Kitabı oku: «La neoinquisición», sayfa 14

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«Esta es la mentalidad de un culto, en el que creencias fantásticas se alardean como prueba de la propia compasión. Esa mentalidad no puede coexistir con una estima por la verdad, y creo que es responsable de algunas de las desafortunadas tendencias en la vida intelectual reciente. Una de esas tendencias es el desprecio declarado entre muchos académicos por los conceptos de verdad, lógica y evidencia. Otra es una división hipócrita entre lo que los intelectuales dicen en público y lo que realmente creen».

Steven Pinker

La igualdad de género

En un sentido moral es indiscutible que hombre y mujer son iguales en dignidad y derechos. El problema es que actualmente lo que se postula en el debate público es una igualdad fáctica que concibe el género como una construcción social.

Esta idea, que carece de toda rigurosidad académica, propia del feminismo hegemónico, pretende establecer que el género es una imposición de la sociedad. Según esta tesis, los hombres y mujeres tenemos una constitución biológica diferente en tanto a órganos sexuales, pero no existen diferencias innatas capaces de manifestarse en nuestra interacción con otros. En otras palabras, no habría una naturaleza propiamente femenina o masculina que, aun parcialmente, determine los roles que asumimos en la vida en común. La feminista Simone de Beauvoir planteó esta idea ya en la introducción de su influyente libro El segundo sexo, en el cual hizo un repaso histórico de la sumisión a la que, en su visión, había sido sometida la mujer: «Las ciencias biológicas y sociales ya no creen en la existencia de entidades inmutablemente fijas que definirían caracteres determinados tales como los de la mujer […] si ya no hay feminidad es porque no la ha habido nunca»470, afirmó. Y más adelante, de Beauvoir continuó desarrollando su teoría: «No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino»471. Consecuente con esa lógica, de Beauvoir afirmó que niños y niñas son idénticos y que es solo la confrontación con el «otro» diferente lo que los lleva a desarrollar su identidad masculina y femenina, no algo que les sea natural. El sexo biológico entonces no determina nada, ni siquiera los intereses de machos y hembras, los que les son «imperiosamente insuflados desde sus primeros años»472. Con estas reflexiones, observó Judith Butler, probablemente la teórica feminista más influyente de las últimas décadas, de Beauvoir separó el género del sexo, contribuyendo a la idea feminista según la cual la anatomía no es destino473. Como consecuencia ya no se pueden atribuir «valores o funciones» sociales a la biología ni tampoco se puede «hablar con sentido de comportamientos naturales o antinaturales de género», pues «todo género es innatural», es decir, un constructo social474. La misma Judith Butler, en su bestseller, Gender Trouble, argumentó que «el género es culturalmente construido» y que no es «ni el resultado casual del sexo ni tan aparentemente fijo como el sexo»475. Si eso es así, añadió, entonces cualquier persona se puede identificar con el género que desee y, aún más, «no tiene por qué asumirse que los géneros son solo dos»476.

Toda esta teoría se encuentra detrás de diversas ideas de uso común; entre ellas, aquella según la cual si no existe paridad de género en diversas áreas de la vida social, tales como las ciencias, la música, la ingeniería o los directorios de las empresas, por nombrar algunos ejemplos, es debido a una cultura machista en la que no se valora ni promueve el rol de la mujer. De la misma manera, si hay más mujeres dedicadas a la crianza que hombres, si se verifican menores salarios de parte de las mujeres o conductas sexuales distintas, es producto de un orden patriarcal discriminatorio y opresivo que debe ser superado para lograr la auténtica liberación de la mujer. En su ensayo La dominación masculina, el influyente sociólogo Pierre Bourdieu sostuvo que fue precisamente la diferencia de los órganos sexuales y la significación del acto sexual como uno de dominación del hombre sobre la mujer lo que había fundado todo el sistema institucional y simbólico de dominación masculina. Bourdieu se declaraba asombrado por lo que llamó «paradoja de la doxa», y que básicamente consiste en la aceptación de parte de grupos oprimidos y opresores del orden de dominación establecido. En ningún caso, agregó, se daba esto de manera más clara que respecto de las mujeres, sometidas a una violencia simbólica sistemática a través del lenguaje, las maneras de pensar y hablar y toda una estructura institucional que debía ser, según Bourdieu, quebrada para liberar a la mujer477. Al igual que Butler y de Beauvoir, Bourdieu creía que el género era una construcción social derivada de una perversa significación de la diferencia sexual biológica:

Las apariencias biológicas y los efectos indudablemente reales que han producido, en los cuerpos y en las mentes, un prolongado trabajo colectivo de socialización de la biología y de biologización de lo social se conjugan para invertir la relación entre las causas y los efectos y hacer parecer una construcción social naturalizada —los géneros en cuanto hábitos sexuados— como el fundamento de la división arbitraria que está en el principio tanto de la realidad como de la representación de la realidad que se impone a veces a la propia investigación478.

Como Butler, de Beauvoir y toda la corriente feminista de raigambre posmoderna y marxista, Bourdieu pensó que no había una esencia femenina ni masculina, sino una tabula rasa, una hoja en blanco que la mera cultura ha escrito, plagándola de diferencias de una manera que es discriminatoria para con la mujer, cuyo rol se ve reforzado una y otra vez por los sistemas de violencia simbólica ejercidos por las formas de comunicación, la escuela, la familia y así sucesivamente.

Ahora bien, aunque sea innegable el hecho de que en tiempos pasados la mujer se encontraba en una evidente situación de desventaja ante los hombres y que esas desventajas eran reforzadas culturalmente, el problema con la visión feminista que ve al género como una mera construcción social es ante todo ideológica. En otras palabras, el presupuesto central de todo el discurso de género es simplemente contrario a la evidencia científica más elemental y en consecuencia no se trata más que de una narrativa arbitraria que pretende avanzar posiciones de privilegio de grupos determinados y al mismo tiempo promover una agenda ideológica servil a esos intereses. En su libro The Blank Slate, el psicólogo evolutivo de Harvard Steven Pinker, refutando precisamente la tesis feminista de la construcción social, sostiene que «muchas feministas atacan la investigación sobre la sexualidad y las diferencias sexuales» y agrega que «la política de género es una razón central por la que la aplicación de la evolución, la genética y la neurociencia a la mente humana sea amargamente resistida en la vida intelectual moderna»479. En este sentido anticientífico que denuncia Pinker es que puede hablarse de que existe efectivamente una especie de ideología de género.

La verdad es que no es necesario recurrir a Platón ni a una teoría esencialista de las cosas como la que critican de Beauvoir y sus seguidores para afirmar científicamente el hecho de que existe una naturaleza humana y que dentro de dicha naturaleza hay categorías biológicas de características bastantes definidas que distinguen a los hombres de las mujeres. La neurociencia moderna ha establecido, más allá de toda duda, que los cerebros del hombre y de la mujer son diferentes, lo cual tiene una serie de consecuencias sociales que el discurso de igualdad de género predominante niega para atribuirlas a supuestas estructuras de opresión. El mismo Pinker, liberal de izquierda, señala decenas de diferencias existentes entre los cerebros del hombre y de la mujer que han sido demostradas con diversas tecnologías y experimentos. «Las mentes de los hombres y las mujeres no son idénticas, y a veces las diferencias son grandes», explica Pinker. Entre ellas, argumenta Pinker, los hombres tienen una mayor preferencia por el sexo sin compromiso con una mayor diversidad de parejas y son más inclinados a la competencia violenta y letal. Las mujeres, en tanto, experimentan emociones básicas de manera más intensa, tienen relaciones sociales más íntimas, tienen más empatía, mantienen mayor contacto visual y sonríen más. De otra parte, agrega Pinker, mientras los hombres compiten por estatus de manera más violenta, las mujeres lo hacen socavando el prestigio de sus competidoras y agrediendo verbalmente. Los hombres tienen mayor tolerancia al dolor físico y disposición a arriesgar su vida; las mujeres son más atentas con los llantos de sus hijos y cuando son niñas juegan más a ser madres y a roles sociales, mientras los niños se dedican a juegos violentos, a perseguirse y a manipular objetos. Todas estas y muchas otras diferencias, explica Pinker, se encuentran ancladas en nuestro cerebro y no tienen nada que ver con construcción social, sino con biología480. Por eso, agrega, es que en todas las culturas del mundo a través del tiempo se ha visto a hombres y mujeres de manera distinta, dividiendo el trabajo en función de esas diferencias biológicas, algo que el desconcertado Bourdieu, inmerso en su ideología de la dominación, ignoró por completo en su análisis. En casi todas las culturas, afirma Pinker, los hombres son más agresivos, violentos y dispuestos al sexo casual. Todas diferencias a nivel de cerebro que son producto de la evolución, la misma que hizo que en promedio los hombres sean físicamente más grandes que las mujeres. Estos debían competir violentamente por mayores oportunidades de apareamiento con diversas hembras, pues así multiplicaban, explica Pinker, las probabilidades de descendencia. Es por eso que el hombre es físicamente más grande que la mujer, lo cual se verifica en muchos mamíferos. La mayor habilidad de los hombres de ubicarse en espacios físicos más amplios se deriva también de una historia evolutiva de control de territorio, lo cual podría explicar la ventaja que tienen en los ejercicios de rotación tridimensional y el uso de mapas mentales481.

Pero también la fisionomía de los cerebros masculinos y femeninos es diferente. Pinker explica que los hombres tienen cerebros más grandes con más neuronas y las mujeres tienen más materia gris. Diversas partes del hipotálamo y de los hemisferios izquierdo y derecho son distintas en hombres y mujeres. Los niveles de testosterona, a su vez, tienen impactos muy diferentes en la conducta masculina y la femenina, al igual que los estrógenos, que afectan el nivel cognitivo de la mujer dependiendo de la parte de su ciclo menstrual. Es simplemente absurdo suponer que la evolución adaptó nuestros cuerpos para la función reproductiva que debemos cumplir, pero desconectó completamente nuestros cerebros de esa misma función reproductiva y de supervivencia dejando a hombres y mujeres como la única especie en todo el mundo animal sexuado exenta de una programación cerebral distintiva. Como observó The Economist en un artículo refiriéndose a los estudios recientes sobre diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres: «En los días de caza y recolección, los hombres pasaban más tiempo lejos del campamento, sus cerebros tenían que adaptarse para poder encontrar su camino. También pasaron más tiempo rastreando, peleando y matando, ya sea animales o vecinos intrusivos. Las mujeres, en tanto, se educaron entre sí y criaron a los niños, por lo que tuvieron que adaptarse para permitirles manipular las emociones de los demás y de sus hijos para tener éxito en su mundo»482. Esto explicaría, según dice The Economist basándose en la neurología moderna, por qué los hombres tienen mejores habilidades motoras y espaciales, un pensamiento monolítico y las mujeres, en cambio, tienen mejor memoria, pueden lidiar con varias cosas al mismo tiempo y son más socialmente adaptables.

Las diferencias entre el cerebro masculino y femenino son más profundas de lo que pudiera pensarse. Para el neurobiólogo Dick Swaab, «nada parece ser más fácil que determinar el sexo del bebé, pues ya en el momento de la fecundación se encuentra definido». A partir de dos cromosomas X surge una mujer, a partir de uno X y uno Y surge un hombre483». El cromosoma Y del niño desata un proceso que genera la producción de la hormona masculina testosterona que desarrolla los órganos sexuales masculinos. Swaab explica que es «en la segunda mitad del embarazo que se diferencia el cerebro masculino del femenino, pues, contrario a las niñas, en esta etapa el niño produce altas concentraciones de testosterona que en esta fase definen nuestra identidad de género» lo que significa que «la sensación de ser hombre o mujer queda fija de manera irreversible en las estructuras cerebrales»484. La identidad misma de mujer u hombre entonces, poco tiene que ver con cultura y mucho más con la biología. Creer lo contrario, como proponen Butler, de Beauvoir y las feministas de género, a la luz de la evidencia no solo es falso, sino tremendamente dañino. Swaab explica que entre 1960 y 1980 se creía que los bebés «llegaban como hojas en blanco al mundo y que su comportamiento se definía por el entorno en una dirección femenina o masculina». Bajo esa idea, agrega, se pensaba que en una operación después del nacimiento se podía elegir el sexo del niño y que la socialización lograría adaptar la identidad de género al sexo biológico. Esta idea, dice Swaab, tuvo «graves consecuencias en el trato de nuevos nacidos» pues las «diferencias de sexo en el cerebro y en el comportamiento se manifiestan también en campos que aparentemente no tienen ninguna conexión con la reproducción». Uno de ellos es el comportamiento en juegos, que según se suele decir es netamente producto de la cultura. Swaab aclara, sin embargo, que esto no es producto de nuestro entorno social:

Los niños son más activos, rebeldes y juegan preferentemente con soldados y autos, mientras las niñas prefieren muñecas. Que esta diferencia entre los sexos está fundada biológicamente lo demostraron después los experimentos de Alexander y Hines. La preferencia por determinados juguetes no es, por lo tanto, impuesta por la sociedad, sino que está programada en nuestro cerebro para prepararnos para nuestro rol social posterior: en el caso de las niñas, por ejemplo, para ser madres, y en el caso de los niños hombres para combatir y desarrollar labores técnicas485.

Esta selección de «juguetes sexualmente específicos», agrega Swaab, se da también en monos, dando cuenta de un mecanismo que ha evolucionado por decenas de millones de años y que pasa por «las altas dosis de testosterona que reciben los niños hombres en el vientre materno», las que «parecen ser responsables del comportamiento de juegos sexualmente diferenciados»486.

Si la identidad de género fuera una construcción social como reclaman muchos, entonces el caso de John-Joan-John no se podría haber producido. Cuando era apenas un bebé de menos de un año, David Reimer, nacido en 1965, fue sometido a una simple operación médica para sacarle parte de la piel del pene, pero un error produjo que perdiera la totalidad de él. Luego de deliberar qué hacer, los padres, guiados por un psicólogo de teoría de género de Filadelfia llamado John Money, decidieron, con su asesoría, convertirlo en mujer. Así fue que lo castraron, lo llamaron Brenda, lo educaron como mujer y le administraron dosis de estrógenos durante la pubertad además de asesorarlo psicológicamente con dicho profesional. Durante años Money presentó el caso como uno de éxito indiscutido sobre la teoría de género como construcción social. El problema es que Money no decía toda la verdad, pues Brenda nunca se sintió cómoda con su identidad femenina y, al llegar a la edad adulta, la rechazó por completo asumiendo una completamente masculina, volviendo a su nombre David e incluso casándose y adoptando varios hijos. Según Swaab, la testosterona había anclado de tal modo la identidad masculina en el cerebro de David, que ni la suma de la castración, la educación estereotípica de mujer, el tratamiento con hormonas y la educación psicológica pudieron hacerle asumir una identidad femenina487.

A pesar de la evidencia científica, feministas como Judith Butler, por ejemplo, insisten en definir el género como una construcción social, lo que relega toda la teoría feminista de esa línea al campo de la ideología. Lo interesante del caso de Butler, como el de los posmodernos franceses, es que su estilo oscuro y confuso ni siquiera permite entender siempre qué es lo que defiende. Como ha observado la filósofa feminista liberal y profesora de la Universidad de Chicago, Martha Nussbaum, en su artículo «The Professor of Parody», «es difícil entender las ideas de Butler, porque es difícil descubrir cuáles son»488. Lo que busca Butler con su estilo oscuro es, según Nussbaum, «crear un aura de importancia» pues dado que no se puede entender lo que dice, el lector ha de pensar que «debe haber algo significativo, cierta complejidad de pensamiento, donde en realidad a menudo hay nociones familiares o incluso desgastadas que se abordan de manera demasiado simple y casual». Butler, añade Nussbaum, ni siquiera sigue los cánones de seriedad académica establecidos cuando hace interpretaciones de pensadores que suele citar, tales como Freud o Foucault, lo que significa que no escribe para una audiencia académica. Pero tampoco lo hace para el público general, el que simplemente, dice Nussbaum, no sería capaz de digerirla. Butler se dirige en cambio a una audiencia «notablemente dócil», sujeta «a la voz oracular del texto de Butler, y deslumbrada por su pátina de abstracción de alto concepto». Se trata así de un lector que «plantea pocas preguntas y que no solicita argumentos ni definiciones claras de los términos». En otras palabras, según Nussbaum, la obra de Butler es una charlatanería en la cual «la oscuridad llena el vacío dejado por la ausencia de una verdadera complejidad de pensamiento y argumento». Incluso la gran idea de Butler, aquella según la cual el género es una construcción social, dice Nussbaum, no es nada nuevo ni original. La misma Nussbaum agrega que si Butler cree que «los bebés ingresan al mundo completamente inertes, sin tendencias ni habilidades que, en cierto sentido, son anteriores a su experiencia en una sociedad con género», ello no es muy plausible y «difícil de respaldar empíricamente»489.

Esta falta de fundamentos sólidos que constituye la esencia del feminismo hegemónico ha llevado a que la sociedad se cargue de una tóxica atmósfera de «lucha de géneros», donde se concibe que toda posición de ventaja del hombre es necesariamente una que anula a la mujer. Según la filósofa feminista liberal Christina Hoff Sommers, el feminismo se encuentra «dominado por un grupo de mujeres que busca convencer al público […] de que las mujeres viven bajo un patriarcado, una hegemonía masculina en un sistema de sexo/género en el que el género dominante trabaja para mantener a las mujeres sometidas»490. Estas «feministas de género», como las llama, creen que la escuela, la familia y todas las instituciones operan para mantener la dominación. Lo anterior, agrega Hoff Sommers, es una farsa y una hipocresía que alimenta el resentimiento vengativo de las feministas en circunstancias de que las mujeres viven hoy en Estados Unidos en sociedades con la misma libertad y derechos que los hombres491.

Como se ve, de manos de la teoría de género, el feminismo ha caído en el juego de las políticas identitarias analizado en capítulos anteriores, según el cual los intereses de unos grupos, en este caso, hombres y mujeres, no son complementarios, sino que están en oposición. Hoff Sommers advierte que esto es una perversión contraria al espíritu liberal: «La pérdida de fe en el liberalismo clásico y sus soluciones, sumada a la convicción de que las mujeres permanecen sometidas y sujetas a una permanente y maligna reacción masculina», ha llevado a que «la ideología feminista dé un giro divisivo», enfatizando a la mujer como «una clase política que se encuentra en oposición a los intereses de los hombres». Según esta visión, «las mujeres deben ser leales a las mujeres», unidas en la hostilidad a los hombres, quienes buscan asegurar «sus privilegios y poderes patriarcales»492. Para avanzar su agenda ideológica, dice Hoff Sommers, estas feministas niegan la ciencia y recurren a «mentiras nobles» en que inventan y tergiversan información manipulando a la opinión pública en temas que van desde la violación, pasando por agresiones a mujeres, hasta la brecha salarial493.

Y aunque muchas mujeres no se identifican con el feminismo, estos discursos derivados de la falacia según la cual el género es una construcción social han permeado haciendo un daño importante. Sin duda el más recurrente tiene que ver con el rol de la mujer en el mundo laboral. Como hemos visto, existe una idea generalizada de que la cultura es enteramente responsable de que haya menos mujeres científicas, ingenieras, premios Nobel o en altos puestos empresariales. Pero resulta que si bien la cultura tiene influencia, mucho más relevante en esta materia es la biología, es decir, la naturaleza propiamente femenina y la masculina. Uno de los papers más reputados que se hayan publicado sobre la presencia de mujeres en ciencias y matemáticas —las llamadas áreas STEM— concluyó que los hombres tienen, en tanto grupo, mayores habilidades e intereses en ellas:

Los machos son más variables en la mayoría de las medidas de capacidad cuantitativa y visuoespacial, lo que necesariamente resulta en más varones en los extremos de alta y baja capacidad [...] Los machos superan a las hembras en la mayoría de las medidas de las habilidades visuoespaciales, que se han considerado como un factor en las diferencias de sexo en los exámenes estandarizados en matemáticas y ciencias. Una explicación evolutiva de las diferencias sexuales en matemáticas y ciencias respalda la conclusión de que, aunque las diferencias sexuales en matemáticas y ciencias no han evolucionado directamente, podrían estar relacionadas indirectamente con diferencias en intereses y sistemas cerebrales y cognitivos específicos494.

Lo anterior debe entenderse a la luz de lo sostenido por la neurosiquiatra estadounidense y autora de The Female Brain, Louann Brizendine, quien afirma que «el cerebro femenino está tan profundamente afectado por las hormonas que se puede decir que su influencia crea la realidad de una mujer»495 dando forma a sus valores y deseos. Esto se verifica durante toda la vida de la mujer, pues «cada estado hormonal —la infancia, la adolescencia, la maternidad y la menopausia— actúa como fertilizante para diferentes conexiones neurológicas que son responsables de nuevos pensamientos, emociones e intereses». Todo ello, agrega Brizendine, produce fluctuaciones que comienzan desde los tres meses y duran hasta después de la menopausia, configurando una realidad neurológica menos predecible que la de un hombre496.

Por razones evolutivas entonces, los hombres y las mujeres no solo tenemos capacidades distintas, sino que además diferentes preferencias. Esto significa que, aun cuando el entorno tenga incidencia en la cantidad de hombres y mujeres que se dedican a las ciencias y otras áreas, la biología es esencial para entender por qué más hombres que mujeres deciden hacerlo. La psicóloga Susan Pinker ha explicado el tema de las preferencias laborales de las mujeres en relación a las de los hombres señalando que, en sociedades avanzadas, estas poco tienen que ver con discriminación o barreras sociales y mucho más con la forma en que se encuentran cableados nuestros cerebros. En carreras como ingeniería y ciencias de la computación, explica Pinker en su libro The Sexual Paradox, ni aun con acciones de discriminación positiva y becas se ha logrado equiparar la proporción de mujeres y hombres, a pesar de que mujeres en esas carreras ganan 30 o 50 por ciento más que el promedio de las mujeres. Las mujeres con vocación científica, en tanto, eligen abrumadoramente profesiones en la ecología, biología, farmacéutica, dentista, psicología y medicina. Incluso entre las que han entrado a ciencias físicas, técnicas e ingeniería, muchas optan por abandonar la carrera497. Y esto no tiene que ver con políticas de gobierno. En países como Alemania, Japón y Canadá, donde existe un alto grado de igualdad de género y políticas de apoyo a la familia, tan solo un 5 por ciento de las mujeres elige estudiar física, comparado con un 30-35 por ciento en Filipinas, Rusia y Tailandia, que son mucho menos igualitarios498. En Holanda y el Reino Unido, en tanto, solo un 10 y 20 por ciento, respectivamente, elige estudiar física, menos que en muchos países pobres donde hay menores oportunidades para las mujeres. Este fenómeno es lo que los expertos han venido a llamar «la paradoja de género» y se refiere a que mientras mayor es la igualdad de género, menos mujeres deciden estudiar ciencias naturales y matemáticas, lo cual se ha confirmado notoriamente en el caso de los países nórdicos. Una investigación de 2018 sobre la materia, analizando 475 mil adolescentes en 67 países del mundo, concluyó que estas suelen optar por carreras científicas en países más pobres y con menos igualdad de género y carreras no científicas en los países ricos con mayores oportunidades para las mujeres: «Los países con altos niveles de igualdad de género tienen algunas de las mayores brechas de STEM en la educación secundaria y terciaria», escribieron los autores, señalando que «esto es lo que llamamos la paradoja de la igualdad de género en la educación». Finlandia, agregaron, sobresale en igualdad de género, al punto de que sus niñas adolescentes superan en rendimiento a los niños en ciencias. Esto significa que podría «cerrar la brecha de género de STEM» a nivel de estudios superiores. Sin embargo, el estudio señala que, paradójicamente, «Finlandia tiene una de las brechas de género más grandes en el mundo universitario en los campos STEM» junto con Noruega y Suecia, donde menos del 25 por ciento de los graduados de STEM son mujeres. Este patrón, concluyeron los autores, «se extiende a todo el mundo, por lo que la brecha de graduación en STEM aumenta con los niveles crecientes de igualdad de género»499.

Una razón plausible para esta paradoja es que al permitir una mayor fuente de ingresos, en los países pobres las mujeres se vuelcan en mayor número a estas carreras por razones de subsistencia, pero cuando las variables económicas son menos relevantes, como ocurre en los países ricos, estas eligen las carreras por las que realmente se sienten inclinadas y que les resultan más satisfactorias. En otras palabras, las preferencias están fuertemente influidas por la biología y, por lo tanto, pudiendo elegir sin presiones, más mujeres se sentirán más realizadas en profesiones relacionadas con el lenguaje, así como más hombres con las ciencias. Los autores del estudio afirmaron que encontraron «diferencias considerables en las actitudes, ya que los niños a menudo expresan una mayor autoeficacia, más alegría y un interés más amplio en la ciencia que las niñas. Estas diferencias también fueron más grandes en países con mayor igualdad de género»500.

Ahora bien, existe otra razón evolutiva ya mencionada, aparte de las preferencias, que hace que haya más hombres que mujeres entre los grandes científicos, artistas, literatos, filósofos y en general las grandes mentes de la humanidad. Helena Cronin, codirectora del Centre for Philosophy of Natural and Social Science de la London School of Economics, lo ha explicado de manera sencilla en una charla disponible en YouTube501. La presentación es una clase magistral sobre aquellas diferencias biológicas innatas que derivan en elecciones de carrera y potencial cognitivo diferente. Cronin comienza explicando que diversos experimentos enseñan que, por naturaleza, las mujeres se encuentran más interesadas en personas y los hombres en objetos. Además, los hombres son mucho más competitivos que las mujeres, debido a que la selección natural hace decenas de miles de años solo permitió sobrevivir a aquellos hombres que fueron exitosos en luchar por la probabilidad de aparearse. En otras palabras, todos los hombres que viven hoy descienden de esos animales fuertemente competitivos. De ahí se sigue que los hombres sean más dispuestos al riesgo, más agresivos, más obsesionados con el estatus y con ganar, entre otros atributos. Esta sería una razón central, dice Cronin, por la que hay más hombres en posiciones de liderazgo en distintas áreas. En efecto, según un informe de 2018 del World Economic Forum que evaluó ciento cuarenta y nueve países, hay solo diecisiete que tenían mujeres como jefas de Estado, mientras que, en promedio, solo un 18 por ciento de ministros y un 24 por ciento de los parlamentarios a nivel mundial eran mujeres. De manera similar, las mujeres ocupan solo el 34 por ciento de los cargos directivos en los países donde hay datos disponibles502. En una plataforma totalmente ciega a las diferencias de género como es Wikipedia, estudios muestran que el 87 por ciento de los editores son hombres y tan solo un 13 por ciento mujeres503. Esto va en línea con los estudios generales de participación de mujeres en foros públicos de pensamiento como diarios o miembros del Congreso, entre otros. En ellos, para Estados Unidos, la proporción es de 85 por ciento hombres versus 15 por ciento mujeres504.

Es difícil imaginar que todos los datos anteriores, que muestran el mismo patrón a través de las distintas culturas, sean meramente producto de la discriminación. De hecho, ella ni siquiera es técnicamente factible en el caso de Wikipedia, pues cualquiera puede, desde su casa, convertirse en editor. Para dejar más claro el rol de la biología en este contexto es necesario volver a la otra razón que hemos visto, dada para explicar las diferentes posiciones alcanzadas por hombres y mujeres; a saber, que en todas las especies la distribución de características es mucho más dispersa entre los machos que entre las hembras, las que tienden a concentrarse en el promedio. Así, por ejemplo, la diferencia entre los individuos más grandes y los más pequeños es mucho mayor en los machos que en las hembras, lo que significa que los machos se encuentran sobrerrepresentados en los extremos. Como explica Cronin, en términos de inteligencia humana esta mayor variabilidad masculina produce que si bien los hombres y las mujeres, en tanto grupos, presentan niveles casi idénticos de inteligencia, la distribución de esa inteligencia, sin embargo, es distinta entre ambos grupos. Mientras las mujeres tienden a ubicarse más en el promedio de la distribución, los hombres lo hacen más en los extremos. En palabras de Cronin, en el mundo de los hombres hay «más tontos, pero más premios Nobel». En ciertas áreas, como razonamiento mecánico, por ejemplo, en el mejor 0,1 por ciento de individuos la proporción de hombres en relación a mujeres es 236:1. Esto, insiste Cronin en la charla citada, explica la sobrerrepresentación de hombres en los máximos niveles de excelencia.

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9789569986550
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