Kitabı oku: «Profunda atracción - Nuestra noche de pasión»
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28001 Madrid
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 466 - febrero 2021
© 2013 Catherine Mann
Profunda atracción
Título original: Yuletide Baby Surprise
© 2013 Catherine Mann
Nuestra noche de pasión
Título original: For the Sake of Their Son
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014 y 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-163-4
Índice
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Publicidad

Capítulo Uno
La doctora Mariama Mandara nunca había tenido mucho éxito en las clases de gimnasia. Lo cierto era que el atletismo no era lo suyo. Sin embargo, cuando se trataba de deletrear palabras, exponer investigaciones y ganar competiciones de matemáticas, había sido la mejor.
Por desgracia, sus cualidades académicas no le servían de nada para correr más deprisa por el pasillo del lujoso hotel.
Necesitaba darse más prisa que nunca para escapar de los mirones que la acosaban en aquel complejo turístico en la costa de Cabo Verde. Ella se alojaba en Santiago, la mayor de las islas que formaban una especie de Hawái africano.
Pero, por mucho que intentara esconderse, sus acosadores estaban demasiado ansiosos por capturar una foto de la princesa. ¿Por qué no podían aceptar que su presencia allí no era para hacer relaciones públicas, sino para asistir a una conferencia de trabajo?
Jadeando, Mari tropezó con una palmera decorada con luces de Navidad. Dar esquinazo a voraces perseguidores no era tan fácil como parecía en las películas, sobre todo, si no se era experta en volar edificios por los aires ni en saltar por las ventanas. Las escaleras estaban bloqueadas por una pareja de turistas que leía un mapa de la ciudad. Un carrito de la limpieza tapaba la otra salida. Solo podía seguir hacia delante.
Recuperando el equilibrio, continuó caminando deprisa. Si corría, llamaría más la atención o acabaría de bruces en el suelo. Quería que aquel congreso médico terminara cuanto antes y regresar a su laboratorio de investigación, donde podía refugiarse de la locura de las Navidades, enfrascándose en sus estudios.
Para la mayoría de la gente, la Navidad significaba amor, paz y familia. Pero, para ella, esa fechas solo despertaban cruentas rencillas familiares, incluso veinte años después del divorcio de sus padres. Si su madre y su padre hubieran vivido cerca o, al menos, en el mismo continente, las vacaciones no habrían sido tan difíciles. Sin embargo, habían jugado al tira y afloja con sus hijos en una interminable batalla transcontinental durante décadas. De niña, se había pasado más tiempo en el aeropuerto y en los aviones que celebrando las fiestas junto a la chimenea. Incluso, en una ocasión, había tenido que celebrar la Nochebuena en un hotel, cuando su vuelo de conexión había sido cancelado por la nieve.
Por eso, desde que había llegado a la edad adulta y había tomado el control de su vida, Mari prefería que la Navidad fuera lo más sencilla posible.
Aunque la sencillez no estaba siempre al alcance de la mano de una princesa. Su madre se había derrumbado bajo la presión constante que suponía ser la esposa de un príncipe en el oeste africano y había regresado a su Atlanta natal. Mari, sin embargo, no podía divorciarse de sí misma.
Si, al menos, su padre y sus súbditos comprendieran que la mejor manera en que podía servir a su pequeña región era a través de su investigación científica y no sonriendo ante las cámaras y asistiendo a ceremonias de alto rango… Ella prefería las ropas cómodas y sin artificios, en vez de la sofisticada etiqueta real.
Al fin, vio una escalera de servicio despejada y comenzó a subir. Solo necesitaba llegar a la quinta planta, donde estaba su habitación y podía esconderse durante el resto del día antes de acudir a las demás conferencias del simposio. Agotada después de catorce horas de presentaciones de su investigación sobre medicamentos antivirales, estaba hecha un desastre y no tenía ni pizca de ganas de sonreír ni de ser tomada por sorpresa por las cámaras de los móviles de sus admiradoras adolescentes.
Agarrada a la barandilla, comenzó a subir a toda velocidad. Se detuvo solo un momento en el tercer piso, para tomar aliento. Nada más abrir la puerta que daba a la quinta planta, se topó con una mujer y su hija adolescente. Cuando la chica se giró para mirarla mejor, como si la hubiera reconocido, Mari le volvió la espalda y comenzó a caminar en sentido contrario.
Maldición, se dijo. No podía darse la vuelta para encaminarse a su habitación hasta que no estuviera segura de que el pasillo estaba despejado. Si, al menos, tuviera algún disfraz que pudiera hacerle pasar desapercibida…
Entonces, por el rabillo del ojo, vio que a su lado estaba la solución perfecta. Un carrito del servicio de habitaciones. Miró alrededor para ver si había alguien de uniforme, pero solo vio a una camarera retirándose.
Mordiéndose el labio un momento, levantó una esquina de la tapa de la bandeja y se le hizo la boca agua al ver un plato de cordero al azafrán y, de postre, tiramisú. Por un momento, estuvo tentada de esconderse con el carrito en un armario y devorarlo todo, pues estaba hambrienta después de un largo día dando conferencias. Cuanto antes pudiera llegar a su habitación, antes podría relajarse, darse una ducha caliente y pedir su propia cena, pensó.
Y llevar aquel carrito era el mejor disfraz que tenía a mano. Incluso había una chaqueta de camarera colgada en el manillar y una hoja de entrega, donde se explicitaba que la suite A5 era la destinataria de aquellos suculentos manjares.
El sonido de las puertas del ascensor abriéndose le hizo entrar en acción sin pensarlo más.
Mari se puso la enorme chaqueta color verde sobre su traje negro. Un gorro de Papá Noel rojo se cayó del bolsillo de la chaqueta y se lo colocó también, pensando que así se camuflaría todavía mejor. Acto seguido, comenzó a empujar el carrito por el pasillo.
–¿La veis? –preguntó una adolescente en portugués–. Dicen que la han visto subir al quinto piso.
–¿Estás segura de que no era el cuarto? –preguntó otra a su vez.
–Muy segura. Preparad el teléfono. Podemos vender estas fotos por una fortuna.
Mari empujó el carrito, bajando la cabeza. Su única oportunidad era entrar en la suite A5, que estaba a unos pasos de ella. Las adolescentes se acercaban.
–Igual podemos preguntar a esa mujer que lleva el carrito si la ha visto…
A Mari se le pusieron los pelos de punta. La cosa podía ser peor de lo que había pensado si la fotografiaban disfrazada.
Sin pensárselo más, llamó a la puerta.
–Servicio de habitaciones.
Nadie respondió. El riesgo de tener que ocultar su identidad ante una persona le parecía menos grave que quedarse allí en el pasillo y tener que enfrentarse a un implacable grupo de jovencitas.
Justo cuando iba a entrar en pánico, se abrió la puerta de la habitación. Sin levantar la cabeza, Mari entró, dejándose envolver por un aroma a jabón masculino.
Entró tan deprisa que se tropezó con el carrito. No era algo muy digno de una princesa, pero ella nunca había sido una chica glamurosa.
A pesar de la urgencia por escapar de sus perseguidoras, le picó el aguijón de la curiosidad. ¿Quién sería el hombre que ocupaba aquella suntuosa suite y olía tan bien?
Sin embargo, Mari no se atrevió a mirarlo. Con la cabeza gacha, echó un vistazo a su alrededor, para ver si había alguien más. Aunque la comida que había pedido era solo para uno. La habitación parecía vacía, con la iluminación baja. Las persianas de los enormes ventanales estaban levantadas y fuera brillaban la luz de la luna y las estrellas. En la costa, las palmeras se mecían con la suave brisa nocturna y algunos yates flotaban rozando el horizonte.
–Se lo prepararé en la mesa –indicó ella, tras aclararse la garganta.
–Gracias –repuso una voz familiar–. Pero puedes dejar el carrito ahí junto a la chimenea.
Mari necesitó menos de un segundo para identificar aquel profundo tono de voz y se quedó petrificada.
El destino debía de estar carcajeándose de ella. Acababa de escapar de una humillación segura para verse atrapada en otra mayor. De todas las habitaciones del hotel, tenía que haber elegido precisamente la del doctor Rowan Boothe, su mayor enemigo profesional.
Hacía pocas horas, ella había ridiculizado los inventos de aquel hombre en público.
¿Qué diablos estaba haciendo él allí? Mari había revisado la lista de participantes y no había visto su nombre.
Entonces, oyó sus pasos acercándose. Su aroma la envolvió. Ella mantuvo la mirada baja, rezando porque no la reconociera.
–Lo dejaré aquí entonces. Que tenga un buen día.
Pero el alto y musculoso cuerpo de él le bloqueó el camino. Le clavó los ojos en el pecho. Sonrojándose, recordó la última vez que lo había visto, en una conferencia en Londres hacía cinco meses. Pero no había podido olvidar su atractivo rostro bañado por el sol, su pelo color arena, ondulado y un poco largo, como el de un hombre demasiado sumergido en sus investigaciones como para molestarse en ir a la peluquería.
–Señorita, ¿hay algún problema? –preguntó él, inclinando la cabeza para poder verla.
Debía mantener la calma, se dijo Mari. Lo más probable era que no la reconociera.
–Feliz Navidad –dijo él, tendiéndole una propina en la mano.
Si no tomaba el dinero, resultaría sospechoso, pensó ella. Así que agarró los billetes doblados, con mucho cuidado de no rozarle.
–Gracias por su generosidad.
–De nada.
La suya era una voz demasiado aterciopelada y envolvente, sobre todo, cuando provenía de un cuerpo tan perfecto. Soltando aire, Mari se volvió hacia la puerta y agarró el picaporte para abrir y salir.
–Doctora Mandara, ¿te vas tan pronto? –preguntó él con sarcasmo, a pocos centímetros de ella.
Maldición, la había reconocido.
–Y yo que pensé que te habías tomado la molestia de entrar en mi habitación para seducirme… –añadió él, acariciándole la mejilla con su aliento.
El doctor Rowan Boothe esperó que sus palabras causaran el efecto esperado. Mariama Mandara lo excitaba sin remedio cada vez que la veía.
Sin embargo, ella siempre lo había tratado con desdén. Algo que, tal vez, formaba parte de su atractivo.
Cuando Rowan había rechazado su lucrativo puesto de trabajo como médico en Carolina del Norte para abrir una clínica en África, todo el mundo lo había considerado una especie de santo. Pero él tenía dinero de sobra, después de haber inventado un programa de diagnóstico médico por ordenador, un programa que, por cierto, Mari no dejaba de criticar. Por eso, fundar la clínica no le había supuesto ningún sacrificio y él mismo no se consideraba un filántropo. Al contrario, era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería.
Y, en ese momento, quería tener a Mari.
Aunque, por el gesto horrorizado de ella, su insinuación no había tenido mucho éxito.
Mari abrió y cerró la boca un par de veces, como si se hubiera quedado sin palabras. A él no le importaba. Le bastaba con poder disfrutar de contemplarla. Era una mujer esbelta y bien proporcionada, algo que podía adivinarse a pesar de las ropas demasiado grandes que se había puesto.
–Debes de estar de broma –repuso ella–. No creerás que iba a intentar algo contigo y, menos aun, algo tan burdo.
Maldición, la indignación le hacía estar todavía más atractiva, incluso con aquel gorro de Papá Noel, observó él, sin poder dejar de sonreír.
–No te atrevas a reírte –amenazó ella.
–Bonito gorro.
Con una mueca, Mari se quitó el gorro y la chaqueta de camarera de hotel.
–Te aseguro que, si hubiera sabido que estabas aquí, no me habría escondido en esta habitación.
–¿Esconderte?
Cuando vio cómo la blusa blanca se le pegaba a los pechos al quitarse la chaqueta, Rowan no pudo evitar excitarse un poco más. Llevaba más de dos años intentando no sentirse atraído por aquella mujer cada vez que la veía, pero no había podido lograrlo. Ni siquiera le había bajado la libido escuchar cómo ella vilipendiaba en sus conferencias el programa de ordenador que él había inventado. La sonrisa se le desvaneció al recordar cómo Mari lo había acusado de deshumanizar la medicina.
Sin embargo… ¡cómo deseaba hacer que ella perdiera su fría coraza y cerrara los ojos pletórica de placer, agotada de gozar bajo las sábanas!
Diablos. Si no controlaba sus pensamientos, le faltaba muy poco para tener una tremenda erección. Era mejor que se concentrara en la razón que la había llevado a su habitación, se dijo a sí mismo.
–¿Es una especie de espionaje profesional?
–¿De qué hablas? –replicó ella, estirándose la falda, que le llegaba por debajo de la rodilla.
De nuevo, Rowan fantaseó sin remedio con quitarle esa falda y llenarle de besos la sedosa cara interna de los muslos… Se aclaró la garganta.
–No te hagas la tonta. No te sienta bien –señaló él. Sabía que Mari tenía una inteligencia privilegiada–. ¿Esperabas obtener información de la última actualización de mi herramienta de diagnóstico?
–Nada de eso –aseguró ella, colocándose el pelo–. No imaginaba que fueras un paranoico, ya que eres un hombre de ciencia. Bueno, más o menos.
–Así que no has venido buscando información –concluyó él, arqueando una ceja–. ¿Entonces qué haces en mi habitación?
Suspirando, Mari se cruzó de brazos.
–Bien. Te lo diré. Pero debes prometerme que no te reirás.
–Palabra de scout –dijo él, llevándose la mano al pecho.
–¿Has sido boy scout?
Antes de eso, Rowan había ido a un reformatorio del ejército. Sin embargo, no quería recordar esos días en que había hecho cosas por las que nunca podría pagar. Ni aunque se pasara el resto de la vida abriendo una clínica al día. Aunque, al menos, intentaba lavar su conciencia salvando vidas.
–Ibas a contarme qué haces aquí.
Mari se sentó en el brazo del sofá.
–Una bandada de admiradoras reales y de paparazzi me han estado siguiendo para tomarme fotos. Un grupo de adolescentes me estaba esperando con las cámaras de sus móviles listas cuando terminé la última presentación.
–¿Tu padre no te pone guardaespaldas?
–Prefiero no llevarlos –repuso ella con la barbilla levantada, dejando claro por su tono de voz que no estaba dispuesta a discutir el tema–. Me vi acorralada en el pasillo. La camarera que llevaba este carrito se fue a atender una llamada. Me pareció una buena oportunidad para pasar de incógnito.
Su padre debería haberla obligado a llevar guardaespaldas, pensó él.
–Supongo que debería haber sonreído a las cámaras sin más, pero las fotos que me toman no son… profesionales. Tengo mucho trabajo que hacer y una reputación que mantener –afirmó ella, y apretó los labios frustrada–. No quiero participar en ese circo.
Al ver su expresión de agotamiento, Rowan tuvo deseos de darle un suave masaje relajante en los hombros. Aunque ella le respondiera dándole con la bandeja del carrito en la cabeza.
–Pobre princesita –comentó él, dando unos pasos hacia ella.
–No eres muy amable.
–Eres la única que piensa eso.
–Perdona por no pertenecer a tu club de fans –replicó ella, poniéndose en pie con mirada desafiante.
–¿De verdad no sabías que era mi habitación? –preguntó él de nuevo, parado a solo unos pocos centímetros de ella.
–No –negó ella con el pulso cada vez más acelerado–. El carrito tenía este número de habitación, no tu nombre.
–Si hubieras sabido que esta era mi suite… ¿habrías preferido rendirte ante la brigada de fotógrafas adolescentes antes que pedirme ayuda?
–Nunca lo sabremos, ¿verdad? –dijo ella, esbozando una suave sonrisa–. Que cenes bien.
Sin embargo, Rowan siguió bloqueándole el paso.
–Hay comida suficiente para los dos. Podrías acompañarme y esconderte un poco más de tiempo aquí.
–¿Me estás invitando a cenar? –preguntó ella con un brillo de humor en los ojos–. ¿O es que intentas envenenarme?
Rowan alargó la mano y le apartó un mechón de pelo negro de la cara.
–Mari, hay muchas cosas que me gustaría hacer contigo, pero te aseguro que envenenarte no es una de ellas.
Ella lo miró confusa. Al menos, no se rio ni salió corriendo. De hecho, él hubiera jurado que lo estaba mirando con cierto interés. Qué pasaría si…
De pronto, un gemido lo sacó de su fantasía.
El sonido no provenía de Mari.
Ella también miró hacia el carrito de la comida, mientras el quejido se transformaba en un instante en llanto a pleno pulmón.
–¿Qué diablos es eso? –inquirió él, mirando a Mari desconcertado.
–A mí no me mires –repuso ella, alzando las manos.
Con dos grandes zancadas, Rowan llegó hasta el carrito, levantó el mantel y, debajo, encontró un bebé.
Capítulo Dos
El eco de su llanto resonó en la habitación. Mari miró conmocionada al pequeño. Parecía tan indefenso… No debía de tener más de dos o tres meses. Llevaba un pañal, una camisetita blanca y una manta verde enrollada en las piernas.
–Oh, cielos. ¿Es un bebé? –dijo ella, tragando saliva, sin poder creerlo.
–No es un perrito, desde luego –repuso Rowan, y se agachó junto al carrito. Con la maestría de un médico experimentado, tomó al bebé en sus brazos.
El pequeño dejó de dar patadas y apoyó la cabeza con un suspiro en el pecho de Rowan.
–¿Qué hace aquí? –inquirió ella, echándose a un lado para dejar pasar a Rowan, rumbo al sofá.
–No soy yo quien ha traído el carrito –repuso él y le metió el dedo al bebé en la boca con suavidad, como si quisiera comprobar algo.
–Bueno, yo no lo puse ahí.
–¿Está bien? –preguntó ella tras unos segundos en que él seguía examinándolo–. ¿Es niña o niño?
–Niña –informó él, después de volver a colocarle el pañal–. Debe de tener unos tres meses, más o menos.
–Deberíamos llamar a las autoridades. ¿Y si quien lo ha abandonado sigue en el edificio? –señaló ella–. Antes vi a una mujer alejándose del carrito. Pensé que estaba contestando una llamada de teléfono, pero igual era la madre del bebé.
–Habrá que investigarlo. Espero que las cámaras de seguridad lo hayan grabado. Ahora repasa cada detalle de lo que vas a contarle a las autoridades, para que no se te olvide nada –sugirió él con tono profesional–. ¿Viste a alguien más cerca del carrito antes de llevártelo?
–¿No me estarás echando la culpa a mí?
–Claro que no.
Aun así, Mari no pudo evitar sentirse culpable.
–Igual metí la pata al llevarme el carrito. Tal vez no sea un bebé abandonado. ¿Y si su madre solo quería tener a su bebé con ella mientras trabajaba? Debe de estar buscándola como loca.
–O temiendo tener problemas –añadió él con tono seco.
–Tenemos que llamar a recepción ahora mismo –indicó ella.
–Antes de llamar, ¿puedes pasarme la bolsa que había junto a ella en el carrito? Igual tiene alguna pista de quién es. O, al menos, igual hay pañales para cambiarla.
–Claro. Espera.
Mari sacó una bolsa del carrito, dando gracias al cielo porque el bebé estuviera sano y salvo. Solo de pensar que alguien pudiera haberle hecho daño, apretó los dientes con frustración.
Después de entregársela a Rowan, descolgó el teléfono para llamar.
–Un momento, por favor –respondió una voz al otro lado del auricular y, acto seguido, comenzó a sonar un villancico por el hilo musical telefónico.
–Me han dejado la llamada en espera –informó a Rowan con un suspiro.
Él la miró con gesto de desesperación.
–Quien decidiera celebrar un congreso en esta época del año debe de estar mal de la cabeza. El hotel ya estaba lleno de turistas y ahora, encima, también de los asistentes a las conferencias.
–Por una vez, estamos de acuerdo –replicó ella, sin quitarle los ojos de encima al bebé y a Rowan. Con la pequeña en brazos, estaba todavía más atractivo, así que cambió la vista a la ventana, para pensar en otra cosa.
Los jardines del hotel estaban relucientes de decoración navideña. El país de su padre era una mezcla muy heterogénea de religiones y tenía una arraigada tradición cristiana, establecida por los portugueses.
Aunque Mari no solía celebrar en familia aquellas fiestas ni darles demasiada importancia, tampoco podía ignorar por completo el mensaje de paz y amor de la Navidad. Que un padre abandonara a su bebé en esa época del año le parecía especialmente dramático. Ansiando tomar a la niña en sus brazos para protegerla de todo mal, volvió a posar la vista en Rowan.
–¿Qué pasa? –preguntó ella, al ver que él rebuscaba dentro de la bolsa con el ceño fruncido.
–Puedes dejar de preocuparte porque alguna madre hubiera traído a su hija al trabajo de incógnito –señaló él, mostrándole una hoja de papel–. He encontrado esta nota.
–¿Qué dice? –preguntó ella, corriendo hacia él.
–La madre pretendía dejar el carrito, con la niña, en mi habitación –afirmó él y le tendió la nota–. Lee esto.
Doctor Boothe, es usted famoso por su generosidad. Por favor, cuide de mi niña, Issa. Mi marido ha muerto en un enfrentamiento fronterizo y no puedo darle a Issa lo que necesita. Dígale que la quiero y que pensaré en ella todos los días.
Mari releyó la nota, atónita, sin poder creer que alguien fuera capaz de renunciar a su hijo con tanta ligereza.
–¿La gente suele dejar bebés en tu puerta de forma habitual?
–Ha pasado un par de veces en mi clínica, pero nunca me había pasado algo así –repuso él, y le tendió el bebé–. Toma a Issa mientras llamo por teléfono. Tengo algunos contactos que pueden ayudarnos.
Mari dio un paso atrás.
–No tengo mucha experiencia con bebés.
–¿Nunca trabajaste de niñera cuando ibas al instituto? –preguntó él y se sacó el móvil del bolsillo mientras sujetaba al bebé en el otro brazo–. ¿O las princesas no cuidan niños?
–No fui al instituto. Me llevaron directa a la universidad –contestó ella. Como consecuencia, sus habilidades sociales y su sentido de la moda eran un desastre. Sin embargo, nunca le había importado hasta ese momento, reconoció, alisándose la falda arrugada–. A mí me parece que sujetas a Issa muy bien con un solo brazo.
Y no solo eso. Con la niña en brazos, tenía un aspecto irresistible. No era de extrañar que las revistas del corazón lo hubieran declarado uno de los solteros más deseados.
Sin poder evitarlo, Mari notó que le subía la temperatura. De todos los hombres del mundo, tenía que sentirse atraída precisamente por Rowan.
Debía de ser una cuestión hormonal, se dijo ella. Cualquier hombre en la misma situación la habría hecho sentir así… ¿o no?
Al menos, eso esperaba Mari. Porque no podía haber otra razón para explicar sus sentimientos hacia un hombre tan poco adecuado para ella.
–¿Puedo ayudarle? –respondió al fin la telefonista de la recepción del hotel.
Sí, quiso gritar Mari. Necesitaba que Issa estuviera a salvo. Y poner distancia con ese hombre tan atractivo que tenía delante.
–Sí. Han abandonado a un bebé en la puerta de la suite A5, donde se aloja el doctor Boothe.
No había manera de resolver el misterio de la niña abandonada esa noche, se dijo Rowan. La persona que había dejado a Issa en las manos de un desconocido, amparándose solo en su reputación profesional, debía de andar muy lejos en esos momentos.
Mientras Mari leía los ingredientes de un bote de leche de fórmula, él paseaba con el bebé, después de haberle sacado los gases. También habían pedido más pañales y ropa limpia.
Las autoridades no tenían ninguna noticia de que hubiera desaparecido un bebé que encajara con la descripción de Issa. Tampoco las cámaras de seguridad del hotel habían captado más que la espalda de una mujer alejándose del carrito. Mari había llamado a la policía, aunque no se habían mostrado muy alarmados, teniendo en cuenta que no había ninguna vida en peligro. El que la resolución del caso se retrasara solo daba más oportunidades a la prensa de descubrir la información. Rowan necesitaba tener las cosas bajo control. Sus contactos podían ayudarle con eso, pero no podían solucionar todo el problema.
Antes o después, la policía se presentaría con alguien se los servicios sociales. Al pensar en que ese bebé podía perderse en los abarrotados orfanatos del país, se le encogía el corazón. Por otra parte, aunque que no podía salvar a todo el que se cruzara en su camino, tampoco podía mirar con impasibilidad a esa pequeña.
Issa eructó de nuevo. Por lo rápido que se había bebido el biberón, Rowan sospechó que tenía más hambre.
–Issa está lista para tomar un poco más, si puedes prepararlo –dijo él.
Mari sacudió el siguiente biberón, mezclando la leche en polvo y el agua mineral con gesto estresado.
–Creo que está ya. Pero igual es mejor que compruebes si lo he hecho bien.
–Estoy seguro de que eres capaz de mezclar leche en polvo con agua, Mari. Tómatelo como si fuera un experimento de laboratorio –afirmó él con una sonrisa.
Al momento, Mari se sonrojó. ¿Tendría idea de lo guapa que estaba?, se preguntó Rowan.
–Si he puesto mal la proporción… –comenzó a decir ella, pasándose la mano por la frente sudorosa.
–No lo has hecho, confía en mí.
Con reticencia, ella le tendió el biberón, mirando a la niña.
–Es que parece tan frágil…
–Pues a mí me parece sana, bien alimentada y limpia –señaló él. Sin duda, alguien se había ocupado de cuidar bien a Issa antes de abandonarla. ¿Estaría su madre arrepintiéndose ya de su decisión? Eso esperaba–. No hay ninguna señal de que haya sido maltratada.
–Es adorable –comentó ella con una sonrisa llena de ternura.
–¿Seguro que no quieres tenerla en brazos mientras hago una llamada?
Mari meneó la cabeza.
–¿Vas a llamar a tus contactos?
Rowan sonrió ante su intento de distraerlo y librarse de que le pasara al bebé. Por otra parte, no pensaba compartir con ella la información de sus nada ortodoxos amigos.
–Sería más fácil si no tuviera que darle el biberón mientras hablo por teléfono.
–De acuerdo, si crees que no se va a romper… Pero deja que me siente primero.
Ver a Mari tan insegura y con aspecto tan vulnerable era nuevo para Rowan. Ella siempre inundaba la sala de conferencias con su seguridad y su sabiduría, aunque él no estuviera siempre de acuerdo con sus conclusiones. Sin embargo, el aspecto de indefensión que tenía en ese momento la hacía todavía más encantadora.
–Solo debes sujetarle bien la cabeza y mantener el biberón vertical, para que no trague aire –aconsejó él, colocando a Issa en sus brazos.
Mari miró el biberón con escepticismo antes de metérselo a la niña en la boca.
–Deberían inventar algo más preciso.
Al inclinarse, le envolvió el suave aroma floral de ella. Vio cómo el pulso le latía acelerado en el cuello y tuvo ganas de besarla justo ahí para saborear e inhalar su olor.
Cuando sus miradas se entrelazaron, Rowan creyó percibir algo parecido al deseo en los ojos de ella.
–Rowan… haz esa llamada ya, por favor –pidió Mari en un susurro.
Sí. Era buena idea pensar cuanto antes qué iba a hacer con el bebé… y con ella, se dijo Rowan, y salió al balcón. El aire de la noche era cálido y agradable. Desde la barandilla, podía ver a Mari con la niña, aunque estaba seguro de que ella no podría oírlo. Mejor, pues no deseaba que nadie supiera nada de aquellos viejos contactos que tenía desde el instituto.
Después de que hubiera sufrido un accidente de coche por conducir borracho en la adolescencia, Rowan fue enviado a un reformatorio militar, donde se juntaban chicos rebeldes como él. Allí entabló amistad para toda la vida con un grupo que se hacía llamar la Hermandad Alfa. Años después de licenciarse en la universidad, a todos les sorprendió saber que el jefe de su grupo había alcanzado un puesto destacado en la Interpol. Incluso había reclutado a unos cuantos de sus viejos amigos como agentes colaboradores y tenían contactos importantes.
Rowan solo tenía que desempeñar alguna misión de vez en cuando y estaba orgulloso de hacerlo. Le gustaba sentir que hacía algo por luchar contra el crimen.
–Dime, Boothe –respondió una voz al otro lado del teléfono.
–Coronel, necesito su ayuda.
–Qué novedad –dijo el coronel, riendo–. ¿Otro de tus pacientes tiene problemas? O…
–Es un bebé, señor.
–¿Tienes un bebé? –preguntó el coronel.
–No es mío –aclaró Rowan. Él nunca había pensado tener niños. Su vida estaba dedicada al trabajo. No sería justo para su hijo tener que competir con las necesidades del Tercer Mundo para recibir su atención. Aun así, posó con añoranza los ojos en Mari, que acunaba a la niña en sus brazos–. Alguien ha abandonado a una niña en mi habitación con una nota en la que me pide que me ocupe de ella.
–Yo siempre he querido tener una hija –comentó con nostalgia el coronel Salvatore, mostrando su lado más tierno, el que apenas nadie conocía–. ¿Y qué dicen las autoridades?
–Nadie ha denunciado su desaparición. Las cámaras de vigilancia tampoco nos dan muchas pistas, excepto la de una mujer alejándose del carrito donde fue abandonada. La policía no parece muy preocupada por el caso y todavía no ha hecho acto de presencia. Por eso, necesito que me eches una mano.
–¿Cómo?
–Los dos sabemos que los servicios sociales de atención a la infancia en Cabo Verde son desastrosos –comenzó a explicar Rowan, mientras un plan iba tomando forma en su cabeza–. Quiero la custodia temporal del bebé mientras las autoridades buscan a su madre o le encuentran un hogar.
Quizá Rowan no era el mejor candidato para cuidar del bebe, pero con él estaría mucho mejor que en un orfanato. Y, si alguien lo ayudaba…
Su vista volvió a posarse en la mujer que sostenía a Issa en brazos en el salón. Mari encajaba a la perfección en su plan y, además, eso implicaría pasar más tiempo con ella.
Sin embargo, había demasiados inconvenientes. ¿Cómo iba a convencerla para que lo ayudara? Mari no parecía cómoda ni siquiera dándole el biberón a la pequeña.
–Disculpa por preguntarte algo tan obvio, pero ¿cómo diablos piensas jugar a ser papá y salvar el mundo al mismo tiempo?
–Será solo temporal –aseguró Rowan, pensando que ni Mari ni él podrían permitirse cuidar de un bebé a largo plazo. Estaban demasiado volcados en sus trabajos–. Y alguien va a… ayudarme.
–Ah. Entiendo.
–¿Lo entiendes? –preguntó Rowan, molesto por ser transparente.
–Después de que mi mujer me dejara, cuando me tocaba estar con nuestro hijo los fines de semana, siempre tenía problemas para encontrar los conjuntos adecuados para vestirlo. Por eso, ella me lo mandaba todo conjuntado –señaló Salvatore, e hizo una pausa–. Pero, una vez, mi hijo revolvió su maleta y lo mezcló todo. Yo hice todo lo que pude, aunque parece ser que unos pantalones verdes, una camisa naranja a rayas y botas de vaquero no combinan muy bien.
–No me digas –repuso Rowan, sonriendo al imaginarse a Salvatore, siempre tan compuesto y arreglado, paseando junto a un niño vestido de esa guisa.
–Claro que yo me daba cuenta de que no combinaba, pero no sabía cómo arreglarlo. Al final, aprendí una valiosa lección. Cuando estás en el supermercado con un niño vestido así, todas las mujeres disponibles comprenden al instante que eres un padre divorciado.
–¿Utilizabas a tu hijo para ligar?
–No a propósito. Pero eso era lo que pasaba. A mí me parece que piensas utilizar la misma estrategia con esa persona que va a ayudarte.
Lo había calado a la perfección, se dijo Rowan. Aun así, sintió la necesidad de defenderse.
–Pediría ayuda con el bebé aunque Mari no estuviera aquí.
–¿Mariama Mandara? ¿Te gusta la princesa de Cabo Verde?
Rowan, sin embargo, a menudo olvidaba que era princesa. Pensaba en ella como científica y colega profesional, aunque a veces fueran adversarios. Pero, sobre todo, la veía como una mujer muy deseable. De todos modos, no era algo de lo que le apeteciera hablar con Salvatore.
–¿Podemos centrarnos en el tema? ¿Va a poder ayudarme a encontrar a sus padres?
–Claro que sí –afirmó el coronel, usando de nuevo un tono serio y profesional.
–Gracias, señor. Se lo agradezco mucho.
–Mándame fotos, huellas digitales y toda la información que puedas reunir. Y buena suerte con la princesa –añadió Salvatore con una risita antes de colgar.
Rowan inspiró el aire salado del mar antes de regresar al salón. Odiaba estar encerrado en una habitación de hotel y estaba deseando volver a su clínica, rodeada de espacios abiertos y de gente a la que podía ayudar de forma práctica, en vez de perder el tiempo dando conferencias.
Lo malo era que, cuando regresara a su clínica, su tiempo con Mari acabaría.
Cuando entró en el salón, ella no levantó la vista del bebé. Lo estaba sosteniendo con ambos brazos, envolviéndolo en su regazo con gesto protector. Aunque ella pensara que no sabía nada de niños, su instinto maternal parecía funcionar a la perfección. Él había visto a suficientes madres en su trabajo como para distinguir a las que podían tener problemas de las que no tenían dificultad en detectar las necesidades de un niño.
–¿Qué tal está Issa?
–Se ha terminado el todo el biberón –respondió ella, levantando la cabeza.
–¿Cómo es que estás aquí todavía? Tus fans deben de haberse ido ya.
Al decir eso, Rowan se dio cuenta de que debía hablarle a Salvatore de esos fans que acosaban a Mari. Quizá el coronel podía ofrecerle protección.
–¿Mari? ¿No vuelves a tu habitación? –repitió él.
–Me siento responsable de ella –admitió Mari, acariciándole a la pequeña la mejilla–. Y la policía querrá interrogarme. Si estoy aquí, será más rápido.
–No hay muchas probabilidades de que encuentren a sus padres esta noche, ¿lo sabes?
–Sí, ya imagino –repuso ella y le limpió a la niña una gota de leche de la comisura de los labios–. Eso no significa que no tengamos pronto buenas noticias.
–Pareces en tu salsa con Issa. Antes dijiste que nunca habías cuidado a un bebé.
–Siempre he estado muy ocupada estudiando –afirmó ella, encogiéndose de hombros.
–¿No había niños en tu familia? –quiso saber él, sentándose a su lado y dejándose envolver de nuevo por su perfume. De pronto, tuvo una tremenda curiosidad por averiguar a qué flor olía.
–Como mis padres eran hijos únicos, nunca tuve primos. Tampoco tuve hermanos.
Aquello era lo más parecido a una conversación personal que Rowan había tenido nunca con ella. Además, Mari parecía relajada y había dejado su habitual actitud a la defensiva.
¿Y si alargaba el brazo y le rodeaba la espalda por el respaldo del sofá?, se dijo Rowan. Sin embargo, mientras ella lo miraba a los ojos, fue incapaz de hacer ningún movimiento, temiendo romper la conexión que acababa de establecerse entre los dos.
En teléfono sonó en ese mismo instante.
Mari se sobresaltó. El bebé lloró. Y Rowan sonrió. Estaba decidido a explorar el persistente deseo que lo había asediado desde la primera vez que había visto a aquella excitante mujer.
Capítulo Tres
Mari paseaba delante de la ventana del salón, mientras Rowan hablaba con la policía local.
Había demasiadas cosas que no encajaban. Habían abandonado a la niña, aunque olía a limpio y tenía las uñas de pies y manos bien cortadas. ¿Era posible que alguien la hubiera raptado como venganza? Cuando había sido pequeña, a Mari siempre le habían advertido del peligro de que alguien quisiera lastimarla para hacer daño a su padre. Al mismo tiempo, había tenido dificultades en confiar en la gente, pues muchos habían pretendido usarla para llegar hasta su padre también.
Sacándose de la cabeza aquellos pensamientos, se centró en el diminuto ser que respiraba en sus brazos y la miraba con total confianza. ¿Se parecería a su madre o a su padre? ¿La estarían echando de menos?
La acababa de conocer hacía apenas un par de horas… ¿cómo era posible que sintiera tanto cariño por ella?, se preguntó, sin poder contenerse de darle un beso en la frente.
Enseguida, comprobó que Rowan seguía hablando por teléfono, ajeno a su momento de debilidad.
Hasta con vaqueros, era el hombre más guapo que había visto jamás. Tenía anchos hombros, piernas fuertes y exudaba poder y riqueza sin proponérselo. ¿Cómo podía ser tan atractivo y molesto al mismo tiempo?
Rowan colgó, se volvió hacia ella y la sorprendió observándolo.
–¿Qué ha dicho la policía? –inquirió ella, sin apartar la mirada mientras mecía al bebé.
–Están llegando al hotel –informó él, acercándose–. Van a llevársela.
–¿Llevársela? –dijo ella, abrazando a Issa con más fuerza–. ¿Se la van a llevar dentro de unos minutos? ¿Han dicho adónde? Yo también tengo contactos. Igual pueden ayudar.
Él la miró con gesto compasivo.
–Ambos sabemos adónde van a llevarla. La enviarán a un orfanato local, mientras la policía utiliza sus limitados recursos para buscar a sus padres, junto a los de otros cientos de niños abandonados. Es duro, lo sé. Pero es así.
–Lo entiendo –afirmó ella, aunque lo que ansiaba era poder proteger siempre a ese bebé y a todos los que vivían en la pobreza.
–Sin embargo, podemos hacer algo para evitarlo –indicó él, tomando a Issa de sus brazos.
–¿Qué? –inquirió ella con un atisbo de esperanza.
–Solo tenemos unos minutos hasta que llegue la policía, así que tenemos que ser rápidos. Creo que deberíamos ofrecernos a cuidar de Issa.
Mari se quedó atónita.
–¿Cómo dices?
–Los dos somos adultos capaces y cualificados –continuó él–. Quedárnosla sería lo mejor para ella.
Con piernas temblorosas, Mari se dejó caer en el sofá. No era posible que hubiera escuchado bien.
–¿Qué has dicho?
Rowan se sentó a su lado, rozándola con sus fuertes muslos.
–Podemos tener la custodia temporal de Issa, solo durante un par de semanas, mientras averiguan si tiene parientes biológicos que puedan hacerse cargo de ella.
–¿Has perdido la cabeza? –replicó Mari. Aunque, tal vez, era ella quien había perdido la razón, porque se sentía muy tentada de secundar su plan.
–No creo.
Llevándose la mano a la frente, Mari pensó en cómo podría encajar aquello con su trabajo. También le preocupaba el circo que la prensa podía montar a su costa.
–Es una decisión muy importante que deberíamos pensar bien.
–En la práctica médica, me he acostumbrado a pensar rápido. No siempre tengo el lujo de hacer un concienzudo examen a mis pacientes antes de actuar –señaló él–. Por eso, he aprendido a confiar en mi intuición. Y mi instinto me dice que quedarnos con el bebé sería lo correcto por el momento.
Anonadada, Mari se quedó mirándolo. En el fondo, tenía que reconocer que prefería imaginar a Issa con él que en algún orfanato.
–¿Serías su tutor temporal?
–Tendremos más posibilidades si nos ofrecemos a cuidar del bebé como pareja. Los dos –indicó él con tono grave–. Piensa en la publicidad positiva que te daría. Los medios hablarían de tu gesto filantrópico y te dejarían en paz durante las vacaciones de Navidad.
–No es tan sencillo. La prensa puede tergiversar las cosas o inventar rumores sobre nosotros –protestó ella. ¿Y si pensaban que el bebé era suyo?, se dijo, cerrando los ojos–. Necesito más tiempo.
Cuando sonó el timbre de la puerta, a Mari le dio un brinco el corazón.
–Issa no tiene tiempo, Mari –le urgió él, acercándose a pocos centímetros–. Tienes que decidirlo ahora.
–Pero podrías ocuparte tú solo…
–Quizá las autoridades estén de acuerdo, pero igual no. Tendríamos más posibilidades con tu ayuda –insistió él, acunando al bebé–. Ninguno de los dos esperábamos esto, pero es lo que tenemos. Puede que no estemos de acuerdo en muchas cosas, pero ambos nos dedicamos a ayudar a los demás.
–Quieres hacerme sentir culpable –le acusó ella. Y lo cierto era que su sentido de la culpa al pensar en dejar al bebé en un orfanato estaba empezando a ganar la partida.
–Bueno, las personas acostumbradas a ayudar a gente en situaciones críticas usamos cualquier medio a nuestro alcance para conseguirlo –repuso él, mirándola con genuina preocupación–. ¿Lo estoy consiguiendo?
Mari no dudaba de sus motivaciones, ni de su espíritu altruista. Encima, al verlo mecer a Issa, no pudo seguir resistiéndose a su plan.
–Abre la puerta y lo sabrás.
Tres horas después, Rowan cerró la puerta de su habitación, tras despedir a la policía. Tenían un montón de papeles sobre la mesa, que hacían oficial la nueva situación. Mari y él tenían la custodia temporal del bebé, mientras las autoridades intentaban encontrar a sus padres.
Issa dormía en una cunita, sana y salva.
Mari suspiró aliviada, dejándose caer en el sofá. Lo había hecho. Había aprovechado su influencia como princesa y había ordenado a la policía que aceptara su petición de ocuparse de Issa hasta el final de las fiestas, al menos, dos semanas más, o hasta que consiguieran información sobre sus padres. Había aceptado cuidar del bebé con Rowan Boothe, un médico dedicado a salvar vidas. Los policías se habían mostrado aliviados de tener el problema resuelto con tanta facilidad. Habían tomado fotos del bebé y sus huellas digitales, aunque no se habían mostrado muy optimistas respecto a dar con sus familiares.
–¿Puedes traerme el maletín médico para que examine a la niña más a fondo? –pidió Rowan, dándole un suave y cálido apretón en el hombro–. Está en el baño que hay en el dormitorio, junto a mi neceser. Me gustaría auscultarla.
Mari se derritió por aquel sencillo contacto. Estaba demasiado cansada para combatir el deseo que la poseía, así que se fue al dormitorio a hacer lo que le había pedido. Allí, miró a su alrededor y vio huellas de Rowan por todas partes. El balcón tenía las puertas abiertas y, sin poder evitarlo, pensó en lo romántico que sería sentarse allí fuera con él, bajo las estrellas…
Cielos, ¿se estaba volviendo loca? No debía tener esas fantasías, se reprendió a sí misma. Sin embargo, sin querer, se fijó en la cama de matrimonio, con un libro en la mesilla de noche, y se lo imaginó tumbado allí, leyendo, con muy poca ropa… Apartó la vista.
En el baño, el aroma de él la envolvió, haciendo que sus terminaciones nerviosas se excitaran un poco más.
Pero el llanto de Issa le recordó qué estaba haciendo allí. Tomó el maletín de cuero gastado, con el nombre de Rowan grabado en una pequeña placa de bronce, y regresó con él al salón. Rowan dejó a un lado el biberón vacío y se puso a la niña apoyada en el hombro, dándole suaves golpecitos en la espalda.
¿Cómo iban a cuidar del bebé juntos? Mari no tenía ni idea.
Por primera vez en su vida, ella había hecho algo irracional por completo. El hecho de que Rowan Boothe tuviera tanta influencia sobre ella la conmocionaba sobremanera.
Tenía que descansar y aclarar sus ideas cuanto antes, se dijo Mari. Y, sobre todo, dejar de babear por el seductor olor de aquel hombre.
Rowan estaba sentado delante de su ordenador. Había enviado una copia de toda la información al coronel Salvatore, incluida la nota que habían encontrado con el bebé.
Aunque no sabía cuánto tardarían en tener noticias de los padres de Issa, al menos, se alegraba de haber convencido a Mari de ayudarlo. Su motivación era, en parte egoísta, pues quería pasar más tiempo con ella y conocerla mejor.
Escuchó los pasos de Mari acercándose y su aroma a flores lo invadió. Ella estaba parada a su espalda, leyendo la nota que había digitalizado en la pantalla del ordenador.
–¿Esa mujer ha abandonado a su bebé con un extraño y dice que la quiere?
–No te conmueve su situación, supongo.
–Lo que me conmueve es esta niña y qué pasará con ella si no le encontramos una familia que la cuide.
–Espero que mis contactos tengan información cuanto antes –señaló él. ¿Y si Salvatore tenía noticias al día siguiente? Eso le recordaba que tenía que aprovechar al máximo el tiempo que tenía para estar con Mari–. Hablemos de cómo vamos a cuidar del bebé durante el congreso.
–¿Ahora? –preguntó ella, sorprendida–. Es más de medianoche.
–Tenemos que ocuparnos de cosas, como encargar ropita para bebé o hablar con el servicio de niñera del hotel. Solo quiero concretar los detalles del plan.
Cuando Mari se quedó mirándolo con su rostro angelical y, al mismo tiempo, teñido de preocupación, Rowan tuvo ganas de abrazarla contra su pecho y decirle que él se ocuparía de todo.
En vez de eso, acercó una silla y le indicó que se sentara.
–Aunque vayamos a estar con Issa de forma temporal, necesitamos planificarlo todo bien.
–De acuerdo –aceptó ella–. Yo la traje aquí. Siento que es responsabilidad mía.
Vaya, al parecer, Mari no estaba deseando salir corriendo, caviló él.
–¿Tienes la intención de cuidarla personalmente?
–Puedo contratar a alguien –repuso ella.
–Ah, claro. Eres una princesa con infinitos recursos –bromeó él.
–¿Me estás llamando malcriada? –se defendió.
–Nunca me atrevería a insultarte, princesa.
–Está bien. Cuéntame, entonces, cuál es tu plan.
–Podemos fingir que estamos saliendo y, por lo tanto, vamos a pasar estas vacaciones de Navidad juntos y nos hemos ofrecido a cuidar al bebé. ¿Qué tal suena?
–¿Qué? ¿Crees que la gente va a creer que hemos pasado de ser adversarios profesionales a convertirnos en amantes así, sin más?
Rowan observó cómo a ella se le aceleraba el pulso en el cuello.
–¿Amantes, eh? Me gusta cómo suena eso.
–Tú has dicho…
–He dicho que salimos juntos –la corrigió él–. Pero me gusta más tu plan.
–No es ningún plan –le rebatió ella–. Esto es una locura.
–Es un plan y funcionará. La gente lo creerá. Todo el mundo querrá saber más sobre la bella princesa enamorada que actúa como una buena samaritana en Navidad. Si tienen una verdadera historia llena de humanidad que contar sobre ti, no necesitarán inventarse nada.
Mari abrió mucho los ojos, llena de pánico. Rowan la había presionado todo lo que había podido esa noche. Al día siguiente, tendría más tiempo para seguir intentándolo.
–Es hora de irse a la cama –dijo él.
–Esto… –balbució ella, poniéndose en pie–. ¿A la cama?
En sus ojos, Rowan adivinó con satisfacción que ella se los había imaginado a los dos juntos en la cama. Pero era mejor esperar un poco a que estuviera más dispuesta a explorar la atracción que bullía entre ambos.
–Sí, Mari, a la cama. Yo vigilaré al bebé mientras tú duermes esta noche y, si te parece bien, mañana podemos alternar el turno de noche.
Ella parpadeó, perpleja.
–Ya. ¿Pero estás seguro de que podrás ocuparte del bebé por la noche y estar bien despierto para asistir a las conferencias durante el día?
–Soy médico. He empalmado turnos de noche y de día en el hospital muchas veces. Estaré bien.
–Claro. Entonces, llamaré a recepción para cambiarme a una suite más grande, para tener sitio suficiente para el bebé y la niñera que la cuide durante el día.
–No es necesario. Esta suite es lo bastante grande para todos.
–¿Cómo has dicho? –preguntó ella con la boca abierta.
–He dicho que es lo bastante grande para todos –repitió él con calma, mirándola a los ojos–. Si vamos a cuidar del bebé, debemos estar juntos. Ya he pedido al conserje que recojan tus cosas y las traigan aquí.
Mari empezó a respirar más deprisa, mientras las deliciosas curvas de sus pechos subían y bajaban bajo la blusa.
–Veo que has hecho planes por tu cuenta.
–A veces, adelantarse a los acontecimientos es lo mejor –repuso él. Si no, nunca habría tenido la oportunidad de compartir tiempo con ella, pensó–. Un botones traerá tu equipaje enseguida, junto con más ropa para el bebé.
–¿Aquí? ¿Los dos… los tres… en una suite? –balbució Mari.
Sintiéndose victorioso, Rowan se percató de que ella no se había negado.
–Hay mucho sitio. Tú puedes tener tu propia habitación, a menos que quieras dormir en la mía –dijo él con una sonrisa–. Para que lo sepas, a mí no me importaría.
Capítulo Cuatro
Mientras se abotonaba la chaqueta al día siguiente, Mari no podía creer que hubiera pasado la noche en la suite del doctor Rowan Boothe, aunque en otra habitación, por supuesto. Él se había ocupado del bebé durante la noche.
Se recogió el pelo en un moño. Su aspecto seguía siendo el de una académica no demasiado cuidada. Contra todo pronóstico, había dormido mejor que nunca.
Pronto, el mundo lo sabría. Las cámaras comenzarían a perseguirla y los periodistas hambrientos tratarían de indagar en los detalles. ¿Y si se cebaban en la atracción que había entre Rowan y ella?
Después de ponerse unos zapatos bajos azules, se dirigió al salón. Allí, se apoyó en el quicio de la puerta, contemplando la bella estampa que hacía Rowan con Issa apoyada en el hombro.
Con sus influencias, podía asegurarse de que la investigación fuera lo más eficiente posible. En esos días, además, con los avances en las pruebas de ADN, nadie podía hacerse pasar por familiar de Issa si no era cierto.
Mari no pensaba irse a ninguna parte ni dejar a la niña, excepto para dar la conferencia que tenía programada ese día. Luego, se la llevaría a dar un paseo con Rowan.
La habitación tenía todo el aspecto de ser la guarida de un bebé. Por todas partes había ropita y accesorios que Rowan había encargado para Issa. Una bañera portátil descansaba sobre la cómoda, junto a un monitor para escucharla a distancia, un balancín, una sillita para el coche y suficientes pañales para varios meses.
También había pedido una niñera para que se ocupara de la pequeña durante el día. Estaba imponente con un traje negro de Savile Row, corbata roja y el pelo rubio húmedo y peinado hacia atrás.
¿Cómo era posible que hubiera estado cuidando de Issa durante toda la noche y, aun así, estuviera tan arrebatador y bien compuesto?
Cuando Rowan la miró a los ojos, Mari se estremeció. ¿Qué tenía ese hombre para causarle un efecto tan poderoso? En una sola tarde, había conseguido encontrar su punto débil y convencerla para que hiciera lo impensable.
Mari no podía reemplazar a la madre de la niña, aunque podía asegurarse de que estuviera bien cuidada. Para lograrlo, debía dejar de pensar en el carismático hombre que había frente a ella.
–Buenos días. En esa bandeja tienes café y bollería –indicó él.
A ella se le hizo la boca agua, tanto por el desayuno como por el hombre. Se acercó a la encimera y se sirvió una taza de café.
–¿Ha dormido bien?
–No ha dormido tan mal, teniendo en cuenta que ha experimentado un gran cambio en las últimas veinticuatro horas –comentó él–. Esta noche, podríamos salir con Issa a cenar de incógnito. Si mañana la policía todavía no ha averiguado nada sobre su familia, lo haremos público.
¿Salir a cenar? ¿Hacer público su plan? A Mari se le aceleró el corazón. Sin embargo, era demasiado tarde para echarse atrás. Quizá, la noticia ya se había filtrado a la prensa y pronto todos los sabrían.
Si la familia de Issa no aparecía al día siguiente, Mari tendría que llamar a sus padres y hablarles de su extraña asociación con Rowan.
Aunque, tal vez, Issa estaría de vuelta con sus familiares antes de la cena, se dijo ella. Eso sería lo mejor. ¿O no?
Rowan colocó al bebé en su balancín e hizo sonar una nana.
–A la hora de comer, vendré a ver si Issa está bien con la niñera –señaló Mari, tras aclararse la garganta.
–Buena idea. Gracias –repuso él, tomando una taza de café en sus fuertes manos.
Ella se encogió de hombros. No le costaba nada perderse la comida.
–No es un gran sacrificio. A nadie le gusta la comida que dan en los congresos.
Rowan rio.
–Aprecio mucho que me estés ayudando.
–No me dejaste otra elección.
–Todos tenemos elección.
Por supuesto. Rowan tenía razón. Ella podía irse y dejarlo solo, pero se sentía demasiado responsable de la situación. Relajándose, se sentó a la mesa, mientras el sol de la mañana le bañaba el rostro.
–Claro que lo hago por propia voluntad, por el bien de Issa. No tiene nada que ver contigo en absoluto –aseguró ella.
–¿Ah, sí? Creí que habíamos dicho que no íbamos a jugar.
–¿Qué quieres decir? –preguntó ella, apartando la mirada.
–Bien, te lo explicaré –dijo él, dejó su taza y se sentó a su lado, con las rodillas casi rozándose–. Todo este tiempo, te habías propuesto atacar mis avances y mantener las distancias conmigo. Ahora dices que has elegido quedarte por el bebé, pero los dos sabemos que hay algo más. Hay química, saltan chispas entre nosotros. No puedes negarlo.
–Esas chispas son parte de nuestros… desacuerdos.
–¿Desacuerdos? Has denunciado mi trabajo públicamente. Eso es algo más que un desacuerdo.
–¿Ves? Saltan chispas, pero solo eso.
Él la miró con desconfianza.
–Mari, se te da muy bien desviarte del tema.
–Nada de eso. Estamos hablando de nuestro trabajo. Tú te niegas a aceptar que yo vea las cosas de otra manera. Te has propuesto ignorar cualquier crítica pertinente que pueda hacer de tus inventos tecnológicos. Soy una científica.
–¿Entonces por qué atacas mi programa de diagnóstico? –quiso saber él, pasándose la mano con exasperación por el pelo.
–Pensé que estábamos decidiendo qué era mejor para Issa.
–Princesa, me estás volviendo loco –replicó él, recostándose en su asiento, frustrado–. Estamos aquí por Issa, pero eso no significa que no podamos hablar de otras cosas, así que deja de cambiar de tema cada cinco segundos. Para que podamos llevarnos bien, necesito que hablemos del desprecio público que muestras por mi trabajo.
–Tu programa es como la caricatura de un diagnóstico. Es demasiado instantáneo. Es como hacer comida rápida de la medicina. No toma en cuenta las suficientes variables –señaló ella y calló, esperando que él explotara.
Rowan respiró hondo antes de responder.
–Entiendo tu punto de vista. Y, en cierto modo, estoy de acuerdo. Me encantaría poder dar a todos los pacientes el mejor tratamiento personalizado en la mejor clínica del mundo. Pero pretendo cubrir las necesidades sanitarias de las masas con un número reducido de profesionales médicos. El programa de ordenador nos ayuda atender a más gente, más deprisa.
–¿Y la gente que usa el programa para beneficio propio?
–¿Qué quieres decir? –preguntó él.
–No puedes creer que todo el mundo sea tan altruista como tú. ¿Y las clínicas que usan el programa para tratar a más pacientes y, así, hacer más dinero?
Rowan apretó la mandíbula.
–No puedo ser la conciencia de todo el mundo. Solo puedo enfrentarme a los problemas que tengo delante. Solo pretendo ayudar. Si pudiera elegir, preferiría tener más médicos, enfermeras, matronas y ayuda humana, claro. Pero debemos arreglarnos con lo que tenemos y lograr ser lo más eficientes posibles con las herramientas al alcance de la mano.
–¿Así que admites que el programa tiene sus fallos? –inquirió ella, sin poder creerlo.
–¿Esa es la única conclusión que has sacado de lo que acabo de decir? –replicó él, levantando las manos al cielo–. Soy un hombre práctico y tú eres una idealista en tu torre de marfil, alejada de los problemas reales de las personas. Siento si te molesta escucharlo.
Mari apretó los labios y se contuvo.
–Cuando te acaloras, te pones muy sexy.
–¿Esa es la frase que usas para ligar? –preguntó ella, sorprendida.
–Nunca la había usado antes –contestó él, acercándose hasta que sus bocas quedaron a unos milímetros–. Tendrás que decirme si funciona.
Antes de que Mari pudiera tomar aliento, él la besó con suavidad en los labios. El cuerpo de ella se inundó de calidez, mientras notaba cómo aquel primer beso se grabaría a fuego en su memoria para siempre.
Mari posó una mano temblorosa en el pecho de Rowan, sintiendo su corazón acelerado. El beso no había sido como ella había imaginado. Había esperado que fuera un hombre salvaje y no que la sostuviera como si fuera una copa de fino cristal. Mientras, él la acariciaba en los sitios adecuados, haciendo que ella se derritiera.
Quería más, reconoció Mari para sus adentros, presa del deseo. El beso, cada vez más incendiado, los estaba acercando a un punto de no retorno, a punto de deshacerse de sus ropas y sus inhibiciones. Pero, por muchas razones, era demasiado arriesgado.
Para empezar, alguien podía descubrirlos. Y Mari no quería que una foto suya de esa guisa se hiciera pública en Internet.
Al momento, sin embargo, Rowan se apartó. Mari se sintió avergonzada porque hubiera sido él el primero en recuperar la cordura.
Con un solo beso, aquel hombre había puesto su mundo patas arriba. Ella, que jamás perdía el control…
–¿Rowan? –llamó Mari, mientras él caminaba hacia la puerta, dándole la espalda.
–Han llamado al timbre –dijo él–. La niñera ha llegado.
Llevándose los dedos a los labios, Mari se preguntó si separarse de él durante todo el día bastaría para recomponer sus defensas.
* * *
Rowan empujaba el carrito del bebé por la calle, junto a los vendedores ambulantes que poblaban la acera. Aunque iban seguidos de guardaespaldas, él estaba atento a cualquier problema que pudiera surgir en su camino.
A su lado, Mari hacía lo mismo. Llevaba la falda y la blusa que se había puesto durante el día, con un pañuelo en la cabeza y unas grandes gafas de sol para pasar desapercibida.
Una banda estaba tocando villancicos, mientras un grupo de niños bailaba. Los nativos y los turistas se mezclaban en la multitud, hablando en numerosos idiomas.
Esa noche, al fin, Rowan había conseguido que Mari saliera con él. Estaban a solas, a excepción del bebé, los guardaespaldas y el gentío que los rodeaba, claro.
Los últimos rayos de sol envolvían a Mari en un tono dorado. Ella no había dicho palabra de el beso que habían compartido, algo que él había interpretado como una victoria. Era obvio que se había sentido tan excitada como él. Y que no había huido. Más que nunca, estaba decidido a acercarse a ella, a probar más aquellos jugosos labios.
Sin embargo, era lo bastante listo como para saber que no podía apresurar las cosas. Ella era una mujer huidiza e inteligente y… el ser más complejo que él había conocido en su vida.
¿Sería eso parte de su atractivo?
La respuesta no importaba demasiado en ese momento. Rowan solo quería disfrutar de aquella velada al máximo. Habían suscitado algunas miradas curiosas, incluso les habían hecho un par de fotos a distancia, pero nadie se había acercado a molestarlos. Además, los guardaespaldas estaban lo bastante cerca como para intervenir si era necesario. El coronel Salvatore les había enviado a sus mejores hombres, aunque todavía no había hallado respuestas sobre la identidad de la niña.
Por otra parte, salir en la prensa podía ayudarles a averiguar algo, pues era posible que, al ver una foto de Issa, sus familiares dieran noticias y la reclamaran.
Rowan se habría ocupado del bebé aunque Mari hubiera preferido no ayudarlo, por lo que no se sentía culpable por haber utilizado a Issa para salir con ella. Lo que le sorprendía era que le hubiera costado tan poco convencerla.
Eso le daba ánimos a la hora de perseguir su objetivo.
–Deberíamos buscar un sitio para cenar –dijo ella–. Estoy muerta de hambre.
–Y yo. Te dejo elegir –ofreció él. Tenía curiosidad por saber qué comida le gustaba.
–¿Qué te parece si comemos en una terraza, mientras vemos las actuaciones callejeras?
–Muy bien –repuso él–. ¿Qué te parece allí? –propuso, señalando un café cercano con mesas con manteles azules.
–Perfecto, así podré ver venir a los fans cuando se acerquen a tomarme fotos.
–Hoy parece que tus admiradores se han tomado un descanso –comentó él, dirigiendo el carrito hacia el café. Issa seguía dormida, chupándose la manita.
Mari rio y se quitó el pañuelo de la cabeza.
–Es gracioso que no pudiera escapar de mis acosadoras en el hotel y aquí, donde está lleno de gente, nadie parezca fijarse en mí.
–Si mañana no tenemos novedad de la policía, daremos una rueda de prensa para informar de lo que estamos haciendo. Por ahora, la niña y yo te estamos sirviendo de camuflaje para que disfrutes tranquila de tu cena.
La camarera les llevó vasos y una jarra de zumo de guayaba y mango, sin dar muestras de reconocerlos.
–Qué bebé tan lindo –comentó la joven, sin ni siquiera mirar a Mari y Rowan.
Después de pedir pez espada, Mari se recostó en su silla, con un aspecto mucho más relajado que el que había tenido al irrumpir en la suite de Rowan la noche anterior.
––Esta noche me toca quedarme con el bebé.
–No me importa quedarme yo, si no te sientes cómoda.
Ella arqueó una ceja.
–¿Acaso crees que no estoy capacitada?
–Solo quiero ser útil. Tú eres quien da más conferencias.
–¿Intentas engatusarme para que te bese de nuevo?
–Si no recuerdo mal, fui yo quien te besó. Y tú no te resististe.
–Bueno, no cuentes con repetirlo.
–Lo tendré en cuenta –repuso él, aunque no se dejó engañar. Con satisfacción, observó cómo a ella se le aceleraba el pulso y se sonrojaba.
Cuando Rowan iba a alargar la mano hacia Mari para acariciarle el rostro, algo llamó su atención. Una pareja de turistas se estaba acercando a ellos. Mari se echó hacia atrás en la silla con un movimiento brusco, llevándose la mano a la garganta. Los guardaespaldas también se acercaron, cerrando el círculo a su alrededor. Los dos extraños no parecían armados pero, por si acaso, Rowan se llevó la mano al bolsillo, donde llevaba una 9 milímetros. El hombre, con una cámara en la mano, se detuvo delante de Mari.
–Disculpe, ¿podemos hacerle una pregunta? –dijo el extraño con un marcado acento americano.
–Adelante –repuso Mari con gesto regio.
–¿Son ustedes de por aquí? –inquirió la mujer, adelantándose a su marido.
–No, señora –contestó Rowan.
–Ah. Entiendo –dijo la turista, frunciendo el ceño–. Aun así, igual pueden ayudarnos. ¿Dónde se celebra la fiesta de Kwanzaa?
A Mari le brillaron los ojos de sorpresa y contuvo la risa antes de responder.
–Señora, esa es una tradición americana.
–Ah, no me había dado cuenta –respondió la turista, frunciendo el ceño–. Es que no esperaba que celebraran tanto la Navidad.
–África tiene una rica variedad de tradiciones culturales y religiones. Esta zona, en concreto, fue colonizada por los portugueses –explicó Mari con paciencia–. Por eso, ha tenido mucha influencia cristiana.
–Gracias por la información, querida –contestó la mujer, y le tendió a su marido la guía de viajes–. Tu cara me resulta familiar. ¿Nos hemos visto en alguna parte antes?
–La gente dice que me parezco a la princesa Mariama Mandara –señaló ella–. A veces, les dejo que lo crean –añadió con una sonrisa.
La otra mujer rio.
–Qué traviesa eres, jovencita. Pero supongo que la gente se lo merece por intentar fotografiar por sorpresa a los famosos.
–¿Quiere hacerme una foto con el bebé para guardarla en su móvil de recuerdo? –ofreció Mari, acercándose al carrito, junto a la cara de Issa–. Pondré mi mejor sonrisa de princesa.
–Ni siquiera sé cómo funciona la cámara en mi teléfono nuevo. Nos lo regalaron nuestros hijos por nuestro cincuenta aniversario –dijo la mujer, lanzándole una mirada a su marido–. Podemos usar nuestra Polaroid, ¿verdad, Nils?
–Espera, Meg, voy a sacarla.
–Meg, ¿por qué no se pone usted también en la foto? –sugirió Mari.
–Ay, sí, gracias. A mis nietos les encantará –repuso la señora, y se atusó un poco el pelo gris con los dedos antes de sonreír a la cámara–. Ahora poneos tú y tu marido con vuestra hija.
¿Hija? De pronto, la diversión del momento se convirtió en algo diferente para Rowan. Le gustaban los niños y le gustaba mucho Mari, pero de ahí a fingir que estaban casados… Tragando saliva para no recordar la familia que había echado a perder hacía años, se esforzó en comportarse con normalidad. Se arrodilló junto a Mari e Issa con una sonrisa forzada. Al fin y al cabo, era un buen actor. Tenía mucha práctica.
Cuando la pareja terminó de hacerles fotos, les dio las gracias y les dejó una instantánea para ellos.
–¿Por qué no les has dicho la verdad? Hubiera sido una oportunidad perfecta –comentó él cuando se hubieron quedado solos.
–Había demasiada gente a nuestro alrededor. Cuando se haga oficial nuestra historia mañana, Meg y Nils se darán cuenta de que de veras tienen una foto con una princesa y estarán emocionados de contárselo a sus nietos.
–Ha sido un detalle por tu parte –señaló él, poniéndose la servilleta sobre el regazo, listo para comer–. Sé que odias la notoriedad que te da el hecho de ser princesa.
–No soy una tan mala persona como tú creías.
¿Había herido sus sentimientos? Rowan nunca había imaginado que aquella mujer llena de confianza pudiera ser insegura.
–Nunca he dicho tal cosa. Creo que tus investigaciones son admirables.
–¿De verdad? En una entrevista para una revista, me acusaste de intentar sabotear tus proyectos. De hecho, cuando entré en tu suite con el carrito, me acusaste de espionaje.
–Puede que fuera demasiado apresurado en mis juicios –reconoció él–. Pero mi trabajo no me deja tanto tiempo como a ti para reflexionar. No tengo ese lujo.
–Yo prefiero vivir según mis propias reglas, cuando es posible. En este mundo, hay demasiadas cosas fuera de control.
En ese momento, la mirada de Mari se perdió en la distancia. Rowan la contempló, deseando conocer más acerca de aquella excitante mujer.
Necesitaba saber cómo funcionaba su mente, si quería lograr un segundo beso… y más cosas de ella. Sin embargo, estaba empezando a comprender que, si quería conseguir más, iba a tener que compartir también sus propias confidencias. Y eso no era una perspectiva muy apetecible.
De todas maneras, mientras observaba cómo, sin levantarse de la silla, Mari mecía su esbelto cuerpo al ritmo de la música, Rowan se dijo que cualquier cosa merecía la pena con tal de poder tenerla.
Capítulo Cinco
Mari inspiró el aire cálido de la noche, impregnado de música de tambores. Aquellos sonidos le recordaban a su infancia, cuando sus padres estaban juntos en África.
Aquellos primeros siete años de su vida fueron idílicos. Ella había ignorado por completo los problemas que ya existían en el matrimonio. No había percibido la tensión provocada por las presiones del cargo real de su padre y por la nostalgia que su madre había tenido de su Estados Unidos natal.
Un año, mientras pasaba las vacaciones de Navidad con sus abuelos, había oído mencionar a su madre que pensaba comprarse una casa allí, en Estados Unidos. Después de aquellas fiestas, sus padres anunciaron que se divorciaban.
La Navidad nunca había vuelto a ser lo mismo para Mari, en ninguno de los dos continentes.
De pronto, la mirada de Rowan la sacó de sus pensamientos, haciendo que se paralizara.
–¿Por qué me estás mirando? Debo de estar hecha un desastre –dijo ella, mientras se ponía un mechón de pelo detrás de la oreja. Se colocó el pañuelo alrededor del cuello–. Ha sido un día muy largo. Y está refrescando.
¿Desde cuándo le importaba a ella su aspecto?, se reprendió a sí misma, obligándose a bajar las manos.
–Tienes una sonrisa preciosa –comentó él y señaló a su alrededor con ojos brillantes como estrellas–. Me admira la manera en que disfrutas de todo esto, la alegría con que aprecias los pequeños detalles…
¿Acaso intentaba coquetear con ella?, se dijo Mari con desconfianza.
–Estamos en el mes de la alegría, Rowan –repuso ella, esforzándose por pensar en algo rápido para cambiar de tema. Se sentía muy incómoda hablando de sí misma–. ¿Cómo solías celebrar la Navidad cuando eras niño?
–Con cosas normales, como poner un árbol, adornar la casa con felicitaciones y comer mucho –contestó él, sin dejar de absorberla con la mirada.
–¿Qué clase de comida? –inquirió ella, y movió un poco el carrito de Issa, que se acababa de despertar.
Él se encogió de hombros y se inclinó para ponerle el chupete a la niña.
–Lo típico.
–Vamos –insistió ella, admirada por la facilidad que tenía para ocuparse del bebé–. Cuéntamelo. Hay muchas maneras de celebrar la Navidad y lo que es típico en un sitio puede que no lo sea en otro. Además, yo crecí alimentada por cocineros profesionales. La cocina sigue siendo un fascinante misterio para mí.
–Es como hacer un experimento químico –opinó él, llevándose un pedazo de pez espada a la boca.
–Quizá, en teoría –replicó ella, y probó su zumo de fruta. Un delicioso sabor a coco la inundó. Desde que Rowan la había besado, sus sentidos estaban muy alerta–. Yo soy mejor científica que cocinera. Pero dime, ¿cuál era tu plato favorito de Navidad?
–Mi madre solía decorar galletas de azúcar y a mi hermano Dylan y a mí nos gustaba comernos toda la decoración y dejar las galletas.
La imagen los envolvió cómo una cálida manta en inverno.
–Suena bien. Yo siempre he querido tener hermanos para compartir con ellos momentos como ese. Cuéntame más. ¿Te regalaban trenes o camiones? ¿Bicicletas o jerséis horribles?
–No teníamos mucho dinero, así que mis padres solían ahorrar todo el año para podernos regalar algo. Les daba un poco de vergüenza no poder darnos más, pero nosotros éramos felices. Muchos de los niños con los que trabajo nunca tendrán lo que tuvimos mi hermano y yo.
–Suena como si hubieras tenido una familia muy unida. Ese es el mejor regalo –opinó ella.
Los ojos de Rowan se nublaron un instante.
–Alrededor de las tres y media en la mañana de Navidad, Dylan y yo nos levantábamos y bajábamos al salón para ver qué nos había traído Papá Noel –contó él, aunque su tono de voz parecía más constreñido que alegre–. Solíamos jugar con todo durante una hora o así y, luego, lo guardábamos otra vez en sus cajas. Subíamos de puntillas a nuestra habitación y esperábamos a que nuestros padres se levantaran. Entonces, siempre fingíamos que los juguetes nos habían sorprendido por completo.
–Tu hermano y tú compartís un vínculo especial, ¿no es así?
–Compartíamos –aclaró él con tono seco–. Dylan está muerto.
–Lo siento, Rowan –dijo ella, sin ocultar la conmoción–. No lo sabía.
–No tenías por qué saberlo. Murió en un accidente de coche cuando tenía veinte años.
–¿Cuántos años tenías tú? –preguntó ella, tras un momento de silencio.
–Dieciocho.
–Debió de ser horrible para ti y para tus padres.
–Lo fue –admitió él, jugueteando con las gafas de sol sobre la mesa.
Un incómodo silencio cayó sobre ellos, mientras los villancicos callejeros seguían escuchándose en la distancia.
–¿Cuándo pasó, estabas en el reformatorio militar todavía? –preguntó ella, echando mano de lo primero que le pasó por la cabeza.
–Estaba en mi semana de vacaciones, después de mi graduación.
A Mari se le encogió el corazón al pensar en todo lo que había perdido Rowan, sobre todo, en un momento en que debía de haber estado celebrando el haber terminado las clases en aquel reformatorio.
Sin pensarlo, ella le tomó la mano.
–Rowan, no sé qué decir.
–No hay nada que decir –negó él, acariciándole la muñeca con el dedo pulgar–. Solo quiero que sepas que te he confiado una parte de mi pasado de la que no suelo hablar.
A Mari le subió la temperatura al sentir su contacto.
–¿Me estás hablando de ti mismo para…?
–Para acercarme a ti –reconoció él con ojos ardientes–. Para que sepas que ese beso no fue un accidente. No soy el santo que la prensa dice que soy.
No había estado imaginándose cosas, caviló Mari. Rowan Boothe la deseaba.
Y ella quería acostarse con él.
El sonido de un camión dando marcha atrás sacó a Rowan de aquel momento mágico. Miró a su alrededor para comprobar que los guardaespaldas siguieran en sus puestos. Vio a dos enamorados sentándose en la mesa de al lado. La pareja de turistas con los que habían hablado antes estaba pagando la cuenta para irse. Una familia llenaba una larga mesa contigua.
Allí estaban tan seguros como podrían estar en cualquier lugar público.
Él sabía que no podía mantener a Mari y a Issa bajo llave. Esperaba que, con la protección adecuada, Mari pudiera disfrutar de salir en público. Al imaginársela acosada durante el resto de sus días, apretó los dientes frustrado. Ella se merecía algo mejor que tener que vivir en las sombras.
Por otra parte, Rowan se dijo que le debía mucho a Issa por haberlos unido. Le conmovía el lado sensible de Mari, la inesperada dulzura que latía bajo su cerebro de científica y sus genes reales.
Con la ayuda de Salvatore, encontrarían a la familia de Issa o le buscarían un hogar adoptivo donde pudiera ser feliz.
Sin embargo, no estaba tan seguro de cómo terminaría aquella situación con Mari. Sin duda, ella lo deseaba. Aunque también sentía desconfianza hacia él.
Una retirada táctica era lo más adecuado, pensó, al menos, hasta que encontrara el momento apropiado para avanzar.
–Tú debes de haber disfrutado de fiestas de Navidad muy lujosas con tu padre –comentó él, sirviendo café para los dos.
Mari bajó la vista.
–Mi padre suele ser bastante discreto. La economía del país se está estabilizando gracias a las exportaciones de cacao, pero el tesoro nacional no está sobrado de efectivo. Me criaron para tener en cuenta mi responsabilidad hacia el pueblo.
–No tienes hermanos con quienes compartir esa responsabilidad.
Rowan habló sin pensarlo, quizá porque el recuerdo de su hermano estaba demasiado fresco en su memoria. Se sentía culpable por haberle fallado a Dylan. Si sus decisiones hubieran sido diferentes…
–Mis dos padres se volvieron a casar y se volvieron a divorciar, pero no han tenido más hijos –explicó ella–. Así que yo soy la única. El futuro de mi país está en mis manos.
–No suenas muy entusiasmada.
–Solo creo que debe de haber alguien mejor preparado que yo –indicó ella, y tomó un trago–. ¿Por qué me miras tan sorprendido? No pensarás que soy la mejor opción para mi pueblo, ¿verdad? Prefiero encerrarme en el laboratorio con una cafetera antes que tener algo que ver con el mundo del poder.
–Creo que harás bien cualquier cosa que te propongas –aseguró él. ¿Cómo era posible que tuviera tan poca confianza en sí misma?, se preguntó–. Cuando entras en una habitación, iluminas todo con tu presencia. Eres como una estrella.
Ella agachó la cabeza hacia su taza, sin dejar de mirarlo.
–Gracias por tu voto de confianza. Pero yo prefiero hechos concretos y tangibles. Soy una científica.
–Yo diría que mucha gente apreciaría la lógica y el pensamiento racional en su líder.
Ella apartó la vista.
–No he sido siempre así.
–¿Cómo?
–Tan precisa –explicó ella, y le lanzó una rápida mirada por el rabillo del ojo–. De niña, era bastante descerebrada. Perdía los lazos del pelo en los hoteles, me dejaba las muñecas y los libros en los aviones. Siempre me quedaba dormida más de la cuenta por las mañanas y llegaba tarde a los sitios. Los criados tenían órdenes de despertarme media hora antes de lo necesario, por si acaso.
–¿Eso te pasaba en casa de tu madre o de tu padre?
–En los dos sitios. Mi reloj interno no entendía de despertadores ni de horarios –confesó ella. Solo había sido una niña intentando sobrellevar un estilo de vida transcontinental, las presiones de pertenecer a la realeza y la dificultad de ir cinco cursos por delante de los niños de su edad.
–A mí me parece que has viajado mucho en tu vida. Seguro que sabes que perder cosas durante los viajes es algo tan común como el jet lag, incluso para los adultos.
–Eres muy amable –repuso ella, encogiéndose de hombros–. Yo aprendí a hacer listas y a estructurar mi mundo de forma meticulosa.
–¿Cómo? –quiso saber él, de pronto, tan interesado por su forma de ser como por besarla una segunda vez.
–Siempre me siento en el mismo asiento de un avión. He creado una rutina para los trayectos trasatlánticos, siempre viajo a la misma hora, por ejemplo. Así el mundo me resulta menos confuso.
–¿Confuso?
–Olvídalo.
–Demasiado tarde. Recuerdo todo lo que dices –afirmó él y era cierto.
–Ah, eres una de esas personas con memoria fotográfica. Imagino que es útil en tu trabajo.
–Mmm… –murmuró él. No tenía memoria fotográfica con todo, sino solo con ella. Pero no iba a confesárselo.
–Apuesto a que mis rutinas te suenan un poco excesivas. Pero la vida me resulta una locura la mayoría de las veces. Soy una princesa. No puedo escapar a eso –señaló, y dejó su taza sobre la mesa–. Tengo que aceptar que, por muchas listas que haga, mi mundo nunca será predecible.
–A veces, que algo sea impredecible tiene sus ventajas también –comentó él, ansiando acariciarle su hermosa cara.
Mari tragó saliva.
–¿Es ahora cuando me sorprendes con otro beso?
–Esta vez, podrías sorprenderme y dármelo tú.
Ella se quedó mirándolo en silencio, tanto tiempo que Rowan pensó que iba a reírse en su cara. Sin embargo, justo cuando creía que iba a mandarlo al diablo…
Mari lo besó. Acercó su rostro y posó sus labios sobre los de él, al mismo tiempo que le daba la mano encima de la mesa. Embriagado por su sabor, él se sintió poseído por el deseo. Era increíble lo que un simple beso podía provocarle.
Entonces, al instante, Mari se apartó, dejándose caer de nuevo en su silla.
–Eso no era… No pretendía… –balbució ella, sonrojada.
–Shh –murmuró él, posando un dedo en sus labios–. Algunas cosas no necesitan explicación. Terminemos de cenar para poder volver al hotel.
–¿Me estás haciendo una proposición deshonesta?
–¿Por qué dices eso? –preguntó el, levantando las manos con una maliciosa sonrisa–. Quiero volver pronto. Es tu turno de pasar la noche con el bebé.
Relajándose un poco, Mari sonrió. Cielos, aquella mujer era increíble, se dijo él, mientras le daba la mano.
Entonces, un grito desde la mesa vecina los sobresaltó.
–¡Es ella! –exclamaba una mujer, tirándole de la manga a su novio–. Esa princesa… ¡Mariama! Quiero tomarme una foto con ella. Hazme una foto, por favor, cariño.
Al parecer, no iban a poder seguir pasando desapercibidos. Pronto, todo el mundo sabría que estaban cuidando de un bebé… juntos.
Dos horas después, Mari dejó a Issa en su cuna. La pequeña descansaba plácidamente, tras haberse terminado el biberón.
Estaba sola con ella en su habitación, en la suite que compartía con Rowan.
Cuando aquella mujer había anunciado a los cuatro vientos que había una princesa en la mesa del lago, todos los móviles comenzaron a disparar fotos.
Rowan se había ocupado de hablar con las masas de curiosos dándoles la explicación de que estaban cuidando del bebé de forma temporal. Les había dicho que, al día siguiente, daría más detalles en una rueda de prensa.
Por otra parte, Mari seguía sin saber de dónde habían salido tantos guardaespaldas. Pensaba preguntárselo a su padre después y averiguar por qué había decidido ignorar su petición.
Aunque entendía que tener protección era lo más adecuado, por el bien de Issa. Ella misma pensaba haber contratado a un equipo de seguridad al día siguiente, aunque a menor escala. Esa noche, los guardaespaldas habían escoltado a Rowan, Issa y a ella hasta el hotel desde el restaurante. Mientras, a su lado, Rowan se había limitado a repetir a los curiosos que no harían más comentarios.
Sin duda, la prensa del corazón publicaría la noticia a la mañana siguiente. ¿Sería eso lo que tenía Rowan en mente cuando se habían besado? Quizá él, como mucha gente que había conocido en su vida, solo pretendiera utilizarla.
Por una parte, tenía la certeza de que Rowan la deseaba. Por otra, no podía entender por qué.
Por el momento, hasta que no pudiera reunir respuestas, Mari no pensaba llevar las cosas más lejos con él. Además, tenía que cuidar a la niña esa noche y hacer una llamada de teléfono.
Tomó el móvil y marcó el número.
–Papá, tenemos que hablar… –dijo ella, en cuanto su padre respondió.
La risa de su padre la inundó desde el otro lado del auricular.
–¿Del novio y del bebé que me has estado ocultando?
Mari cerró los ojos, imaginándose a su padre en su sillón de cuero favorito en su casa de campo. Suspirando, se masajeó las sienes con los dedos.
–¿Cómo has sabido lo de Rowan e Issa? ¿Tienes espías vigilándome? ¿Y por qué me has puesto guardaespaldas sin consultarme?
–Son demasiadas preguntas, hija querida. Primero, supe de tu asociación con el doctor Boothe y la niña por Internet. Segundo, no espío a mi familia o, al menos, no lo hago a menudo. Y tercero, esos guardaespaldas de los que hablas no son míos. Supongo que serán cosa de tu novio.
–No es mi novio –negó ella. A pesar de que se habían besado y lo había disfrutado como loca–. Y el bebé no es nuestro. Es una niña abandonada –añadió.
–Sé que el bebé no es tuyo, Mariama.
–¿También lo has averiguado por Internet? –replicó ella, tumbándose en la cama y abrazándose a una almohada.
–Te sigo de cerca, querida hija. No has estado embarazada y nunca te había gustado demasiado el doctor Boothe.
–La niña fue abandonada en la habitación del doctor y los dos estamos cuidándola hasta que las autoridades encuentren a sus familiares –explicó ella–. Ya sabes que los orfanatos africanos están saturados. No queríamos dejarla en uno de ellos, ya que tenemos la capacidad de ayudarla.
–Hmm –murmuró su padre, al mismo tiempo que pulsaba el teclado de su ordenador–. ¿Y por qué estás colaborando con un hombre al que no soportas para cuidar de una niña que no conoces? Podía haberse ocupado él solo.
–¿Será que me gusta ayudar?
–Eso es verdad –admitió su padre–. También eres muy mala mentirosa. ¿Cómo es que has acabado haciéndote responsable de la niña?
Mari nunca había podido ocultarle nada a su astuto padre.
–Intentaba escaparme de un grupo de turistas que querían hacerme una foto. Agarré un carrito del servicio de habitaciones y lo llevé a su destino. Resultó que la suite era de Rowan Boothe y que había una niña abandonada dentro del carrito. No hay nada entre nosotros.
En ese momento, Issa protestó, sobresaltándola. Mari se inclinó para acariciarle la espalda y ayudarla a dormirse de nuevo. Un instante después, escuchó abrirse la puerta de la habitación contigua. Cubrió el auricular con la mano. Rowan asomó la cabeza por la puerta.
–¿Va todo bien?
–Sí –afirmó ella y destapó el auricular–. Papá, tengo que irme.
–Mari, querida, creo que eres cada vez mejor mentirosa –señaló su padre al otro lado de la línea–. Parece que hay muchas cosas de tu vida de las que no tengo ni idea.
A ella se le aceleró el pulso. Su padre tenía razón. No solo se trataba de Issa. Se estaba mintiendo a sí misma al decirse que no había nada entre Rowan y ella.
Pero debía cambiar de tema, se dijo Mari. Sobre todo, cuando el objeto de su confusión estaba parado a un par de metros, mirándola con ojos ardientes.
–Papá, deberías estar contento. Todo esto nos dará publicidad positiva, una buena historia para que tu gabinete de prensa difunda durante las Navidades. Por una vez, estoy haciendo las cosas bien.
–Mari, querida, siempre has hecho las cosas bien –aseguró su padre.
–Eres peor mentiroso que yo, papá –repuso ella con una sonrisa agridulce–. Pero te quiero de todas maneras. Buenas noches.
Mari colgó y se levantó de la cama. Estaba hecha un manojo de nervios por la conversación con su padre… por no mencionar el remolino de emociones que le había suscitado besar a Rowan.
Sin embargo, aunque él seguía mirándola con deseo desde la puerta, Mari se dijo que no era momento para dar ningún paso en falso. Había demasiadas cosas en juego, como el bienestar de una niña…
Y su propia tranquilidad.
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