Kitabı oku: «Niebla en Wharran Percy», sayfa 3
—Buenos días, hija. El pastor está abajo, desea hablar contigo.
—Buenos días, madre. Ahora no quiero ver a nadie, ¿lo puede entender? —contestó la joven entre sollozos.
—Lo sé, hija. Pero ha insistido. Quiere darnos consuelo espiritual en estos momentos tan aciagos para nosotras. —Se estrujó las manos—. Pobre Daniel.
La joven torció el gesto. ¿Pobre Daniel? Y ella, ¿qué? Quería hablar con el pastor para que hicieran el funeral cuanto antes y poder seguir con su vida. Por desgracia no dependía de ella si no de Rose, la madre de Daniel. Siempre había sido muy cariñosa con ella aunque últimamente las cosas se torcieron. Laura no sabía por qué la señora Percy comenzó a tratarla mal y acababan todos discutiendo.
Ante la insistencia de su madre accedió a ver al pastor. Rebecca la ayudó a vestirse. Mientras bajaba la escalera ya iba maquinando la forma de deshacerse del pastor entrometido y sus monsergas. Hizo ver que se tambaleaba y se apoyaba en el brazo de su madre. El hombre corrió a acercarle una silla con cara de preocupación. Mientras hablaba con su madre ella lo observó a hurtadillas. Era guapo, alto y con unos preciosos ojos verdes. Delgado y algo desgarbado. Notó que el joven le dedicaba algunas miradas esquivas. «Admirando mi belleza», pensó. ¿Sería un buen repuesto para Daniel? Apenas llevaba unos días en la aldea y se le notaba perdido. Más adelante sopesaría sus opciones.
El pastor se puso a su disposición para lo que fuera necesario en esos dolorosos momentos. Si él supiera.
Con un suspiro se despidió de Rebecca y salió de la casa, calle abajo. Arrebujado en su capa para protegerse del viento helado.
—Me sentaré junto a la ventana, madre —dijo la joven–. Quiero ver la calle.
La mujer, muy solícita, le ofreció su brazo para acompañarla y la dejó sentada al lado de la ventana, tapada con un chal de lana. Desde allí pudo ver durante un buen rato al pastor, intentando caminar a pesar del viento en contra.
Anthon comenzó a tiritar al salir de la casa Hemsley. Un viento helado lo sacudió y le hizo envolverse en su capa de lana. Se sintió observado durante todo el camino. Con ciertas dificultades a causa del viento, consiguió llegar a la casa Percy. Si la anterior visita era complicada, esta lo era aún más. ¿Qué se le decía a una madre que acababa de perder a su hijo? Aunque no entendía por qué todo el pueblo consideraba que Daniel estaba muerto. Por lo que él sabía, el chico estaba por la noche en el bosque. Bajó la niebla, algo normal en esa época del año, y el joven no había vuelto a casa. Hacía pocas horas de ello aunque nadie había salido a buscarlo. Simplemente lo informaron de que debía organizar un funeral sin cuerpo para enterrar. No contaban con encontrar el supuesto cadáver.
Toda la situación le tenía desconcertado, al igual que el recibimiento en el pueblo. Excepto Anne, que ya le iba aceptando, aunque era obvio que le ocultaba algo. Una gran tristeza se había adueñado de Wharram Percy. Cuando se acercaba el atardecer, todo eran prisas por entrar en las casas. Grandes hogueras ardían por los alrededores de la aldea con hombres vigilando. Tampoco consiguió que alguien le explicara para qué eran dichas hogueras.
Respiró hondo y, con el aldabón, llamó a la puerta. Oyó unos pasos rápidos y la puerta crujió al abrirse. Era una de las hermanas Wadlow, Martha.
—Buenos días, señorita Wadlow. ¿Puedo pasar a ver a la señora Percy?
La mujer estaba nerviosa y se estrujaba las manos. Miraba hacia el interior de la casa como preguntando a las paredes qué debía hacer. Una voz surgió del fondo del pasillo.
—Déjalo entrar, Martha. Quizá él pueda hacer algo.
La mujer abrió la puerta de par en par y Anthon entró con cierta reserva. El comportamiento de los habitantes de la aldea era cada vez más sorprendente. La mujer cerró deprisa y lo guio hasta la cocina. Por el camino observó que, cualquier repisa que hubiera, estaba llena de velas a medio derretir y encendidas a pesar tener todas las ventanas abiertas y la luz entraba por doquier. Había montones de leña por todas partes, más de la que cabría esperar aun en una casa tan grande. No quería ser agorero, pero podría haber una desgracia en cualquier momento con solo caer una vela sobre la madera.
Al entrar en la cocina encontró a la otra hermana Wadlow, Mathilda, intentando calmar a la señora Percy que estaba en mitad de una crisis de histeria. Gritando, llorando, arrancándose el cabello. Enseguida se quitó la capa, la colgó en una silla y agarró a Rose de las muñecas para que dejara de hacerse daño.
—Señora Percy, por favor.
La mujer tenía una gran fuerza que le daba la histeria y el dolor por su hijo. Intentó zafarse sin conseguirlo.
—Señora Percy. Escúcheme, por favor —suplicó Anthon.
No recibió respuesta hablada, pero Rose dejó de luchar. Como no se fiaba mucho, la guio hasta una silla sin dejar de sujetarla. Ella se dejó llevar, mansa y sollozante. Murmuraba por lo bajo, pero el joven no conseguía entender qué decía.
—Siéntese aquí, por favor.
Ella obedeció y él la soltó despacio, listo para agarrarla de nuevo si era necesario. Pero Rose se llevó las manos a los costados y comenzó a balancearse, adelante y atrás, mientras rezaba. Mathilda dejó encima de la mesa un par de tazas con tisana y algo de comida. Ambas hermanas salieron de la estancia, no sin antes hacerle señas al pastor, indicándole que estarían al lado por si las necesitaba. Él les sonrió y puso toda su atención en Rose. Seguía con el balanceo y la letanía de rezos. Anthon no se lo impidió, ni de palabra ni de obra. Solo la dejó que se fuera tranquilizando poco a poco. Le acercó la tisana. Iba a echar azúcar en la infusión cuando una mano tapó la taza con rapidez.
—¿Sin azúcar? Muy bien. Si no le importa, yo sí me pondré azúcar.
El joven cogió la cucharita y se echó azúcar en la tisana. Removió y le dio un buen sorbo. Estaba caliente y dulce. Se la tragó, a pesar de que él odiaba las infusiones. Esperaba no vomitar. Rose también cogió la taza. Había dejado de balancearse pero aún tenía algunos temblores, sobre todo en las manos. Anthon no forzó la conversación. Dejó que ella tomara la iniciativa, si es que quería hablar con él.
—Mi hijo querido. Ya no está. Se ha ido con el Señor, que Él lo tenga en su gloria —susurró Rose.
—Señora Percy, disculpe mi osadía pero ¿por qué tiene tan claro que su hijo ha fallecido? —Quizá lograra que alguien le explicara de qué iba todo ese misterio—. Daniel desapareció anoche, quizá se ha perdido. ¿Por qué no hay nadie buscándole en el bosque?
—¡Porque está muerto! ¡Ella lo mató! ¡Esa zorra del infierno lo asesinó!
Rose se levantó con las manos engarfiadas y la cara desencajada. Las dos hermanas entraron corriendo en la cocina al oír los gritos. Martha se abrazó a ella, susurrándole palabras tranquilizadoras. Mathilda se sentó al lado de Anthon y se sirvió una tisana y le susurró al oído.
—Daniel ha muerto, Pastor. Nadie sobrevive de noche en el bosque. No pregunte más, se lo suplico.
—¿Pero la señora Percy dice que «ella» lo ha matado? ¿De quién habla? —preguntó Anthon sin comprender nada.
Mathilda suspiró y bebió un poco intentando decidir qué hacer. El joven, si no ocurría nada nuevo, sería su pastor a partir de ese momento. Tarde o temprano alguien tenía que explicarle lo que sucedía en el pueblo. No quería ser ella, ya que tampoco lo entendía, era algo inexplicable. Algunos pensaban que era castigo divino, aunque la razón del castigo era algo que escapaba a su entendimiento. Pero Rose era otro cantar. Hablaba de demonios viviendo entre ellos, en el pueblo. Engañando y matando, para causar daño y terror en los habitantes de Wharram Percy. Puso una mano sobre el brazo de Anthon. Él la miró a los ojos, tristes y cansados.
—No sabemos por qué, pero ella piensa que Laura ha matado a Daniel —susurró, mientras una lágrima caía por su rostro—. Está desquiciada por la muerte de su hijo. Esperemos que, con el tiempo, podamos consolarla y quitarle esas ideas de la cabeza.
Anthon no supo qué decir. Era una acusación muy grave y no quería inmiscuirse en los asuntos de cada casa, pero si la señora Percy estaba mal, hasta el punto de hablar de demonios y asesinatos, quizá necesitaba otro tipo de ayuda. Pensó en ofrecerse, pero decidió esperar al funeral. Quizá era la catarsis que necesitaba la buena mujer para seguir adelante.
—Ustedes la conocen mejor, les haré caso. Pero para cualquier cosa no duden en avisarme, ¿de acuerdo, señorita Wadlow?
Cogió su mano y la apretó con cariño. Sonrió al ver que la mujer asentía.
—Las dejo tranquilas entonces. Mañana vendré a verla de nuevo y le comunicaré cuándo haremos la misa por Daniel.
Mathilda acompañó al joven hasta la puerta y le entregó su capa. Anthon salió de la casa y se envolvió en ella. Ya estaba oscureciendo, llevaba allí más tiempo del que pensaba.
—Vaya directo a casa, pastor. No se entretenga o Anne le reñirá —trató de bromear, pero había miedo en sus ojos.
—Que Dios la bendiga, señorita Wadlow.
Ella lo despidió con la mano y cerró la puerta. Anthon meneó la cabeza. ¿Por qué tenía que volver corriendo a casa? Miró hacia el campanario de la iglesia. El sol comenzaba a bajar y el cielo tenía un tono rojizo que auguraba mal tiempo. El viento había cesado y el joven decidió disfrutar del atardecer, paseando tranquilamente de vuelta a la casa parroquial.
***
6
5 de febrero de 1435
Ha llegado el día del funeral de Daniel y estoy más nervioso que de costumbre. Una cosa era el entierro del anciano pastor Seraphim, otra un entierro sin cuerpo de una persona joven. Sigo sin comprender por qué lo han dado por muerto sin tan siquiera ir al bosque a buscarlo. Me suplican que no pregunte y veo terror en sus ojos cuando me lo piden. Pero con tanto secreto y miedo siento que acabaré metiendo la pata. Desearía que comenzaran a confiar en mí y me dejaran ayudarlos. Ya no sé cómo decirles que estoy aquí para ellos. Parece que no me creen.
Mientras desayuno con Anne observo los campos que hay más allá. Son pastos para las famosas ovejas de Wharram Percy, las mejores de Yorkshire según el señor Hemsley. Un rebaño bastante grande está pastando en estos momentos. El señor Wadlow, hermano de Martha y Mathilda, está vigilando con su hijo Robert, a quién enseña el oficio de pastor. Su hijo pequeño, Usher, es un muchacho enclenque y enfermizo pero, gracias a sus tías, se ha convertido en un joven con gran determinación que no se asusta de los retos. Es un gran chico y, cuando sus tareas diarias se lo permiten, me busca. Según él, soy el único que ha mirado más allá de sus problemas físicos y se ha centrado en conocer a la persona. Tiene una gran mente para ser tan joven.
Anne se levanta y comienza a recoger. Es una mujer maravillosa, muy trabajadora y organizada. La observo moverse por la cocina mientras acabo el desayuno, por más que lo intento, no puedo apartar mis ojos de ella. Despierta en mí sensaciones que no puedo explicar y que no debería sentir. Me levanto de forma abrupta, necesito salir de aquí.
—Voy a la iglesia para comenzar a prepararlo todo, Anne.
No le doy tiempo a contestar a la pobre muchacha, ya estoy saliendo por la puerta que da al huerto que hay detrás de la casa. Lo atravieso a toda prisa y salgo al camino. Con las prisas no he cogido la capa. A pesar del sol, estamos en febrero y hace frío, pero mi cabezonería puede más. Un par de zancadas y tengo la puerta lateral de la iglesia enfrente. Es la que suelo utilizar normalmente, ya que entro directo a la sacristía sin tener que atravesar toda la iglesia. Busco las llaves que, con las prisas, seguramente me he dejado en casa. Tendré que volver a buscarlas. No quiero encontrarme con ella, su deliciosa sonrisa me desarma. Resignado a volver a casa, me doy la vuelta para ver que Anne viene sonriendo con mi capa en una mano y las llaves en la otra.
—Las prisas no son buenas consejeras, pastor.
Su tono es burlón y no puedo evitar sonreír. Me lo merezco por no pensar un poco antes de hacer las cosas. Con ella cerca lo de pensar es difícil.
—Gracias, Anne. ¿Qué haría yo sin ti?
¡Por Dios! ¿De verdad acabo de decir eso? Por suerte, ella sigue con la broma.
—Dejarse la cabeza en todas partes, pastor —dice mientras se aleja riendo de vuelta a sus tareas.
Aún falta media hora para el funeral, pero Usher ya está aquí hace rato. En su afán por ayudar a veces molesta, pero no puedo decirle nada, me alegra los días. Es un soplo de aire fresco que alguien hable sinceramente y con libertad. En su compañía el tiempo pasa volando y, como nos despistemos tendremos una horda pidiendo nuestras cabezas por no abrir la iglesia para la ceremonia. Voy con paso rápido a la puerta mientras el muchacho hace sonar las campanas, llamando a los feligreses a la misa por el alma de Daniel. Con el corazón encogido, todos van entrando en la pequeña iglesia y sentándose pesadamente en los bancos.
Saludo al último en entrar, Nathaniel, el herrero. Un gran hombre y un hombre grande de rostro amable. Camino tras él en dirección al altar. Se escuchan algunos susurros y toses, poco más altos que el zumbido de una mosca. Ante el altar está Rose Percy, la madre de Daniel. De luto riguroso, cara desencajada y demacrada, ojos hinchados y profundas ojeras. Está flanqueada por las hermanas Wadlow, que tratan de consolarla.
Rodeo el altar para comenzar la ceremonia cuanto antes, no sé cuánto aguantará la pobre mujer y quiero que descanse tranquila en su casa. Unos sollozos nos hacen mirar a todos hacia la puerta. Está entrando Laura, apoyada en su madre y con la cara escondida en su hombro. Todas las miradas están fijas en ella. Con mucha parsimonia se acerca a los primeros bancos. Cuando me acerco a recibirla una figura se interpone en mi camino. Es Rose, con los ojos desorbitados, las manos engarfiadas y listas para arañarle la cara a la joven. Las hermanas se levantan para sujetarla, pero la señora Percy es más rápida y se abalanza sobre Laura.
—¡Asesina! ¡Bestia demoníaca! ¡Tú mataste a mi Daniel! —se desgañita.
Laura intenta esquivar los golpes sin conseguirlo. Varios hombres sujetan a Rose y la sacan de la iglesia, entre gritos e insultos. Todos están sorprendidos por el exabrupto de la mujer. Yo lo achaco al dolor de la pérdida aunque creo que hay algo más, como pude comprobar cuando fui a verla a su casa y la encontré en aquel estado de histeria. Por las caras puedo ver que no soy el único que no comprende lo ocurrido. La gente vuelve a sentarse poco a poco. Al ver el movimiento, me doy cuenta de que yo me he quedado paralizado ante el ataque. Nathaniel se acerca a mí.
—¿Se encuentra bien, pastor?
Solo puedo asentir y agradecerle su interés con una media sonrisa. Desde el altar observo a las personas allí congregadas. La tensión es palpable, así que elevo varias plegarias rápidas por el alma del joven Daniel, despido a la parroquia y me retiro a la sacristía. Por una rendija de la puerta, los veo abandonando el edificio, susurrando y comentando lo sucedido. Cuando ha salido todo el mundo, Usher cierra la puerta. Se le ve hundido mientras camina por el pasillo central. No atino a comprender cómo ha podido liarse la mañana de esta forma. Creía que Rose necesitaba esta ceremonia para comenzar el duelo, dejarse de bestias demoníacas y de acusaciones sin fundamento. Pero todo ha saltado por los aires en cuanto Laura ha entrado por la puerta.
Intento relajarme tomando aire con fuerza, inflando mis pulmones, pero el olor a cerrado, velas viejas y polvo me provoca un ataque de tos. Salgo por la puerta lateral y me voy a pasear para despejarme.
***
7
5 de febrero de 1435
– Luz, necesito luz.
Recorría la casa retirando restos de velas y encendiendo nuevas, a pesar de tener la luz de un precioso día entrando por todas las puertas y ventanas abiertas de par en par. La angustia y el terror eran patentes en su rostro demacrado y huesudo. Sus manos temblaban sin control y las velas le caían rodando por el suelo o escaleras abajo. Por todas las habitaciones existían señales de pequeños incendios causados por cirios mal colocados, que prendían en los muebles o alguna tela cercana. A pesar del peligro, ella no cesaba en su empeño de mantener la vivienda iluminada.
El sótano estaba hasta arriba de carbón. El cobertizo y el altillo repletos de leña. Los vecinos habían dejado de quejarse hace tiempo y ahora se limitaban a tener agua a mano para apagar cualquier conato de incendio que podría acabar con todo el pueblo, dada la cantidad de material inflamable que estaba acumulando en la casa. La mujer no entendía las quejas. Cada atardecer comenzaban a arder enormes hogueras rodeando el pueblo, alimentadas toda la noche por los hombres de la aldea, que se turnaban para vigilar el fuego y a sus respectivas familias, escondidas y atemorizadas en sus hogares.
–Todavía no hay bastante luz. Dios ayúdanos o las tinieblas nos tragarán por haber pecado contra ti.
Se acurrucó en un rincón abrazándose las rodillas mientras se balanceaba y farfullaba palabras inconexas, con la mirada perdida en algún punto de la destartalada habitación. Se oyó un ligero crujido. Cesó su balanceo y miró hacia la puerta del cuarto, con una mezcla de curiosidad y temor. A pesar de estar la casa abierta a todas horas, los vecinos siempre la llamaban a gritos, para cerciorarse de que estaba en casa antes de entrar.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz temblorosa.
No hubo respuesta. ¿Se lo habría imaginado? Otro crujido en la escalera. No era su imaginación. Alguien estaba subiendo. Alguien a quien no le importaba hacer ruido. Se acercó a gatas a la puerta y asomó la cabeza. Era el monstruo. Estaba en su casa. Se habían apagado todas las velas de la planta baja y se iban cerrando todas las puertas y ventanas a sus espaldas, dejando una gran oscuridad a su paso.
Trató de gritar, pero algo la golpeó dejándola sin aliento. Se arrastró, intentando llegar hasta la ventana para pedir ayuda. Apenas llegó al centro de la habitación cuando sintió como bajaba de golpe la temperatura, hasta formarse escarcha. Vio cómo se cerraba su última esperanza con un fuerte portazo. La oscuridad se hizo dueña de la estancia, excepto por una velita que aún lucía débilmente. Antes de cerrar los ojos vio cómo la vela caía sobre su cama y esta comenzaba a arder con alegría inusitada, como si las llamas estuvieran animadas por una energía poderosa y terrible. Su cuerpo se rindió y dejó de luchar. Mientras esperaba ser devorada por las llamas, rezó implorando el perdón del Señor y reunirse pronto en el paraíso con su adorado hijo Daniel.
Un grito de terror se oyó en el pueblo. Toda actividad cesó de repente y las cabezas giraron al unísono en la misma dirección. Una gran humareda acompañaba el crepitar de llamas. Llamas que ardían con gran fuerza destruyendo una construcción en medio de la aldea. Todos corrieron al ver de qué casa se trataba. Se dividieron en varios equipos sin pensar, sin dudar y con rapidez. Mientras algunos evacuaban las casas cercanas y la escuela, el resto formaba una cadena humana, que sacaba agua del pozo y la transportaba hasta los mozos, que intentaban controlar las llamas para que no se extendieran al resto de casas.
No sabían si el grito que todos habían escuchado era alguna mujer avisando de la desgracia o atrapada en el interior. Lo que sí sabían con certeza era que, si había alguien dentro, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. Nadie se hizo el héroe. Era tal la cantidad de combustible acumulado en la casa, que cualquier intento de acercarse y entrar era un suicidio seguro.
De pronto, entre el fuego infernal, se abrió la puerta delantera. Una figura menuda con la ropa hecha jirones y tiznada de negro por el humo, se tambaleó y cayó en el porche. Todos se quedaron petrificados. Nadie fue capaz de mover ni un dedo hasta que vieron correr al pastor Anthon, descamisado y empapado en agua, directo al fuego. Se pusieron en marcha centrando sus esfuerzos en la entrada, para facilitar el rescate de la muchacha desplomada y a punto de ser incinerada.
Anthon se arrepintió enseguida de no haber hecho caso a Anne y ponerse encima una manta mojada para adentrarse en el fuego. Sintió como las llamas lamían su piel. Apenas le había dado tiempo de subir los escalones que lo separaban de la muchacha y ya estaba completamente seco. Entró en tromba pegando una patada a la puerta, que colgaba de sus goznes, amenazando con aplastar el cuerpo desmadejado en el suelo. Pisoteó el fuego que comenzaba a prender los restos de ropa que llevaba la chica y la cargó sobre sus hombros. El estruendo del tejado cayendo sobre el piso superior, le sirvió de aviso. Debía salir de allí sin más dilación o acabarían bajo los escombros rescatador y rescatada.
Apenas podía abrir los ojos por el intenso humo. Sus pulmones estaban a punto de explotar. Tuvo que apoyarse en el marco de la puerta. Sus vecinos tenían una actividad frenética. Todos corrían como locos sacando agua del pozo, llevándola a la casa y lanzándola en su dirección para facilitarle la salida. Las mujeres corrían a atender a los mozos, que se desplomaban exhaustos e intoxicados por el humo. Anthon sintió una punzada de orgullo al ver a todo el pueblo unido y actuando al unísono. Ni rencores ni rencillas tenían importancia alguna cuando hubo vidas en juego. Pensar que esa gente maravillosa era el rebaño que debía guiar y aconsejar en su camino de servicio al Señor, le dio el valor y el temple necesarios para salir tambaleándose de la casa con su preciada carga.
En cuanto se alejaron de las llamas, alguien cogió a la muchacha de sus hombros y él se vio rodeado de gente, que le palmeaba la espalda quemada felicitándolo por su hazaña. Un zarpazo de dolor cruzó todo su cuerpo y tuvo que agarrarse con fuerza a un enorme brazo, que lo sujetó para que no se desplomara.
—Señor Bellamy, hay que llevar a los heridos a la iglesia. Está todo listo para atenderlos.
El pastor Anthon sonrió entre la bruma de su inconsciencia. Por fin una voz serena y sensata en medio de todo el alboroto. Anne era increíble. Entre dos hombres, lo llevaron en volandas al improvisado hospital.
En cuanto se corrió la voz del incendio, Anne reunió a varias mujeres de la aldea para preparar un pequeño hospital, dentro de la iglesia, para atender a los heridos. Apartaron los pesados bancos de madera y llenaron el suelo de jergones, prepararon mantas, agua, vendas y remedios varios para quemaduras y golpes.
Llevaban allí ya varias horas y tenían algunos heridos que, en cuanto les hacían las primeras curas, salían corriendo de nuevo a ayudar. Otros no. Se quedaban allí a pesar de que ya podrían marchar. Como Jacob Payne. Anne sentía escalofríos cada vez que andaba cerca. Él no dejaba de mirarla de forma lasciva y eso la incomodaba. Cuando se acercaba a ella en el reparto de comida para los pobres, Jacob tenía aspecto compungido y hablaba con mucha educación, pero Anne sabía lo que se escondía bajo esa fachada. Un borracho, siempre viviendo en una nube de alcohol que él mismo destilaba en un destartalado alambique. Jacob no tenía oficio ni beneficio. Se dedicaba a destilar alcohol y venderlo como whisky, que los vecinos le compraban por pena y luego tiraban. Cuando había algo que reparar o chapuzas que hacer, él se presentaba de forma humilde, pero su genio siempre acababa saliendo y cada vez menos gente quería tenerlo cerca.
Ella no paraba de trabajar, a pesar del cansancio y de las horas que llevaban allí atendiendo a los vecinos heridos. Estaba limpiando unas quemaduras en el brazo de Robert Wadlow cuando escuchó unas risotadas escandalosas. Se giró a ver qué sucedía. Dos hombres reían y señalaban a Jacob, que huía del edificio con los puños crispados. Por suerte no los había utilizado o tendrían problemas. Echó a los alborotadores de allí y siguió trabajando con ahínco.
Sus ojos la seguían por toda la sala. Estaba preciosa. Por su edad ya era considerada una solterona, pero él la deseaba en silencio. Tenía la ropa arrugada. Llevaba más de doce horas atendiendo heridos del incendio. Un gracioso mechón de pelo moreno y rizado se había escapado de su otrora perfecto y recatado peinado, que se hallaba oculto bajo una sempiterna toca.
Vendería su alma a Lucifer por ver esos preciosos rizos cayendo en cascada sobre sus hombros desnudos, por tenerla entre sus brazos tal como el Señor la trajo al mundo. Acariciar esa piel suave y tostada por el sol. Lamer sus turgentes pechos, morder sus pezones, tener sus caderas bien agarradas con ambas manos mientras la penetra de forma salvaje haciéndola gritar de placer y…
Oyó unas risotadas a su lado. Dos hombres lo miraban con sorna y señalaban algo. ¡Maldición! Su cuerpo lo había delatado. A pesar de la manta que lo cubría, la erección era tan evidente como una enorme verruga en la punta de la nariz, imposible de esconder. Con rabia, Jacob apartó la manta de un manotazo y salió corriendo de la iglesia. Se dirigió a un pequeño estanque. En verano era ideal para darse un chapuzón, pero ahora el agua estaría tan fría que su libido se escondería en cuanto entrara en ella. Cuando estaba a punto de meterse entre los árboles se giró hacia el pueblo, para cerciorarse que aquellos inútiles que se habían burlado de él no lo seguían para continuar divirtiéndose a su costa.
No había nadie por los alrededores. Todos estaban ocupados con el fuego que aún ardía a pesar de las horas transcurridas. Se adentró entre los arbolillos que ocultaban el estanque y que ocultarían su vergüenza. Las botas y los pantalones se amontonaron sobre una roca. Metió los pies en el agua. Soltó una palabrota tras otra, al comprobar que el agua no estaba fría, sino helada. Aguantó como pudo. Sus pies se estaban amoratando y temblaba con violencia, pero allí estaba aquel trozo de carne palpitante, hinchado y burlándose de él. Odiaba tener que recurrir a sus manos aunque era peor atravesar el pueblo con la polla tiesa, provocando más burlas y humillaciones.
—Veo que tienes un «gran» dilema.
Se giró en redondo al oír una voz femenina, sensual y burlona. Pero no vio a nadie. Salió del agua todo lo rápido que le permitieron sus piernas entumecidas.
—No te vayas aún. Me encantan las vistas.
Rojo de ira y de vergüenza, llegó hasta la roca en la que descansaba su ropa. Alargó el brazo para coger sus pantalones cuando la notó tras él, pegada a su espalda. Sintió su ardiente aliento en el cuello. Sus manos recorriendo sus posaderas. No pudo evitar gemir. Una lengua recorrió su oreja y unos dientes rozaron el lóbulo, inflamando su lujuria. Se giró con rapidez.
Ni tan siquiera la miró para saber quién era. La empujó contra la roca, levantó la falda dejando al descubierto un culito bien torneado y un felpudín joven y húmedo que pedía a gritos un buen cepillado. La penetró con fuerza. La chica gritó de dolor y se debatió para zafarse, pero él la agarró del pelo y estiró para mantenerla quieta mientras embestía y gruñía como un cerdo. Lo excitaba oírla gritar. Golpeó su culo con la mano abierta. Ella siguió gritando pero no era suficiente, necesitaba más. Salió de ella y volvió a entrar por la puerta de atrás. Aquel agujerito estrecho y oscuro lo recibió plenamente. El grito de la muchacha fue glorioso. Ella se desmayó mientras él se corría con un gruñido bestial.
Cuando recuperó el aliento se apartó de la chica. Estiró de sus pantalones tirando a la moza de la roca, se limpió la sangre del pene y se vistió mientras miraba aquel cuerpo despatarrado en el suelo.
Se agachó a su lado. No sintió ni lástima ni remordimiento. Esa guarra se lo había buscado con sus jueguecitos. Estiró la melena rubia para levantar la cabeza y verle la cara.
—Imposible. Se supone que estás en tu casa recuperándote de las quemaduras —le dijo a la joven inconsciente—. Parece que se han equivocado.
Toqueteó aquel cuerpo joven sin miramientos, aprovechando que no podía defenderse. Lástima que tuviera que acallarla
—Bueno, cuando descubran su error será demasiado tarde para ti —dijo mientras atravesaba, con una puñalada certera, el corazón de Laura.
8
6 de febrero de 1435
—¡Eh, Oliver!
Alistair se acercó a su hijo y al resto de jóvenes de la aldea, que llevaban desde el día anterior ayudando a apagar el incendio. Los chicos estaban sentados por el suelo, tiznados de hollín. Alguno se había quedado dormido por el agotamiento. El ambiente aún estaba cargado de humo y cenizas, costaba respirar pero aún había que vigilar los restos humeantes, para que el viento no volviera a avivar las llamas.
—Venga chicos. Id a casa a lavaros y descansar. Aquí queda poco que hacer.
Le revolvió el pelo ensortijado a su hijo. Tenía diecinueve años y ya era un hombre, pero le gustaba hacerlo rabiar a veces. Estaba tan cansado que Oliver solo levantó la cabeza y lo miró. Alistair le tendió la mano para ayudarlo, el chico se levantó y dio un puntapié en la bota a su compañero, Robert Wadlow, para que se despertara.
—Vamos, levantaos. ¡El último en llegar al estanque es un alfeñique!
El hombre se rio al ver que todos los chavales se levantaban en respuesta a la provocación. Cansados y arrastrando los pies, iban todo lo rápido que podían tras Oliver, que había cogido una ligera ventaja. Riendo y empujándose llegaron al molino. Desde allí ya se veían los arbolillos que rodeaban el estanque. Se miraron unos a otros y echaron a correr como locos. Cuando llegaron se tiraron al agua con la ropa. Comenzaron a jugar y salpicarse como chiquillos, sin importar el frío y el agua congelada.
Oliver fue el objetivo de varios jóvenes que, entre risas, le lanzaban agua a la cara e intentaban hundirlo. Como pudo, se escabulló a la otra punta del estanque. Había unos matorrales en el borde tras los que había una roca en la que se podía tumbar a descansar y secarse. Cuando atravesó los arbustos, vio algo raro al pie de la roca. Parecía una chica tirada en el suelo. Se acercó con rapidez.
