Kitabı oku: «La conquista del lenguaje»

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La conquista del lenguaje

La conquista del lenguaje

Una mirada a la evolución de la mente simbólica

Xurxo Mariño


Primera edición en Shackleton Books: septiembre de 2020

El presente libro es una edición ampliada y actualizada del que apareció publicado por primera vez en EMSE EDAPP, S. L. con el título El misterio de la mente simbólica.

La conquista del lenguaje. Una mirada a la evolución de la mente simbólica

© 2018, 2020, Xurxo Mariño

© 2020, de esta edición, Shackleton Books, S.L.


www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño de tripa y maquetación: Kira Riera

Composición ebook: Víctor Sabaté (Iglú de libros)

© Fotografías (referencias sobre la página de la edición en papel): Heritage Image Partnership Ltd / Alamy Stock Photo (p. 57), Fotografía cortesía de Aleix M. Martinez (p. 113), Dptro / Shutterstock (p. 122). Dominio público: Nilina/Pexels (p. 17), Hellen Keller (p. 77). Wikimedia Commons: Mindfrieze (p. 25 izq.), Poeticbent (Originally Sodipodi clipart) (p. 25, centro) y Rubken (p. 25 dcha.), José-Manuel Benito (pág. 51), Von Rameessos-Eigenes Werk, Gemeinfrei (pág. 147 a), Claude Valette [CC BY-SA 4.0] (pág. 147 ab.), Dagmar Hollmann [CC BY-SA 3.0] (pág. 150).

© Ilustraciones (referencias sobre la página de la edición en papel): Jordi Dacs (págs. 44, 66, 83, 88, 97, 99 [basada en la de Penfield, W., Y Rasmussen, T., The cerebral cortex of man. A clinical Study of localization of function, 1950]. Icons by Icons8

ISBN: 978-84-18139-18-5

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

Introducción. La singularidad humana

La tríada virtuosa

Índices, iconos y símbolos

Inventos digitales

Comunicación animal

El bonobo que maneja símbolos

El gran problema

La senda de los cabezudos

Sobre el tamaño del encéfalo

Las primeras herramientas

La tecnología más exitosa de la historia

Los primeros europeos

Cara a cara

Modelos para explicar la distribución de Homo sapiens

Los números cuentan

Un cerebro grande para mis amigos

Un dilema evolutivo con final feliz

De la infancia a la adolescencia

Todos somos niñas y niños prodigio

Sin ti no soy nada

La máquina de pensar palabras

Estructura básica del sistema nervioso humano

Neuronas para el lenguaje

Tomando el control

Y se hizo el lenguaje

Hace un millón y medio de años

Las semillas de las palabras

La carne es mía

Yo te entiendo

Romper el silencio

Cultura, genética y viceversa

Mis primeras palabras

Listos para el viaje

Homo sapiens se hace mayor

La llegada a Europa

Una explosión sin precedentes

Y aquí estamos

Dando forma a la mente

Epílogo. Del hacha de piedra al disco de la Voyager

Apéndices

Sobre el autor

Para el pequeño Fuco

Introducción
La singularidad humana

En estos momentos estás recibiendo un implante mental. Al leer estas líneas se está reproduciendo con precisión en tu mente la misma secuencia de palabras que hace algún tiempo generó mi cerebro. Si estuviésemos cara a cara podría realizar este implante de manera casi instantánea, utilizando el lenguaje oral —o el de signos— para transmitir a tu mente el flujo de ideas y pensamientos que fluyen por la mía. No conocemos ningún otro ser vivo que posea, ni de lejos, un sistema tan preciso y eficaz para transmitir el pensamiento. Ni para generarlo. El lenguaje no es solo un sistema de comunicación, sino que también —o, sobre todo— es una herramienta para articular el pensamiento. Como escribía Étienne Bonnot de Condillac hace más de dos siglos, «no pensamos sino con el socorro de las palabras, y esto basta para hacer comprender que el arte de razonar ha comenzado con las lenguas: que no ha podido hacer progresos sino en cuanto ellas los han hecho». Pensamos en gran medida con palabras y la inmensa mayoría de esas palabras, de ese lenguaje, se queda en la intimidad de nuestra mente. Organizamos nuestras elucubraciones mentales mediante cadenas de palabras ordenadas según unas reglas sintácticas. Tenemos también, desde luego, una cantidad importante de actividad mental que no depende del lenguaje, como la percepción del tacto, del sonido de la lluvia, del sabor de las manzanas, la risa o el llanto. Pero cada vez que reflexionamos sobre algún asunto, o cada vez que elaboramos un plan de acción, estamos apoyando nuestra mente sobre el sólido y a la vez intangible edificio del lenguaje. Una pequeña parte de ese mundo lingüístico interior sale en ocasiones al exterior —en algunas personas con más frecuencia que en otras— y termina por impactar en otras mentes. La comunicación mediante el lenguaje nos permite construir una cultura, conocer cosas sin haberlas vivido, trascender el presente; todo esto tiene, en términos evolutivos, un gran valor adaptativo, ya que podemos sacar provecho del saber acumulado a lo largo de las generaciones y así, por ejemplo, acceder a innovaciones hechas por otras personas separadas de nosotros en el espacio y en el tiempo o evitar situaciones peligrosas sin tener que sufrirlas ni una sola vez.

La característica más sobresaliente del lenguaje es su naturaleza simbólica. La mente humana maneja símbolos sin despeinarse. No sabemos muy bien cómo ni mediante qué procesos evolutivos se ha desarrollado esta fascinante capacidad de abstracción. Las personas que se dedican a estudiar el lenguaje y la mente simbólica desde el punto de vista de la lingüística, la neurociencia, la paleoantropología, la psicología o la arqueología no tienen mucho a donde agarrarse. Ningún otro animal posee algo parecido. Hasta donde sabemos, estamos solos en el universo de los símbolos, pero al menos podemos contarlo. Las palabras y los gestos no fosilizan, el tejido nervioso lo hace en raras ocasiones, y los restos fósiles de nuestros ancestros, de las especies de homininos que nos precedieron, son escasos y dispersos. Y, con todo, existen algunas pistas que permiten comenzar a tejer el lienzo en el que está representado el misterio de la evolución de la mente simbólica y el lenguaje. Pistas que vienen del pasado, a través de las investigaciones arqueológicas y el estudio de los fósiles, y pistas que podemos extraer del presente, agazapadas en nuestro intrincado tejido neuronal, en el proceso de aprendizaje lingüístico de las criaturas humanas, y en el comportamiento y capacidad de aprendizaje de nuestros parientes primates.

La capacidad de externalización, de comunicar a otras personas los pensamientos íntimos es, en realidad, la parte más sencilla de explicar. Lo complicado es descubrir cómo se ha producido la evolución de la capacidad lingüística, cómo se ha modificado el sistema nervioso de los humanos en los últimos dos millones de años, cómo se produce la asimilación y el aprendizaje de la lengua o las lenguas maternas por bebés humanos, y cómo la mente consciente brega a diario con el mundo de los símbolos. La externalización, decía, es sencilla de explicar, pero no por ello deja de ser una habilidad sin par. Si se piensa con un poco de detalle, cada vez que hacemos algo tan habitual y común como comunicarnos mediante un lenguaje, estamos utilizando un sistema único y de una eficacia extraordinaria para transmitir de una mente a otra cualquier tipo de pensamiento, reflexión o idea. Debido a una remodelación evolutiva de sus funciones originales —lo que en biología se llama exaptación— los mecanismos de la respiración y de la masticación han adquirido en nuestro linaje un cometido nuevo. En el momento en que una persona desea comunicar de forma oral algo a otros seres humanos, se pone en marcha una secuencia de procesos que, aunque cotidiana, resulta extraordinaria. En primer lugar, se activan grupos de neuronas de la corteza cerebral que se encargan de enviar órdenes de contracción a los músculos encargados de la fonación. Mediante una serie de contracciones de precisión exquisita, la caja torácica expulsa un flujo de aire que se modula, primero, a su paso por las cuerdas vocales y, a continuación, en el complejo y siempre cambiante mundo del tracto vocal. Los medidos movimientos de la lengua y la boca terminan de esculpir las vibraciones de aire que lanzamos al exterior. Nuestra mente ha conseguido perturbar el aire, y ahora el mensaje que hemos producido viaja libre y en todas direcciones a una velocidad de unos 340 metros por segundo. El aire no tiene prejuicios y admite todo tipo de perturbaciones en su seno; las ondas que ha producido nuestra mente se mezclarán con otras que emanan de un chorro de agua, del motor de los coches, el canto de algún pájaro y decenas de fuentes más. Todas se irán disipando a medida que se propagan, y desaparecerán para siempre. O no. La perturbación emitida por la mente humana tiene una característica muy particular: puede tropezar con otra mente humana y ser decodificada. Nuestro sistema nervioso está acoplado a un sensor de alta fidelidad de vibraciones del aire, el sistema auditivo (como dice el científico Richard Dawkins, se trata de un sistema de microbarómetros de gran precisión). Con este instrumento hacemos algo maravilloso: convertimos perturbaciones del aire en descargas eléctricas neuronales. De esta manera, parte de la actividad neuronal que hace un momento estaba en el cerebro de una persona se reproduce en el tejido nervioso de la receptora: su mente ha recibido un implante que, gracias a la versatilidad simbólica del lenguaje, puede contener cualquier tipo de información.

El lenguaje oral es inmediato, y el mensaje puede tener una vida más o menos efímera o retenerse en la memoria de los participantes; algo similar ocurre con el lenguaje de signos, aunque en este caso la maquinaria receptora está en el ojo y la emisión consiste en gestos realizados con el cuerpo. Por su parte, el lenguaje escrito, este que ahora mismo experimentas, permite realizar un fascinante salto en el espacio y el tiempo: el emisor y el receptor pueden estar separados por días, meses o incluso siglos. La flexibilidad y fiabilidad del lenguaje escrito es tan grande que permite conocer los pensamientos íntimos de una persona que lleva muerta doscientos años, o dos mil. Incluso es posible viajar a la mente pretérita de uno mismo, cuando leemos algo que hemos escrito hace tiempo y que, para nuestra mente actual, siempre cambiante y dependiente de una memoria sujeta a todo tipo de modificaciones y reelaboraciones, comienza a resultar ajeno.

Y hay, además, una profunda dimensión filosófica en la aparición del lenguaje en el género Homo, ya que es una herramienta que nos habilita para hacer juicios morales. El filósofo Jesús Mosterín resumía así esta relación: «Sin lenguaje puede haber compasión, cooperación y quizá algo así como un sentido de la justicia, pero lo que no puede haber es moral ni ética, pues una moral es un sistema de reglas explícitas, articuladas lingüísticamente y la ética es la reflexión argumentada sobre la moral».

La tríada virtuosa

Como acabamos de ver, los humanos modernos, los Homo sapiens, somos unos animales bastante particulares. Si hubiera que sintetizar las características que definen la naturaleza humana y que, en conjunto, nos separan del resto de seres vivos, se podrían escoger estas tres: autoconsciencia, pensamiento simbólico y lenguaje. La aleación que resulta de la mezcla de estos elementos es tan rara —hasta donde sabemos, única— que algunos investigadores, como el antropólogo Terrence Deacon, han llegado a sugerir que, aunque desde un punto de vista biológico somos un simio más, las capacidades cognitivas bastarían para situar al Homo sapiens en un nuevo phylum o filo (el reino animal se divide en varios filos, como el filo de los vertebrados, el de los moluscos, etcétera; para algunos autores, podíamos olvidarnos de nuestra naturaleza de vertebrado y pasarnos al nuevo filo de los parlantes). Veamos en qué consisten estos elementos que nos definen.

Los humanos modernos somos autoconscientes, cada persona tiene consciencia de que existe como un ente individual, distinto del resto de congéneres. Es decir, no solo tenemos mente, como con bastante probabilidad ocurre con muchos otros animales, sino que la mente de cada persona percibe con claridad su existencia en este mundo y, por extensión, la existencia de otras mentes. No es sencillo definir qué es la mente, y las personas que en los campos de la neurociencia, la psicología y la filosofía se dedican a estudiar este concepto tan difuso pocas veces se ponen de acuerdo. Para acotar de alguna manera las cosas, se puede definir mente como una percepción íntima e intransferible del propio cuerpo y de algunos aspectos del mundo externo. Partiendo de esta definición, podemos suponer que hay muchos animales que tienen mente, pero también muchos otros que no llegan a generar algo así y que se mueven por el planeta en un estado de vigilia que no genera ningún mundo interior. Una garrapata, un erizo de mar y una lombriz de tierra poseen estados de vigilia en los que es difícil imaginar la existencia de una mente; su comportamiento es el resultado de una interacción mecánica y estereotipada con el medio.

Por su parte, caballos, pingüinos, focas, perros, gatos, gaviotas y muchos otros animales, con sistemas nerviosos más complejos e interacciones con el medio más variadas, poseen con toda probabilidad eso que he definido como mente. Sin embargo, hay dudas de que se trate de mentes autoconscientes. Los trabajos de investigación en el complicado campo de la etología (estudio del comportamiento animal) sugieren que la autoconsciencia no es una capacidad muy extendida. No se trata de un terreno exclusivo de los humanos, pero sí limitado a, por el momento, un grupo escaso de animales.

A mediados del siglo pasado se diseñó un sencillo pero informativo experimento que permite detectar autoconsciencia en algunos animales: el llamado test del espejo. Lo realizó por primera vez el psicólogo Gordon Gallup con un grupo de chimpancés, nuestro pariente vivo más próximo. En aquel estudio los animales se mantuvieron en recintos individuales y delante de cada uno se colocó un espejo. Se dejó que se acostumbraran e interaccionaran con sus espejos durante diez días. Como era de esperar, los chimpancés se mostraron interesados en aquellos objetos y en las imágenes reflejadas. En un primer momento reaccionaron como si estuvieran ante otro individuo, pero, poco a poco, pasaron a utilizar el espejo para explorar su propio cuerpo, o eso es lo que parecía. Lo siguiente era comprobar cómo interpretaban la imagen reflejada: había que discernir entre si pensaban que se trataba de otro chimpancé que repetía sus mismos gestos o si, por el contrario, entendían que era su propia imagen. Para ello se hizo algo muy ingenioso: se anestesió a los animales, se les pintaron con rotulador rojo dos puntos en la cara y se dejó que despertaran. Cuando espabilaron e interaccionaron de nuevo con los espejos, los chimpancés se percataron de las manchas de rotulador y las tocaron con la mano. Y aquí viene lo más significativo del experimento: mientras miraban su imagen reflejada, los chimpancés no tocaron las manchas en la cara que aparecía en el espejo, sino que se llevaron la mano a su propia cara. De esta forma indicaban con claridad que lo que estaban viendo era su propia imagen y no la de un imitador. La hipótesis que se maneja es que un animal que se reconoce ante un espejo está mostrando que tiene consciencia de su propia existencia, que posee autoconsciencia. La prueba del espejo, modificada para adaptarse a cada ocasión particular, se ha realizado con otros animales y el resultado es en cierta medida sorprendente, ya que muy pocas especies la superan. El exclusivo club de los autoconscientes está formado hasta el momento por un puñado de especies, entre las que se encuentran chimpancés, bonobos, orangutanes, elefantes, delfines, urracas y gorilas (aunque con estos últimos los resultados son variados). También es llamativo el hecho de que algunos animales como perros, gatos o macacos no den muestras claras de reconocerse ante un espejo. En todo caso, hay que tener en cuenta que superar el test proporciona un argumento bastante sólido de la existencia de mente autoconsciente pero, sin embargo, el hecho de no superarlo no indica lo contrario. La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.

No es necesario realizar un experimento para comprobar que los Homo sapiens tenemos autoconsciencia (aunque no desde el primer momento: los bebés humanos superan el test del espejo a partir de los 18-24 meses). Tú y yo somos conscientes de que existimos, y también somos conscientes de que esta existencia es finita. En la filosofía y en la neurociencia hay autores que no encuentran ninguna razón evolutiva para la existencia de autoconsciencia, no le ven ninguna ventaja especial y consideran que se trata de un epifenómeno, algo que ha surgido como resultado de la complejidad del sistema, pero sin que haya sido moldeado por la selección natural. Por el contrario, hay otros investigadores, entre los que me incluyo, que llegamos a una conclusión muy diferente y entendemos que la autoconsciencia proporciona a sus portadores algo esencial y muy valioso: la noción de individualidad, una propiedad que además es necesaria para el desarrollo de sociedades complejas y versátiles, algo que forma parte del acervo humano desde hace unos dos millones de años. La autoconsciencia permite dotar de significado y, hasta cierto punto, predecir las intenciones de otras personas, ya que implica la noción de la existencia de otras consciencias. Los humanos no nos arreglamos sin los demás, somos seres sociales en extremo y, para que un grupo de esta naturaleza funcione, se necesitan mentes autoconscientes. Sin una mente así tampoco serían posibles los otros dos elementos de esta tríada virtuosa: el pensamiento simbólico y el lenguaje.


Figura 1. Espejos para identificar el «yo». El test del espejo es una sencilla prueba con la que se procura desvelar la existencia de mente autoconsciente en algunos animales.

Las sociedades humanas de, al menos, los últimos 80 000 años se han construido sobre un rico mar de símbolos, abstracciones mentales que permiten trascender el aquí y el ahora, reflexionar sobre el pasado, elaborar planes para el futuro, establecer jerarquías o inventar cosas que no existen, como dioses, unicornios o Bob Esponja. Nuestra vida cotidiana depende, hasta en los detalles más insignificantes, de esta habilidad que se ha forjado como resultado de la coevolución entre un sistema nervioso con una capacidad de adaptación extraordinaria y la cultura desarrollada por los miembros del género de seres vivos más sociable que conocemos, el género Homo. Una mente con capacidad simbólica puede inventar universos paralelos, y con ellos hacer cosas. Puede, por ejemplo, asignarle valor a los objetos (entre los primeros objetos simbólicos usados por nuestros ancestros había conchas marinas, piedras labradas, etcétera) y con ellos hacer trueques por otros objetos o por información (dónde hay un buen lugar de caza o una cantera con las rocas que interesan); puede establecer códigos de conducta o formar una jerarquía dentro del grupo, indicada por las pinturas o los abalorios que se llevan encima; puede construir sistemas de creencias en lo sobrenatural para calmar almas o para amedrentarlas; e incluso puede inventarse un sistema de interpretación, reflexión y comunicación tan poderoso como el lenguaje.

El relato del desarrollo evolutivo de la capacidad simbólica corre en gran medida paralelo al de la evolución del lenguaje, hasta el punto de que los distintos grupos de científicos que investigan ambos problemas no se ponen de acuerdo sobre qué surgió antes. Hay quien concluye que primero se desarrolló una mente capaz de manejar símbolos y que, a partir de ahí, se perfiló el exquisito sistema de reflexión y comunicación que es el lenguaje. Aunque hay una tendencia a ver el lenguaje como una herramienta cuya función principal es la comunicación, en realidad en nuestro día a día lo utilizamos de forma mayoritaria para la reflexión interna. Sin embargo, hay también teorías coherentes que proponen una secuencia distinta, que comienza con un sistema de comunicación primigenio que algunos llaman protolenguaje, quizás con base en iconos o en índices —opciones que, como veremos, requieren una abstracción y un esfuerzo cognitivo menor—. La aparición de un protolenguaje con función comunicativa forzaría o facilitaría que las mentes de quienes lo usaban derivasen poco a poco hacia una forma de pensar simbólica; por ejemplo, al verse en la circunstancia de querer transmitir información sobre algo que no tenían delante (es decir, que iba más allá del aquí y el ahora). Tenemos por lo tanto dos tipos de teorías sobre el proceso evolutivo que dio lugar al lenguaje: las que sostienen que primero apareció la mente simbólica —como una herramienta para pensar— y a partir de ahí se generó el lenguaje —como una herramienta para pensar y para comunicarse— o, por otro lado, las teorías que defienden que primero se inventó algún tipo de protolenguaje —como sistema de comunicación— y que ello facilitó la evolución de un sistema nervioso capaz de manejar símbolos.

Se da la interesante paradoja de que la percepción de la propia individualidad, del «yo» y el carácter privado e intransferible de la autoconsciencia necesitan de la interacción social para manifestarse; una interacción que se produce a través del simbolismo y, en concreto, del lenguaje. Es decir, un encéfalo humano que se desarrolle en ausencia de interacción social a través de símbolos producirá una mente con limitaciones para ser consciente de su propia existencia. El antropólogo Roger Bartra explica que, para que pueda emerger una autoconsciencia plena, cada humano necesita echar mano de una prótesis externa formada por sus interacciones simbólicas sociales y culturales. Sin ese «exocerebro», la autoconsciencia tendrá dificultades para manifestarse.

De una forma o de otra, el lenguaje se instaló en nuestros genes y en nuestra cultura, y las sociedades humanas cambiaron para siempre. Como indica el psicólogo Aníbal Puente, los seres humanos no solo vivimos en una realidad más amplia, sino que, gracias al lenguaje, vivimos en otra dimensión de la realidad. Los Homo sapiens somos la especie superviviente de un género que remonta sus raíces al menos dos millones de años atrás. No está nada claro cómo estaban de desarrolladas estas tres características (autoconsciencia, simbolismo y lenguaje) en las otras especies del linaje humano, si es que existían de alguna manera. Haciendo un resumen muy superficial, la idea general que transpiran los trabajos de investigación sobre las distintas habilidades de nuestros parientes humanos, es la siguiente: todas las especies del género Homo poseían —aunque en grados distintos— alguna forma de autoconsciencia; la capacidad simbólica se manifiesta de manera clara tan solo en el Homo sapiens, aunque es probable que también existiera alguna forma de simbolismo en nuestros primos los Homo neanderthalensis e incluso en otras especies como Homo erectus y Homo heidelbergensis; y algo similar ocurre con el lenguaje, del que solo tenemos evidencias sólidas en el Homo sapiens, pero que pudo existir en alguna forma menos desarrollada en neandertales y en otros humanos anteriores. Si alguna otra especie de Homo distinta de la nuestra tuvo lenguaje, echando mano de una expresión del paleoantropólogo Ian Tattersall, esa gente era «nosotros» en el más profundo de los sentidos.

La escasez de datos y las dificultades que existen para reunir evidencias convierten al estudio sobre la evolución del simbolismo y el lenguaje en uno de los mayores problemas a los que se enfrenta la ciencia actual, un reto de enorme interés, ya que se trata de comprender la propia naturaleza humana. Precisamente por esto es un campo fascinante para la reflexión y la navegación crítica. Y de eso trata este libro. Mi intención es transmitir las sorpresas y emociones que he vivido al querer profundizar sobre la esencia del ser humano moderno, exponer de manera sencilla qué sabemos sobre la historia evolutiva de los humanos, perfilar cuáles son las regiones del sistema nervioso relacionadas con el simbolismo y el lenguaje, mostrar algunas de las teorías que se manejan en lingüística y, en definitiva, poner de manifiesto el regocijo que proporciona escudriñar en las tripas de la naturaleza humana. Este no es un libro de certezas, sino de puertas que se abren.

Índices, iconos y símbolos

A muchas personas nos ha pasado más de una vez: entramos en un bar con mucho ruido, o llegamos a un país extranjero en el que no dominamos el idioma, y tenemos que pedir o comprar una cerveza, un desodorante... lo que sea. Entonces hacemos gestos. Podemos mover las manos y el cuerpo como si estuviésemos bebiendo un vaso de cerveza o aplicándonos desodorante en las axilas. Aunque, lo más sencillo de todo, si esos objetos están delante de nosotros, es señalarlos con el dedo. Este último sistema lo emplean los bebés de manera instintiva (se trata de uno de los primeros actos de comunicación deliberada que se observa en humanos), y funciona muy bien, ya que se establece una relación física y temporal entre el dedo que apunta y algún objeto o suceso. Este tipo de signos son conocidos como índices. El dedo que apunta es un índice del objeto señalado. Son también índices aquellos signos que establecen alguna relación lógica con algún objeto o suceso: por ejemplo, el humo es un índice de la existencia de fuego, una veleta indica la dirección del viento y el olor a churros recién hechos es un índice de que nos acercamos al recinto de las fiestas patronales. Por otra parte, tenemos los iconos. Estos son signos que, de alguna manera, se parecen a aquello que tratan de representar. Los gestos de beber un vaso de cerveza, o de aplicar el desodorante, son iconos. También son iconos las onomatopeyas, que ponemos en práctica al tratar de hacernos pasar por un perro o una oveja. Y, desde luego, los iconos más evidentes son aquellos en los que se representa el objeto de atención mediante un dibujo, un grabado, una estatuilla o algún tipo de esquema que lo refleje de manera más o menos directa. Muchas señales de tráfico, la Gioconda y los bisontes pintados en las rocas de la cueva de Altamira son iconos (que pueden tener también, o no, naturaleza simbólica).

Los índices e iconos son universales, en el sentido de que no dependen de ninguna convención. Tienen la gran ventaja de que resultan evidentes para la mayoría de receptores, sin que se necesite ningún aprendizaje previo. Esta facilidad de uso se hace a costa de repertorios bastante limitados sobre los que, además, pesa un pequeño problema: la ambigüedad. El dibujo de una lanza, ¿hace referencia a una lanza de madera de acacia o de madera de cedro?, ¿quizás otro material? Ese olor a churros que ha encendido nuestro tracto digestivo, ¿viene de un puesto que está a 50 o a 300 metros? La cerveza que me pides, ¿es con o sin alcohol?, ¿un tercio o un quinto? Esta ambigüedad puede aclararse, en parte, mediante una combinación de varios iconos, es decir, incluyendo la sintaxis; pero todo se solucionaría y quedaría zanjado con mensajes que rezaran «Lanza de madera de cedro», «Churros La Candelaria a 200 m», o «Por favor, ponme un tercio de cerveza sin alcohol». Pero esto es otro cantar, ya que aquí estamos dando un salto de grandes dimensiones para topar con el simbolismo.


Figura 2. Iconos, índices y símbolos. En nuestra vida cotidiana utilizamos con soltura distintos tipos de signos.

Inventos digitales

Los símbolos se establecen por mutuo acuerdo entre quienes los usan. La relación con el objeto, idea o hecho al que hacen referencia es arbitraria, lo cual obliga a que se necesite un aprendizaje para usarlos de forma correcta. El lenguaje es el ejemplo más fascinante que conocemos de sistema simbólico. La palabra «cuchara», en forma oral o escrita, no tiene, en principio, ninguna relación lógica con el objeto al que se refiere, es pura invención, igual que lo son las palabras «spoon», «skje», «kaşık» o «colher». Es cierto que algunas palabras pueden funcionar como índices («este», «aquella»), y también como iconos («clic», «guau»), sin embargo, la inmensa mayoría de palabras son símbolos arbitrarios (incluyendo la arbitrariedad de palabras índice, como «esta» o «this»). A pesar de la dificultad que resulta de la necesidad de un aprendizaje, el lenguaje tiene muchas e importantes ventajas respecto a índices e iconos. Para empezar, iconos e índices son analógicos, frente al lenguaje, que es digital. En los sistemas analógicos los límites no están definidos, sino que existe una continuidad: hay innumerables maneras de dibujar un perro o de imitar el ladrido de un perro, lo cual repercute en la ambigüedad ya indicada (el dibujo que acabo de hacer, ¿es de un perro o de un lobo?). Sin embargo, el lenguaje es digital, está formado por elementos discretos: en el lenguaje oral cada idioma tiene un puñado de sonidos (fonemas) que carecen de cualquier significado, que se combinan de innumerables maneras para formar morfemas y palabras con significado. La naturaleza digital de nuestro sistema fonológico nos permite diferenciar con facilidad entre miles y miles de palabras, y también nos permite inventar todas aquellas palabras que necesitemos. Se calcula que a la edad de 6 años pueden entenderse hasta unas 20 000 palabras, y que una persona adulta culta puede distinguir de manera rutinaria entre más de 60 000 palabras. Y algo similar ocurre con las lenguas escritas y de gestos. A su vez, mediante reglas sintácticas, las palabras pueden combinarse de infinitas formas para construir frases, que pueden hacer referencia con precisión a cualquier idea o cosa que podamos imaginar, exista o no en el mundo real. Esta modularidad permite construir una cantidad ilimitada de elementos a partir de unas pocas piezas básicas.

Todas las lenguas tienen lo que se llama doble articulación, que hace referencia a la existencia de dos niveles estructurales. En el lenguaje combinamos piezas entre sí siguiendo sistemas de reglas. En esencia, y sin meternos en abstrusas complicaciones y discusiones lingüísticas, la cosa puede resumirse así: por una parte hay un nivel de piezas que aisladas no significan nada (los fonemas), que pueden combinarse en unidades mayores llamadas morfemas (en ocasiones un morfema y una palabra resultan ser lo mismo, por ejemplo, el morfema «flor»; pero muchas otras veces un morfema es parte de una palabra, como en la palabra «flores», formada tras unir los morfemas «flor» y «-es»). Y, por otra parte, tenemos un nivel en el que ordenamos palabras para formar cualquier tipo de enunciado. El manual de instrucciones para todo esto se llama gramática, y dentro de ella hay una parte dedicada de manera específica a estudiar cómo se combinan las palabras: la sintaxis. Una característica básica de la sintaxis de todas las lenguas (o de casi todas, ya que hay discusiones respecto a algún idioma, como el pirahã, hablado por un pequeño pueblo de la Amazonia) es la recursividad, que consiste en la capacidad de generar una cantidad infinita de mensajes aplicando un conjunto limitado de reglas sobre un número pequeño de piezas. Puedo decir, por ejemplo «Ayer comí una sardina», o «Ayer por la mañana comí una sardina», o bien «Ayer por la mañana temprano, antes de subir al autobús que me llevaría al trabajo, resulta que me entró un hambre de miedo y como no tenía nada más en casa comí una sardina». Y así hasta que uno se canse.

Para el lingüista Noam Chomsky la propiedad básica del lenguaje, y la operación sintáctica más sencilla sobre la que se articula todo el sistema, es lo que él llama Ensamble (Merge), que consiste en tomar dos elementos sintácticos para generar uno nuevo de jerarquía mayor.

En la evolución humana hay quienes consideran que la capacidad mental que dio el pistoletazo de salida al lenguaje fue el desarrollo de la sintaxis, la capacidad para combinar palabras y frases mediante su propiedad básica Ensamble. Por muy sencillo que nos pueda parecer, ningún otro sistema de comunicación animal posee esta propiedad. Las reglas de combinación sobre las que se organiza una lengua permiten generar innumerables mensajes con significado a partir de un grupo reducido de elementos. Los signos y las llamadas que generan los animales no humanos, aunque pueden alcanzar una cierta complejidad son, sin embargo, entes fijos y aislados que por lo común no se combinan para formar mensajes con significados nuevos, distintos a lo que ya significa cada elemento individual. Ni siquiera en los elaborados cantos de algunas aves o de los cetáceos se han encontrado indicios de que los elementos que constituyen sus melodías tengan significado (desde el punto de vista lingüístico; desde luego que tienen un significado evolutivo, pero ese es otro tema), o de la existencia de combinación sintáctica entre sus elementos para generar algún significado nuevo (con todo, algunos investigadores indican que hay monos, como los titís o el cercopiteco de nariz blanca, que son capaces de combinar dos llamadas distintas para generar un mensaje con significado nuevo, hecho que indicaría una incipiente sintaxis; otro ejemplo excepcional es el del bonobo Kanzi, que veremos a continuación).

Aparte de la sintaxis, hay otros autores que sugieren que la habilidad mental que proporcionó el sustrato para la evolución del lenguaje fue el simbolismo, debido a las propiedades cognitivas que confiere la capacidad de trascender el aquí y el ahora. Un índice está siempre encadenado al momento y al lugar en el que se produce. Los iconos pueden hacer referencia a cosas o hechos distantes en el espacio y el tiempo, pero lo hacen de manera limitada. Sin embargo, los sistemas simbólicos carecen de esas ataduras. El lenguaje es libre por completo para evocar momentos del pasado, para elaborar planes de acción en el futuro y, lo que resulta más extraordinario, para hacer referencia a cosas intangibles o que no existen en el mundo físico. Las sociedades humanas modernas se han construido sobre un edificio simbólico de cosas que no existen como algo físico: jerarquías sociales, dioses, sistemas económicos, valores éticos y todo tipo de convenciones sociales. Para pensar en todo eso se necesita no solo un sistema nervioso con capacidad simbólica, sino un sustrato como el lenguaje que facilite la elaboración mental y el intercambio de ideas.

Hay lingüistas que llaman desplazamiento a la capacidad que tiene la mente simbólica de ir más allá del lugar y el momento actual; es decir, los humanos modernos podemos pensar y hablar sobre hechos o cosas que están desplazadas en el tiempo y en el espacio respecto a la actualidad. Conviene aclarar aquí que en lingüística el término desplazamiento se ha usado por investigadores distintos con significados muy diferentes, algo que no deja de ser paradójico; en este libro usaré el término tan solo con el significado que acabo de indicar.

El hecho de que una parte de lingüistas considere la sintaxis como el elemento básico del lenguaje y otra parte opine que la esencia está en el simbolismo tiene relevancia a la hora de interpretar toda investigación sobre el origen evolutivo del lenguaje, pero nadie duda de que en el lenguaje moderno los dos elementos constituyen su naturaleza básica.

Comunicación animal

Al profundizar en el estudio del lenguaje que manejamos los humanos modernos, una de las primeras reflexiones que asaltan la mente es la de su relación con los sistemas que utilizan los demás animales para comunicarse. Bajo la perniciosa influencia de la antigua, pero por desgracia todavía vigente, idea de que los seres humanos nos encontramos en algún escalón superior de una supuesta escala evolutiva, resulta fácil caer en la tentación de pensar que hay otros animales que se encuentran en la actualidad «en proceso de» modificar y «mejorar» algunas de sus habilidades para acercarse a un supuesto ideal humano. Sin embargo, la evolución no es eso. Todos los seres vivos que en la actualidad pueblan el planeta son el resultado de más de 3500 millones de años de contingencia evolutiva; todos han pasado los filtros que la interacción con sus respectivos medios ha ido poniendo a lo largo de las generaciones. En un momento cualquiera de la historia de la vida no hay ningún ser «más evolucionado» que otro. Una garrapata está adaptada de forma magnífica para vivir saltando sobre otros animales e inflarse chupando su sangre, cosa que los seres humanos hacemos bastante mal. Esto no quiere decir que estemos menos evolucionados que las garrapatas. Pero es que, además, la evolución no es una característica que posean los seres vivos, sino que es el nombre que damos a un proceso que actúa sobre todos. Teniendo en cuenta esto, un chimpancé no está menos evolucionado que un humano moderno por el hecho de no hablar, simplemente está adaptado a sus circunstancias biológicas y evolutivas particulares. La expresión «estar más —o menos— evolucionado que» no tiene sentido. Con todo, debe quedar claro que, en el planeta Tierra y hasta donde sabemos, el lenguaje es una característica exclusiva de los seres humanos, por mucho que le pese a Walt Disney.

Que no posean lenguaje no quiere decir que los animales no se comuniquen, ni mucho menos. Resulta difícil encontrar una especie animal que no posea algún sistema de comunicación más o menos complejo (incluidas las garrapatas, que se comunican, entre otras formas, mediante feromonas, sustancias químicas que emite la garrapata hembra y que modifican el comportamiento sexual del macho). Mediante sustancias químicas, sonidos, gestos o señales visuales, los animales han generado una cantidad fascinante de sistemas de comunicación que sirven para regular su comportamiento social, apareamiento y otras respuestas relacionadas con la supervivencia (como señales de alarma, o de la existencia de alimento). Sin embargo, ninguno de los sistemas de comunicación animal es un lenguaje, y la razón es simple: los animales no humanos utilizan índices, no símbolos. Se trata de señales que hacen referencia al momento y el lugar presentes. Excepto en un interesante caso —que comentaré en breve— en los sistemas de comunicación animal no hay desplazamiento. Además, son señales en su inmensa mayoría rígidas, estereotipadas, grabadas en la dotación genética de cada especie, que no se han generado por el acuerdo recíproco y la distribución cultural (digo en su mayoría, ya que existen algunos sistemas de comunicación animal —como en algunas aves y cetáceos— en los que, aun siendo índices y careciendo de desplazamiento, sí que hay un componente de aprendizaje y transmisión cultural). Y hay otra diferencia más, esencial, entre el lenguaje y todos los sistemas conocidos que utilizan los animales: carecen de sintaxis. Como ya hemos visto, las señales que emiten los animales no humanos no se combinan para generar significados nuevos, sino que tienen significado completo por sí mismas. Solas, o generadas una detrás de otra, cada señal significa siempre lo mismo. En el lenguaje ocurre exactamente lo contrario: una palabra sola raramente sirve para comunicar algo, necesita combinarse con otras palabras para generar una idea clara.

Algunos investigadores han sugerido que las llamadas de alerta de los cercopitecos verdes, una especie de monos del sureste africano, pueden ser equivalentes a las palabras de un lenguaje. Resulta que estos animales producen tres tipos distintos de señales sonoras de alerta dependiendo de si la amenaza es un águila, una serpiente o un leopardo. La relación entre el sonido y el tipo de amenaza es, en efecto, arbitraria —o eso suponemos— y, al igual que las palabras, hay una relación de referencia entre la llamada y el tipo de amenaza (las palabras o las combinaciones de palabras hacen siempre referencia a algo); sin embargo, en las llamadas de los cercopitecos no existe referencia simbólica, sino que se trata de un mecanismo automático, en el que la relación entre el estímulo y el estado emocional que producen es fija. Es una reacción instintiva, involuntaria, que no se puede reprimir, estereotipada y contagiosa, similar a, por ejemplo, la risa que puede provocar en nosotros una escena simpática, o al grito que producimos al recibir un susto. Nuestras risas y gritos son reacciones automáticas, innatas, señales analógicas excelentes para transmitir emociones, que hacen referencia a la situación inmediata, pero sin simbolismo. Por el contrario, sí que existe manejo de símbolos si dos días después le contamos a otra persona mediante palabras el acto que provocó nuestra risa.

Volviendo con la reflexión evolutiva del comienzo de este apartado, es importante recalcar que el hecho de que los sistemas de comunicación animal carezcan de simbolismo, de desplazamiento y de sintaxis —es decir, que no sean un lenguaje— no supone que se trate de sistemas «menos evolucionados» o de algún tipo de precursores del lenguaje humano. Simplemente, son otra cosa. Las llamadas que emiten muchos animales para el apareamiento o para indicar algún peligro funcionan con eficacia precisamente porque se trata de señales estereotipadas que reflejan algo que está ocurriendo en ese preciso lugar e instante.

En lo que respecta al desplazamiento, hay alguna excepción, casos sorprendentes protagonizados, no por grandes primates, sino por unos pequeños animales: himenópteros. Dentro de este grupo el ejemplo más claro —y estudiado— es el de las abejas de la miel (Apis mellifera). A principios del siglo pasado uno de los padres de la etología, el austríaco Karl von Frisch, se dedicó a estudiar la vida de las abejas, llegando a conclusiones que resultaron difíciles de asumir por los científicos de la época. Una de ellas, ahora ya plenamente confirmada, era la existencia de un sistema de comunicación con desplazamiento. Las abejas son animales buscadores-recolectores que salen al campo en busca de flores de las cuales obtienen néctar y polen. Si un individuo encuentra un grupo de flores útil para el grupo, es capaz de regresar a la colmena y, en su interior, comunicar a qué distancia y en qué dirección con respecto al Sol se encuentran esas flores. Transmite esa información mediante una danza, que es ejecutada separada en el tiempo y en el espacio de la fuente de alimento que encontró en el exterior. Las abejas realizan este comportamiento de manera instintiva y, en ningún caso, se ha propuesto que tengan algún tipo de pensamiento simbólico; de hecho, la danza no consiste en elementos arbitrarios, sino que se trata de movimientos de naturaleza icónica: la frecuencia y/o duración de los movimientos es proporcional a la distancia, y la posición de la abeja en el panal es relativa a la posición del Sol. Sin embargo, como veremos más adelante, el lingüista Derek Bickerton considera que este ejemplo es muy ilustrativo y puede dar pistas sobre las circunstancias en que nuestros ancestros humanos desarrollaron el lenguaje. Para él, la génesis de la capacidad de desplazamiento en la mente de nuestros ancestros fue la semilla que impulsó la evolución del lenguaje, ya que de esa manera se produce un pensamiento «en diferido» que favorece la aparición del simbolismo.

El bonobo que maneja símbolos

Como acabamos de ver, el lenguaje es una herramienta sustancialmente distinta de todos los demás sistemas de comunicación animal. No existe una continuidad en complejidad entre ellos, sino que lo que hay es un abismo. Precisamente por eso los sistemas de comunicación animal ofrecen muy pocas pistas sobre el proceso evolutivo que pudo haber dado lugar al lenguaje. A pesar de ello, y a falta de otro lugar mejor en dónde buscar, muchas investigaciones sobre la evolución del lenguaje se han centrado en algunos de nuestros parientes vivos más próximos, como orangutanes, chimpancés y, sobre todo, bonobos (una especie similar al chimpancé, aunque de menor tamaño, que vive en una región muy restringida de la cuenca del río Congo, en la República Democrática del Congo). Aunque ninguno de nuestros parientes vivos habla o posee algún otro tipo de lenguaje —por ejemplo, de gestos—, las personas que trabajan con esos animales se han esforzado durante años tanto en enseñarles a hablar —de forma oral o con gestos— como en enseñarles a manejar símbolos para comunicarse.

El ancestro común que tenemos con chimpancés y bonobos vivió en algún lugar de África hace al menos 6 millones de años. A partir de ahí los senderos evolutivos se diversificaron hasta dar con el momento actual. Como cualquier otra especie, los chimpancés y los bonobos están adaptados para sobrevivir y reproducirse en unas condiciones determinadas, es lo que mejor saben hacer. Si no hablan es porque los engranajes de la evolución nunca los llevaron por esa ruta, nunca existió esa presión, nunca necesitaron dar los pasos que conducen al lenguaje o, incluso pudiendo ser beneficioso para alguno de sus ancestros, nunca dispusieron del paquete de características que se necesitan para poner en marcha la maquinaria lingüística. Los bonobos y los chimpancés no son primates «en el proceso de» convertirse, con el tiempo, en algo parecido a los seres humanos. No. Son, simplemente, otras especies. Sin embargo, como decía, algunos investigadores se han empeñado en hacerles hablar, quizás con la idea de que son un ejemplo vivo de alguno de nuestros ancestros. Los resultados de todos esos experimentos han sido bastante limitados, pero, sin embargo, uno de esos proyectos de investigación ha producido un fruto de gran interés: su nombre es Kanzi y vive en el Iowa Primate Learning Sanctuary (Estados Unidos).

En el proceso que ha conducido al lenguaje en nuestra especie han confluido tres tipos de adaptaciones muy distintas: evolución de las habilidades orales y gestuales, evolución del pensamiento simbólico y evolución de la capacidad de sintaxis. Para que esto sucediera tuvieron que producirse modificaciones anatómicas en las vías aéreas y en la cavidad bucal, cambios en la estructura del encéfalo y en las capacidades cognitivas que se derivan de ellos, y también el desarrollo de habilidades sociales e interacciones culturales. Todos los experimentos en los que se pretendía que algún primate no humano se comunicase con algún tipo de palabra de forma oral han fracasado, consiguiendo, como mucho, que produjesen dos o tres palabras —o algo parecido a palabras—. Observado con la perspectiva actual, parece evidente que nuestros parientes primates no disponen del conjunto de adaptaciones que les permitan producir, modular y articular la amplia gama de sonidos que nosotros generamos. Hay que tener en cuenta además que, en la evolución del lenguaje, los cambios más importantes son los que han ocurrido en el encéfalo, no en los órganos del habla. La externalización de lo que pasa por la mente es una característica necesaria para la comunicación, pero secundaria en lo que respecta a la evolución de las habilidades cognitivas. Esto lo muestran con claridad las personas sordas, que poseen un encéfalo igual de adaptado que el resto de humanos para el lenguaje, pero que en su caso se externaliza mediante gestos en vez de sonidos.

El bonobo Kanzi, como era de esperar, es incapaz de articular palabras orales, pero se ha convertido en el campeón mundial de los primates no humanos en comprensión simbólica y del lenguaje oral. Mientras los investigadores trataban de enseñar a su madre, Matata, un sistema de símbolos para comunicarse con los humanos, el bebé Kanzi jugaba y se movía a su antojo por el laboratorio. Su madre, una bonobo adulta, fue incapaz de lidiar con los símbolos que trataban de enseñarle, igual que les ha pasado a otros bonobos adultos. Sin embargo, Kanzi, con su sistema nervioso en pleno desarrollo, absorbió sin ninguna instrucción específica los sonidos y símbolos que se mostraban en el laboratorio. Hoy en día Kanzi entiende de manera rudimentaria el idioma oral inglés, se le pueden dar instrucciones sencillas y las cumple de manera correcta, y además ha aprendido a manejar un panel de símbolos (lexigramas), que se corresponden con palabras inglesas. Los lexigramas no tienen ningún parecido con la palabra que representan y son, por lo tanto, auténticos símbolos.

Los progresos de Kanzi son de gran interés y podría pensarse que ha desarrollado algo parecido a un incipiente lenguaje. Sin embargo, no es así, por dos poderosas razones: la capacidad de comunicación que posee Kanzi carece de desplazamiento, todo lo que entiende y todo lo que produce mediante lexigramas hace referencia al momento presente, a sus necesidades inmediatas. En este sentido, sigue anclado en el aquí y el ahora. Y, por otra parte, la comunicación de Kanzi carece de sintaxis, es decir, de la capacidad de combinar lexigramas de manera elaborada. En ocasiones es capaz de combinar dos lexigramas para indicar algo (por ejemplo «no» + «balloon»: «no pelota»), pero no es lo habitual. En su espacio natural de la cuenca del Congo los bonobos no parece que manejen ningún tipo de pensamiento abstracto o de comunicación simbólica, sin embargo, bajo las condiciones de manipulación y control deliberados en un laboratorio, Kanzi ha demostrado que tienen la capacidad de desarrollar una incipiente comprensión simbólica. No la desarrollan en condiciones naturales, pero su organismo sí que posee esa potencialidad. Según esto, es posible que el ancestro común de humanos y bonobos —y chimpancés— tuviera ya un sistema nervioso capaz de aprehender alguna pizca de simbolismo.

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