Kitabı oku: «Herejía», sayfa 4

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VI

Era muy temprano. Apenas habían terminado de desayunar en un refectorio separado de la zona de clausura cuando la priora les mandó llamar. El joven Ortuña y su criado fueron conducidos a su presencia por el hermano Jonás, un monje joven procedente del monasterio de San Francisco, anejo a Santa Clara. El religioso camuflaba su timidez con una permanente sonrisa que les mostraba cada pocos pasos. De hombros estrechos y elevada estatura, el hábito no acababa de encajarle, al igual que las sandalias, en cuyo interior bailaban unos pies diminutos y muy blancos.

Sin separarse del hermano franciscano, no tardaron en llegar a la biblioteca, en uno de cuyos escritorios, rodeada de anaqueles sobre los que descansaban voluminosos códices, se hallaba trabajando Catalina de Bolea. Esta alzó la vista al escuchar el anuncio del hermano Jonás.

Luis de Ortuña albergaba la esperanza de que a plena luz del día mejorase su primera impresión sobre la priora de Santa Clara, pero sus expectativas no se vieron recompensadas: ante sus ojos quedaba la misma figura –de mirada firme, eso sí– que ya tuviese ocasión de estudiar la noche anterior.

–Buenos días –les saludó Catalina de Bolea, levantándose–. Confío en que hayáis podido reposar.

–Así ha sido –comunicó Luis, a quien el agotamiento había vencido a poco de acostarse–. Ya nos encontramos mejor.

–Lo celebro –la priora se inclinó para cerrar su lectura y depositó sobre la mesa el documento firmado por Pedro de Ortuña. Luis lo reconoció al instante, a pesar del lacre partido–. Hermano Jonás, podéis retiraros. Gracias por vuestra diligencia.

El aludido desapareció de modo discreto, cerrando a su espalda la puerta de la estancia.

Catalina de Bolea se volvió entonces hacia el joven noble.

–¿Queréis leer la carta que me dirige vuestro padre?

Luis rechazó la invitación.

–Si vos sois la destinataria, no me hace falta. Ya sé que en ella os solicita apoyo para mí.

–Apoyo que he decidido ofreceros.

–Contáis con mi gratitud.

La priora le dirigió una mirada penetrante.

–No me basta –señaló.

Aquel comentario descolocó al chico, que había asumido desde un principio que la supuesta amistad entre esa mujer y su padre bastaría para aplacar posibles ambiciones de la religiosa.

–¿Acaso pretendéis algún otro tipo de… recompensa? –Luis pensaba con recelo en las joyas de su madre, de las que no estaba dispuesto a desprenderse. Tal vez unas monedas de oro fueran suficientes para pagar aquel favor.

La priora esbozó una leve sonrisa.

–La estancia en Italia ha alimentado vuestro don para la poesía, pero, en cambio, os ha privado del refinado trato con el Santo Oficio en el reino de Aragón –observó con ironía–. Ayudar a un prófugo de la Inquisición constituye un delito muy grave, Luis. Desde el mismo instante en que pisasteis este sagrado recinto, todas nuestras cabezas están en peligro.

El chico frunció el ceño.

–Es mi padre el procesado –su tono se había vuelto desafiante–. A mí no me busca la Inquisición.

Catalina de Bolea se humedeció los labios.

–Ahora ya sí –la solemnidad con que pronunció aquellas palabras provocó un respingo en sus oyentes–. No he perdido el tiempo mientras dormíais… y el inquisidor fray Agustín de Saviñán tampoco. Jamás se había mostrado tan impaciente con un asunto.

El criado Martín se había encogido ante esas noticias.

–¿Qué insinuáis? –Luis necesitaba mayor claridad.

–Se os vio salir de vuestro palacio. Alguien os reconoció.

Luis negó con la cabeza.

–Imposible. Hace años que no vivo en Zaragoza y nadie estaba al tanto de mi regreso. ¿Tal vez identificaron a Martín?

La priora continuó.

–En cualquier caso, el inquisidor lo sabe. Y no ha tardado en actuar en consecuencia, creedme.

–¿Tan segura estáis?

–Tan segura como que ya se os busca por los alrededores de Zaragoza. La descripción habla de dos jinetes jóvenes, e incluso se ha facilitado el color de los caballos. Vuestro elegante aspecto no os ayuda a pasar inadvertido, además.

Luis de Ortuña no escuchó aquellas últimas palabras: las anteriores habían acaparado toda su atención.

–¿Cómo os habéis enterado de eso? –exigió saber–. ¿Se trata de una información fiable?

–La Inquisición sigue teniendo enemigos en Aragón –señaló la priora–. Y yo, por fortuna, amigos leales. Además, algunos de los campesinos que trabajan nuestras tierras han confirmado ese rumor. Nada corre más rápido que una mala noticia.

Luis de Ortuña entendía ahora la actitud temerosa que el criado había exhibido a lo largo de la huida. Jamás habría imaginado el celo con el que actuaba el Santo Oficio cuando iniciaba la caza.

–¿Pero cómo es posible…? –acertó a preguntar, perplejo–. Si tan solo hace unas horas que…

–Es sorprendente, sí –convino la priora–. Debo reconocer que el Santo Oficio no suele reaccionar con tal rapidez. La única razón que la justifica es una visita del rey Fernando a Zaragoza, anunciada para dentro de varias semanas. Vuestro padre es un noble con cierta influencia y, dada la falsedad de la acusación que se ha formulado contra él, es fácil suponer que fray Agustín no tiene ningún interés en que el proceso llegue a oídos de su majestad…

–Así que quiere resolver el asunto antes de que don Fernando llegue –terminó el chico.

–Eso es. El inquisidor no puede permitir, por ello, vuestra presencia en las inmediaciones de la ciudad: intentará impedir a toda costa que lleguéis a hablar con el rey.

Luis empezaba a comprender.

–Y la única forma de lograrlo es implicarme en la acusación contra mi padre.

–Ya hay denuncia de herejía contra vos –confirmó Catalina de Bolea–. Sois oficialmente un prófugo del Santo Oficio.

Luis sintió hervir su sangre.

–¡Pero yo soy inocente!

–Como lo es vuestro padre –la priora se le aproximó–. Miradme a los ojos, Luis de Ortuña.

El joven obedeció, mientras se apartaba con una mano los cabellos que le caían sobre la frente. En aquellas pupilas enérgicas, aún sin el desgaste de la edad, podía leerse una provocadora valentía. Sin fisuras.

–Por eso os decía que no me basta con vuestra gratitud –advirtió Catalina de Bolea.

Luis le sostuvo la mirada.

–Decidme qué queréis de mí, ya que arriesgáis vuestra vida al ayudarme –contestó el chico.

La priora se quedó en silencio durante unos segundos.

–Que estéis a la altura –requirió por fin–. Que seáis digno hijo de vuestro padre en el camino sin retorno que acabáis de emprender.

La figura de la priora, anodina en un primer vistazo, iba creciendo a los ojos del joven noble, que se vio obligado a modificar su impresión sobre ella. Esa mujer sabía imponer respeto.

Luis aferraba el anillo que colgaba de su cuello mientras repetía en su interior las últimas palabras de Catalina de Bolea. Un camino sin retorno. Solo acertó a vislumbrar el peligro al que se enfrentaba, como si se asomara a un abismo de profundidad desconocida.

* * *

La calma no se interrumpía, así que Ginés de Alcoy dedujo que sus temores eran infundados. Además, tampoco disponía de mucho tiempo si debía regresar a la Aljafería para organizar la patrulla encargada del arresto de los Almazán. Tenía que actuar ya.

El muchacho recordó las palabras de Juan de Artos sobre las fugas de los sospechosos en el momento de las detenciones, así que se dirigió a la zona trasera de la casa. La inspección resultaba, por otra parte, oportuna; su maniobra requería discreción, decidido como estaba a advertir a la familia para que escapara antes de la llegada de los guardias. Si los Almazán respondían a tiempo, aún podrían huir.

Su sorpresa fue grande cuando, al rodear el edificio, se encontró con un patio silencioso, aunque muy concurrido. Allí se desarrollaba una escena de evasión: varios adultos y niños se afanaban en la oscuridad cargando un carro cuyos animales cabeceaban, ya listos para partir. Nadie emitía ni un sonido. Ginés, absorto ante aquella imagen, no tuvo ocasión de reaccionar: tras él acababa de surgir una hoja de acero que acariciaba ahora la piel de su nuca.

–¿Quién sois vos y qué hacéis aquí? –susurró una voz.

Ginés no contestó. Se fue girando con lentitud, hasta quedar frente a un rostro masculino de mediana edad que le observaba con recelo.

Así que están sobre aviso, concluyó, maldiciendo la inutilidad de su iniciativa. Estos presuntos herejes se sabían ya en el punto de mira de la Inquisición.

–¿Sois… sois Esteban Almazán? –se atrevió a preguntar, maniobrando con el nombre del sospechoso que se le había facilitado en la Aljafería.

Las pupilas del desconocido se afilaron.

–¿Quién lo pregunta?

Ginés supo que si se presentaba como familiar del Santo Oficio no tardaría en morir. Agradeció la condición reciente de su rango y la circunstancia de no llevar en su indumentaria ningún distintivo que lo delatase. De todos modos, no alcanzó a contestar, pues en ese instante la brusca aparición de varios alguaciles, surgidos de callejuelas próximas como por ensalmo, quebró aquella atmósfera tensa. Se produjo entonces un violento estallido de gritos, carreras y el acostumbrado tintineo metálico de las espadas que se deslizan fuera de sus vainas. El agresor de Ginés se había apartado, dejándolo solo, y ahora corría hacia los niños para protegerlos.

Los guardias del Santo Oficio, comandados por Jaime Alcalá –su flaca figura acababa de aparecer por un lateral–, se abalanzaban sobre los fugitivos que ahora, pillados in fraganti, se precipitaban en todas las direcciones buscando el refugio de la noche. En cuanto los alguaciles tuvieron en su poder a uno de los niños, todo terminó. Se rindieron, sí, con una mansedumbre que parecía acusar a Ginés de Alcoy, paralizado a unos metros de distancia como si aquel episodio no fuera con él.

Todo había concluido. Tan rápido.

Ginés, consciente de lo que acababa de suceder a su alrededor, sintió que el mundo se le venía encima. Jaime Alcalá y su escolta le habían seguido desde la Aljafería, ahora ya no había duda. Gracias a su negligencia, a su comportamiento irresponsable, lo que había comenzado como una apuesta para salvar a los sospechosos había terminado convertido en una eficaz estrategia para impedir su marcha.

Su imprudencia, su intento de sabotear el arresto, había condenado a aquella familia.

Pero no era eso lo más grave, se recreó Ginés en su desesperación, detenido en medio de aquel caos sobre el que volvía a aletear el silencio. ¡Esa idea suya había puesto en evidencia, además, su juego! Se había servido a sí mismo en bandeja a Juan de Artos, que no tardaría en exigir su cabeza. Y fray Bartolomé de Ribas se la brindaría, deseoso de tapar cuanto antes el error de procedimiento que había permitido que un traidor hubiera accedido hasta las mismas entrañas del Santo Oficio.

Aquello era el final, se dijo Ginés con el rostro orientado al suelo.

Qué pronto había terminado su aventura.

Se le ocurrió un modo de recuperar la dignidad: soportaría sin desvelar nada el dolor de los interrogatorios a los que se le iba a someter.

Tenía que buscar un desenlace rápido que le ahorrase el goce de los verdugos y garantizara su silencio. Con él debía morir el secreto. Sería su particular forma de expiar la culpa.

El muchacho interrumpió sus pensamientos. Alguien se aproximaba. Alzó su semblante ausente de expresión. Sus ojos ya no veían. Aguardaba unas ataduras que tardaban en llegar. Había fracasado. Sus torpes pasos solo habían servido para conducirle hacia una sentencia definitiva. Ya nada importaba.

–Ginés.

Era Jaime Alcalá quien acababa de pronunciar su nombre, tras detenerse junto a él. Él levantó la cabeza, sorprendido. No había en aquella voz agresividad, ni rencor, ni sarcasmo.

Era un tono afable, incluso entusiasta.

Ginés miró directamente al médico colaborador del Santo Oficio. En las pupilas del joven podía leerse la rendición sin condiciones. No había querido disimular, estaba harto. Todo había terminado.

–¿Qué os pasa?

Ginés se percató entonces de que Alcalá, con los brazos abiertos, había interrumpido un gesto inequívoco: pretendía abrazarle.

¿Qué estaba ocurriendo?

–¿Os pasa algo? –repitió el médico, sin atreverse a culminar su gesto–. La operación ha sido un éxito, ¿no? Ninguno de los herejes ha logrado escapar. Hemos llegado justo a tiempo. ¿Cómo sabíais que iban a intentar huir antes de que llegáramos? ¡A quién se le ocurre aventurarse sin escolta! Sois un valiente. Fray Bartolomé de Ribas se va a alegrar mucho cuando se entere de la forma en que os habéis comportado en vuestra primera misión.

Ginés de Alcoy tardó en comprender o, más bien, se resistió a entender lo que aquellas palabras implicaban. Ante ese nuevo giro en sus circunstancias, que concibió como otra broma de un destino que se empeñaba en jugar con él, apenas pudo balbucear una justificación.

–Son… son los nervios, Jaime. No acabo de creerme lo que ha sucedido.

Aquella afirmación era rigurosamente cierta. Aunque no en el sentido que interpretó el médico.

VII

La priora describía el panorama al que se enfrentaba Luis de Ortuña, una realidad muy diferente a la que el muchacho había dejado en Italia.

–Vuestro padre no tiene posibilidades de eludir una sentencia de culpabilidad –dictaminó–. Eso conviene que lo sepáis. Nunca será liberado como inocente.

Luis de Ortuña se quedó boquiabierto.

–¿Por qué decís eso? ¿Acaso no creéis en su honor?

–No creo en la justicia inquisitorial –matizó–. Fray Agustín es un corrupto: sus decisiones se rigen por principios muy poco transparentes. No cederá. Y vuestro padre tampoco.

–¿Qué es lo que ambiciona ese dominico del que tanto se habla?

La priora extrajo un mapa, que permanecía junto a otros documentos sobre un anaquel de madera oscura, y lo extendió encima del escritorio. Su dedo índice se posó en un punto muy concreto.

–Esto es lo que desea. Fray Agustín de Saviñán quiere apropiarse de algunas tierras de vuestra familia que forman parte del señorío de Alfajarín. Unas ricas propiedades, colindantes con las suyas, que ya han sido embargadas hasta que se resuelva el juicio.

Luis dio un puñetazo sobre la mesa.

–¿Puede hacer eso?

La priora asintió.

–Ya han actuado así con todo el patrimonio de vuestro padre. A estas alturas se habrá efectuado un inventario de sus bienes en presencia de un notario del Santo Oficio. Nunca se les escapa nada. Nada que valga dinero. Conviene tener contenta a la Corona.

–Ya veo.

–El problema es que la única forma que tiene fray Agustín de Saviñán de maniobrar para quedarse con esas propiedades es lograr una sentencia de herejía o una confesión de culpabilidad. Ambas pueden implicar una condena a muerte.

Luis de Ortuña apenas lograba contener su indignación.

–¡Todo es mentira! ¡Si quieren acusar a mi padre tendrán que demostrarlo!

La priora, con cara de circunstancias, se acercó hasta un ventanal y se quedó oteando el paisaje.

–Eso sería muy fácil, con un par de testigos falsos –advirtió–. Pero es que al inquisidor no le hace falta. Es vuestro padre quien tiene que demostrar su inocencia. Así funcionan las cosas.

–Dios mío…

–¿Veis la trampa? Vuestro padre no tiene ninguna posibilidad. Cuando la Inquisición se fija en alguien, no hay nada que hacer. Así son las reglas del juego. El problema es que vuestro adversario… es al mismo tiempo juez.

–¿Nadie va a ayudar a mi padre? –el joven noble se quejó con amargura–. ¿Y sus amigos? ¿Es que todo el mundo va a permanecer en silencio mientras se comete esta injusticia? ¿Van a permitir que lo encarcelen, que lo ejecuten como a un vulgar ladrón?

–Tu indignación es legítima –reconoció la priora, volviendo al escritorio–. Hace algún tiempo, la rebeldía habría sido la reacción de los demás nobles zaragozanos, pero desde el asesinato de Pedro de Arbués hay demasiado miedo. Nadie se atreve contra el Santo Oficio. No hay quien defienda a un presunto hereje, por absurda que sea la acusación. Al menos –añadió, enigmática–, sin un plan viable.

Luis de Ortuña suspiró.

–¿Quién es Pedro de Arbués?

–Un inquisidor del tribunal de Zaragoza. Las grandes familias de esta ciudad, acostumbradas a la autonomía permitida por los fueros de Aragón, se enfrentaron a él hace varios años. Algunos conversos organizaron un complot y lo mataron mientras rezaba en la catedral de San Salvador. Pero el rey Fernando no tuvo piedad cuando conoció el hecho: tomó partido por la Iglesia y mandó ejecutar a los implicados que se logró apresar. Desde esa fecha no ha vuelto a haber resistencia a la Inquisición en Zaragoza.

–¿Entonces?

Era Martín quien había hablado, de pie junto a la puerta de la biblioteca. Sabía bien que no podían quedarse en el monasterio indefinidamente, y el exterior había pasado a inspirarle un profundo temor. ¿Quedaba alguna salida que no fuese entregarse al Santo Oficio?

Luis le perdonó aquella intromisión. A fin de cuentas, ambos estaban igual de involucrados. Los dos con el agua al cuello, unidos por un peligro que no habían buscado. Ortuña apreció en silencio la fidelidad de ese criado.

La priora contemplaba al lacayo con sus ojos sabios, y en ellos podía leerse también la aprobación. A la religiosa le gustaba ese muchacho discreto y leal.

–Existe una alternativa –adelantó, volviendo la mirada a Luis de Ortuña–. Se trata de una arriesgada posibilidad que os permitiría salir de este monasterio y empezar a aproximaros a vuestro padre. Aunque supone apostar la vida… y sin garantías.

El joven noble dio un paso al frente.

–Contadme. No tengo nada que pensar.

En ese momento, unos tímidos golpes se dejaron escuchar al otro lado de la puerta de la estancia, y a continuación se asomó el hermano Jonás.

–Madre Catalina –llamó con un hilo de voz.

–¿Qué ocurre?

–Fray Agustín de Saviñán ha llegado al monasterio acompañado de varios guardias. Pregunta por vos.

La priora se quedó contemplando al fraile, desconcertada.

–¿El inquisidor está aquí? ¿Ha venido en persona hasta Santa Clara?

El hermano asintió. Sus manos, nerviosas, asían con fuerza el marco de la puerta mientras aguardaba instrucciones. En los ojos del joven religioso, bajo aquel cráneo redondeado donde relucía la claridad de la tonsura, podía leerse el miedo que producía en todos los súbditos del rey la presencia de los servidores de la Inquisición.

La priora acariciaba su anillo. Aquella visita constituía una auténtica sorpresa.

–Anuncia que lo recibiré en el exterior, hermano Jonás –señaló–. Mientras tanto, no dejes a su comitiva acceder al recinto del monasterio. Bajo ningún concepto.

El muchacho no ofreció un aspecto muy convencido.

–Eso va a disgustar al padre inquisidor…

–Tampoco lo hago con ánimo de satisfacerle.

A Luis le admiró que a Catalina de Bolea no le temblase la voz al impartir una instrucción tan arriesgada. Sin duda era una mujer valerosa.

El hermano Jonás había asentido.

–Como ordenéis, madre priora.

El monje desapareció por el corredor, su avance modesto apenas delatado por los breves chasquidos de sus sandalias y por el siseo que producía su hábito al rozar el suelo de losas de piedra.

–Volved a vuestras celdas –pidió Catalina de Bolea a Luis–. Os han delatado. Y no salgáis hasta que yo vaya a veros.

–Debería irme –sugirió el joven noble–. No quiero comprometeros más ni poner en peligro este sagrado lugar. Devolvedme mi espada y los caballos. Escaparemos por la parte de atrás. Ya habéis hecho bastante por mí.

La priora sonrió.

–La audacia incontenible de la sangre joven. No termináis de entender contra quién os enfrentáis. Sin apoyos, caeríais muy pronto en sus manos –le advirtió–. Nadie escapa de la Inquisición, ya os lo he dicho antes. Y quien lo consigue va dejando detrás, como precio, un reguero de mártires: sus amigos y familiares. No –continuó–, sería un error. Además, debo cumplir los deseos de vuestro padre. Ni siquiera fray Agustín de Saviñán me apartará de ellos. Id ahora a vuestras celdas, os lo ruego.

El joven Ortuña asintió.

–Esperaré vuestras noticias, entonces.

–Haréis bien. Aprovechad para orar: vais a necesitar la ayuda del Señor como pocos en esta tierra.

* * *

Pedro de Ortuña no conseguía dormirse, tendido sobre un camastro cuya dureza apenas lograba mitigar una delgada capa de paja. Su agitación terminó dejando al descubierto un armazón cuyos relieves se clavaban ahora sin compasión en su espalda.

Con cada giro sobre ese lecho, las cadenas de los grilletes que atenazaban los tobillos y muñecas del barón entrechocaban, provocando tintineos. Multitud de cuerpos sucumbían bajo aquel mismo techo a un sueño agitado o al insombio.

Tal vez nadie dormía en ese sector aislado del palacio de la Aljafería, el interior de la torre del homenaje. Cada cierto tiempo, los pasos de los carceleros rompían con su cadencia regular ese ambiente de murmullos y repiqueteos metálicos que se diluía por los corredores.

El noble abrió por fin los ojos, rindiéndose a la larga noche que aún quedaba por delante. No lograba conciliar el sueño. La oscuridad a su alrededor se empeñaba en devorar los contornos de los objetos y, en medio de la penumbra, debía enfrentarse a un paisaje de miseria y desesperación.

Sus ojos dejaron de someterse a las piedras del techo bajo. Pedro de Ortuña orientó ahora las pupilas para seguir el correteo furtivo de unas ratas que merodeaban junto al cuerpo medio desnudo y cubierto de mugre de otro prisionero, sentado en el suelo a escasos metros de él. Aquel desconocido se abrazaba las rodillas, su rostro hundido entre ellas, y se mantenía tan inmóvil que su silueta se confundía con el tabique en el que se apoyaba.

–¿Dormís? –quiso saber Ortuña.

Transcurrieron unos segundos.

–¿Debería estar haciéndolo? –respondió entonces el otro, con voz quebrada, sin alterar su postura–. Aquí no se distingue el día de la noche. Dormir. Ni siquiera sé cuándo intentarlo.

–Ahora no sería mal momento, si lo precisáis. La madrugada debe de estar llegando.

Tanto formulismo resultaba absurdo en esas circunstancias, pero Pedro de Ortuña se negaba a renunciar a lo único que todavía lo humanizaba: la educación.

–Hace tiempo que el cielo no me concede el privilegio de unas horas sin dolor –reconoció su compañero de celda–. Es mejor así: uno nunca sabe si esta oscuridad pertenece a nuestra última noche.

El barón no quiso aceptar esa resignación. Se sentó en el camastro, un movimiento que acentuó el daño que le provocaban los grilletes. Apretó los dientes para reprimir un quejido mientras se observaba la piel lacerada. Sobre uno de sus tobillos se abría ya una llaga que no tardaría en infectarse, atrayendo el apetito de las ratas.

–¿Cuánto tiempo lleváis aquí? –preguntó en un susurro.

Ese interrogante provocó un gemido en su compañero de celda.

–Poco, aunque ya no lo sé –el hombre alzó un rostro macilento. Tendría unos treinta años, y en su cuerpo se apreciaban numerosas heridas y restos de sangre que se confundían con las costras de suciedad–. Toda mi vida anterior parece un sueño. Daría un brazo por un solo instante de sol y aire…

Pedro de Ortuña apreció ciertas maneras en la forma de hablar de aquel tipo. No daba la impresión de un origen humilde.

–Veo que os han interrogado con brutalidad…

El prisionero sonrió sin alegría.

–Muchas veces.

–¿De qué se os acusa?

–De falsedades.

El barón experimentó una repentina complicidad con el desconocido.

–Vuestra resistencia es señal de valentía –atisbaba en aquella silueta su propio destino–. ¿Puedo preguntaros vuestro nombre?

–Aquí… no soy nadie –concluyó el otro–. Todo te lo arrebatan. Todo.

En ese instante llegó hasta ellos el tintineo de unas llaves, un ruido que cortó la conversación, provocando en el prisionero una brusca reacción de pánico.

–¡No, no! –comenzó a gritar, con los ojos muy abiertos dirigidos hacia la puerta de la celda, mientras se encogía en el suelo–. ¡Ya vuelven!

El barón, que se había apresurado a tumbarse sobre su lecho, pronto pudo comprobar que el desconocido no se equivocaba: el acceso a aquella celda se acababa de abrir y de la oscuridad, bajo el resplandor agitado de las antorchas, surgieron dos fornidos carceleros que se dirigieron hacia el compañero de Ortuña. La aparición de los guardias hizo que los chillidos del preso se hicieran más fuertes. En vano se resistía, pataleaba, movía sus débiles brazos. Poco a poco fueron arrastrando su cuerpo hacia el corredor, rumbo a profundidades más tenebrosas. La sala de los tormentos esperaba a ese desgraciado al final de su trayecto nocturno, una suerte a la que era conducido bajo el silencio de fondo en el que se hallaban todos los cautivos, que escuchaban aguardando su turno. Algunos no regresaban de aquellas salidas en plena noche.

El miedo viciaba esa atmósfera. Y la muerte.

El reo elegido, ya fuera de la celda, no dejaba de retorcerse entre los carceleros. Estos, sin embargo, no mostraron ninguna piedad: lo empujaban, le golpeaban en las heridas, tiraban de sus cabellos hasta arrancárselos. Finalmente, consiguieron alejarlo a rastras. Allí quedó el barón. La oscuridad le sepultó y él se dejó abrazar por ella. Sintió una vergüenza que le dolió más que sus grilletes. No había sido capaz de intervenir, ni tan siquiera de contemplar la escena, de arriesgarse a dirigir su mirada a los ojos de su compañero de cautiverio, que lo buscaban suplicando ayuda. No. Pedro de Ortuña había girado la cabeza, había simulado dormir. Y ahora observaba, asediado por sus remordimientos, cómo se distanciaba por el corredor el otro prisionero. Aquel hombre todavía buscaba con sus brazos extendidos un último saliente al que agarrarse. Sus manos iban deslizándose por las paredes del corredor tanteando cualquier relieve que pudiera frenar su avance. Hasta que desapareció.

El silencio se fue imponiendo ahora. Ni las cadenas que anclaban los cuerpos de los presos emitían sus acostumbrados quejidos. Un silencio que se espesó conforme los gritos de la víctima iban amortiguándose, engullidos por los muros de aquella fortaleza de la que, se planteó Ortuña, tal vez nunca saldría vivo.

Calma en las celdas.

Pero nadie duerme, se dijo el barón.

Poco después quebrarían aquel mutismo los primeros aullidos de dolor procedentes de las dependencias más ocultas. Y en esos gemidos reconocería Ortuña la voz de su compañero.

Procuró pensar en su hijo. Esa imagen era lo único capaz de devolverle algo de paz. No sería tan fácil recuperar la dignidad, perdida quizá para siempre. Y así, sucio, tembloroso y despierto, le habría sorprendido el alba si hubiese podido apreciarlo desde el rincón en el que permanecía tendido.

Pero la luz solar jamás alcanzaba las mazmorras de la Aljafería.

Una pregunta resonaba en la mente de Pedro de Ortuña, hermanándole con el resto de los presos.

¿Cuándo vendrán a por mí?

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
23 nisan 2025
Hacim:
322 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9788467565317
Telif hakkı:
Bookwire
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