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Kitabı oku: «El Cuarto Poder», sayfa 15

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XIII.
en que se descubren algunos secretos de la vida de gonzalo

Gonvendríaonzalo recordó que aun no le habían curado el vejigatorio puesto el día anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte. Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones del cuerpo.

– ¿Qué se le ofrecía, señorito?– dijo la doncella entreabriendo la puerta.

– Haga usted el favor de llamar a la señorita.

Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo:

– Que viene al instante.

El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia de su esposa asomó por la puerta.

– ¿Qué me querías, pichón mío?– preguntó, sin entrar, en tono distraído, que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.

– Entra… Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio.

– Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese— dijo avanzando con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul que no podía velar la curva pronunciada de su vientre.

– No ha dicho que vendría él a curármelo… Además me molesta mucho ya.

La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio, poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó:

– ¿No sería mejor que el médico te curase?

– No, no— respondió él, malhumorado.– Me está molestando mucho… Busca las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.

Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama.

Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo suavemente:

– Vamos.

Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo aprovechó la ocasión para besarla en la frente.

No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual desenfado:

– Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar… Si quieres le pasaremos recado.

– Ya he dicho que no— manifestó el joven frunciendo el entrecejo.– Coge las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima de la llaga y se concluyó… ¡Ya ves que es bien fácil!

Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a cortar la piel.

– ¿Te duele?

– Nada: sigue adelante.

Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se turbaron. Su frente se arrugó fuertemente.

– Mira, déjalo, déjalo… Esperaremos que venga el médico— dijo cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente.

Ventura le miró sorprendida.

– ¿Por qué?

– Por nada. Déjalo, déjalo— replicó abrochándose de nuevo la camisa y tapándose con la ropa.

Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba al techo.

– ¿Pero por qué?… ¿Qué te ha dado, chico?…

– Nada, nada. Déjame que voy a descansar.

La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:

– Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes de comer.

Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo exclamó con sonrisa sarcástica:

– Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.

Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y terribles de los hombres sanguíneos.

Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:

– ¿Quién va?

La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz, tardó un instante en contestar.

– Soy yo, Gonzalo— dijo al cabo con voz débil.

– ¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra— replicó el joven dulcificándose de pronto.

Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado.

– Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres la limonada ya la tienes hecha.

– Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a todo tirar me levanto.

– ¿Te han curado la cantárida?

– Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído— respondió, volviendo a fruncir la frente.

– Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia— dijo Cecilia sonriendo con bondad.

– ¡No es eso! ¡No es eso!– repuso el joven en tono de impaciencia y no poco avergonzado.

– Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una chiquilla… Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en su estómago.

– ¡No es eso, Cecilia!– volvió a exclamar el joven con más impaciencia, levantando un poco la cabeza de las almohadas.– Sería muy necio y muy egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un estado excepcional… Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada por mí… ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un marido?… Si no hubiera sido por ti y por mamá… sobre todo por ti… estaría abandonado en poder de criados como en una fonda.

– ¡Oh, no, Gonzalo!

– Sí, sí, Cecilia— replicó con energía y exaltándose.– Abandonado. Mi mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita… Entonces, sí, viene hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados… Pero traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un poco de compañía hablando o leyéndome algo… ¡De eso, nada!… Ahora le ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del todo su fisonomía… Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando yo insisto con empeño, se decide… ¡pero de tan mala gana! con una cara tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos. No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese consentido seguir…

Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para contrarrestar los de su cuñado.

– Gonzalo— le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose al lecho,– el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no ves las cosas como en realidad son… Es posible que Ventura se haya descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas…

– ¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!– replicó el joven con tanta viveza como mal humor.– ¡Si es una chiquilla que no tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella, lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes, sus joyas… Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan nada… Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha encargado a París que mi enfermedad…

– ¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco.

– No estoy loco. Digo la pura verdad…

Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas, complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego, comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante, sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no quería ser «la señora de un cervecero…» Estaba convencido de que la sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela. ¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite… ¡Pero qué le importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo y por todo… En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran barbaridad, porque era blanca como la leche!… Pues aunque él le había manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no había sido posible que le hiciera caso.

Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus bruscas sacudidas se le marchaba.

Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del joven se aplacase.

Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a decirle con voz muy suave:

– Yo no sé qué decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien corresponde intervenir en vuestras cosas no es a mí, sino a mamá… Pero siempre he oído decir que en todos los matrimonios hay riñas y disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se amolden… Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales tienen bien poca importancia… Y aquí no hay miedo a eso, por fortuna… Tú quieres a Ventura…

– ¡Oh, cada día más!– exclamó él, con rabia de sí mismo.– Estoy enamorado como un burro… sí, sí, ¡como un burro!

Una sombra de mortal dolor, veloz como un relámpago, pasó por los claros ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes como siempre.

– Ella también te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa. Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jamás con premeditación, sino empujada por las impresiones del momento… Además, Gonzalo— añadió sonriendo,– considera que ahora le debes muchas más atenciones, muchísimo más cariño, si es posible…

La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habló de su futuro hijo; un clavito que remacharía de modo inquebrantable la unión de sus almas. Aquel niño para el cual todo el mundo estaba ya trabajando en la casa, disiparía con su sonrisa inocente las nubéculas que sombrearan por un instante el amor de sus papas. Después que estuviese en el mundo ¡bien se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! pues no tendría poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y entretenerle cuando llorase. Y él estaría tan embobado contemplándolo, que no tendría tiempo a ocuparse en si su mujer traía tal o cual vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.

La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empañada siempre, lo cual daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazón, logró conmover pronto el de su cuñado.

Apaciguóse súbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclamó antes de que concluyese:

– ¡Chica, qué gran abogado harías!

– Es que tengo razón— replicó ella riendo.

– Y si no la tuvieses ya te arreglarías para aparecer con ella… ¡Ea, ya pasó!… A mí las rabietas me duran poco… Y, sobre todo, en cuanto tú empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y hasta sabes sacar el Cristo… digo, el niño…

Cecilia soltó la carcajada.

– Reconocerás que ha sido con oportunidad.

– No lo niego.

Ambos rieron con alegría, embromándose cariñosamente, mecidos en dulce fraternidad que los hacía felices.

Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar a la puerta se volvió, preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo:

– ¿Quieres que te haga yo la cura?… Debes estar molesto…

El joven vaciló un instante. Temía ofender el pudor de su hermana política.

– Si tú quieres… No hay necesidad… Acaso te cause repugnancia…

Pero Cecilia ya se había acercado a la cama y recogía las hilas, la pomada y las tijeras, poniéndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta, y extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer la confusión que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de su proposición. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atención a la tarea que tenía entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo, tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuñado, le dijo con afectada indiferencia:

– Cuando quieras.

Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa. Se incorporó en el lecho, y con lentitud embarazosa principió a desabotonarse la camisa. Al fin descubrió su enorme pecho musculoso.

– ¡Buen cuadro para antes de comer!– exclamó avergonzado, repitiendo la idea expresada por su esposa.

Cecilia no contestó. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por la piel que Ventura no había acabado de cortar. Tomó las tijeras, y con mano firme cortó lo que faltaba.

– ¿Te hago daño?– preguntó.

– Ninguno.

Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano, aplicó con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces la mano por encima para ajustarla, colocó un trapo sobre las hilas, y sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tomó con la derecha una venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por el medio encima del trapo.

– Ahora es necesario que te pases la venda por detrás de la espalda, para atarla después aquí encima.

– ¿No te atreves tú?– dijo él con sonrisa entre burlona y avergonzada.

Ella no contestó. Quería a fuerza de seriedad dominar la confusión que la embargaba. Únicamente se podía advertir su emoción en el temblor ligerísimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucían por detrás de sus largas pestañas con íntimo gozo que la expresión indiferente y grave de su fisonomía no podía ocultar.

Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás, pero le fué imposible. Cecilia acudió en su auxilio metiendo la mano con decisión por debajo de la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella mano tembló levemente; mas no dejó de seguir con firmeza su tarea.

– ¿Buen pecho, eh?– dijo él con afectado desenfado, para ocultar el embarazo que a ambos dominaba.

Tampoco respondió Cecilia.

– No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice remando en el Támesis.

– ¿Remando?

– Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no se desdeñan de vestir la blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo más fashionable, como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos hecho río arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas… ¡Es un recreo delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde muchos días antes!…

Se conmovía al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza, cuando ni el amor ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su vida de estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atención que Cecilia le prestaba, se extendía en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los ínfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia. Refería las regatas que había ganado, las que había perdido y todos los incidentes que en ellas habían surgido. Contaba sus impresiones antes y después del suceso, la clase de alimentación que usaba para adquirir vigor y perder la grasa; describía los trajes que usaban, la forma de los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la orilla…

– No habría allí quien tuviese más fuerza que tú— le dijo ella comiéndolo con los ojos.

– ¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero todavía había algunos de más fuerza— respondió él con modestia.

Había desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con ánimos, se iba a Tejada. Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba dedicarse a la caza con ahinco. Montaría además un gimnasio en el sitio más adecuado de la casa. En fin, se prometía ser otro hombre así que curase del todo.

Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir con él algunas veces. Gozaba mucho más en Tejada que en Sarrió. Había nacido para aldeana. El se reía de aquellos propósitos.

– No sabes lo que es ir de caza en este país. A ver si me veo precisado a traerte en brazos como a Ventura.

– No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que parezco.

Al fin la joven, trató de marcharse. Gonzalo le preguntó con timidez:

– ¿No me lees hoy un poco?

Cecilia no había pensado en otra cosa desde hacía rato. Pero como había oído al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, temía dejarla en peor lugar, ofreciéndose a desempeñar esta tarea.

– ¿Qué quieres que te lea?

– Con tal que no sea una de esas novelas terroríficas que le encantan a mi mujer, cualquier cosa.

– Bueno; te leeré el Año Cristiano.

– ¡No tanto!– exclamó él riendo.

Cecilia tomó de la librería un volumen de versos, y se puso a leer sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía deliciosamente, con la tranquilidad de un niño. La joven suspendió la lectura al observarlo, y le contempló atentamente, mejor dicho, le acarició con los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir ruido de pasos en el corredor, y poniéndose encarnada a la idea de que pudieran sorprenderla en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, y salió de la estancia sobre la punta de los pies.

Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le acompañó toda la familia, excepto don Rosendo. Corría el mes de octubre. En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesión de don Rosendo, poblada de coniferas, resaltaba como mancha negra, nada grata a los ojos. El joven puso en práctica inmediatamente su programa de vida higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba a los perros y lanzábase al través de los campos, llegando la mayor parte de los días a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral y un hambre de caníbal. Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia le acompañaba, según le había prometido. Aunque en esta ocasión se mataban pocas perdices, Gonzalo apetecía su compañía como la de un agradable y simpático camarada. La joven nunca se confesaba fatigada; pero él, adivinándolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba a sentarse, y se hacía el distraído charlando, a fin de que durase más el descanso.

Mas ella luchaba entre el placer de estas correrías, y el compromiso que había contraído con su hermana de hacerle el canastillo para el niño. Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quinto o sexto mes de hallarse en cinta, Ventura decidió encargarlo a Madrid; pero Cecilia le había dicho:

– Si me traes los modelos, yo respondo de hacértelo igual.

Venturita se había resistido un poco; mas al ver el empeño que su hermana ponía, consintió en ello. Cecilia emprendió con tanto afán la obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando su cuñado le instaba a salir, le respondía:

– Mira, hoy déjame trabajar. Hace tres días que apenas coso nada.

Y como él insistía haciendo burla de aquellos trabajos, ella se resignaba diciendo:

– Bien, lo peor es para ti. A ver con qué vas a vestir a tu hijo cuando nazca.

– Descuida, chica— replicaba él riendo.– Tengo bastantes camisas para él y para mí… ¡Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!…

Al cabo de un mes, la acción del aire y del sol había puesto a Cecilia mucho más morena. Parecía un muchacho, un marinerito del muelle, según la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hacía su vida de sultana caprichosa, que ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de la casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El resto, solía emplearlo en leer novelas de folletín. Cada día estaba más hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribuía no poco a realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca incesantemente su obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, así la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de sus manos, sin cansarse jamás. El matrimonio la había embellecido dándole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa primavera en dorado y espléndido estío. La misma maternidad, sin quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con que sabía adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve a aquella adorable figura.

Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y temida, movía a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las torres chinescas. Hasta doña Paula, que la había hecho rostro en los primeros meses de matrimonio, había vuelto a caer en su esclavitud. Ella no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. Así, por ejemplo, nadie sabía cuándo tornarían a Sarrió, sino ella. La cocinera no arreglaba la comida sin consultarla. El cochero subía a preguntarle todos los días si quería salir de paseo. El jardinero no movía un tiesto sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su marido saliese. Una sola vez, viéndole preparado a salir con Cecilia, le dijo sonriendo en presencia de ésta y de otras personas:

– Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. Mira que voy a celarme.

Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de esas miradas soberanas que expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que se alejase, no podría romper la cadena; volvería blando y sumiso a sus pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dócil hacia él su frente.

Gonzalo pagó aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se había puesto levemente pálida y sonreía para disimular su turbación.

– Vamos, ¡idos, idos! No os quiero ver delante— añadió.– Si me la estáis pegando, peor para vosotros, porque tomaré una venganza sonada.

La broma no era delicada, teniendo presente lo que había mediado entre Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para soltarlas.

En los primeros días de diciembre se trasladaron a Sarrió. Un mes después Ventura daba a luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella. Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibió con alegría, sí, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su esposa, que no sobreviniese ningún incidente. Todo se volvía entrar y salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En opinión de éste, Ventura podía criar sin inconveniente a su hija. Era una muchacha robusta, bien conformada. Tan sólo cuando los niños salen muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó de miedo y se opuso, primero embozadamente, después en términos categóricos, a dar el pecho a la niña. Gonzalo se convenció en seguida y hasta halló razonable aquella oposición. En cambio doña Paula se indignó grandemente, aunque sólo expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.

Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en el cuidado de la criatura, que en poco tiempo se apoderó por completo de ella. Colocó en su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la niña, con pretexto de que Venturita se ponía enferma cuando pasaba una mala noche. Ella resistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y en efecto, en cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para entregársela a la nodriza. Si ésta no conseguía acallarla, tomábala en brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.

Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la misma libertad y descuido que en los primeros días de novios. Cuando por la mañana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la había bañado en agua tibia y la traía envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de nuevo a su hermana.

Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aquél concluyó por darle las llaves de los armarios.– «Cecilia, voy a vestirme.» La joven corría al cuarto y a los pocos momentos volvía diciendo:– «Ya lo tienes todo». Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas relucientes, al lado de la mesa de noche.– «Cecilia, se me ha descosido un poco el forro del gabán.» Cuando tornaba a ponérselo ya estaba cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba extremadamente de que su cuñado vistiese a la última moda; no consentía por ningún concepto, que anduviese un día siquiera con una bota picada o con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algún nuevo traje elegante. Desde el balcón, levantando un poquito la cortina, seguíale con la vista cuando iba al café con el cigarro en la boca. Y después que daba la vuelta a la esquina, todavía contemplaba, hasta que se disipaba en el aire, la última bocanada de humo que había soltado.

Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia, le dió la llave del dinero.– «Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura ni yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.» Convertida en intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejoría en sus negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, decía al criado sonriendo:– «Pásela usted al administrador». El criado sonreía también y se la llevaba a Cecilia.

Aquella intimidad, aquella compenetración singular de los cuñados en casi todos los actos de la vida, había engendrado una ilimitada confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a éste en la calle, en el café, que no viniese a contar a Cecilia, que le prestaba incansable atención. Su esposa en cambio ni atendía ni quería oir hablar siquiera de sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las soirées madrileñas, bodas de los grandes de España, le interesaba poco. Lo que más excitaba su curiosidad era cuanto se refería a los reyes y a la real familia. Leía con avidez el relato de las recepciones palaciegas, conocía la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cámara, cómo se saludaba a los reyes, cómo se les besaba la mano, cuándo se había de hablar en su presencia, cómo había que retirarse. Sabía los nombres y la biografía de cada uno de los miembros de la real familia y también los de los nobles más caracterizados de la corte. Las novelas, y una señora azafata de la reina que había estado a tomar baños en Sarrió, le habían sugerido aspiraciones fantásticas, un anhelo de vivir en aquella atmósfera brillante. La majestad de los príncipes la conmovía, la embargaba de sumisión, ¡ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y aquella vida galante de la corte le producía cierto deslumbramiento como los fulgores de un sueño feliz. Cuando había estado en Madrid, su cualidad de provinciana rica, no le había consentido gozar más que de los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, había permanecido tan distante como en Sarrió. Y sin embargo, ella estaba bien convencida, y no le faltaba razón, de que podía brillar en cualquier parte. Su hermosura y la viva y graciosa imaginación de que estaba dotada, la hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad más distinguida. Algunas veces paseando en landau con su marido, había visto fijarse en ella con atención y codicia las miradas del duque de S… del marqués de C… de encumbrados personajes políticos. En una ocasión había oído a la duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su compañera:– «¿Estará casada esta niña tan linda?» De aquellos tres meses en Madrid, le había quedado una visión poética, un recuerdo confuso de sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que disponía en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas costumbres sólo conocía de oídas.. Así, por ejemplo, cuando salía de casa, que era pocas veces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al concluirse la función, había causado en Sarrió alguna sorpresa y no pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en público eran siempre de fantasía, distintos enteramente de los que vestían las otras damas de la población. Estas, por regla general, solían andar en sus casas con la ropa usada «en cualquier facha» como ellas decían. Ventura operó una revolución, vistiéndose desde por la mañana con trajes nuevos y adecuados a aquella hora. No se la sorprendía jamás, ni aun en el retiro de su gabinete, sin todos los adminículos y adornos propios de la ocasión. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el pasmo de la población. Había muchas señoras que iban a visitarla, sólo por enterarse de su tocado casero.

Yaş sınırı:
12+
Litres'teki yayın tarihi:
30 ağustos 2016
Hacim:
480 s. 1 illüstrasyon
Telif hakkı:
Public Domain