERA AMISTAD

Se había desarrollado entre Pablo y la iglesia filipense un nexo de amistad como no lo tenía con ninguna otra iglesia. Se enorgullecía de no haber aceptado nunca ayuda de ninguna otra persona o iglesia, y que subvenía a sus necesidades con el trabajo de sus propias manos. Sólo accedió a aceptar ayuda de los filipenses. Después de salir de Filipos pasó a Tesalónica, adonde le mandaron un regalo (4:16). Cuando siguió adelante y llegó a Corinto pasando por Atenas, ellos fueron los únicos que se acordaron de él con sus dones (2 Corintios 11:9). «Hermanos míos, queridos y anhelados —los llama—, mi gozo y mi corona en el Señor» (4:1).

LA OCASIÓN DE ESTA CARTA

Cuando Pablo escribió esta carta estaba preso en Roma, y la escribió con ciertos propósitos definidos.

(i) Es una carta de gracias. Habían pasado los años; era entonces el año 63 ó 64 d.C., y los filipenses le han vuelto a mandar un regalo (4:10s).

(ii) Tiene que ver con Epafrodito. Parece que los filipenses le habían enviado no solo como portador del regalo, sino para que se quedara con Pablo y le fuera de ayuda. Pero Epafrodito cayó enfermo. Echaba de menos su casa, y estaba preocupado porque sabía que los suyos estaban preocupados por él. Pablo le envía de vuelta, pero tenía la preocupación de que los amigos filipenses pudieran tener la impresión de que Epafrodito les había fallado; así es que les sale al encuentro con su testimonio: «Recibidle con mucha alegría, y honrad a los que son como él, porque estuvo a punto de dar la vida en la causa de Cristo» (2:29s). Hay algo muy conmovedor en esta actitud de Pablo, preso y esperando la muerte, esforzándose por hacerle las cosas más fáciles a Epafrodito, que se había visto obligado a volver a casa inesperada e involuntariamente. Aquí tenemos el Everest de la cortesía cristiana.

(iii) Es una carta de aliento para los filipenses que están pasando pruebas (1:28-30).

(iv) Es una llamada a la unidad. De esa situación surge el gran pasaje que nos habla de la humildad generosa de Jesucristo (2:1-11). Había en la iglesia de Filipos dos mujeres que se habían peleado y estaban poniendo en peligro la paz (4:2); y había falsos maestros que estaban tratando de seducir a los creyentes filipenses para apartarlos del camino recto (3:2). Esta carta es una llamada a mantener la unidad de la Iglesia.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
290 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788482676050
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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