Kitabı oku: «El maestrante», sayfa 7

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V
Las bromas de Paco Gómez

Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a ella consentiría en cualquier alianza.

–Desengáñate, Santos—decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por el Bombé con Granate,—tú, como te has pasado más de la mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas, incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó rechazándote…

–¡Entodavía! ¡entodavía!—manifestó sordamente el indiano.

–Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se coma la breva… Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les gustan los hombres como tú, robustos… porque tú eres un roble, chico—añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.

Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.

–¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!

–Con estos hombros que aquí ves—dijo el indiano con orgullo—se han ganado muchos miles de pesos.

–¿Cómo? ¿Cargando sacos?

–¡Sacos!—exclamó Granate sonriendo con desprecio.—Eso es pa la canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!

El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores: un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y las damas?… ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría. Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones, espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de Ernani o Nabuco para recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.» Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo!

Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse «primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada, abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban; los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!

–Allí viene Paco con el Jubilado. Lo mismo te dirán que yo—profirió Manuel Antonio poniéndose la ebúrnea mano sobre las cejas a guisa de pantalla.

En efecto, allá a lo lejos se columbraba la figura de Paco como una percha coronada por un pepino. Todos los sombreros le entraban hasta las orejas a causa de la inverosímil pequeñez de la cabeza y su disposición excepcional. A su lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bigotes blancos y arrogante figura militar, aunque ya sabemos que era el hombre más civil que hubiese producido Lancia desde hacía algunos siglos.

Granate dejó escapar algunos gruñidos destinados a probar el profundo desprecio que aquellos dos personajes le inspiraban, el uno por su poca formalidad, y el otro por no tener ni un mal cupón del tres por ciento.

–Vamos, queridos, hacedme el favor de convencer a este babieca de que es un buen partido para cualquier muchacha, porque no quiere creerlo.

–¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido con cinco o seis millones de reales, no sé yo quién lo será!—exclamó Mateo relamiéndose como padre de cuatro niñas casaderas que no acababan de casarse.

–¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el cañón!—dijo el indiano echándole una mirada torva.

–¿Cómo? ¿Tiene usted más?… Me alegro… Yo hablo por lo que dice la gente…

–Tengo quinientos mil pesos sin quitar un lápiz.

Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando:

–¡Bien, Santos, bien! Eso del lápiz me enternece.

Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras; las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el idioma eran proverbiales en Lancia.

–Pues nada, este infeliz se figura—prosiguió el marica, sin hacer caso de la mirada recelosa que le dirigió—que porque Fernanda Estrada-Rosa gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de vecino… ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia!

–Hombre, Fernanda ya es otra cosa—manifestó el Jubilado, que no estaba en el ajo—Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís; pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por aburrir a la muchacha…

Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y consideración que debía a la persona que se lo había comunicado.

Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias, echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces. Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de particular que al fin cayera con él.»

Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si hablara consigo mismo:

–Esa carta es ipócrifa.

Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa. Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más.

–¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco… ¿Tú conoces la letra de Fernanda?… ¿No?… Pues yo sí y aquí D. Cristóbal también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella… Tú eres demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero tienes cierta gracia y cierto aquel… vamos…

–¡Ya lo creo que lo tiene!—exclamó Paco.—Bien puede usted fiarse de Manuel Antonio, que es voto en la materia.

–Cualquiera puede distinguir, querido—profirió éste, picándose repentinamente.—Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo que es feo y lo que es mediano.

Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron, pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación.

–Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.

Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico retintín:

–¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz!

–Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de ser útiles.

–¡Útiles!—exclamó el Jubilado encrespándose.—¿Qué utilidad traen, vamos a ver? ¿En qué son útiles?

–Hombre, mantienen la paz.

–La guerra es lo que mantienen. Para librarnos de los ladrones basta la guardia civil. Ellos son los que fomentan el malestar y la ruina de la nación. En cuanto ven las escalas paradas se sublevan en uno u otro sentido, que eso es para ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces pensionadas!… Yo sostengo que mientras existan soldados no habrá tranquilidad en España.

–Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extranjera nos atacase?

El Jubilado dejó escapar una risita irónica y sacudió algunas veces la cabeza antes de contestar.

–Pero ven acá, infeliz, la única nación que puede atacarnos por tierra es Francia, y si Francia se decidiese a hacerlo, ¿de qué nos servirían todos esos oficialitos tan guapos y bien uniformados?

–Además, los soldados son un bien para la población por lo que consumen. Los comercios ganan, las casas de huéspedes lo mismo…

Manuel Antonio defendía a la milicia sólo por oír a Mateo y ponerle fuera de sí. Ahora se observaba un dejo de ironía en sus palabras y mayor deseo de exacerbarle.

–¡Eso es!… ¡Ahora sí que me has apabullado! ¿Y de dónde viene ese dinero que consumen, majadero?… ¡De tí y de mí y del señor, de todos los que pagamos algo al Estado en una u otra forma!… El resultado final es que ellos consumen sin producir, que son un mal ejemplo en las poblaciones, porque la ociosidad en que viven corrompe a los que ya son un poco propensos a la vagancia… ¿Sabes tú cuál es el gasto del ejército? Pues entre los ministerios de Guerra y Marina consumen más de la mitad del presupuesto. ¡Es decir que la administración, la justicia, la religión, los gastos que ocasionan nuestras relaciones con los demás países, las obras públicas y el fomento de todos los intereses materiales no cuestan tanto al contribuyente como esos caballeritos del pantalón encarnado!… Que las demás naciones de Europa tienen un ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. Las demás se pueden permitir ese lujo porque tienen dinero. Pero nosotros somos unos pobretes; no tenemos más que fachada… Además, en otros países hay complicaciones internacionales, de las cuales por fortuna estamos libres. La Francia no nos atacará por miedo a la intervención de las potencias; pero si nos atacase, lo mismo nos conquistaría con ejército que sin él…

El Jubilado se repetía, manoteaba para dar nueva fuerza a sus argumentos, echaba fuego por los ojos. Manuel Antonio le dejaba irritarse con visible satisfacción. En aquel momento pasó cerca el grupo de los oficiales, que dieron las buenas tardes cortésmente. Todos contestaron menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído.

–Yo creo que está usted muy exagerado, don Cristóbal. ¿Qué tiene usted que decir del capitán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No es todo un buen mozo y una persona atenta y fina?

–Con un azadón en la mano estaría mucho mejor y sería más útil a su país—murmuró sordamente el Jubilado.

–Pues no tiene usted más que ponérselo en cuanto sea su yerno, porque, según cuentan, es novio de su hija Emilia—dijo el marica recalcando las palabras con extremado gozo.

Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó anonadado. Apenas pudo mascullar trabajosamente:

–¡Quién hace caso de esas boberías!

Y no volvió a chistar. Aquella noticia le había llegado a lo profundo del corazón, le ponía en la situación más difícil en que estuvo jamás hombre alguno. Los demás no dejaron de notar este silencio, y se hacían guiños y se dirigían sonrisas por detrás de su espalda.

Pero Paco también estaba preocupado. Cuando se le metía en la cabeza, en aquella cabeza como un puño, mal amasada, un bromazo como el que tenía proyectado, andaba inquieto, afanoso, lo mismo que el poeta o el pintor que tienen una obra entre manos. Después de varios días de machacar por él logró al fin, casi, casi, decidir al indiano. Se trataba nada menos de que éste fuese a pedir con toda ceremonia a D. Juan Estrada-Rosa la mano de su hija Fernanda. Según Paco y los que le secundaban, era el medio más directo y más adecuado de conseguirla. Todo lo demás, andarse por las ramas. El día en que D. Juan viese que le entraban diez millones por la casa andaría de cabeza por convencer a su hija. Y ella misma no les haría asco. ¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con quién mejor podía casar que con un hombre tan rico, tan formal, tan sano y tan ilustrado? Este último epíteto, proferido por Paco con grave continente, estuvo a punto de echar a perder el asunto, porque no faltó quien sofocase a duras penas la carcajada. Granate quiso advertirlo, miró a Paco con recelo y volvió a mostrarse desconfiado y reacio algunos días.

Llegó un momento, sin embargo, en que el indiano creyó en sus palabras. Fue después de haberle oído en el Casino desde una habitación contigua atacar duramente al conde de Onís. Aquel día se decidió a darle crédito y convino con él la manera de llevar a cabo la petición que le aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no decir nada previamente a la chica. Así como los buenos generales, para asegurar la victoria, suelen caer de improviso y con sigilo sobre el ejército enemigo, lo más hábil en este caso era entrar inopinadamente en la casa, llamar a don Juan a una conferencia reservada y abordar de frente el negocio. Por el banquero no había cuidado: se pondría como unas pascuas. La chica recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la aturdiría y la pondría más blanda. Las cosas graves de la vida se deciden generalmente por una corazonada. El que no se arriesga no pasa la mar. En resumen, que Granate se entregó a discreción y comenzaron los preparativos para la gran solemnidad. Lo primero que se trató fue la hora. Quedó resuelto que fuese a las doce del día. El traje fue objeto de animadas pláticas. Paco opinaba que, para presentarse bajo un aspecto más imponente, convendría vestirse algún uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de administración civil. No era difícil conseguir el nombramiento sacrificando un puñado de oro; pero esto dilataría más de un mes la realización de la empresa. Se desechó el uniforme y se convino en que vistiese frac negro y llevase colgada la medalla de concejal. Fijose por último el día: resultó un lunes.

Desde mucho antes el traidor había deslizado en la conversación, hablando con D. Juan Estrada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba de ser deseado y requerido por él para yerno. D. Juan, que era también rico y tenía su cacho de orgullo, y sobre todo adoraba a su hija y creía que el día menos pensado vendría un duque de Madrid a pedírsela, se irritó grandemente, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de ver a su hija casada con semejante cafre, preferiría que se quedase soltera.

–Pues tenga cuidado, D. Juan—dijo Paco sonriendo maliciosamente,—porque el día menos pensado se presenta en casa a pedirle la mano de Fernanda.

–No lo hará tal—respondió el banquero.—Demasiado sabe que le echaría por la escalera abajo.

Con estos antecedentes el terrible humorista de Lancia marchaba sobre terreno seguro. Fuera de los tres o cuatro amigos que le ayudaron a persuadir a D. Santos, a nadie dio parte de la intriga; pero el domingo por la tarde, víspera del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio que él, lo fueron pregonando por todos los grupos y citándose para el día siguiente en el café de Marañón. En provincia, donde son escasos los medios de divertirse, se toma muy por lo serio esta clase de bromas, se preparan con fruición, se paladean de antemano. La de Paco fue acogida con vivo entusiasmo por la juventud laciense. La víctima no era un pobre diablo, cómo solía acontecer, sino un ricachón. Esto le prestaba doble atractivo. En el fondo de todos los corazones hay siempre unos granitos de odio para el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo la voz, y al día siguiente se presentaron en el café de Marañón más de cincuenta mancebos.

Pero no se dieron a luz en tanto que no pasó Granate. El café estaba situado en un piso principal (por aquel tiempo no se usaban los bajos para este destino) de la calle de Altavilla, casi enfrente de la casa de D. Juan Estrada-Rosa. Ésta era grande y suntuosa, aunque no tanto como la que recientemente había construido don Santos. La del café, vieja y de ruin apariencia. El local que ocupaban los parroquianos, una sala donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes a los lados con algunas mesillas de madera para el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán lejos aún los tiempos de que se estableciese en uno de los bajos de aquella misma calle el magnífico café Británico, con mesas de mármol, espejos colosales y columnas doradas como los más elegantes de Madrid!

Espiando por detrás de los visillos aquella florida juventud, ávida de los goces estéticos, vio pasar a Granate correctamente vestido, balanceando su torso colosal sobre unas piernas que no lo merecían. Le vieron entrar en casa de Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del picaporte. Nada más. Inmediatamente se abrieron de par en par los balcones del café y se llenaron. Los que no tenían sitio se encaramaron en sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos se clavaron en el portal de enfrente. Esperaron cerca de un cuarto de hora.

Al cabo la fisonomía violácea de Granate apareció de nuevo. Daba miedo. Aquella cara parecía ya un terciopelo como si estuviese ahorcado. Las orejas tenían el color de la sangre. A su aparición estalló una salva de toses y estornudos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabeza y paseó su mirada atónita por aquella muchedumbre descompuesta que le sonreía, sin comprender la razón. Tardó poco, sin embargo, en darse cuenta de que era víctima de un bromazo. Sus ojos se clavaron entonces feroces en el concurso, y exclamó con un desprecio que nada tenía de fingido:

¡Méndigos!

Y se alejó como un jabalí perseguido por la jauría entre silbidos y carcajadas, volviendo de vez en cuando la cabeza para escupirles el mismo esdrújulo injurioso.

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Litres'teki yayın tarihi:
27 temmuz 2019
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330 s. 1 illüstrasyon
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Public Domain
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