Kitabı oku: «El Acontecer: Metafísica», sayfa 10

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3. Tercera Parte. Ontología individualizada

Concentremos la atención en el segundo ejemplo indicado: la experiencia de un niño. El niño no es el pájaro de la ventana, su experiencia no es la de una entidad volátil, pero aparece en la misma experiencia, más allá de la ventana en el patio. El niño juega, se expresa con el lenguaje, lanza gritos y signos de entusiasmo o de decepción, llama a otros niños, organiza un círculo, hace preguntas (por supuesto no sé qué es un niño, solo veo la diferencia). El análisis de esta experiencia me cuestiona acerca del ente, que es un niño, y de los demás entes: el patio donde juega, el cerco de arbustos verdes, la pelota del juego, el discurso de los compañeros. En este horizonte se mueve la experiencia del niño. Es dinámico, organizado, quiere ganar, pone las reglas, invita a los demás niños. La pluralidad del niño demuestra su diferencia en un doble plano:

1 Plano físico. En esto es análogo al pájaro; tiene figura diferente, estilo, movimiento, acciones; no es pájaro, es diferente, existe como diferente, es un ente nuevo, diferente: está en la pluralidad ontológica de las diferencias = existe.

2 Plano intelectual. Se contrapone a la vida del pájaro. Es pesado, posee fuerzas, expresa sentimientos, utiliza el lenguaje, hace gestos simbólicos, se organiza, mide el lugar, se ubica.

No es solo un ente más en la pluralidad óntica, sino que añade una dimensión desconocida: comunica sus ideas, sus planes, sus intenciones, porque es un ente espiritual con características bien comprobadas y diferenciadas, que lo convierte en una singularidad única, pero no unitaria. Por su existencia, entra a la serie de entes existentes múltiples. Con los niños se suman adultos, hombres y mujeres sin número, actuales y posibles. Se llena el espacio y el tiempo, se trazan un recorrido y una historia, la actividad y la creatividad de los entes múltiples racionales, singulares e irrepetibles, en sus diferencias enlazadas por caracteres, análogas, pero nunca idénticas; ilimitadas, pero no infinitas; atadas físicamente pero, a la vez, opuestas en su existencia; en proceso, pero nunca terminales.

Con ellos se produce y se afirma la ontología fenomenológica: nunca total, pero siempre existente... un universo múltiple de seres diferenciados e intercomunicados, pero sin perder su identidad, lo cual genera una ontología individual, participativa, libre y sistemática, abierta sin agotarse, no dual ni repetitiva, sino plural; renovadora de sus propias existencias, negada al eterno retorno de lo mismo y expuesta a los desafíos; ontología de seres existentes, incompleta y fragmentaria, espectacular, rica, poderosa, pintada y musical. En esta ontología no es el nido el que forma el pájaro, sino el pájaro quien construye su nido; no es el juego el que inventa al niño, sino es el niño que inventa el juego; no es la lluvia la que hace crecer los árboles, sino los árboles que absorben la lluvia para florecer; no es la raíz la que hace colorear la rosa, sino la rosa la que saca perfume de su raíz; no es el sol el que hace verdear el prado, sino el tierno césped el que transforma la luz en sí mismo. El orden ontológico de la jerarquía de lo existente crea las diferencias que dan ser al ente. El camino de entrada sigue un orden:


Figura 20

La palabra «diferencia», puesta aquí al comienzo del proceso, necesita una aclaración. Se toma la diferencia, no como algo negativo, sino como lo más positivo, inmediato e impactante que nos pueda dar la intuición inmediata. Veo esta mesa y la oposición entre su presencia, y las demás cosas con las cuales puede relacionarse. La mesa es diferente: no porque no sea silla ni pared ni piso ni techo. Puedo medir las distancias entre la mesa y estas cosas que he nombrado, pero esto no me da la diferencia de la mesa, sino solo conceptos negativos de lo que la mesa no es. La diferencia de la mesa es ella misma, es lo que la hace ser cosa ante mí, lo que me cuestiona; lo que tiene sitio, lugar, medida, forma, duración, color, resistencia, lo que habla de ella, lo que la hace existir. Por tanto, lo primero que encontramos en la experiencia es esta diferencia existente, que se da con todo su poder, y su poder es existir. Si se quiere la diferencia es solo su superficie, pero una superficie que nos permite entrar en profundidad hasta saber lo que es; y «lo que es», es su ser. De este modo, lo que llamamos «diferencia» está vinculado estrechamente con su existencia: es diferencia y existe (no importa que sepamos o no de qué ser se trata).

La segunda palabra en este orden es precisamente la existencia de la diferencia. Existir dice lo máximo de la presencia, tan presente como el mismo yo que la percibe, tan evidente que no se puede negar razonablemente su realidad. Pero el existir nos remite directamente a algo que existe, a algo analizable y comprensible: este algo es la esencia, la estructura inteligible de este existir que percibimos. Este algo se da por alguna razón que lo justifica, y este es el ser. El ser es el fundamento del existir, de lo que comprendemos: el ser fundamenta la esencia y el existir de la cosa o ente. El ser puede encerrar en sí un alto nivel de potencialidad, que debe ser unificado para ser comprendido; la unidad de todo el potencial del ser es el ente. Por esta razón encontramos la unidad última de nuestra experiencia en el ente, y no podemos dejar de visualizar el ente, el cual sintetiza el ser que conocemos. Al mismo tiempo, el ser de una cosa encuentra su límite en la unidad del ente. El ser de un ente es, pues, un ser limitado. Cada ente posee su propio ser. El ser de un ente no es el ser de otro ente; en esto, lo que manda es la diferencia. El análisis fenomenológico nos ha conducido a la pluralidad de los seres materiales, y de los entes propios de este tipo de experiencia.

El orden anterior (1, 2, 3, 4, 5) es el proceso experimental de la intuición inmediata, ingenua y después analizada críticamente, es decir, el proceso de mi yo. En cambio, el orden que se da en la distribución del poder es contrario al anterior. En el orden del poder, conseguimos la secuencia siguiente: La inteligencia domina la vida... hay un orden de seres; la vida triunfa sobre lo meramente físico... otro orden de seres; lo físico estructura los elementos inferiores y atómicos... otro orden de seres; los átomos asumen los principios elementales, las masas anónimas, las nubes cósmicas y las vibraciones... un orden difícil de definir como orden de seres. Esta escala es degradante, la diferencia individual –entre cada ente– en cada grado es menor y tendiente a cero, pero el cero unitario no existe, sino solo posee valor conceptual.

El ser, que se da en la experiencia inmediata sensible, es finalmente un ser concreto, incorporado a un ente, singular, y multiplicado en cada ente diferente. Este no constituye la realidad última del ser, sino solo el resultado de nuestra experiencia sensible: la visión directa de sus múltiples significados. El ser se ve como una multitud de seres que llenan el universo y que desafían la conciencia del yo humano. Un concepto más general del ser en cuanto tal será más tarde el resultado de otro tipo de experiencia: la experiencia ideal.

3.1 La esfera ideal

Hasta este momento, se ha analizado únicamente la experiencia intuitiva, inmediata y sensible de las cosas; es una experiencia evidentemente material, pero existe, en el individuo humano y en mi propio «yo», la conciencia de un segundo tipo de experiencias que pertenece a la actividad exclusiva del espíritu: la experiencia de las entidades pensadas. Esta experiencia nos abre una nueva perspectiva sobre el ser. La experiencia espiritual, o ideal, consiste en analizar pensamientos asimilados por el yo y memorizados, o bien creados, en mi mundo ideal. El análisis de la experiencia ideal sigue el camino siguiente:

1 No es experiencia de cosas reales, sino de ideas, recuerdos, pensamientos.

2 Analiza emociones, valores, razonamientos, todo lo que se efectúa en el mundo ideal del espíritu pensante; no en un mundo real.

3 El análisis comienza con experimentar algún ente ideal, en cuanto ideal: el sentido de un libro, de una obra de arte, de un discurso, de un gesto recordado, de una esencia generalizada; una figura geométrica, un cálculo matemático, una ideología y cualquier entidad abstracta.

Por ejemplo, se me ofrece al pensamiento (de repente) una ficha de dominó, un rectángulo con el número tres. Esta ficha se me grabó en la memoria y ahora se me hace presente en mi conciencia: ahora pienso en esta ficha particular, que es una entidad mental. Esta experiencia pertenece a la esfera ideal. La puedo describir: posee su «diferencia» (es rectangular, no es cuadrada ni redonda, es número tres, no es cuatro ni seis). Entonces es algo que existe, pero no es real. Su existencia es ideal, es algo que me pertenece como una idea y despierta mi atención, se hace consciente. Tiene sentido, tiene un ser ideal, como significado de esta cosa ideal: que es un pensamiento individual analizable, relacionable, generalizable, sin que deje de ser lo que es: una idea. Posee su «unidad», es un objeto ideal, una entidad en la mente.

El fundamento lejano de este recuerdo ideal puede haber sido alguna intuición o experiencia sensible del mundo real. Pero esto, en mi mente, ya no es sensible, no tiene ningún elemento material, sino que es pura representación, imagen:


Figura 21

1 Siguen dándose las preguntas «¿es?» y «¿qué?».

2 A la primera pregunta, la experiencia interior nos dice «es», existe de verdad, existe como idea; posee su diferencia existencial en la esfera del espíritu.

3 A la segunda pregunta, «¿qué?», es ser, posee un significado, es una esencia ideal.

4 Posee su «unidad» particular en la que confluyen todas sus notas: es un «ente ideal». No es una cosa, por su inmaterialidad, pero es una idea individual, espiritual, múltiple y multiplicable. En esta esfera irreal, inmaterial, las dimensiones del ser se abren según las fuerzas del espíritu que las analiza.

5 Puedo elaborar un concepto específico de este ser ideal, y generalizarlo, al pensar en todos los números tres del dominó; sería una serie posible en la esfera ideal.

En esta esfera experimental ideal, se pueden conceptualizar los seres mentales tanto como individuos separados o como totalidades o géneros; pensarlos como un ser total, unitario, que abarque el universo en un solo ente. No se encuentran obstáculos para el análisis; por lo tanto, el ser es todo, el ser es uno, el ser es infinito. Solo existe en la mente un solo ser ideal total. La mente se extiende hacia la totalidad óntica del universo ideal irreal. Las escasas limitaciones que encuentra mi mente son las que descubro como «necesidades a priori», como normas lógicas a priori. Todo lo a priori de mi propio ser intelectual que me marca los caminos de la pura racionalidad: nexos, relaciones, estructuras a priori, cuyos momentos de explosión son las contradicciones, lo absurdo.

A pesar de tales limitaciones, permanece en mí la total libertad de la creación, mi identificación con proyectos científicos, estéticos, sociales, políticos, psicológicos y especulativos. Por este camino se alcanza el ser único, impasible, parmenideo... de Hegel (13) (con la dialéctica de la idea), de Leibniz (14) (con las mónadas clausas), de Spinoza (15) , de Wittgenstein (16) , de Nietzsche (17) (con el eterno retorno de lo mismo), de Emanuele Severino (18) (con su cosmos escondiéndose). Son unidades infranqueables, eternas, a pesar de su irrealidad ideal. No implican que cualquier conceptualización sea legítima. Nos queda un criterio para discernir lo correcto o incorrecto, lo válido o inválido de tales concepciones totalizadoras.

El criterio consiste en la presencia universal del yo, mediador, capaz de abandonarse a la especulación del universo ideal y, al mismo tiempo, ser testigo de su propia dimensión real, de ser un ente entre las cosas del cosmos material. El mismo yo es consciencia para captar los impulsos de la intuición física y de la experiencia espiritual. Esta bipolaridad no significa fractura entre el dominio real y la esfera ideal irreal, porque ambas esferas se entrelazan constantemente en la vida esencial del yo. Ambas pertenecen al yo por ser él mismo una unidad física del mundo material, y un ente espiritual de la esfera ideal. No hay separación ni menos contradicción entre la vida que experimenta la intuición física y la especulación espiritual de la esfera ideal.

La estructura del individuo humano consciente, en la interferencia de las dos esferas opuestas, define el carácter de una antropología filosófica de acuerdo con su ontología. Esta revalorización del yo, como realidad óntica capaz de sintonizarse con toda la escala de valores de las dos esferas opuestas restituye al mundo humano su comunicación privilegiada, de poder, y su función unificadora. De hecho, la intersección entre las dos esferas no es solo un efecto psicológico de la conciencia, sino que su interferencia vital es un tejido complejo de acciones y reacciones que involucran en proporciones cambiantes los dos dominios opuestos.

Opuestos, como ya hemos observado, no significa separados. Una actividad ideal (como la construcción de un puente en proyecto) arrastra constantemente imágenes derivadas de la vida real, por el recuerdo, la emoción, los valores experimentados en la otra esfera. Y, al contrario, la realización de un hecho (por ejemplo, organizar un desfile político de protesta) implica necesariamente un modelo ideal, el recuerdo de actividades anteriores exitosas o el peligro de conocidos fracasos. Para sus actividades prácticas de realizaciones, como para sus pensamientos originales de creación, el yo no encuentra dificultad en desplegar su actividad contemporáneamente en ambas esferas, y construir a la vez en los dos mundos. Las que hemos llamado oposiciones no son más que casos extremos, que escasamente se presentan al estado puro; mientras, las situaciones ambivalentes en diversas proporciones constituyen el clima corriente de nuestras vidas.

Para el yo humano, es más «inmediata» la reflexión sobre la esfera ideal de su vida por encontrar en ella la plena realización de su historia, de su valor personal, la efectiva disponibilidad de su libertad y de su racionalidad. De hecho, un hombre se ubica más fácilmente en su espacio interior de posibilidades y efectuaciones, que en su localización material. Sin embargo, la esfera ideal exige, explícita o implícitamente, la referencia al mundo real a pesar de su fragmentariedad, multiplicidad y dispersión. La pluralidad, aparentemente heterogénea de los seres reales, la carencia de un ser real, total y unitario constituyen el lado oscuro de nuestras pasiones y vulnerabilidades con la perseverante conciencia de lo inacabado, inconexo, incompleto, provisional y huidizo de nuestra realidad existente. Y, paradójicamente, este es el necesario punto de anclaje terreno para todos los vuelos más atrevidos del espíritu.

No es inmediata la visión que el yo tiene de sí mismo. En esto interviene el método fenomenológico con sus repetidas «reducciones»; es un proceso abstractivo y reflexivo. La conciencia del yo, como pura consciencia de sí mismo, es su conquista más importante, o sublime como diría Marc Richir (2010, p. 35) en Variations sur le sublime et le soi: «Al final del recorrido, desde la epojé fenomenológica hasta la epojé trascendental». También este proceso, previo a las dos dimensiones (del mundo cósmico y de la esfera ideal), es necesario para establecer la correlación entre ambos niveles ontológicos. Desde la perspectiva de la esfera espiritual, es necesario realizar también un proceso de reducción de las entidades meramente ideales para alcanzar la pura conciencia de mi mismo yo, desde sus experiencias ideales, en cuanto soy yo mismo, idéntico y trascendental. La conciencia experimentante en ambos casos –tanto en situaciones puras «extremas» como en situaciones intermedias «ambivalentes» (liberada de todo contenido a posteriori) se reconoce en su pura identidad intuitiva evidente, como el mismo «yo crítico», uno y él mismo.

El yo, como «mí mismo», trascendental, no solo es mediador entre las dos esferas, sino que es el a priori de todas sus actividades y realizaciones en los dos mundos opuestos (solo ideal o solo material) de lo físico y de lo espiritual, pero también de las situaciones intermedias, que son las que generalmente vivimos. Estos a priori nos aseguran la legitimidad y corrección de nuestras decisiones. De conformidad van los ejemplos: al poner la mano sobre una barra calentada por el sol no solo me sorprende el escozor que arde (experiencia material), sino que se despierta mi conciencia con la idea de peligro. Igualmente es cierto que al captar interés por la idea de justicia, en un encuentro clamoroso entre dos ideologías de partidos políticos, tomo conciencia de la miseria en que viven grupos marginados (en una experiencia intuitiva y material). Al mismo tiempo, advierto la existencia de dos realidades espirituales humanas. La aparición de mi yo en estas experiencias ambivalentes (intuitivas-materiales y espirituales-ideales) y plurivalentes, en sus dimensiones de vida emocional, familiar y social, lo descubre como el responsable de ambos mundos. Esa variable potencial de la pura conciencia lo define como constituido a priori, como persona, con sus valores: espíritu, identidad, razón, libertad y voluntad.

3.2 El ser total universal

La unidad y la continuidad de ambos tipos de experiencias (intuitiva física material y especulativa ideal) producen en la conciencia del yo la idea del ser general y universal que la mente busca para situarse en el universo, sin que haya confusión entre las dos esferas de significados: la «ideal irreal» y la «material real». De este modo, el ser se incorpora al discurso y se vuelve palabra: logos, con su potencial humano y sus limitaciones. Podremos así utilizar libremente la palabra ser, sin obviar los niveles de analogía del uso corriente, y las correctas aplicaciones del término en cada caso. Si pienso en el ser general análogo, aplicable a diversas categorías de existentes, o a la «totalidad» en su conjunto, me encuentro en el orden ideal; si al contrario quiero darle el sentido material de la multiplicidad, en su existencia concreta, me sitúo en el orden real.


Figura 22

Pero el yo se sintoniza también con todos los casos intermedios a los cuales se refiere un pensamiento y, a la vez, a la experiencia real como a la ideal, con la doble visión que le es propia. De este modo, el yo convive con las experiencias particulares de las dos esferas y constituye los respectivos conceptos individuales en ambos casos. Y además, la generalización de los dos, crea sus propias categorías universales. De este modo podemos hablar de un ser general que abarque todas las cosas (del mundo y de fuera del mundo) en lo real y lo ideal, y de varias clases de seres, según los géneros y las especies que se nos ocurra catalogar. Recorremos así toda la gama de seres, reales, irreales, posibles y hasta imposibles, sin olvidar que nuestra capacidad por estructurar conceptos no tiene límite, aunque estos no posean un contenido inteligible. Esto es lo increíble de nuestro potencial mental: formarse ideas de las cosas en su unicidad particular y generalizar este concepto hacia casos análogos, sean reales o irreales; y además, la posibilidad de elaborar ideas no solo de cosas inexistentes, sino de cosas imposibles y contradictorias, es decir, impensables. Por ejemplo, la facilidad con que podemos pensar que 3+2= 7, aunque esta fórmula no tenga sentido, que «p» puede ser «- p», o que un círculo puede ser triangular. Sabemos que son conceptos que no corresponden a ningún contenido, sin embargo, tenemos la idea clara y precisa de ellos. Aceptarlos no nos crea problemas ni lógicos ni psicológicos. A veces los confundimos con ideas meramente confusas, pero que se aclaran con una reflexión adecuada.

13. 1 Véase Enciclopedia de la ciencia filosófica (1990, p. 15).

14. 2 Véase La monadología (1981, p. 46).

15. 3 Véase Ética demostrada según el orden matemático (Ethica ordine geometrico demonstrata) (1987, p. 88).

16. 4 Véase Tractatus Logico Philosopicus (1933, p. 23).

17. 5 Véase Thus spoke Zarathustra (1983, p. 33).

18. 6 Véase La esencia del nihilismo (1991, p. 84).

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