Kitabı oku: «San Manuel González García: En Andalucía me forjó y en Palencia me hizo Santo», sayfa 7
A un cura novel:
No acierto qué hacer ni por dónde empezar. Porque la verdad es que al verme en una Iglesia tan grande y tan vacía, al encontrarme con unos feligreses tan sin importárseles un comino de que les haya venido un cura nuevo, al no oír de los ministros y de los escasos amigos de la parroquia, más consejos que él no se canse V., que esta gente es imposible, no se saca nada de ellos […] paréceme que se me ha olvidado todo y si de algo me acuerdo o en algo pienso es para aumentar la sensación de soledad, impotencia, casi desaliento que, desde que llegué, me viene asaltando. ¿Quiere V. decirme en caridad de Dios? Sin pretender yo meterme a curandero de pueblos y parroquias, y sin ánimo de presentarle un cuadro completo de acción parroquial […]. ¿Quiere V. hacer de una parroquia vacía una llena o por lo menos muy frecuentada? ¿Quiere V. que sus feligreses comulguen mucho? ¿Quiere hacer milagros de conversión? ¿Quiere V. ser cura, no solamente de los ricos, y gente comodona, sino de los trabajadores, de los ocupados? […]. Esté V. sentado todos los días en su confesionario desde las cinco y media de la mañana lo más tarde, esto resucita la parroquia más muerta que haya en el mundo […]. No conozco ninguna parroquia de cura madrugador y de culto tempranero que esté desierta y que en general no ande bien, y en cambio conozco muchas, muchas parroquias desiertas, aburridas, sin vida o con vida ficticia o efímera que se abren a las siete, a las ocho, a las nueve y hasta a las diez de la mañana o, lo que es aún peor, cada día a hora distinta […]. Aunque no tenga penitentes que confesar en toda la mañana, o hasta muy tarde, es siempre una dulce y avasalladora violencia sobre el corazón de Jesús para que derrame gracias extraordinarias, un estímulo y un ejemplo poderoso para sus feligreses buenos para que no se dejen dominar ni por el desaliento ni por el pretexto de las muchas ocupaciones; es una facilidad para los feligreses pobres y ocupados, es un despertador de remordimientos para los feligreses pecadores y aún empedernidos […]. Dígame amigo mío, ¿con qué cara nos ponemos a predicar comunión frecuente y diaria a las criadas de servicio, a las costureras, a los obreros, a las madres de familia, a todos los ocupados, si les dejamos cerrada la iglesia, hasta las ocho de la mañana? […]. Puedo asegurarle dos cosas: 1- que sin ser solución única y total esta que le he dado para la resurrección de su parroquia, allana, prepara y fecunda todas las demás. 2- que un cura que no sea madrugador, fuera del caso de enfermedad aunque haya hecho otras muchas obras buenas: aún no tiene derecho a decir con verdad que ha hecho todo lo posible para salvar a su parroquia…[95]
Las visitas pastorales del nuevo obispo de Málaga por las distintas comarcas de la diócesis malacitana le presentan un escenario similar al que se encontró en Huelva y ve la necesidad urgente de una enseñanza y educación en la que estuviera presente la Iglesia. Como primera medida concede autorización de habilitación de ermitas y capillas para la labor educativa.
Este interés formativo y educativo de don Manuel le llevó por necesidades económicas a desprenderse de sus insignias episcopales, anillo y pectoral, antes de dejar morir un solo catecismo por falta de recursos pecuniarios[96] .
H.OBISPO TITULAR DE MÁLAGA. LLEGADA A LA DIÓCESIS MALACITANA, RECIBIMIENTO E IMPRONTA PERSONAL
El 26 de diciembre de 1919 el obispo don Juan Muñoz Herrera fallecía en su Antequera natal a la edad de 84 años. Su cuerpo fue trasladado a Málaga con todas las pompas fúnebres propias de su categoría episcopal y recibió cristiana sepultura en la capilla del Rosario en la santa iglesia catedral de Málaga, cumpliéndose sus deseos[97] .
Tras el fallecimiento del Sr. obispo titular de la diócesis malacitana, el papa Benedicto XV nombró al obispo del Olimpo y administrador apostólico, obispo titular de la diócesis de Málaga:
El día 22 del pasado mes de abril, celebróse consistorio secreto en el palacio Vaticano, y en él, Ntro. Santísimo Padre el papa Benedicto XV, nombró obispo de la Iglesia y diócesis de Málaga al Excmo. e Ilmo. Sr. doctor D. Manuel González y García, hasta hoy, obispo titular de Olimpo. Al recibirse la primera noticia de la preconización, echáronse al vuelo las campanas de la S. I. catedral que propagaron por todos los ámbitos de la ciudad fausta nueva. Desde ese momento, fueron incontables los parabienes y felicitaciones que el clero y pueblo de Málaga hizo llegar a manos del venerable prelado, ausente a la sazón, y las visitas de congratulación que todas las clases sociales le hicieron al regresar a la diócesis. En la imposibilidad de agradecer una por una las espontáneas y entusiastas manifestaciones de complacencia con que le han agasajado, desde las páginas de este Boletín, su voz oficial, muestra a todos su íntimo reconocimiento por tan distinguidas pruebas de benevolencia, y a todos suplica una oración, para que el Corazón Sagrado de Jesús, Buen Pastor de las almas, le conceda la gracia inefable de imitarle en su dulce y justo gobierno[98] .
El domingo 15 de agosto de 1920, a las once de la mañana, se verificó en la santa iglesia catedral el acto solemne de toma de posesión de este obispado al Excmo. e Ilmo. Sr. doctor D. Manuel González García, quien para este efecto, y dando una prueba de afecto y deferencia al Excmo. cabildo catedral, había apoderado al Ilmo. Sr. Deán, don Francisco de Paula Muñoz Reyna.
Don Manuel González contaba con 43 años, hombre muy madurado tanto en el campo pastoral como espiritual.
Su primera actuación como obispo titular de la diócesis malacitana fue ponerse él bajo la protección maternal de la santísima Virgen. En la solemnidad de la santísima Virgen de la Victoria, patrona de la ciudad de Málaga, don Manuel presidió la procesión:
Por disposición de la Divina Providencia, el primer acto que ha presidido nuestro nuevo obispo y que casi ha coincidido con su entrada solemne, ha sido la procesión de Nuestra Señora de la Victoria, patrona de esta ciudad […]. La mañana del domingo 26 del pasado, celebróse en la catedral solemnísima función en honra de la patrona, en la que el M. I. Sr. D. Andrés Coll, desde la cátedra sagrada, excitó elocuentemente a Málaga entera, para que exteriorizase su fervor por la patrona. Al final del santo sacrificio, el Excmo. prelado que asistía de medio pontifical, dirigió sentidísimas frases a los fieles con el mismo fin, declarando que tomaba por madrina a la santísima Virgen de la Victoria y se imponía la gratísima obligación de asistir a la Salve que en su honor se canta todos los sábados en su templo…[99]
El protocolo aconsejaba que el nuevo prelado diera un banquete oficial a las autoridades de la ciudad, los cuales se mostraron muy complacidos con el nuevo obispo. Sin embargo, la actuación del nuevo prelado rompió con todos los esquemas. Sustituyó este banquete de autoridades por otro banquete, el de los más necesitados.
Quiso que este banquete se diera a los niños pobres de la capital, el mejor ejemplo evangélico imposible. A este festín acudieron más de 3000 criaturas:
El primer acto en el templo de la patrona. Niños, maestros, padres y familias. Celebró el obispo la misa. Diez sacerdotes repartieron la comunión. Los cantos infantiles llenaban el templo. Luego, segundo acto, al seminario, cuyas obras, en parte al menos, estaban ya bastante adelantadas. Y a jugar y a correr y luego a sentarse a la mesa. Todas las autoridades malagueñas de entonces, hay que decirlo en su honor, tuvieron el gesto de servir la comida a los chavales. Hubo que prestarle ayuda. Para ello estaban los sacerdotes y los seminaristas malagueños. Y a la tarde, tercer y último acto, el regreso a la ciudad y un desfile, entre marcial y alborotado, de todos los comensales con sus maestros y padres delante del palacio episcopal, desde cuyos balcones el obispo los saludó y bendijo. Y así concluyó aquel memorable banquete[100] .
En cuanto a lo del banquete, así lo disculpó el prelado:
No sabríamos, no podríamos gozar de un banquete suculento y pomposo de un número reducido de ilustres comensales, sabiendo que la mayor parte de nuestros hijos no comen o comen mal. Y ved cómo se nos ocurre realizar este nuestro deseo. En vez de sentarnos los de ese reducido número a la mesa, alargamos esta cuanto más podamos, sentamos en esa mesa larga con nuestro cariño a unos cuantos miles de niños pobres, y que ellos se alegren comiendo y nosotros nos alegraremos y nos honraremos sirviéndoles…[101]
El nuevo obispo no podía olvidar su entrañable Huelva. Allí estaban sus escuelas al cuidado de su gran amigo Siurot, y sus Marías, que habían sido la columna vertebral del movimiento eucarístico creado por él, y el pueblo llano que tantas muestras de cariño le había demostrado. No podía dejarlos sin unas palabras de aliento y sin algunas visitas esporádicas.
Siendo aún don Manuel obispo auxiliar, viajó a la capital onubense en noviembre de 1917. El recibimiento fue multitudinario tanto en la estación de ferrocarril como a su paso por las calles. Era recibido entre aplausos y vítores. Y más emotivo para don Manuel y para el alumnado y profesorado fue su visita a las escuelas del Polvorín. Huelva no lo podía olvidar. Lo querían y no querían que se marchase.
Estas visitas se repitieron en algunas ocasiones más, en febrero de 1920 y en mayo de 1929. Los acontecimientos históricos que le quedan aún por vivir a don Manuel no le permitirán volver nunca más a Huelva. Pero en su corazón y en su mente siempre estará presente su Huelva querida y sus gentes.
Fue un insigne predicador de la palabra de Dios, fiel y cumplidor de la misma. Para ello no solo utilizaba el púlpito de las iglesias cuando iba de visita pastoral, sino hasta el púlpito de la santa iglesia catedral. Para don Manuel cualquier sitio era bueno para hablar de Dios: las calles, los corralones, los patios de los colegios…[102]
Don Manuel era consciente del poco nivel tanto religioso como educativo de la población. Sus predicaciones estaban al alcance de todo el mundo. Utilizaba lenguaje claro, sencillo e incluso ilustrativo, que captaba rápidamente la atención de todos los oyentes, el mismo lenguaje que empleará en sus obras escritas.
Era muy frecuente ver al obispo don Manuel al caer de la tarde pasear por las playas de El Palo o las playas de San Andrés, hablando con los pescadores que se concentraban en la orilla, preparando las redes y menesteres para salir a faenar. Don Manuel aprovechaba cualquier ocasión para hablarles de Dios, para darles unas palabras de aliento, para ponerlos bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, patrona de los pescadores. Don Manuel supo ganarse al pueblo de Málaga quienes le llamaban cariñosamente el “larita”, por su gran parecido físico con el torero malagueño Matías Lara Merino[103] .

Matías Lara “Larita”
Estaba comprometido con la problemática social y el género humano, tal y como pedía el papa Benedicto XV en su encíclica Humani generis. Esta hizo reflexionar a don Manuel, confirmando la práctica que él había seguido en Huelva y la gran responsabilidad que ahora tenía en el ministerio episcopal en la ciudad de Málaga[104] .
El nuevo obispo no permaneció ni en silencio, ni en inacción en ningún momento ante los problemas y sufrimientos de la sociedad. Antes Huelva, ahora Málaga, los problemas eran similares: el hambre, el analfabetismo, la miseria, las condiciones insalubres de la ciudad que repercutían en enfermedades a la población… Ejemplo de ello fueron las palabras que dirigió el 19 de diciembre de 1924, en una sesión que se celebró en el ayuntamiento de Málaga, siendo alcalde de la ciudad don José Gálvez Ginachero. El obispo se levantó no para hablar precisamente de las reformas urbanas, sino para remarcar la necesidad urgente de un proyecto de reconstrucción social de la ciudad:
Dos motivos tengo para hablar. El primero: sentirme orgulloso de ser el sucesor del obispo Molina Larios que dio agua a la Málaga sedienta. Y el segundo: el que, a pesar de no ser yo ingeniero, sí me ingenio lo que puedo por la suerte de Málaga […]. (Y pronunció estas duras palabras) “Málaga apesta” […] en las casas de los pobres, que viven hacinados […]. Las escuelas son miserables […]. Hace falta que Málaga huela bien […]. Hay que tener fe […]. La resurrección de nuestra ciudad será completa si la de las almas se junta con la de los cuerpos. Habiendo fe, esperanza y caridad, todo puede hacerse […]. Me propuse dotar a Málaga, la tierra donde nació mi padre, un carpintero modesto, de un seminario donde pudieran hacerse sacerdotes buenos y con salud. El milagro se ha hecho; pidiendo limosnas llevo sacados un millón y medio de pesetas. Las mejoras de Málaga, cuyos proyectos hemos oído, se harán también como queramos. Así Dios nos lo otorgue, por los siglos de los siglos (grandes y merecidos aplausos)[105] .
Gestos reveladores del corazón de pastor del obispo Manuel González García fueron las numerosas visitas que hizo a Melilla para conocer de cerca la situación de los soldados que luchaban en la guerra con Marruecos, recrudecida en 1921. Quería llevarles el consuelo de la Iglesia y traer noticias a sus familiares.
En la Navidad del año 1921 don Manuel decidió visitar a los soldados españoles en África para pasar con ellos esta noche tan especial y familiar. A las doce de la noche celebró la misa del gallo junto con los soldados, capellanes, oficiales y familiares de los militares. Dicha misa la aplicó por los soldados fallecidos en dicha campaña[106] .

Don Manuel embarcado dirección a Marruecos para visitar a los soldados españoles.
I.OBRAS PASTORALES
1.MISIONEROS EUCARÍSTICOS
Tras haber realizado la visita pastoral por la mayor parte de las comarcas malagueñas, pudo comprobar y evidenciar una situación caótica y desgarradora “la pobreza rayana en la miseria” son sus palabras. Así lo reseña Campos Giles:
Y el estado de ruina o peligro de ella de la mayor parte de los templos, la escasez en que vive el único sacerdote de pueblos de dos, cuatro y seis mil almas obligadas a sustentarse casi exclusivamente de la exigua nómina oficial y sin contar apenas con un estipendio para misa. La falta de solemnidad del culto por no poder costear cantor, ni órgano, ni organista, la ausencia casi completa o la languidez de vida de asociaciones religiosas o de caridad, y de otras organizaciones religiosas o de caridad, y de otras organizaciones católicas de propaganda, y, lo más triste, el número tan reducido de fieles, no que comulguen diaria o frecuentemente, que esto no se conoce en hartos pueblos, sino que cumplan con el precepto de los días festivos y pascual. Su voz de alarma se dejó oír en una interesantísima pastoral, publicada a los dos años de su llegada a Málaga, en febrero de 1918, y que titulaba “De cómo se han de renovar nuestros pueblos por la acción eucarística”. Médico y padre más que legislador, vamos recorriendo los pueblos con oídos y ojos abiertos para descubrir sus enfermedades y ¡ay! ¡Cuántos sagrarios han oído los gemidos que a nuestro corazón ha arrancado la vista de tanto enfermo y ¿por qué no decirlo? De tanto muerto del alma! Sí, a través de las férvidas y, más aún, delirantes demostraciones de cariño con que nos reciben los pueblos que visitamos, reveladores, sin duda alguna, de lo arraigado y añejo de sus creencias, y de la hidalguía de sus pechos y a pesar de su índole festiva y graciosa, y formando contraste con la belleza y esplendidez del paisaje, hemos adivinado que padecen una gran inquietud o una gran tristeza […]. Digámoslo de una vez, aunque el corazón se nos desgarre de pena: nuestros pueblos están desolados moral, espiritual y hasta económicamente porque están a punto de quedarse sin Jesucristo o se han quedado sin Él”. El remedio no podía ser otro que trabajar por la reincorporación de los pueblos a Jesucristo. ¿Cómo? Por la formación en ellos de grupos de almas selectas que fuesen como la levadura entre la masa, porque así –decía él– “se gana tiempo, se ahorran energías, se multiplican los agentes auxiliares y se afirman los cimientos”. Para realizar esta empresa concibió la “Obra de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos” [….]. El tipo de misionero eucarístico que concibiera el prelado fundador no era el predicador de grandes misiones, sino el de misionero director espiritual. “La acción del misionero es la de la lluvia torrencial; la del director espiritual, la de la llovizna; aquella moja, esta remoja la tierra[107] .
En la Revista El granito de Arena:
Urge –escribió don Manuel– que salgan a los pueblos sacerdotes prudentes, celosos, ilustrados en la ciencia de las almas a buscar y a pulimentar margaritas preciosas, porque los pueblos, por muy perdidos y extraviados que estén, si tienen núcleo piadoso, son pueblos de esperanza; tarde o temprano volverán; los que no lo tienen, no volverán; prácticamente son irremediables. Dios no acostumbra a salvar sin intercesores ni apóstoles, y las almas piadosas de un pueblo son sus intercesores y apóstoles…[108]
El obispo propuso proveer a los pueblos, al menos trimestralmente, de un sacerdote misionero eucarístico. Estas visitas estarían señaladas por el propio prelado. Una de las normas que exigía era el estar sentado en el confesionario a las cinco de la mañana “hubiese penitentes o no”. La labor de estos misioneros eucarísticos comprendía tres aspectos:
1.Paliar el abandono de Jesús Sacramentado.
2.Paliar el abandono del sacerdote.
3.El cuidado de las almas.
Invitó el obispo a varios sacerdotes de la diócesis. Se ofrecieron incluso sacerdotes de fuera de la misma. Escogió a ocho presbíteros: don Manuel Domínguez, arcipreste de Álora; don Sebastián Carrasco, cura de San Patricio de Málaga; don Juan Mateo, cura de San Juan de Vélez-Málaga; don José Moreno, cura de Benaoján; don Fernando Díaz de Gelo, beneficiado y su secretario; don Emilio Espinosa Cabello, director diocesano de las Marías; don Pablo González Domínguez, capellán de las Hermanitas de los Pobres; don Remigio Jiménez Blázquez[109] , capellán de su Ilustrísima, del prelado y secretario de la obra. A estos ocho sacerdotes después se les unieron otros compañeros, como fue el caso de quien posteriormente sería rector del seminario de Málaga, don Enrique Vidaurreta; también el valenciano don José Soto Chuliá, don Jesús Martínez y el mallorquín don Bartolomé Payeras.
Estos sacerdotes se distribuyeron en unos 90 pueblos. Las demás comarcas malagueñas se dejaron para los nuevos misioneros que se fueran incorporando a esta gran obra.
Esta actuación de los misioneros eucarísticos duró en la diócesis malacitana hasta la quema de iglesias y conventos, el 11 de mayo de 1931, a comienzos de la II República porque, tras la obligada marcha a Gibraltar del obispo Manuel González, les faltó el alma de la obra, que era el obispo.
2.SEMINARIO DIOCESANO CONCILIAR DE MÁLAGA
Desde su llegada a la ciudad de Málaga como obispo auxiliar, don Manuel se percató de una necesidad grande y urgente: la falta de clero, tanto en el número como en el nivel de formación intelectual.
Así se refleja en la Visita ad Limina Apostolorum, en la que se presentó la nueva relación del estado de la diócesis de Málaga efectuada ante la Sagrada Congregación Consistorial Romana, redactada y presentada por don Juan Muñoz Herrera, obispo de Málaga:
El número de habitantes residentes en esta diócesis oscila entre los 691 000 y 694 000 de los cuales 137 000 residen en la propia ciudad episcopal y otros 70 000 más o menos, viven en África en la ciudad que comúnmente se conoce como Melilla, cuyo número de habitantes recientemente ha experimentado gran incremento […]. Por lo que tenemos que decir que “la mies es mucha, pero pocos los operarios” ya que el número de sacerdotes alcanza en toda la diócesis el número de doscientos treinta; de los cuales más de un centenar desempeñan su ministerio dentro de la ciudad episcopal. No hay mucha esperanza de que en un próximo futuro esta situación mejore ya que en el seminario diocesano no hay más que sesenta aspirantes al sacerdocio por lo que teniendo en cuenta a los sacerdotes que normalmente han muerto y los que se han ordenado durante el último quinquenio, resulta el triste resultado de que se ha ordenado un sacerdote por cada cinco que han muerto, lo que es para lamentarlo[110] .
Una reforma del clero urge en la ciudad de Málaga. Era un clero débil, tanto moral como intelectualmente. Eran muchos los sacerdotes que vivían de modo irregular. Don Manuel incluso tuvo que hacer frente a situaciones de amancebamiento de algunos sacerdotes[111] .
Había que atajar estos problemas y para ello comenzó a hacer uso de sus artes literarias en sus famosas cartas a Un cura novel, publicadas en los boletines oficiales del obispado de Málaga. En segundo lugar, hizo criba en el seminario y, en tercer lugar, troqueló su sueño pastoral, el proyecto para un nuevo seminario. Este estaba esbozado en Semillero, –cómo él le llama– y estaba en su mente desde que llegó a Málaga como administrador apostólico de la diócesis. Esta concepción la plasmará luego en la obra titulada Un sueño pastoral[112] .
El viejo seminario, ubicado en la calle Santa María, era un antiguo caserón inhóspito e insalubre: estancias estrechas, pisos elevados, patios sombríos, paredes y suelos siempre mojados de humedad y jamás visitados por el sol, clases iluminadas con luz artificial en pleno día, ventilado con el aire más escaso permitido por las calles estrechas y elevadas que rodean el edificio[113] .
En la Visita ad Limina Apostolorum, se hace una descripción del régimen y funcionamiento del seminario diocesano.
Don Manuel vio la necesidad y la urgencia de levantar un seminario nuevo, un seminario que el nuevo prelado ya tenía trazado en su mente e imaginación. Málaga es una ciudad abierta al mar, una ciudad luminosa y con un clima cálido, una urbe que invita a contemplar el paisaje, por un lado el azul de mar Mediterráneo y por el otro lado el verdor de la montaña.
Tenía que construirse un seminario nuevo:
Había que tirar las clases de luz artificial y los dormitorios malolientes y las capillas en que se huele a algo más que a incienso y los comedores de bodegones, más propios para pasar gato por liebre que comida sanas, y los claustros, hasta los artísticos, si no han de servir más que para que alrededor de ellos tomen su recreo en eternas vueltas a la noria los aburridos colegiales…[114]
Debería ser luminoso, aireado, abierto, grande, lleno de luz y aromas de campo y color, acogedor, atractivo, que fuera una casa de estudio, una casa acogedora y familiar… es decir, una casa típica andaluza. Un hogar donde se formaran muchachos que llegasen a ser sacerdotes cabales, sacerdotes de cuerpo y alma, que era lo que necesitaba el pueblo malagueño. Un seminario en el que el pilar principal y fundamental fuera la eucaristía.
Don Manuel era consciente de que si él conseguía tal propósito, el pueblo de Málaga, su diócesis malacitana, estaría salvada.
Este sueño era maravilloso y necesario pero, el problema que se le presentaba ahora sería:
Presentar su proyecto al sumo pontífice.
El capital necesario para comenzar las obras.
El prelado viaja nuevamente a Roma lleno de entusiasmo en su sueño pastoral para explicar su proyecto al papa. Larga y extendida fue la conversación con el pontífice, pero la espera valió la pena, Pío XI respondió con estas palabras al proyecto de El obispo de los sagrarios abandonados:
Con nada me ha podido Ud. dar tanto gusto como esto que me cuenta y me enseña de su seminario; yo nada he amado ni amo tanto como el seminario, porque esta es en definitiva la única fuente de esperanza y de vida. Los sacerdotes serán como hayan sido formados en sus seminarios y los pueblos serán como los formen sus sacerdotes […]. Esto son matemáticas[115] .
Estas palabras del papa llenaron de consuelo su corazón y fueron una fresca rociada que disipó los miedos y dudas. No era una locura ni un querer llamar la atención, ni siquiera un empeño de hacer méritos para subir en el escalafón eclesiástico. Estaba claro que Dios lo quería, aunque pareciera como un revolucionario y un atrevido, tal como le dijo en carta desde Granada su amigo Andrés Majón:
Es V. en esa obra un revolucionario y atrevido, que llega a su hora y hará ruido, porque responde a una necesidad por todos sentida y por nadie o casi nadie remediada. Adelante, pues, y Dios le conserve la vida, salud, gracia y pluma.
De. V. en C. J. s. s. y a. a. Andrés Majón[116] .
El presupuesto inicial, con el que contaba don Manuel González, de la construcción era de un millón de las antiguas pesetas, dinero necesario para dar comienzo a las obras pero insuficiente para su conclusión. Finalizarlo suponía el triple del capital inicial.
Las primeras respuestas a este ansiado proyecto no tardaron mucho en llegar. La primera fue la del terreno para la ubicación del nuevo edificio. Estos terrenos colindaban con otras propiedades pertenecientes al obispado. Estaban situados a cien metros de altura sobre el nivel del mar y cumplían los propósitos. Así mismo lo describe el propio obispo don Manuel González:
Los visité; ¡qué vistas! ¡Qué panoramas! Al norte, los montes de Málaga más altos que los nuestros y defendiéndolos, por consiguiente, de las molestias del viento. Al sur, el mar, el azul mediterráneo, dejando ver en los días despejados las costas y montañas de África; y en el centro, tendida entre el mar y la montaña, Málaga que vista desde allí ¡bien hay motivos para llamarla bella! Subiendo aquellas montañas y derramando la vista por aquella extensión de veinte hectáreas, me dije: Este es el seminario ideal para la enseñanza al aire libre, la instrucción activa, la agricultura práctica, sobre todo, el seminario sin necesidad de vacaciones ni medicinas. Aquí el verano se queda allá abajo en las calles y casas ahogadas del llano y el invierno se pasa por lo alto de las montañas más altas que las nuestras. ¡Seminario de eterna primavera![117]
Respecto a la futura capilla del nuevo seminario:
El sagrario habría de ser el vértice de la construcción y el foco de toda la vida del seminario […] se le daría forma circular, octogonal o de cruz griega, para que su centro lo ocupara la gran mesa del altar del sagrario […] el interior de la capilla sería sobrio de adornos que distrajeran la atención de lo que en ella es lo primero y principal y hasta los cuatro altares laterales para las imágenes del Sagrado Corazón, la Inmaculada, san José y los santos patronos del seminario santo Tomás de Aquino y san Sebastián […] hasta la disposición de los asientos en la capilla […] toda esta acción debe contenerse en esto: en ir aproximando al joven a Jesús Sacramentado elevándolo, hasta colocarse en el mismo plano de Él […] colocándolo en tres grados de latinos, filósofos y teólogos[118] .
El problema para la adquisición del terreno fue el dinero: le pedían cuarenta mil pesetas que no tenía.
Una segunda respuesta llegó. La duquesa viuda de Nájera, marquesa viuda de Oñate, Paredes de Nava, Castañeda y Campo Real, Excma. Sra. D. ª Guillermina Heredia Barrón, entregó de forma anónima al obispo un lote de joyas pertenecientes a la familia para que las vendiera y adquiriera el terreno deseado.
A este proyecto se unieron dos célebres ingenieros que se ofrecieron para llevar a cabo la construcción de este nuevo seminario: el conde de Guadalhorce, don Rafael Benjumea Burín, y el malagueño don Fernando Loring Martínez.
En enero de 1919 se procedió a los trabajos preparatorios de desmonte, apertura de carreteras y tareas de relleno. Y comenzó a levantarse el nuevo edificio[119] . Un primer problema se hizo presente: la falta de agua. Se vieron obligados a frenar las obras durante el verano de 1919 hasta subsanar la necesidad de agua. Fueron momentos duros para don Manuel pero su buen ánimo y su confianza en Dios no le hicieron rendirse.
Algunos piensan que fue coincidencia, otros piensan que no se realizó un estudio profundo del terreno, otros consideran que fue fruto de sus intensas oraciones y sacrificios. Lo que no se puede negar, y así lo recoge Campos Giles, es que don Manuel subió a un pequeño cerro e indicó un sitio. Solo bastaron varios golpes de azadón y la excavación de unos diez metros de profundidad, cuando brotó de pronto un chorro considerable de agua. Se acondicionó el pozo y, así, la obra contó con cerca de mil litros de agua por hora y agua potable[120] .
El 16 de mayo de 1920 se puso la primera piedra. Las obras continuaron pero, también continuaron las cruces, principalmente la monetaria. Sin embargo, las ayudas no dejaban de llegar. El dinero procedía del pueblo malagueño, muy generoso al proyecto, de sacerdotes y amigos del prelado, ayudados por la mano de obra, y los propios seminaristas, que se convirtieron por un tiempo en seminaristas-albañiles.
La situación económica fue tan desesperante que el 20 de enero de 1924, día de san Sebastián, el obispo reunió a todos los seminaristas en uno de los salones ya concluidos del nuevo seminario y les declaró la situación:
Estamos en un grande apuro; con toda claridad os debo decir que ni para seguir dándoos de comer, ni para pagar los jornales y materiales de la obra tengo dinero. Todo se ha apurado. ¿Qué hacer? El obispo propone la vía de solución, la única. ¡Hay que orar y orar mucho! ¡Más que nunca! Hay que declarar a nuestro sagrario en estado de sitio. ¡A sitiarlo por oración y fidelidad extremada! ¿Hasta cuándo? Hasta que venga dinero. Esta noche empezaremos el ataque, era el sistema de siempre. Se expuso aquella noche en el seminario viejo el santísimo. Vigilia nocturna con asistencia masiva de los seminaristas, presididos por el obispo. Al día siguiente se celebró misa cantada en el salón del seminario nuevo. Y se expuso el santísimo todo el día. Y por la tarde procesión solemne por todos los terrenos del seminario, mirando a Málaga. El cerco se planteó en toda regla. ¡Qué noche y qué día y que procesión! Aquella misma mañana –era domingo– subió al seminario nuevo “un caballero piadosísimo a dejar el pico de una cuenta que acababa de cobrar, mil setecientas pesetas”. Y luego otro con cinco mil. Y al sábado siguiente, un giro desde Bilbao de diez y siete mil. Y otros muchos de menor entidad cuantitativa, pero idéntico significado cualitativo. Era la respuesta del Amo al sitio de sus fieles seminaristas. Don Manuel escribía por aquellos días. “Amo del seminario, piloto y bajel de este mar; Madre Inmaculada, estrella y capitana del seminario, ¡una manita para no ahogarnos! ¡Que algunos sábados y fines de mes casi, casi me siento naufragar! […]. Piloto divino, ¡una manita que es mucho mar para tan flacos marineros![121]
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