Kitabı oku: «Memorias de una niña Alba», sayfa 4
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Los días siguientes avanzaron sin sobresaltos. Según mi cuenta ya había pasado, aproximadamente, un mes y medio desde que habíamos llegado al hogar. Se suponía que la primavera estaba pronta a llegar, pero el frío seguía, sin piedad, acosándonos cada día, y no se hizo extrañar el día sábado en que, según yo, cumpliría uno de mis mayores anhelos.
Poco después del desayuno, en la sala común, la hermana Carmen dio un comunicado.
—Hoy iremos a Fundación Mi Casa. En media hora las llamaremos para que se pongan chaquetas —dijo la monja.
—¿Y si nos vienen a ver? —preguntó una de las internas.
—Los papás tendrán que volver hasta la otra semana —respondió la hermana sin mucho interés, mientras la interna ahogaba un llanto que no podía disimular.
La monja salió de la sala y el murmullo no tardó en subir de tono. Algunas internas estaban felices. Otras, en cambio, lloraban y reclamaban. Yo trataba de entender qué ocurría y qué lugar era. Me acerqué a Ana, mi compañera de dormitorio.
—Oye, ¿qué es Fundación Mi Casa? —le pregunté con curiosidad.
—Es un hogar también, pero de puros hombres.
—¿Y a qué vamos para allá?
—No sé, de repente nos llevan para celebrar cosas o a jugar.
Sabía que había oído ese nombre antes. Hurgué entre mis recuerdos. ¡La luz se encendió! Lo había recordado. Me embargó la ilusión. ¡Vería a mis hermanos! Lo anhelaba desde el día en que nos habíamos separado. Lo recordaba. Fundación Mi Casa era el hogar adonde los habían llevado. Lo recordaba porque oí nombrarlo a mi mamá varias veces. Los vería al fin. Le conté a Margarita, ambas saltamos felices.
Las internas comenzaron a moverse al baño. Todas se arreglaban y miraban en el espejo. Yo también me peiné, me lavé la cara y a Margarita. La masa se dirigía a los respectivos dormitorios y yo seguí a mis compañeras.
Una de las hermanas ya estaba esperando a que hiciéramos una fila para entregarnos chaquetas. Todo avanzó de prisa. Mi chaqueta era color café claro y no combinada nada con los vestidos aparatosos que nos ponían los días sábado. Todo estaba listo. Bajamos al primer piso y nos formaron en una fila fuera del comedor.
Una monja nos daba instrucciones. Yo buscaba a Margarita entre las internas más pequeñas, pero no la veía. La directora se acercó a cada una y nos inspeccionó rápidamente. Se acercó a mí. Me miró.
—Tú te quedas —me dijo mientras avanzaba hacia atrás en la fila.
—Pero yo quiero ir —dije casi sin aliento, tratando de reprimir las lágrimas.
—No puedes ir.
—Por favor, quiero ir —dije acercándome a ella y tomándole el brazo.
—Dije que no, vuelve arriba.
—Por favor, por favor —dije sollozando moviéndome a su lado mientras avanzaba.
—Llévate a esta para arriba —le dijo a otra monja.
Me aferré a su brazo lo más fuerte que pude. No pensaba en nada más que en ir. Creí que si suplicaba me dirían que sí. La otra monja me tomó el cuerpo tratando de separarme de la directora. Yo pataleaba y lloraba a moco tendido. La monja logró tomarme por la cintura mirando hacia adelante. Yo me retorcía gritando. Mi voz desgarrada se mezclaba con mi llanto inteligible. De vez en cuando lograba arrastrar mi cuerpo hacia abajo y la monja se esforzaba en que no me soltase. Comenzó a subir las escaleras y con mis pies sobre la pared, nos empujaba hacia abajo. Mis esfuerzos eran inútiles. Ya casi llegábamos al tercer piso.
—¡Deja de llorar y quédate tranquila!, o te quedarás sin cena —me gritó la monja mientras seguimos avanzando.
Yo no paraba de llorar. Llegamos directo al baño. Mis gritos y súplicas se habían ahogado. En su lugar quedaban solo sollozos incontrolables. La monja me puso en el suelo. Quedé frente al espejo y no me reconocí. Mis ojos, mi frente, mis mejillas, todo enrojecido, la cara hinchada. Las lágrimas me mojaban hasta la polera. Los mocos llegaban a mi mentón. Mi cuerpo convulsionaba entre sollozos. La hermana me sacó la chaqueta y toda la ropa. Me arrastró hasta una de las duchas. Abrió la llave y me empapó. El agua fría me sorprendió de golpe y me desesperé. Quería salir. Me estaba congelando. La monja me retenía debajo del chorro. Volví a gritar, esta vez ya casi disfónica. Me miré en el espejo. Me avergoncé de mi reflejo. De mi cuerpo desnudo. Dejé de resistirme. Solo lloré. Vi correr el agua por mi rostro y sollocé. Pedí perdón. Pedí por favor salir de ahí.
—No quiero. Por favor, no quiero —dije entrecortando las sílabas.
—Te pasa por no obedecer. Me Obligas a hacer esto. ¿Quién tiene la culpa? —me respondió bruscamente.
—Yo, pero quiero salir.
—¿Vas a dejar de llorar? —me dijo mientras cerraba la llave de agua.
—Sí, sí.
—Quédate aquí, voy a buscar una toalla —salió del baño y me dejó temblando.
Volví a mirar mi reflejo. Aunque había dicho que dejaría de llorar, no podía conseguirlo. El mentón me temblaba, el cuerpo también. Me dolían hasta los huesos. Mis lágrimas seguían corriendo y como pude me abracé para darme calor. La hermana volvió con la toalla. Me envolvió y me ordenó secarme. En el dormitorio me entregó un calzón y una camisa de dormir. Mi sollozo, silenciado a la fuerza, y la pena no me dejaban analizar el porqué me entregaban un pijama de mañana, pero tenía tanto frío que me lo puse sin preguntar.
—Te acuestas. Estarás castigada todo el día. No bajarás a almorzar. Si te portas bien, podrás ir a cenar.
—Ya.
—Anda.
Avancé hacia mi cubículo. Me subí como pude a mi litera. Aún no podía controlar el cuerpo.
Las cortinas estaban abiertas. Miré hacia abajo y vi a las internas subirse a un bus que estaba estacionado afuera de la puerta de entrada. Apoyé la frente en la ventana para poder ver mejor. La mayoría de ellas se veía contenta. Mis lágrimas seguían cayendo y vi el bus alejarse por la calle. Me acosté de lado. Abracé mis rodillas, el pelo mojado había empapado mi camisa de dormir pero no me importó. Me tapé hasta arriba y me permití seguir llorando en silencio. Me acordé que no había visto a Margarita en la fila. Supuse que tampoco había ido. No me pregunté cómo estaría ella. No tenía fuerzas ni para consolarme a mí. No me di cuenta cómo ni cuándo, pero me dormí.
La cena fue silenciosa. Yo, avergonzada por el aspecto de mi rostro, no levanté la cabeza en ningún momento. Ni siquiera para mirar a Margarita, ni para saber cómo estaba. Me dolía la cabeza, con mucho esfuerzo abría los ojos. El dolor me acompañó un par de días, la vergüenza también.
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La payaya me había atrapado. Ana me había enseñado muy bien y ya tenía la técnica de cómo mover las manos para que las piedras no se cayeran. Jugábamos durante las mañanas y algunas tardes. Margarita intentaba pero no podía.
Ya llevábamos dos meses sin salir. Yo, al menos, recorría el camino a la escuela. Los días se habían vuelto más largos. La luz había cambiado. Faltaba un mes para la llegada de la primavera.
Era día viernes. ¡Íbamos a salir! Almorzamos ansiosas, ya se nos había comunicado que después de almuerzo daríamos un paseo. Antes de salir nos formaron detrás de la puerta y nos dieron las instrucciones. Nadie podía alejarse del grupo. Las más grandes cuidaban a las pequeñas. Las internas mayores se dividirían entre el principio y final de la comitiva, dos hermanas liderarían.
La gran puerta se abrió y salimos al sol con los ojos entreabiertos, como si nos hubiesen tenido privadas de libertad durante décadas. Margarita se aferró a mi mano y una de las niñas mayores la tomó por la otra. Avanzábamos por la avenida frente a las miradas curiosas y compasivas de la gente. Mi hermana miraba todo. En algunas casas se habían adelantado a la fecha de Fiestas Patrias y lucían banderas en sus ventanas y astas.
—¿Aurora, qué es eso? —dijo señalando una bandera vieja que flameaba sobre el techo de una casa.
—Es la bandera de Chile.
—Qué fea, está rota.
—Pero es la bandera po. Es importante, eso nos dijo la tía Cecilia.
—¿Quién?
—Mi tía de la escuela po.
—No importa que sea vieja, es la bandera igual —dijo la interna que llevaba a Margarita de la mano—. Además, si los milicos te escuchan decir eso, te van a llevar y no vuelves más.
—¿Quiénes son los milicos? —preguntó Margarita, antes que yo.
—Son los soldados malos, pero no podemos hablar na de eso, me dijo mi mamá, porque nos pueden llevar si nos escuchan. Así que caminen mejor.
Caminamos tres cuadras, paramos en un negocio. No tenía ni un peso, qué novedad, jamás había tenido. Los estantes estaban llenos de caramelos.
—Aurora, quiero un rico —me dijo Margarita.
—No tengo na de plata.
—Pero yo quiero un rico —volvió a repetir y se puso a llorar.
—No llores, nos van a castigar.
Pero mi hermana no parecía entender. Traté de ahogar su llanto en un abrazo.
Del negocio vimos salir a una de las hermanas que había entrado hacía unos minutos atrás. Traía una bolsa. Se dirigió al principio de la fila y comenzó a repartir algo entre las internas. Yo estiraba el cuello para lograr saber qué era. La monja seguía avanzando y tuve a la vista el contenido. Casi me desmayé de la emoción. Comeríamos helado. No lograba recordar desde cuándo no probaba uno. Por fin llegó nuestro turno. Margarita casi le arrancó el brazo a la monja y ella no se enojó. Todo era sonrisas y disfrute. La interna mayor le abrió el helado a Margarita y después a mí, mientras yo sujetaba el suyo. Le pasé la lengua con ansiedad y cuidado, para que no se acabara y logré hacer durar el helado tres cuadras. Tuve que convidarle a Margarita un par de lengüetazos. Me sentía flotando en el aire. Hacía mucho tiempo no me sentía tan feliz.
Cruzamos un puente. Nos formamos de a dos para poder pasar. Los autos transitaban velozmente. Cada vez que uno pasaba nos despeinábamos. Desde ahí podíamos ver las ruinas de un puente antiguo, que se encontraba a un par de metros. Sobre los pilares se veían monedas brillar.
—¿Por qué hay moneas allá? —le pregunté a la interna mayor.
—Parece que la gente pide deseos —me contestó.
—¿Con moneas?
—Si po. Piden el deseo, tiran la monea. Si le achuntan, entonces se le cumple. Yo una vez tiré una, pero no se me cumplió na.
—No tengo ninguna. También pediría un deseo.
Conforme avanzaba, mis ganas de haber pedido un deseo, se incrementaban. Trataba de decidir cuál habría sido. Tal vez podría haber pedido que nos sacaran del hogar, aunque debía reconocer que hambre no pasábamos, ni frío por las noches. También pensaba en que podría haber pedido ver a mis hermanos. Eso realmente me hubiese gustado, pero, definitivamente, haber comido otro helado, era lo que más quería en ese momento.
Ni cuenta me di cuando ya estábamos en la plaza. Antes de cruzar hacia allá, la hermana nos ordenó juntarnos en un grupo más reducido en espacio, y nos dieron las instrucciones. No debíamos correr, alejarnos del grupo, desobedecer, conversar con desconocidos, ni pedir golosinas. Todas asentimos y cruzamos. En la plaza habían familias, niños corriendo hacia todos lados. Una pileta. ¡Una pileta enorme! Jamás había visto algo así. —Una piscina. Ahí hay una piscina.
—Ja, ja, ja, ¿nunca habíai visto una? —me preguntó la interna.
—No —dije avergonzada—. ¿Nos podemos bañar?
—No po, no es na pa eso. Es de bonito no más.
Solo sonreí, con vergüenza y decepción, yo quería bañarme.
El trayecto de vuelta se nos hizo más corto. No hubo helado, pero yo estaba feliz.
Llegamos justo a la hora del té. Después de comer nos llevaron a un gimnasio que, según yo, estaba en un subterráneo. En los dos meses que llevábamos en el hogar, todavía no me había tocado jugar ahí.
La entrada estaba al lado de la oficina de sor Soledad. Se accedía de inmediato a un ancho pasillo, en cuyos costados había puertas. Desde la entrada se podía ver la cancha. Ya habían ahí internas jugando con una pelota. En el primer peldaño de la gradería, una monja nos acompañaba y animaba a jugar. Jamás fui buena para los deportes con balones, pero debía participar igual.
Mientras corría para que la pelota no me alcanzara, frenaba unas ganas tremendas de ir al baño. Me dolía el estómago, desde que me había comido el helado. Pedí permiso para salir. La hermana me indicó dónde quedaba el baño dentro del gimnasio.
Al entrar sentí de inmediato el olor a amoníaco que salía de cada cubículo. No quería respirar. Elegí el más presentable y me senté. Definitivamente estaba enferma. Recorrí con la mirada en busca de papel higiénico. No había. Qué haría. Grité, nadie respondía, nadie llegaba. No tuve conciencia de cuánto rato llevaba sentada en la taza de baño soportando el olor a pudrición que había en el lugar. No sabía sobre cálculos de tiempos, pero creí haber estado horas. La desesperación y la angustia comenzaron a hacerse presentes. Junto a la puerta había un basurero. Lo miré por un momento largo. Lo abrí. Se notaba que no los limpiaban hacia tiempo, los papeles ya no tenían consistencia, su color ya no era blanco y ni hablar del olor. No tuve otra opción, introduje la mano. Reprimí una arcada, elegí el mejor y lo usé. Salí del cubículo. Por suerte había jabón, la toalla no importaba. Caminé lentamente fuera del baño y a cada paso podía sentir el olor a heces que emanaba mi propio cuerpo. No podía volver con las internas, se darían cuenta, se reirían. Frené el paso, me apoyé en la pared del pasillo, bajé hasta quedar sentada en el suelo y lloré.
Sentí el ruido y las risas de algunas internas que se acercaban, una de ellas se dirigió a mí.
—¿Qué estái haciendo ahí, rucia?
—Na —dije, limpiando mis lágrimas.
—Ya estái llorando. Nos tení' aburrías con tanto alaraqueo.
—Oye, anda a pedir confor donde la hermana pa que pasemos al baño —le dijo a otra interna.
—¡Verdad!
—Ya, chao —dijo acercando su rostro al mío—. ¡Que estái hedionda! ¿Te hiciste caca?
—No me hice na.
—Uf, que estái hedionda. Agáchense y sientan —les dijo al resto de las niñas. Las internas se acercaron y se taparon la nariz junto a un gesto de asco.
—Vamos mejor, esta se hizo caca.
Abracé mis rodillas y seguí llorando. Definitivamente, estaba destinada a no tener amigas ahí. Observaba de reojo a la hermana, vigilaba que no me viera y caminase hacia mí. Las internas volvieron del baño y pasaron a tirar de mi brazo para que me incorporase al juego. La monja nos vio y me hizo una seña para que volviera a la cancha. Caminé con las piernas juntas y me situé en un lugar apartado del resto de mis compañeras. Las internas del pasillo se reían y les decían cosas al oído a las demás. Me miraban y se alejaban. ¡Te hiciste caca! —me susurraban al oído entre todas.
Yo en el centro, petrificada, sin moverme y tragando las lágrimas. Tenía que hacer algo. Tal vez bañarme, pero no era día de baño. Los calzones no los cambiábamos hasta el otro día. Mi desesperación crecía. Mi pequeña mente funcionaba al 300 por ciento y la idea llegó a mí. Salí corriendo de la cancha. Me paré a unos metros de la hermana.
—Hermana, ¿me puede dar confor por favor? —dije mirando hacia el piso.
—Pero fuiste al baño recién.
—Sí, pero quiero ir otra vez.
La monja desenrolló el papel. Me lo tendió. Me acerqué a ella lo menos posible y me fui. Abrí con cuidado la pesada puerta del gimnasio. Miré a ambos lados, como no vi a nadie, salí. Me encaminé de prisa por las escaleras. Una vez en el baño del tercer piso, después de haberme cerciorado de que estaba vacío, me saqué el pantalón, la ropa interior, la revisé y la limpié lo mejor que pude. Era tarea casi imposible. Ya se había ensuciado por completa. ¿Qué haría? Mil cosas pasaban por mi mente. Entré a la ducha y me aseé. Me sequé con el poco confort que me quedaba, terminé de repasarme con la manga de mi sweater. No tuve opción, me coloqué otra vez la ropa interior y me vestí completamente. No quería volver al gimnasio. Decidí quedarme en el baño hasta que me encontraran. Miré detrás de la puerta y había un espacio en donde podría quedarme. Me acurruqué hecha un ovillo e hice lo mejor que sabía hacer desde hacía dos meses: llorar.
Pasé largo rato pensando en qué haría. Recé. Con fe, como me enseñaban en el colegio. Si Dios me escuchaba haría que mi ropa interior volviera a estar limpia. Cada vez que terminaba una petición, miraba mi calzón para verificar si se me había cumplido el deseo. Nada pasó. Dios no me quería. Tenía que volver al gimnasio antes de que terminara la tarde. Debía ir a cenar. Algo sombrío se me cruzó por la mente. Una mente pequeña que nada debía saber sobre ciertas cosas. Había tomado una decisión. Me lanzaría por la ventana de mi cubículo. Me estremecí, lloré hasta que no me quedaron lágrimas. Esa noche moriría. Debía bajar a cenar para poder ver por última vez a Margarita. Tenía que abrazarla. Ya no me importaba que me castigaran por haber desaparecido por varios minutos, tal vez horas. Me puse en pie. Avancé hasta el espejo, me encontré con mi reflejo. No quería morir. Quería que mi mamá llegara a salvarme. Quería que Dios me ayudara. Quería retroceder el tiempo y haberme acordado de pedir papel higiénico. La idea se apoderó de mi mente y ya no se removía. Caminé hacia la salida, no sentía mis extremidades. El ruido circundante se tornaba lejano. Bajé las escaleras con un pito ensordecedor en los oídos. Caminé sin distinguir figuras, hasta la entrada del gimnasio. Todas estaban ahí. Inmersas en el mismo juego. Tal vez solo me ausenté unos minutos. No podía dejar de pensar en cómo iba a ser morir. ¿Me dolería? ¿Me iría al infierno? Mi cuerpo se estremecía con cada pensamiento. Cuando, por unos segundos, fui consciente de mis movimientos, me encontré caminando de un lado a otro del pasillo, refregándome las manos, llorando desconsoladamente. Nadie me veía. O tal vez sí, pero nadie me miraba, ni me invitaban a jugar, y yo, solo podía llorar. Me acordaba de la muñeca que me había regalado mi papá días antes de que nos mudáramos a Osorno. Se me perdió en el patio de la casa, no la pude encontrar. El perro de la vecina debió habérsela comido, o eso pensaba yo. Ella estaba muerta, me iría con ella. Y qué más daba, a nadie le importaría, nadie sabía ni entendía lo que me ocurría, o, al menos eso creía mi pequeña y frágilmente, frágil y fácil de penetrar, solo había que observar, pero nadie observaba.
Sola, caminando, hilando ideas, llorando y temblando estaba, cuando sentí la mano de la monja sacudiendo mi hombro.
—¡Aurora! Te estoy hablando. ¿Qué te pasa? —me preguntó la hermana.
—Na, nada —dije con la voz entrecortada y llorando. Mientras levantaba levemente la vista y divisaba a mis compañeras reírse silenciosamente tras ella. Volví a mirar el piso y ya no pude hablar.
—¿Y, entonces, por qué estás llorando? —me preguntó la monja esperando contestación, pero no llegaba. No podía contestar—. ¡Contesta!… Entonces sube y lávate la cara —dijo empujándome levemente hacia la salida.
Avancé por el largo pasillo apoyada contra la pared. Lejos. Lejos del resto, para que no me vieran, para que no me tocaran, para que no me olieran.
Las piernas no me respondían. Era hora de la cena. Las internas bajaban en grupos desde los pisos superiores. Las evité. En el descanso del segundo piso, me acurruqué en la esquina. No quise levantar la vista. Desde mi lugar solo veía mis manos, el piso y el rápido pasar de pies.
No sabía distinguir el sentimiento y emoción que brotaban desde mi mente, desde mi cuerpo, desde los latidos de mi corazón. Las paredes se juntaban. Quería vomitar. Llegué al baño. Me encontré con mi reflejo. Que feo reflejo. Golpeé mi mejilla una vez. Dos veces. Me saqué el sweater, miré mis feos brazos. Los arañé, les pegué. Odié mi pelo «rucio», qué horrible. Lo tironeé, no se desprendía, logré arrancar algunos mechones. Caí al suelo. Lloré. Como niña, como adulta.
Llegó el momento de la reacción. Me levanté. Lavé mi rostro. Me propuse bajar, ver a Margarita. Me sentía tan grande. Tan capaz de tomar esa decisión, pero no quería ser grande. Quería acurrucarme. Sin vergüenzas, sin hambre, sin frío.
Asomé tímidamente la cabeza por la puerta del comedor. Sor Soledad me vio.
—Pasa, Aurora, ¿dónde estabas? —me preguntó sin mucho interés.
Avancé con cautela. No respondí a su pregunta. Fijé la mirada en Margarita. Sus ojos sonrieron al verme. Yo ya no sonreía. Evité su mirada y me senté en el lugar de siempre. No quise levantar la vista, pero sentía las miradas. Sentí el ruido de las sillas al alejarse. Sabía por qué, ya no me importaba, pero igual se me estrechaba la garganta. No podía comer. No porque no quisiera, comer era una obsesión, nunca se sabía cuándo dejaría de hacerlo otra vez, sino porque la comida no pasaba.
No quería pensar en mis compañeras así que ocupé la mente en planear cómo lo haría. Sería durante la noche, cuando las luces ya estuvieran apagadas, ahí, en medio de la oscuridad. Debía dejar una carta. Había escuchado que era así. No tenía papel, ni lápiz. No tenía nada. Por lo menos cuando estaba en mi casa, aunque fueran trastos viejos, eran míos. Ahí no era dueña ni de un lápiz. Decidí no dejar carta.
Por fin la cena había acabado. Esperé a que mis compañeras se adelantaran para que no me olieran. Llamé a Margarita con una seña.
—¡Mana!¡Quedo pipí! —me dijo y juntaba las piernas.
No le hablé. La empujé hacia sus compañeras. Alguien la llevaría al baño. No quería llevarla. Arrastré con berrinche los pies. Avancé por el pasillo. Las internas se reían y se alejaban con histrionismo. Yo apartaba la mirada y me tragaba las lágrimas silenciosas. Hubiera querido evitar los deberes de la noche; lavado de dientes, entrega de ropa en la ruma, pero lo hice, alejada de todas, me las arreglé.
Me refugié en mi cubículo. Apoyé la espalda en la pared y me dejé caer al suelo. Había llegado el momento. Mis latidos, estaba segura, podían oírse en todo el dormitorio. Una punzada se había situado en el centro de mi pecho, como si una aguja atravesara de lado a lado mi delgado cuerpo.
La luz se apagó. La monja dio la orden de dormir. Esa noche no temía a la oscuridad. Me subí a la litera. Esperaría unos minutos a que se durmieran mis compañeras. Me recosté mirando el techo. Sudaba, temblaba, lloraba. La angustia se apoderó de mi cuerpo. No sabía cuánto rato había pasado desde que se había apagado la luz. Me paré en la cama y abrí la cortina. Afuera todo se veía como todas las noches. Las trabajadoras del bar de enfrente estaban en la calle buscando clientes. Las personas caminaban solas y acompañadas. Mi respiración se agitaba cada vez más, ya no entraba completamente, quedaba a mitad de camino. Abrí el pestillo con dificultad. Doblé mi almohada en dos para poder llegar hasta el borde de la ventana. Lo intenté varias veces. Era inestable. Logré llegar. El aire estaba frío. Comencé a tiritar. Me paré en puntas de pie. Con esfuerzo logré sacar medio cuerpo hacia afuera. Me balanceé. Miré hacia la vereda, me imaginé desparramada abajo. ¿Me reventaría? Si me esforzaba, tal vez caería parada. Mi cuerpo se fue hacia adelante. Perdí estabilidad. Me caería. Me desesperé. Me sujeté fuerte. No quería morir. Con las fuerzas que no sabía que tenía, intenté estabilizarme. Mis manos se incrustaron en el marco de la ventana. Lo logré. Caí sobre la cama. Lloré. Di vueltas encima del cubrecamas. Me lamí las manos, me puse en posición fetal, me protegí, me abracé, me consolé. Cuando logré recuperar el aliento, cerré la ventana y me tapé.
Estaba contenta. Estaba viva. Debía pensar qué hacer con mi ropa interior sucia para que las internas no la vieran al otro día cuando tocara recambio. ¿Y si la tiraba hacia la calle? Temí que alguien la encontrara y tocara la puerta para entregarlo. Y, qué haría todo el día sin calzón. Sería día sábado, día de vestido pomposo. No podía. Solo me tocaba apelar a lo único que sabía y tenía la certeza absoluta que me ayudaría aunque no lo haya hecho jamás. Oraría. Y lo hice. Lo hice como nunca había orado antes. Con desesperación, con devoción, con fe absoluta. Me acosté pensando que en la mañana todo estaría solucionado. Dios. Ese Dios mágico, grande, poderoso, bajaría de su cielo majestuoso y, con un dedo, arreglaría mi inmundicia. Sería así. Yo lo sabía.
Me costó conciliar el sueño, pero lo hice.
Las luces se encendieron de golpe. Abrí los ojos con esfuerzo. Al segundo recordé lo que había pasado. Levanté las sábanas, miré mi ropa interior. Qué sorpresa. Mi ropa interior estaba igual. No hubo milagro. Me la saqué y me la acerqué a la nariz. Ya no olía mal. Debía ser porque ya estaba completamente seca. El olor se había esfumado. Solo podían distinguirse las manchas. Volví a ponérmela. Que ya no oliera mal era un avance. Me puse en la fila de la ropa. Recibí la que me tocaba.
—¡Ey! Deja tu pijama acá. Hoy toca ducha y recambio —me dijo la hermana. No sabía qué responder. No quería que nadie viera mi ropa manchada.
—La traigo altiro, es que tengo frío… por favor —dije con esperanza.
—Ya, apúrate.
Aproveché el buen humor de la hermana y me vestí con rapidez.
El desayuno fue silencioso. Las internas seguían riéndose de mí. El resto del día estuvo solitario. Ni Margarita se acercó. Jugaba con las de su edad. Después de haberme mantenido oculta y alejada durante todo el día, era el momento que había esperado con miedo, la hora de la ducha. En el dormitorio ya había fila. Todas las niñas depositaban sus ropas en una montaña y los calzones en otra. Me puse tras ellas. Quería detener el tiempo. Hice esfuerzos mentales que no funcionaron. Avanzaba al ritmo de la fila detrás de una compañera. Las que estaban detrás de mío mantenían la distancia. De pronto la interna que estaba delante, se dio media vuelta, me miró y me empujó.
—¡Córrete pa tra', cagona! No quiero olerte —me dijo con asco y rabia.
No dije palabra alguna. Solo retrocedí y bajé la mirada. La fila seguía avanzando. Llegó mi turno. Mis pulsaciones se habían acelerado a mil. Comencé a sacarme la ropa lentamente. Las niñas, de a poco, hicieron un semicírculo alrededor mío. Miré hacia un lado. Hacia un punto fijo. Tomé el borde de la panty. La bajé junto a mi calzón. Cuando tuve ambas cosas en la mano, saqué con cuidado la ropa interior, la reduje lo que más pude en una de mis manos y con disimulo las arrojé a la montaña que correspondía.
—Miren, la rucia se hizo caca! —dijo una de las internas. Todas comenzaron reír y a apuntarme con el dedo. Quedé petrificada. Bajé la vista. Me balanceé sobre mi eje. Mis ojos se anegaron.
—¡Basta! —gritó enérgicamente la monja—. ¡Avancen a las duchas!
Las internas avanzaron obedientes. Se burlaban con disimulo. Esperamos en una fila. Ninguna se acercaba.
—¿Estái haciendo pushero? —me preguntó Ana.
—No, no quiero na hablar.
—No estái na hedionda.
—¡No quiero te dije!
—Güeno, te quería ayudar no más. Te poní' más weona.
No dije palabra. Lloré mirando hacia otro lado. Llegó mi turno.
No me costó tanto cerrar los ojos y dormir. Tenía cansancio acumulado desde la noche anterior. Estaba viva. Triste, avergonzada, rota, pero viva.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.
