Kitabı oku: «Herejía», sayfa 2
II
La servidumbre había desaparecido de la sala por orden suya, y ahora Pedro de Ortuña aguardaba a su hijo. A la impaciencia se unía el nerviosismo.
El sonido de alguien que brincaba sobre los peldaños del último tramo de la escalera le advirtió de que el muchacho llegaba. Por fin. Contuvo el aliento al percibir el encuentro, contento de recibir a Luis con su mejor atuendo. Deseaba grabar en la memoria del joven una imagen suya amable, aún ajena al drama que iba a producirse.
Y entonces apareció. Ante las pupilas cansadas del noble surgió una figura alta, esbelta, de movimientos armoniosos, vestida con exquisito gusto. Pedro de Ortuña, conmovido, reconoció al momento la mirada clara y directa del recién llegado, herencia de su madre, y sus facciones suaves bajo un cabello oscuro que caía en una corta melena.
Largo ha sido el camino,
como lo es la vida hoy,
rumbo hacia mi destino.
Y aquí estoy.
Los versos de Petrarca confirmaron su impresión: se trataba de su hijo, Luis de Ortuña. No había duda. Conocía su pasión por la poesía. El muchacho ya era un adulto a sus dieciséis años, constató el noble, admirado de la transformación experimentada en aquel cuerpo que él recordaba tan pequeño. Ahora se le veía fuerte, vigoroso. Un joven poeta, que además iba armado: una lujosa espada oscilaba entre destellos, enganchada a su cintura.
Irradiaba nobleza.
Era su hijo, sí. Se había convertido en un hombre. En un hombre cuya actitud hablaba de honor, inteligencia… y una sensibilidad para las artes que también había heredado de su madre.
–Seguro que habéis aprovechado en Italia vuestro don para los versos –comentó el barón, procurando quitar seriedad al encuentro–. No habrá dama que resista un asedio así. Sobre todo en un joven tan apuesto.
–Podéis jurarlo, padre –el chico sonreía–. Varios corazones han quedado ya a mi alcance.
En esa respuesta no había soberbia, solo la frescura de la juventud. Aquella ingenuidad enterneció al noble.
Pedro de Ortuña lamentó haberse perdido tantas cosas durante esos años de separación. Pero, viendo el resultado, quizá había merecido la pena. Tal vez había llegado la hora, incluso, de concertar un matrimonio conveniente para él, cayó en la cuenta. De improviso necesitaba recuperar el tiempo perdido. Demasiado tarde.
Luis, ajeno a las reflexiones de su padre, se mantenía quieto a las puertas de la estancia, disfrutando de aquel momento con el que había soñado tantas veces. El barón abrió, por fin, los brazos.
–Hijo mío.
–¡Padre!
Luis se abalanzó hacia él y ambos se fundieron en un enérgico abrazo. El barón se obligó a separarse poco después, sin apartar las manos de los hombros de su hijo, consciente de que cada minuto contaba. El peligro continuaba acercándose. Aquel encuentro podía convertirse en una trampa para el joven.
–Ya eres casi un caballero, Luis. Me siento tan orgulloso de ti… como lo hubiera estado tu madre.
El semblante del muchacho se iluminó.
–Soy un Ortuña, padre.
De repente, el gesto del noble perdió vigor.
–¿Por qué has venido? No has debido hacerlo. No en este momento, hijo. Tienes que marcharte.
Aquella reacción desorientó a Luis.
–¿No leísteis mi última carta?
–No ha llegado a tiempo, por lo que veo. Te has adelantado a tus propias noticias.
–Ya terminó mi formación en Italia –comunicó entonces el chico, con una ligera frialdad–. He acudido a retomar mi vida. Ha sido un largo viaje. Confiaba en que estuvierais de acuerdo con mi decisión.
Pedro de Ortuña meneó la cabeza.
–No me malinterpretes. Tu presencia anima mi viejo corazón. Pero no puedes quedarte. Debes irte… ya.
–¿Pero por qué? ¿Acaso ha dejado de ser esta mi casa?
–Siempre tendrás tu hogar entre estas paredes, hijo mío. Así ha sido para los Ortuña durante generaciones. Pero se avecinan tiempos difíciles. La vida en el reino de Aragón se ha vuelto muy arriesgada –suspiró con agobio–. Los soldados vienen a arrestarme por una falsa acusación. Debes saberlo. No quiero que te vean ni que des crédito a lo que se dirá sobre mí. Ya no se puede confiar en la justicia de los hombres. No aquí.
Aquella información encendió el ánimo del chico, que empezó a desenvainar la espada.
–¡Pues aquí me encontrarán! No todo ha de ser poesía…
–¡No! –gritó Pedro de Ortuña, obligando a su hijo a enfundar de nuevo el arma–. Tendrás que confiar en mí, Luis. No hay tiempo para explicaciones. Debes marcharte… antes de que sea tarde. Aquí no me ayudas. Por favor, tienes que irte.
Martín se asomó en ese momento a la dependencia. No ocultaba su resentimiento hacia la tropa que se aproximaba amenazando con arruinar la única vida que había conocido.
–Señor –anunció–, los guardias llegan.
Los acontecimientos se precipitaban sin concederles el margen suficiente para asumir lo que sucedía.
–Pero… –Luis no se movía–. No puedo huir, padre. Lo siento, pero yo…
Pedro de Ortuña se adelantó un paso hasta situarse frente a él.
–¡Obedecerás a tu padre! –le exigió–. Ahora no puedes entenderlo, pero lo harás. Eres lo único que tengo, Luis. Todo lograré superarlo, excepto tu pérdida. No me la puedo permitir. Por favor –suavizó el tono–. Te lo ruego. Abandona este palacio.
La pesarosa voz del criado volvió a dejarse oír en medio de la escena.
–Llaman a la puerta, señor. Ya están aquí. Preguntan por vos. Os reclaman.
Durante unos segundos, nadie habló.
–¡No hay tiempo para indecisiones! –el barón reaccionaba, acuciado por la angustia–. ¡Martín, ensilla dos caballos! Llevarás a mi hijo al monasterio de Santa Clara.
Mientras el criado obedecía, Pedro de Ortuña agarró a Luis de un brazo y lo llevó hasta el escritorio.
–Toma –le hizo entrega del cofre y de una bolsa de cuero–. Son las joyas de tu madre, y una buena cantidad de florines de oro. Te ayudarán a sobrevivir hasta que se resuelva mi acusación.
En realidad, lo que le entregaba era una auténtica fortuna. Suficiente para afrontar una nueva vida. Pedro de Ortuña no contaba, de hecho, con un buen desenlace para la trampa que le había tendido fray Agustín de Saviñán. Pero se trataba de una conjetura que no pensaba compartir con su hijo.
A continuación le entregó unos documentos.
–Guárdalos bien –pidió sin desviar su mirada de la de su descendiente–. Son los títulos de nuestras propiedades y algunas cartas de préstamo que podrás cobrar más adelante. Tarde o temprano, la justicia se impondrá.
Luis, la imagen misma de la perplejidad, no hablaba, impactado ante todo lo que acontecía frente a sus ojos. En su interior se enfrentó a un dilema: había sido educado en el respeto a sus mayores, lo que le obligaba a acatar sin objeciones la decisión de su padre, pero al mismo tiempo lo habían formado en la convicción de que nada era más importante que el honor.
Se empezaron a escuchar gritos en la planta baja. El tiempo se agotaba.
Pedro de Ortuña extrajo de un cajón un documento, atrapó con la diestra su pluma de ave y, tras humedecerla en el tintero, comenzó a escribir. La aparición de su hijo trastocaba sus planes. Después plegó el papel. Empleó una vela encendida para derretir una pieza de lacre que colocó sobre el documento hasta que la sustancia roja, convertida en líquido, comenzó a gotear. Aplastó el sello de su anillo en la recién formada mancha viscosa, que se secó al momento cerrando la carta con el grabado del escudo de la baronía de Alfajarín.
–Guárdalo con cuidado –tendió el mensaje a Luis–. Debes entregarlo a la priora de Santa Clara, Catalina de Bolea.
–¿Una mujer?
Luis no esperaba, ante la gravedad de los acontecimientos, una protección femenina.
–Una gran mujer –puntualizó el barón sin vacilar–. Fuerte y honesta. Es buena amiga de la familia. Te ofrecerá refugio y consuelo. Puedes confiar en ella, lo que es mucho en los tiempos que corren.
La última iniciativa del noble fue depositar su propio anillo –tras un leve titubeo: a fin de cuentas, aquella joya no se había separado de su dedo anular durante décadas, desde que su padre se lo entregara como primogénito– sobre la palma de la mano de su hijo.
–Será tu salvoconducto. Pero no lo muestres en público –aconsejó–. Si el proceso contra mí prospera, el emblema de nuestra familia te traerá problemas. No lo olvides.
Luis, que por primera vez se percataba de lo que había envejecido su padre en esos años, solo era capaz de asentir en silencio. Recibió en la frente un beso, y quiso retener todo el calor que le había faltado durante los últimos años. Se abrazaron.
Martín había regresado y esperaba en la puerta.
–Vete ya, Luis –Pedro de Ortuña recuperaba una inesperada frialdad–. Por los establos. Te has convertido en el baluarte de nuestro apellido. Defiéndelo con dignidad.
El semblante del barón adoptó ahora un aire ausente y comenzó a prepararse para la inminente irrupción de los guardias. No hallaría compasión en ellos.
Martín, adelantándose, tiró con insistencia del brazo de Luis hasta lograr que le acompañara fuera de la sala. El joven noble, mientras se dejaba conducir, no podía evitar girarse hacia la dependencia donde quedaba el barón envuelto en su silencio. Una vez en las escaleras, ambos iniciaron una discreta carrera que los condujo sin ruido hacia un corredor que comunicaba con los jardines traseros del palacio. Allí, junto a los establos, estaban listas dos cabalgaduras que mantenía sujetas por las bridas otro mozo. Martín –envuelto en una capa y cubierto con un sombrero ladeado que se caló para ocultar el rostro– saltó sobre una de ellas con una sorprendente agilidad, y el joven caballero hizo lo propio con el segundo caballo, de un modo más cuidadoso para no perder los objetos que portaba ni los documentos. A continuación salieron a la calle, provocando algunos sobresaltos entre los caminantes que cruzaban en aquel momento. Pretendían salir de la ciudad por la Puerta del Puente, hacia el norte, en dirección a la villa de Zuera.
La patrulla enviada por la Inquisición se encontraba ya en el interior de la casa, así que no pudo asistir a la sospechosa maniobra de fuga que, sin embargo, atrajo la atención de los viandantes bajo el repiqueteo de fondo que provocaban las herraduras de los caballos fugitivos.
III
El segundo inquisidor del tribunal de Zaragoza, Bartolomé de Ribas, se dirigió a Ginés.
–Hasta que fray Agustín de Saviñán decida si os acepta como secretario, trabajaréis para mí con el oficial Juan de Artos y el familiar Jaime Alcalá –los presentó, todos reunidos en una sala del palacio de la Aljafería–. Su ilustrísima me ha hablado bien de vos.
El chico saludó con sencillez a los aludidos. Artos, su superior dentro de aquella oscura jerarquía, era un jurista de unos treinta años, de complexión fuerte y ojos ambiciosos, que no se esforzó en ser amable. Tal vez intuía en el nuevo fichaje del Santo Oficio un competidor para ganarse el favor del religioso a cuyo servicio actuaban, lo que no le hacía ninguna gracia. Por su parte, Jaime Alcalá ejercía de médico en Zaragoza. Se trataba de un tipo calvo, alto y huesudo, menos arisco, que le saludó esbozando una sonrisa que apenas quedó visible bajo la tupida barba que le cubría media cara.
–No vais a tener que esperar para demostrar vuestra valía, Ginés de Alcoy –le advirtió entonces el inquisidor, jugando con su anillo–. Acaba de llegar una denuncia de herejía que afecta a una familia sospechosa, los Ferrer. Debéis traerla aquí hoy mismo, pues existe riesgo de fuga y no quiero perderlos. Concebid esta misión como… un bautismo en vuestra nueva condición.
Una nueva prueba.
Ginés tragó saliva mientras procuraba manifestar entusiasmo. No contaba con empezar tan pronto a actuar en el exterior. Ni siquiera había tenido aún ocasión de reponerse del impacto que había supuesto para él participar en el interrogatorio a Juan de Peralta.
Y ahora se veía arrastrado a otro desafío.
Obsesionado con obtener el título de «familiar», que le concedía el privilegio de acceder a la Inquisición, Ginés de Alcoy no había dedicado tiempo a asimilar unas funciones que en realidad detestaba y que, ahora que había sido aceptado en el seno del Santo Oficio, se iba a ver obligado a ejecutar sin titubeos.
–No os fallaré, ilustrísima –se limitó a responder ante la mirada curiosa de los otros.
El oficial Juan de Artos ya disponía de la información necesaria sobre aquella familia, así que al poco rato se encontraban los tres servidores fuera de la Aljafería, de camino al domicilio de los sospechosos junto a varios guardias también armados.
Caía la tarde en la ciudad cuando llegaron a su destino, lo que otorgaba a la escena un aura aún más siniestra de la que ofrecía su desfile por las calles vacías de la ciudad. Invisibles ojos seguían a la comitiva desde detrás de las ventanas. Nadie hubiera osado entrometerse en el avance de una procesión tan reconocible.
La Inquisición actuaba una vez más, y los pocos vecinos que se habían percatado permanecían en el interior de sus hogares rogando por que no fuese a su puerta donde llamara esta vez el Santo Oficio.
La amenaza de haber sido denunciados, con o sin fundamento, cobraba fuerza durante esos instantes de terror en los que la suerte de alguien pendía de un hilo. Los escasos habitantes conscientes a aquella hora de lo que se estaba fraguando en las calles aguardaban conteniendo la respiración.
Nada había perturbado, de momento, el transcurso apacible de la noche.
La prepotencia con la que se movían Artos y Alcalá, a la caza tal vez de objetivos inocentes, no ayudaba a Ginés a tranquilizar su conciencia. Le preocupaba lo que estaba a punto de suceder, unos acontecimientos de los que iba a ser, de nuevo, partícipe involuntario.
Por fin llegaron a la vieja construcción donde se alojaba la familia sospechosa.
El oficial, antes de descubrir definitivamente la presencia de la patrulla en el vecindario, ordenó a dos guardias que se situasen en la parte trasera de aquella casa, para evitar fugas.
–A veces cunde el pánico cuando nos ven –explicó Artos a Ginés–, e intentan escapar. Esa reacción suele ser una clara prueba de su culpabilidad.
Ginés se planteó si, en efecto, un intento de fuga constituía un movimiento tan comprometedor. A fin de cuentas, los Ferrer eran de baja clase social, así que no tenían por qué comportarse con honor.
Conociendo el arbitrario funcionamiento del Santo Oficio, llegó a la conclusión de que, incluso siendo inocente, él también procuraría desaparecer a tiempo.
Hubiera huido.
Juan de Artos golpeó la puerta de la casa. Lo hacía con energía, secundado por Jaime Alcalá. Una mujer joven abrió e intentó volver a cerrar el acceso cuando cayó en la cuenta de lo que ocurría, pero ya no tuvo tiempo. Fue apartada de un empujón mientras el oficial dejaba vía libre hacia las dependencias de la vivienda.
En medio de la oscuridad se escuchó el metálico y amenazador sonido de las espadas desenvainándose –aquel gesto de la mujer se había interpretado como resistencia a la autoridad–, y los guardias accedieron en tromba a la casa mientras en el interior comenzaban a oírse ruidos, gritos y carreras. Un sollozo infantil se impuso al resto de los sonidos, otorgando a la escena un patetismo que salpicó a Ginés.
¿Cuántos sacrificios más se vería forzado a llevar a cabo?
Juan de Artos y el otro familiar entraron en la casa, dándose aires mientras pronunciaban en alta voz la acusación que se había tramitado contra la familia alojada allí, los Ferrer. Se notaba que disfrutaban con la sensación de poder, percibiendo a cada paso las miradas asustadas de los presentes.
Ginés, que se había quedado rezagado en el exterior, se obligó a avanzar hasta cruzar los umbrales de ese hogar cuya paz interrumpían en mitad de la noche con la alevosía de los allanadores. Desenfundó su arma y, a pasos lentos, alcanzó la sala de la casa donde estaban colocando a todos los detenidos, mujeres y niños incluidos.
Llegaba su momento de actuar. Una vez más.
* * *
–Yo soy el barón Pedro de Ortuña, señor de Alfajarín –anunció el aristócrata–. ¿Quién pregunta por mí?
Su aparición hizo enmudecer a todos los presentes, reunidos en el vestíbulo del palacio. La servidumbre había logrado contenerlos hasta ese instante, pero la paciencia de los guardias –seis incluyendo al oficial, todos armados– se agotaba. El inquisidor había dado órdenes muy precisas.
Solo la elevada condición del sospechoso había permitido esa excepcional espera. «Los nobles no escapan», había sentenciado el capitán al mando de aquella patrulla con una media sonrisa. «Son presa fácil».
Con movimientos pausados descendía el barón los últimos peldaños de la escalera, y ante los recién llegados quedaba una figura grave que los miró con firmeza. El aplomo de los guardias se debilitó.
El oficial se adelantó unos pasos y alzó frente a sus ojos un documento, que procedió a leer.
–Don Pedro de Ortuña y Lanaja, señor de Alfajarín, queda arrestado bajo acusación de herejía. Se decreta contra vos prisión preventiva.
Nada nuevo bajo el sol, meditó el barón mientras se dejaba detener ante la mirada escandalizada de los criados, demasiado asustados para rebelarse. Todo era previsible, vulgar. Resultaba tan fácil arruinar una vida honorable… No sucumbiría a la tentación de suplicar, no perdería la dignidad. De nada habría servido.
Al menos, en esos momentos su único hijo, acompañado por Martín, se alejaba a caballo rumbo a un lugar seguro. Aquella certeza le infundió valor.
–Soy inocente y pagaréis por este atropello –señaló sin perder la calma–. Mi memoria no olvidará.
El capitán le dedicó una sonrisa que Pedro de Ortuña supo interpretar: «Los muertos no albergan recuerdos».
–Registrad la casa –ordenó por fin el oficial a los soldados, reacio a perder más tiempo–. No hay que fiarse de los herejes, y en cuanto llegue el notario del Santo Oficio habrá que preparar el inventario.
* * *
Entre las personas detenidas dentro de la casa había dos criaturas que no superarían los seis años, a las que habían separado de los brazos de la madre, apartada en un rincón con las manos atadas. La mujer no dejaba de gritar los nombres de sus hijos.
–¿Hace falta llevarse también a los niños? –preguntó Ginés al médico, con voz algo trémula, señalando a los pequeños.
Jaime Alcalá sonrió ante el gesto de su nuevo compañero.
–Se nota que es vuestra primera misión –observó–. Ya os acostumbraréis. Hemos de llevarnos a todos. Si son herejes, los niños ya estarán contaminados.
–Pero…
–A mí tampoco me gusta esta parte del trabajo –le cortó con un susurro–. Pero es nuestro deber, Ginés. Tendréis que habituaros o perderéis el título.
El joven asintió, procurando recuperar un aspecto decidido. Juan de Artos, mientras repartía instrucciones, le dirigía miradas de reojo desde su posición, lo que recordó al muchacho que estaba en periodo de prueba. Al menos, pensó, su intuición no le había engañado: el médico aún conservaba vestigios de humanidad.
En ese momento, uno de los niños se soltó del guardia que lo sujetaba y echó a correr hacia la madre. Fue detenido a tiempo por otro de los alguaciles, que tras agarrarlo con violencia alzó la mano para golpearle. La mujer chilló implorando piedad y Ginés, sin poder evitarlo, se adelantó de un salto e, interponiéndose, contuvo el brazo del guardia cuando ya caía sobre la cabeza del pequeño.
–No es necesario –advirtió al alguacil–. Solo es un crío.
Su rango de familiar del Santo Oficio lo situaba por encima del guardia, que a regañadientes acató la orden, limitándose a llevar al niño donde los demás.
En la estancia se había hecho un repentino silencio ante aquel pulso, aunque enseguida se reanudó el escándalo cuando comenzaron a llevarse a los detenidos.
Durante esos minutos de tensión que acababa de protagonizar, Ginés había notado a su espalda la mirada del oficial. Juan de Artos no había perdido detalle de la escena. El chico supo que había cometido su primer error al mostrar indulgencia.
–Habéis tenido suerte de que el alguacil no estuviera obedeciendo órdenes mías –le advirtió el oficial–. Si en algún momento llegáis a cuestionar mis instrucciones, me encargaré personalmente de que su ilustrísima prescinda de vuestros servicios.
–Tened por seguro que no habría osado hacerlo de haber partido de vos la orden.
Juan de Artos asintió.
–Más os vale curtiros en estas labores –terminó aconsejando–. A fe mía que vais a resultar demasiado blando, y eso no nos es útil.
–Así lo haré –prometió Ginés–. No tendréis queja de mis actuaciones a partir de ahora, os doy mi palabra.
El muchacho debía ser prudente, pues con toda certeza el inquisidor Bartolomé de Ribas solicitaría un informe al oficial sobre la primera misión ejecutada por el familiar más reciente.
Juan de Artos salió por fin a la calle, y en el interior de aquel hogar, ya vacío de inquilinos, solo quedaron Ginés y el barbudo Jaime Alcalá. Este le observaba desde su escuálida altura, entre divertido y preocupado.
–¿Pero qué hacéis vos aquí? –preguntó el médico, intrigado–. ¿Qué os ha traído a la Inquisición?
–Lo que a todos –repuso él con una evasiva–. Dadme tiempo y también perderé mis principios.
–Espero que sea pronto –Alcalá concluía con una afirmación que sorprendió al chico–: Ginés de Alcoy, hoy habéis conseguido avergonzarme.
Y es que la actitud del chico había provocado en el médico un recuerdo incómodo: el de sus propias reticencias cuando comenzaba como familiar del Santo Oficio, demasiado parecidas a las que había mostrado el muchacho.
Aunque con la diferencia de que el médico había logrado amortiguarlas pronto, lo que reducía la dignidad de su postura.
Salieron al exterior. Ginés agradeció la frescura de la noche sobre la cara. Distinguió, en medio de la penumbra, la triste comitiva de prisioneros que avanzaba flanqueada por los guardias de la Inquisición. Su honor se iba astillando a cada paso.


