Kitabı oku: «Niebla en Wharran Percy», sayfa 2
Por fin se acaba la reunión y todos nos levantamos. El señor Hemsley me acompaña a la puerta y todos van pasando por delante de nosotros, despidiéndose. Intento salir yo también pero una mano en mi hombro me lo impide.
—¿Me puede dedicar unos momentos, pastor?
Asiento sorprendido.
—Quiero pedirle disculpas por los gritos que ha oído a su llegada a mi casa. Estaban fuera de lugar. —El hombre está avergonzado y ruborizado, no se atreve a mirarme a los ojos—. Mi esposa tiene un carácter un tanto… especial y…
—No se preocupe, señor Hemsley, no hay nada que disculpar.
El hombre parece aliviado de que yo le reste importancia al asunto y se despide de mí con una sonrisa.
Vuelvo paseando a la casa parroquial asomándome a algunas callejas para ver dónde van a parar. Es todo campos de cultivo, pastoreo y bosque. Parece que podré retomar mi costumbre de dar paseos cuando me instale definitivamente, si es que esta parroquia es la definitiva. Desde que me ordené y me negué a ocupar el puesto que lord Owen había comprado para mí, el obispo me tiene de parroquia en parroquia. Apenas me da tiempo a conocer a los feligreses y ya tengo que marchar de nuevo.
***
Edith escuchó los gritos de Rebecca llamando a Meggy. Estaba mirando por la ventana, con discreción, ya que las señoritas no pueden estar detrás de los visillos cotilleando. Era la única forma de tener un cierto contacto con el exterior y ver a sus vecinos realizando sus quehaceres diarios, algo que le permitía hacer volar su imaginación. ¿Qué hacían? ¿Dónde iban? ¿Qué se decían al cruzarse? ¿Algún amor secreto? Si su madre, la gran devota, cristiana y bondadosa Rebecca, pudiera escuchar sus pensamientos ya estaría encerrada en el sótano con las ratas. Era un «amor» de mujer y Edith no tenía el valor de enfrentarla, ya se había encargado de ello desde que era una niña, con toda clase de castigos, reglas absurdas y martirios varios.
La joven tenía dieciséis años, morena con ojos castaños, no muy alta, delgada y con algunas curvas que su madre se encargaba de tapar con ropa vieja y remendada que le obligaba a llevar a todas horas, incluso en las escasas ocasiones que la permitían salir de casa. Siempre de negro riguroso, como Rebecca, que también se encargaba de hablar mal de la niña en cuanto tenía ocasión, tachándola de tonta y analfabeta. Los vecinos apenas dirigían la palabra a su madre, tan solo un educado saludo cuando se cruzaban y que era respondido con una mirada orgullosa por encima del hombro. Edith no podía responder, siempre con la cabeza gacha, tratando de no hacer nada que la enfadara. Aunque por mucho que se esforzara, siempre hacía algo que Rebeca consideraba una afrenta.
Su hermana, Laura, era el ojito derecho de mami. Rizos rubios, ojos celestes, carita de ángel, menuda y muy femenina. Tenía dieciocho años y ya debería haberse casado con su prometido Daniel, pero el compromiso se estaba alargando sin que nadie supiera el porqué. Edith suponía que eran las ganas de su hermana de seguir siendo el centro de atención. Daniel Percy era hijo de Rose y Nolan Percy, el cual era el hermano pequeño de los Percy, los dueños de las tierras que daban nombre a la aldea de Wharram Percy. Un gran partido para su hermana y del que presumía Rebecca, que siempre había querido emparentar con gente rica y subir de escala social.
Allard Hemsley, su padre, era un rico comerciante que, para no aguantar a la beata de su mujer, alargaba los viajes comerciales todo lo que podía. Pero se arrepentía al volver a casa y ver a su niñita, Edith, cada vez en peores condiciones. El problema era que él jamás había osado enfrentarse a su esposa. Rebecca se había adueñado de todo y él no sabía cómo salir de la rueda. Por suerte, era un hombre respetable y respetado por el resto de vecinos del pueblo. Formaba parte del Consejo y trataba de mejorar la vida de todos, pero era incapaz de mejorar la de su hija pequeña.
A sabiendas de que la niña adoraba los libros y escribir sus propios cuentos desde bien pequeñita, Rebecca había prohibido que Edith leyera o escribiera ya que, según otra de sus absurdas reglas, las señoritas no deben hacer esas cosas, no era correcto. Las señoritas debían casarse y depender total y absolutamente del marido. Incongruencia con su propio comportamiento que nadie entendía. En su casa solo había biblias de todas clases y épocas. Edith quería adquirir conocimientos, saber del mundo fuera de las cuatro paredes de su habitación y poder pensar por sí misma. Allard traía libros a escondidas para Edith y, muy de tanto en tanto, conseguía que Rebecca le dejara llevarse a la niña en alguno de sus viajes. Él procuraba alargar esos viajes para poder estar con ella y visitar a su librero favorito. Era maravilloso verla sonreír. Pero conforme la niña crecía, Rebecca la retenía más a su lado.
Edith escuchó aún más gritos en la habitación contigua, la de Laura. La pobre Meggy debía estar pagando el pato de algo que habría hecho Laura, o su hermana y Rebecca tenían ganas de torturar a alguien y la pobre criada era la diana perfecta. Sabían que había reunión del Consejo, que el nuevo pastor estaba siendo presentado al resto de miembros, pero les dio igual dar la nota. Cosa extraña ya que cuando había invitados solían sacar la mejor de las sonrisas hipócritas que tenían en su repertorio.
Unas voces masculinas se escucharon abajo. El Consejo había acabado y los hombres estaban saliendo de la casa. Se atrevió a abrir algo la puerta. ¿Se atrevería a bajar con alguna excusa a la cocina y ver al nuevo pastor? No. Cerró de nuevo la puerta. Los gritos habían cesado y cuando eso pasaba la siguiente en la lista de broncas pasaba a ser ella. Se sentó en una silla, incómoda como debe ser, haciendo ver que rezaba con fervor, mientras escuchaba a su alrededor. Los gritos comenzaron de nuevo y ella se levantó deprisa, apartó la cortina más de lo normal y pudo ver la típica capa negra de pastor. Parecía joven. El pelo castaño, bastante alto y algo desgarbado. Poco más pudo ver antes de que desapareciera por la calle principal dirección quién sabe dónde.
Colocó la cortina en su sitio, se sentó con un suspiro resignado y esperó a ver qué le deparaba el día.
***
Corría el año del Señor de 1433, mes de mayo para ser más precisos. Yo ya llevaba un tiempo ejerciendo de Pastor en Malton. Padre no quiso dejar que me apartara de él y sus maquinaciones aunque conseguí que me permitiera vivir en la humilde casa parroquial. Lo que no tuve en cuenta fue que él siempre tenía la última palabra y cuando me trasladé estaba llena de sirvientes del castillo
Esa soleada mañana de mayo padre apareció con un carruaje lujoso y estrambótico a las puertas de la iglesia. Justo después de la misa para que todo el mundo lo viera bien y no perdiera detalle. Aquello me sacó de quicio e hice algo que nunca antes había tenido valor de hacer, lo ignoré. Continué saludando a mis feligreses, personas humildes y buenas que merecían más mi atención que el señor de Malton. Una vez se hubieron marchado todos me dirigí al carruaje. Él ya se había bajado y me miraba con desdén. Por mucho que yo creyera que ya estaba acostumbrado, esa mirada seguía doliendo. Me erguí y lo miré sin dudar. No habló, tan solo hizo una señal para que subiera al carruaje. Mi primer impulso fue dar un paso adelante para obedecer inmediatamente, pero lo reprimí. Di media vuelta y entré de nuevo en el pequeño edificio de piedra. Recogí el altar, lo dejé todo en su sitio. Me arrodillé unos minutos a rezar antes de cerrar la iglesia y subir al ostentoso carruaje. Sonreí por dentro a sabiendas de que pronto me lo haría pagar. Esa pequeña rebelión me supo a gloria aunque duró lo que tardamos en llegar desde la iglesia a la enorme casa señorial del obispo Owen. Sí, pariente de padre. Creo recordar que era un tío lejano pero, con lo prolífica que es la familia, es difícil seguir el rastro de todos.
Nos hizo entrar en un salón bastante grande y lujosamente decorado. Ellos se sentaron frente a frente y a mí me relegaron a una otomana, como a un niño castigado en el rincón. No entendía para qué se requería mi presencia, pero enseguida quedó claro. Padre había comprado un puesto para mí de secretario del obispo. La rabia recorrió mis tripas y amenazaba con desbordarse. Ya estaba todo arreglado de antemano, sin consultarme. Me miraban de reojo y reían sabiendo que al final agacharía la cabeza, como siempre.
Una muchacha muy joven entró en la estancia. Era incapaz de mirar a nadie y temblaba de miedo. Colocó una bandeja encima de la mesa que había entre ambos hombres. Mientras preparaba el refrigerio el obispo aprovechó para manosear a la niña a su antojo. Aquello me encendió de tal manera que las palabras salieron de mi boca sin dar tiempo a mi mente a enfriarlas. Y quizá fue lo mejor. Salí de allí a paso ligero y volví andando a la casa parroquial. Subí a mi cuarto y preparé mi pequeño arcón y una bolsa con mi equipaje. Sabía que no tardarían en echarme así que ya me iba preparando. Durante estos años me he cuestionado mi arrebato, ¿qué hubiera pasado si hubiera agachado la cabeza como siempre? Enseguida me rebato a mí mismo: fue lo mejor que pude haber hecho.
La orden de dejar la parroquia de Malton no se hizo esperar. En menos de una hora llegaba el mensajero con mi nueva asignación. Salí de allí feliz y listo para afrontar lo que me deparara el futuro. O quizá no, pero era joven y pensaba que acababa de escapar del yugo de padre. Me han tenido dos años yendo de parroquia en parroquia. Cada cierto tiempo recibo una misiva en la que se me conmina a recapacitar y aceptar la oferta del obispo, a lo que yo me niego con obstinación. Hasta que hace unos días llegó la misiva con el traslado a Wharram Percy. Me extrañó que se me requiriera tan cerca del castillo y esperaba que no fuera alguna trampa para obligarme a aceptar el puesto de secretario. Me gustaría tener mi propia parroquia. Necesito asentarme y ponerme a trabajar en serio.
Llego a la puerta del que será mi hogar quién sabe por cuánto tiempo. Es pequeño y acogedor aunque necesita algunos arreglos. Miro a mi alrededor e inspiro una buena bocanada de aire. No, no me importaría que esta fuera mi parroquia definitiva.
***
Al entrar encontró a Anne, que estaba recogiendo las cosas que aún quedaban del anciano fallecido. Anthon corrió a ayudarla cuando estaba a punto de caerse con un pequeño baúl en los brazos. Era muy pesado y lo dejó con cuidado en el suelo.
—Gracias, pastor, casi me caigo —dijo sonriendo
—De nada. ¿Qué es todo esto, Anne?
—Son las cosas del pastor Seraphim. Lo normal es enviarlo todo a la familia y que ellos se encarguen, pero él no tenía familia. La ropa se repartirá entre los pobres y los libros irán a la buhardilla, como tantos otros.
Anthon se llevó las manos a la cabeza.
—¿A la buhardilla? Se echarán a perder. ¿Y dices que hay más allí? —pregunta ansioso.
—Así es, pastor, está llena de libros. Muchos podridos por el paso del tiempo y la humedad que hay allá arriba.
—Anne, prepara la ropa para los necesitados, pero los libros hay que llevarlos a mi despacho.
—Sí, pastor —dijo la mujer, encogiéndose de hombros.
Él abrió el pequeño baúl con avidez. Dentro se hallaban grandes obras encuadernadas de forma sencilla y resistente, para que aguantaran el paso del tiempo y los viajes. Anthon cogió el pequeño baúl y lo llevó a la sala en la que recibía, o debería recibir, a los menesterosos que necesitaran su guía y ayuda. Comenzó a entender por qué estaba repleta de anaqueles vacíos. Fue colocando los volúmenes en su sitio, excepto los diarios del anciano, que dejó sobre su mesa para poder ordenarlos y leerlos con calma. Quizá lo ayudaran a comprender a los aldeanos y mejorar la convivencia.
Ayudó a Anne a bajar más libros y baúles de la buhardilla. Los fueron dejando en el despacho para catalogarlos y colocarlos después. La estancia estaba llena de polvo. Los portones de la ventana estaban entrecerrados y apenas entraba un rayo de luz, lo justo para ver las paredes llenas de estanterías vacías. En la mesa descansaban varias hojas de pergamino desordenadas, con manchas de tinta pero sin texto alguno. Al abrir el cajón del escritorio encontró gran cantidad de plumas, algunas nuevas, otras muy usadas y desgastadas, cuchillas, secante y todo lo necesario para escribir pero… ¿el qué?
El despacho estaba vacío de documentos y libros. Ni tan siquiera se encontraban allí las biblias, libros religiosos y de teología, clásicos en un despacho parroquial y que eran utilizados para consultar y preparar los sermones, amén de aconsejar a los feligreses. Se acercó a la ventana y abrió las contraventanas dejando entrar la luz del mediodía a raudales en la estancia. Sin querer golpeó con la puntera del zapato bajo la repisa de la ventana. Se sorprendió al escuchar el sonido de la madera hueca. Con suavidad dio unos golpecitos por la zona. Sacó los almohadones rellenos de lana y los depositó en el suelo. Con el puño fue comprobando los tablones que conformaban una repisa ancha. Todos sonaban a hueco. La yema de sus dedos recorrió el borde de la madera. Tiró hacia arriba con fuerza, dejando al descubierto un arcón lleno de libros y hojas sueltas de pergamino repletas de símbolos y runas.
Cogió un libro y acarició el lomo con lentitud, rumiando. ¿Por qué estaban escondidos en lugar de estar en las librerías? ¿Por qué tanto secretismo? Dejó el libro en su sitio, bajó la tapa y colocó de nuevo los almohadones. El despacho volvió a la penumbra al cerrar las contraventanas desvencijadas. Sería una de las muchas cosas que arreglaría en cuanto se instalara. Al parecer el anciano párroco era bastante dejado en lo que a mantenimiento de las propiedades eclesiásticas se refería.
Mientras comían hablaban de las reparaciones necesarias, tanto en la casa como en la iglesia.
—¿Qué ocurrió para que esté todo tan dejado, Anne?
La joven no contestó. Se puso muy nerviosa y le temblaban las manos. Él no quiso molestarla más. De una forma u otra se acabaría enterando de lo ocurrido. En un pueblo tan pequeño, todo se sabía.
—Bueno, ¿tienes idea de cómo vamos a ordenar todos esos libros?
—Tengo una ligera idea, una ayudante. Joven pero muy competente. Se llama Edith Hemsley
—¿De qué me suena ese apellido? —preguntó, más para sí mismo que para recibir una respuesta.
—Es la hija pequeña de Allard Hemsley, el mercader que lo trajo ayer. Y que habrá vuelto a ver hoy dado que es uno de los miembros del Consejo.
Se levantó y comenzó a recoger platos antes de servir el postre.
—Sí. Hemos hablado un rato, después de la reunión –recordó Anthon—. Es muy amable y jovial. ¿Hablarás con la muchacha para que nos ayude?
—Por supuesto, pastor. Seguro que aceptará encantada. Es un ratoncillo de biblioteca.
Acabaron de comer y ella continuó con sus tareas. Él se encerró en el despacho y pasó la tarde leyendo los dietarios. Hablaban sobre la vida diaria de Wharram Percy y sus habitantes. Se fijó en que algunos pergaminos tenían unas extrañas anotaciones marginales. Al principio no les dio importancia ya que parecían manchas de tinta. Hasta que vio más. Comenzó a revisar a fondo todos los dietarios y manuscritos que ya había leído. Página a página, con lentitud. Repasando márgenes y notas a pie de página. No parecían aleatorias aun así no parecía que las páginas tuvieran nada en común unas con otras, exceptuando las notas.
Su cabeza comenzó a palpitar y sus ojos cansados le dejaron claro que no iban a seguir consintiendo que se les forzara a leer. Dejó los diarios sobre la mesa, se estiró ruidosamente y miró hacia la ventana. El sol casi había desaparecido. Era tardísimo. Encendió un par de candiles con las brasas que quedaban de la chimenea. Avivó el fuego para calentar la estancia. Recogió los pergaminos sueltos y los diarios, dejándolos a buen recaudo en el arcón de madera que había bajo la ventana. El escondite y sus secretos pasaron a un rincón de su cabeza, bien alejado de sus prioridades.
Vestía un sencillo vestido nuevo verde oliva ajustado a sus curvas. La melena suelta, peinada y brillante. Su cara era de felicidad mientras paseaba por el mercado de Malton. Curioseaba entre las paradas hasta que una mano se posó en su hombro. Más que una mano le pareció una garra que le clavaba las uñas con saña. Edith se despertó de repente, pero las garras todavía las notaba clavándose en su carne. En su hombro vio la mano de Rebecca clavando con fuerza sus uñas. No gritó. Sabía que era lo que ella quería aunque no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas.
—¿Así te dedicas al Señor? ¿Durmiendo? ¡Eres una niña vaga y estúpida!
Agachó la cabeza para evitar que la viera llorar. Rebecca le estiró el moño y la obligó a levantar la cara. Disfrutaba de cada grito y de cada lágrima que arrancaba a su hija.
—¡Baja! Tenemos visita —dijo mientras salía del cuarto—. Espero que sepas guardar la compostura y cierres la boca. Estarás presente pero no te quiero oír, ¿queda claro?
—Sí, madre —contestó la muchacha cabizbaja.
Un portazo hizo que saltara de la silla asustada. En el aguamanil el agua estaba helada. A ella jamás le subían agua caliente para sus abluciones. Se lavó la cara intentando ocultar las lágrimas, respiró hondo y salió del cuarto. Bajó las escaleras temerosa de lo que debía estar preparando Rebecca. La joven nunca estaba presente durante las visitas ya que era motivo de vergüenza para su familia. Con suavidad, llamó a la puerta de la salita y esperó a tener permiso para entrar, si es que la dejaban entrar. A Rebecca le gustaba hacerla esperar y en numerosas ocasiones la había dejado allí plantada.
—¡Entra! —le sorprendió Rebecca al contestar al momento.
Siempre con la cabeza gacha, entró en la salita que solía utilizar su madre para las visitas muy importantes. Estaba llena de lujos y Rebecca se vanagloriaba de cada uno de ellos en cuanto tenía ocasión.
—Siéntate.
Edith fue a su rincón. Se sentó en una silla incómoda, como la de su cuarto, y miró de reojo a la visitante. Era Anne Bradbury, la gobernanta de la casa parroquial. Todo era muy extraño, desde que su madre hubiera recibido a Anne hasta que ella misma estuviera allí presente.
—Buenas tardes, Edith —saludó Anne, con una sonrisa.
La joven miró a Rebecca pidiendo permiso para hablar.
—No seas maleducada, saluda a Anne.
—Buenas tardes, señorita Bradbury —susurró Edith. Y volvió a agachar la cabeza.
—¿Qué se le ofrece, señorita Bradbury? —inquirió Rebecca con altivez—. Me extraña que tenga algo que hablar con Edith.
—Verá, señora Hemsley, el pastor Anthon ha decidido recuperar gran cantidad de libros y documentos que sus antecesores guardaron en la buhardilla de la casa parroquial.
Al escuchar la palabra libros Edith alzó la cabeza y le brillaron los ojos. Algo que no pasó desapercibido a Rebecca y cuyo rostro se iluminó con una cruel sonrisa.
—¿Y qué tiene eso que ver con nosotras? —Su voz era melosa pero sus ojos amenazaban tormenta.
—El pastor me preguntó por alguien que pudiera hacerse cargo de organizar esos libros y documentos. Enseguida pensé en Edith y…
—¿En esta pequeña estúpida? Si apenas sabe leer —interrumpió Rebecca—. Además, una señorita no debe hacer esas cosas.
Anne vio el rostro afligido de Edith aunque esta trató de ocultarlo agachando aún más la cabeza.
—Pero, señora Hemsley, Edith es una muchacha muy inteligente y creemos que haría un gran trabajo con…
—¿Edith? ¿Inteligente? ¿De dónde ha sacado usted semejante mentira? —Rebecca estaba disfrutando y se le notaba—. Esta niña es una vaga y una estúpida, no sirve para nada y nunca hará nada de provecho.
Las lágrimas resbalaban por la cara de la dulce niña. Ahora entendía para qué le había hecho bajar Rebecca a recibir la visita. Seguramente Anne había preguntado por ella y su madre no quiso desaprovechar la ocasión para destrozarla de nuevo.
—Señora Hemsley, eso no era necesario. ¿Cómo puede hablar así de su hija? —Anne estaba escandalizada y apenas pudo aguantar la compostura.
—No he dicho nada malo, solo la realidad. Esta niña no sirve para nada ni siquiera para casarla con un desarrapado —se defendió Rebecca apuñalando a su hija con cada palabra que salía de su boca—. Se quedará aquí para cuidar a sus padres cuando sean viejos.
Edith no podía dejar de llorar. No quiso mirar a Anne. Estaba avergonzada y solo quería desaparecer para siempre.
—Veo que no será posible hacerle cambiar de opinión. —Anne no quiso dar más motivos a la mujer para seguir machacando a su hija—. ¿Puede Edith acompañarme a la puerta? No quiero molestarla más con mi presencia.
La joven se limpió las lágrimas con rapidez y todo el disimulo que pudo, pero sin levantar la cabeza.
—¿No has oído, niña tonta? Acompaña a la señorita a la puerta —ordenó con desdén—. ¿Ve lo que tengo que aguantar, señorita Bradbury?
Edith se levantó con rapidez, se dirigió a la puerta de la salita y la abrió esperando a que Anne se acercara.
—Que pase una buena tarde, señora Hemsley —contestó Anne de forma tajante.
Edith le abrió la puerta y la dejó pasar con la vana esperanza de que Rebecca dejara el asunto tal como estaba, pero ella no estaba dispuesta a no tener la última palabra. Cuando ambas estaban en la puerta de la calle la mujer gritó desde la salita.
—¡Cuidado, señorita Bradbury! ¡Edith es tan torpe y tonta que aún le enganchará las manos con la puerta!
Edith iba a cerrar cuando Anne se lo impidió con suavidad. Le dio un abrazo con todo su corazón y dejó una nota en sus manos mientras le susurraba al oído.
—Hasta mañana.
La joven recibió el abrazo con cautela, sintiendo el calor del cariño de Anne. Escondió la nota entre sus ropas y asintió de forma apenas perceptible por si Rebecca estaba vigilando.
Anne salió de la casa y Edith cerró la puerta. Con lentitud subió las escaleras y se encerró de nuevo en su cuarto. Esperó por si su madre la seguía para continuar con sus insultos. Al no aparecer, sacó la nota de Anne y la leyó con una sonrisa en los labios.
4
31 de enero de 1435
Edith se escabulló temprano de casa. Su madre no la quería ver ni la dejaba salir sin permiso.
La joven entró por el huerto que daba a la cocina. Una calidez la envolvió por completo dándole una sensación de bienvenida que jamás había sentido en su propia casa.
—Buenos días, Edith. Pasa y cierra la puerta, por favor. ¿Has desayunado? —preguntó Anne sonriente, mientras preparaba la mesa.
La joven cerró la puerta y se quitó la capa de lana que llevaba sin saber muy bien qué hacer con ella. En sus manos llevaba un pequeño devocionario tal como le había indicado Anne en su nota.
—Buenos días. No he desayunado. Tenía miedo de que ella me descubriera y me encerrara bajo llave —dijo Edith sin atreverse a mirarla.
—No te preocupes —Anne trató de quitarle importancia al asunto—. Siéntate allí, cerca del fuego. La mesa ya está preparada.
Edith vio como la mujer le cogía la capa y la colgaba en un gancho.
—¿Puedo ayudar en algo? —preguntó con timidez.
—Ya lo tengo todo listo, Edith. Solo has de sentarte.
Anne ya iba cargada con una bandeja con el desayuno. Unas rebanadas de pan recién hecho, mantequilla casera, compota, leche. Edith miraba todo aquel despliegue con ojos desorbitados. En su casa solo tiraban la casa por la ventana cuando había invitados y en esas ocasiones a ella la dejaban la margen, comiendo restos con la criada. Sus tripas rugieron de hambre y ella, roja de vergüenza, agachó la cabeza.
—Perdón, lo siento —tartamudeó.
—No hay nada que perdonar. Eres joven y tienes que comer. Ambas necesitamos energía para el trabajo de hoy. Vamos, come.
Mientras desayunaban, Anne le acabó de explicar lo que había maquinado para que Edith pudiera ayudar sin que Rebecca encontrara forma de quejarse.
Al acabar fueron directas al despacho. Abrieron las ventanas por las que comenzó a entrar la luz de la mañana. Edith miró a su alrededor emocionada y sin poder creer lo que veía. El suelo y una mesa estaban llenos de libros. Se agachó y cogió uno al azar. Acarició el lomo con suavidad. Ya se imaginaba ordenando y catalogando todos aquellos libros. «Debo pensar en una forma fácil de ordenarlos para que el pastor no ande buscando como loco. Habrá que limpiar algunos, están llenos de polvo». Muchas cosas pasaron por la cabeza de la joven hasta que una tosecilla la devolvió al presente.
Se encontró dos caras sonrientes observándola. Dejó el libro donde lo había encontrado y se levantó con rapidez. Iba a comenzar a pedir disculpas, cuando Anthon habló.
—Buenos días, señorita Edith. Veo que Anne ya le ha enseñado nuestro tesoro.
—Buenos días, pastor. Estaba pensando cómo organizarlo, perdone si me he excedido. Yo…
La muchacha agachó la cabeza temiendo que la riñeran. Anthon miró a Anne extrañado porque la joven pidiera perdón continuamente sin haber hecho ni dicho nada malo.
—Edith, tranquila. Ya sabes lo que hemos hablado. Ahora tenemos que ir a la iglesia, ¿recuerdas el plan?
—Sí, Anne. Pero ya no estoy tan segura de llevarlo a cabo. —Su voz tembló.
—Anda, coge tus cosas y vamos —la animó con una sonrisa.
Anne cogió a la joven por el brazo y tiró de ella con suavidad. Cogieron sendas capas, los devocionarios y se fueron a la iglesia. Tenían un numerito que ofrecer a Rebecca.
La señora Hemsley tenía por costumbre ir cada día a la iglesia, en cuanto abrían las puertas. Se colocaba en el lugar más visible del edificio y declamaba sus oraciones cual actriz de teatro. Ese día se encontró con su hija arrodillada al lado de Anne, con el devocionario abierto y ambas rezando en un rincón discreto. Rebecca sintió la rabia subir por el pecho al ver que esa condenada niña había desobedecido sus órdenes. Debía contenerse y no montar un espectáculo, estaban en la casa del Señor. Esa mocosa recibiría su merecido, no importaba que hubiera salido de casa para rezar. Anne la miraba de reojo, estaba roja y parecía a punto de explotar. Sabía que no lo haría, las apariencias eran lo primero para esa mujer.
Le hizo una seña a Edith. Se pusieron en pie, se persignaron y salieron por una pequeña puerta lateral que estaba destinada al pastor. Rebecca olvidó sus rezos y salió deprisa por la puerta principal. Las vio entrando en la casa parroquial por detrás. Tiesa como un palo, caminó despacio y con altivez hacia la casa. Entró sin llamar, esperando pillar in fraganti a su hija con los libros. Lo que se encontró la dejó descolocada y sin habla. Edith llevaba un delantal de Anne, estaba de rodillas y con un cubo lleno de agua al lado, fregando el suelo con un cepillo. Rebecca se recompuso enseguida y miró a su hija con desprecio.
—¿Qué haces aquí, niña tonta? —Su voz cortaba como un cuchillo—. Te prohibí venir.
Edith se levantó enseguida, hizo una genuflexión y, con la cabeza gacha, se limpió las manos en el delantal.
—Buenos días, madre. —No se atrevió a mirarla—. Usted me dijo que una señorita no debía ocuparse de libros. Pensé que podría alegrarle el que dedicara mi tiempo al Señor. Rezando y ayudando, si usted lo permite.
Anne estaba en el quicio de la puerta esperando por si Edith necesitaba ayuda. La pobre muchacha temblaba, pero con su sumisión evitó el enfrentamiento que buscaba la señora. Rebecca lanzó un ultimátum.
—Si me entero de que haces algo más que rezar y fregar, te encerraré de por vida en el sótano con las ratas —dijo alzando un dedo huesudo.
Sin dar crédito a lo que acababa de oír, Anne se apartó de la puerta para dejar pasar a la señora Hemsley, que salió como un huracán del despacho y cerró de un portazo.
Anne y Edith se miraron sorprendidas por el exabrupto, pero acabaron abrazadas y riendo por haberse salido con la suya.
5
3 de febrero de 1435
El sol comenzó a despuntar por el horizonte y los gallos anunciaron la llegada de un nuevo día. Abrió las cortinas dejando entrar la luz en su cuarto. Observó como Wharram Percy iba volviendo a su vida diaria, en silencio, excepto por los desgarradores gritos de dolor de una madre desconsolada que había perdido a su hijo durante la noche. La joven sabía que no la molestarían hasta al cabo de unas horas, así que se dedicó a pensar en cómo retomar sus planes de futuro ahora que Daniel no estaba. Era mono pero hizo más caso a su madre que a ella. Una lástima que la niebla se lo llevara. El problema era que tendría que guardar luto por su prometido. ¡Dichosas convenciones sociales!
Unos suaves golpecitos la sacaron de su ensimismamiento. Se miró al espejo. Tenía buena cara y no engañaría a nadie. Quería que pensaran que estaba rota de dolor por la muerte de Daniel. De puntillas fue hasta el cajón de su mesita, cogió un diminuto frasco e instiló un par de gotas en cada ojo. ¡Pardiez! Picaba como si se hubiera restregado con varias cebollas. Sonaron de nuevo los golpecitos en la puerta y una voz suave que llamaba. Se metió en la cama tapándose con la manta. Necesitaba que la dejaran tranquila un rato más. Intentó hacerse la dormida pero, en lugar de llamar otra vez a la puerta, su madre la abrió directamente. Llevaba una taza humeante en la mano.
Laura apretó los puños con rabia. Se obligó a interpretar el papel de niña desconsolada asomando la cabeza por encima de las mantas. La cara que puso su madre al ver sus ojos hinchados y llorosos no tenía precio. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para no reírse de esa vieja estúpida. La mujer dejó la taza en la mesa y salió corriendo a la cocina, volviendo al rato con un paño húmedo que olía a hierbas. Permitió que le pusiera el paño sobre los ojos. Tenía que reconocer que la señora tenía mano con las hierbas. Le alivió el dolor de ojos y rebajó algo la hinchazón. Por suerte, no lo suficiente como para haber sufrido los picores en vano y necesitar otra dosis de gotas.
