Kitabı oku: «La democracia de las emociones»

Título original: La democracia de las emociones.
Nuevos paradigmas para un viaje hacia una sociedad con sentido
Primera edición: Febrero 2022
© 2022 Editorial Kolima, Madrid
www.editorialkolima.com
Autor: Alfredo Sanfeliz
Dirección editorial: Marta Prieto Asirón
Maquetación de cubierta: Beatriz Fernández Pecci
Maquetación: Carolina Hernández Alarcón
ISBN: 978-84-18811-60-9
Producción del ePub: booqlab
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Índice
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE
UNA SOCIEDAD CEGADA Y SECUESTRADA POR SUS CADUCOS PARADIGMAS
¿VIVIMOS EN UN MUNDO DISTINTO?
ENTENDIENDO NUESTRO COMPORTAMIENTO
QUÉ LÍO ES ESTO DEL DINERO Y LAS FINANZAS
PERDIDOS EN LA DEMOCRACIA DEL CAOS
SEGUNDA PARTE
¿CAMBIAMOS LOS PARADIGMAS?
UNA SOCIEDAD EN TRANSFORMACIÓN
UNA ECONOMÍA PARA UNA SOCIEDAD RICA: LA ECONOMÍA ESPIRITUAL
TERCERA PARTE
NECESIDAD DE UN I + D SOCIO-ANTROPOLÓGICO Y SOCIAL
CUARTA PARTE
HABLEMOS DE LA VERDAD, LA LUZ Y EL ESPÍRITU
Comprendiendo a las personas podremos comprender el mundo. Comprendiendo el mundo podremos mejorarlo.
La indignación nos lleva a la crítica e incomprensión de los demás desde el encerramiento en nuestra visión. Entender otras perspectivas nos hace comprender el «todo social». Y quizá con ello podamos, entre todos, reducir la confrontación y orientar la evolución de nuestra sociedad hacia territorios de relación y bienestar con mayor sentido.
Quizá sea el momento de abandonar la parte de «lo viejo» que ya no funciona y abrazar la parte buena de «lo nuevo» que ya está emergiendo. Lo que no funciona morirá y lo que tiene sentido acabará triunfando en las batallas de la evolución social.
INTRODUCCIÓN
De nuevo me siento a escribir las primeras palabras de este texto. Tan pronto termino un libro y lo entrego a la editorial nace en mí la necesidad de buscar el tema a trabajar en el siguiente. Empiezo así a escribir y rescatar antiguas notas y dar vueltas a las múltiples ideas que de forma reiterada me vienen a la cabeza. Y cuando el libro entregado a la editorial finalmente está publicado, las inquietudes se hacen más firmes, recordándome que me debo definir sobre lo que voy a escribir en el siguiente. Tras unas semanas los recordatorios se convierten en una auténtica autoexigencia para que coja una página en blanco de mi ordenador y empiece a escribir. Y eso es lo que estoy haciendo en este momento, quizá como esclavo de mi necesidad de expresarme y ser comprendido.
Por alguna razón necesito escribir, expresarme, decir que existo y que tengo capacidad para ordenar ideas que me parecen valiosas y que pueden ser interesantes para los demás. Parece que escribir me hace existir y ser alguien, y de alguna forma me lleva a sentirme orgulloso cuando el fruto de la escritura me resulta digno de ser leído. Es quizá algo por lo que siento una llamada y me hace disfrutar cada vez que pongo los dedos para ello en el teclado de mi ordenador.
El trabajo de concebir un libro, comenzar a escribirlo e ir dándole contenido es sin duda exigente. Antes de enfrentarme a mi primer libro me parecía algo imposible, pero hoy me llena de satisfacción hacerlo. Es un indudable esfuerzo, pero es a la vez tremendamente gozoso por el sentido que otorga a mi vida el ir creando obras que una vez concebidas tienen existencia más allá de mí. Y comenzada la tarea me resulta maravilloso ir viendo como la obra se va esculpiendo cada día con mi escritura. Tengo a veces la impresión de que estoy siempre con un bebé en gestación dentro de mí al que doy a luz. Creo que la necesidad de mostrar un día al mundo ese bebé en forma de libro es la mayor recompensa y motivación que me empuja y sostiene el esfuerzo de escribir. A ello añado el sosiego que me producen los ratos en los que me dedico a escribir plasmando en un soporte ajeno a mí las ideas que agitan insistentemente mi cabeza. Me quedo tranquilo al ver que con ello ya no se pueden olvidar ni perder si un día yo ya no estuviera o perdiera el orden estructurado de las mismas. Por ello, cuando creo que tengo visiones o interpretaciones originales de lo que me rodea, necesito darles forma y vida para que puedan sobrevivir al margen de mi existencia. Siento algunas veces que esto es una búsqueda de trascendencia, y supongo que así será, aunque todavía no me he dedicado a pensarlo.
Solo quiero expresar ideas, percepciones, visiones o interpretaciones de la realidad que vivo y observo, pues ello produce muy dentro de mí un importante desahogo al sentir que es un paso para contribuir a un mundo mejor. Por tanto, este libro será expresión de lo que yo veo hoy en la sociedad, incluidas ciertas tendencias que quizá sean mis propios sueños. Quizá para algunos sea una visión distorsionada de la realidad y crean que estoy equivocado, pero este libro no es para generar una discusión sino para exponer una visión y unos sentimientos con la esperanza de que sean comprendidos, ya sean o no compartidos.
La vida se construye tomando conciencia de nuevas concepciones de las cosas, desarrollando nuevos marcos mentales y soñando con nuevas realidades que hagan el mundo mejor. Los cuadros de Dalí son surrealistas, pero sin duda son grandes obras de arte pues dan forma a visiones o sueños que rondaban en su cabeza y por ello sus deformaciones de objetos y de la realidad no pueden considerarse errores sino concepciones suyas de las cosas expresadas a través de la pintura. Y en igual sentido, en forma de libro, espero y pretendo ser igual de libre delante del ordenador como supongo lo sería Dalí cuando se ponía delante de un lienzo.
¿De qué voy a escribir y por qué?
Me gusta poner de manifiesto las paradojas y absurdas creencias que se dan con gran arraigo en torno al funcionamiento de nuestra sociedad. Me sorprende el atrevimiento de casi todo el mundo para juzgar y opinar de todo, incluso de las cosas más complejas sin tener criterio alguno. Es también sorprendente la capacidad de las personas en general, de encontrar culpables para todo aquello que no les gusta y atacar a esos culpables desde el convencimiento de estar en lo cierto, simplificando las cosas y pensando como si lo que ocurriera solo tuviera una causa (o culpa), en la que por supuesto ellas no participan. Ello genera múltiples indignados por unas y otras cosas, y permanentes polémicas y discusiones cargadas de emocionalidad, aunque supuestamente vestidas de racionalidad aun sin fundamento alguno. Y de la observación y comprensión de estas polémicas y de las diferencias de visiones es precisamente de lo que voy a escribir en este libro para tratar de contribuir a crear un mundo en el que todos seamos más comprensivos.
Vivo permanentemente observando fuerzas, tendencias y fenómenos que son poco visibles para la sociedad en general pero que de hecho condicionan nuestro desarrollo, la convivencia y nuestro bienestar. Me gusta hablar de ello en mis conversaciones y tertulias sociales, lo que genera a menudo el rechazo y la polémica de quienes, anclados en su perspectiva, no son capaces de comprender la mía. Y lo que haré en este libro es precisamente poner luz a estas ideas y ordenarlas para tratar de proponer miradas y perspectivas amplias y completas que provoquen un despertar de la conciencia social ante ciertos fenómenos y tendencias sociales que percibo. Es un reto difícil que quizá no llegue a conseguir, o solo lo haga frente a unos pocos, y que se expone a la crítica o descalificación de quienes están cómodamente asentados en viejas concepciones.
Debo confesar que en alguna medida este libro tiene cierta pretensión de desahogo frente a quienes a lo largo de mis años de interacción con ejecutivos y personas establecidas en posiciones de poder me han hecho sentir un poco estúpido, Quijote, iluso o falto de realismo. A menudo a lo largo de mi trayectoria profesional, mis comentarios, aportaciones y sugerencias para abordar planes, acciones o estrategias apoyados en el sentido común y tratando de integrar una visión de corto y largo plazo han sido despreciados con cierta sorna. He sentido por ello cierta displicencia hacia mis contribuciones cuando he cuestionado las múltiples dinámicas, prácticas y fenómenos malsanos que se dan en nuestro mundo económico-empresarial y he tratado de poner un punto de sensatez y sobre todo de respeto al ser humano. Y sin pensar en nadie en concreto y con un ánimo más deportivo que vengativo, al escribir este libro me mueve también la búsqueda de dar un pequeño revolcón a las prácticas empresariales y en general de poder que ensalzan una eficacia y productividad procedimentada, deshumanizante y cortoplacista como valores supremos a costa de cualquier otro.
Finalmente, y pidiendo disculpas anticipadas al lector, en el último capítulo del libro me permitiré el capricho de abandonar el territorio del pseudo-ensayo para adentrarme libremente en mis propias disquisiciones trascendentes y espirituales, cuya expresión constituye el imprescindible broche para compartir desde mi más profundo y libre interior mi concepción de la vida y del mundo. Quizá para muchos resulten simples desvaríos, pero para mí constituyen una necesaria conexión personal con el ámbito del misterio que me permite conciliar y convivir con los múltiples sinsentidos y contradicciones que observo al mirar a mi alrededor, y que yo mismo padezco cuando profundizo en mi conciencia para tratar de entender las fuerzas que me mueven.
¿Entonces qué busco con este libro?
A menudo buscamos explicaciones simples de las cosas y culpables a los que responsabilizar de lo que no nos gusta. Y todo ello sin el más mínimo fundamento, basándonos en informaciones e interpretaciones sesgadas de las cosas y con muy poca reflexión.
El mundo se nos ha quedado pequeño y está híper-comunicado, y cualquier fenómeno que se produce en algún lugar o ámbito tiene efectos en otros lugares y ámbitos de nuestra sociedad. Me atrevo a decir que cada vez es más patente que todo es causa de todo en este complejísimo sistema de intereses y fuerzas de un mundo abierto y comunicado cuyas fronteras internas solo son capaces de constituir barreras en algunos ámbitos de la actividad humana. Se trata de fuerzas, corrientes o intereses, cada uno con lógicas propias y distintas, que nos hacen sumamente difícil entender lo que pasa, y mucho menos hacer predicciones sociológicas de cosas futuras. Cada fuerza o corriente busca su hueco construyendo sus legitimidades en su propio beneficio y sin respeto a principios o statu quo alguno. Y esas legitimidades construidas, unidas a una adecuada administración carismática, conforman causas y grupos de interés dotados de capacidad de influencia en el sistema que unos y otros tratan de aprovechar en su propio beneficio.
Este libro espero que ayude al lector a tomar una perspectiva enfocada de todas estas cuestiones y comprender como naturales las distintas posturas y reivindicaciones de unas y otras fuerzas o grupos de interés. Ayudar a esta ampliación de perspectivas es un gran propósito de este trabajo.
Siendo más concreto, con este libro me gustaría:
• Hacer pensar a la gente y preguntarse cosas.
• Ayudar a hacer visible el que el funcionamiento de nuestro sistema socioeconómico y los intereses instalados nublan nuestra perspectiva y nos impiden ver que nuestros problemas sociales no son tanto de escasez de riqueza como de falta de formas adecuadas para administrarla y disfrutarla haciendo patente el que la búsqueda infinita de crecimiento económico-financiero no puede ser el principal sostén de la paz y la felicidad social.
• El acercamiento a una mejor comprensión de lo que es el dinero y de las funciones que de hecho hoy cumple en la sociedad como principal fuente de explicación de casi todo lo que ocurre y no nos gusta en ella. Y desde ahí contribuir a que todo el mundo pueda comprender un poco lo que los expertos del mundo económico parecen no entender, precisamente por estar excesivamente condicionados por un conocimiento que los ancla en viejas concepciones y les limita las nuevas.
• Contribuir al ensalzamiento de los empresarios, pero exigiendo a la vez su evolución, fusionando lo bueno de los entornos de competencia con un incremento de la colaboración que permita seguir procurando un bienestar que vaya mucho más allá del asociado a la riqueza material y a una mirada simplista a los crecimientos económico-financieros en forma de PIB, saliendo con ello de la ceguera antropológica y social en la que muchos parecen vivir.
• Contribuir a que los lectores puedan comprender mejor por qué hoy hay tantos gritones y reivindicadores que no hacen más que pedir más y más derechos sin obligaciones y que tratan de poner patas arriba todo lo establecido, mostrando cierta comprensión hacia algunas de sus causas si bien siendo a la vez críticos con ellos para que no se excedan en sus gritos y dejen de sembrar odio como vía para la reivindicación y la captación de seguidores.
• Agitar la conversación social para ensalzar los componentes psicológicos, emocionales y espirituales de la felicidad y poner en cuestión la arraigada asunción de que el dinero siempre procura bienestar, ayudando a que los lectores comprendan las perversas dinámicas de nuestro sistema económico, auto-esclavizado por las necesidades de productividad y crecimiento sin límite, que nos hacen víctimas de dicho sistema socioeconómico que hemos creado y convertido en un fin en sí mismo olvidándonos de que era un medio.
• Hacer una llamada al esfuerzo de todos para conocernos y comprendernos mejor como vía para descubrir y entender lo que realmente nos mueve, y desde ahí reorientar la superficial y frenética espiral de consumo y cambio acelerado y permanente de la que solo se beneficia el propio sistema económico para perpetuarse con promesas de valor y excesivas y agobiantes exigencias para los ciudadanos.
• Contribuir a que las sociedades occidentales y occidentalizadas despierten a la importancia de recuperar el sentido de las cosas y desarrollar la espiritualidad para promover un mejor equilibrio entre lo material y lo espiritual, entre lo útil y lo inútil, entre el largo y el corto plazo, y entre lo medible y lo no medible.
• Enfrentar al espejo a quienes viven en permanente actitud de reproche y búsqueda de culpables para explicar todo lo que no les gusta y despertar en todos los lectores el sentido de responsabilidad como miembros de la sociedad, para contribuir, cada uno a su manera, una evolución social que encuentre vías, luz y actitudes apropiadas para reorientar lo que hoy consideramos indeseable.
• Poner con todo ello una perspectiva o mirada completa que permita comprender nuestra caótica y emocional democracia, o lo que es lo mismo, entender al menos algunos aspectos de nuestro complejo sistema que tan en entredicho se encuentra y en el que conviven muchas verdades entrecruzadas que no somos capaces de asumir.
Que nadie espere en este libro grandes conocimientos o novedades que no pueda tener ya el lector, pues este ejercicio no deja de ser una puesta en orden y combinación de fenómenos fácilmente observables por cualquiera. No obstante, presentados como lo hago, pueden permitirnos visiones y perspectivas diferentes y ampliadas de las cosas. Cuando miramos al cielo en una noche oscura, todos vemos las mismas estrellas, las que hay visibles. Pero dentro de ese universo estrellado unos pueden ver unas constelaciones y otros otras. Con este libro mi pretensión es tratar de mostrar algunas constelaciones que, siendo tan reales como las otras viejas conocidas. Invito por ello al lector a dejar de fijarse solo en la Osa Mayor y la Osa Menor, y se abra a buscar otras nuevas que también están delante de sus ojos.
Pero como no es el universo estrellado lo que ahora tenemos que comprender sino nuestra liosa y confrontada sociedad en la Tierra, seguro que será más eficaz salir un poco al espacio y situarnos en Marte para tener una mejor y más limpia perspectiva.
Sugiero leer el libro desde Marte
El libro trata de explicar todo de forma sencilla (aunque confío que no simple) y con líneas de trazo gordo, para describir así perspectivas de las cosas diferentes respecto de las que normalmente se tienen. Pido también disculpas por cierta simplificación de algunas generalizaciones; si las uso es solo con el ánimo de ilustrar tendencias, visiones o rasgos marcados de unos y otros colectivos aun sabiendo que estarán llenas de excepciones y matices.
Como a todos en general nos cuesta mucho desapegarnos de nuestros pensamientos y de nuestra forma de ver las cosas me gustaría formular a los lectores la siguiente pregunta: ¿pueden, cuando estén leyendo este libro, imaginarse que son marcianos observando las dinámicas de nuestra sociedad desde Marte, libres de las ataduras, condicionamientos, implicaciones emocionales e inercias terráqueas que se dan en quienes llevamos generaciones concibiendo las cosas de una determinada forma en las sociedades occidentales? Pues para los que puedan, esa será la mejor perspectiva desde la que leer este libro.
Desaprendamos por tanto todo lo que haga falta antes de seguir leyendo para atrevernos a entender lo que se dice sin pensar que se pretende cambiar el mundo de golpe y de forma radical. Permítase el lector leer sin cuestionar cada línea para así entender o visualizar nuevas perspectivas ampliadas. Pues este libro no pretende tener razón, sino mostrar formas diferentes de ver y entender las cosas que bien podrían hacerse realidad. Como supongo que Dalí nunca pretendió que sus cuadros reflejaran una realidad ortodoxamente objetiva, tampoco este libro pretende crear o describir una nueva realidad concreta, cerrada u objetiva, pues la nueva realidad evolucionada hacia la que ya estamos caminando solo podrá ser el resultado de la caótica interacción de las múltiples fuerzas, intereses y actitudes que conviven en nuestra complejísima sociedad, que todavía no tiene un nuevo contrato social consensuado.
La experiencia me dice que cuando alguien quiere demostrar algo, en general, la gente con la que está hablando se coloca en posición escéptica y cuestionadora de las afirmaciones que llevan a la demostración. Este libro tiene el peligro de despertar esas reacciones en los lectores convirtiéndolos en críticos buscadores de las fallas o quiebras de las reflexiones y conclusiones que contiene. Tendemos a aferrarnos a concepciones o paradigmas vigentes con los que vivimos inclinándonos más a buscar argumentos de rechazo que a entender la tesis que se trata de explicar. Cuando ello ocurre, la escucha y el procesamiento para la comprensión de lo que se está oyendo o leyendo se deteriora, al ser sustituidos internamente por la argumentación para defender la tesis contraria. Animo por ello a comprender las tesis que expongo pues difícilmente se podrá rebatir lo que no se haya comprendido.
Pues bien, aunque sé que es mucho pedir, me gustaría que este fenómeno no ocurriera y que el lector se permitiera permanecer abierto a una escucha profunda, tratando de entender los argumentos, sentimientos y las tesis para comprender por qué digo lo que digo. Tras ello podrá compartir en mayor o menor medida (o en ninguna) las apreciaciones que contiene, y desde luego podrá mostrar su rechazo a muchos de sus contenidos. Creo que solo así podrá avanzar en el auto cuestionamiento de sus propios paradigmas en los que todos nos encontramos anclados. O, lo que es lo mismo, hagamos un esfuerzo por observar esas constelaciones en el cielo que son menos fáciles de identificar, pues solo después de conseguir observarlas podremos comparar la belleza de las nuevas con la de las viejas.
Soy consciente por tanto de que muchas de las cosas que afirma este libro llevan a pensar rápido que son una locura. Pero pido al lector que se tome la oportunidad de no darles ese calificativo tan pronto y mantenerse en la lectura tratando de encontrar los porqués que hay detrás de las afirmaciones y el valor de esas peculiares perspectivas. Me atrevo a decir que, aunque no pretendo demostrar nada, confío en la sensatez y base para decir las cosas que digo con una lógica basada en lo que son los fundamentos del comportamiento de los seres humanos y la observación de los fenómenos de nuestra sociedad. Estoy seguro de que comprender perspectivas distintas de las cosas, aunque suenen a ciencia ficción, será un buen ejercicio mental para la apertura de nuestra forma de pensar. Y en lo que a mí respecta me ayudará a sentirme comprendido, que tan importante me resulta, aun cuando no se compartan mis visiones y creencias.
Sé que en algunos aspectos este libro puede remover la conciencia de muchos y ello puede llevar a ciertas reticencias para la aceptación y comprensión de sus contenidos. Pero mi sugerencia es que, en la intimidad de la lectura, se permitan abrir sus conciencias y corazones para escuchar lo que les dice. Puede resultar algo incómodo pero seguro que es interesante y confío que quien lo haga sienta que ha crecido.
¿Es este libro una utopía?
Me habría gustado mostrar mi espíritu optimista con un titular atractivo como «Este mundo tiene arreglo». Pero la reflexión sobre ello me ha llevado a descartarlo pues solo se puede arreglar lo que se ha estropeado, lo que hace imposible arreglar aquello que a lo largo de los tiempos no ha hecho sino mejorar. Y aun sabiendo que esta es la primera afirmación que puede provocar el rechazo de muchos a la vista de lo que vemos y oímos todos los días en las noticias, la realidad es que el mundo en su conjunto no ha hecho sino tener una evolución muy positiva. Quien quiera basar su opinión en datos sobre cualquier variable (hambre, analfabetismo, derechos humanos, muertes violentas, longevidad, libertad…) se encontrará sin argumentos para decir que el mundo hoy está peor que en el pasado. Es cierto que en algunos aspectos la acción del hombre ha podido herir el planeta, y desde luego también es cierto que las crecientes dinámicas sociales de confrontación y polarización, junto con la práctica del vale todo, que con tanto arraigo se está instalando en nuestra sociedad, nos puede llevar a sentir que nuestro mundo es un desastre. Pero mírese de nuevo la cuestión desde Marte y podremos observar que el mundo como tal, para la población en general, parece estar mejor que en cualquier otra época previa por más que haya aspectos en fase de deterioro.
Por ello, y por no pretender arreglar el mundo, este libro no es una utopía. Más bien es un identificador o diagnóstico de fenómenos negativos que están emergiendo, o son consecuencia del llamado progreso, y de otros positivos que surgen de forma espontánea en la sociedad como mecanismos propios de su inteligencia de supervivencia. Y si algo pretende es evitar que el mundo se estropee o desarregle precisamente por cuestiones humano-emocionales en las que el grado de analfabetismo en Occidente es todavía muy elevado en comparación con el desarrollo del hombre y de la sociedad en otros ámbitos.
El ser humano, como consecuencia de las fuerzas de la naturaleza y la inevitable lucha por la supervivencia, tendrá siempre un lado bueno y uno malo. Desde que Adán se comió la manzana estamos destinados a vivir con dolor, sufrimiento, lucha y comportamientos que calificamos de malos y contrarios a la ética, a los principios o los códigos de convivencia que en cada momento se dan en la sociedad. Por ello sería utópico pensar que podemos ir a un mundo ideal en el que todos estemos felices y encajados de manera absoluta y permanente. Además, en general, lo que para unos sería arreglar el mundo para otros supondría un gran desarreglo y ello con multitud de versiones y matices. Por otra parte, es claro que cuando el ser humano arregla algo en sociedad, surge otro nuevo problema o conflicto fruto de un nuevo estadio evolutivo. Por ello este libro se mueve en la dimensión de la observación de lo que ocurre y en la de hacer cierta predicción intuitiva de lo que va a ocurrir.
Nos encontramos anclados en mentalidades que no conciben una sociedad con formas diferentes de rentabilidad o con sistemas de motivación de la actividad humana no basados en el dinero tal y como hoy funciona. Y ante ello me pregunto, y pregunto a los lectores, ¿nuestros hijos, preferimos que vivan en el mundo más productivo del universo o en el mundo más amable? Seguro que desde Marte esta pregunta la podremos contestar mejor.
Por ello la predicción de este libro no es la de que la productividad y la competitividad vayan a ser abandonadas en pro de aspectos emocionales y espirituales. Pero sí tengo la firme convicción (y confieso que me gustaría) de que tales aspectos cederán bastante espacio, por imposición del juego de fuerzas del sistema, en favor de la búsqueda de un verdadero bienestar emocional, humano y espiritual. Solo así tenderemos a un más sano (aunque siempre inestable) equilibro que corregirá el exceso de peso que hoy hay en el lado de la balanza de los aspectos económico-financieros tradicionales. Y esto no es algo que vaya a ocurrir, sino que, en mi opinión, ya está ocurriendo, como veremos a lo largo de este libro.
No niego sin embargo que el libro muestre un cierto sueño respecto a la evolución de la sociedad. Pero es un sueño basado en ciertas lógicas antropológicas que ojalá se impongan a otras. Y es por tanto un sueño de los que hay que tener para construir una sociedad, no solo que sea mejor, sino en la que todos nos sintamos mejor. ¿Cuántas cosas de hoy fueron antes soñadas por alguien en el pasado? ¿No se ha cumplido acaso, al menos parcialmente, el famoso sueño de Martin Luther King?
Y aunque el libro debiera también estar escrito desde Marte para describir fenómenos y diagnósticos sin mi implicación personal, juicio o preferencia de unas cosas sobre otras, confieso que ello me ha resultado imposible y no puedo por tanto negar que en ocasiones se me verá el plumero respecto a lo que es una evolución deseable, seguramente acopladas a mi propia conveniencia.

PRIMERA PARTE
Una sociedad cegada y secuestrada por sus caducos paradigmas
Permítame el lector que comience con una mini fábula que ilustra bien fenómenos de ceguera y secuestro similares a los que se dan en nuestra sociedad.
La fábula de los airis
Un mundo peleado por el oxígeno
Había una vez, hace muchos muchos años, una gran colonia humana que poblaba y dominaba el norte del planeta Tierra en la llamada Tierra del Aire. Ocupaba todo el espacio del hemisferio norte pues el sur estaba ocupado por una enorme laguna. Los miembros de esta colonia, llamados airis, vivían en la abundancia de una naturaleza que resultaba más que suficiente para satisfacer sus necesidades. Gozaban de una vida plena con un buen equilibrio entre el trabajo necesario para cubrir sus necesidades biológicas y el cuidado de su dimensión lúdica, social y espiritual.
La desgracia invadió la colonia con la llegada de un gran meteorito, que al caer sobre la Tierra desencadenó unos nefastos fenómenos ambientales que transformaron el aire de la atmósfera haciéndolo irrespirable. Solo algunas nubes y corrientes de aire respirable permanecieron en la Tierra, lo que permitió que una parte de los airis pudiera sobrevivir. Repentinamente la vida se había complicado y resultaba muy difícil vivir, lo que despertó agresivas conductas y peleas entre los pobladores para ocupar y aprovechar esas corrientes y nubes de aire respirable. Ante la escasez e importancia de ese aire empezaron a referirse a él como AR, convirtiéndose en el bien más preciado y en el centro y foco de atención e interés de todos los pobladores.
La carencia de AR despertó la inquietud e iniciativa ciudadanas y la creatividad para encontrar formas para sobrevivir y asegurarse el AR. Comenzó a desarrollarse el ingenio para encerrar las nubes de AR en redes y para captar y envasar las corrientes de AR, que con ahínco se buscaban por la atmósfera. Y, para vivir, los airis crearon trajes-escafandra con depósitos para llevar AR y poder salir con normalidad al aire libre. Con el paso del tiempo habían creado grandes depósitos y acumulaciones de AR, así como una red y mecanismos para transporte y uso del aire, lo que permitió comerciar con él. Algunos empresarios acumulaban grandes cantidades de AR mientras otros carecían de él y su carencia llegó a causarles enfermedad o incluso la muerte.
Ante la importancia del AR como bien vital, gradualmente se implantaron las «Unidades de Aire Respirable» o AER€OS como moneda de cambio para el tráfico de otros bienes y servicios que la comunidad producía. Con el tiempo, los precios de los intercambios en la sociedad se acabaron fijando en AER€OS. Y, tratándose de un bien vital para la supervivencia de los airis, la captación, gestión, el uso, almacenamiento y explotación de los negocios relativos al AR fueron objeto de regulación y quedaron sujetos a concesión. Había nacido la primera actividad económica regulada supervisada por el «Banco de AER€OS de la Tierra del Aire». Poco a poco, y sin nadie darse cuenta, el mundo se iba impregnando de concepciones y sistemas de funcionamiento basados en el uso de AER€OS. Los sueldos de los airis y los precios de las cosas se fijaban en AER€OS, que se convirtieron en las unidades de referencia y el lenguaje para la presupuestación y planificación de actividades.
Muchos siglos después de la catástrofe del meteorito, la sociedad había alcanzado gran desarrollo y prosperidad, a la vez que existían importantes excedentes de AR. Los laboratorios iban innovando con tratamientos que desarrollaban los pulmones de los airis para permitirles cierta tolerancia a respirar el aire que antes resultaba totalmente tóxico. Con ello y con el paso de los siglos el aire se fue haciendo gradualmente respirable para más y más airis hasta convertirse en un bien abundante y naturalmente accesible para todos.
El mundo ya tenía excedente de AR, que ya era accesible a cualquier ciudadano con normalidad. No obstante, para respirar al aire libre fuera de las viviendas y centros de trabajo era imprescindible contar con los «permisos de respiración» concedidos por las empresas concesionarias explotadoras de AR.
Con ello y con el paso del tiempo, en todas las instituciones de la sociedad, el intercambio mercantil, la fijación de precios y la concepción del funcionamiento del mundo se encontraban anclados en el sistema de AER€OS. Al igual que ocurre hoy con los recursos naturales como el agua, la pesca, las minas e incluso el viento y el sol, cuyo uso y explotación se encuentran sujetos a concesión, nadie podía explotar el AR ni respirarlo libremente de la atmósfera sin contar con la correspondiente concesión. Solo dentro de las viviendas de cada uno el uso o respiración del aire era libre.
Así, las concesiones y la gestión de los AER€OS se fueron concentrando en manos de poderosos y la acumulación de AER€OS se fue convirtiendo en el «leit motiv» para muchos airis. que veían en el incremento de sus cuentas corrientes de AER€OS una fuente de seguridad, reconocimiento, estatus y poder. Sin darse cuenta, la colonia de airis había creado todo un sistema socioeconómico basado en la ficción y la regulación, que, paradójicamente, se había convertido en la gasolina para su propio funcionamiento.
Las dinámicas de sostenimiento de la actividad social y de creación de riqueza basadas y medidas en el complejo sistema de AER€OS y su correspondiente contabilidad provocaron el nacimiento de una nueva clase social gestora de los AER€OS. En paralelo surgía también un descontento derivado de las diferencias y de la frustración de observar que, siendo un bien excedente, su uso se encontraba regulado y limitado. Muchos airis con pocos recursos no podían apenas salir de sus casas pues no tenían AER€OS para comprar su derecho a respirar el aire de la calle. Estas limitaciones, además de mucha insatisfacción social, generaban un freno al desarrollo de otras actividades creadoras de riqueza y de bienes y servicios verdaderamente disfrutables. Los AER€OS en su momento habían sido verdaderamente valiosos por permitir respirar, y propiciar el desarrollo de un sistema motivador para encontrar soluciones que permitieran a más y más personas sobrevivir tras la caída del gran meteorito. Pero recuperada la respirabilidad del aire, su permanencia como moneda de cambio con todo el sistema regulatorio financiero e intereses creados en torno a ellos se convirtió en una verdadera lacra. La regulación modulaba todo el sistema de las relaciones sociales y económicas dentro de la comunidad, pero se había convertido en un freno para la mejora del bienestar social, que ya no dependía del AR.
A pesar de que el AR era accesible a todos y excedentario, el mundo de los airis ya no era capaz de darse cuenta de ello y no podía concebir su funcionamiento sin AER€OS. Los ciudadanos no eran capaces de observar la estúpida espiral a la que la sociedad se encontraba sometida y tanto los más establecidos en el poder como los empresarios se resistían a verlo y al cambio por su natural lógica de protección de sus privilegiados intereses construidos sobre el sistema de AER€OS. No eran capaces de hacerse conscientes de ello al estar anclados en arraigadas visiones que preservaban sus privilegios.
Las diferencias, insatisfacciones y fricciones en la sociedad fueron agravándose, provocando más y más malestar, y frenando una feliz evolución y desarrollo de la sociedad para encajarse felizmente en el nivel de desarrollo alcanzado. La sociedad estaba distraída en luchas internas derivadas del reparto de AER€OS excedentarios, lo que provocaba grandes limitaciones para enfrentarse a los nuevos retos, dificultades y amenazas que la evolución y el desarrollo social alcanzado habían traído a la sociedad. Los AER€OS y su sistema de administración, que a lo largo de siglos había sido fundamental para desarrollar tecnología y mecanismos que permitieran respirar a más y más personas, comenzaron a ser el gran lastre para una satisfactoria evolución de la sociedad adaptada a los tiempos y al excedentario nivel de aire respirable alcanzado.
Tras mucho muchos años de dudas y fricciones internas se iba haciendo claro el cambio de era. Con el paso del tiempo esa falta de consciencia para abandonar una vida secuestrada por la búsqueda y acumulación de AER€OS provocó una progresiva degradación de la convivencia y la satisfacción social que afectó a su población, dividida y confrontada. A pesar de lo destructivo de la situación, el anclaje de unos y otros en marcos mentales ya obsoletos dificultaba una nueva mirada a la realidad. Además, aun cuando más y más airis iban observando lo absurdo del sistema, la falta de concepción de otras alternativas de ordenación de la convivencia hacía difícil vislumbrar el abandono de la predominancia de un sistema social guiado, movido y ordenado en clave de AER€OS. ¿Cómo poner valor y precio a las cosas si no era en AER€OS? ¿O cómo remunerar a los trabajadores?
No fue capaz la sociedad en su conjunto de cambiar sus paradigmas sin pasar por su casi total destrucción. Solo unos pocos airis que habían despertado y tomado conciencia de ello consiguieron sobrevivir iniciando con valentía su marcha de la comunidad para empezar una nueva era. Y solo estos, con mayor consciencia y coraje, caminaron y caminaron en la difícil búsqueda de la Tierra del Sentido, donde esperaban encontrar y crear el equilibrio entre el espíritu y la riqueza en un nuevo y pleno entorno de bienestar.

En unas páginas retomaremos la historia de los airis supervivientes tras conocer la fábula de «Los habitantes de la Gran Laguna».
Lo que escasea en nuestra sociedad hoy no es riqueza sino otras cosas, pero nos cuesta verlo
Cada época de la historia se encuentra anclada en determinadas visiones y paradigmas que de alguna forma condicionan o limitan la visión de la realidad y llevan a quienes en ella viven a tener miradas e interpretaciones muy restringidas del funcionamiento del mundo. La acumulación de años mirando y pensando de una determinada forma nos hace creer que las cosas no pueden funcionar de otra manera y las inercias, la excesiva implicación, el miedo al cambio y la falta de pausa y perspectiva para la reflexión nos impiden observar fenómenos que son claramente visibles desde perspectivas no implicadas y cegadas con el paradigma, tal y como les ocurría a los airis en la época de nuestra fábula.
Nuestra privilegiada sociedad occidental se encuentra actualmente sometida a la limitadísima visión que se deriva de su alto nivel de riqueza, de la gran financiarización de nuestra economía y de lo que me gusta llamar analfabetismo emocional de Occidente. El dinero, las finanzas y nuestros sistemas de medir la rentabilidad y el reconocimiento social comparten en gran medida las reflexiones y fenómenos que se dieron con los AER€OS en la tierra de los airis. Desde fuera hoy no nos cuesta observar el secuestro en el que se encontraba la sociedad de los airis sometida por un sistema que, si bien fue una gran fuente de valor y riqueza durante muchos siglos, llevó finalmente a su total degradación y desaparición.
Hoy Occidente no tiene problemas de riqueza, como tampoco tenían problema de aire respirable los airis en los últimos tiempos. Pero, sin embargo, las instituciones y fuerzas que mueven el mundo declaran casi por encima de cualquier otra prioridad la necesidad de promover el crecimiento del PIB y la rentabilidad y productividad de las empresas. Aunque sorprenda escucharlo, nuestra riqueza es excedentaria y nuestros problemas no provienen de la insuficiencia de la misma. Es difícil ya disfrutar de más riqueza, si bien confundimos el disfrute de riqueza con el disfrute de los privilegios, diferencias y estatus que nos procura la acumulación de dinero, como antaño se les procuraba a los airis la acumulación de AER€OS.
Como pensaban los airis en relación con el aire respirable, hoy en Occidente creemos que crear y acumular más riqueza nos procurará mayor bienestar. Asociamos bienestar a cantidad de riqueza material e incluso financiera. Pensamos que es la riqueza lo que es escaso, cuando lo que es escaso es la capacidad para administrarla disfrutando verdaderamente de ella. Y muy relacionado con ello resalta la escasez de trabajo digno y acoplado a las circunstancias y perfiles de cada uno y en la medida de lo posible con un acoplamiento amable a la trayectoria vital de las personas. Pero, por más claro que ello sea, el mundo no es capaz de verlo, como tampoco vieron los airis que el sostenimiento de su sociedad apoyado en su sistema de AER€OS era inviable.
También hoy los poderes establecidos y quienes disfrutan de los privilegios de su posición se resisten a tomar conciencia de ello ante el miedo al cambio, a lo nuevo y a perder posiciones. Es normal y comprensible, e incluso diría que no reprochable. Pero el tiempo, como ya ocurrió con la desaparición de los airis, castigará a los individuos o sociedades que no despierten para ver nuevas realidades y dar un salto evolutivo para asumir e integrar nuevos paradigmas acordes con nuestro nivel de desarrollo y evolución. Un salto que nos lleve a tomar consciencia de que vivimos en una sociedad de la abundancia y a adentrarnos en una nueva era de la amabilidad construida mucho más sobre la rentabilidad espiritual y la sostenibilidad emocional del mundo que sobre la rentabilidad financiera, como desarrollaré a lo largo de este libro.
Las personas, además de comida necesitan una causa, su sentido, sentirse útiles, pertenencia. Y en Occidente, con los estómagos bien llenos y sabiendo en el fondo de nuestro ser que comida no nos faltará, se hacen más y más presentes las inquietudes, sociales, existenciales y de sentido.
La ausencia de trabajo para todos es un fenómeno creciente. En un mundo guiado por la competencia y la productividad, pocas dudas hay de que, para la inmensa mayoría de los trabajos, las máquinas, los robots o los ordenadores son y serán cada vez más eficaces y rentables que las personas, además de ser mucho menos problemáticos. Y en este estado de cosas y mientras los valores supremos sean la productividad y la competitividad, las personas tienen que encontrar su hueco (incluyendo su salario) luchando por una causa que les haga sentirse con un propósito, luchar por algo, encontrar una dirección, y asociado a ello su sustento económico. Y es esto lo que en gran medida propicia el nacimiento de miles de luchas y movimientos en defensa de unas y otras causas que nos dan sentido. Pues unos buscan su hueco y su poder a través del juego del Monopoly de las finanzas y otros lo buscan con el arte de la comunicación, la reivindicación, las llamadas de atención, la creación de relatos etc.
Somos poco conscientes de que somos ya una sociedad rica y de que lo que nos falta no es más riqueza sino aprender a convivir con ella y administrarla y disfrutarla con armonía entre todos. Ello nos hace seguir empecinados en que todos los problemas se arreglarán con mayor productividad y mayor crecimiento. Algunos se dan cuenta de que eso es absurdo, pero caen simultáneamente a menudo en la creencia de que todo el mundo es bueno y que el arreglo es fácil repartiendo más (pagando más impuestos y restringiendo libertades para igualar por abajo) por imposición legal y pretendiendo que todos seamos iguales en riqueza. Pero se olvidan de que son las trayectorias, los apegos y la relevancia social, así como la verdadera naturaleza humana con sus mecanismos interesados de motivación los que inevitablemente determinan las conductas. En sus versiones extremas, parecen también ignorar que repartirlo todo por imposición nos llevaría a una espiral de degeneración y empobrecimiento, como ya se ha visto en las sociedades comunistas que lo han pretendido.
En el otro lado, , digamos que el de los conservadores, muchos tienen siempre muy presente en sus miradas la naturaleza del ser humano como alguien interesado, lo que les hace grandes defensores de la meritocracia, del premio a la competitividad y al esfuerzo con falta de sensibilidad para apreciar, sentir y compartir las dificultades de quienes más las padecen. Parecen olvidarse de dar gracias por haber nacido como han nacido y haberles caído la vida que les ha caído. Conciben el éxito de la sociedad en la riqueza absoluta sin ser conscientes de que, alcanzados los niveles necesarios para la supervivencia, la gestión de las diferencias y las desigualdades es más relevante que la consecución de mayores cifras absolutas para los menos favorecidos. Pues no es la cantidad de riqueza y de educación lo que protege de la exclusión, sino la existencia de brechas cada vez mayores, que constituyen el mejor caldo de cultivo para la exclusión y, desde ella, para el griterío y la reivindicación populista.
Con todo esto la sociedad y sus líderes políticos han hecho inmersión en una creciente superficialidad para mirar y abordar los distintos temas, pues el uso del relato publicitario, el eslogan y la conexión emocional es lo que funciona para ganar seguidores. Y para ello nada como crear enemigos o demonios para atraer seguidores, a quienes les unirá mucho más el temor o el resentimiento compartidos ante un enemigo, ya sea real o construido, que el hecho de compartir ideas comunes.
La perspectiva sistémica que siempre se ha requerido para comprender la sociedad se hace hoy mucho más necesaria. Y aun con ella, a priori y más allá de la observación de ciertas tendencias, resulta muy difícil pronosticar los efectos del juego cruzado de causas, reivindicaciones e intereses.
Nuestro sistema democrático continúa siendo muy democrático. Se puede pensar que la calidad democrática es muy deficiente, pero no se puede cuestionar que hoy se escuchan todas las voces existentes mucho más que antes. Aunque unos mucho más que otros, hoy todos gritamos de una u otra forma, todos nos quejamos de unas y otras cosas, y la sociedad avanza fijando su dirección con el resultado de todos los empujes que la mueven hacia un lugar u otro. Es una democracia en la que la dirección la marcan más el volumen y el ruido que crean los gritos que los argumentos razonados que hay en ellos. Y todo ello ocurre en una dinámica social en la que todos tenemos el altavoz de los nuevos medios de comunicación y las redes sociales, y en un terreno de juego en el que también juegan, de forma oculta, intereses distorsionadores o contaminantes que lo que buscan es la desestabilización y la siembra de agitación y caos.
¿Es peor esta democracia de las voces y los gritos o populista que otra basada en el voto supuestamente racional, cultivado e inteligente? ¿Es posible pronunciarse sobre cuál de las dos versiones es más democrática? ¿A quién conviene más una y otra forma de democracia? Seguro que el instinto de supervivencia social nos irá guiando y a lo largo del tiempo nos mostrará las respuestas y los sufrimientos adaptativos que habrá que padecer precisamente para sobrevivir.

¿VIVIMOS EN UN MUNDO DISTINTO?
A lo largo de la historia, las personas que tratan de entender la sociedad en que viven tienden a pensar que lo que le ocurre a su generación es algo muy singular o único. Consideran, por ello, que enfrentan situaciones o problemas novedosos, únicos y difíciles que parecen justificar el derecho a lamentarse de cómo está el mundo, tendiendo en general a hacer crítica a los jóvenes, por su supuesta relajación de valores, superficialidad etc. como clase causante de los males que afectan a la sociedad. Debo confesar que, si me dejo llevar por mi inconsciente, mis emociones y sentimientos este es un pensamiento también recurrente en mí. Podría confesar que, sin reflexión, sin pensar, lo que siento a menudo es que la gente de hoy es la leche, que ha perdido los principios, que es muy superficial y que por este camino mal va el mundo. Solo cuando me convierto en un observador externo disociado de mis vivencias, de mi historia personal de sentimientos, apegos, emociones y creencias puedo constatar que en gran medida esas cosas tan especiales y negativas no son realmente tan especiales de nuestra época. Por supuesto que el desarrollo de las tecnologías, la riqueza y las costumbres son diferentes, pero el juicio que merece a las sucesivas generaciones su propio tiempo o época mantiene muchos patrones comunes a lo largo de la historia, al menos en los últimos siglos. Basta leer libros de distintas épocas para constatar un patrón común en lo que se refiere a la valoración que merece la evolución respecto de la moral, los valores etc. La lectura pone de manifiesto en general la dificultad o resistencia a la absorción del cambio propio de la evolución de las sociedades. Leyendo cosas escritas hace doscientos años relacionadas con la evolución de la sociedad de aquel tiempo uno puede pensar que podrían estar escritas en el presente.
Nuestro miedo y resistencia al cambio nos hace mirar y vivir con resquemor todo lo nuevo, y en definitiva todo aquello que pueda suponer una amenaza a la cómoda inercia en la que cada uno vive sumido en un hábitat social que domina para desenvolverse en él sin esfuerzo. Por ello, ante las cosas, tendencias o fenómenos nuevos, tendemos, especialmente a partir de ciertas edades, a pensar que son una amenaza al deber ser social, es decir algo negativo para lo sociedad. Me atrevo a decir que en gran medida asociamos lo bueno a lo conocido y a lo habitual, lo que nos hace sentir legitimidad para ser críticos con lo nuevo o lo distinto.
La evolución social es un continuo en el que cada generación se siente única pensando que los fenómenos que en ella se dan son tan singulares que convierten la situación en algo extraordinario. Y yo mismo, siendo quizá víctima de ese fenómeno, me dispongo a continuación a señalar algunos aspectos de nuestra sociedad occidental pensando que son de tan singular naturaleza que nos colocan ante un cambio de era. Ello me lleva, quizá en una búsqueda de refuerzo de la importancia del momento, a hablar de que estamos saliendo de un larguísimo periodo de escasez y pasando a una novedosa, desconocida y desconcertante era de la abundancia. Durante siglos y milenios la sociedad ha vivido con escasez de bienes para atender nuestras necesidades más básicas, lo que ha condicionado toda la vida y el funcionamiento social. Hoy continúa la búsqueda, pero, siendo los bienes excedentarios, el objeto de esa búsqueda es diferente y se centra en la satisfacción de más y más necesidades sociales y psicológicas que modelan un mundo y una forma social muy diferentes que todavía no sabemos manejar, convirtiéndose la creación de nuevas necesidades en el fin primordial de nuestra maquinaria socioeconómica para poder sostenerse.
Bien podría obedecer la reflexión anterior al arraigado vicio de sentirnos especiales como sociedad pensando que lo que nos viene es peor que lo pasado, al menos en términos morales. Pero, en la compleja sociedad de hoy se dan unos factores que muestran un cambio de tendencia o punto de inflexión en relación con ciertos aspectos de nuestro modelo de sociedad y contrato social.
Estos elementos considero que conforman en las sociedades occidentales una situación diferencial de cambio de tendencia o de era y constituyen la base de muchas de las observaciones y reflexiones que desarrollo en este libro. Identifico en este sentido cuatro factores:
1. Tenemos los estómagos llenos: por primera vez en nuestra historia en Occidente puede afirmarse que cualquiera tiene acceso a la cobertura de sus necesidades básicas para sobrevivir: comida, ropa, refugio y en algunos países incluso servicio médico. Y no solo es que exista este acceso a todo ello, sino que, sin darnos cuenta, en lo más profundo de nuestras cabezas y casi de forma inconsciente, nuestro instinto de supervivencia tiene aquietado cualquier desasosiego relacionado con el miedo a carecer de ello en el futuro. Esto es especialmente visible en las nuevas generaciones y tiene un impacto enorme, pues por primera vez la energía y el pensamiento de las personas se llena con inquietudes mucho más relacionadas con aspectos psicológicos o sociales tales como la búsqueda de dignidad, estatus, justicia, sentido etc., lo que genera nuevas voces y gritos en nuestra sociedad por parte de personas que antes debían de mantenerse en docilidad y sometidas a la ortodoxia de un contrato social si querían poder conseguir alimento para ellos y sus hijos.
2. La sociedad occidental construida sobre el liberalismo económico ha sido una extraordinaria maquinaria de creación de riqueza que sin duda ha supuesto una gran mejora de la calidad de vida de las personas. Como parte de ello nuestro sistema económico ha sido desde su nacimiento una máquina de creación de clases medias. El número de personas encuadrables en la llamada clase media ha sido siempre creciente, dando lugar a la base de nuestro estado de bienestar, extendido a una gran mayoría de personas. Sin embargo, por primera vez en la historia Occidente se está convirtiendo en una máquina de creación de clases bajas, o sentimientos de clase baja. Las estadísticas muestran cómo los empleos de baja calidad son cada vez más, produciéndose un trasvase de personas de la clase media a la baja. Sin duda este fenómeno es apreciado con distinto juicio por unas y otras personas en nuestra sociedad, pues son muchas las voces que dicen (posiblemente con razón) que es una clase baja más rica que la clase media de hace cincuenta años. No pretende este libro entrar en el debate de la justicia o del utilitarismo asociado a las desigualdades, aunque resulta un tema de gran interés. Pero sí es relevante saber que la posición en relación con este tema desde la que se escribe este libro es la de quien piensa que los niveles de satisfacción psicológica de las personas están indisolublemente ligados a los factores del entorno, pues solo con la comparación se puede tener criterio: ningún coche es bueno o malo, grande o pequeño, nuevo o viejo si no es en relación con otros, como tampoco nadie se siente encajado o desencajado en la sociedad si no es por comparación con las circunstancias del entorno, que constituyen una referencia para originar los sentimientos de satisfacción o insatisfacción. La relevancia de este factor se ve especialmente ensalzada por el hecho de algo también novedoso en nuestra sociedad: la información y la transparencia, que hacen que las informaciones puedan ser fácilmente conocidas por todos.
3. El mundo se nos ha quedado pequeño. Ya no hay territorios que conquistar como los hubo hasta hace poco tiempo. Ni siquiera las influencias excesivas sobre otros países o territorios son demasiado bien vistas. Y cuando no hay territorio fuera de nuestros límites, las conquistas hay que hacerlas dentro de ellos, lo que provoca un mundo encerrado en sus luchas y competencias internas que provocan una constante polarización y la creación permanente de relatos legitimadores para las acciones que unos y otros acometen. Consecuencia de este factor es que ya no tenemos enemigos externos claros como factor de unión y cohesión de la sociedad y por ello los enemigos los tenemos que crear dentro de casa, lo que en combinación con los otros factores de este apartado, provoca una población que busca sus adhesiones a grupos construyéndolas sobre la creación más o menos artificial de miedos, enemigos y odios. Nada une más que compartir un enemigo común y nada dificulta más el entendimiento entre las personas y los grupos sociales que la vivencia de una relación con una emocionalidad propia de los enemigos. Seguro que si la Tierra sufriera una seria amenaza de invasión por parte de una sociedad de extraterrestres nuestra disposición a cohesionarnos y dar forma a un contrato social global con principios y autoridades claros sería mucho más factible.
4. Las sociedades se han hecho muy permeables. La información no tiene fronteras, y las culturas y sentimientos ya no se encuentran en compartimentos estancos dentro de las fronteras de unos y otros países. Los grupos sociales son una amalgama de personas de distinta procedencias, formas de pensar, sentimientos, culturas, religiones etc. haciéndose mucho más difícil el saber quién pertenece al grupo de «nosotros» y quiénes son de «los otros», pues ello dependerá de en qué ámbitos y aspectos. Los sistemas y las culturas son cada vez más líquidos y formados por elementos entremezclados de distintos orígenes o procedencias. Cada vez más se dan personas que son difícilmente encuadrables por tener y vivir con rasgos, historias, procedencias y sentimientos diversos. Es el caso de un ciudadano que es español, pero hijo de un ecuatoriano casado con una rumana y que ha vivido veinte años en Estados Unidos... O un inglés afincado y con gran cariño a España casado en primeras nupcias con una española con dos hijos españoles de ella y casado en segundas nupcias con una rusa. ¿A qué grupo de pertenencia corresponden? ¡¡Qué lío!!
Estoy seguro de que muchos pensarán que hay muchos otros rasgos o factores en nuestra actual sociedad de mayor importancia para determinar lo que la hace singular y para explicar sus dinámicas y funcionamiento. Podríamos hablar de la tecnología, Internet y el universo virtual, la inteligencia artificial, los populismos, las fake news, la problemática medioambiental... Sin duda son rasgos importantísimos de nuestra sociedad, y probablemente sean los de mayor peso cuando lo que se observa es la sociedad en su superficie. Pero si lo que se pretende es comprender el porqué de muchos de los fenómenos, dinámicas o tendencias, resulta importante bucear en aquello más allá de lo observable con una primera mirada para encontrar los verdaderos factores o causas que constituyen las palancas motivacionales de todo lo que nos ocurre. Es decir, bucear por debajo de la superficie para comprender lo que ocurre realmente dentro, en la profundidad y realidad existente como vivencia colectiva resultante de la suma de vivencias individuales. Por ello, sin despreciar en absoluto los anteriores rasgos o características fácilmente observables de nuestra sociedad, mi pensamiento de que estamos ante un cambio de era y de paradigmas proviene de destilar todos ellos. Y en esa línea es imprescindible buscar las fuerzas o motivaciones que son causa de lo que ocurre, y que están determinadas y dirigidas por nuestros instintos y mecanismos de supervivencia individuales y colectivos. Y tras sumergirme en esas profundidades yo me quedo con los cuatro factores expuestos como base para explicar el porqué de nuestra complejidad social, que nos cuesta comprender por las razones que seguidamente desarrollo.
Nada puede comprenderse sin entender y aceptar los sistemas internos atemporales y universales que mueven al ser humano hacia la búsqueda de amor, de ser querido, de poder, de placer, de seguridad… Estas programaciones genéticas o neuronales de todo ser humano, junto con los cuatro factores o hechos diferenciales analizados, son los que provocan la forma y fenómenos actuales de nuestra sociedad.
Y es precisamente el hecho de que dichas programaciones y motivaciones humanas sean muy poco visibles por encontrarse enterradas u ocultas lo que hace difícil comprender la complejidad del funcionamiento de nuestra sociedad y las distintas relaciones de causa-efecto y correlaciones que se dan en ella.
Es por ello por lo que seguidamente trataré de exponer las razones que pueden explicar nuestra dificultad para comprender con naturalidad lo que está pasando en la sociedad. Y para ello divido el trabajo en tres distintos ámbitos de distorsión de la mirada social causada por nuestros bajos niveles sociales de conciencia. Pues son precisamente nuestra ceguera y falta de conciencia las que nos impiden integrar y aceptar lo que está pasando como algo natural en el comportamiento y la evolución de una sociedad que se encuentra en un punto de inflexión, habiendo pasado de vivir en una escasez real a vivir en la abundancia, pero manteniendo la percepción de escasez. Un punto de inflexión en la sociedad, que nos lleva, sin ser conscientes de ello, a encontrarnos negociando un nuevo contrato social para cuya comprensión en necesario superar nuestra ceguera en relación a:
• Los extendidos bajos niveles de conciencia y autoconocimiento personal que desarrollaré en el apartado de «Entendiendo nuestro comportamiento».
• El fundamentalismo económico financiero y el escaso conocimiento de lo que hoy significa el dinero, que será abordado en el apartado de «Qué lío es esto del dinero y las finanzas».
• Y, por último, la comprensión de la democracia emocional y caótica, y la degeneración del utilitarismo, que será desarrollado en el apartado de «Perdidos en la democracia del caos».
Trataré enseguida de avanzar punto por punto para exponer detalladamente lo que no es sino mi convencida opinión sobre ello. Pero antes hablemos un poco de la complejidad en la que está envuelta nuestra sociedad, pues solo desde su comprensión podremos entender los fenómenos propios de nuestro mundo.
Simplicidad versus complejidad
En gran medida seguimos pensando que podemos entender el mundo con un pensamiento lineal basado en previsibles reglas de causa-efecto como forma de explicar los fenómenos que se dan en nuestra sociedad. Sin duda las relaciones de causa efecto siguen existiendo, pero para entender hoy nuestro complejo mundo es necesario vivir con la cabeza abierta a la comprensión de múltiples relaciones de causas y efectos que se entrecruzan dando forma y movimiento a lo que llamamos nuestra sociedad, o mejor dicho, nuestro sistema o nuestras dinámicas sociales. Son muchas las causas o concausas de todo lo que ocurre, precisamente por esa interacción múltiple y permanente de fuerzas de unos y otros, y las reivindicaciones y pretensiones de los distintos grupos de interés. A ello hay que añadir los cambios en nuestro medioambiente, que sin duda condicionan nuestro desarrollo e influyen de forma decisiva en nuestra visión de cómo deben hacerse las cosas para cuidar el planeta y sus pobladores.
Algunos dicen que se trata de un sistema caótico en el que nada es predecible ni pueden comprenderse las fuerzas y dinámicas que lo orientan o gobiernan. Otros, compartiendo bastante esa teoría del caos, pensamos que no obstante existen determinados patrones y dinámicas en el funcionamiento de nuestro sistema que pueden dar pistas para su comprensión y para realizar cierta predicción de tendencias, o más bien de megatendencias, de nuestra sociedad. Quienes creemos en la existencia de ciertos patrones ordenadores del caos podemos usar el concepto de orden «caórdico», que es el vocablo resultante de fusionar caos y orden, y que bien podría representarse con el fenómeno de los grandes bandos de estorninos que se encuentran en permanente evolución, aparentemente desordenada y caótica pero siempre sujeta a ciertos patrones que determinan su unión y movimiento. Pero aun creyendo en alguna medida en estos patrones, debemos admitir que los niveles de imprevisibilidad son altísimos, como siempre ha sido todo lo relativo a las predicciones del futuro1.
Este fenómeno de la imprevisibilidad y la «caórdica» evolución de las cosas puede verse cada vez más en nuestra sociedad ante decisiones de un Gobierno o ante la ocurrencia de hechos. El juego cruzado de intereses e interacciones determina la interdependencia de todo dentro de nuestro sistema social. Unas fuerzas y hechos con más peso que otros, pero sin que nada sea despreciable, pues cada vez más observamos cómo anécdotas menores pueden ser generadoras de movimientos o causas con gran influencia en los destinos de la sociedad. Me viene a la cabeza el fenómeno creado en torno a Greta Thunberg.
Juguemos a poner un ejemplo e imaginemos hace unos años el anuncio por parte de un Gobierno de unas inminentes limitaciones para fumar en los restaurantes junto con el anuncio de la aprobación de un marco de ayudas públicas para los restaurantes que inviertan en la separación de zonas de no fumadores. Ello generará la reacción de muchos ensalzando la libertad porque se oponen a las prohibiciones y limitaciones, y el apoyo de otros que por el contrario lo defienden por dar prioridad a la salud. A ello se sumarán las quejas y reproches de la hostelería, que hablará del impacto negativo en el sector, con cierto apoyo de los sindicatos de trabajadores de hostelería para proteger los empleos. Mientras tanto, las grandes compañías de tabaco empezarán a vislumbrar un negro futuro del sector del tabaco y la necesidad de ir ampliando sus actividades previendo mayores restricciones de su negocio principal. Esto empujará a estas grandes empresas a desarrollar importantes campañas de comunicación para limpiar su mala imagen y evitar acabar no siendo queridas por nadie (non gratas), aun cuando hasta hace poco tiempo eran muy admiradas como grandes compañías. Pero en paralelo surge cierto movimiento de reacción social ante la prohibición de fumar que se hace muy importante por la gran creatividad y capacidad de llamar la atención y montar numeritos de los que luchan contra la medida, que se hacen muy efectivos y consiguen meter gran presión al Gobierno, aunque esta no resulta por sí sola suficiente para echar atrás la medida. Mientras salta a los medios un nuevo caso de corrupción de miembros del Gobierno que provoca nuevas repulsas sociales que, acumuladas a las relacionadas con las prohibiciones de tabaco, se hacen insostenibles. Durante el desarrollo de todo este fenómeno crece también la lucha de los activistas antitabaco, que coinciden en gran medida con los contrarios a lo americano o antiamericanos. Una parte importante de esos movimientos son también contrarios a ante la gran empresa americana y al imperialismo empresarial, si bien otros antitabaco nada tienen en contra de ello.
En la coyuntura de este ejemplo supongamos que ha tomado más fuerza la facción que pone mucho peso en la defensa de los intereses empresariales, ejerciendo influencia en esa dirección, lo que unido a las presiones citadas que sufre el Gobierno lleva a este a retirar los planes de prohibición para no deteriorar la economía del sector hostelero. La retirada de la medida produce la agitación de los activistas y populistas de izquierdas, que aprovechan la coyuntura para denunciar que el Gobierno, está vendido a los intereses de las grandes corporaciones americanas. En paralelo se crea la asociación de restaurantes perjudicados, que agrupa a quienes ya han hecho inversiones para separar las zonas de no fumadores ante el anuncio de las medidas de prohibición y critican la quiebra del compromiso de ayudas públicas, llevándolos a promover acciones judiciales que pelean hasta el Tribunal Constitucional. Este alto tribunal, en una de sus reprochables excursiones al ámbito político, inventa una brillante argumentación que legitima la inseguridad jurídica generada poniéndose al servicio de la causa política del Gobierno. Unos años después, un empresario de hostelería que consiguió sobrevivir a los daños que le produjo la actuación del Gobierno y tras su lucha judicial sin haber obtenido compensación alguna, decide no declarar una parte de sus ingresos para reducir la carga fiscal aun sabiendo que se exponía a graves sanciones. Conforme a su reflexión, adopta, sin dolores de conciencia, una pauta de actuación propia de una selva social en la que cada uno hace lo que sea para su supervivencia en la medida que le funcione. Y así, una vez tras otra por unos y otros, cada uno con mayor o menor retorcimiento de sus razones y legitimidades internas para sobrevivir, se va conformando una sociedad en la que parece que todo vale.
Todo parece un enorme lío, pero a su vez podría decirse que, paso a paso, es fácilmente comprensible cuando se entienden las fuerzas y motivaciones que mueven al ser humano (individualmente y como miembro de un grupo) en una sociedad con las necesidades biológicas básicas cubiertas y en la que se han reconocido y sacralizado muchos derechos con poca contrapartida de obligaciones o exigencia de responsabilidad y ética.
Resulta muy difícil efectuar predicciones en la sociedad cuando todo se produce en un contexto de enorme actividad de información y medios de comunicación con agentes que argumentan en un sentido u otro como parte del juego en función de sus intereses, diluyéndose (o haciéndose muy discutible) la capacidad de determinar lo que está bien y lo que no. Y ello con un pueblo cuya opinión es utilizada por políticos y otros líderes de unas y otras causas mediante una comunicación expresa y con actuaciones que explotan inteligentemente las emociones, lo que en general se consigue con actos efectistas.
No obstante, el futuro de la evolución social difícilmente resulta predecible más allá de lo que pueda derivarse de determinados patrones observables, que son precisamente los cimientos sobre los que este libro pretende construirse. En general las predicciones sobre el futuro de nuestra sociedad serán escasamente acertadas por más desarrollo que se produzca de nuestra capacidad y calidad de procesamiento de datos e información. Nuestra condición humana, como seres vivos con capacidad de entender y procesar inteligentemente la información, provoca un fenómeno circular por el cual, en lo que se refiere al comportamiento social, cualquier predicción condiciona el cumplimiento de la predicción. A diferencia de las previsiones de fenómenos naturales como la meteorología, en las que las mismas no alteran el clima, en las predicciones sociales, el conocimiento condiciona y altera los escenarios previstos por provocar la modificación de las conductas humanas. Baste con observar cómo la predicción de que se va a producir una burbuja inmobiliaria lleva muchas veces a la prudencia de los inversores, o la previsión de que un partido político obtendrá un cierto resultado en las elecciones lleva al cambio de voto de muchos ciudadanos. Se trata de un fenómeno asociado a nuestro instinto de supervivencia y adaptación que nos conduce a adoptar comportamientos considerando las predicciones que conocemos de las cosas.
Todo este complejo escenario o campo de juego se produce en una sociedad en la que practicamos poco la reflexión y el pensamiento, lo que nos lleva a seguir viendo y pensando las cosas como siempre las hemos percibido e interpretado, rehuyendo el esfuerzo que exige comprender la complejidad y resolver o conciliar los dilemas a los que nos enfrentamos.
El ser humano corriente parece preferir la simplicidad y se deja arrastrar por mensajes y eslóganes dirigidos mucho más a despertar y mover adhesiones basadas en las emociones, el odio, el miedo y el amor que por el análisis más frío y calculado que se deriva de la reflexión, pues esta exige un esfuerzo que muchas veces preferimos evitar. Y de alguna forma este hecho dificulta mucho la comprensión individualizada o aislada de hechos, actos o fenómenos concretos, pues ellos siempre traen su causa de otros fenómenos sociales y son causa de otros, con una marcadísima interrelación, que no es tanto lineal sino más bien circular y multidireccional.

1 Sugiero al lector que busque en YouTube «Vuelo de estorninos» y se recree con algunos de los múltiples vídeos que muestran los maravillosos bailes sociales o grupales de estos pájaros en vuelo. Quizá en algo y con cierta imaginación puedan encontrar paralelismos con el baile y los vaivenes de nuestra sociedad
ENTENDIENDO NUESTRO COMPORTAMIENTO
«La vergüenza de aceptar que somos seres interesados nos impide ser conscientes de ello».
Qué difícil es no juzgar
Nos cuesta mucho comprender el mundo porque no somos capaces de mirarlo y observar lo que en él ocurre sin juzgar unos y otros fenómenos o comportamientos. En la mirada a lo que vemos que ocurre solemos poner el filtro de lo que está bien y lo que está mal, y ello no nos acerca a comprender las cosas sino a sentir nuestra simpatía o antipatía hacia ellas. Para comprender bien algo hay que observar las situaciones desde fuera, sin implicación personal, pues esta nos condiciona. Pensamos siempre que nuestra manera de ver las cosas es la forma correcta y no nos damos cuenta de que confundimos lo que es correcto o lo que pensamos que está bien con lo que nos conviene. Y esto nos lleva a sentir como legítima, razonable, equilibrada y correcta nuestra forma de pensar, juzgar y opinar pensando que ello lleva a un sistema social justo y ordenado. Y, en sentido contrario, solemos creer que la forma de actuar y pensar de otros, diferente a la nuestra, lleva a resultados poco deseables e injustos para el orden social. Además, a la mínima pensamos que las visiones y posiciones de otros no son legítimas, contrariamente a las nuestras, que sentimos que gozan de total legitimidad. En definitiva, no somos conscientes y nos negamos a reconocer que, de forma inconsciente, todo lo que pensamos y opinamos tiene un cierto condicionamiento o sesgo interesado o egoísta para proteger nuestros intereses, lo que nos gusta, aquello que conocemos y a lo que estamos acostumbrados. Se trata de condicionamientos o sesgos que nos impiden ver la realidad como es, limitando nuestra perspectiva a solo una parte de lo observable.
Sugiero por ello cambiar los significados asociados a lo que entendemos por normal y legítimo para incluir siempre el apellido «para nosotros», convirtiendo lo «normal y legítimo» en «normal y legítimo para nosotros».
El ser humano como centro, fuerza, motivación y dirección de la acción en sociedad
Si queremos entender el funcionamiento del mundo y de nuestra sociedad solo podremos hacerlo descomponiendo las conductas colectivas en la suma de conductas individuales y aplicando las reglas de funcionamiento y el sistema de motivación propio de los seres humanos. Sin embargo, nuestra sociedad occidental está poco trabajada en cuestiones emocionales y de autoconocimiento personal, lo que hace que nos resulte difícil entender o comprender las conductas de los demás. En general simplificamos la comprensión de los humanos, menospreciando el lado emocional, sentimental y espiritual, que es verdaderamente el centro de nuestras preferencias, decisiones y comportamientos. Creemos que es nuestra razón la que nos gobierna, cuando sin darnos cuenta nuestro mundo menos consciente es el que en gran medida lo hace. Estoy convencido de que será grande el rechazo de esta afirmación por parte de muchos lectores, pero me atrevo a decir que la neurociencia más consolidada y las teorías de la Economía del Comportamiento así lo confirman, incluso para las grandes decisiones en materia económica. El exitoso libro de Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio es elocuente en ese sentido. Lo que consideramos realidad depende de nuestra atención y mirada, lo que se encuentra condicionado de forma muy dominante por nuestros sentimientos, emociones, apegos y preferencias menos conscientes. Ello provoca que, sin darnos cuenta y aunque nos cueste admitirlo, sean nuestros procesos internos menos conscientes los que gobiernan nuestras decisiones y preferencias.
Sugiero la lectura de mi reciente libro Por fin me comprendo2, comprenderse bien para vivir mejor que presento como un pequeño manual para el conocimiento de lo que es un ser humano y su funcionamiento. En él se desarrollan, con detalle fácilmente comprensible, nuestros mecanismos de funcionamiento y el extraordinario poder de nuestro subconsciente, entendido este como nuestro sistema, no reflexivo y escasamente consciente, de preferencias, datos y experiencias registrados en nuestra memoria para la adopción de decisiones y comportamientos. La mayor parte de nuestras acciones, movimientos y decisiones se mueven en un mundo de automatismos o decisiones adoptadas sin reflexión o conciencia de ello. Conducimos de forma inconsciente, calculamos como coger una pelota que nos han lanzado de forma inconsciente, alguien nos cae bien o nos irrita por razones difíciles de explicitar, o nos gusta un restaurante y no otro por lo mismo. Son solo ejemplos gráficos de una infinita lista de preferencias en las que es nuestro subconsciente el que domina nuestras decisiones y posicionamientos determinando nuestra forma de ser y actuar.
Lo primero es satisfacer nuestras necesidades para sobrevivir
Todas las personas que conformamos la sociedad somos máquinas programadas para sobrevivir. En todo momento el vigilante de nuestra supervivencia está detrás de nuestros actos para orientar nuestra acciones y preferencias. A veces esa programación protectora de nuestra vida se guía por una protección de la vida a corto plazo, como ocurre cuando automáticamente huimos si se nos aproxima un animal peligroso o nos cubrimos la cabeza ante un gran estruendo. Pero otras veces nuestra inteligencia de supervivencia a medio y largo plazo actúa de forma sutil para fortalecernos física o socialmente. Tomemos por ejemplo la llamada interna que nos empuja a cuidar nuestra alimentación o a hacer ejercicio. En otro ámbito trabajamos también nuestra forma de ser tratando de ser agradables con el entorno y de cumplir nuestros compromisos, buscando con ello, de forma probablemente inconsciente, ser amables y de fiar para ser así más queridos y admitidos en nuestros grupos sociales, reforzando así nuestra capacidad de sobrevivir con éxito en la sociedad. La supervivencia ha sido y será siempre en última instancia la que, con mayor o menor conciencia de ello, guía nuestras actuaciones y hace que le dediquemos la atención, energía e inteligencia de la que disponemos. Se trata de una espontánea y natural inteligencia de supervivencia que, sin preocuparnos de ella, nos impregna, guía y protege, despertando igualmente nuestras reacciones como mecanismo de defensa ante lo que el sistema emocional considera peligroso. Cualquier actuación del ser humano se subordina a la reacción espontánea de defensa cuando en nuestro entorno algún estímulo, palabra, frase escuchada o situación observada nos parece peligrosa. Ante ello, la reacción defensiva se impone a otras siendo esto fuente de explicación de muchas de las dinámicas que podemos observar en la sociedad. Me refiero a prácticas y comportamientos poco admisibles, que violan los valores en los que socialmente creemos, haciéndonos perder las formas y el respeto a los demás o al propio planeta, etc. Cuanto más presionados, asustados o vulnerables nos sintamos mayores probabilidades hay de que nos saltemos nuestros propios principios.
De las necesidades biológicas a las necesidades sociales
Durante millones de años esa espontánea inteligencia orientada a la supervivencia se ha centrado principalmente en la satisfacción de las necesidades biológicas. Seguramente una inmensa parte de la población del mundo hasta hace solo unas decenas de años ha tenido como principal objetivo el conseguir llenar su estómago cada día, disponer de refugio para cuidarse de la dura intemperie, y por supuesto buscar protección frente al peligro de ataques de animales o de otros humanos. Y ello tanto individualmente como para proteger al grupo o al clan familiar. En el pasado, solo algunos privilegiados podían considerar que su alimentación estaba garantizada, y seguramente estos vivirían con la amenaza de su seguridad frente a traiciones, rebeliones, conquistas…
En tales circunstancias la mayor parte del tiempo y esfuerzo debía dedicarse a procurarse comida, refugio, ropa…, lo que consumía mucha energía. En definitiva, nuestra cabeza se mantenía entretenida en procurarnos el sustento biológico con poco espacio adicional para mayores exigencias.
Por el contrario, hoy en sociedades como la occidental, el alimento está garantizado, o al menos nuestro inconsciente tiene razones para pensar que no faltará. Creo que es una asunción acertada, pues cualquiera hoy, haciendo una pequeña cola para comer en un albergue o incluso pidiendo limosna, tiene asegurada la supervivencia alimenticia. Lo mismo puede decirse de la ropa, pues cualquiera puede vestirse estupendamente (más allá de las consideraciones de la moda del momento) acudiendo a los contenedores donde la gente deja la ropa que deshecha de la temporada anterior. Y en ciudades como las españolas, al menos en las fechas en que esto se escribe, poca energía hay que dedicar a proteger nuestra seguridad física, pues en general vivimos en entornos muy seguros en los que el Estado también vela por la educación y la salud de todos, e incluso nos ofrece posibilidades de ocio y deporte con iniciativas e instalaciones estatales o municipales.
Entonces, ¿qué más podemos pedir hoy? ¿A qué dedicamos nuestra energía e inquietudes mentales, que están siempre cuestionándolo todo precisamente para velar por nuestra supervivencia?
Es en la contestación a estas preguntas donde se manifiesta con claridad el cambio de peso en la balanza del consumo de nuestra energía en nuestra sociedad. Si hasta hace solo unas cuantas decenas de años en promedio el peso de la balanza se inclinaba sin duda hacia un mayor consumo de energía destinada a la supervivencia física o biológica, hoy el mayor peso lo situamos en cuidar otras variables de supervivencia. Se trata de variables mucho más sutiles y sofisticadas que podemos encuadrar dentro de lo que se llaman necesidades sociales o psicológicas.
No es el momento de definir o discutir el alcance del término necesidad ni la diferencia entre necesidad y deseo. A efectos de este libro consideraré como necesidad aquello físico o psíquico-intangible cuya carencia despierta en nosotros los mecanismos emocionales de protección, como se activan ante el ataque de un animal o ante quien quiere privarnos de agua para beber. Y a estos efectos podemos asimilar (como lo hace la neurociencia) el funcionamiento cerebral de nuestros mecanismos de reacción emocionales e inconscientes, ya sea ante la amenaza de nuestras necesidades fisiológicas o sociales. La reacción y los procesos neurológicos que se producen ante la falta de alimento son similares a los que se producen cuando alguien es excluido de su grupo de pertenencia o es privado de su estatus social o autonomía. Los miedos, bloqueos y agresividades en uno y otro caso (carencias fisiológicas y carencias sociales) responden a los mismos patrones en cuanto a funcionamiento y naturaleza. Por ello hoy una persona, ante la amenaza de ser excluido de un grupo, ninguneado o tratado indignamente, reacciona de la misma forma que lo hacía un animal o un humano cuando alguien le quería quitar el alimento o adentrarse en su territorio. Se trata de reacciones instintivas y emocionales que solo los barnices de la educación pueden modular y tratar de ocultar.
Ello ha provocado el que dediquemos mucha más energía cerebral a pensamientos y reivindicaciones propias de quien, teniendo sus necesidades fisiológicas cubiertas, ha saltado a preocuparse por su posicionamiento, fortaleza o hueco social. Y entender esto y tenerlo siempre presente es clave para comprender y diagnosticar los fenómenos sociales actuales.
Aunque existen distintos modelos que describen el concepto y las categorías de nuestras necesidades sociales, siempre me gusta, por su sencillez, el del psicólogo David Rock, fundador del Neuro Leadership Institute. En virtud de su denominado modelo SCARF (abreviatura de Status, Certainty, Autonomy, Relatedness y Fairness), las necesidades del ser humano en las sociedades modernas se definen o clasifican en esas cinco categorías:
• Estatus: necesidad social de tener importancia relativa respecto a los demás, respeto, estima y significado dentro de un grupo.
• Seguridad o certidumbre: necesidad de sentirnos seguros sabiendo que nuestro cerebro analiza patrones de forma constante y prefiere patrones familiares. Evalúa lo conocido como seguro y lo desconocido como peligroso. Vencer las resistencias al cambio pasa por gestionar bien este dominio.
• Autonomía: necesitamos percibir que poseemos cierto control sobre los acontecimientos, así como la posibilidad de tomar decisiones propias.
• Encaje social o relacional y sentido de pertenencia: necesitamos relacionarnos y pertenecer al grupo en el que nos sentimos seguros, para lo cual analizamos constantemente si las personas de nuestro entorno son amigos o extraños.
• Justicia: necesitamos vivir en un entorno justo, pues la sensación de falta de equidad a nuestro alrededor desencadena respuestas negativas y provoca posturas defensivas.
¿Cuánto le cuesta y sufre alguien al perder estatus en su empresa? ¿Cuánta energía gastamos en defender ese estatus que hemos conseguido en la sociedad? ¿A quién le da igual dejar de poder hacer algo que siempre ha hecho, y especialmente dejar de hacerlo porque su nivel económico, en comparación con el de los demás, no se lo permite? ¿Quién tolera bien el sentirse sometido o privado de autonomía por decisión de los demás o por circunstancias sociales que lo impiden? ¿No es cierto que hoy la mayor parte de la gente que tiene su presente y futuro patrimonialmente asegurados mantiene a pesar de todo ciertas inquietudes que les hacen trabajar más en su seguridad presente y futura, y que esa seguridad la asocian con la acumulación de más dinero? ¿Quién no busca de una u otra forma ser querido en la sociedad y admitido para satisfacer su sentido de pertenencia? ¿Quién convive bien con situaciones que le parecen injustas y especialmente si le afectan? ¿Quién no se siente herido y salta cuando se siente atacado en su dignidad?
En el siglo XXI, en sociedades como las occidentales, el peso de estas necesidades sociales se hace mayor en la balanza que mide nuestra atención y el consumo de nuestra energía. Queremos ser respetados, y ser alguien entre los nuestros, sentirnos libres y que nadie nos maneje, y buscamos la seguridad a largo plazo, que en gran medida asociamos a esa acumulación de poder, conocimiento o dinero. Y todo esto nos inquieta o preocupa, porque los estómagos los tenemos llenos. Y si nuestros mecanismos cerebrales no se ocupan de la comida y de la seguridad física ¿de qué se ocupa nuestra máquina de energía, nuestro pensamiento, nuestro deambuleo o agitación mental? Sencillamente a buscar y hacerse un hueco para una buena supervivencia social satisfaciendo las necesidades sociales.
Sin duda uno de los mecanismos de mayor relevancia en la evolución del ser humano es el llamado wandering, deambuleo mental o pensamiento por defecto. En virtud del mismo, cuando no estamos con la atención en alguna tarea o entretenidos con algún estímulo, nuestro sistema de pensamiento por defecto se despierta, con mayor o menor intensidad, para preguntarse por cuestiones que le afectan y para analizar y plantearse alternativas de actuación futura, para someter a juicio a otros o a uno mismo, y en definitiva a aspectos relacionados con su acoplamiento en la sociedad y el sentido de sus actuaciones y existencia. Es probablemente una de las grandes diferencias que tenemos con un perro, pues cuando este está alimentado y no tiene nada que hacer sencillamente descansa o contempla lo que ocurre a su alrededor sin más preocupaciones. Los humanos sin embargo raramente nos permitimos estar con la cabeza parada, sin darle vueltas a algo o sin inquietarnos o torturarnos pensando cómo salir de un posible problema futuro o sencillamente en cómo mantener lo que tenemos. Es un sistema de pensamiento que seguramente crea muchas inquietudes y desasosiegos y dificulta la paz interior, pero constituye a su vez una maquinaria extraordinaria de supervivencia al estar permanentemente ocupada en idear nuevas soluciones para conseguir cosas, defenderse de peligros, mejorar nuestra vida…
Cada vez más nuestros psicólogos y sociólogos observan que, más allá de la satisfacción de las necesidades primarias o básicas, existen una serie de cosas (llamémosles necesidades o como queramos) que resultan más y más imprescindibles para garantizar nuestra sana supervivencia. ¿Por qué si no son las sociedades más ricas y avanzadas las que mayor índice tienen de suicidios, anorexias, enfermedades relacionadas con la ansiedad, depresiones…? Aun a riesgo de ser tachado de simplista, me atrevo a decir que quien inevitablemente está picando piedra o recogiendo fruta en el campo todo el día para comer no puede permitirse el lujo de dedicar el tiempo a hacerse pajas mentales sobre su propósito en la vida, el sentido de esta y dar vueltas a su nivel de encaje o aceptación social. Y es en este terreno, más allá de las ineludibles necesidades biológicas para evitar perder la vida en el corto plazo, donde comienza el mundo de lo relativo, de las apreciaciones de cada uno, de las distintas perspectivas, de las discusiones políticas e ideológicas sobre lo que es o no es una necesidad y sobre en qué principios se debe asentar la justicia en torno a ello. Es también el terreno en el que desarrollamos internamente las exigencias de autonomía personal, de un trato digno, de la aceptación en el grupo social al que deseamos pertenecer etc. y lleva a muchos a convertirse en creadores de causas y reivindicaciones, y a otros a hacerse seguidores suyos.
Mal de muchos, consuelo de listos
En Occidente vivimos muy instalados en un sistema que construye efímera y falsamente la satisfacción de sus individuos sobre bases comparativas. Es decir, estoy satisfecho con lo que tengo, con lo que soy, con el trato que recibo, con la libertad que tengo en la medida en que, comparándolo con los demás, me parezca que estoy en buen lugar, en el lugar que me corresponde. Por ello en nuestro fuero interno las cosas no son buenas ni malas o suficientes o insuficientes si no es en relación o por comparación con lo que hay en nuestro entorno. Esto resulta igualmente fundamental para entender el comportamiento humano y consecuentemente los fenómenos sociales que vivimos.
Mi coche no es bueno o malo de por sí sino en relación con el parque móvil de cada momento. Cuando solo los privilegiados podían practicar determinados deportes el hecho de no practicarlos no resultaba un problema o motivo de insatisfacción. Cuando nadie tenía coche nada pasaba por no tenerlo, pero cuando todos lo tienen, uno puede sentirse mal por el hecho de no tenerlo. Cuando solo los privilegiados podían hacer viajes fuera de España, nadie sentía la necesidad de hacer esos viajes de cuando en cuando. Ahora que se ha masificado la industria del viaje parece que sentimos la necesidad de hacerlo. Cuando todo el mundo a nuestro alrededor tiene dinero para ir a buenos restaurantes puede resultar un problema para quien no lo tiene el no poder seguir el plan de quienes le rodean, de sus amigos de siempre. Por ello también cuando una crisis azota de manera generalizada a toda la población la disminución de nuestro nivel de vida se hace mucho más llevadera al ser algo compartido con las personas que nos rodean. Parece todos que nos acoplamos a niveles inferiores de vida sin que se generen los problemas de las diferencias.
En definitiva, en general en nuestra sociedad la medición del nivel de satisfacción con lo que somos o tenemos o con nuestro ámbito de libertad está muy relacionada con lo que tienen los demás en nuestro entorno físico y también virtual, a través de lo que vemos en los medios de comunicación y las redes sociales. Lo que no se ve no se quiere, pero lo que nuestro vecino tiene se convierte en objeto de deseo.
Resulta particularmente interesante en este sentido observar cómo cuando a uno le suben el sueldo la felicidad se suele convertir en frustración si conocemos que nuestro compañero ha tenido una subida mayor. No es tanto la cantidad de dinero (o de bienes que puedo comprar con el incremento salarial) sino la percepción de la consideración que la empresa tiene de mí. Y por ello con las comparaciones nos vienen pensamientos del tipo «es injusto», «no hay derecho», «con todo lo que yo trabajo y aporto…» «que ahora venga fulanito y se lleve los mayores premios…».
También podemos observar la relevancia de lo relativo para la satisfacción en nuestra sociedad cuando presenciamos un reparto general de regalos. El día de Reyes, cuando reciben sus regalos, la atención de los niños tras un primer instante se fija más en escrutar los regalos de los demás que en disfrutar de los suyos. A veces o en alguna medida no es por tanto el regalo lo que les procura la felicidad sino la satisfacción de ver que los suyos son mejores.
Es también evidente que el valor de quien en un grupo recibe un reconocimiento o condecoración por algún logro extraordinario se perderá si para consolar a todos los demás miembros del grupo se les concede también un reconocimiento a ellos. El reconocimiento pierde su esencia.
Y siguiendo con los ejemplos, si preguntamos cómo de bueno es un coche, solo podremos contestar si lo relacionamos con los coches de la época y el entorno. Todos los coches de hoy, si los comparamos con los de hace cuarenta años, son una maravilla de la tecnología y la industria, y son realmente máquinas formidables, silenciosas, con gran potencia y velocidad, que aguantan kilómetros y kilómetros sin dar problemas, con todo tipo de ayudas y asistencias de confort y seguridad. Ahora bien, si los comparamos con otros coches de hoy habrá que empezar a ser más selectivos, y así, quien tiene un coche de gama media de hace ocho o diez años es posible que pueda pensar que su coche ya no es un buen coche, que está obsoleto o tiene un diseño que ya no es actual y no puede aparcar automáticamente como otros. Y ello puede suscitar la necesidad de cambiar de coche para no destacar por tener un vehículo viejo o poco atractivo, aun cuando nuestro nivel de satisfacción con las prescripciones objetivas del coche sea alto. Al fin y al cabo vivimos en gran medida sometidos a la tiranía de la renovación de los artículos socialmente visibles como son los coches, la ropa, las cafeteras en casa para ofrecer un café a los invitados, y cientos y cientos de cosas más.
¿Son eso necesidades? Y la respuesta solo puede ser depende, en función del rigor con que usemos el término, pero en gran medida podría decirse que lo son si uno quiere situarse o no descolgarse de un determinado entorno social al que está acostumbrado o al que se encuentra apegado. Quienes reprochan el que ver las cosas así es algo muy superficial y que solo aplica a personas poco profundas que viven para la imagen quizá tengan razón, pero la realidad es que en mayor o menor medida todos sufrimos un poco o mucho de esto y cada vez la presión para no descolgarse es mayor. Y este fenómeno de obsolescencia psicológica se produce cada vez a mayor velocidad, fruto, como veremos, de las dinámicas de nuestra sociedad de consumo.
Los fenómenos asociados a la desigualdad no son solo de nuestro tiempo pues son más bien propios de nuestra naturaleza animal. Vivimos en una sociedad crecientemente consumista en la que, para sobrevivir, se encuentra muy presente una cierta exigencia a destacar, de ser alguien o ser aceptado en la sociedad, buscando esa distinción a través de las muestras de un tipo u otro de consumo. Buscamos nuestra supervivencia o posición social a través de estar a la altura en el campo del consumo, de la moda, de la realización viajes y planes atractivos. Una buena muestra de ello es la extendida práctica de los selfis para demostrar al mundo lo atractivos que somos por las cosas que tenemos o por los originales y envidiables planes que hacemos. Todo ello tiene el riesgo de llevarnos a sentirnos permanentemente necesitados de estar a la altura para no ser o sentirnos excluidos y a vivir más un rol o personaje aparentemente atractivo que lo que verdaderamente somos. Y con estas actitudes tan propias de nuestro tiempo son más y más las ocasiones en las que podemos sentirnos restregados en las diferencias. Los medios de comunicación, la publicidad machacona y creadora de estímulos para mejorar nuestro estatus y hacernos distinguidos, sin duda van calando poco a poco en nuestra forma de pensar y sentir haciéndose más oprimente la presión psicológica del miedo a quedarse atrás.
Por ello, aunque estas reflexiones sobre las diferencias son atemporales, las consecuencias se hacen especialmente graves en sociedades muy materialistas como la occidental pues sin duda en otras con mayor cultivo del espíritu, la satisfacción de las personas está mucho menos relacionada con la mirada que unos y otros reciben de los demás. Lo que los demás tienen, la forma en la que nos miran o lo que piensan de nosotros resultará menos relevante cuanto mayor sea el cultivo de nuestro interior y del espíritu.
Seguro que muchos pensamos que a nosotros eso no nos ocurre y sentimos rechazo ante ello por considerar que el ser humano no puede tener como condición propia de él algo que suena tan contrario a los principios morales y religiosos con los que nos hemos criado. Pero, aunque nos cueste, resulta imprescindible comprender y aceptar nuestra forma profunda de preferencias si queremos entender por qué nos pasan las cosas que nos pasan en nuestra convivencia y en la sociedad. Se trata de realidades que conforman nuestro sistema de sentimientos y emociones a través de programaciones neuronales que traemos en los genes y que son muestra de la impresionante inteligencia espontánea de supervivencia, que solo se atenúan ligeramente en la superficie como fruto de la educación.
En relación a ello, especialmente en lo que se refiere a las exigencias de equidad, resulta especialmente interesante el experimento realizado por los doctores Frans de Waal y Sarah Brosnan con monos babuinos. En dicho experimento con dos monos se muestra como los dos están satisfechos recibiendo como premio un trozo de pepino cada vez que cumplen bien una tarea. Sin embargo, cuando el entrenador decide mejorarle el premio a uno de ellos entregándole una uva (el alimento preferido de los babuinos), el otro entra en cólera cuando ve que a él le siguen dando pepino por hacer la misma tarea3. ¿No es algo parecido a los que nos pasa cuando a nuestro compañero le suben más el sueldo que a nosotros? ¿No habrá también algo de esto en algunos movimientos sociales de activistas disconformes con la forma de reparto del bienestar? Iremos desgranando más estas ideas para tratar de comprender el porqué de nuestro mundo.
Cada uno en busca de su hueco
Las grandes desigualdades que siguen existiendo, unidas al hecho de vivir con los estómagos llenos y a la creciente dificultad de las personas para encontrar trabajos dignos que las mantengan entretenidas lleva precisamente a quienes no tienen su hueco a buscarlo o crearlo como puedan. Surgen así todo tipo de ideas para buscarse la vida. Unos lo harán ciberatacando, otros aferrándose a absurdas posiciones profesionales que ya no tienen más razón de ser que el mantenimiento del empleo, como ocurre con muchas posiciones de funcionarios. Otros buscarán el hueco consiguiendo absurdas hazañas o récords deportivos o de otro tipo a cualquier precio, incluso el de la salud y la integridad física. Otros crearán discursos y se agruparán corporativamente para defender el mantenimiento de la obligatoriedad de ciertos registros, certificaciones, legalizaciones etc. o para convertir ciertas cosas en obligatorias como la ITVs y similares figuras, otros gritarán y agitarán para crear movimientos («ismos»), hacer reivindicaciones y hacerse representantes de las causas que defienden. Se generarán con ello nuevas actividades y se ocuparán el tiempo y la energía con las que contamos mientras perseguimos (y a veces conseguimos) unos ingresos asociados a ello, o al menos el reconocimiento social (e incluso poder) por la actividad desarrollada. ¿No es algo así lo que ocurre con ciertas funciones notariales o registrales, con la necesidad de hacer trámites para renovar permisos o con la creación de nuevos ministerios con originales denominaciones que muchas veces no se sabe muy bien para qué sirven más allá de para dar empleo a un nuevo ministro y a todo su ejército de funcionarios?
Hoy la discusión y la confrontación son una de las grandes fuentes de creación de actividad. Unos y otros encuentran en la confrontación su hueco, o al menos mantienen la posición que ya tenían, aunque ya no tenga sentido. La necesidad de sentirnos alguien y con utilidad en la sociedad nos lleva a buscar ese hueco y muchas veces la confrontación (aun siendo creadora de cargas o de ineficiencias) cumple la función de crear o mantener actividades. Donde no es necesario que haya nadie decidiendo, si se crea pelea se consiguen dos posiciones de actividad que se sostienen precisamente en la confrontación. Es sin duda un incentivo para la politización de más y más aspectos, incluso insignificantes, de nuestras vidas.
Todas esas actividades o huecos que se crean necesitan ser revestidos de legitimidad, pues a nadie le gusta sentirse un parásito, lo que lleva a la construcción de relatos a veces sofisticados e incluso irritantes y provocadores cuando lo que buscan es derrocar lo establecido. Es, precisamente así como funcionan los populismos, ya sean de un color u otro, creando discursos con un supuesto relato legitimador detrás, pero expresados de forma irritante para llamar la atención y generar rechazo e indignación. ¿Cuántos políticos no se hacen hoy su hueco a base de decir deliberadamente cosas incendiarias? ¿Y cuánta actividad genera la ineficiente realidad de encontrarnos la mitad de la sociedad peleando con la otra mitad? ¿Qué pasaría si no hubiera tanta discusión y nos entendiéramos entre nosotros fácilmente? ¿Sobraríamos todavía más personas en el mercado laboral? ¿Dónde se ubicarían los que hoy se dedican a reivindicar, pelear o defender intereses corporativos supuestamente anacrónicos?
Sin los esquemas y marcos mentales que todavía se mantienen arraigados en la sociedad sobraríamos muchos más del grupo de las clases activas de la sociedad. Y por ello, en una sociedad tan competitiva y utilitarista, la búsqueda de hueco para sobrevivir se hace casi una exigencia para quien no quiere ser excluido.
La necesidad de actuar legítimamente
Ante todos estos fenómenos y actuaciones de unos y otros no soy capaz de liberarme de mi forma de sentir o reaccionar, y en definitiva de juzgar. Para bien o para mal, mi sistema de emociones, sentimientos y valores está dentro y pegado a mí y condiciona mi forma de ver e interpretar los comportamientos de los demás llevándome a enjuiciarlos. En mi actuar espontáneo no puedo alterar ese sistema que llevo en mi mochila emocional, si bien en ocasiones, una vez se han producido reacciones emocionales internas, sí puedo controlar mi comportamiento e incluso doblegar la insistencia interna de ciertos mensajes emocionales. Pero intelectualmente soy plenamente consciente del condicionante y sesgo que para mí supone mi mochila, donde llevo mi historia que, en definitiva, da forma a mi ideología y preferencias.
En paralelo necesito sentir que mi actuar es legítimo, y me sirvo de mis capacidades intelectuales para construir los relatos que me llevan a encajar legítimamente lo que hago, mis preferencias, intereses y forma de actuar en mi sistema de creencias, en lo moral y lo ético, pues a todos nos incomoda sentir que nuestras actuaciones son injustas o reprochables. Cualquier cosa puede reivindicarse o alegarse si se hace con un discurso apropiado y con un lenguaje con las connotaciones adecuadas para conquistar a los destinatarios de los mensajes. Pues cualquier líder que pretenda tener seguidores para su causa necesita dar legitimidad a la misma como elemento indispensable de ese liderazgo para obtener apoyo y reconocimiento para sus pretensiones.
Esto hace que exista un enorme desarrollo y gama de creación de relatos (explícitos o a través de gestos) que legitiman las pretensiones de unos y otros individuos y grupos, a la vez que se acrecienta el uso de más y más maniobras para provocar las reacciones y enfados de aquellos a quienes queremos construir como enemigos, y no tanto porque lo sean, sino porque ello nos sirve para que se unan a nuestra causa personas que pueden tener un rechazo a esos supuestos enemigos. Con esa finalidad las historias son construidas y relatadas utilizando palabras, giros, proclamas etc. que conecten con las personas y despierten su adhesión por el sentimiento de compartir enemigo. Pues nada une tanto a las personas como tener un enemigo común, y tan es así que solo un enemigo común, en una causa de mayor calado, puede eliminar la relación inicial de enemistad que hasta entonces existía entre dos personas.
Es imprescindible ser conscientes de que las argumentaciones de unos y otros se construyen mucho más sobre emociones y percepciones, o impresiones de los receptores de los mensajes, que sobre argumentos y datos. El uso de datos o informaciones objetivas pretende dar un supuesto respaldo al relato, pero es crecientemente manipulativo por existir sesgos en la elección de los mismos y por su deliberada falta de contextualización o coherencia en la aplicación al caso. Son datos que se utilizan cuando sirven para impresionar o atemorizar, pero que carecen de rigor o de ponderación de su relevancia. Tan es así que la muerte de una persona cada veinticinco años por una caída de árbol puede ser utilizada como excusa para cerrar un parque cada vez que hace viento, con gran aceptación del público en general. Según el relato, la medida de cierre se apoya en el interés de proteger la seguridad de los ciudadanos, cuando la verdadera razón es el afán de prohibición, unido al de proteger a los funcionarios de responsabilidad en caso de un accidente fortuito. Posiblemente las personas que no puedan asistir al parque mientras este permanece cerrado estarán desarrollando actividades que estadísticamente revisten mayor peligrosidad que dar un paseíto por el parque. Seguramente la estadística, si se trabajara, nos llevaría a concluir que pasear por las calles de la ciudad, o incluso permanecer en casa tiene más riesgo que el derivado de la caída de un árbol en los parques incluso en días de viento.
Reprochamos a los demás lo que nosotros también hacemos
Se dice que los chinos nos espían, que quieren controlar la tecnología, y en definitiva que son una amenaza en términos generales. Y se dice en tono de reproche, como si nuestras sociedades occidentales lideradas por Estados Unidos no tuvieran servicios de espionaje, no quisieran dominar económicamente el mundo y manejar las instituciones multilaterales que siempre han dominado. Parece que los chinos son muy malos y nosotros, como bloque occidental, somos unos santos que nunca hemos conquistado un país ni establecido y defendido aranceles y reglas del comercio mundial al servicio de nuestros intereses.
Pero más allá de estas tensiones de bloques mundiales, los mismos fenómenos se reproducen en el interior de nuestras sociedades entre seguidores de partidos políticos de distinto color, entre empresarios y trabajadores o entre privilegiados y grupos más desfavorecidos. Los comportamientos criticables los vemos mucho más fácilmente en los contrarios que en nosotros mismos. Es consecuencia de un sistema innato de defensa de lo nuestro, de nuestra forma de ser y vivir frente a quienes consideramos que son los otros o incluso nuestros enemigos.
Aun siendo algo propio del ser humano desde siempre, este fenómeno se encuentra actualmente muy arraigado dentro de todas nuestras sociedades, y de alguna forma la ignorancia o falta de conciencia acerca de ello nos aleja de su comprensión. Los miedos a perder lo que tenemos, lo que hemos sido y nuestra forma de vivir secuestran nuestra mirada y la distorsionan, impidiéndonos ver y entender las cosas como realmente son. Por ello solo podremos comprender nuestra sociedad si tomamos conciencia de estas cosas y salimos del analfabetismo socioemocional que nos impide observar en nosotros lo mismo que les reprochamos a los demás. Y quizá un día comprendiéndonos unos a otros un poco más podremos entendernos y convivir con un poco más de amabilidad y encaje.
Lo justo frente a lo que me conviene
La reflexión anterior me trae a la cabeza el extendido vicio de equiparar el concepto de lo justo a lo que nos conviene a través de sesgadas e interesadas reflexiones y racionalizaciones. En general solemos pensar que aquello que me conviene es además justo. Ello ocurre con una serie de preguntas o cuestiones que, dependiendo de nuestra historia personal y de en qué lugar nos encontremos socialmente, tenderemos a responder en un sentido u otro:
• ¿Somos merecedores de lo que creemos merecer o la justicia debería equilibrar la desigualdad de oportunidades en las que nos coloca el azar del nacimiento y la vida?
• ¿Reparte mejor justicia la izquierda, o quizá lo hace mejor la derecha?
• ¿Es mejor ser competitivo o es mejor ser cooperador?
• ¿Es lo nuevo mejor que lo viejo? ¿Debemos romper o preservar lo establecido?
Es difícil analizar y responder a estas cuestiones fría y racionalmente si no es con un discurso largo y complejo. Por ello, y porque quizá la respuesta desde una supuesta objetividad científica no nos convendría, la realidad es que profundizamos y reflexionamos muy poco para determinar lo que es justo y lo que no. La sociedad como tal casi no conversa sobre estas cuestiones, pero sin embargo todos tendemos, como acabamos de ver y sin darnos cuenta, a ser activos en defender nuestra visión como justa. Defendemos las cosas como justas o injustas, pero siempre desde nuestros limitados y encasillados marcos mentales y sin hacer prácticamente reflexión alguna para describir los ingredientes que componen la justicia. En definitiva, solemos pensar o creer que es justo lo que me conviene que sea justo.
Reduciendo mucho el análisis y utilizando las denostadas generalizaciones, creo que en un supuesto debate respecto de lo que es justo me aventuraría a pensar y dividir a las personas en dos grupos, cuya descripción hago marcando las posiciones más extremas:
• Unos que creen en la importancia del mérito, y por ello en la necesidad de que existan desigualdades con los privilegios que unos tienen como justo fruto de sus esfuerzos. Estos construyen sus argumentos sobre un supuesto realismo y pragmatismo argumentando que, de no ser así, el mundo no funcionaría y acabaríamos pobres de solemnidad. La falta de diferencias en las recompensas eliminaría la motivación para el esfuerzo necesario o aconsejable para el bienestar y el progreso de la sociedad. Muy en el fondo asimilan el concepto de justicia a un principio de utilidad. Para que funcionen las cosas tiene que haber un sistema de premios y castigos pues la naturaleza humana lo necesita para funcionar bien en sociedad, y esta es la única forma de luchar contra la proliferación de los que pretenden vivir del cuento. De alguna forma esta mirada de la justicia legitima el uso de unas personas por otras al servicio de la utilidad de las segundas y suele pecar de asociar el bienestar humano a la riqueza material, con cierto desprecio de los factores psicológicos del bienestar relacionados con las necesidades sociales como las ya mencionadas de estatus, seguridad, autonomía, sentido de pertenencia. Es común que los establecidos en esta visión pertenezcan a posiciones de alguna forma privilegiadas, sin ser demasiado conscientes de su suerte, y tengan dificultades o resistencias para apreciar las menores oportunidades de quienes no pertenecen a la clase más privilegiada. Nos referiremos en lo sucesivo a estas ideas como las creencias o ideologías propias de los privilegiados, de los de derechas o los conservadores.
• El otro grupo, en el extremo, se representa poniendo de forma permanente el peso en la necesidad de igualdad y en el mundo de los derechos. De forma expresa o tácita considera que las diferencias son equivalentes a injusticia y justifican sus argumentos atribuyendo los logros de otros a las ventajas de partida con las que han contado quienes han conseguido alcanzar posiciones privilegiadas. Viven estimando que tienen el mismo derecho a disfrutar de lo que pueden disfrutar otros. Pueden tender a mirar a los más privilegiados con cierto resentimiento e incluso reproche por haberse apropiado de las ventajas de un orden establecido favorable para ellos y por someter a los más desfavorecidos. Argumentan que los más necesitados deben recibir ayuda o compensación de quienes más tienen, no por compasión sino por tener pleno derecho a ello, y por ser lo justo, y consideran que cooperando se producen mayores frutos y bienestar que compitiendo. En general este bloque se siente de mejor condición moral, a la vez que rehuye hacer un análisis de las consecuencias para la sociedad y su desarrollo del hecho de mantener este principio durante largo tiempo. De alguna forma parece que para ellos la riqueza se asocia a explotación o especulación, que son generadoras del sufrimiento que provocan las injustas diferencias. Por último, admiten mejor el prohibir lo que siempre se ha podido hacer y la mayor presencia del Estado en la ordenación de nuestras vidas. Nos referiremos en lo sucesivo a quienes encarnan estas ideas, creencias o ideologías como más de izquierdas, progresistas, reivindicadores o gritones.
Dentro de esta simplificación, me atrevo a decir que cada una de esas posturas impregna la ideología y forma de pensar de las posiciones polarizadas que en muchos aspectos existen en nuestra sociedad en relación con las libertades individuales, el nivel de impuestos adecuado, las exigencias de renta mínima y solidaridad, los niveles de desigualdad tolerables o las formas de relacionarse con lo políticamente correcto. Entre medias de estas posiciones extremas y simplificadas se encuentran versiones moderadas, intermedias, combinadas y equilibradas con todo tipo de matices. Cada una de ellas es fruto de nuestra educación, moral, costumbres, y en definitiva de los principios aceptados o rechazados de nuestro contrato social. Y cada una de estas variantes modula las creencias y visiones de una y otra de las dos posturas, contribuyendo con ello a la creación de múltiples grupos o colectivos de personas que nacen y se desarrollan en torno a las distintas visiones en relación con unos y otros temas sociales. Y con esas distintas visiones vemos la vida con uno u otro color.
Cada una de estas visiones tiene sus atractivos y sus riesgos de degeneración si no tienen contrapesos, y por ello el mundo solo podrá sobrevivir con una lucha permanente en el tiempo entre una y otra visión sin que ninguna de ellas pueda quedar impuesta de forma definitiva sin caer en una u otra forma de degenerante tiranía. Esperemos que esa lucha sea siempre mínimamente civilizada.
La confusión entre «comprender» y «aceptar». Lo que no nos interesa no somos capaces de verlo o comprenderlo
Cuando leemos o escuchamos las reflexiones que vengo haciendo sobre la sociedad y el ser humano es muy posible que se despierte en nosotros cierto rechazo. La visión ideologizada de unos y otros puede impedirnos comprenderlas adecuadamente. En general a los privilegiados les cuesta entender y aceptar que lo son y el hándicap que sufren los que no lo son para disfrutar y hacer efectivas las mismas oportunidades. Seguramente sienten que el hecho de comprender la posición de los menos privilegiados y entender sus opiniones respecto a determinados temas les obliga a compartirlas, con el riesgo de contribuir con ello a la pérdida del privilegio. En otras palabras, parece que quien es un privilegiado y reconoce las ventajas de serlo frente a los que no lo son en la carrera de la vida debe ceder y renunciar a sus beneficios al sentirse incómodo ante una injusticia o desequilibrio. Y es que en cierto modo la toma de conciencia que surge en nuestro interior al visualizar las ventajas de ser un privilegiado nos produce una incomodidad. Recordemos que nos negamos a aceptarnos como seres interesados y ello exige ciertas dosis de autoengaño para creernos los relatos legitimadores de nuestra ideología. Dicho de otra forma, preferimos mantener la ignorancia y no comprender al desfavorecido para evitar el incómodo dilema moral que nos produce la comprensión.
Por su parte, los gritones y reivindicadores y los que representan las causas de los menos favorecidos rehuyen de forma consciente o inconsciente el análisis o debate sobre las consecuencias de aplicar los principios de justicia que representan pues saben que de hacerlo tendrían que aceptar que esos principios, aun siendo muy atractivos moralmente y en el plano humano, están faltos de realismo. Se niegan a ver que su visión buenista y algo naif muy posiblemente llevaría a la sociedad a una reducción de la eficacia y de la creación de riqueza, pudiendo degenerar en su no funcionamiento. Piensan en gran medida que los ricos son más felices, sin comprender que su grado de satisfacción está relacionado con su trayectoria y con el nivel de bienestar material al que están acostumbrados, precisamente porque no entienden que el disfrute de la riqueza y el sentimiento de riqueza es en gran medida relativo.
Son esas dificultades de unos para comprender las posturas de los otros y viceversa las que llevan a la dificultad de entender con normalidad el inevitable comportamiento del ser humano en la sociedad, y consiguientemente el funcionamiento de los distintos fenómenos que nos llevan en la sociedad a la complejidad actual, a la indignación, al caos y a fricciones internas y externas.
Pero si miráramos todo desde Marte, como extraterrestres sin interés o implicación alguna en los asuntos de la Tierra que estamos estudiando, seguramente todos estaríamos de acuerdo en admitir con normalidad y sin fricciones las explicaciones de lo que mueve al ser humano, y veríamos como normales o comprensibles los fenómenos y en cierto modo el caos y complejidad actuales de nuestra sociedad.
Es precisamente nuestra implicación, nuestro lugar en el mundo, nuestra historia, y en definitiva nuestra posición relativa en él respecto a la posición de los demás (de nuevo haciendo una simplificación), lo que condiciona y más bien limita nuestra capacidad de comprender las cosas y admitir con normalidad que otros que viven en diferentes contextos y circunstancias se comporten como lo hacen, aunque no nos guste. Es muy posible que no podamos comprender que un «okupa» se meta en una casa que no es suya, pero ello es así porque damos por incuestionable nuestro sistema de principios, reglas y leyes de respeto a lo establecido y a la propiedad. En definitiva, porque, en sentido genérico, quienes así pensamos somos más bien conservadores privilegiados, ya que tenemos mucho que conservar frente a muchos otros que no pueden hacerlo pues poco tienen que les merezca la pena conservar en el ámbito material o de los privilegios.
Espontánea y emocionalmente me enerva cada vez que escucho alguna noticia sobre «okupas» y sobre cuál es el tratamiento que en nuestra sociedad se da a ello con la débil protección para el propietario. Y esa emocionalidad condiciona mi limpia mirada y mi reflexión y me impide poder comprender a los «okupantes». Pero, si lo miro con serenidad, la realidad es que mi dificultad no es tanto para comprender que en sus circunstancias y en nuestro contexto social «okupen» inmuebles; lo que me cuesta y soy incapaz de hacer es aceptarlo por no convenirme aquello a lo que puede llevar esa aceptación. En general, lo que no conviene a nuestros intereses lo convertimos en incomprensible y nos hace desarrollar estrategias de defensa de nuestra posición que supuestamente se apoyan en razones objetivas, pero que, en realidad se sustentan en nuestra capacidad de crear relatos legitimadores de la posición que más nos conviene. Por ello, cuando nos convertimos en extraterrestres y nos liberamos de nuestra mochila ideológica y de la historia vivida podemos comprender sin problema el que los «okupas» se busquen la vida entrando en casas y «okupándolas» como viviendas temporales de forma gratuita.
No tengo amigos «okupas», pero supongo que pensarán y sentirán, desde su perspectiva, que hay una casa vacía y que quizá no sea justo que unos tengan tanto y otros tan poco. Ello les permite crear un relato que les otorga una sentida o artificial legitimidad para llevar a cabo la «okupación», aun sabiendo que ello tiene el riesgo de la aplicación de una ley con unas penas para quien lo hace. Pero estoy convencido de que, muy por encima de la motivación utilitarista de encontrar un alojamiento, pesa más el hecho de ejercer de rebelde y luchador contra el sistema establecido con la posibilidad incluso de salir en la tele como un bravo revolucionario. Y en lo que se refiere a la aceptación consciente de cometer actos ilegales, seguramente el comportamiento de los «okupas» no difiera mucho del que, de una u otra forma, defrauda impuestos. En ambos casos una persona realiza un acto que sabe que es ilegal, que puede causar un perjuicio a uno o varios terceros, y lo hace asumiendo el riesgo de que el peso de la ley, si es pillado, le lleve a sufrir una pena.
Pero creo que similar repugnancia a la que nos produce a muchos observar una «okupación», les producirá a los «okupas» el oír que alguien se apropia mercantilmente de algo que no le corresponde, o que no ha pagado parte de sus impuestos aun cuando lo haga con sofisticados argumentos y apoyos legales que pretendan justificarlo. Más allá de que uno sienta mayor o menor cercanía con la gente que cae en uno u otro comportamiento, ¿hay intelectual y conceptualmente alguna diferencia de ambas prácticas? Ambas implican el incumplimiento de leyes, ambas tienen castigos asociados y ambas causan importante daño patrimonial y al funcionamiento de la sociedad. De nuevo, y haciendo una simplificación, lo que ocurre es que unas las cometen principalmente algunos miembros de los de un lado (conservadores, de derechas, privilegiados…) y perjudican más a los más necesitados del otro (clases más de izquierdas, humildes, desfavorecidos...), mientras que otras, por el contrario, las cometen principalmente algunos de los segundos y las sufren los primeros.
Por naturaleza el ser humano tiende a ser cómodo y a rehuir el esfuerzo salvo que haya una buena motivación para ello. Soy de los muchos que piensa, como los de derechas, que una sociedad sin esfuerzo por parte de sus miembros es una sociedad tendente a la degeneración antes o después. Considero que una sociedad que ofrece a las personas todo lo que necesitan para vivir sin exigir cierta contribución a la misma, o al menos cierto acoplamiento y comportamiento social para recibir, genera un efecto llamada hacia esa degenerante comodidad. Pero esta afirmación es perfectamente compatible con mi firme creencia de que hoy resulta demasiado difícil o imposible para muchos encontrar un hueco mínimamente digno en la sociedad acorde con su nivel de desarrollo y con el nivel del entorno en el que uno vive. Y la frustración que genera esa dificultad explica el enfado de quienes teniendo carrera, máster e idiomas, no son capaces de encontrar trabajo o de superar los 900 euros de sueldo tras muchos años de trabajo. Estas frustraciones se convierten en comprensible rebeldía y en un rechazo del orden establecido revestido de una legitimidad verdaderamente sentida por quienes las padecen. A veces pienso que si estuviera en la piel de quien sufre esos problemas viviría probablemente irritado y enfadado con la sociedad y encontraría argumentos, uno detrás de otro, para calificar a la sociedad de injusta y de explotadores a quienes acumulan tanta ganancia o riqueza por exprimir las cadenas de producción de bienes y servicios.
La realidad es que en el mundo hay vagos y personas mal acostumbradas que llegan incluso a morder la mano de la sociedad que les da de comer. Pero también es verdad que estructuralmente hoy la sociedad no deja hueco digno para todos, como veremos al hablar de algunas consecuencias de los paradigmas e inercias en las que se asienta un sistema basado en la necesidad de continuas mejoras de productividad y crecimiento. Los que estamos en un lado y otro debemos tener cuidado de no vernos cegados por una excesiva y desequilibrada defensa y protección de nuestros intereses. Tenemos y debemos evitar el riesgo tan humano de no ver lo que no nos interesa o conviene por más evidente que sea. Pues esta ceguera o distorsión de nuestra capacidad de observación hace muy difícil comprender las dinámicas sociales y contribuye a la confrontación, la polarización, y en definitiva a la enorme y caótica complejidad de la sociedad que hoy vivimos en la que todo vale.
Y para concluir esta reflexión, nada como traer a Adam Smith con su frase: «La mejor manera de satisfacer los intereses propios es cuidando los intereses de aquellos que tienen lo que uno quiere». Conforme a ello, cualquiera que sea nuestro grupo de pertenencia, nada es más importante que comprender a los otros, pues solo conociendo sus verdaderos intereses podremos trabajar en satisfacerlos, y con ello satisfacer los nuestros.
La confusión de lo útil y lo realista con lo justo
Uno de los principales reproches de las «derechas» a las ideologías de «izquierdas» se centra en gran medida en la creencia de que estas últimas tienden a perjudicar el buen funcionamiento de la sociedad en lo que se refiere a su capacidad de generar riqueza. Se dice que provocan el acomodamiento de quien siente que vive en un mundo de derechos sin las correspondientes obligaciones y en el que el esfuerzo no tiene recompensa al existir una justicia igualadora. Consideran que es poco inteligente basar una sociedad en principios que llevan a un empobrecimiento de todos en términos absolutos. Personalmente comparto plenamente dicho planteamiento pues me parece claro que el progreso de la humanidad se construye sobre el esfuerzo de unos y de otros, y que las personas, de una u otra forma, necesitamos recompensas (del tipo que sea) para realizar nuestro esfuerzo. Pienso que incluso quienes se sienten pertenecientes al grupo ideológico de «izquierdas» suscribirán esta observación pues posiblemente resulta constatable en sus versiones extremas con la evolución de los comportamientos y experiencias pasadas en las distintas sociedades. Quizá no se atrevan o permitan compartir la observación abiertamente, pero estoy convencido de que si se colocan en Marte para tener una posición sin implicación, hasta los más extremos podrán advertir esta tendencia si no reniegan de la realidad del funcionamiento de nuestro sistema basado en una u otra forma de egoísmo de supervivencia.
Pero lo anterior no debe llevarnos a pensar que las actuaciones de quienes a todas horas gritan y reivindican derechos, que parecen ir contra el reconocimiento y la compensación del esfuerzo y del mérito, no resultan también inteligentes y útiles. Pues sin duda casi todos esos gritos y reivindicaciones acaban produciendo su fruto en el medio y largo plazo. Es claro que muchas de esas reivindicaciones hacen daño a la economía, al empleo o a ciertas condiciones de nuestro bienestar social en el corto plazo. Pero en el largo plazo han extendido un alto nivel de bienestar a más y más población. Cada vez que hoy alguien habla de subir un impuesto, los empresarios, con buen criterio, dirán que ello reducirá la inversión y restará atractivo a nuestro país para inversores extranjeros. Si se habla de subir el salario mínimo, dirán que ello generará más paro, y seguramente sea cierto en el corto plazo, pero me parece también indudable que si los menos favorecidos de nuestra sociedad hubieran esperado a que los empresarios encontraran un momento bueno para subir los impuestos o el salario mínimo estarían todavía con salarios de hambre y sometidos a unas condiciones que hoy nos resultarían absolutamente inaceptables.
No pretendo entrar ahora en el debate de cuál es la mejor forma de funcionamiento social y económico para nuestro mundo, pero he querido poner estos ejemplos para hacer visible como, para los desfavorecidos, los gritos y reivindicaciones que efectúan, cuando se hacen de forma inteligente, producen frutos que no se habrían producido de otra manera. Y aunque a veces nos produzcan un gran rechazo e indignación (como el fenómeno de los «okupas») parece claro que tales batallas van sembrando y regando a la sociedad con un tinte protector y comprensivo de las necesidades de los menos favorecidos que consiguen impregnar el comportamiento social y generar medidas orientadas a la protección de los menos privilegiados. Es a la conclusión a la que llego con la simple observación de la evolución de las cosas a lo largo del tiempo.
Para comprender las dinámicas sociales es importante empezar por aceptar que las reivindicaciones y los gritos han sido en general muy útiles a lo largo de la historia y que la realidad de la evolución de una sociedad es el resultado de las luchas y fuerzas comentadas en una y otra dirección. Argumentar que los que gritan y reivindican, los que se hacen «okupantes» o hacen «escraches» para evitar desahucios no juegan inteligentemente pues perjudican el buen funcionamiento del sistema está bien para quienes juegan en el equipo de defensa de lo establecido. Pero quien quiera comprender hoy la complejidad y las casi caóticas dinámicas del funcionamiento de la sociedad deberá desprenderse de la camiseta de uno y otro equipo, y observar que tales reivindicaciones van dejando un poso en nuestra evolución social favorable a los menos favorecidos. Se trata de un poso que no quiero calificar de bueno ni de malo, y ni siquiera de progreso (término que parece tener connotaciones positivas), pues ese juicio será distinto para unos y otros según ganen o pierdan posición relativa en la sociedad. Y desde la observación de ello, sin camiseta alguna, seguro que seremos mucho más capaces de comprender lo que ocurre, como pretende mostrar este libro, sin llevarnos las manos a la cabeza.
El afán de poder e influencia
La búsqueda de poder siempre ha sido una constante en el hombre. De alguna forma es una estrategia que utilizan muchos para reforzar o proteger su supervivencia. Unos buscan poder en un amplio nivel social y otros en un pequeño ámbito dentro de lo que es su minisistema de relaciones. Pero de una u otra forma todos contamos con este potencial recurso para hacernos más fuertes. Todos somos conocedores de esta tendencia eternamente asociada al ser humano, y por tanto parecería innecesario traerlo aquí como idea poco tenida en cuenta a la hora de analizar y comprender nuestra sociedad. Pero me ha parecido importante mencionarla por el hecho de que quizá hoy, ante la extraordinaria importancia que se otorga al dinero, podamos confundir la búsqueda de poder con la búsqueda de dinero o riqueza. La búsqueda de riqueza es una vía para la búsqueda de poder, pero existen también, de forma creciente, estrategias con las que se busca directamente poder como medio de vida. En cada vez más ocasiones podemos observar el camino de los gritones y extremistas capaces de cualquier cosa por llamar la atención, aunque sea para ser insultados, para generar a los seguidores que les hacen poderosos (influyentes) y les otorgan un medio de vida.
El poder procura una doble consecución: la falsa ilusión de ser queridos y seguridad. Por una parte, queremos ser poderosos para ser queridos, creándonos la ilusión de que, si tengo poder, la gente me querrá más. Probablemente lo correcto sería pensar no tanto que por mi poder me querrán más sino que a quienes tienen poder se les hace más caso, lo que refuerza la posición del poderoso en la sociedad. Consiguen así los poderosos que los aguanten, que les rían las gracias y resultar más atractivos… Pero el amor no deriva del poder sino de otras variables relacionadas con intangibles humanos y espirituales tales como nuestra autenticidad, nuestra sinceridad, nuestra capacidad de querer a los demás, y en definitiva con nuestra alma. Por otra parte, la búsqueda de poder está asociada a la búsqueda de seguridad y autonomía. Pensamos que mientras seamos poderosos tendremos más posibilidades de conseguir, en el presente y en el futuro, aquello que necesitaremos sin depender de los demás.
Y está búsqueda de poder con esa doble finalidad perseguida por muchas personas de forma consciente o inconsciente nos hace tratar de colocarnos en posiciones superiores a las de los que nos rodean para poder influir, someter o disponer de las personas cuando sea necesario de una forma sana o malsana. El poder nos puede hacer sentir superiores y más fuertes para sobrevivir en nuestra compleja y exigente sociedad en lo que se refiere al esfuerzo requerido para satisfacer las necesidades sociales. Aunque el poder puede crear una falsa ilusión de aquietamiento de los miedos y desasosiegos existenciales del hombre, solo a través del desarrollo o crecimiento personal y de una espiritualidad bien vivida se pueden aplacar nuestros temores y consiguientemente la búsqueda de poder. Pero lo que es una realidad es que el poder, por posición o por tener influencia, cada vez más se ha convertido también en una fuente de búsqueda de nuestro sustento económico.
Una de las vías de búsqueda de poder propia de nuestra época es la de convertirse en el líder de causas y reivindicaciones basadas en la crítica por la crítica y en la denuncia de injusticias que identifican enemigos culpables de los resentimientos y padecimientos de aquellas víctimas a las que se quiere reclutar. Sin duda esta vía es una de las que más contribuyen a los altos niveles de agitación y confrontación.
La deslealtad y el conflicto de agencia
A menudo decimos que los políticos lo que buscan es hacer carrera, que los ejecutivos se agarran como lapas a las empresas que lideran, y por supuesto que los partidos políticos colocan la búsqueda del interés de su partido por encima de la búsqueda del bien de las naciones o pueblos donde desarrollan su política. Por ello no descubro nada al afirmar la enorme frecuencia con la que se dan fenómenos de deslealtad por parte de quienes representan unos intereses o una causa, pero se mueven mucho más por sus propios intereses que por los de la causa a la que supuestamente representan.
Se denomina conflicto de agencia a todos los fenómenos en los que esta divergencia se produce en la actuación de los líderes de las organizaciones, partidos políticos, ONGs, etc. En ocasiones las divergencias son plenamente conscientes para quienes las encarnan, pero en otros casos no. El ambiente y la presión del entorno de seguidores que influyen en la creación de contextos y relatos legitimadores de estas actuaciones parece que dan naturalidad a estos fenómenos sin que los afectados sean conscientes. De alguna forma se vive en un ambiente en el que se han hecho tan habituales que se mira con naturalidad y casi parecen comprensibles y excusables. Con el tiempo muchas organizaciones o asociaciones que han nacido con un buen propósito en el que trabajar pierden su razón de ser, y sus líderes se dedican a defender absurdas causas que solo tienen como razón de ser proteger la supervivencia y los puestos de trabajo de tales organizaciones por más que ya no tengan sentido.
Hay dos niveles de deslealtad muy arraigados y extendidos en nuestra sociedad que conviene refrescar y tener muy presentes. Existe por una parte un altísimo coeficiente de deslealtad por parte de las personas líderes en organizaciones respecto de los intereses que representan, por supeditar, en mayor o menor medida, los intereses de la organización respecto de los suyos propios. Los líderes se dejan llevar más por lo que les conviene a ellos que por lo que conviene a las organizaciones a las que representan o lideran. Por otra parte, existe una deslealtad en el nivel institucional por el cual muchas organizaciones que tienen su razón de ser en la defensa y protección de determinados intereses, casi se olvidan de ellos postergándolos de manera manifiesta a la propia supervivencia de la organización en cuestión, y consiguientemente a los intereses conjuntos de quienes la forman. Creo que los partidos políticos hoy son la mejor representación de este fenómeno, aunque sin duda no son los únicos. Haciendo un cierto paralelismo basta observar también la aceptación y tolerancia de muchas prácticas profesionales y empresariales por las que se atrapa al cliente (cuyos intereses se reitera que son lo primero) en relaciones de servicio en las que se busca mucho más la facturación que los intereses de este. A modo de ejemplo, ¿no es acaso desleal el que una empresa dedicada al asesoramiento en soluciones informáticas o productos financieros prime en la oferta a sus clientes aquello en lo que obtiene mejor comisión postergando el interés del cliente aun cuando este contrate a la empresa por la confianza que le merece para solucionar un problema o gestionar una situación? Lamentablemente estamos tan acostumbrados a que esto ocurra que hemos perdido la conciencia de que es una deslealtad inaceptable.
Sin duda no hace falta alertar al lector acerca de la existencia de estos conflictos de agencia o lealtad. Pero si lo hago es porque, cuando discutimos y analizamos interiormente o en conversaciones el desarrollo y las acciones de las personas u organizaciones (y con claridad los partidos políticos), a menudo nos olvidamos de esta arraigada práctica y presumimos un actuar recto de las organizaciones y de las personas al servicio de los intereses que representan. Presencio muchas veces posiciones indignadas de personas incapaces de comprender por qué un partido político adopta una determinada posición. Es habitual oír que el partido (o el líder en cuestión) parece tonto, que no se entera de nada, que está equivocado y que no se puede comprender una determinada actuación. Ello ocurre porque nos olvidamos de los arraigados conflictos de agencia y deslealtades, y asumimos que la decisión se ha tomado en limpio beneficio de la causa o intereses representados. Basta considerar la posibilidad de que se esté produciendo dicha deslealtad para comprender con facilidad que lo que ocurre es que la decisión se ha tomado en base a intereses ocultos o torcidos.
Por ello, aunque no suene bonito, mi recomendación es no asumir que los líderes de organizaciones e instituciones actúan siempre rectamente en defensa de los intereses que representan. Y por ello, cuando no podamos comprender alguna de sus actuaciones por parecernos estúpida, preguntémonos si es estúpida para quien lo que quiere es proteger más sus intereses particulares que los de la institución. Seguramente el simple planteamiento de la pregunta nos dará luz para comprender el porqué de las cosas y dinámicas que se dan en el entramado institucional de la sociedad. No miremos por tanto las cosas con ojos de bien o de mal sino con los ojos realistas de quien conociendo la realidad humana ha podido constatar la extendida práctica de estas deslealtades, a menudo poco conscientes por parte de quien las practica.
Ya hemos visto que nos cuesta aceptar e integrar en nuestro pensamiento espontáneo el egoísta comportamiento humano propio de nuestra sutil programación para la supervivencia, que en un momento dado es lo que nos puede también llevar a la deslealtad y al conflicto de agencia. Para liberarnos del rechazo que nos puede producir el pensar mal del ser humano, recordemos que el objetivo de este libro no es hacer un juicio ni posicionarnos en uno u otro sentido, sino ayudar a observar y descifrar las fuerzas que mueven nuestro sistema para hacerlo lo más comprensible posible. Solo después entrará la conciencia de cada uno para actuar de una u otra forma en esa complejidad comprendida. Y ya, libres de cualquier ingenuidad buenista y con la sociedad mejor conocida, volver a actitudes positivas que den más peso a la bondad humana que a la maldad, que es mi opción de mirada al mundo y que creo que es también la elegida por parte de la mayoría de las personas.
Las personas encontramos satisfacción en la ayuda «desinteresada»
Pasemos a hablar de motivaciones humanas mucho más admirables y elevadas. Existe otra gran fuerza que mueve al hombre y de la que se suele hablar menos. Se trata de la ayuda o el servicio a los demás como factor de motivación y satisfacción. Es en gran medida una fuerza eclipsada por las múltiples muestras de voracidad consumista, de conquista y acaparamiento de riqueza, así como por nuestra educación, demasiado escorada en la práctica hacia estrategias para la competitividad frente a las dirigidas a la cooperación. Occidente combate sus miedos existenciales y temores sobre el futuro mediante la acumulación de dinero y tratando de ser mejor y más competitivo que los que nos rodean. Hemos sido educados de esa manera. Pero la ayuda a los demás como factor causante de muchas de las actuaciones del hombre es algo indiscutible e imborrable de nuestro sistema motivacional. Es además una de las más nobles vías de aquietamiento de muchos de nuestros desasosiegos.
Se dice que la vida en las grandes ciudades se ha hecho muy fría y que las personas van a lo suyo con cierta deshumanización de las relaciones. No discuto ese fenómeno como algo muy extendido, y seguramente en el pasado los vecinos en los pueblos y ciudades eran más proclives a compartir los problemas y a prestarse ayuda mutua. Nuestras habituales actitudes utilitaristas y de competitividad y conquista nos llevan a que hoy gran parte de las ayudas que desinteresadamente nos prestamos unos a otros hoy se efectúen a través de sistemas organizados en forma de asociaciones, ONGs, voluntariados, etc., olvidándonos de prestar esa ayuda a nuestro vecino o familiar. Parece que nos gusta ayudar, pero haciéndolo con una etiqueta que nos facilite sentir que lo estamos haciendo desinteresadamente. Es en gran medida, y paradójicamente, el premio que buscamos, pues se trata de un interés más elevado, amoroso y espiritual que hace compatible e integra el bien de unos y otros.
Son crecientes y manifiestas las muestras de acciones e intervenciones humanas basadas en la satisfacción que produce ayudar y servir. Baste para ello ver la felicidad de los misioneros o voluntarios que arriesgan su vida yendo a países peligrosos para educar a sus habitantes o para apoyarlos y procurarles salud, como en el caso de los médicos o personal sanitario. No tengo datos exactos, pero el número de personas que participan en voluntariados dirigidos a una u otra causa es muy creciente y, cada vez más, muchas de las operaciones y movimientos de bienes y servicios del mundo ya no se sustentan en un ánimo de lucro mercantil sino en una filosofía basada en la satisfacción o bienestar interior que nos procura el hecho de prestar ayuda desinteresadamente. Es cada vez mayor la tropa de voluntarios que dedican su tiempo en favor de terceras personas, grupos sociales o incluso el planeta entero (en el caso del tema medioambiental), y parece también incremental el número de ricos que dedican importantes cantidades de dinero a la filantropía.
¿Por qué pienso yo que ocurre esto? Creo que son varios los factores que lo explican:
• El ser humano tiene un lado de bondad y otro de maldad y quiero soñar con que con la evolución humana el lado de la bondad va haciéndose con una mayor proporción del terreno.
• En segundo lugar, la liberación de la energía y esfuerzo que antes dedicábamos a satisfacer y garantizar nuestras necesidades hoy se ha de dedicar a encontrar sentido vital, siendo la ayuda a los demás una gran aplacadora de nuestros desasosiegos mentales y existenciales.
• Cuando ayudamos a los demás, aun cuando sea de forma «desinteresada» se genera una cierta expectativa de recibir agradecimiento y quizá un cierto deber por parte del beneficiado de devolver la ayuda algún día. Se trata también por tanto de una forma de satisfacer nuestra necesidad de ser queridos.
• La búsqueda implícita de reconocimiento que las personas podemos perseguir (consciente o inconscientemente), auto creándonos una imagen de buenos y generosos ayudadores que aplaca las propias dudas respecto a nosotros mismos a la vez que nos crea una buena imagen frente a los demás. Seguramente suponemos que ello contribuirá a ser más reconocidos y queridos. ¿No es eso lo que parece haber detrás de algunas donaciones filantrópicas aireadas o del voluntariado de muchas personas cuando parece que lo hacen más para contarlo?
• Amar y darse a los demás desinteresadamente puede ser parte de los mandamientos de unas y otras religiones. Procura la satisfacción de hacer el bien, además del sentimiento de ser una buena inversión para la entrada en el cielo o para tener una buena reencarnación.
Considero poco discutible la satisfacción que produce a la mayoría de las personas el prestar ayuda de forma desinteresada. Yo mismo puedo confirmarlo. Quizá haya excepciones, pero seguro serán minoritarias. Existen de hecho estudios que demuestran el valor de la satisfacción que produce la ayuda. Así, se ha visto como la entrega de una porción de la remuneración en el ámbito laboral en forma de bono para aplicar necesariamente a causas benéficas produce mayor satisfacción en el tiempo que si la misma cantidad de dinero se hubiera entregado para el gasto por el trabajador. Reconozco que puede ser vidriosa la medición de ese mayor nivel de satisfacción pues soy escéptico respecto a la posibilidad de medir determinados intangibles como el amor o la felicidad. Pero lo que sí resulta curioso es que, cuando los bonos-remuneración de ayuda estaban necesariamente ligados a la involucración y participación del trabajador en la prestación de la ayuda, el nivel de satisfacción resultaba notoriamente superior.
Como he venido explicando, el ser humano irremediablemente, por razones de su configuración y programación genética, se debe a su supervivencia y trascurre por la vida rehuyendo el dolor y buscando el placer o el bienestar, necesitando sin duda el querer y ser querido. Por ello es difícil pensar en un total desinterés en la prestación de ayuda pues la satisfacción alcanzada constituye la mejor motivación y premio para prestarla.
En general (con excepción de personas que podríamos calificar de «santas») se ha visto también que las personas que obtienen gran satisfacción mediante la ayuda a los demás dejan de experimentar esa satisfacción tan pronto los ayudados empiezan a recibirla con actitud de tener derecho a ello. Seguramente se producirá un cambio radical en quien, encontrándose entregado sacrificadamente a la ayuda voluntaria y desinteresada a alguien, de repente observa que el ayudado pasa de agradecer a sentirse con derecho a exigir. Es un cambio que convierte la satisfacción de prestar la ayuda en rechazo y en cierto enfado y reproche frente al ayudado con reflexiones internas del tipo «encima de que le ayudo me exige. Pero este tío qué se ha creído...». Este marcado fenómeno es una muestra más de cómo, conscientes o inconscientemente, detrás de la ayuda siempre hay una búsqueda de recibir agradecimiento o reconocimiento por una u otra vía.
Por último, es importante destacar que, en general, el ámbito en el que más nos gusta prestar ayuda es seguramente aquel en el que somos más capaces de dar lo mejor de nosotros mismos por constituir nuestro don natural. Al que sabe cantar le gustará, incluso con sacrificio, entretener a los demás cantando, y quien es un manitas seguramente se sentirá mejor arreglando cosas estropeadas. Pues cuando estamos inmersos en la actividad para la que sentimos haber nacido somos mucho más capaces de darlo todo por los demás. Nos llena hacer aquello para lo que sentimos haber nacido o estar en el mundo, lo que sumado a la satisfacción que procura la ayuda supone un valiosísimo activo para la economía espiritual, que desarrollaré en la segunda parte de este libro.
Entender la presencia, la fuerza y el funcionamiento de la ayuda a los demás como factor movilizador de la conducta humana resulta fundamental para comprender muchos de los fenómenos de la sociedad que vivimos. Por ello, y aunque tengamos tendencia a pensar que las personas van a lo suyo, tengamos presente que existe una búsqueda de satisfacción a través de lo que se ha venido a llamar el egoísmo inteligente y compasivo. Pues, terminologías aparte, a través de este egoísmo inteligente se concilian los hemisferios del bien y del mal del ser humano con pleno respeto tanto de nuestra programación genética para una satisfactoria supervivencia como de las creencias religiosas que uno pueda tener.

2 Editorial Kolima, 2020.
3 Sugiero al lector que vea el breve vídeo sobre ello disponible en YouTube (¡No es justo! - Experimento con monos - YouTube)
QUé LÍO ES ESTO DEL DINERO Y LAS FINANZAS
«El mundo es rico, pero seguimos pensando que nuestro problema es de riqueza».
Volvamos a contar otra fábula cuyos hechos se desarrollaron en el hemisferio sur de la Tierra coetáneamente a la civilización de los airis en el norte. Si estos últimos vivían ciegamente perdidos en la acumulación de AER€OS, los lagunos de nuestra nueva fábula fueron la mejor representación de una sociedad altamente competitiva.
La fábula de los habitantes de la Gran Laguna
Una vida para la competitividad
En la misma era de los airis, otra gran colonia poblaba la Gran Laguna que ocupaba todo el hemisferio sur de la Tierra. Era un maravilloso mar de agua dulce, limpia y cristalina. Nadie imaginaba que un día la Gran Laguna pasaría a llamarse la Laguna Seca tras quedar prácticamente sin agua. Allí vivían los lagunos, con sus fuertes cuerpos con forma humana protegidos por una piel de escamas y grandes capacidades para manejarse en el medio submarino, en el que se nutrían de oxígeno al no ser capaces de respirar directamente el oxígeno del aire. Solo las escamas de su piel, con algunas aletas y su sistema respiratorio branquial, les hacía distintos de los humanos de hoy.
Los lagunos habían desarrollado una sociedad muy productiva generadora de gran cantidad de riqueza. Tras unos primeros siglos duros por el derroche de esfuerzo realizado para sobrevivir a las dificultades y alcanzar un buen nivel de vida en una sociedad eficientemente ordenada, vivían en un mar de abundancia que llegó a ser muy compartido por toda la sociedad al desarrollar tecnologías que aplicaron con éxito a la satisfacción de sus necesidades en un mundo lleno de comodidades y entretenimiento. Sabían disfrutar de su riqueza pues la sociedad cuidaba mucho la educación de los lagunos en integridad dedicando mucho esfuerzo no solo al desarrollo de los aspectos relacionados con el «saber ganarse la vida» sino también a los dedicados al autoconocimiento, el crecimientos personal y el mundo de la espiritualidad, que procuraban lo que llamaban el «saber vivir».
Durante largos siglos, los lagunos fueron cuidadores de su cuerpo y su alma. Trabajaron y desarrollaron muy bien el mundo de lo útil para conseguir una industria de bienes y servicios submarinos muy eficiente. Crearon rápidos y cómodos trasportes submarinos y el cultivo de todo tipo de sabrosas algas, que constituían su alimento junto con la captura y cría de otras especies marinas inferiores. A pesar de su vida subacuática, difícil de concebir para nosotros, tenían una gran vida cultural, espectáculos y representaciones teatrales, a las que eran especialmente aficionados con grandes capacidades de comunicación con su propio lenguaje submarino. Cuidaban también mucho el mundo de lo que llamaban «lo inútil», es decir el mundo interior, la estética, la cultura, el arte, con gran presencia de la escultura y las representaciones a base de grandes y coloridas algas, que tanto abundaban, en atractivas combinaciones con rocas marinas llenas de forma y fantasía. Mantenían el cuidado de las relaciones y del alma como uno de los más importantes valores, dedicando a ello al menos tanto esfuerzo e inversión como el empleado en el cuidado de la salud. En definitiva, en paralelo a su eficiencia productiva, eran grandes cuidadores de aquellos aspectos de la vida y la sociedad que no servían para crear riqueza o utilidades materiales pero que contribuían a la serenidad, la plenitud y la satisfacción profunda de sus miembros.
En todas las comunidades existían escuelas dedicadas a formar lagunos empresarios que organizaban la producción y distribución de las riquezas y comodidades. Los sabios y los maestros en disciplinas humanas variadas dedicaban su vida a la formación y desarrollo de los lagunos de las distintas comunidades. Enseñaban a todos a conocerse, pensar, vivir, a tener presente el sentido común, y a saber y respetar los principios y normas de convivencia de la Laguna como algo primordial para asegurar una convivencia pacífica y enriquecedora. Como parte de esa formación, y con respeto al pensar y sentir de cada uno, dedicaban una parte importante de su tiempo a trabajar su faceta espiritual o trascendente.
Con el paso del tiempo un grupo de lagunos que venían trabajando en la «ciencia de la venta» inventó algo que llamaron «publicidad». Se trataba de una ciencia que trabajaba en el conocimiento de los contenidos y las formas para una eficaz presentación de los productos comercializables para despertar el interés de los demás. Su fin era conseguir atraer a los lagunos hacia algo para despertar un deseo y casi un sentimiento de necesidad de disfrutar de ello. Desde su inicio esta nueva ciencia tuvo sus detractores. Algunos estimaban que sería pronto el embrión de una industria de la influencia y manipulación que llevaría a los pobladores de la Laguna por malos derroteros. Pero el bien pensar mayoritario, casi ingenuo, unido las comodidades de la vida con pocos problemas que resolver llevaba a reducir mucho la reflexión profunda y el análisis de los efectos a medio y largo plazo lo que hizo que no existiera una verdadera oposición al comienzo de la explotación económica de esta nueva ciencia. La fuerza de la ambición de quienes querían utilizar la publicidad para vender sus productos era muy superior a la energía y las ganas de oponerse a ello por parte de quienes tenían inquietudes éticas e intelectuales respecto de los efectos a largo plazo de su explotación. Los lagunos en general estimaban que nada ni nadie condicionaría su libertad y que su decisiones siempre quedarían en última instancia bajo su control.
Efectivamente, pronto algunos lagunos dedicados a la producción de bienes y servicios vislumbraron la potencial utilidad de la nueva ciencia de la publicidad para hacer más atractivos sus bienes y servicios e incrementar sus ventas. La inmensa mayoría de los lagunos empresarios rehuyó inicialmente el uso de las artes publicitarias y de venta siendo críticos con quienes sí las utilizaban. Argumentaban que con el paso del tiempo se convertiría en una forma de ir en contra de los principios de lealtad de los empresarios con sus clientes que tan respetados eran hasta entonces en la sociedad, y que ello sería el embrión de la «sociedad de la mentira y la manipulación». Nadie dudaba de que cualquier práctica que abierta u subliminalmente supusiera una manipulación o condicionamiento guiado de los compradores-consumidores, no tanto para su beneficio sino para el enriquecimiento del vendedor, debería ser severamente castigada. La verdad y la lealtad en las relaciones constituía un pilar básico del contrato social de la Gran Laguna como única forma de garantizar la sana y duradera buena relación de sus pobladores.
La utilidad de la publicidad para incrementar las ventas se apreció muy pronto y de forma muy clara tras el comienzo de su utilización. Por un lado, eso supuso un empujón para un enorme y brillante desarrollo de esta ciencia, y por otro provocó que, en general, aunque muy a regañadientes, todos los empresarios se vieran obligados al uso de la publicidad si no querían desaparecer, por más que sus productos pudieran resultar de magnífica calidad. El mundo empresarial constataba que sin artes de venta y publicidad ni el más extraordinario producto sería viable mientras los mercados se inundaban de productos cuyo único mérito era haber sido «bien vendidos» o colocados. La competencia, que hasta entonces conceptualmente nadie había considerado que pudiera ser insana, comenzó a revestir unos niveles de agresividad muy significativos, lo que supuso el abandono o expulsión gradual de la industria empresarial de quienes quisieron permanecer firmes a sus principios éticos y sin violar su lealtad a la comunidad a la que como empresarios servían.
Los pensadores de la sociedad tenían clara la esencia y diagnóstico del problema: entre los empresarios-vendedores se decía que las técnicas publicitarias servían para comunicar de forma más clara las cualidades de los productos y que así los consumidores o usuarios pudieran elegir mejor y tomar mejores decisiones. Pero la realidad es que su utilización iba dirigida principalmente a arrastrar a los lagunos hacia la elección de los productos publicitados con despreocupación por el interés y sentido de las compras por estos. A pesar de que parecía que la oferta de bienes se hacía pensando en los beneficios del comprador, a través de las artes comerciales y publicitarias se convertía a los confiados consumidores en muñecos influidos o manipulados para desear los productos vendidos. Se comunicaban las prestaciones o beneficios concretos utilitaristas para el comprador sin ninguna mención de los efectos en el medio y largo plazo derivados de la utilización de los productos. Los gritos de los detractores calificaban de falsos y endebles los argumentos de defensa de la publicidad basados en la libertad y supuesta madurez y responsabilidad del consumidor alegando que, si ello fuera así, también la venta de drogas y estupefacientes debiera ser libre. Pero estos gritos eran siempre apagados por la creciente voracidad empresarial.
La deslealtad y la mentira siempre habían existido, pero la creciente tolerancia a ello por la sociedad en aras de mejorar las ventas de los empresarios como algo bueno para el empuje de la economía supuso un punto de inflexión en el contrato social, comenzando así la relajación moral y la relativización de la mentira. Inconscientemente comenzaba la aceptación social de la relajación de los principios y la mentira cuando todo ello se encontraba al servicio de lo que se llamaba desarrollo empresarial y económico. Con el paso del tiempo resultaba cada vez más difícil saber lo que estaba bien y lo que estaba mal fruto de la confusión de justificaciones y reivindicaciones bien relatadas y de la creación de argumentos y discursos supuesta y cínicamente basados en el interés común. En general cuando existían dudas sobre la ética de ciertos comportamientos, la balanza se inclinaba a admitir dichas o dudosos comportamientos siempre que su práctica favoreciera la actividad empresarial. Y con el paso del tiempo la reiteración de todas esas dudosas prácticas creó un entorno en el que se hacía imposible luchar contra prácticas empresariales que no parecían ética y moralmente admisibles. Sin darse cuenta la sociedad empezaba a colocar el valor empresarial y económico por encima del valor y el interés laguno-humano.
La eficacia de la publicidad y las artes de seducción para arrastrar a la sociedad de los lagunos a un creciente consumo era extraordinaria. En pocas decenas de años los lagunos se habían convertido en unos «adictos necesitados de la siguiente novedad» y, teniendo colmadas sus necesidades de alimento, dedicaban su energía a mirarse y compararse unos con otros, empujados en gran medida por esa publicidad que incitaba a la distinción social como forma de vida. Parecía que el «más y más y más» era el «leit motiv» para la sociedad, o al menos para quien quería ser alguien. La sabiduría y el sentido común en poco tiempo quedaron eclipsados por la «adicción a lo nuevo» y a lo distinto para enseñarlo a los demás lagunos de la comunidad. Parecía que el tiempo dedicado al consumo y a conseguir como fuera más recursos económicos para incrementar el consumo estaba eliminando el tiempo para la reflexión y el pensamiento, que iban quedando relegados.
Victimas también de este fenómeno, los lagunos empresarios se vieron obligados cada vez más a invertir y dedicar mayores esfuerzos a la invención de nuevos productos y a la creatividad para despertar la tentación o necesidad de los mismos en los lagunos consumidores y poder así venderlos. La lucha por la supervivencia del empresario se hacía también cada vez más dura. La velocidad de cambio era creciente y necesaria la adaptación permanente de los empresarios a las exigencias de los mercados, lo que colocaba el mundo empresarial en permanente riesgo de evolución económica positiva o negativa y de desaparición de unas y otras empresas.
Ante ello comenzaron las apuestas inversoras de algunos lagunos por unas u otras empresas en función de las expectativas que generaban. El dinero que tiempo antes la comunidad laguna había desarrollado como herramienta útil para favorecer el intercambio de bienes y servicios se empezó a convertir en un bien especialmente preciado por su capacidad de acumular riqueza y hacer apuestas de crecimiento para el futuro de una u otra empresa o mercado. Eran apuestas inversoras en las que el objetivo ya no era crear o desarrollar algo que permitiera ofrecer nuevos o mejores productos sino generar mayor dinero con la posterior venta de lo invertido. La rápida proliferación de estas operaciones dio lugar a mercados en los que lo que se ofrecía ya no eran productos sino las propias empresas, generándose importantísimas transacciones. El dinero había pasado de ser un medio o una herramienta a ser un fin en sí mismo. Se había convertido en el objetivo primero de una nueva clase de empresarios financieros en la que los niveles de ambición eran máximos y siempre peligrosamente combinados con ciertos niveles de inteligencia para la especulación. Cuanto más cerca de estos mercados se encontraban los lagunos empresarios, más perdían las formas y los principios con tal de ganar dinero. Cada vez por más y más lagunos se asumía como objetivo vital no tanto buscar la felicidad sino reunir más y más dinero pensando que la acumulación era el camino para la felicidad.
Consecuencia de estos fenómenos y de la acelerada exigencia de adaptación y mejora de la competitividad de los empresarios para innovar y poner en el mercado productos nuevos, diferentes y atractivos, los lagunos empresarios necesitaban dedicar más recursos de los que tenían. Nació así la actividad financiera por la que algunos que acumulaban dinero les prestaban a los empresarios que querían hacer apuestas para crecer comprometiendo su futuro por la obligación de devolver el dinero tomado en préstamo para ello. Cada vez más, el empresario que quería sobrevivir se veía obligado a crecer incrementando los recursos dedicados a ello y en general acumulando préstamos para sostener sus apuestas hacia el crecimiento de sus ventas. Las ventas crecían, pero más crecía la deuda y la necesidad de reinvertir los beneficios según las normas y convenciones de contabilidad que se fueron desarrollando.
Sin darse cuenta, empresarios y consumidores empezaron a verse sometidos a una loca espiral por la que era imprescindible consumir más y más para que las empresas pudieran sobrevivir y cada vez con una mayor velocidad de cambio para sustituir unos bienes y servicios por otros más nuevos o actuales. Además, las exigencias de productividad provocaban la reducción constante de puestos de trabajo sustituyéndolos por máquinas y pequeños laguno-robots que desarrollaban sus funciones sin errores y de forma más económica. Más y más lagunos entraban en una insana inactividad sintiéndose en gran medida inútiles e incluso excluidos de la sociedad. Los lagunos exitosos y privilegiados a su vez necesitaban más y más cosas, planes y actividades para «distinguirse», descuidando cada vez más los aspectos de su vida interior y el valor de lo sencillo e inútil. La sociedad estaba absurdamente secuestrada por la necesidad de incrementar permanentemente el consumo para poder así sostener el crecimiento contable financiero. Como rechazo a ello, nacían más y más grupos de lagunos que se unían a otros grupos de insatisfechos para protestar y desahogarse ante las crecientes diferencias y desigualdades sociales que se percibían.
Al vivir en el agua, en flotación y en esa dinámica de creciente producción, en general las actividades de producción y consumo de los lagunos debían hacerse siempre en movimiento, pues solo así podían controlar su posición sin estar sujetos a los vaivenes de las corrientes y la inestabilidad de la flotación. Al no existir tierra firme en la que sujetarse se apoyaban en lo que llamaban «movimiento firme». Ese «movimiento firme» generaba unos altos niveles de absorción del oxígeno y evaporación del agua en el ecosistema de la Gran Laguna, de forma que poco a poco su calidad se fue deteriorando, si bien los efectos no eran apreciados nada más que por cierta parte de la comunidad científica más preocupada por el medio natural y social que por sus ganancias económicas cortoplacistas.
Aunque algunos lagunos empezaban a levantar sus voces llamando la atención sobre esta espiral destructiva, la necesidad de crecer, la búsqueda de ganancias personales y la superficialidad en la que se había instalado la comunidad hacían muy difícil la toma de una conciencia generalizada ante esta peligrosa evolución. La población general, instalada en la comodidad y sintiendo cada vez más la superioridad e invulnerabilidad de su especie, daba muy poco seguimiento a esas voces.
Era claro el gran desarrollo empresarial y la consecución de unos niveles de riqueza de la población que aseguraba a todos los lagunos el acceso al alimento y a la satisfacción de las demás necesidades fisiológicas. Y en paralelo al desarrollo empresarial, los líderes políticos y los gobernantes de las distintas comunidades de lagunos empezaron a descubrir también la gran utilidad para ellos de la publicidad, que algunos críticos empezaban a llamar propaganda. Pronto se hizo patente que para captar seguidores en el campo político en una sociedad con excesiva información (aunque no siempre de buena calidad) y con una creciente complejidad que hacía difícil la comprensión de las cosas, nada era más eficaz que servirse de los discursos, relatos y técnicas publicitarias en sentido amplio que conectaban emocionalmente con los lagunos para captar su atención y adhesión. En lo que se refiere a lealtad, también estos políticos y gobernantes empezaron a sumirse, con creciente descaro, en dinámicas en las que el interés de la comunidad, cuya protección debía constituir su razón de ser, comenzaba a situarse muy por debajo de la búsqueda y el mantenimiento de esos liderazgos y de las posiciones de poder.
En definitiva, la sociedad aceptaba, sin energía para oponerse a ello, el progresivo deterioro de los principios aplicados a la convivencia, a la vez que caminaba hacia la degradación del medio acuático en el que vivían cuyo oxígeno sufría un constante deterioro por la sobreactividad de los lagunos, haciendo el agua poco respirable para sus branquias.
El contexto era propicio para que algunas empresas organizadas por lagunos, de tanto crecer y exprimir la productividad extrayendo para ellos mismos la riqueza generada por otros, se convirtieran en gigantes imperios empresariales que llamaron «ballenas», cada vez más grandes, poderosas y destructivas por su efecto distorsionador de la armonía social. Las diferencias eran tan grandes que las relaciones sociales se hacían muy complicadas, pues las grandes ballenas no eran capaces de entender que en términos de riqueza la satisfacción de los lagunos no tenía tanta relación con lo que cada uno tenía, sino con la intensidad de sus deseos y con lo que poseían los lagunos del entorno.
La sociedad de la Gran Laguna evolucionaba haciéndose cada vez más grandes las ballenas y cada vez mayor el número de necesidades que se iban creando. De hecho, las grandes ballenas se habían convertido en grandes creadores de necesidades en la comunidad laguna para seguir sosteniendo la actividad económica. Como las necesidades naturales estaban cubiertas, se necesitaba crear nuevas necesidades sociales para despertar la motivación para el consumo. Pero nunca era suficiente y la espiral continuaba provocando crecientes niveles de insatisfacción en la sociedad de los lagunos, que necesitaban cada vez más cosas para vivir como siempre, pero a mucha mayor velocidad y con muchas carencias afectivo-emocionales. El descontento estaba alumbrando una polarización social que era constantemente agitada por políticos y medios de comunicación, los cuales recogían buenos frutos de esa agitación. Los políticos hacían discursos para la creación de enemigos, para agitar y provocar con ellos a sus propios seguidores mientras los medios de comunicación sacaban también mucho más lucro de las malas noticias, de la crítica y de jalear la confrontación entre unos y otros...
El descubrimiento de nuevas tecnologías para escuchar y trasmitir por el agua todas las conversaciones, comunicaciones e información entre los lagunos supuso una aceleración de la normal evolución social. Esta tecnología basada en principios de electrolisis y conductividad del agua fue siendo integrada con gran rapidez por más y más lagunos, creándose en muy pocos años lo que llamaban la «Malla» en la que todo acababa interconectado. En poco tiempo ello provocó una revolución por la posibilidad de acceso por parte de cualquiera a cantidades ingentes de información. Pero lejos de servir de ayuda, la sobreinformación producía una enorme confusión ante la imposibilidad de ser digerida de forma inteligente para su propio bienestar por los lagunos, quienes, sin ser inicialmente conscientes de ello, iban perdiendo su intimidad o privacidad.
Había nacido un nuevo ámbito de competencia en esa feroz lucha por vender más y más, pues la grandes ballenas explotadoras de la «Malla» (las Big Whales) competían por atraer por cualquier medio la atención de los lagunos a cada segundo a través de los dispositivos de comunicación que ya todos tenían en la Gran Laguna. Idearon para ello todo tipo de técnicas para tratar de impedir que los usuarios de la «Malla» (que ya eran casi todos los miembros de la comunidad) pudieran desconectarse de sus «dispositivos de conexión», buscando mantenerlos siempre con la atención captada por una u otras vías. Ofrecían cosas gratis, provocaban el cotilleo en nuevas comunidades creadas en la «Malla», difundían «memes», instauraban sistemas de alarma y notificación para que nadie se perdiera nada... Poco a poco, más y más lagunos se fueron haciendo verdaderos adictos a sus dispositivos de conexión, de los cuales no podían prescindir ni siquiera mientras dormían.
Aunque no era fácil de observar, de nuevo eran la publicidad y la necesidad de las empresas de generar actividad económica y vender lo que movía este irracional y desasosegante uso de la red por más y más lagunos. Las ballenas captaban la atención de los usuarios de la «Malla» para vender espacios para publicidad a los lagunos empresarios. También en el ámbito político se iba haciendo un uso creciente de la «Malla» como mecanismo de propaganda, confrontación, aletargamiento y polarización para arrastrar con ello al voto. Parecía que valía todo en la dura y competitiva lucha, la mentira se había hecho de uso generalizado y muchos la utilizaban sin el más mínimo pudor, a la vez que el mundo se veía inundado de las llamadas «fake news» que acabaron haciendo casi imposible saber lo que era verdad y lo que no.
Los lagunos más espirituales que observaban esté fenómeno se estaban haciendo cada vez más convencidos de la insostenibilidad de la vida en la laguna y gritaban para abrir los ojos al mundo y hacer que este despertara para observar la degradación de una sociedad basada en la búsqueda sin límites de riqueza, productividad y seguidores a costa de sacrificar los bienes espirituales y la paz del alma. El agua de la Gran Laguna era cada vez menos respirable y, con la concepción y paradigmas firmemente arraigados en ella, jamás mejoraría sus condiciones. La Gran Laguna, por esa senda tenía muy mal destino.
Ante ello, los lagunos más visionarios y comprometidos con un propósito comenzaron a hacer excursiones fuera de la laguna emergiendo al aire y la tierra seca. A pesar de que desde el interior de la laguna ello parecía inconcebible, poco a poco estos exploradores fueron descubriendo que sus branquias, cuando iban practicando y exponiéndose al aire de la atmósfera, se hacían gradualmente más capaces también de respirar ese aire. Parecía que el limitado mundo de la Gran Laguna podría salir de sus cerrados confines y disponer de un nuevo y gran espacio para su expansión, abandonando las ataduras limitantes y las esclavas miradas y los paradigmas instalados en la laguna. Con cierto entrenamiento las branquias funcionarían como pulmones. Y con esta visión, poco a poco más y más lagunos fueron despertando y creando un movimiento hacia esta nueva realidad, dándose cuenta de que solo este despertar podría salvar su mundo de la degradación y degeneración en las que se veía sumido. Pero la inmensa mayoría de lagunos, que seguía anclada en sus marcos mentales tradicionales y escépticos, jamás creyó que pudiera vivirse fuera de la laguna sin agua como fuente de oxígeno.
Había comenzado el mini éxodo de los más visionarios de la laguna, pero solo una pequeña parte de toda la comunidad de lagunos salió a lo largo de unos años. El resto habían quedado atrapados en el miedo y en su incapacidad de observar la realidad y de luchar para recuperar los valores sociales de la laguna aferrados a la más y más irrespirable agua de la Gran Laguna. Por ese camino solo cabía esperar el conflicto social y su extinción como pueblo ante la creciente evaporación y desecación de la laguna hasta quedar reducida a una laguna seca.
Los lagunos del éxodo pronto fueron perdiendo las escamas que cubrían todo su cuerpo cuando vivían en la laguna y desarrollando órganos y miembros para su perfecto desenvolvimiento en tierra firme. Eran plenamente conscientes de que habían sido creados y que estaban programados genéticamente para mantener las fuerzas del deseo y emocionales que habían llevado a la total destrucción de la vida en la laguna. Pero eran también muy conscientes de que la degeneración se había debido a que todo el ámbito de vida interior espiritual y del cuidado del alma se había perdido en la Gran Laguna, secuestrado por una adicción permanente a lo nuevo, a lo siguiente, a no perderse nada y a la acumulación.
Empezaba por tanto una nueva era para los lagunos del éxodo, quienes yendo en busca de sentido recuperaron la verdad y el respeto de sus viejos principios y valores, incorporando en su vida social y económica nuevas prácticas que permitieran ordenar un verdadero bienestar material y emocional. La economía y el dinero debían volver a ser instrumentos al servicio de la comunidad, y no ser los secuestradores de la misma.
Caminaron y caminaron, buscaron y buscaron. Y un día en su deambular se encontraron con la comunidad de airis que había huido de la Tierra del Aire.

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