Kitabı oku: «Herejía», sayfa 3
IV
Emplearon medio día en alcanzar los dominios del monasterio de Santa Clara desde Zaragoza, unas fértiles tierras a las que llegaron al anochecer tras describir una intrincada ruta entre bosques destinada a evitar algunas aldeas. El criado Martín, ya en territorio menos expuesto, acababa de hacer fuego con unas ramas que había recogido del camino y, manteniendo en alto esa improvisada antorcha, iluminaba el sendero que iba recorriendo su cabalgadura.
Luis, situado algo más atrás, se sentía exhausto. Al esfuerzo que había supuesto aquella fuga se unía la fatiga provocada por su viaje desde Italia, de la que no había podido reponerse.
Aún sometido a una absoluta perplejidad por todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, confió en que la priora, dueña y señora de aquellas tierras que ahora atravesaban sin permiso, pudiera explicarle pronto qué ocurría. Luis necesitaba entender por qué una falsa acusación pendía sobre la cabeza de su padre. Y por qué él se había visto obligado a escapar de su casa como un ladrón.
Por vez primera, Martín suavizó el ritmo de los caballos. Ya se percibía frente a ellos la silueta de una construcción que se alzaba sobre el paisaje crepuscular con una apacible firmeza: el monasterio de Santa Clara. Un resplandor se derramaba desde algunas de sus ventanas más altas, delatando el destello de velas encendidas.
Luis tiró de las riendas de su animal para frenar su impulso y acompasarlo al que imponía el criado desde su montura. El noble sintió alivio por su castigado caballo, que resoplaba por el hocico salpicando de espuma el bocado. Durante esa jornada apenas habían concedido descanso a las cabalgaduras –tan solo dos paradas para aprovisionarse–, pero Luis había distinguido a lo largo del camino tal gesto de terror en el criado, tal palidez en su semblante, que fue incapaz de imponer mayor calma. Aquel paisaje aragonés que no reconocía, con su hostilidad latente tras cada rincón del bosque, le infundía una tremenda inseguridad. Se sintió extranjero en su tierra. Prefirió entonces conceder al criado el privilegio de la iniciativa; a fin de cuentas, era su padre quien había depositado su confianza en aquel chico.
La superficie rumorosa de un riachuelo le devolvió, entre sombras, su reflejo: la imagen de unos fugitivos.
Lo eran, en realidad. Fugitivos que –Luis cayó en la cuenta, empezando a asimilar la situación en la que se veía envuelto– no contaban siquiera con cobijo para pasar la noche. En apenas unas horas se habían convertido en unos vagabundos. A sus dieciséis años recién cumplidos, el noble tuvo miedo. No estaba preparado para algo así. Si la priora no respondía con la buena disposición que había previsto el barón… ¿Qué harían? ¿Dónde podrían ocultarse? Luis observó un instante el anillo de su padre que llevaba colgado del cuello, bajo la ropa, enganchado a un cordón de cuero. Allí se lo había colocado, una joya única transmitida de generación en generación. La imposibilidad de exhibir su linaje, meditó, le privaba también de su pasado.
El joven noble se dio cuenta de que por fin acariciaba esa soledad que tanto había inspirado a los poetas. Ahora entendía lo que sentían al recitar sus versos. Y confirmó que detrás de unas hermosas palabras podían ocultarse el dolor y la desesperación.
Comprendió que para ser poeta había que entregarse a la vida y sufrir en carne propia lo que el destino reservaba a cada hombre. Había que vivir intensamente.
Aceptó su suerte mientras susurraba una nueva estrofa de su admirado Petrarca:
Por un camino,
por viento y cielo y ondas agitado,
iba, que era ignorado y peregrino:
cuando he aquí a tus nuncios, no sé dónde,
que del propio destino me han mostrado
que a él cede aquel que lucha, y quien se esconde.
Luis acarició el cofre y los documentos notariales que transportaba en un saco sobre la silla, consciente de que aquel ajuar constituía su único patrimonio.
Los caballos proseguían al trote. Ahora la construcción que vislumbraran minutos antes había ganado en tamaño. Se encontraban ya muy cerca.
–¿Es allí? –quiso confirmar Luis señalando el imponente conjunto de edificios de piedra circundados de huertas y árboles frutales.
Martín asintió, demasiado pendiente de la retaguardia como para fingir que el peligro había pasado.
–Llegamos ya, señor.
Poco después se situaban frente a dos portones de madera maciza encajados en una sobria fachada. Sobre sus hojas, dos pomos de bronce permanecían fríos, quietos. Desde esa distancia, aquellas piezas de cuerpo cilíndrico reflejaron destellos anaranjados cuando el criado, aún sobre el caballo, aproximó el brazo que portaba la antorcha.
Un aire gélido, a su espalda, barría la llanura sobre la que se deslizaban, de vez en cuando, los aullidos de los lobos.
Los caballos relincharon al tiempo que cabeceaban, intranquilos.
–¿Nos ofrecerán su hospitalidad a estas horas? –Luis albergaba serias dudas, pues aquel era un recinto de clausura. La perspectiva de pasar la noche a la intemperie, bajo la amenaza de la Inquisición, no resultaba muy agradable.
Inquisición y lobos.
La noche, observó el noble para sus adentros, es la patria de las alimañas.
–A vos sí, señor –respondió el criado, con un tono de voz tan estrangulado que amenazaba con extinguirse–. Para vos se abrirán las puertas del monasterio. Seguro.
Martín persistía en sus miradas hacia el horizonte que se extendía tras ellos, como temeroso de que en cualquier instante pudieran surgir de la oscuridad guardias con el emblema del Santo Oficio.
–Contente –exigió Luis–. ¡Ni que nos persiguiese el mismo diablo!
El rostro del criado no se mostró muy convencido a la hora de descartar esa idea.
Martín descendió entonces de su montura, avanzó los últimos pasos y maniobró con el pomo de uno de los portones. Una voz ronca no tardó en dejarse oír desde el interior.
–¡Hora tardía es para pretender refugio! ¡Volved con el alba y seréis atendidos como manda Nuestro Señor!
Martín insistió. Lo que quedaba a su espalda resultaba para él mucho más aterrador.
–¡El señor de Alfajarín se presenta esta noche tras largo viaje! –mintió–. ¡Solicita audiencia con la priora por asunto de máxima importancia!
Al joven noble le irritó estar suplantando a su padre. ¿Quién había autorizado al criado para transmitirle el título?
–¡No son horas! –rezongó la voz desconocida tras el portón–. ¡Lo que pretenda el señor de Alfajarín podrá esperar a mañana! ¡La priora se encuentra ya descansando en sus aposentos!
Al menos los recién llegados habían escuchado cómo resbalaba la pieza de madera que tapaba una celosía situada sobre uno de los portones. La silueta oscura que acababa de hablar se inclinaba hacia ellos amparada en aquella tupida cuadrícula, con desconfianza. El criado Martín, sin darse por vencido, acercó aún más su cara y la antorcha.
–¡La madre priora espera esta visita! –advirtió–. ¡No le agradará saber que habéis impedido el encuentro!
A ese aviso siguieron unos segundos de muda inactividad: el portero, hostil, sin apartar la vista de los visitantes, aprovechaba para valorar si las palabras de aquel muchacho constituían o no una fanfarronada. El semblante taciturno de Ortuña permanecía envuelto en sombras, así que aquel servidor no pudo apreciar su sospechosa juventud.
–¿Tanto os cuesta comprobar lo que os digo? –insistió el criado, introduciendo los dedos a través del entramado que tapizaba la abertura del portón–. ¡Consultad a la madre priora, os lo ruego! No os pesará.
El viejo se había retirado de la puerta.
Martín tragó saliva. En realidad, Catalina de Bolea no podía ni sospechar esa visita, pero el criado confió en que la antigua amistad que unía a su amo con la priora sirviese para compensar el carácter intempestivo de la reunión.
–Es muy tarde –sentenció el portero, retomando su gesto hosco–. Volved mañana.
Comenzaba a cerrar la celosía cuando Luis reaccionó, descabalgando de un salto.
–¡Tomad! –exclamó al llegar junto al portón–. ¡Llevad este documento a la priora! ¡Es un asunto de vida o muerte!
Le tendió el papel lacrado que le entregara su padre durante la despedida, un documento que arrugó al introducirlo por el enrejado.
Aquella maniobra desconcertó al portero, que detuvo su movimiento ante la irrupción de ese perfil altivo y elegante, cuya mirada honesta atravesaba la mirilla.
–¿Acaso queréis tener sobre vuestra conciencia la pérdida de dos almas?
El rostro hermoso del muchacho, bajo su media melena agitada por las ráfagas ventosas, se mantenía erguido, exigiendo una respuesta. Sus ojos color avellana, muy abiertos, no estaban dispuestos a aceptar una nueva negativa.
El viejo alargó su brazo para recibir el manuscrito. Inmediatamente después desapareció.
Ya solo quedaba aguardar. Martín, mientras tanto, contemplaba la noche, imaginando ya el sonido de unos cascos hundiéndose sobre la tierra y la aparición apocalíptica de los jinetes armados; el avance sin piedad de los guardias de la Inquisición, heraldos de la muerte.
* * *
La noche se había impuesto en el palacio de la Aljafería. Las sombras se alargaban al pie de sus murallas, describiendo el perfil de las almenas, hasta perderse en el foso que rodeaba la fortaleza. En una de sus dependencias interiores, fray Agustín de Saviñán se acariciaba el mentón sentado ante su escritorio, mientras mantenía sus ojos clavados en el detenido, de pie al otro lado de la mesa.
El inquisidor dejaba transcurrir los minutos sin prisa, como recreándose en la nueva situación, con el propósito de minar la integridad del noble. Pedro de Ortuña, en cambio, mantenía su dignidad negándose a tomar asiento, una insolencia que había logrado molestar a Saviñán. El dominico no estaba dispuesto a tolerar esa rebeldía. La entereza de algunos pecadores siempre le asombraba, una entereza que solo parecía remitir cuando sentían el aliento de la muerte.
Fray Agustín había ordenado que privaran al reo de sus ropas, pero ni siquiera esa nueva iniciativa destinada a humillarle –lo habían dejado como a un preso común– había conseguido quebrar el aplomo de Pedro de Ortuña.
–Podemos hacer esto de varias maneras, don Pedro –habló por fin el dominico, jugando con las sortijas que adornaban los dedos de sus manos–. Va a depender de vos la elección.
–Cuidado con lo que proponéis –repuso el barón–. No estáis acostumbrado a otorgar libertades a vuestras víctimas.
Medía sus palabras y, tal como había supuesto, el empleo del término «víctimas» acentuó la rabia del religioso.
–Vuestro descaro no os ayuda –advirtió Saviñán–. Aquí estáis bajo mi jurisdicción. De nada os servirán vuestros títulos. Bien haríais en imitar la humildad de Nuestro Señor.
Pedro de Ortuña arrugó el entrecejo.
–¿Del mismo modo en que lo hacéis vos?
El inquisidor soltó una carcajada poco efusiva.
–Esa soberbia puede llevaros a la hoguera. ¿No sentís miedo, acaso?
–No, solo vergüenza y compasión.
Se hizo de nuevo el silencio.
–No sois consciente del privilegio que supone la alternativa que os brindo –señaló el dominico–. Los demás prisioneros no gozan de esta posibilidad. Están abocados al dolor y la muerte. Lo que merecen.
Ortuña exhaló un prolongado suspiro.
–¿Por qué no nos dejamos de rodeos?
Fray Agustín hizo un gesto y los dos guardias que permanecían en la estancia la abandonaron, cerrando la puerta tras ellos.
–Hace dos semanas se os vio en compañía de un falso converso –murmuró.
El inquisidor saboreaba cada palabra.
Pedro de Ortuña asintió antes de defenderse. Conocía la reputación del hombre al que aludía el dominico.
–Sé a quién os referís. Se trata de un anciano con quien me había tropezado en la calle, Saúl de Monés, un conocido maestro argentero de Zaragoza. Simplemente le ayudé a levantarse y lo acompañé hasta su casa.
–Comprenderéis que resulta una actitud muy sospechosa.
–¿La compasión? Yo pensaba que entraba dentro de las obligaciones cristianas.
–No me deis lecciones de cristiandad, barón –amenazó Saviñán–. Estáis muy lejos de la santidad y ese hereje se ha confesado culpable.
–¿Bajo tortura? –al inquisidor no se le escapó el tono sarcástico de aquel interrogante, que provocó en su interior una nueva llamarada de ira.
–Los pecadores se resisten –afirmó–. Hay que utilizar con ellos métodos tan rotundos como debe serlo nuestra fe en la única verdad.
–¿Ahora os interesa la verdad? ¿Por qué intuyo que la vuestra, fray Agustín, hace tiempo que se ha alejado de la de Roma?
El aludido puso los ojos en blanco.
–Por una acusación semejante podría sentenciaros a muerte, barón. No os lo advertiré otra vez. Cuidad vuestra lengua u os la arrancaré con unas tenazas.
–Me consta que ya lo hacen en las mazmorras de este palacio. Supongo que de la misma forma en que arrancan las confesiones a los pobres desgraciados que caen en vuestras manos.
Los labios del inquisidor se curvaron en una sonrisa siniestra.
–Pobres pecadores como vos, barón. Al menos nos encargamos de salvar sus almas.
–Mientras destruís sus cuerpos.
–Solo importa nuestra esencia inmortal. Liberamos las almas de la esclavitud del pecado. A veces el proceso es doloroso, pero la recompensa siempre merece la pena: la salvación eterna.
Pedro de Ortuña se negaba a aceptar aquel cúmulo de despropósitos formulados con tal frialdad. Se preguntó cómo podía ese individuo dormir por las noches cuando en su conciencia se acumulaban tantas muertes injustas. El fanatismo engendraba monstruos.
–No podréis sostener la acusación contra mí, fray Agustín. El tribunal no lo aceptará.
La sonrisa del religioso se ensanchó.
–Sí podremos. Me temo que, durante el interrogatorio, Saúl de Monés citó vuestro nombre.
Aquel dato descolocó al noble.
–¿Mi nombre? Imposible. Si no teníamos relación…
–Me extraña. Ese artesano insistió en mencionaros como participante en los ritos hebreos que solía celebrar en su casa. Parecía muy sincero. Le creímos.
Esa afirmación sí logró resquebrajar la entereza de Pedro de Ortuña, que sintió su cuerpo barrido por un escalofrío. El panorama se estaba poniendo muy feo. Fray Agustín se revelaba como un enemigo calculador y meticuloso. ¿A qué torturas habrían sometido al maestro argentero para obligarle a ampararse en una mentira tan absurda?
–No conseguiréis probarlo.
Aquel argumento no tenía solidez.
–Compadezco vuestra ignorancia –el religioso movía la cabeza hacia los lados–. Es a vos a quien corresponde demostrar la inocencia, barón. Despertad antes de que sea tarde.
Pedro de Ortuña no se dejó intimidar.
–¿Dónde está Saúl de Morés? ¡Exijo verle!
–Los procesados no tienen derechos, así que nada pueden exigir. No responderé a vuestra pregunta.
El barón se asustó.
–¿Está muerto?
–Debería preocuparos vuestra situación y no la de ese judío. Estamos dilapidando un tiempo precioso… y vos tenéis mucho que perder.
Pedro de Ortuña bajó, por fin, la cabeza. Se estaba hundiendo, incapaz de mantener el pulso con un adversario que se iba creciendo a cada segundo mientras exhibía nuevas armas. ¿Por qué Dios permitía tales injusticias?
–Continuad.
El dominico se alegró ante aquel giro en su actitud.
–Veo que vais entrando en razón. Me alegro por vos. Sabía que podía confiar en vuestro criterio, a pesar del lamentable vínculo con ese hereje, que no puedo ignorar.
Pedro de Ortuña no logró reunir fuerzas para defender la imagen del artesano. Odió la condescendencia con que el dominico se expresaba, destinada a humillarlo todavía más.
La imagen de su hijo bajo la protección de la priora de Santa Clara fue lo único que le permitió soportar ese trato.
–Ahora mismo, como sospechoso de herejía, hemos procedido a confiscar vuestros bienes. Sin embargo –añadió Saviñán–, la Corona no podrá disponer de ellos mientras no haya sentencia firme de culpabilidad.
Aquella era la versión oficial. El señor de Alfajarín sabía que algo callaba el inquisidor. Este jugaba con las vidas de los hombres por una simple cuestión de avaricia, y no precisamente en favor de la Corona.
–¿Y…? –se limitó a preguntar.
–Una confesión voluntaria por vuestra parte nos ahorraría mucho tiempo.
–Debo, pues, confesarme hereje.
–En efecto.
–¿Y a cambio?
–Un proceso rápido… e indoloro. Como inquisidor decano del tribunal, puedo garantizaros que no se os aplicará la pena de muerte. A lo sumo, el destierro.
–¿Durante cuánto tiempo?
Saviñán no dudó.
–A perpetuidad.
Claro, dedujo Ortuña. El inquisidor no permitirá jamás que yo regrese.
El barón se había quedado blanco. Su incredulidad iba en aumento, al mismo ritmo que su desesperación. Solo ahora contemplaba en toda su perspectiva el terror que cobijaban aquellas paredes del palacio de la Aljafería. Y lo bien que había hecho al forzar la huida de su hijo.
–¿Pretendéis… pretendéis que arruine el honor de mi apellido manchándolo con una falsa acusación, que renuncie a mi pasado y mi existencia, a cambio tan solo de salvar la vida? ¿Pero por quién me tomáis?
–Creo que no lo termináis de entender, barón. El desenlace va a ser el mismo de cualquier modo. Tarde o temprano confesaréis. Yo os propongo ahorrar sufrimientos y sobrevivir. Si lo pensáis con detenimiento, os daréis cuenta de que no es poco lo que ofrezco. Si os hubierais comportado como un buen cristiano…
Ortuña entendió que aquel pacto era una trampa maquinada por una simple cuestión de impaciencia. El proceso a un noble siempre resultaba incómodo. Fray Agustín quería terminar con ello cuanto antes por si llegaba a oídos del rey Fernando. Y es que, en tal caso, Saviñán no podría llevar a cabo el negocio que ocultaba con aquel arresto, un interés que el barón adivinaba.
–Jamás –respondió el noble–. Jamás confesaré lo que no he hecho.
Fray Agustín adoptó una mueca de decepción.
–Lo imaginaba.
El inquisidor llamó a los guardias, que entraron en la estancia y se dirigieron al detenido.
–Conducidlo a los calabozos –ordenó–. Pronto, don Pedro, tendréis ocasión de replantearos vuestra disposición. Soy un hombre paciente… hasta cierto punto.
Ya se llevaban a Ortuña cuando fray Agustín detuvo a los guardias con un gesto.
–Barón –llamó–, vos tenéis descendencia, ¿verdad?
El noble se quedó sin respiración.
–¿Por qué lo preguntáis? Mi hijo está muy lejos, en Italia, desde hace años.
El dominico aguzó sus facciones.
–Ya veo. Corre el rumor de que se vio salir a dos jinetes jóvenes de vuestro palacio poco antes de la detención. Así que me preguntaba quién pudo visitaros en esos momentos tan… poco oportunos… y adónde se dirigían con tanta prisa.
–Se os está yendo la cabeza, fray Agustín. Veis fantasmas donde no los hay.
El inquisidor entrecerró los ojos.
–Puede. Pero con esta pregunta tan inofensiva he conseguido sembrar en vuestros ojos más pánico que amenazando vuestra vida y propiedades.
El barón tenía la boca seca.
–No entiendo.
Aquel comentario había constituido una patética e inútil forma de ganar tiempo.
–Vuestro hijo ha regresado, don Pedro –interpretó el religioso–. Ahora ya no me cabe la menor duda. Os ha faltado frialdad.
V
Apenas dos días después de la detención de los Ferrer, Ginés de Alcoy fue llamado de nuevo a presencia del segundo inquisidor del tribunal de Zaragoza.
–Ginés –anunció fray Bartolomé de Ribas desde su sillón–, dentro de cuatro horas protagonizaréis vuestro primer arresto sin la supervisión del oficial. Acudiréis al domicilio que os voy a señalar acompañado de varios guardias y me traeréis al matrimonio Almazán y a sus dos hijos.
El chico tragó saliva. La intervención en el arresto de los Ferrer no había sido suficiente, y ahora le exigían llegar más lejos. La presencia de Juan de Artos, de pie junto a él, le obligó a manifestar entusiasmo.
–¡Os agradezco la oportunidad, ilustrísima! –sentía que a cada palabra, a cada gesto, se iba hundiendo en su propia vileza–. ¿De qué se les acusa?
–Un vecino –comunicó Juan de Artos– ha visto en casa de los Almazán una menorá, ese candelabro de siete brazos empleado como símbolo ritual en el culto judío.
–¿Y…?
El chico no había podido evitar su segunda intervención, a pesar de que aquel interrogante resultaba un tanto insolente. El gesto del oficial así lo confirmó.
–¿No os parece suficiente, Ginés? –Artos le dirigía ahora una ironía cargada de intención–. ¿Sugerís, quizá, que utilizan la menorá como elemento decorativo?
El muchacho se había girado hacia él. Ambos se estudiaron mutuamente, contendientes en un enfrentamiento encubierto del que el inquisidor no se percató.
–No, claro que no –Ginés se tragó el orgullo–. Está claro que esa familia continúa celebrando ceremonias judías.
–Ah, los herejes… –fray Bartolomé dio por zanjado el asunto con un ademán–. Ginés, debéis actuar sin miramientos. No olvidéis la sagrada institución a la que ahora representáis.
El chico había recuperado su posición frente al inquisidor.
–Cumpliré con mi deber, ilustrísima.
–Retiraos –concedió el religioso–. Debo ahora despachar con el oficial.
Ginés de Alcoy se despidió con un gesto de cabeza. Abandonaba ya la estancia cuando Bartolomé de Ribas se dirigió de nuevo a él.
–Ginés, sería conveniente que aprovecharais para ultimar los preparativos –le aconsejó–. Repasad la ruta que va a requerir la detención. No quiero fallos.
–Así lo haré, ilustrísima.
A su espalda creyó escuchar la molesta risilla de Juan de Artos. Recordó –se obligó a recordar– que no necesitaba defender su honor.
* * *
Luis de Ortuña y Martín, su improvisado escudero, aguardaban en aquella estancia a la que los había conducido en silencio el portero que vigilaba la entrada al monasterio. Obligado a desarmarse antes de atravesar sus umbrales, Luis había cedido la espada al viejo, que en esos instantes se estaría apresurando en ocultar las cabalgaduras de los recién llegados. Ahora, indefenso, Luis caminaba de extremo a extremo de la habitación a grandes zancadas. Su criado había adoptado una actitud más humilde y se limitaba a permanecer quieto en un rincón.
Luis necesitaba respuestas. Solo la obediencia que se le debía a un padre le había permitido someterse a unas instrucciones que implicaban una deshonrosa huida de su casa, pero eso no impedía que mantuviera su pose arrogante de noble, su mirada directa y franca. No estaba dispuesto a humillarse más: en caso de que la priora se negase a ofrecerles refugio, abandonaría aquel lugar sin emitir ni una súplica.
–Entre contrarios vientos va mi nave –recurría a los versos, una vez más, para infundirse aplomo–, que en alta mar me encuentro sin gobierno, tan leve de saber; de error tan grave, que no sé lo que quiero aconsejarme…
Una voz suave interrumpió su murmullo.
–Así que sois el joven Ortuña. Vuestro aliento poético lo confirma.
Alguien acababa de aparecer. El muchacho se volvió para descubrir a una mujer de mediana edad ataviada con un hábito, delgada y alta, de mejillas blandas sobre las que se imponían unos ojos grandes y brillantes. Ella le tendía en esos momentos una mano de dedos pequeños entre los que destacaba un anillo de oro con un rubí engastado. Luis, a pesar de ignorar aún la identidad de la recién llegada, inclinó su rostro para besar aquella mano. Martín le imitó a continuación –fue presentado como escudero–, acentuando la reverencia.
Seguidamente, para probar su identidad, el noble mostró a la religiosa el sello de su familia.
–Soy Luis de Ortuña –confirmó–. ¿Sois vos Catalina de Bolea?
–Así es –respondió ella con una sonrisa afable, tras dedicar una breve mirada al anillo que el muchacho llevaba colgado del cuello–, priora de Santa Clara y amiga de vuestro padre. A mi protección habéis sido encomendado, como supongo que sabíais incluso antes que yo –exhibió en una de sus manos el documento que se le había entregado–. Los caminos del Señor son inescrutables. Os doy la bienvenida, joven poeta. Con frecuencia me ha hablado vuestro padre de vos.
El chico disimuló su decepción ante la vulgar fisonomía de aquella mujer de Dios. A la vista de las circunstancias, durante el frenético trayecto hasta el monasterio había imaginado que su padre habría recurrido a una dama más apuesta; al menos, de una apariencia intimidante. Ni siquiera la voz, tan mesurada, acompañaba a esa religiosa. ¿Cómo podría ayudarle una persona de maneras tan pacíficas?
–Mucho habéis crecido desde que os vi por última vez –observaba la priora con admiración–. Poca edad tenéis aún, escasa experiencia para unos ojos en los que se adivina, sin embargo, hambre de mundo –asentía con la cabeza, y entonces cambió de tono–: Fuisteis un niño de impulsos inoportunos, y en eso veo que no habéis cambiado. No habéis podido regresar en peor momento.
Luis frunció el ceño.
–He tenido que escapar de mi casa –se quejó–. ¿Cómo iba a imaginar algo así?
–No podíais. Y ahora llegáis a mi convento…
–Las horas de una fuga no se eligen.
–Ni suelen ser benevolentes para quien escapa –concedió Catalina de Bolea–, en efecto. Aunque el hecho de que os encontréis aquí ahora, sano y salvo, indica que en esta ocasión las circunstancias han sido generosas.
–Tal vez, y debo agradeceros la acogida que me brindáis. Pero sigo sin entender lo que sucede… madre priora –titubeó al decidir el tratamiento que dispensar a la religiosa.
–De tiempo dispondréis para entender. Pero ahora –Catalina de Bolea extendió un brazo en dirección a la puerta de aquella sala, invitándolos a que la acompañaran–, vos y vuestro escudero debéis descansar. Seguidme hacia la capilla: os conviene orar antes del reposo.
El joven no se movió.
–¿Acaso, entonces, no me vais a dar ninguna explicación sobre lo que está ocurriendo?
–Eso puede esperar a mañana. Por lo pronto, contáis con mi protección. ¿Sufrís alguna otra necesidad más imperiosa?
Luis de Ortuña no se dio por satisfecho.
–¿Pretendéis que me limite a dormir en la situación en que me encuentro?
–Solo por esta noche. Os recomiendo que ahora descanséis. No siempre será posible hacerlo a lo largo de la travesía que acabáis de iniciar.
* * *
Un lánguido atardecer anunciaba el crepúsculo. Ginés miró al cielo desde un ventanal, para calcular el tiempo del que disponía antes de tener que dirigirse con los alguaciles al domicilio de los Almazán.
El arresto de los Almazán.
Se trataba de la primera misión bajo su mando como familiar del Santo Oficio.
Los Almazán. Aquella familia, se dijo con angustia, ignoraba aún que estaba disfrutando de sus últimos momentos de libertad.
Comenzó a caminar por los pasillos de la fortaleza. Entonces, su mente le sorprendió con una ocurrencia tan absurda… como sugerente.
¡Podía ayudar a esa familia!
¿Y si los avisaba antes de la visita oficial para que tuvieran tiempo de escapar?
Disponía de varias horas todavía, margen suficiente.
Ginés había detenido sus pasos. Lo que se le acababa de ocurrir era una auténtica locura. Miró hacia los lados, como si cualquier testigo pudiera acceder a sus pensamientos. Nadie a la vista, tan solo vigías en ronda por los muros del castillo de la Aljafería.
Su cabeza bullía.
Por primera vez desde su obtención del título de familiar, recuperaba el ánimo. Y no estaba dispuesto a renunciar a ese consuelo.
No.
Porque esa idea, a pesar de todo, suponía un asidero para su conciencia, al borde del naufragio desde el interrogatorio a Juan de Peralta.
Podía ayudar a los Almazán.
Decidido a intentarlo, Ginés se escabulló por los corredores del palacio.
–Ensilladme un animal –ordenó a un mozo, maquillando su impaciencia con el tono autoritario que se esperaba de un familiar de la Inquisición.
Ginés confió en no cruzarse con Juan de Artos: su repentina marcha del castillo ante la proximidad de la nueva misión habría sido difícil de justificar, y lo último que ahora le convenía era llamar la atención.
Tuvo suerte y poco después se alejaba de la fortaleza rumbo a Zaragoza, a galope tendido. En su interior crecía la incertidumbre. Lo que se disponía a hacer entrañaba un serio peligro, pero la perspectiva de aguardar sin hacer nada hasta la detención de los Almazán le resultaba insoportable.
Su iniciativa, al menos, atenuaba los remordimientos.
La imagen del torreón que dejaba a su espalda, en cuyo interior continuaban encerrados tantos presos, le animó también a planificar nuevas maniobras. Y es que tenía que empezar a pensar en cómo aprovechar mejor su actual condición para sabotear las operaciones de la Inquisición.
Ginés de Alcoy, que no había dejado de espolear a su caballo, cruzó pronto las murallas de la ciudad. Frenó la marcha del animal. Ya inmerso en las callejuelas cercanas a la antigua judería, vacías y tenebrosas por la cercanía de la noche, descabalgó y siguió caminando en dirección al hogar de los Almazán. Conducía al caballo por la brida, acariciando su hocico para que no se intranquilizara, por entre aquellas vías estrechas. A ambos lados, casas de dos y tres alturas, algunas tan próximas entre sí que casi no dejaban ver el cielo si uno alzaba la vista.
Atravesó una maloliente plaza, esquivó la mole pétrea de la iglesia de San Gil y, a los pocos pasos, distinguió el edificio del que le hablara Bartolomé de Ribas esa misma tarde. Sí, no había duda: allí vivían los denunciados, una residencia amplia que hablaba de una posición acomodada.
Sin embargo, no avanzó. Había oído pasos. Ginés se volvió, en guardia. Sus ojos tan solo registraron frente a ellos el paisaje de una vía solitaria que se abría bajo el resplandor de fuegos próximos.
Murmullos de conversaciones entre vecinos, el eco de unos ladridos, los gritos de una discusión algo más lejos… Ningún otro sonido perturbaba la calma.
Nada inquietante.
Ginés no respiraba, con su mano diestra descansando aún sobre la empuñadura de su espada. A lo largo de la ruta recorrida a través de la ciudad había escuchado otros ruidos, sin conseguir detectar indicios sospechosos en ninguna ocasión.
¿Le habrían seguido?
Vaciló. Debía calibrar su siguiente paso, pues un error a esas alturas podía costarle la cabeza. A él… y a los demás.
Soportó unos minutos más de espera, al acecho de cualquier evidencia que confirmara su intuición.
Tras él, oscuro, ajeno a las tensas circunstancias, se alzaba el edificio donde dormían los Almazán. La suerte de aquella familia estaba echada.
O tal vez no, se dijo sin apartar las pupilas de cada rincón que pudiera cobijar a un espía.
Entonces creyó percibir un nuevo chasquido.


