Kitabı oku: «San Manuel González García: En Andalucía me forjó y en Palencia me hizo Santo», sayfa 5

Yazı tipi:

E.APOSTOLADO SOCIAL EN HUELVA

Sin duda alguna una de las mayores obras sociales que realizó en Huelva fueron las escuelas. Sin embargo, no fue ésta la única actividad que desarrolló el arcipreste en la capital onubense.

Don Manuel desarrolló muchas otras actividades apostólicas, tal y como destaca José Luis Gutiérrez en su libro Una vida para la eucaristía, y que son dignas de mencionar.

José Campos Giles llamó a don Manuel “el apóstol de los pobres”:

Donde quiera que se anidara la pobreza, allá le estaba su compasión empujando. Unas veces será el lecho de un enfermo, otras un niño ojeroso y hambriento que se tropieza en la calle, o un pobre obrero lanzado por manos criminales a una huelga que se lleva la paz del hogar y el pan de los hijos…[64]

Un hecho impactó el corazón de don Manuel y fue su primer encuentro con los gitanos de las Cuevas del Carnicero:

Pensativo y triste andaba cierto día. Algo que le preocupaba en extremo, le había arrancado de los labios la sonrisa. Aquella tarde al salir de su parroquia de San Pedro, su corazón late con más violencia y sus pasos más ligeros que de ordinario se pierden por las calles como si tuviera más prisa que nunca por llegar […]. ¿A dónde? En la falda de los “cabezos”, aquellos montículos que dominan a Huelva, está la Cuesta del Carnicero, un grupo de cuevas excavadas en la tierra donde moran los gitanos. Aquellos pobres gitanos que nombran a Dios solo para blasfemarlo, allí moran hacinados en una promiscuidad vergonzosa. Ha llegado a las puertas. Va solo. Los gitanos, sorprendidos por aquella visita extraña, se esconden en el fondo de sus horridas viviendas. Y por más que D. Manuel se esfuerza por atraerlos con frases de cariño y campechanía, la prevención y extrañeza de los gitanos no desaparece. Ni él entendía aquel lenguaje, ni ellos las palabras del ingenioso apóstol. Aquella tarde fracasó; había que repetir la visita y ganar palmo a palmo su confianza. El arcipreste se dedicó a buscar en el léxico faraónico las palabras que mejor pudieran entender aquellos pobres gitanos y bien pronto, aprendidas y asimiladas, volvió a las cuevas con golosinas para los “churrumbelillos”, y limosnas para los necesitados…[65]

El gracejo y la perseverancia del arcipreste, como resultado de sus visitas a este sector más desfavorecido, tuvo un gran resultado. Muchos gitanos adultos recibieron las aguas del bautismo, los que vivían juntos contrajeron matrimonio, les enseñó a rezar y que cumpliesen con el precepto dominical.

El Sr. arcipreste se comprometió con ellos, los gitanos, en no cobrarles los aranceles establecidos por el obispado por la administración de los sacramentos. Don Manuel decía: ¿cómo cobrar aranceles a estas pobres gentes? Son pobres de solemnidad. Había logrado su objetivo: evangelizar y acercarse a estas pobres gentes que se encontraban abandonados por la sociedad.

Al arcipreste no le frenaban en sus hazañas: nada ni nadie, encaminado siempre al bienestar del hermano necesitado.

Un nuevo reto se le presenta a este jovial sacerdote. El invierno de 1913 se presentó con unas condiciones climatológicas nefastas, las lluvias fueron abundantes, ocasionando cuantiosas pérdidas tanto en el ámbito material como en el económico.

Las lluvias habían inundado los campos. Los ríos Odiel y el Tinto se desbordaron y arrastraron grandes cantidades de lodo cubriendo las marismas. Era un lodo rojizo ocasionado por el mineral de las minas.

Diecinueve mil obreros junto con sus familias quedaron totalmente desamparados durante un periodo de casi cuatro meses. Cuatro meses sin poder llevar un jornal a sus casas y poder hacer frente a las necesidades básicas: casa, alimento, vestido…

Esta situación sobrecogió a don Manuel, pastor que nunca deja abandonado a su rebaño. Conmovido al ver el rostro de estos niños, pálidos, ojerosos y famélicos rompe el alma del arcipreste que no duda en coger la pluma y hacer un llamamiento al corazón generoso y compasivo del pueblo onubense, y así decía:

“El hambre en Huelva”: Así titulaba aquel grito de alarma: “Con síntomas horribles amenaza a nuestra ciudad una gran hambre. Ciudad eminentemente obrera, ve cegadas sus fuentes de vida con la ya larga huelga de Riotinto, las inundaciones de sus campos y el enojoso pleito con los portugueses sobre la pesca. Ante situación tan precaria, que está llevando la desolación a tantos hogares, y sin prejuzgar cuestiones sumamente delicadas y que exigen serenidad y prudencia exquisitas, creo de mi deber excitar, aunque creo que no lo necesitan, la caridad y el celo de los reverendos sacerdotes y buenos católicos de Huelva en favor de tanto hogar triste y desvalido. Por lo pronto y atendiendo a lo que me ha parecido más urgente, he autorizado a los directores de nuestras Escuelas del Sagrado Corazón, pobladas por niños obreros, para que den vales de comida a todos los niños de quienes sepan que pasan hambre en sus casas (en la Cocina Económica a cargo de las Hijas de la Caridad se servían las comidas y se llenaban los pucheros que llevaban para los que preferían comer en sus casas) La Divina Providencia, acudirá como siempre, en auxilio de mi pobreza. Que el corazón de Jesús, Padre de ricos y pobres y Autor de todo acierto, lo ponga en las soluciones de los llamados a resolver estos problemas, y destierre todo apasionamiento que retrase el reino de la paz y de la justicia[66] .

Las puertas de las escuelas se abrieron para que acudieran todos los niños, sin excepción ninguna, para recibir un plato de comida caliente. Don Manuel no dudó en ir puerta por puerta pidiendo una limosna para paliar esta situación tan precaria.

Este llamamiento de socorro del arcipreste fue respondido rápidamente por los obreros de la Compañía de Ferrocarriles de Zafra a Huelva, quienes hicieron llegar a don Manuel un donativo de 175 pesetas y 75 más, reunidas espontáneamente a real y a dos reales, entre todos los obreros, y destinado a la alimentación de estos niños.

“Después de la tempestad viene la calma”, las pérdidas materiales causadas por estas inundaciones en los hornos de fundición son considerables. Los obreros vuelven a sus trabajos en las minas, pero estas pérdidas obligan a prescindir de mano de obra.

La situación no puede ser peor. Muchos padres de familia quedan sin trabajo y esto repercutirá en todo el ámbito familiar, siendo los niños los más perjudicados. Es el propio don Manuel el que nos lo relata:

¿Qué queda? Una calamidad no tan extensa en el número de víctimas pero sí más intensa en los estragos. He dicho que no han entrado a trabajar todos los obreros. Y añado que más de la mitad quedan todavía sin entrar. Y ahora la situación es peor, después de dos meses sin ganar jornal, ya no hay tienda de comestibles que les fíe, ya no hay prendas que empeñar, ya no hay vecinos que suplan. ¡Pobre mes de diciembre el que espera a estas pobres familias! ¡Qué caras de madres veo todas las noches y todas las mañanas desfilar por la sacristía de mi parroquia! Mujeres de color terroso, de ojos hundidos, de voz apagada, ¡cómo se ve asomar la tisis por aquellas pobres caras! Y traen muchas en brazos sus niños pequeñitos que lloran cansados ya de buscar en vano el jugo para sus vidas en aquellos pechos secos […] no traen mantón ¡lo han empeñado! Y todas ¡qué cosas cuentan, Dios mío! ¿Qué hacer? Pues darles comida para sus hijos y para ellas […] ¿Hasta cuándo? A los que me han hecho esa pregunta les he respondido, después de hacerles ver este cuadro: ¿Vd. cree que el corazón de Jesús puede querer eso? ¡Con lo que Él quiere a los niños y a los pobres! ¿Puede un sacerdote o cristiano, sentarse tranquilo a comer sabiendo que haya niños colgados de pechos enjutos por el hambre? ¿Verdad que no? Pues entonces que sigan viniendo. ¡Que el corazón de Jesús que tengo vivo en mi sagrario ya me irá dando![67]

Esta labor desinteresada del arcipreste prontamente se vio reconocida y agradecida por estos mismos obreros que en sus comienzos pastorales le hicieron el boicot. Estos mismos hombres que le dieron las espaldas en un principio y que pronunciaban insultos y blasfemias contra él, a su paso, ahora lo agasajan y le piropean diciéndole: “Don Manuel, ¡es Vd., el hombre más grande […] estrechaban sus manos, rudas por el trabajo, a las de don Manuel y se las besan”[68] .

Pese a todo este trabajo apostólico, no se olvida de sus preferidos, los enfermos, tiene que buscar los medios para asegurar la visita semanal, la frecuencia de los sacramentos y el viático.

Para ello constituye grupos parroquiales llamados los “ángeles de la noche” cuya misión era velar por la cura de almas de los vecinos que habitaban en dicha calle. Dos ángeles de la noche por calle velan por los enfermos, por el cuidado de los niños, por paliar la desescolarización… Su hermana Antonia, gran colaboradora e inseparable compañera de apostolado, fue la encargada de dicha operación[69] .

La fama de su labor y atención a los problemas sociales se fue extendiendo poco a poco. Su popularidad llegó hasta el arzobispado de Sevilla. Se hicieron realidad aquellas palabras que en su tiempo había pronunciado el arzobispo don Marcelo Spínola cuando mandó a don Manuel González a Huelva: “os mando una alhajita”[70] .

La problemática social fue adquiriendo gran divulgación e interés en todo el ámbito español en los comienzos del siglo xx. Un nuevo campo se le presentaba aquí a don Manuel González. En 1909 organiza un gran mitin católico en el teatro de la ciudad[71] . En él intervienen, entre otros oradores, el que más tarde sería su sucesor en la sede episcopal de Málaga, don Ángel Herrera Oria[72] .

Don Manuel y este joven abogado Herrera Oria sintonizaron rápidamente. La buena preparación intelectual, la exquisita formación religiosa y su preocupación por los problemas sociales hicieron que este joven abogado ganara rápidamente la estima y el respeto del arcipreste de Huelva.

En diciembre de 1909 don Ángel Herrera Oria fundaría la Asociación Católica Nacional de Jóvenes Propagandistas.

El 4 de marzo de 1910 don Manuel fundó una obra más selecta: la Obra de las Tres Marías.

La experiencia que tuvo don Manuel González en Palomares del Río, tras encontrarse la situación de abandono en el que se encontraba la parroquia y aún más grave, la situación de dejadez en la que se encontró el sagrario[73] , imprimió carácter en su espíritu y, desde aquel día, su vida entera irá girando cada vez más en torno al tabernáculo[74] .

Destaco tres momentos importantes en esta primera etapa de don Manuel:

 Palomares del Río: grabó su corazón; el Amo –así es como se refiere él a Dios– derramó la semilla en su corazón.

 Asilo de la Hermanitas de los Pobres de Sevilla: rompió la tierra y la semilla comenzó a germinar.

 Huelva: la semilla comenzó a crecer.

El objetivo de la Obra de las Tres Marías era:

Proveer de Marías adoradoras a los sagrarios desiertos, convertidos hoy en Calvarios por la ingratitud y el abandono de los cristianos. Esta obra se dedicará, pues, como a su objeto esencial y necesario, a procurar que no haya tabernáculo sin sus tres Marías que trabajen por que se abra el sagrario y se visite al santísimo diariamente[75] . Una obra de reparación eucarística, para que en unión de María Inmaculada y a ejemplo de las Marías del Evangelio, dar y buscar compañía a los sagrarios abandonados, solitarios o poco frecuentados […][76] . Su bandera, blanca como la hostia y morada como el abandono que la rodea en tantos sagrarios […] y su escudo, un corazón eucarístico, sangrando y de fondo, un Calvario, donde no faltan las tres cruces y este mote: “Aunque todos te abandonen […] ¡Yo no![77]

“Las Marías acompañaron al Señor[78] :

 Sirviéndole, en la comunión, visitándolo y promulgando su visita.

 Ungiéndole, con el buen olor de una vida de hostia, con humildad, caridad y modestia en trajes y costumbres.

 Llorando y lamentándose, pidiendo, amando, consolando, mortificándose y reparando por los desventurados vecinos de aquel sagrario que debían ir y no van.

 Estando de pie junto a la cruz cuando todos lo abandonaron, permanecer fieles ante los malos que huyen, murmuran o se cansan”.

Nuestro arcipreste había solo pensado en una obra solo para mujeres; sin embargo, recibe carta de un novicio benedictino de Santo Domingo de Silos. En dicha carta le reclamaba la extensión de esta obra para que se incluyesen a los hombres, y le proponía el ser ellos los “San Juan” del sagrario, con comunión y visita diaria.

En este mismo año de 1910 nacerían los Juanes de los Sagrarios Calvarios, que además de la misión reparadora, tendrán el noble oficio de ser adoradores nocturnos ambulantes en los sagrarios de los pueblos, y propagar en mítines y conferencias la atracción de los hombres al sagrario[79] . La obra del arcipreste también se hace extensible a los niños de las escuelas, conformándose la rama infantil de los Sagrarios Calvarios, la llamada Obra de los Juanitos. Esta obra tuvo una rápida expansión, y esta considerable, prendiendo en las almas de los sacerdotes, seminaristas y seglares.

Ahora bien, este gran proyecto de don Manuel estaba incompleto institucionalmente; tenía que contar con el beneplácito de la Santa Sede para que esta obra se constituyera oficialmente, con sus reglas y constituciones. El obispo de la eucaristía, tal y como ya se le conocía entre el pueblo, se pone en marcha hacia Roma, hasta los pies del santo padre Pío XI.

Asimismo nos lo relata la pluma de Campos Giles:

Fui a Roma a fines de noviembre del año 1912 con mucha confianza en las oraciones de las Marías de toda España […] apenas llegado visité a los Excmos. Sres. cardenales Vives, Tutó y Merry de Val en quienes por su condición de españoles, por conocer ya la Obra de las Marías y por su fama de patrocinadores decididos de las causas buenas de España, esperaba yo encontrar buenos intercesores cerca del santo padre […]. El día 27 de noviembre me anunciaba mi Sr. cardenal una gran noticia ¡me iba a presentar al santo padre en la audiencia que tenía concedida para el día siguiente!¡Ver al papa!¡hablar con él! […] cómo pasaría yo la noche aquella y con qué ganas desearía oír en el reloj las diez y media de la mañana, hora señalada para la audiencia. Santísimo padre, dijo mi cardenal terminada la conversación que a solas tuvo con Su Santidad y después de haber presentado a su provisor y secretario, santísimo padre ¡el arcipreste de Huelva! Y como refiriéndose a la conversación antes tenida ¡el apóstol de la eucaristía! Entre tanto yo hacía delante de Su Santidad las tres genuflexiones de rúbrica y besaba su mano, ya que humildemente rehusaba dar a besar el pie. El santo padre con su mano derecha que yo besaba y estrechaba hizo, ademán de que me levantara y bañándome con una mirada penetrante y muy de padre y con rostro sonriente empezó a preguntarme por mis niños pobres, ¡niños míos, cuánto gocé al veros en la boca y en el corazón del papa! […]. El santo padre con una dulzura y un interés cuyo solo recuerdo me conmueve, seguía preguntándome y hablándome y yo, pobre de mí, no sabía sino que mi cara y mis orejas echaban fuego y que el corazón parecía iba a saltar en pedazos […]. Gracias a la oportuna intervención del buenísimo rector del Colegio Español, D. Luis Albert, que nos acompañaba, el santo padre pudo saber algo de lo que me preguntaba y que le dio motivo para decirme sonriendo: Ah, párroco pícaro […]. Nos bendijo a todos así como a nuestras familias y personas confiadas a nuestro cuidado y, besándole de nuevo el anillo me despidió con un cariñosísimo adiós, párroco mío, que aún parece que estoy oyendo […]. El día 3 de diciembre, fiesta del gran apóstol español, san Francisco Javier, me dice muy temprano el señor cardenal Vives: esta tarde tengo que despachar con el santo padre; tráigame las preces y pídales a los señores cardenales Almaraz y de Cos que pongan al pie su recomendación […]. A las siete, un aviso de mi Sr. cardenal; más que corriendo, volando acudí a su despacho y veo en sus manos el mismo documento que yo había mandado horas antes al papa, pero a continuación de la firma de los cardenales ¡Dios mío! ¡Letras del papa! ¡Su firma![80]

El papa Pío XI había aprobado la gran obra del arcipreste don Manuel González García y de esta manera se ganaba una gran batalla en contra del abandono del sagrario. La hiel de Palomares de Río se transformó para él en un dulce néctar que perdura hasta nuestros días. El abandono de Cristo en el sagrario se transformará en compañía perenne. Para don Manuel, el grito angustioso de Cristo, en el Salmo 69: “Busqué quien me consolara y no lo hallé”, encontrará una respuesta amorosa en millares de corazones, que llorarían su soledad y repararían su abandono.

La obra rápidamente comenzó a extenderse. Como principal medio de difusión fue creada la revista El Granito de Arena, fundada en Huelva el 10 de noviembre de 1907. A partir de 1913 se extenderá la obra por América, siendo Cuba la primera nación americana donde se fundó.

Cuanto todo parecía ir bien, la vida le da un duro golpe: el fallecimiento de su madre Antonia, el 16 de enero de 1914.

Don Manuel regresaba como de costumbre a su casa después de cumplir con sus tareas pastorales, entre ellas, la de visitar a sus enfermos. No había aún llegado a su domicilio cuando algunos vecinos salen a su encuentro, informándole de la gravedad de su madre Antonia. Sin perder tiempo, más que caminar, volaba, se encuentra a su madre en agonía.

Un fallo cardiaco se la lleva de este mundo, no antes sin haber recibido de manos de su hijo los santos óleos.

El pueblo de Huelva se volcó con su arcipreste en estos momentos de amargura. Fueron muchos los onubenses que se acercaron para acompañar a don Manuel en estos momentos duros en los que debía enterrar a una madre:

Cuando este número de El Granito de Arena estaba ya hecho, fallece, casi repentinamente, la señora madre del arcipreste de Huelva. Nuestros lectores podrán conocer quién era la que murió, si en vez de bajar, suben por la escala de un antiguo refrán castellano: “De tal palo, tal astilla”, diciendo: “Tal astilla, tal palo […]”. Era, como el arcipreste, afable; como él, modesta, piadosa con solidez de un criterio y un sentido admirables, andaluza, enamorada en firme del Sagrado corazón de Jesús y de comunión diaria hace ya muchos años. Dos lecciones interesantes han tenido para mí este suceso: el momento mismo de la muerte, pues la presencié, y el carácter especial de la manifestación de duelo de la ciudad. En cuanto a la primera, recibí una lección práctica de fe y de entereza cristiana que no se me olvidará jamás. Creíamos que la indisposición de la madre del arcipreste era cosa pasajera. Bromeábamos cariñosamente con ella […] pero la muerte vino y vino en unos segundos. Otro cualquiera, ante lo inesperado, se hubiera aturdido; mi arcipreste, no. Con la rodilla en tierra y abrazado al cuerpo de su madre, le daba la última absolución y encomendábale el alma con una serenidad tan de Dios que, a pesar de todos los requerimientos de la naturaleza, el sacerdote, con las alas de la gracia, pudo oficiar su ministerio sin que durante la administración de los santos óleos, ni durante todo el tiempo de las continuas oraciones que se aplicaron por la muerta, se perturbara en él, ni lo más mínimo, la augusta y cristiana dignidad de las funciones sacerdotales. Todos lloraban; el sacerdote rezaba. Todos rendían tributo a la tierra; el sacerdote andaba por el Cielo ofreciendo a Dios oraciones para su madrecita que estaba en aquellos momentos en las manos de Dios […]. En el entierro también aprendimos mucho. Era el clamor entero de un pueblo el que se oía. ¡Cuántas bendiciones por ella, por su hijo […]! ¡Cuantos obreros! Aquellos obreros que odiaban al cura […]. Los obreros de la Compañía de Zafra-Huelva han pedido espontáneamente permiso para asistir al entierro de la madre del vicario[81] .

La vida continúa y don Manuel tiene que proseguir con su tarea, y esta cada vez más abundante.

No obstante esta pena por la pérdida de un ser tan cercano y querido, esta se verá paliada, para un hombre de tan profunda fe como es don Manuel, por la alegre noticia que recibió en la primavera del 9 de abril de 1915. Se le concedía licencias por parte de la Santa Sede para tener reservado el Santísimo Sacramento en su casa, por haber sido fundador de la obra de las Marías.

El dormitorio de su madre fallecida se convertiría en el oratorio donde don Manuel pasaría largos ratos de oración y donde celebraría la santa eucaristía.

Yaş sınırı:
0+
Hacim:
524 s. 41 illüstrasyon
ISBN:
9788417334673
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:
Metin
Ortalama puan 4,7, 328 oylamaya göre
Ses
Ortalama puan 4,2, 745 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,8, 21 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,8, 112 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,9, 45 oylamaya göre
Ses
Ortalama puan 4,5, 8 oylamaya göre
Metin
Ortalama puan 4,3, 51 oylamaya göre