Kitabı oku: «La última lección»
La última lección
Primera edición: marzo de 2020
SHINGANRYOKU
by Yoshinori Noguchi
© Yoshinori Noguchi 2008. All rights reserved. Original Japanese edition published by Sunmark Publishing Inc., Tokyo. This Spanish edition is published by arrangement with Sunmark Publishing Inc., Tokyo in care of Julio F-Yañez Agencia Literaria SL, Barcelona
© Editorial Comanegra
Consell de Cent, 159
08015 Barcelona
www.comanegra.com
Traducción: Alejandra Devoto
Diseño de colección: Cómo Design
Diseño de cubierta: Irene Guardiola
Producción del ePub: booqlab
ISBN: 978-84-18857-26-3
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La última lección
La asombrosa clave para hacer
que tu vida brille
Yoshinori Noguchi

Esta historia está dedicada a todas las personas que
desean unos buenos cimientos para su vida.

Tú.
Sí, tú. Me dirijo a la persona que está leyendo estas líneas: a ti.
Perdona que te hable sin conocerte, pero, si dispones de un momento, me gustaría que prestaras atención a lo que te tengo que decir.
Seguro que te da un poco de pereza que alguien que sale de ninguna parte quiera contarte una historia.
No soy famoso. Solo soy un anciano a quien le gustaría poder contarle a alguien la historia de su vida y eso es, precisamente, lo que estaba pensando cuando has aparecido, como una señal del destino. Por eso me he atrevido a dirigirme a ti.
Si tienes la amabilidad de escuchar lo que te tengo que decir, te prometo que te haré un regalo.
¿Sí? ¿De verdad te parece bien? ¡Fantástico! ¡Muchas gracias! Pensaba que tratarías de desembarazarte de mí. La verdad es que estoy sorprendido. ¡Qué alegría!
Vamos allá, pues. Te contaré los caminos que ha seguido mi existencia.
A ver, ¿por dónde comenzamos? ¡Ya lo sé! Primero te hablaré de mi infancia.
Ha llovido mucho desde entonces… Si tuviera que buscar las palabras para describir cómo era yo entonces, supongo que las más apropiadas serían «un niño sin nada de confianza en sí mismo».
Era un niño con un gran complejo de inferioridad. Me pasaba el día comparándome con los demás, pensando en mis defectos. En la escuela me costaba seguir el ritmo, porque tenía muy mala memoria y, con mi físico más bien esmirriado, tampoco era bueno para los deportes. Ni en las armas ni en las letras: no destacaba en nada.
Jamás cumplía las expectativas de mis padres y por eso envidiaba a mis amigos que eran buenos deportistas o buenos alumnos.
Tenía tan mala opinión de mí mismo que me costaba hacer amigos. La verdad es que mi yo de aquella época era bastante lamentable. Visto de lejos, me da la impresión de que desde entonces ha transcurrido una eternidad.

Pues bien, aquel niño se hizo adulto y comenzó a trabajar en una empresa pequeña, creada por un joven emprendedor, unos cinco años mayor que él.
Me dejaba la piel en aquel trabajo.
Por aquel entonces había algo en lo cual no me ganaba nadie: tenía una ambición desmesurada. Creo que se desarrolló como reacción al complejo de inferioridad que arrastraba desde pequeño. Cuando se me metía en la cabeza un objetivo, me esforzaba más que nadie para conseguirlo y no lo dejaba escapar.
Dediqué muchas horas a aquel proyecto y, gracias a eso, diez años más tarde la empresa había crecido muchísimo: tanto, que todo el mundo estaba sorprendido.
Como había tenido éxito en las tareas que me habían encomendado, al final me ascendieron a encargado de uno de los departamentos de la empresa. Tenía muchos trabajadores a mi cargo. Yo era joven—apenas tenía treinta años—, pero ya me ganaba muy bien la vida. Creo que pocos trabajadores de empresas ganaban tanto como yo.
Como tenía una buena posición y dinero, empecé a comprar muchas cosas. En la empresa tenía poder e influencia y todos me escuchaban. Tenía más de cien trabajadores a mis órdenes. Decidía sobre sus ascensos y sobre su sueldo y todos me respetaban.
Como responsable de mi sección, también adquirí el derecho a opinar sobre las finanzas de la empresa. Me había ganado la confianza del jefe.
Estaba muy orgulloso de la persona en la que me había convertido.
Además, podía comprar todo lo que quería. Empecé a vestirme con ropa lujosa y a conducir coches deportivos. También me compré una moto de gran cilindrada. Comía en los mejores restaurantes. Podría seguir enumerando todo lo que me compré, pero no acabaría nunca. La cuestión es que gastaba un montón de dinero.
Además, comencé a salir con una chica. Era preciosa y todos me envidiaban. Disfrutaba muchísimo de los momentos que pasábamos juntos.
Pensaba: «Es fantástico conseguir todo lo que deseas».
En aquella época, la sensación de ser un desastre que tenía de pequeño fue desapareciendo y me convertí en una persona segura de sí misma.
Mi puesto como jefe de departamento, mi coche deportivo y mi novia demostraban que durante mi infancia había estado equivocado.

Si has leído hasta aquí, seguro que piensas que no hago más que ufanarme de lo bien que me ha ido en la vida, pero no es así: mis experiencias vitales se componen de ganancias, pero también de pérdidas.
Hasta ahora he hablado de las ganancias. Usamos esta palabra para referirnos a cosas nuevas que no teníamos y que se convierten en nuestras o cuando aumenta la cantidad de cosas que ya teníamos.
Por ejemplo, cuando compramos algo y nos convertimos en sus propietarios, cuando podemos hacer algo que antes no podíamos o cuando se incrementa nuestra influencia sobre los demás.
Todos tenemos ganancias en la vida. Seguro que tú también y que entiendes a qué me refiero. Estos beneficios, además, tienen la peculiaridad de aumentar nuestra felicidad.
A todo el mundo le hace feliz poseer algo, verse más fuerte, ser capaz de cosas que antes no podía hacer, etcétera.
Vamos a hablar ahora de las pérdidas: de las que padecemos cuando desaparece o disminuye lo que teníamos, ya sea una posesión, una habilidad o, simplemente, vernos con menos fuerza o influencia.
En la vida no solo encontramos beneficios: sin duda, también encontraremos pérdidas.
A los seres humanos nos cuesta aceptarlas y yo no era ninguna excepción.

¿Por qué motivo existen estas pérdidas? ¿Qué sentido tienen? ¿Qué nos pueden enseñar?
Un día, el subordinado en quien más confiaba me dijo que dejaba la empresa. Yo le había enseñado todo, desde cero, y él se había convertido en mi mano derecha. Lo aconsejaba hasta en su vida privada y me había esforzado para que todo le fuera bien, tanto en el trabajo como fuera de él.
Que me dijera que se iba a otra empresa fue un choque para mí, porque no me lo esperaba en absoluto. Tuve la sensación de que me había traicionado.
Cuando me lo dijo, me volví hacia él y me puse a insultarlo y a decirle que era un desagradecido. Aún recuerdo cuando se marchó de la empresa para siempre, con gesto abatido.
Poco después ocurrió algo mucho más devastador: mi novia me dijo que no quería seguir conmigo. Aquello sí que me resultó totalmente inesperado. También me costó digerir el motivo: se había enamorado de otro.
Yo la amaba e incluso en los momentos en los que tenía muchísimo trabajo en la empresa, siempre trataba de encontrar tiempo para quedar con ella. No falté jamás a ninguna de las citas que habíamos concertado y le enviaba montones de regalos, desde ropa hasta joyas.
La amaba más que a nadie en el mundo y estaba convencido de que ella también me amaba.
De todos modos, ella se fue de mi lado.
No podía perdonarla, porque tenía la sensación de que también me había traicionado. La odié durante un tiempo.
En poco tiempo había perdido a mi mano derecha, mi mejor subordinado, y también a la mujer que amaba. Las dos pérdidas fueron una experiencia difícil para mí.

A pesar de todo, la pérdida más grave, la que dio un vuelco completo a mi vida, todavía no se había producido.
Cometí dos veces un error grave de percepción en el ejercicio de mi actividad como jefe de departamento y aquello, en especial el segundo error que cometí, trajo como consecuencia grandes pérdidas económicas para la empresa.
El jefe se enfadó muchísimo y me degradó a encargado de una sección pequeña.
Había perdido mi puesto en la empresa y a los más de cien trabajadores que tenía a mis órdenes. Ya no disfrutaba del favor del propietario de la empresa, con lo cual también perdí la influencia y el poder de decisión que tenía.
Jamás en la vida había vivido una experiencia como aquella y eso hizo que el mundo se me viniera abajo y me sintiera el hombre más desgraciado de la tierra. El choque fue tan tremendo que me llegué a plantear si tenía sentido seguir viviendo.
Por supuesto, también me recortaron el sueldo. Pagar la hipoteca me resultaba cada vez más difícil y, seis meses después, me vi obligado a vender el coche deportivo y la moto.
Me mudé a un piso pequeño. Recuerdo la primera noche que me quedé a dormir allí. Me sentía tan triste que me la pasé llorando. Hacía mucho que no lloraba y aquello fue el detonante que hizo que me diera cuenta de los sentimientos que guardaba en el fondo de mi corazón.
Se trataba exactamente del mismo complejo, de la misma inseguridad que tenía cuando era pequeño y que, a pesar de lo que yo pensaba, no había desaparecido nunca. Había confundido tener confianza en mí mismo con haber conseguido poder y una buena posición social. Era una confianza falsa.
Pensaba que me había convertido en una gran persona, pero no era más que una ilusión.
La verdad es que era una persona que no valía demasiado la pena. Cuando me di cuenta, me sentí profundamente solo y triste y me puse a sollozar, desesperado.
No sé cuánto tiempo estuve así, pero las lágrimas que derramé me ayudaron mucho a calmarme y, junto con ellas, desapareció también la inquietud y me sentí aliviado.
En cierto modo, aquello me hizo cambiar mi perspectiva de la percepción que tenía de mí mismo. No me refiero solo a mi complejo, sino que también aprendí a valorar la tristeza y la sensación de soledad que me acompañaban.
Me dije: «He estado trabajando como loco para no mirar cara a cara mis sentimientos más profundos».
Sin embargo, aquellos sentimientos habían estado en mi interior, de modo que los acepté y, gracias a eso, aprendí a apreciarlos. Los tenía desde la infancia y seguían conmigo desde entonces. Hacía mucho que no los sentía. Volver a ser consciente de ellos me hizo regresar, en cierto modo, a la infancia.
Precisamente entonces caí en la cuenta: «Pensaba que lo había perdido todo, pero no he hecho más que reencontrarme conmigo mismo. Soy el mismo desde que era pequeño, ni más ni menos. No me he perdido a mí mismo. No he perdido nada, porque lo que he perdido no soy yo.»
Creía que lo había perdido todo, pero estaba equivocado. Lo único que ya no tenía eran las cosas a las cuales me había aferrado.
Había construido mi identidad sobre el poder que había conseguido y lo había utilizado para depositar allí toda la confianza en mí mismo, es decir, que solo me respetaba en base a aquel disfraz de poder que tenía.
Además, me había creído tanto al personaje que lo percibía realmente como propio y menospreciaba a los demás.
Eso era lo que había perdido: una posición y un poder que me convertían en alguien que, en realidad, no era. De hecho, gracias a lo que me había pasado, había logrado destruir aquella falacia.
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