Kitabı oku: «El poder», sayfa 4
—Hola, mi rubia. Me tienes abandonado. ¿Qué tal estás?
—¿Abandonado? Pero… —Ni le dejó acabar la frase.
—Exacto, abandonado. Me dijiste que tenías las revisiones y que nos veríamos después de mi vuelta, y llevo dos días aquí ya, esperando una señal de «no estoy agobiada, vamos a salir» o «estoy agobiada, hagámoslo». —Pronunció ambas frases imitando la voz de la chica, con tono de burla amistosa.
—Eres tonto —le dijo riéndose y con una voz de coqueteo—. Quiero verte. ¿Dónde estás?
—¿Nos vemos en media hora en tu piso?
—Mejor en tu hotel. Cristina está a punto de llegar y no la vamos a molestar, que tiene que estudiar.
—Joder con la rubia natural. Le voy a quitar las llaves. —De nuevo intentaba hacerla reír; notaba por teléfono su agobio.
—Ya, claro. Díselo cuando la veas, a ver si eres capaz. Fíjate, creo que pagar el alquiler le da unos cuantos derechos sobre el piso.
—Ya negociaré con ella los días que me toca tu custodia. Te veo en media hora en la suite, ¿vale?
—Vale, pijo mío —contestó con tono de broma cariñoso.
Esbozó una sonrisa pletórica. Necesitaba de la energía de Raúl para ponerse a estudiar en serio; precisaba de una de sus regañinas y centrarse al completo. No sabía si saldrían a cenar o pedirían algo de comida, por lo que se acicaló un poco y se cambió de ropa. Hacía tiempo que no se veían y quería estar medio decente.
Se pusieron al día de sus vidas y de mimos. La cita acabó en cena y copa en la terraza del hotel. Pasaron horas hablando, coqueteando y mostrándole al mundo que estaban juntos, pero sin querer ser conscientes de ello. Era más fácil para la familia de Raúl aceptar que era un ligue sin más; y para ellos estar a su manera y sin dar explicaciones de su amor, utilizando la estrategia de no publicarlo, pero disfrutarlo.
Al día siguiente, como de costumbre, cada uno volvió a su rutina y, mientras él subía a la capital para trabajar, ella se preparaba el examen oral de Ernesto, un temario totalmente machacado por todas las horas invertidas en verano.
7. ENTRE LÁGRIMAS HABÍA FORTALEZA
Puntual como un reloj, se presentó en la puerta de Ernesto quince minutos antes de la hora acordada. Su intención era rebajar la tensión y mostrar sus buenas intenciones. Él, sin embargo, se retrasó diez y, cuando llegó, la hizo esperar fuera unos minutillos más mientras recogía el despacho para el examen.
Antes de comenzar le recordó que era un favor extraoficial concedido a Alfonso por su ayuda laboral y su mano en los juzgados y que no debía salir de aquellas cuatro paredes la segunda oportunidad otorgada. Tras media hora de preguntas sobre el tema, Ernesto accedió a subirle esa décima que le faltaba para el aprobado raspado. Eso sí, antes de marcharse la chica, el profesor tenía que dejarle clara su benevolencia:
—Me ha comentado Alfonso tu situación económica y que solo necesitabas aprobar una de las dos asignaturas para la beca, ¿verdad?
—Sí, es cierto —reconoció con voz baja, avergonzada más bien de que lo supiera.
—He querido aportar mi granito de arena para que puedas seguir estudiando. La nota no te la voy a subir. Espero que con la media del resto de asignaturas llegue a lo exigido por el Estado para que te la concedan.
—Sí llego, no se preocupe. Y, de nuevo, muchas gracias.
Cerró la puerta del despacho y se alejó con un sabor agridulce, pues aunque había conseguido el aprobado y seguir con la beca, no le gustaba la mirada de Ernesto. A pesar de su generosidad al repetirle el examen, escondía algo bastante sucio y oscuro. Todo el ambiente y lo relacionado con sus exámenes le espinaban en ese departamento.
Se fue a hacer tiempo a la cafetería, pues su próxima revisión era cercana a la hora de la comida, por lo que aún le quedaban un par de horas libres para ir a la biblioteca y sacar unos libros y, tras esto, unos cafés. Cuando la hora se aproximó, Cristina acompañó a la chica a la revisión. La esperaría fuera para hacerla sentir que no estaba sola y, poniéndose en lo peor, poder intervenir rápidamente si pasaba algo.
Ahí estaba el Señor, bajo una nube de humo de tabaco, leyendo la pantalla de su ordenador sin ni siquiera mirarla a la cara. Hizo un gesto a la chica para que tomara asiento.
—Antes de que me diga su nombre, le advierto que está usted, señorita, en todo su derecho de ponerme una queja en decanato para pedir una revisión de examen; pero déjeme decirle que en ella estarán empleados de mi área de total confianza, cuyo puesto de trabajo depende de mi responsabilidad, pues…
—No es necesario que siga. Ese discurso fue el mismo en febrero. —La chica iba al grano.
—Si lo recuerda, ¿entonces para qué ha venido? —Aquí se le escapó el nombre de la chica. Inmediatamente, él se dio cuenta de su metedura de pata y se encendió un cigarro—. ¿Le molesta que fume?
—No me importa. ¿Puedo ver mi examen?
—Por supuesto. Aquí lo tiene. Le recuerdo que yo corrijo cada uno de los exámenes con los nombres tapados, pues no quiero verme influenciado en las correcciones. Por ejemplo, yo la miro y pienso que es una chica que ha venido a clase casi a diario y que seguramente sacaría sobresaliente. —De nuevo, una pausa para dar varias caladas al cigarro—. Solo destapo el nombre a la hora de poner la calificación. De ahí su nota.
—¿Por qué hay un nueve rodeado y después un cuatro fuera y rodeando ambos números? Se me hace muy extraño de nuevo sacar un 4,9 y que esté así puesto. No veo ni una sola corrección en rojo.
Mientras el Señor se levantó a abrir las ventanas, la chica acababa de darse cuenta de que, efectivamente, corregía tapando el nombre, pero cuando iba a calificar lo leía y fue entonces cuando, al identificar el suyo, le volvió a poner la misma nota que en febrero, pues la calificación inicial era de sobresaliente, tal y como había marcado él mismo.
—Ya le he dicho que puede pedir una revisión ante decanato. Allí seguramente le den más explicaciones sobre su calificación, aunque le aconsejo recordar…
—No me vuelva a repetir el mismo discurso —dijo con tono de voz elevado mientras le arrojaba el examen en la mesa—. Quiero que me dé una explicación usted, pues es quien corrige.
—Me encanta ver cómo pierde los nervios —afirmó con una sonrisa y unos ojos brillantes, pues le fascinaba ver cómo la había forzado a perder las formas—. Su frustración ante la jerarquía de poder establecida es tan enriquecedora. ¿Quiere un cigarrillo? —Le tendió la mano para ofrecerle uno en tono de sorna y dejando patente su superioridad.
—No, gracias. No necesito el tabaco para que me ayude a pensar.
—Señorita —se lo repetía mientras reía, pero al mismo tiempo sintiéndose totalmente sorprendido por la apreciación de la chica sobre su necesidad de fumar—, acaba de hacer algo insólito. No voy a fumar para que pueda comprobar que mi mente no necesita de complementos.
—¿A su edad necesita demostrarlo? Era un comentario sin más. No pretendía ofender su inteligencia ni causarle la intención de tener que demostrarme nada. Le recuerdo que simplemente estoy aquí para una explicación de mi calificación.
Ante esta contestación, el Señor se enfureció y se vino arriba como la espuma. Prendió otro cigarro y comenzó a gritarle, de pie e inclinado frente a la cara de la chica:
—¿Usted tiene idea de con quién está hablando? Puedo hundirle su carrera cuando ni siquiera haya salido de mi despacho. Este grado no ofrece muchas alternativas laborales al acabarlo y, sin embargo, usted ha venido a la puerta donde le pueden dar, casi regalar, el camino a trabajar de lo estudiado. Está jugando a hundir al rey en el ajedrez, a verse sin absolutamente nada, sin trabajo ni carrera. Y eso que se cree muy inteligente solo porque es avispada y las capta al vuelo, pero ahora mismo le está costando. ¿De verdad necesita una explicación de su suspenso? Quizás me he equivocado. La he visto más interesante e inteligente de lo que pensaba. —Fue aquí cuando el tono agresivo cambió al persuasivo, alejándose de la chica para hablar e incorporándose para fumar y hablar de pie—. Vamos, guapa, piense un poco. Su oportunidad en estos momentos para seguir estudiando el año que viene depende de lo que hablemos en este despacho. Tengo, como tendré en más de una ocasión, su futuro en mis manos.
Ante la sonrisa de superioridad, el ego y la sensación de victoria aplastante del Señor se encontraba la chica, sorprendida y con la impresión de estar luchando sin saberlo, descubriendo la cara oculta del mundo docente universitario, basada en el abuso de poder.
—¿Está muda ahora? —preguntó riéndose con tono cada vez más burlesco—. Levántese y váyase. Y cuando sepa por qué la he suspendido, entonces hablamos sobre cómo aprobar. —Apagó su cigarrillo.
La chica se levantó con intención de marcharse, pero no pudo evitar comenzar a llorar por la impotencia de la situación, por no poder decirle todo lo que quería y no comprenderlo. Abrió la puerta del despacho para salir. Entonces, el Señor se acercó a ella.
—Quédese llorando aquí tranquila. No soy tan malo como cree y muchos dicen; me duele verla llorar. Cuando esté más relajada, vuelvo a entrar y hablamos sobre cómo remontar esto —añadió dándole una caricia de supuesta empatía a la chica para que se encontrara mejor.
Tras aquello, el Señor salió del despacho, sonriente, dirigiéndose al de un lacayo. Esto fue aprovechado por Cristina, que estaba fuera y había presenciado la última escena y podido escuchar las voces anteriores, para acercarse a hablar con su amiga. El Señor se percató, dirigiéndose de nuevo al despacho a negociar con la chica en privado y evitar cualquier influencia.
Antes de cerrar la puerta, dirigió una mirada desafiante a Cristina, la cual no entendía nada, pero estaba tremendamente preocupada por su amiga. El Señor sonreía una y otra vez. Sentía el juego completamente en su mano. Con la chica a su merced, le tocaba ahora cerrar un trato beneficioso. No era problema suyo si la hundía o no. Su ego necesitaba sentirse reconfortado a cualquier precio.
Cerró la puerta. Al volverse, se encontró a la chica de pie frente a él, pues pretendía salir con la poca dignidad que le quedaba. Odiaba verse débil frente a otros, pues tenía esa errónea percepción sobre llorar en público.
—Siéntese y no se vaya —le indicó el Señor con una media sonrisa.
—No, no es necesario —respondió mientras intentaba salir y él se lo impedía—. Me ha quedado muy claro todo. Entiendo que protestar es inútil porque soy una mera estudiante y no tengo ni voz ni voto. Usted siempre tendrá la última palabra.
—Créame, no sabe nada. Siéntese; le va a interesar. —Le indicó un asiento junto a su mesa.
—Le repito mi negativa. Bastante ridículo he hecho ya llorando frente a usted y en su despacho. —La chica no era capaz ni de mirarle a los ojos. Se sentía humillada.
—Siéntese le he dicho. Ni es la primera ni será la última vez que esté llorando aquí por diversas razones. —Paralelamente sonreía por sentirse con la potestad absoluta—. Además, ha tardado en romperse meses. Muchos caen antes. —De nuevo se carcajeaba.
La chica obedeció. Nerviosa y sin poder dejar de mover las piernas, observaba al Señor esperando a que comenzara a hablar. Este no paraba de dar vueltas por el despacho y de dar caladas, una tras otra. Parecía estar meditando sobre ese trato, presuntamente atado, al mismo tiempo que se regocijaba con la inquietud de la chica.
Al apagar el cigarro, comenzó a hablar para acabar con la tortura de ella:
—Pues bien, a pesar de que todo el mundo piense la persona tan horrible y cínica que soy, lo mejor será ponerle un cinco condicional y citarla durante estos meses a tutorías para ver su progreso en la asignatura. Posteriormente, en el mes de diciembre, realizará un examen oral. ¿Qué le parece?
—Vale —respondió con voz tartamuda, impactada por lo que estaba sucediendo—. Pero ¿en qué consiste?
—Debe elegir una unidad de la asignatura que corresponda a una época, un acontecimiento importante y cogerse unos manuales. Cada quince días, a partir del comienzo del curso, se pasará por aquí para resolver las dudas y en diciembre le realizaré un examen oral al respecto. ¿Preguntas?
—En cuanto al tema, ¿lo elijo?
—El tema podría ser… —Aprovechó para levantarse y comenzó a ojear los diferentes libros de su estantería. De repente, tomó uno y se lo entregó—. Este.
—¿Este sería el tema y el libro que leer? —La chica quería dejarlo todo atado.
—Solo el tema sobre el que investigar. En cuanto a los manuales que leer, curiosearé en la red bibliotecaria y le mandaré un correo electrónico en estos días.
—De acuerdo —dijo con voz entrecortada de nuevo—. Gracias.
—No las dé. Póngase las pilas y no haga que me arrepienta. —Se dirigió hacia la puerta para hacer gala de su actitud caballerosa y abrírsela—. Además, así comprobará que no soy tan malo como dicen.
La chica repitió su agradecimiento mientras salía del despacho. En cuanto lo hizo, el Señor cerró rápidamente la puerta para poder fumar de nuevo.
La chica explicó a su amiga Cristina que no entendía muy bien el trato que acababa de aceptar. No existían los cinco condicionales en la universidad, al menos eso tenía entendido, y de repente la oportunidad para seguir estudiando becada venía a través de esa coyuntura tan extraña.
8. UN CURSO PECULIAR
Comenzaba un nuevo curso, tercero de carrera, distinto al anterior ya de entrada porque la chica había conseguido cambiarse oficialmente al turno de mañana y seguir con su horario de camarera de tarde-noche como acostumbraba, de 19:30 hasta el cierre, un turno que siempre solía alargarse hasta la madrugada.
No tenía una vida que pudiéramos definir como fácil. Trabajaba desde antes de su mayoría de edad para poder seguir adelante y sacarse sus estudios, a lo que se unía un sinfín de problemas familiares. Ella, como su hermana mayor, Valentina, había crecido en un seno familiar cargado de alcoholismo, broncas, falta de empatía y migajas de cariño. Una familia no acostumbrada a los «te quiero» ni a los besos si no eran para pedir algo a cambio y, sobre todo, sin la confianza para poder hablar sin ser juzgada o con la mera oportunidad de ser comprendida.
Sin embargo, las hermanas eran distintas, tanto con respecto a sus progenitores como entre ellas mismas. Valentina era más tímida y muy sensible. Asentada con su pareja desde tan jovencita que este podría ser considerado casi también como un hermano de la chica, siempre se había considerado más como una madre por su manera de protegerla. Habían estado muy unidas hasta que la competitividad por los estudios y la atención de sus padres había abierto una brecha entre ellas con el paso de los años y las había distanciado. Cada una con una vida más independiente y adulta, pero siempre ahí para cuando la otra la necesitase, pues el sentimiento seguía vivo y se querían como siempre.
La comunicación entre las hermanas estaba más rota que nunca, quizás por la posición de cada una de ellas respecto a sus padres. Mientras Valentina defendía a capa y espada la actitud de su madre, la chica era del «equipo de papá», como entre ellas mismas se decían. Una relación dañada por el seno familiar, la envidia y los celos, aunque en reiteradas veces volvían a ser aquellas hermanas de uña y carne de tiempos atrás. Había algunas ocasiones donde todo parecía normal en aquella casa, donde el sufrimiento y el rencor se olvidaban por momentos.
De cara al público las cosas eran muy contrarias. Parecían ser una familia unida, capaz de salir de los problemas económicos gracias a que todos remaban juntos; sin embargo, la verdad era que cada uno salía adelante independientemente, aunque bajo el mismo techo. En el último año, Valentina había decidido salir de aquel ambiente e irse a vivir con su pareja. Sin duda alguna, había apostado por su felicidad.
La chica era totalmente distinta a su casa: abierta, sociable, risueña y siempre le gustaba hacer sonreír a su alrededor; y a la que más, a pesar de ser del equipo contrario, a su madre para paliar la tristeza de sus ojos. La distancia física del resto de su familia, que permanecía en el pueblo de origen, la había hecho considerar a sus amigas como la familia elegida. Agradecía cada día que estuvieran ahí, pues inconscientemente le daban fuerzas cada vez que tocaba volver a casa. Ellas estarían allí. Lo estaban durante el curso, tras este y lo estarían por siempre.
La chica había conseguido forjarse una coraza muy sólida. No lloraba nunca, no mostraba sus debilidades y, sobre todo, se volcaba al completo en los demás y sus problemas, de tal forma que conseguía olvidar los propios. No tenía un punto intermedio: era todo o nada. Pero su principal debilidad eran su propia mente y sus impulsos. La primera le traicionaba cada noche con reflexiones y autocríticas demasiado duras; y los segundos, derivados de su espontaneidad y naturalidad, le hacían actuar en muchas ocasiones sin pensar, causándole problemas con quienes no soportaban su sinceridad o consideraban sus actos como pedantería o sobredosis de seguridad personal sobre el resto.
Una personalidad muy peculiar, que Raúl siempre solía definir como original: una chica «perfectamente imperfecta». Él era una de las mejores cosas que le habían pasado a la chica. Le aportaba serenidad y le mostraba qué era un cariño verdadero, sincero y puro; sacaba su lado más pasional y cariñoso. Sin duda, estaba convirtiéndola en mejor persona.
Esta circunstancia era mutua. Ella le había ayudado a madurar y conseguir poner los pies en la tierra, que dejara de ser un hijo de papá y mamá para tomar conciencia de las cosas mundanas que le podían hacer feliz. Su manera de entregarse a la relación había conseguido distraerlo de los problemas familiares causados por la muerte de su hermano. Juntos acallaban los pensamientos propios y disfrutaban de los sentimientos, pues eran una pareja «perfectamente imperfecta».
En esta nueva etapa había pensado trabajar algunas horas menos de noche aunque viviera más apretada. Debía hacerlo para poder estudiar más y mejor. Siempre se preparaba los exámenes horas antes y, con lo poco que podía asistir a clase, en ocasiones se sentía muy perdida. Para poder seguir el ritmo, contaba con la inmensa ayuda aportada por Cristina y los compañeros de clase: una en el piso y los otros en el aula conseguían apoyarla para seguir al pie del cañón en sus objetivos.
En los días de presentación de las primeras clases siempre se acababa en la cafetería para ponerse todos al día, y fue allí cuando todos se encontraron de nuevo con Elena, que ya no era profesora de ninguno.
—¿Cómo estáis? ¿Qué tal el verano? —preguntó Elena de manera general.
Finalmente, tras tanta conversación trivial, se fueron despidiendo y quedando solamente Laura, Alfonso, Elena y la chica, siendo este un momento clave para hacer las preguntas más importantes con mayor confianza, pero sin la frialdad del despacho:
—¿Te puedo hacer una pregunta, Elena? —le indicó Laura.
—Sí, por supuesto. Dime.
—Mi sueño es ser profesora de universidad y me estoy currando mi expediente para ello, pero no sé por qué rama tirar. Me gusta absolutamente todo —comentó esto último entre risas.
—Laura, piénsatelo bien porque este camino no es tan fácil como parece —le dijo Elena con tono de preocupación.
—Lo sé y me lo imagino. Yo no me veo ni en sueños como profesora de un instituto —comentó con tono aterrado por si eso pudiera darse—. ¿Con quién tengo que hablar o qué tengo que hacer para abrirme hueco o conseguirlo?
—Pues… —Dedicó una leve mirada a la chica—. Siento decirte que las posibilidades pasan por el Señor. Es quien más poder tiene para hacerte subir o bajar a su antojo, y más si tienes un buen expediente como el tuyo.
—Con él he sacado matrícula de honor, pero después de cómo está tratándola a ella se me quitan todas las ganas —afirmó con tono de cabreo y resentimiento.
—Pero tú conmigo no tienes que ver nada. A ti siempre te ha tratado «bien» y no quiero que porque él sea gilipollas conmigo tú te veas limitada —argumentó la chica, que no quería que su situación la perjudicara.
—Lo sé, pero no quiero mezclarme con gente así.
—Tú no tienes nada que ver con ella —terció Alfonso—. Sabemos que es un prepotente y un arrogante; eso no es nuevo. Además, tú no te preocupes. Yo me estoy trabajando a Félix para esto.
—Él puede ser una buena baza, Laura. Seguramente, también puede ser una puerta abierta —comentó Elena.
Mientras Laura asentía, la chica se calló, sintiéndose mal porque, debido a sus circunstancias, su amiga se replanteaba su futuro con el Señor. Afortunadamente, se le abría una puerta, gracias a Alfonso, con otro catedrático como Félix, aunque este les daba clase ahora, en este primer cuatrimestre, y no lo conocían de antes. A la chica no le gustaba mucho. Veía su mirada muy sucia y de alguien de quien no fiarse. Aunque no fueran a ser amigos, ni mucho menos, estaba preocupada porque era una persona que le inspiraba desconfianza y resquemor. Sin duda alguna, era ese tipo de persona a la que no se acercaba porque hacía caso a su intuición y a lo que veía en su mirada, pero apoyaría y ayudaría a su amiga en lo que hiciese falta para cumplir su sueño aunque no le gustara su elección.
