Kitabı oku: «San Manuel González García: En Andalucía me forjó y en Palencia me hizo Santo», sayfa 6
F.LABOR APOSTÓLICA EN MÁLAGA
Don Manuel no podía nunca soñar lo que Dios aún le tenía guardado, y que marcaría un giro decisivo en su vida. Una carta del nuncio de Su Santidad en España, Monseñor Ragonessi, le indicaba un nuevo destino: Málaga.
Pero la sorpresa para don Manuel fue que en esta carta no se le reclamaba como párroco sino como obispo de Olimpo y auxiliar de la diócesis de Málaga.
La lectura de la carta cambia por completo el rostro de don Manuel y le hace enmudecer, tal y como lo testimonian los testigos presentes: la familia Escribano-Pino, con quienes le unía una gran amistad desde 1908, y vecinos de las Navas del Marqués (Ávila), donde en ese momento se encontraba descansando el arcipreste, con motivo de su intervención en la Tercera Semana Social de los católicos españoles.
Esta noticia de su propuesta como obispo no alegró a nuestro arcipreste sino todo lo contrario, lo entristeció. Muchas preguntas comenzaron a pulular por su mente: ¿y Huelva? ¿Y los niños? y mucho más: ¿quién era él para tan alta dignidad?
No podía aceptar esta propuesta. Decide ir a visitar al Nuncio, que se encontraba veraneando en San Sebastián, para exponerle sus temores y sus razones para no aceptar tan digno cargo.
Las misericordiosas y exquisitas palabras del Nuncio para cambiar la decisión de don Manuel no sirvieron de nada, hasta que este pronunció las palabras, que para cualquier sacerdote en orden a su obediencia no debe desestimar: “esta voluntad no es ni mía ni de usted, sino de Dios y del papa”[82] .
Don Manuel, atendiendo a la obediencia que prometió el día de su ordenación sacerdotal, no pudo hacer más que aceptar dicho servicio de pastoreo de la diócesis malacitana.
De regreso a Huelva, don Manuel decide ir a visitar al arzobispo de Sevilla. En su entrevista con el Sr. cardenal Almaraz ocurrió un suceso, que evidenció de nuevo la repugnancia de aceptar el episcopado:
Cierta persona a quien debió sentarle muy mal la propuesta del arcipreste de Huelva para el episcopado, hizo mal ambiente en contra suya cerca del cardenal arzobispo. Al llegar el arcipreste a tratar con él de todo, con la confianza y cariño con que siempre llegaba, lo encontró muy variado. Antes había demostrado muchos deseos de que fuera obispo, y así se lo decía. Ahora ¡qué cambio tan repentino! Señor arcipreste, que el obispado es una cruz muy pesada, no se haga ilusiones (como si alguna vez las hubiese tenido). Don Manuel no se explicaba aquellas advertencias. ¡Él, que estaba pasando por las angustias de Getsemaní! […]. ¡Él, que más bien necesitaba alientos y consuelos por lo que costaba aceptar la carga pastoral, sintió mucho aquel lenguaje de su prelado a quien tanto quería y respetaba! Hubo un momento de silencio. Los dos se miraban sin comprenderse. Sorprendido ante aquella dolorosa incomprensión, respondió con santa energía: Eminencia, créame, siento y he sentido siempre un horror inmenso a todos los honores y más a esa tan alta dignidad. Si acepté fue porque el Sr. Nuncio me lo pedía en el nombre del papa y en el nombre de Dios. Pero aún estamos a tiempo. Cogió un pliego de papel, sacó su pluma y lo firmó en blanco. Pero […] ¿qué hace Vd. don Manuel? ¿Qué es eso? Mi renuncia, contestó con sencilla entereza, ahí la tiene S. E.; redáctela como mejor le parezca. Pero hombre, si no es eso. Por Dios, no lo tome usted así. No tengo ningún interés en ser obispo, al contrario. Por obediencia he aceptado el serlo. Para mí Su Eminencia es el representante de Dios, si cree que debo renunciar, obedezco y me quito de encima una carga enorme[83] .
El 7 de diciembre de 1915 un telegrama desde Roma llegaba al domicilio de don Manuel González García, en el que le comunicaban que el día 6 de diciembre había sido preconizado por el papa Benedicto XV, obispo titular de Olimpo y obispo auxiliar de Málaga. No podemos pasar por alto las palabras reconfortantes de su amigo don Andrés Manjón al enterarse de la noticia del nombramiento de don Manuel:
Amigo don Manuel; ¡A. M.!¡A. M.!¡A. M.!
Estoy al habla con V. previas tres avemarías.
Me parece bien lo de la mitra, y debe V. aceptarla. Y si le dan a escoger, optar por Málaga.
Razones: que ninguno es buen profeta en su patria.
Que S. Excma., quiera a otro, o le prefiera.
Que el obispo de Málaga es ya una ruina.
Que allí hay un cabildo bueno, del cual puede tomar los auxiliares que necesite.
Que allí, mejor que en ninguna parte, podrá V. ensayar “Lo que puede un cura en estos tiempos”
Que aquella gente necesita un curón que sea tan gitano como ellos. Que allí (aunque en dosis más escasas que el A. de H.,) puede V. seguir derramando sal andaluza.
Sed contra: el pobre obispo está tan apegado al bastón que ni han podido convencerlo para que nombre gobernador eclesiástico.
Esta manía no la diga, aunque hoy todos mandan más que él.
Quizá la pena le acaba la vida, que ya es casi sombra, comparado con lo que fue.
En Antequera hay un convento donde alguna vez medio pensó le hicieran vivienda para retirarse. Quizá al ver otra pastoral, se resolviera ya la Micaela, criada y señora de todo, de 80 o más años, se lo aconsejaría, y otros y otra.
Málaga necesita todo un obispo, es una Huelva et amplius, respecto a fe y prácticas cristianas.
¿Y las obras de Huelva? Seguirán, que el cardenal mande allí uno que valga por tres o treinta.
Y V. desde lejos y desde cerca, les ayudará a vivir. Y eso de las Marías tiene V. todo lo que necesita y pidan, para eso y para todo.
Qué sería más de su gusto el ser protagonista de esto y lo otro […]. Lo creo, pero, amigo, otros mandan y V. se somete y no es de los tozudos, V. Gr. Pelliur, que dijo ni Rota ni Mitra, que aragonés y solo aragonés de Zaragoza. ¿Están Vds.?
No me extrañan sus “miedos y horrorosos tedios” y Él dará fuerzas y allanará montañas para que V. sea un obispo de los que pide el tiempo y de cuerpo entero.
Así lo pedirá al Señor s.a. y s. s. en J. C. Andrés Manjón[84] .
Huelva, su cruz y su gozo, recibió con tristeza y desconsuelo la noticia de la marcha de su arcipreste.
Después de la consagración episcopal, el nuevo obispo volvió a Huelva el 20 de enero, fiestas de San Sebastián, patrón de la ciudad, para despedirse de su Huelva querida por la que tanto había luchado y tantas lágrimas había derramado. Las calles onubenses se abarrotaron de gentes, los comercios habían cerrado sus puertas. Nadie quería perderse la oportunidad de poder ver a este nuevo obispo con el que tanto habían compartido.
El automóvil que llevaba a este recién ordenado prelado fue obstaculizado por la muchedumbre que hizo que don Manuel tuviese que bajar y hacer su recorrido a pie hasta la parroquia de San Pedro, al son de piropos y agradecimientos. Sus niños, cómo él los llamaba, ocupaban las aceras; la comitiva se dirigió hasta la parroquia donde se cantó el Te Deum. La despedida de Huelva fue para él un auténtico Getsemaní.
De Huelva pasó por Madrid para cumplimentar a los reyes de España, Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, ya que Sus Majestades tenían que confirmar el nombramiento.
Presidió con el Nuncio una asamblea de Marías de los sagrarios madrileñas que sumaban más de 4000, y después de haber visitado en Toledo al cardenal primado, reemprendió el regreso a Andalucía para hacer su entrada en la diócesis malacitana[85] .
Desde aquellos momentos don Manuel tenía muy claro el obispo que quería ser y el programa episcopal que deseaba desarrollar:
Yo no quiero ser el obispo de la sabiduría, ni de la actividad, ni de los pobres ni de los ricos, yo no quiero ser más que el obispo del sagrario abandonado. Para mis pasos yo no quiero más que un camino, el que lleva al sagrario y yo sé que andando por este camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan. Descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrará el dinero y los auxilios para levantarles escuelas y refugios, para remediarles sus pobrezas, tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con sordos, con tullidos y hasta como muertos del alma o del cuerpo y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud. Yo no quiero, yo no ansío otra ocupación para mi vida de obispo que la de abrirle muchas trochas a ese camino del sagrario. Trochas entre ese camino y los talleres de los obreros y las escuelas de los niños, y las oficinas de los hombres de negocios, y los museos y los centros de los doctos, y los palacios de los ricos y los tugurios de los pobres. ¡Qué dichoso voy a ser cuando logre ver circular por esas trochas y senderos a mis conquistados para el sagrario!¡Qué soberanamente dichoso voy a ser cuando vea llegar las irradiaciones de la lámpara del sagrario sobre la frente sudorosa de los obreros, sobre la cara sonriente de los niños, sobre las mejillas de rosa de las doncellas, sobre los surcos y arrugas de los ancianos y afligidos! […]. ¡A eso voy a Málaga y a donde quiera que me manden, a ser el obispo de los consuelos para los grandes desconsolados: El sagrario y el pueblo. El sagrario, porque se ha quedado sin pueblo, y el pueblo, porque se ha quedado sin sagrario conocido, amado y frecuentado […]![86]
El 25 de febrero de 1916, el nuevo obispo hacía su entrada en la diócesis de Málaga, el mismo día en que cumplía 39 años.
El arcipreste de Cazalla y cura propio de Constantina publicaría el siguiente artículo en El Correo de Andalucía, el 8 de diciembre de 1915:
Sus obras dan testimonio del celo y virtudes de su corazón sacerdotal. Hace muchos días, cuando estudiábamos, decía un día nuestro sabio maestro y prefecto de estudios del Seminario Pontificio, don Modesto Abín y Pinedo: “Manuel llegará a ser obispo cuando se han sucedido los acontecimientos y hemos visto al sacerdote convertirse en apóstol incansable de la gloria del Divino Corazón de Cristo, recordamos aquella frase del gran conocedor de personas y de cosas. El estudiante aprovechado, el capellán de los pobres y el párroco de Huelva llevan a la dignidad episcopal como meritísima aportación, su ciencia, su virtud y su experiencia. Estudió en los libros las ciencias eclesiásticas; adquirió de los maestros eminentes con que siempre se crio el claustro de nuestro primer centro docente eclesiástico, los principios del saber humano; y en los frecuentes liceos, academias y certámenes, descolló en primer lugar. Mas a los principios adquiridos añadió desde el primer momento la clarísima luz de su privilegiada inteligencia. En Huelva, desde su llegada, derramó la luz espléndida de su fecunda imaginación y su profundo saber, siendo su palabra elemento indispensable en juntas sociales, en reuniones privadas y en actos públicos de todas clases. De su virtud hemos sido testigos durante varios años. La bondad de su corazón se derramaba ya entre sus compañeros de estudio y más largamente disfrutaron de ella los pobrecillos ancianos de las Hermanitas de los Pobres de Sevilla. Más en Huelva, rompió los diques de su corazón. Caridad inagotable; dio su dinero a los pobres y enfermos. A los cesantes ¡y eran tantos!, el dinero, la paciencia y su influencia. A los ricos, sus atenciones dignas y serias; a los pobres su palabra y saludo paternal, atrayéndose desde el primer momento a los más retraídos. Si de san Francisco se dice que predicaba paseando por las calles, eso podemos decir, eso hemos presenciado diariamente en las calles de Huelva cuando el arcipreste las recorría. ¿Qué significa la creación de la Escuela del Sagrado corazón, la de la Cinta, la del Polvorín, la de Adultos, el Patronato de Aprendices, aquella Granja agrícola de sus encantos […] y disgustos, todo, en una palabra, de su acción parroquial? Una caridad sin límites que se reflejó siempre en una dulce expresión de su rostro y una jovial sonrisa de su mirada penetrante. Todo esto ha formado el rico caudal de su experiencia y el gran conocimiento que posee del corazón humano. Ha visto muchas miserias y ha contemplado muchos heroísmos. Las almas han acudido a su dirección en número extraordinario, y en ellas ha aprendido los grandes secretos del Señor con las mismas. Con qué alegría le veíamos trabajar en ellas, esperando siempre, con cristiano optimismo, su conversión y perseverancia, y con cuánta pena sentir las inconstancias, la ingratitud y la flaquezas. Pero siempre al pie del sagrario, muy de mañana en todo tiempo y hasta última hora de la noche, en oración con el Divino Prisionero del Amor. Él le ha ido instruyendo en esas doctas artes de conmover los corazones, de compadecerlos y de salvarlos. A eso se ha debido la gran Obra de las Marías, sus libros. Lo que puede un cura hoy, Granitos de sal y toda la serie de pláticas, artículos de El Granito de Arena, y conferencias que han brotado de sus labios y de su pluma, llenos de amor al corazón de Jesús y de amor a las almas. Hablaba él, una tarde que en cristiana y fervorosa reunión, bajo los claustros del santuario de Nuestra Señora de la Cinta, patrona de Huelva, nos hallábamos reunidos sacerdotes y seglares, los hermanos de la Virgen; don Manuel Siurot hacía sus primeras conferencias públicas, don Juan Cádiz derramaba sus nerviosas lágrimas y el malogrado y benemérito don Andrés Mora razonaba con aquella fe, placidez de alma y gran talento que Dios le había dado, hablaba el arcipreste y decía sin darse cuenta, pero con el corazón en la mano: “Me siento más bueno desde que estoy en Huelva […]”. Yo afirmo que siempre lo fue, pero añado que allí su corazón se ha incendiado en el amor al Corazón Divino, allí ha sido el lugar de su chifladura, porque allí lo esperaba el Señor para hacerlo su apóstol, que conmoviera a España con su palabra y con su ejemplo. Mucha alargaría estas líneas si hubiese de decir del nuevo prelado cuanto en verdad debe decirse, no para su elogio, sino para gloria del sacerdocio y de la diócesis hispalense. Alguien me tachará de parcial por el mucho cariño que le profeso. Con la mano en mi corazón y de par en par mi conciencia, por ser tributo de justicia, declaro que cuanto he dicho y más que anotar pudiera, son pálidas manifestaciones de la verdad. El Divino corazón le ha elevado al candelero de la Iglesia, premiando su humildad y sus innúmeros sacrificios […] que solo Él (y yo muchos) conocemos. La diócesis de Málaga y los católicos españoles pueden estar de enhorabuena por el esforzado paladín de la santa causa y benemérito Pastor, que ha sido destinado por Dios para la defensa de sus intereses. Quiera seguirle protegiendo el Sagrado Corazón y dándole fuerzas para las nuevas batallas que ha de reñir por su gloria, y como pequeña muestra de mi sentir, que no dudo que es el del clero de la diócesis, y de los que tenemos la honra de haber sido sus compañeros en los estudios y en los ministerios, valgan estas pobres líneas que de todo corazón le ofrece el arcipreste de Cazalla y cura propio de Constantina[87] .
G.OBISPO AUXILIAR Y ADMINISTRADOR APOSTÓLICO DE LA DIÓCESIS DE MÁLAGA
Antes de abordar este apartado conviene definir algunos términos y la distribución en arciprestazgos que presentaba la diócesis de Málaga a comienzos del siglo xx.
El 11 de mayo de 1892 el obispo don Marcelo Spínola y Maestre realizó una distribución de la diócesis malacitana que perduró durante el pontificado de obispo Manuel González García.
La diócesis de Málaga estaba dividida en 16 arciprestazgos con 135 parroquias y cada una de ellas denotaba una categoría[88] : A (ascenso), E (entrada), T (término), R (rural). Por orden alfabético son las siguientes.
ARCIPRESTAZGO | PARROQUIA (CATEGORÍA) |
Álora | Álora (T), Almogía (T), Casarabonela (T), Cártama (A), Pizarra (A), Carratraca (A). |
Antequera | Antequera, con sus parroquias de San Sebastián (T), Sta. María (A), San Miguel (A), San Pedro (T), Santiago (A); Mollina (A), Valle de Abdalajís (A), Bobadilla (E), Fuente Piedra (E), Humilladero (E) y Villanueva de la Concepción (E) |
Archidona | Archidona (T), Cuevas de San Marcos (T), Cuevas Bajas (A), Villanueva del Rosario (A), Villanueva del Trabuco (E), Villanueva de Algaidas (E). |
Coín | Coín, con sus parroquias de San Juan Bautista (T) y San Andrés (T); Alhaurín el Grande (T), Monda (T), Guaro (E). |
Colmenar | Colmenar (T), Casabermeja (T), Alfarnate (A), Alfarnatejo (R), Almáchar (A), Periana (A), Riogordo (A), Comares (A), Cútar (E), Borge (A). |
Cortes de la Frontera | Cortes de la Frontera (T), Alpandeire (A), Benadalíd (A), Atajate (R) y Jimera de Libar (E). |
Estepona | Estepona (T), Casares (T), Manilva (A) y Pujerra (E). |
Gaucín | Gaucín (T), Algatocín (A), Benarrabá (A), Jubrique (A), Benalauría (E), Genalguacil (E). |
Grazalema | Grazalema (T), Ubrique (T), Benaocáz (A), El Bosque (A), Benamahoma (R), Villaluenga (A). |
Málaga capital | Málaga capital con sus parroquias: Sagrario (T), Santiago (T), Stos. Mártires (T), San Juan (T), San Pablo (T), San Pedro (T), Nuestra Señora de la Merced (T), San Felipe (T), Sto. Domingo (T), San Patricio (A) y Miraflores del Palo (A); Campanillas (R), Verdiales (R), Alhaurín de la Torre (A), Churriana (A), Benagalbón (E), Moclinejo (E), Olías (E), Rincón de la Victoria (E), Torremolinos (E) y Totalán (E). |
Marbella | Marbella (T), Mijas (T), Benalmádena (A), Fuengirola (A), Benahavís (E), Ojén (A) e Istán (E). |
Olvera | Olvera (T), Setenil (A) y Alcalá del Valle (A). |
Ronda | Ronda, con sus parroquias: Sta. Cecilia (T), Nuestra Señora del Socorro (T) y Espíritu Santo (A); Arriate (A), Benaoján (A), Cartajima (A), Montejaque (A), Júzcar (E), Parauta (E), Igualeja (E), y Faraján (R). |
Torrox | Torrox (T), Nerja (T), Algarrobo (A), Cómpeta (A), Frigiliana (A), Sayalonga (A), Sedella (A), Árchez (E), Canillas de Albaida (E), Salares (E) y Maro (R). |
Vélez-Málaga | Vélez-Málaga, con sus parroquias; San Juan Bautista (T) y Santa María (A); Alcaucín (A), Arenas (A), Benamargosa (A), Benamocarra (A), Canillas de Aceituno (A), Iznate (A), Macharaviaya (A), Torre del Mar (A), Zafarraya (A) y Viñuela (E). |
Yunquera | Yunquera (T), El Burgo (A), Cuevas del Becerro (A), Tolox (A), Serrato (R) y Alozaina (A). |
ÁFRICA | Melilla, Peñón de la Gomera, Alhucemas y Chafarinas |
En la actualidad, la diócesis malacitana responde al reajuste del 25 de enero de 1958, en el que cedió el arciprestazgo de Grazalema a la diócesis de Cádiz, y el de Olvera repartido entre las de Jerez y Sevilla, a cambio de recibir las parroquias de Campillos, Alameda, Teba, Almargen, Cañete la Real y Ardales, pertenecientes a la archidiócesis de Sevilla.
A la entrada del obispo auxiliar de Málaga don Manuel González García, recordemos que el prelado vigente era don Juan Muñoz Herrera[89] :
Una vez más ha confirmado Málaga con los hechos llevados a cabo el día 25 del pasado febrero el título de hospitalaria, que en su escudo campea; y hemos gozado con el alma entera viendo como derrochó las riquezas de sus sentimientos hondos y expresivos, espontáneos y acariciadores, que son como el perfume de carácter, de su tradición y hasta de su ambiente, arrojándolas a los pies del nuevo ungido para pastor auxiliar de nuestro anciano obispo en la tarea redentora y divina de educar las almas malagueñas en la escuela de amor, que nos trajo a la tierra el Verbo de Dios hecho hombre para hacer a los hombres dioses en cierto modo. Bien por Málaga, por esta nueva Magdalena, que como aquella, buscó a Cristo en la persona de su enviado especial y rompió ante él el fracaso lleno de los perfumes de sus alegrías, de sus finezas, y de sus entusiasmos, convirtiendo sus calles en las de otra Jerusalén, que vitoreaba con clamores al que venía en el nombre del Señor. Empresa imposible sería por lo abrumadora reseñar los nombres, de autoridades, representaciones, comisiones, organismos y particulares que tomaron parte en acto tan consolador por mil aspectos y consideraciones; como labor ímproba, a la que nosotros no nos atrevemos, juzgamos también dar nombre y número a las aclamaciones, vítores, hurras y aplausos, que oímos desbordarse como torrente, como catarata, como alud impetuoso de vivas, que entre sus ecos llevaba los amores de un pueblo entero, que partiendo de cada uno de los miles de corazones, que semejaban ola inmensa empujaba por mano invisible, arrolló etiquetas y formulismos sociales, para anegar la persona y la entrada del Sr. obispo de Olimpo en el mar sin fondo de bondades que Málaga guardaba para su obispo auxiliar, como homenaje de un pueblo cristiano, en el que tomaron parte hasta las palmeras de nuestros paseos, con ese reverencioso aleteo de sus ramas con que parece que dan su bienvenida al forastero. En la estación, en las plazas, en las calles, en el palacio y dentro de este en los patios, escaleras y habitaciones estaba el pueblo en masa, sin distinción de jerarquías y clases sociales, mezcladas las levitas con las chaquetas, los sombreros y las sedas con los mantones y los percales, sin cuidarse grandemente de sus rangos y preeminencias, pues un solo anhelo poseía los corazones de todos, a saber, demostrar al Sr. obispo auxiliar que todos le estimaban a porfía y todos a coro bendecían su venida y esperaban grandes cosas de su actividad, de su virtud y de su celo. En una palabra, una fiesta de familia en la que los hermanos rodeaban al padre sin preocuparse más que de manifestarle su cariño. A todos atendía solícito el Sr. obispo, multiplicando sonrisas en las que se dibujaban satisfacciones del alma, dejándose querer a fuerza de dejarse molestar por aquellas avalanchas de personas que en todas direcciones querían llegar hasta él como a centro de sus deseos todos, trayéndole y llevándole en sus acometidas y teniendo a veces que detenerse unos minutos el Sr. obispo porque docenas de manos se apoderaban de la suya, comiéndosela a besos, no faltando entre tales demostraciones de alegría, los reproches de una mujer de pueblo, venida exproesamente de Huelva para apostrofar sin respetos humanos al Sr. obispo por el abandono en que quedaban con su ausencia los pobres de Huelva. No quedose atrás el prelado auxiliar en agradecer el homenaje: de pie firme estuvo las dos horas que duró el besa anillo, respondiendo a todos con bondad que brotaba de sus ojos, de sus labios, de su boca, de sus movimientos, gozándose en quedarse cariñosamente hecho nuestro prisionero. Pero entre todas las manifestaciones de su gratitud hubo una que logró conmovernos a todos los que la presenciamos. Esperaba su venida nuestro venerado obispo sentado en el salón de su trono: al entrar en él el auxiliar debió solo con su presencia cautivar al anciano padre, y este anheloso de querer estrecharlo contra su pecho, quiso en un arranque levantarse del sillón para abrazarlo: el peso de los años no lo consintió. Quiero abrazarlo le dijo; “pues yo me pondré de rodillas delante de V. para que lo haga”, contestó nuestro auxiliar, y diciendo y haciendo, un abrazo que todos aplaudimos lo enlazó y mirando al cielo nos atrevimos a decir: “Gracias, gracias, Dios mío: este injerto ya ha agarrado”. Benditas las fiestas cristianas de la fe y del amor en las que el afecto mueve todos los corazones. Bien venido, seáis Señor, ya conocéis a Málaga, seguramente ya la amáis sobre todo; Málaga ya os ha dicho también lo que es y será para vos. La diócesis, imposibilitada de estar en pleno esperándoos os da su felicitación y bienvenida por nuestro conducto. La dirección del boletín está orgullosa hoy de llevar hasta V. I. los clamores de entusiasmo y de bendición de todos los malagueños y espera con respetuoso cariño la hora en que queráis disponer de ella para la realización de todos vuestros sueños y deseos. Sed muy bien venidos[90] .
Finalizados los actos, don Manuel González se retiró a sus aposentos en el palacio episcopal, escogidos por él mismo. Eran su dormitorio y despacho las estancias más modestas de todo el recinto palaciego.
Don Manuel González fue consciente desde el primer momento de las angustias y sinsabores que traía consigo el pastoreo de la diócesis de Málaga, tanto en el ámbito económico, social como principalmente en el plano religioso.
El nuevo prelado no dejó en ningún momento de sentirse párroco, es decir, un presbítero cuya preocupación primera y última era la cura de almas. Gran amante de la sencillez y de la modestia, se llegaba a sentir mal ante tanto protocolo. Este comportamiento del nuevo prelado molestó a algunos dentro del clero, que pretendieron enfrentarlo con el anciano obispo, don Juan Muñoz. Las críticas y comparaciones no alteraron la forma de ser de don Manuel aunque esto no quita que le hicieran sufrir bastante interiormente: la primera semana en tierras malagueñas le hizo padecer mucho[91] .
Dos eran sus ambiciones: hablar a Dios de la gente y hablar a la gente de Dios.
Por esto, no se demoró mucho para comenzar las visitas pastorales por toda la diócesis para obtener de primera mano información y conocimiento del pueblo malagueño.
Inició la visita pastoral recorriendo detenidamente las nueve parroquias de la ciudad. A cada parroquia dedicaba una semana. Desde el 20 de marzo de 1916. El 20 de marzo, San Juan; el 27 de marzo, El Sagrario; el 3 de abril, Santo Domingo; el 10 de abril, Santiago; el 24 de abril, San Felipe Neri; el 1 de mayo, San Pablo; el 6 de mayo, La Merced; el 15 de mayo, Stos. Mártires; y el 22 de mayo; Ntra. Sra. del Carmen. [En Málaga capital.] Administró 1602 confirmaciones y 5089 comuniones[92] .
Rápidamente tuvo un conocimiento general de la diócesis malacitana. Ello molesta. Como en Huelva, se interesa por los niños, los obreros, las situaciones en que viven las familias más necesitadas en Perchel, Trinidad, Mangas Verdes, La Coracha, el barrio de la Alcazaba o de Huelín, la Cruz Verde y pescadores de la Caleta, síntesis de la realidad social de la urbe, y en su ayuda se dispone.
La actitud de don Juan Muñoz Herrera hacia don Manuel cambió radicalmente. Quien lo recibió en un principio muy cariñosa y paternalmente ahora no veía a don Manuel de la misma manera. La situación entre ambos fue tensa, casi insostenible, hasta tal punto que don Juan llegó a prohibirle a don Manuel celebrar misa en la capilla del palacio episcopal.
Por una parte, esta actitud de acritud de don Juan Muñoz se debe a su situación personal: octogenario y enfermo de arterioesclerosis, no podía realizar las tareas propias del ministerio episcopal. Y por otro lado, el sector que predispuso el ánimo del obispo anciano contra don Manuel se definía como “los leales”. Este prevenía que ciertos temas abandonados en la diócesis iban a quedar regidos por las manos de un obispo joven y celoso de la pastoral. Este temor los llevo a hacerle el vacío a don Manuel e incluso levantar calumnias contra el nuevo obispo.[93]
El clero malagueño se estaba dividiendo. Entre los que se definían “leales” se encontraba el cabildo catedralicio, que se oponía o disgustaba por la forma de actuar de don Manuel. Era este el sector que se aprovechaba de la longevidad e indisposición del prelado para hacer su voluntad. Y los sacerdotes que apoyaban a don Manuel pero que no se manifestaban por razones desconocidas. En este sector se encontraban el pueblo sencillo y los seglares practicantes que se pusieron por entero de parte del nuevo prelado[94] .
Esta situación de calumnias infundadas –en mi opinión– aunque no he encontrado datos que lo avalen, creo que giraban en torno a la forma de actuar de don Manuel. La visión del prelado como príncipe de la I glesia no correspondía a la imagen que don Manual tenía del episcopado. En Málaga, don Manuel solía ir por las calles a pie, como en Huelva, saludando a todos, hablando con todos e interesándose por todos. Se paraba en la calle con el obrero y con la anciana, cogía de la mano a los niños y hasta jugaba con ellos, se acercaba a las playas de la Caleta para charlar con los pescadores, y se metía en los corralones de los barrios más pobres. Esta actitud de don Manuel no gustó mucho a los sectores más conservadores.
Esta situación llegó a conocimientos de la nunciatura y a la Santa Sede; pero la verdad salió a flote ya que se percataron de la jugada contra don Manuel. Benedicto XV procedió al nombramiento de don Manuel como administrador apostólico de la diócesis.
El prelado vigente don Juan Muñoz Herrera, débil y cansado, decide retirarse y marchar a su Antequera natal.
Ahora todo el peso de la diócesis malacitana recaía en don Manuel González. Esto le supuso un gran reto pero también la dicha de tener plena libertad de actuación en sus iniciativas pastorales.
Otro duro golpe llama a la puerta. Su padre, don Martín, ya muy mayor recae de una pulmonía mal curada. Poco se pudo hacer por salvar su vida. Fallece el 29 de marzo de 1917 no sin antes, al igual que su madre doña Antonia, recibir de manos de su hijo y obispo los santos óleos.
A finales de abril de 1917, don Manuel reanuda la visita pastoral detenida por la gravedad de su padre, pero ahora la inicia por los pueblos de la serranía de Ronda. Esto suponía un gran esfuerzo y sacrificio, por la precaria situación de las vías de comunicación y medios.
La llegada de cualquier autoridad a algunos de estos pueblos era un gran acontecimiento para sus habitantes, teniendo en cuenta la situación de la época y los escasos medios: pueblos abandonados, la miseria muy latente y un analfabetismo agresivo.
Don Manuel pudo comprobar en estas visitas pastorales por las comarcas malagueñas los efectos devastadores que ocasionaba la ausencia de sacerdotes en estos pueblos y esto conllevaba a una privación de sacramentos, y una escasa, por no decir nula, formación religiosa.
Si el trabajo de don Manuel en Huelva fue intenso, en la provincia de Málaga se verá obligado a intensificar sus esfuerzos.
El nuevo prelado tenía que ponerse “manos a la obra” y como bien dice el refranero: “el arbolito desde chiquito”. Su primer campo de acción tendrá como objetivo reavivar el celo pastoral en los sacerdotes, animándolos a sentarse diariamente en el confesionario, hubiese penitentes o no, y formar grupos de seglares comprometidos y activos en las parroquias. Así lo escribía el propio prelado Manuel González, recogido en el Boletín Oficial del Obispado: